martes, mayo 19, 2026

Viaje de vuelta

Todo se volvió irreal cuando volvíamos aquella medianoche al pueblo por la carretera comarcal. A mí no me gusta conducir de noche, pero Juan había bebido bastante cerveza y fumado marihuana. Hacía tiempo que había decidido no fumar, pero esa noche, después del concierto, nos encontramos con Los Saer y se dejó llevar. Llevábamos tiempo sin bajar a la ciudad, porque cada vez se nos hacen más espesos los regresos de 60 kilómetros, sobre todo si es de noche. Por eso creo que Juan se dejó llevar por la euforia y ese frenesí cada vez más acentuado en el que se ha sumido la ciudad desde hace un par de años y, cuando Los Saer pasaron el cacho de mano en mano y llegó a Juan, le dio varios respingos prácticamente sin pensar.

Al montarnos en el coche, vimos que quedaba poca gasolina, pero calculamos que nos daba de sobra para llegar al pueblo. Juan ni debatió: se desvió hacia el asiento de copiloto como dejando dicho que sus opciones de conducir eran nulas. Pusimos música de Los gaiteros de San Jacinto, que era el grupo que habíamos bajado a ver, y aún estábamos en ese estado emocional parecido al amor o la locura cuando ves un grupo que has disfrutado mucho. No sé quién tuvo esa idea de mezclar el dub con la música tradicional, pero lo cierto es que me sumí en un estado de hipnosis o ausencia. Cuando salimos del aparcamiento, la ciudad me pareció otra ciudad. Es como si los edificios permanecieran, las calles, la estructura ósea de la ciudad, pero el flujo sanguíneo fuera otro. Incluso los habitantes parecen otros. Cada vez me gusta menos bajar a la ciudad, porque me siento ajena a este nuevo mundo. En el semáforo de la rotonda de la salida 7 nos detuvimos porque estaba en rojo. Fue cuando Juan debió de estar en el pico de la intoxicación, porque se quedó mirando a tres jóvenes que cruzaban. Los miró con tristeza y nostalgia, pero también aturdido. Le pregunté si estaba bien y no me contesto directamente.

—La gente ya no vive aquí. Se ha roto algo —dijo.

Yo no contesté. Sonaba la gaita de "El fin del mundo". Esos ecos que se pierden resonaban por el coche y parecía que salían hacia afuera. Juan miraba hacia el frente y pensé que lo mejor era que se durmiera. Entonces enfilamos la salida 7 por la vía noroeste. No había apenas tráfico, habíamos pasado ya a la noche del siguiente día y conduje concentrada, porque en el fondo me aterra conducir. Juan entonces me habló de un lobo que vio de pequeño y que siempre se le aparece en sueños. Yo siempre que me habla del lobo pienso que se lo inventa, pero esa noche, cuando me habló del lobo, le puso nombre.

—Pero Juan —le dije casi con humor—, no sabía que se llamaba Simón.

Cuando ya estábamos fuera de la ciudad y las luces desaparecen en la autovía, me quedé mirando con deseo hacia la sierra. Allí, enterrado en la ladera de la Peligrosa, está nuestro hogar. De repente me pareció que estábamos más lejos de lo que estábamos. El coche avanzaba solo, porque uno no conduce, es la máquina quien avanza. Uno solo mueve los pies y las manos, pero el traslado sucede ajeno a nosotros. Me desvié a la comarcal. Juan y yo, y probablemente todos los habitantes del pueblo, odiamos conducir de noche por ahí. No se ve nada, la carretera es estrecha y está olvidada por las autoridades. El monte gana la batalla a la civilización y en general es para celebrar, pero por las noches deseas que la dictadura de la civilización fuera más despedida con el asfalto.

De día la carretera atraviesa hermosos campos; de noche estás sumido en la negritud y el vacío. Se ven las luces rompiendo inocentemente la noche. El silencio no es paz. Juan no cerraba los ojos, pero no estaba en el presente. Habíamos dejado de hablar. Yo intentaba concentrarme en esas atmósferas profundas del dub de los gaiteros. Las líneas intermitentes de la carretera iban a ritmo o al menos lo parecían. Estábamos atravesando un pequeño fragmento de la nada cuando, de golpe, en medio de la carretera vi la figura de un hombre alzando la mano con cara de susto. Frené violentamente. Juan volvió de no sé dónde casi dando un grito. Yo me quedé paralizada. Durante unos segundos la imagen se detuvo. Juan me miraba, yo miraba al hombre iluminado por las luces del auto en medio de la vía. Con la mano alzada se fue acercando al coche. Quizá tuve que haber arrancado, pero no pude.

—Ayúdenme, por favor —dijo golpeando mi ventanilla.
—Arranca —dijo Juan.

Pero yo estaba con los músculos congelados. Mi cerebro no gobernaba el movimiento de mi cuerpo. El tipo volvió a golpear la ventanilla.

—Por favor. Ayúdenme.

Juan y yo nos miramos. Entonces el hombre abrió la puerta.

—¿Qué le pasa? —pregunté.
—No sé dónde estoy —contestó aterrorizado—. Llévenme, por favor, al sitio más cercano y les dejo en paz.

Se subió en la parte de atrás. El disco de Los gaiteros había dado la vuelta y estaba en bucle y sonaba de nuevo "El fin del mundo". Miré por el retrovisor al hombre. Era más joven que nosotros. Estaba sudado y totalmente despeinado. Pensé entonces que habíamos cometido un grave error. Arranqué el coche y seguí dirección a La Perla, que es el primer pueblo de esa vía. Le dejaríamos ahí y olvidaríamos cuanto antes ese episodio. Sonó un teléfono. El hombre se lo dio a Juan.

—Conteste usted, por favor. No recuerdo nada —le dijo dándole el teléfono a Juan.
Juan atendió.
—¿Hola?
—Por el manos libres —le dije nerviosa.
—Pásenme a mi hermano —dijo la voz metálica.
—Le está escuchando —dije yo nerviosa.
—Déjenle ahora mismo en el arcén. Se lo suplico —dijo la voz expandiéndose por el coche.

Intenté frenar, pero Juan me dijo que no frenara.

—Vamos a avanzar cinco kilómetros y le dejaremos en La Perla —dijo serio Juan.

Pensé que para Juan todo esto sería irreal, porque lo cierto es que lo parecía.

—Ustedes no saben lo que están haciendo. Déjenlo ya mismo. Están llevando a un asesino.

Yo quise frenar, pero en ese momento el hombre, desde detrás del coche, dijo que eso era mentira.

—No le haga caso a esa mala persona —dijo mirándome por el retrovisor.
—¡Bájate! —gritó violento la voz en el teléfono.
—No voy a bajar. No voy a volver. No vais a saber nunca nada más de mí. No vais a ser capaces de encontrarme —dijo mirando al teléfono.

Luego me miró a través del retrovisor y me dijo:

—Créame, no soy yo el asesino. Yo soy la víctima.

Estábamos entrando en La Perla. Juan me dijo que fuera hacia la comisaría. En las afueras de La Perla, donde la fábrica de muebles, vimos un coche con las luces encendidas. Pensé que podía ser que quien estaba en el interior fuera la voz del teléfono, pero al pasar y mirar para identificar, vimos una pareja haciendo el amor en una posición absurda. Juan, inapropiadamente, rió a carcajadas. Pensé que aún estaba fumado. Detuve el coche y le dije al hombre que se bajara. Pero el hombre no quería bajar. Estaba aterrorizado.

—Me van a matar.
—Pero ¿qué es lo que está pasando aquí? —dijo Juan más serio de lo que le había escuchado nunca.
—Que ha comenzado el fin del mundo —dijo casi llorando.

Juan me miró con desconcierto. Yo miré al frente y vi venir a dos hombres. Quise arrancar, pero en ese momento el hombre abrió la puerta y salió corriendo. Los dos hombres que venían salieron corriendo tras él. Un minuto después la calle estaba vacía, como si nada hubiera pasado. Miré a Juan con nostalgia. No sé por qué, pero sentí una extraña tristeza. Arranqué el auto y salí de nuevo a la comarcal. Aún nos quedaban 15 kilómetros. Avanzamos silenciosos, tratando de asimilar. De nuevo el coche y la noche profunda en medio de la comarcal. Las líneas discontinuas como un ritmo olvidado. Miré el indicador de gasolina, porque alertaba de entrar en reserva. 

Entonces, otra vez, del mismo modo, apareció otro hombre frente al auto, con la mano alzada.

—No frenes —dijo Juan casi gritando.

Pero estaba atravesado en el medio. Mirando sudado y nervioso. Frené en seco.

—Ayúdenme, por favor —dijo golpeando mi ventanilla.

No nos dio tiempo a reaccionar. Se subió en la parte de atrás. Juan miró al frente. Aturdido, ausente, extraño:

—La gente ya no vive aquí. Se ha roto algo —dijo.

