jueves, marzo 12, 2026

Concurso de relatos

Me llega la información de una convocatoria de un concurso de relatos en un pueblo de la periferia de la región. Leo las bases, los premios y la extensión del texto. No sé si escribo bien, si escribo mal o si simplemente escribo sin más. El hecho cierto es que me gusta mucho escribir, no tanto por el resultado sino por el medio. Hay una especie de placer, de tránsito hipnótico en el hecho de contar una ficción o una realidad alterada. La literatura amateur también es literatura, me repito estoicamente. Así que, cargado de buen ánimo y de buenas intenciones, me pongo a teclear un texto que llevaba merodeándome algunos días.

La trama era relativamente sencilla. Tiendo a escribir sobre procesos perceptivos. Los protagonistas de las historias suelen estar más centrados en la percepción que en las descripciones. Deambulan por sensaciones difusas que no terminan de abarcar; eso les lleva, con frecuencia, a finales que no son rotundos, sino un eco difuso de algo que permea extraño en su realidad.

Esta vez, sin embargo, quería centrarme en un escritor que se presentaba a un concurso de cuentos. El escritor empieza a escribir concentrado, firme, hacia un final que más o menos tiene decidido. Teclea a buen ritmo. A ratos piensa que parece que le están dictando. La cadencia en la que entra es casi musical. Resuenan las letras a golpe de tecla. Podría ser una canción alambicada, con extraños arreglos, pero siempre en un compás trepidante.

Avanza por el relato. Apenas relee. Está sumido en el puro placer de la literatura. Si entendemos la literatura como ese espacio abierto donde lo cierto, lo incierto, lo visible y lo invisible se hacen forma —una forma que, por otro lado, se deshace en la mente del lector—. En eso piensa o eso escribe mientras escribe, valga la redundancia.

Nuestro escritor, entonces, escribe que escribe. No sabe si eso lo ha leído antes; es posible. ¿No es acaso todo texto una forma de plagio? ¿No es cada texto el eco de otro texto? Porque de alguna manera lo que el escritor escribe en el cuento está siendo escrito aquí también. Y en eso anda: escribiendo lo que escribo.

En algún momento remata (luego diremos cómo). Lo da por finalizado, lo chequea. Le da algún repaso, cambia algunas palabras y, sin estar del todo a gusto —porque nunca lo está, porque siempre le parecen débiles y poco contundentes—, lo da por terminado.

Vuelve a leer las bases de la convocatoria. Rellena un formulario, se compromete con las normas y firma que el texto es original, que no hay plagio y que, de haberlo, en dado caso de que fuera premiado, debería renunciar al premio. Está de acuerdo. Sube a la plataforma el texto y le da a enviar.

Algunas semanas después, cuando ya ha olvidado el cuento y el concurso, recibe un aviso. Lee un correo donde le invitan el siguiente fin de semana a la entrega de premios. Es finalista y el premio se otorgará en una gala humilde, pero donde de alguna manera se quiere tratar bien a los finalistas.

—Al fin y al cabo, en este pueblo queremos cuidar bien a los nuevos talentos.

No duda. Reserva un hotel en el pueblo, que no está lejos, pero en el que prefiere quedarse a dormir para ir con calma, y alquila un coche para ir el sábado hasta allí.

La gala es por la tarde, pero él sale pronto. Conduce con prudencia pensando, por primera vez, en la posibilidad de ganar el concurso. No se quiere hacer ilusiones, pero la posibilidad de ganar le parece un pequeño regalo. Nunca se había planteado la literatura más allá de una afición casi íntima, que apenas compartía con nadie más.

El viaje es agradable. La primavera ha estallado en su máxima expresión. Los meses previos han sido intensos de lluvia y el campo está verde, pletórico, potente.

Llega al pueblo pronto. Aparca a las afueras. Deja la mochila en el hotel humilde que ha reservado y sale a pasear. No hay nada especialmente llamativo para visitar en el pueblo, pero, sin embargo, es un lugar idóneo y amable para pasear.

En una de las plazas del centro ve unos bancos. Se sienta. La temperatura es idónea: 22 grados. Cree recordar que esa es la temperatura que la OMS dice que es la perfecta para el ser humano.

Mira el movimiento de la plaza: vecinos con bolsas de la compra. Los sábados hay mercadillo y los lugareños aprovechan. Hay un bar con gente joven tomando cerveza.

Sigue observando la plaza cuando, en el banco de enfrente, se da cuenta de que está sentado su escritor favorito. Se cruzan la mirada. Piensa por unos segundos en acercarse a él, comentarle lo del concurso, la idea de que sea jurado, obviamente, le aterra. Se plantea abordarle, hablarle del cuento, pero no lo hace.

El escritor se pone en pie y se pierde por una de las bocacalles de la plaza. Al rato él también se va.

Después de comer y de dar otro largo paseo, decide pasar por el hotel para arreglarse y salir al evento literario. Le cuesta reconocérselo, pero está entusiasmado. Se siente escritor por un día.

Cuando está abriendo la puerta de su habitación, ve que de la habitación de enfrente sale su escritor favorito, que, educado, le da las buenas tardes.

—Buenas tardes —contesta.

Cuando llega al evento, el concejal de cultura le recibe. Le da la bienvenida. Conversan un poco sobre el concurso y sobre literatura. ve oportuno comentarle al concejal que ha visto, además, a su escritor favorito por el pueblo.

El concejal le dice que no sabía que estaba por el pueblo ese escritor.

—Lo cierto es que tampoco le pongo cara —remata el concejal.

Entiende, con alivio, que no es parte del jurado. Pasa al salón de actos. Se sienta en la butaca con su nombre y espera, ahora sí, pleno de emoción.

Lo que sucede a partir de ese momento le va sumando capas de desconcierto. Su escritor favorito se sienta a su lado. Esa butaca no tenía su nombre, sino otro. Se aturde: quizá no es el escritor, solo alguien parecido. Quizá —y esa es su tesis favorita— está usando seudónimo. Se ha presentado, bajo otro nombre, al concurso. 

Empieza la gala. El concejal habla del buen nivel de las piezas entregadas.

—Han llegado textos de enorme calidad. Pero, por desgracia, solo uno será el ganador de este humilde certamen.

En ese momento sabe que él no ganará. Nadie podría ganar en un concurso a su escritor favorito. Salvo que alguien, se dice, tenga el mismo nivel que su escritor favorito

El premio es sustancioso, pero además, en ese momento, el concejal anuncia un aumento del monto, porque, al conocerse la calidad de los concursantes, varias empresas de la zona han aportado más donación al premio. Cuando dicen la nueva cifra, siente que eso le arreglaría un poco su precaria situación económica. Pero no se hace ilusiones.

Finalmente, dos miembros del jurado, después de una actuación musical poco memorable, salen al escenario con un sobre en la mano. Lo abren, dándole tensión al momento, y anuncian al ganador. Cuando oye su nombre, siente una explosión peculiar de sentimientos: euforia, emoción, también una forma extraña de vergüenza y timidez. Sube al escenario. Tiene que hablar. Da las gracias al ayuntamiento, a los patrocinadores y empieza a hablar torpemente de la literatura amateur. Desde abajo, su escritor favorito le mira. Los ojos transmiten dureza, casi odio. Mientras sigue hablando de la literatura amateur, ve que su escritor favorito se pone de pie y se pierde por el fondo de la sala.

Después del cóctel, de una cena copiosa y unas copas divertidas con toda la comitiva —jurados y compañeros de concurso—, vuelve al hotel. Cuando abre la habitación, su escritor favorito abre la puerta de la suya.

—Tú y yo sabemos lo que ha pasado —le dice su escritor favorito.

—No sabía que participarías. ¿Cómo iba a saberlo?—le contesta él.

En ese momento, termino de teclear este texto y lo mando al concurso. ¡Deséenme suerte!

A ritmo de afrobeat

Es un ático pequeño, no más de 35 metros cuadrados; tiene una terraza, eso sí, formidable. Amplia, donde hay un banquito y una tumbona donde los dueños toman el sol los días que el clima enloquecido de la ciudad lo permite. La casa está repleta de gente. Cuando entro, me pregunto cómo es posible que entre tanta gente en ese espacio. Un tipo de aspecto atlético pone música afrobeat a un volumen desconsiderado con todo el vecindario de la manzana. En la terraza hay casi más gente que en el interior. Salgo y, aunque fumo muy esporádicamente, pido uno. Converso con dos chicas extranjeras. Hablan de los libros de un autor que desconozco; la más joven es devota: “No tiene un párrafo malo”. Intento memorizar el nombre, aunque sé que al día siguiente me costará encontrarlo en los recovecos de la memoria.

La terraza da a una calle estrecha. Los edificios del otro lado no están muy lejos y pienso, como maniático del ruido en el que me he convertido, en cómo debe de estar afectándoles ese bullicio y el volumen de esa pieza memorable de afrobeat (probablemente una de mis tres canciones favoritas de la historia de la humanidad).

Mientras las dos extranjeras hablan de un fragmento de una intensidad feroz, me quedo mirando una de las ventanas del edificio de enfrente. Veo a una pareja, dentro de un ventanuco, hacer aspavientos: están discutiendo acaloradamente. Me quedo mirando la escena, que realmente evoca al cine, porque el cuadrado de la ventana encuadra, casi a la perfección, un plano netamente cinematográfico. Ella entra y sale de plano; él tiene gesto iracundo. Es evidente que está gritando.

Las chicas extranjeras desmenuzan ahora lo que les produjo una escena concreta de uno de los libros más populares del autor:

—Describe ese asesinato con una perfección de orfebre. No hay intención poética; sin embargo, hasta la narración de algo tan cruel puede resultar hermosa.

La chica, en el ventanuco, gesticula y se tapa la cara. Ha debido de empezar a llorar. En ese instante me dan ganas de mandar callar a todo el mundo, bajar el volumen de la pieza de afrobeat y lanzar la oreja para escuchar lo más posible.

—Mirad, esos de ahí enfrente están discutiendo fortísimo —les digo a las chicas.

La más joven gira y se queda ensimismada.

—Qué mala pinta —dice, un poco asustada.

En ese momento yo también siento algo de temor, porque efectivamente la discusión ha tomado otro matiz. Él zarandea a la chica; ella intenta retenerle. La chica más mayor grita en esa dirección.

—Cabrón, suéltala.

La música cambia. Nadie nos mira en la fiesta, porque el bullicio es monótono e intenso. Me acerco a la barandilla y gesticulo y grito. Pero en el ventanuco nada cambia. Lo que vemos es que las dos figuras desaparecen de plano.

Miro a mis compañeras.

—Voy para allá —les digo.

Salimos de la terraza y bajamos las escalera porque no quiero perder tiempo esperando el ascensor. Bajo cada vez más rápido. La chica más joven viene detrás de mí. La otra, Anne, no sé si viene aún o si se ha quedado arriba.

