martes, julio 28, 2026

La Valla

Una mañana se detuvo un auto detrás de la cancela. En el camino de tierra. Se bajaron dos tipos con traje y emitieron una especie de gritos para que les abriéramos.

—Venimos a ofrecerles algo —dijo el más alto.

María caminó decidida, el perro salió detrás de ella y yo detrás del perro. Abrimos la cancela, que ya entonces chirriaba cuando la ibas girando, y los dos tipos se presentaron firmes. Ese tipo de persona que dota al saludo de una simbología que yo creo que no tiene. Manos firmes y tono seguro.

—Somos de TM Anuncios. Una empresa de publicidad y marketing. Nos encargamos de la gestión de vallas y anuncios en exteriores.

María me miró y yo miré al más bajo, que me dio la sensación de ser más novato o menos experto y confiado que el alto. El perro miró al auto, que se había quedado con la ventanilla de copiloto bajada. Pensé que el perro estaba mirando un fantasma, pero yo no creo en fantasmas. Entonces el alto, en un discurso preciso, conciso y efectivo, nos propuso un negocio, o algo parecido a un negocio. La parte de atrás de nuestro terreno daba a la autopista y era idónea para colocar una valla publicitaria alta. El alquiler del espacio sería mensual, la cantidad era elevada y haríamos un contrato de al menos tres años. La única molestia sería cada dos o tres meses que vendrían los operarios a cambiar el anunciante. Tarea que se hacía en menos de dos horas. Se recogerían los escombros generados y nos avisarían con días de antelación para que estuviéramos el día del cambio.

Ni María ni yo servimos para los negocios, pero actuamos, a pesar de que el negocio era idóneo, con cierta distancia o mostrando un interés justo. Lo cierto es que en nuestra austeridad, ese ingreso nos facilitaba mucho la supervivencia. Dos días después estábamos firmando el contrato de uso del espacio para cesión y alquiler. Una semana después un camión hizo aparición por el camino de tierra. Desmontaron un inmenso tubo ancho y lo colocaron en vertical. Doce metros sostenían la valla. El primer anuncio fue de la venta de unos apartamentos de lujo en la zona de Mar Azul, a cuatro kilómetros de nuestro terreno. Las fotos mostraban una urbanización provista de todo tipo de lujos. Diseño lineal y conciso. Cuando se fueron los operarios sentí algo parecido a la nostalgia. Y me pregunté, absurdamente, cómo envejecería esa arquitectura impoluta pero ausente.

Nuestro terreno estaba en la zona alta de la costa. Al lado de la autopista. El monte se compone de arbustos y hierbas y algunos caminos de tierra. Las fincas están abandonadas y, salvo ese terreno ocupado por nosotros, apenas tenemos vecinos unos quinientos metros más abajo. El mar se siente y condiciona, pero hace mucho que no bajamos. Desde que vivíamos allí apenas salíamos. La valla me pareció una forma extraña de cambio de vida. La miraba con frecuencia sin saber muy bien por qué. Había un momento del día que la sombra daba sobre nuestra casa y me parecía una forma, también, de invasión.

Cada ciertas semanas éramos avisados del cambio de anunciante. Aparecían operarios que trabajaban como personas programadas. Y un nuevo anuncio nos acompañaba.

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Por la tarde la sombra de la valla se extendía hacia la autopista. La reja y los arbustos no dejaban ver el tráfico que oíamos permanentemente. Estábamos acostumbrados a esa marea. En general lo olvidabas. Había días o momentos puntuales que el ruido volvía. Lo escuchabas de nuevo, de pleno, en todo su esplendor. A veces me apoyaba en la base de la columna de la valla y me ponía a fumar. El perro se ponía a mi lado. Desde ese punto preciso se veía, abajo, el mar.

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Mensualmente nos ingresaban el dinero y con eso apañábamos nuestra vida. Nuestra vida apenas tenía gastos. La casa era humilde. Era un espacio pequeño y diáfano donde teníamos la cama y los utensilios de cocina. No necesitábamos mucho dinero. Todo era idóneo, salvo que la presencia de la valla había alterado nuestro pequeño espacio. El perro se pasaba el día pegado a la columna, María apenas salía de la casa desde que estaba y a mí me daba por reflexionar sobre lo que se anunciaba.

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Un día aparecieron dos operarios. En general no repetían. Eran dos o tres tipos que aparecían, trabajaban como si tuvieran prisa y se iban. Pero aquellos dos operarios, al contrario de la regla general, eran habladores y buscaban conversación. No sé si había un método preciso en el cambio. A mí me daba la sensación de que cada vez el cambio se ejecutaba de distinta manera. Uno de ellos subió y el otro se quedó abajo hablando conmigo y jugando con el perro. María estaba dentro de la casa. Yo hablaba con Isidro, que así se llamaba el que estaba abajo. El perro ladró y de repente el cuerpo del otro apareció, de golpe, casi a nuestro lado. Nunca supimos el motivo de la caída. Luego todo sucedió rápido y desconcertante. Apareció gente de TM Anuncios, apareció gente de la empresa que se iba a anunciar, aparecieron policías y ambulancias. Sentí que nuestra finca, destartalada y sin orden, estaba siendo invadida por otra forma de caos. La policía me preguntó cien cosas, me pidió los contratos con TM Anuncios, me pidió que contara la escena unas siete u ocho veces. María permaneció callada. De hecho, no volvió a hablar. Horas después nuestro terreno quedó vacío y la valla con un anuncio de otra urbanización a pie de playa a medio poner. No se formaban las frases ni el teléfono enteros, pero sí se veía buena parte de la foto general de la urbanización y del diseño interior de las casas.

Marina Azul. Vive el sue...

Durante un tiempo indescifrable el anuncio se quedó así, a medio poner. Un tiempo indescifrable porque a partir de ahí mi vida se vio alterada en su plenitud. María se fue de casa sin dejarme aviso. Se llevó el perro. El terreno era de los dos, nuestra caseta fue construida por los dos, el dinero de la valla era para los dos, pero María ni reclamó ni volvió a escribir.

Los meses pasaban con el nuevo anuncio. Sin embargo los de TM Anuncios seguían haciendo el ingreso regularmente. Yo apenas gastaba. Mucho menos, incluso, que antes. Y el dinero iba aumentando en la cuenta del banco. Apenas lo chequeaba. Pasaba el día al pie de la inmensa columna de metal oyendo el ruido de la autopista y mirando las imágenes puestas de la urbanización Marina Azul. Pensando que quizá tampoco había sido terminada de construir. A veces fantaseaba con la piscina, con la imagen de esas habitaciones con vistas al mar. Me imaginaba bañándome en esa agua irreal o mirando esas vistas que parecían recreadas y alteradas desde esas habitaciones que igual, nunca, habían sido terminadas de construir. El resto del tiempo me preguntaba por María. A veces me imaginaba que uno de esos coches que hacían que la autopista pareciera un sonido constante era María pasando en un coche, al otro lado de la reja, desde donde miraría la valla pensando en mí o no. O quizá pensando en el cuerpo del hombre caer. Otras veces pensaba en el perro, en la nostalgia de ese buen perro. De resto, el tiempo pasaba y María no volvía y nadie venía a terminar de montar el anuncio de Marina Azul.

