miércoles, febrero 18, 2026

La mentira

Julio había bebido mucho. Había dado buena cuenta de la botella de ron, que ya estaba terminada, teloneada por una cantidad difícil de calcular de cervezas. Estaba borracho y melancólico. No todas las borracheras se parecen. Habría que hacer un catálogo universal de borracheras. Julio encajaría en el borracho que se deja arrastrar por los sentimientos más dramáticos. Hacía dos meses su novia le había dejado sin mucha explicación ni argumentos. Y Julio, que no era dado a los amores largos, usó ese desamor para instalarse en un relato de dolor y tragedia que no siempre resultaba convincente. Así que cuando la borrachera emergía por cada poro de su piel, empezó a hablarnos del dolor y de la angustia en la que le había sumergido el abandono. «Lupe era la mujer de mi vida», nos decía con una tristeza exagerada, mientras de fondo sonaba Por tu maldito amor, de Vicente Fernández. «Lupe me ha dejado arrasado». A mí todo me resultaba excesivo, incluso incoherente, pero lo cierto es que Julio necesitaba relatos épicos para vivir, y el de Lupe era idóneo. En ese momento, en los altavoces de Casa Juana, Vicente Fernández cantaba: «De pronto todo aquello se acabó, faltaste a la promesa de adorarnos», acompañado por un desafinadísimo Julio, que si en algo no destacaba era en las virtudes musicales.

En un in crescendo emocional que se fue tornando huracán, Julio cada vez cantaba más alto y cada vez hacía confesiones más exageradas: «Nunca volveré a acostarme con una mujer igual. Soy un adicto a su piel». Yo miraba a los lados, con el temor de estar siendo escuchados por los de las mesas de al lado, pero ya todo daba igual: Julio había decidido convertir la noche en una ranchera. Y fue cuando nos dijo que quería ir a cantarle bajo el balcón. Yo miré a Polo, Polo me miró a mí y, en un ataque de sinceridad, le dijo: «Julio, estamos en Europa, en el siglo XXI, deja la telenovela». Pero Julio no atendía a razones y jugó al chantaje: «Si son amigos de verdad, vendrán conmigo; si simplemente son otra relación frívola más, me tendré que ir solo».

Media hora más tarde, después de haber avanzado andando torpemente desde el bar en la calle del Toro hasta la calle Postal, nos vimos debajo del número 3, mirando al tercer piso. Polo temía a la policía; yo temía al ridículo. «Esto no va a acabar bien», le dijo serio Polo a un Julio que ya casi no se tenía en pie.

El asunto era sencillo (o no): Julio había logrado convencer al dueño de Casa Juana de que le dejara un altavoz inalámbrico, en el que engancharía su teléfono para soltar la canción a interpretar, que ni Polo ni yo sabíamos cuál era. También le había facilitado un micrófono de esos que suenan con un agudo punzante, que sonaría excesivo sobre una música saturada. Julio iba tan borracho que todo el proceso de cableado y conexión con el Bluetooth resultó torpe y difícil, como si estuviera manejando un artilugio de la NASA más que un altavoz de calidad mediocre. Sonaron varios intentos que cortaba enseguida, en medio de la calle, de canciones que interrumpía inmediatamente. Hacía frío y yo de buena gana me hubiera largado de ahí. Pero Julio seguía con rumbo fijo hacia el desastre. Estuvo un rato buscando la canción precisa. Miraba en su teléfono. En la elección de la canción parecía que hubiera una clave universal que solo Julio podía encontrar: la canción que le devolvería el amor de Lupe.

Finalmente se colocó. La calle se convirtió en una suerte de escenario improvisado. Se acomodó la ropa, se pasó la mano por el pelo para acicalarse, preciso y galán. Hizo un par de estiramientos de las cervicales. Acomodó los hombros, precisos, miró el teléfono que sostenía con la mano izquierda, colocó a una altura precisa el micrófono que sostenía con la derecha y le dio al play.

Miré a Polo. Polo me miró y miró la escena. Yo miré al tercer piso, luego miré los otros pisos. En el quinto había luz; los demás estaban ya a oscuras. Miré hacia la derecha, miré hacia la izquierda. Vi a un hombre por la esquina que avanzaba y se perdía enseguida. Miré el reloj del móvil. Miré de nuevo a Polo, que a su vez hacía un recorrido con la mirada parecido al mío. Arrancó la canción.

El saxo tenor, sujetado armónicamente por el teclado primero y unas cuerdas después, irrumpe a modo de intro en medio de la calle Postal para hacernos escuchar, en una fría madrugada de febrero, La mentira, de Luis Miguel. Veintitrés segundos después, la voz de Luis Miguel y, sobre todo eso, la voz de Julio, cantan:

«Se te olvida que me quieres a pesar de lo que dices».

