Ballena llega, entonces, a la carretera principal y se para en el arcén. Desde allí arriba se ve la bahía y la ladera de algunos otros montes. El amanecer se va haciendo cada vez más preciso y contundente. En el mar distingue dos barcos: uno inmenso y uno que podría ser de pesca. Mira a los lados y ve que por ninguno de los dos carriles vienen autos. Cruza dando un pequeño sprint. En el otro lado se mete por la pista de los molinos. El monte es frondoso y huele a humedad. El camino se va haciendo estrecho, comido por helechos y hojas. Ballena avanza bosque adentro hasta que el camino se diluye en monte y parece empezar a desaparecer la civilización. Entonces Ballena se detiene y respira hondo por primera vez desde que ha despertado. Recrea los pasos, cada centímetro y cada segundo avanzado desde que despertó. Cierra los ojos. Suspira y coge aire. Siente la humedad y el olor del bosque. La mezcla bestial de las hojas, de las plantas y de la tierra sumándose unos a otros para hacer esa fragancia universal y hermosa. Abre los ojos y vuelve a caminar. No hay camino. Va pisando helechos, plantas, tierra húmeda, a ratos charcos. Oye pájaros al otro lado de las copas de los árboles. Se deja guiar por su preciso sentido de la orientación. La mañana se ha formado enorme y monumental. Sube la temperatura por minutos. Lo nota en la piel, lo nota en la soltura de los músculos, lo nota en la percepción de las cosas. Se apoya en los troncos de los árboles cuando siente que pierde equilibrio y fuerza en ese brusco caminar sin camino. Tiene que pisar con mucha fuerza. Cada zancada es una batalla. Ha escogido la ropa inteligentemente, pero aun así suda y siente cierto agotamiento. Se sienta en un conjunto de rocas que aparecen de golpe. Bebe agua. Calcula y mide, y se da el lujo de beber un sorbo más. Mira la hora en el reloj de pulsera. Se pone en pie y sigue avanzando. Asciende una rampa terrible. Una ladera marcada por piedras y musgo. Casi no es caminar, es casi escalada. Sube dos tramos y aparece un tercero. En un pequeño claro se queda de pie y mira hacia abajo. Vuelve a ver un fragmento de la bahía. A la derecha logra ver un pequeño recoveco de la aldea. El mundo, su mundo, parece estático e inmóvil desde ahí. Uno es incapaz de imaginar la vida dentro de esas casas cuando las ve desde lejos. Es como si nadie las habitara. Siente ganas de vomitar. Siente una náusea que se confunde con el temor y la ansiedad. No sabe por qué, pero se le cae una lágrima. Ballena mira entonces el reloj y sigue ascendiendo. Arriba huele a eucalipto. Piensa, no sabe por qué, en Ramón, un antiguo amigo que se fue a la capital doce años antes y del que perdió la pista.
Llega arriba. Arriba nota el sol que hoy está superlativo. El brillo del mar reverbera incluso en la cima. Al otro lado, el trozo de mar que nunca ven, el Atlántico perdiéndose hacia la nada. En ese lado hay más barcos hacia el sur, distingue otras poblaciones, otras casas, otras laderas, otras huertas, otras cuestas, otras calles y carreteras comarcales. También esas vidas son imposibles de imaginar, piensa Ballena. Vuelve a cerrar los ojos y vuelve a respirar. Está sudando mucho. La camiseta tiene marcas esparcidas que forman dibujos amorfos. Empieza el descenso. Intenta frenarse porque las piernas confunden fuerza y velocidad y se acelera. Va dando pequeños saltos para evitar piedras y rocas. Va seguro y confiado y sube la velocidad. De repente cae de golpe, porque tropieza con algo que no ha llegado a ver. Rueda algunos metros hacia abajo. Se pincha y siente una punzada en la rodilla. Ballena siente un dolor insoportable. Se toca la rodilla y sospecha una lesión importante. Se queda tirado entre las hojas y las ramas y la riqueza del suelo. Respira, grita y respira. Mira el reloj y, como buenamente puede, se pone de pie. Ballena es ahora un hombre cojo descendiendo una montaña sin caminos ni senderos. Baja como puede, arrastrando la pierna herida y otorgándole a la otra el poder que no tiene. Ballena suda, tiene ganas de quitarse elementos de la