Al montarnos en el coche, vimos que quedaba poca gasolina, pero calculamos que nos daba de sobra para llegar al pueblo. Juan ni debatió: se desvió hacia el asiento de copiloto como dejando dicho que sus opciones de conducir eran nulas. Pusimos música de Los gaiteros de San Jacinto, que era el grupo que habíamos bajado a ver, y aún estábamos en ese estado emocional parecido al amor o la locura cuando ves un grupo que has disfrutado mucho. No sé quién tuvo esa idea de mezclar el dub con la música tradicional, pero lo cierto es que me sumí en un estado de hipnosis o ausencia. Cuando salimos del aparcamiento, la ciudad me pareció otra ciudad. Es como si los edificios permanecieran, las calles, la estructura ósea de la ciudad, pero el flujo sanguíneo fuera otro. Incluso los habitantes parecen otros. Cada vez me gusta menos bajar a la ciudad, porque me siento ajena a este nuevo mundo. En el semáforo de la rotonda de la salida 7 nos detuvimos porque estaba en rojo. Fue cuando Juan debió de estar en el pico de la intoxicación, porque se quedó mirando a tres jóvenes que cruzaban. Los miró con tristeza y nostalgia, pero también aturdido. Le pregunté si estaba bien y no me contesto directamente.
—La gente ya no vive aquí. Se ha roto algo —dijo.
Yo no contesté. Sonaba la gaita de "El fin del mundo". Esos ecos que se pierden resonaban por el coche y parecía que salían hacia afuera. Juan miraba hacia el frente y pensé que lo mejor era que se durmiera. Entonces enfilamos la salida 7 por la vía noroeste. No había apenas tráfico, habíamos pasado ya a la noche del siguiente día y conduje concentrada, porque en el fondo me aterra conducir. Juan entonces me habló de un lobo que vio de pequeño y que siempre se le aparece en sueños. Yo siempre que me habla del lobo pienso que se lo inventa, pero esa noche, cuando me habló del lobo, le puso nombre.
—Pero Juan —le dije casi con humor—, no sabía que se llamaba Simón.
Cuando ya estábamos fuera de la ciudad y las luces desaparecen en la autovía, me quedé mirando con deseo hacia la sierra. Allí, enterrado en la ladera de la Peligrosa, está nuestro hogar. De repente me pareció que estábamos más lejos de lo que estábamos. El coche avanzaba solo, porque uno no conduce, es la máquina quien avanza. Uno solo mueve los pies y las manos, pero el traslado sucede ajeno a nosotros. Me desvié a la comarcal. Juan y yo, y probablemente todos los habitantes del pueblo, odiamos conducir de noche por ahí. No se ve nada, la carretera es estrecha y está olvidada por las autoridades. El monte gana la batalla a la civilización y en general es para celebrar, pero por las noches deseas que la dictadura de la civilización fuera más despedida con el asfalto.
De día la carretera atraviesa hermosos campos; de noche estás sumido en la negritud y el vacío. Se ven las luces rompiendo inocentemente la noche. El silencio no es paz. Juan no cerraba los ojos, pero no estaba en el presente. Habíamos dejado de hablar. Yo intentaba concentrarme en esas atmósferas profundas del dub de los gaiteros. Las líneas intermitentes de la carretera iban a ritmo o al menos lo parecían. Estábamos atravesando un pequeño fragmento de la nada cuando, de golpe, en medio de la carretera vi la figura de un hombre alzando la mano con cara de susto. Frené violentamente. Juan volvió de no sé dónde casi dando un grito. Yo me quedé paralizada. Durante unos segundos la imagen se detuvo. Juan me miraba, yo miraba al hombre iluminado por las luces del auto en medio de la vía. Con la mano alzada se fue acercando al coche. Quizá tuve que haber arrancado, pero no pude.
—Ayúdenme, por favor —dijo golpeando mi ventanilla.
—Arranca —dijo Juan.
Pero yo estaba con los músculos congelados. Mi cerebro no gobernaba el movimiento de mi cuerpo. El tipo volvió a golpear la ventanilla.
