Hacía 25 años que no nos veíamos. Habíamos cruzado algún mensaje breve en los inicios de las redes sociales, pero durante años no supe nada de ella. Cuando me entró el mensaje en el teléfono, de un número desconocido, no me podía imaginar que se trataba de ella. Informaba brevemente, saludaba y preguntaba qué tal iba todo. Remataba con:
“Estoy pasando unos días en tu ciudad. Me pasó tu número Gustavo. Me gustaría verte”.
Me quedé unos segundos desconcertado. Veinticinco años son muchos años, son vidas, un cuarto de siglo. Cambian las estéticas, las ideologías, las tendencias sociológicas y de urbanismo, las influencias internacionales, el orden geopolítico, la presencia de lo digital en nuestra existencia y también, claro, tu biografía.
Me despedí de ella el día que me iba de aquel país. Aún en aquel momento, todavía afectado por el casi año desde que me había dejado, me vi capaz de acercarme a su casa para decirle adiós. Me abrió su madre, que aún me detestaba. Nos despedimos brevemente. Y al girarme pensé que era posible que nunca más la volviera a ver. De hecho, veinticinco años después no la había vuelto a ver. Entonces le contesté:
—Sí, claro. Me encantaría saludarte. ¿Hasta cuándo estás?
No sabía si quería verla, no por nada. La curiosidad estaba, pero también la pereza. Éramos postadolescentes cuando fuimos novios; ahora éramos señores mayores. ¿De qué hablaría con ella si ya entonces tampoco teníamos tanto en común? Éramos distintos. Fue un noviazgo de supervivencia. Nos queríamos en el no sentirnos islas y en una extraña forma de cariño. Pero éramos profundamente distintos, algo que ella vio antes que yo.
Contestó enseguida. ¿Te parece bien mañana? Luego pasamos a mensajes de concreción. Vivo por aquí. Mi hotel está aquí. Ah, pues yo vivo cerca. Pues quedamos en el café de debajo, en la esquina de la plaza. Perfecto, a las 10 a. m. estaré allí.
El resto del día lo pasé extraño. No sabía qué podía sacar de ese encuentro. Había curiosidad. ¿Cómo estaría ahora? ¿A qué se dedicaría? ¿Qué había venido a hacer aquí? Pero también pensaba que, pasados los minutos iniciales, la conversación sería permanentemente forzada, buscando que pasara el tiempo suficiente para encontrar una excusa para despedirnos: Muy bien, seguimos en contacto. Un gusto verte. Hasta pronto.
Cuando vas a encontrarte con alguien de una época pasada hay un mecanismo en la memoria que se activa. Vas recordando escenas e incluso acuden recuerdos que no tenías muy presentes. Lo que yo recordaba de ella solía ser abstracto. Escenas inconcretas, imágenes difusas de paseos por aquella ciudad lejana. Una sensación brumosa más que cosas concretas.
Fuimos novios en una época en la que mi vida no tenía sentido. Podría decirlo de otro modo, pero básicamente era eso: mi vida no tenía sentido. Recordé un viaje a la playa con una tía suya, la tía joven. Su tía y el novio de su tía nos llevaron a la playa. Lo pasamos bien. Nos bañamos. A la vuelta me quedé dormido en el coche. No sé por qué recordaba eso.
Recordé un día que la fui a buscar a una clínica donde trabajó un verano de telefonista. Una tarde que la esperé en la acera de enfrente para que la dueña de la clínica, amiga de su madre, no me viera. Vivimos casi en una forma de clandestinidad. Su madre no quería que fuera su novio. No sé muy bien por qué, pero sentía por mí un rechazo profundo.
Recordé una noche que ella me llamó llorando porque había soñado con algo religioso y muy extraño. Cada día que estábamos juntos ella era más creyente y yo más ateo. Fueron dos años extraños, pero es que mi vida era extraña en esa época. Hay un hoy, veinticinco años después, y bajo la perspectiva y capacidad de análisis que da el tiempo y la edad, me siguen resultando años extraños.
Al día siguiente me desperté incómodo. Le había comunicado a mi pareja el encuentro. Incluso hubo risas en casa. Por alguna razón inexplicable para mí, el encuentro no me generaba especial fascinación y ni siquiera en el humor de esa mañana sentí relajo. En general hay encuentros con el pasado que sí me producen intriga y curiosidad y, cuando se acercan, siento la emoción del encuentro; pero en casos muy puntuales se produce una forma de incomodidad, casi de rechazo. No es una elección racional, es como si eligiera el cuerpo con quién se quiere encontrar.
Caminé hasta el café. El hotel de ella estaba realmente cerca de mi casa. Llegué unos minutos antes de la cita. Me gustaba la idea de estar ya en el sitio cuando ella entrara; me daba cierta ventaja de observación, de anticipación. Me senté en una mesa desde donde veía toda la acera y la entrada de su hotel. Pedí un café y actué distraídamente.
El reloj avanzaba y ella no aparecía. Una forma de desconcierto y más incomodidad iba aumentando. Algunos minutos después la vi salir del hotel. El cuerpo responde a su antojo. Una forma de palpitación en la garganta se hizo notable. El análisis veloz. La cabeza actúa a una velocidad de vértigo.
“Está sorprendentemente igual. Como si se hubiera detenido el tiempo. Yo estoy peor, mucho más acorde a los años pasados. Ella parece que no hubiera avanzado el tiempo. No recordaba que caminara así”.
