viernes, febrero 20, 2026

Las culpas

No soporto llegar tarde. No soporto que me esperen. No soporto, a estas alturas de mi vida, esperar. El segundero, para mí, es una condena. Lo observo con precisión, lo calculo, lo interpreto. Es abstracto el tiempo, sí, pero yo he logrado domarlo. Soy consciente de cómo avanza, constante, hacia el abismo.

Ese día llegaba tarde. Porque hay días, muy esporádicos, en que el tiempo se libera, se asalvaja, se vuelve caos e histeria. Cuando calculo, siempre calculo hasta los imprevistos, pero ese día hubo más imprevistos de los previstos. Y salí con tres minutos y treinta y cinco segundos de retraso respecto al horario más optimista. Iba a llegar tarde. Llego tarde una vez cada década y ese día iba a pasar. Aceleré el paso, porque para un enfermo de la puntualidad no es lo mismo llegar tres minutos tarde que diez. Salí a la acera y, sin llegar a correr, sí aceleré el paso a ritmo de marcha olímpica. Mis caderas rotaban rítmicas a un ritmo diabólico; si me hubieran medido, marcaría tiempos profesionales. ¿Quién sabe? Quizá el equipo olímpico español había perdido la posibilidad de una medalla en las siguientes Olimpiadas.

Subí Hortaleza hacia Alonso Martínez, atravesé el tramo donde la calle se va convirtiendo en la plaza. Casi nadie sabe que el final de Hortaleza sigue siendo Hortaleza o que todavía no es Santa Bárbara. Una mujer con un perro venía de frente; el perro parecía nervioso, la mujer despistada. Todo sucedió rápido: el perro se soltó de la esclavitud de la cadena, la mujer tropezó, yo me moví rápido para parar la caída. Era una señora de edad y ya hemos oído demasiadas veces hablar de las fragilidades de la cadera. Logré mi cometido, pero algún tendón que rodea mi tobillo izquierdo flojea, se viene abajo. Quizá el estrés de llegar tarde debilita la musculatura o el equilibrio, pero el tobillo se vence brusco hacia un lado. Caigo mientras un dolor agudo, como un pinchazo cósmico, me recorre desde el tobillo hasta la esquina más remota de mi cerebro. Luego sabré que tengo un esguince de tercer grado. Pero hasta ese diagnóstico aún falta.

La mujer grita. El perro ladra y yo lanzo mis dos manos hacia el tobillo, en ese gesto siempre absurdo y carente de sentido que hace todo recién lesionado, porque nada palian las manos posadas sobre la lesión y el dolor que emerge. Ahí están, pues, las dos manos rodeando el tobillo, mientras el resto del cuerpo ha sucumbido y está tumbado sobre la acera, en la frontera justa entre la calle Hortaleza y la plaza de Santa Bárbara.

En ese instante todo se alborota. Yo miro el reloj, porque todo esto me retrasa aún más. La mujer, compungida y llena de angustia y culpa, emite sonidos que transmiten ansiedad, pero ningún alivio o solución. El perro me lame la cara. Pasa un chico joven que, con voz ronca y muy grave, me pregunta con desgana si necesito ayuda. Está deseando que le diga que no y, por supuesto, le digo que no. Intento ponerme en pie mientras el postadolescente se pierde calle abajo. Pasa una chica de unos treinta años. Observa la escena. Se acerca y mira hacia abajo. Sé que no es momento de ello, pero encima me pongo en tono seductor.

—Creo que deberías ver si lo tienes hinchado.

—¿El qué? —contesto en la cumbre del ridículo.

—El tobillo. A veces tarda un poco en hincharse.

Levanto un poco el pantalón y veo que el tobillo efectivamente ha triplicado su volumen. La chica me indica que me siente en las jardineras y que ponga el pie en alto.

—Pero llego tarde —digo con tensión; el reloj es implacable.

Ella sonríe.

—Quizás debas ir en taxi a urgencias.

En ese momento yo ya he decidido que no quiero ir a urgencias, pero que sí cogeré un taxi. Llegaré doce o trece minutos tarde, pero una vez cada década me lo puedo permitir.

La mujer del perro y la chica me acompañan a parar un taxi. Nos despedimos como si ya fuéramos familia. La mujer del perro me da su teléfono para que la informe y la chica me desea suerte. Miro al perro, que en ese momento me parece ya mi mejor amigo, y me subo al taxi. El taxista, dicharachero y enérgico, me mira y sin rodeos me dice que a qué hospital vamos.

—No vamos a ningún hospital —respondo orgulloso—. Vamos a la avenida Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo.

El taxista no pregunta. Avanza calle arriba para girar en Alonso Martínez. En la radio suena una música que no logro identificar. Es una música frenética, como de banda sonora. Vientos enérgicos, percusiones bravas, un bajo trepidante. Música perfecta para una persecución.

—¿Qué es esta música que suena, amigo?

—¿Te gusta? —me contesta vanidoso—. Es la banda sonora de Cowboy Bebop, de Seatbelts. La pieza se llama Tank!.

En ese momento suena un solo de saxo. Me siento, de repente, en una escena de película. El dolor es cada vez más agudo mientras el taxi desciende el paseo de Recoletos hacia Cibeles. El hombre ve pista vacía y acelera. Corte espectacular de la canción para anunciar el final y, sin aviso previo, siento un golpe brutal en la parte trasera del coche. Un Qashqai modelo antiguo nos ha dado de pleno. Accidente en el centro de la ciudad coincidiendo con el avance de la música a la siguiente canción. Primeros golpes de Rush, de la misma banda sonora. El maletero del taxi completamente abollado, el Qashqai tiene el morro aplastado. Esto va para largo. Miro el reloj. Si todo fuera bien, si lograra parar otro taxi en ese momento, llegaría a la cita veinticinco minutos tarde, pero no va a pasar. Cuando giro el cuello noto un dolor cervical, más agudo si cabe que el del tobillo. Desgarro de ligamentos, sabré más tarde, pero aún falta para eso.

Estoy inmovilizado en el asiento trasero, mientras el taxista y el tipo del Qashqai se culpan el uno al otro a gritos. Hay una armónica que evoca un western sonando en el reproductor del taxista. No es el momento, lo sé, pero en ese instante me pregunto cómo el taxista escucha esa música tan cinematográfica; o quizá por eso, quizá la vida en taxi sea una forma de película permanente. No llegan a las manos, pero mi taxista —a estas alturas le llamaré mi taxista— le tiene cogido del cuello.

—Esto es una ruina para mí, hijo de la gran puta —dice desesperado.

Muevo la mano para hacerle un gesto, para llamar su atención.

—No me puedo mover, hermano —le digo con voz muy ligera. Apenas soy capaz de hablar. Yo ya no sé de dónde proviene el dolor.

Mi taxista se asusta; el del Qashqai más, porque sabe que es culpable. A partir de ahí el tiempo pierde forma. Mi taxista llama a una ambulancia. La ambulancia no tarda mucho en llegar, pero hay un atasco considerable en el carril del paseo de Recoletos. Oigo la sirena sonar a lo lejos. Curiosamente el sonido de la sirena me produce alivio. Soy un náufrago en aguas abiertas y veo un barco venir hacia mí. Unos enfermeros fornidos me meten en una camilla, la elevan, como quien levanta una pequeña y lisa piedra en la playa para jugar lanzándola contra el mar. Me pasan cuerdas por un lado, por otro. Sale disparada la ambulancia hacia mi salvación. Me hacen preguntas que contesto como puedo, porque siento un mareo profundo. La persona que me hace preguntas lleva un reloj en el que veo la hora. Me alarmo, porque en el fondo esa es mi relación con el tiempo, exactamente la misma que tiene la alarma del reloj.

—¡Pero llego tarde! —digo aterrorizado.

—¿A dónde?

—A Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo —contesto con la falsa esperanza de que ellos me vayan a llevar hasta allí.

—Con suerte llego treinta y cinco minutos tarde.

Los enfermeros se ríen. En el exterior suena la sirena. La velocidad se siente vibrante en la parte de atrás de la ambulancia. Siento un mareo profundo. Hay algo, una especie de nube que viene hacia mí desde la puerta de la ambulancia. Es una nube hermosa, de colores preciosos, cambiantes, brillantes. La nube llega hasta mí. Me agarra y me transporta por una especie de lugar donde habitan otras nubes y cientos de colores que bailan y se entremezclan. Suena una música minimalista. ¿Es esto la eternidad?, pienso en un estado amable de gratitud.

Luego despierto en un lugar que no identifico. Me pongo en pie, pero veo que tengo el pie inmovilizado con una bota ortopédica de diseño fascinante: se llama Bota Walker. En el cuello tengo un collarín que me mantiene el cuello firme. Estoy en una sala vacía con un batín verde. Abro una puerta; por el pasillo amplio no veo a nadie. Empiezo a andar. Mal, torpe y dolorido, pero avanzo firme, no sé muy bien hacia dónde. Nada me detiene. Veo un ascensor. Cuando la puerta se abre me meto. No hay nadie. Marco el cero. Abajo, cuando se abre la puerta, veo muchas caras, visitantes que me miran aturdidos. Nadie dice nada. Avanzo por pasillos concurridos, arrastro el pie como un herido de guerra. En ese momento aún no soy consciente de que el batín está abierto por detrás y que mis glúteos van al aire, tal como el día que nací. Salgo a la calle. Veo un taxi. Lo paro. No llevo dinero, pero ya resolveré.

—A Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo, por favor.

El coche recorre Madrid, que a esa hora tiene el tráfico liberado, ágil. La ciudad, con la que no siempre estoy en paz, me parece hermosa en ese momento. Miro las calles pasar desde la ventanilla. En la emisora que lleva el taxista, unos tertulianos hablan de geopolítica y del estado mundial de la economía, pero todo eso ya me da igual. Al final voy a llegar.

Cuando llegamos te veo ahí con ese gesto entre aterrorizada y enfadada. Estabas hermosa.

—Por eso, Ana, te pedí dinero. Para pagar el taxi. Por eso, mi amor, he llegado tarde. ¿Sabrás perdonarme? No son excusas. Es esto lo que me pasó.

jueves, febrero 19, 2026

El Señor F

¿En qué momento se desordena una vida? El señor F sabía que los elementos que conformaban su realidad se habían desplazado uno a uno del sitio que les correspondía. Nada se correspondía con lo que se podría haber entendido como: vida del señor F. El desmantelamiento de ese conjunto de cosas que podemos llamar nuestra realidad es algo netamente abstracto, pero curiosamente bajo un orden estricto. La vida del señor F en nada se parecía ya a lo que él había entendido que había sido su vida. Y hay que decir que en su caso no fue repentino. Fue un tránsito paulatino, marcado por un cambio de país a una edad inapropiada. Demasiado mayor para emigrar, más mayor aún para deshacer el camino y volver a casa. El señor F es un ejemplo preciso de la persona que se queda sin tierra. En su caso no por una guerra, no por exilio o por fuga. Y aunque las tres opciones podrían valer como metáfora, en realidad el señor F es expulsado de la tierra por cuestiones económicas. Ya no tiene dónde caer muerto.

El señor F entra entonces en un estado de apatía y aislamiento. Se siente incomprendido y, sobre todo, fracasado. Distorsiona los afectos: se ancla a su mujer y a su hijo pequeño. Los dos mayores, que no son sus hijos, ya no entran en la ecuación del cariño. Condensa todo su mundo a ese trío que también se ha desmoronado, básicamente porque uno de los vértices, el de él, se está evaporando. Deja de trabajar porque ya no tiene fuerzas, deja de relacionarse socialmente, deja de conversar e incluso deja de saludar en el ascensor o en el portal. El señor F ha traspasado un umbral que ni siquiera él reconoce. Está en otra dimensión. Una donde no hay apenas luces y casi todo son sombras. Entonces busca explicaciones en el tarot, en la magia y en ancianas videntes. Cree, está convencido, de que es víctima de algo, de una fuerza mayor que ha decidido acribillarlo. No sabe si provocado por alguien o por una fuerza que le ha elegido sin motivo aparente, pero no tiene duda: le están aniquilando desde un lugar invisible.

Acude a una tarotista del centro. La mujer le lee las cartas con desgana. No saca nada en claro, pero él desconfía. La ve poco profesional. Sale de allí, en el centro de esa ciudad que odia, que está a ocho mil kilómetros de la ciudad donde nació, en medio de esa región que odia, en un país que odia. Camina hasta el coche. El cielo anuncia tormenta tropical. La humedad le hace sudar y respirar mal. Aún no lo sabe, pero le quedan dos años de vida. Sus pulmones, víctimas de una vida fumando a ritmo exagerado, no dan más de sí. La lluvia cae como si estuviera en guerra con el suelo. Se mete en el coche y enciende un cigarro. Avanza por una calle vacía; el agua revienta contra el cristal. Está frustrado y decide que es mejor buscar otra opción mística más profesional, más aguda. Vuelve a casa, pero en casa ya casi no habla. Su vida se ha reducido casi al silencio. A su hijo pequeño lo observa con temor. Podría ser víctima de la fuerza que le acosa.