—No sé dónde estoy —dijo aterrorizado el hombre—. Llévenme, por favor, al sitio más cercano y les dejo en paz.

miércoles, mayo 13, 2026

Viaje a Vigo

Con K me estuve mandando mensajes esporádicos durante algunos años. Siempre concluíamos con la intención de encontrarnos pronto, de ver la posibilidad de un reencuentro, pero pasaban los años y no lo hacíamos. Con K me separan 600 kilómetros, pero la distancia, la mayoría de las veces, es otra cosa. No es un asunto netamente físico. Los mensajes surgían quizá cada año, a veces más. No había un protocolo o un acontecimiento preciso que nos hiciera escribirnos. Reaparecíamos en la vida del otro por un ritmo que no era decidido por ninguno de los dos.

K había sido mi amigo de la infancia y de la primera adolescencia en Vigo. Luego yo me fui de Vigo, de España, y el contacto se fue diluyendo, porque no había aún internet y la comunicación, hasta hace no tanto, era otra cosa. De hecho, con K hubo cartas los dos primeros años de mi emigración. Luego, claro, nos fuimos deshaciendo. Muchos años después, cuando yo ya había vuelto, nos volvimos a encontrar. Pasamos un fin de semana juntos en Madrid y tres o cuatro días de agosto un año de final de siglo en Vigo. Luego nos volvimos a perder.

Las relaciones establecen unas normas y unos ritos que los que participan en ellas no deciden ni gobiernan. Es como si las relaciones se establecieran bajo unas leyes que no se comprenden y que la mayoría de las veces no se llegan a entender. Apenas había tenido trato real con K desde los 13 y, sin embargo, pensaba con más frecuencia en él de lo que el contacto podía producir.

Aquel viaje a Vigo surgió inesperado. Me habían ofrecido un trabajo, un encargo rápido. Me pagaban el hotel, pero no había presupuesto para avión. Me pedían viajar en autobús. Yo estaba mal de dinero y no me venía nada mal aquel trabajo. Dije que sí, a pesar de que las condiciones cada vez son peores. En Méndez Álvaro cogí un autobús que salía muy temprano. El autobús iba medio vacío y me tendí usando los dos asientos. Al principio intenté dormir. Luego escuché música, finalmente solo miraba el paisaje. Tenía todos los aspectos de mi vida en estado de quietud, una forma extraña de inmovilidad. El paisaje castellano me pareció, de repente, metafórico o acompasado. Como si mi estado vital armonizara de una manera muy precisa con esa amplitud y esa extraña y desconcertante sobriedad. Vi a lo lejos un buitre cruzando el cielo, le miré como se mira lo que no se comprende o lo que se comprende en exceso. El horizonte, que a ratos parecía irreal, me parecía fantasmal o abruptamente real. Castilla es demasiado real, pensé sin saber muy bien por qué lo pensaba. Entonces pensé en K y le escribí un mensaje: "¡Hola! Estoy de camino a Vigo. Pasaré una noche. ¿Estás libre para tomar algo a partir de las 20:00?" Vi que hacía tres años que no nos escribíamos. El mensaje anterior decía: "A ver si encontramos la manera de encontrarnos". La frase me pareció hermosa y melancólica. Luego pensé que no sabía nada de la vida de K. ¿A qué se dedicaría? ¿Tendría pareja? ¿Cómo sería su vida? Prefiguré vidas, imaginé opciones. A su manera, esto también es literatura, pensé. Imaginar las posibilidades biográficas de alguien a quien hace más de dos décadas que no ves. Luego me di cuenta de que apenas era capaz de reconstruir la cara de K. También ahí hice el ejercicio de imaginármelo. ¿Habría perdido pelo? ¿Tendría canas? ¿Estaría más flaco, más gordo? ¿Cómo habría ido evolucionando aquella cara que parecía abocada a una eterna niñez con ese lunar peculiar al lado del ojo izquierdo? El autobús paró en una estación de servicio antes de entrar en Galicia. En el parking había un coche del que se bajó una pareja muy joven. Apenas debían de ser mayores de edad. Él miraba el reloj con nerviosismo. Ella me miró y tuve miedo de algo. Luego vi que sonreía y me pareció que había algo perverso y cruel en los dos. Me tomé un café, vi que la pareja se pedía dos hamburguesas. Miré la hora, no eran ni las diez de la mañana. El conductor del autobús miraba la pantalla de la televisión. Un tertuliano hablaba del gobierno. El camarero dijo algo genérico sobre los políticos. El conductor le contestó diciendo que el único camino que quedaba era poner bombas. Pensé que el primer mundo tiene algo perverso y cruel, como la pareja. No sé por qué, pero de repente sentí que estaba en otro lado. Como si el autobús me hubiera llevado a otro sitio o, más que a otro sitio, a otro tiempo. Vi que la pareja se llevaba las hamburguesas y salían. Los del autobús salimos casi a la vez. A los pocos minutos estábamos de nuevo en la autovía. Me quedé pensando en la pareja, me quedé pensando en el primer mundo.

Cuando íbamos atravesando la provincia de Orense, miré el teléfono con la esperanza de encontrar respuesta de K. El mensaje no le había entrado. Temí que hubiera cambiado de teléfono. Temí, de nuevo, que el autobús estuviera viajando en el tiempo. Pensé que, de repente, estábamos en 1987, el año que conocí a K. Luego vi por la ventana y entendí que seguíamos en 2026. Me puse música, porque al fin y al cabo, lo que me unía a K era la música. Si toco la guitarra es porque descubrimos la guitarra juntos y porque descubrimos The Cure juntos. Entonces sucedió lo que sucede cuando escuchas música con auriculares en un viaje: que todo se pone a ritmo y en compás. El río, las montañas, los valles y las aldeas parecían parte de la armonía de "Charlotte Sometimes". ¿Seguiría K siendo fan de The Cure? Volví a mirar el teléfono. K estaba en línea, había leído el mensaje, pero no me contestaba. "Charlotte Sometimes”.

Cuando empezábamos a llegar a Vigo, el conductor comunicó por el micrófono —lo cual resultaba excesivo— que tenía orden de parar en la vieja estación, que aunque estaba cerrada, no podía acceder a la ciudad porque el centro estaba cerrado por un evento municipal. Empecé a reconocer la periferia de la ciudad, los cambios que se habían ido sucediendo y las cosas que permanecían igual. Pensé que la vieja estación estaba cerca de donde vivía la abuela de K. De pequeño, K siempre estaba donde la abuela, porque sus padres trabajaban de tarde. Luego pensé que era extraño que lo llamaran "la vieja estación", porque apenas la habían construido poco antes de irnos de la ciudad. ¿Cuándo algo pasa a ser viejo? Con los humanos más o menos lo sabemos, pero ¿cuál es la edad de los edificios, de las construcciones?
El autobús se desvió hacia la vieja estación. El barrio parecía distinto y estaba distinto. Podía reconocerlo perfectamente, pero había muchos más edificios, el orden urbano estaba alterado. Quizá esa es la edad de las cosas: las canas y arrugas del urbanismo. Entonces el autobús se detuvo fuera. Los pocos pasajeros empezaron a bajar y me di cuenta de que esa era la parada final, que el autobús no entraba a la estación.

—Amigo, hemos llegado —me dijo el conductor.
—¿No entra a la estación? —pregunté.
—¡No! ¡No sabes cómo está eso!

Bajé con mi mochila. Estaba empezando a llover. No me había dado cuenta de que la música seguía sonando en mis auriculares. Sentí una nostalgia extraña, también me sentí como en una especie de videoclip. La estación estaba muy deteriorada y medio abandonada. Miré los edificios de alrededor. No sé por qué, decidí entrar en la estación. Vi gente acampada a los lados, gente metida en mantas, vi gente durmiendo en recovecos imposibles, cubriéndose de la lluvia. Seguía The Cure como música de fondo en mis oídos. Hacía mil años que no escuchaba "In Your House", que es una canción extrañamente lenta y sigilosa. El lugar estaba tomado por vagabundos y el abandono. Vigo ha potenciado una forma de modernidad y urbanismo que ha expulsado a muchos otros a la periferia, no solo física. Recorrí la estación que parecía un campamento. Un hombre sentado al fondo, cubierto de mantas, me miraba entrar. Yo me quedé mirándole porque llevaba una sudadera de The Cure con la portada de The Head on the Door y me pareció una casualidad extraña y sobrecogedora. Levanté la vista hacia su cara. Él también me miraba. Yo miré sus ojos y ese lunar peculiar al lado del ojo izquierdo.

—K —dije susurrando.
—N —dijo K mirándome.

Nos abrazamos sin decir nada. Sentí el olor a humedad y sudor y a descomposición.

—Tenía muchas ganas de verte, K —dije.
—Yo también, N.

Afuera llovía y yo iba a llegar tarde para hacer el trabajo, pero estaba convencido de que el tiempo había variado. Ya no era 1987, pero probablemente tampoco 2026.

lunes, mayo 11, 2026

Rita, la poeta

La madre de Rita murió 30 años antes en circunstancias no del todo claras. La noticia salió en la radio del pueblo, se comentó en corrillos y en la misa del domingo, pero pronto se difuminó y se dejó de hablar de aquello. Rita se quedó con la casa de la madre, aunque lo cierto es que llamar casa a aquel habitáculo de cemento y lata, con apenas una ventana, es cuando menos osado. Aquella chabola la había construido un amante de la madre de Rita, del que se perdió el rastro y que no atesoraba buena fama entre los habitantes del pueblo. Rita, entonces, se enclaustró allí dentro y apenas se la veía. Durante mucho tiempo se habló de depresión y tristeza, luego se habló de brujería, finalmente se sentenció locura. Lo cierto es que Rita era una mujer solitaria y decadente. Y vivía encerrada entre aquellas cuatro paredes —literalmente cuatro paredes—, en las afueras del pueblo, cerca del riachuelo, y apenas se la veía. Cuando llegaba el verano y nos íbamos a bañar a la poza de Rubias (nunca supe el porqué del nombre), pasábamos cerca de la puerta, pero un perro agresivo y con un ladrido terrorífico ahuyentaba nuestra curiosidad y falta de discreción. Así que la casa quedaba siempre fuera del radar de los cotillas.

