Una mañana se detuvo un auto detrás de la cancela. En el camino de tierra. Se bajaron dos tipos con traje y emitieron una especie de gritos para que les abriéramos.
—Venimos a ofrecerles algo —dijo el más alto.
María caminó decidida, el perro salió detrás de ella y yo detrás del perro. Abrimos la cancela, que ya entonces chirriaba cuando la ibas girando, y los dos tipos se presentaron firmes. Ese tipo de persona que dota al saludo de una simbología que yo creo que no tiene. Manos firmes y tono seguro.
—Somos de TM Anuncios. Una empresa de publicidad y marketing. Nos encargamos de la gestión de vallas y anuncios en exteriores.
María me miró y yo miré al más bajo, que me dio la sensación de ser más novato o menos experto y confiado que el alto. El perro miró al auto, que se había quedado con la ventanilla de copiloto bajada. Pensé que el perro estaba mirando un fantasma, pero yo no creo en fantasmas. Entonces el alto, en un discurso preciso, conciso y efectivo, nos propuso un negocio, o algo parecido a un negocio. La parte de atrás de nuestro terreno daba a la autopista y era idónea para colocar una valla publicitaria alta. El alquiler del espacio sería mensual, la cantidad era elevada y haríamos un contrato de al menos tres años. La única molestia sería cada dos o tres meses que vendrían los operarios a cambiar el anunciante. Tarea que se hacía en menos de dos horas. Se recogerían los escombros generados y nos avisarían con días de antelación para que estuviéramos el día del cambio.
Ni María ni yo servimos para los negocios, pero actuamos, a pesar de que el negocio era idóneo, con cierta distancia o mostrando un interés justo. Lo cierto es que en nuestra austeridad, ese ingreso nos facilitaba mucho la supervivencia. Dos días después estábamos firmando el contrato de uso del espacio para cesión y alquiler. Una semana después un camión hizo aparición por el camino de tierra. Desmontaron un inmenso tubo ancho y lo colocaron en vertical. Doce metros sostenían la valla. El primer anuncio fue de la venta de unos apartamentos de lujo en la zona de Mar Azul, a cuatro kilómetros de nuestro terreno. Las fotos mostraban una urbanización provista de todo tipo de lujos. Diseño lineal y conciso. Cuando se fueron los operarios sentí algo parecido a la nostalgia. Y me pregunté, absurdamente, cómo envejecería esa arquitectura impoluta pero ausente.
Nuestro terreno estaba en la zona alta de la costa. Al lado de la autopista. El monte se compone de arbustos y hierbas y algunos caminos de tierra. Las fincas están abandonadas y, salvo ese terreno ocupado por nosotros, apenas tenemos vecinos unos quinientos metros más abajo. El mar se siente y condiciona, pero hace mucho que no bajamos. Desde que vivíamos allí apenas salíamos. La valla me pareció una forma extraña de cambio de vida. La miraba con frecuencia sin saber muy bien por qué. Había un momento del día que la sombra daba sobre nuestra casa y me parecía una forma, también, de invasión.
Cada ciertas semanas éramos avisados del cambio de anunciante. Aparecían operarios que trabajaban como personas programadas. Y un nuevo anuncio nos acompañaba.
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Por la tarde la sombra de la valla se extendía hacia la autopista. La reja y los arbustos no dejaban ver el tráfico que oíamos permanentemente. Estábamos acostumbrados a esa marea. En general lo olvidabas. Había días o momentos puntuales que el ruido volvía. Lo escuchabas de nuevo, de pleno, en todo su esplendor. A veces me apoyaba en la base de la columna de la valla y me ponía a fumar. El perro se ponía a mi lado. Desde ese punto preciso se veía, abajo, el mar.
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Mensualmente nos ingresaban el dinero y con eso apañábamos nuestra vida. Nuestra vida apenas tenía gastos. La casa era humilde. Era un espacio pequeño y diáfano donde teníamos la cama y los utensilios de cocina. No necesitábamos mucho dinero. Todo era idóneo, salvo que la presencia de la valla había alterado nuestro pequeño espacio. El perro se pasaba el día pegado a la columna, María apenas salía de la casa desde que estaba y a mí me daba por reflexionar sobre lo que se anunciaba.
