Mi hermano Marcos había dejado la casa de mis padres unas semanas antes —aunque el tiempo nunca sea exacto—. Se había instalado ahí después del divorcio. Nosotras no teníamos prisa por vender: esa casa es (¿será?) nuestra herencia, pero mi hermana Petra y yo tenemos una situación más o menos estable y podíamos esperar un tiempo para venderla. No nos corría prisa. Marcos, sin embargo, estaba sumido en una forma muy profunda y vasta de dolor. Su mujer se había ido con un compañero de trabajo y Marcos se quedó atrapado en la tristeza y casi en la parálisis. Dejó de trabajar y, por tanto, de tener ingresos. La casa, por la que no le cobrábamos nada, le venía bien.
Los primeros meses apenas salía. Cuando Petra me llamaba, yo le decía que haber vuelto a la casa de mis padres —que habían fallecido de forma misteriosa y traumática un año atrás (¿?), casi a la vez, separados por dos días de diferencia, o ese tiempo que equivale a cuarenta y ocho horas— no era, quizás, la mejor idea. Era la casa donde habíamos pasado nuestra infancia. La colonia seguía igual que cuando éramos pequeños. Las hileras de bloques de ladrillo, la iglesia central y la plaza con ese flujo vivo que tuvo siempre cada tarde. El colegio, los niños de la colonia saliendo cada tarde a la plaza. Todo eso sucedía en ese espacio amplio, protegido y cerrado. Un universo propio dentro de la ciudad. Con frecuencia se ha comparado a la colonia con un pueblo y ciertamente lo es. Un pueblo anclado en medio de una ciudad que tiende a la locura y al crecimiento salvaje y desproporcionado.
A veces quedaba con Petra para ir a visitarle. No somos familia de hablar de sentimientos, pero nos une la solidaridad. Marcos estaba mal. Apenas se levantaba de la cama. Quedaba con mi hermana en la puerta. Atravesábamos la colonia. Ese flujo diario de gente entre las casas y la plaza, entre el colegio y los portales. Nunca he sabido cuánta gente habitaba ahí dentro. Para llegar a nuestro portal, atraviesas casi todos los bloques. Nuestro portal es el más remoto desde cualquiera de las entradas. Parecía una metáfora del estado emocional de Marcos. Teníamos que llevar llaves, porque si llamábamos, ni siquiera se levantaba a abrir.
Pero con los meses se fue animando. Marcos es un físico nuclear de prestigio. A veces, con características de genio. Un carácter que tiende al caos, probablemente porque su mente ordena en exceso. Torpe en lo emocional, brillante en lo pragmático. Marcos no ve la realidad que vemos nosotros. Ve moléculas en movimiento. No mide el tiempo como lo medimos los demás: lo fragmenta. Volvió a la actividad laboral, no sin esfuerzo, pero siendo consciente de que en el trabajo estaba su salvoconducto, su salvación. Fue cuando nos comunicó que se iba del país, que le habían ofrecido un puesto para un proyecto muy ambicioso en Estados Unidos y que dejaba la casa.
—Es hora de venderla —dijo con un tono algo melodramático y rotundo.
Todo fue rápido (eso creo). Marcos dejó la casa y se fue. Se despidió efusivo. Se le veía afrontar con entusiasmo su nueva etapa. Cuando le preguntamos cuánto duraría el proyecto y cuándo volvería, contestó esquivo: con el tiempo nunca se sabe.
Petra y yo fuimos a ordenar la casa y acomodarla para la venta. Nuestro hermano la había dejado en un estado deplorable. No había nada en su sitio. La cocina estaba repleta de cajas vacías o a medio vaciar. Había tazas repartidas por todas partes. Platos sin limpiar, escondidos en las esquinas más remotas e imposibles. El tiempo que había pasado ahí había sido una acumulación de caos y desorden.
Estuvimos, probablemente, un par de días trabajando y ordenando todo. Al terminar, pusimos el apartamento en una web de anuncios, calculamos por encima el precio y me ofrecí a enseñarlo yo a los interesados, ya que vivía muy cerca de la que fue la casa de mis padres. A Petra, que vivía algo lejos, aquello le pareció una gran noticia y agradeció mi ofrecimiento.
—Con el tiempo te lo pagaré —sonrió cariñosa.
El tiempo, si es que el tiempo, como lo asumimos, existe, pasó extraño a partir de entonces. Como no había prisa, ni Petra ni yo perdimos la paciencia. Casi no había llamadas. A partir del segundo mes, cuando bajamos cinco mil euros, las llamadas empezaron a ser esporádicas, con algo más de frecuencia.