Algunas madrugadas sale en coche a recorrer la ciudad que odia. Es una ciudad que tiende al vacío, como si sus habitantes no estuvieran más que para asuntos concretos. Sale porque fuma a escondidas y recorrer la ciudad de madrugada para fumarse varios cigarros es su forma de sentir algo parecido al sosiego. De madrugada y a solas en esa ciudad extraña, siente que el mundo queda detenido. Observa el humo y a veces se detiene en zonas de la otra punta de la ciudad. A ratos se siente ridículo o cercano a la forma extrema del absurdo: ¿qué hace un hombre de 57 años, nacido en otro continente, a esa hora en una ciudad de la que hasta cuatro años antes jamás había oído hablar? ¿De cuántas ciudades no hemos oído hablar? ¿Cuánta gente siente que la ciudad en la que está es una ciudad absurda también?

Su segundo intento místico sucede en una casa colonial en estado precario, en la zona más destartalada del centro. La ciudad tiene síntomas de abandono, pero es un abandono peculiar. El abandono que se imagina uno que sufrirían las ciudades cuando los pocos habitantes que quedaran en un planeta casi despoblado decidieran cambiarse de sitio. Un abandono detenido en un punto concreto del deterioro. No avanza ni hacia adelante ni hacia atrás. Cuando entra en la casa atraviesa un patio. Sale a recibirle una anciana con un vestido fresco; el día es sofocante. Le estrecha la mano sin hablar. Le hace el gesto para que la siga. Se sientan en una mesa en la habitación más al fondo del patio. Ve pasar una gallina y a una niña muy pequeña. Se oye el ruido de una ducha. Huele a carne guisada. La mujer le da café. Él bebe y, en un ataque absurdo de pragmatismo, piensa que es tarde para tomar café: otra noche sin dormir, piensa desganado.

—La nube que tienes viene de lejos —dice la anciana con voz ronca pero sosegada—. Hay alguien cerca que no te deja liberar. Es desorden, pero puedes reordenarlo. Encuentra quién es, de los cercanos, el que emite ese dolor.

Del aislamiento pasa a la paranoia. Sus hijastros le resultan de repente, y sin atisbo de duda, el problema. No sabe cuál exactamente de los dos, pero uno de los dos debe contener la masa invisible que ha desordenado cada parcela de su existencia.

No le comunica a la mujer lo que piensa. Lo masculla en un silencio cada vez más absorbente. Deja definitivamente de hablar a los dos hijastros. Y se parapeta, aún más, en el triángulo que forma con su mujer y su verdadero hijo.

Le habla a su mujer de sus merodeos místicos. La mujer descubre que hay una persona a la que llaman la Santa; vive en uno de los pueblos fronterizos de la región, en la zona de las montañas. Un pueblo relativamente famoso por la santería. Una tarde de semana se van los tres. Atraviesan la zona más árida de la región. Cae tormenta tropical. La humedad es tremenda. Respira cada vez más torpemente. Nadie habla en el coche. El niño se ha quedado dormido. La mujer mira la carretera como quien mira la soledad. Entran en la zona de las montañas. Llegan al pueblo. Es un pueblo miserable, formado por unas cuantas casas construidas con materiales marginales. El asfalto está casi comido por la tierra y la vegetación. No hay nadie en las calles, o en eso que se supone que son calles. Hay un animal al final de la carretera principal, del que solo se ve una silueta difusa; debe de ser un burro, piensa. La mujer no habla. Mira desde el lugar del copiloto el pueblo. Mira al señor F y a su hijo y piensa: esto no es un pueblo. El señor F no lo ve, pero la mujer deja caer una lágrima que no se quita. Aparca el auto siguiendo las instrucciones que había recibido. Es una casa de uralita, con forma cuadrada. La puerta es de metal, parece sacada de otro elemento, reciclada de algo que tenía otro uso. El señor F le dice a la mujer que le esperen ahí, pero la mujer coge al niño y se bajan. El señor F toca en la puerta, que enseguida se abre, y entra. Dentro no hay paredes, es solo una estancia. La Santa, o quien sospecha el señor F que es la Santa, está sentada. Sospecha durante algunos segundos que está dormida y no se atreve a hablar. La mujer entonces habla. Le dice que se siente. No pasa nada; de hecho, no va a pasar nada más. Ella se queda ensimismada y un rato después le dice:

—Alguien interrumpe el flujo del agua. Hay piedras puestas a modo de presa. Tienes que levantarlas; el agua está a punto de desbordarse. Si lo logras, el río volverá a fluir.

El señor F definitivamente ya está convencido de que uno de los hijastros es el origen. Pone el dinero que le habían dicho que valía la ceremonia, que había imaginado de otro modo. Sale sin despedirse. Cuando sale no ve ni a la mujer ni al hijo. Vuelve a respirar mal, pero no quiere alarmarse. Avanza por el pueblo. No hay nadie, ni siquiera hay ruidos. El animal de la silueta, que ahora descubre que efectivamente es un burro, sigue estático al final. Hay una brisa suave y la luz demencial del atardecer de la región lo vuelve todo hermoso, terrible y hermoso. Hace más de quince años que no corre, pero se pone a correr. No aguanta ni diez metros. Se para jadeando. Aún no es consciente de que sus pulmones llegaron a su límite. Oye la voz del niño, pero es incapaz de recuperar el aliento. La mujer acude entonces rápido a socorrerle; está exhausto, agobiado, el aire no encuentra camino y se tumba en el suelo. Ve el cielo, la cara del niño encima de su cara. La luz violentamente naranja de fondo. Quince minutos después están arrancando el auto para volver a la ciudad que odia. Conduce la mujer y él mira desde la ventanilla del copiloto el paisaje. No hay nadie en esa carretera en estado deplorable. El paisaje es desbordante y hermoso antes de entrar, poco después, en la zona más árida de la región.

Cuando llegan a casa mira al hijastro mediano; el mayor vive en otra ciudad. No siente odio ni rencor, pero le dice, casi susurrando, que se tiene que ir de casa y que por favor no vuelva jamás. El hijastro no entiende o lo entiende todo. Le mira con nostalgia y una forma casi irreal de tristeza. Le dan ganas de abrazar al señor F, pero sabe que nada salvará el dolor irreparable que siente el señor F. Se da la vuelta. No se despide. No sabe dónde va a ir, no tiene ni idea de cómo abordar el primer instante del resto de su vida. Le pone la mano en el hombro, le mira y le dice:

—Es posible que ya nunca te dé tiempo a comprender nada, pero gracias por todo.

Sale. El señor F se derrumba en el sofá. Se queda dormido. Jamás, en los dos años que le quedan de vida, encontrará el orden.

miércoles, febrero 18, 2026

La mentira

Julio había bebido mucho. Había dado buena cuenta de la botella de ron, que ya estaba terminada, teloneada por una cantidad difícil de calcular de cervezas. Estaba borracho y melancólico. No todas las borracheras se parecen. Habría que hacer un catálogo universal de borracheras. Julio encajaría en el borracho que se deja arrastrar por los sentimientos más dramáticos. Hacía dos meses su novia le había dejado sin mucha explicación ni argumentos. Y Julio, que no era dado a los amores largos, usó ese desamor para instalarse en un relato de dolor y tragedia que no siempre resultaba convincente. Así que cuando la borrachera emergía por cada poro de su piel, empezó a hablarnos del dolor y de la angustia en la que le había sumergido el abandono. «Lupe era la mujer de mi vida», nos decía con una tristeza exagerada, mientras de fondo sonaba Por tu maldito amor, de Vicente Fernández. «Lupe me ha dejado arrasado». A mí todo me resultaba excesivo, incluso incoherente, pero lo cierto es que Julio necesitaba relatos épicos para vivir, y el de Lupe era idóneo. En ese momento, en los altavoces de Casa Juana, Vicente Fernández cantaba: «De pronto todo aquello se acabó, faltaste a la promesa de adorarnos», acompañado por un desafinadísimo Julio, que si en algo no destacaba era en las virtudes musicales.

En un in crescendo emocional que se fue tornando huracán, Julio cada vez cantaba más alto y cada vez hacía confesiones más exageradas: «Nunca volveré a acostarme con una mujer igual. Soy un adicto a su piel». Yo miraba a los lados, con el temor de estar siendo escuchados por los de las mesas de al lado, pero ya todo daba igual: Julio había decidido convertir la noche en una ranchera. Y fue cuando nos dijo que quería ir a cantarle bajo el balcón. Yo miré a Polo, Polo me miró a mí y, en un ataque de sinceridad, le dijo: «Julio, estamos en Europa, en el siglo XXI, deja la telenovela». Pero Julio no atendía a razones y jugó al chantaje: «Si son amigos de verdad, vendrán conmigo; si simplemente son otra relación frívola más, me tendré que ir solo».

Media hora más tarde, después de haber avanzado andando torpemente desde el bar en la calle del Toro hasta la calle Postal, nos vimos debajo del número 3, mirando al tercer piso. Polo temía a la policía; yo temía al ridículo. «Esto no va a acabar bien», le dijo serio Polo a un Julio que ya casi no se tenía en pie.

El asunto era sencillo (o no): Julio había logrado convencer al dueño de Casa Juana de que le dejara un altavoz inalámbrico, en el que engancharía su teléfono para soltar la canción a interpretar, que ni Polo ni yo sabíamos cuál era. También le había facilitado un micrófono de esos que suenan con un agudo punzante, que sonaría excesivo sobre una música saturada. Julio iba tan borracho que todo el proceso de cableado y conexión con el Bluetooth resultó torpe y difícil, como si estuviera manejando un artilugio de la NASA más que un altavoz de calidad mediocre. Sonaron varios intentos que cortaba enseguida, en medio de la calle, de canciones que interrumpía inmediatamente. Hacía frío y yo de buena gana me hubiera largado de ahí. Pero Julio seguía con rumbo fijo hacia el desastre. Estuvo un rato buscando la canción precisa. Miraba en su teléfono. En la elección de la canción parecía que hubiera una clave universal que solo Julio podía encontrar: la canción que le devolvería el amor de Lupe.

Finalmente se colocó. La calle se convirtió en una suerte de escenario improvisado. Se acomodó la ropa, se pasó la mano por el pelo para acicalarse, preciso y galán. Hizo un par de estiramientos de las cervicales. Acomodó los hombros, precisos, miró el teléfono que sostenía con la mano izquierda, colocó a una altura precisa el micrófono que sostenía con la derecha y le dio al play.

Miré a Polo. Polo me miró y miró la escena. Yo miré al tercer piso, luego miré los otros pisos. En el quinto había luz; los demás estaban ya a oscuras. Miré hacia la derecha, miré hacia la izquierda. Vi a un hombre por la esquina que avanzaba y se perdía enseguida. Miré el reloj del móvil. Miré de nuevo a Polo, que a su vez hacía un recorrido con la mirada parecido al mío. Arrancó la canción.

El saxo tenor, sujetado armónicamente por el teclado primero y unas cuerdas después, irrumpe a modo de intro en medio de la calle Postal para hacernos escuchar, en una fría madrugada de febrero, La mentira, de Luis Miguel. Veintitrés segundos después, la voz de Luis Miguel y, sobre todo eso, la voz de Julio, cantan:

«Se te olvida que me quieres a pesar de lo que dices».

Hay segundos que son siglos. Esas primeras frases me parece que pasan varias décadas. Polo me mira; yo miro a Julio, que desafina, que no logra hacer coincidir ninguna palabra con Luis Miguel. Probablemente tampoco coincide ninguna nota. La voz de Julio suena rota y saturada. La mezcla, tanto su voz como La mentira, suena a un volumen olímpico por toda la calle Postal. En la madrugada los sonidos multiplican su intensidad. El conjunto sonoro es feo, excesivo, casi violento.

«Pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar».

A esas alturas mi única atención, ya como modo de fuga mental, es jugar a contar cuántas palabras de Julio coinciden rítmicamente a la vez que Luis Miguel. En ese momento seguimos a cero.

«Se te olvida que hasta puedo hacerte mal si me decido».

Polo me mira diciendo en alto, porque ya da todo igual, que sí, que nos hemos dado cuenta de que puede hacerle mal, porque de hecho a todos nos está haciendo mal.

«Pues tu amor lo tengo muy comprometido. Pero a fuerza no será».