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Un día aparecieron dos operarios. En general no repetían. Eran dos o tres tipos que aparecían, trabajaban como si tuvieran prisa y se iban. Pero aquellos dos operarios, al contrario de la regla general, eran habladores y buscaban conversación. No sé si había un método preciso en el cambio. A mí me daba la sensación de que cada vez el cambio se ejecutaba de distinta manera. Uno de ellos subió y el otro se quedó abajo hablando conmigo y jugando con el perro. María estaba dentro de la casa. Yo hablaba con Isidro, que así se llamaba el que estaba abajo. El perro ladró y de repente el cuerpo del otro apareció, de golpe, casi a nuestro lado. Nunca supimos el motivo de la caída. Luego todo sucedió rápido y desconcertante. Apareció gente de TM Anuncios, apareció gente de la empresa que se iba a anunciar, aparecieron policías y ambulancias. Sentí que nuestra finca, destartalada y sin orden, estaba siendo invadida por otra forma de caos. La policía me preguntó cien cosas, me pidió los contratos con TM Anuncios, me pidió que contara la escena unas siete u ocho veces. María permaneció callada. De hecho, no volvió a hablar. Horas después nuestro terreno quedó vacío y la valla con un anuncio de otra urbanización a pie de playa a medio poner. No se formaban las frases ni el teléfono enteros, pero sí se veía buena parte de la foto general de la urbanización y del diseño interior de las casas.
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Durante un tiempo indescifrable el anuncio se quedó así, a medio poner. Un tiempo indescifrable porque a partir de ahí mi vida se vio alterada en su plenitud. María se fue de casa sin dejarme aviso. Se llevó el perro. El terreno era de los dos, nuestra caseta fue construida por los dos, el dinero de la valla era para los dos, pero María ni reclamó ni volvió a escribir.
Los meses pasaban con el nuevo anuncio. Sin embargo los de TM Anuncios seguían haciendo el ingreso regularmente. Yo apenas gastaba. Mucho menos, incluso, que antes. Y el dinero iba aumentando en la cuenta del banco. Apenas lo chequeaba. Pasaba el día al pie de la inmensa columna de metal oyendo el ruido de la autopista y mirando las imágenes puestas de la urbanización Marina Azul. Pensando que quizá tampoco había sido terminada de construir. A veces fantaseaba con la piscina, con la imagen de esas habitaciones con vistas al mar. Me imaginaba bañándome en esa agua irreal o mirando esas vistas que parecían recreadas y alteradas desde esas habitaciones que igual, nunca, habían sido terminadas de construir. El resto del tiempo me preguntaba por María. A veces me imaginaba que uno de esos coches que hacían que la autopista pareciera un sonido constante era María pasando en un coche, al otro lado de la reja, desde donde miraría la valla pensando en mí o no. O quizá pensando en el cuerpo del hombre caer. Otras veces pensaba en el perro, en la nostalgia de ese buen perro. De resto, el tiempo pasaba y María no volvía y nadie venía a terminar de montar el anuncio de Marina Azul.
Un día, quizá aturdido, quizá desorientado, pensando en María, trepé por la escalera de caracol paralela a la columna por donde trepaban los operarios y subí hasta arriba. Caía la tarde. A lo lejos la costa. La hermosa luz del mar me pareció un reflejo del tiempo, no sé de qué tiempo, pero el reflejo de algo que había pasado ya. Vi la periferia del centro, vi las urbanizaciones de lujo, vi grúas y pensé que quizá aquello era Marina Azul. El sol, a lo lejos, me pareció más pequeño y más humilde. Había una ternura extraña en aquella vista periférica. Detrás, a mi espalda, la forma de la autopista atravesando los montes bajos del principio de la sierra. Vi, también, la forma precisa de nuestro terreno. Me quedé mirando los coches pasar. Pensé en esos turistas llegando a la costa, mirando a un hombre subido a esa valla. Marina Azul. Vive el sue... Anocheció y seguí ahí. El mar de luces extendiéndose y el mar real, un agujero negro inmenso y hermoso. Bajé de madrugada. Vi la casa. Vi el terreno y caminé hasta la cancela. La abrí. La dejé abierta y enfilé camino de tierra abajo. Nunca volví. Dos meses después dejaron de ingresarme el dinero los de TM Anuncios. Con lo que había ahorrado me fui de allí hasta el norte del país. Mi vida, debo decir, cambió radicalmente con el tiempo. No volví a saber de María, no volví a saber del perro. Ayer llegamos a esa zona a pasar unos días de vacaciones con mi mujer y mis dos hijos. Veníamos por la autovía del norte. Pasamos, al atardecer, por debajo de la valla. Aún estaban ahí, pero casi despegados, y medio emborronadas, las fotos de Marina Azul. Las vistas alteradas, la piscina irreal. Me acordé de María, me acordé del perro. Me acordé del terreno y de la casa. Me acordé del cuerpo de aquel hombre.
Marina Azul. Vive el sue...