No estaría contando esto, claro, si no hubiera sucedido lo que sucedió. Que desperté a las 3 de la madrugada y Samanta no estaba a mi lado. Vi la sombra de un planeta que se transformaba a ratos en un balón. Abrí la puerta aterrorizado. En ese momento, parado en medio del camino, pensé que había sido una insensatez todo lo de la tarde anterior. Subir tan tarde a hacer una larga excursión, bajar tan tarde, dejar que la noche cayera en la montaña y, por último, decidir dormir ahí parados en medio de un camino estrecho. Especulé con qué podría haber pasado con Samanta. Entonces grité su nombre y el nombre reverberó y rebotó por la montaña; escuché mi voz perdiéndose en la noche y en la acústica. Me imaginé que en cierta manera ese "Samanta" gritado en la noche estaría sonando eternamente en lo inaudible. Luego pensé que a lo mejor también había sido un error gritar. Samanta no contestó. Pensé en encender el coche y avanzar para buscarla; luego pensé que lo mejor sería dejar el coche en su sitio, por si ella volvía, y yo internarme en el bosque a buscarla. Escuché el grito de un animal. Sentí pavor en su estado esencial. Me puse a caminar nervioso, aterrorizado y con una poderosa angustia. A la oscuridad te acostumbras. Ves lo que no crees que puedes ver y yo veía. Ahora sé que también mi decisión no me llevaría a nada. ¿Qué ruta pensé? ¿Qué posibilidad remota tenía de encontrar a alguien en esa montaña frondosa y muy vegetada? La noche, los árboles, los no caminos, las opciones, las bifurcaciones me parecieron entonces un laberinto terrible, del que era difícil encontrar la salida. No obstante, seguí. Volví a gritar "Samanta". Era un eco perfecto, nítido, espectral. Me imaginé a los animales ocultos descifrando el grito. A su vez ellos también estarían bajo el pavor. También yo era una amenaza oscura y tenue.
Mi ruta fue, y aún lo es hoy, imposible de trazar. Giraba por pura angustia. Había caído en la trampa del laberinto y pensé, entonces, que Samanta también había sido víctima de la desorientación. Quizá solo había bajado a orinar o estirar las cervicales. Pensé todo eso. También pensé cosas terribles: desde un secuestro hasta un robo. Pensé en sectas, en ritos, en sacrificios; pensé en el narcotráfico o en la delincuencia juvenil. También deliré: ¿Y si las sombras son reales? ¿Si Samanta fue devorada por la ballena? Seguí avanzando en el laberinto, seguí perdiéndome, seguí desorientándome. Volví a gritar.
Vi sombras pasar. Pensé ver a un anciano. Pensé ver a una mujer. Lo que sí vi que no eran sombras fueron cuatro jabalíes. Me escondí. Me miraron, se perdieron. Al pavor se sumó más pavor y comprendí la diferencia entre el pavor y el terror. Yo estaba llegando al terror. Volví a gritar "Samanta". Fue ahí cuando supe que mientras fuera de noche sería incapaz de volver hasta el coche, y eso me llevó a otra mala decisión: empecé a correr. Corrí enloquecido por el bosque sin saber exactamente por qué corría, pero el terror toma decisiones que la calma no comprende. Me doblé el tobillo y caí al suelo. Sentí el pinchazo del esguince y un dolor agudo. Me quedé mirando el cielo. Un perro se puso sobre mí. Me olisqueó y no pude ni moverme. Las copas de los árboles parecían bailar por la brisa. Vi la figura de un reloj, vi la figura de un dinosaurio, vi una especie de guitarra, vi la luna detrás que acentuaba las sombras y los juegos. El perro se fue. Volví a mirar arriba y vi la sombra de mi gato en el cielo. Pensé en él, en casa, dormido acurrucado. Grité "Samanta" porque ahora era yo el que necesitaba ayuda.
