Es muy fácil decir que hubo un momento en el que se cruzó una línea. Claro que es fácil decirlo desde allí, desde el lugar desde el que se ve la línea, pero la línea no se ve cuando se cruza. No se ven las fronteras si pasas de un país a otro por las montañas. No se ven las líneas, porque no están dibujadas: son invisibles. Y el gran problema es aprender a verlas. Crucé la línea, pero sería incapaz de decir en qué momento exacto la crucé, porque la línea se coloca después.
¿Cómo conociste a tu mejor amigo? ¿Cómo conociste a tu primer novio? ¿Cuándo conociste a la persona que más quieres? ¿Y a la que más odias? ¿Y a la que más daño te hizo? No puedes prefigurar qué relación se va a establecer cuando conoces a alguien. Hola, qué tal, mucho gusto. Quizá es justo ahí cuando empiezas a cruzar la línea, y no después, donde quiera que sea que decidas ponerla.
Conocí a Pedro en una fiesta de la empresa. Nunca me había cruzado con él, porque el departamento de finanzas no está en mi edificio y porque los de atención estamos siempre sumidos en llamadas y apagando incendios. La empresa celebraba su vigésimo aniversario en el país y habían alquilado el típico lugar de eventos a las afueras de la ciudad. Uno de esos espacios en medio de la nada, con instalaciones amplias y un parking en el que casi cabrían todos los coches de la ciudad.
Yo fui con Marga, porque detesto llegar sola y porque ambas detestamos esos eventos que se suponen agradables y divertidos, pero no lo son. La empresa tiene una plantilla extensa y diversa. Los de atención estában al fondo del amplio salón y Marga y yo nos juntamos con ellos, porque era a los únicos que conocíamos realmente. Es raro ver a tus compañeros arreglados, con ropa de fiesta, más peinados y maquillados de lo habitual. Somos más de una persona: somos esa persona que está en un habitáculo ocho horas al día, pero también somos esa persona que acude a fiestas o que conduce por una autovía, que discute con su pareja o llega tarde a buscar a los niños. La gente con la que trabajas, en general, solo ocupa uno de esos espacios y, cuando entra en otros, te da la sensación de que es realmente y en el sentido amplio: otra persona. Un poco como esa serie extraña, de la que no recuerdo el título, donde la gente olvidaba quién es dentro y quién es fuera del edificio donde trabajaban. El mundo laboral nos divide en dos.
Ahí estaban Lucas, Juan, Maura o Ana, hablando de cosas de las que nunca hablamos. Gente que de repente parecía más alegre o con más vida. Sonaba una música ambiental, versiones bossa nova de canciones populares. Bebimos cerveza y vino y reíamos contando cosas del trabajo que, en el fondo, no eran tan graciosas. La sala se iba llenando de gente y de canapés.
Nunca fumo, pero en ese tipo de eventos me da por salir a fumar. Le dije a Marga que si me invitaba a un cigarrillo y salimos a una terraza que daba a un jardín amplio, iluminado con suaves luces de colores incrustadas entre los árboles. Esa iluminación que, lejos de conseguir el efecto que busca, vuelve los espacios insípidos, casi plásticos. En la terraza, que se había convertido en el lugar de fumadores, había un hombre. Era Pedro. Nos dio fuego, porque Marga no encontraba su mechero, y nos pusimos a hablar. Intercambiamos información: yo soy de Finanzas, nosotras de Atención. ¿Cuánto tiempo lleváis en la empresa? Yo llevo diez años. Es increíble cómo pasa el tiempo. Entré con la idea de un trabajo temporal y ya es el trabajo en el que más tiempo he estado.
Estuvimos un buen rato, mucho más de lo que dura el cigarro. Creo que en la quinta o sexta frase yo ya estaba profundamente atraída por Pedro. Llevaba dos años sin pareja. Llevaba dos años sumida en una especie de melancolía e inapetencia extraña y, de repente, sin aviso previo, algo había girado dentro de mí.
Luego todo cogió una velocidad tremenda. Estuvimos toda la noche hablando, bebimos cerveza, bebimos vino y consumimos cocaína. A las tres de la mañana íbamos en un Uber dándonos besos camino de su casa. A las seis de la mañana habíamos hecho el amor tres veces.
Despertamos ese sábado agotados, pero felices. Nos fuimos a comer a uno de sus restaurantes favoritos. Pasamos la tarde juntos. Volví a dormir en su casa. No sé describirlo sin entrar en las manidas frases de la atracción, pero de repente estaba sintiendo una forma de deseo que nunca había sentido. En mis treinta y cinco años de existencia estaba experimentando un verdadero volcán.
Estuvimos toda la noche haciendo el amor. Había algo casi adictivo. Yo nunca había probado el MDMA y hacer el amor bajo esa forma de química precisa fue lo más parecido al delirio y a la libertad. Había una frontera rota, agradablemente rota, que había saltado por los aires en mi composición química. Era capaz de imaginar las estructuras moleculares de mi cuerpo traspasando una información desconocida, nueva, milagrosa.
