jueves, febrero 26, 2026

Nando y Lucas

La gente que odia rara vez reconoce que odia; pero la gente que envidia nunca reconoce que envidia. Y básicamente porque la persona que envidia, sobre todo, se odia a sí misma. Por lo tanto es una doble, o triple, capa de sentimientos: se odia, envidia y odia al que envidia. Todo lo calcina. Yo sé que Lucas se odia y odia a Nando porque le envidia. Es terrible y altera cada paso de su vida y de la de Nando. Todo en ellos está abrasado por eso, que en el fondo es un dolor terrible.

Cuando eran pequeños, los primos pasaban mucho tiempo juntos. Los padres de ambos los dejaban con sus abuelos (que eran los padres de sus madres) buena parte del verano en aquella casa hermosa en medio de la sierra. Un jardín hermoso, una casa de piedra, un muro alto cubierto de enredaderas que hacía de frontera con el mundo externo del pueblo, una piscina que se llenaba de hojas con frecuencia y que el abuelo limpiaba con paciencia y esmero cada mañana eran el escenario de veranos que pudieron ser idílicos y, sin embargo, fueron terribles.

Lucas se levantaba pronto. Miraba desde la ventana del segundo piso al abuelo quitar las hojas. Esperaba un buen rato. Nando era más dormilón. Ahí ya empezaba la incomodidad. A Lucas se le hacía largo el rato que permanecía solo despierto y no sabía qué hacer: si bajar a desayunar y arrancar la jornada o esperar el ruido de Nando abriendo la puerta de su habitación. Generalmente esperaba y, cuando escuchaba la voz alegre del muchacho saludando a la abuela, él también salía. Desayunaban juntos. Casi sin hablar. A veces Nando le contaba sus sueños a la abuela. A veces Lucas lo intentaba, pero sentía que sus sueños no eran lo suficientemente trepidantes o absurdos o desconcertantes, mientras que todos los que contaba Nando sucedían en un universo peculiar. Lo de Lucas era tan doloroso que envidiaba hasta los sueños de Nando.

Luego salían al jardín. A veces jugaban al fútbol, a veces paseaban o hablaban de anécdotas exageradas. A veces, la mayoría, se aburrían el uno del otro. Entonces Nando se ponía a dibujar. Tenía un talento innato. Lucas no dibujaba. Lucas merodeaba la casa y le veía dibujar. A veces se iba atrás, donde la parra, y miraba las hojas enredarse y sentía, de algún modo, que había algo en esas hojas que le hablaba. Otras veces se acercaba y escupía en la hoja donde dibujaba Nando. La mayoría de las veces Nando no reaccionaba. Simplemente empezaba otro dibujo. Otras veces le decía a la abuela que Lucas era un cerdo y que le había llenado de babas su dibujo. Lucas era más deportista, pero Nando nunca jugaba a esos juegos, lo que no le permitía mostrar a Lucas alguna superioridad sobre él.

Después de comer les obligaban a dormir la siesta, pero nunca se dormían. Entonces, con las persianas bajadas para evitar el calor, Lucas le hablaba de una mujer enana que entraba al jardín de madrugada, cuando todos dormían.

—Siempre se queda mirando tu ventana —le decía a Nando, a quien la historia le empezaba a afectar.

—Anoche vi que se acercaba más. Cada noche está más cerca.

—Pero despierta, despierta a los abuelos. Avísanos. Quizá la enana quiera hacernos algo malo —decía Nando, asustado.

—Me tengo que hacer el dormido. Si la enana ve que me muevo es posible que te mate y luego nos mate a todos —luego se reía.

Nando no sabía qué pensar de esas risas. ¿Era verdad lo de la enana? ¿Lucas era un mal bromista?

Cuando Lucas comprendió que aquel terror le había dado cierto poder sobre Nando, empezó a mirarle detenidamente cuando se separaban por las noches al ir a la cama.

—No te despistes. Mantente alerta.

Entonces Nando empezó a dormir mal, cada vez peor. Lucas le iba exagerando la historia. La enana está cada vez más cerca. La enana anoche se subió al tejado. La enana salió corriendo por la calle arriba y llevaba unos jabalíes a su lado. La enana siempre tiene un mirlo negro en la mano izquierda. La enana escribió “Nando” en uno de los árboles. La enana ha marcado con una X la puerta de tu habitación.

Nando entonces entró en pánico. Lucas le decía que no debía decirle nada a los abuelos. Se preocuparían. Nando se obligaba a mantenerse despierto. Entró en estado de profunda ansiedad. Lucas le insistía en no preocupar a nadie.

—Los abuelos son mayores. El miedo les puede matar —le decía.

