martes, febrero 03, 2026

Jueves Santo en el Caribe

 El miércoles santo la ciudad se había quedado completamente vacía. Era un vacío molesto, agudo, que te recordaba algo que no sabías descifrar del todo. Nosotros vivíamos en un conjunto residencial formado por dos edificios que recordaban un poco a esos edificios de playa, con un parking desmesurado y una zona ajardinada algo salvaje que iba cayendo hacia el valle. Abajo, en los confines de nuestro territorio, una valla, cada vez más deteriorada, nos separaba de un monte frondoso. Allí estaba la cancha donde jugábamos los mejores partidos de fútbol que he jugado en mi vida.

El miércoles santo no completábamos de ninguna manera el cinco contra cinco. Albertito, su hermano, mi hermano y yo jugamos un partido, más bien tedioso, contra un equipo mediocre del edificio de al lado: El Mirador. Cuando íbamos siete a uno, ellos se entregaron y se fueron. Descubrimos, ahora sí, que nos habíamos quedado definitivamente solos en la ciudad. El hermano de Albertito, que era tímido y ausente, nos miró y dijo que se iba a su casa. Entonces el trío, mirando al valle y al monte frondoso, creo que sentimos al unísono una forma extraña de soledad, una forma de agujero que nos contenía dentro. Albertito hablaba con mi hermano mientras yo pensaba en C, que se había ido con unas primas a la playa. C y yo ya casi no hablábamos, pero la había visto salir con una mochila pequeña y una sonrisa exuberante: fue la puntilla para sentir que el mundo se vaciaba y nosotros nos habíamos quedado ahí anclados, como si fuéramos los últimos habitantes de la tierra. Yo no atendía a la conversación de los otros dos, no sé muy bien a qué atendía. Miraba el valle, miraba las luces del edificio que no se encendían y pensaba en opciones para que los cuatro días que quedaban por delante de vacaciones no resultaran una pesadilla o un tormento insoportable. ¿En qué momento las vacaciones se habían vuelto algo molesto? ¿Qué había pasado? Fue en ese momento, creo, cuando volví a la conversación de Albertito y mi hermano:

—Podemos agarrar un autobús de medianoche y nos ahorramos una estancia.

En esos minutos que yo había estado ausente ellos habían planificado una huida a la playa.

El asunto era sencillo: ninguno teníamos casi dinero para afrontar tres noches fuera, ni para hospedaje, ni para comida, ni, por supuesto, para bebida. Albertito creía que en el terminal salían algunos buses a la playa. “De esos piratas, que no son de línea”. El transporte era un caos, como todo el país, como toda nuestra vida. Una vez en Chichiriviche pediríamos que en alguna de las embarcaciones alguien nos diera un empujón hasta Cayo Sombrero. En Cayo Sombrero Albertito sabía que estaba buena parte de la gente de su colegio. Podríamos acampar. En cuanto a la comida, unos cuantos panes y algunas latas de atún nos darían para sobrevivir los cuatro días. No iban a ser las vacaciones más lujosas de la historia de la humanidad, ni siquiera de nuestra historia, pero cualquier forma de huida hacia adelante parecía darle a nuestra existencia algún tipo de sentido en medio de aquella ciudad agónica.

Albertito era un tipo indescifrable. A ratos parecía un chico de clase alta venido a menos; a ratos, un tipo con preocupantes problemas de comportamiento. En realidad, creo que lo que sucedía con Albertito es que venía de una familia desestructurada, con un historial complejo y ciertos toques de misterio. La madre casi nunca estaba en casa; del padre no se sabía nada. Los dos hermanos, Albertito, 16, y su hermano, 14, pasaban el día solos. Probablemente hubo en los principios de su vida una forma de privilegio más o menos acentuado que se fue viniendo abajo por motivos que jamás descubrimos. Alberto tenía una relación algo violenta con su hermano, que parecía sumido en una especie de letargo hipnótico. Si Alberto había optado por huir hacia delante con frenesí, su hermano había optado por una especie de táctica del caracol. Se encerraba sobre sí mismo.

El plan se trazó de una manera confusa, excesivamente rápida, pero eficaz y concisa. Subimos a casa. Sacamos de un armario que hacía las funciones de almacén una vieja tienda de campaña y comunicamos a mi madre nuestro plan de vacaciones. Yo tenía 16 años, pero los 19 de mi hermano validaban nuestro plan. Mi madre no se negó. No nos dio dinero o nos dio algo insignificante. Guardamos en una mochila unos bañadores y un par de toallas. Media hora después nos habíamos juntado con Albertito. Subimos en ruta hasta el terminal. Atravesamos la ciudad cuando caía la tarde.

En el autobús volví a pensar en C. Me imaginé a C en la playa, riendo con sus primas, y sentí que mis vacaciones, o eso que habíamos organizado, eran otra forma de soledad. Una forma extraña y peculiar de soledad.

Cuando llegamos al terminal el caos era el habitual, pero con muchísima menos gente. En uno de los pasillos alguien nos informó que ya no había autobuses para la costa, que ya todos se habían ido, que nadie esperaba al miércoles noche o jueves mañana, porque a esas horas ya todo el mundo se había ido. Mi hermano me miró con cierta frustración, pero no perdió el empuje. Siguió indagando y se enteró de que a medianoche unos tipos llevaban a un grupo de trabajadores hacia Chichiriviche. Era gente que iba a trabajar a un evento en la costa. Les sobraban algunos puestos y, por un precio insólitamente barato, nos dejaban viajar. Había que esperar, eso sí, algunas horas.

Albertito decidió que por qué no arrancar la rumba en esa espera. Había una permanente ansiedad en él; parecía que se quería adelantar a la existencia. Iba siempre acelerado. Compró una botella de anís y una de jugo de naranja. Juntó todo en un termo gigante que llevaba en la mochila. Empezamos a beber el cóctel criminal en unos bancos muy deteriorados del terminal. Por los altavoces sonaba una canción de Héctor Lavoe. Pensé que quizá todo eso no estaba sucediendo; luego vi a mi hermano, al que se le cerraban los ojos, y tuve ganas de preguntarle si a él todo eso le parecía real.

Albertito se emborrachó enseguida. Arrastraba la lengua al hablar y se desordenaba existencialmente. Su discurso se deshilachaba y no se sabía muy bien de qué estaba hablando. Empezó a hablar de una muchacha de su colegio que le gustaba:

—Yo creo que estará en la playa. Cuando llegue y la vea me voy a declarar —decía entre eufórico y melancólico.

Albertito era una mezcla emocional tan disparatada como el cóctel absurdo que bebíamos: anís y jugo de naranja.

Mi hermano entonces despertó o volvió del letargo. Había pasado mucho rato desde que habíamos llegado al terminal y Albertito y yo estábamos medio borrachos. Empezamos a hablar con unos tipos que vendían empanadas en una esquina del terminal. Nos dijeron que las salidas el martes y el miércoles habían sido enloquecidas, que hubo mucho caos. Les dimos de nuestro cóctel y ellos nos dieron de fumar. A mí el tabaco me sentaba mal, pero fumé porque estaba borracho y desordenado: Albertito me había pegado su estado.

En algún momento, en esa noche que todo empezaba a desfigurarse, el tipo del autobús nos llamó:

—¡Panas, en media hora salimos!

No recuerdo mucho del viaje. Son dos horas de duración, pero íbamos tan borrachos que parecieron diez. Estuvimos hablando con unas chicas que iban a la costa a trabajar. Se rieron con nosotros y le pedimos música al conductor para bailar con ellas. El baile fue caótico, pero divertido. El vaivén del viejo autobús nos zarandeaba de un lado al otro y a veces los cuerpos caían encima de los que estaban sentados. En la zona delantera iban casi todos dormidos o molestos por nuestro ruido; las chicas con las que pasábamos el rato se reían, sobre todo mirando a Albertito, que había entrado en una forma de caos y delirio. Creo que nos quedamos dormidos, o eso es lo que recuerdo. Creo que llegamos antes del amanecer a la costa y el autobús nos dejó a las afueras de Chichiriviche, en la carretera de entrada.

Bajamos del autobús completamente beodos. El cóctel mortal nos había dejado en estado de confusión. Los trabajadores se fueron caminando en dirección contraria a la costa, las muchachas se despidieron sin mucha emoción de nosotros y el autobús, una vez descargados los viajeros, se perdió por donde había entrado. Nos quedamos parados en medio de la carretera sin saber muy bien qué hacer. La tienda de campaña era incómoda de llevar y aún era de noche. Fue mi hermano, pragmático, el que dijo que empezáramos a caminar. Avanzamos torpes, haciendo turnos con el bulto de la tienda, que era pesado y molesto. Pasaban autos esporádicamente, gente que probablemente venía de fiestas o de lugares divertidos. La carretera era oscura y avanzaba recta. Olía a humedad y al Caribe. No podría definir el olor al Caribe, pero tiene un olor propio, muy potente y único.

Al rato empezaron a aparecer las primeras construcciones a nuestra izquierda. A lo lejos escuchamos una fiesta, un grupo de gente que llegaba al amanecer. La Semana Santa se anunciaba lejos del misticismo y cerca del hedonismo. Mucho rato después, cansado del alcohol malo, del viaje incómodo y de la noche despiertos, sentí un profundo agotamiento. Lo comuniqué y fui comprendido. Nos sentamos a un lado del camino. Apoyamos las cabezas en las mochilas y el bulto de la tienda de campaña y nos quedamos dormidos. No sé cuánto rato. Cuando el sol ya estaba arriba fui el primero en abrir los ojos. Estábamos en la entrada a Chichiriviche. Pasaban autos hacia la costa; algunos nos miraban como se mira un paisaje árido.

Desperté a mi hermano y nos miramos desconcertados. Él llevaba una época ausente, lejano, y el viaje potenciaba esa sensación de no estar. Volví a pensar en C, porque C representaba todo lo que a mí no me estaba sucediendo. Me la imaginaba despertando a esa hora, en algún lugar amable, un buen desayuno, un plan divertido para ese jueves santo. Un auto de buena marca que la llevaría hasta alguna playa donde todo estaría bien organizado y ordenado.

Nos pusimos en pie y avanzamos hasta la primera tienda de alimentos. Miramos precios, calculamos presupuesto y llenamos las bolsas de pan industrial, mortadela y atún, tres botellas de anís y dos paquetes de cigarros. El lujo y el confort eran una utopía en ese trío infame que avanzaba con resaca por la calle principal de Chichiriviche.

Cuando el sol estaba ya en su máximo esplendor habíamos llegado a la zona de los embarcaderos. Había mucha gente intentando saltarse el turno y el orden que nadie había establecido. Los lancheros buscaban clientes que quisieran ir hasta los cayos más lejanos; les aseguraba más plata. Vimos una familia joven con un bebé que buscaban lancha para Cayo Sombrero. Albertito los abordó. En un resquicio de su época de privilegio sacó un discurso y una amabilidad digna de elogio y consiguió seducirlos para que nos dejaran montarnos en la lancha gratuitamente. El lanchero protestó, pero al final le pudo el dinero asegurado y allí emprendimos la travesía.

Esos viajes en lancha los había realizado y los volvería a realizar varias veces en mi vida. No son el paradigma de la precaución. Los lancheros están habituados al suave oleaje y le entran de frente. Lo que les conviene es ir y volver lo más rápido posible para sacar rendimiento a los cuatro días de Semana Santa. La velocidad era delirante; los saltos de la lancha emulaban una montaña rusa de un parque de atracciones fuera de la legalidad. A mitad del trayecto mi estómago debía haber perdido su forma original. Intenté vomitar sin ser visto, pero cuando había echado todo el flujo de mi cuerpo vi que Albertito estaba vomitando más que yo. Mi hermano hablaba con el padre de la familia sobre el clima y el movimiento masivo de gente en Semana Santa.

