El miércoles santo la ciudad se había quedado completamente vacía. Era un vacío molesto, agudo, que te recordaba algo que no sabías descifrar del todo. Nosotros vivíamos en un conjunto residencial formado por dos edificios que recordaban un poco a esos edificios de playa, con un parking desmesurado y una zona ajardinada algo salvaje que iba cayendo hacia el valle. Abajo, en los confines de nuestro territorio, una valla, cada vez más deteriorada, nos separaba de un monte frondoso. Allí estaba la cancha donde jugábamos los mejores partidos de fútbol que he jugado en mi vida.
El miércoles santo no completábamos de ninguna manera el cinco contra cinco. Albertito, su hermano, mi hermano y yo jugamos un partido, más bien tedioso, contra un equipo mediocre del edificio de al lado: El Mirador. Cuando íbamos siete a uno, ellos se entregaron y se fueron. Descubrimos, ahora sí, que nos habíamos quedado definitivamente solos en la ciudad. El hermano de Albertito, que era tímido y ausente, nos miró y dijo que se iba a su casa. Entonces el trío, mirando al valle y al monte frondoso, creo que sentimos al unísono una forma extraña de soledad, una forma de agujero que nos contenía dentro. Albertito hablaba con mi hermano mientras yo pensaba en C, que se había ido con unas primas a la playa. C y yo ya casi no hablábamos, pero la había visto salir con una mochila pequeña y una sonrisa exuberante: fue la puntilla para sentir que el mundo se vaciaba y nosotros nos habíamos quedado ahí anclados, como si fuéramos los últimos habitantes de la tierra. Yo no atendía a la conversación de los otros dos, no sé muy bien a qué atendía. Miraba el valle, miraba las luces del edificio que no se encendían y pensaba en opciones para que los cuatro días que quedaban por delante de vacaciones no resultaran una pesadilla o un tormento insoportable. ¿En qué momento las vacaciones se habían vuelto algo molesto? ¿Qué había pasado? Fue en ese momento, creo, cuando volví a la conversación de Albertito y mi hermano:
—Podemos agarrar un autobús de medianoche y nos ahorramos una estancia.
En esos minutos que yo había estado ausente ellos habían planificado una huida a la playa.
El asunto era sencillo: ninguno teníamos casi dinero para afrontar tres noches fuera, ni para hospedaje, ni para comida, ni, por supuesto, para bebida. Albertito creía que en el terminal salían algunos buses a la playa. “De esos piratas, que no son de línea”. El transporte era un caos, como todo el país, como toda nuestra vida. Una vez en Chichiriviche pediríamos que en alguna de las embarcaciones alguien nos diera un empujón hasta Cayo Sombrero. En Cayo Sombrero Albertito sabía que estaba buena parte de la gente de su colegio. Podríamos acampar. En cuanto a la comida, unos cuantos panes y algunas latas de atún nos darían para sobrevivir los cuatro días. No iban a ser las vacaciones más lujosas de la historia de la humanidad, ni siquiera de nuestra historia, pero cualquier forma de huida hacia adelante parecía darle a nuestra existencia algún tipo de sentido en medio de aquella ciudad agónica.
Albertito era un tipo indescifrable. A ratos parecía un chico de clase alta venido a menos; a ratos, un tipo con preocupantes problemas de comportamiento. En realidad, creo que lo que sucedía con Albertito es que venía de una familia desestructurada, con un historial complejo y ciertos toques de misterio. La madre casi nunca estaba en casa; del padre no se sabía nada. Los dos hermanos, Albertito, 16, y su hermano, 14, pasaban el día solos. Probablemente hubo en los principios de su vida una forma de privilegio más o menos acentuado que se fue viniendo abajo por motivos que jamás descubrimos. Alberto tenía una relación algo violenta con su hermano, que parecía sumido en una especie de letargo hipnótico. Si Alberto había optado por huir hacia delante con frenesí, su hermano había optado por una especie de táctica del caracol. Se encerraba sobre sí mismo.