Algunas tardes paseaba hasta la colonia. Desde que me fui (me iré) de allí, con veinte años, solo iba cuando mis padres estaban vivos y nos invitaban a comer algún domingo o en Navidad. Sin embargo, después de la muerte de mis padres y el año extraño de Marcos, una forma de cariño y nostalgia empezó a surgir en mí por la colonia. Algunas tardes paseaba por allí. Viendo a los niños jugar en la plaza, empecé a recuperar recuerdos que tenía un poco enterrados de mi niñez. De repente, llegaba a los recuerdos como si, todos esos años, aún hubiera estado por detrás de ellos y me hubieran estado esperando.
La colonia siempre fue un lugar peculiar. Los de la colonia parecía, de algún modo, que no pertenecíamos del todo al resto de la ciudad, como si fuéramos una anomalía, un lugar aparte. Un tiempo fuera del tiempo. Mi primer novio lo tuve ahí. La primera vez que me besé fue en la puerta de la entrada sur. Mi primera amiga vivía en el bloque frente al colegio, en el segundo piso. Se fue cuando teníamos catorce años y no he vuelto a saber de ella. Tardes de juego. Noches adolescentes en la plaza. Mi primer cigarro. Cuando empecé a pasear esas tardes, recuperé un cariño por la colonia que había permanecido (permanecerá) congelado durante muchos años. Mi hermana se casó en la iglesia, yo conocí a mi marido a la salida del cine que aún había allí. Y, sin embargo, de repente, dejamos la colonia y nos insertamos en la ciudad. Como si los dos mundos no pudieran convivir a la vez: o habitabas la colonia o habitabas la ciudad. Nunca se vivía en los dos mundos a la vez. Eran tiempos que transcurrían distintos.
Mi padre siempre contaba que vio las obras de los edificios. Nos enseñaba una foto en blanco y negro o sepia. Esos colores hermosos del pasado fotográfico. Abajo, al pie de la foto, ponía 1949. Se veía la colonia desde la avenida, que aún no estaba construida. Era aún un camino de arena sin asfalto. La foto era de unos meses antes de que entrara la gente a vivir. En la plaza, casi en miniatura, se ve a tres mujeres. Dos sentadas y una que corre mirando hacia la cámara. Siempre pensé que estaban jugando.
—Esto era la periferia de la ciudad. La colonia está construida sobre un antiguo cementerio —decía con voz de locutor, porque le gustaba que Petra se asustara pensando que habitábamos sobre un campo de calaveras. Y Petra, pequeña, miraba la foto, probablemente imaginando fantasmas bajo esos edificios recién hechos y aún sin estrenar.
Las ciudades son capas, pensaba en esos paseos cada vez más frecuentes. Los siglos posteriores cubren los anteriores. La colonia cubre lo que fue lugar de restos fúnebres, que previamente había sido solar. Las capas de ladrillos son, a su vez, capas de la historia. Todos los tiempos suceden a la vez. Marcos, cuando estaba más sociable, hablaba de esas formas difusas del tiempo molecular. Todo sucede cuando sucede porque está siendo observado. Pero yo no entendía muy bien a qué se refería.
Entonces, esa tarde, suena el teléfono. Una voz de una chica muy amable preguntaba por el apartamento. Estaba interesada y quería venir a verlo con su pareja. Nos citamos dos días después, a las cinco de la tarde. Pensé que era una buena hora porque así verían la salida del colegio, la actividad y el flujo peculiar de la colonia, en su forma de vida autosuficiente.
Dos días después, las esperé debajo de una de las puertas de hierro, la entrada más al sur, por la calle menos transitada, donde el 1950 indica el año de inauguración. Eso les dije a las dos chicas cuando aparecieron puntuales.
Desde esa entrada se recorren prácticamente todos los bloques de la colonia y te haces a la idea de su forma y del ambiente. Efectivamente, había niños saliendo por todos lados, el bullicio alegre de los primeros días de primavera.
—Qué curioso —dijo una de las chicas—, nunca había entrado aquí.
Fui explicando algunas cosas. Conté que incluso tuvimos cine cuando éramos pequeñas. Los colegios, los supermercados, la casi autosuficiencia interna.
—Puedes vivir sin pisar lo de ahí afuera —dije casi orgullosa, como si de verdad la colonia no perteneciera a la ciudad.
A partir de ahí, yo no noto el cambio. No sé cuándo sucede. Entramos en la casa. La vamos recorriendo. Incluso abro algunas ventanas y juraría que se sigue oyendo el bullicio de niños. El ajetreo vivo de una tarde primaveral en la colonia. Las chicas muestran cierto interés. Hablan de reformar el espacio, de cambiar patios. Me preguntan cosas concretas de la comunidad. Ven la cocina. Una de ellas parece arquitecta o sabe mucho sobre el tema y revisa tabiques y paredes. Le dice a la otra que se puede abrir hueco para ganar espacio en el salón. Cosas que a mí siempre me ha costado ver.