Hay segundos que son siglos. Esas primeras frases me parece que pasan varias décadas. Polo me mira; yo miro a Julio, que desafina, que no logra hacer coincidir ninguna palabra con Luis Miguel. Probablemente tampoco coincide ninguna nota. La voz de Julio suena rota y saturada. La mezcla, tanto su voz como La mentira, suena a un volumen olímpico por toda la calle Postal. En la madrugada los sonidos multiplican su intensidad. El conjunto sonoro es feo, excesivo, casi violento.

«Pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar».

A esas alturas mi única atención, ya como modo de fuga mental, es jugar a contar cuántas palabras de Julio coinciden rítmicamente a la vez que Luis Miguel. En ese momento seguimos a cero.

«Se te olvida que hasta puedo hacerte mal si me decido».

Polo me mira diciendo en alto, porque ya da todo igual, que sí, que nos hemos dado cuenta de que puede hacerle mal, porque de hecho a todos nos está haciendo mal.

«Pues tu amor lo tengo muy comprometido. Pero a fuerza no será».

Es en ese momento cuando una luz se enciende en el tercer piso. También en el segundo y en el cuarto, y en algún piso de los edificios que tenemos a nuestra espalda. Me dan ganas de irme corriendo, porque a estas alturas ya no existe posibilidad de que eso acabe bien. Pero aguanto, porque Julio ha decidido entregarlo todo a esa escena y las batallas en esta vida no se deciden, simplemente nos llegan.

«Y hoy resulta que no soy de la estatura de tu vida».

Primeras dos palabras que coinciden: «soy» y «estatura». La afinación, eso sí, sigue estando en cero. Ni una nota de Julio ha coincidido con Luis Miguel, probablemente ni con la armonía de la canción. Polo me mira y mira a los edificios de detrás. Ya hay gente asomada. Yo miro al tercero y veo salir al balcón a Lupe. Lupe probablemente venga de la cama, probablemente aún dude si lo que ve es cierto o parte del loco sueño que estaba teniendo segundos antes. Va vestida únicamente con una camiseta de Damas Gratis. Mira hacia abajo como quien mira la grieta donde empieza el fin del mundo. La vecina de abajo, que también está en el balcón, asoma mucho la cabeza para mirar hacia arriba, porque a esas alturas comprende que esto está sucediendo en honor a Lupe. Los otros vecinos miran a Julio, pero poseídos por una especie de hipnosis, como si todos los vecinos de la calle Postal hubieran caído en un embrujo psicodélico provocado por la voz disonante y afónica de Julio.

«Por mi parte te devuelvo tu promesa de adorarme. Ni siquiera sientas pena por dejarme».

En ese momento pienso, ajeno al dramatismo y absurdo que sucede en la calle Postal, que la voz de Luis Miguel es la promesa de un mundo que no sucedió. Me imagino a Luis Miguel en un gran escenario, un público que siempre fue entregado casi hasta la histeria y cómo, desde casi su tierna infancia, tuvo que gestionar la monstruosidad de la fama. Suenan las cuerdas. Unas cuerdas que evocan la posibilidad del paraíso. Julio se tambalea como un cantante de época. Ese gesto lo vuelve heroico. No solo se ha plantado en medio de esa madrugada fría, sino que interpreta. En ese hueco instrumental que se abre tras el primer estribillo, Julio, como artista histórico, se tambalea en un baile que reconozco sólido, casi inmenso, delicado, digno de un cantante de renombre. Lupe, vestida solo con la camiseta, mira desconcertada. Probablemente sintiendo que ser el centro de atención de la calle Postal no es lo que se sueña como cumbre de una vida. Es en ese momento cuando oigo la voz de Polo, que no dice palabra, emite un balbuceo de sorpresa. Detrás de Lupe aparece, semidesnuda, otra mujer. Todos miramos hacia arriba, mientras Julio sigue, con los ojos cerrados y el micro agarrado con fuerza, pegado a su boca, cantando sin atinar ni ritmo ni afinación.

«Ni siquiera sientas pena por dejarme. Que ese pacto no es con Dios».

Polo me mira, la vecina del segundo mira a Julio. Yo miro a la mujer detrás de Lupe, que la abraza por detrás y le susurra algo al oído. Lupe mira hacia Julio. Julio mira, ahora sí, a Lupe. Todos estamos comprendiendo todo, como se debe comprender la vida en el instante justo antes de morir, cuando una patrulla de policía hace aparición por el fondo de la calle. La luz azulada intermitente por momentos evoca la iluminación épica de un gran estadio. Julio tartamudea y ya, mientras la canción encauza los últimos compases, se dirige a su público, que es Lupe.

—¡Lupe, pero yo te amo!

La luz azulada intermitente, como en los grandes estadios, se hace cada vez más grande.

—El concierto ha terminado —dice uno de los agentes.

Lupe y la mujer que la abraza entran. El público, esta vez, no pide otra.  Esa noche, eso sí, la terminamos en un calabozo y, como diría Luis Miguel:

«Pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar».

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