Un día, quizá aturdido, quizá desorientado, pensando en María, trepé por la escalera de caracol paralela a la columna por donde trepaban los operarios y subí hasta arriba. Caía la tarde. A lo lejos la costa. La hermosa luz del mar me pareció un reflejo del tiempo, no sé de qué tiempo, pero el reflejo de algo que había pasado ya. Vi la periferia del centro, vi las urbanizaciones de lujo, vi grúas y pensé que quizá aquello era Marina Azul. El sol, a lo lejos, me pareció más pequeño y más humilde. Había una ternura extraña en aquella vista periférica. Detrás, a mi espalda, la forma de la autopista atravesando los montes bajos del principio de la sierra. Vi, también, la forma precisa de nuestro terreno. Me quedé mirando los coches pasar. Pensé en esos turistas llegando a la costa, mirando a un hombre subido a esa valla. Marina Azul. Vive el sue... Anocheció y seguí ahí. El mar de luces extendiéndose y el mar real, un agujero negro inmenso y hermoso. Bajé de madrugada. Vi la casa. Vi el terreno y caminé hasta la cancela. La abrí. La dejé abierta y enfilé camino de tierra abajo. Nunca volví. Dos meses después dejaron de ingresarme el dinero los de TM Anuncios. Con lo que había ahorrado me fui de allí hasta el norte del país. Mi vida, debo decir, cambió radicalmente con el tiempo. No volví a saber de María, no volví a saber del perro. Ayer llegamos a esa zona a pasar unos días de vacaciones con mi mujer y mis dos hijos. Veníamos por la autovía del norte. Pasamos, al atardecer, por debajo de la valla. Aún estaban ahí, pero casi despegados, y medio emborronadas, las fotos de Marina Azul. Las vistas alteradas, la piscina irreal. Me acordé de María, me acordé del perro. Me acordé del terreno y de la casa. Me acordé del cuerpo de aquel hombre.

Marina Azul. Vive el sue...


lunes, julio 06, 2026

El gordo Andrés

El gordo Andrés jugaba con una camiseta de New York City Police Department, porque los de los Álamos tenían que jugar de negro. La camiseta imponía casi o tanto como el físico del gordo Andrés. El equipo de los Álamos no contaba con ningún delantero de regates prodigiosos o mediocampistas de reparto; su arma letal era el gordo Andrés con su camiseta que nadie sabía de dónde la había sacado.

Cuando entraban en el campo del cobre, en las afueras de Tamaca, nos quedábamos viéndole andar como el que ve a uno de los reyes del pop. El gordo Andrés no era estiloso, no era siquiera carismático, no tenía liderazgo, pero sobre todo no tenía piedad. Jamás hubiera podido jugar en ningún equipo semiprofesional, no tenía forma física, no tenía conocimientos del movimiento de espacios, no sabía de táctica. Todo lo basaba en la crueldad. Era el paradigma del "pasa la pelota, pero no pasa el hombre". Como si, más que futbolista de torneo de barrio, hiciera honor a la camiseta que llevaba puesta. No defendía: detenía delanteros. Ganar a los Álamos hubiera sido tarea sencilla de tener de baja al gordo Andrés, pero el gordo Andrés tenía más regularidad que el calendario. No forzaba en lo físico, porque él era la fuerza en su estado primigenio. Imponente, enorme y poderoso, un empujón del gordo Andrés te enviaba a los confines del universo. 

Nosotros éramos hábiles y rápidos. Marco Melón y yo nos entendíamos con precisión en la banda derecha, pero en nuestra capacidad de recorte y avance siempre aparecía allí, de fondo, como una amenaza interestelar, la camiseta negra con letras impresas vaya uno en qué taller de la región: NYPD. Uno comprendía entonces lo que deben sentir las personas que viven en los márgenes de la ley y se saben rodeadas de repente de patrullas y agentes armados. Jugar contra el gordo Andrés no era fútbol, era un operativo policial.

El último año que se celebró el campeonato de agosto, patrocinado por la cantina de Lucho y por los Talleres Tres Hermanos, no hubo trofeo; el premio era una sustanciosa cantidad de dinero. Los de los Álamos y nosotros conspiramos, en despachos inexistentes, para armar los cuadros y facilitar una posible final Álamos vs Los Tureños. Pero nosotros perdimos un partido absurdo en la ronda de grupos y pasamos segundos. El derbi local se daría en semifinales.

Marco Melón hizo un campeonato excelso y, sin ánimo de sonar fanfarrón, yo fui MVP en tres de los seis partidos antes de la semifinal. Estábamos enormes en ataque y algo imprecisos en defensa, pero Patricio Faverón cubría el mediocentro supliendo esas carencias defensivas. Los Tureños éramos los más jóvenes del campeonato, pero también los más técnicos y rápidos. Equipazo.

La noche antes de la semifinal, Marco Melón y yo nos fuimos a dar un paseo. Queríamos ir a ver a Karen y Georgina, que eran algo parecido a nuestras novias. Venían a vernos a todos los partidos y, sin haberse formalizado, había algo parecido a una relación. Quedamos con ellas al lado, en los caminos de la laguna. Karen vivía con su hermano y su madre en el camino de las casas de chapa y fui a buscarla mientras Marco buscaba a Georgina. Cuando entré en el recinto de su casa solo vi una luz encendida que tiritaba. Pensé que no tenían dinero ni para bombillas y se alumbraban con velas. Llamé desde fuera a Karen, pero nadie contestó. Me acerqué hasta el ventanuco donde había luz y vi una sombra. En ese momento apareció Karen por el otro lado.

—Ya has llegado —dijo, hermosa.

Mentiría si no confesara que Karen me gustaba cada día más y, en cierta manera, que fuera a ver nuestros partidos había sido uno de los alicientes para mi buen rendimiento. Me dio un beso en los labios y me olió a dentífrico. Quise besarla, pero volví a ver la luz de las velas y la sombra, y Karen dijo:

—Mejor vámonos ya.

Salimos al camino de la laguna y nos encontramos con Marco Melón y Georgina. Se estaba haciendo de noche y apenas se distinguía ya el camino. Cuando llegamos a la laguna, el olor era más intenso que de costumbre.

—Quizá es mala noche para venir aquí —dijo Georgina.

Y deshicimos el camino. No llevábamos rumbo fijo. Era una noche cálida y desde la calle asfaltada de los Álamos venía ruido de música y bullicio. Fue Georgina la que dijo que nos acercáramos. Marco y yo nos miramos. Nosotros nunca íbamos a los Álamos porque, para qué negarlo, les teníamos algo de miedo. Pero no estábamos en posición de negarnos y dijimos que sí con desgana. Fue entonces la primera vez que Karen me agarró la mano y yo sentí, por primera vez, una especie de ansiedad en el pecho. Me estaba enamorando.

Cuando entramos en la calle asfaltada de los Álamos había mucha gente bebiendo en las calles y bailando. Un sonidero espectacular sonaba con unos graves prodigiosos. Georgina empezó a bailar caminando y Marco Melón la agarró de la cintura por detrás y siguió sus pasos. Yo agarré la mano de Karen con más fuerza, pero me vi incapaz de bailar. Al fondo de la calle vimos el equipo entero de los Álamos. A un lado, sentado en la acera, mirando el suelo como el que lee un libro o ve una verdad, el gordo Andrés bebía una cerveza sin hablar con nadie. Lo que realmente me sorprendió fue que llevaba la camiseta del New York City Police Department. A su lado, Andrés Vergara hablaba con Martín César, los dos laterales del equipo. Pensé otra vez que de dónde habría sacado el gordo Andrés esa camiseta. Nunca le había visto vestido con otra. También pensé que es extraño que exista un marketing de un departamento de policías. ¿Quién quiere promocionar a la policía? Fue entonces cuando Karen me miró y me dijo:

—¿Le tienes miedo al gordo Andrés?

—No es miedo. No sé qué es. Es imposible pasarle con el balón. Cada vez que te acercas te empuja y sientes una fuerza cósmica que te arrastra. No es un empujón. Es una fuerza gravitacional de dimensión desconocida.

Karen me miró riendo y luego comprendió que mi temor era otra cosa.

—¿No crees que mañana les ganéis?

—Es imposible ganarles. No porque sean buenos. Por el gordo Andrés. Es como un muro de fuerza. No es un defensa, es un agujero de gusano.

Fue ahí la primera vez que nos besamos. Algo de mi temor le despertaba ternura a Karen. Luego nos abrazamos.

—Quisiera ganar. También por ti. Creo que estoy enamorado, Karen, y juego mejor porque tú vas a verme.