Cuando llegamos abajo, la joven, May, me pregunta asustada:

—¿Y si el tipo es realmente peligroso?

—Bueno, al menos toquemos la puerta, intentemos acceder al edificio y vemos.

Cruzamos la estrecha calle. Por la acera viene un grupo de borrachos ingleses cantando una canción de fútbol de un equipo que no logro identificar. Uno de ellos le dice algo a May. May le dice en inglés que es un puto gilipollas.

Llegamos al portal de enfrente. Empezamos a tocar botones del interfono. Nadie atiende. En ese momento aparece Anne.

—No logramos que nadie nos abra —le dice May.

Anne está muy asustada. Le miro la mano y veo que le tiembla. No estoy seguro, pero diría que ha empezado a llorar levemente. Algo parecido a una lágrima le brota del ojo.En la acera se oye la música de arriba. Está sonando Abraka de The Funkees. Nos quedamos unos minutos sin saber qué hacer, ahí parados. Pasan algunos peatones esporádicos por la calle. Es estrecha y menos concurrida que todas las de alrededor, centro neurálgico de la ciudad. Del final de la calle, la parte que da a la plaza, viene bullicio también; parece el ruido de un concierto al aire libre. El verano en la ciudad es una forma de multiverso. Todo sucede a la vez. En ese momento alguien abre el portal.

—Buenas noches —dice May.

Entramos los tres. La persona que sale nos mira con desconfianza, pero no se atreve a decirnos nada. El edificio no tiene ascensor. Subimos los cinco pisos andando, casi corriendo. Descubro que May y Anne están en mucha mejor forma física que yo. Llegamos arriba. No se oye nada. Intentamos descifrar cuál de las tres puertas es la que buscamos. May y Anne optan por la que pone 5-C. Yo tengo dudas, pero no digo nada. Anne toca alterada. Se oye cierto movimiento detrás de la puerta.

—¿Quién es? —dice una voz grave masculina.

May dice que queremos comprobar que está todo bien con la chica, que estábamos enfrente y hemos visto cómo la zarandeaba.El tipo abre la puerta. Me mira primero a mí, como si tuviera que calcular fuerzas; luego las mira a ellas. Logro identificar la música desde la fiesta: It’s Vanity de T.P. Orchestre Poly-Rythmo.

—¿Se puede saber qué quieren y por qué invaden así mi intimidad?

—Estábamos en la fiesta de enfrente y hemos visto la discusión y cómo zarandeabas a la chica. Queremos comprobar que está bien y hablar con ella.

—Aquí no hay ninguna chica —dice en tono sorprendido.

Anne se pone nerviosa. Le dice que es un hijo de puta, que vamos a llamar ahora mismo a la policía, que nos deje entrar.El tipo nos mira y nos hace un gesto para invitarnos a pasar. Entramos.

La casa está admirablemente ordenada. La decoración es precisa: todo bien medido en los espacios. Una librería de madera repleta de libros colocados en orden, una suave luz iluminando la estancia. El apartamento es pequeño, pero agradable, un sitio idóneo para vivir, pienso mientras avanzamos. Anne y May recorren el salón, entran al baño y a la habitación. No hay rastros de la chica. Yo voy detrás de ellas. Terminamos entrando en la habitación. Oigo sonar Samba de Les Amazones de Guinée desde la fiesta. Miro por el ventanuco y veo a los de la fiesta en la terraza. Distingo a Luis y Guillermo riendo con alguien que no conozco. En el salón hay gente bailando. Veo a una chica que no estaba cuando hemos salido. Está hablando con el DJ. Me giro. Veo a Anne y May mirando debajo de la cama. En la puerta de la habitación veo al hombre con un cuchillo en la mano. Vuelvo a mirar a May y a Anne y miro hacia atrás. Veo a mis amigos, al DJ, oigo el punteo acuchillado de la guitarra. Tengo ganas de gritar, pero sé que no voy a ser escuchado. Anne y May se ponen en pie y descubren lo que yo había descubierto. May emite un suave grito de miedo. Suena Let’s Think It Over de Marajita. El tipo cierra la puerta y nos arrincona.

Me sorprende pensar que en el plano cinematográfico del ventanuco que hace un rato yo había visto una escena parecida, ahora estaba protagonizada por Anne, May y yo. Los vientos de Marajita reverberan por toda la calle. Pienso en la posibilidad de que alguien haya llamado a la policía por el volumen atronador de la música por toda la calle. El tipo nos arrincona aún más. Si hay alguien en la terraza de la fiesta mirando hacia el ventanuco, estará viendo la escena. A eso me agarro. A esa esperanza. Los tres estamos pegados. Anne está nerviosa y me ha agarrado la mano. Siento la fuerza con la que me aprieta. Intento calmarla haciendo pequeñas palpitaciones, como si pudiera comunicarme con ella por un código de impulsos. No sé si la ayudo o si contribuyo a ponerla más nerviosa.

—¿Qué nos vas a hacer? —dice May—. ¿Nos vas a matar? ¿A los tres?

En ese momento oigo ruido desde el descansillo. Alguien golpea la puerta. El hombre se queja, se da la vuelta.

—No os mováis.

Cierra la puerta de la habitación.

Oigo, como filtrada, la voz al otro lado de la puerta.

—¡Ábrenos! —reconozco la voz de Guillermo—. ¡Te hemos visto desde la terraza de enfrente!

Anne señala una puerta: es el baño. Corremos los tres. El baño tiene una claraboya amplia. Nos subimos al retrete. Ayudo a May, luego a Anne y con esfuerzo logro salir yo. Estamos en el tejado del edificio. Avanzamos como podemos. Se cae una teja por el patio interior. Suena el estruendo soberbio.Pasamos de un tejado a otro de los edificios. No sé qué buscamos, pero al menos estamos a salvo. Distingo Ajo de Peter King tronando en la fiesta. Trepamos un poco y subimos más alto. Desde donde estamos vemos a los de la fiesta. Les gritamos, pero no nos escuchan. Hacemos aspavientos con los brazos, como los náufragos de una isla. Nadie nos mira. Dos tejados más allá veo una figura. Se lo comunico a mis amigas.

—¡Es la chica! —dice May.

La chica está asustada, pero Anne le dice que nosotros también estamos huyendo del psicópata. En el cuarto tejado vemos una escalera que baja a un pasillo. El pasillo parece el de unos trasteros. Hay un ascensor. Nos montamos y bajamos al cero.Un minuto después estamos en la acera. Sin hablar, sin decidirlo, sin ser impulsado por ninguno, nos abrazamos los cuatro y celebramos. Hemos logrado fugarnos. Anne, firme, dice que vayamos a la fiesta, que desde allí llamemos a la policía. Le decimos a la chica que nos acompañe. Tocamos. Por suerte alguien nos abre, porque yo temía que nadie escuchara el interfono en la fiesta.

Está sonando Wanna Do My Thing de Matata.

Subimos en ascensor. Decimos frases absurdas, inconexas, deliradas. Nos reímos fuerte, exagerados. Entiendo que es la adrenalina haciendo su trabajo. Entramos en la fiesta hablando en alto, contándolo sucedido. Miro a la gente mirándonos, miro a la terraza, miro  al frente mientras Anne cuenta y May telefonea a la policía. Sobre el tejado que hace unos minutos nosotros íbamos trepando veo a Guillermo trepando haciendo aspavientos para ser visto. Le hago gestos. En ese momento bajo la mirada al ventanuco, veo al DJ siendo amenazado por el cuchillo. Está sonando Afro Beat Blues de Ojah. y pienso: ¿Quién está poniendo ahora la música?

miércoles, marzo 11, 2026

Viaje a Nueva York

Entré al Marcus Garvey Park por la 120. La mañana era fría, pero algo menos que los días previos; incluso el sol brillaba, no excesivo, pero le otorgaba a la mañana un aire de amable melancolía. Entré al parque como podía haber seguido hacia Central Park. No tenía ruta. Había llegado a la ciudad cuatro días antes y ocupaba las horas dando paseos de distancias asombrosas. Empecé a subir las escaleras hacia la montaña a ritmo pausado. El parque estaba vacío y me sentía en un estado sutilmente armónico. El bullicio indescifrable del tráfico monumental se escuchaba de fondo, como una capa auditiva venida de otro planeta; a ratos parecía la base improvisada de un grupo de música experimental para que un trompetista soleara sobre ello.

Arriba me senté. Miré la torre de incendios, las escaleras ascendiendo que parecían la traducción a gráfico de una escala de jazz. No sé por qué pensé en eso. Quizá por la forma casi musical de los escalones, que parecían notas; quizá porque el ambiente solitario a esa hora de la media mañana en el parque me evocaba una música que no recordaba, pero que seguramente había escuchado en algún lado, en algún momento de mi vida. Miré la silueta de los edificios y a un tipo caminando abajo, por donde la piscina. La piscina estaba vacía, sin agua. Pensé que con el frío de los días previos, de estar llena de agua, habría estado congelada. El tipo, desde abajo, me miró y vi que empezaba a subir las escaleras hacia donde yo estaba.

Me senté; estaba cansado. Escuché sirenas, helicópteros pasar. ¿Cuántas cosas suceden a la vez en una ciudad de esas dimensiones? Es inabarcable el presente, pensé. Luego seguí unos segundos anclado a esos pensamientos, llamémosles filosóficos. Quizá por el tiempo libre, quizá por la ruptura que el viaje había supuesto en mi vida, llevaba todos los días del viaje merodeando pensamientos de ese tipo.

El tipo, que minutos antes había visto merodeando por la zona de la piscina, apareció de repente a mi lado. Se me acercó.

—Eres el tipo contratado por Vicente. No te asustes.

Todo cambió de golpe en mi cuerpo. Todo el sosiego y pausa en el que llevaba sumido los días desde que había llegado a la ciudad se transformaron, de golpe, en alerta. El cuerpo se puso, casi sin transición, en tensión. A cada músculo del cuerpo le llegó, como un fogonazo, un aviso de alerta.

—Sí —dije sin rodeos.

Nadie preguntaría eso sin saber que yo era exactamente el tipo contratado por Vicente. Miré a los lados, pensando que podía haber más tipos, perdidos por el parque, acompañándole.

—Has fallado en alguna cosa, pero de momento lo estás haciendo francamente bien. Intenta usar más el metro. Ahí es donde se te pierde el rastro del todo. Pero salvo nosotros, hasta ahora, nadie sabe que estás aquí. Sigue así.

Le miré. El plan de Vicente era tan exhaustivo que probablemente había contratado a este tipo para cerciorarse de que yo no dejara ninguna marca, ninguna huella. El plan era más ambicioso aún de lo que yo sospechaba.

—No entres a Central Park. Parece buena idea, pero luego no lo es —me dijo con tono casi didáctico.