A lo lejos se empezó a ver la forma de Cayo Sombrero y sentí algo parecido a la euforia. Cuando estábamos a cincuenta, quizás treinta, metros de la orilla, Albertito y yo saltamos al agua pensando, en un cálculo totalmente erróneo, que ya estábamos en zona de hacer pie. Entré en las profundidades del Caribe con ropa y zapatos, pero me sentí bien. Estaba de lleno en nuestras vacaciones de Semana Santa. La lancha siguió sin nosotros y llegó hasta el embarcadero. Mi hermano nos miraba desde allí, riendo y haciéndonos gestos.

Buscamos un hueco para acampar en una de las pocas zonas no concurridas del cayo. Era jueves santo y el cayo parecía una romería. Sonaba música por todas partes. Había gente bailando, gente bebiendo, gente jugando, gente nadando, gente tomando el sol. Parecía estar todo el planeta menos C. No vi a C. Mantuve hasta el último momento la esperanza de cruzarme con C, pero nunca sucedió. Las siguientes horas las pasamos deambulando por el cayo. Comimos pan con mortadela y nos abrimos la primera de las tres botellas de anís. No teníamos hielo y muy poca agua.

Recorriendo el cayo terminamos cruzando al otro lado. Allí nos encontramos con medio colegio de Albertito. Un grupo enorme de gente que bebía cerveza y licores menos imprudentes que el nuestro. Albertito nos dijo:

—Aquí beberemos y comeremos bien.

El grupo estaba bien armado: buenas tiendas de campaña, abundante comida y bebida y, sobre todo, agua. Nos mezclamos entre la gente. Había guitarras y Albertito dijo que yo tenía que tocar. Me pusieron en medio de un círculo inmenso de gente. Me carcomía la vergüenza y la timidez, pero fui menguándolas a base de cerveza. Toqué muchas horas. No sé qué toqué, porque nunca he tenido repertorios populares. Supongo que repetí canciones conocidas y éxitos del momento. Toqué Bob Marley y The Cure, Soda Stereo y algún grupo latinoamericano de éxito esporádico. Toqué algo de The Beach Boys y algo de The Beatles. No sé cuánto rato estuve tocando, pero pasé horas sin saber de mi hermano y de Albertito. Comí arepas, ensaladas y ceviche; comí cosas que no recuerdo. Terminé borracho.

Me puse en pie ya entrada la tarde. No conocía a nadie, pero me sentía amigo de todos. Intenté saber de mis compañeros. El trío había sido dinamitado por la euforia y la fiesta. Lo siguiente que vi fue a mi hermano con una chica en medio del agua. Por el movimiento y los gestos pensé que estaban haciendo el amor. Me pareció absurdo y extraño ver a mi hermano haciendo el amor en medio del Caribe, pero pensé que podría estar confundido; de hecho, me agarré a esa posibilidad. Me crucé con Albertito. Estaba hablando con una chica de la capital. Le contaba algo de su hermano, pero a mí me pareció que Albertito mentía.

Empezó a caer la tarde y la luz me pareció hermosa. El ritmo de frenesí y fiesta que había imperado a lo largo y ancho del cayo me pareció que menguaba con la luz, como si se estuviera perdiendo la energía. Me puse a caminar solo por la orilla. Avancé hacia una zona del cayo donde todo era maleza y vegetación y se hacía muy difícil avanzar. Me picaron algunos mosquitos, pero seguí avanzando. No sé en qué momento sentí de nuevo la soledad, el vacío y la desazón. ¿Qué quería hacer con mi vida? ¿Qué era exactamente mi vida? ¿Qué hacía ahí, en medio del Caribe?

La luz naranja del cielo se iba volviendo azul oscuro y negro. Un barco pasaba a lo lejos. Pensé en C. Podría estar C en ese barco, en una vida ordenada y amable. Deshice el camino. Crucé el cayo hasta la otra punta, donde teníamos nuestra carpa. En esa zona del cayo había familias y el ambiente era distinto. A mi lado una familia cenaba con sus hijos; era un ritmo calmado y distinto del otro lado del cayo, donde la gente joven se bañaba en alcohol y locura. Pensé en volver, pero no volví. Me quedé mirando a las familias, las luces de los campings encendidas iluminando las palmeras, el ruido suave de las olas en la orilla. Tuve ganas de llorar, pero no lloré. Es extraña la tristeza.

Mucho rato después volvió mi hermano. Venía borracho, pero aún permanecía en zona de control.

—¿Por qué te has venido?
—No lo sé.
—¿Nos volvemos mañana a casa?
—Sí, ¿no?

Nos acostamos al rato, agotados, rendidos. Albertito nunca volvió.

A la mañana siguiente, temprano, nos despertamos. Comimos atún y pan. Deshicimos la carpa. Yo recorrí el cayo hasta el otro lado para avisar a Albertito. Estaba dormido en la arena. Lo desperté y le dije que mi hermano y yo nos queríamos volver; él contestó que se quedaba con los de su colegio.

Logramos una lancha de vuelta con bastante rapidez. En la lancha no hablamos. Hacía un calor increíble. La belleza del Caribe tiene algo deslumbrante, pero enigmático. A ratos no parece real. La humedad del Caribe es distinta a todas las humedades. Muchas veces he pensado que, de haber un centro del universo, seguramente esté en ese mar.

Al llegar al embarcadero de Chichiriviche el ambiente era suave. Un lanchero nos dijo:

—El pueblo está vacío. Están todos en la playa.

No teníamos idea de cómo volver a casa. No sabíamos horarios de autobuses ni si saldrían en las próximas horas. Atravesamos el pueblo callados. Me sentí agradecido de ir con mi hermano. No hablábamos, pero estoy seguro de que sentíamos lo mismo.

En la calle principal de Chichiriviche, el viernes santo a mediodía, no pasaba nadie. Hacía un calor bestial. Olíamos mal, teníamos el estómago revuelto, no nos quedaba casi dinero, pero sobre todo teníamos una sed atroz. Uno de esos autobuses destartalados y antiguos que hay por todo el país tenía un letrero que ponía: Barquisimeto. Le preguntamos si saldría pronto. Nos dijo que terminaba de comerse la arepa y volvía, pero que no llevaba pasajeros. Le pedimos, por favor, que nos llevara, que le dábamos todo el dinero que teníamos. Cuando le dijimos la cantidad, el tipo se rió con sorna. Pero, en un acto de humanidad inesperado, nos dijo que nos llevaba.

Hicimos el viaje en un autobús vacío. El asiento se despegaba del suelo del autobús. Fue incómodo y caluroso. Entraba brisa por la puerta abierta. El paisaje de la región es frondoso y alucinante. Mi hermano dijo que no aguantaba más, pero que era conveniente no quedarnos dormidos los dos. Le dije que no se preocupara, que no me iba a dormir.

Entramos en la ciudad vacía. El tipo nos dejó en la avenida Venezuela, a un par de kilómetros de casa. No recuerdo más. Recuerdo que la ciudad vacía me parecía un símbolo delgado; no sabía de qué, pero de algo. No creo en señales, pero me parecía ver una. Volví a pensar en C, que a su vez también era un símbolo. Pensé en la tristeza y en la alegría, en los escenarios. Me vino por momentos el color del mar Caribe. Me sentí extraño y alegre. Esa noche dormimos catorce horas.

lunes, febrero 02, 2026

Adriano en el callejón

Adriano en el callejón

—Siempre nos pintan a nosotros como los sórdidos y los depravados. Siempre salimos así en la literatura. Donde sucede el horror y el miedo, la decadencia y la perversión más inútil, que es la que no busca fin, sino saciar lo insaciable. Es bella la literatura, creen, de los oscuros recovecos del dolor y el salvajismo humano en las periferias y en la fragilidad. Pero son los poderosos, con sus vuelos largos en aviones privados, con sus equipos de comunicación y sus círculos de poder, los que están en el lado miserable y turbio de la existencia.

Adriano nos mira encendido, indignado. Adriano lleva una vida sumido en los márgenes de la literatura, “donde no se publica”, dice siempre. En el barrio le llaman el profesor, aunque nunca ha dado clase, pero sí mucha gente le ha escuchado hablar en la taguara del callejón de literatura universal, soliloquios elevados donde analiza autores que en los callejones de alrededor nadie conoce, pero que a todo el mundo seducen con historias que necesitan escuchar.

—A nosotros nos sacan en esas series y en esas películas nominadas a mejor película extranjera, porque les apacigua y se creen que lo han vivido. Pero no es así. Aquí se vive. Pero toda esa masa de pomposos y falsos elegantes que buscan lugares recónditos para traficar con prostitutas menores, redes de poder corrompidas y salvajes, financiadas por dinero oscuro, donde se mezclan economías gubernamentales y fortunas hechas a costa de dolor y de saqueo, ahí es donde está la miseria y la corrupción del ser humano. Aquí se sobrevive y mucho les gusta vernos desde ahí. Los conflictos del dolor y la tragedia en los barrios de Latinoamérica o de periferias de Asia, África y, alguna vez, Europa. Pero ellos son los que andan con el alma echando pus. Ministros gringos adictos a la ketamina y la pedofilia. Senadores y gobernadores rodeados de la más absoluta oscuridad, donde el término libertad se distorsiona y se vuelve perverso. Pero de eso no hacen literatura del margen. Hasta ahí imponen el relato. Qué bello les parece esos jóvenes carcomidos por la violencia de un barrio de México o de Honduras. Cuánta literatura y cinematografía. La poesía del dolor y de la miseria moral está en ellos, por eso miran desde ahí. Aquí se trabaja, aquí se echa pa’lante.

Adriano nos educa y nos hace pedagogía. Cuando Adriano termina de hablar tienes ganas de leer de eso que había: filosofía, poetas desgarrados que han sido aniquilados por su propia existencia, escritores dolorosos que perdieron la vida por escribir, arrasados por el tormento. Pero sobre todo nos habla y nos advierte:

—Que jamás os engañen. La literatura de verdad siempre estará en nuestras manos, ajena a editoriales de renombre y a críticas en periódicos de tirada nacional. Secciones de cultura dominadas por el pensamiento dominante. Se creen libres, pero están abducidos por el peor de los dominios. Todo lo saquean. Eso hacen con la música: el rap, la salsa y hasta el reguetón. Todo lo saquean y lo expropian. Lo mismo que hicieron con las tierras raras y con el petróleo, con los recursos de la tierra. Así hacen también con las músicas y las letras, con la literatura. Todo lo saquean.

Adriano se enciende. A veces no le escuchamos del todo, pero en cierta manera es nuestro farol. Adriano nos da perspectiva del mundo, como si hubiera ido y vuelto y lo hubiera entendido en toda su dimensión, y entendiera que lo que tenemos en el barrio, entre nuestros callejones, es algo que debemos proteger de la mirada obscena y sádica de las esferas de un poder que lentamente se irá comiendo todo.

Un día le pregunté:

—Pero Adriano, ¿tú escribes? ¿Tú haces literatura?

—Claro que sí, Palito, claro que sí. Mi obra, lo que yo escribo, está en un lugar que no podrá ser sobornado ni corrompido, porque no tendrán capacidad de leerlo, jamás lo entenderán. Mi obra está oculta en el único sitio al que no podrán acceder: en la mente. Eso es lo que no pueden traficar, los pensamientos. Y es en el pensamiento, Palito, donde debemos instalar nuestra literatura, nuestra gran obra colectiva: la salvación última del ser humano. No ser ellos es nuestra literatura. Recuérdalo, Palito.

A veces no sabía si le entendía del todo, pero queríamos a Adriano y su pasión, y le hacíamos caso, y había algo en lo que nos decía que nos parecía fundamental y necesario. Una guía para vivir. Protegernos. No sabíamos muy bien de qué, pero protegernos, como en los cuentos infantiles, de un gran monstruo que nos acechaba y nos quería dominar.

—Lo lograremos, Palito. Claro que lo lograremos. Todos los imperios caen. Y este, esta podredumbre moral basada en el hurto y el saqueo, también caerá. Entonces se impondrá la luz. Porque vivimos tiempos oscuros, pero se nos olvida que siempre ha habido luces y que estas perduran. Siempre perduran

jueves, enero 29, 2026

Una noche en el litoral

- A mi me jode que siempre sacan fotos del Caribe para darle la sensación al extranjero de paraíso. Y lo es, pero también contiene el infierno- dice el hombre que acabamos de conocer.