Nos volvimos a besar. La música del sonidero era hermosa. La noche en los Álamos me pareció, aún me sigue pareciendo hoy, irreal.

—¿Quieres que te ayude a ganar?

—Sí —contesté sin saber que Karen hablaba en serio.

—Vente.

No avisamos a Marco Melón y a Georgina. Karen me agarró firme de la mano y salimos de la calle asfaltada. Fue a los minutos que me di cuenta de que íbamos a su casa. Pensé que nos íbamos a esconder allí a hacer el amor. La realidad sería otra. Karen abrió la puerta y llamó a su madre. La casa seguía iluminada por la vela. La sombra que había visto antes se convirtió en la madre de Karen. Me saludó amable. Karen la miró y le dijo:

—¿Nos ayudas con un trabajo?

—¿Qué trabajo?

—El gordo Andrés.

Hubo un silencio que no logré descifrar. Me quedé mirando el tintineo de la vela en la pared. Karen le contó a su madre del campeonato, de la semifinal, de la fuerza cósmica del gordo Andrés y de la camiseta.

—Pero fue aquí donde trajo la camiseta. Lo que me pides es que deshaga un trabajo anterior.

—Lo que te pido, mamá, es que Los Tureños ganen mañana.

—Pero es que está en la camiseta. Fue el gordo Andrés el que la trajo hace cinco años. Esa camiseta se la trajo su madre de Nueva York.

—¿Y no se puede deshacer?

A partir de ahí todo se vuelve extraño, cobra un ritmo y una cadencia extraña. La madre de Karen enciende una vela y me coge de las manos. Yo miro a Karen y Karen me mira con amor. En ese instante entiendo que estoy profundamente enamorado. La madre de Karen hace unos cantos o algo que parecen unos conjuros. Dice varias veces las letras NYPD por separado. Luego me pone una hierba que no distingo en las muñecas. Huele a romero y a cilantro. La madre de Karen canta y Karen me mira. Vuelve a decir NYPD. Entonces la mujer cae hacia atrás, como cuando los conejos terminan de copular. Me asusto, pero Karen me mira y me dice que no me preocupe. La madre se levanta. Me abraza y me dice que lo único que tengo que hacer es, en medio de una jugada, pasar mis muñecas por la camiseta del gordo Andrés.

Karen y yo salimos de nuevo de la casa. En el camino nos abrazamos. Confieso mi amor. Karen me besa y me dice que ella también está enamorada.

Esa noche duermo agitado. Sueño con Karen, sueño con Marco Melón y sueño con un helicóptero de la policía. Me despierto pronto, lo que me sirve para calentar los músculos con lentitud. De camino al campo de cobre, pienso en pasar a ver a Karen, pero concluyo que debo medir mi locura. Cuando llego, apenas hay jugadores de mi equipo. Los Álamos calientan en el fondo oeste. El gordo Andrés no lleva la camiseta y siento un ataque de pánico. Marco Melón aparece con cara de dormido. Me cuenta, exhausto, que ha estado toda la noche haciendo el amor con Georgina. Me miro las muñecas. En ese momento pienso que no hay conjuro que nos haga ya ganar. Miro a la grada, veo a Georgina, no veo a Karen. Bebemos agua y el árbitro nos llama para empezar. El gordo Andrés lleva de LAPD; tardo en descubrir que es del Departamento de Policía de Los Ángeles. Suena el pitido inicial. Miro a la grada y no veo a Karen.

Hay dos jugadas de Marco Melón que terminan en falta y el árbitro no las pita. Hay un contraataque de Los Álamos que termina en el travesaño. Subo por la banda izquierda, driblo a Martín César y encaro al gordo Andrés, le veo venir. Me acuerdo de mis muñecas. El gordo Andrés me hace la de siempre: ese empujón silente y violento. No es visible. Es una fuerza que no se sabe de dónde viene. Cuando voy cayendo, restriego las muñecas, como puedo, por su pecho. El gordo Andrés se da cuenta y me mira con desprecio. Es la primera vez que oigo su voz:

—No te creo, hijo de puta.

En el suelo noto un escupitajo. Me tapo la cara y miro hacia la grada, veo a Karen y me pongo en pie. Saco la falta a toda velocidad antes de que se acomoden y Marco Melón da un cabezazo al larguero. Los siguientes minutos, mucho juego de mediocampo. El gordo Andrés viene expresamente a marcarme. Es cuando me doy cuenta de que el gordo Andrés huele exactamente igual que la laguna. Entonces, aturdido, me da por pensar que es como nuestro monstruo del lago Ness. Recibo de espaldas y el gordo Andrés me desplaza cinco o seis metros. Esa fuerza no puede ser real. Caigo y desde el suelo vuelvo a mirar a Karen. Desde la grada me mira y hace el gesto de las muñecas. Me levanto y me acerco al gordo Andrés, le paso las muñecas y me vuelve a escupir. Fin de la primera parte. 0-0.

La segunda parte es extraña, delirada e indescifrable. El gordo Andrés se vuelve, de golpe, un jugador de toque. Yo estoy los primeros quince minutos sin tocar balón. Marco Melón sufre la fatiga de la maratón de sexo y pide cambio. Veo la victoria diluirse. En el minuto 65, Los Álamos se ponen 1 a 0.

Los siguientes diez minutos nos dominan por completo. Miro a la grada y no veo a Karen. Mi vida se desmorona en el minuto 75. Recibo balón pasado el medio campo. Regateo a Martín y a Rogelio. Avanzo hacia el centro del área. Sale el gordo Andrés que viene como si viniera un cometa a estrellarse con la tierra. Giro el tobillo hacia la izquierda y, cuando veo todo el peso corporal del gordo Andrés apoyado en esa dirección, quiebro y, en un giro prodigioso, giro a derecha. El gordo Andrés cae con todo su cuerpo y se desmorona. Veo la portería, sale Lucho tapando el lado izquierdo, levanto la pelota y mando el esférico a la escuadra derecha. Gol.
No celebro. Cojo la pelota. Miro a la grada y veo a Karen con su madre. Cuando me dirijo hacia el mediocampo, veo que el gordo Andrés está todavía tirado en el suelo. Esguince de tobillo. No puede ni caminar. Le cambian por Viena. El gordo Andrés se queda sentado en la banda, mirándome con odio.

Los siguientes quince minutos parecemos profesionales. Ganamos 4-1.

Cuando pitan el final del partido, veo que el gordo Andrés viene hacia mí. Lleva algo en la mano. Es la camiseta del NYPD. Me la da.

—Úsala bien.

Se gira y le veo irse cojeando. Me la pongo y me siento Superman.

Tres días después perdemos 7-1 la final contra un equipo de la ciudad. Cinco días después, voy a casa de Karen y no hay nadie. Su vecina me mira desde su ventana y me dice:

—Se fueron anoche en un auto verde. No creo que vuelvan nunca más.

Salgo al camino con ganas de llorar, pero no lloro. Llevo en la mochila la camiseta del gordo Andrés. Camino hasta la laguna. Sigue oliendo más fuerte que de costumbre. Lanzo la camiseta al agua. La veo flotar y desaparecer. Dos días después entran las tormentas y llega septiembre. Empezamos el colegio y me siento, durante varias semanas, nostálgico y perdedor. Pienso con frecuencia en Karen y en el gordo Andrés, al que jamás volví a ver.

miércoles, junio 24, 2026

Noche de San Juan en Madrid

 A las 23:34 Claudia sale de casa con el ritmo cardiaco totalmente acelerado. Acaba de discutir con Pietro. La discusión ha variado del italiano al castellano en un orden no elegido. Las frases, a ratos cargadas de insultos, se han movido entre las dos lenguas de una manera no descifrable. La noche en Madrid es abrasadora. A esa hora el termómetro no ha bajado, aún, de los 35 grados.