Luego me dio una palmada en el hombro como una forma de aprobación.

Hasta ese momento yo no había abierto la boca. De hecho, en ningún momento llegué a abrirla. No emití palabra.

—Vicente me ha dado esta carta para ti —me dio un sobre cerrado que pensé que él ya había leído.

Se puso en pie y se fue escaleras abajo. Me quedé mirando al hombre que sabía que los siguientes días estaría permanentemente a una distancia prudente de mí. ¿Cuántas personas más había en esa cadena de seguridad? ¿Cuánta gente controlaba los movimientos?

Abrí el sobre. Vicente saludaba amable.

Espero que los días previos estés disfrutando algo de la ciudad. El apartamento que estás usando es perfecto para sentirse parte de la realidad y no otro turista.

Me recomendaba un sitio de tacos mexicanos en Brooklyn.

Probablemente los mejores de este planeta.

Luego pasaba a darme indicaciones. Todas las direcciones que me había dicho en Madrid eran señuelos. Ahora me indicaba, de nuevo, el lugar donde debía rematar todo:

58-48 Rust St. Hay una puerta roja en una nave abandonada. La llave de esa puerta la tienes en el cajón debajo del lavabo del baño. Recuerda: todo debe suceder el día 13 a las 22:00. Buena suerte.

Guardé la carta. Durante unos segundos pensé qué hacer con ella, pero la guardé en el bolsillo del abrigo. Me puse en pie, bajé las escaleras por donde había ascendido y caminé hasta el metro más cercano.

El resto del día lo pasé caminando aleatoriamente por toda la ciudad. Cogiendo con más frecuencia el metro. A veces hacía transbordos innecesarios por el simple hecho de pensar que, de estar siendo vigilado, podría despistar con esa ruta. Con frecuencia miraba alrededor con la idea de ver si veía al hombre que me había hablado en el parque.

A mediodía, después de varios merodeos anárquicos en mi ruta, terminé de nuevo por East Harlem. Entré en un pequeño local de unas mujeres puertorriqueñas. Vendían unas empanadas poco estéticas, pero absolutamente deliciosas. Luego fui a Brooklyn. En Brooklyn entré en un local donde sonaba indie netamente neoyorquino. Guitarras acristaladas que hablaban de una nostalgia banal. Pensé que el indie llevaba diez años muerto. Me tomé una cerveza que pagué a precio de oro.

A media tarde, cuando la noche casi había caído, decidí volver al apartamento. Entré en un supermercado para comprar unas cervezas y algo de picar. Entré por la 116, que estaba vacía y silenciosa. Empezó a llover y vi dos ratas cruzar por el asfalto en dirección a unas bolsas de basura. Odio las ratas.

Nunca bebo solo, pero esa noche me bebí cuatro cervezas y terminé ebrio en el sofá del apartamento. No quería hacer ningún tipo de ruido, así que me puse música en los audífonos. No encendí las luces. Estaba todo a oscuras y veía en el edificio de enfrente a una pareja cenando. Les miré y fue ahí, por primera vez en el día, cuando volví a sentir el dolor. Pensé en Claudia. Pensé en el fracaso. En el desmoronamiento absoluto de mi vida. Me imaginé a Claudia con ese tipo que había conocido en el viaje el mes anterior a Medellín. Pensé en el día que entró en casa con el nuevo corte de pelo, anunciando que se iba. Me abrí otra cerveza mientras veía que en el apartamento de enfrente la pareja recogía la cena. No sé en qué momento me fui a dormir.

Cuando desperté, me dolía la cabeza. Tuve ganas de masturbarme pensando en Claudia. Nunca lo había hecho. No sé por qué. Tampoco lo hice esa vez. Me resultaba doloroso. Me duché y salí a la calle.

Cuando estaba en la acera, vi al tipo del Marcus Garvey Park. Se me acercó con un nuevo sobre. No me habló, me lo dio y se fue calle abajo. Lo abrí.

Siento lo brusco, pero debes hacerlo justo ahora.
Vicente.

Subí al apartamento. Cogí la llave que me había indicado en la carta previa. Salí a la calle. Comprobé las rutas que debía hacer. A partir de ese instante todo se aceleró: Llegué en cuarenta minutos a la puerta indicada: 515 W 47th St. Al lado del pequeño negocio de café. Subí al último piso. Ahí estaba Fernando Márquez. Cuando abrí la puerta, me miró con temor. Fue rápido. Le golpeé en la nuca y cayó como la hoja caduca de un árbol en otoño. Le desnudé, le metí en la ducha, abrí el agua y salí de la casa. Caminé varias manzanas. En el parque de la 43 cogí la mochila que había dejado escondida con ropa. Caminé hasta el The Times Eatery. Pedí un café y un sándwich. Me cambié en el baño. Los empleados no notaron el cambio de ropa porque me dejé el abrigo. El sándwich era exquisito. En la calle saqué de la mochila otra chaqueta, metí el abrigo y abandoné la mochila en un contenedor de una obra que había visto dos días antes. Me subí al metro. En Brooklyn cogí un taxi a la 59-61 54th St. Allí, tal como me había dicho Vicente, había una casa con una escalera lateral. Toqué. Abrió la persona que conocía en fotos: Omar Vergara.

Saludé. Le dije todo lo que había memorizado y que Vicente me había detallado varias veces para no equivocarme.

—Soy Diego Manzano, de la división de Madrid. Tengo el pedido solucionado. Lo tengo todo listo. Solo Dios ve cada posibilidad del camino.

Omar me miró confiado. Estaba dentro.

El espacio, diáfano, estaba iluminado por unas velas. Había una virgen; debajo, un letrero de neón ponía: La Divina Pastora te ilumina. Omar abrió una maleta que estaba en el suelo. Cogió dos rosarios, una biblia y una navaja que a mí me pareció de esas que venden en Toledo a los turistas.

—Vamos —me dijo Omar muy enérgico.

Salimos a la calle y le señalé en el papel donde debíamos ir.

—Es muy cerca. Vamos caminando- me dijo arrugando la hoja. 

Pocas manzanas después estábamos en la pequeña puerta roja de 58-48 Rust St. que había leído en la carta en Marcus Garvey Park. Saqué la llave y abrí la puerta. La nave estaba totalmente a oscuras. Vi otra rata. Las odio. Omar entró detrás de mí. Encendí la linterna del móvil. Fue justo en ese momento cuando noté el golpe en la nuca.

Cuando abro los ojos otra vez tardo en saber dónde estoy. Todo sigue a oscuras. Estoy solo en la nave abandonada. Tengo el móvil en la mano. Enciendo la linterna. Me han dejado un sobre en la mano. Lo abro. Ilumino el folio con la linterna.

Lo siento, tú también eras parte de la cadena. Pronto recibirás el ingreso. Ya puedes volver a Madrid. Gracias por todo. 

Dos días después estoy entrando en casa. Siento el vacío. Vuelvo a pensar en Claudia. Esta vez sí me pongo a llorar.

martes, marzo 10, 2026

La Marquesina

La Autovía NO-98 tiene un tráfico permanente pero rara vez colapsa. Cuando cae la noche, el tránsito de autos disminuye considerablemente y el autobús suele aparecer a las horas previstas. A mí, en cualquier caso, me gustaba ir con anticipo. Dejaba el uniforme en el camerino de empleados. Me vestía velozmente y entregaba el turno con todo mi trabajo realizado a tiempo.

El supermercado está en una zona con poca área habitada alrededor. Los clientes vienen en coche desde las urbanizaciones que están pegadas al mar y, cuando salía —siempre de noche, daba igual la época del año, mi turno siempre terminaba a las 23:30—, apenas había movimiento alrededor. Desde la puerta se veía el paso fugaz y veloz de los autos por la NO-98, y las farolas alumbrando el parking prácticamente desocupado.

Una vez cruzaba el parking, debía avanzar por el camino de servicio, pegado a la vía, alcanzar la pasarela sobre la NO-98 y cruzar al otro lado. Avanzar aún unos cuatrocientos metros más y llegar a la parada. La marquesina, que estaba bastante deteriorada, cubría de la lluvia los días de tormenta y me permitía sentarme un rato para descansar de la larga jornada que llevaba de pie en la caja de cobro número 2.

Repetía el camino de domingo a viernes, siempre a la misma hora. Los sábados era mi día libre. Era el día que me servía para ordenar la habitación que tenía alquilada en un edificio que en verano estaba ocupado por turistas y que durante el año permanecía casi deshabitado.

A veces, esperando el autobús, pensaba que quizá debía alquilar algo más cerca, pero cada vez que investigaba descubría que los precios de las zonas más cercanas al supermercado eran imposibles para mí. Así que me tocaba seguir haciendo esa ruta diaria.

El autobús no me solía hacer esperar, lo cual era una buena noticia, porque luego el trayecto hasta El Nuevo Palmar era casi de una hora. En El Nuevo Palmar cogía otro autobús y, hora y media después de haber salido del supermercado, estaba entrando en mi habitación, con la madrugada y el silencio del edificio haciendo una forma de eco molesta sobre mi habitación.

Aquella noche, sin embargo, el autobús empezaba a retrasarse demasiado. Eran las doce y cuarto y aún no había aparecido. De hecho ya entrábamos en el horario del siguiente. Observando el tráfico no se notaban anomalías. Los autos pasaban con la misma fugacidad de todas las noches. Si hubiera habido un gran accidente kilómetros antes, no tendría que haber pasado ninguno, pero la frecuencia no daba síntomas de nada. Un flujo fugaz y  permanente, que a veces imaginaba eterno. Esos autos haciendo ese sonido violentamente breve, que a veces me parecían formas extrañas del recuerdo. Como si esos autos pasando fueran los recuerdos perdidos de personas de otros lugares o como si fueran un espejismo, respiraciones, el flujo del ser humano en la tierra. Pensaba en eso, quizá, como forma, a su vez, de fuga mental mía, una manera de descansar la mente después de todo el día pasando artilugios que sumaban cifras que pagaban turistas espontáneos que quizá no volvería a ver jamás.

Esa noche no llegaba el bus. Llegaron las doce y media y seguía sin pasar. Me levantaba, miraba al fondo de la línea de sombra por donde debía venir el bus, pero no veía esa mancha verde esperanzadora aparecer. Me empecé a inquietar. Fui a consultar en el teléfono, pero en ese instante me quedé sin batería: hay veces que la rutina se declara en rebeldía.

Pasé mucho rato en una inquietud que iba en aumento. Miraba el reloj de la marquesina, que siempre estaba algo atrasado. Me levantaba, miraba el tráfico. Me sentaba y cerraba los ojos con la esperanza de que, al abrirlos —por esas extrañas supersticiones en las que no creemos pero a las que nos aferramos cuando empezamos a estar desesperados—, apareciera por fin el verde esperanzador del 917, dirección El Nuevo Palmar.

