lunes, marzo 02, 2026

Texto hallado en Iztalapa

Juan quema en la papelera el manuscrito de la que hubiera sido una de las mejores obras escritas en español. Mira las llamas y el papel arder y, cuando está seguro de que no quedará ni rastro, apaga el fuego, se deshace de cenizas y restos y comienza la jornada. Se ducha, se prepara, se viste y sale a las calles de México para ir hasta su trabajo. En la oficina nadie sabe de sus dotes literarias. En realidad nadie conoce la personalidad de escritor de Juan Marcos. En la oficina ejerce su labor con eficacia. Es un empleado respetado por compañeros y jefes. No es ambicioso, pero tampoco se abandona a la tarea de cumplir en mínimos su labor. Redacta informes, con precisión, de su departamento: recursos humanos de una multinacional de alimentación. Los jefes valoran el trabajo de Marcos, que tantas veces les ha sacado de apuros en reuniones con los gerifaltes internacionales. Esos que aparecen cada ciertos meses en la sede de la empresa en la capital. Juan es metódico y muy profesional. Cuando sale a media tarde, de vuelta a su casa, siente desasosiego y una forma muy peculiar y única de temor. Sabe que se enfrentará de nuevo a la literatura. A esa vasta y salvaje batalla en la que lleva sumido casi una vida.

Juan Marcos no se mueve en ambientes literarios ni culturales. Es un tipo solitario, tímido y bastante torpe en el ámbito social. Vive en un pequeño apartamento en Gustavo A. Madero. Apenas tiene relaciones fuera del trabajo, donde solo mantiene relaciones profesionales. Su vida transcurre en el tormento y la crisis creativa. Vuelve a casa y teclea en su ordenador hasta bien entrada la madrugada. Duerme poco y mal. Cuando cae rendido, después de haber escrito algunas de las mejores páginas de la literatura del siglo XXI, suele soñar con escenas dolorosas, ligadas a las tramas de sus novelas y cuentos. Luego despierta, imprime las hojas de lo escrito la noche anterior; mientras se hace el café, en un rito casi diario, las quema y borra el documento de su ordenador. Rara vez guarda algo escrito. Apenas habrá huella de su obra una vez desaparezca de este mundo. Luego sale a la calle y se mezcla anónimamente en ese universo improbable que es Ciudad de México, esa masa construida que un día no existirá y que arqueólogos del siglo treinta y dos encontrarán signos desconcertantes de una ciudad atrapada bajo capas de tierra, lodo y piedras. Millones de anónimos conscientes de su anonimato. Juan Marcos, fragmentado en ese rugido y movimiento indescifrable de una ciudad que es la metáfora de un planeta que se dirige a la locura y al caos. Eso piensa Juan en su anonimato mientras atraviesa la ciudad para ir a su trabajo. Donde nadie sabe que escribe.

Una tarde miércoles sale. Se despide de sus compañeros en la puerta del edificio. Mira al cielo. Evita volver a casa, porque se siente agotado del esfuerzo diario de escribir. Camina al azar por la ciudad. Piensa en la literatura, piensa en la escritura. ¿Qué extraña maldición le fue dada? Si tuviera que elegir, elegiría no escribir. Al fin y al cabo no escribe, porque no hay huella, no hay rastro apenas de su escritura. Avanza por la Avenida Morelos. El tráfico está detenido. Una hilera de coches estancada se pierde por la avenida. Suenan los claxons desgarrados, un amasijo sonoro que se debe de escuchar en algún planeta lejano, en una galaxia que está a punto de desaparecer. Entra en un café. Hay poca gente. Por alguna razón que es difícil comprender, dentro del café hay una calma que contrasta en exceso con el caos que hay en la calle. Pide una cerveza. En una de las mesas ve a una chica joven hablando concentrada con un tipo mayor. Reconoce al escritor Juan Villoro. Observa con cuidado y discreción. La chica, una periodista seria, entrevista a Villoro. Apenas oye las preguntas, apenas oye las respuestas. Va capturando palabras sueltas. Intenta escuchar. En ese momento, y por primera vez en su vida, se plantea cómo será ser un escritor profesional, alguien que vive de eso, alguien que trabaja y opera veinticuatro horas al día como escritor profesional. En ese momento escucha a Villoro decir una frase desconcertante: la realidad ha dejado de existir. Poco después la chica le da la mano, las gracias y se pone en pie. Sale por la puerta guardando la libreta donde tomaba notas en su mochila. Villoro se queda apurando un refresco que Marcos no logra identificar. Al rato Villoro paga y Marcos, en un acto que no ha decidido previamente, paga también y sale tras él. Villoro toma un taxi en la avenida. Marcos detiene otro, se sube apurado y dice:

—Siga a ese taxi, por favor.

El taxista, que abusa de la simpatía, le dice que eso es más habitual de lo que la gente sospecha.

—Vivimos en un mundo donde los taxis persiguen a los taxis —dice el conductor con una sonrisa.

El trayecto es largo. Demasiado largo. De hecho el trayecto es incomprensible. Tras muchos rodeos y vueltas, terminan deteniéndose en las periferias del Centro Cultural del Bosque. Villoro se baja. Marcos paga y se baja también. No sabe cómo ni por qué, pero de repente aborda a Villoro, que da un respingo, porque piensa que va a ser atracado.

—¿Cuándo se deja de borrar lo escrito?

Villoro tartamudea. No emite frase coherente. Está tratando de asimilar la escena.

—¿Cuándo uno acepta lo que escribe?

Entonces Villoro le mira con ternura o temor. No sabe si es un loco o una persona desesperada.

—Nunca se borra. Nunca se acepta.

Entonces Marcos, por primera vez en su vida, le cuenta a alguien que escribe y que borra todo lo que escribe.

—Pero nadie tiene derecho a borrar ni a quemar —dice Villoro casi enfadado—. No te pertenece. No es tuyo. No eres dueño.

Marcos entonces tiene ganas de llorar. No sabe por qué. Primero se siente triste, luego ridículo y luego profundamente solo. Tiene cuarenta y dos años y aún no ha sido capaz de adaptarse mínimamente al mundo. Villoro le abraza. Mira al centro cultural, sabiendo que no acudirá a una de las citas más importantes que tenía ese año. Caminan un rato por el bosque. Villoro le habla del dolor y de la espina. Escribir no es un acto decidido.

—Se parece a las maldiciones.

Juan Marcos ve los árboles, de fondo el bullicio infinito de Ciudad de México, el humo, el ruido, el dolor de una ciudad que quedará enterrada y desaparecerá, como desaparecerán todas las formas del mundo que hoy creemos evolucionadas. Villoro habla de la literatura y la enfermedad. Villoro insiste, casi enfadado otra vez, que no tiene derecho a borrar.

—¿Tú sabes bien lo que has hecho? —le dice trágico, casi amenazante.

Tras varias reflexiones y un largo paseo, Villoro y Marcos se suben a un coche.

—Te voy a enseñar algo.

El taxi avanza por la ciudad. La noche se impone en la ciudad y el tráfico se hace más suave. Llegan a una calle en Iztapalapa. Se bajan del taxi, que paga Villoro. Juan Marcos mira a los lados. Es de noche y no es la mejor calle de toda la ciudad para estar. Villoro abre la puerta de una pequeña nave industrial. Entran. Está todo a oscuras. Villoro se acerca a un cuadro de luz y la estancia, amplia y de techos muy altos, se ilumina suavemente. Hay varias mesas dispuestas en el centro y al fondo muchas estanterías.

—Son manuscritos —dice Villoro.

—¿Suyos? —pregunta Juan Marcos.

—No me trates de usted —dice Villoro sonriendo—. No son míos. Bueno, es posible que haya alguno mío.

Las mesas tienen máquinas de escribir y muchos folios apilados. Serán unas doce o trece mesas iguales, colocadas casi como una clase de un colegio. Al fondo hay una pizarra donde hay varios dibujos y palabras aleatorias. Subrayada hay una que sobresale: LA TRAMA.

—Siéntate en la mesa que más te guste. Ponte a escribir —le dice Villoro a Marcos.

Marcos se sienta en una de las mesas. Coloca el folio en la máquina y se pone a escribir. Teclea cada vez más rápido. No sabe de qué escribe. De vez en cuando mira a Villoro, que parece atareado en las estanterías. Coge carpetas, coge libros, los chequea, los subraya y los vuelve a colocar en su sitio. A veces toma notas. Juan Marcos no tiene ni idea de qué hace. Tampoco sabe muy bien de qué está escribiendo, pero sigue escribiendo. Entonces Villoro se le acerca. Se le pone a un lado.

—¿Cómo vas? —le pregunta amigable.

—No lo sé. He escrito sin pensar muy bien qué escribo.

—Perfecto. Eso es lo que quería.

Entonces Villoro coge los folios que lleva escritos Juan Marcos y los lee, y lo que lee Villoro en esa nave industrial en una calle de Iztapalapa es esto que estamos escribiendo, son estas palabras que estamos leyendo y que jamás sabremos si serán quemadas o borradas, pero que de momento están aquí.

jueves, febrero 26, 2026

Nando y Lucas

La gente que odia rara vez reconoce que odia; pero la gente que envidia nunca reconoce que envidia. Y básicamente porque la persona que envidia, sobre todo, se odia a sí misma. Por lo tanto es una doble, o triple, capa de sentimientos: se odia, envidia y odia al que envidia. Todo lo calcina. Yo sé que Lucas se odia y odia a Nando porque le envidia. Es terrible y altera cada paso de su vida y de la de Nando. Todo en ellos está abrasado por eso, que en el fondo es un dolor terrible.

Cuando eran pequeños, los primos pasaban mucho tiempo juntos. Los padres de ambos los dejaban con sus abuelos (que eran los padres de sus madres) buena parte del verano en aquella casa hermosa en medio de la sierra. Un jardín hermoso, una casa de piedra, un muro alto cubierto de enredaderas que hacía de frontera con el mundo externo del pueblo, una piscina que se llenaba de hojas con frecuencia y que el abuelo limpiaba con paciencia y esmero cada mañana eran el escenario de veranos que pudieron ser idílicos y, sin embargo, fueron terribles.

Lucas se levantaba pronto. Miraba desde la ventana del segundo piso al abuelo quitar las hojas. Esperaba un buen rato. Nando era más dormilón. Ahí ya empezaba la incomodidad. A Lucas se le hacía largo el rato que permanecía solo despierto y no sabía qué hacer: si bajar a desayunar y arrancar la jornada o esperar el ruido de Nando abriendo la puerta de su habitación. Generalmente esperaba y, cuando escuchaba la voz alegre del muchacho saludando a la abuela, él también salía. Desayunaban juntos. Casi sin hablar. A veces Nando le contaba sus sueños a la abuela. A veces Lucas lo intentaba, pero sentía que sus sueños no eran lo suficientemente trepidantes o absurdos o desconcertantes, mientras que todos los que contaba Nando sucedían en un universo peculiar. Lo de Lucas era tan doloroso que envidiaba hasta los sueños de Nando.

Luego salían al jardín. A veces jugaban al fútbol, a veces paseaban o hablaban de anécdotas exageradas. A veces, la mayoría, se aburrían el uno del otro. Entonces Nando se ponía a dibujar. Tenía un talento innato. Lucas no dibujaba. Lucas merodeaba la casa y le veía dibujar. A veces se iba atrás, donde la parra, y miraba las hojas enredarse y sentía, de algún modo, que había algo en esas hojas que le hablaba. Otras veces se acercaba y escupía en la hoja donde dibujaba Nando. La mayoría de las veces Nando no reaccionaba. Simplemente empezaba otro dibujo. Otras veces le decía a la abuela que Lucas era un cerdo y que le había llenado de babas su dibujo. Lucas era más deportista, pero Nando nunca jugaba a esos juegos, lo que no le permitía mostrar a Lucas alguna superioridad sobre él.

Después de comer les obligaban a dormir la siesta, pero nunca se dormían. Entonces, con las persianas bajadas para evitar el calor, Lucas le hablaba de una mujer enana que entraba al jardín de madrugada, cuando todos dormían.

—Siempre se queda mirando tu ventana —le decía a Nando, a quien la historia le empezaba a afectar.

—Anoche vi que se acercaba más. Cada noche está más cerca.

—Pero despierta, despierta a los abuelos. Avísanos. Quizá la enana quiera hacernos algo malo —decía Nando, asustado.

—Me tengo que hacer el dormido. Si la enana ve que me muevo es posible que te mate y luego nos mate a todos —luego se reía.