A mí me contó J que Rita era poetisa. Un día de septiembre que nos fuimos de paseo hasta la poza sin ánimo de bañarnos, porque el agua estaba ya muy fría y las ganas de bañar se habían desgastado en un verano remojados en ese gélido charco. J era el único con el que me gustaba hablar del pueblo, porque era pausado y misterioso y hablaba siempre de cosas que ocurrían de otra forma. Con J todo parecía más interesante. Nos habíamos sentado en las piedras pegadas al salto de agua. Escuchábamos el río perderse en el tiempo, avanzando hacia un punto lejano de la tierra, una desembocadura futura. J entonces me dijo que él un día había entrado donde Rita y que Rita no era ni mala ni loca, y que ese pueblo, como tantos pueblos, era un infierno y que habían condenado a Rita al ostracismo y la nostalgia. Yo no pregunté cómo había entrado allí, porque durante un buen rato no le creí. La casa y la vida de Rita eran terra ignota.
Pero J no detuvo la narración de aquel día.

—Rita me invitó a cerveza y a sancocho. Apenas hablaba, pero se notaba que tenía ganas de compartir, de estar con gente, de conversar. Al principio apenas cruzábamos frases. Me preguntaba por gente del pueblo, como si llevara años de viaje o viviendo en otro continente. Luego me preguntó por mi vida. Me preguntó por mi viejo. ¡Conocía a mi viejo! Luego me habló de literatura. Me resultó sorprendente su conocimiento. Rita es una enciclopedia de la literatura universal, pero sobre todo continental. Luego fue desviando la conversación hacia la poesía. Me hablaba del dolor y de la vida. Comparaba la vida con la poesía y con la experimentación. Decía frases que me costaba entender.

Yo escuchaba a J y de vez en cuando miraba hacia el camino que llevaba hasta la charca. Eran las últimas tardes de verano y había una sensación térmica que se podría clasificar como sublime o gloriosa, después de un verano cálido y terrible. J siguió contándome aquella velada en casa de Rita.

—En algún momento me confiesa que escribe poesía. Pero no una poesía canónica. Eso fue lo que dijo. Luego se quedó pensando, buscando una palabra precisa, y finalmente dijo: "Mi poesía es la poesía del destierro y de la miseria. La poesía chabola”.

Fue ahí cuando pensé que J no mentía, porque todo sonaba tan extraño y confuso, que no vi a J con capacidad de inventar algo así, desconcertante y peculiar.

—La poesía chabola —dijo J que dijo Rita— es la poesía de los desterrados, de los que olemos a polvo y óxido. Luego miraba por la única ventana de la casa hacia el camino y respiraba profundo. Había algo en Rita de alegría contenida. Pensé, viéndola, oyéndola, que había algo en su manera de hablar de literatura que le había dado una forma de felicidad. Entonces cogió unos cuadernos y me dijo que le daba pudor, pero que las leyera para ver qué le parecían. Entonces yo le dije: "Pero Rita, si yo no tengo ni idea de poesía", y ella me miró riendo y dijo: "La poesía no se estudia, se lee y a partir de ahí se comprende o no. No hay que tener idea”.

J miró al camino también, porque todo el rato ambos, creo, pensábamos que Rita nos escuchaba, que andaba por ahí.

—Entonces leí. Leí muchas páginas. No podía dejar de leer. No entendía nada y lo entendía todo. Y me pareció que aquella mujer operaba en otra dimensión, en otro formato, en otra realidad, y su poesía, de alguna manera, te trasladaba allí. No sé por qué, pero en la tercera o cuarta poesía me puse a llorar. ¿Sabes cuando oyes una canción que nunca has oído pero te conmueve y se te saltan las lágrimas? Eso me pasó a mí con las poesías de Rita. Esa mujer aislada y lejana me hablaba a través de aquellos textos de un modo que yo nunca había vivido.

El agua sonaba, la tarde caía y el fresco aumentaba. Miré de reojo a J y vi que estaba con los ojos llorosos. Sentí algo parecido a la envidia. Porque me hubiera gustado conocer a Rita, el misterio de Rita, el dolor de Rita.
—Seguí leyendo. No podía parar. No te podría decir cuál era el tema que trataban aquellas poesías. Ni siquiera puedo recordar frases, porque entré en una especie de hipnosis o estado transitorio desconocido. ¿Cuántos años tiene Rita? —pensé entre poesía y poesía.

Yo me quedé pensando, porque de Rita se había oído hablar siempre, pero los de nuestra edad no teníamos idea de cuál era su edad.

—¿La de nuestras madres? —le pregunté a J.
—No. Es más mayor.
—Yo nunca la he visto. No sé cómo es.
—¿Quieres que vayamos?

Entonces fuimos por el camino. La noche iba cayendo y el ambiente se hacía muy fresco y sentí algo de frío. Llegamos donde Rita. El perro ladró. Vino a toda velocidad hasta nosotros. J entonces lo acarició. El perro se fue tranquilizando. Atravesamos el terreno hasta la casa de Rita y J gritó su nombre. Rita abrió la puerta y nos miró como el que mira un libro antiguo. No dijo nada. J la saludó, pero Rita no contestó. No hablaba y su mirada era difusa y tenue. No sé por qué, pero me pareció una mujer hermosa. Nos quedamos los tres quietos. El perro se acostó en el suelo. Noté que la noche ya era cerrada. No me había dado cuenta de la velocidad del anochecer. De dentro de la casa venía el ruido de una música, o de la televisión, o una radio.

—Mi amigo quiere conocerte —dijo J—. Le he hablado mucho de ti.

Rita miró a J y luego me miró a mí. Siguió sin hablar.

—¿Por qué no hablas, Rita? —dijo J.

Y el silencio siguió. No pronunciaba palabra. Sentí que había algo doloroso y terrible en esa mujer. No soporto sentir compasión o pena por nadie, pero me produjo una inmensa pena aquella mujer. El perro se puso en pie y se metió en la casa. A través de la puerta entreabierta vi la figura de un hombre dentro. Estaba sin camiseta. Intenté avisar a J, pero J solo miraba a Rita, esperando oír su voz. Giré un poco el cuerpo con temor para ver mejor al hombre. Rita seguía callada. Pensé que era muda y que todo lo que me había contado J era mentira. Acomodé el cuerpo para mirar mejor hacia dentro. Entonces vi los ojos del hombre mirándome. Era una mirada que había visto millones de veces, porque eran los ojos de mi padre. Fue medio segundo en que mi mirada y la mirada de mi padre, dentro, se cruzaron. Luego él se echó hacia atrás. Yo tuve ganas de salir corriendo, pero estaba en un extraño estado de bloqueo muscular. J entonces se puso a llorar y le dijo a Rita:

—Pero ¿por qué no me hablas, Rita?

Y Rita le miró, me miró y se metió dentro. Salimos de allí. No hablamos en todo el camino de vuelta. Primero pasamos los álamos, luego los alcornoques y llegamos a la última calle del pueblo. En casa de Eva había luz, pero ya no sentí pena. Me despedí de J en la esquina de su calle. Luego me quedé solo. Tuve ganas de correr hasta la casa de Rita, golpear la puerta y entrar, pero no lo hice. Bajé hasta la plaza. No había nadie. Miré el campanario. Pensé que en cuanto cumpliera 18 años me iría de ese pueblo. Me quedé sentado mucho rato. El pueblo estaba quieto, callado, vacío. Luego volví a casa. Cuando abrí la puerta vi a mi padre sentado en el sofá. Me miró. Era la mirada. No dije nada, él tampoco. Me fui a la cama. Esa noche soñé con un poema de Rita. Creo que se llamaba "El jilguero". Hablaba de un pájaro que vivía en el campanario, pero que dominaba el pueblo sin que sus habitantes lo supieran.

miércoles, abril 29, 2026

El viaje de C

C llega a Medellín una tarde de mayo. Ha salido de Madrid con ganas de recorrer Colombia y la ruta trazada es diversa, excesiva y trepidante. Su plan es ambicioso, pero noble. Pretende hacer la ruta de la cumbia. Seguir e indagar sobre ese estilo de música que, de un tiempo a esta parte, le obsesiona. "La cumbia es, sin duda, la música que mejor comprende la esencia humana", concluye con frecuencia.

En Medellín toma un autobús hasta Barranquilla. El viaje es largo e incómodo. A ratos está aterrorizado en la parte de atrás del autobús. Llueve en la montaña. El espesor y el color le sobrecogen. La música de Amantes del futuro suena brutal en el sonidero del autobús cuando alcanzan el llano. Sospecha que esa no es la ruta oficial. La carretera es estrecha y terrible. En algunos ascensos se arrepiente del viaje. Quizá la cumbia es el ritmo del corazón de un viaje en carretera.