No llegó, claro.

Cuando incluso el tráfico fugaz de la noche también había disminuido, un chico notablemente agitado apareció por detrás de la marquesina. Me miró. Estaba alterado. Los ojos casi fuera de órbita.

—¿Lleva usted mucho rato aquí? —me preguntó con un tono de voz que me produjo una extraña forma de lástima.

—Más del que quisiera —contesté.

—¿Me puede ayudar? Creo que me estoy volviendo loco.

La voz era la de alguien que está a punto de ponerse a llorar.

—Pero ¿qué te pasa, amigo? Cuéntame.

En ese momento se tapó la cara con las manos y ya sí, empezó a emitir una suave forma de llanto que estaba cargada de temor.

—No me va a creer. Pero ahí detrás… —y señalaba el bosque de pinos detrás de la marquesina—. Ahí detrás he visto algo muy raro. Usted no me va a creer.

No sé por qué, pero lejos de sonarme disparatado o peligroso, me pareció sincero. Miré el tráfico, miré el otro lado de la carretera. Noté que apenas pasaban ya coches. Vi atravesar de este a oeste un BMW a una velocidad que me pareció irreal. Pensé, no sé por qué, que el ser humano se había excedido con las formas físicas, que el ser humano había dejado de entender la libertad o que quizá jamás la había entendido. Pensé que este mundo estaba sumido en un profundo dolor. Pensé eso mientras el BMW pasaba desorbitado en la misma dirección en que hacía más de una hora y media debía estar yendo yo.

—Sí te voy a creer —contesté para calmarle.

—Creo que he visto unos seres que no son de este mundo. Tengo mucho miedo.

Fue justo ahí cuando ya rompió en un llanto desgarrador. Intenté consolarle. Le abracé. Se abrazó a mí con una intensidad brutal. Durante dos segundos, posiblemente menos, pensé que éramos los dos únicos habitantes que quedaban en la Tierra. Pensé fugazmente que quizá me había pegado su locura y finalmente pensé que estaba diciendo la verdad.

—No te preocupes. Enséñame dónde están. Te acompaño. Probablemente no estés loco.

Bordeamos la marquesina y enfilamos hacia el bosque de pinos. Apenas se distinguían formas ni caminos. Íbamos a trompicones por entre la maleza. En algún momento, los dos nos apoyábamos el uno en el otro. Avanzamos unos cuantos metros. Me indicó un árbol.

—Estaban ahí, se lo juro.

En ese momento giré hacia atrás. Entre las sombras del bosque se veía la marquesina. Fue extraño, porque me imaginé a mí, unos segundos antes, ahí sentado solo y fue como verme a mí mismo desde dentro del bosque.

La marquesina, claro, estaba vacía.

Fue ahí cuando vi que llegaba el autobús y se frenaba. Me puse a correr mientras veía que alguien descendía por la puerta de atrás. Tropecé con una rama que no había visto en la oscuridad. Vi la puerta cerrarse y el autobús salir. Me quedé mirando como miramos planetas lejanos en medio de una noche de verano, como miramos el horizonte marcado en un atardecer de verano, como miramos un ave sobrevolar y perderse en las nubes.

Giré la cabeza hacia atrás. Vi al chico de rodillas. No vi nada más. En ese instante decidí que dejaba el trabajo, que dejaría la habitación de El Nuevo Palmar y que, definitivamente , me volvería a mi país.

lunes, marzo 09, 2026

El salon de madrugada

Llevaba unos días durmiendo con interrupciones. Abría los ojos de madrugada, miraba la hora y comprobaba que aún quedaba mucho para que el despertador tronase en ese segundo diario en que todo se vuelve mezquino y molesto: la hora de despertar. Generalmente me volvía a dormir al rato, pero me despertaba cansado, con falta de reposo o de un sueño verdaderamente reponedor. El cansancio, además, se estaba acumulando. Cada noche de sueño poco profundo sumaba una capa más de cansancio en mi cuerpo y en mi estado anímico.

Esa noche sucedió igual que las noches previas. Abrí los ojos, comprobé la hora: 3:21. Estaba en un extraño estado de alerta. Lo atribuí al sueño que había tenido y del que aún reverberaban imágenes. Me puse en pie. Caminé por la casa pensando que quizá cambiar de lugar para dormir e irme al sofá ayudaría a recuperar el hilo y seguir durmiendo. No encendí luces, no quería despertar a mi pareja. Avancé por el pasillo a trompicones y crucé la puerta del salón. Avancé hasta el sofá y, en el momento en que me iba a tumbar y taparme con una manta, vi las dos figuras sentadas: la sombra estática de dos personas que no hacían absolutamente nada o nada que se pudiera descifrar en la oscuridad.

Intenté ir a encender la luz. Pero una voz dijo: no. Firme, segura y autoritaria. Un no irrebatible.

—Siéntate tranquilo. No va a pasar nada.

Sentí a la altura de la garganta una palpitación, una subida de tensión abrupta que traté de frenar respirando pausadamente. Caminé, con todo a oscuras, hasta el sofá. Me senté tal como me habían ordenado. No sabía si iban armados ni, por supuesto, sus intenciones. Me senté y todo siguió en silencio un tiempo que no supe descifrar. Quizá medio minuto, quizá dos. A mí me pareció un tiempo desbordado. Un tiempo inidentificable. Una masa cósmica de difícil comprensión. Un tiempo en el que pensé que estábamos sumidos y atrapados en un agujero de gusano. Que quizá estábamos atravesando boquetes siderales donde el tiempo tomaba otra dimensión, quizá se deformaba como un extraño acordeón. El tiempo que transcurrió me pareció absurdamente infinito. La oscuridad, las siluetas, el silencio. Había estado más veces en mi casa a oscuras, en medio de la noche, pero esa vez mi percepción fue radicalmente distinta: era como estar en mi casa mientras yo estaba durmiendo. Pero sabía a ciencia cierta que no estaba soñando.

—Nos gustaría que despertaras a tu pareja. No la alarmes. Despiértala suavemente. Intenta ser sosegado, pausado, calmado. Cuando logres tenerla en un estado de relativa relajación, cuéntale que tiene que venir al salón con nosotros. No puedes encender ninguna luz.

Me puse en pie. Caminé hacia la habitación intentando comprender qué estaba sucediendo: ¿un secuestro, un robo, una ocupación? ¿Qué era lo que pretendían esas dos siluetas?

Obedecí. Intenté despertar a Laura con suavidad. La acaricié diciendo casi en susurros su nombre.

—Laura. Laura. Despierta.

Abrió los ojos. Sin llegar a ser un sobresalto, sí tuvo un conato de susto.

—¿Qué te pasa?

—Laura, tranquila. Hazme caso, no te asustes y ven conmigo al salón, por favor.

—¿Se puede saber qué pasa?

En ese momento Laura dirigía la mano hacia su mesilla para encender la lamparita. Detuve su mano justo a tiempo.

—¡No! —dije muy alarmado, pero aún en susurro—. Hay unos tipos en el salón. Tienes que venir conmigo. No hagas nada. Va a salir todo bien.

La miré tratando de transmitir la calma que yo no tenía.

Se puso en pie. Me dio la mano y caminamos hasta el salón juntos. La mano le sudaba. Estaba en estado absoluto de pánico.

—Hola, Laura —dijo una de las sombras—. Siéntate con Ángel. Manteneos en calma, por favor.

El hecho de que supieran nuestros nombres me resultó aterrador. ¿Quién eran estas personas?

Nos sentamos. Nos quedamos los cuatro ahí. La madrugada, esa cosa que se impone silente sobre todas las cosas, estaba ahí como una capa poderosa. No pasaba nada. Silencio y sombras. Intentaba descifrar los rostros que nos tenían ahí, detenidos, extraños.

Pensé, cuando veía que el tiempo avanzaba y no sucedía nada, en la esperanza del amanecer. Cuando la luz se fuera imponiendo iríamos descubriendo sus rostros, sus identidades.

Laura me cogió la mano. Nunca me había comunicado tanto con tan solo un gesto. Quería calmarla, pero yo no lo estaba.

El momento más oscuro de la noche es justo antes de que empiece a amanecer. Fue entonces cuando comenzó, casi imperceptiblemente, a entrar la luz. Lo que sucedió entonces es difícil de explicar. También de describir. Según la luz iba entrando, las siluetas que nos tenían ahí detenidos —¿secuestrados?— se iban diluyendo. Como si la luz las deshiciera.

No volvieron a hablar.

A medida que la luz entraba fueron desapareciendo. Cuando la cara de Laura ya era visible para mí, no quedaba nada de ellos. Nos abrazamos. Intentamos encontrar una explicación, pero nada nos parecía dar explicación a lo que había sucedido. Recorrimos la casa buscando alguna huella. Quizás nos habían drogado o habían experimentado con nuestra percepción, pero el caso es que no había ni rastro de ellos.

Sonó el despertador.

Dentro de lo que pudimos, intentamos hacer vida normal. Nos arreglamos, tomamos café y salimos a la calle. Trabajé desconcertado, asustado, preocupado. Busqué noticias, consulté insistentemente. Pensé que quizá habíamos sido víctimas de un nuevo tipo de secuestro, víctimas de un químico aún no conocido por el público. No encontré nada.

Laura me llamó varias veces a lo largo del día. Seguía asustada. La fui a buscar al trabajo. Nos fuimos a cenar con la idea de olvidar y de pasar página. De camino a casa sentimos en aumento el temor. ¿Y si estaban otra vez?

Abrimos la puerta. No había nada fuera de sitio, no había nada llamativo. Todo estaba en orden. No había siluetas en el sofá.

Vimos un capítulo de una serie y nos metimos en la cama. Yo me puse a leer el último capítulo del libro que me estaba leyendo. Laura anotaba algo en su cuaderno de notas. No sé en qué momento nos quedamos dormidos.

Abrí los ojos. Miré el reloj. 3:21.

Esta vez, sin muchos merodeos, me puse en pie y me fui al salón. Decidido a encender la luz. Cuando iba a hacerlo, de nuevo la voz.

—No, Ángel. Te dijimos que no enciendas la luz. Siéntate.

Esta vez más que temor sentí cierta indignación. ¿Cómo podía ser?

—¿Quiénes sois? —grité.

Grité de tal modo que desperté a Laura. Laura vino corriendo. Se quedó a mi lado.

—No encendáis la luz. Sentaos.

No sabía si obedecer o declararme en rebeldía. Encender la luz y entender toda esa farsa. En eso estaba cuando Laura, sin aviso, dio al interruptor.

Se hizo la luz en el salón.

No estaban.

No había nadie.

Asustado, le di de nuevo para apagarla. Volvieron a aparecer.

—Por favor. No lo vuelvas a hacer —dijeron en tono de súplica.

