Por la curva de San Francisco en dirección a Beiramar veo a una mujer saliendo apurada del portal de la esquina. Avanza marcando los pasos que reverberan a esa hora por la ciudad como si no hubiera nada más habitando en el planeta. La sigo con la mirada. Evita los soportales porque hay un tipo fumando hachís o heroína en el suelo. El tipo gira la cabeza y me mira. Durante dos segundos nos miramos como se miran los animales, o como mira un animal a un humano. Detenido e inmóvil, como si los ojos fueran una excusa o un trámite y lo que importara de la mirada es lo que no se está viendo, el hombre me mira desde un lugar que contiene los soportales, pero también el universo. La mujer ha desaparecido.
Avanzo hasta la avenida. No hay tráfico. Pasa algún coche como queriendo recordar que el mundo, o ese mundo que hemos construido, aún perdura. La niebla difumina las luces. Yo viví de niño en esta ciudad y aquella ciudad aún está contenida en esta. Son la misma y no lo son. Entonces me da por pensar en la forma invisible de las ciudades. Oigo el bocinazo de un barco desde la ria. Es la sirena de niebla que suena por toda la ría. Hay algo en el mar que parece un tiempo detenido entre los tres o cuatro últimos siglos. Me desvío por la cuesta del gaitero Ricardo Portela. Hay una furgoneta con las luces encendidas. Dos hombres dentro me miran como el que ve una aparición, pero intento ignorarlos. Cuando llego a Torrecedeira busco el portal donde viví unos pocos meses con 7 años. En esa casa tuve paperas y una fiebre extraña. Pero no logro saber cuál era aquel portal. La calle está vacía y llena de niebla. Decido, entonces, buscar un taxi. Pero no sé en qué dirección ir para buscarlo. No hay coches pasando. No hay gente pasando. Solo es real la niebla. Tras la nebulosa blanca y la confusión veo una figura emerger. La figura se va formando, haciendo más nítidos sus contornos. Ya casi va a hacerse visible, o medianamente visible, cuando en un ataque de locura o de absurdo pienso: ¿y si quien aparece soy yo? Pero no soy yo quien aparece tras la niebla. Es una figura de alguien que sigue de largo. Aún no sé explicar por qué decido seguir a ese hombre. Sigue siendo de noche.
El hombre camina rápido, con prisa. Recorre Torrecedeira en dirección contraria a la que iba yo. A mí, además de ir para atrás desde donde yo venía, me da la sensación de ir atrás en el tiempo. Gira por Santa Marta. El hombre va vestido con chándal de marca y zapatillas de corredor. Gorra del Deportivo de La Coruña. En el momento que descubro la gorra veo en un balcón una tela en la que pone: Eu creo no Celta. Las rivalidades permanecen hasta en el fin del mundo. El hombre camina a un ritmo endiablado. Me cuesta seguirle. No hay descanso y siento que el ritmo va a más. Finalmente llegamos a la avenida de las Camelias y empieza a subir el Monte Castro. En el Castro tampoco hay nadie. Ni siquiera parejas o drogadictos escondidos. Miro hacia abajo. La ría está cubierta y vuelvo a escuchar la bocina de niebla. Las luces de las farolas se difuminan y la acústica de la ciudad está completamente amortiguada. No pierdo de vista al hombre del chándal que avanza frenético monte arriba. Voy jadeando y agotado y me planteo detener la absurda persecución. En ese momento el hombre se gira y me mira. Se quita la gorra y me dice algo que no comprendo. Detrás de él aparece una mujer más joven que él, pero más mayor que yo. Es la mujer, ahora la reconozco, que ha salido del portal en la curva de la rua de San Francisco. Ambos me miran. La mujer tiene un libro en la mano y me dice que me acerque. Por segunda vez en esa hora de mi vida me planteo que realmente el mundo se ha acabado. La mujer entonces se acerca y me dice que si quiero leer el libro que tiene entre manos.
—El autor —me dice— es José Manríquez, el hombre al que estás siguiendo —y me pasa el libro.