El autobús se para en un asadero. Se pide una arepa de pernil. Un hombre calvo, pequeño y con una barba casi invisible se le acerca y le saluda. C no entiende lo que le dice, pero teme decirlo. El hombre sigue hablando. C solo entiende palabras sueltas:

—... veneno y cuero... la sorda... peligro... malaje.

C afirma como si entendiera. El hombre entonces, que hasta ese momento habla lleno de ira y en tono amenazante, deja de hablar y se le queda mirando.

—¿Entonces lo vas a hacer? —le pregunta con contundencia.

—¿El qué? —contesta C.

El hombre se le queda mirado. Es una mirada terrible, despiadada, llena de rabia. En ese momento, como un milagro, el conductor llama a los pasajeros para continuar. C sale disparado. Se siente observado por el hombre, pero no mira atrás. Asciende las escaleras del autobús y el conductor le dice con voz suave:

—No seas loco, muchacho. Nadie habla con Segismundo.

C se acomoda en su asiento. Oye el rugido del motor. Todos los pasajeros le miran entre aterrorizados y curiosos. El autobús  es viejo, muy viejo, pero ahora parece que tuviera más de un siglo de vida. Es incómodo y ruidoso. Arranca la cumbia de nuevo y C, entonces, siente de nuevo el sosiego y la calma. El conductor baja y hace una última llamada. Sube y cuenta. Falta un pasajero, pero el conductor dice el alto:

—Perdió su chance, pero yo me largo de esta mierda. 

Se sienta y arranca. Mientras, C mira por la ventana esperando ver un pasajero corriendo desesperado, pero no lo ve. Nunca aparece. El conductor, que hasta ese momento habia sido moderadamente prudente, ahora se incorpora brusco y peligroso a la carretera. Como el que huye de satán. 

El cambio vegetal es a ratos suave, de repente brusco. Ve palmeras y siente la humedad del Caribe. El autobús se detiene, horas después, en un paradero infame. Está sucio, destartalado y solo ofrece empanadas de cazón y jugo de uva. Sorprendentemente, la empanada es deliciosa y C repite. Uno de los pasajeros, un joven con aspecto urbanita, le dice a C que si había probado esas empanadas antes.

—No, es mi primera vez en Colombia —dice C.

—Mucho gusto. Soy Andrés —se presenta el joven.

—Hola, yo soy C —contesta alegre.

El joven le dice que vuelve a Barranquilla después de tres años fuera. Ha estado trabajando en Bogotá. Luego se dedicó a un proyecto, que no especifica, en Medellín. Han sido tres años duros, terribles, le dice, pero provechosos. C le cuenta que está viajando para conocer a fondo la cumbia. Que quiere seguir la ruta de la cumbia. Conocer sus entrañas. Eso dice, y luego se siente ridículo, pero lo cierto es que es lo que busca: las entrañas de la cumbia.

—Caray. La cumbia. Todos aman a la cumbia y nadie la conoce de verdad —contesta Andrés.

—Eso siento. Es un enigma —dice C.

—Es un enigma porque es un pulso. Los pulsos no se entienden, se perciben. Pero de seguro que vas a aprender cosas bonitas. Por cierto, ¿qué fue lo que te dijo el loco Segismundo?

- No entendi absolutamente nada de lo que me dijo- Contesta C. 

El conductor llama de nuevo para reiniciar la ruta. Andrés sube primero. C detrás. Cuando pasa junto al conductor, este le mira con desprecio o una mirada que se parece al desprecio, pero también al temor.  C tiene ganas de seguir conversando con Andrés, pero se ubica en su asiento. El autobús arranca. C siente que hay menos pasajeros. El conductor vuelve a contar.

—Se quedaron 7. Se van a joder, porque yo ya salgo.

Ocho pasajeros en medio de la nada, se queda pensando C. Quizá querían ir hasta ahí y no hasta Barranquilla. Cuando el autobús arranca, C ve a una de las pasajeras mirar hacia el autobús. La chica mira desganada. No hay angustia ni preocupación. C entiende que se quiere quedar ahí. C mira a la chica. La chica mira a C con alivio. El autobús se incorpora a la autopista y la pierde de vista. Es una cara que no olvidará.

El viaje ha sido largo, extenuante y temible. Entran en Barranquilla al anochecer. Andrés se acerca en el vaivén y le dice que si sabe dónde va a quedarse en la ciudad.

—Sí, tengo reservada una pensión —contesta C—, cerca del Malecón.

—Quédate en mi casa. No te preocupes. Mi vieja le hará feliz la gente extranjera.

A C la oferta le desconcierta, pero acepta. El autobús llega al terminal. Está a oscuras. No se ve absolutamente nada en las cuadras de alrededor. El conductor pregunta desde la ventanilla. Se oye una voz femenina que dice:

—Se fue la luz en la zona hace como media hora.

El conductor para en una acera donde un montón de gente se mueve de un lado a otro. Andrés le dice a C que le siga. Bajan del autobús con sus mochilas. El ajetreo nocturno es tremendo.

—Esto también es cumbia —dice Andrés riendo.

C, hombre acomodado de la Europa meridional, siente de repente una forma confusa de temor y angustia. No pierde el ritmo de Andrés. Mira al cielo. No es creyente, pero agradece al destino, a la formación de las moléculas de tiempo, que le haya puesto a Andrés en su vida en un instante así. En las aceras, unos hombres recogen unos carritos llenos de frutas. Son vendedores ambulantes. Andrés camina rápido y firme. C le sigue casi ahogado. La humedad es tremenda. Ese olor, esa sensación, esa sudoración tan específica de la piel, piensa, es el Caribe en su forma primigenia. Andrés levanta la mano para detener un colectivo. Suben casi a la carrera, porque el tipo del colectivo nunca llega a frenar del todo. Se sientan atrás. C tiene ganas de cerrar los ojos. Está agotado. Andrés le dice que tardarán una media hora. El autobús va en silencio. Avanzan unas cuantas cuadras y de repente se hace la luz en la zona, o quizás es que solo han cruzado la frontera donde nunca se fue la luz.

Andrés le dice que tenía una novia cuando se fue.

—Pero dudo que me haya esperado —sonríe nostálgico.

C entonces piensa en los motivos de su viaje. Piensa en Cristina, piensa en Carlos y siente como si fueran entes de una galaxia lejana. Su vida parece estar en un lugar que ya no existe del todo.

Se bajan del autobús. Andrés camina con euforia. En la esquina de la 34 hay una panadería y Andrés se detiene. Compra un par de chocolates y una baguette. C mira a dos hombres sentados en la acera que fuman y no hablan. A lo lejos identifica una canción que le encanta. Reverbera aguda y extraña en la calle.

—¿Qué hago aquí? —piensa.

Andrés le dice que sigan. Avanzan unas cuantas cuadras por la carrera 30. Llegan a una esquina donde hay un edificio de dos plantas. Suben al segundo piso. Abre la madre de Andrés. Se abrazan. C piensa que lo mejor sería darse la vuelta y volver a empezar. Lo que sea, quizá su vida. Quizá el viaje. Andrés le presenta a su madre. La madre es una mujer bajita y morena que le saluda con dulzura.

—Bienvenido a Barranquilla, C —le dice con una amabilidad superlativa.

Pasan a la casa. C se acomoda en un cuarto pequeño que da a la calle. Se asoma por la ventana. Ve la calle. Se sienta en el borde de la cama. Tiene ganas de dormir. Le llaman y sale. La mujer les empieza a dar comida sin parar. Todo está delicioso. Andrés saca una botella de ron para celebrar. La mujer no bebe. C se pone hielo y ron. No se da cuenta de que está sediento y bebe muy rápido los dos primeros tragos. Ríen, beben, hablan de cumbia, de amores, de nostalgia, de los rumbos de la vida. C no recuerda cuándo se duerme.

Cuando abre los ojos, el sol invade la habitación. Se asoma y no ve a nadie en la calle. No oye nada en la casa. Abre la puerta y sale. Ve una nota de Andrés:

Lo siento, C. Tuvimos que salir muy rápido. Ha sido un placer conocerte, pero ahora debes irte. Las cosas se complicaron. Cuídate, por favor.

C se siente confundido, aturdido y resacoso. No entiende qué ha podido pasar. Se ducha rápido, no por higiene sino por salud. Se viste, coge su mochila y sale a la calle. Cuando sale, ve la calle vacía. Hay un silencio extraño. Por la 34 ve venir a una mujer. Cuando está cerca, reconoce a la chica que se había quedado en la segunda parada. Se acerca firme y seria. Se pone frente a él.

—Ahora intenta deshacer el camino. Nunca debiste hablar con Segismundo.