Nando no sabía qué pensar de esas risas. ¿Era verdad lo de la enana? ¿Lucas era un mal bromista?

Cuando Lucas comprendió que aquel terror le había dado cierto poder sobre Nando, empezó a mirarle detenidamente cuando se separaban por las noches al ir a la cama.

—No te despistes. Mantente alerta.

Entonces Nando empezó a dormir mal, cada vez peor. Lucas le iba exagerando la historia. La enana está cada vez más cerca. La enana anoche se subió al tejado. La enana salió corriendo por la calle arriba y llevaba unos jabalíes a su lado. La enana siempre tiene un mirlo negro en la mano izquierda. La enana escribió “Nando” en uno de los árboles. La enana ha marcado con una X la puerta de tu habitación.

Nando entonces entró en pánico. Lucas le decía que no debía decirle nada a los abuelos. Se preocuparían. Nando se obligaba a mantenerse despierto. Entró en estado de profunda ansiedad. Lucas le insistía en no preocupar a nadie.

—Los abuelos son mayores. El miedo les puede matar —le decía.

Aquel fin de semana los padres de Lucas vinieron a buscarle; se iban a pasar juntos un par de días a una excursión con amigos. Nando se quedaría solo con los abuelos ese fin de semana. El viernes le vinieron a recoger. Los padres conversaron un rato con los abuelos, mientras Lucas terminaba de prepararse. Nando se acercó a la habitación de Lucas y le pidió que no se fuera.

—Tengo mucho miedo, Lucas —le dijo con voz fina. El muchacho estaba realmente aterrorizado.

—No te preocupes. Si no te mueves no te verá —le dijo Lucas.

Ese fin de semana Lucas lo pasó con sus padres y los amigos de sus padres. Se bañó en pozas en medio de la montaña. Treparon piedras con enorme precisión. Hicieron noche en alta montaña. Vieron pájaros hermosos. Comieron bocadillos y recorrieron zonas donde no había nadie y las vistas eran hermosas. Lucas no pensó en Nando. Se sintió bien. Contento. De alguna manera Nando le hacía sentirse en un estado de alerta, de incomodidad. Cuando Nando estaba, Lucas no era Lucas. Se vaciaba su alma, si es que existe el alma. Alejado de Nando notaba una forma agradable de plenitud. Es como si cuando estuviera con Nando algo de él se vaciara, fuera robado. En aquella emocionante excursión estuvo en plenitud y en una forma agradable de cierta felicidad. Su madre y su padre, que siempre discutían, habían estado muy relajados. Había sido un gran fin de semana, pensaba en la parte de atrás del coche mientras avanzaban el domingo por la carretera de camino a casa de los abuelos, donde sus padres otra semana le dejarían al cuidado de los ancianos y en compañía de Nando.

Abrió el portalón verde de la entrada y gritó alegre:

—¡Ya estamos aquí!

Al fondo estaba Nando. Tenía mala cara. Los abuelos aparecieron y saludaron. Cuando los padres se fueron, Nando y él se quedaron solos en el jardín. Fue entonces cuando Nando le dijo:

—He hablado con la enana.

Lucas entonces sintió un dolor en la sien.

—¿Qué te ha dicho? —dijo para disimular.

—Que tenemos dos opciones si no queremos que esto acabe mal.

—¿Qué dos opciones?

—Matar a los abuelos o quemar la casa.

Lucas miró hacia el portón verde. Se había quedado medio abierto. El coche de los padres se perdía calle abajo. Más atrás, una pequeña visión del valle. Sintió un vértigo indescifrable. Pensó que se iba a abrir la tierra. Pensó que vendría una forma fantasmal a toda velocidad a salvarle, pero no llegó; entonces se vio obligado a confesar.

—Pero la enana no existe —le dijo aterrorizado a Nando.

—La enana existe. Yo hablé con ella anoche.

En ese momento la abuela les llama. Lucas entra en un estado de tensión profunda. Intenta hablar de fútbol con el abuelo. Intenta contar el fin de semana. Pero la imagen de Nando, que parece haber cambiado de forma de ser, no le permite relajarse. A partir de ese instante evita a Nando. Cuando cae la noche se despiden en el pasillo de la planta de arriba. Nando entonces se le acerca y le dice:

—Prefiero quemar la casa. Es la mejor opción para salvar el mundo.

—No digas tonterías, Nando. Yo me inventé lo de la enana.

Se va a la cama. Le cuesta dormir. Decide confesar. Al día siguiente en el desayuno les contará a todos lo torpe de su broma. Decide que es hora de parar. Se mete en la cama. El esfuerzo físico del fin de semana le tiene exhausto. Se duerme. Por primera vez tiene un sueño trepidante y absurdo. Lo recuerda, porque los sueños que mejor recordamos son los que estamos teniendo cuando nos despertamos en mitad de la madrugada. Hay un ruido y un olor que lo contaminan todo. La abuela grita. Sale al pasillo y entiende que Nando ha decidido salvar el mundo. La casa está en llamas. Bajan a toda velocidad. Salen al jardín a ver la escena terrible, pero bella. La casa ilumina la ladera de la montaña. Se escucha la sirena de los bomberos llegar. Nando mira el fuego como miraba sus dibujos al terminar. Satisfecho con su obra.

—Estás loco —le dice Lucas.

Nando no contesta. Simplemente mantiene la mirada en todo lo que sucede detrás del fuego, más allá de la casa. Lucas mira en esa dirección. Primero ve un jabalí; el jabalí se gira y se pierde en las sombras. Allí, entre la maleza que aún no ha alcanzado el fuego, Lucas logra ver por primera vez a la mujer enana, y el mirlo negro en su mano, bajo las hojas enredadas de la parra. 

miércoles, febrero 25, 2026

10:32 A.M.

Sube la persiana y se imagina la reverberación de ese sonido por la calle, viajando por la manzana hasta otras habitaciones y molestando incluso a algún vecino al que no le pone cara. Aún no ha amanecido del todo. La luz grisácea y opaca de finales de enero aún entra muy débilmente en su habitación.

Avanza por el pasillo hasta la cocina. Enciende la radio, pero no suena nada. Ruido de interferencias y ondas expandiéndose por el aire. Busca con precisión en el dial. Le sorprende, porque nunca tiene que hacer eso. No encuentra voces ni música. Deambula entre frecuencias, pero solo se escucha el ruido destartalado de las ondas perdidas que viajan dando tumbos por el aire. Concluye que el transistor debe de estar dañado, algún problema con la antena que no sabe reparar, y se da por rendido, algo que le incomoda.

Se prepara entonces el café con esa sensación de molestia, porque es metódico y preciso, y para él la mañana sucede en ritos claros: persiana, radio y café. La radio, aún no sabemos por qué, hoy ni acude a la cita.

El café se anuncia en ese borboteo de hervor, en ese mecanismo precioso que es la cafetera. Huele a café y siente ese agradable ansia de servírselo y saborearlo. El café, para tantos, es la inauguración oficial de un nuevo día. Mientras bebe sentado y el día va aumentando su luz opaca —hoy anuncian nubes y algún chubasco—, mira de reojo, con resentimiento, la radio. En ese instante debería estar oyendo las voces de los charlatanes, locutores y tertulianos sabelotodo desmenuzando el sentido de una actualidad que hace tiempo no lo tiene.

Luego se levanta. Se asoma a la ventana y le sorprende la quietud en la calle. Los coches aparcados junto a las aceras. Esa invasión automovilística que sufren las ciudades, el planeta entero. Esa hilera caótica y desesperada de coches apretujados a lo largo de todo el barrio, de toda la ciudad, casi del cosmos entero. No ve, extrañamente, a esos primeros trabajadores adormecidos que avanzan apurados camino de la estación, calle arriba. No hay ningún piloto arrancando el coche y saliendo disparado para evitar alcanzar la autovía de acceso al centro antes de que se formen los primeros tapones y atascos.

¿Será hoy día festivo? Es tan ajeno este, desde hace tiempo, a los rituales de la cotidianidad social que a veces se le escapan los días de celebración colectiva. Quizá hoy la gente prolongue la estancia en la cama: ese rato preciado que cada día se desea.

Se ducha. Se acicala. Se viste. Ordena la habitación. Recoge y barre lo poco que ha ensuciado. Mantiene desde hace tiempo todo en un orden y pulcritud envidiables. Mira el reloj. Va a salir a la calle. Porque una cosa de sus ritos diarios es pasear a la vez que esa masa de muchachos y jóvenes sale, casi coordinada, de sus casas hacia colegios e institutos. Madres apuradas con niños desganados; adolescentes que se juntan para ir en pandilla hasta las clases. Pasear en esa hora acelerada le hace sentirse parte del entramado al que casi ya no pertenece.

Cuando llega a la calle, descubre que hoy tampoco hay alumnos ni colegiales. Definitivamente, concluye, hoy debe de ser un día festivo que ha obviado o que desconocía. No obstante, mantiene la ruta. Recorre las manzanas hasta el parque y, en el parque, se desviará por el parque de los pinos, que termina cayendo en las periferias de la ciudad, donde los límites imprecisos se confunden.

Lo sorprendente hoy es que no se cruza con nadie. Y es ahí cuando se alarma.

Camina cada vez más rápido. Acepta que es día festivo, pero no hay nadie. Mira hacia las casas. Las persianas permanecen bajadas en casi todas. Ningún negocio ha abierto. Ni siquiera la panadería con el mejor pan del barrio, donde muchas veces toma café a la vuelta del paseo.

Se acerca hasta el mercado. Nadie ha abierto las puertas. No hay tránsito de camiones ni de furgonetas. Va hasta el parque con la intención de alcanzar el puente que cruza la autopista. En el parque, a lo lejos, ve un ciervo. El ciervo, estático, le mira desde la distancia. Se cruzan la mirada. La mirada extrañada e inmóvil del animal le produce una forma peculiar de pánico. No es miedo; es la imagen extraña lo que le acongoja.

El ciervo entonces sale disparado hacia el bosque de pinos. Él avanza hasta la autovía. Cruza el puente. No pasa ni un solo coche. Se queda ahí parado, en medio de la pasarela, mirando hacia abajo. El asfalto vacío multiplica la quietud.

Entonces ve al ciervo avanzar a una velocidad sublime por la autovía. Detrás del ciervo vienen otros. Corren por la autovía en dirección al centro de la ciudad. Los ve pasar por debajo de la pasarela y avanzar, hermosos, hacia la urbe. Cuando pasan y se pierden, se impone de nuevo la quietud.

Termina de cruzar la pasarela que da al descampado donde se construye un nuevo conjunto urbanístico. No hay obreros, claro. No hay movimiento de camiones ni de materiales. Hay otro animal parado en la entrada. Es un caballo. El caballo está quieto. Durante unos segundos piensa que está herido, pero no lo está. Llega hasta él. Entonces, en una decisión que no toma racionalmente, se sube y se pone a trotar. El caballo avanza obediente.

Recorren las calles a medio construir de la nueva zona. Giran hacia la salida de la autovía y, sin temor, se pone a galopar. Avanzan hacia el centro, como previamente habían hecho los ciervos. La ciudad va ganando en densidad. Los edificios siguen dando síntomas de quietud extrema. La ciudad definitivamente no ha despertado.

El caballo no cede en su intensidad. Avanzan con una rapidez asombrosa. Entran en el casco urbano. Recorren algunas calles famosas. En la avenida que atraviesa de norte a sur se detienen frente al monumento insigne, uno de los símbolos turísticos más fotografiados por turistas.

Se baja del caballo. El caballo se acomoda y rebufa. Él entonces grita. No sabe qué grita, pero grita. La voz reverbera por la ciudad. Las fuentes mueven sus aguas.

Cuando llega a la plaza del centro ve a los ciervos. Cree reconocer al ciervo con el que se cruzó, pero piensa que quizá fantasea. Se sienta bajo el reloj central. Son las diez y media de la mañana. Se sienta en un banco que tiene una pintada con una declaración de amor: Claudia, te amo.

Siente sed. Pero no se mueve. Mira la plaza vacía, una plaza que siempre está atestada de gente. Mira los negocios cerrados: los de souvenirs, los de zapatillas deportivas, los de dulces estrambóticos, los de trajes de novia. Todos están cerrados y, a esas alturas, ya sabe que nunca volverán a abrir.

Mira de nuevo hacia arriba para ver la hora en el reloj central.

Diez y treinta y dos de la mañana.