 La humedad es terrible. Tengo la espalda empapada, calor y ganas de irme a dormir, pero en la habitación están Nando y Alejandra cogiendo y tenemos que esperar a que uno de los dos orgasme, los dos o ninguno, pero que por aburrimiento desistan. ¿Quién puede coger con este calor y esta humedad? 


El hombre que acabamos de conocer es vigilante de la posada donde dormimos y está sentado en una silla plástica en la puerta. La puerta mira al malecón. El malecón, finalmente, está vacío y la noche tropical está presente. No sé puede describir la noche tropical en esa zona de la tierra. Es otro tipo de noche. No tiene la misma negritud, no tiene el mismo tempo. Hay algo sobrecogedor en la noche tropical. Más aún en ese pueblo perdido en la costa del Caribe, desperdigado a los pies de una montaña brutal, de una sierra poderosa que bordea el litoral del norte del país. 


- Luego vienen los turistas neohippies y se asustan con la violencia y con los robos y con que les apunten con pistola en una gasolinera en medio de una carretera deteriorada que avanza hacia la costa, pero el Caribe también tiene su infierno. Es el paraíso, hermano, pero tambien es el infierno. 


El tipo mira hacia el mar, hacia donde no se ve nada. El mar por la noche se lo come todo. Es como si el mundo se acabara ahí. Hemos fumado unos porros de marihuana que ha liado el hombre que acabamos de conocer, el vigilante. A mi no me gusta fumar, pero he entrado en un letargo amable. El mundo, más allá de la montaña, me parece una forma de brisa que se mueve y pulula como vapor de agua. Quizá ya no existe.  Estoy a ocho mil kilómetros de casa y mi mundo, si mi mundo es mi dia a dia, me parece un recuerdo lejano, a pesar de que salí de casa hace dos semanas. Creo oir un gemido de Nando y siento pudor o algo no agradable. No me gusta escuchar a Nando coger. El vigilante, el hombre que acabamos de conocer. Sigue con su soliloquio, ha debido de escuchar el gemido de Nando tambien:


- Muchas noches se escucha desde aquí a la gente fornicando- a mi me llama la atención el uso de esa palabra- Nadie coge igual. Es como la música. Nadie toca la guitarra o el piano igual a otro. Coger se parece a tocar música. 


El pueblo está muy lejos de todo. Para llegar hasta ahi atraviesas una montaña con una carretera terrorífica. Seis o siete veces piensas que no llegas vivo a tu destino. Menos en esos autobuses en estado de abandono, que deben de tener treinta o treinta y cinco años en activo. Hay algunas curvas que no entiendes como fisicamente el conductor ha sido capaz de tomarlas sin caer barranco abajo. 


- Los primeros habitantes de este pueblo- nos dice el hombre que acabamos de conocer- pensaban que esto era una isla, que esta tierra no estaba pegada al continente. Eran esclavos del continente africano que hacían tierra en esta costa. Imaginate tú, compadre. No saber si estás en una isla o estás en continente. 


Cada ciertas frases hay unos instantes de silencio. Todos miramos al fondo del mar, como si también nos estuviera absorviendo lentamente. Miro a mis otros dos compañeros, casi les habia olvidado. Peri está casi dormido, tiene la barbilla enterrada en el pecho, se mira los zapatos. Visto desde donde estoy pareciera que está a punto de ponerse a llorar. Bola mira embobado al hombre que acabamos de conocer. Está atrapado por el hipnótico discurso que va modulando. Parece un cuenta cuentos. Se vuelve a escuchar a Nando y esta vez a Alejandra. Esta vez no es pudor o morbo lo que me producen los gemidos. Esta vez es alegría. el orgasmo está cerca; irnos a dormir, entonces, también. 

- ¿Naciste aqui?- Pregunto por alargar la conversación

- No, yo no nací aqui. Yo nací en Las Piedras. Lejos de aquí. Yo vine aquí al salir de la cárcel. 

Peri se acomoda, Bola me mira y yo pierdo la vista en el fondo del mar: estoy seguro que ya está a punto de absorbernos. 

- Maté a dos hombres- y mirándome me dice- y lo volvería a hacer. 

Ahora mi vida y esos ocho mil kilómetros de distancia que me separan, me parecen un lejano sueño. Igual esto es lo que hay cuando despiertas de un sueño demasiado real. 

- ¿Por qué los mataste?

Bola me mira con gesto de reprobación. Casi puedo oir en el aire que me esta diciendo telepáticamente: Tú eres un imbécil. Oigo a Nando, esta a punto de venirse. Ya nos vamos a ir a dormir.

- Tu vives en Europa. Tú no lo puedes entender. Tú no crees en la pena de muerte. Son circunstancias. Compartiria contigo esa moral, pero la vida no me deja practicarla. En mi barrio de Las piedras habia dos chamos que vivían en mi calle. Tenían aterrorízada a toda la calle. El más mayor se contaba que tenía 15 muertos a sus espaldas, el otro, el más pequeño le llamaban El Portento, con 13 años, llevaba 23. A mis hijas las tenían aterrorízadas. No solo a mis hijas, a todos los del callejón. Iban al colegio y se volvían sin parar. Cualquier minuto extra era un peligro con esos por ahí. Un día harto de sus amenazas y de ese terror en el que nos tenían sumidos a los del callejón, fui a enfrentarles. Se puserion tercos y violentos. Yo cargaba la pistola. No duraron un round. Los cuerpos quedaron esparcidos por la calle. Tardaron en venir a recogerlos, lo mismo que tardó la policía en venir a detenerme. Nadie debería pasar un tiempo en la cárcel, menos una cárcel de un pais tropical. Ya te dije que el Caribe es el paraiso, pero tambien es el infierno. 

En ese momento Nando y Alejandra se vinieron casi a la vez. Los gritos se escuchaban por toda la posada. Peri estaba vuelto un ovillo, estoy seguro que estaba aterrorízado. Bola estaba confundido. Su atención se bifurcaba entre la historia del hombre que acabamos de conocer y los sonidos que venían de nuestra alcoba. Nunca lo confesó, pero el Bola siempre estuvo enamorado de Alejandra. El mar, estoy casi seguro, que nos había absorbido, pensé incluso, que el hombre que acabábamos de conocer era la voz del mar. Pensé que igual los esclavos de llegaron aqui, tenían razón. Quizá esto era una isla. No lo sé. De lo que estoy seguro es que sí que estábamos en el paraíso. 

La fiesta de Georgina

Bato me fue a buscar cuando ya era de noche. Había corrido la noticia de una fiesta en el Club Italiano y Bato decía que sabía cómo entrar sin llamar la atención. Existía toda una red paralela de información sobre las grandes fiestas del Colegio Alto, que eran las mejores fiestas de la ciudad. Según Bato, esa fiesta era de una muchacha adinerada, hija de un empresario ligado al partido del Gobernador del Estado, y se decía que habría cantidades descomunales de cerveza y whiskey, canapés desbordantes y los dos mejores DJs de la región. Así que las indicaciones de Bato fueron precisas. Ponte el mejor traje, que parezcas clase alta. Yo solo tenía un traje, y no era especialmente luminoso, pero no me quedaba mal. Mientras me vestía, en casa me preguntaron que dónde iba: a una fiesta de una amiga. Contesté. Cuando Bato me recogió venía excitado. La fiesta prometía ser la mejor fiesta del año en todo el estado. Me puso al tanto de la muchacha que la celebraba. Familia muy adinerada, miembros del Club Italiano, ligados a la política. El padre había salido en el periódico ligado a una red de corrupción, pero nunca se supo a ciencia cierta si aquello era verdad o era un ataque frontal de un grupo de enemigos. La muchacha estudiaba en el Colegio Alto, era altiva y arrogante, pero está buenísima, dijo Bato. Luego, mientras avanzábamos caminando por la Avenida de los Leones a un ritmo endiablado en la marcha, también me fue desgranando el plan de asalto a la fiesta.

—El Club Italiano da a un bosque frondoso por detrás, al lado de un riachuelo que siempre está seco. Ahí hay una puerta pequeña, que da a la piscina. Es la parte más baja y la más fácil para saltar. Una vez dentro hay que bordear la piscina por el lado más oscuro, es la zona más vigilada. Si pasamos eso, estamos dentro.

Yo tenía dieciséis años. Llevaba sumido en un estado parecido a la narcosis el último año. Me sentía desafinado, fuera de foco, y ese tipo de cosas me hacían sentir algo aún más extraño, porque en el fondo me daban igual las fiestas y el Club Italiano; tampoco sentía mucho apego por Bato, que le gustaba vivir en un estado exagerado de frenesí. Pero había veces que no me oponía a lo que iba llegando. Y me dejaba arrastrar hasta el Club Italiano si hacía falta.

Bordeamos el Club Italiano. Entramos por la parte frondosa del bosque de atrás y seguimos el curso del riachuelo seco. Llegamos a la puerta más baja. Primero saltó Bato, luego salté yo. El asalto parecía absurdamente sencillo. Bordeamos la piscina. Al fondo se escuchaba el bullicio y la música de la fiesta. Al fondo del recinto de la piscina se veía la sala donde se estaba celebrando. Un montón de figuras humanas entremezcladas detrás de una cristalera gigante. Nos acomodamos los trajes, nos chequeamos el uno al otro para estar acondicionados y caminamos como si fuéramos invitados. Atravesamos los primeros grupos de gente desperdigados por el jardín que había delante de la sala. La misión parecía que ya estaba casi completada. Entonces Bato me dijo:

—¿Nos tomamos un whiskito?

Y caminamos hasta la zona del bar, donde unos camareros con pajarita servían los tragos. Según empezamos a cruzar la cristalera, una mano se puso sobre mi hombro. Llamé a Bato rápido y se giró.

—¿Quién coño eres, guevón? —me preguntó un tipo trajeado, mayor que nosotros.
—Somos amigos de Georgina —dijo Bato con una seguridad avasallante.
—Mira, mamagüevo, salgan ya mismo de aquí antes de que les caiga a trompadas.

Bato y yo nos miramos, pero había poco margen. El asalto se había frustrado a la primera. Nunca habíamos rebotado de manera tan rápida. No había margen para volver a entrar, no había ningún tipo de posibilidad de intento. Porque el tipo que nos paró dijo ser el hermano de Georgina y que su padre le había encargado específicamente que no entrara ningún mamarrachito de esos que siempre se cuelan.

Salimos a la avenida. Nos vimos allí parados, mirando hacia al frente, donde había un motel donde entraban dos autos destartalados.

—Esos coño e madre van a coger y tú y yo aquí sentados. Somos bien guevones.

En ese momento pasó a nuestro lado Gabo, amigo de Bato. Venía expulsado de la fiesta, frustrado como nosotros y sin saber qué hacer con ese viernes noche por delante. Gabo iba con un amigo, mucho mayor que nosotros. Estaba de visita en la ciudad y Gabo le había prometido la mejor fiesta del año, pero el hermano de Georgina nos tenía a todos ahí sentados, en esa acera inmunda de una avenida de las afueras de la ciudad. El amigo de Gabo tenía la pick-up parada al lado del motel y dijo que por qué no dábamos una vuelta. Y allí fuimos los cuatro.

Yo no había vivido jamás una noche sosegada con Bato. Cada vez que me juntaba con él, siempre se alborotaba el destino. Bato tenía un imán para el frenesí. Gabo y su amigo iban en la parte delantera de la pick-up y Bato y yo en la batea. El amigo de Gabo, que se llamaba Juanlu, arrancó la pick-up y se lanzó avenida hacia arriba como si fuera conductor de Fórmula 1. Bato y yo íbamos dando botes en la batea, como si fuéramos mercancía.

Entonces Gabo se asomó por la ventanilla del copiloto y a gritos nos dijo:

—¡Vámonos pa donde las putas!

