Cuando baja del escenario de ese hotel en la Costa Blanca, Bruno Fuga, conmovido, arrasado, devorado por sí mismo, intenta suicidarse por quinta vez en esa década y segunda vez en esa especie de gira por hoteles en la que llevaba enfrascado medio año. Una gira, si cabe llamarlo gira, en la que da las que serán probablemente algunas de sus mejores interpretaciones en vivo de su carrera, pero eso apenas se sabe, eso apenas trasciende, porque el público suele estar compuesto de turistas despistados que escuchan su música de fondo mientras se enfrascan en conversaciones sobre los placeres y la belleza del ocio.
Baja del escenario sudado, abrasado por ese sentimiento arrollador que lo traspasa en cada actuación. Se mira en el espejo de ese triste lavabo que hace las funciones de camerino. Se mira y se detesta. Detesta no tanto lo que es, Bruno Fuga, sino lo que no es. No es frustración, es dolor. Saca un revólver y se apunta, pero en su desolación, en su enajenación, en su odio, no apunta a su sien: a quien dispara, creyendo dispararse, es al reflejo del espejo. Bruno Fuga revienta, pero el Bruno Fuga que se quiebra es el reflejo en el espejo.
Revienta el espejo y un sonido bestial traspasa las estancias del hotel de una en una, de empleado en empleado, de cliente en cliente, produciendo en décimas de segundo un caos y un pánico generalizado que cuesta varios minutos diluir. Nadie entiende de dónde viene la explosión y ese ruido de cristales rotos. En el salón de baile, donde un minuto antes Bruno ha estado brillante, afinado, preciso, emotivo, poético, incluso sublime, ahora los clientes, arreglados para una noche hermosa, están de pie, algunos gritan, los más cobardes se han escondido bajo las mesas, los pocos intentan ir y descifrar la ruta que ha recorrido el ruido.
Bruno Fuga mira su reflejo fragmentado y no completo de su rostro y, en voz alta, recriminando a esa imagen múltiple y distorsionada de sí mismo, le dice:
—¡Eres inútil hasta para matarte!
Se pone en pie. Guarda el revólver. Respira hondo y sale a calmar las aguas. Se inventa un golpe, un accidente.
—Salí exhausto de la actuación y tropecé. Lo bueno es que no he resultado herido —le informa al director del hotel, que está fuera de sí, tratando de volver el ambiente amable y elegante que pretende potenciar esa temporada.
Diez minutos después todo sigue igual. La gente reanuda sus conversaciones, los empleados se afanan en sus oficios y la noche en el hotel se sucede bajo ese manto irreal y extrañeza que le otorga a todo la industria turística.
Bruno, sentado en la zona de empleados, cena. Es parte del salario. Mira la comida con desprecio, a pesar de que el menú es bueno, e incluso saludable.
Esa noche, como parte del contrato, tendrá reservada una habitación en la octava planta del hotel, pero prefiere salir a la playa que hay al pie del hotel. Baja la escalera que da a la arena. La luz del hotel reverbera en la playa, sutil, fugaz, y le da a la playa un aspecto agradable y lejano. Bruno se quita los zapatos y camina descalzo por la arena, que a esa hora tiene una temperatura agradable. Es hermoso, piensa, caminar descalzo por la playa. Llega a la orilla. La marea es suave, apenas se mueven las olas.
—Parece un lago —dice en alto.
Desde la orilla mira hacia el hotel. Las siluetas de la gente en el salón le recuerdan a un cuadro que vio en el hall de un hotel en Nápoles y durante unos segundos piensa que si estará dentro de aquel cuadro.
—¿Y si todo se resumiera a eso, a que me quede metido en un cuadro colgado en el hall de un hotel de Nápoles? —piensa en alto, como si el Bruno Fuga del espejo le pudiera contestar.
Mira las habitaciones, muchas con la luz apagada, alguna encendida. Intenta ver si hay un patrón. Dos encendidas, seis apagadas. Una encendida, ocho apagadas. Pero no, no lo encuentra. Es en ese instante que una pareja, que aparece desde la oscuridad del otro lado de la playa, se acerca.
—¿Es usted el cantante de esta noche, verdad? —dice el joven.