Amaneció el domingo. Entraba una luz poderosa y bestial por la ventana del salón de la casa de Pedro. Nos quedamos dormidos en la moqueta. Despertamos a mediodía, agotados, pero con síntomas aún de la euforia. Luego, a última hora de la tarde, nos despedimos. Me fui a casa con miedo a no recuperar esa forma tan desbordada de felicidad.
En casa me miré en el espejo. Estuve un rato mirándome, aceptando que estaba absorbida por una pasión que jamás había experimentado. El lunes, cuando sonó el despertador, fui atropellada por la forma de melancolía más salvaje que había percibido mi cuerpo a lo largo de toda su existencia. Me tomé un café, me duché y, cuando iba camino del metro, vi un mensaje de Pedro: “En breve te veo”. Tuve ganas de llorar: no me estaba pasando solo a mí.
A partir de entonces los fines de semana se suceden como accidentes montañosos. Los sábados y domingos son una explosión sensorial repleta de vibraciones que nunca había experimentado. Pedro me gustaba mucho, pero además producía en mí una especie de llamada nueva, casi como si mi cuerpo se estuviera transformando. Mi vida sentimental hasta Pedro había estado llena de tópicos: algunas relaciones cortas, algunas más o menos estables. Viajes, experiencias compartidas, altibajos. Antes de Pedro había estado con L, mi relación más larga. L me dejó por una compañera de trabajo. Aquello me produjo una especie de apatía emocional. Cuando conocí a Pedro entré en una nueva era. Hasta entonces la relación afectiva y física nunca habían estado tan vinculadas.
Con Pedro y ese juego de la experimentación explosiva descubrí incluso algo de mí que estaba inerte, amortiguado detrás de un millón de capas de mí misma. El amor había roto paredes internas. Definitivamente, estaba siendo otra yo.
Lo cierto es que Pedro tenía todo un protocolo con las drogas cuando llegaba el fin de semana y le gustaba que investigáramos en nuestras percepciones. El deseo, la atracción, entraban en niveles superlativos. Puedo decir que, en cierta forma, me estaba haciendo adicta a todo ese universo sensorial.
A partir de ahí todo se sucede en una forma más o menos común de biografía sentimental. Una pareja que va a más, que pasa de un fin de semana explosivo a una relación cada vez más formal. Su casa, en el centro de la ciudad, era más amplia y mejor que la mía, y además era en propiedad. En algún momento decidí dejar mi alquiler. Me instalé allí. Hacíamos vida en común.
Pedro era una persona exitosa. Su departamento manejaba muy buenos números y era muy valorado. A veces le tocaba viajar y yo le acompañé a algunos de esos viajes. Eran reuniones importantes, no solo para él, sino también para el futuro de la empresa. Entraban en juego contratos y cantidades que afectarían incluso hasta los empleados del ultimo escalón como era yo. Se ponía muy nervioso y, si yo le acompañaba, todo ese ritual sexual y de placer le ayudaba a amortiguar la presión. Alguna vez, incluso, se drogaba antes de ir a esas reuniones de suma presión. Hicimos viajes a Berlín, a París o a Moscú. A Praga, Lisboa o Roma. Habitaciones de hotel donde probablemente haya alcanzado alguna fibra sensorial extrema que probablemente mi cuerpo jamás vuelva a tocar.
Lo cierto es que yo había tenido una relación muy fugaz con las drogas. Las había usado como ocio en algunos momentos muy puntuales de mi vida y no era experta. Pedro, sin embargo, tenía experiencia. Para mi gusto, había veces que dependíamos más de la cuenta de ellas para nuestros ritos eróticos y emocionales, pero por otro lado disfrutábamos el uno del otro, sentíamos y traspasábamos barreras perceptivas muy emocionantes y, en cierta manera, me parecía que había un aprendizaje. Así que tampoco estaba alarmada.
El segundo verano juntos hicimos un viaje a las islas griegas. En las islas fuimos felices y melancólicos. Felices en momentos puntuales, melancólicos en los otros. Pedro se sumió en una especie de angustia existencial. Sentía que el trabajo era muy exigente con su vida y que lo único que le aportaba energía emocional era su relación conmigo y la relación excesiva de nuestros cuerpos. Una tarde estábamos en una cala en Sifnos. La playa se había quedado vacía. Pedro se puso a llorar. Mirábamos la luz del atardecer y lloraba pensando en el destino de la humanidad y en la fortuna de ser hijos del primer mundo. Consumimos MDMA y, con la playa vacía, hicimos el amor. Fue como sentir la isla agitada por un volcán. Yo notaba la arena respirar, notaba el tacto de las rocas, las manos de Pedro sobre mí, y parecía que el mundo estuviera metido en una especie de fuego amable. Sé que fue ahí, justo ahí, donde me quedé embarazada.