Lo de las putas era en la carretera vieja hacia el oeste, detrás del vertedero de la ciudad. Una carretera en un estado de deterioro brutal, llena de boquetes y agujeros. Una vez que atraviesas la urbanización El Llano, un conjunto de edificios que no se terminaron de construir, la carretera sale hacia la zona más árida de la región. Desperdigados a lo largo del recorrido hay dos o tres poblachos inmundos donde no se sabe bien si vive gente. De día el paisaje es árido y desolador y se ven cabras escuálidas desperdigadas ; de noche solo ves una oscuridad absoluta.

Juanlu iba a una velocidad absurda, confiando más de la cuenta en la amortiguación de su pick-up. Atrás, Bato y yo íbamos riéndonos, yo creo que para apaciguar los nervios, porque en cada agujero o boquete salíamos despedidos y parecíamos pelotas golpeadas por un muchacho histérico.

La carretera avanza varios kilómetros entre una forma oscura de nada, cuando de repente ves los dos letreros iluminados al fondo. Lejos de ser atractivo o sugerente, lo que sientes es que estás llegando literalmente al culo del mundo. Juanlu fue reduciendo la velocidad. Hay una hondonada en la carretera y, al terminar de subir, aparecen los dos clubs o bares, uno enfrente al otro. Juanlu giró a la derecha y se detuvo en el terraplén delante de El Avestruz, que tenía mejor fama que el otro, El Cairo.

Bato y yo saltamos de la batea mientras Gabo y Juanlu iban ya avanzando hacia la entrada de El Avestruz. Les alcanzamos y entramos los cuatro juntos.

—Aún es pronto —dijo Gabo, quizá para explicar lo vacío del lugar.

Yo nunca había entrado ahí e iba incómodo porque, además de ser menor, aparentaba posiblemente menos aún. Al fondo, unas tipas sentadas, desganadas, charlaban entre ellas. Un camarero ajeno al mundo limpiaba unos vasos y la música reverberaba hasta hacerla molesta, porque la sala estaba prácticamente vacía. Éramos los primeros clientes de la noche.

Juanlu y Gabo se sentaron en una mesa, pidieron un servicio de ron —botella, refrescos y hielo— y se sentaron con actitud de gánsteres de película, que resultaba algo forzada. Al rato se acercaron las mujeres, sabiendo de antemano que ahí había poco que ganar, pero quizá pensando que mejor charlar con unos muchachos que seguir hablando entre ellas, que ya se sabían de memoria sus vidas.

A mi lado se sentó la más mayor. Era incapaz de calcular su edad. Yo no sabía qué hacer. Ni qué decir. Ella al rato me preguntó, casi sin esperar respuesta, de un modo mecánico:

—¿Y tú, a qué te dedicas?
—Soy filósofo —contesté.

Han pasado treinta y cinco años de aquella noche y aún no sé por qué contesté así. Y ella, desconcertada, me dijo:

—¿Filósofo? ¿Y eso para qué sirve?
—Para pensar —contesté yo.
—Pues vas a volverte loco si piensas mucho.
—¿Tú crees? —pregunté.
—No sirve de nada pensar por pensar. Hay que pensar para usar ese pensamiento, pero pensar solo por pensar no sirve de nada, muchacho. Y eso te acaba volviendo loco.

Entonces me quedé en silencio. Ella me puso la mano encima del pantalón, pero yo ni tenía dinero, ni tenía ganas, ni sabía qué pintaba ahí. Gabo, Bato y Juanlu bebían de la botella de ron a la misma velocidad que habían conducido la pick-up y con los mismos traspiés enloquecidos. A mí me sirvieron un trago que bebí de un sorbo. Estaba desorientado y me sentía mal.

La mujer me miró con ternura.

—Tú no deberías estar aquí.

Se puso de pie y se volvió al fondo a hablar con el camarero detrás de la barra.

Fue justo en ese momento que entró la policía. No entraron con nervio o acelerados; seguramente venían a hacer ronda, parte del recorrido de otra noche de viernes, pero entonces se encontraron con cuatro idiotas, uno de ellos menor de edad. Se acercaron, nos pidieron documentación y nos exigieron que saliéramos fuera. Fuera nos cachearon; a mí y a Juanlu, que era el mayor, nos esposaron. Cuando la cosa se estaba poniendo tensa, porque Bato se puso en modo contestón, el policía calvo me agarró y me subió a la lechera. Entonces fue cuando Juanlu, por primera vez en la noche, pareció un tipo serio. Se acercó al policía y le dijo:

—Es mi sobrino, queríamos estrenarlo. Está muy agüevoniado y lo trajimos pa que las putas, pa estrenar.

El policía sonrió y me miró con tono de complicidad.

—Yo también me estrené en El Avestruz, muchacho.

Luego nos dio una charla sobre lo equivocado de estar ahí. Hoy nos dejaba ir, pero tenían órdenes precisas de no dejar entrar ni a un solo menor donde las putas. Serio y contundente terminó diciendo:

—Váyanse de aquí ahora mismo. Si los veo otra vez esta noche por ahí, la cosa no va a acabar igual.

Nos montamos en la pick-up. El camino de vuelta por esa nada oscura volvió a ser accidentado y frenético. Juanlu desconocía lo que era la prudencia. Al llegar a la ciudad de nuevo se detuvieron en una licorería solitaria que había en la zona deshabitada de la urbanización El Llano. A mí esos edificios sin terminar siempre me habían dado miedo, o más que miedo, una sensación de desolación y tristeza. Una desolación y una tristeza casi cósmica, inabarcable. El vacío y el fracaso, también la violencia. Porque aquellas construcciones paradas, desperdigadas por esa zona árida de la ciudad, eran violentas y tristes, pero sobre todo violentas y desoladoras.

Compraron dos botellas de ron y una caja de cerveza. La caja de cerveza nos la pusieron en la batea a Bato y a mí. Arrancaron otra vez al mismo ritmo de imprudencia que llevaba conduciendo Juanlu toda la noche y avanzó hacia un destino que ni Bato ni yo sabíamos cuál era. Atrás, el viento y los golpes nos tenían aturdidos, pero Bato no paraba de pasarme cervezas.

Media hora después, en un extraño estado de ebriedad y desorientación, me di cuenta de que estábamos por la carretera noreste. Era de noche, no había autos por la autopista, solo la pick-up y el ruido que venía de la música que tenían puesta delante Juanlu y Gabo. Gabo se asomó por la ventanilla y gritó:

—¡Nos vamos pa la playa, mamagüevos!

Entonces sentí una angustia feroz. Si yo no volvía antes del amanecer a casa, me iba a acarrear problemas. Juanlu y Gabo habían decidido viajar hacia la playa sin avisarnos y ya estábamos metidos en carretera. Yo no tenía ninguna capacidad de alterar el plan, pero me imaginaba a mi madre despertándose y dándose cuenta de que yo no estaba en la cama, y sabía que aquello en casa no iba a sentar muy bien.

Miraba hacia la oscuridad, miraba hacia la luna, que estaba creciente, y miraba la forma incomprensible de los árboles en la noche. Pensé que nuestra vida en ese país hacía tiempo que había perdido el sentido. Mi familia, mi casa, mi vida estaban sumidas en un destino en el que no nos correspondía estar. Vivimos durante una década en un lugar en el que nunca estuvimos. Yo estaba en esa pick-up, al lado de Bato, que se había quedado dormido, pero nada de eso en realidad debía ser mi vida. ¿Cómo era posible, pensé en medio de todo eso, que Bato se hubiera quedado dormido en esas condiciones?

Dos horas después, cuando estábamos a media hora de la playa, vi que la pick-up se desviaba por un camino que salía de la carretera. Avanzó por un camino de tierra y entró en la explanada que había delante de un motel. Se detuvo y Bato abrió los ojos.

—¿Dónde estamos, guevón?
—No tengo ni idea.

Cuando el auto terminó de frenar, Gabo nos dijo que Juanlu había cabeceado dos veces y que casi se queda dormido. Que mejor parábamos a dormir en ese motel que matarnos en carretera. Como casi nadie tenía dinero, solo daba para una habitación, en la que entraron a dormir Juanlu y Gabo. Bato se quedó dormido en la batea de la pick-up y yo me quedé de pie en la explanada, mirando la montaña hermosa y verde que teníamos detrás. También me quedé mirando la luz, porque empezaba a amanecer. Luego volví a sentir angustia y desasosiego. Pensé en llamar desde una cabina a casa, pero no sabía explicar la situación. Era sábado de mañana y sabía que mis padres y mi hermano pequeño se irían a una excursión con otra familia.

Amaneció. Bato seguía dormido con el traje. Yo paseaba por delante del motel esperando que en algún momento Gabo o Juanlu salieran y volviéramos a casa. El tiempo pasa lento cuando quieres que pase. El calor era cada vez más intenso. Es exponencial en los amaneceres del trópico. Cada diez minutos se duplica. No dormí, pero me sumí en una forma de sueño. No sé a qué hora salieron de la habitación. Bato ya estaba despierto. Bato había recuperado la energía y entraba de nuevo en frenesí.

—Yo creo que estos dos maricos cogen —me dijo Bato sobre Gabo y Juanlu, que justo salían de la habitación.

Juanlu dijo que nos volvíamos para la ciudad. De repente estaba de muy mal humor. Gabo nos miró con gesto de susto. Bato y yo no entendíamos nada. Si por la noche había conducido imprudente, por el día parecía que quería matarse. La velocidad era extrema, la precaución nula. Yo, más que aturdido, había entrado ya en un estado absoluto de desorientación. Tenía náuseas y ganas de vomitar. La autopista no estaba muy concurrida, porque esa zona del país da la sensación muchas veces de estar deshabitada.

Yo miraba el carril contrario con la esperanza de ver pasar el auto de mi padre, porque ver el auto le daría normalidad a todo. Habrían dado poca importancia al hecho de que yo no estuviera y habrían mantenido su agenda. El sol era cada vez más duro. Era sábado en la Tierra. O algo así pensé.

En la entrada a la ciudad, donde la bifurcación de carreteras, Juanlu se detuvo, asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:

—No entro en la ciudad. Si quieren ir a sus casas, bájense aquí.

Yo salté de la batea al asfalto. Fui el único que bajó. Nadie se despidió. Vi la pick-up perderse dirección sur; se alejaba de nuevo de la ciudad. En esa entrada a la ciudad tarda mucho rato en haber urbanizaciones. Está la zona de los galpones y una parada de autobuses donde casi nunca hay nadie. Vi que no tenía dinero, pero me quedé esperando el Ruta 23. Me llevaría cerca de casa. Tardó casi cincuenta minutos en llegar. Cuando lo vi acercarse levanté la mano. Le pedí al conductor que por favor me llevara, que no tenía dinero, que me habían robado, pero que necesitaba llegar a casa. De mala gana me dejó subir. El autobús iba vacío, salvo una señora con muchas bolsas que me miró con desconfianza.

Atravesamos la ciudad por la avenida nacional. Cincuenta minutos después estaba entrando en casa. Mi madre hablaba por teléfono, mi padre estaba sentado en el sofá. Mi hermano pequeño me miró con cara de miedo. Saludé, pero nadie contestó. Mi madre dijo en el teléfono algo parecido a:

—No se preocupen. Acaba de aparecer.

Estaba hablando con la policía. No hubo discusión, no hubo reprimenda, no hubo ni siquiera palabras. No recuerdo qué hubo. Sé que ese día cambió mi relación familiar para siempre. No sé exactamente en qué, pero cambió para siempre. A día de hoy a veces me pregunto qué hubiera pasado si aquella noche no me hubiera puesto el traje para ir al Club Italiano, a la fiesta de Georgina.


martes, enero 27, 2026

Los subrayados

Desde que comenzó la transición hacia el reorden empezamos a leer mucho. Nos pasábamos los libros de unos a otros. Cuando mi hija D terminaba un libro se lo pasaba a mi esposa, o mi esposa me pasaba el suyo, o mi hijo J a D, o D a mí. El intercambio era permanente, casi sin opinión ni comentarios al respecto. Solo cuando todos habíamos leído uno hacíamos algún comentario; no era una crítica, era un hallazgo. No era exactamente un club de lectura, pero hallábamos en la lectura y en el compartir los libros un sosiego que nos había sido negado, una comunicación que había sido fracturada. La furiosa transición, como a tantos, nos había dejado al margen.
«Las ideas son las armas más nocivas», era el mandato de la Antorcha, y la Antorcha había sido implacable desde el comienzo de la transición.