—Sí, soy yo —contesta sonriendo Bruno.
—Es usted un cantante prodigioso. Me ha hecho llorar —dice la chica.
—Muchas gracias. Créame, agradezco mucho esos comentarios en noches como esta —confiesa Bruno.
—Hemos venido aquí a pasar unos días y ha sido toda una sorpresa su concierto. No espera uno ese nivel artístico en lugares como este —le dice el chico.
—Vaya, muchas gracias. Lo cierto es que este es un hotel que intenta cuidar mucho sus actuaciones. Me gusta venir. Tratan con respeto a los músicos y pagan muy bien. El mejor contrato del circuito.
—¿Canta siempre en hoteles? —pregunta la chica con sincero interés.
—Sí, es el circuito en el que he logrado hacer mi vida profesional. Es difícil saltar a otros estratos.
—Qué injusto. Es usted un artista muy especial. Me ha recordado a muchos cantantes italianos, a Gino Paoli, a Luigi Tenco, pero sobre todo ha parecido que es usted una especie de Mina con voz masculina. Hay algo en sus canciones extremadamente conmovedor. No le niego que estoy un poco afectada por lo que ha sucedido en ese salón. Lamento que la gente no haya sido consciente, pero créame, hemos sido testigos de algo excepcional.
Bruno se ruboriza. Acostumbrado a maltratarse, es torpe con los halagos. Sabe que tiene talento y de ahí su sufrimiento, pero no está preparado para recibir críticas tan amables.
Del hotel viene una música lejana. No se identifica. Es una música suave, una música que por la distancia acústica genera en la orilla de la playa una atmósfera sonora peculiar. Bruno piensa que quizá eso no está sucediendo: ¿y si todo esto es lo que sucede al morir? piensa, mientras ve al joven sacar su cartera, buscar, calcular y entregarle una suma de dinero que es incapaz de calcular.
—No quiero abusar de usted, pero para nosotros sería un honor increíble si pudiera cantarnos a capela, aquí, para nosotros, una pieza, quizá dos. Convertiría esta noche en la mejor de nuestras vidas.
Bruno siente que todo ha entrado en una dimensión distinta. Como si el mundo estuviera girando a un ritmo más lento. Duda realmente si eso es la vida después de la vida. Si esto es el lado del espejo roto de Bruno Fuga.
—Bueno, está bien —sonríe tímido Bruno.
La situación le parece extraña, incluso difícil de manejar, siente una forma de absurdo, pero coge aire, respira profundamente, cierra los ojos y empieza a cantar una de sus composiciones: «A gran distancia».
Bruno se concentra en su voz, en su afinación. Para Bruno no hay actuación menor, y en este caso el dinero indica que tampoco lo es. El mar suave a su espalda, el hotel fantasmagórico al fondo, la pareja abrazada, mirándole concentrada a dos metros de él.
Bruno no es un autor netamente romántico. Sus letras juegan con el doble sentido; podrían parecer de amor, pero Bruno, en el fondo, y eso solo lo sabe él, hablan de su relación con la existencia. «A gran distancia» narra la manera en que Bruno percibe la vida. Como si nunca estuviera aquí del todo, como si el mundo se dividiera en almas que habitan y otras que deambulan. Bruno se percibe dentro de las que deambulan, a gran distancia de la realidad. La pareja atiende la voz matizada y suave de barítono de Bruno. Ella empieza a llorar, él la abraza con fuerza, porque también está profundamente conmovido. Ella mira a Bruno como el que ve una aparición, como el que ve la trascendencia o la eternidad.
Hay una frase con la que remata «A gran distancia», que Bruno deja entrever su dolor existencial:
Y si desde aquí, desde esta gran distancia,
entendiera que nunca estaré allí,
que nunca perteneceré.
y que quizá lo mejor...
será dejarme caer.
Cuando Bruno la remata, la pareja está sollozando. Intentan contener las lágrimas, pero son incapaces.
—¡Bravo, Bruno! Es bellísimo su arte —dice la chica en un estado de emoción extrema.