Es en ese momento cuando una luz se enciende en el tercer piso. También en el segundo y en el cuarto, y en algún piso de los edificios que tenemos a nuestra espalda. Me dan ganas de irme corriendo, porque a estas alturas ya no existe posibilidad de que eso acabe bien. Pero aguanto, porque Julio ha decidido entregarlo todo a esa escena y las batallas en esta vida no se deciden, simplemente nos llegan.

«Y hoy resulta que no soy de la estatura de tu vida».

Primeras dos palabras que coinciden: «soy» y «estatura». La afinación, eso sí, sigue estando en cero. Ni una nota de Julio ha coincidido con Luis Miguel, probablemente ni con la armonía de la canción. Polo me mira y mira a los edificios de detrás. Ya hay gente asomada. Yo miro al tercero y veo salir al balcón a Lupe. Lupe probablemente venga de la cama, probablemente aún dude si lo que ve es cierto o parte del loco sueño que estaba teniendo segundos antes. Va vestida únicamente con una camiseta de Damas Gratis. Mira hacia abajo como quien mira la grieta donde empieza el fin del mundo. La vecina de abajo, que también está en el balcón, asoma mucho la cabeza para mirar hacia arriba, porque a esas alturas comprende que esto está sucediendo en honor a Lupe. Los otros vecinos miran a Julio, pero poseídos por una especie de hipnosis, como si todos los vecinos de la calle Postal hubieran caído en un embrujo psicodélico provocado por la voz disonante y afónica de Julio.

«Por mi parte te devuelvo tu promesa de adorarme. Ni siquiera sientas pena por dejarme».

En ese momento pienso, ajeno al dramatismo y absurdo que sucede en la calle Postal, que la voz de Luis Miguel es la promesa de un mundo que no sucedió. Me imagino a Luis Miguel en un gran escenario, un público que siempre fue entregado casi hasta la histeria y cómo, desde casi su tierna infancia, tuvo que gestionar la monstruosidad de la fama. Suenan las cuerdas. Unas cuerdas que evocan la posibilidad del paraíso. Julio se tambalea como un cantante de época. Ese gesto lo vuelve heroico. No solo se ha plantado en medio de esa madrugada fría, sino que interpreta. En ese hueco instrumental que se abre tras el primer estribillo, Julio, como artista histórico, se tambalea en un baile que reconozco sólido, casi inmenso, delicado, digno de un cantante de renombre. Lupe, vestida solo con la camiseta, mira desconcertada. Probablemente sintiendo que ser el centro de atención de la calle Postal no es lo que se sueña como cumbre de una vida. Es en ese momento cuando oigo la voz de Polo, que no dice palabra, emite un balbuceo de sorpresa. Detrás de Lupe aparece, semidesnuda, otra mujer. Todos miramos hacia arriba, mientras Julio sigue, con los ojos cerrados y el micro agarrado con fuerza, pegado a su boca, cantando sin atinar ni ritmo ni afinación.

«Ni siquiera sientas pena por dejarme. Que ese pacto no es con Dios».

Polo me mira, la vecina del segundo mira a Julio. Yo miro a la mujer detrás de Lupe, que la abraza por detrás y le susurra algo al oído. Lupe mira hacia Julio. Julio mira, ahora sí, a Lupe. Todos estamos comprendiendo todo, como se debe comprender la vida en el instante justo antes de morir, cuando una patrulla de policía hace aparición por el fondo de la calle. La luz azulada intermitente por momentos evoca la iluminación épica de un gran estadio. Julio tartamudea y ya, mientras la canción encauza los últimos compases, se dirige a su público, que es Lupe.

—¡Lupe, pero yo te amo!

La luz azulada intermitente, como en los grandes estadios, se hace cada vez más grande.

—El concierto ha terminado —dice uno de los agentes.

Lupe y la mujer que la abraza entran. El público, esta vez, no pide otra.  Esa noche, eso sí, la terminamos en un calabozo y, como diría Luis Miguel:

«Pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar».

martes, febrero 17, 2026

Subida al pico

El décimo día subí al pico. Había nevado mucho en los meses centrales del invierno y las laderas estaban hermosas, cubiertas de nieve. Era un martes y no me crucé con nadie en toda la ruta. Desde que me instalé en el pueblo, el vacío ha cobrado otra dimensión: ahora no le temo. Pensé que me sentía mejor, que el aturdimiento y la congoja se habían alejado un poco, pero empezaban un lento retroceso.

Cuando tenía 20 años, la chica con la que llevaba dos años me dejó abruptamente. Días después supe que se había ido con un tipo que venía del extranjero. Lo que sentí aquella vez cambió, de alguna manera, mi forma de ser para siempre. No era un tema de ego, que seguramente también, sino un tema de descubrir que en la vida, básicamente, se avanza solo. Lo que va junto a ti, sean personas, objetos o certezas, son asuntos transitorios. Creo que lo que me sucedió bien podría llamarse sufrimiento. Tenía veinte años y dejé de comprender o de sentirme parte de algo. Estaba muy enamorado; con frecuencia pienso que aún lo sigo. No es raro que aparezca su imagen, veinticinco años después, la de aquella chica. No sé exactamente qué es estar enamorado, pero, sin lugar a dudas, aquella persona podría haber sido mi acompañante para toda la vida. Durante mucho tiempo me recriminé, buscando en qué momento cometí un error. El desamor, me dijo una amiga de aquella época, es una forma de muerte.

Luego fui haciendo mi vida. Viví en un país del norte de Europa. Salí más de lo debido. Volví a mi ciudad. Me fui a vivir a las montañas del norte. No sé si escogemos nuestro camino o si somos, más o menos, arrastrados. Luego conocí a mi exesposa. Montamos un negocio de turismo amable. Vivimos sosegados, alejados del ritmo infernal de las capitales. Había semanas en las que nos dedicábamos a preparar la temporada de turismo. Eran semanas tranquilas. La primavera iba en aumento. El tiempo se iba haciendo amable. El deshielo se cuela en el ánimo. Se podría decir que el alma va cogiendo calor.

No sé a qué tengo apego. Seguramente a mirar la forma de las montañas, a ver el ritmo de la naturaleza. No tengo apego excesivo a mí mismo. Soy, sin ser yo, algo que he elegido. Acepto esta forma como la roca acepta la suya, como el árbol va creciendo, como el césped aparece, como el agua del riachuelo va hacia abajo. No es poesía: somos formas adaptadas al terreno. Algo así debo de ser yo.

Fui padre. Hace dos años nació mi hijo. Se parece a ella. Decidimos cambiar de lugar para vivir. Nos acercamos a donde mi familia estaba más accesible. Cuando un hijo nace descubres la tribu. No somos islas. Nos instalamos en un pueblo de la montaña. Cuando el niño cumplió dos años, hace diez días, ella me dijo que era mejor separarnos. Cuando dos se separan se intenta explicar, pero lo cierto es que es bastante inexplicable. Lo que sucede es ajeno a las palabras, o las palabras no lo delimitan. Por eso siempre son confusas las rupturas. Lo que se dice, en realidad, no expresa nada.

El décimo día subí al pico. Desde arriba se veía la extensión gigantesca de la región avanzando hacia el sur. Las nubes cambiando de forma. La nieve detenida en las laderas. Las formas que lentamente se van transformando, ajenas a nuestros ojos. Anoté esto en esta hoja. No sé si lo volveré a leer.

miércoles, febrero 11, 2026

Miércoles de ceniza

Miércoles de ceniza

El día que probé por primera vez la marihuana, un miércoles de ceniza de un carnaval lejano, fue también una de las noches más extrañas de mi vida. Y aunque podría parecerlo, no fueron los efectos de ese primer porro lo que me hizo percibir aquella noche como algo anómalo, inconexo y con momentos que parecían suceder de manera no coherente.

Yo había viajado al centro oeste del país invitado por uno de mis amigos del momento. Era carnaval y él se vanagloriaba de que las fiestas en su ciudad eran memorables. “Tienes que venir. Es todo locura”. Y durante el mes previo estuvimos organizando el viaje. Me hospedaría en su casa. Sus padres estarían encantados de acogerme esos días. Para ellos el carnaval era una fiesta de orgullo. Unos días perfectos para que la pequeña ciudad del interior del país fuera más conocida y popular. De esa ciudad era también A, con quien los meses antes había tenido un conato de noviazgo, pero que a los pocos días, y tras besarnos por primera vez, me dijo que ella tenía novia, que vivía en esa ciudad, y que era arriesgado dejarlo. Desde entonces estaba sumido en una especie de desamor. A mí A me gustaba mucho, pero el fracaso me había dejado en un estado de nostalgia acentuado. La posibilidad de que ella estuviera también en los carnavales me inquietaba y me emocionaba a partes iguales, pero en ningún caso fue decisivo en mi decisión de ir. Simplemente era un asunto que merodeaba en el fondo de las sensaciones.

El viernes por la tarde la hermana mayor de R y su mejor amiga nos recogieron en la residencia estudiantil de mi amigo. Ellas eran mayores, acababan de terminar la universidad y habían empezado trabajos relacionados con el marketing de empresas. El viaje no era muy largo; en tres horas estaríamos entrando en la ciudad.

El viaje fue hermoso. No sé por qué, pero lo fue. Atravesamos una zona de la sabana a oscuras; el cielo brillaba solemne. Esas noches del interior en que el cielo parece una explosión detenida, algo parecido a lo que debe de ser el universo. Una explosión que sucede en una lentísima imagen que apenas se va transformando. Las estrellas eran la única luz; la carretera prácticamente no tiene tráfico por esa zona del país y la noche reverbera. En el coche hablábamos de estudios, de amigos, de música y de carreteras, de otras carreteras. La amiga de la hermana había vivido el año anterior en Estados Unidos; parecía pertenecer a una familia adinerada y nos hablaba de las carreteras de noche que atravesó. “Es distinto. No sé por qué, pero es distinto”. Luego nos quedamos callados; luego me preguntaron por qué habíamos ido a vivir a ese país. Contestaba torpe, porque es una pregunta que siempre he contestado torpe; porque en el fondo ninguno de nosotros —y con nosotros me refiero a mi madre y mis hermanos— supimos nunca por qué fuimos a parar allí. R, mi amigo, se había quedado dormido y yo hablaba con las chicas mientras la carretera avanzaba hacia esa ciudad perdida.

Las ciudades de ese país son curiosas en su urbanismo. Tienen similitudes con el de Estados Unidos, pero abrazadas por formas poco definidas. Son ciudades construidas sin un orden concreto. Son avances, avances indefinidos, avances individuales que se juntan a otros avances individuales; luego hay urbanizaciones abiertas, manzanas de casas unifamiliares, de construcciones poco costosas habitadas por el fragmento ahogado de las clases medias. Allí vivía la familia de R. La llegada fue amable y reconfortante. La familia de R era divertida, muy hospitalaria y acogedora. Me sentí cómodo.

En la lista de lugares donde he pasado calor siempre la nombro entre las tres primeras. El calor no mengua, ni siquiera de noche. El calor, como todos los calores, como el calor de cada parte, tiene sus peculiaridades. El calor allí es una forma de apisonadora, como todo calor extremo, pero aísla, separa. Le da a la zona la sensación de lugar lejano, alejado de algo, de no se sabe qué, pero alejado quizás del resto del mundo. Como si el calor fuera un muro y el lugar entonces parece que no existe o que sucede en otra dimensión. El calor es allí una especie de viaje espacial.

Fui a fiestas confusas, me relacioné con gente triste y gente sin mucho rumbo existencial. Conocí a un tipo al que llamaban Pajarito, que vivía solo desde los 16 años. Su padre había desaparecido y su madre había muerto. La segunda madrugada vi un accidente: un auto había sido aplastado por un autobús. Los pasajeros lloraban en el arcén bajo los síntomas de un ataque de ansiedad colectivo; la policía hacía esfuerzos por sacar el cadáver del conductor. Estábamos a las afueras de la pequeña ciudad. Cuando vi el cadáver salir sentí que no estaba siendo el mejor viaje de mi vida. Fui a una casa con piscina la tarde de más calor. Cuando me estaba bañando, pensando en el cadáver, flotando en la piscina mientras un grupo de gente hablaba de chismorreos de gente en común, vi entrar a A con su novio; alguien les había invitado, ella no sabía que yo estaba. Me saludó como se saluda a la gente con la que vas a compartir un rato en una sala de espera. Me presentaron a su novio: un tipo de casi dos metros, de cuerpo espectacular. Buceé hasta quedarme sin respiración, salí a la superficie y pensé en lo absurdo de ese calor y de estar en esa ciudad. Fui a otras fiestas. Hablé con una chica alemana que estaba haciendo un año de intercambio allí. En un español divertido me dijo: “No sé qué carajo he venido a hacer aquí; esta ciudad no existe”. Nos besamos cuando empezó a llover. A veces, hoy en día, treinta años después, me pregunto qué será de su vida.