En casa, como en tantas casas, habíamos dejado muchas huellas, muchas pistas. Las redes hoy son nuestra autobiografía. Ya no había chivatazos ni vecinos denunciando. Un limpio sistema informático, con órdenes precisas ejecutadas en segundos, tenía el perfil ideológico de todos o casi todos los ciudadanos de la nueva estructura nacional. Y claro, nosotros habíamos dejado muchas huellas: apoyos a países masacrados por genocidas crueles, protestas por la sanidad universal, apoyo a refugiados y colectivos discriminados. Habíamos dejado constancia de nuestras quejas e incluso de nuestro desprecio hacia los violentos y los intransigentes, hacia las instituciones de poder y nuestro rechazo al orden económico imperante. Nos habíamos expresado sin temor y probablemente lo volveríamos a hacer, pero ahora nuestras ideas eran las armas más nocivas y había que apartarnos de la buena salud que quería traer la transición al reorden. Nosotros habíamos desordenado el mundo.

Al principio fue el colegio. Les fue negada la matrícula a D y J. No había posibilidad de ingresarlos en ninguna institución educativa porque, como a los virus, había que mantenerlos apartados. Esas ideas del desorden podían germinar en los puntos más difíciles de vigilar: las aulas de institutos y colegios. Luego fue nuestro trabajo. Primero me apartaron a mí, luego a M. El margen de existencia se volvía angosto y claustrofóbico. Nos apartaron. Nos quitaron la comunicación, lo que implicaba también teléfonos e incluso plataformas de streaming, que, por otro lado, ya no nos podíamos permitir. Finalmente fueron los horarios: la calle solo nos era permitida durante las horas de luz, algo que variaba según la época del año. En verano salíamos a los parques a pasear; en invierno recogíamos los alimentos del racionamiento en la esquina de abajo, dábamos un paseo y volvíamos a la caravana.

El tráfico de libros era preciso, sigiloso y de una organización extrema. Todos los de las armas nocivas habíamos armado un grupo de resistencia silenciosa. La comunicación era compleja. Nos fuimos organizando con gestos, con miradas que decían cosas. Yo encontré el primer libro en la vuelta de la recogida de alimentos. Un joven de unos veinticinco años me miró desde el otro lado de la acera y, con un gesto que me recordó a cómo se saludaban los compinches de la legendaria película El golpe, me señaló una papelera de la acera de enfrente. Sospeché que allí había algo. Crucé y miré con precaución dentro de la papelera. Al fondo, muy deteriorado, vi la portada de Cambio de guardia, de Julio Ramón Ribeyro. En la página 147 había una marca. En esa página, una frase subrayada: avanza parsimoniosamente hasta el lugar donde el malecón forma un ángulo. Entendí que estábamos ante un mensaje dirigido a mí.

Miré la forma de la calle y comprendí que se me indicaba ir hasta la esquina que formaba ángulo con el edificio del antiguo colegio de arquitectos, donde había una fuente que ya no echaba agua. Allí encontré una bolsa. Contenía otro libro: Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau. En la página 329, otra marca, otra frase subrayada: Mi casa es tu casa, le dice. Quédate el tiempo que quieras. Vive en esta casa. En esta casa no hay nadie más. Comprendí entonces que pasábamos a formar parte de un hermoso club de intercambio de libros. Y decidimos, claro, participar.

Me llevé Minimosca y Cambio de guardia a casa. Entré y conté lo sucedido. Nos abrazamos emocionados: en el aislamiento y la soledad sentimos que esa red de frases subrayadas era nuestro hogar, nuestra comuna, nuestra salvación. Mi hijo J empezó a buscar pistas y lugares de intercambio. Fuimos dejando algunos libros nuestros. Fuimos subrayando las frases importantes para organizarnos y mandar mensajes precisos. Fuimos recogiendo los que nos dejaban. Entonces pasamos a ser lectores a tiempo completo, porque la lectura ya no era solo un placer —que también—, sino un universo de palabras escritas donde encontrar frases para enviar mensajes, para organizarnos, para comunicarnos con los nuestros: con todos los lectores clandestinos y subversivos.

El intercambio era rápido, porque leíamos a velocidades de vértigo. No solo porque era nuestra actividad principal a lo largo del día, sino porque además buscábamos frases para subrayar que nos sirvieran para decirle algo al otro, a alguien escondido, a alguien de los nuestros, a ese otro lector oculto.

Los libros los usábamos de mil maneras. Yo logré comunicarme con P, uno de mis mejores amigos. M intercambiaba mensajes con su hermana: todos estaban bien, nos dijo a través de Annie Ernaux, y esperaban que en algún momento esta locura tornara en una nueva calma. Mi hija D se enviaba cartas de amor con su novio. En su casa se había instalado una profunda tristeza y, a través de Las horas, de Michael Cunningham, le contó que su padre estaba sumido en una intensa depresión. Pero el intercambio de libros nos estaba dando un respiro.

Y, claro, cuando menos lo esperamos, también empezó a organizarse una forma de levantamiento y de rebelión. Había que ser cautelosos, pacientes y organizarlo todo con precisión. Sin pasos en falso. En frases precisas, sin lugar a confusiones. Había que leer detenidamente y con mucha atención el momento. En cada frase de cualquier libro nos iba la vida. La revolución debía ser leída con precisión.

lunes, enero 26, 2026

Vigilante de sala frente al retrato de George Dyer en un espejo. (Sala 49)

Siempre me tocaba la silla entre la sala 48 y la 49. Es casi el final del recorrido si lo haces en el orden correcto, aunque con frecuencia hay gente que, por despiste o por iconoclastas, empieza por la 52, haciendo el recorrido de la historia como una forma de viaje cronológico al pasado, en vez de avanzar hacia el futuro, que era lo que proponían —y casi siempre proponen— los museos.

El trabajo era sencillo, eso todo el mundo lo sabe: eres quien salvaguarda un cuadro de un ataque momentáneo de locura de un visitante con ansias de llamar la atención. Nunca tuve ningún altercado; alguna llamada de atención a gente que se acercaba en exceso para una foto absurda (nunca comprendí que la gente haga fotos de los cuadros de la colección, que hoy día puedes encontrar sin dificultad en internet), algún muchacho escandaloso o asuntos sin demasiada tensión.

Es, además, el final del recorrido. Los cuadros de la 49 son atractivos, pero ya se han dejado atrás los más populares para las masas de turistas y, salvo el Bacon, en esa sala la gente ya va casi sin mirar, porque hay que reconocer que la colección es muy amplia y existe ese cansancio visual cuando llevas ya tal cantidad de obra observada.

Los turnos eran rotativos: una semana de mañana, la siguiente de tarde. A mí me gustaba más la mañana. Menos visitas, más sosegado el ritmo y pasas, a veces, buenos ratos sin gente pasando. Ese silencio de las salas es amable, te permite pensar en otras cosas, y la amplitud de la sala —esa acústica enorme, ese ruido lejano de los visitantes que aún andan en salas distantes— te da una especie de calma, casi de hipnosis, en la que piensas sin pensar e incluso te quedas mirando los cuadros, observándolos desde otra perspectiva.

Sobre todo el Bacon. Ese cuadro siempre ahí, ese hombre retratado y fragmentado, deformado y arrasado. Leí que era su amante y que, pocos años después de ese retrato, el hombre retratado se suicidó. Pienso en el pintor y el pintado, arrasados por una turbulencia que no comprendo. ¿Cuando pintas a alguien así lo ves así? ¿Lo sientes así? En el espejo hay fragmentación, pero el reflejado, fuera, está arrasado por la locura y la angustia. Esa cara tiene angustia y dolor, no sé si ira. Hay días que me parece ira, hay días que me parece horror o incomprensión.

Hay días que siento que están jugando: el pintor y el pintado están borrachos y juegan mientras desmenuzan y deshacen los gestos en un solo gesto deformado. Otros días no miro el retrato, sino el entorno. Ese suelo que parece casi un planeta y esa pared que podría ser el infinito. ¡Son tan vulnerables los dos! El retratado y el que retrata. Están ambos atravesados por la tragedia. El mundo no es un lugar amable para ellos. El pelo de Dyer, como si fuera un gallo: es un animal, es un hombre pájaro.

Yo no sé de pintura ni de arte. Encontré este trabajo porque me recomendó Margarita, la mujer de mi hermano. Lleva años trabajando de secretaria en las oficinas de abajo y, como yo llevaba seis meses en paro, salió la posibilidad de ser vigilante de sala. El trabajo parecía sencillo y mi currículum valdría para entrar. Hice las entrevistas y todo fue muy fluido. Me enseñaron las normas y las funciones que debía hacer respetar: la importancia de ser amable y hablar con educación al público; contestar preguntas sobre orden, salidas y baños; prohibir los flashes y el bullicio; salvaguardar las obras como si fueran tesoros, “porque es lo que son: tesoros de nuestro mundo”, sentenció la encargada y jefa de vigilantes de sala.

Nunca supe cómo o por qué te asignaban una determinada sala, pero lo cierto es que en los tres años y medio que llevo aquí siempre he estado en esta frontera entre la 48 y la 49. Siempre mirando, sobre todo, a Bacon; sobre todo, a George Dyer.

Los primeros días apenas observaba las obras. Estaba más pendiente de ser efectivo en mi trabajo, de entender los flujos, de sacar conclusiones sobre mi labor: las tardes y los fines de semana, ajetreo; las mañanas, más suaves, salvo las visitas de institutos y colegios. Los niños no disfrutan de esas visitas, son ajenos a esa expresión. Alguno hay, pero en general disfrutan del día de ausencia de clases, no de las obras.

Las tardes se llenan de turistas de todo tipo: gente que viene apasionadamente en busca de algún cuadro preciso, amantes del arte o personas que simplemente visitan museos porque entienden que viajar va de eso. Pasadas esas primeras semanas, la mirada se fue yendo poco a poco al rostro de George. Ese rostro no rostro. Primero, el rostro que se está deshaciendo. Tratando de entender qué siente ese rostro, para poco a poco ir comprendiendo que, más que sentir, ese rostro es el reflejo de un siglo, del ser humano en el mundo que vive. Todo lo que acontece sucede en ese rostro. El mundo nos desfigura, nos atraviesa y nos vuelve un rostro angustiado. El mundo nos deforma.

Luego fui pasando al espejo, intentando entender por qué en el espejo se fragmentaba, pero no era arrasado. ¿Es acaso por cómo se mira? ¿Por cómo nos miramos? ¿Nos miramos sin ver del todo la deformación? ¿Nos miramos viendo lo de fuera pero viéndonos desde dentro? ¿Amaba Francis a George? ¿Se detestaban? No lo sé. No soy amante del arte. Cumplo mi horario. Salgo a mi hora. Bajo las escaleras. Dejo el uniforme en la taquilla y salgo a la calle. El mundo te deforma a su manera. Quizá la mirada de Francis es eso. Los autobuses pasando por la avenida, ese tráfico indescifrable, ese ruido permanente nos atraviesa.

Luego llego a casa. Me miro en el espejo. No sé: a veces siento que yo también me estoy deformando, pero en el espejo, sobre todo,  solo veo un rostro fragmentado.

sábado, enero 24, 2026

Entregas

A Matías lo recogía a las 6:35 en la rotonda del intercambiador Este. Siendo uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, a esa hora todavía era transitable y la recogida resultaba veloz. Subía apurado y enfilábamos por la Autovía Noroeste hacia el polígono 6. Allí empezaría la jornada de reparto.