Decide entonces decretar esa hora como la hora definitiva del fin del mundo.

martes, febrero 24, 2026

La visita

Lucía y Pepo habían sido compañeros de la universidad. Ellos ya eran pareja y nosotros aún no nos conocíamos. Así que nos han acompañado desde el inicio de nuestra relación. No nos vemos mucho, pero aún mantenemos cierto contacto y cada pocos meses logramos hacer una reunión o encuentro; bebemos, charlamos y nos reímos, porque las amistades largas entran en zonas de facilidad.

Nos habían invitado a cenar a su casa. Hacía tiempo que vivían a las afueras, en un chalet adosado amplio, con jardín en la parte trasera y piscina comunitaria. Cuando se mudaron, a mí me parecía que no pegaban en ese estilo de vida, pero lo cierto es que, una vez allí, parecían haber vivido toda la vida en ese tipo de entorno. Ese fin de semana sus hijos no estaban; habían ido a un campamento de esquí y nos proponían quedarnos a dormir, para no tener que bajar luego a la ciudad de madrugada y quizá con más alcohol del debido.

Así que, cuando llegamos el viernes a las siete de la tarde, después de una semana ajetreada y convulsa en mi oficina, llegamos con euforia a donde Lucía y a Pepo porque sentía que estar con ellos y dormir allí nos vendría bien a Sara y a mí. Llevábamos una época agotados, estresados; nuestros hijos cada vez pasaban menos por casa, pero aún manteníamos una preocupación y una atención excesiva por sus vaivenes. La vida laboral estaba instalada en un permanente ajetreo y los dos estábamos con ganas de parar, lo que sea que eso signifique.

Nos abrió Pepo la puerta. Hacía algunos meses que no nos veíamos. Le noté más musculado, más fornido e incluso su postura corporal me pareció más precisa, más correcta. Pensé, sin preguntarle, que quizá se estaba ejercitando en el gimnasio y el cambio era notable, desde luego.

Entramos en la casa. La decoración había cambiado. Todo era blanco ahora, los espacios más diáfanos y no había ningún artilugio electrónico. No había televisión ni ningún aparato donde antes los había.

—Vaya, menudo cambio decorativo, Pepo —dije, sorprendido.

—Sí —contestó—, nos hemos ido quitando de lo innecesario. Estamos trabajando en ir a la esencia. Cada vez más.

Justo en ese instante miré a Sara. Sara miró el entorno, pero sabía perfectamente que estaba pensando lo mismo. La luz del jardín trasero entraba poderosa por toda la estancia. El lugar, desde luego, había cambiado y empecé a sentirme moderadamente desconcertado.

Pepo nos preguntó si nos apetecía salir al jardín. Lucía vendría en breve; había salido un momento.

El jardín también mostraba cambios. En vez de los muebles de exterior que había antes, ahora había una especie de pufs blancos y creo que noté que algunas plantas y árboles pequeños tampoco eran los mismos. Enseguida empezamos a hablar de cosas banales. Estuve narrándole mis conflictos laborales. Llevaba una época con un nuevo jefe que era adicto al conflicto y me estaba haciendo la vida imposible. Habían desaparecido los horarios y todo se había vuelto estrés. El estudio estaba trabajando en varios proyectos en distintas zonas del país, unos complejos habitacionales de alto nivel adquisitivo, pero estaba resultando un trabajo tortuoso. Sara habló también de su situación laboral. Tampoco estaba muy a gusto. Los dos estábamos pasando una época de incomodidad y no terminábamos de encauzar el estrés. Luego hablamos de nuestros chicos y le preguntamos a Pepo por los suyos.

—Los chicos están muy bien. Estamos haciendo un trabajo adecuado con ellos. Ya no van a la escuela y hemos logrado que accedan a un programa de liberación y nuevas perspectivas. Las cosas, chicos, han cambiado mucho. De eso queríamos hablar con vosotros. Tenemos que poneros al día.

Estamos modelados para recibir ciertas alertas. Hay un mecanismo químico y biológico que funciona, ajeno a nuestro raciocinio, que opera desde un lugar más profundo que las palabras. Mi cuerpo se puso en un estado parecido a la alerta y a la incomodidad. Sara no me miró. Simplemente se quedó mirando a Pepo, esperando el desarrollo de la frase que nos acababa de decir.

Fue en ese instante cuando apareció Lucía.

Entró y la imagen que recibimos fue impactante. Sucedía lo mismo que con Pepo: su cuerpo parecía más fibrado, más fuerte, pero posturalmente también parecía corregido, más firme, más erguido. Pensé en yoga o en alguna actividad parecida. Lucía, que tuvo el pelo muy canoso desde muy joven y que siempre lo había disimulado con un tinte y mechas claras, apareció con el pelo netamente grisáceo y un vestido muy ancho y blanco que le otorgaba la apariencia de una profesora de pilates de un centro de alto rendimiento.

—¡Chicos! Qué ganas tenía de veros —dijo con una voz pausada y suave.

Muchas veces, cuando suceden ese tipo de cosas que te desubican, pienso más tarde que lo mejor es preguntar desde el primer instante. Quizá se evitarían muchas cosas. Pero siempre, inconscientemente, opto por permanecer en esa actitud que acepta, que no juzga y que le da a esos cambios radicales una aceptación que, en el fondo, niega que estén sucediendo. Porque Sara y yo estábamos sumidos en el más absoluto desconcierto.

No nos ofrecieron vino ni cerveza. Sacaron unas aguas con limón y unas hojas de las que no retuve el nombre. No hubo queso ni jamón para amenizar la charla; hubo una bandeja de frutas tropicales. No estuvimos amenizados por los grupos que habíamos ido descubriendo en común; lo que sonaba era una capa sonora constante, extraña, que parecía la banda sonora de una película experimental.

—Bueno, habréis notado que las cosas están distintas —dijo Lucía—. Hemos decidido salirnos de la rueda. Estamos muy bien. Nunca hemos sido tan felices. Os queríamos ir contando cosas e incluso invitaros a acceder a este terreno maravilloso y poderoso por explorar. El mundo se ha sumido en la oscuridad y hemos encontrado un grupo maravilloso de gente con los que buscar y empezar a construir la luz.

De más está decir que a mí esos discursos, más que molestarme, me enervan. Me mantuve calmado. Sara los miró con atención y, siempre racional y pragmática, dijo:

—Sí, ¿y cómo se busca esa luz?

A partir de ese instante todo sucede de una manera que no logro comprender. Cuando estoy asimilando algo ya empieza a suceder lo siguiente. En la casa, de golpe, aparecen cerca de quince personas, vestidas de manera parecida a Lucía y Pepo. Van de blanco y parecen estar en un estado de narcosis profunda. Nos miran. Veo que dos mujeres hablan susurrando a Sara. Sara tiene el gesto tenso, casi violento, un gesto que le he visto pocas veces.

Pepo se sienta en el suelo como un profesor de yoga. Me dice algo así como que no ponga interferencias, que me deje arrastrar. Una de las personas que ha aparecido, un tipo muy grande, alto y con bastante sobrepeso, se acerca y me habla de la pena y del dolor, del abismo y la tragedia, de la fuerza de la oscuridad y de que tenemos que unirnos para combatirla. Pienso que es el líder o el que dirige ese delirio.

Veo a Lucía en el suelo, tumbada, con los ojos cerrados. Veo a más gente que se tumba. Veo que amordazan a Sara, que intenta escabullirse sin éxito. Sé, en ese instante, que estoy drogado y que he perdido la voluntad. Pierdo la conciencia.

Cuando despierto estamos en una estancia que no reconozco. Sara y yo estamos tumbados sobre unas colchonetas muy cómodas. Huele a vela o a algo que emite un olor profundo. No es incienso, pero es algo parecido. Hay un vapor sobrevolando la habitación. Sara me mira. Está en un estado casi irreconocible. Seguramente la hayan drogado y haya perdido también la voluntad.

El señor enorme empieza a hablar de las actuaciones a realizar, de los sacrificios, de lo inevitable de la violencia. Hablan de razas, hablan de poderosas energías que lo dominan todo.

—Ha llegado el momento de detener el gran dolor —dice con tono elevado y brusco.

A esas alturas estoy sumido en el pánico. Lucía está en trance o en un estado parecido al trance. Sé que estamos siendo secuestrados por una secta y no sé cómo deshacer la situación. Pienso en mis hijos. Pienso en Sara, que está débil, sumida en una especie de estado paralizante. Pienso en unas vacaciones que tuvimos con Lucía y Pepo en la costa. Un verano hermoso. Pepo y yo terminamos una noche borrachos en la playa; todos —los niños, Sara y Lucía— se habían quedado en el apartamento. Pepo empezó a llorar y me contó que llevaba dos años acostándose con una tipa de la oficina. Se sentía culpable y despreciable.

—Solo nos une el sexo. Nada más —me dijo, y luego me abrazó.

Pepo está detrás de todos sus compañeros de secta. Está callado y me mira. Sé, en ese instante, que Pepo no cree en nada de todo eso y que, en el fondo, como nosotros, también es una víctima. Lucía sigue en trance.

Tengo ganas de coger la mano de Sara, que veo ahí, a escasos centímetros de la mía. Siento que, si agarro su mano, algo se liberará, al menos este pánico y esta sensación de caos. Pero desplazo la mano y no llego.

Huele a fuego. Huele a madera quemada. Tres personas aparecen con dos conejos y dos cuchillos. Sé que lo que viene va a ser peor. La posibilidad de sacrificios, de sangre, de pieles, de carne o de imágenes violentas me golpea brutalmente. Sara está llorando. Yo estoy a punto. Pepo, detrás de todos ellos, empieza a llorar y eso me da paz. Sigue siendo mi amigo.

En ese momento, de manera brutal, salta la puerta de detrás de Pepo por los aires. Aparecen cinco, seis, siete policías armados. Oigo gritos. Uno de los conejos salta y veo que huye. Los otros siguen atrapados. La policía apunta al tipo gigante y a Lucía. Pepo, ahora sí, llora desconsolado.

Logro ver los ojos de Sara. Hay algo tan hermoso y apabullante que me une a ella que encontramos algo de reposo en la locura en el instante en que logramos cruzar nuestros ángulos de mirada.

El caos es enorme. Detenciones, movimientos de personas y frases imposibles de descifrar. Nos tapan con unas mantas.

Por la tarde, cuando hemos llegado a casa después de declarar en la comisaría, entramos y están nuestros hijos con dos amigas en el salón. Cuando nos ven empezar a llorar se sienten un poco avergonzados.

Me voy a duchar. La piel me huele a madera, a un fuego que parece venir de otra era, de otro tiempo.

lunes, febrero 23, 2026

La subida al pueblo

La carretera por donde se accede al pueblo no tiene tanto tiempo. Tampoco es una carretera en muy buen estado, porque lo cierto es que es una ascensión bastante aguda, de unos trece kilómetros. En la parte inicial se atraviesan un par de pueblos de casas más o menos uniformes y bien conservadas. Se percibe aún la cercanía de la ciudad de abajo. Una vez cruzados esos dos pueblos, ya solo es asfalto y monte.

La carretera es estrecha, muy estrecha; hay que conducir concentrado y con precaución. No es descabellada la idea de salirse y volcar monte abajo. Aquel día llovía, llovía muchísimo, y reconozco que iba tenso en el asiento de copiloto. V conduce pensando en otra cosa, porque siempre piensa en otra cosa, pero se conoce tan bien la carretera que parece hacer las curvas y los giros de memoria, más que por vista. Durante buena parte de la subida no hablamos. Yo miro la marea gris ante nosotros y la lluvia golpeando el debilitado asfalto. V parece que pensara en algo que no ha sucedido en este mundo.

—Este camino era de tierra cuando yo era pequeño. Lo subíamos en burro. Una vez arriba pasábamos semanas sin volver a bajar. Las islas no están solo en los mares —me dice V.

Yo no creo en fantasmas ni espíritus, y V tampoco, pero nos parece escuchar una voz dentro del coche.

—Parecía la voz de mi tía —dice, y sonríe con nostalgia.

Me quedo pensando en la tía de V, a quien yo conocí cuando era muy pequeño y de la que conservo un recuerdo muy difuso, de la otra vez que había ido, con cuatro años, a ese mismo pueblo de la mano de V, cuando probablemente —o eso creo recordar— todavía no existía este asfalto ni el trazado de esta pequeña carretera. La lluvia no tiene un ritmo continuo: va marcando intensidades variables cada minuto.

—Igual la tía aún anda por aquí, medio escondida entre las nubes —digo, afectado por la luz y la nostalgia.

Esa tierra está repleta de enigmas e invita a creer en las ánimas. Podría haber sido la voz de la tía. Estoy dispuesto a aceptarlo.