Di un paseo solo en bicicleta la penúltima mañana. Terminé en una urbanización donde no había nadie; estaba deshabitada. La última noche R me dijo:

—¿Has probado la marihuana alguna vez?

Nunca la había probado. Fuimos al centro. En el centro había comparsas, pasacalles, puestos de bebida y comida y un ambiente masivo de gente disfrazada. Cruzamos varias calles atravesando masas de gente. Nos desviamos hacia una calle donde estaban los edificios más altos de la ciudad, que no eran edificios altos: tres pisos. R abrió un portal. Subimos unas escaleras de un edificio en estado precario. En el último piso R tocó la puerta; nos abrió un tipo sin camisa, con el pelo largo y con los ojos completamente rojos. El intercambio fue rápido. Todo parecía inconexo. Volvimos al barullo de la última noche de carnaval. Atravesamos el bullicio. R estaba nervioso. La tenencia de marihuana en aquel país era motivo de cárcel. Cuando estábamos camino de una zona tranquila y sin gente, nos cruzamos con P, otro amigo de la universidad, que iba acompañado de otro amigo y su novia americana. En una conversación que no entendí cómo se sucedió, se decidió irnos de noche a uno de los dos ríos que bordeaban la pequeña ciudad a bañarnos. Nos montamos los cinco en el coche del amigo de P. Su amigo y su novia iban delante; P, R y yo detrás. R le enseñó la marihuana a P. Hicieron gestos para no ser vistos por el amigo de P, que se llamaba J.

Llegamos al río. J aparcó muy cerca de la orilla. Bajamos. La americana se presentó. Me dijo que se llamaba Lizbeth. La oscuridad era profunda, pero nos distinguíamos los unos a los otros con facilidad. R me dijo que fuera avanzando hacia el río, que él se quedaría liando el porro. Me metí en el agua desnudo. Todo el mundo se desvistió. El agua no cubría, así que nos sentamos para que nos llegara hasta el cuello. R apareció y me hizo señas para que fuera hasta el coche. Allí estaba el porro. Fui desnudo. Lo vi en el maletero, que estaba abierto; al lado, el mechero. Me di con fuerza varios tiros y me dio tos. Creo que logré no ser escuchado. Volví al agua con todos.

Hablaban de Dios. J era muy creyente. P y R le escuchaban. Lizbeth miraba hacia la luna. Yo miraba a R para ver si notaba efectos. Era mi primera incursión, pero no lograba notar nada especial. R, P y J seguían hablando del cielo, de la existencia, de estrellas, de apariciones. En ese momento noté un pie que subía por mi pierna. Miré a todos como buscando explicación, pero todos parecían ajenos. Pensé en un pez, lancé la mano, pero toqué un pie: era el de Lizbeth, que ascendía hasta mi entrepierna. Me puse nervioso. Pensé si eso era un efecto de la droga, pero no. No notaba nada; lo único que notaba era el frío que se me estaba metiendo en el cuerpo y el pie de Lizbeth que quería tocarme.

En ese momento dije:

—Creo que voy a salir, tengo frío.

Nadie me hace caso, salvo Lizbeth, que me mira sonriendo, pero es una sonrisa extraña. Sonríe, pero no aquí, sino en otro lado. Está sonriendo en Atlanta, o a mí me da la sensación de que esa sonrisa sucede en Atlanta. La luz de la noche, o la luz de la luna, que es la luz de la noche, parece ser más potente, tiene más intensidad. Camino hasta el auto. Me seco con una toalla que veo en el maletero abierto y me empiezo a vestir.

En ese momento aparece Lizbeth y se me lanza encima. Me besa, me toca todo el cuerpo y se sube encima de mí. Tengo ganas de gritar. Oigo al novio de fondo, oigo a R y oigo unos gritos, una masa de voces humanas que vienen desde lo más profundo del monte. La vegetación en ese punto es frondosa, bestial. Lizbeth se separa, mira hacia la oscuridad y dice en un español torpe:

—¿Qué coño es eso?

En seguida aparecen J, P y R. Estamos todos desnudos, menos Lizbeth, que era la única que tenía traje de baño. Lizbeth desaparece dentro del coche. R está muy enfadado.

—Vámonos para el carajo. Vámonos ya mismo de aquí.

Le miro como esperando que me diga algo. Por unos segundos pienso que me van a matar. Pienso durante unos segundos en explicar que yo no he hecho nada, que ha sido la americana la que se ha lanzado encima de mí. El novio no habla. Nos subimos todos al coche, pero nadie habla. El coche va entrando en la ciudad. Vemos grupos de borrachos esparcidos. R dice:

—Déjanos aquí.

Estamos en medio de una avenida mal iluminada. Veo el coche irse con P, J y la americana. R me dice que ese tipo está loco. Que cuando estaban en el agua hablando de Dios le ha empezado a tocar bajo el agua y a acosar. Entonces miro la avenida. El auto ya no se ve y pienso que, aunque no sienta los efectos de la marihuana, todo ha sucedido de una manera poco sólida. No le digo nada a R, no en ese momento. Le pregunto por los ruidos en el monte, esas voces brutales, esos gritos lejanos.

—¿Qué gritos?

Me quedo callado. Me miro las manos. Hay un destello en mi piel. Quizá todo esa noche fue irreal. No lo sé. Eso es todo lo que recuerdo.

jueves, febrero 05, 2026

Reencuentro

Hacía 25 años que no nos veíamos. Habíamos cruzado algún mensaje breve en los inicios de las redes sociales, pero durante años no supe nada de ella. Cuando me entró el mensaje en el teléfono, de un número desconocido, no me podía imaginar que se trataba de ella. Informaba brevemente, saludaba y preguntaba qué tal iba todo. Remataba con:

“Estoy pasando unos días en tu ciudad. Me pasó tu número Gustavo. Me gustaría verte”.

Me quedé unos segundos desconcertado. Veinticinco años son muchos años, son vidas, un cuarto de siglo. Cambian las estéticas, las ideologías, las tendencias sociológicas y de urbanismo, las influencias internacionales, el orden geopolítico, la presencia de lo digital en nuestra existencia y también, claro, tu biografía.

Me despedí de ella el día que me iba de aquel país. Aún en aquel momento, todavía afectado por el casi año desde que me había dejado, me vi capaz de acercarme a su casa para decirle adiós. Me abrió su madre, que aún me detestaba. Nos despedimos brevemente. Y al girarme pensé que era posible que nunca más la volviera a ver. De hecho, veinticinco años después no la había vuelto a ver. Entonces le contesté:

—Sí, claro. Me encantaría saludarte. ¿Hasta cuándo estás?

No sabía si quería verla, no por nada. La curiosidad estaba, pero también la pereza. Éramos postadolescentes cuando fuimos novios; ahora éramos señores mayores. ¿De qué hablaría con ella si ya entonces tampoco teníamos tanto en común? Éramos distintos. Fue un noviazgo de supervivencia. Nos queríamos en el no sentirnos islas y en una extraña forma de cariño. Pero éramos profundamente distintos, algo que ella vio antes que yo.

Contestó enseguida. ¿Te parece bien mañana? Luego pasamos a mensajes de concreción. Vivo por aquí. Mi hotel está aquí. Ah, pues yo vivo cerca. Pues quedamos en el café de debajo, en la esquina de la plaza. Perfecto, a las 10 a. m. estaré allí.

El resto del día lo pasé extraño. No sabía qué podía sacar de ese encuentro. Había curiosidad. ¿Cómo estaría ahora? ¿A qué se dedicaría? ¿Qué había venido a hacer aquí? Pero también pensaba que, pasados los minutos iniciales, la conversación sería permanentemente forzada, buscando que pasara el tiempo suficiente para encontrar una excusa para despedirnos: Muy bien, seguimos en contacto. Un gusto verte. Hasta pronto.

Cuando vas a encontrarte con alguien de una época pasada hay un mecanismo en la memoria que se activa. Vas recordando escenas e incluso acuden recuerdos que no tenías muy presentes. Lo que yo recordaba de ella solía ser abstracto. Escenas inconcretas, imágenes difusas de paseos por aquella ciudad lejana. Una sensación brumosa más que cosas concretas.

Fuimos novios en una época en la que mi vida no tenía sentido. Podría decirlo de otro modo, pero básicamente era eso: mi vida no tenía sentido. Recordé un viaje a la playa con una tía suya, la tía joven. Su tía y el novio de su tía nos llevaron a la playa. Lo pasamos bien. Nos bañamos. A la vuelta me quedé dormido en el coche. No sé por qué recordaba eso.

Recordé un día que la fui a buscar a una clínica donde trabajó un verano de telefonista. Una tarde que la esperé en la acera de enfrente para que la dueña de la clínica, amiga de su madre, no me viera. Vivimos casi en una forma de clandestinidad. Su madre no quería que fuera su novio. No sé muy bien por qué, pero sentía por mí un rechazo profundo.

Recordé una noche que ella me llamó llorando porque había soñado con algo religioso y muy extraño. Cada día que estábamos juntos ella era más creyente y yo más ateo. Fueron dos años extraños, pero es que mi vida era extraña en esa época. Hay un hoy, veinticinco años después, y bajo la perspectiva y capacidad de análisis que da el tiempo y la edad, me siguen resultando años extraños.

Al día siguiente me desperté incómodo. Le había comunicado a mi pareja el encuentro. Incluso hubo risas en casa. Por alguna razón inexplicable para mí, el encuentro no me generaba especial fascinación y ni siquiera en el humor de esa mañana sentí relajo. En general hay encuentros con el pasado que sí me producen intriga y curiosidad y, cuando se acercan, siento la emoción del encuentro; pero en casos muy puntuales se produce una forma de incomodidad, casi de rechazo. No es una elección racional, es como si eligiera el cuerpo con quién se quiere encontrar.

Caminé hasta el café. El hotel de ella estaba realmente cerca de mi casa. Llegué unos minutos antes de la cita. Me gustaba la idea de estar ya en el sitio cuando ella entrara; me daba cierta ventaja de observación, de anticipación. Me senté en una mesa desde donde veía toda la acera y la entrada de su hotel. Pedí un café y actué distraídamente.

El reloj avanzaba y ella no aparecía. Una forma de desconcierto y más incomodidad iba aumentando. Algunos minutos después la vi salir del hotel. El cuerpo responde a su antojo. Una forma de palpitación en la garganta se hizo notable. El análisis veloz. La cabeza actúa a una velocidad de vértigo.

“Está sorprendentemente igual. Como si se hubiera detenido el tiempo. Yo estoy peor, mucho más acorde a los años pasados. Ella parece que no hubiera avanzado el tiempo. No recordaba que caminara así”.

Son segundos donde tu mente realiza aproximadamente doscientos análisis por segundo. Su forma de avanzar te evoca otra imagen del pasado, verla avanzar por otro lugar no concreto. Te planteas qué tono de voz poner, qué emoción mostrar. Ser eufórico, ser contenido, ser dulce. ¿Quién soy? ¿Quién eres de todas esas posibles máscaras? ¿Cuál es la de verdad? ¿Cuál es la emoción real?

Abre la puerta de la cafetería, chequea el interior y me reconoce. Hay gestos detrás de los gestos. En su gesto al verme hay también doscientos análisis por segundo. Los que nos ven, nos ven mejor que nos vemos nosotros. Ven las cosas que a nosotros nos ha costado veinticinco años vivir. Ven los veinticinco años en una mirada.

También yo veo sus veinticinco años en los segundos que tarda en alcanzar la mesa. Me he puesto de pie. Nos hemos abrazado con ternura. Había olvidado que era una persona buena. No sé cómo se define la bondad, en qué se delimita, pero es una buena persona la persona que abrazo. Hay una ternura recuperada en segundos. El abrazo es cálido y honesto. El cuerpo ha decidido ya en qué sensación vivir ese instante. No eres tú quien decide. Son unos mecanismos orgánicos, ajenos a tu conciencia, quienes están trabajando en la percepción de la realidad.

—Es increíble el tiempo —dice ella.

Es una frase simple, pero qué condensa la sensación. La forma de acordeón del tiempo. Se encoge y, de repente, aquella fecha en la que me despedí en la puerta de su casa, el día antes de abandonar aquel país, parece que ha sucedido diez segundos antes. Se comprimen veinticinco años en segundos.

—Qué bueno verte —digo.

La frase es brutalmente honesta. De repente me parece hermoso verla. No por un tema romántico, pero estuve dos años compartiendo intimidad con esa persona. Algo en mis órganos vitales la reconoce y agradece. ¿Olerla? ¿Verla? No sé. La biología tiene sus ritmos.