Laura la volvió a encender y yo la volví a apagar. Ahí estaban, apareciendo y desapareciendo.

No lo volvimos a hacer.

Nos dimos la vuelta y nos metimos en la cama.

Desde entonces, cada vez que me despierto en medio de la madrugada ya no voy al salón.

Tú deberías hacer lo mismo.

martes, marzo 03, 2026

El círculo de la memoria

 Cuando abro los ojos, lo que veo es una pantalla de cine donde se está proyectando una película que no logro identificar. Tres actores dialogan al fondo, tras una puerta. Se apoyan y miran por una ventana. Las ventanas están sucias o empañadas. Dejan ver un jardín o las hojas de un árbol. No veo bien. El diálogo sucede en ruso o en alguna lengua eslava oriental. Hay subtítulos, lo que me permite entender lo que se dice.

—¿Acaso se puede ser feliz a costa de la desgracia de los otros?

En ese instante la luz de la sala donde estoy se enciende y la proyección de la película se detiene bruscamente. Miro a los lados. Las butacas de la sala están desocupadas. Soy el único espectador. Miro a los lados. Miro de nuevo la pantalla. Me miro las manos.

—¿Qué hago aquí? —me pregunto en voz baja.

No sé quién soy, no sé dónde estoy, no recuerdo ningún aspecto de mi vida. Estoy completamente vaciado de recuerdos salvo lo que podríamos llamar, o me invento, memoria técnica. Sé el nombre de las cosas, sé la existencia del mundo, de los objetos, del orden de mayor a menor del pensamiento. Sé que ordenamos los elementos que nos rodean, que el conocimiento es como un eterno zoom in y zoom out. Se abre permanentemente para ver algo que no veíamos, se cierra permanentemente para ver con mayor tamaño y precisión algo que apenas intuimos. Acepto que lo que veo es lo que entre todos hemos acordado llamar realidad, pero no sé nada de lo que me contiene, de lo que he sido o he anhelado, de mis deseos y fragilidades. No sé qué hay dentro de esta caja que llamamos cuerpo y que debo ser yo. Vuelve a mi cabeza la frase leída en los subtítulos: ¿Acaso se puede ser feliz a costa de la desgracia de los otros? Creo haber visto esa película. La imagen me evoca otro momento, pero la memoria no acude a la llamada. La sala sigue vacía. Por primera vez en estos minutos de llegada a este nuevo mundo, porque asumo que lo que ha pasado es, metafóricamente o no, que he llegado a un nuevo mundo donde ha desaparecido todo lo que yo fui en el anterior, siento miedo. No es un miedo paralizante. Es más bien angustia, desasosiego. Una turbulencia silente. Oigo la puerta de la sala abrirse. Entra una mujer. Me mira seria.

—Acompáñeme —me dice.

Su gesto es desconcertante. Me mira como esperando alguna reacción. Pienso entonces que soy parte de un experimento químico o psicológico extremo. No reacciono. Me cuesta identificar bien los sentimientos o quizá este sea el extremo atroz del desconcierto. Camino tras ella. ¿Conozco a esa mujer? Ella avanza firme. Salimos a un amplio hall. Hay un grupo de personas esperando. Me miran.

—¿Qué tal estás? —me pregunta uno de los más jóvenes.

Tardo en contestar porque paso un buen rato estudiando a las personas que tengo enfrente.

—Estoy bien. Eso creo.

Nadie cambia el gesto. Dudan de mí. Es evidente que dudan de mí o al menos no tienen certezas de mi respuesta.

—¿Sabes quiénes somos?

—No sé ni quién soy yo —contesto.

—Ese regalo que te llevas. No nos des las gracias —me dice la mujer más mayor con una voz que denota un profundo sufrimiento.

—¿No recuerdas nada de lo que ves? ¿No tienes datos memorísticos sobre ninguna de las personas que tienes enfrente? —me pregunta una chica joven.

La miro. La detallo. Me gustaría encontrar algo en ella. Una imagen que sacuda los subterfugios de mi memoria. Noto un parecido con la mujer mayor que me ha hablado. ¿Son madre e hija?

—No recuerdo absolutamente nada. No ya solo de las personas que veis. No recuerdo nada de lo que contiene este cuerpo. No sé de dónde vengo. Quién fui. Cómo fue mi infancia. Lo cierto, y esto es una súplica, es que me gustaría una explicación.

Todos permanecen callados. La mujer mayor y la chica que me ha hablado lloran ligeramente. Me miran con temor, pero también con un atisbo de ternura.

—Las explicaciones tendrán que venir poco a poco. Lo primero de lo que le queremos informar es que la humanidad ha sido salvada.

El tono excesivo y grandilocuente me produce rechazo. No entiendo cómo mi ausencia de memoria ha podido salvar a la humanidad. El grupo dialoga entre susurros. Deciden entre ellos. No hay discrepancias. Es más bien un repaso a la información de los siguientes pasos.

—Acompáñenos —me dice el más joven.

Les sigo de vuelta a la sala de proyección. Entramos en fila. Yo voy en medio. Ocupamos la fila 7. A mí me dejan la butaca central. El olor de la sala, un olor a ambientador, me golpea de repente. Ese olor, lo sé con certeza, lo he olido antes. En otra sala, en ese mundo de mí mismo que ha dejado de existir, al menos para mí. La luz se vuelve a apagar.

—Lo primero que verás es a ti mismo —no identifico la voz, pero creo que es de nuevo la mujer más mayor.

La pantalla se enciende. Unos fogonazos intermitentes sacuden la pantalla, la imagen se estabiliza. Aparece en escena un tipo mayor. Estoy dando un discurso. No dejo de notar el olor del ambientador en la sala. Ese olor, más que la imagen, me está golpeando la sien. Suben el volumen. Oigo mi voz. Oigo mi discurso. No ubico el lugar donde estoy. Aparentemente hablo a un gran público. Hablo de bajas, de guerra, de artilugios sofisticados. Estoy declarando la guerra. La crueldad de mi tono es aterradora. Me doy miedo. Sigo notando el olor. ¿Dónde he olido eso antes? ¿Dónde estuvo ese olor?

La imagen cambia. Ahora estoy paseando por un jardín hermoso. La chica joven que me habló en el hall me abraza. Ahora lo sé, estoy convencido de que es mi hija. Al fondo, la mujer mayor. Otro corte en la imagen. Se ve un spot publicitario. Hablo de enemigos. De la necesidad imperial de reordenar el mundo. Justifico la violencia. Veo ciudades arrasadas, cuerpos calcinados. Bellos monumentos destrozados. Ciudades famosas totalmente desfiguradas. Me vuelvo a ver. Voy esposado y me introducen en un coche blindado. El olor, ese olor, me trae mi despacho. Me trae las voces. Veo gente mirándome.

—Es ese olor —grito.

El chico más joven grita que paren la imagen. Es el olor.

—¿Qué olor?

—El ambientador. Ese ambientador se usaba en algún sitio.

Hay tensión. Nerviosismo entre las personas. La mujer mayor tiembla. Me mira. Emerge una forma notable de terror. Hay ajetreo en la sala. Me viene una sucesión violenta de imágenes. Mi padre. Mi madre. Un pasillo que identifico como mi casa de infancia. Es el olor. Mi padre grita violentamente a mi madre. Me mira. Es el olor. Alguien me mueve el cuello. La mujer mayor me mira llorando. La chica joven está paralizada. Todo va a negro. La sala. Mi consciencia.

Cuando abro los ojos, lo que veo es una pantalla de cine donde se está proyectando una película que no logro identificar. Tres actores dialogan al fondo, tras una puerta. Se apoyan y miran por una ventana. Las ventanas están sucias o empañadas.

lunes, marzo 02, 2026

Texto hallado en Iztalapa

Juan quema en la papelera el manuscrito de la que hubiera sido una de las mejores obras escritas en español. Mira las llamas y el papel arder y, cuando está seguro de que no quedará ni rastro, apaga el fuego, se deshace de cenizas y restos y comienza la jornada. Se ducha, se prepara, se viste y sale a las calles de México para ir hasta su trabajo. En la oficina nadie sabe de sus dotes literarias. En realidad nadie conoce la personalidad de escritor de Juan Marcos. En la oficina ejerce su labor con eficacia. Es un empleado respetado por compañeros y jefes. No es ambicioso, pero tampoco se abandona a la tarea de cumplir en mínimos su labor. Redacta informes, con precisión, de su departamento: recursos humanos de una multinacional de alimentación. Los jefes valoran el trabajo de Marcos, que tantas veces les ha sacado de apuros en reuniones con los gerifaltes internacionales. Esos que aparecen cada ciertos meses en la sede de la empresa en la capital. Juan es metódico y muy profesional. Cuando sale a media tarde, de vuelta a su casa, siente desasosiego y una forma muy peculiar y única de temor. Sabe que se enfrentará de nuevo a la literatura. A esa vasta y salvaje batalla en la que lleva sumido casi una vida.

Juan Marcos no se mueve en ambientes literarios ni culturales. Es un tipo solitario, tímido y bastante torpe en el ámbito social. Vive en un pequeño apartamento en Gustavo A. Madero. Apenas tiene relaciones fuera del trabajo, donde solo mantiene relaciones profesionales. Su vida transcurre en el tormento y la crisis creativa. Vuelve a casa y teclea en su ordenador hasta bien entrada la madrugada. Duerme poco y mal. Cuando cae rendido, después de haber escrito algunas de las mejores páginas de la literatura del siglo XXI, suele soñar con escenas dolorosas, ligadas a las tramas de sus novelas y cuentos. Luego despierta, imprime las hojas de lo escrito la noche anterior; mientras se hace el café, en un rito casi diario, las quema y borra el documento de su ordenador. Rara vez guarda algo escrito. Apenas habrá huella de su obra una vez desaparezca de este mundo. Luego sale a la calle y se mezcla anónimamente en ese universo improbable que es Ciudad de México, esa masa construida que un día no existirá y que arqueólogos del siglo treinta y dos encontrarán signos desconcertantes de una ciudad atrapada bajo capas de tierra, lodo y piedras. Millones de anónimos conscientes de su anonimato. Juan Marcos, fragmentado en ese rugido y movimiento indescifrable de una ciudad que es la metáfora de un planeta que se dirige a la locura y al caos. Eso piensa Juan en su anonimato mientras atraviesa la ciudad para ir a su trabajo. Donde nadie sabe que escribe.