En ese momento, viniendo desde arriba y con la perspectiva que nos permiten las curvas y la forma de la montaña, vemos venir un camión que avanza a trompicones cuesta abajo. En treinta segundos nos vamos a cruzar. V me mira y me dice que esa no es carretera para camiones. Yo me quedo pensando que no, que es una temeridad meter un camión por esa pendiente hacia abajo. La lluvia aumenta; también la oscuridad.

Vuelvo a escuchar la voz de la tía. V también, y nos reímos.

Giramos en la curva más acentuada. Marca un giro profundo en dirección norte, para casi volver enseguida hacia el sur. Cuando V está girando para salir de la curva, veo el camión casi encima de nuestro auto. Recuerdo poco más. Lo siguiente que recuerdo es que abro los ojos. Miro a V, que también los abre, y ninguno de los dos entiende nada. El coche está detenido casi al borde del precipicio. Ni rastro del camión.

V se baja. Llueve, pero es esa lluvia fina, casi no lluvia sino manto de agua; en cada lugar tiene su nombre. Bajo tras V. Miramos el precipicio, el coche casi al borde.

—¿Dónde coño está el camión? —me dice V.

—No lo sé —contesto mirando montaña abajo.

Durante un buen rato dudamos de si todo ha sido cierto. No hay rastro de nada. No hay marcas de frenazos en el asfalto. No hay cristales ni restos metálicos. No hay, de hecho, rastro de nada.

Miro a V. V me mira y creo que los dos pensamos lo mismo, sin decirlo. Estoy seguro de que los dos mascullamos desde entonces la misma duda: ¿es posible que hayamos muerto?

Yo no le digo nada a V y V no me dice nada a mí. Vuelve al coche. Yo detrás de él. Arranca y seguimos ascendiendo. Tomamos la carretera ahora con más precaución y concentrados. No volvemos a hablar hasta que encaramos la recta final, la que nos lleva ya a la entrada del pueblo.

Cuando pasamos el badén pronunciado que hay a unos cien metros de la entrada y que nos dará la perspectiva del pueblo, sucede lo que no habíamos sospechado. El pueblo no aparece. No nos devuelve la imagen de las casas de la entrada. El pueblo ha desaparecido.

La lluvia, definitivamente, ha parado.

Miro a V, asustado, lleno de incertidumbre y de un temor que nunca había experimentado: el temor de la locura o del absurdo. V me dice:

—Creo que ha pasado lo que los dos hemos pensado.

En ese instante atravesamos lo que debería ser el pueblo. Lo vamos a seguir atravesando —no sé cuánto tiempo llevamos haciéndolo—, pero todo parece, desde entonces, mucho más hermoso.

El último día o el primero.

Había esa luz de mediados de primavera cuando cae la tarde. Es esa luz poderosa que anuncia la noche y que deja atrás un día soleado y enérgico, que ha llevado a un estado colectivo de euforia y esperanza. La noche entra y hay una promesa de algo indefinido; el mundo parece un lugar lleno de enigmas; de hecho, el mundo es un lugar lleno de enigmas. Es una luz que tiene una potencia peculiar.

Yo iba caminando con Vigas. Llevaba una época sumido en una melancolía que no lograba desterrar; se había separado de su mujer y no conseguía encajar las piezas para comprender su nueva realidad. Veníamos andando por la calle Mayor cuando alguien dijo: «Están anunciando el fin del mundo». Sonaba exagerado, pero lo cierto es que lo que estaba ocurriendo era parecido a eso. Entramos al primer bar con una televisión encendida.

Varios ministros y el presidente, acompañados de personajes importantes de distintos sectores industriales y económicos del país, hablaban a cámara. El discurso no caía en paternalismos ni en merodeos absurdos:

—El sistema ha colapsado —decía el presidente.

Vigas me miró haciendo ese gesto que hacemos cuando no comprendemos lo que está sucediendo. El ministro de Cultura, que estaba en la esquina izquierda del plano, era el que tenía el gesto más marcado de terror. Varios empresarios, que estaban de pie detrás de los políticos, parecían sumidos en una especie de hipnosis. El presidente seguía:

—Ha sucedido de manera bestial y a una velocidad insólita. Una cadena de acontecimientos ha acelerado una paralización absoluta de las fuentes de energía. Por otro lado, síntomas que se habían disparado estas dos últimas semanas han terminado provocando un colapso absoluto de la economía. El sistema, tal y como lo conocemos, no da más de sí. Este anuncio no ofrece respuestas; lo que queremos advertirles es que, a partir de este instante, la sociedad, las sociedades, los seres humanos en general, entramos en una zona desconocida. El orden y la organización que nos mantenían hasta ahora han desaparecido. No hay transporte, no hay capacidad de suministro de energía para las ciudades, el reparto de alimentos no existe. Es ahora responsabilidad de cada uno buscar su modo de subsistencia: comida, luz, agua, calor cuando caiga el frío del invierno. Desde aquí lo único que podemos pedir o desear es que la violencia no se imponga; la violencia no es nunca la solución. Por lo demás, les deseamos suerte.

La pantalla se funde a negro y se queda así, estática, en un color indefinido. Hay un murmullo en el bar. Nos miramos Vigas y yo. Las otras personas se quedan observando la pantalla. El encargado del bar dice algo que no comprendo. La noche, ahora sí, empieza a entrar de lleno. Se va la luz. Y una forma de oscuridad poderosa empieza a imponerse.

—Pero ¿qué es esto? —me dice Vigas—. ¿Qué cojones acabamos de ver?

No sé qué contestar. No sé siquiera si lo que está sucediendo en ese instante es cierto. En la calle vemos pasar un grupo de gente corriendo. Se oyen gritos y una masa sonora difícil de descifrar. Vigas me dice que salgamos a la calle. Caminamos hasta Sol. En Sol la gente pasa entre quienes parecen ajenos al anuncio y quienes van con cara de angustia. Todo parece no tener ningún sentido, o tenerlo todo. Por alguna razón, de repente, ese parece el estado real de las cosas. Igual hemos sido un paréntesis de la civilización y ahora empieza, o continúa, lo que hace cientos de siglos habíamos dejado aparcado.

Se hace la noche total. La gente pasa de un lado a otro. Vigas me dice que quizá debería ir a buscar a su exmujer y a sus hijos. Los móviles ya no funcionan. Le digo que sí, que le acompaño. Pienso en mi madre, pienso en mis hermanos. Voy pensando lentamente en todas las personas que conozco. Hay desasosiego, pero también siento una forma de paz incomprensible. De repente, Vigas se pone a llorar. A nuestro lado pasan unas mujeres que también van llorando, asustadas. En Gran Vía no pasan coches; la calzada está tomada por cientos de personas que avanzan sin que se sepa muy bien hacia dónde. ¿Dónde estamos yendo todos?

Entramos por Fuencarral. El ambiente es siempre igual: gente avanzando de un lado a otro con urgencia. Entiendo que todos vamos camino de nuestra gente. Lo prioritario es reunirse. Luego ya nos organizaremos. En el Decathlon hay saqueos, o no exactamente saqueos, porque los empleados no detienen ni increpan a nadie. En otras tiendas pasa lo mismo. La gente coge cosas, pero sin atisbo de violencia.

—¿Crees que deberíamos coger cosas? —le pregunto a Vigas.

—Prefiero buscar a mi gente primero.

En la esquina con Pelayo nos separamos. Quedamos en vernos en una hora, en el parque de Tribunal. Yo camino hasta casa. No me he puesto nervioso hasta ahora, porque estoy casi seguro de que mis hijas y M estarán en casa. Cuando entro por el portal siento el primer golpe de angustia, como si hubiera estado anestesiado hasta ese instante. Cuando abro la puerta de casa las veo y vuelvo a respirar con plenitud.

Nos hacemos unas mochilas. Cogemos alimentos y salimos a la calle. Nos reunimos con Vigas y, en una deliberación bastante rápida, decidimos ir por la carretera de La Coruña. Somos incapaces de calcular cuánto tardaremos andando hasta el pueblo de Vigas. Él sospecha que algo más de una semana, quizá dos. Decidimos la ruta sabiendo que el clima los próximos días será propicio y dormir a la intemperie será posible.

Todo, a partir de ese instante, sucede como si nos hubiéramos entrenado una vida para ello. Nadie reflexiona sobre lo que pasa; simplemente avanzamos y organizamos nuestra nueva vida. Es el primer día después del fin del mundo, o eso se ha anunciado. O quizá no. Quizá es una forma de empezar de nuevo.

viernes, febrero 20, 2026

Las culpas

No soporto llegar tarde. No soporto que me esperen. No soporto, a estas alturas de mi vida, esperar. El segundero, para mí, es una condena. Lo observo con precisión, lo calculo, lo interpreto. Es abstracto el tiempo, sí, pero yo he logrado domarlo. Soy consciente de cómo avanza, constante, hacia el abismo.

Ese día llegaba tarde. Porque hay días, muy esporádicos, en que el tiempo se libera, se asalvaja, se vuelve caos e histeria. Cuando calculo, siempre calculo hasta los imprevistos, pero ese día hubo más imprevistos de los previstos. Y salí con tres minutos y treinta y cinco segundos de retraso respecto al horario más optimista. Iba a llegar tarde. Llego tarde una vez cada década y ese día iba a pasar. Aceleré el paso, porque para un enfermo de la puntualidad no es lo mismo llegar tres minutos tarde que diez. Salí a la acera y, sin llegar a correr, sí aceleré el paso a ritmo de marcha olímpica. Mis caderas rotaban rítmicas a un ritmo diabólico; si me hubieran medido, marcaría tiempos profesionales. ¿Quién sabe? Quizá el equipo olímpico español había perdido la posibilidad de una medalla en las siguientes Olimpiadas.

Subí Hortaleza hacia Alonso Martínez, atravesé el tramo donde la calle se va convirtiendo en la plaza. Casi nadie sabe que el final de Hortaleza sigue siendo Hortaleza o que todavía no es Santa Bárbara. Una mujer con un perro venía de frente; el perro parecía nervioso, la mujer despistada. Todo sucedió rápido: el perro se soltó de la esclavitud de la cadena, la mujer tropezó, yo me moví rápido para parar la caída. Era una señora de edad y ya hemos oído demasiadas veces hablar de las fragilidades de la cadera. Logré mi cometido, pero algún tendón que rodea mi tobillo izquierdo flojea, se viene abajo. Quizá el estrés de llegar tarde debilita la musculatura o el equilibrio, pero el tobillo se vence brusco hacia un lado. Caigo mientras un dolor agudo, como un pinchazo cósmico, me recorre desde el tobillo hasta la esquina más remota de mi cerebro. Luego sabré que tengo un esguince de tercer grado. Pero hasta ese diagnóstico aún falta.

La mujer grita. El perro ladra y yo lanzo mis dos manos hacia el tobillo, en ese gesto siempre absurdo y carente de sentido que hace todo recién lesionado, porque nada palian las manos posadas sobre la lesión y el dolor que emerge. Ahí están, pues, las dos manos rodeando el tobillo, mientras el resto del cuerpo ha sucumbido y está tumbado sobre la acera, en la frontera justa entre la calle Hortaleza y la plaza de Santa Bárbara.

En ese instante todo se alborota. Yo miro el reloj, porque todo esto me retrasa aún más. La mujer, compungida y llena de angustia y culpa, emite sonidos que transmiten ansiedad, pero ningún alivio o solución. El perro me lame la cara. Pasa un chico joven que, con voz ronca y muy grave, me pregunta con desgana si necesito ayuda. Está deseando que le diga que no y, por supuesto, le digo que no. Intento ponerme en pie mientras el postadolescente se pierde calle abajo. Pasa una chica de unos treinta años. Observa la escena. Se acerca y mira hacia abajo. Sé que no es momento de ello, pero encima me pongo en tono seductor.

—Creo que deberías ver si lo tienes hinchado.

—¿El qué? —contesto en la cumbre del ridículo.

—El tobillo. A veces tarda un poco en hincharse.

Levanto un poco el pantalón y veo que el tobillo efectivamente ha triplicado su volumen. La chica me indica que me siente en las jardineras y que ponga el pie en alto.

—Pero llego tarde —digo con tensión; el reloj es implacable.

Ella sonríe.

—Quizás debas ir en taxi a urgencias.

En ese momento yo ya he decidido que no quiero ir a urgencias, pero que sí cogeré un taxi. Llegaré doce o trece minutos tarde, pero una vez cada década me lo puedo permitir.