La joven se da la vuelta y se va. La calle está vacía. C siente, entonces, el vacío más inmenso que ha experimentado en toda su vida.

jueves, abril 23, 2026

Mi abuela

Mi abuelo no conducía, mi abuela sí. Esto era bastante anómalo en el último año de la década de los setenta o en el primero de los ochenta. Mi abuelo salía de la pescadería el sábado a las cuatro de la tarde. Esperábamos en el coche con mi abuela a que saliera y entraba sonriente y divertido, inundando el ambiente del coche de un intenso olor a pescado. No todas las profesiones tienen un olor. Era una especie de uniforme. Se subía al asiento de copiloto y mi abuela, que sospecho no debía ser muy hábil al volante, salía por Plaza España dirección carretera de A Coruña. Entonces mi abuelo, que se llamaba Delfín y que era pescadero, daba cabezadas porque se había levantado muy pronto, mientras sostenía el transistor en la oreja, donde un locutor que ya no existe narraba con rigor y emoción el partido del Atlético de Madrid, del que mi abuelo era muy forofo.

Mi abuela conducía el Ford Fiesta hacia la sierra de Madrid concentrada y silenciosa. Se había sacado el carnet mayor. Miraba al frente con enorme atención. Sé poco de ella, o está tan distorsionado todo, que ahora me acerco a su recuerdo y, si hago el esfuerzo, soy capaz de percibir lo que había antes de estar contaminado de todo lo que luego escuché sobre ella. Llegué a temer a esa mujer. Era la materialización de un miedo no sostenido. Un miedo infantil y difuso que marcó mi infancia. Y, sin embargo, ahora, mientras evoco ese coche y a ella conduciendo, soy capaz también de recordar que no había nada de aquello, que además del miedo infantil, estaba la contaminación. Como el olor a pescado de mi abuelo, ella también tenía un uniforme invisible, y no se lo puso ella.

Mi abuelo iba dando cabezadas y diciendo algunas frases divertidas. Era amable el ambiente en ese coche. La verdad es que no puedo decir lo contrario. Pero lo cierto es que esa escena que inauguraba un fin de semana que se había repetido varias veces en mi vida se vería dinamitada por la separación de mis padres. Y todo aquello, que hubieran sido rutinas, escenas que construirían la infancia de mi hermano y la mía, no volvió a ocurrir. Es extraña la normalidad, porque casi siempre es anormal.

Mis abuelos paternos tenían una pequeña casa en la sierra. Estaba en una zona apartada, de caminos de tierra, una zona muy poco construida, algunas casas desperdigadas por parcelas sin marcar. Al fondo había algunas montañas bajas y un pequeño riachuelo pasaba a escasos metros de aquella Casa Blanca con jardín que durante décadas recordé enorme. Al otro lado del riachuelo había una casa enorme, una especie de palacete abandonado, que fue la imagen del terror en algunas pesadillas de mi infancia. La casa era hermosa en su singularidad. Era una construcción de granito y cemento, pintada de blanco, con un jardín del tamaño de un campo de fútbol que la rodeaba por todas partes. Tenía una parra y un pequeño porche, rodeada de una valla de piedras no muy altas que dejaban ver la sierra, las montañas del fondo y algunas de las casas esparcidas por esa zona periférica de un pueblo muy pequeño.

Me encantaba ese olor a tierra y a verano, a paja, a sierra y a jara. Según llegábamos, había un acuerdo no hablado, no escrito, ni siquiera jamás comentado, donde cada uno hacía lo que le apetecía. O al menos eso entendía yo, que tenía cuatro o cinco años. Ya había aprendido a andar en bicicleta y mi pasión era salir a aquellos caminos vacíos a recorrerlos enloquecido y sin freno, porque literalmente aquella BH roja no tenía frenos, pero yo había aprendido el viejo truco de meter la zapatilla entre la rueda para minimizar la velocidad. Mi abuela siempre advertía con la misma frase: quédate alrededor de la casa. Pero la obligación de todo preso es escapar. Y yo dirigía mi ruta hacia los caminos al sur, que llevaban al monte pequeño que había al fondo. Ese camino iba casi en paralelo al riachuelo hasta que en un punto empezaba a desviarse hacia la izquierda y comenzaba una ligera cuesta hacia abajo donde solía frenar. Salvo una vez que decidí, como a veces deciden los gatos, romper la barrera de mis límites. El camino se hacía más pedregoso y unos trescientos metros más abajo aparecía una chabola o construcción muy precaria donde un perro me ladró. Me caí de la bicicleta y me hice una herida. El perro me miró desde el otro lado de una valla que otorgaba poca protección. Cuando estaba más asustado, apareció un hombre en mono azul, con una barba enorme y guantes en las manos. No me habló, me echó agua en la herida con una manguera, me dio de beber, levantó la bici, me ayudó a subir y, cuando empecé a pedalear cuesta arriba, me dijo en tono firme:

—No se te ocurra volver por aquí.

Deshice el camino a una velocidad que no hubiera aguantado ni Indurain en su pico. Llegué a la casa jadeando y aterrorizado, pero no dije nada. Mi abuelo hacía algo en la parra y mi abuela regaba el césped del fondo. Mi hermano jugaba un partido de fútbol contra un equipo imaginario. Iba ganando 6 a 0. Dejé la bici en el suelo y me acerqué a mi hermano. Me puse de portero de los imaginarios y ayudé, levemente, a parar el chorreo de goles. Cuando mis abuelos se metieron en la casa, le conté a mi hermano lo que me había pasado.

—No hagas eso —me dijo—. Nunca vayas por el camino del loco.

Me quedé paralizado, mientras mi hermano aprovechaba para marcar el 12 a 1. Final del partido.
Esa noche cenamos en el porche. Se oían los grillos y algún coche esporádico pasar por la carretera del fondo, a la entrada. Solo cuando ya estábamos rematando un flan delicioso que había hecho mi abuela, escuchamos un coche atravesando el camino de tierra hacia el fondo. El sonido del caucho contra las piedras y el camino es un sonido hermoso e hipnótico en la noche. Cuando comprendí que se dirigía por el camino del loco, sentí un pinchazo en la sien. Olía a noche. No sé cómo huele la noche, en realidad la noche no tiene un olor, pero en esa casa retirada había una potencia olfativa que ha marcado buena parte de mi biografía perceptiva. Si cierro los ojos, puedo recordar con precisión ese olor que para mí es el olor de la noche. Un olor, por otro lado, que se asemeja al del césped húmedo, al de la lavanda y quizá algo de tomillo. El riachuelo, solo a esa hora, dejaba escuchar su flujo.

La noche en esa casa era poderosa. La oscuridad alrededor y el olor volvían la noche algo indescifrable y brumoso. La noche en la tierra. La noche del ser humano en medio de la naturaleza. La casa abandonada, al otro lado del riachuelo, mostraba su contorno enigmático. Cada imagen, cada olor, cada intensidad de luz, era percibida de un modo abrumador en aquel rincón del mundo. Luego nos íbamos a la cama.
Yo debí soñar algo. Estoy seguro de que algo soñé con el camino, con el loco, con la bici y con ese uniforme invisible que llevaba mi abuela. Ahora entiendo que pasábamos el fin de semana con mis abuelos, quizá porque mis padres, que seguramente ya cada uno andaba por su lado, estaban gestionando la separación. Era una manera de mantenernos ajenos, quizá. Apartados de la guerra y del dolor. Y seguro que también soñé eso, o lo percibía de una manera inconsciente. Debía de estar agitado y me desperté muy pronto. Mi hermano dormía a mi lado y me levanté. Recorrí la casa vacía al amanecer. Salí al porche. Vi pasar al loco. El loco me miró desde el camino. Avanzaba hacia abajo. ¿De dónde vendría? Escuché, muy lejos, un gallo. Me metí de nuevo en la casa y me fui a la sala donde estaba la mesa camilla. Me escondí debajo. Me quedé allí sentado esperando no sé muy bien el qué. Tampoco sé si esperaba. Quizá encontré una explicación bajo la mesa camilla. Era un escondite hermoso y bello. Porque, por otro lado, podía escuchar todo lo que sucedía en la casa. Escuché a mi abuela levantarse, hacer café, desayunar. Luego a mi abuelo. Luego a mi hermano. Escuché a mi abuela yendo a despertarme y no encontrarme. Escuché a mi abuela preguntando a mi hermano, a mi abuelo. Les escuché a los tres buscándome. Llamándome. Salir al jardín. Escuché el portón de fuera. Escuché a mi abuela calzándose mientras mi hermano le contaba que la tarde anterior había ido por el camino del loco.

—Igual se ha ido por allí, abuela.

No me moví. Estuve agazapado y quieto mucho rato. Un tiempo que además la infancia multiplica. La casa se quedó vacía. No sé cuánto tiempo pasó. Hasta que escuché, o noté, al perro dentro de la casa. Jadeaba, husmeaba y finalmente me encontró. Levantó la falda de la mesa y me miró de frente. Salí, como pude, por el otro lado. Fue cuando vi al loco parado en medio del salón, unos metros más allá del perro. Nos quedamos mirando. Llamó al perro, lo cogió por el cuello y me volvió a mirar.

—Recuerda no volver nunca más por el camino. ¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes de verdad?

Dije que sí con la cabeza. Tuve ganas de llorar. Salieron y la casa volvió a quedar en silencio. Algunos minutos después aparecieron mis abuelos y mi hermano. Mi abuela me miró sorprendida.

—Pero, ¿dónde te habías metido?
—Estaba durmiendo.