El plan se trazó de una manera confusa, excesivamente rápida, pero eficaz y concisa. Subimos a casa. Sacamos de un armario que hacía las funciones de almacén una vieja tienda de campaña y comunicamos a mi madre nuestro plan de vacaciones. Yo tenía 16 años, pero los 19 de mi hermano validaban nuestro plan. Mi madre no se negó. No nos dio dinero o nos dio algo insignificante. Guardamos en una mochila unos bañadores y un par de toallas. Media hora después nos habíamos juntado con Albertito. Subimos en ruta hasta el terminal. Atravesamos la ciudad cuando caía la tarde.
En el autobús volví a pensar en C. Me imaginé a C en la playa, riendo con sus primas, y sentí que mis vacaciones, o eso que habíamos organizado, eran otra forma de soledad. Una forma extraña y peculiar de soledad.
Cuando llegamos al terminal el caos era el habitual, pero con muchísima menos gente. En uno de los pasillos alguien nos informó que ya no había autobuses para la costa, que ya todos se habían ido, que nadie esperaba al miércoles noche o jueves mañana, porque a esas horas ya todo el mundo se había ido. Mi hermano me miró con cierta frustración, pero no perdió el empuje. Siguió indagando y se enteró de que a medianoche unos tipos llevaban a un grupo de trabajadores hacia Chichiriviche. Era gente que iba a trabajar a un evento en la costa. Les sobraban algunos puestos y, por un precio insólitamente barato, nos dejaban viajar. Había que esperar, eso sí, algunas horas.
Albertito decidió que por qué no arrancar la rumba en esa espera. Había una permanente ansiedad en él; parecía que se quería adelantar a la existencia. Iba siempre acelerado. Compró una botella de anís y una de jugo de naranja. Juntó todo en un termo gigante que llevaba en la mochila. Empezamos a beber el cóctel criminal en unos bancos muy deteriorados del terminal. Por los altavoces sonaba una canción de Héctor Lavoe. Pensé que quizá todo eso no estaba sucediendo; luego vi a mi hermano, al que se le cerraban los ojos, y tuve ganas de preguntarle si a él todo eso le parecía real.
Albertito se emborrachó enseguida. Arrastraba la lengua al hablar y se desordenaba existencialmente. Su discurso se deshilachaba y no se sabía muy bien de qué estaba hablando. Empezó a hablar de una muchacha de su colegio que le gustaba:
—Yo creo que estará en la playa. Cuando llegue y la vea me voy a declarar —decía entre eufórico y melancólico.
Albertito era una mezcla emocional tan disparatada como el cóctel absurdo que bebíamos: anís y jugo de naranja.
Mi hermano entonces despertó o volvió del letargo. Había pasado mucho rato desde que habíamos llegado al terminal y Albertito y yo estábamos medio borrachos. Empezamos a hablar con unos tipos que vendían empanadas en una esquina del terminal. Nos dijeron que las salidas el martes y el miércoles habían sido enloquecidas, que hubo mucho caos. Les dimos de nuestro cóctel y ellos nos dieron de fumar. A mí el tabaco me sentaba mal, pero fumé porque estaba borracho y desordenado: Albertito me había pegado su estado.
En algún momento, en esa noche que todo empezaba a desfigurarse, el tipo del autobús nos llamó:
—¡Panas, en media hora salimos!
No recuerdo mucho del viaje. Son dos horas de duración, pero íbamos tan borrachos que parecieron diez. Estuvimos hablando con unas chicas que iban a la costa a trabajar. Se rieron con nosotros y le pedimos música al conductor para bailar con ellas. El baile fue caótico, pero divertido. El vaivén del viejo autobús nos zarandeaba de un lado al otro y a veces los cuerpos caían encima de los que estaban sentados. En la zona delantera iban casi todos dormidos o molestos por nuestro ruido; las chicas con las que pasábamos el rato se reían, sobre todo mirando a Albertito, que había entrado en una forma de caos y delirio. Creo que nos quedamos dormidos, o eso es lo que recuerdo. Creo que llegamos antes del amanecer a la costa y el autobús nos dejó a las afueras de Chichiriviche, en la carretera de entrada.
