Miércoles de ceniza
El día que probé por primera vez la marihuana, un miércoles de ceniza de un carnaval lejano, fue también una de las noches más extrañas de mi vida. Y aunque podría parecerlo, no fueron los efectos de ese primer porro lo que me hizo percibir aquella noche como algo anómalo, inconexo y con momentos que parecían suceder de manera no coherente.
Yo había viajado al centro oeste del país invitado por uno de mis amigos del momento. Era carnaval y él se vanagloriaba de que las fiestas en su ciudad eran memorables. “Tienes que venir. Es todo locura”. Y durante el mes previo estuvimos organizando el viaje. Me hospedaría en su casa. Sus padres estarían encantados de acogerme esos días. Para ellos el carnaval era una fiesta de orgullo. Unos días perfectos para que la pequeña ciudad del interior del país fuera más conocida y popular. De esa ciudad era también A, con quien los meses antes había tenido un conato de noviazgo, pero que a los pocos días, y tras besarnos por primera vez, me dijo que ella tenía novia, que vivía en esa ciudad, y que era arriesgado dejarlo. Desde entonces estaba sumido en una especie de desamor. A mí A me gustaba mucho, pero el fracaso me había dejado en un estado de nostalgia acentuado. La posibilidad de que ella estuviera también en los carnavales me inquietaba y me emocionaba a partes iguales, pero en ningún caso fue decisivo en mi decisión de ir. Simplemente era un asunto que merodeaba en el fondo de las sensaciones.
El viernes por la tarde la hermana mayor de R y su mejor amiga nos recogieron en la residencia estudiantil de mi amigo. Ellas eran mayores, acababan de terminar la universidad y habían empezado trabajos relacionados con el marketing de empresas. El viaje no era muy largo; en tres horas estaríamos entrando en la ciudad.
El viaje fue hermoso. No sé por qué, pero lo fue. Atravesamos una zona de la sabana a oscuras; el cielo brillaba solemne. Esas noches del interior en que el cielo parece una explosión detenida, algo parecido a lo que debe de ser el universo. Una explosión que sucede en una lentísima imagen que apenas se va transformando. Las estrellas eran la única luz; la carretera prácticamente no tiene tráfico por esa zona del país y la noche reverbera. En el coche hablábamos de estudios, de amigos, de música y de carreteras, de otras carreteras. La amiga de la hermana había vivido el año anterior en Estados Unidos; parecía pertenecer a una familia adinerada y nos hablaba de las carreteras de noche que atravesó. “Es distinto. No sé por qué, pero es distinto”. Luego nos quedamos callados; luego me preguntaron por qué habíamos ido a vivir a ese país. Contestaba torpe, porque es una pregunta que siempre he contestado torpe; porque en el fondo ninguno de nosotros —y con nosotros me refiero a mi madre y mis hermanos— supimos nunca por qué fuimos a parar allí. R, mi amigo, se había quedado dormido y yo hablaba con las chicas mientras la carretera avanzaba hacia esa ciudad perdida.
Las ciudades de ese país son curiosas en su urbanismo. Tienen similitudes con el de Estados Unidos, pero abrazadas por formas poco definidas. Son ciudades construidas sin un orden concreto. Son avances, avances indefinidos, avances individuales que se juntan a otros avances individuales; luego hay urbanizaciones abiertas, manzanas de casas unifamiliares, de construcciones poco costosas habitadas por el fragmento ahogado de las clases medias. Allí vivía la familia de R. La llegada fue amable y reconfortante. La familia de R era divertida, muy hospitalaria y acogedora. Me sentí cómodo.
En la lista de lugares donde he pasado calor siempre la nombro entre las tres primeras. El calor no mengua, ni siquiera de noche. El calor, como todos los calores, como el calor de cada parte, tiene sus peculiaridades. El calor allí es una forma de apisonadora, como todo calor extremo, pero aísla, separa. Le da a la zona la sensación de lugar lejano, alejado de algo, de no se sabe qué, pero alejado quizás del resto del mundo. Como si el calor fuera un muro y el lugar entonces parece que no existe o que sucede en otra dimensión. El calor es allí una especie de viaje espacial.
Fui a fiestas confusas, me relacioné con gente triste y gente sin mucho rumbo existencial. Conocí a un tipo al que llamaban Pajarito, que vivía solo desde los 16 años. Su padre había desaparecido y su madre había muerto. La segunda madrugada vi un accidente: un auto había sido aplastado por un autobús. Los pasajeros lloraban en el arcén bajo los síntomas de un ataque de ansiedad colectivo; la policía hacía esfuerzos por sacar el cadáver del conductor. Estábamos a las afueras de la pequeña ciudad. Cuando vi el cadáver salir sentí que no estaba siendo el mejor viaje de mi vida. Fui a una casa con piscina la tarde de más calor. Cuando me estaba bañando, pensando en el cadáver, flotando en la piscina mientras un grupo de gente hablaba de chismorreos de gente en común, vi entrar a A con su novio; alguien les había invitado, ella no sabía que yo estaba. Me saludó como se saluda a la gente con la que vas a compartir un rato en una sala de espera. Me presentaron a su novio: un tipo de casi dos metros, de cuerpo espectacular. Buceé hasta quedarme sin respiración, salí a la superficie y pensé en lo absurdo de ese calor y de estar en esa ciudad. Fui a otras fiestas. Hablé con una chica alemana que estaba haciendo un año de intercambio allí. En un español divertido me dijo: “No sé qué carajo he venido a hacer aquí; esta ciudad no existe”. Nos besamos cuando empezó a llover. A veces, hoy en día, treinta años después, me pregunto qué será de su vida.