Dos minutos antes, a las 23:32, en esa hora capicúa y hermosa, Rafael iba caminando por Gran Vía y ha visto a un grupo de jóvenes turistas nórdicos. Iban riendo y hablando alto. Llevaban ropas frescas y estaban, y eso probablemente no lo sabían, viviendo una noche memorable y triste. Rafael les ha visto pasar y ha visto pasar por su memoria, si es que la memoria fuese un lugar por el que pasan cosas, un recuerdo doloroso y triste. Parecen incompatibles el calor extremo y la nostalgia, pero se ha sentido profundamente triste, por una conjunción de sensaciones, imágenes y amontonamientos abstractos.

A las 23:35 Marco está sentado en la plaza del Alamillo. En un banco que hay justo en la curva que hace la calle de la Morería. La calle estaba casi en silencio. Se escuchaba desde la calle de Alfonso VI el sonido de platos de alguien recogiendo la cocina. Ha pasado una mujer con un perro. La mujer hablaba al perro con ternura, pero también dominante y posesiva. Pasaba del inglés a un torpe español. Marco ha pensado si el perro preferiría un idioma, si el perro entendería mejor una lengua que otra. El perro ha orinado en el árbol de enfrente. Un hombre con dos caniches ha pasado y, amable, ha saludado a la señora. "Solo se puede salir a esta hora" —ha dicho el hombre de los caniches—; la mujer ha contestado algo inaudible.

A las 23:34 Pietro ha visto salir a Claudia. Se ha lanzado al sofá con ganas de llorar. Claudia es cruel, piensa con frecuencia Pietro. Escucha la puerta del portal cerrarse. Duda de que Claudia vuelva esa noche. Deja la casa a oscuras. Tiene ganas de llorar. Tiene ganas de salir corriendo detrás de Claudia. Tiene ganas de masturbarse con rabia. Como una forma de venganza. Piensa en masturbarse pensando en Ale, la mejor amiga de Claudia, pero no porque le atraiga Ale, sino porque así, de alguna manera, se vengará de Claudia. No lo hace. Se queda mirando la marca de la farola en la pared del fondo del salón.

A las 23:36 una pareja se besa en la cuesta de los Ciegos. El más joven se llama Nico, el más mayor se llama Agustín. Se conocieron el fin de semana anterior. Se llevan 25 años. Nico apenas es recién mayor de edad. Agustín es un hombre casado y confundido. Es inconfundible el sentimiento de ambos. Se atraen profundamente y están merodeando ese torbellino que solemos llamar enamoramiento.

A las 23:37 Ander camina con sus amigos por la ciudad a la que han llegado dos noches antes. Está algo borracho y cansado. El calor le parece excesivo y casi violento. Sus amigos van gritando, atravesando Gran Vía, camino de un parque donde se reunirán con otro grupo de amigos. En ese momento se pregunta si merece la pena viajar. Si merece la pena el esfuerzo de juntarse con esos amigos con los que cada vez tiene menos que ver. Ya no siquiera le gusta estar con Elin. Elin le parece cada vez más lejana y extraña.

A las 23:34 Javi sale del portal en la calle de la Redondilla con sus dos caniches. Lleva todo el día frente al ordenador. Está agotado y casi deprimido. Llega al final del proyecto prácticamente desahuciado y vacío. Los últimos dos días ha estado pensando seriamente en dejar la empresa, dejar el trabajo y hacer otra cosa. Mira a los caniches girar en Alfonso VI. Baja pensando en dinámicas de trabajo. En frases y partes del proyecto. Al fondo, en el banco de la calle de la Morería, un hombre triste y apocado le mira con desgana. Ve salir a una mujer con un perro. Javi saluda. Hace calor. Tiene ganas de irse de Madrid. Recuerda entonces que es la noche de San Juan. Recuerda una noche de San Juan del año 89 en Vigo. Una hoguera memorable y la voz de Susana diciendo: tienes que lanzar un papel escrito con las cosas que quieres que se vayan. "Que se vaya la angustia" —piensa Javi mirando al hombre del banco.

A las 23:37 Julio, un taxista serio y poco conversador, coge a una mujer en San Bernardo. La mujer va seria en la parte de atrás. Manda mensajes de móvil y a ratos mira por la ventana. Julio sospecha que está a punto de empezar a llorar. La mujer le ha dicho que la lleve hasta las Vistillas. Gira de San Bernardo hacia Gran Vía. En el semáforo en rojo, un hombre que camina cabizbajo mira a Julio mientras cruza el paso de cebra. El hombre mira desde lo lejos, desde una lejanía incomprensible. Mira, eso piensa Julio, desde el pasado. Entonces Julio mira por el retrovisor y ve a la mujer, que efectivamente se ha puesto a llorar ligeramente. Coge el teléfono y manda un audio: "Hoy no duermo en casa, Pietro. No me esperes". La mujer entonces mira por la ventanilla. Julio mira en la misma dirección que ella mira. Un grupo de jóvenes turistas avanza por Gran Vía. Son kilos de euforia en medio de esa noche de San Juan, piensa mirando cómo uno de ellos avanza, torpe y borracho.

23:41 Agustín ha subido las escaleras de la cuesta de los Ciegos. Se siente culpable y extraño. Su cerebro envía señales confusas de atracción y amor y un poderoso sentimiento de culpa. Piensa en Nico, en la vida de Nico. Piensa en el futuro de Nico. En los posibles caminos de su existencia. En su belleza y en su sinceridad. En ese momento ha decidido que jamás le volverá a ver. Cuando llega arriba, ve a Nico como una figura diminuta y lejana perderse por la calle Segovia.

A las 23:45 Pietro escucha el audio breve y conciso de Claudia. Se pone a llorar. Siente tristeza e ira a partes iguales. ¿Qué hago en este país? —piensa desconsolado. Debería dejar este país, se dice a sí mismo. Concluye que lo que debería hacer al día siguiente, día 24 de junio, es irse al aeropuerto y no volver a pisar Madrid jamás.

A las 23:51 Javi llega con los caniches a las Vistillas. Se sienta en un banco y ve el viaducto desde esa perspectiva. Se acuerda de lo que le contaba su madre. Un hombre se lanzó una mañana temprano. Debajo pasaba un joven panadero que llevaba pan a alguna parte. El suicida lo aplastó con el peso de la caída. El panadero murió y el suicida permaneció vivo e ileso. Ve desde un lado a un hombre venir. Es un tipo elegante y firme. Se miran como se miran los desconocidos en un parque vacío en la noche.

23:37 Rafael cruza un semáforo en Gran Vía. El taxista detenido le mira. Él mira al taxista. Reconoce a Julio, pero Julio no le reconoce a él. Rafael entonces recuerda la época en que trabajaban juntos. ¿Cómo habrá terminado conduciendo un taxi? En la parte de atrás una mujer tiene la cara iluminada por el teléfono. Mira la pantalla y llora. Cruza. El semáforo se pone en verde para los coches y ve el taxi salir. Entonces Rafael, absurdo y caótico, para el taxi que va detrás y le pide que siga al taxi de Julio. "Como en las pelis" —dice el joven taxista. "Como en las pelis" —confirma Rafael.

A las 23:57 Claudia se baja del taxi en Bailén con Gabriel Miró. Paga con el teléfono. Da las gracias y se despide. En la acera de enfrente una mujer con un perro la mira, como se miran los desconocidos en la noche. Claudia mira la hora y ve la fecha. "Es la noche de San Juan" —piensa y sonríe con ironía. "Hay que quemar lo malo, lo que no quieres en tu vida" —recuerda. Avanza por la acera hacia el viaducto.

23:58 Agustín alcanza Bailén. Ve a una mujer pasar firme por la acera. Al otro lado una mujer con un perro mira a la mujer. Un taxi se detiene justo a su lado. Baja un hombre apocado y triste, que intenta detener el taxi de delante que ya ha arrancado. ¿Quién quiere detener un taxi bajando desde otro taxi? —piensa Agustín.