Me puse en pie como buenamente pude. Tenía frío y, curiosamente, eso me dio esperanza: el momento más frío de la noche es cuando va a empezar a amanecer. Caminé cojeando y con enorme precaución. El tobillo me dolía, pero pensé que no era un esguince agudo. Escuché el motor de un coche, pero no pude identificar de dónde venía. ¿De más arriba? ¿De más abajo? ¿Del fondo o por detrás? Grité, pero ahora no dije el nombre de Samanta: pedí ayuda. Avancé por el laberinto. Escuché murmullos y me alteré. Busqué esos murmullos. Era un grupo de gente hablando en susurros. Miré detrás de los árboles del fondo y vi figuras. Eran sombras. Pero seguí buscando los murmullos. Luego me dio por pensar que no eran personas, eran las hojas chocando unas con otras: era la voz de los árboles, el extraño baile de las ramas. Vi una mujer, vi a un hombre, volví a ver a mi gato. Vi animales. Dejé de mirar porque las sombras me aturdían. Me hacían ver lo que no veía y estaba alterado. Luego, en la confusión y el agotamiento que produce el pánico, pensé que igual Samanta sí estaba en el coche y yo, dormido, creía no haberla visto. Fue cuando pensé que estaba soñando, pero no. La idea de la confusión y de que Samanta nunca se había ido y que seguía en el coche cobró fuerza, y decidí intentar encontrar el coche. Intenté deshacer el camino. Miré la luna con la idea de ubicarme. Absurdamente creía que lo había hecho. En las copas de los árboles vi mapas. Pensé que era una señal, que a su manera los árboles me querían indicar el camino de vuelta. Intenté descifrar la ruta que me mostraban los mapas que formaban las copas de los árboles. La memoricé antes de que la brisa deshiciera el mapa para formar una cara milenaria. Avancé como había entendido que el mapa me indicaba.
Cojeaba y cada vez iba más incómodo. Me detuve unos segundos. Puse el pie en alto, pero no me quité el zapato; siempre he oído que es peor. Volví a caminar. Me crucé con los jabalíes de nuevo. Estoy seguro de que eran los mismos. Por alguna absurda razón, verles de nuevo me dio la idea de que estaba deshaciendo el camino de manera correcta. Escuché susurros, pero ahora estaba convencido de que eran los ruidos de la noche y no de personas. Vi al perro; el perro me miró. Hay una mirada distinta en los animales, pero no tuvo miedo de mí ni yo de él. El perro se perdió de nuevo. Seguía teniendo frío.
¿Cuánto tiempo pasé deambulando por el laberinto indescifrable? No lo sé. No sé cuánto tiempo fui ni cuánto tiempo volví, pero de repente vi, tras los árboles y las sombras, el coche aparcado a un lado. Me fui acercando despacio y silencioso, por temor a que hubiera alguien. Me agazapé detrás de un pino. Avancé, me escondí tras unas piedras. Cuando ya podía identificar el interior, vi a Samanta dormida dentro. Me sentí ridículo, absurdo. Me fui acercando. Según me acercaba, vi que Samanta despertaba dentro. Miraba a un lado y no me veía. Me acerqué más, pero pensé que si gritaba o hablaba alto se asustaría. Según me acercaba, vi que ella miraba al lado del bosque por el que yo venía. Me iba a ver. Me vio. Miró confusa y extraña. Su mirada estaba netamente concentrada en el bosque, en mí y en los árboles que me rodeaban. Entonces ella salió del coche mirando. Vino la brisa y me vi transformándome en otra forma tenue, ligera, suave: ahora era yo, pero con forma de ballena. Samanta gritó mi nombre y empezó a caminar bosque adentro; pasó a mi lado sin verme. Volvió a gritar mi nombre. Y yo ya no era: ahora era el skyline de una ciudad imposible. Mientras Samanta, bosque adentro, avanzaba gritando mi nombre, la dejé de ver mientras me volvía niño y a ratos yo mismo o algo parecido a yo mismo. Me quedé esperando mientras la veía irse, porque sé que volverá en sombra tenue, ligera y hermosa. La forma ligera de Samanta. La sombra bella de Samanta volvería a mi lado y nos fundiríamos, al amanecer, en el recuerdo de las figuras transformándose en la noche en el bosque.