El día que vimos el test positivo, a la vuelta de aquel viaje, nos abrazamos y sentimos que nuestra vida cobraba un sentido amplio, inexplicable, inabarcable. Nunca me había sentido tan feliz y menos sola. Porque eso es lo que había sentido siempre: que mi vida, la vida en general, era un avanzar en plena soledad, y de repente esa soledad se había diluido.
Tuve un embarazo amable y un parto doloroso. En el posparto no tuve depresión. Mi hijo, su piel, sus formas, sus manos, su boca, sus sonidos, me producían una felicidad nueva, o quizá la verdadera forma de la felicidad. Sin embargo, Pedro sí cayó en una depresión que, curiosamente, le hizo más adicto al trabajo. Yo dejé de acompañarle a aquellos viajes y, de los viajes, venía cada vez más nervioso y agitado. Con el niño era muy cariñoso, pero perdía los nervios con facilidad. En el trabajo, sin embargo, era cada vez más exitoso, lo que a su vez le producía más tensión, que intentaba diluir con dosis de cocaína. Famoso en su departamento por su facilidad de palabra y capacidad de seducción a clientes e inversores, terminó creyendo que todas sus virtudes dependían de las dosis. Las líneas, esas líneas que no se ven.
También el sexo se alteró. Buscaba sensaciones más extremas. De cierta brusquedad fuimos pasando a cierta violencia. De cierta violencia fuimos pasando a cierta obscenidad. Y no es fácil saber dónde está la línea. Tampoco sabes cómo vas entrando, cómo vas siguiendo y pasando pequeñas franjas que hacen cada vez más difícil el camino de vuelta.
El niño crecía mientras Pedro decrecía. El niño era cada vez más hermoso, mientras Pedro era cada vez más horrible. La vida, tu vida, se va transformando en algo que no eres capaz de identificar, pero tampoco de recomponer, y de repente estás, otra vez —ahora sí— en una soledad más apabullante y terrible.
Las horas saltan por los aires. No hay día ni noche. No sabes en qué momento va a aparecer el monstruo, porque el monstruo ya ha sido devorado, pero además te va a devorar a ti. Es un caníbal, una forma humana irreconocible. Entonces es ahí cuando empiezas a buscar la línea, pero ya no la ves: se ha quedado muy atrás.
Pedro aparece una madrugada con una prostituta en casa. Yo, que creía que era libre, independiente y sólida. Yo, que me había criado atenta y formada. Yo, que había leído y había conversado, que tenía armas y recursos, cultura y orden, sensibilidad y decisión. Yo estaba teniendo sexo con una mujer pagada en medio de mi salón, una madrugada de martes, mi hijo de tres años dormido y yo ahí, aguantando el odio y las ganas de gritar, viendo cómo Pedro consume cocaína y nos mira a las dos mujeres como si fuéramos parte de una escena organizada, parte de una coreografía maldita y dolorosa, mientras ese hombre enfermo nos observa desde un más allá inalcanzable y aterrador, con los ojos encendidos y rojos, mientras la prostituta simula un orgasmo que sé que no está teniendo.
¿Dónde está la línea? No se sabe nunca dónde está. Lo peor es que está tan lejos que no sabes cómo volver. Eres como un ser indefenso perdido en medio de un bosque inmenso. El mundo está tan lejos que no tienes ni idea de cómo regresar.
Hay más noches, y cada vez más lejanas de la línea. Otras mujeres, otros hombres. Violencia, gritos, objetos destrozados por el suelo. La vida, tu vida, en un estado completo de abandono y caos. Porque lo peor es la vergüenza. ¿A quién le cuentas lo que está sucediendo dentro de tu casa si, aparentemente, estamos tan bien?
Hay una noche en la que coges al niño, coges algunas cosas, haces una pequeña maleta y sales. Te vas a un hotel. Nunca dormimos en los hoteles de nuestra ciudad, pero cuando has cruzado la línea, hasta en tu ciudad te vuelves una extraña.
Duermes al niño, intentas dormirte, pero no puedes. Te asomas a una ventana que da a una calle de tu ciudad. Es una calle por la que has pasado muchas veces, pero esta vez te parece una calle de otra ciudad, porque es de noche y casi no hay tráfico. Suena el teléfono. Es la policía. Han encontrado el cuerpo de un hombre llamado Pedro. El cuerpo se ha encontrado en el río. Se ha lanzado desde un puente.
Hay un grito, sí. Claro que lo hay. Es de dolor, pero, por qué negarlo, también de alivio.
Es el primer día del resto de tu vida.
Ves a tu hijo dormir, ajeno a todo. Y esperas que el tiempo pase, porque ahora sí, ahora ya sabes dónde fue el momento en que se cruzó la línea.