Son segundos donde tu mente realiza aproximadamente doscientos análisis por segundo. Su forma de avanzar te evoca otra imagen del pasado, verla avanzar por otro lugar no concreto. Te planteas qué tono de voz poner, qué emoción mostrar. Ser eufórico, ser contenido, ser dulce. ¿Quién soy? ¿Quién eres de todas esas posibles máscaras? ¿Cuál es la de verdad? ¿Cuál es la emoción real?
Abre la puerta de la cafetería, chequea el interior y me reconoce. Hay gestos detrás de los gestos. En su gesto al verme hay también doscientos análisis por segundo. Los que nos ven, nos ven mejor que nos vemos nosotros. Ven las cosas que a nosotros nos ha costado veinticinco años vivir. Ven los veinticinco años en una mirada.
También yo veo sus veinticinco años en los segundos que tarda en alcanzar la mesa. Me he puesto de pie. Nos hemos abrazado con ternura. Había olvidado que era una persona buena. No sé cómo se define la bondad, en qué se delimita, pero es una buena persona la persona que abrazo. Hay una ternura recuperada en segundos. El abrazo es cálido y honesto. El cuerpo ha decidido ya en qué sensación vivir ese instante. No eres tú quien decide. Son unos mecanismos orgánicos, ajenos a tu conciencia, quienes están trabajando en la percepción de la realidad.
—Es increíble el tiempo —dice ella.
Es una frase simple, pero qué condensa la sensación. La forma de acordeón del tiempo. Se encoge y, de repente, aquella fecha en la que me despedí en la puerta de su casa, el día antes de abandonar aquel país, parece que ha sucedido diez segundos antes. Se comprimen veinticinco años en segundos.
—Qué bueno verte —digo.
La frase es brutalmente honesta. De repente me parece hermoso verla. No por un tema romántico, pero estuve dos años compartiendo intimidad con esa persona. Algo en mis órganos vitales la reconoce y agradece. ¿Olerla? ¿Verla? No sé. La biología tiene sus ritmos.
La conversación es fluida. Salen algunos recuerdos. Recuerdos que yo no recuerdo, recuerdos que ambos recordamos, recuerdos que yo solo recuerdo. Nos contamos por encima algunas cosas de estos veinticinco años. Mi familia, su familia, mis hijas, sus hijas, que son mucho mayores que las mías. Qué joven fuiste madre, ¿no? Intuyo que aún es más creyente que cuando éramos jóvenes. Con frecuencia nombra a Dios.
Entonces, en un momento inesperado, cambia el tono. Hay una forma de seriedad nueva.
—Hace muchos años que quiero hablar contigo.
Los mecanismos de acción de mi cuerpo cambian de estatus. Una forma de alerta me sacude desde el estómago hasta el pecho. Saca un cuaderno. Veo mi letra. Son cartas que le escribí y que no recordaba. Hay frases subrayadas. No me las deja leer. Retiene el cuaderno entre sus manos.
Me habla de un grupo de personas que están buscando la verdad sobre Dios. Los años que vivió en Miami entró en contacto con un mentor, una persona que conoce lo que nos está siendo oculto. Yo pensé en sectas; ella hablaba de verdades. A ratos perdía el hilo de lo que decía porque no entendía qué hacía mi letra, mis cartas, en su cuaderno. Qué pintaban mis frases de adolescente enamorado en todo esto.
—Quiero que veas algo. ¿Puedes acompañarme a mi habitación? No te asustes. Lo que buscamos es la verdad. Tú eres parte de ese camino.
Estoy a punto de negarme, pero también hay una fascinación ante el camino que ha tomado el reencuentro. La curiosidad me pide saber dónde va a parar todo esto. Le digo que no entiendo muy bien qué me quiere decir, hacia dónde va todo este discurso.
—Si me acompañas, lo entenderás.
A partir de ahí todo sucede como en fotogramas congelados. Pagamos. Salimos. Entramos al hotel. Subimos a su habitación. Entramos. Hay un altar con una virgen y una vela encendida. Ella saca el cuaderno. Me mira.
—Creemos que eres parte de la sanación. Tus cartas revelan una fricción entre el otro mundo y este. Eres tú quien debe abrirla.
Qué debo abrir. No entiendo nada. Ella se pone de rodillas ante el altar. Reza. Me mira. Me pide que escriba mi nombre. Me pide que le escriba al gran señor. Que le suplique en frases, con mi letra, que abra la gran puerta. Debemos salvar el mundo.
Hay momentos en la vida en los que se siente el absurdo. El absurdo en su dimensión total. La vida carente de orden y sentido. Pero arrastrado por la incomprensión empiezo a escribir lo que ella me dicta. Pongo la hoja con mi letra frente al altar. Ella me abraza. Me dice que está profundamente agradecida. Que probablemente ahora no comprenda nada, pero que hemos hecho todo para salvar al ser humano de sí mismo.
—Entiendo que ahora te quieras ir.
Salgo de la habitación. Salgo a la calle. Veo mi ciudad. Camino por la acera hasta casa. Ese día debo mandar un trabajo antes de mediodía. Entro en casa. Me miro en el espejo. Me vuelvo a duchar. No sé por qué, pero me vuelvo a duchar. En el vaho que se ha formado en el espejo escribo, como si ella aún me estuviera dictando:
ABRE LA PUERTA. EL MUNDO AGONIZA.
Entiendo, claro, que se abrió. Que los que quedamos aquí somos los últimos habitantes en la Tierra. El mundo, hace rato que se acabó. Lo que hoy vivimos son los despojos después del fin del mundo.