23:59 Marco ha seguido paseando. Del Alamillo ha girado y ha merodeado la plaza de Granado. En el paseo piensa que lo que menos le gusta de Madrid es que no celebra la noche de San Juan. Piensa, inocente y esperanzador, que el parque de las Vistillas es idóneo para unas hogueras controladas y que quizá hay una asociación de vecinos motivada que está celebrando algo allí. En la cuesta de Caños Viejos ve el viaducto. Sube las escaleras para alcanzar Bailén.

23:59 Claudia sabe que las mamparas que pusieron a lo largo del viaducto se pueden sortear desde el lado de las Vistillas. Entra y avanza entre el pretil y las mamparas. Ha guardado el móvil en el bolso. Ya no piensa en Pietro. Ya no piensa en nada. Mantiene una sensación parecida al sosiego y a la paz.

23:59 Rafael no ha logrado ser visto por Julio. Paga el taxi. "Se acabó la película" —le dice al joven taxista y se queda parado en medio de la calle Bailén. Mira a los lados. Mira la hora y se acuerda de las hogueras en Coruña. "Hay que eliminar lo que no se quiere" —le dijo su abuela una noche en Riazor.

23:59 Javi ve a la mujer avanzar por el viaducto y sale corriendo. Corre con los dos caniches y las correas. Los caniches ladran. La mujer se pone en pie.

23:59 Marco reconoce al hombre de los caniches corriendo por la acera de enfrente. Mira a los lados. Un poco más allá la mujer bilingüe con el perro bilingüe. Un hombre apocado y triste le mira desde la otra acera. Los dos tratan de comprender.

00:00 Agustín se ha sumado a la carrera de Marco, pero llegan tarde. Ya es muy tarde. Ya es 24 de junio. Ya es San Juan.

00:01 Pietro empieza a hacer la maleta, porque decididamente se va de Madrid. Mantiene la casa a oscuras, porque la luz, esta noche, le recuerda al fuego.

00:14 Ander está tan mareado que ya no siente nada. El grupo avanza siguiendo el GPS. La voz del móvil les indica que avancen 135 metros y llegarán a su destino: las Vistillas. Pero el puente está bloqueado. Está lleno de patrullas y luces de policía. La zona está acordonada y no les dejan pasar. "Es una noche extraña" —piensa Ander, con ganas de irse a dormir al hostal.

00:16 Nico abre la puerta de la casa de sus padres. Intenta no hacer ruido para no despertar a nadie. Sin embargo, su padre está sudado y desvelado en el salón. Le saluda con cariño y le dice que no puede dormir. Que el calor es insoportable. "Me acabo de dar cuenta de que es la noche de San Juan. Era mi noche favorita cuando era pequeño". Nico tiene ganas de llorar pero retiene, como buenamente puede, las lágrimas. "En la noche de San Juan hay que escribir en un papel lo que quieres dejar ir y quemarlo". Nico entonces arranca dos hojas de un cuaderno que hay sobre la mesa. Coge dos bolígrafos y le da uno al padre y otro para él. Escriben y queman los papeles en la terraza. Huele a humo y a verano. Nico entonces abraza al padre y se pone a llorar. El padre mira desde la terraza. Al fondo, a lo lejos, el viaducto lleno de luces azules. "Es extraño que no se celebre la noche de San Juan en Madrid" —dice contrariado.

martes, junio 23, 2026

Nicomedes en el espejo

Me gusta que el programa se grabe en un teatro porque, aunque la televisión dicta las normas, el espacio te da la sensación de directo, de representación y de ritual. El público en las butacas, los focos, la forma del escenario. El teatro es, aún, un contacto con el presente, con el drama y la comedia, con la simulación y el acuerdo.

Ese día grabábamos el último programa de la temporada. Me habían maquillado y vestido como al excesivo actor Nicomedes Eloy. Es una de mis imitaciones más famosas y reconozco que es una de las voces que mejor imito. Cuando salgo en pantalla hay segundos que es difícil descifrar que soy una parodia y hay quien durante minutos cree que el Nicomedes que ven diciendo realidades confusas es Nicomedes y no una imitación. Mi abanico de imitaciones es amplio y crece poco a poco. El trabajo es arduo. Completar una imitación conlleva una observación y una adaptación física que no siempre es fácil explicar técnicamente. Te vas volviendo el otro. Te vas haciendo él. Es parecido a dejar de ser tú. Hay veces que entras de pleno en el otro. Comprendes su movimiento, con lo que eso conlleva. Porque nadie comprende su movimiento, nadie analiza su voz o sus gestos. Es el imitador el que tiene que asimilar y deshacer eso para hacerse el otro. Con Nicomedes Eloy fue fácil, porque desde joven era un actor que me producía una extraña sensación de angustia. Adorado por las masas hace dos décadas, mantiene el respeto intacto, aunque muchos en el sector saben de sus formas. Altivo y arrogante con los trabajadores, evasor de impuestos, insolidario y ambicioso. Pedante y cruel. Tiene un conglomerado de empresas del espectáculo, donde ninguno de los empleados está bien pagado. Sin embargo, la cara conocida de Nicomedes es la del gran actor. Divertido y excéntrico. Simpático en pantalla y con el don de caer bien a las masas. Ser Nicomedes requiere conocer y descifrar los dos lados. Los gestos revelan las dos verdades. El actor carismático y el empresario despiadado. Mi amigo Raúl, que trabajó en una gira de teatros con él, contaba de su ira en los ensayos y en las pruebas de sonido y luces.

—Era la época que estaba completamente alcoholizado. Bebía ron con Coca Cola como el que bebe agua fresca en el calor del verano. A media tarde siempre hacíamos una prueba de luces, sonido y a él le servía para calentar la voz y el cuerpo. A esa hora debía de llevar más de cinco o seis copas. Deambulaba por el escenario anárquico y violento. Declamaba siempre poemas que parecían inventados y que no tenían mucho sentido. Al mínimo problema nos insultaba a todos los técnicos. A veces, si sonaba un acople o no se encendía un foco a tiempo, lanzaba el vaso con hielos y restos de ron contra las butacas. Y gritaba: "¡Sois todos despreciables!" Pagaba mal y tarde. Era un auténtico hijo de puta —contaba siempre Raúl.

Pero una cosa es quién se es y otra quién se muestra. Y ya sabemos que el teatro es representación. Así que Nicomedes era complejo de imitar, pero una vez que alcanzabas el gesto preciso, un gesto te llevaba a otro. Así que en camerino Lucía y Paco me maquillaron como siempre. Son delicados y precisos. Estudian los rasgos, las marcas exactas del rostro, el estilo en la ropa y en el pelo, y en hora y media no ya solo por fuera, sino por dentro, eres el otro. Me miré, vi en mis ojos los ojos de Nicomedes. Adapté mi boca, los músculos faciales son más moldeables de lo que se sospecha, y salí al escenario.

El programa no tiene guión y está basado en la inspiración y talento de mis compañeros. El público ríe y los técnicos y realización se adaptan a nuestro tiempo. Cuarenta minutos después estamos en pie. Aplausos, risas y vuelta al camerino. Siempre es igual. De camino al camerino se comentan las bromas, las frases ingeniosas y quedamos en tomar una cerveza en el bar de la calle de atrás. Me meto al camerino. Me siento a respirar un rato para dejar salir a Nicomedes y me empiezo a desmaquillar. Esos son los pasos o eran, salvo ese día, que escuché que alguien pasaba la llave en mi puerta, que reverberaban puertas cerradas por los pasillos de arriba y que todo se sumía en un silencio molesto, excesivo. Me miré en el espejo reconociendo aún a Nicomedes, pero viendo mi rostro emerger despacio detrás; me había quitado algo de maquillaje y una horquilla que me mantenía el lado derecho parecido al peinado del actor. Me miré mirándome entre Nicomedes y yo. Me puse en pie y comprobé que, efectivamente, me habían dejado encerrado en el camerino. Di unos cuantos golpes en la puerta y grité "¡Hola?" con la voz de Nicomedes aún, para ver si alguien me escuchaba. Definitivamente me había quedado encerrado en el teatro. Más aún, me había quedado encerrado en ese minúsculo camerino. Mi mochila, que se había quedado en el otro lado, con el móvil y mis cosas, me alejaban aún más de mí mismo y de la posibilidad de salir. Decidí, entonces, esperar pacientemente a que mis compañeros me echaran de menos en el bar.

