Llevaba unos días durmiendo con interrupciones. Abría los ojos de madrugada, miraba la hora y comprobaba que aún quedaba mucho para que el despertador tronase en ese segundo diario en que todo se vuelve mezquino y molesto: la hora de despertar. Generalmente me volvía a dormir al rato, pero me despertaba cansado, con falta de reposo o de un sueño verdaderamente reponedor. El cansancio, además, se estaba acumulando. Cada noche de sueño poco profundo sumaba una capa más de cansancio en mi cuerpo y en mi estado anímico.
Esa noche sucedió igual que las noches previas. Abrí los ojos, comprobé la hora: 3:21. Estaba en un extraño estado de alerta. Lo atribuí al sueño que había tenido y del que aún reverberaban imágenes. Me puse en pie. Caminé por la casa pensando que quizá cambiar de lugar para dormir e irme al sofá ayudaría a recuperar el hilo y seguir durmiendo. No encendí luces, no quería despertar a mi pareja. Avancé por el pasillo a trompicones y crucé la puerta del salón. Avancé hasta el sofá y, en el momento en que me iba a tumbar y taparme con una manta, vi las dos figuras sentadas: la sombra estática de dos personas que no hacían absolutamente nada o nada que se pudiera descifrar en la oscuridad.
Intenté ir a encender la luz. Pero una voz dijo: no. Firme, segura y autoritaria. Un no irrebatible.
—Siéntate tranquilo. No va a pasar nada.
Sentí a la altura de la garganta una palpitación, una subida de tensión abrupta que traté de frenar respirando pausadamente. Caminé, con todo a oscuras, hasta el sofá. Me senté tal como me habían ordenado. No sabía si iban armados ni, por supuesto, sus intenciones. Me senté y todo siguió en silencio un tiempo que no supe descifrar. Quizá medio minuto, quizá dos. A mí me pareció un tiempo desbordado. Un tiempo inidentificable. Una masa cósmica de difícil comprensión. Un tiempo en el que pensé que estábamos sumidos y atrapados en un agujero de gusano. Que quizá estábamos atravesando boquetes siderales donde el tiempo tomaba otra dimensión, quizá se deformaba como un extraño acordeón. El tiempo que transcurrió me pareció absurdamente infinito. La oscuridad, las siluetas, el silencio. Había estado más veces en mi casa a oscuras, en medio de la noche, pero esa vez mi percepción fue radicalmente distinta: era como estar en mi casa mientras yo estaba durmiendo. Pero sabía a ciencia cierta que no estaba soñando.
—Nos gustaría que despertaras a tu pareja. No la alarmes. Despiértala suavemente. Intenta ser sosegado, pausado, calmado. Cuando logres tenerla en un estado de relativa relajación, cuéntale que tiene que venir al salón con nosotros. No puedes encender ninguna luz.
Me puse en pie. Caminé hacia la habitación intentando comprender qué estaba sucediendo: ¿un secuestro, un robo, una ocupación? ¿Qué era lo que pretendían esas dos siluetas?
Obedecí. Intenté despertar a Laura con suavidad. La acaricié diciendo casi en susurros su nombre.
—Laura. Laura. Despierta.
Abrió los ojos. Sin llegar a ser un sobresalto, sí tuvo un conato de susto.
—¿Qué te pasa?
—Laura, tranquila. Hazme caso, no te asustes y ven conmigo al salón, por favor.
—¿Se puede saber qué pasa?
En ese momento Laura dirigía la mano hacia su mesilla para encender la lamparita. Detuve su mano justo a tiempo.
—¡No! —dije muy alarmado, pero aún en susurro—. Hay unos tipos en el salón. Tienes que venir conmigo. No hagas nada. Va a salir todo bien.
La miré tratando de transmitir la calma que yo no tenía.
Se puso en pie. Me dio la mano y caminamos hasta el salón juntos. La mano le sudaba. Estaba en estado absoluto de pánico.
