—Arturo, va a ser mejor que lo dejemos aquí.
Pero lo cierto es que no lo podían dejar justo ahí, en medio de la meseta castellana, atravesada por el frío de enero, dejando esa imagen minimalista y escueta de elementos justos para conformar un paisaje. Castilla, en ese instante, se parece a ellos. Ninguno ha vuelto a hablar, porque hablar llevaría, de nuevo, a la confrontación. Julia ha dejado caer una lágrima que, obviamente, Arturo no ha visto. Arturo siente una especie de angustia y desesperación, pero por primera vez también siente resignación. Durante mucho tiempo pensó que vivir sin Julia sería insoportable; ahora empieza a pensar que es ya la única forma posible de seguir viviendo. No son capaces, ninguno, de descifrar en qué se basa el conflicto. No hay un motivo concreto. Es el promedio del otro. Julia, que tiende a ser excesiva con el análisis, lo ve así: las relaciones son promedios, estadísticas, y de repente estas empiezan a disminuir. El promedio del otro te resulta, de repente, insoportable. Julia ama profundamente a Arturo. Arturo depende absolutamente de Julia. Ambos sienten, en medio de ese paisaje árido y desprotegido, la forma profunda y real de la soledad. Nacemos y morimos solos. La vida es un tránsito en el que a veces te vas encontrando a alguien. Amigos, familia, pareja. Durante mucho tiempo la pareja se basa en que la soledad parece compartida y te percibes menos solo en el universo. Sin embargo, de golpe, la soledad aparece de lleno y te descubres solo, eternamente solo. Así se siente Arturo mientras conduce, callado, volviendo a Madrid. Volviendo a casa. Ninguno pregunta asuntos técnicos, burocráticos: ¿qué hacemos con la casa alquilada? ¿Cuándo se va cada uno por su lado? Van mascullando en silencio, en ese silencio insoportable en la cabina del coche, todas esas preguntas. Mientras una profusa niebla va emergiendo como un ser místico por toda la meseta. Avanza esa masa vaporosa y densa sobre la tierra, cubriéndolo todo, como si alguien hubiera decidido borrar el paisaje, borrar lo real. De repente, la niebla, que tiene algo hermoso y sugerente, domina el paisaje. El coche que hay justo delante también desaparece. Arturo reduce la marcha. Julia mira las formas de la tierra que se van evaporando.Ahora le parece que todo eso se parece a un sueño. Arturo tiene ganas de decir en alto: nunca había visto una niebla tan profunda y densa, pero solo lo piensa. Julia, de golpe, tiene miedo. No sabe a qué, no es racional. El paisaje ya no existe, es todo una hoja en blanco. Arturo, que conduce cada vez más tenso y concentrado, decide poner música. El silencio le ha dejado exhausto. La música rellenará, piensa, todo ese vacío bestial. Va marcando letras en el buscador de la plataforma. Desintegratión Loops de William Basinsky. Julia tiene ganas de advertirle de la imprudencia. La carretera no se ve, la realidad se ha borrado y le parece una insensatez que en esas condiciones en las que la conducción debe ser extremadamente cuidadosa buscar música en el teléfono. Le parece una insensatez insoportable. Pero calla y decide no sumar más hostilidad en ese espacio resquebrajado. De golpe, la música irrumpe en la cabina. Todo, como la niebla, cambia las formas. La visibilidad es ya nula. ¿Cómo es posible una niebla tan exagerada?, piensa Julia con nostalgia y algo de temor. Su vida, de golpe, le parece diluida, lejana, triste. La niebla, piensa, está borrando hasta nuestro pasado, y siente, entonces, unas ganas insoportables de llorar que intenta reprimir. Arturo reduce aún más la velocidad. Por un lado, teme chocar con alguien delante, pero le aterra, también, ser alcanzado por detrás. No hay luces, no hay figuras, no hay imágenes. Alguien ha borrado el mundo, concluye nostálgico. En ese instante le invaden unas ganas enormes de coger la mano de Julia. De rehacerlo todo. Como si la niebla fuera una invitación a volver a dibujarlo todo de nuevo. Se acuerda, de golpe, del día lejano en que la conoció.