—¿No ha salido aún nuestro Nicomedes?

Me senté frente al espejo siendo más Nicomedes que yo. Sin saber si desmaquillarme del todo o manteniendo la representación. Hay veces, cuando me miro siendo el otro, que en cierta manera me veo más yo. Es como no verme del todo hace ver algo de mí que no se ve habitualmente. El rostro de Nicomedes, con su gesto duro y pomposo, forzado y falso, que es la faceta que más me cuesta asimilar de Nicomedes. Tengo que ser falso en la constante falsedad del gesto de Nicomedes. Imitar la falsedad de su falsedad. Es un doble gesto que requiere una posición facial muy precisa y muy exacta. Ahí, tras ese gesto doblemente falso, también me encuentro a mí. Todas mis carencias y vacíos, todos mis dolores y angustias. No ser tú te hace ver otro tú y descubrir que también eres, en el fondo, un poco Nicomedes.

—Ahí estás. Imitador. ¿Crees que eso es una profesión, un negocio honesto? —me dice despectivo Nicomedes.

—Es lo que sé hacer o lo único que me permite vivir.

—¿Te permite vivir robar lo que son otros? ¿No podrías haber trabajado en algo honesto, real, válido? Vienes aquí, te miras al espejo y haces de mí y cobras por eso. ¿Qué clase de mediocre vive de no ser él mismo?

—Es representación, Nicomedes. Nadie mejor que tú lo sabe. Tú también imitas, imitas al que quieres mostrar. No lanzas vasos al público. Lanzas vasos al que pagas para que te ayude a no ser tú. A esconderte entre micrófonos y focos. Les humillas y maltratas porque en el fondo te humillas y maltratas a ti. Porque no quieres ser tú.

—¡Oh, el imitador, el roba almas, se cree psiquiatra! ¡Qué estúpido eres! Qué tan estúpido te tienes que sentir para mirarte al espejo y verme a mí y hablar conmigo como si fuera yo. Huyes de ti, porque no puedes vivir de ti mismo, porque no eres nada. Vives de ser otros. No te atreves a vivir de ti. ¡Sal ahí, búscate una vida, búscate a ti mismo y deja de no ser tú!

—Es curioso, Nicomedes, que precisamente tú digas eso. El falso simpático, el falso divertido, el falso alegre. ¿Quién imita más, Nicomedes? ¿Yo? ¿De verdad lo crees? Yo tan solo imito al imitador. Si te imitara a ti, imitaría a ese ser despreciable y cruel. Tóxico y maltratador.

—No digas estupideces. Mírate. Tienes cincuenta años y no sabes aún lo que es vivir de ti. Eres la máscara. Mira cómo te miras. Estás mirándome mirándote. Ves ese rostro diluido de ti en mí y te crees que tú eres yo. ¿Qué clase de engaño absurdo es tu vida?

—Soy un trabajador. Soy un actor. Te puede gustar más o menos lo que hago, pero esto es lo que soy. Me esfuerzo en conseguirlo. Estudio los rostros, los gestos, la manera de mover las manos y descubro el misterio del que imito. Lo que te molesta es que pueda ser tú con tanta precisión. Además debo decir, Nicomedes, que eres de los que mejor me salen. También el expresidente y algunos cantantes, pero sobre todo tú. Logro ser tú porque conozco y alcanzo a ver lo despiadado que hay en ti. Ese desgraciado que ocultas a las masas. Te adoran por lo que no eres.

—¡Cómo te engañas! En el fondo eres entrañable, porque todos los fracasados lo sois. ¿O no es tu vida un fracaso? ¿Qué ha pasado con tu mujer? ¿Por qué te han quitado la custodia? ¿Por qué llegas a casa y no tienes a quien llamar? ¿Por qué tus hermanos no te llaman y tus padres te desprecian? ¿Por qué te esfuerzas en imitar? Porque no sabes hacer nada bien, porque no sabes ser tú. Porque no hay nadie tras la máscara.

—Calla, farsante. Cállate, Nicomedes. ¿Me dices a mí lo que tú también eres?

—¿Yo también soy? ¡Si no soy yo! ¡Si el que te habla eres tú! ¡Eres tan infantil! Te estás hablando a ti. ¿No ves que no hay Nicomedes? ¿De verdad no lo ves?

—¡Calla! ¡Calla ya!

—¿Que me calle? Pero si eres tú el que habla. ¡Mírame! ¡Mírame! ¿No ves que eres tú? ¡Soy un espejo, idiota! ¡En ese espejo solo estás tú!

—¡Calla, imbécil! ¡Calla!

Fue entonces, justo cuando lanzaba el vaso contra el cristal, contra Nicomedes, contra mí, que Julia, la chica de producción, abrió la puerta y me miró.

—Ya estamos aquí, Martín —dijo Julia.

Y yo miraba a Nicomedes en el espejo roto, sangrando y triste. Mirándome por última vez, mirándonos y gritándome:

—¡Sois todos despreciables!

jueves, junio 18, 2026

El viaje de Pascal

Llevaban dos años componiendo canciones. Habían estado discutiendo muchísimo sobre estructuras, estribillos y paisajes sonoros. Habían experimentado, pero seguía siendo música estructural. El resultado no fue malo, pero prescindible, como la mayoría de las canciones que existen.

¿Qué valida una canción? Eso nunca se sabrá.

Cuando habían terminado la grabación, mezcla y masterización, hicieron una escucha conjunta. Dos meses después el grupo se disolvió sin un motivo concreto. Entonces Pascal, guitarrista y compositor, sintió el vacío y la soledad. Decidió emprender su viaje en solitario. Pascal creía en su materia prima, en sus composiciones, en su arte. Dejó el trabajo y se dedicó de lleno a la música. Compuso varios discos de los que no se recuerda el título. Apenas algunas personas de su entorno escucharon las grabaciones. Nadie se sintió traspasado, apelado, conmovido por aquella música. Pero Pascal no desistió. "Soy músico" —decía como el que confiesa su fe en Dios. Entonces se fue de Madrid. Vivió seis meses en Nueva York y se quedó sin dinero. A los seis meses decidió recorrer y trabajar por Estados Unidos. Bajó hasta Baltimore. En Baltimore conoció a los miembros de una antigua banda de indie con los que se llevó muy bien, probó las setas y el LSD —él que había sido reacio a las drogas— y pasó una noche terrible en Patterson Park, al lado de las pistas de baloncesto, donde creyó ver hombres con forma de violín. Sintió también un pánico desaforado. Esa noche creyó morir y renacer. Se fue de Baltimore. Viajó torpemente y casi sin dinero hasta Wisconsin. Entró a trabajar en Noah's Ark Waterpark de socorrista. Una tarde sintió un golpe de calor. Le llevaron a urgencias. En urgencias creyó morir y renacer. Durmió en una casa en Church St. Pensó en la fe, pensó que lo mejor sería creer, creer en algo, pero la fe es biológica, concluyó. La segunda madrugada se despertó en esa casa que compartía con otros socorristas extranjeros. Despertó a Pier, un genovés adicto al hachís. Pier le dijo que si le volvía a despertar le mataba.

—Pier, ayúdame. No estoy bien.

Entonces Pier le miró y se dio cuenta de que Pascal sufría un ataque de pánico. Le llevó a urgencias. En urgencias le entrevistó una psiquiatra.

—¿Qué te gusta hacer? ¿Cuál es tu pasión?

—Soy músico, pero soy mal músico. ¿Cómo se resuelve eso?

—¿Por qué crees que eres mal músico?