La furgoneta era cómoda y suave de manejar, amplia y con cabida para todo tipo de bultos y paquetes. Sus colores llamativos e identificativos de la empresa la hacían reconocible en cualquier lado. El acuerdo era preciso: la empresa nos tenía como trabajadores independientes y la furgoneta formaba parte de un acuerdo de alquiler que mantenían con más personal. Desde que llegamos al país, Matías y yo hicimos un trato efectivo: ambos usaríamos la misma furgoneta, pero doblaríamos turno. Por eso íbamos los dos. El alquiler era por día, no por tramo horario, y así, con el gasto de uno, trabajábamos los dos. También decidimos hacer el doble turno juntos porque abarcábamos muchísimas más entregas: no perdíamos tiempo aparcando o buscando huecos. Simplemente, el que iba de copiloto bajaba casi en marcha, y el que conducía daba alguna vuelta si no lograba detenerse en algún rincón. Eso multiplicaba las entregas y, con ellas, las ganancias. Éramos, sin ánimo de sonar altivos, el equipo de entrega más efectivo de la región, probablemente del país, aunque de eso no hay estadísticas.

Así que a las siete de la mañana entrábamos en la nave, cargábamos los paquetes y pedidos y empezábamos la ruta. Las jornadas solían extenderse entre quince y dieciséis horas. Horas que Matías y yo pasábamos en ese cubículo. Y en dieciséis horas la vida da para mucho. Matías era más hablador, pero a los meses, o al primer año, ya estaba todo contado. Oíamos la radio, emisoras de todo tipo, o poníamos nuestra propia música. A veces permanecíamos callados durante muchas entregas y, otras veces, simplemente pasaba el tiempo sin saber exactamente qué había sucedido.

Cuando entregas paquetes vas viendo la formación de la ciudad, los recovecos de esa amalgama de edificios y calles que la componen. Porque entras en miles de portales, te abren miles de puertas y te firman las entregas miles de personas. Cada paquete —eso lo intuyes— esconde una historia, y nuestro juego favorito con Matías era inventarla. El que bajaba a hacer la entrega volvía a los minutos y hacía una breve descripción de la escena: hombre de 35 años, despeinado y en pijama, poco hablador; ha cogido el paquete con desgana, firma un garabato incomprensible. Se llamaba Julio. Y de esa descripción técnica pasábamos a la fantasía. Desgranábamos los detalles en un intento casi detectivesco de encontrar pistas para conformar la historia que había detrás de ese paquete.

La mayoría de las veces la entrega no daba para mucho: un intercambio rápido y una firma veloz, un gracias suave y vuelta a la furgoneta. Pero cada cierto tiempo aparecía la anomalía. Como la última vez: hacía ya tres días, que Matías tardó mucho en volver. Yo tenía las luces de emergencia encendidas y miraba desesperado. ¿Por qué tardaba tanto? Al rato, Matías, con cara de angustia, llegó casi corriendo. Luego contó que, al abrirle la puerta, una mujer gritaba a alguien dentro de la casa:
—¡Mal nacido! ¡Desgraciado!

Una figura apareció al fondo del pasillo. Un chico de unos diecisiete años venía sin camiseta. La mujer miró a Matías y le dijo:
—Por favor, hable usted con él. Dígale que ahí afuera es duro.

Matías miró al muchacho y solo le hizo un gesto. El chico comenzó a llorar mirándolo y empezó a hablarle de miedo, de un temor profundo, de algo que no sabía abordar. Matías pensó que aquel chico estaba deprimido e intentó hablarle, pero lo que dijo fueron obviedades, nada estimulantes. El muchacho le preguntó si podía irse con él a repartir, y Matías le dijo que eso no era posible. Entonces la mujer miró a Matías y luego al chico y dijo:
—¿Sabe usted qué hay en este paquete?

Tras una pausa extraña, Matías respondió que no, que nunca sabían el contenido de las entregas. La mujer empezó a abrir el paquete con una mezcla de llanto y tristeza. Rompió el envoltorio, la caja de cartón, y sacó una especie de manuscrito muy grueso.
—Esta es la última novela que ha escrito mi hijo. Diecisiete años y lleva quince novelas escritas. Novelas que he enviado y que siempre son devueltas. Mi hijo escribe bien. Es bueno, pero es una literatura difícil y espesa. Estructura con originalidad y las historias están muy lejos de ser aburridas o poco interesantes. Podría decirle que mi hijo es un escritor de altura, que podría incluso marcar una época, abrir un estilo novedoso y ser punta de lanza de una generación, pero no va a pasar. Nadie va a publicar nada. ¿Sabe por qué? Porque esto no va de valer, de ser bueno o incluso genial. Somos una madre y un hijo en este edificio, en medio de edificios de un barrio que no sale en la literatura universal, y nadie le dará valor a estos manuscritos porque no tenemos lo que popularmente se conoce como padrino. Así que, amigo, la estructura social es una estafa. Siga repartiendo, porque es lo único que podrá hacer usted y lo único que podrá hacer mi hijo. Buenos días y muchas gracias.

Y la puerta se cerró.

Eso me contó Matías. Luego nos quedamos callados y seguimos la extensa jornada repartiendo paquetes. Ya no volvimos a jugar a prefigurar la vida que había detrás de cada entrega. Dejé a Matías en la rotonda del intercambiador Este; anochecía. Los tres días siguientes he ido a buscarlo, pero no aparece, no contesta el teléfono y no sé nada de él. Creo, estoy casi seguro, de que Matías no va a volver. Y mi duda es:
¿qué va a hacer Matías con su vida?


viernes, enero 23, 2026

El último viaje.

El problema de no memorizar la ruta y depender del GPS del teléfono es que, si te despistas, si no has sido precavido o si la conducción y el día han sido más largos de lo normal, la batería se acaba.

Había salido de casa antes del amanecer. Al principio, sin destino fijo. Estaba pasando los días más complicados de los últimos años; estaba paralizado, bloqueado y sumido en la melancolía. No era capaz de digerir la separación y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que me sacara de ese estado agotador y paralizante. A las tres de la mañana ya estaba despierto y a la una todavía no me había dormido. Dos horas no dan reposo ni descanso a una cabeza que busca explicaciones a un divorcio que no has visto venir. A las cinco de la mañana, harto de moverme por ese campo de batalla en el que se había convertido la cama, me levanté y decidí irme de viaje. No sabía qué tipo de viaje, pero necesitaba salir de la ciudad. Llevaba unos días de baja en el trabajo; en ese estado era absurdo intentar hacer cualquier labor, cualquier actividad que requiriese cierto esfuerzo intelectual o cualquier tipo de concentración.

Después de una ducha y un café bajé a la calle. Había olvidado dónde había dejado el coche la última vez y tardé un rato en encontrarlo. La ciudad aún permanecía parada. La oscuridad y el frío estaban en su pico. Recordé esa frase que dice: el momento más oscuro de la noche es justo antes de que empiece a amanecer. La pensé como una forma de esperanza. Quizá la luz en mis emociones también estuviera a punto de llegar.

Salí de la ciudad casi al azar. En la radio desgranaban la actualidad. Prefería escuchar emisoras y noticias a cualquier tipo de música. Mi melomanía esos días era problemática: cualquier canción excitaba en exceso mi frágil estado emocional. Cuando tomé conciencia estaba en el kilómetro 32 de la B-8, a la altura de uno de los pueblos periféricos más feos del continente. Entonces decidí, porque vino a mi cabeza de golpe, viajar hasta un pueblo donde pasé el verano cuando tenía ocho años. Un pueblo en la sierra grande, a setecientos kilómetros de donde estaba en ese momento. Mientras avanzaba, aún de noche, puse la ruta en el teléfono y, sin más, emprendí el camino.

No sé si se puede contar mucho de un viaje en coche de tantas horas. Hay en las imágenes de un viaje cosas que no son del todo descriptibles; son más bien leves impactos que se recuerdan. Los viajes se parecen a la memoria. Avanzas, vas viendo imágenes del campo, de pequeñas ciudades, de poblaciones a los lados, que se van sucediendo. Todo es continuo, pero tú lo vas recibiendo por momentos, como imágenes sueltas. Estábamos en medio del invierno y el campo lo reflejaba con esa austeridad y ese minimalismo.

El amanecer fue impactante porque, cuando estás ausente del mundo, el amanecer te da una especie de relajo o de sosiego. Pensé, no sin emoción, que el amanecer es inevitablemente una forma de esperanza. Conduje suave, con precaución y muy abstraído, a ratos evocando imágenes de esa vida que acababa de dejar atrás. Una separación es también una forma de muerte. Recorrí la estepa, pasé bloques montañosos, atravesé una de las regiones más verdes del país.

A ratos dejaba el coche en silencio, acompañado únicamente de ese sonido de motor monótono e indescifrable; otros ratos ponía a los locutores que creen saber de todo, las noticias de ese mundo cada vez más incomprensible, al que a veces siento que pertenezco menos. Vivimos tiempos oscuros, pero siempre los hubo; nos olvidamos de que las luces permanecen. Puse música. Probé con discos viejos, animados. Probé con otros ambientales, suaves, abstractos. Probé con estilos diversos. La carretera, como la memoria, seguía ajena a mi marcha, a mi conducción.

Había parado en las primeras horas a tomar un café y a recargar gasolina, pero luego, inconsciente y abstraído, había olvidado esos asuntos concretos. Nunca enchufé el teléfono y no volví a mirar el estado del tanque de gasolina. Ya había salido de las carreteras principales, llevaba bastantes horas en marcha y me detuve en un mirador, en una curva de una estrecha carretera de montaña. No pasaba nadie. Miré desde allí la inmensidad del valle que se perdía hacia el sur. Había restos de nieve en las laderas y las nubes se dispersaban. Tenía ganas de correr, de hacer algo físico, pero simplemente miré un buen rato.

Cuando entré en el coche, la batería del móvil se había acabado y el cable para recargar parecía no estar funcionando. Decidí seguir puerto de montaña arriba. No había muchas más opciones. Buscaría algún lugar donde recargar o donde preguntar por el pueblo remoto de mi infancia. El puerto era complicado. Fui suave porque la conducción requería concentración. No me crucé con ningún coche, ni de subida ni de bajada.

Cuando coroné el puerto volví a parar. Desde arriba la vista era un mar de nubes; daban ganas de saltar allí, a ese inmenso colchón, y dejarse llevar por el vapor de agua. El sol reflejaba desde el oeste una luz psicodélica y alucinante. ¿Cuántas horas llevo de viaje?, pensé. Volví al coche. Se encendió la reserva de gasolina y me preocupé. Empecé el descenso del puerto en punto muerto, intentando controlar con precisión los frenos. Bajé el puerto lentamente. ¿No hay habitantes en esta sierra?

Cuando llegué abajo vi ante mí una recta prolongada que avanzaba precisa por el valle. Estaba nervioso: no tenía móvil, desconocía la ruta y cada vez me quedaban menos kilómetros en la reserva. Veinte minutos después el coche se paró. Me detuve a un lado y me recriminé la irresponsabilidad. Llevo demasiados días sin estar en este mundo, pensé. Luego decidí salir y esperar a que algún coche pasara para hacerle señales de socorro.

En lo que calculo serían dos horas, pasaron tres coches y ninguno atendió a mis gestos. Caía la noche. Lo peor que podía pasar era que tuviera que dormir en el coche, pero me preocupaba el frío invernal de la sierra. Y la noche llegó.

Cuando la oscuridad ya se había impuesto, vi pasar otro par de vehículos, pero ni siquiera hice gestos. Asumí que pasaría la noche allí. Me metí en el coche y me quedé mirando la oscuridad. Estaba agotado; llevaba muchos días durmiendo mal y el cuerpo estaba en un estado de cansancio que jamás había experimentado. Pensé que el cansancio quizá no tenga límites o que el límite del agotamiento esté mucho más allá de lo que solemos creer. No podía con nada.

Entonces, no sé cómo ni cuándo, me quedé dormido. No sé si soñé. Me desperté de madrugada. La noche tremenda estaba ante mí. En la ventanilla del copiloto vi la cabeza de un animal que miraba hacia dentro. Cruzamos los ojos. Sentí terror y sosiego. Dos cosas que en principio no se mezclan, pero sentí las dos. ¿Qué mira un animal cuando mira? Ni siquiera identifiqué exactamente qué animal era; creo que era un ciervo. Luego salió corriendo y se perdió en la noche.

