lunes, febrero 02, 2026

Adriano en el callejón

Adriano en el callejón

—Siempre nos pintan a nosotros como los sórdidos y los depravados. Siempre salimos así en la literatura. Donde sucede el horror y el miedo, la decadencia y la perversión más inútil, que es la que no busca fin, sino saciar lo insaciable. Es bella la literatura, creen, de los oscuros recovecos del dolor y el salvajismo humano en las periferias y en la fragilidad. Pero son los poderosos, con sus vuelos largos en aviones privados, con sus equipos de comunicación y sus círculos de poder, los que están en el lado miserable y turbio de la existencia.

Adriano nos mira encendido, indignado. Adriano lleva una vida sumido en los márgenes de la literatura, “donde no se publica”, dice siempre. En el barrio le llaman el profesor, aunque nunca ha dado clase, pero sí mucha gente le ha escuchado hablar en la taguara del callejón de literatura universal, soliloquios elevados donde analiza autores que en los callejones de alrededor nadie conoce, pero que a todo el mundo seducen con historias que necesitan escuchar.

—A nosotros nos sacan en esas series y en esas películas nominadas a mejor película extranjera, porque les apacigua y se creen que lo han vivido. Pero no es así. Aquí se vive. Pero toda esa masa de pomposos y falsos elegantes que buscan lugares recónditos para traficar con prostitutas menores, redes de poder corrompidas y salvajes, financiadas por dinero oscuro, donde se mezclan economías gubernamentales y fortunas hechas a costa de dolor y de saqueo, ahí es donde está la miseria y la corrupción del ser humano. Aquí se sobrevive y mucho les gusta vernos desde ahí. Los conflictos del dolor y la tragedia en los barrios de Latinoamérica o de periferias de Asia, África y, alguna vez, Europa. Pero ellos son los que andan con el alma echando pus. Ministros gringos adictos a la ketamina y la pedofilia. Senadores y gobernadores rodeados de la más absoluta oscuridad, donde el término libertad se distorsiona y se vuelve perverso. Pero de eso no hacen literatura del margen. Hasta ahí imponen el relato. Qué bello les parece esos jóvenes carcomidos por la violencia de un barrio de México o de Honduras. Cuánta literatura y cinematografía. La poesía del dolor y de la miseria moral está en ellos, por eso miran desde ahí. Aquí se trabaja, aquí se echa pa’lante.

Adriano nos educa y nos hace pedagogía. Cuando Adriano termina de hablar tienes ganas de leer de eso que había: filosofía, poetas desgarrados que han sido aniquilados por su propia existencia, escritores dolorosos que perdieron la vida por escribir, arrasados por el tormento. Pero sobre todo nos habla y nos advierte:

—Que jamás os engañen. La literatura de verdad siempre estará en nuestras manos, ajena a editoriales de renombre y a críticas en periódicos de tirada nacional. Secciones de cultura dominadas por el pensamiento dominante. Se creen libres, pero están abducidos por el peor de los dominios. Todo lo saquean. Eso hacen con la música: el rap, la salsa y hasta el reguetón. Todo lo saquean y lo expropian. Lo mismo que hicieron con las tierras raras y con el petróleo, con los recursos de la tierra. Así hacen también con las músicas y las letras, con la literatura. Todo lo saquean.

Adriano se enciende. A veces no le escuchamos del todo, pero en cierta manera es nuestro farol. Adriano nos da perspectiva del mundo, como si hubiera ido y vuelto y lo hubiera entendido en toda su dimensión, y entendiera que lo que tenemos en el barrio, entre nuestros callejones, es algo que debemos proteger de la mirada obscena y sádica de las esferas de un poder que lentamente se irá comiendo todo.

Un día le pregunté:

—Pero Adriano, ¿tú escribes? ¿Tú haces literatura?

—Claro que sí, Palito, claro que sí. Mi obra, lo que yo escribo, está en un lugar que no podrá ser sobornado ni corrompido, porque no tendrán capacidad de leerlo, jamás lo entenderán. Mi obra está oculta en el único sitio al que no podrán acceder: en la mente. Eso es lo que no pueden traficar, los pensamientos. Y es en el pensamiento, Palito, donde debemos instalar nuestra literatura, nuestra gran obra colectiva: la salvación última del ser humano. No ser ellos es nuestra literatura. Recuérdalo, Palito.

A veces no sabía si le entendía del todo, pero queríamos a Adriano y su pasión, y le hacíamos caso, y había algo en lo que nos decía que nos parecía fundamental y necesario. Una guía para vivir. Protegernos. No sabíamos muy bien de qué, pero protegernos, como en los cuentos infantiles, de un gran monstruo que nos acechaba y nos quería dominar.

—Lo lograremos, Palito. Claro que lo lograremos. Todos los imperios caen. Y este, esta podredumbre moral basada en el hurto y el saqueo, también caerá. Entonces se impondrá la luz. Porque vivimos tiempos oscuros, pero se nos olvida que siempre ha habido luces y que estas perduran. Siempre perduran

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