Entonces salimos. Bajamos la escalera y alcanzamos el patio entre bloques. No se nota nada de primeras. Solo la extrañeza del silencio y de que, de repente, no hay ningún coche aparcado. Los bloques están vacíos. Es como si el planeta se hubiera quedado vacío de repente. Las chicas también notan algo extraño, pero no dicen nada. Yo empiezo a asustarme, pero no lo comunico.
Avanzamos por el patio de nuestro bloque, giramos a la derecha, desde donde ya se empieza a ver la plaza y parte de la iglesia. No hay nadie. No hay ni un coche. Miro a las casas y la impresión es de que están deshabitadas.
—¿Lo notáis? —pregunto.
—Sí —dice la más morena.
Ellas se agarran de la mano. Yo tengo ganas de hacerlo, pero el pudor y la falta de confianza no me dejan.
Caminamos hasta la puerta de la iglesia. Está cerrada. No hay manera de abrirla. La plaza está totalmente vacía y lo que antes eran negocios ahora son espacios vacíos. Al fondo, por la avenida, no pasa ningún coche; al otro lado, no hay ningún edificio. La colonia está suspendida en la nada, o eso me da por pensar.
La menos morena se sienta. La otra la abraza. Yo, sin saber muy bien por qué, salgo corriendo hacia lo que era la avenida. Digo "lo que era", porque la avenida ahora es un carril de tierra que baja hacia el sur. Estamos, comprendo, en las afueras de la ciudad. Veo a lo lejos a un hombre al otro lado de lo que debería ser la avenida, donde deberían estar los edificios de fuera. Su indumentaria es antigua. Va de negro, lleva un sombrero y una cámara. Está encuadrando hacia nosotros. Me acerco casi corriendo, en una carrera que podría haber durado décadas, pero que dura segundos, y le pregunto:
—¿Qué ha pasado?
El hombre me mira como el que mira la inmensidad, como el que mira una máquina en combustión, como el que mira el fuego. No me entiende. No sabe a qué me refiero.
—Nada. Simplemente estaba tomando unas fotos. Me las ha encargado el arquitecto —me dice pausado y amable.
A partir de ahí, mi cabeza se divide en dos fragmentos claros: uno quiere comprender, el otro asume una forma de locura. Ambos batallan por darle la razón al otro.
Giro la cabeza. Entonces reconozco lo que veo: la imagen que tengo ante mí es la foto en sepia que nos enseñaba mi padre. Es difícil de procesar y de entender. Ahora no hay sepia. Lo que veo son los colores de la realidad. Reconozco la foto de la colonia de la época en que se inauguró, cuando la avenida aún no estaba construida. Es la misma imagen, pero ahora solo falta la mujer que corre y mira a cámara; porque, y eso lo descubro en ese instante, la foto que yo recuerdo ha sido tomada en el mismo instante en que yo venía hacia él.
Nada de lo que está sucediendo está sucediendo aquí, pienso en un arrebato filosófico, físico o astral. Todo lo que pienso me parece diluirse.
En algún momento, en el que todo ha dejado de ser secuencial, le pregunto al hombre:
—Pero, ¿dónde estamos?
Me mira, casi preocupado o molesto, porque está centrado en la foto, en el encuadre, en que todo salga bien.
—Estamos frente a la nueva colonia. ¿No la conoce usted?
Entonces, la frase "la nueva colonia" reverbera en mi cabeza. Miro alrededor. Más allá, donde había un edificio gubernamental, veo campo y campo que se extiende hacia más campo. No hay ciudad.
Corro hacia las chicas. Están abrazadas. Las abrazo también. No digo nada, pero ellas saben que algo se ha roto, si es que el tiempo se puede romper.
No sé cuánto tiempo pasa aquí, porque estoy segura de que el tiempo no transcurre igual en 1949 que allí, en 2026. Pero, pasado un rato, veo aparecer por la parte de atrás de los bloques a mi hermana Petra con una pareja. Petra me mira desde allí, pero no desde un "allí" espacial, sino desde un "allí" más amplio. Nos estamos mirando en 1949.
La pareja nos mira a mí y a las chicas. Ellos, como las chicas, habían ido a ver el piso. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? ¿Petra me había dado por desaparecida?
Intento explicar, si es que hay manera de explicarlo, y nos quedamos sentados en la plaza en 1949. No es miedo o incomprensión lo que sentimos. Es un vacío. En 1949, ninguno de los seis que estamos en la plaza existe aún. ¿Cómo volver desde donde no estás? ¿Cómo salir del encuadre de aquella foto?
Por detrás de los bloques aparece, de repente, Marcos. Le veo venir con un mono de trabajo y unas gafas que cubren casi toda su cara. Nos mira desde cierta distancia y anota algo en un cuaderno. Chequea con mirada analítica todo alrededor. Le miro, le miramos. Nadie habla. No sé si estoy asustada, enfadada o perdida, pero al menos espero que sepa llevarnos de vuelta.