—Porque eso se sabe. ¿Usted es buena psiquiatra? Usted sabe si sí o si no. Todos sabemos. Lo demás son merodeos que hacemos para sobrevivir. Pero yo no doy merodeos. Solo creo en la música. Solo siento pasión en hacer música, pero mi música jamás me hará vivir en este sistema.

La psiquiatra le mira y le da la razón:

—Pero ¿qué más da el resultado? —le dice ella.

Se abrazan.

—Yo creo que sí es buena psiquiatra —le dice llorando.

Ella también llora y le acompaña hasta la puerta principal del hospital. Está amaneciendo en Wisconsin. Pascal no vuelve a la casa compartida en Church St. Va hasta el terminal de autobuses y se monta en el primero sin saber a dónde va. Llega a Chicago. En Chicago pasa sus primeros días de vagabundo. Hace calor y está en un estado de ausencia. A veces no sabe si está en Chicago o si sigue en Nueva York. A las dos semanas le detienen por dormir y orinar en la calle. Le llevan a comisaría, le amenazan con deportarle. La visa está a punto de caducar. Logra un subterfugio para salir. Al salir de la comisaría vuelve a Nueva York. En Nueva York trabaja en un restaurante de tacos en Brooklyn. Una noche conoce a Pat Mahoney, el batería de LCD Soundsystem. Hablan de grabaciones, de discos antiguos, de discos actuales, de giras. Pat le lleva a su casa. Duerme en el sofá. A la mañana siguiente Pat le lleva a unos locales de ensayo. Pascal siente alegría por primera vez en dos años. Ve a Pat grabar las maquetas para un disco en solitario. Le dice que si le graba unas guitarras. Pascal, que lleva dos meses sin tocar, coge una Gibson T125 que hay apoyada en una pared y empieza a improvisar sobre una base que ha soltado Pat.

—Qué inesperado —le dice Pat sonriendo. Y lo graban.

Al terminar, Pat le paga por la grabación, cosa que Pascal no esperaba. Salen a la calle. Pascal entonces le dice que le gustaría que escuchara algo de su música. Vuelven a casa de Pat. Lo ponen a todo volumen mientras beben vino. Pat le dice que hace una música fascinante, pero que tiene poco recorrido.

—En el fondo, es como si fueras poeta en vez de músico —Pat se lo dice como halago. Pero Pascal lo siente como un desprecio. Siente ganas de llorar.

Dos días después está en el JFK. Ha decidido volver a casa. Ha comprado el billete con lo poco que le quedaba para sobrevivir.

Cuando llega a Madrid se da cuenta de que no tiene casa, de que no tiene dónde ir. Llama a su hermano para pedirle asilo. Su hermano, que está harto de él, le dice que sí, pero que solo tres o cuatro noches. Se instala allí. Duerme quince horas porque su cuerpo está exhausto. Lleva meses sin dormir bien. A los tres días, sin que el hermano le diga nada, se va. Busca trabajo, pero no encuentra. Se para en la plaza 2 de Mayo. Ve a la gente sentada en las terrazas, a unos jóvenes fumando porros, el movimiento de gente, y piensa que en el fondo su música habla de eso, por eso no lo entienden. Hay dos chicos de unos dieciocho años tocando la guitarra. Uno de ellos toca, el otro rapea. Se acerca a escucharles porque la mezcla le parece curiosa. Escucha las frases y se emociona.

—El delirio y la razón matan al corazón —canta el joven rapero.

Luego hablan. Les cuenta su viaje por Estados Unidos. Los chicos no saben quién es LCD Soundsystem y lo buscan en el móvil. Lo ponen a todo volumen. Pasan dos tipos de aspecto moderno y sonríen.

—Hemos llegado ya al revival de LCD —dice uno de ellos al ver que dos chicos jóvenes lo oyen.

Los modernos se detienen y los cinco empiezan a hablar de música. Pascal cuenta, de nuevo, su aventura con Pat Mahoney. Los modernos invitan a Pascal y a los dos jóvenes al piso de uno de ellos. Beben vino, escuchan música y aparece más gente. Dos horas después el piso está lleno de gente. Pascal habla con un tipo que trabaja en una discográfica independiente y le habla de su música, de su viaje, de su proyecto vital, que no existe, pero que Pascal cree que existe. El tipo de la discográfica, que se llama Juan, le dice que ponga su música para que la oiga todo el mundo. Pascal está borracho y se anima. La pone a todo volumen. Se produce un silencio atronador en el salón. Nadie habla. Todos escuchan. Pascal sabe que a nadie le está gustando. Entonces detiene la música y habla.

—Solo sé hacer esto. Solo me interesa esto y, sin embargo, no lo sé hacer. ¿Qué se hace cuando sucede esto?

Nadie contesta durante unos quince segundos. Es el ambiente más melancólico jamás visto, porque es como si todos cobraran conciencia de que el arte, sobre todo, es absurdo, importante, fundamental, pero absurdo. Entonces Juan, el de la discográfica, le mira y le dice:

—Pero ¿por qué todo es una mentira? —y se pone a llorar.

Es ahí cuando el rapero y su compañero, el de la guitarra, empiezan a tocar. Improvisan unas estrofas hermosas, directas, punzantes, pero llenas de poesía. Todos escuchan atentos. Juan, que ha dejado de llorar, activa su motor empresarial y, al terminar, les ofrece contrato. Ellos aceptan exigiendo más dinero y sus condiciones. Dos meses después, May Sarton System, que así se llaman, han publicado su primer single.

Pascal camina por el paseo de Extremadura escuchando las dos canciones de adelanto de May Sarton System. Reconoce, sin ninguna duda, que la segunda, "El viaje de Pascal", habla de él, y se emociona. La letra es hermosa y épica y es un hermoso homenaje de los dos jóvenes a él. La escucha otra vez con lágrimas en los ojos. "El delirio y la razón matan al corazón. La poesía y la canción son parte del mismo amor. El poeta y el gran músico son canciones sin caparazón." Se detiene frente a la parroquia de Santa Cristina y le manda un mensaje a Pat: "Tenías razón, más que músico soy poeta. Abrazo, amigo." Pat le contesta que ese verano tocan en Bilbao, que viaje para verles, que le invita. Pascal siente que es, probablemente, uno de los mejores días de su vida.

martes, junio 09, 2026

Un día en Oporto

Cogimos el avión a primera hora. El verano estaba entrando con energía en la ciudad y a esa hora  íbamos en manga corta y empezando a transpirar. En el aeropuerto el ritmo ya era frenético, pero es que los aeropuertos se han abonado al frenesí. El mundo se ha desbordado de flujo. Es como si nadie estuviera ya nunca en su ciudad. Como si todos los habitantes del primer mundo hubieran decidido desplazarse constantemente. La maleta con ruedas será el símbolo de esta época, tambien la gente mirando la pantalla de su móvil. Por eso, antes de salir de casa, le dije a ella que iba a hacer el ejercicio de dejar el teléfono. Que no me lo llevaba de viaje. El ritmo, este ritmo, nos está desperdigando.

Nos tocaron asientos separados. A mí me tocó ventanilla en la parte de atrás; a ella, pasillo en la parte delantera. Aproveché para ver las formas de la tierra, los surcos del ser humano, los trazos lineales de la siembra, el urbanismo desbordado, la prolongación de las ciudades. Un coche indescifrable avanzando por una carretera. Luego vi el río Duero, como si fuera una arteria. Saqué algunas fotos, porque me atraen esas formas del campo desde las alturas. A lo lejos vi de golpe la aparición estelar del Atlántico. Era un día despejado y se divisaba un buen fragmento de la península. Cuando nos acercábamos al aeropuerto, reconocí algunas cosas de Oporto desde el aire. En el aterrizaje pensé en el tiempo y en mi edad, pensé en nuestras hijas, pensé en la fragilidad y la física.