La mujer del perro y la chica me acompañan a parar un taxi. Nos despedimos como si ya fuéramos familia. La mujer del perro me da su teléfono para que la informe y la chica me desea suerte. Miro al perro, que en ese momento me parece ya mi mejor amigo, y me subo al taxi. El taxista, dicharachero y enérgico, me mira y sin rodeos me dice que a qué hospital vamos.

—No vamos a ningún hospital —respondo orgulloso—. Vamos a la avenida Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo.

El taxista no pregunta. Avanza calle arriba para girar en Alonso Martínez. En la radio suena una música que no logro identificar. Es una música frenética, como de banda sonora. Vientos enérgicos, percusiones bravas, un bajo trepidante. Música perfecta para una persecución.

—¿Qué es esta música que suena, amigo?

—¿Te gusta? —me contesta vanidoso—. Es la banda sonora de Cowboy Bebop, de Seatbelts. La pieza se llama Tank!.

En ese momento suena un solo de saxo. Me siento, de repente, en una escena de película. El dolor es cada vez más agudo mientras el taxi desciende el paseo de Recoletos hacia Cibeles. El hombre ve pista vacía y acelera. Corte espectacular de la canción para anunciar el final y, sin aviso previo, siento un golpe brutal en la parte trasera del coche. Un Qashqai modelo antiguo nos ha dado de pleno. Accidente en el centro de la ciudad coincidiendo con el avance de la música a la siguiente canción. Primeros golpes de Rush, de la misma banda sonora. El maletero del taxi completamente abollado, el Qashqai tiene el morro aplastado. Esto va para largo. Miro el reloj. Si todo fuera bien, si lograra parar otro taxi en ese momento, llegaría a la cita veinticinco minutos tarde, pero no va a pasar. Cuando giro el cuello noto un dolor cervical, más agudo si cabe que el del tobillo. Desgarro de ligamentos, sabré más tarde, pero aún falta para eso.

Estoy inmovilizado en el asiento trasero, mientras el taxista y el tipo del Qashqai se culpan el uno al otro a gritos. Hay una armónica que evoca un western sonando en el reproductor del taxista. No es el momento, lo sé, pero en ese instante me pregunto cómo el taxista escucha esa música tan cinematográfica; o quizá por eso, quizá la vida en taxi sea una forma de película permanente. No llegan a las manos, pero mi taxista —a estas alturas le llamaré mi taxista— le tiene cogido del cuello.

—Esto es una ruina para mí, hijo de la gran puta —dice desesperado.

Muevo la mano para hacerle un gesto, para llamar su atención.

—No me puedo mover, hermano —le digo con voz muy ligera. Apenas soy capaz de hablar. Yo ya no sé de dónde proviene el dolor.

Mi taxista se asusta; el del Qashqai más, porque sabe que es culpable. A partir de ahí el tiempo pierde forma. Mi taxista llama a una ambulancia. La ambulancia no tarda mucho en llegar, pero hay un atasco considerable en el carril del paseo de Recoletos. Oigo la sirena sonar a lo lejos. Curiosamente el sonido de la sirena me produce alivio. Soy un náufrago en aguas abiertas y veo un barco venir hacia mí. Unos enfermeros fornidos me meten en una camilla, la elevan, como quien levanta una pequeña y lisa piedra en la playa para jugar lanzándola contra el mar. Me pasan cuerdas por un lado, por otro. Sale disparada la ambulancia hacia mi salvación. Me hacen preguntas que contesto como puedo, porque siento un mareo profundo. La persona que me hace preguntas lleva un reloj en el que veo la hora. Me alarmo, porque en el fondo esa es mi relación con el tiempo, exactamente la misma que tiene la alarma del reloj.

—¡Pero llego tarde! —digo aterrorizado.

—¿A dónde?

—A Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo —contesto con la falsa esperanza de que ellos me vayan a llevar hasta allí.

—Con suerte llego treinta y cinco minutos tarde.

Los enfermeros se ríen. En el exterior suena la sirena. La velocidad se siente vibrante en la parte de atrás de la ambulancia. Siento un mareo profundo. Hay algo, una especie de nube que viene hacia mí desde la puerta de la ambulancia. Es una nube hermosa, de colores preciosos, cambiantes, brillantes. La nube llega hasta mí. Me agarra y me transporta por una especie de lugar donde habitan otras nubes y cientos de colores que bailan y se entremezclan. Suena una música minimalista. ¿Es esto la eternidad?, pienso en un estado amable de gratitud.

Luego despierto en un lugar que no identifico. Me pongo en pie, pero veo que tengo el pie inmovilizado con una bota ortopédica de diseño fascinante: se llama Bota Walker. En el cuello tengo un collarín que me mantiene el cuello firme. Estoy en una sala vacía con un batín verde. Abro una puerta; por el pasillo amplio no veo a nadie. Empiezo a andar. Mal, torpe y dolorido, pero avanzo firme, no sé muy bien hacia dónde. Nada me detiene. Veo un ascensor. Cuando la puerta se abre me meto. No hay nadie. Marco el cero. Abajo, cuando se abre la puerta, veo muchas caras, visitantes que me miran aturdidos. Nadie dice nada. Avanzo por pasillos concurridos, arrastro el pie como un herido de guerra. En ese momento aún no soy consciente de que el batín está abierto por detrás y que mis glúteos van al aire, tal como el día que nací. Salgo a la calle. Veo un taxi. Lo paro. No llevo dinero, pero ya resolveré.

—A Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo, por favor.

El coche recorre Madrid, que a esa hora tiene el tráfico liberado, ágil. La ciudad, con la que no siempre estoy en paz, me parece hermosa en ese momento. Miro las calles pasar desde la ventanilla. En la emisora que lleva el taxista, unos tertulianos hablan de geopolítica y del estado mundial de la economía, pero todo eso ya me da igual. Al final voy a llegar.

Cuando llegamos te veo ahí con ese gesto entre aterrorizada y enfadada. Estabas hermosa.

—Por eso, Ana, te pedí dinero. Para pagar el taxi. Por eso, mi amor, he llegado tarde. ¿Sabrás perdonarme? No son excusas. Es esto lo que me pasó.

jueves, febrero 19, 2026

El Señor F

¿En qué momento se desordena una vida? El señor F sabía que los elementos que conformaban su realidad se habían desplazado uno a uno del sitio que les correspondía. Nada se correspondía con lo que se podría haber entendido como: vida del señor F. El desmantelamiento de ese conjunto de cosas que podemos llamar nuestra realidad es algo netamente abstracto, pero curiosamente bajo un orden estricto. La vida del señor F en nada se parecía ya a lo que él había entendido que había sido su vida. Y hay que decir que en su caso no fue repentino. Fue un tránsito paulatino, marcado por un cambio de país a una edad inapropiada. Demasiado mayor para emigrar, más mayor aún para deshacer el camino y volver a casa. El señor F es un ejemplo preciso de la persona que se queda sin tierra. En su caso no por una guerra, no por exilio o por fuga. Y aunque las tres opciones podrían valer como metáfora, en realidad el señor F es expulsado de la tierra por cuestiones económicas. Ya no tiene dónde caer muerto.

El señor F entra entonces en un estado de apatía y aislamiento. Se siente incomprendido y, sobre todo, fracasado. Distorsiona los afectos: se ancla a su mujer y a su hijo pequeño. Los dos mayores, que no son sus hijos, ya no entran en la ecuación del cariño. Condensa todo su mundo a ese trío que también se ha desmoronado, básicamente porque uno de los vértices, el de él, se está evaporando. Deja de trabajar porque ya no tiene fuerzas, deja de relacionarse socialmente, deja de conversar e incluso deja de saludar en el ascensor o en el portal. El señor F ha traspasado un umbral que ni siquiera él reconoce. Está en otra dimensión. Una donde no hay apenas luces y casi todo son sombras. Entonces busca explicaciones en el tarot, en la magia y en ancianas videntes. Cree, está convencido, de que es víctima de algo, de una fuerza mayor que ha decidido acribillarlo. No sabe si provocado por alguien o por una fuerza que le ha elegido sin motivo aparente, pero no tiene duda: le están aniquilando desde un lugar invisible.

Acude a una tarotista del centro. La mujer le lee las cartas con desgana. No saca nada en claro, pero él desconfía. La ve poco profesional. Sale de allí, en el centro de esa ciudad que odia, que está a ocho mil kilómetros de la ciudad donde nació, en medio de esa región que odia, en un país que odia. Camina hasta el coche. El cielo anuncia tormenta tropical. La humedad le hace sudar y respirar mal. Aún no lo sabe, pero le quedan dos años de vida. Sus pulmones, víctimas de una vida fumando a ritmo exagerado, no dan más de sí. La lluvia cae como si estuviera en guerra con el suelo. Se mete en el coche y enciende un cigarro. Avanza por una calle vacía; el agua revienta contra el cristal. Está frustrado y decide que es mejor buscar otra opción mística más profesional, más aguda. Vuelve a casa, pero en casa ya casi no habla. Su vida se ha reducido casi al silencio. A su hijo pequeño lo observa con temor. Podría ser víctima de la fuerza que le acosa.

Algunas madrugadas sale en coche a recorrer la ciudad que odia. Es una ciudad que tiende al vacío, como si sus habitantes no estuvieran más que para asuntos concretos. Sale porque fuma a escondidas y recorrer la ciudad de madrugada para fumarse varios cigarros es su forma de sentir algo parecido al sosiego. De madrugada y a solas en esa ciudad extraña, siente que el mundo queda detenido. Observa el humo y a veces se detiene en zonas de la otra punta de la ciudad. A ratos se siente ridículo o cercano a la forma extrema del absurdo: ¿qué hace un hombre de 57 años, nacido en otro continente, a esa hora en una ciudad de la que hasta cuatro años antes jamás había oído hablar? ¿De cuántas ciudades no hemos oído hablar? ¿Cuánta gente siente que la ciudad en la que está es una ciudad absurda también?

Su segundo intento místico sucede en una casa colonial en estado precario, en la zona más destartalada del centro. La ciudad tiene síntomas de abandono, pero es un abandono peculiar. El abandono que se imagina uno que sufrirían las ciudades cuando los pocos habitantes que quedaran en un planeta casi despoblado decidieran cambiarse de sitio. Un abandono detenido en un punto concreto del deterioro. No avanza ni hacia adelante ni hacia atrás. Cuando entra en la casa atraviesa un patio. Sale a recibirle una anciana con un vestido fresco; el día es sofocante. Le estrecha la mano sin hablar. Le hace el gesto para que la siga. Se sientan en una mesa en la habitación más al fondo del patio. Ve pasar una gallina y a una niña muy pequeña. Se oye el ruido de una ducha. Huele a carne guisada. La mujer le da café. Él bebe y, en un ataque absurdo de pragmatismo, piensa que es tarde para tomar café: otra noche sin dormir, piensa desganado.

—La nube que tienes viene de lejos —dice la anciana con voz ronca pero sosegada—. Hay alguien cerca que no te deja liberar. Es desorden, pero puedes reordenarlo. Encuentra quién es, de los cercanos, el que emite ese dolor.

Del aislamiento pasa a la paranoia. Sus hijastros le resultan de repente, y sin atisbo de duda, el problema. No sabe cuál exactamente de los dos, pero uno de los dos debe contener la masa invisible que ha desordenado cada parcela de su existencia.

No le comunica a la mujer lo que piensa. Lo masculla en un silencio cada vez más absorbente. Deja definitivamente de hablar a los dos hijastros. Y se parapeta, aún más, en el triángulo que forma con su mujer y su verdadero hijo.

Le habla a su mujer de sus merodeos místicos. La mujer descubre que hay una persona a la que llaman la Santa; vive en uno de los pueblos fronterizos de la región, en la zona de las montañas. Un pueblo relativamente famoso por la santería. Una tarde de semana se van los tres. Atraviesan la zona más árida de la región. Cae tormenta tropical. La humedad es tremenda. Respira cada vez más torpemente. Nadie habla en el coche. El niño se ha quedado dormido. La mujer mira la carretera como quien mira la soledad. Entran en la zona de las montañas. Llegan al pueblo. Es un pueblo miserable, formado por unas cuantas casas construidas con materiales marginales. El asfalto está casi comido por la tierra y la vegetación. No hay nadie en las calles, o en eso que se supone que son calles. Hay un animal al final de la carretera principal, del que solo se ve una silueta difusa; debe de ser un burro, piensa. La mujer no habla. Mira desde el lugar del copiloto el pueblo. Mira al señor F y a su hijo y piensa: esto no es un pueblo. El señor F no lo ve, pero la mujer deja caer una lágrima que no se quita. Aparca el auto siguiendo las instrucciones que había recibido. Es una casa de uralita, con forma cuadrada. La puerta es de metal, parece sacada de otro elemento, reciclada de algo que tenía otro uso. El señor F le dice a la mujer que le esperen ahí, pero la mujer coge al niño y se bajan. El señor F toca en la puerta, que enseguida se abre, y entra. Dentro no hay paredes, es solo una estancia. La Santa, o quien sospecha el señor F que es la Santa, está sentada. Sospecha durante algunos segundos que está dormida y no se atreve a hablar. La mujer entonces habla. Le dice que se siente. No pasa nada; de hecho, no va a pasar nada más. Ella se queda ensimismada y un rato después le dice:

—Alguien interrumpe el flujo del agua. Hay piedras puestas a modo de presa. Tienes que levantarlas; el agua está a punto de desbordarse. Si lo logras, el río volverá a fluir.