La conversación es fluida. Salen algunos recuerdos. Recuerdos que yo no recuerdo, recuerdos que ambos recordamos, recuerdos que yo solo recuerdo. Nos contamos por encima algunas cosas de estos veinticinco años. Mi familia, su familia, mis hijas, sus hijas, que son mucho mayores que las mías. Qué joven fuiste madre, ¿no? Intuyo que aún es más creyente que cuando éramos jóvenes. Con frecuencia nombra a Dios.

Entonces, en un momento inesperado, cambia el tono. Hay una forma de seriedad nueva.

—Hace muchos años que quiero hablar contigo.

Los mecanismos de acción de mi cuerpo cambian de estatus. Una forma de alerta me sacude desde el estómago hasta el pecho. Saca un cuaderno. Veo mi letra. Son cartas que le escribí y que no recordaba. Hay frases subrayadas. No me las deja leer. Retiene el cuaderno entre sus manos.

Me habla de un grupo de personas que están buscando la verdad sobre Dios. Los años que vivió en Miami entró en contacto con un mentor, una persona que conoce lo que nos está siendo oculto. Yo pensé en sectas; ella hablaba de verdades. A ratos perdía el hilo de lo que decía porque no entendía qué hacía mi letra, mis cartas, en su cuaderno. Qué pintaban mis frases de adolescente enamorado en todo esto.

—Quiero que veas algo. ¿Puedes acompañarme a mi habitación? No te asustes. Lo que buscamos es la verdad. Tú eres parte de ese camino.

Estoy a punto de negarme, pero también hay una fascinación ante el camino que ha tomado el reencuentro. La curiosidad me pide saber dónde va a parar todo esto. Le digo que no entiendo muy bien qué me quiere decir, hacia dónde va todo este discurso.

—Si me acompañas, lo entenderás.

A partir de ahí todo sucede como en fotogramas congelados. Pagamos. Salimos. Entramos al hotel. Subimos a su habitación. Entramos. Hay un altar con una virgen y una vela encendida. Ella saca el cuaderno. Me mira.

—Creemos que eres parte de la sanación. Tus cartas revelan una fricción entre el otro mundo y este. Eres tú quien debe abrirla.

Qué debo abrir. No entiendo nada. Ella se pone de rodillas ante el altar. Reza. Me mira. Me pide que escriba mi nombre. Me pide que le escriba al gran señor. Que le suplique en frases, con mi letra, que abra la gran puerta. Debemos salvar el mundo.

Hay momentos en la vida en los que se siente el absurdo. El absurdo en su dimensión total. La vida carente de orden y sentido. Pero arrastrado por la incomprensión empiezo a escribir lo que ella me dicta. Pongo la hoja con mi letra frente al altar. Ella me abraza. Me dice que está profundamente agradecida. Que probablemente ahora no comprenda nada, pero que hemos hecho todo para salvar al ser humano de sí mismo.

—Entiendo que ahora te quieras ir.

Salgo de la habitación. Salgo a la calle. Veo mi ciudad. Camino por la acera hasta casa. Ese día debo mandar un trabajo antes de mediodía. Entro en casa. Me miro en el espejo. Me vuelvo a duchar. No sé por qué, pero me vuelvo a duchar. En el vaho que se ha formado en el espejo escribo, como si ella aún me estuviera dictando:

ABRE LA PUERTA. EL MUNDO AGONIZA.

Entiendo, claro, que se abrió. Que los que quedamos aquí somos los últimos habitantes en la Tierra. El mundo, hace rato que se acabó. Lo que hoy vivimos son los despojos después del fin del mundo.

martes, febrero 03, 2026

Jueves Santo en el Caribe

 El miércoles santo la ciudad se había quedado completamente vacía. Era un vacío molesto, agudo, que te recordaba algo que no sabías descifrar del todo. Nosotros vivíamos en un conjunto residencial formado por dos edificios que recordaban un poco a esos edificios de playa, con un parking desmesurado y una zona ajardinada algo salvaje que iba cayendo hacia el valle. Abajo, en los confines de nuestro territorio, una valla, cada vez más deteriorada, nos separaba de un monte frondoso. Allí estaba la cancha donde jugábamos los mejores partidos de fútbol que he jugado en mi vida.

El miércoles santo no completábamos de ninguna manera el cinco contra cinco. Albertito, su hermano, mi hermano y yo jugamos un partido, más bien tedioso, contra un equipo mediocre del edificio de al lado: El Mirador. Cuando íbamos siete a uno, ellos se entregaron y se fueron. Descubrimos, ahora sí, que nos habíamos quedado definitivamente solos en la ciudad. El hermano de Albertito, que era tímido y ausente, nos miró y dijo que se iba a su casa. Entonces el trío, mirando al valle y al monte frondoso, creo que sentimos al unísono una forma extraña de soledad, una forma de agujero que nos contenía dentro. Albertito hablaba con mi hermano mientras yo pensaba en C, que se había ido con unas primas a la playa. C y yo ya casi no hablábamos, pero la había visto salir con una mochila pequeña y una sonrisa exuberante: fue la puntilla para sentir que el mundo se vaciaba y nosotros nos habíamos quedado ahí anclados, como si fuéramos los últimos habitantes de la tierra. Yo no atendía a la conversación de los otros dos, no sé muy bien a qué atendía. Miraba el valle, miraba las luces del edificio que no se encendían y pensaba en opciones para que los cuatro días que quedaban por delante de vacaciones no resultaran una pesadilla o un tormento insoportable. ¿En qué momento las vacaciones se habían vuelto algo molesto? ¿Qué había pasado? Fue en ese momento, creo, cuando volví a la conversación de Albertito y mi hermano:

—Podemos agarrar un autobús de medianoche y nos ahorramos una estancia.

En esos minutos que yo había estado ausente ellos habían planificado una huida a la playa.

El asunto era sencillo: ninguno teníamos casi dinero para afrontar tres noches fuera, ni para hospedaje, ni para comida, ni, por supuesto, para bebida. Albertito creía que en el terminal salían algunos buses a la playa. “De esos piratas, que no son de línea”. El transporte era un caos, como todo el país, como toda nuestra vida. Una vez en Chichiriviche pediríamos que en alguna de las embarcaciones alguien nos diera un empujón hasta Cayo Sombrero. En Cayo Sombrero Albertito sabía que estaba buena parte de la gente de su colegio. Podríamos acampar. En cuanto a la comida, unos cuantos panes y algunas latas de atún nos darían para sobrevivir los cuatro días. No iban a ser las vacaciones más lujosas de la historia de la humanidad, ni siquiera de nuestra historia, pero cualquier forma de huida hacia adelante parecía darle a nuestra existencia algún tipo de sentido en medio de aquella ciudad agónica.

Albertito era un tipo indescifrable. A ratos parecía un chico de clase alta venido a menos; a ratos, un tipo con preocupantes problemas de comportamiento. En realidad, creo que lo que sucedía con Albertito es que venía de una familia desestructurada, con un historial complejo y ciertos toques de misterio. La madre casi nunca estaba en casa; del padre no se sabía nada. Los dos hermanos, Albertito, 16, y su hermano, 14, pasaban el día solos. Probablemente hubo en los principios de su vida una forma de privilegio más o menos acentuado que se fue viniendo abajo por motivos que jamás descubrimos. Alberto tenía una relación algo violenta con su hermano, que parecía sumido en una especie de letargo hipnótico. Si Alberto había optado por huir hacia delante con frenesí, su hermano había optado por una especie de táctica del caracol. Se encerraba sobre sí mismo.

El plan se trazó de una manera confusa, excesivamente rápida, pero eficaz y concisa. Subimos a casa. Sacamos de un armario que hacía las funciones de almacén una vieja tienda de campaña y comunicamos a mi madre nuestro plan de vacaciones. Yo tenía 16 años, pero los 19 de mi hermano validaban nuestro plan. Mi madre no se negó. No nos dio dinero o nos dio algo insignificante. Guardamos en una mochila unos bañadores y un par de toallas. Media hora después nos habíamos juntado con Albertito. Subimos en ruta hasta el terminal. Atravesamos la ciudad cuando caía la tarde.

En el autobús volví a pensar en C. Me imaginé a C en la playa, riendo con sus primas, y sentí que mis vacaciones, o eso que habíamos organizado, eran otra forma de soledad. Una forma extraña y peculiar de soledad.

Cuando llegamos al terminal el caos era el habitual, pero con muchísima menos gente. En uno de los pasillos alguien nos informó que ya no había autobuses para la costa, que ya todos se habían ido, que nadie esperaba al miércoles noche o jueves mañana, porque a esas horas ya todo el mundo se había ido. Mi hermano me miró con cierta frustración, pero no perdió el empuje. Siguió indagando y se enteró de que a medianoche unos tipos llevaban a un grupo de trabajadores hacia Chichiriviche. Era gente que iba a trabajar a un evento en la costa. Les sobraban algunos puestos y, por un precio insólitamente barato, nos dejaban viajar. Había que esperar, eso sí, algunas horas.

Albertito decidió que por qué no arrancar la rumba en esa espera. Había una permanente ansiedad en él; parecía que se quería adelantar a la existencia. Iba siempre acelerado. Compró una botella de anís y una de jugo de naranja. Juntó todo en un termo gigante que llevaba en la mochila. Empezamos a beber el cóctel criminal en unos bancos muy deteriorados del terminal. Por los altavoces sonaba una canción de Héctor Lavoe. Pensé que quizá todo eso no estaba sucediendo; luego vi a mi hermano, al que se le cerraban los ojos, y tuve ganas de preguntarle si a él todo eso le parecía real.

Albertito se emborrachó enseguida. Arrastraba la lengua al hablar y se desordenaba existencialmente. Su discurso se deshilachaba y no se sabía muy bien de qué estaba hablando. Empezó a hablar de una muchacha de su colegio que le gustaba:

—Yo creo que estará en la playa. Cuando llegue y la vea me voy a declarar —decía entre eufórico y melancólico.

Albertito era una mezcla emocional tan disparatada como el cóctel absurdo que bebíamos: anís y jugo de naranja.

Mi hermano entonces despertó o volvió del letargo. Había pasado mucho rato desde que habíamos llegado al terminal y Albertito y yo estábamos medio borrachos. Empezamos a hablar con unos tipos que vendían empanadas en una esquina del terminal. Nos dijeron que las salidas el martes y el miércoles habían sido enloquecidas, que hubo mucho caos. Les dimos de nuestro cóctel y ellos nos dieron de fumar. A mí el tabaco me sentaba mal, pero fumé porque estaba borracho y desordenado: Albertito me había pegado su estado.

En algún momento, en esa noche que todo empezaba a desfigurarse, el tipo del autobús nos llamó:

—¡Panas, en media hora salimos!

No recuerdo mucho del viaje. Son dos horas de duración, pero íbamos tan borrachos que parecieron diez. Estuvimos hablando con unas chicas que iban a la costa a trabajar. Se rieron con nosotros y le pedimos música al conductor para bailar con ellas. El baile fue caótico, pero divertido. El vaivén del viejo autobús nos zarandeaba de un lado al otro y a veces los cuerpos caían encima de los que estaban sentados. En la zona delantera iban casi todos dormidos o molestos por nuestro ruido; las chicas con las que pasábamos el rato se reían, sobre todo mirando a Albertito, que había entrado en una forma de caos y delirio. Creo que nos quedamos dormidos, o eso es lo que recuerdo. Creo que llegamos antes del amanecer a la costa y el autobús nos dejó a las afueras de Chichiriviche, en la carretera de entrada.

Bajamos del autobús completamente beodos. El cóctel mortal nos había dejado en estado de confusión. Los trabajadores se fueron caminando en dirección contraria a la costa, las muchachas se despidieron sin mucha emoción de nosotros y el autobús, una vez descargados los viajeros, se perdió por donde había entrado. Nos quedamos parados en medio de la carretera sin saber muy bien qué hacer. La tienda de campaña era incómoda de llevar y aún era de noche. Fue mi hermano, pragmático, el que dijo que empezáramos a caminar. Avanzamos torpes, haciendo turnos con el bulto de la tienda, que era pesado y molesto. Pasaban autos esporádicamente, gente que probablemente venía de fiestas o de lugares divertidos. La carretera era oscura y avanzaba recta. Olía a humedad y al Caribe. No podría definir el olor al Caribe, pero tiene un olor propio, muy potente y único.

Al rato empezaron a aparecer las primeras construcciones a nuestra izquierda. A lo lejos escuchamos una fiesta, un grupo de gente que llegaba al amanecer. La Semana Santa se anunciaba lejos del misticismo y cerca del hedonismo. Mucho rato después, cansado del alcohol malo, del viaje incómodo y de la noche despiertos, sentí un profundo agotamiento. Lo comuniqué y fui comprendido. Nos sentamos a un lado del camino. Apoyamos las cabezas en las mochilas y el bulto de la tienda de campaña y nos quedamos dormidos. No sé cuánto rato. Cuando el sol ya estaba arriba fui el primero en abrir los ojos. Estábamos en la entrada a Chichiriviche. Pasaban autos hacia la costa; algunos nos miraban como se mira un paisaje árido.