No dormí más. Miraba la carretera delante; parecía el fin de algo, como si todo se acabara ahí. De repente, mi vida, lo que conforma mi existencia —mi casa, mi familia, mi gente, mis libros, mi trabajo, mi divorcio—, me parecían cosas de otro mundo, una vida que ya no existía. Y esta, esta oscuridad y este fragmento de carretera apenas visible, me parecieron la nueva, la que me quedaba por vivir.

Recordé cosas de la infancia; recordé cosas de mi abuelo, de amigos de los que ya no sabía nada, de un viaje a la playa con Kiko, algunas escenas de sexo con mi expareja. Recordé la cara de cuando me dijo que se iba. Recordé una escena de una película, una noche en Caracas, algunos miedos, algunas ideas que había tenido. Pensé en la política, en el camino que sigue la historia, en dos de los libros que más me han gustado. Pensé en una calle de Madrid que siempre me ha parecido horrorosa, pensé en un viaje a la playa que hice con J. Pensé que habría gente en ese instante trabajando en lugares que ni sospechaba. El momento más oscuro es justo antes de que empiece a amanecer.

Y amaneció.

Y sigo aquí.

Y la verdad, tampoco tengo muchas ganas de moverme.

jueves, enero 22, 2026

El Rejas

Enfrente de nuestro edificio, en la zona este de la ciudad, había unos cuantos callejones de casas muy humildes, deslavazadas, como toda la ciudad, y con poco sentido del urbanismo. El contraste, sin ser excesivo, sí era contundente. En mi edificio éramos lo poco que quedaba de clase media en todo el país, una clase media que poco a poco se desmoronaría en un colapso cuyo origen aún no se sabe bien dónde comenzó, por mucho que algunos insistan en ver causas claras.

Nosotros éramos muchachos algo despreocupados, sin excesiva conexión con otros sectores sociales y más concentrados en compartir algún disco nuevo y sentirnos absurdamente rebeldes. No lo éramos, claro, pero en esa fantasía de falsa rebeldía a veces hacíamos incursiones por los callejones, con la extraña sensación de estar entrando en otro universo. Y lo cierto es que sí, que entrábamos en otro mundo, porque en los callejones, sin haber pobreza extrema, sí había muchas dificultades.

Como todo en esa ciudad desconcertante y deshilachada, en los callejones había una casa donde, a última hora de la tarde, daban cerveza para beber en un patio. No era un bar: era un patio sin licencia para vender alcohol donde nos juntábamos los del edificio y los del callejón, y empezamos a ir con cierta frecuencia. Nosotros, con dieciséis años, nos reuníamos con los del callejón, que en general pasaban de los veinticinco.

Las conversaciones eran dispersas. Ellos nos miraban con recelo y nosotros con temor, pero lentamente fuimos confraternando. Lo mismo hablábamos de béisbol que de teorías filosóficas sin ningún tipo de base teórica. Nando Figueras era el más intrépido de nosotros y actuaba como portavoz del grupo; los demás permanecíamos casi agazapados, bebiendo torpemente y emborrachándonos poco a poco hasta empezar a balbucear alguna palabra.

Un día entró allí El Rejas. Un tipo bajito y muy menudo, que andaba con tumbao y mantenía ese ritmo propio de quienes parecen estar siempre pensando en otra cosa. Esa gente que parece vivir en dos sitios a la vez y nunca estar del todo en ninguno. El Rejas era guitarrista y entró con una acústica en un estado de deterioro importante; se sentó en un rincón y empezó a tocar una música atractiva, aunque no especialmente bien ejecutada.

El Rejas no tocaba bien, pero tampoco tocaba mal. Tenía lo que casi todo artista quiere tener: sello propio. No hablaba mucho, fumaba como si compitiera por ser el fumador más rápido de Latinoamérica y permanecía arrinconado tocando una música indefinida, que merodeaba entre una especie de blues desértico y el tumbao cubano. Era una cadencia tan atractiva que, a pesar de que era evidente que El Rejas no buscaba atención ni público, la conversación y el bullicio del patio terminaban dominados por sus acordes.

Como en esa época yo ya había empezado a tocar la guitarra, la tercera o cuarta jornada que coincidimos con El Rejas todos los de mi grupo insistieron en que tocara alguna pieza en el patio.

—Vamos, Rejas, déjale la guitarra al muchacho. No toca nada mal.

Pero si alguna vez experimenté verdadero miedo escénico fue en ese patio, fue ante El Rejas. Traté de negarme, de no tener que actuar ante ese público impredecible. El Rejas apenas nos miró. No era antipático; creo que estaba deprimido o simplemente no se sentía bien en el mundo. El Rejas parecía atrasado por una nostalgia cósmica, arrastrada desde galaxias aún por descubrir. Quizá eso era lo que tocaba: los acordes de un lugar al que nadie había accedido.

El apodo no ayudaba a no temerle. El Rejas no daba lugar a especulaciones. Aunque después la realidad nos ofreció una explicación menos temible y que definía mejor al personaje de lo que cualquiera pudiera imaginar. En los callejones le llamaban El Rejas porque se le percibía como un pajarillo encerrado en una jaula. Esa era la nostalgia que emitía.

El quinto o sexto día que coincidimos con El Rejas en lo del patio me llamó. No recuerdo exactamente cómo, pero me llamó. Me acerqué mientras el grupo debatía sobre la importancia de la justicia social y sobre cómo, en toda Latinoamérica, el problema era que la lucha de clases ya no existía: solo había sometimiento y dolor; ya ni siquiera era lucha.

—Las clases altas tienen el monopolio de la violencia —dijo Nando, en un alarde de marxismo que no le conocíamos.

Me senté junto a El Rejas y me pidió que tocara algo. Nunca he sido bueno interpretando repertorios o canciones populares, así que toqué algunos arpegios improvisados, de carácter atmosférico. El Rejas aprobó y me dijo:

—Te voy a enseñar un par de trucos.

No parecía un tipo con formación académica, pero me enseñó algunas escalas y unas piezas que había compuesto. Fue amable, menos temible de lo que su apariencia sugería, y aunque casi no hablamos, fue un rato emocionante. Los grupos del patio hablaban cada vez más beodos, mientras El Rejas y yo intercambiábamos acordes y melodías.

No recuerdo mucho más de El Rejas. Coincidimos varias veces por los callejones, en el patio y alguna vez en el autobús de ruta. Luego desapareció. Años después yo abandoné el país y cambié radicalmente de vida. Pero cada vez que evoco a El Rejas siento una especie de gratitud. Y me pregunto, sabiendo que jamás habrá respuesta, qué habrá sido de su vida. Y claro, me lo imagino lejano, ajeno, distinto, habitando aún en su extraña galaxia.

miércoles, enero 21, 2026

Diarios del atardecer

Juan Ligero llevaba varios años bajando al Parque del Oeste a ver el atardecer. No era un rito poético ni literario. La caída del sol le parecía el mejor momento para pasear: la ciudad va cambiando el ritmo y la gente parece entrar en un sosiego más natural. Juan caminaba por las calles del centro, no siempre siguiendo la misma ruta, y entraba al parque por distintas entradas. Luego, por la amplia explanada, se iba acercando al mirador, donde el sol comenzaba la despedida diaria.

Pero lo que le interesaba a Juan no era el juego de colores ni cómo el naranja mostraba su amplia gama de posibilidades. Lo que le interesaba realmente —y así lo iba anotando en unos cuadernos que llamaba Diarios del atardecer— era lo que sucedía en el mirador: turistas fotografiándose, niños ajenos al ritmo universal dándole patadas al balón, un ciclista despistado que casi atropellaba a una señora confusa o un joven narcisista cantando canciones pasadas de moda con una guitarra de segunda mano.

Había algo en el mirador que le daba a Juan la sensación de notar el paso de los días, porque ningún atardecer repetía sus escenas. El turista alemán que el día anterior miraba meditabundo hacia el horizonte no volvería; las chicas colombianas que reían y se hacían selfies desaparecerían para siempre; y los niños que jugaban en el campo marcado por los límites de los pinos de la izquierda no repetirían equipo, porque nunca se completaba la alineación con los mismos jugadores.

Así, cada tarde Juan llegaba al mirador y observaba los elementos de ese atardecer único e irrepetible. No era para él un acto poético, sino una manera de sentir que cada día era distinto. Claro está que también se dejaba abrumar por esa experiencia irrepetible pero constante del atardecer. Tampoco ningún atardecer es igual a otro: nunca el sol se va de la misma forma. Miraba el horizonte, miraba los elementos que conformaban la escena y los retenía en la memoria para, luego, al llegar a casa, anotar de manera escueta y pragmática ese atardecer único.

Atardecer 1356. 20 de enero de 2025

He llegado algo más apurado que otros días. En el cruce de la transversal 2 con la avenida 8 me he encontrado con Lupe y Andrew. Es la tercera vez que los veo juntos en los últimos meses. Sospecho que son más que amigos y me pregunto por qué no lo dicen públicamente. Hemos hablado del frío y del pronóstico del tiempo: dan lluvias muchos días seguidos, así que hay que aprovechar lo que a lo mejor es el último atardecer naranja de lo que queda de mes.

He subido las escaleras de la entrada principal. Hoy había menos gente que en los días previos. Enero es insaciable. En la explanada principal, un tipo hacía ejercicio sin camiseta; un poco más adelante, un hombre de unos treinta y seis años llevaba un carrito con un niño dormido y hablaba por teléfono. Al pasar, solo he escuchado una frase enigmática: «La realidad es que todo se ha ido quedando atrás». Durante unos segundos he pensado en las posibilidades del significado de esa frase fuera de contexto.

He llegado al mirador. Como siempre, la mayoría eran grupos o parejas. Siempre busco al observador solitario, pero no siempre hay. En la esquina de los pinos del norte he visto a un tipo apoyado, muy serio, muy concentrado, mirando la lejanía. Hoy el sol se iba ligero. Había algunas nubes y, en enero, el naranja hay momentos en los que casi se vuelve violeta. No ha habido nada reseñable hasta que alguien ha gritado. Sobresaltados, la mayoría hemos mirado en dirección al grito, pero no parecía nada dramático ni urgente. Una joven con su novio hacían bromas y cosquillas. Ella se ha sentido violentada por las miradas.

Así llevaba Juan su diario de atardeceres. Alguna vez, después de anotar el día, se movía por las hojas al azar y encontraba las anotaciones de un atardecer pasado. Había anotaciones de todo tipo: desde días anodinos hasta días desconcertantes, como aquel 6 de junio de 2023, cuando un individuo de acento indescifrable le dijo que lo que veíamos eran los restos. Juan preguntó los restos de qué, y el hombre, serio, rotundo y sin apartar la mirada del horizonte, contestó:

—Los restos de todo. El apocalipsis ya fue. Somos lo que queda después del fin del mundo.

martes, enero 20, 2026

Rodolfo

La mañana que Rodolfo nos dijo que quería ser ET yo sentí una profunda confusión. Miré a Suso, que a su vez miraba a Rodolfo, desconcertado. No sabíamos muy bien a qué se refería, dónde quería llegar, pero lo dijo tan solemne y apabullante que no daba lugar a dudas. Como Suso siempre fue más elocuente y seguro que yo, esperé una respuesta, una iluminación en sus palabras, pero Suso le miró como esperando que la transformación sucediera en ese mismo instante, cosa que no sucedió.

Unos segundos más tarde, contrario a mi costumbre de permanecer siempre callado, pregunté directamente:

—¿Y eso cómo piensas hacerlo?

Y tras unos segundos de silencio Rodolfo contestó, sin rodeos:

—Aún no lo sé.

El mecanismo de transformación era algo que parecía no haberse planteado aún, asuntos técnicos en los que no había perdido el tiempo, porque su gran empresa era filosófica, amplia, profunda y existencial. Pero había un camino sin retorno: Rodolfo quería ser ET.