El señor F definitivamente ya está convencido de que uno de los hijastros es el origen. Pone el dinero que le habían dicho que valía la ceremonia, que había imaginado de otro modo. Sale sin despedirse. Cuando sale no ve ni a la mujer ni al hijo. Vuelve a respirar mal, pero no quiere alarmarse. Avanza por el pueblo. No hay nadie, ni siquiera hay ruidos. El animal de la silueta, que ahora descubre que efectivamente es un burro, sigue estático al final. Hay una brisa suave y la luz demencial del atardecer de la región lo vuelve todo hermoso, terrible y hermoso. Hace más de quince años que no corre, pero se pone a correr. No aguanta ni diez metros. Se para jadeando. Aún no es consciente de que sus pulmones llegaron a su límite. Oye la voz del niño, pero es incapaz de recuperar el aliento. La mujer acude entonces rápido a socorrerle; está exhausto, agobiado, el aire no encuentra camino y se tumba en el suelo. Ve el cielo, la cara del niño encima de su cara. La luz violentamente naranja de fondo. Quince minutos después están arrancando el auto para volver a la ciudad que odia. Conduce la mujer y él mira desde la ventanilla del copiloto el paisaje. No hay nadie en esa carretera en estado deplorable. El paisaje es desbordante y hermoso antes de entrar, poco después, en la zona más árida de la región.

Cuando llegan a casa mira al hijastro mediano; el mayor vive en otra ciudad. No siente odio ni rencor, pero le dice, casi susurrando, que se tiene que ir de casa y que por favor no vuelva jamás. El hijastro no entiende o lo entiende todo. Le mira con nostalgia y una forma casi irreal de tristeza. Le dan ganas de abrazar al señor F, pero sabe que nada salvará el dolor irreparable que siente el señor F. Se da la vuelta. No se despide. No sabe dónde va a ir, no tiene ni idea de cómo abordar el primer instante del resto de su vida. Le pone la mano en el hombro, le mira y le dice:

—Es posible que ya nunca te dé tiempo a comprender nada, pero gracias por todo.

Sale. El señor F se derrumba en el sofá. Se queda dormido. Jamás, en los dos años que le quedan de vida, encontrará el orden.

miércoles, febrero 18, 2026

La mentira

Julio había bebido mucho. Había dado buena cuenta de la botella de ron, que ya estaba terminada, teloneada por una cantidad difícil de calcular de cervezas. Estaba borracho y melancólico. No todas las borracheras se parecen. Habría que hacer un catálogo universal de borracheras. Julio encajaría en el borracho que se deja arrastrar por los sentimientos más dramáticos. Hacía dos meses su novia le había dejado sin mucha explicación ni argumentos. Y Julio, que no era dado a los amores largos, usó ese desamor para instalarse en un relato de dolor y tragedia que no siempre resultaba convincente. Así que cuando la borrachera emergía por cada poro de su piel, empezó a hablarnos del dolor y de la angustia en la que le había sumergido el abandono. «Lupe era la mujer de mi vida», nos decía con una tristeza exagerada, mientras de fondo sonaba Por tu maldito amor, de Vicente Fernández. «Lupe me ha dejado arrasado». A mí todo me resultaba excesivo, incluso incoherente, pero lo cierto es que Julio necesitaba relatos épicos para vivir, y el de Lupe era idóneo. En ese momento, en los altavoces de Casa Juana, Vicente Fernández cantaba: «De pronto todo aquello se acabó, faltaste a la promesa de adorarnos», acompañado por un desafinadísimo Julio, que si en algo no destacaba era en las virtudes musicales.

En un in crescendo emocional que se fue tornando huracán, Julio cada vez cantaba más alto y cada vez hacía confesiones más exageradas: «Nunca volveré a acostarme con una mujer igual. Soy un adicto a su piel». Yo miraba a los lados, con el temor de estar siendo escuchados por los de las mesas de al lado, pero ya todo daba igual: Julio había decidido convertir la noche en una ranchera. Y fue cuando nos dijo que quería ir a cantarle bajo el balcón. Yo miré a Polo, Polo me miró a mí y, en un ataque de sinceridad, le dijo: «Julio, estamos en Europa, en el siglo XXI, deja la telenovela». Pero Julio no atendía a razones y jugó al chantaje: «Si son amigos de verdad, vendrán conmigo; si simplemente son otra relación frívola más, me tendré que ir solo».

Media hora más tarde, después de haber avanzado andando torpemente desde el bar en la calle del Toro hasta la calle Postal, nos vimos debajo del número 3, mirando al tercer piso. Polo temía a la policía; yo temía al ridículo. «Esto no va a acabar bien», le dijo serio Polo a un Julio que ya casi no se tenía en pie.

El asunto era sencillo (o no): Julio había logrado convencer al dueño de Casa Juana de que le dejara un altavoz inalámbrico, en el que engancharía su teléfono para soltar la canción a interpretar, que ni Polo ni yo sabíamos cuál era. También le había facilitado un micrófono de esos que suenan con un agudo punzante, que sonaría excesivo sobre una música saturada. Julio iba tan borracho que todo el proceso de cableado y conexión con el Bluetooth resultó torpe y difícil, como si estuviera manejando un artilugio de la NASA más que un altavoz de calidad mediocre. Sonaron varios intentos que cortaba enseguida, en medio de la calle, de canciones que interrumpía inmediatamente. Hacía frío y yo de buena gana me hubiera largado de ahí. Pero Julio seguía con rumbo fijo hacia el desastre. Estuvo un rato buscando la canción precisa. Miraba en su teléfono. En la elección de la canción parecía que hubiera una clave universal que solo Julio podía encontrar: la canción que le devolvería el amor de Lupe.

Finalmente se colocó. La calle se convirtió en una suerte de escenario improvisado. Se acomodó la ropa, se pasó la mano por el pelo para acicalarse, preciso y galán. Hizo un par de estiramientos de las cervicales. Acomodó los hombros, precisos, miró el teléfono que sostenía con la mano izquierda, colocó a una altura precisa el micrófono que sostenía con la derecha y le dio al play.

Miré a Polo. Polo me miró y miró la escena. Yo miré al tercer piso, luego miré los otros pisos. En el quinto había luz; los demás estaban ya a oscuras. Miré hacia la derecha, miré hacia la izquierda. Vi a un hombre por la esquina que avanzaba y se perdía enseguida. Miré el reloj del móvil. Miré de nuevo a Polo, que a su vez hacía un recorrido con la mirada parecido al mío. Arrancó la canción.

El saxo tenor, sujetado armónicamente por el teclado primero y unas cuerdas después, irrumpe a modo de intro en medio de la calle Postal para hacernos escuchar, en una fría madrugada de febrero, La mentira, de Luis Miguel. Veintitrés segundos después, la voz de Luis Miguel y, sobre todo eso, la voz de Julio, cantan:

«Se te olvida que me quieres a pesar de lo que dices».

Hay segundos que son siglos. Esas primeras frases me parece que pasan varias décadas. Polo me mira; yo miro a Julio, que desafina, que no logra hacer coincidir ninguna palabra con Luis Miguel. Probablemente tampoco coincide ninguna nota. La voz de Julio suena rota y saturada. La mezcla, tanto su voz como La mentira, suena a un volumen olímpico por toda la calle Postal. En la madrugada los sonidos multiplican su intensidad. El conjunto sonoro es feo, excesivo, casi violento.

«Pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar».

A esas alturas mi única atención, ya como modo de fuga mental, es jugar a contar cuántas palabras de Julio coinciden rítmicamente a la vez que Luis Miguel. En ese momento seguimos a cero.

«Se te olvida que hasta puedo hacerte mal si me decido».

Polo me mira diciendo en alto, porque ya da todo igual, que sí, que nos hemos dado cuenta de que puede hacerle mal, porque de hecho a todos nos está haciendo mal.

«Pues tu amor lo tengo muy comprometido. Pero a fuerza no será».

Es en ese momento cuando una luz se enciende en el tercer piso. También en el segundo y en el cuarto, y en algún piso de los edificios que tenemos a nuestra espalda. Me dan ganas de irme corriendo, porque a estas alturas ya no existe posibilidad de que eso acabe bien. Pero aguanto, porque Julio ha decidido entregarlo todo a esa escena y las batallas en esta vida no se deciden, simplemente nos llegan.

«Y hoy resulta que no soy de la estatura de tu vida».

Primeras dos palabras que coinciden: «soy» y «estatura». La afinación, eso sí, sigue estando en cero. Ni una nota de Julio ha coincidido con Luis Miguel, probablemente ni con la armonía de la canción. Polo me mira y mira a los edificios de detrás. Ya hay gente asomada. Yo miro al tercero y veo salir al balcón a Lupe. Lupe probablemente venga de la cama, probablemente aún dude si lo que ve es cierto o parte del loco sueño que estaba teniendo segundos antes. Va vestida únicamente con una camiseta de Damas Gratis. Mira hacia abajo como quien mira la grieta donde empieza el fin del mundo. La vecina de abajo, que también está en el balcón, asoma mucho la cabeza para mirar hacia arriba, porque a esas alturas comprende que esto está sucediendo en honor a Lupe. Los otros vecinos miran a Julio, pero poseídos por una especie de hipnosis, como si todos los vecinos de la calle Postal hubieran caído en un embrujo psicodélico provocado por la voz disonante y afónica de Julio.

«Por mi parte te devuelvo tu promesa de adorarme. Ni siquiera sientas pena por dejarme».

En ese momento pienso, ajeno al dramatismo y absurdo que sucede en la calle Postal, que la voz de Luis Miguel es la promesa de un mundo que no sucedió. Me imagino a Luis Miguel en un gran escenario, un público que siempre fue entregado casi hasta la histeria y cómo, desde casi su tierna infancia, tuvo que gestionar la monstruosidad de la fama. Suenan las cuerdas. Unas cuerdas que evocan la posibilidad del paraíso. Julio se tambalea como un cantante de época. Ese gesto lo vuelve heroico. No solo se ha plantado en medio de esa madrugada fría, sino que interpreta. En ese hueco instrumental que se abre tras el primer estribillo, Julio, como artista histórico, se tambalea en un baile que reconozco sólido, casi inmenso, delicado, digno de un cantante de renombre. Lupe, vestida solo con la camiseta, mira desconcertada. Probablemente sintiendo que ser el centro de atención de la calle Postal no es lo que se sueña como cumbre de una vida. Es en ese momento cuando oigo la voz de Polo, que no dice palabra, emite un balbuceo de sorpresa. Detrás de Lupe aparece, semidesnuda, otra mujer. Todos miramos hacia arriba, mientras Julio sigue, con los ojos cerrados y el micro agarrado con fuerza, pegado a su boca, cantando sin atinar ni ritmo ni afinación.

«Ni siquiera sientas pena por dejarme. Que ese pacto no es con Dios».

Polo me mira, la vecina del segundo mira a Julio. Yo miro a la mujer detrás de Lupe, que la abraza por detrás y le susurra algo al oído. Lupe mira hacia Julio. Julio mira, ahora sí, a Lupe. Todos estamos comprendiendo todo, como se debe comprender la vida en el instante justo antes de morir, cuando una patrulla de policía hace aparición por el fondo de la calle. La luz azulada intermitente por momentos evoca la iluminación épica de un gran estadio. Julio tartamudea y ya, mientras la canción encauza los últimos compases, se dirige a su público, que es Lupe.

—¡Lupe, pero yo te amo!

La luz azulada intermitente, como en los grandes estadios, se hace cada vez más grande.

—El concierto ha terminado —dice uno de los agentes.