Desperté a mi hermano y nos miramos desconcertados. Él llevaba una época ausente, lejano, y el viaje potenciaba esa sensación de no estar. Volví a pensar en C, porque C representaba todo lo que a mí no me estaba sucediendo. Me la imaginaba despertando a esa hora, en algún lugar amable, un buen desayuno, un plan divertido para ese jueves santo. Un auto de buena marca que la llevaría hasta alguna playa donde todo estaría bien organizado y ordenado.

Nos pusimos en pie y avanzamos hasta la primera tienda de alimentos. Miramos precios, calculamos presupuesto y llenamos las bolsas de pan industrial, mortadela y atún, tres botellas de anís y dos paquetes de cigarros. El lujo y el confort eran una utopía en ese trío infame que avanzaba con resaca por la calle principal de Chichiriviche.

Cuando el sol estaba ya en su máximo esplendor habíamos llegado a la zona de los embarcaderos. Había mucha gente intentando saltarse el turno y el orden que nadie había establecido. Los lancheros buscaban clientes que quisieran ir hasta los cayos más lejanos; les aseguraba más plata. Vimos una familia joven con un bebé que buscaban lancha para Cayo Sombrero. Albertito los abordó. En un resquicio de su época de privilegio sacó un discurso y una amabilidad digna de elogio y consiguió seducirlos para que nos dejaran montarnos en la lancha gratuitamente. El lanchero protestó, pero al final le pudo el dinero asegurado y allí emprendimos la travesía.

Esos viajes en lancha los había realizado y los volvería a realizar varias veces en mi vida. No son el paradigma de la precaución. Los lancheros están habituados al suave oleaje y le entran de frente. Lo que les conviene es ir y volver lo más rápido posible para sacar rendimiento a los cuatro días de Semana Santa. La velocidad era delirante; los saltos de la lancha emulaban una montaña rusa de un parque de atracciones fuera de la legalidad. A mitad del trayecto mi estómago debía haber perdido su forma original. Intenté vomitar sin ser visto, pero cuando había echado todo el flujo de mi cuerpo vi que Albertito estaba vomitando más que yo. Mi hermano hablaba con el padre de la familia sobre el clima y el movimiento masivo de gente en Semana Santa.

A lo lejos se empezó a ver la forma de Cayo Sombrero y sentí algo parecido a la euforia. Cuando estábamos a cincuenta, quizás treinta, metros de la orilla, Albertito y yo saltamos al agua pensando, en un cálculo totalmente erróneo, que ya estábamos en zona de hacer pie. Entré en las profundidades del Caribe con ropa y zapatos, pero me sentí bien. Estaba de lleno en nuestras vacaciones de Semana Santa. La lancha siguió sin nosotros y llegó hasta el embarcadero. Mi hermano nos miraba desde allí, riendo y haciéndonos gestos.

Buscamos un hueco para acampar en una de las pocas zonas no concurridas del cayo. Era jueves santo y el cayo parecía una romería. Sonaba música por todas partes. Había gente bailando, gente bebiendo, gente jugando, gente nadando, gente tomando el sol. Parecía estar todo el planeta menos C. No vi a C. Mantuve hasta el último momento la esperanza de cruzarme con C, pero nunca sucedió. Las siguientes horas las pasamos deambulando por el cayo. Comimos pan con mortadela y nos abrimos la primera de las tres botellas de anís. No teníamos hielo y muy poca agua.

Recorriendo el cayo terminamos cruzando al otro lado. Allí nos encontramos con medio colegio de Albertito. Un grupo enorme de gente que bebía cerveza y licores menos imprudentes que el nuestro. Albertito nos dijo:

—Aquí beberemos y comeremos bien.

El grupo estaba bien armado: buenas tiendas de campaña, abundante comida y bebida y, sobre todo, agua. Nos mezclamos entre la gente. Había guitarras y Albertito dijo que yo tenía que tocar. Me pusieron en medio de un círculo inmenso de gente. Me carcomía la vergüenza y la timidez, pero fui menguándolas a base de cerveza. Toqué muchas horas. No sé qué toqué, porque nunca he tenido repertorios populares. Supongo que repetí canciones conocidas y éxitos del momento. Toqué Bob Marley y The Cure, Soda Stereo y algún grupo latinoamericano de éxito esporádico. Toqué algo de The Beach Boys y algo de The Beatles. No sé cuánto rato estuve tocando, pero pasé horas sin saber de mi hermano y de Albertito. Comí arepas, ensaladas y ceviche; comí cosas que no recuerdo. Terminé borracho.

Me puse en pie ya entrada la tarde. No conocía a nadie, pero me sentía amigo de todos. Intenté saber de mis compañeros. El trío había sido dinamitado por la euforia y la fiesta. Lo siguiente que vi fue a mi hermano con una chica en medio del agua. Por el movimiento y los gestos pensé que estaban haciendo el amor. Me pareció absurdo y extraño ver a mi hermano haciendo el amor en medio del Caribe, pero pensé que podría estar confundido; de hecho, me agarré a esa posibilidad. Me crucé con Albertito. Estaba hablando con una chica de la capital. Le contaba algo de su hermano, pero a mí me pareció que Albertito mentía.

Empezó a caer la tarde y la luz me pareció hermosa. El ritmo de frenesí y fiesta que había imperado a lo largo y ancho del cayo me pareció que menguaba con la luz, como si se estuviera perdiendo la energía. Me puse a caminar solo por la orilla. Avancé hacia una zona del cayo donde todo era maleza y vegetación y se hacía muy difícil avanzar. Me picaron algunos mosquitos, pero seguí avanzando. No sé en qué momento sentí de nuevo la soledad, el vacío y la desazón. ¿Qué quería hacer con mi vida? ¿Qué era exactamente mi vida? ¿Qué hacía ahí, en medio del Caribe?

La luz naranja del cielo se iba volviendo azul oscuro y negro. Un barco pasaba a lo lejos. Pensé en C. Podría estar C en ese barco, en una vida ordenada y amable. Deshice el camino. Crucé el cayo hasta la otra punta, donde teníamos nuestra carpa. En esa zona del cayo había familias y el ambiente era distinto. A mi lado una familia cenaba con sus hijos; era un ritmo calmado y distinto del otro lado del cayo, donde la gente joven se bañaba en alcohol y locura. Pensé en volver, pero no volví. Me quedé mirando a las familias, las luces de los campings encendidas iluminando las palmeras, el ruido suave de las olas en la orilla. Tuve ganas de llorar, pero no lloré. Es extraña la tristeza.

Mucho rato después volvió mi hermano. Venía borracho, pero aún permanecía en zona de control.

—¿Por qué te has venido?
—No lo sé.
—¿Nos volvemos mañana a casa?
—Sí, ¿no?

Nos acostamos al rato, agotados, rendidos. Albertito nunca volvió.

A la mañana siguiente, temprano, nos despertamos. Comimos atún y pan. Deshicimos la carpa. Yo recorrí el cayo hasta el otro lado para avisar a Albertito. Estaba dormido en la arena. Lo desperté y le dije que mi hermano y yo nos queríamos volver; él contestó que se quedaba con los de su colegio.

Logramos una lancha de vuelta con bastante rapidez. En la lancha no hablamos. Hacía un calor increíble. La belleza del Caribe tiene algo deslumbrante, pero enigmático. A ratos no parece real. La humedad del Caribe es distinta a todas las humedades. Muchas veces he pensado que, de haber un centro del universo, seguramente esté en ese mar.

Al llegar al embarcadero de Chichiriviche el ambiente era suave. Un lanchero nos dijo:

—El pueblo está vacío. Están todos en la playa.

No teníamos idea de cómo volver a casa. No sabíamos horarios de autobuses ni si saldrían en las próximas horas. Atravesamos el pueblo callados. Me sentí agradecido de ir con mi hermano. No hablábamos, pero estoy seguro de que sentíamos lo mismo.

En la calle principal de Chichiriviche, el viernes santo a mediodía, no pasaba nadie. Hacía un calor bestial. Olíamos mal, teníamos el estómago revuelto, no nos quedaba casi dinero, pero sobre todo teníamos una sed atroz. Uno de esos autobuses destartalados y antiguos que hay por todo el país tenía un letrero que ponía: Barquisimeto. Le preguntamos si saldría pronto. Nos dijo que terminaba de comerse la arepa y volvía, pero que no llevaba pasajeros. Le pedimos, por favor, que nos llevara, que le dábamos todo el dinero que teníamos. Cuando le dijimos la cantidad, el tipo se rió con sorna. Pero, en un acto de humanidad inesperado, nos dijo que nos llevaba.

Hicimos el viaje en un autobús vacío. El asiento se despegaba del suelo del autobús. Fue incómodo y caluroso. Entraba brisa por la puerta abierta. El paisaje de la región es frondoso y alucinante. Mi hermano dijo que no aguantaba más, pero que era conveniente no quedarnos dormidos los dos. Le dije que no se preocupara, que no me iba a dormir.

Entramos en la ciudad vacía. El tipo nos dejó en la avenida Venezuela, a un par de kilómetros de casa. No recuerdo más. Recuerdo que la ciudad vacía me parecía un símbolo delgado; no sabía de qué, pero de algo. No creo en señales, pero me parecía ver una. Volví a pensar en C, que a su vez también era un símbolo. Pensé en la tristeza y en la alegría, en los escenarios. Me vino por momentos el color del mar Caribe. Me sentí extraño y alegre. Esa noche dormimos catorce horas.

lunes, febrero 02, 2026

Adriano en el callejón

Adriano en el callejón

—Siempre nos pintan a nosotros como los sórdidos y los depravados. Siempre salimos así en la literatura. Donde sucede el horror y el miedo, la decadencia y la perversión más inútil, que es la que no busca fin, sino saciar lo insaciable. Es bella la literatura, creen, de los oscuros recovecos del dolor y el salvajismo humano en las periferias y en la fragilidad. Pero son los poderosos, con sus vuelos largos en aviones privados, con sus equipos de comunicación y sus círculos de poder, los que están en el lado miserable y turbio de la existencia.

Adriano nos mira encendido, indignado. Adriano lleva una vida sumido en los márgenes de la literatura, “donde no se publica”, dice siempre. En el barrio le llaman el profesor, aunque nunca ha dado clase, pero sí mucha gente le ha escuchado hablar en la taguara del callejón de literatura universal, soliloquios elevados donde analiza autores que en los callejones de alrededor nadie conoce, pero que a todo el mundo seducen con historias que necesitan escuchar.

—A nosotros nos sacan en esas series y en esas películas nominadas a mejor película extranjera, porque les apacigua y se creen que lo han vivido. Pero no es así. Aquí se vive. Pero toda esa masa de pomposos y falsos elegantes que buscan lugares recónditos para traficar con prostitutas menores, redes de poder corrompidas y salvajes, financiadas por dinero oscuro, donde se mezclan economías gubernamentales y fortunas hechas a costa de dolor y de saqueo, ahí es donde está la miseria y la corrupción del ser humano. Aquí se sobrevive y mucho les gusta vernos desde ahí. Los conflictos del dolor y la tragedia en los barrios de Latinoamérica o de periferias de Asia, África y, alguna vez, Europa. Pero ellos son los que andan con el alma echando pus. Ministros gringos adictos a la ketamina y la pedofilia. Senadores y gobernadores rodeados de la más absoluta oscuridad, donde el término libertad se distorsiona y se vuelve perverso. Pero de eso no hacen literatura del margen. Hasta ahí imponen el relato. Qué bello les parece esos jóvenes carcomidos por la violencia de un barrio de México o de Honduras. Cuánta literatura y cinematografía. La poesía del dolor y de la miseria moral está en ellos, por eso miran desde ahí. Aquí se trabaja, aquí se echa pa’lante.

Adriano nos educa y nos hace pedagogía. Cuando Adriano termina de hablar tienes ganas de leer de eso que había: filosofía, poetas desgarrados que han sido aniquilados por su propia existencia, escritores dolorosos que perdieron la vida por escribir, arrasados por el tormento. Pero sobre todo nos habla y nos advierte:

—Que jamás os engañen. La literatura de verdad siempre estará en nuestras manos, ajena a editoriales de renombre y a críticas en periódicos de tirada nacional. Secciones de cultura dominadas por el pensamiento dominante. Se creen libres, pero están abducidos por el peor de los dominios. Todo lo saquean. Eso hacen con la música: el rap, la salsa y hasta el reguetón. Todo lo saquean y lo expropian. Lo mismo que hicieron con las tierras raras y con el petróleo, con los recursos de la tierra. Así hacen también con las músicas y las letras, con la literatura. Todo lo saquean.