Durante las siguientes semanas, en silencio, yo observaba cada parte de su cuerpo esperando ver los primeros signos de transformación. Miraba las manos, la piel, los ojos, pero sobre todo los dedos. No aparecía ningún síntoma, ninguna fuerza interior que fuera derrocando la vieja piel por la nueva. Sin embargo, Rodolfo se mantenía firme en su plan.

Su conversación se había vuelto extraña, desapegada de nuestros conflictos diarios: los partidos de fútbol del recreo o la pesadilla de las tareas de matemáticas. Nada de eso parecía ya importarle a Rodolfo y comenzó mi admiración. Quizá ser ET, me preguntaba, consistía en ser ajeno a los problemas de este mundo o mirarlos desde la periferia cósmica, desde la lejanía de un planeta desconocido.

Suso parecía haber olvidado aquella afirmación rotunda: quizá lo había visto como un mero juego o una amenaza para llamar la atención y parecía haber borrado o ignorado aquella sentencia radical: “Quiero convertirme en ET”. Pero para mí algo había cambiado en ese trío sólido de amigos. Uno de sus vértices estaba explorando otros mundos y algo de esa via de exploración llamaba mi atención.

Desde entonces, cada mañana, al reunirnos en la salida del metro de Dos Caminos para caminar juntos el último tramo hasta el colegio, yo esperaba una señal; de hecho, la anhelaba, la deseaba. Si Rodolfo empezaba una lenta transformación, el mundo sería radicalmente distinto, pero si nada de eso ocurría iba a sufrir un desengaño, una extraña forma de desesperanza. Que Rodolfo pudiera ser ET abría las puertas a la utopía.

La mañana del siete de abril Rodolfo no llegó a la salida del metro donde siempre nos reuníamos los tres. Durante unos minutos extra, Suso y yo esperamos con paciencia su aparición, pero no llegó. Nos miramos y empezamos a subir por las calles en cuesta hasta el colegio. Callados, aún con el sueño en los ojos, solo se escuchaba el arrastrar de nuestras zapatillas en el suelo.

Fue entonces cuando Suso, siempre más pragmático que yo, dijo:

—Rodolfo no va a volver.

Sentí una forma de vértigo que nunca había experimentado; de hecho, jamás he vuelto a sentir esa forma de vacío. Escuché el sonido de nuestras zapatillas marcando ese ritmo cansino sobre el suelo en el camino hacia el colegio. En las calles cercanas iban apareciendo otros compañeros y yo ya no me atrevía a preguntarle a Suso, porque estaba seguro de que Suso sabía algo más. Pero aquella frase definitiva me dejó desconcertado y, por qué no decirlo, asustado.

El día transcurrió sin grandes anuncios. Cada vez que los profesores pasaban lista, nadie respondía con el “presente” cuando se nombraba a Rodolfo. Una clase tras otra, la falta de información me iba torturando e incluso miraba por la ventana, esperando ver una nave atravesar el cielo: señal de que Rodolfo habría completado la transformación y estaría camino de su nueva casa. Pero no sucedió.

Rodolfo, como bien había anticipado Suso, no volvió. Poco supimos. Sus padres se habían mudado repentinamente de la ciudad. Nadie sabía hacia qué destino. Se especuló. Se habló de alguna capital de Centroamérica o de alguna capital europea, pero nadie sabía a ciencia cierta dónde se había ido a vivir Rodolfo y, sobre todo, por qué no nos avisó.

Salieron algunas conspiraciones y teorías. Mi madre me dijo que se sospechaba que los padres de Rodolfo eran espías o agentes de algún tipo de organismo internacional. Había teorías menos trepidantes, como que el padre de Rodolfo era médico de una ONG.

Quizá la verdad solo la sabíamos Suso y yo, pero nunca lo corroboramos el uno con el otro. Ninguno habló de la posibilidad más probable: Rodolfo se había convertido en ET.

lunes, enero 19, 2026

Frente al colegio

  Pasé por la puerta del colegio donde mis hijas hicieron primaria. Ese colegio queda cerca de casa y no es extraño pasar por delante, pero esta vez pasa a la hora del recreo. Se escuchaba el bullicio constante de los niños en el recreo. Sentí nostalgia y desconciérto. Ese ruido es siempre el mismo ruido. Quede donde quede el colegio, sea el lugar que sea, ese ruido es siempre el mismo. Ese bullicio compactado de gritos y voces y carreras. Un leit Motiv eterno que parece siempre exacto. Recordé cuando mis hijas aún iban ahí y el paso del tiempo, esa sensación que viene sin aviso, se presento con el bullicio de niños. El colegio pareció la memoria de todos los colegios. La época que llevaba a mis hijas, muy pequeñas aún. Esas imágenes que configuran tu pequeña biografía paternal. El bullicio en el que ellas estuvieron y que ya no están. Recordé también mis colegios, cuando yo formaba parte del bullicio eterno y constante, cuando me mezclaba en esa masa sonora de carreras, conversaciones imposibles y partidos de fútbol mezclados. Ahora pasaba por la puerta del colegio y en ese momento que el colegio eran todos los colegios, todos los bullicios, pensé que mi relación con el bullicio cada vez será mas lejana. Fui parte del bullicio, luego muchos años despues llevaba a mis hijas al bullicio. Alguna vez las vi desde fuera jugar, en medio del patio, sumando su voz al bullicio. ¿es eso el mundo? ¿Es esa masa sonora dónde está todo? Todos pertenecemos a ese ruido. Como si fuera el origen de nuestra vida en sociedad, donde entramos al mundo como seres individuales pertenecientes a la gran masa sonora. Ya no seré parte de ese ruido, lo fui. Ya no serán mis hijas parte del barullo. Lo han ido dejando atrás lentamente, aun lo tienen cerca como para abrumarse por el paso del tiempo. Lo recordarán una mañana lejana, cuando pasen por la puerta de otro colegio y recuerden que ese bullicio también fue el suyo y que ahí sigue. Nuestra esperanza es que siga, que se mantenga, que ese ruido esté ahí por siempre. Porque esa masa sonora es la humanidad.

martes, septiembre 16, 2025

El cantante

  Mira hacia adelante y ve la multitud. Está acostumbrado porque la cantidad de veces que ha estado ante la multitud ya son incontables. 30 años de carrera, largas giras con infinidad de paradas en cientos de ciudades del planeta. Auditorios de diferentes tamaños, masas de distintas cantidades, lenguas, incluso etnias y religiones. Mira la multitud y sin embargo, a pesar de que es casi una costumbre, le sigue resultando enigmática. La multitud para nada es un ente. No es un órgano, no es una vena. La multitud parece casi uniforme desde ahi, pero sabe de sobra que no lo es. Cada individuo que forma eso que tiene antes si viene de un lado distinto, movido por algo completamente diferente que los que tiene al lado. En el mejor de los casos es un fan, en el peor un crítico desganado. El enigma de la multitud, en cierta manera, ha sido una forma de motivación. Intentar desentrañar ese enigma ha sido también parte del empuje a segur, incluso, componiendo. Sin embargo por primera vez siente algo que desconoce. No es agotamiento, o sensación de invalidez. Esta vez la multitud parece, como él, exhausta, movida ya por otros códigos. Están ahí, puntos de colores, formas de pelo que no se distinguen, alturas, movimientos dispersos que no terminan de conjugarse, ojos desconectados de caras, formas de cuerpo que no se distinguen. Avanza el primer estribillo de la novena canción, aun falta más de la mitad del concierto. Siente, de repente, ganas de parar, pero la multitud no entendería, y sería incomodo, extraño. Cuando está ahi de alguna manera deja de ser él, también desaparece su individualidad, lo que quiera que eso signifique. “Me debo a mi público” dicen los endiosados. Puede ser que él también, pero sobre todo es el temor a hablar, a justificarle a esa masa porque se para todo de repente y tampoco es cuestión de irse, entiende el enredo legal que eso conlleva. La multitud está desmotívada, quizá porque él también lo está. Afuera el mundo arde, ¿quién puede ser ya ajeno a eso? Por otro lado la maquinaria del dinero se ha metido en esta industria y también ha ido robándole el alma a lo que ahí sucedía. El dinero ganó, y del dinero es imposible huir, hagas lo que hagas está ahí, pendiente, vigilando, marcando. La novena canción avanza hacia el final. Esa canción compuesta en un dia lejano, unos acordes sencillos que dieron paso a una letra enredada, que costó hacer, porque no cuajaban las frases. Había algo que contar que no terminaba de salir, y ahora, años después ahí suena, en medio de la multitud. ¿quién es ahora el dueño de eso que suena? ¿El que paga o el que la ejecuta? Quizá a nadie, quizá se pertenezca solo a si misma. Y decae lenta, en esos acordes finales. La multitud mira, aplaude y afuera, el mundo sigue su curso: nadie debería estar aqui, piensa, mientras niños inocentes siguen siendo asesinados. 




martes, septiembre 02, 2025

No hablarse

 Hoy he soñado con la única persona que me he dejado e hablar en mi vida. Muchas veces he pensando en él, le he dado vueltas a esa cosa de dejarse de hablar, que a su vez también es un pacto: como hablarse, como ser buenos amigos, como ser matrimonio o compañeros de excursión. Dejarse de hablar es un acto radical, un acuerdo no hablado, nunca mejor dicho, que rompe la mas esencial de las virtudes humanas: la comunicación. De alguna manera, en dejarse de hablar, hay algo que difumina al otro, al no hablado. No soy muy consciente de en qué momento decidimos seguir ese no volvernos a hablar y con la cadencia extraña de los dias, ya han pasado más de trece años. Trece años en los que no he sabido prácticamente nada del otro. A veces me pregunto si él sabe algo más de mi que yo de él, si ha recibido alguna información ligera sobre mi presente, si tiene alguna idea de las ligeras cosas que acontecen en una vida regular, o por el contrario está como yo: apenas ha vuelto a saber absolutamente nada de mi. Da igual, en el fondo, porque lo radical de esto es que decidimos no volvernos a hablar. Nada. 

¿Sigo firme a esa idea? Ni siquiera lo sé. ¿Rompería el pacto si me cruzo con él por la calle? Creo que sí. No intimaría con él, eso es una decisión casi segura, pero creo que el pacto de ruptura se rompería. Un saludo ligero, un preguntarse cómo estas, y poco más. Lo que descubres cuando dejas de hablarte con alguien, es que en cierta forma, aquella era una relación que no debió existir. CUando dejas de hablarte en el fondo estás diciendole a tu pasado: no debiste vivir esos encuentros, esas situaciones con esa persona. El dejar de hablar a otro es un reclamo a ti mismo: ¿por qué te hiciste su amigo si no lo era? Pero como es algo  que no me ha pasado con nadie mas, a dia de hoy me sigue abrumando un poco la idea de dejarse de hablar. En el momento que arrancó ese silencio entre los dos, me sentía muy herido. No es momento ya de analizar o describir aquello, eso ya da igual.  Las heridas permanecen, por eso creo que aun me costaría relacionarme, tantos años después, con esa persona, pero dejarse de hablar es una forma de fracaso humano, porque la comunicación es la mas esencial de nuestras características: somos seres que se interconectan con el otro. Aunque el no hablarse también es una forma de comunicación, claro. Te estas diciendo mucho. He soñado con esa persona y lo que me ha sorprendido es que no he sentido emoción al verle, que era otra de mis dudas. Cuando te encuentras con alguien del pasado, hay un fogonazo, una especie de viaje en el tiempo. El pasado vuelve transformado en ese con el que te encuentras, hay una emoción, no siempre la misma, porque no todos en el pasado fueron igual, pero hay un encuentro que rompe, en cierta manera, el espacio temporal:¡Aquí estas tu otra vez!. Sin embargo, en mi sueño, al ver a esta persona, no había emoción, ni siquiera un sigiloso nervio. Era un sentimiento casi vacío. Me pregunto si es parte de la distorisión de los sueños o si realmente seria así. Lo que le daría a ese silencio impuesto, algo de razón: no éramos, no fuimos, ni somos, claro, buenos amigos. Y ahi sí, en ese pensamiento si, hay algo de tristeza. 

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