Me miraron desconcertados y perdidos. Entonces me vino el olor a pescado y sentí, por primera vez, miedo de esa pobre mujer.

viernes, abril 17, 2026

Los ciclos

Había entrado el verano antes de la cuenta y hacía un calor digno de julio. Había llegado pronto a la oficina, porque quería salir pronto para ir a buscar a la niña. Tenía varias cosas pendientes y necesitaba acelerar, concentrarme y sacar con prisa varios asuntos. El ambiente está crispado en la empresa. He dejado a la niña en "los primeros del cole". Esos eufemismos del mundo actual. Dejas a los niños una hora antes de la entrada en el colegio, porque no nos da la vida. Los primeros del cole, en el fondo, son los primeros del trabajo.

Cuando he llegado no había nadie, solo las dos chicas de programación y una de las de marketing. He abierto el ordenador y me he ido a hacerme un café. Ha sido en ese momento cuando me ha entrado el mensaje de mi hermana. Podría haber sido más sutil, podría haberme llamado, podría haber optado por otra manera de comunicarlo, pero mi hermana siempre opta por la vía extrema: "Papá acaba de morir. Llámanos cuando puedas". He escuchado la cafetera expulsando el café. No había nadie en la cocina. El mundo se ha movido de otra forma. Cuando alguien cercano muere, la vida, tu vida, la realidad cambia de paradigma. Inevitablemente entras en una era nueva. He mirado la hora. 7:56. He mirado por la ventana hacia afuera. He visto un mirlo apoyado en la acacia de Japón que alcanza hasta la ventana. El mirlo ha hecho un movimiento con la cabeza. Como si entendiera el universo, y se ha ido volando bruscamente. He sentido un golpe de mareo, he temido desmayarme, venirme abajo, pero no. He cogido el teléfono y he llamado a mi hermana Ana. Llevamos seis años sin hablarnos.

—Hola, ¿ya estás despierto? —me ha preguntado nada más contestar.

—Estoy ya en la oficina. ¿Qué ha pasado?

—Un infarto fulminante. No entiendo nada —la he escuchado jadear. Me he imaginado la cara de mi hermana con ojeras, hinchada, con miedo, con una profunda tristeza y me han dado ganas de llorar.

—Salgo para allá. Tardaré cuatro horas. No creo que haya mucho lío en la carretera. Tengo que resolver lo de la niña.

—Ven con cuidado, por favor.

He caminado hasta la pradera de mi departamento. Habían llegado Julio y Clara. Estaban encendiendo el ordenador. He dicho como buenamente he podido lo que sucedía. Me han mirado desconcertados, desubicados, perdidos. Clara me ha dado un abrazo. Julio ha balbuceado una frase que no he entendido. He cogido las llaves del coche y me he ido. Luego no recuerdo cómo he llegado hasta el coche. Reconstruyo ese trozo y soy incapaz de ver ninguna imagen. Lo siguiente que veo es que estoy arrancando el coche y llamando a mi ex mujer. Ha contestado con recelo y no ha logrado empatizar del todo durante la llamada. Le he pedido, por favor, que recoja a la niña. Lo primero que me ha dicho es que si va a tener que ser ella la que le diga a Paula que su abuelo ha muerto.

—Si quieres, llámame nada más recogerla y se lo digo yo —le he dicho para tranquilizarla.

Me estaba despidiendo cuando, de repente, ha dicho la frase más amable en el último año y medio.

—Lo siento, Marc.

Luego los dos hemos colgado. He pensado en poner música, luego me ha dado miedo escuchar música. Me ha dado miedo todo, pero un miedo nuevo. Me ha parecido insólito que se haya muerto mi padre. He sido incapaz de imaginarme que en el mundo, en este mundo, en esta vida, jamás vuelva a estar mi padre. En la M40 había un atasco monumental. Me he quedado totalmente detenido. Entonces ya sí, he decidido ponerme música. Hay un disco que me sume en una especie de hipnosis, en un estado de ausencia que he considerado idóneo. He seleccionado Balm de Ill Considered y el atasco se ha transformado. De repente, estar parado en medio de la autovía, del asfalto, rodeado de vehículos quietos, avanzando sin avanzar, me ha parecido la metáfora de algo o la entrada a lo que sin duda es una nueva forma de vida en mi vida. No tengo fe, no creo en el más allá, no creo en la vida después de la vida y, sin embargo, he percibido a mi padre dentro del coche, como si hubiera venido a despedirse. He mirado al coche de al lado. Un hombre conduce un coche antiguo, pero muy bien cuidado. Me han dado ganas de abrazarle, porque de repente me he sentido vacío y solo. La M40 parecía el desierto. Un avanzar de almas perdidas.

En algún momento el tráfico se ha disuelto. A veces parece que los atascos son otro invento, otra manipulación. Se hacen y se deshacen por un mecanismo no siempre comprensible. No recuerdo nada hasta que he cogido el desvío a la A3. He puesto Náquera en el GPS, no porque no sepa llegar, claro, sino por ver qué tiempo estima. 3 horas 35. Se supone que a partir de ahí iré ligero. Cuando supero Arganda del Rey, la autovía se aligera. De hecho va más vacía de lo normal. Como si el tráfico estuviera limitado. Unos pocos camiones y algún turismo que me supera a más de 140 km/h. He entrado en fabulaciones o maquinaciones extrañas. He pensado que todo esto no estaba sucediendo. ¿Qué hago conduciendo hacia el pueblo un martes de principios de junio? Ha sonado el teléfono. Era Jimena, mi jefa. Me ha molestado que se cortara la música. No me apetecía hablar.

—Marc, me he enterado. Lo siento mucho. Tómate los días que hagan falta. Descansa y manda un abrazo a toda tu familia.

No sé qué he contestado. Detesto a Jimena. Es desordenada, caótica, irresponsable. La música de Ill Considered me ha parecido una especie de ansiolítico o de narcótico. He entrado en un estado difuso, abstracto, irreal. Los campos han empezado a amarillear. Una bandada de pájaros ha pasado delante del coche. La vida en curso. Un tractor atraviesa el horizonte. Afuera se siente el calor. España es un hervidero. Me han sonado mensajes. Las noticias vuelan. He imaginado el flujo de mensajes. Mi ex mujer avisando a amigos, amigos avisando a amigos. Me ha llamado Nacho. No sé qué he hablado con Nacho. Me ha llamado Pep. Veo las palabras sobrevolando por ese espacio de Castilla-La Mancha. He recordado una vez que fuimos con mi padre y mi madre al sur. En el coche jugamos a un juego que se inventó Ana y que tenía unas reglas absurdas o que iba cambiando cada vez que perdía. Mi madre, de repente, se quedó mirando hacia el horizonte, se quedó callada y no volvió a hablar. Éramos pequeños y mi padre nunca supo gestionar quedarse solo con dos chicos adolescentes. Desde entonces mi padre también vivió una vida que no entendía. Claro que las vidas cambian de golpe. La mayoría de las veces no hay transición. Cuando mi madre se quedó callada, mirando hacia la nada en una carretera de Andalucía, no hubo transición. El cambio fue para siempre.

En Saelices me he imaginado la carretera desde Google Earth. Como si me viera desde un dron. Me he imaginado el coche atravesando la A3. ¿Por qué hay tan pocos coches hoy por la carretera? El calor se nota dentro del coche, y aunque odio el aire acondicionado, lo he puesto muy bajito. Es insoportable el calor y solo estamos a principios de junio. El mundo se está deshaciendo, pero no termina de deshacerse. Es como si todo el rato estuviéramos en el punto en el que el cubito de hielo todavía tiene forma de cubito de hielo, pero en breve, y muy velozmente, se va a deshacer y el agua se va a expandir por una encimera cósmica.

Ana nunca dejó Náquera. No sé muy bien qué vida hace mi hermana en Náquera. No sé por qué nos dejamos de hablar. Fue una excusa. Nunca soportamos que nuestro núcleo familiar se deshiciera, también como el hielo. Tengo ganas de ver a Ana, pero no sé qué le voy a decir. No sé de qué vamos a hablar los Ferrer Navarro cuando solo quedamos dos. Somos un apellido que se va diluyendo en la nada o esparciéndose. Entonces he visto que estaba encendida la reserva del coche. No sé cuánto tiempo lleva encendida y me he alarmado.

He cogido el primer desvío en Honrubia, pero me he equivocado. Me he parado para meter en el GPS la búsqueda de una gasolinera cercana y me ha hecho una ruta que ni he chequeado. Me ha empezado a dirigir por una carretera secundaria. Obedecía a Google. Es mejor obedecer cuando no quieres tomar decisiones. La carretera se va transformando. Aparecen pinos, la tierra es más roja. El aleatorio de la música ha ido poniendo la música que le ha dado la gana. El algoritmo, en el fondo, es eso. La máquina haciendo lo que le da la gana. He visto que el teléfono estaba lleno de mensajes. No he cogido ninguna llamada. He visto que había una de Ana. Vuelvo a pensar en un dron desde el que veo mi coche avanzando por esa carretera secundaria. No pasan más coches. Es como si me hubiera quedado solo en el planeta. Entonces veo, de repente, el Hotel Claridge. Había oído hablar de él. Un hotel abandonado que cerró de golpe en el 98 porque el tráfico dejó de pasar por ahí. Me he parado en el parking. He apagado el coche y me he bajado.