Lupe y la mujer que la abraza entran. El público, esta vez, no pide otra.  Esa noche, eso sí, la terminamos en un calabozo y, como diría Luis Miguel:

«Pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar».

martes, febrero 17, 2026

Subida al pico

El décimo día subí al pico. Había nevado mucho en los meses centrales del invierno y las laderas estaban hermosas, cubiertas de nieve. Era un martes y no me crucé con nadie en toda la ruta. Desde que me instalé en el pueblo, el vacío ha cobrado otra dimensión: ahora no le temo. Pensé que me sentía mejor, que el aturdimiento y la congoja se habían alejado un poco, pero empezaban un lento retroceso.

Cuando tenía 20 años, la chica con la que llevaba dos años me dejó abruptamente. Días después supe que se había ido con un tipo que venía del extranjero. Lo que sentí aquella vez cambió, de alguna manera, mi forma de ser para siempre. No era un tema de ego, que seguramente también, sino un tema de descubrir que en la vida, básicamente, se avanza solo. Lo que va junto a ti, sean personas, objetos o certezas, son asuntos transitorios. Creo que lo que me sucedió bien podría llamarse sufrimiento. Tenía veinte años y dejé de comprender o de sentirme parte de algo. Estaba muy enamorado; con frecuencia pienso que aún lo sigo. No es raro que aparezca su imagen, veinticinco años después, la de aquella chica. No sé exactamente qué es estar enamorado, pero, sin lugar a dudas, aquella persona podría haber sido mi acompañante para toda la vida. Durante mucho tiempo me recriminé, buscando en qué momento cometí un error. El desamor, me dijo una amiga de aquella época, es una forma de muerte.

Luego fui haciendo mi vida. Viví en un país del norte de Europa. Salí más de lo debido. Volví a mi ciudad. Me fui a vivir a las montañas del norte. No sé si escogemos nuestro camino o si somos, más o menos, arrastrados. Luego conocí a mi exesposa. Montamos un negocio de turismo amable. Vivimos sosegados, alejados del ritmo infernal de las capitales. Había semanas en las que nos dedicábamos a preparar la temporada de turismo. Eran semanas tranquilas. La primavera iba en aumento. El tiempo se iba haciendo amable. El deshielo se cuela en el ánimo. Se podría decir que el alma va cogiendo calor.

No sé a qué tengo apego. Seguramente a mirar la forma de las montañas, a ver el ritmo de la naturaleza. No tengo apego excesivo a mí mismo. Soy, sin ser yo, algo que he elegido. Acepto esta forma como la roca acepta la suya, como el árbol va creciendo, como el césped aparece, como el agua del riachuelo va hacia abajo. No es poesía: somos formas adaptadas al terreno. Algo así debo de ser yo.

Fui padre. Hace dos años nació mi hijo. Se parece a ella. Decidimos cambiar de lugar para vivir. Nos acercamos a donde mi familia estaba más accesible. Cuando un hijo nace descubres la tribu. No somos islas. Nos instalamos en un pueblo de la montaña. Cuando el niño cumplió dos años, hace diez días, ella me dijo que era mejor separarnos. Cuando dos se separan se intenta explicar, pero lo cierto es que es bastante inexplicable. Lo que sucede es ajeno a las palabras, o las palabras no lo delimitan. Por eso siempre son confusas las rupturas. Lo que se dice, en realidad, no expresa nada.

El décimo día subí al pico. Desde arriba se veía la extensión gigantesca de la región avanzando hacia el sur. Las nubes cambiando de forma. La nieve detenida en las laderas. Las formas que lentamente se van transformando, ajenas a nuestros ojos. Anoté esto en esta hoja. No sé si lo volveré a leer.

miércoles, febrero 11, 2026

Miércoles de ceniza

Miércoles de ceniza

El día que probé por primera vez la marihuana, un miércoles de ceniza de un carnaval lejano, fue también una de las noches más extrañas de mi vida. Y aunque podría parecerlo, no fueron los efectos de ese primer porro lo que me hizo percibir aquella noche como algo anómalo, inconexo y con momentos que parecían suceder de manera no coherente.

Yo había viajado al centro oeste del país invitado por uno de mis amigos del momento. Era carnaval y él se vanagloriaba de que las fiestas en su ciudad eran memorables. “Tienes que venir. Es todo locura”. Y durante el mes previo estuvimos organizando el viaje. Me hospedaría en su casa. Sus padres estarían encantados de acogerme esos días. Para ellos el carnaval era una fiesta de orgullo. Unos días perfectos para que la pequeña ciudad del interior del país fuera más conocida y popular. De esa ciudad era también A, con quien los meses antes había tenido un conato de noviazgo, pero que a los pocos días, y tras besarnos por primera vez, me dijo que ella tenía novia, que vivía en esa ciudad, y que era arriesgado dejarlo. Desde entonces estaba sumido en una especie de desamor. A mí A me gustaba mucho, pero el fracaso me había dejado en un estado de nostalgia acentuado. La posibilidad de que ella estuviera también en los carnavales me inquietaba y me emocionaba a partes iguales, pero en ningún caso fue decisivo en mi decisión de ir. Simplemente era un asunto que merodeaba en el fondo de las sensaciones.

El viernes por la tarde la hermana mayor de R y su mejor amiga nos recogieron en la residencia estudiantil de mi amigo. Ellas eran mayores, acababan de terminar la universidad y habían empezado trabajos relacionados con el marketing de empresas. El viaje no era muy largo; en tres horas estaríamos entrando en la ciudad.

El viaje fue hermoso. No sé por qué, pero lo fue. Atravesamos una zona de la sabana a oscuras; el cielo brillaba solemne. Esas noches del interior en que el cielo parece una explosión detenida, algo parecido a lo que debe de ser el universo. Una explosión que sucede en una lentísima imagen que apenas se va transformando. Las estrellas eran la única luz; la carretera prácticamente no tiene tráfico por esa zona del país y la noche reverbera. En el coche hablábamos de estudios, de amigos, de música y de carreteras, de otras carreteras. La amiga de la hermana había vivido el año anterior en Estados Unidos; parecía pertenecer a una familia adinerada y nos hablaba de las carreteras de noche que atravesó. “Es distinto. No sé por qué, pero es distinto”. Luego nos quedamos callados; luego me preguntaron por qué habíamos ido a vivir a ese país. Contestaba torpe, porque es una pregunta que siempre he contestado torpe; porque en el fondo ninguno de nosotros —y con nosotros me refiero a mi madre y mis hermanos— supimos nunca por qué fuimos a parar allí. R, mi amigo, se había quedado dormido y yo hablaba con las chicas mientras la carretera avanzaba hacia esa ciudad perdida.

Las ciudades de ese país son curiosas en su urbanismo. Tienen similitudes con el de Estados Unidos, pero abrazadas por formas poco definidas. Son ciudades construidas sin un orden concreto. Son avances, avances indefinidos, avances individuales que se juntan a otros avances individuales; luego hay urbanizaciones abiertas, manzanas de casas unifamiliares, de construcciones poco costosas habitadas por el fragmento ahogado de las clases medias. Allí vivía la familia de R. La llegada fue amable y reconfortante. La familia de R era divertida, muy hospitalaria y acogedora. Me sentí cómodo.

En la lista de lugares donde he pasado calor siempre la nombro entre las tres primeras. El calor no mengua, ni siquiera de noche. El calor, como todos los calores, como el calor de cada parte, tiene sus peculiaridades. El calor allí es una forma de apisonadora, como todo calor extremo, pero aísla, separa. Le da a la zona la sensación de lugar lejano, alejado de algo, de no se sabe qué, pero alejado quizás del resto del mundo. Como si el calor fuera un muro y el lugar entonces parece que no existe o que sucede en otra dimensión. El calor es allí una especie de viaje espacial.

Fui a fiestas confusas, me relacioné con gente triste y gente sin mucho rumbo existencial. Conocí a un tipo al que llamaban Pajarito, que vivía solo desde los 16 años. Su padre había desaparecido y su madre había muerto. La segunda madrugada vi un accidente: un auto había sido aplastado por un autobús. Los pasajeros lloraban en el arcén bajo los síntomas de un ataque de ansiedad colectivo; la policía hacía esfuerzos por sacar el cadáver del conductor. Estábamos a las afueras de la pequeña ciudad. Cuando vi el cadáver salir sentí que no estaba siendo el mejor viaje de mi vida. Fui a una casa con piscina la tarde de más calor. Cuando me estaba bañando, pensando en el cadáver, flotando en la piscina mientras un grupo de gente hablaba de chismorreos de gente en común, vi entrar a A con su novio; alguien les había invitado, ella no sabía que yo estaba. Me saludó como se saluda a la gente con la que vas a compartir un rato en una sala de espera. Me presentaron a su novio: un tipo de casi dos metros, de cuerpo espectacular. Buceé hasta quedarme sin respiración, salí a la superficie y pensé en lo absurdo de ese calor y de estar en esa ciudad. Fui a otras fiestas. Hablé con una chica alemana que estaba haciendo un año de intercambio allí. En un español divertido me dijo: “No sé qué carajo he venido a hacer aquí; esta ciudad no existe”. Nos besamos cuando empezó a llover. A veces, hoy en día, treinta años después, me pregunto qué será de su vida.

Di un paseo solo en bicicleta la penúltima mañana. Terminé en una urbanización donde no había nadie; estaba deshabitada. La última noche R me dijo:

—¿Has probado la marihuana alguna vez?

Nunca la había probado. Fuimos al centro. En el centro había comparsas, pasacalles, puestos de bebida y comida y un ambiente masivo de gente disfrazada. Cruzamos varias calles atravesando masas de gente. Nos desviamos hacia una calle donde estaban los edificios más altos de la ciudad, que no eran edificios altos: tres pisos. R abrió un portal. Subimos unas escaleras de un edificio en estado precario. En el último piso R tocó la puerta; nos abrió un tipo sin camisa, con el pelo largo y con los ojos completamente rojos. El intercambio fue rápido. Todo parecía inconexo. Volvimos al barullo de la última noche de carnaval. Atravesamos el bullicio. R estaba nervioso. La tenencia de marihuana en aquel país era motivo de cárcel. Cuando estábamos camino de una zona tranquila y sin gente, nos cruzamos con P, otro amigo de la universidad, que iba acompañado de otro amigo y su novia americana. En una conversación que no entendí cómo se sucedió, se decidió irnos de noche a uno de los dos ríos que bordeaban la pequeña ciudad a bañarnos. Nos montamos los cinco en el coche del amigo de P. Su amigo y su novia iban delante; P, R y yo detrás. R le enseñó la marihuana a P. Hicieron gestos para no ser vistos por el amigo de P, que se llamaba J.

Llegamos al río. J aparcó muy cerca de la orilla. Bajamos. La americana se presentó. Me dijo que se llamaba Lizbeth. La oscuridad era profunda, pero nos distinguíamos los unos a los otros con facilidad. R me dijo que fuera avanzando hacia el río, que él se quedaría liando el porro. Me metí en el agua desnudo. Todo el mundo se desvistió. El agua no cubría, así que nos sentamos para que nos llegara hasta el cuello. R apareció y me hizo señas para que fuera hasta el coche. Allí estaba el porro. Fui desnudo. Lo vi en el maletero, que estaba abierto; al lado, el mechero. Me di con fuerza varios tiros y me dio tos. Creo que logré no ser escuchado. Volví al agua con todos.

Hablaban de Dios. J era muy creyente. P y R le escuchaban. Lizbeth miraba hacia la luna. Yo miraba a R para ver si notaba efectos. Era mi primera incursión, pero no lograba notar nada especial. R, P y J seguían hablando del cielo, de la existencia, de estrellas, de apariciones. En ese momento noté un pie que subía por mi pierna. Miré a todos como buscando explicación, pero todos parecían ajenos. Pensé en un pez, lancé la mano, pero toqué un pie: era el de Lizbeth, que ascendía hasta mi entrepierna. Me puse nervioso. Pensé si eso era un efecto de la droga, pero no. No notaba nada; lo único que notaba era el frío que se me estaba metiendo en el cuerpo y el pie de Lizbeth que quería tocarme.

En ese momento dije:

—Creo que voy a salir, tengo frío.

Nadie me hace caso, salvo Lizbeth, que me mira sonriendo, pero es una sonrisa extraña. Sonríe, pero no aquí, sino en otro lado. Está sonriendo en Atlanta, o a mí me da la sensación de que esa sonrisa sucede en Atlanta. La luz de la noche, o la luz de la luna, que es la luz de la noche, parece ser más potente, tiene más intensidad. Camino hasta el auto. Me seco con una toalla que veo en el maletero abierto y me empiezo a vestir.

