Cuando abro los ojos, lo que veo es una pantalla de cine donde se está proyectando una película que no logro identificar. Tres actores dialogan al fondo, tras una puerta. Se apoyan y miran por una ventana. Las ventanas están sucias o empañadas. Dejan ver un jardín o las hojas de un árbol. No veo bien. El diálogo sucede en ruso o en alguna lengua eslava oriental. Hay subtítulos, lo que me permite entender lo que se dice.
—¿Acaso se puede ser feliz a costa de la desgracia de los otros?
En ese instante la luz de la sala donde estoy se enciende y la proyección de la película se detiene bruscamente. Miro a los lados. Las butacas de la sala están desocupadas. Soy el único espectador. Miro a los lados. Miro de nuevo la pantalla. Me miro las manos.
—¿Qué hago aquí? —me pregunto en voz baja.
No sé quién soy, no sé dónde estoy, no recuerdo ningún aspecto de mi vida. Estoy completamente vaciado de recuerdos salvo lo que podríamos llamar, o me invento, memoria técnica. Sé el nombre de las cosas, sé la existencia del mundo, de los objetos, del orden de mayor a menor del pensamiento. Sé que ordenamos los elementos que nos rodean, que el conocimiento es como un eterno zoom in y zoom out. Se abre permanentemente para ver algo que no veíamos, se cierra permanentemente para ver con mayor tamaño y precisión algo que apenas intuimos. Acepto que lo que veo es lo que entre todos hemos acordado llamar realidad, pero no sé nada de lo que me contiene, de lo que he sido o he anhelado, de mis deseos y fragilidades. No sé qué hay dentro de esta caja que llamamos cuerpo y que debo ser yo. Vuelve a mi cabeza la frase leída en los subtítulos: ¿Acaso se puede ser feliz a costa de la desgracia de los otros? Creo haber visto esa película. La imagen me evoca otro momento, pero la memoria no acude a la llamada. La sala sigue vacía. Por primera vez en estos minutos de llegada a este nuevo mundo, porque asumo que lo que ha pasado es, metafóricamente o no, que he llegado a un nuevo mundo donde ha desaparecido todo lo que yo fui en el anterior, siento miedo. No es un miedo paralizante. Es más bien angustia, desasosiego. Una turbulencia silente. Oigo la puerta de la sala abrirse. Entra una mujer. Me mira seria.
—Acompáñeme —me dice.
Su gesto es desconcertante. Me mira como esperando alguna reacción. Pienso entonces que soy parte de un experimento químico o psicológico extremo. No reacciono. Me cuesta identificar bien los sentimientos o quizá este sea el extremo atroz del desconcierto. Camino tras ella. ¿Conozco a esa mujer? Ella avanza firme. Salimos a un amplio hall. Hay un grupo de personas esperando. Me miran.
—¿Qué tal estás? —me pregunta uno de los más jóvenes.
Tardo en contestar porque paso un buen rato estudiando a las personas que tengo enfrente.
—Estoy bien. Eso creo.
Nadie cambia el gesto. Dudan de mí. Es evidente que dudan de mí o al menos no tienen certezas de mi respuesta.
—¿Sabes quiénes somos?
—No sé ni quién soy yo —contesto.
—Ese regalo que te llevas. No nos des las gracias —me dice la mujer más mayor con una voz que denota un profundo sufrimiento.
—¿No recuerdas nada de lo que ves? ¿No tienes datos memorísticos sobre ninguna de las personas que tienes enfrente? —me pregunta una chica joven.
La miro. La detallo. Me gustaría encontrar algo en ella. Una imagen que sacuda los subterfugios de mi memoria. Noto un parecido con la mujer mayor que me ha hablado. ¿Son madre e hija?
—No recuerdo absolutamente nada. No ya solo de las personas que veis. No recuerdo nada de lo que contiene este cuerpo. No sé de dónde vengo. Quién fui. Cómo fue mi infancia. Lo cierto, y esto es una súplica, es que me gustaría una explicación.
Todos permanecen callados. La mujer mayor y la chica que me ha hablado lloran ligeramente. Me miran con temor, pero también con un atisbo de ternura.
—Las explicaciones tendrán que venir poco a poco. Lo primero de lo que le queremos informar es que la humanidad ha sido salvada.
El tono excesivo y grandilocuente me produce rechazo. No entiendo cómo mi ausencia de memoria ha podido salvar a la humanidad. El grupo dialoga entre susurros. Deciden entre ellos. No hay discrepancias. Es más bien un repaso a la información de los siguientes pasos.
—Acompáñenos —me dice el más joven.
Les sigo de vuelta a la sala de proyección. Entramos en fila. Yo voy en medio. Ocupamos la fila 7. A mí me dejan la butaca central. El olor de la sala, un olor a ambientador, me golpea de repente. Ese olor, lo sé con certeza, lo he olido antes. En otra sala, en ese mundo de mí mismo que ha dejado de existir, al menos para mí. La luz se vuelve a apagar.
—Lo primero que verás es a ti mismo —no identifico la voz, pero creo que es de nuevo la mujer más mayor.
La pantalla se enciende. Unos fogonazos intermitentes sacuden la pantalla, la imagen se estabiliza. Aparece en escena un tipo mayor. Estoy dando un discurso. No dejo de notar el olor del ambientador en la sala. Ese olor, más que la imagen, me está golpeando la sien. Suben el volumen. Oigo mi voz. Oigo mi discurso. No ubico el lugar donde estoy. Aparentemente hablo a un gran público. Hablo de bajas, de guerra, de artilugios sofisticados. Estoy declarando la guerra. La crueldad de mi tono es aterradora. Me doy miedo. Sigo notando el olor. ¿Dónde he olido eso antes? ¿Dónde estuvo ese olor?
La imagen cambia. Ahora estoy paseando por un jardín hermoso. La chica joven que me habló en el hall me abraza. Ahora lo sé, estoy convencido de que es mi hija. Al fondo, la mujer mayor. Otro corte en la imagen. Se ve un spot publicitario. Hablo de enemigos. De la necesidad imperial de reordenar el mundo. Justifico la violencia. Veo ciudades arrasadas, cuerpos calcinados. Bellos monumentos destrozados. Ciudades famosas totalmente desfiguradas. Me vuelvo a ver. Voy esposado y me introducen en un coche blindado. El olor, ese olor, me trae mi despacho. Me trae las voces. Veo gente mirándome.
—Es ese olor —grito.
El chico más joven grita que paren la imagen. Es el olor.
—¿Qué olor?
—El ambientador. Ese ambientador se usaba en algún sitio.
Hay tensión. Nerviosismo entre las personas. La mujer mayor tiembla. Me mira. Emerge una forma notable de terror. Hay ajetreo en la sala. Me viene una sucesión violenta de imágenes. Mi padre. Mi madre. Un pasillo que identifico como mi casa de infancia. Es el olor. Mi padre grita violentamente a mi madre. Me mira. Es el olor. Alguien me mueve el cuello. La mujer mayor me mira llorando. La chica joven está paralizada. Todo va a negro. La sala. Mi consciencia.
Cuando abro los ojos, lo que veo es una pantalla de cine donde se está proyectando una película que no logro identificar. Tres actores dialogan al fondo, tras una puerta. Se apoyan y miran por una ventana. Las ventanas están sucias o empañadas.