Es hermoso el Claridge. Brutalismo moderno. El hormigón moldeándose en curva y el vacío alrededor. Me he sentido como los tipos esos que han subido a la Luna. 32 grados a las 10 de la mañana. He rodeado la fachada. Había un grafiti pequeño, entre todos los inmensos, que ponía: "Hasta que el miedo te tenga miedo". He vuelto a pensar en Ana, me la he imaginado haciendo la burocracia del deceso. Las señoras del pueblo dándole el pésame. He rodeado el edificio. Había otro grafiti minúsculo que ponía: "Paul y Lucía. Julio 99". El mismo mes que yo empecé con mi ex mujer. He llegado al recinto de la piscina. La forma curva me ha recordado a lo que imagino cuando me hablan del espacio y del universo y de las formas del no tiempo. El tiempo da la vuelta y continúa. Al fondo, a lo lejos, se ve el pantano. Entonces he decidido entrar dentro del edificio.

Dentro huele a pino o a algún árbol. La naturaleza siempre gana. La mala hierba y las ramas devorando el hormigón en una lucha que durará años, quizá más de un siglo, y el hormigón no cederá tan fácil. He escuchado, de repente, unos pasos. He mirado a los lados y he visto un hombre al fondo, en una escalera. Estaba metido en la sombra y solo veía una silueta. He pensado que era mi padre. El hombre me ha saludado con normalidad. Como si fuera normal que dos personas estuviéramos metidos en ese hotel abandonado. Me he quedado quieto porque no he sabido cómo actuar. Él ha descendido los últimos escalones, pero seguí sin identificarle. Luego me ha dicho una frase que no he comprendido. No he contestado. Me he sentido aterrorizado y absurdo. He llorado, por primera vez, la muerte de mi padre.

—Te has dejado el ordenador sin cerrar —me ha dicho de golpe.

—¿Qué ordenador? —he preguntado sin entender absolutamente nada.

—El de la oficina. Lo has dejado abierto. Es un error que no puedes cometer.

—Pero ¿cómo lo sabe?

—Eso da igual. Ahora todo se empezará a desordenar, pero no te vas a dar cuenta. Cuando te das cuenta, ya está todo desordenado. Verán tus mails, verán tus archivos, tu ex mujer te verá aún más como un enemigo. Claro que se entra en otro mundo cuando muere alguien cercano. Son estados. Todo se transforma y nadie se da cuenta. Pero son saltos. El tiempo deja de ser constante.

He tenido ganas de sentarme en el suelo y tranquilizarme. He mirado los espacios del Claridge. Entonces el hombre ha vuelto a subir la escalera. Le he visto subir y desaparecer. Entonces me he ido detrás de él. Arriba no veía nada o muy poco. Ha desaparecido al fondo de un pasillo. He entrado en lo que debía de ser una habitación. Había un colchón. Me he tumbado y me he quedado dormido. Cuando he abierto los ojos no sabía cuánto tiempo había pasado. El móvil estaba en el coche. He bajado corriendo. La luz había cambiado y he sentido una angustia profunda. El coche no estaba. Me he quedado de pie, mirando la carretera por la que no pasa nadie. He pensado en mi hija Paula. Estoy convencido de que un día vendrá aquí, detendrá su coche, bajará y yo estaré ahí, de pie en la escalera, esperando ese momento todos estos años.

jueves, abril 16, 2026

Anotaciones

Anotaciones

No sé si podría sacar conclusiones. No fue trascendente ni medianamente importante, no sucedió nada llamativo y tampoco es el resultado de una profunda investigación. La vida, la mayoría de las veces, camina hacia la nada. No es ni siquiera la crónica de un día importante, pero hay algo que invisiblemente se une en esa mañana.

Era un miércoles de abril en el que por fin la temperatura era agradablemente cálida y la primavera empezaba definitivamente a ganar la batalla. Había ido a dejar mi guitarra con el lutier. Es un muchacho profesional, de maneras muy artesanales, meticuloso en su labor y con bastante pasión por lo que hace. Te recoge la guitarra con cuidado, la saca del estuche, la observa con mirada analítica y va comentando cosas que va viendo.

—Ajustaré un poco el alma porque la parte más cercana al clavijero tiene una leve desviación. Nada grave, pero estará mejor.

Luego sigue mirando. Coge la guitarra con un cuidado que sorprende y agrada. Entiende que el instrumento es algo más que una mera guitarra para el que la lleva.

—Limpiaré los trastes y la electrónica. Está bien, pero conviene darle un mimo.

Luego la enchufa, toca algunas escalas, prueba distintas intensidades. Parece un médico examinando a un paciente frágil. Siempre siento envidia por la gente que trabaja con sus manos, por esa artesanía y esa habilidad. En el artesano se sustenta todo arte. Está el equilibrio y el conocimiento. Para alguien tan torpe como yo, ver a un artesano trabajar produce mucha admiración. El lutier trabaja muy bien. Cuando le veo, entiendo la pasión por un oficio. Hemos perdido en la mayoría de los empleos esa relación con lo que hacemos. Luego me citó para volver a recogerla. No usa teléfono. No usa dispositivos tecnológicos. Casi podríamos decir que es el último de los luditas.

Me despedí de él. Es además un tipo de trato cálido, pausado. Su taller está en una zona de Carabanchel donde la ciudad no se definió del todo y colean los intentos de una zona industrial que debió de ser devorada por la velocidad del crecimiento. Son edificios con espacios muy amplios, diáfanos, industriales. Él tiene cientos de instrumentos desplegados por la enorme sala. Su compañero arregla sintetizadores, órganos y amplificadores. El espacio es el paraíso del amante de lo analógico. Se podría rodar la escena de una película de género ahí. No sé de qué género, no sé qué guión.

Salí a la calle. Hubo una época que frecuentaba mucho esa zona; hoy voy muy poco por ahí, así que aproveché para recorrerla un poco. En vez de ir directamente a la estación de Oporto, me desvié por las calles de dentro. Atravesé Casar de Palomero, vi el espacio social y los locales de ensayo. Luego fui por Prímula hasta El Toboso. En el cruce, un hombre hablaba por teléfono nervioso:

—Te mandé el correo anoche. Necesito saber algo ya —le decía alterado a su interlocutor.

Cogí Ervigio para meterme por las pequeñas calles de la colonia Santa María Micaela. De repente entras en otro tiempo. En la ciudad fuera de la ciudad. Se bifurca el espacio. Una buena cantidad de manzanas con casas bajas o de dos plantas, unas pegadas a otras, conservando cada una individualmente su jardín. Madrid deja notar con frecuencia su suelo de pueblo castellano. Pasé por delante del Bar la Esperanza. Un hombre apoyado en la puerta miraba sin mirar. Sospeché que era el dueño del bar y que dentro no había ningún cliente. De dentro venía el ruido de la televisión encendida. La voz de un locutor ofreciendo un producto inmejorable. Ese hombre, estoy convencido, no habitaba en el año 2026. Seguí calle abajo. En Marqués de Vadillo entré al metro. Miré el móvil. Iba bien de tiempo.

El vagón no estaba especialmente lleno. Entré en el túnel. Me había quedado de pie. Frente a mí, un chico de unos veinticuatro años, muy delgado, de aspecto muy frágil, leía concentrado Historia de Shuggie Bain. Llevaba algo más de la mitad del libro. No levantaba la vista. Estaba leyendo muy concentrado. Entonces me seguí fijando en los otros pasajeros. A mi lado, una mujer de unos cincuenta, de aspecto andino, enviaba fotografías de arreglos florales por WhatsApp. Había hecho una selección amplia e iba adjuntando las fotos. A su lado, otra mujer leía un libro digital. Los libros digitales son terribles para los fisgones. No puedes saber nada sobre ellos. Ves una pantalla que rebota letras muy contrastadas, pero no sabes títulos, no sabes nada. ¿Qué libro leería esa mujer?

De resto, la mayoría de los pasajeros iban mirando su móvil. Un señor de unos sesenta miraba Instagram. Iba pasando publicaciones y reels sin medida, sin control. Somos ludópatas de la imagen. Vamos metiendo monedas en el móvil esperando no sé muy bien qué imagen final. Un poco más allá, un chico leía con atención publicaciones de Twitter. Los otros pasajeros miraban sus pantallas, pero no tenía acceso a ver qué veían. ¿Qué vemos cuando vemos el teléfono? Tiene algo de túnel y de agujero. Un túnel invisible y un agujero profundo. Llegué, me bajé en Chueca. Afuera era tan bonito el día. Tan reluciente. Con esa temperatura perfecta. En la plaza, una enorme lona cubría las obras de un edificio. La lona publicitaba Uber. Un tipo destartalado tocaba la trompeta en medio de la plaza. Tocaba versiones muy adulteradas de canciones antiguas. Esos músicos repiten tantas veces esas canciones que terminan modificando ligeramente la melodía, los acentos, mueven las síncopas, porque su relación con esas canciones es física, artesanal. Caminé hasta casa. Llegué a casa. Encendí el ordenador y me puse a escribir esto. Aún no sé muy bien por qué. ¿De qué trata este texto?

martes, abril 14, 2026

La velocidad del Boogaloo

Había quedado en acercarme al taller de Mauro en La Florida para escuchar y ver su colección alucinante de vinilos. Mauro posee una de las colecciones más peculiares de discos de toda la ciudad. Experto en boogaloo, salsa, mambo y Latin soul, poder acceder a su taller y compartir con él unas horas era un privilegio que meses antes no me hubiera planteado. Pero conocí a Mauro una noche en un local cerca de Sabana Grande, donde estaba haciendo una sesión memorable. Un amigo común nos presentó y estuvimos hablando un buen rato. Mauro tiene un discurso peculiar. Hila las frases y los razonamientos como si las cosas del mundo —y por mundo me refiero a esa capa de realidad en la que estamos sumidos y que muchas veces parece una narración en off— no le concernieran. Para Mauro, daba la sensación de que, más allá de su relación con sus vinilos, con los sellos discográficos con los que se comunicaba y con los músicos, lo demás no tuviera una importancia excesiva. Podría decirse que Mauro había traspasado una capa al alcance de unos pocos.