ropa, pero sabe que es mejor que no. Sigue desviándose, evitando cualquier atisbo de civilización. Baja. Baja como puede. Mira de nuevo el reloj. Cuando el monte empieza a clarear y a llanear, aparecen los primeros vestigios de costa. Ese fragmento del litoral inaccesible en carretera, deshabitado y hermoso. Camina por una pradera. Escucha el riachuelo a su lado y sigue su ruta. Ve, al fondo, las piedras de Viera. Alcanza la cala de arena de apenas unos metros. Recorre las piedras pisando la orilla. Se le empapan las botas y la parte de abajo del pantalón. Bordea como puede y finalmente lanza la mochila hacia el otro lado con la esperanza de que el lance sea perfecto y alcance el lado inalcanzable por tierra para él. Ese último tramo no le queda más remedio que nadar. Bucea porque la pierna herida le molesta en el movimiento. Sube cada veinte segundos a coger aire. Pasa por debajo de una cueva y siente vértigo. Ve el destello al otro lado y emerge. Allí ve la barca y la mochila que ha lanzado. Trepa las piedras dando gritos, porque el dolor de la rodilla es, ahora sí, insoportable. Empuja la barca, mete la mochila y se sube a ella. Rema mar adentro. Se quita la camiseta empapada y se queda con una camiseta de neopreno. La ropa pesa millones de kilos. Sigue remando. La técnica no es mala y avanza con precisión. Hace un calor potente.oLos veranos ya no son lo mismo. Cada rato se moja la cara y la nuca. Vuelve a beber agua. Mira hacia la costa y ve que sorprendentemente la tierra empieza a quedar bastante atrás. La costa desde ahí parece ya una miniatura. Deja de remar unos minutos. Se tumba a lo largo de la barca. Ahora ya puede, por fin, encender el motor. Mira hacia el oeste. La marea es propicia. El ruido del motor rompe el vaivén de golpes del agua en la lancha. Es todo rítmico y extraño. Cuando mira hacia atrás ve que la costa es una línea, el continente se diluye. Cierra los ojos, respira y esta vez sí se permite llorar. Suelta a lágrimas la tensión, pero también es una forma de liberar el dolor de la rodilla. Grita, grita desconsolado. Es en ese momento que ve por babor, muy a lo lejos, dos manchas que se van volviendo embarcaciones. Avanzan rápido hacia él. Mira la hora. Calcula y sabe que aún está lejos del islote. Pone el motor a toda potencia. Las dos embarcaciones le van comiendo terreno por segundos. Mira a lo lejos y no hay rastro del islote. Entonces Ballena lanza la mochila y, con el motor encendido, se lanza al mar. Bracea y bucea a ritmo desigual. Jadea como si el aire no llegara con soltura a sus pulmones. Se sumerge y en cada inmersión cambia de dirección. Intenta avanzar en dirección contraria a la barca, que avanza sola hacia la nada, como si estuviera manejada por un fantasma. Las dos embarcaciones están ya a pocos metros, pero siguen a la barca; a Ballena no le han visto. Se sumerge cuando las ve muy cerca. Coge aire y dentro del agua intenta no consumir energía. Oye el ruido amortiguado bajo el agua de los otros pasar, ve el rastro hermoso del agua rompiéndose en el avance. Piensa en Andrea, piensa en un día que pasearon por Madrid y que ella le habló de un libro del que no recuerda el título, pero que era la historia de una ballena, como él. Piensa en Quique, que se reirá el día que le cuente todo esto, y piensa en Lucas, su hermano. El dolor y la miseria a la que le sometía. En cada día de su vida con Lucas. En su manera despiadada y cruel, en su miseria. Lucas, el amoral Lucas. "Yo no elegí un hermano" —piensa Ballena con los últimos restos de oxígeno. Entonces emerge y no ve nada. Escucha y ve destellos. Las reverberaciones del mar y las voces de los hombres se confunden. Hay, piensa Ballena, algo de una extraña paz en todo esto.
—Carlos Arcas, el Ballena. Queda detenido por el asesinato de Lucas Arcas, el Delfín. Tiene derecho a guardar silencio o a no declarar si no quiere.
El Ballena, exhausto, mira a lo lejos y ve la barca parada y sola allí a lo lejos, en medio del mar, hermosa y libre. Y piensa: "Espero que Quique me perdone que no se la devuelva".