—Hola, Laura —dijo una de las sombras—. Siéntate con Ángel. Manteneos en calma, por favor.
El hecho de que supieran nuestros nombres me resultó aterrador. ¿Quién eran estas personas?
Nos sentamos. Nos quedamos los cuatro ahí. La madrugada, esa cosa que se impone silente sobre todas las cosas, estaba ahí como una capa poderosa. No pasaba nada. Silencio y sombras. Intentaba descifrar los rostros que nos tenían ahí, detenidos, extraños.
Pensé, cuando veía que el tiempo avanzaba y no sucedía nada, en la esperanza del amanecer. Cuando la luz se fuera imponiendo iríamos descubriendo sus rostros, sus identidades.
Laura me cogió la mano. Nunca me había comunicado tanto con tan solo un gesto. Quería calmarla, pero yo no lo estaba.
El momento más oscuro de la noche es justo antes de que empiece a amanecer. Fue entonces cuando comenzó, casi imperceptiblemente, a entrar la luz. Lo que sucedió entonces es difícil de explicar. También de describir. Según la luz iba entrando, las siluetas que nos tenían ahí detenidos —¿secuestrados?— se iban diluyendo. Como si la luz las deshiciera.
No volvieron a hablar.
A medida que la luz entraba fueron desapareciendo. Cuando la cara de Laura ya era visible para mí, no quedaba nada de ellos. Nos abrazamos. Intentamos encontrar una explicación, pero nada nos parecía dar explicación a lo que había sucedido. Recorrimos la casa buscando alguna huella. Quizás nos habían drogado o habían experimentado con nuestra percepción, pero el caso es que no había ni rastro de ellos.
Sonó el despertador.
Dentro de lo que pudimos, intentamos hacer vida normal. Nos arreglamos, tomamos café y salimos a la calle. Trabajé desconcertado, asustado, preocupado. Busqué noticias, consulté insistentemente. Pensé que quizá habíamos sido víctimas de un nuevo tipo de secuestro, víctimas de un químico aún no conocido por el público. No encontré nada.
Laura me llamó varias veces a lo largo del día. Seguía asustada. La fui a buscar al trabajo. Nos fuimos a cenar con la idea de olvidar y de pasar página. De camino a casa sentimos en aumento el temor. ¿Y si estaban otra vez?
Abrimos la puerta. No había nada fuera de sitio, no había nada llamativo. Todo estaba en orden. No había siluetas en el sofá.
Vimos un capítulo de una serie y nos metimos en la cama. Yo me puse a leer el último capítulo del libro que me estaba leyendo. Laura anotaba algo en su cuaderno de notas. No sé en qué momento nos quedamos dormidos.
Abrí los ojos. Miré el reloj. 3:21.
Esta vez, sin muchos merodeos, me puse en pie y me fui al salón. Decidido a encender la luz. Cuando iba a hacerlo, de nuevo la voz.
—No, Ángel. Te dijimos que no enciendas la luz. Siéntate.
Esta vez más que temor sentí cierta indignación. ¿Cómo podía ser?
—¿Quiénes sois? —grité.
Grité de tal modo que desperté a Laura. Laura vino corriendo. Se quedó a mi lado.
—No encendáis la luz. Sentaos.
No sabía si obedecer o declararme en rebeldía. Encender la luz y entender toda esa farsa. En eso estaba cuando Laura, sin aviso, dio al interruptor.
Se hizo la luz en el salón.
No estaban.
No había nadie.
Asustado, le di de nuevo para apagarla. Volvieron a aparecer.
—Por favor. No lo vuelvas a hacer —dijeron en tono de súplica.
Laura la volvió a encender y yo la volví a apagar. Ahí estaban, apareciendo y desapareciendo.
No lo volvimos a hacer.
Nos dimos la vuelta y nos metimos en la cama.
Desde entonces, cada vez que me despierto en medio de la madrugada ya no voy al salón.
Tú deberías hacer lo mismo.