Bajamos del autobús completamente beodos. El cóctel mortal nos había dejado en estado de confusión. Los trabajadores se fueron caminando en dirección contraria a la costa, las muchachas se despidieron sin mucha emoción de nosotros y el autobús, una vez descargados los viajeros, se perdió por donde había entrado. Nos quedamos parados en medio de la carretera sin saber muy bien qué hacer. La tienda de campaña era incómoda de llevar y aún era de noche. Fue mi hermano, pragmático, el que dijo que empezáramos a caminar. Avanzamos torpes, haciendo turnos con el bulto de la tienda, que era pesado y molesto. Pasaban autos esporádicamente, gente que probablemente venía de fiestas o de lugares divertidos. La carretera era oscura y avanzaba recta. Olía a humedad y al Caribe. No podría definir el olor al Caribe, pero tiene un olor propio, muy potente y único.
Al rato empezaron a aparecer las primeras construcciones a nuestra izquierda. A lo lejos escuchamos una fiesta, un grupo de gente que llegaba al amanecer. La Semana Santa se anunciaba lejos del misticismo y cerca del hedonismo. Mucho rato después, cansado del alcohol malo, del viaje incómodo y de la noche despiertos, sentí un profundo agotamiento. Lo comuniqué y fui comprendido. Nos sentamos a un lado del camino. Apoyamos las cabezas en las mochilas y el bulto de la tienda de campaña y nos quedamos dormidos. No sé cuánto rato. Cuando el sol ya estaba arriba fui el primero en abrir los ojos. Estábamos en la entrada a Chichiriviche. Pasaban autos hacia la costa; algunos nos miraban como se mira un paisaje árido.
Desperté a mi hermano y nos miramos desconcertados. Él llevaba una época ausente, lejano, y el viaje potenciaba esa sensación de no estar. Volví a pensar en C, porque C representaba todo lo que a mí no me estaba sucediendo. Me la imaginaba despertando a esa hora, en algún lugar amable, un buen desayuno, un plan divertido para ese jueves santo. Un auto de buena marca que la llevaría hasta alguna playa donde todo estaría bien organizado y ordenado.
Nos pusimos en pie y avanzamos hasta la primera tienda de alimentos. Miramos precios, calculamos presupuesto y llenamos las bolsas de pan industrial, mortadela y atún, tres botellas de anís y dos paquetes de cigarros. El lujo y el confort eran una utopía en ese trío infame que avanzaba con resaca por la calle principal de Chichiriviche.
Cuando el sol estaba ya en su máximo esplendor habíamos llegado a la zona de los embarcaderos. Había mucha gente intentando saltarse el turno y el orden que nadie había establecido. Los lancheros buscaban clientes que quisieran ir hasta los cayos más lejanos; les aseguraba más plata. Vimos una familia joven con un bebé que buscaban lancha para Cayo Sombrero. Albertito los abordó. En un resquicio de su época de privilegio sacó un discurso y una amabilidad digna de elogio y consiguió seducirlos para que nos dejaran montarnos en la lancha gratuitamente. El lanchero protestó, pero al final le pudo el dinero asegurado y allí emprendimos la travesía.
Esos viajes en lancha los había realizado y los volvería a realizar varias veces en mi vida. No son el paradigma de la precaución. Los lancheros están habituados al suave oleaje y le entran de frente. Lo que les conviene es ir y volver lo más rápido posible para sacar rendimiento a los cuatro días de Semana Santa. La velocidad era delirante; los saltos de la lancha emulaban una montaña rusa de un parque de atracciones fuera de la legalidad. A mitad del trayecto mi estómago debía haber perdido su forma original. Intenté vomitar sin ser visto, pero cuando había echado todo el flujo de mi cuerpo vi que Albertito estaba vomitando más que yo. Mi hermano hablaba con el padre de la familia sobre el clima y el movimiento masivo de gente en Semana Santa.