Miro la portada donde se ve una ilustración de tonos rojos, donde se ve un hombre parado en la esquina de la Rúa San Francisco mirando a una mujer pasar y a un hombre fumar hachís o heroína en el suelo. El hombre, por supuesto, soy yo. El título del libro es La última noche de Henri Mineiro. Siento una náusea, porque Henri Mineiro soy yo. Abro el libro. Es una novela gráfica. La leo con atención donde va sucediendo todo lo que ha sucedido esa noche hasta ese momento preciso. Cuando llego a la viñeta donde me veo leyendo, cierro con violencia el libro. Aterrorizado y exhausto. La mujer ya no está y el hombre del chándal avanza, aún más rápido, Monte Castro arriba. Le persigo con terror. Busco una explicación. La ciudad sigue vacía y silenciosa. La niebla está estática, inmóvil, tremenda. Vuelve a sonar la bocina de niebla en la ría. El hombre del chándal ya no lleva la gorra. El pelo, canoso y débil, está caótico en su cabeza. Le sigo por el paseo de Rosalía de Castro. Le grito, pero no se gira.
—¡Manríquez! —grito cinco o seis veces.
Manríquez no se gira. Lo que sucede es que la niebla se va comiendo a Manríquez y dejo de verle. En el mirador descubro que ya no hay manera de seguirlo. Lo que sí descubro, que ajeno a mis decisiones, aún conservo el libro en mi mano. Abro por la página donde había cerrado. Las siguientes viñetas suceden lo que acaba de suceder. Entre el pánico, el terror y la valentía, decido leer las viñetas que aún no he vivido. Veo entonces que avanzo varias viñetas desconcertado y perdido. Siempre rodeado de niebla. Que rodeo todo el monte y que salgo por la calle Venezuela. En la calle Venezuela todo sigue vacío y detenido. De hecho descubro que el amanecer no termina de aparecer. Algunas viñetas más adelante me vuelvo a encontrar con la mujer que me pregunta:
—¿Qué prefieres: leerlo o vivirlo?
Escrito en la niebla, con una tipografía distinta, respondo:
—Prefiero las dos cosas.
Decido, entonces, cerrar el libro y avanzar en la realidad lo que el libro me ha mostrado. Efectivamente, todo sucede como había sido escrito. Me encuentro a la mujer en la calle Venezuela:
—¿Qué prefieres: leerlo o vivirlo?
—Prefiero las dos cosas.
Me mira y se ríe. Se da la vuelta y se va. Entonces abro el libro y leo los siguientes acontecimientos. Manríquez vuelve a aparecer. Esta vez me habla y me dice:
—No es posible los dos caminos: o lo lees o lo vives.
—Pero no entiendo por qué hay que elegir solo una opción. También la literatura es vida —le contesto.
—Pero esta es mi historia. Las reglas las escribo yo.
La viñeta es invadida por la bocina de niebla.
—¿Es la bocina la metáfora de algo? —le pregunto.
—En esta historia todo es metafórico, pero tú te empeñas en que las metáforas pierdan su sentido —me reclama.
Cierro el libro para avanzar las viñetas que acabo de leer. Cuando me encuentro con Manríquez se repite el diálogo.
—En esta historia todo es metafórico, pero tú te empeñas en que las metáforas pierdan su sentido.
—Está bien —le digo—. Toma tu libro. Ahora lo viviré.
—¡No! Prefiero que lo lleves en la mano. Ese es parte del juego. También de la metáfora.
Llego a Gran Vía. Extrañamente empiezo a ver gente.
—¿Sois otros personajes de esta historia? —le pregunto a un grupo de chicos que me miran extrañados.No me contestan.
Ahora sí veo un taxi, levanto la mano y se detiene. Le doy la dirección del hotel. El taxi avanza por una ciudad en la que la niebla sigue inmóvil y el amanecer no termina de llegar. Me bajo cuando el taxi llega al hotel. Pago. Dejo el libro en el asiento y cierro la puerta. Veo el taxi irse calle abajo. Me quedo quieto. Durante unos minutos creo que ese es el final de la historia. Lo que descubro después es que no, que apenas era el principio. Entonces decido no subir a mi habitación. camino. Por la curva de San Francisco en dirección a Beiramar veo a la mujer saliendo apurada del portal de la esquina. Veo en los soportales al hombre que fuma hachís o heroína. Nos miramos como se miran los animales. Desde esa distancia, mientras él mantiene la mirada, le grito a la mujer:
- Preferiría leerlo- pero cuando miro la niebla ya la ha diluido.
Avanzo, entonces, con la idea de encontrarme, de nuevo, el libro, las viñetas, el relato y cambiar el curso de esta historia.
Suena la sirena de un barco en la ría.
Sigue la noche. Solo es real la niebla.