Arturo llevaba un par de meses sin trabajo. Pasaba los días haciendo entrevistas y llamadas para rearmar su vida laboral. Estaba, no obstante, en una época de sosiego. Aprovechaba las tardes libres para hacer actividades que nunca realizaba. Una tarde, caminando al azar por calles del centro de Madrid, vio que proyectaban una película de título sugerente de la que no había oído hablar: El sonido de la caída. Entró al cine del Círculo de Bellas Artes. La sala estaba completamente vacía cuando se sentó. Las luces aún permanecían encendidas. Entonces escuchó la puerta de la sala abrirse y sintió cierto alivio: la idea de que proyectaran para él solo la película le resultaba incómoda y excesiva. Giró la cabeza y vio a esa chica hermosa bajar la escalera hacia el patio de butacas. Se sentó dos filas delante y un poco a su izquierda. La película, entonces, comenzó para esos dos espectadores solitarios. Cuando la película terminó, Arturo, desbordado por lo que acababa de ver, tardó en ponerse en pie. Ella lo hizo antes que él. Se giró y por primera vez cruzaron la mirada. Arturo no es un tipo atrevido, seductor o lanzado. Julia es más bien tímida. Sin embargo, ambos, por una razón que aún hoy, en ese coche silencioso y cubierto de niebla, no logran entender, se saludaron y treinta segundos después se estaban presentando. Salieron a la calle comentando la película. Ambos se habían quedado atrapados y seducidos por esas imágenes prodigiosas y potentes, por esa narración peculiar y profunda. Entonces caminaron horas. Cayó la noche y siguieron avanzando por una ciudad que de repente les parecía otra. Las calles parecían calles nuevas, calles de una ciudad desconocida. A última hora, cuando ya era tarde y Julia confesó que debía irse a dormir, se besaron sin previo aviso. Entonces los dos sintieron en el otro la desaparición de la soledad. Fue todo rápido desde ese momento. Pocas semanas después vivían juntos en casa de Julia. Arturo encontró un trabajo amable y conformaron y construyeron una vida que los siguientes años fue hermosa y agradable.
Tiene ganas de cogerle la mano, pero no lo va a hacer. La música suena vaporosa por el coche. Es un disco ambiental que a Arturo le gusta mucho y que sabe que a ella no le puede molestar. La niebla, mientras tanto, sigue aumentando su densidad. Apenas se ve la parte delantera del coche. Por los espejos retrovisores solo se ve una imagen blanca y sólida. Parece una pared. La sensación de movimiento es peculiar, porque es como si el auto fuera empujado por fuerzas externas. Como si en cierta manera flotara. Julia estornuda. Le da rabia haber estornudado, porque le parece que es como haber hablado. Pero nadie habla. El estornudo sobrevuela el ambiente, como si acústicamente se hubiera amortiguado extraño, sobre la masa. Es en ese momento en que Julia, que mira de reojo a su lado, ve que la niebla está empezando a cubrir a Arturo. No habla, pero siente una forma difusa de pánico. La niebla se va colando también dentro del coche. ¿Cuándo va a parar esta niebla?, piensa angustiada. Arturo se acomoda para mirar como buenamente puede hacia la carretera. Tampoco se atreve a detenerse. ¿Y si frena en un lugar equivocado? También pararse le parece una imprudencia. Baja aún más la velocidad. Sin embargo, tampoco eso le produce calma. ¿Y si por detrás le alcanza alguien a toda velocidad? A nadie le advierten ni existe protocolo para conducir con semejante invisibilidad. Es en ese instante, que mira por el retrovisor de su derecha, que también Arturo descubre que la niebla empieza a cubrir a Julia. Que apenas se ven ya los