Nos trasladamos del aeropueroa la ciudad en el tren rápido. Entrar a las ciudades así te da una perspectiva de su forma. Porque vas de la periferia que avanza haciaa la ciudad central, pero además te deja ver cómo la ciudad convive con la aldea y la gana y la supera. Hay campo aún, hay pueblo. Luego, la ciudad aparece y su estructura indescifrable se aglutina. Cuando te quieres dar cuenta, estás en el epicentro del turismo y en lo que parece un escenario.

El día tenía una temperatura ideal. Estuvimos paseando mucho rato sin orden o con la idea de terminar llegando a la Fundación Serralves. Salimos del embudo central entre esas calles imprecisas y discontinuas, que ni siquiera van paralelas al río. Calles de repente solitarias y vacías, donde parecía que no había nadie. Luego volvíamos a calles más centrales para volvernos a salir sin orden ni decisión. Más que un paseo fue un viaje. A ratos recordábamos otros viajes a esa ciudad o también a otras ciudades. Recordamos otras etapas, otras eras, gente que se fue perdiendo. Otros trabajos. La evolución de nuestras hijas. El paso del tiempo. Estábamos siguiendo una ruta sin ruta. Subimos unas escaleras en Viela do Picoto para cambiar de plano y entrar en la Ruta da Pena. Entonces ella me dijo que sentía nostalgia y una especie de vacío. A un lado de una casa de azulejos rosas y ventanas grises salió una anciana con una bolsa y nos miró. Más adelante, una escalerilla de piedra daba a un parque pequeño. Un hombre mayor estaba sentado en un banco de piedra y se nos quedó también mirando. Dijo algo en portugués que no entendimos. Pensé que no estábamos en la ciudad, o al menos en el presente. "El tiempo se ha vuelto raro" —me dijo ella— y seguimos avanzando. Más adelante, la calle daba a otro tramo de escaleras que daban a una travesía. Nos habíamos desubicado, pero yo no tenía móvil y ella se estaba quedando sin batería, así que no consultamos el mapa. Nos dejamos guiar por la intuición y lo que nos quedara del sentido de la orientación.

Nunca fuimos en línea recta. Creo que, llegados a ese punto, era imposible hacerlo. Seguimos por ruas, travesías y callejones. Cuestas empinadas que daban a bajadas de vértigo. Casas de distintas formas que no seguían un patrón. Mucho rato después —porque el día fue largo y el paseo extenuante— estábamos en la puerta de la Fundación Serralves. En la recepción, una chica nos atendió con desgana. Pagamos la entrada y empezamos el recorrido. No nos explicaron orden o si lo hay. Nos metimos en el museo de arte contemporáneo. Apenas había nadie. Me quedé mirando una luz que entraba por un ventanal. Pensé, no sé por qué, que el día se había bifurcado. Aquella luz que marcaba una sombra precisa en el suelo me pareció la sombra de otra época. Volví a pensar en mis hijas, en el paso del tiempo. Ella estaba mirando un cuadro muy oscuro y terrible, enorme y muy texturizado. Se veía un espacio aterrador. Vivimos en la lucha entre la penumbra y la luz y confundimos qué es la luz y qué es la penumbra. Otro ventanal dejaba entrar la luz poderosa de la tarde; las sombras se marcaban en unas líneas sólidas y hermosas. Noté el eco de mis pisadas y me parecieron parte de la exposición. No sé en qué momento nos separamos. Yo bajé de planta. Un espacio enorme mostraba otras imágenes oscuras y siniestras. Sentí una forma desbordada de soledad. Un vigilante de sala me miró con desgana. No me miraba. Pensaba en otra cosa. Miré a los lados para ver si la encontraba a ella, pero no la vi. Seguí recorriendo salas, esos espacios atractivos y precisos. Por una de las ventanas vi el jardín. Me quedé pegado al cristal viendo un árbol solemne sobre el césped. El árbol parecía que iba a hablar. Algo nervioso por no encontrarla, salí del museo y recorrí el camino hacia la Casa Serralves. En el camino me topé con una escultura de metal, The Curious Vortex. Pensé de nuevo que el día se había bifurcado y que la energía física que lo había hecho se generaba en esa escultura. Miré a un lado, creí ver la silueta de ella un poco más abajo, por donde la rosaleda. Aceleré el paso, me desvié. Me encontré de frente con Sky Mirror. Una escultura de espejo: el espejo apunta al cielo, el cielo se refleja un poco deformado. Giré, había perdido la silueta de ella por el jardín. Avancé, giré y llegué a la Casa Serralves. El vigilante en la puerta me detuvo. Le mostré el ticket. Dentro no había nadie. Vi una obra de Miró colgando. Vi otros cuadros, otras esculturas. Noté el silencio y el vacío y volví a escuchar el eco de mis pasos. Subí. Arriba, el espacio de columnas me produjo la sensación de verme a mí mismo. Sentí nostalgia, no sé de qué, pero la sentí. Salí. Vi más espacios. Empecé a andar rápido. Fui hasta la zona de los puentes entre las copas de los árboles. Entre el camino de madera escuché a los pájaros. Me dieron ganas de gritar su nombre, pero me pareció excesivo. Creí verla abajo en el estanque, pero vi que no era ella. Recorrí entero el camino entre las copas; es fácil sentirse pájaro, pensé. Bajé por una escalinata alucinante. Abajo no había nadie. Entonces entré en caos. Creo que eso es el caos, porque no seguí un plan. Fui hasta la casa de té. El local estaba cerrado. Me senté, un poco exhausto. Cerré los ojos. No sé si me dormí, no sé si soñé. Pero lo siguiente que noto es un vigilante diciéndome que es hora de abandonar las instalaciones, que van a cerrar. Le pregunto por ella.

—No he visto a nadie —me dice en portugués, pero le entiendo.

Avanzo hacia la salida con la esperanza de verla allí. Salgo a la calle. Ella no está. La zona está vacía. Me quedo en la acera pensando qué hacer. Decido volver al apartamento donde nos hospedamos, pero tengo que volver andando. Mi cartera la había dejado en el apartamento. No tengo nada, ni siquiera identificación. Voy, entonces, avanzando por Oporto, sin saber muy bien quién soy, qué hora o qué día es. Se hace de noche. Una hora y media después, aproximadamente, llego al centro de la ciudad. Toco la puerta en el apartamento. No hay nadie. Me preocupo, me angustio, pero no sé muy bien qué hacer. Avanzo algunas calles, entró a un restaurante que se llama A Tasquinha. Hablo con una persona, parece el encargado. Le cuento mi situación.

—¿Me dejan un teléfono para llamar? —digo intentando contener el desasosiego.

Uno de los camareros me deja su teléfono. Marco su número.

—El número que usted marca está apagado o fuera de servicio.

Le devuelvo el teléfono al camarero. Salgo a la calle. Veo a los turistas, veo a gente que trabaja, veo el tránsito de este mundo en el que estamos viviendo. Me siento en el Jardín de João Chagas. Vuelvo a sentir que este día son muchos días o un día que ya no existe o que está por existir. Me acuesto un poco en un banco. No sueño. No duermo. Pasa el tiempo. Cuando abro los ojos, siento que soy otro. Lo atribuyo a la angustia. Decido ir a la policía, pero es la policía la que viene a mí. Me abordan en el banco. Me hablan en portugués y entiendo poco, porque lo dicen muy rápido. Me amenazan o parece que me amenazan. No entiendo la situación. Una señora les increpa. Se van. Me quedo en blanco sin saber qué hacer. La mujer que había increpado a los policías aparece al rato. Me trae un sándwich y un café. Me dice algo que tampoco entiendo. Me deja un billete de 10 euros. Se da la vuelta. La veo irse por el fondo del parque. La ciudad está vaciándose. Por el otro lado del parque veo tres siluetas que se van formando. Según se acercan las distingo: una es ella, mucho más mayor; las otras dos son mis hijas, que son, ahora, dos mujeres adultas. Se acercan, me abrazan, lloran.

—Por fin —dice ella entre sollozos—. ¿Dónde has estado todos estos años?

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