En ese momento aparece Lizbeth y se me lanza encima. Me besa, me toca todo el cuerpo y se sube encima de mí. Tengo ganas de gritar. Oigo al novio de fondo, oigo a R y oigo unos gritos, una masa de voces humanas que vienen desde lo más profundo del monte. La vegetación en ese punto es frondosa, bestial. Lizbeth se separa, mira hacia la oscuridad y dice en un español torpe:

—¿Qué coño es eso?

En seguida aparecen J, P y R. Estamos todos desnudos, menos Lizbeth, que era la única que tenía traje de baño. Lizbeth desaparece dentro del coche. R está muy enfadado.

—Vámonos para el carajo. Vámonos ya mismo de aquí.

Le miro como esperando que me diga algo. Por unos segundos pienso que me van a matar. Pienso durante unos segundos en explicar que yo no he hecho nada, que ha sido la americana la que se ha lanzado encima de mí. El novio no habla. Nos subimos todos al coche, pero nadie habla. El coche va entrando en la ciudad. Vemos grupos de borrachos esparcidos. R dice:

—Déjanos aquí.

Estamos en medio de una avenida mal iluminada. Veo el coche irse con P, J y la americana. R me dice que ese tipo está loco. Que cuando estaban en el agua hablando de Dios le ha empezado a tocar bajo el agua y a acosar. Entonces miro la avenida. El auto ya no se ve y pienso que, aunque no sienta los efectos de la marihuana, todo ha sucedido de una manera poco sólida. No le digo nada a R, no en ese momento. Le pregunto por los ruidos en el monte, esas voces brutales, esos gritos lejanos.

—¿Qué gritos?

Me quedo callado. Me miro las manos. Hay un destello en mi piel. Quizá todo esa noche fue irreal. No lo sé. Eso es todo lo que recuerdo.

jueves, febrero 05, 2026

Reencuentro

Hacía 25 años que no nos veíamos. Habíamos cruzado algún mensaje breve en los inicios de las redes sociales, pero durante años no supe nada de ella. Cuando me entró el mensaje en el teléfono, de un número desconocido, no me podía imaginar que se trataba de ella. Informaba brevemente, saludaba y preguntaba qué tal iba todo. Remataba con:

“Estoy pasando unos días en tu ciudad. Me pasó tu número Gustavo. Me gustaría verte”.

Me quedé unos segundos desconcertado. Veinticinco años son muchos años, son vidas, un cuarto de siglo. Cambian las estéticas, las ideologías, las tendencias sociológicas y de urbanismo, las influencias internacionales, el orden geopolítico, la presencia de lo digital en nuestra existencia y también, claro, tu biografía.

Me despedí de ella el día que me iba de aquel país. Aún en aquel momento, todavía afectado por el casi año desde que me había dejado, me vi capaz de acercarme a su casa para decirle adiós. Me abrió su madre, que aún me detestaba. Nos despedimos brevemente. Y al girarme pensé que era posible que nunca más la volviera a ver. De hecho, veinticinco años después no la había vuelto a ver. Entonces le contesté:

—Sí, claro. Me encantaría saludarte. ¿Hasta cuándo estás?

No sabía si quería verla, no por nada. La curiosidad estaba, pero también la pereza. Éramos postadolescentes cuando fuimos novios; ahora éramos señores mayores. ¿De qué hablaría con ella si ya entonces tampoco teníamos tanto en común? Éramos distintos. Fue un noviazgo de supervivencia. Nos queríamos en el no sentirnos islas y en una extraña forma de cariño. Pero éramos profundamente distintos, algo que ella vio antes que yo.

Contestó enseguida. ¿Te parece bien mañana? Luego pasamos a mensajes de concreción. Vivo por aquí. Mi hotel está aquí. Ah, pues yo vivo cerca. Pues quedamos en el café de debajo, en la esquina de la plaza. Perfecto, a las 10 a. m. estaré allí.

El resto del día lo pasé extraño. No sabía qué podía sacar de ese encuentro. Había curiosidad. ¿Cómo estaría ahora? ¿A qué se dedicaría? ¿Qué había venido a hacer aquí? Pero también pensaba que, pasados los minutos iniciales, la conversación sería permanentemente forzada, buscando que pasara el tiempo suficiente para encontrar una excusa para despedirnos: Muy bien, seguimos en contacto. Un gusto verte. Hasta pronto.

Cuando vas a encontrarte con alguien de una época pasada hay un mecanismo en la memoria que se activa. Vas recordando escenas e incluso acuden recuerdos que no tenías muy presentes. Lo que yo recordaba de ella solía ser abstracto. Escenas inconcretas, imágenes difusas de paseos por aquella ciudad lejana. Una sensación brumosa más que cosas concretas.

Fuimos novios en una época en la que mi vida no tenía sentido. Podría decirlo de otro modo, pero básicamente era eso: mi vida no tenía sentido. Recordé un viaje a la playa con una tía suya, la tía joven. Su tía y el novio de su tía nos llevaron a la playa. Lo pasamos bien. Nos bañamos. A la vuelta me quedé dormido en el coche. No sé por qué recordaba eso.

Recordé un día que la fui a buscar a una clínica donde trabajó un verano de telefonista. Una tarde que la esperé en la acera de enfrente para que la dueña de la clínica, amiga de su madre, no me viera. Vivimos casi en una forma de clandestinidad. Su madre no quería que fuera su novio. No sé muy bien por qué, pero sentía por mí un rechazo profundo.

Recordé una noche que ella me llamó llorando porque había soñado con algo religioso y muy extraño. Cada día que estábamos juntos ella era más creyente y yo más ateo. Fueron dos años extraños, pero es que mi vida era extraña en esa época. Hay un hoy, veinticinco años después, y bajo la perspectiva y capacidad de análisis que da el tiempo y la edad, me siguen resultando años extraños.

Al día siguiente me desperté incómodo. Le había comunicado a mi pareja el encuentro. Incluso hubo risas en casa. Por alguna razón inexplicable para mí, el encuentro no me generaba especial fascinación y ni siquiera en el humor de esa mañana sentí relajo. En general hay encuentros con el pasado que sí me producen intriga y curiosidad y, cuando se acercan, siento la emoción del encuentro; pero en casos muy puntuales se produce una forma de incomodidad, casi de rechazo. No es una elección racional, es como si eligiera el cuerpo con quién se quiere encontrar.

Caminé hasta el café. El hotel de ella estaba realmente cerca de mi casa. Llegué unos minutos antes de la cita. Me gustaba la idea de estar ya en el sitio cuando ella entrara; me daba cierta ventaja de observación, de anticipación. Me senté en una mesa desde donde veía toda la acera y la entrada de su hotel. Pedí un café y actué distraídamente.

El reloj avanzaba y ella no aparecía. Una forma de desconcierto y más incomodidad iba aumentando. Algunos minutos después la vi salir del hotel. El cuerpo responde a su antojo. Una forma de palpitación en la garganta se hizo notable. El análisis veloz. La cabeza actúa a una velocidad de vértigo.

“Está sorprendentemente igual. Como si se hubiera detenido el tiempo. Yo estoy peor, mucho más acorde a los años pasados. Ella parece que no hubiera avanzado el tiempo. No recordaba que caminara así”.

Son segundos donde tu mente realiza aproximadamente doscientos análisis por segundo. Su forma de avanzar te evoca otra imagen del pasado, verla avanzar por otro lugar no concreto. Te planteas qué tono de voz poner, qué emoción mostrar. Ser eufórico, ser contenido, ser dulce. ¿Quién soy? ¿Quién eres de todas esas posibles máscaras? ¿Cuál es la de verdad? ¿Cuál es la emoción real?

Abre la puerta de la cafetería, chequea el interior y me reconoce. Hay gestos detrás de los gestos. En su gesto al verme hay también doscientos análisis por segundo. Los que nos ven, nos ven mejor que nos vemos nosotros. Ven las cosas que a nosotros nos ha costado veinticinco años vivir. Ven los veinticinco años en una mirada.

También yo veo sus veinticinco años en los segundos que tarda en alcanzar la mesa. Me he puesto de pie. Nos hemos abrazado con ternura. Había olvidado que era una persona buena. No sé cómo se define la bondad, en qué se delimita, pero es una buena persona la persona que abrazo. Hay una ternura recuperada en segundos. El abrazo es cálido y honesto. El cuerpo ha decidido ya en qué sensación vivir ese instante. No eres tú quien decide. Son unos mecanismos orgánicos, ajenos a tu conciencia, quienes están trabajando en la percepción de la realidad.

—Es increíble el tiempo —dice ella.

Es una frase simple, pero qué condensa la sensación. La forma de acordeón del tiempo. Se encoge y, de repente, aquella fecha en la que me despedí en la puerta de su casa, el día antes de abandonar aquel país, parece que ha sucedido diez segundos antes. Se comprimen veinticinco años en segundos.

—Qué bueno verte —digo.

La frase es brutalmente honesta. De repente me parece hermoso verla. No por un tema romántico, pero estuve dos años compartiendo intimidad con esa persona. Algo en mis órganos vitales la reconoce y agradece. ¿Olerla? ¿Verla? No sé. La biología tiene sus ritmos.

La conversación es fluida. Salen algunos recuerdos. Recuerdos que yo no recuerdo, recuerdos que ambos recordamos, recuerdos que yo solo recuerdo. Nos contamos por encima algunas cosas de estos veinticinco años. Mi familia, su familia, mis hijas, sus hijas, que son mucho mayores que las mías. Qué joven fuiste madre, ¿no? Intuyo que aún es más creyente que cuando éramos jóvenes. Con frecuencia nombra a Dios.

Entonces, en un momento inesperado, cambia el tono. Hay una forma de seriedad nueva.

—Hace muchos años que quiero hablar contigo.

Los mecanismos de acción de mi cuerpo cambian de estatus. Una forma de alerta me sacude desde el estómago hasta el pecho. Saca un cuaderno. Veo mi letra. Son cartas que le escribí y que no recordaba. Hay frases subrayadas. No me las deja leer. Retiene el cuaderno entre sus manos.

Me habla de un grupo de personas que están buscando la verdad sobre Dios. Los años que vivió en Miami entró en contacto con un mentor, una persona que conoce lo que nos está siendo oculto. Yo pensé en sectas; ella hablaba de verdades. A ratos perdía el hilo de lo que decía porque no entendía qué hacía mi letra, mis cartas, en su cuaderno. Qué pintaban mis frases de adolescente enamorado en todo esto.

—Quiero que veas algo. ¿Puedes acompañarme a mi habitación? No te asustes. Lo que buscamos es la verdad. Tú eres parte de ese camino.

Estoy a punto de negarme, pero también hay una fascinación ante el camino que ha tomado el reencuentro. La curiosidad me pide saber dónde va a parar todo esto. Le digo que no entiendo muy bien qué me quiere decir, hacia dónde va todo este discurso.

—Si me acompañas, lo entenderás.

A partir de ahí todo sucede como en fotogramas congelados. Pagamos. Salimos. Entramos al hotel. Subimos a su habitación. Entramos. Hay un altar con una virgen y una vela encendida. Ella saca el cuaderno. Me mira.

—Creemos que eres parte de la sanación. Tus cartas revelan una fricción entre el otro mundo y este. Eres tú quien debe abrirla.

Qué debo abrir. No entiendo nada. Ella se pone de rodillas ante el altar. Reza. Me mira. Me pide que escriba mi nombre. Me pide que le escriba al gran señor. Que le suplique en frases, con mi letra, que abra la gran puerta. Debemos salvar el mundo.

Hay momentos en la vida en los que se siente el absurdo. El absurdo en su dimensión total. La vida carente de orden y sentido. Pero arrastrado por la incomprensión empiezo a escribir lo que ella me dicta. Pongo la hoja con mi letra frente al altar. Ella me abraza. Me dice que está profundamente agradecida. Que probablemente ahora no comprenda nada, pero que hemos hecho todo para salvar al ser humano de sí mismo.

—Entiendo que ahora te quieras ir.

Salgo de la habitación. Salgo a la calle. Veo mi ciudad. Camino por la acera hasta casa. Ese día debo mandar un trabajo antes de mediodía. Entro en casa. Me miro en el espejo. Me vuelvo a duchar. No sé por qué, pero me vuelvo a duchar. En el vaho que se ha formado en el espejo escribo, como si ella aún me estuviera dictando:

ABRE LA PUERTA. EL MUNDO AGONIZA.

Entiendo, claro, que se abrió. Que los que quedamos aquí somos los últimos habitantes en la Tierra. El mundo, hace rato que se acabó. Lo que hoy vivimos son los despojos después del fin del mundo.

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