Aquel fin de semana los padres de Lucas vinieron a buscarle; se iban a pasar juntos un par de días a una excursión con amigos. Nando se quedaría solo con los abuelos ese fin de semana. El viernes le vinieron a recoger. Los padres conversaron un rato con los abuelos, mientras Lucas terminaba de prepararse. Nando se acercó a la habitación de Lucas y le pidió que no se fuera.

—Tengo mucho miedo, Lucas —le dijo con voz fina. El muchacho estaba realmente aterrorizado.

—No te preocupes. Si no te mueves no te verá —le dijo Lucas.

Ese fin de semana Lucas lo pasó con sus padres y los amigos de sus padres. Se bañó en pozas en medio de la montaña. Treparon piedras con enorme precisión. Hicieron noche en alta montaña. Vieron pájaros hermosos. Comieron bocadillos y recorrieron zonas donde no había nadie y las vistas eran hermosas. Lucas no pensó en Nando. Se sintió bien. Contento. De alguna manera Nando le hacía sentirse en un estado de alerta, de incomodidad. Cuando Nando estaba, Lucas no era Lucas. Se vaciaba su alma, si es que existe el alma. Alejado de Nando notaba una forma agradable de plenitud. Es como si cuando estuviera con Nando algo de él se vaciara, fuera robado. En aquella emocionante excursión estuvo en plenitud y en una forma agradable de cierta felicidad. Su madre y su padre, que siempre discutían, habían estado muy relajados. Había sido un gran fin de semana, pensaba en la parte de atrás del coche mientras avanzaban el domingo por la carretera de camino a casa de los abuelos, donde sus padres otra semana le dejarían al cuidado de los ancianos y en compañía de Nando.

Abrió el portalón verde de la entrada y gritó alegre:

—¡Ya estamos aquí!

Al fondo estaba Nando. Tenía mala cara. Los abuelos aparecieron y saludaron. Cuando los padres se fueron, Nando y él se quedaron solos en el jardín. Fue entonces cuando Nando le dijo:

—He hablado con la enana.

Lucas entonces sintió un dolor en la sien.

—¿Qué te ha dicho? —dijo para disimular.

—Que tenemos dos opciones si no queremos que esto acabe mal.

—¿Qué dos opciones?

—Matar a los abuelos o quemar la casa.

Lucas miró hacia el portón verde. Se había quedado medio abierto. El coche de los padres se perdía calle abajo. Más atrás, una pequeña visión del valle. Sintió un vértigo indescifrable. Pensó que se iba a abrir la tierra. Pensó que vendría una forma fantasmal a toda velocidad a salvarle, pero no llegó; entonces se vio obligado a confesar.

—Pero la enana no existe —le dijo aterrorizado a Nando.

—La enana existe. Yo hablé con ella anoche.

En ese momento la abuela les llama. Lucas entra en un estado de tensión profunda. Intenta hablar de fútbol con el abuelo. Intenta contar el fin de semana. Pero la imagen de Nando, que parece haber cambiado de forma de ser, no le permite relajarse. A partir de ese instante evita a Nando. Cuando cae la noche se despiden en el pasillo de la planta de arriba. Nando entonces se le acerca y le dice:

—Prefiero quemar la casa. Es la mejor opción para salvar el mundo.

—No digas tonterías, Nando. Yo me inventé lo de la enana.

Se va a la cama. Le cuesta dormir. Decide confesar. Al día siguiente en el desayuno les contará a todos lo torpe de su broma. Decide que es hora de parar. Se mete en la cama. El esfuerzo físico del fin de semana le tiene exhausto. Se duerme. Por primera vez tiene un sueño trepidante y absurdo. Lo recuerda, porque los sueños que mejor recordamos son los que estamos teniendo cuando nos despertamos en mitad de la madrugada. Hay un ruido y un olor que lo contaminan todo. La abuela grita. Sale al pasillo y entiende que Nando ha decidido salvar el mundo. La casa está en llamas. Bajan a toda velocidad. Salen al jardín a ver la escena terrible, pero bella. La casa ilumina la ladera de la montaña. Se escucha la sirena de los bomberos llegar. Nando mira el fuego como miraba sus dibujos al terminar. Satisfecho con su obra.

—Estás loco —le dice Lucas.

Nando no contesta. Simplemente mantiene la mirada en todo lo que sucede detrás del fuego, más allá de la casa. Lucas mira en esa dirección. Primero ve un jabalí; el jabalí se gira y se pierde en las sombras. Allí, entre la maleza que aún no ha alcanzado el fuego, Lucas logra ver por primera vez a la mujer enana, y el mirlo negro en su mano, bajo las hojas enredadas de la parra. 

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