A lo lejos se empezó a ver la forma de Cayo Sombrero y sentí algo parecido a la euforia. Cuando estábamos a cincuenta, quizás treinta, metros de la orilla, Albertito y yo saltamos al agua pensando, en un cálculo totalmente erróneo, que ya estábamos en zona de hacer pie. Entré en las profundidades del Caribe con ropa y zapatos, pero me sentí bien. Estaba de lleno en nuestras vacaciones de Semana Santa. La lancha siguió sin nosotros y llegó hasta el embarcadero. Mi hermano nos miraba desde allí, riendo y haciéndonos gestos.
Buscamos un hueco para acampar en una de las pocas zonas no concurridas del cayo. Era jueves santo y el cayo parecía una romería. Sonaba música por todas partes. Había gente bailando, gente bebiendo, gente jugando, gente nadando, gente tomando el sol. Parecía estar todo el planeta menos C. No vi a C. Mantuve hasta el último momento la esperanza de cruzarme con C, pero nunca sucedió. Las siguientes horas las pasamos deambulando por el cayo. Comimos pan con mortadela y nos abrimos la primera de las tres botellas de anís. No teníamos hielo y muy poca agua.
Recorriendo el cayo terminamos cruzando al otro lado. Allí nos encontramos con medio colegio de Albertito. Un grupo enorme de gente que bebía cerveza y licores menos imprudentes que el nuestro. Albertito nos dijo:
—Aquí beberemos y comeremos bien.
El grupo estaba bien armado: buenas tiendas de campaña, abundante comida y bebida y, sobre todo, agua. Nos mezclamos entre la gente. Había guitarras y Albertito dijo que yo tenía que tocar. Me pusieron en medio de un círculo inmenso de gente. Me carcomía la vergüenza y la timidez, pero fui menguándolas a base de cerveza. Toqué muchas horas. No sé qué toqué, porque nunca he tenido repertorios populares. Supongo que repetí canciones conocidas y éxitos del momento. Toqué Bob Marley y The Cure, Soda Stereo y algún grupo latinoamericano de éxito esporádico. Toqué algo de The Beach Boys y algo de The Beatles. No sé cuánto rato estuve tocando, pero pasé horas sin saber de mi hermano y de Albertito. Comí arepas, ensaladas y ceviche; comí cosas que no recuerdo. Terminé borracho.
Me puse en pie ya entrada la tarde. No conocía a nadie, pero me sentía amigo de todos. Intenté saber de mis compañeros. El trío había sido dinamitado por la euforia y la fiesta. Lo siguiente que vi fue a mi hermano con una chica en medio del agua. Por el movimiento y los gestos pensé que estaban haciendo el amor. Me pareció absurdo y extraño ver a mi hermano haciendo el amor en medio del Caribe, pero pensé que podría estar confundido; de hecho, me agarré a esa posibilidad. Me crucé con Albertito. Estaba hablando con una chica de la capital. Le contaba algo de su hermano, pero a mí me pareció que Albertito mentía.
Empezó a caer la tarde y la luz me pareció hermosa. El ritmo de frenesí y fiesta que había imperado a lo largo y ancho del cayo me pareció que menguaba con la luz, como si se estuviera perdiendo la energía. Me puse a caminar solo por la orilla. Avancé hacia una zona del cayo donde todo era maleza y vegetación y se hacía muy difícil avanzar. Me picaron algunos mosquitos, pero seguí avanzando. No sé en qué momento sentí de nuevo la soledad, el vacío y la desazón. ¿Qué quería hacer con mi vida? ¿Qué era exactamente mi vida? ¿Qué hacía ahí, en medio del Caribe?