Di un paseo solo en bicicleta la penúltima mañana. Terminé en una urbanización donde no había nadie; estaba deshabitada. La última noche R me dijo:
—¿Has probado la marihuana alguna vez?
Nunca la había probado. Fuimos al centro. En el centro había comparsas, pasacalles, puestos de bebida y comida y un ambiente masivo de gente disfrazada. Cruzamos varias calles atravesando masas de gente. Nos desviamos hacia una calle donde estaban los edificios más altos de la ciudad, que no eran edificios altos: tres pisos. R abrió un portal. Subimos unas escaleras de un edificio en estado precario. En el último piso R tocó la puerta; nos abrió un tipo sin camisa, con el pelo largo y con los ojos completamente rojos. El intercambio fue rápido. Todo parecía inconexo. Volvimos al barullo de la última noche de carnaval. Atravesamos el bullicio. R estaba nervioso. La tenencia de marihuana en aquel país era motivo de cárcel. Cuando estábamos camino de una zona tranquila y sin gente, nos cruzamos con P, otro amigo de la universidad, que iba acompañado de otro amigo y su novia americana. En una conversación que no entendí cómo se sucedió, se decidió irnos de noche a uno de los dos ríos que bordeaban la pequeña ciudad a bañarnos. Nos montamos los cinco en el coche del amigo de P. Su amigo y su novia iban delante; P, R y yo detrás. R le enseñó la marihuana a P. Hicieron gestos para no ser vistos por el amigo de P, que se llamaba J.
Llegamos al río. J aparcó muy cerca de la orilla. Bajamos. La americana se presentó. Me dijo que se llamaba Lizbeth. La oscuridad era profunda, pero nos distinguíamos los unos a los otros con facilidad. R me dijo que fuera avanzando hacia el río, que él se quedaría liando el porro. Me metí en el agua desnudo. Todo el mundo se desvistió. El agua no cubría, así que nos sentamos para que nos llegara hasta el cuello. R apareció y me hizo señas para que fuera hasta el coche. Allí estaba el porro. Fui desnudo. Lo vi en el maletero, que estaba abierto; al lado, el mechero. Me di con fuerza varios tiros y me dio tos. Creo que logré no ser escuchado. Volví al agua con todos.
Hablaban de Dios. J era muy creyente. P y R le escuchaban. Lizbeth miraba hacia la luna. Yo miraba a R para ver si notaba efectos. Era mi primera incursión, pero no lograba notar nada especial. R, P y J seguían hablando del cielo, de la existencia, de estrellas, de apariciones. En ese momento noté un pie que subía por mi pierna. Miré a todos como buscando explicación, pero todos parecían ajenos. Pensé en un pez, lancé la mano, pero toqué un pie: era el de Lizbeth, que ascendía hasta mi entrepierna. Me puse nervioso. Pensé si eso era un efecto de la droga, pero no. No notaba nada; lo único que notaba era el frío que se me estaba metiendo en el cuerpo y el pie de Lizbeth que quería tocarme.
En ese momento dije:
—Creo que voy a salir, tengo frío.
Nadie me hace caso, salvo Lizbeth, que me mira sonriendo, pero es una sonrisa extraña. Sonríe, pero no aquí, sino en otro lado. Está sonriendo en Atlanta, o a mí me da la sensación de que esa sonrisa sucede en Atlanta. La luz de la noche, o la luz de la luna, que es la luz de la noche, parece ser más potente, tiene más intensidad. Camino hasta el auto. Me seco con una toalla que veo en el maletero abierto y me empiezo a vestir.
En ese momento aparece Lizbeth y se me lanza encima. Me besa, me toca todo el cuerpo y se sube encima de mí. Tengo ganas de gritar. Oigo al novio de fondo, oigo a R y oigo unos gritos, una masa de voces humanas que vienen desde lo más profundo del monte. La vegetación en ese punto es frondosa, bestial. Lizbeth se separa, mira hacia la oscuridad y dice en un español torpe:
—¿Qué coño es eso?
En seguida aparecen J, P y R. Estamos todos desnudos, menos Lizbeth, que era la única que tenía traje de baño. Lizbeth desaparece dentro del coche. R está muy enfadado.
—Vámonos para el carajo. Vámonos ya mismo de aquí.
Le miro como esperando que me diga algo. Por unos segundos pienso que me van a matar. Pienso durante unos segundos en explicar que yo no he hecho nada, que ha sido la americana la que se ha lanzado encima de mí. El novio no habla. Nos subimos todos al coche, pero nadie habla. El coche va entrando en la ciudad. Vemos grupos de borrachos esparcidos. R dice:
—Déjanos aquí.
Estamos en medio de una avenida mal iluminada. Veo el coche irse con P, J y la americana. R me dice que ese tipo está loco. Que cuando estaban en el agua hablando de Dios le ha empezado a tocar bajo el agua y a acosar. Entonces miro la avenida. El auto ya no se ve y pienso que, aunque no sienta los efectos de la marihuana, todo ha sucedido de una manera poco sólida. No le digo nada a R, no en ese momento. Le pregunto por los ruidos en el monte, esas voces brutales, esos gritos lejanos.
—¿Qué gritos?
Me quedo callado. Me miro las manos. Hay un destello en mi piel. Quizá todo esa noche fue irreal. No lo sé. Eso es todo lo que recuerdo.