asientos de la parte de atrás. Julia se queda atrapada en esa imagen no imagen. En ese vacío o en esa plenitud blanca. Recuerda de golpe la vez que hicieron por primera vez el amor, la vez que viajaron por primera vez a la playa. Un viaje a Londres donde vieron a su grupo favorito en directo. La noche que creía estar embarazada. Arturo llorando por la muerte de su padre. Una noche en una fiesta que ella tuvo un ligero ataque de celos, porque él hablaba con una chica muy guapa. La vez que Arturo se puso triste porque creyó que ella ya no estaba enamorada. El viaje a Lisboa donde ella se perdió y se estuvieron una hora buscando el uno al otro y se encontraron por casualidad y simularon no conocerse y que se volvían a conocer y que se iban al hotel como si no se conocieran y hacían el amor como si fuera la primera vez. Y recuerda la tarde frente al mar en que él le contó un accidente que tuvo de pequeño en la playa. La vez que ella le contó de ese novio detestable y él se puso triste pensando en el dolor de ella. Y entonces, Julia, mira de reojo la mano de Arturo sobre la palanca de cambios y ve que hasta ahí llega ya la niebla. También ella tiene ganas de lanzar la mano sobre su mano y olvidar la ira y la rabia y la pena y comenzar a rellenar, de golpe, el paisaje de imágenes. Poner un árbol a la derecha y un campo extenso a ambos lados, y cubrir de césped las praderas. Arturo mira sin mirar porque ya no hay nada que mirar entre esa niebla. Apenas ve ya sus manos, apenas ve ya el volante. Piensa, casi derrotado, que es imposible conducir así, que no hay manera de salir ilesos atravesando ese vacío. Mira, entonces, a su derecha y lo que ve es que no ve nada, porque la figura de Julia ya no se ve. Ha sido absorbida por la niebla, por esa densidad. Siente un dolor terrible en el pecho y tiene ganas de llorar. Entonces, dominado por la angustia, decide por fin hablar:
—Julia, tengo miedo —dice con la voz frágil, casi rota.
Pero no hay respuesta.
—Julia, por favor. Perdóname todas las cosas que te molestan. Pero intentemos de nuevo, por favor.
El silencio. Lo que le devuelve la niebla es el silencio.
Al otro lado, Julia. Casi llorando. Sintiendo la soledad extrema y el vacío. Mira a su izquierda. Ve la masa blanca dominando todo lo que ve. Busca la mano de Arturo, pero su mano, su propia mano, se diluye en la nada.
—Arturo, por favor. Tengo miedo —dice con la voz quebrada y triste.
Pero no hay respuesta.
—Arturo, por favor. Perdóname todas las cosas que te molestan. Pero intentemos de nuevo, por favor.
El silencio. Lo que escucha Julia en medio de la niebla es el silencio. Se acomoda en el asiento. Lanza las manos hacia la masa blanca, pero no toca nada. Ve sus manos, sus muñecas, sus antebrazos desdibujarse y desaparecer ahí, en ese espacio vacío.
—¿Arturo?
Ya no se sabe, claro, si el coche avanza o es empujado. Si flota o está volando.
La niebla entonces se va diluyendo. Arturo mira al otro lado del cristal; las formas de la tierra empiezan, de nuevo, a dibujarse.
—¿Julia?
El asfalto se hace presente. Las líneas discontinuas a ritmo monótono. Arturo gira su cabeza para ver a Julia de nuevo, en el asiento de copiloto. Pero lo que ve Arturo es un asiento vacío. Que coincide con el momento en el que Julia, mirando a su izquierda, ve que el coche está detenido y solo. Y ella ahí, en medio de la meseta. Y Arturo avanzando en ese coche solitario mirando que ella no está. Y Julia mirando al asiento del copiloto vacío. Y ambos, a la vez, cada uno en ese otro lado de la niebla, preguntándose cómo podrían hacer para volverse a encontrar en medio de la meseta.