Me subí en una camioneta en Chacao para cruzar hasta La Florida. El taller de Mauro estaba al lado de la funeraria Vallés, en una especie de galpón. Las indicaciones eran precisas: debía atravesar un pequeño callejón a un lado, tocar una puerta con aspecto muy deteriorado que Mauro abriría desde dentro y cruzar un pasillo entre galpones para alcanzar un habitáculo al fondo. Yo había visto fotos del taller de Mauro en una publicación de Instagram de Roberto Parques. Supe que a Mauro saber su guarida expuesta en redes le pareció una traición. Roberto Parques borró la publicación, pero muchos ya habíamos visto algo de los entresijos de ese lugar mitológico dentro de la música de la ciudad.

Caminé hasta la Francisco Miranda escuchando una lista de Latin soul y boogaloo que había descubierto de un DJ de Ciudad de México. El día era hermoso en Caracas. Lo cierto es que todos los días son hermosos en Caracas. Los seis meses que llevaba viviendo ahí, cada día parecía el día con la mejor temperatura de la historia. Puse un pie en la acera al ritmo de «Karate Boogaloo» de The Emperors. Sentí olor a cilantro y a hervido que salía de la cocina del hostal donde vivía. Me sentí rítmico y, por qué no decirlo, sabroso. Estaba algo eufórico. Los meses en la ciudad estaban siendo mucho más fructíferos y emocionantes de lo que había prefigurado. Estaban sucediendo cosas inesperadas y, salvo un par de situaciones extrañas, no había sufrido esos grandes altercados con los que me advertía la gente antes de venir. Saltó «Barefootin' Boogaloo» de Robert Parker cuando alcancé la avenida y me detuve en la parada a esperar mi camioneta. La parada estaba atestada de gente apurada que miraba sin parar a ver si llegaba su carrito por puesto. Cuando empezó a sonar «Working in a Coalmine», apareció el mío.

La camionetica iba atestada. Me metí como buenamente pude, me agarré en la puerta, con un pie en el primer escalón y el otro colgando sobre el asfalto. La camioneta salió disparada por Francisco Miranda hacia el oeste. Cuando empezó a sonar «Bang! Bang!» de Joe Cuba en mis auriculares, la velocidad era trepidante e insólita. Los pasajeros, que éramos un amasijo de manos, pies y cabezas, nos movíamos como si fuéramos parte de una coreografía desquiciada. El trópico tiene sus propias normas. Dos paradas después hubo un descenso masivo de peatones y, sin llegar a quedar vacío, al menos pude acceder al pasillo. Éramos muchos pasajeros, pero al menos íbamos mejor acomodados. El autobusito tomó el desvío hacia la Libertador. Se detuvo en un semáforo. A nuestro lado, otra camioneta. Vi que los pilotos se miraban y se increpaban en un tono de voz excesivo. Hubo algún insulto y algún reclamo. Detuve la música en mis auriculares para atender, pero casualmente el autobusero tenía puesto a todo volumen «That's How Rumors Start» de Joey Pastrana.

—¡Coño e tu madre, agallúo! Tú lo que quieres es robarme todos los pasajeros. Ya fue, güevón —gritó excesivo el otro piloto.

Semáforo en verde.

A partir de ahí todo cambia. Nuestro autobús sale disparado para tomar el desvío por la Libertador. El otro piloto va en paralelo. Los pasajeros que vamos de pie nos tambaleamos. Casi caigo encima de la mujer que tengo delante. El tipo que tengo a mi derecha me empuja sin querer. Todos lanzamos manos para sujetarnos y sujetar a los demás. Si cae uno, caemos todos. Hay una coreografía extrema. Ya no somos cuerpos independientes: estamos todos interconectados y lo sabemos. Una cosa fascinante de la ciudad es que muchas de las camionetas tienen unos sistemas de sonido que parecen discotecas. Nuestro piloto sube la música cuando arranca «Right On» de Ray Barreto. La percusión de la intro acompaña precisa la carrera. El otro piloto acelera y toma delantera. Desde nuestras ventanas vemos, a través de sus ventanas, a los pasajeros del otro autobús que también se sujetan como pueden. Nos miramos con piedad y sin ningún espíritu competitivo. Nadie quiere ganar salvo los pilotos. La señora a la que llevo sujetando todo el rato para que no se caiga increpa a nuestro piloto:

—¡Pero muchacho loco, bájale, que nos vamos a matar! ¡Irresponsable, chamo!

Pero nuestro piloto no atiende a razones y pisa duro el acelerador. Todo vibra, todo tiembla, todo se destartala. La arquitectura de la camionetica no da más de sí. Hay sismos con menos vibraciones que las que sufrimos en el pasillo atravesando la Libertador. El hombre que tengo a mi lado suspira. A su lado, una chica hermosa empieza a sudar. Tiene ganas de gritar y me mira diciendo:

—Vamos a morir.

Intento tranquilizarla cuando arranca una versión prodigiosa de «Touch Me» de The Doors por La Lupe.

—No te preocupes, en la próxima parada nos bajamos todos —digo para relajar la tensión.

Pero a esas alturas el autobús no es que dé la sensación de que no vaya a parar, es que si para, revienta. Hay un efecto físico imposible, como si la camioneta fuera una turbina que se autorregula. Su propia velocidad y toda esa inercia que genera la aceleran aún más. Los cristales parecen percusiones, el suelo se abre. Nuestro piloto mira al frente como el que mira el infinito, como el que mira el fin del mundo. El otro piloto ha intentado una maniobra con la que nos ha rozado. Nos hemos amontonado todos sobre el hombre sentado con maletín que tenemos detrás. Somos cinco sobre uno. El hombre va a colapsar. Nos sujetamos entre todos y, con una coordinación digna de elogio, logramos, como un solo cuerpo, ponernos de pie. Arranca «Everything Gonna Change» de Jean Paul "El Troglodita" y yo, apropiándome del título y para insuflar ánimos en mis compañeros, grito:

—¡Todo va a cambiar!

Pero nadie me escucha.

La chica mira hacia nuestro piloto y le insulta desesperada. En ese momento nuestra camioneta toma la delantera. En ese momento, y confieso que no me siento orgulloso de ello, siento una especie de alegría: puestos a morir, al menos que ganemos. La otra camioneta, sin embargo, hace un quiebre, adelanta al Chevrolet que tiene delante y se pone en cabeza por pocos centímetros. En ese momento me pregunto dónde estará la meta, dónde acaba todo esto. Empieza «You're Moving Too Fast» de Bobby Marín. Nuestro piloto, que objetivamente está más desquiciado que el otro y que probablemente desconoce qué es la precaución y el instinto de supervivencia, hace una maniobra totalmente perturbada. Varios autos se desvían abruptamente y él se pone en cabeza. Estamos llegando a la parada donde debo bajarme, pero dudo de si a esas alturas alguien va a frenar. Entonces yo también grito:

—¡Mamagüevo, frena esta vaina que nos vamos a matar!

Todos nos miramos sujetándonos, sosteniéndonos. El ser humano es bueno, pienso filantrópicamente. El piloto entonces empieza a girar. Mira a los lados. Se escuchan cláxones por toda Caracas. El otro piloto está por detrás, se ha dado por vencido. Baja la velocidad y, sin ser conscientes, nos vamos soltando entre los pasajeros. Ya no somos un organismo plural, vamos recuperando nuestra individualidad y algo de sosiego. El autobús frena en la parada. El otro autobús se pone a un lado. Los pilotos se insultan enfurecidos mientras todos, absolutamente todos los pasajeros de ambos autobuses, bajamos casi a la carrera. La acera se llena de gente que insulta enfurecida a ambos pilotos, que a esas alturas están uno frente al otro a punto de pegarse. Sé, lo reconozco, que no es apropiado, pero me he quedado mirando a la chica que formaba parte del organismo del pasillo. De dentro del autobús vienen las notas de piano de «Baby Boogaloo» de Ñico Espinosa y su orquesta. Me he acercado a ella mientras suena ese coro: "¿Tú quieres gozar, eh, baby?"

—Fue así, hijo, cómo conocí a tu madre. En nuestra boda el DJ fue Mauro y, en vez de un vals, bailamos «Esto se baila así», de Lavoe y Colón.

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