Una tarde miércoles sale. Se despide de sus compañeros en la puerta del edificio. Mira al cielo. Evita volver a casa, porque se siente agotado del esfuerzo diario de escribir. Camina al azar por la ciudad. Piensa en la literatura, piensa en la escritura. ¿Qué extraña maldición le fue dada? Si tuviera que elegir, elegiría no escribir. Al fin y al cabo no escribe, porque no hay huella, no hay rastro apenas de su escritura. Avanza por la Avenida Morelos. El tráfico está detenido. Una hilera de coches estancada se pierde por la avenida. Suenan los claxons desgarrados, un amasijo sonoro que se debe de escuchar en algún planeta lejano, en una galaxia que está a punto de desaparecer. Entra en un café. Hay poca gente. Por alguna razón que es difícil comprender, dentro del café hay una calma que contrasta en exceso con el caos que hay en la calle. Pide una cerveza. En una de las mesas ve a una chica joven hablando concentrada con un tipo mayor. Reconoce al escritor Juan Villoro. Observa con cuidado y discreción. La chica, una periodista seria, entrevista a Villoro. Apenas oye las preguntas, apenas oye las respuestas. Va capturando palabras sueltas. Intenta escuchar. En ese momento, y por primera vez en su vida, se plantea cómo será ser un escritor profesional, alguien que vive de eso, alguien que trabaja y opera veinticuatro horas al día como escritor profesional. En ese momento escucha a Villoro decir una frase desconcertante: la realidad ha dejado de existir. Poco después la chica le da la mano, las gracias y se pone en pie. Sale por la puerta guardando la libreta donde tomaba notas en su mochila. Villoro se queda apurando un refresco que Marcos no logra identificar. Al rato Villoro paga y Marcos, en un acto que no ha decidido previamente, paga también y sale tras él. Villoro toma un taxi en la avenida. Marcos detiene otro, se sube apurado y dice:

—Siga a ese taxi, por favor.

El taxista, que abusa de la simpatía, le dice que eso es más habitual de lo que la gente sospecha.

—Vivimos en un mundo donde los taxis persiguen a los taxis —dice el conductor con una sonrisa.

El trayecto es largo. Demasiado largo. De hecho el trayecto es incomprensible. Tras muchos rodeos y vueltas, terminan deteniéndose en las periferias del Centro Cultural del Bosque. Villoro se baja. Marcos paga y se baja también. No sabe cómo ni por qué, pero de repente aborda a Villoro, que da un respingo, porque piensa que va a ser atracado.

—¿Cuándo se deja de borrar lo escrito?

Villoro tartamudea. No emite frase coherente. Está tratando de asimilar la escena.

—¿Cuándo uno acepta lo que escribe?

Entonces Villoro le mira con ternura o temor. No sabe si es un loco o una persona desesperada.

—Nunca se borra. Nunca se acepta.

Entonces Marcos, por primera vez en su vida, le cuenta a alguien que escribe y que borra todo lo que escribe.

—Pero nadie tiene derecho a borrar ni a quemar —dice Villoro casi enfadado—. No te pertenece. No es tuyo. No eres dueño.

Marcos entonces tiene ganas de llorar. No sabe por qué. Primero se siente triste, luego ridículo y luego profundamente solo. Tiene cuarenta y dos años y aún no ha sido capaz de adaptarse mínimamente al mundo. Villoro le abraza. Mira al centro cultural, sabiendo que no acudirá a una de las citas más importantes que tenía ese año. Caminan un rato por el bosque. Villoro le habla del dolor y de la espina. Escribir no es un acto decidido.

—Se parece a las maldiciones.

Juan Marcos ve los árboles, de fondo el bullicio infinito de Ciudad de México, el humo, el ruido, el dolor de una ciudad que quedará enterrada y desaparecerá, como desaparecerán todas las formas del mundo que hoy creemos evolucionadas. Villoro habla de la literatura y la enfermedad. Villoro insiste, casi enfadado otra vez, que no tiene derecho a borrar.

—¿Tú sabes bien lo que has hecho? —le dice trágico, casi amenazante.

Tras varias reflexiones y un largo paseo, Villoro y Marcos se suben a un coche.

—Te voy a enseñar algo.

El taxi avanza por la ciudad. La noche se impone en la ciudad y el tráfico se hace más suave. Llegan a una calle en Iztapalapa. Se bajan del taxi, que paga Villoro. Juan Marcos mira a los lados. Es de noche y no es la mejor calle de toda la ciudad para estar. Villoro abre la puerta de una pequeña nave industrial. Entran. Está todo a oscuras. Villoro se acerca a un cuadro de luz y la estancia, amplia y de techos muy altos, se ilumina suavemente. Hay varias mesas dispuestas en el centro y al fondo muchas estanterías.

—Son manuscritos —dice Villoro.

—¿Suyos? —pregunta Juan Marcos.

—No me trates de usted —dice Villoro sonriendo—. No son míos. Bueno, es posible que haya alguno mío.

Las mesas tienen máquinas de escribir y muchos folios apilados. Serán unas doce o trece mesas iguales, colocadas casi como una clase de un colegio. Al fondo hay una pizarra donde hay varios dibujos y palabras aleatorias. Subrayada hay una que sobresale: LA TRAMA.

—Siéntate en la mesa que más te guste. Ponte a escribir —le dice Villoro a Marcos.

Marcos se sienta en una de las mesas. Coloca el folio en la máquina y se pone a escribir. Teclea cada vez más rápido. No sabe de qué escribe. De vez en cuando mira a Villoro, que parece atareado en las estanterías. Coge carpetas, coge libros, los chequea, los subraya y los vuelve a colocar en su sitio. A veces toma notas. Juan Marcos no tiene ni idea de qué hace. Tampoco sabe muy bien de qué está escribiendo, pero sigue escribiendo. Entonces Villoro se le acerca. Se le pone a un lado.

—¿Cómo vas? —le pregunta amigable.

—No lo sé. He escrito sin pensar muy bien qué escribo.

—Perfecto. Eso es lo que quería.

Entonces Villoro coge los folios que lleva escritos Juan Marcos y los lee, y lo que lee Villoro en esa nave industrial en una calle de Iztapalapa es esto que estamos escribiendo, son estas palabras que estamos leyendo y que jamás sabremos si serán quemadas o borradas, pero que de momento están aquí.

jueves, febrero 26, 2026

Nando y Lucas

La gente que odia rara vez reconoce que odia; pero la gente que envidia nunca reconoce que envidia. Y básicamente porque la persona que envidia, sobre todo, se odia a sí misma. Por lo tanto es una doble, o triple, capa de sentimientos: se odia, envidia y odia al que envidia. Todo lo calcina. Yo sé que Lucas se odia y odia a Nando porque le envidia. Es terrible y altera cada paso de su vida y de la de Nando. Todo en ellos está abrasado por eso, que en el fondo es un dolor terrible.

Cuando eran pequeños, los primos pasaban mucho tiempo juntos. Los padres de ambos los dejaban con sus abuelos (que eran los padres de sus madres) buena parte del verano en aquella casa hermosa en medio de la sierra. Un jardín hermoso, una casa de piedra, un muro alto cubierto de enredaderas que hacía de frontera con el mundo externo del pueblo, una piscina que se llenaba de hojas con frecuencia y que el abuelo limpiaba con paciencia y esmero cada mañana eran el escenario de veranos que pudieron ser idílicos y, sin embargo, fueron terribles.

Lucas se levantaba pronto. Miraba desde la ventana del segundo piso al abuelo quitar las hojas. Esperaba un buen rato. Nando era más dormilón. Ahí ya empezaba la incomodidad. A Lucas se le hacía largo el rato que permanecía solo despierto y no sabía qué hacer: si bajar a desayunar y arrancar la jornada o esperar el ruido de Nando abriendo la puerta de su habitación. Generalmente esperaba y, cuando escuchaba la voz alegre del muchacho saludando a la abuela, él también salía. Desayunaban juntos. Casi sin hablar. A veces Nando le contaba sus sueños a la abuela. A veces Lucas lo intentaba, pero sentía que sus sueños no eran lo suficientemente trepidantes o absurdos o desconcertantes, mientras que todos los que contaba Nando sucedían en un universo peculiar. Lo de Lucas era tan doloroso que envidiaba hasta los sueños de Nando.

Luego salían al jardín. A veces jugaban al fútbol, a veces paseaban o hablaban de anécdotas exageradas. A veces, la mayoría, se aburrían el uno del otro. Entonces Nando se ponía a dibujar. Tenía un talento innato. Lucas no dibujaba. Lucas merodeaba la casa y le veía dibujar. A veces se iba atrás, donde la parra, y miraba las hojas enredarse y sentía, de algún modo, que había algo en esas hojas que le hablaba. Otras veces se acercaba y escupía en la hoja donde dibujaba Nando. La mayoría de las veces Nando no reaccionaba. Simplemente empezaba otro dibujo. Otras veces le decía a la abuela que Lucas era un cerdo y que le había llenado de babas su dibujo. Lucas era más deportista, pero Nando nunca jugaba a esos juegos, lo que no le permitía mostrar a Lucas alguna superioridad sobre él.

Después de comer les obligaban a dormir la siesta, pero nunca se dormían. Entonces, con las persianas bajadas para evitar el calor, Lucas le hablaba de una mujer enana que entraba al jardín de madrugada, cuando todos dormían.

—Siempre se queda mirando tu ventana —le decía a Nando, a quien la historia le empezaba a afectar.

—Anoche vi que se acercaba más. Cada noche está más cerca.

—Pero despierta, despierta a los abuelos. Avísanos. Quizá la enana quiera hacernos algo malo —decía Nando, asustado.

—Me tengo que hacer el dormido. Si la enana ve que me muevo es posible que te mate y luego nos mate a todos —luego se reía.

Nando no sabía qué pensar de esas risas. ¿Era verdad lo de la enana? ¿Lucas era un mal bromista?

Cuando Lucas comprendió que aquel terror le había dado cierto poder sobre Nando, empezó a mirarle detenidamente cuando se separaban por las noches al ir a la cama.

—No te despistes. Mantente alerta.

Entonces Nando empezó a dormir mal, cada vez peor. Lucas le iba exagerando la historia. La enana está cada vez más cerca. La enana anoche se subió al tejado. La enana salió corriendo por la calle arriba y llevaba unos jabalíes a su lado. La enana siempre tiene un mirlo negro en la mano izquierda. La enana escribió “Nando” en uno de los árboles. La enana ha marcado con una X la puerta de tu habitación.

Nando entonces entró en pánico. Lucas le decía que no debía decirle nada a los abuelos. Se preocuparían. Nando se obligaba a mantenerse despierto. Entró en estado de profunda ansiedad. Lucas le insistía en no preocupar a nadie.

—Los abuelos son mayores. El miedo les puede matar —le decía.

Aquel fin de semana los padres de Lucas vinieron a buscarle; se iban a pasar juntos un par de días a una excursión con amigos. Nando se quedaría solo con los abuelos ese fin de semana. El viernes le vinieron a recoger. Los padres conversaron un rato con los abuelos, mientras Lucas terminaba de prepararse. Nando se acercó a la habitación de Lucas y le pidió que no se fuera.

—Tengo mucho miedo, Lucas —le dijo con voz fina. El muchacho estaba realmente aterrorizado.