Adriano se enciende. A veces no le escuchamos del todo, pero en cierta manera es nuestro farol. Adriano nos da perspectiva del mundo, como si hubiera ido y vuelto y lo hubiera entendido en toda su dimensión, y entendiera que lo que tenemos en el barrio, entre nuestros callejones, es algo que debemos proteger de la mirada obscena y sádica de las esferas de un poder que lentamente se irá comiendo todo.

Un día le pregunté:

—Pero Adriano, ¿tú escribes? ¿Tú haces literatura?

—Claro que sí, Palito, claro que sí. Mi obra, lo que yo escribo, está en un lugar que no podrá ser sobornado ni corrompido, porque no tendrán capacidad de leerlo, jamás lo entenderán. Mi obra está oculta en el único sitio al que no podrán acceder: en la mente. Eso es lo que no pueden traficar, los pensamientos. Y es en el pensamiento, Palito, donde debemos instalar nuestra literatura, nuestra gran obra colectiva: la salvación última del ser humano. No ser ellos es nuestra literatura. Recuérdalo, Palito.

A veces no sabía si le entendía del todo, pero queríamos a Adriano y su pasión, y le hacíamos caso, y había algo en lo que nos decía que nos parecía fundamental y necesario. Una guía para vivir. Protegernos. No sabíamos muy bien de qué, pero protegernos, como en los cuentos infantiles, de un gran monstruo que nos acechaba y nos quería dominar.

—Lo lograremos, Palito. Claro que lo lograremos. Todos los imperios caen. Y este, esta podredumbre moral basada en el hurto y el saqueo, también caerá. Entonces se impondrá la luz. Porque vivimos tiempos oscuros, pero se nos olvida que siempre ha habido luces y que estas perduran. Siempre perduran

jueves, enero 29, 2026

Una noche en el litoral

- A mi me jode que siempre sacan fotos del Caribe para darle la sensación al extranjero de paraíso. Y lo es, pero también contiene el infierno- dice el hombre que acabamos de conocer.


 La humedad es terrible. Tengo la espalda empapada, calor y ganas de irme a dormir, pero en la habitación están Nando y Alejandra cogiendo y tenemos que esperar a que uno de los dos orgasme, los dos o ninguno, pero que por aburrimiento desistan. ¿Quién puede coger con este calor y esta humedad? 


El hombre que acabamos de conocer es vigilante de la posada donde dormimos y está sentado en una silla plástica en la puerta. La puerta mira al malecón. El malecón, finalmente, está vacío y la noche tropical está presente. No sé puede describir la noche tropical en esa zona de la tierra. Es otro tipo de noche. No tiene la misma negritud, no tiene el mismo tempo. Hay algo sobrecogedor en la noche tropical. Más aún en ese pueblo perdido en la costa del Caribe, desperdigado a los pies de una montaña brutal, de una sierra poderosa que bordea el litoral del norte del país. 


- Luego vienen los turistas neohippies y se asustan con la violencia y con los robos y con que les apunten con pistola en una gasolinera en medio de una carretera deteriorada que avanza hacia la costa, pero el Caribe también tiene su infierno. Es el paraíso, hermano, pero tambien es el infierno. 


El tipo mira hacia el mar, hacia donde no se ve nada. El mar por la noche se lo come todo. Es como si el mundo se acabara ahí. Hemos fumado unos porros de marihuana que ha liado el hombre que acabamos de conocer, el vigilante. A mi no me gusta fumar, pero he entrado en un letargo amable. El mundo, más allá de la montaña, me parece una forma de brisa que se mueve y pulula como vapor de agua. Quizá ya no existe.  Estoy a ocho mil kilómetros de casa y mi mundo, si mi mundo es mi dia a dia, me parece un recuerdo lejano, a pesar de que salí de casa hace dos semanas. Creo oir un gemido de Nando y siento pudor o algo no agradable. No me gusta escuchar a Nando coger. El vigilante, el hombre que acabamos de conocer. Sigue con su soliloquio, ha debido de escuchar el gemido de Nando tambien:


- Muchas noches se escucha desde aquí a la gente fornicando- a mi me llama la atención el uso de esa palabra- Nadie coge igual. Es como la música. Nadie toca la guitarra o el piano igual a otro. Coger se parece a tocar música. 


El pueblo está muy lejos de todo. Para llegar hasta ahi atraviesas una montaña con una carretera terrorífica. Seis o siete veces piensas que no llegas vivo a tu destino. Menos en esos autobuses en estado de abandono, que deben de tener treinta o treinta y cinco años en activo. Hay algunas curvas que no entiendes como fisicamente el conductor ha sido capaz de tomarlas sin caer barranco abajo. 


- Los primeros habitantes de este pueblo- nos dice el hombre que acabamos de conocer- pensaban que esto era una isla, que esta tierra no estaba pegada al continente. Eran esclavos del continente africano que hacían tierra en esta costa. Imaginate tú, compadre. No saber si estás en una isla o estás en continente. 


Cada ciertas frases hay unos instantes de silencio. Todos miramos al fondo del mar, como si también nos estuviera absorviendo lentamente. Miro a mis otros dos compañeros, casi les habia olvidado. Peri está casi dormido, tiene la barbilla enterrada en el pecho, se mira los zapatos. Visto desde donde estoy pareciera que está a punto de ponerse a llorar. Bola mira embobado al hombre que acabamos de conocer. Está atrapado por el hipnótico discurso que va modulando. Parece un cuenta cuentos. Se vuelve a escuchar a Nando y esta vez a Alejandra. Esta vez no es pudor o morbo lo que me producen los gemidos. Esta vez es alegría. el orgasmo está cerca; irnos a dormir, entonces, también. 

- ¿Naciste aqui?- Pregunto por alargar la conversación

- No, yo no nací aqui. Yo nací en Las Piedras. Lejos de aquí. Yo vine aquí al salir de la cárcel. 

Peri se acomoda, Bola me mira y yo pierdo la vista en el fondo del mar: estoy seguro que ya está a punto de absorbernos. 

- Maté a dos hombres- y mirándome me dice- y lo volvería a hacer. 

Ahora mi vida y esos ocho mil kilómetros de distancia que me separan, me parecen un lejano sueño. Igual esto es lo que hay cuando despiertas de un sueño demasiado real. 

- ¿Por qué los mataste?

Bola me mira con gesto de reprobación. Casi puedo oir en el aire que me esta diciendo telepáticamente: Tú eres un imbécil. Oigo a Nando, esta a punto de venirse. Ya nos vamos a ir a dormir.

- Tu vives en Europa. Tú no lo puedes entender. Tú no crees en la pena de muerte. Son circunstancias. Compartiria contigo esa moral, pero la vida no me deja practicarla. En mi barrio de Las piedras habia dos chamos que vivían en mi calle. Tenían aterrorízada a toda la calle. El más mayor se contaba que tenía 15 muertos a sus espaldas, el otro, el más pequeño le llamaban El Portento, con 13 años, llevaba 23. A mis hijas las tenían aterrorízadas. No solo a mis hijas, a todos los del callejón. Iban al colegio y se volvían sin parar. Cualquier minuto extra era un peligro con esos por ahí. Un día harto de sus amenazas y de ese terror en el que nos tenían sumidos a los del callejón, fui a enfrentarles. Se puserion tercos y violentos. Yo cargaba la pistola. No duraron un round. Los cuerpos quedaron esparcidos por la calle. Tardaron en venir a recogerlos, lo mismo que tardó la policía en venir a detenerme. Nadie debería pasar un tiempo en la cárcel, menos una cárcel de un pais tropical. Ya te dije que el Caribe es el paraiso, pero tambien es el infierno. 

En ese momento Nando y Alejandra se vinieron casi a la vez. Los gritos se escuchaban por toda la posada. Peri estaba vuelto un ovillo, estoy seguro que estaba aterrorízado. Bola estaba confundido. Su atención se bifurcaba entre la historia del hombre que acabamos de conocer y los sonidos que venían de nuestra alcoba. Nunca lo confesó, pero el Bola siempre estuvo enamorado de Alejandra. El mar, estoy casi seguro, que nos había absorbido, pensé incluso, que el hombre que acabábamos de conocer era la voz del mar. Pensé que igual los esclavos de llegaron aqui, tenían razón. Quizá esto era una isla. No lo sé. De lo que estoy seguro es que sí que estábamos en el paraíso. 

La fiesta de Georgina

Bato me fue a buscar cuando ya era de noche. Había corrido la noticia de una fiesta en el Club Italiano y Bato decía que sabía cómo entrar sin llamar la atención. Existía toda una red paralela de información sobre las grandes fiestas del Colegio Alto, que eran las mejores fiestas de la ciudad. Según Bato, esa fiesta era de una muchacha adinerada, hija de un empresario ligado al partido del Gobernador del Estado, y se decía que habría cantidades descomunales de cerveza y whiskey, canapés desbordantes y los dos mejores DJs de la región. Así que las indicaciones de Bato fueron precisas. Ponte el mejor traje, que parezcas clase alta. Yo solo tenía un traje, y no era especialmente luminoso, pero no me quedaba mal. Mientras me vestía, en casa me preguntaron que dónde iba: a una fiesta de una amiga. Contesté. Cuando Bato me recogió venía excitado. La fiesta prometía ser la mejor fiesta del año en todo el estado. Me puso al tanto de la muchacha que la celebraba. Familia muy adinerada, miembros del Club Italiano, ligados a la política. El padre había salido en el periódico ligado a una red de corrupción, pero nunca se supo a ciencia cierta si aquello era verdad o era un ataque frontal de un grupo de enemigos. La muchacha estudiaba en el Colegio Alto, era altiva y arrogante, pero está buenísima, dijo Bato. Luego, mientras avanzábamos caminando por la Avenida de los Leones a un ritmo endiablado en la marcha, también me fue desgranando el plan de asalto a la fiesta.

—El Club Italiano da a un bosque frondoso por detrás, al lado de un riachuelo que siempre está seco. Ahí hay una puerta pequeña, que da a la piscina. Es la parte más baja y la más fácil para saltar. Una vez dentro hay que bordear la piscina por el lado más oscuro, es la zona más vigilada. Si pasamos eso, estamos dentro.

Yo tenía dieciséis años. Llevaba sumido en un estado parecido a la narcosis el último año. Me sentía desafinado, fuera de foco, y ese tipo de cosas me hacían sentir algo aún más extraño, porque en el fondo me daban igual las fiestas y el Club Italiano; tampoco sentía mucho apego por Bato, que le gustaba vivir en un estado exagerado de frenesí. Pero había veces que no me oponía a lo que iba llegando. Y me dejaba arrastrar hasta el Club Italiano si hacía falta.

Bordeamos el Club Italiano. Entramos por la parte frondosa del bosque de atrás y seguimos el curso del riachuelo seco. Llegamos a la puerta más baja. Primero saltó Bato, luego salté yo. El asalto parecía absurdamente sencillo. Bordeamos la piscina. Al fondo se escuchaba el bullicio y la música de la fiesta. Al fondo del recinto de la piscina se veía la sala donde se estaba celebrando. Un montón de figuras humanas entremezcladas detrás de una cristalera gigante. Nos acomodamos los trajes, nos chequeamos el uno al otro para estar acondicionados y caminamos como si fuéramos invitados. Atravesamos los primeros grupos de gente desperdigados por el jardín que había delante de la sala. La misión parecía que ya estaba casi completada. Entonces Bato me dijo:

—¿Nos tomamos un whiskito?

Y caminamos hasta la zona del bar, donde unos camareros con pajarita servían los tragos. Según empezamos a cruzar la cristalera, una mano se puso sobre mi hombro. Llamé a Bato rápido y se giró.

—¿Quién coño eres, guevón? —me preguntó un tipo trajeado, mayor que nosotros.
—Somos amigos de Georgina —dijo Bato con una seguridad avasallante.
—Mira, mamagüevo, salgan ya mismo de aquí antes de que les caiga a trompadas.

Bato y yo nos miramos, pero había poco margen. El asalto se había frustrado a la primera. Nunca habíamos rebotado de manera tan rápida. No había margen para volver a entrar, no había ningún tipo de posibilidad de intento. Porque el tipo que nos paró dijo ser el hermano de Georgina y que su padre le había encargado específicamente que no entrara ningún mamarrachito de esos que siempre se cuelan.

Salimos a la avenida. Nos vimos allí parados, mirando hacia al frente, donde había un motel donde entraban dos autos destartalados.

—Esos coño e madre van a coger y tú y yo aquí sentados. Somos bien guevones.