Él chico es incapaz de hablar. Bruno se queda callado. Es su concierto más radical, pero piensa que quizá ha nacido para ese instante; también él ha entrado en un estado emocional de fragilidad y belleza. La noche es hermosa, piensa. Entonces, sin dudarlo, empieza una segunda pieza. Ha elegido «Cuando no estés». La música lejana y ese efecto acústico que vuelve el sonido en una capa atmosférica parece casi un acompañamiento para Bruno. El sonido de las olas ahora se oye muy ligero tras ellos. «Es la percusión», piensa Bruno inspirado.
«Cuando no estés» es una canción que, pareciendo la descripción del miedo a perder un amor, en realidad describe lo que quedará, lo que imagina Bruno que será todo cuando desaparezca. Los siguientes dos minutos son difíciles de describir, salvo como algo mágico. Los tres sienten sus almas levitar. Están ahí, en esa costa, arropados bajo esa temperatura perfecta, una suave noche de verano, la luz tenue y lejana del hotel. Hay momentos que superan en ficción e irrealidad a los sueños.
Seguirán los corazones sufriendo y amando.Seguirá girando el mundo.
Seguirán las calles y sus peatones.
Seguirán las estaciones y el dolor.
Seguirán sonando las hermosas canciones.
Cuando no estés. Todo seguirá.
Menos tú.
La pareja, arrollada por el romanticismo y la locura, se ha empezado a besar, pero Bruno está en su interpretación. Ha cerrado los ojos, su diafragma se expande y el aire sale ordenado y preciso; no hay una nota fuera de sitio, la emoción que le imprime a cada palabra es capaz de transformar el mundo. Repite la última frase una octava más arriba.
Cuando no estés. Todo seguirá.
Menos tú.
Está entonado y firme y alarga la u de la última palabra para hacer un cierre sublime, épico, superlativo. Suelta el aire, deja caer un poco la cabeza y abre los ojos. La pareja, que aún se besa, está dominada por la emoción y el éxtasis. Separan sus labios. Los ojos empapados y el gesto de la gratitud invaden sus rostros. Ella se lanza sobre Bruno. Le abraza emocionada. Él la imita. Bruno se ve rodeado de brazos en esa noche que sabe que jamás olvidará.
Bruno entonces se despide. Ellos, agradecidos y emocionados, le dicen que ha sido, sin duda, el mejor momento de sus vidas. Se quedarán en la playa para un último paseo. Bruno vuelve al hotel. Se toma una cerveza para bajar la intensidad emocional. Cuando está esperando el ascensor, les ve aparecer. Se saludan ahora ya en un estado de calma y más normalidad. Entran al ascensor.
—¿A qué piso vais? —dice Bruno.
—Al ocho —dice ella.
—¡Caray, somos vecinos! —dice Bruno con simpatía.
En el piso ocho se despiden. Curiosamente son vecinos de habitación. Bruno 803, ellos la 804.
Bruno se desviste. No quiere mirarse en el espejo. No quiere ver a Bruno Fuga, cualquiera que sea el Bruno Fuga que le va a reflejar el espejo. Se mete en la cama y apaga las luces. Da vueltas en la cama. Está agitado. Enciende la luz. Se levanta a coger la cartera y cuenta el dinero. Se queda abrumado por la cantidad. Vuelve a contar porque no da crédito. Un millón y medio de euros. Apaga la luz, se mete en la cama alterado, nervioso, incapaz de conciliar el sueño. En ese momento les escucha hacer el amor. Bruno siente algo extraño, poderoso, pero extraño. Vuelve a pensar en el millón y medio de euros. Escucha a la pareja. Al rato deja de escucharlos. No escucha nada más en toda la noche, no sabe en qué momento se queda dormido, o eso le dice a los policías en el interrogatorio.
—Eso fue lo que le puedo contar de anoche, agente —dice nervioso, asustado, aterrorizado incluso cuando ve salir los dos cuerpos cubiertos de la habitación.
—Se han suicidado a la vez. Es lo que se llama pacto suicida. No sé si es un honor o una pesadilla, pero lo que le pagaron anoche en la orilla fue su concierto de despedida.
En ese momento Bruno coge su maleta. En media hora tendrá que coger un autobús hacia Costa Bahía. Esa noche a las 20:30 tendrá que actuar en el Millenium Gold Hotel.