—No te preocupes. Si no te mueves no te verá —le dijo Lucas.

Ese fin de semana Lucas lo pasó con sus padres y los amigos de sus padres. Se bañó en pozas en medio de la montaña. Treparon piedras con enorme precisión. Hicieron noche en alta montaña. Vieron pájaros hermosos. Comieron bocadillos y recorrieron zonas donde no había nadie y las vistas eran hermosas. Lucas no pensó en Nando. Se sintió bien. Contento. De alguna manera Nando le hacía sentirse en un estado de alerta, de incomodidad. Cuando Nando estaba, Lucas no era Lucas. Se vaciaba su alma, si es que existe el alma. Alejado de Nando notaba una forma agradable de plenitud. Es como si cuando estuviera con Nando algo de él se vaciara, fuera robado. En aquella emocionante excursión estuvo en plenitud y en una forma agradable de cierta felicidad. Su madre y su padre, que siempre discutían, habían estado muy relajados. Había sido un gran fin de semana, pensaba en la parte de atrás del coche mientras avanzaban el domingo por la carretera de camino a casa de los abuelos, donde sus padres otra semana le dejarían al cuidado de los ancianos y en compañía de Nando.

Abrió el portalón verde de la entrada y gritó alegre:

—¡Ya estamos aquí!

Al fondo estaba Nando. Tenía mala cara. Los abuelos aparecieron y saludaron. Cuando los padres se fueron, Nando y él se quedaron solos en el jardín. Fue entonces cuando Nando le dijo:

—He hablado con la enana.

Lucas entonces sintió un dolor en la sien.

—¿Qué te ha dicho? —dijo para disimular.

—Que tenemos dos opciones si no queremos que esto acabe mal.

—¿Qué dos opciones?

—Matar a los abuelos o quemar la casa.

Lucas miró hacia el portón verde. Se había quedado medio abierto. El coche de los padres se perdía calle abajo. Más atrás, una pequeña visión del valle. Sintió un vértigo indescifrable. Pensó que se iba a abrir la tierra. Pensó que vendría una forma fantasmal a toda velocidad a salvarle, pero no llegó; entonces se vio obligado a confesar.

—Pero la enana no existe —le dijo aterrorizado a Nando.

—La enana existe. Yo hablé con ella anoche.

En ese momento la abuela les llama. Lucas entra en un estado de tensión profunda. Intenta hablar de fútbol con el abuelo. Intenta contar el fin de semana. Pero la imagen de Nando, que parece haber cambiado de forma de ser, no le permite relajarse. A partir de ese instante evita a Nando. Cuando cae la noche se despiden en el pasillo de la planta de arriba. Nando entonces se le acerca y le dice:

—Prefiero quemar la casa. Es la mejor opción para salvar el mundo.

—No digas tonterías, Nando. Yo me inventé lo de la enana.

Se va a la cama. Le cuesta dormir. Decide confesar. Al día siguiente en el desayuno les contará a todos lo torpe de su broma. Decide que es hora de parar. Se mete en la cama. El esfuerzo físico del fin de semana le tiene exhausto. Se duerme. Por primera vez tiene un sueño trepidante y absurdo. Lo recuerda, porque los sueños que mejor recordamos son los que estamos teniendo cuando nos despertamos en mitad de la madrugada. Hay un ruido y un olor que lo contaminan todo. La abuela grita. Sale al pasillo y entiende que Nando ha decidido salvar el mundo. La casa está en llamas. Bajan a toda velocidad. Salen al jardín a ver la escena terrible, pero bella. La casa ilumina la ladera de la montaña. Se escucha la sirena de los bomberos llegar. Nando mira el fuego como miraba sus dibujos al terminar. Satisfecho con su obra.

—Estás loco —le dice Lucas.

Nando no contesta. Simplemente mantiene la mirada en todo lo que sucede detrás del fuego, más allá de la casa. Lucas mira en esa dirección. Primero ve un jabalí; el jabalí se gira y se pierde en las sombras. Allí, entre la maleza que aún no ha alcanzado el fuego, Lucas logra ver por primera vez a la mujer enana, y el mirlo negro en su mano, bajo las hojas enredadas de la parra. 

miércoles, febrero 25, 2026

10:32 A.M.

Sube la persiana y se imagina la reverberación de ese sonido por la calle, viajando por la manzana hasta otras habitaciones y molestando incluso a algún vecino al que no le pone cara. Aún no ha amanecido del todo. La luz grisácea y opaca de finales de enero aún entra muy débilmente en su habitación.

Avanza por el pasillo hasta la cocina. Enciende la radio, pero no suena nada. Ruido de interferencias y ondas expandiéndose por el aire. Busca con precisión en el dial. Le sorprende, porque nunca tiene que hacer eso. No encuentra voces ni música. Deambula entre frecuencias, pero solo se escucha el ruido destartalado de las ondas perdidas que viajan dando tumbos por el aire. Concluye que el transistor debe de estar dañado, algún problema con la antena que no sabe reparar, y se da por rendido, algo que le incomoda.

Se prepara entonces el café con esa sensación de molestia, porque es metódico y preciso, y para él la mañana sucede en ritos claros: persiana, radio y café. La radio, aún no sabemos por qué, hoy ni acude a la cita.

El café se anuncia en ese borboteo de hervor, en ese mecanismo precioso que es la cafetera. Huele a café y siente ese agradable ansia de servírselo y saborearlo. El café, para tantos, es la inauguración oficial de un nuevo día. Mientras bebe sentado y el día va aumentando su luz opaca —hoy anuncian nubes y algún chubasco—, mira de reojo, con resentimiento, la radio. En ese instante debería estar oyendo las voces de los charlatanes, locutores y tertulianos sabelotodo desmenuzando el sentido de una actualidad que hace tiempo no lo tiene.

Luego se levanta. Se asoma a la ventana y le sorprende la quietud en la calle. Los coches aparcados junto a las aceras. Esa invasión automovilística que sufren las ciudades, el planeta entero. Esa hilera caótica y desesperada de coches apretujados a lo largo de todo el barrio, de toda la ciudad, casi del cosmos entero. No ve, extrañamente, a esos primeros trabajadores adormecidos que avanzan apurados camino de la estación, calle arriba. No hay ningún piloto arrancando el coche y saliendo disparado para evitar alcanzar la autovía de acceso al centro antes de que se formen los primeros tapones y atascos.

¿Será hoy día festivo? Es tan ajeno este, desde hace tiempo, a los rituales de la cotidianidad social que a veces se le escapan los días de celebración colectiva. Quizá hoy la gente prolongue la estancia en la cama: ese rato preciado que cada día se desea.

Se ducha. Se acicala. Se viste. Ordena la habitación. Recoge y barre lo poco que ha ensuciado. Mantiene desde hace tiempo todo en un orden y pulcritud envidiables. Mira el reloj. Va a salir a la calle. Porque una cosa de sus ritos diarios es pasear a la vez que esa masa de muchachos y jóvenes sale, casi coordinada, de sus casas hacia colegios e institutos. Madres apuradas con niños desganados; adolescentes que se juntan para ir en pandilla hasta las clases. Pasear en esa hora acelerada le hace sentirse parte del entramado al que casi ya no pertenece.

Cuando llega a la calle, descubre que hoy tampoco hay alumnos ni colegiales. Definitivamente, concluye, hoy debe de ser un día festivo que ha obviado o que desconocía. No obstante, mantiene la ruta. Recorre las manzanas hasta el parque y, en el parque, se desviará por el parque de los pinos, que termina cayendo en las periferias de la ciudad, donde los límites imprecisos se confunden.

Lo sorprendente hoy es que no se cruza con nadie. Y es ahí cuando se alarma.

Camina cada vez más rápido. Acepta que es día festivo, pero no hay nadie. Mira hacia las casas. Las persianas permanecen bajadas en casi todas. Ningún negocio ha abierto. Ni siquiera la panadería con el mejor pan del barrio, donde muchas veces toma café a la vuelta del paseo.

Se acerca hasta el mercado. Nadie ha abierto las puertas. No hay tránsito de camiones ni de furgonetas. Va hasta el parque con la intención de alcanzar el puente que cruza la autopista. En el parque, a lo lejos, ve un ciervo. El ciervo, estático, le mira desde la distancia. Se cruzan la mirada. La mirada extrañada e inmóvil del animal le produce una forma peculiar de pánico. No es miedo; es la imagen extraña lo que le acongoja.

El ciervo entonces sale disparado hacia el bosque de pinos. Él avanza hasta la autovía. Cruza el puente. No pasa ni un solo coche. Se queda ahí parado, en medio de la pasarela, mirando hacia abajo. El asfalto vacío multiplica la quietud.

Entonces ve al ciervo avanzar a una velocidad sublime por la autovía. Detrás del ciervo vienen otros. Corren por la autovía en dirección al centro de la ciudad. Los ve pasar por debajo de la pasarela y avanzar, hermosos, hacia la urbe. Cuando pasan y se pierden, se impone de nuevo la quietud.

Termina de cruzar la pasarela que da al descampado donde se construye un nuevo conjunto urbanístico. No hay obreros, claro. No hay movimiento de camiones ni de materiales. Hay otro animal parado en la entrada. Es un caballo. El caballo está quieto. Durante unos segundos piensa que está herido, pero no lo está. Llega hasta él. Entonces, en una decisión que no toma racionalmente, se sube y se pone a trotar. El caballo avanza obediente.

Recorren las calles a medio construir de la nueva zona. Giran hacia la salida de la autovía y, sin temor, se pone a galopar. Avanzan hacia el centro, como previamente habían hecho los ciervos. La ciudad va ganando en densidad. Los edificios siguen dando síntomas de quietud extrema. La ciudad definitivamente no ha despertado.

El caballo no cede en su intensidad. Avanzan con una rapidez asombrosa. Entran en el casco urbano. Recorren algunas calles famosas. En la avenida que atraviesa de norte a sur se detienen frente al monumento insigne, uno de los símbolos turísticos más fotografiados por turistas.

Se baja del caballo. El caballo se acomoda y rebufa. Él entonces grita. No sabe qué grita, pero grita. La voz reverbera por la ciudad. Las fuentes mueven sus aguas.

Cuando llega a la plaza del centro ve a los ciervos. Cree reconocer al ciervo con el que se cruzó, pero piensa que quizá fantasea. Se sienta bajo el reloj central. Son las diez y media de la mañana. Se sienta en un banco que tiene una pintada con una declaración de amor: Claudia, te amo.

Siente sed. Pero no se mueve. Mira la plaza vacía, una plaza que siempre está atestada de gente. Mira los negocios cerrados: los de souvenirs, los de zapatillas deportivas, los de dulces estrambóticos, los de trajes de novia. Todos están cerrados y, a esas alturas, ya sabe que nunca volverán a abrir.