La luz naranja del cielo se iba volviendo azul oscuro y negro. Un barco pasaba a lo lejos. Pensé en C. Podría estar C en ese barco, en una vida ordenada y amable. Deshice el camino. Crucé el cayo hasta la otra punta, donde teníamos nuestra carpa. En esa zona del cayo había familias y el ambiente era distinto. A mi lado una familia cenaba con sus hijos; era un ritmo calmado y distinto del otro lado del cayo, donde la gente joven se bañaba en alcohol y locura. Pensé en volver, pero no volví. Me quedé mirando a las familias, las luces de los campings encendidas iluminando las palmeras, el ruido suave de las olas en la orilla. Tuve ganas de llorar, pero no lloré. Es extraña la tristeza.
Mucho rato después volvió mi hermano. Venía borracho, pero aún permanecía en zona de control.
—¿Por qué te has venido?
—No lo sé.
—¿Nos volvemos mañana a casa?
—Sí, ¿no?
Nos acostamos al rato, agotados, rendidos. Albertito nunca volvió.
A la mañana siguiente, temprano, nos despertamos. Comimos atún y pan. Deshicimos la carpa. Yo recorrí el cayo hasta el otro lado para avisar a Albertito. Estaba dormido en la arena. Lo desperté y le dije que mi hermano y yo nos queríamos volver; él contestó que se quedaba con los de su colegio.
Logramos una lancha de vuelta con bastante rapidez. En la lancha no hablamos. Hacía un calor increíble. La belleza del Caribe tiene algo deslumbrante, pero enigmático. A ratos no parece real. La humedad del Caribe es distinta a todas las humedades. Muchas veces he pensado que, de haber un centro del universo, seguramente esté en ese mar.
Al llegar al embarcadero de Chichiriviche el ambiente era suave. Un lanchero nos dijo:
—El pueblo está vacío. Están todos en la playa.
No teníamos idea de cómo volver a casa. No sabíamos horarios de autobuses ni si saldrían en las próximas horas. Atravesamos el pueblo callados. Me sentí agradecido de ir con mi hermano. No hablábamos, pero estoy seguro de que sentíamos lo mismo.
En la calle principal de Chichiriviche, el viernes santo a mediodía, no pasaba nadie. Hacía un calor bestial. Olíamos mal, teníamos el estómago revuelto, no nos quedaba casi dinero, pero sobre todo teníamos una sed atroz. Uno de esos autobuses destartalados y antiguos que hay por todo el país tenía un letrero que ponía: Barquisimeto. Le preguntamos si saldría pronto. Nos dijo que terminaba de comerse la arepa y volvía, pero que no llevaba pasajeros. Le pedimos, por favor, que nos llevara, que le dábamos todo el dinero que teníamos. Cuando le dijimos la cantidad, el tipo se rió con sorna. Pero, en un acto de humanidad inesperado, nos dijo que nos llevaba.
Hicimos el viaje en un autobús vacío. El asiento se despegaba del suelo del autobús. Fue incómodo y caluroso. Entraba brisa por la puerta abierta. El paisaje de la región es frondoso y alucinante. Mi hermano dijo que no aguantaba más, pero que era conveniente no quedarnos dormidos los dos. Le dije que no se preocupara, que no me iba a dormir.
Entramos en la ciudad vacía. El tipo nos dejó en la avenida Venezuela, a un par de kilómetros de casa. No recuerdo más. Recuerdo que la ciudad vacía me parecía un símbolo delgado; no sabía de qué, pero de algo. No creo en señales, pero me parecía ver una. Volví a pensar en C, que a su vez también era un símbolo. Pensé en la tristeza y en la alegría, en los escenarios. Me vino por momentos el color del mar Caribe. Me sentí extraño y alegre. Esa noche dormimos catorce horas.