En ese momento pasó a nuestro lado Gabo, amigo de Bato. Venía expulsado de la fiesta, frustrado como nosotros y sin saber qué hacer con ese viernes noche por delante. Gabo iba con un amigo, mucho mayor que nosotros. Estaba de visita en la ciudad y Gabo le había prometido la mejor fiesta del año, pero el hermano de Georgina nos tenía a todos ahí sentados, en esa acera inmunda de una avenida de las afueras de la ciudad. El amigo de Gabo tenía la pick-up parada al lado del motel y dijo que por qué no dábamos una vuelta. Y allí fuimos los cuatro.

Yo no había vivido jamás una noche sosegada con Bato. Cada vez que me juntaba con él, siempre se alborotaba el destino. Bato tenía un imán para el frenesí. Gabo y su amigo iban en la parte delantera de la pick-up y Bato y yo en la batea. El amigo de Gabo, que se llamaba Juanlu, arrancó la pick-up y se lanzó avenida hacia arriba como si fuera conductor de Fórmula 1. Bato y yo íbamos dando botes en la batea, como si fuéramos mercancía.

Entonces Gabo se asomó por la ventanilla del copiloto y a gritos nos dijo:

—¡Vámonos pa donde las putas!

Lo de las putas era en la carretera vieja hacia el oeste, detrás del vertedero de la ciudad. Una carretera en un estado de deterioro brutal, llena de boquetes y agujeros. Una vez que atraviesas la urbanización El Llano, un conjunto de edificios que no se terminaron de construir, la carretera sale hacia la zona más árida de la región. Desperdigados a lo largo del recorrido hay dos o tres poblachos inmundos donde no se sabe bien si vive gente. De día el paisaje es árido y desolador y se ven cabras escuálidas desperdigadas ; de noche solo ves una oscuridad absoluta.

Juanlu iba a una velocidad absurda, confiando más de la cuenta en la amortiguación de su pick-up. Atrás, Bato y yo íbamos riéndonos, yo creo que para apaciguar los nervios, porque en cada agujero o boquete salíamos despedidos y parecíamos pelotas golpeadas por un muchacho histérico.

La carretera avanza varios kilómetros entre una forma oscura de nada, cuando de repente ves los dos letreros iluminados al fondo. Lejos de ser atractivo o sugerente, lo que sientes es que estás llegando literalmente al culo del mundo. Juanlu fue reduciendo la velocidad. Hay una hondonada en la carretera y, al terminar de subir, aparecen los dos clubs o bares, uno enfrente al otro. Juanlu giró a la derecha y se detuvo en el terraplén delante de El Avestruz, que tenía mejor fama que el otro, El Cairo.

Bato y yo saltamos de la batea mientras Gabo y Juanlu iban ya avanzando hacia la entrada de El Avestruz. Les alcanzamos y entramos los cuatro juntos.

—Aún es pronto —dijo Gabo, quizá para explicar lo vacío del lugar.

Yo nunca había entrado ahí e iba incómodo porque, además de ser menor, aparentaba posiblemente menos aún. Al fondo, unas tipas sentadas, desganadas, charlaban entre ellas. Un camarero ajeno al mundo limpiaba unos vasos y la música reverberaba hasta hacerla molesta, porque la sala estaba prácticamente vacía. Éramos los primeros clientes de la noche.

Juanlu y Gabo se sentaron en una mesa, pidieron un servicio de ron —botella, refrescos y hielo— y se sentaron con actitud de gánsteres de película, que resultaba algo forzada. Al rato se acercaron las mujeres, sabiendo de antemano que ahí había poco que ganar, pero quizá pensando que mejor charlar con unos muchachos que seguir hablando entre ellas, que ya se sabían de memoria sus vidas.

A mi lado se sentó la más mayor. Era incapaz de calcular su edad. Yo no sabía qué hacer. Ni qué decir. Ella al rato me preguntó, casi sin esperar respuesta, de un modo mecánico:

—¿Y tú, a qué te dedicas?
—Soy filósofo —contesté.

Han pasado treinta y cinco años de aquella noche y aún no sé por qué contesté así. Y ella, desconcertada, me dijo:

—¿Filósofo? ¿Y eso para qué sirve?
—Para pensar —contesté yo.
—Pues vas a volverte loco si piensas mucho.
—¿Tú crees? —pregunté.
—No sirve de nada pensar por pensar. Hay que pensar para usar ese pensamiento, pero pensar solo por pensar no sirve de nada, muchacho. Y eso te acaba volviendo loco.

Entonces me quedé en silencio. Ella me puso la mano encima del pantalón, pero yo ni tenía dinero, ni tenía ganas, ni sabía qué pintaba ahí. Gabo, Bato y Juanlu bebían de la botella de ron a la misma velocidad que habían conducido la pick-up y con los mismos traspiés enloquecidos. A mí me sirvieron un trago que bebí de un sorbo. Estaba desorientado y me sentía mal.

La mujer me miró con ternura.

—Tú no deberías estar aquí.

Se puso de pie y se volvió al fondo a hablar con el camarero detrás de la barra.

Fue justo en ese momento que entró la policía. No entraron con nervio o acelerados; seguramente venían a hacer ronda, parte del recorrido de otra noche de viernes, pero entonces se encontraron con cuatro idiotas, uno de ellos menor de edad. Se acercaron, nos pidieron documentación y nos exigieron que saliéramos fuera. Fuera nos cachearon; a mí y a Juanlu, que era el mayor, nos esposaron. Cuando la cosa se estaba poniendo tensa, porque Bato se puso en modo contestón, el policía calvo me agarró y me subió a la lechera. Entonces fue cuando Juanlu, por primera vez en la noche, pareció un tipo serio. Se acercó al policía y le dijo:

—Es mi sobrino, queríamos estrenarlo. Está muy agüevoniado y lo trajimos pa que las putas, pa estrenar.

El policía sonrió y me miró con tono de complicidad.

—Yo también me estrené en El Avestruz, muchacho.

Luego nos dio una charla sobre lo equivocado de estar ahí. Hoy nos dejaba ir, pero tenían órdenes precisas de no dejar entrar ni a un solo menor donde las putas. Serio y contundente terminó diciendo:

—Váyanse de aquí ahora mismo. Si los veo otra vez esta noche por ahí, la cosa no va a acabar igual.

Nos montamos en la pick-up. El camino de vuelta por esa nada oscura volvió a ser accidentado y frenético. Juanlu desconocía lo que era la prudencia. Al llegar a la ciudad de nuevo se detuvieron en una licorería solitaria que había en la zona deshabitada de la urbanización El Llano. A mí esos edificios sin terminar siempre me habían dado miedo, o más que miedo, una sensación de desolación y tristeza. Una desolación y una tristeza casi cósmica, inabarcable. El vacío y el fracaso, también la violencia. Porque aquellas construcciones paradas, desperdigadas por esa zona árida de la ciudad, eran violentas y tristes, pero sobre todo violentas y desoladoras.

Compraron dos botellas de ron y una caja de cerveza. La caja de cerveza nos la pusieron en la batea a Bato y a mí. Arrancaron otra vez al mismo ritmo de imprudencia que llevaba conduciendo Juanlu toda la noche y avanzó hacia un destino que ni Bato ni yo sabíamos cuál era. Atrás, el viento y los golpes nos tenían aturdidos, pero Bato no paraba de pasarme cervezas.

Media hora después, en un extraño estado de ebriedad y desorientación, me di cuenta de que estábamos por la carretera noreste. Era de noche, no había autos por la autopista, solo la pick-up y el ruido que venía de la música que tenían puesta delante Juanlu y Gabo. Gabo se asomó por la ventanilla y gritó:

—¡Nos vamos pa la playa, mamagüevos!

Entonces sentí una angustia feroz. Si yo no volvía antes del amanecer a casa, me iba a acarrear problemas. Juanlu y Gabo habían decidido viajar hacia la playa sin avisarnos y ya estábamos metidos en carretera. Yo no tenía ninguna capacidad de alterar el plan, pero me imaginaba a mi madre despertándose y dándose cuenta de que yo no estaba en la cama, y sabía que aquello en casa no iba a sentar muy bien.

Miraba hacia la oscuridad, miraba hacia la luna, que estaba creciente, y miraba la forma incomprensible de los árboles en la noche. Pensé que nuestra vida en ese país hacía tiempo que había perdido el sentido. Mi familia, mi casa, mi vida estaban sumidas en un destino en el que no nos correspondía estar. Vivimos durante una década en un lugar en el que nunca estuvimos. Yo estaba en esa pick-up, al lado de Bato, que se había quedado dormido, pero nada de eso en realidad debía ser mi vida. ¿Cómo era posible, pensé en medio de todo eso, que Bato se hubiera quedado dormido en esas condiciones?

Dos horas después, cuando estábamos a media hora de la playa, vi que la pick-up se desviaba por un camino que salía de la carretera. Avanzó por un camino de tierra y entró en la explanada que había delante de un motel. Se detuvo y Bato abrió los ojos.

—¿Dónde estamos, guevón?
—No tengo ni idea.

Cuando el auto terminó de frenar, Gabo nos dijo que Juanlu había cabeceado dos veces y que casi se queda dormido. Que mejor parábamos a dormir en ese motel que matarnos en carretera. Como casi nadie tenía dinero, solo daba para una habitación, en la que entraron a dormir Juanlu y Gabo. Bato se quedó dormido en la batea de la pick-up y yo me quedé de pie en la explanada, mirando la montaña hermosa y verde que teníamos detrás. También me quedé mirando la luz, porque empezaba a amanecer. Luego volví a sentir angustia y desasosiego. Pensé en llamar desde una cabina a casa, pero no sabía explicar la situación. Era sábado de mañana y sabía que mis padres y mi hermano pequeño se irían a una excursión con otra familia.

Amaneció. Bato seguía dormido con el traje. Yo paseaba por delante del motel esperando que en algún momento Gabo o Juanlu salieran y volviéramos a casa. El tiempo pasa lento cuando quieres que pase. El calor era cada vez más intenso. Es exponencial en los amaneceres del trópico. Cada diez minutos se duplica. No dormí, pero me sumí en una forma de sueño. No sé a qué hora salieron de la habitación. Bato ya estaba despierto. Bato había recuperado la energía y entraba de nuevo en frenesí.

—Yo creo que estos dos maricos cogen —me dijo Bato sobre Gabo y Juanlu, que justo salían de la habitación.

Juanlu dijo que nos volvíamos para la ciudad. De repente estaba de muy mal humor. Gabo nos miró con gesto de susto. Bato y yo no entendíamos nada. Si por la noche había conducido imprudente, por el día parecía que quería matarse. La velocidad era extrema, la precaución nula. Yo, más que aturdido, había entrado ya en un estado absoluto de desorientación. Tenía náuseas y ganas de vomitar. La autopista no estaba muy concurrida, porque esa zona del país da la sensación muchas veces de estar deshabitada.

Yo miraba el carril contrario con la esperanza de ver pasar el auto de mi padre, porque ver el auto le daría normalidad a todo. Habrían dado poca importancia al hecho de que yo no estuviera y habrían mantenido su agenda. El sol era cada vez más duro. Era sábado en la Tierra. O algo así pensé.

En la entrada a la ciudad, donde la bifurcación de carreteras, Juanlu se detuvo, asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:

—No entro en la ciudad. Si quieren ir a sus casas, bájense aquí.

Yo salté de la batea al asfalto. Fui el único que bajó. Nadie se despidió. Vi la pick-up perderse dirección sur; se alejaba de nuevo de la ciudad. En esa entrada a la ciudad tarda mucho rato en haber urbanizaciones. Está la zona de los galpones y una parada de autobuses donde casi nunca hay nadie. Vi que no tenía dinero, pero me quedé esperando el Ruta 23. Me llevaría cerca de casa. Tardó casi cincuenta minutos en llegar. Cuando lo vi acercarse levanté la mano. Le pedí al conductor que por favor me llevara, que no tenía dinero, que me habían robado, pero que necesitaba llegar a casa. De mala gana me dejó subir. El autobús iba vacío, salvo una señora con muchas bolsas que me miró con desconfianza.

Atravesamos la ciudad por la avenida nacional. Cincuenta minutos después estaba entrando en casa. Mi madre hablaba por teléfono, mi padre estaba sentado en el sofá. Mi hermano pequeño me miró con cara de miedo. Saludé, pero nadie contestó. Mi madre dijo en el teléfono algo parecido a:

—No se preocupen. Acaba de aparecer.

Estaba hablando con la policía. No hubo discusión, no hubo reprimenda, no hubo ni siquiera palabras. No recuerdo qué hubo. Sé que ese día cambió mi relación familiar para siempre. No sé exactamente en qué, pero cambió para siempre. A día de hoy a veces me pregunto qué hubiera pasado si aquella noche no me hubiera puesto el traje para ir al Club Italiano, a la fiesta de Georgina.


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