Mira de nuevo hacia arriba para ver la hora en el reloj central.

Diez y treinta y dos de la mañana.

Decide entonces decretar esa hora como la hora definitiva del fin del mundo.

martes, febrero 24, 2026

La visita

Lucía y Pepo habían sido compañeros de la universidad. Ellos ya eran pareja y nosotros aún no nos conocíamos. Así que nos han acompañado desde el inicio de nuestra relación. No nos vemos mucho, pero aún mantenemos cierto contacto y cada pocos meses logramos hacer una reunión o encuentro; bebemos, charlamos y nos reímos, porque las amistades largas entran en zonas de facilidad.

Nos habían invitado a cenar a su casa. Hacía tiempo que vivían a las afueras, en un chalet adosado amplio, con jardín en la parte trasera y piscina comunitaria. Cuando se mudaron, a mí me parecía que no pegaban en ese estilo de vida, pero lo cierto es que, una vez allí, parecían haber vivido toda la vida en ese tipo de entorno. Ese fin de semana sus hijos no estaban; habían ido a un campamento de esquí y nos proponían quedarnos a dormir, para no tener que bajar luego a la ciudad de madrugada y quizá con más alcohol del debido.

Así que, cuando llegamos el viernes a las siete de la tarde, después de una semana ajetreada y convulsa en mi oficina, llegamos con euforia a donde Lucía y a Pepo porque sentía que estar con ellos y dormir allí nos vendría bien a Sara y a mí. Llevábamos una época agotados, estresados; nuestros hijos cada vez pasaban menos por casa, pero aún manteníamos una preocupación y una atención excesiva por sus vaivenes. La vida laboral estaba instalada en un permanente ajetreo y los dos estábamos con ganas de parar, lo que sea que eso signifique.

Nos abrió Pepo la puerta. Hacía algunos meses que no nos veíamos. Le noté más musculado, más fornido e incluso su postura corporal me pareció más precisa, más correcta. Pensé, sin preguntarle, que quizá se estaba ejercitando en el gimnasio y el cambio era notable, desde luego.

Entramos en la casa. La decoración había cambiado. Todo era blanco ahora, los espacios más diáfanos y no había ningún artilugio electrónico. No había televisión ni ningún aparato donde antes los había.

—Vaya, menudo cambio decorativo, Pepo —dije, sorprendido.

—Sí —contestó—, nos hemos ido quitando de lo innecesario. Estamos trabajando en ir a la esencia. Cada vez más.

Justo en ese instante miré a Sara. Sara miró el entorno, pero sabía perfectamente que estaba pensando lo mismo. La luz del jardín trasero entraba poderosa por toda la estancia. El lugar, desde luego, había cambiado y empecé a sentirme moderadamente desconcertado.

Pepo nos preguntó si nos apetecía salir al jardín. Lucía vendría en breve; había salido un momento.

El jardín también mostraba cambios. En vez de los muebles de exterior que había antes, ahora había una especie de pufs blancos y creo que noté que algunas plantas y árboles pequeños tampoco eran los mismos. Enseguida empezamos a hablar de cosas banales. Estuve narrándole mis conflictos laborales. Llevaba una época con un nuevo jefe que era adicto al conflicto y me estaba haciendo la vida imposible. Habían desaparecido los horarios y todo se había vuelto estrés. El estudio estaba trabajando en varios proyectos en distintas zonas del país, unos complejos habitacionales de alto nivel adquisitivo, pero estaba resultando un trabajo tortuoso. Sara habló también de su situación laboral. Tampoco estaba muy a gusto. Los dos estábamos pasando una época de incomodidad y no terminábamos de encauzar el estrés. Luego hablamos de nuestros chicos y le preguntamos a Pepo por los suyos.

—Los chicos están muy bien. Estamos haciendo un trabajo adecuado con ellos. Ya no van a la escuela y hemos logrado que accedan a un programa de liberación y nuevas perspectivas. Las cosas, chicos, han cambiado mucho. De eso queríamos hablar con vosotros. Tenemos que poneros al día.

Estamos modelados para recibir ciertas alertas. Hay un mecanismo químico y biológico que funciona, ajeno a nuestro raciocinio, que opera desde un lugar más profundo que las palabras. Mi cuerpo se puso en un estado parecido a la alerta y a la incomodidad. Sara no me miró. Simplemente se quedó mirando a Pepo, esperando el desarrollo de la frase que nos acababa de decir.

Fue en ese instante cuando apareció Lucía.

Entró y la imagen que recibimos fue impactante. Sucedía lo mismo que con Pepo: su cuerpo parecía más fibrado, más fuerte, pero posturalmente también parecía corregido, más firme, más erguido. Pensé en yoga o en alguna actividad parecida. Lucía, que tuvo el pelo muy canoso desde muy joven y que siempre lo había disimulado con un tinte y mechas claras, apareció con el pelo netamente grisáceo y un vestido muy ancho y blanco que le otorgaba la apariencia de una profesora de pilates de un centro de alto rendimiento.

—¡Chicos! Qué ganas tenía de veros —dijo con una voz pausada y suave.

Muchas veces, cuando suceden ese tipo de cosas que te desubican, pienso más tarde que lo mejor es preguntar desde el primer instante. Quizá se evitarían muchas cosas. Pero siempre, inconscientemente, opto por permanecer en esa actitud que acepta, que no juzga y que le da a esos cambios radicales una aceptación que, en el fondo, niega que estén sucediendo. Porque Sara y yo estábamos sumidos en el más absoluto desconcierto.

No nos ofrecieron vino ni cerveza. Sacaron unas aguas con limón y unas hojas de las que no retuve el nombre. No hubo queso ni jamón para amenizar la charla; hubo una bandeja de frutas tropicales. No estuvimos amenizados por los grupos que habíamos ido descubriendo en común; lo que sonaba era una capa sonora constante, extraña, que parecía la banda sonora de una película experimental.

—Bueno, habréis notado que las cosas están distintas —dijo Lucía—. Hemos decidido salirnos de la rueda. Estamos muy bien. Nunca hemos sido tan felices. Os queríamos ir contando cosas e incluso invitaros a acceder a este terreno maravilloso y poderoso por explorar. El mundo se ha sumido en la oscuridad y hemos encontrado un grupo maravilloso de gente con los que buscar y empezar a construir la luz.

De más está decir que a mí esos discursos, más que molestarme, me enervan. Me mantuve calmado. Sara los miró con atención y, siempre racional y pragmática, dijo:

—Sí, ¿y cómo se busca esa luz?

A partir de ese instante todo sucede de una manera que no logro comprender. Cuando estoy asimilando algo ya empieza a suceder lo siguiente. En la casa, de golpe, aparecen cerca de quince personas, vestidas de manera parecida a Lucía y Pepo. Van de blanco y parecen estar en un estado de narcosis profunda. Nos miran. Veo que dos mujeres hablan susurrando a Sara. Sara tiene el gesto tenso, casi violento, un gesto que le he visto pocas veces.

Pepo se sienta en el suelo como un profesor de yoga. Me dice algo así como que no ponga interferencias, que me deje arrastrar. Una de las personas que ha aparecido, un tipo muy grande, alto y con bastante sobrepeso, se acerca y me habla de la pena y del dolor, del abismo y la tragedia, de la fuerza de la oscuridad y de que tenemos que unirnos para combatirla. Pienso que es el líder o el que dirige ese delirio.

Veo a Lucía en el suelo, tumbada, con los ojos cerrados. Veo a más gente que se tumba. Veo que amordazan a Sara, que intenta escabullirse sin éxito. Sé, en ese instante, que estoy drogado y que he perdido la voluntad. Pierdo la conciencia.

Cuando despierto estamos en una estancia que no reconozco. Sara y yo estamos tumbados sobre unas colchonetas muy cómodas. Huele a vela o a algo que emite un olor profundo. No es incienso, pero es algo parecido. Hay un vapor sobrevolando la habitación. Sara me mira. Está en un estado casi irreconocible. Seguramente la hayan drogado y haya perdido también la voluntad.

El señor enorme empieza a hablar de las actuaciones a realizar, de los sacrificios, de lo inevitable de la violencia. Hablan de razas, hablan de poderosas energías que lo dominan todo.

—Ha llegado el momento de detener el gran dolor —dice con tono elevado y brusco.

A esas alturas estoy sumido en el pánico. Lucía está en trance o en un estado parecido al trance. Sé que estamos siendo secuestrados por una secta y no sé cómo deshacer la situación. Pienso en mis hijos. Pienso en Sara, que está débil, sumida en una especie de estado paralizante. Pienso en unas vacaciones que tuvimos con Lucía y Pepo en la costa. Un verano hermoso. Pepo y yo terminamos una noche borrachos en la playa; todos —los niños, Sara y Lucía— se habían quedado en el apartamento. Pepo empezó a llorar y me contó que llevaba dos años acostándose con una tipa de la oficina. Se sentía culpable y despreciable.

—Solo nos une el sexo. Nada más —me dijo, y luego me abrazó.

Pepo está detrás de todos sus compañeros de secta. Está callado y me mira. Sé, en ese instante, que Pepo no cree en nada de todo eso y que, en el fondo, como nosotros, también es una víctima. Lucía sigue en trance.

Tengo ganas de coger la mano de Sara, que veo ahí, a escasos centímetros de la mía. Siento que, si agarro su mano, algo se liberará, al menos este pánico y esta sensación de caos. Pero desplazo la mano y no llego.

Huele a fuego. Huele a madera quemada. Tres personas aparecen con dos conejos y dos cuchillos. Sé que lo que viene va a ser peor. La posibilidad de sacrificios, de sangre, de pieles, de carne o de imágenes violentas me golpea brutalmente. Sara está llorando. Yo estoy a punto. Pepo, detrás de todos ellos, empieza a llorar y eso me da paz. Sigue siendo mi amigo.

En ese momento, de manera brutal, salta la puerta de detrás de Pepo por los aires. Aparecen cinco, seis, siete policías armados. Oigo gritos. Uno de los conejos salta y veo que huye. Los otros siguen atrapados. La policía apunta al tipo gigante y a Lucía. Pepo, ahora sí, llora desconsolado.

Logro ver los ojos de Sara. Hay algo tan hermoso y apabullante que me une a ella que encontramos algo de reposo en la locura en el instante en que logramos cruzar nuestros ángulos de mirada.

El caos es enorme. Detenciones, movimientos de personas y frases imposibles de descifrar. Nos tapan con unas mantas.

Por la tarde, cuando hemos llegado a casa después de declarar en la comisaría, entramos y están nuestros hijos con dos amigas en el salón. Cuando nos ven empezar a llorar se sienten un poco avergonzados.

Me voy a duchar. La piel me huele a madera, a un fuego que parece venir de otra era, de otro tiempo.

Mi lista de blogs

Afuera