—Por favor. Ayúdenme.
Juan y yo nos miramos. Entonces el hombre abrió la puerta.
—¿Qué le pasa? —pregunté.
—No sé dónde estoy —contestó aterrorizado—. Llévenme, por favor, al sitio más cercano y les dejo en paz.
Se subió en la parte de atrás. El disco de Los gaiteros había dado la vuelta y estaba en bucle y sonaba de nuevo "El fin del mundo". Miré por el retrovisor al hombre. Era más joven que nosotros. Estaba sudado y totalmente despeinado. Pensé entonces que habíamos cometido un grave error. Arranqué el coche y seguí dirección a La Perla, que es el primer pueblo de esa vía. Le dejaríamos ahí y olvidaríamos cuanto antes ese episodio. Sonó un teléfono. El hombre se lo dio a Juan.
—Conteste usted, por favor. No recuerdo nada —le dijo dándole el teléfono a Juan.
Juan atendió.
—¿Hola?
—Por el manos libres —le dije nerviosa.
—Pásenme a mi hermano —dijo la voz metálica.
—Le está escuchando —dije yo nerviosa.
—Déjenle ahora mismo en el arcén. Se lo suplico —dijo la voz expandiéndose por el coche.
Intenté frenar, pero Juan me dijo que no frenara.
—Vamos a avanzar cinco kilómetros y le dejaremos en La Perla —dijo serio Juan.
Pensé que para Juan todo esto sería irreal, porque lo cierto es que lo parecía.
—Ustedes no saben lo que están haciendo. Déjenlo ya mismo. Están llevando a un asesino.
Yo quise frenar, pero en ese momento el hombre, desde detrás del coche, dijo que eso era mentira.
—No le haga caso a esa mala persona —dijo mirándome por el retrovisor.
—¡Bájate! —gritó violento la voz en el teléfono.
—No voy a bajar. No voy a volver. No vais a saber nunca nada más de mí. No vais a ser capaces de encontrarme —dijo mirando al teléfono.
Luego me miró a través del retrovisor y me dijo:
—Créame, no soy yo el asesino. Yo soy la víctima.
Estábamos entrando en La Perla. Juan me dijo que fuera hacia la comisaría. En las afueras de La Perla, donde la fábrica de muebles, vimos un coche con las luces encendidas. Pensé que podía ser que quien estaba en el interior fuera la voz del teléfono, pero al pasar y mirar para identificar, vimos una pareja haciendo el amor en una posición absurda. Juan, inapropiadamente, rió a carcajadas. Pensé que aún estaba fumado. Detuve el coche y le dije al hombre que se bajara. Pero el hombre no quería bajar. Estaba aterrorizado.
—Me van a matar.
—Pero ¿qué es lo que está pasando aquí? —dijo Juan más serio de lo que le había escuchado nunca.
—Que ha comenzado el fin del mundo —dijo casi llorando.
Juan me miró con desconcierto. Yo miré al frente y vi venir a dos hombres. Quise arrancar, pero en ese momento el hombre abrió la puerta y salió corriendo. Los dos hombres que venían salieron corriendo tras él. Un minuto después la calle estaba vacía, como si nada hubiera pasado. Miré a Juan con nostalgia. No sé por qué, pero sentí una extraña tristeza. Arranqué el auto y salí de nuevo a la comarcal. Aún nos quedaban 15 kilómetros. Avanzamos silenciosos, tratando de asimilar. De nuevo el coche y la noche profunda en medio de la comarcal. Las líneas discontinuas como un ritmo olvidado. Miré el indicador de gasolina, porque alertaba de entrar en reserva.
—No frenes —dijo Juan casi gritando.
Pero estaba atravesado en el medio. Mirando sudado y nervioso. Frené en seco.
—Ayúdenme, por favor —dijo golpeando mi ventanilla.
No nos dio tiempo a reaccionar. Se subió en la parte de atrás. Juan miró al frente. Aturdido, ausente, extraño:
—No sé dónde estoy —dijo aterrorizado el hombre—. Llévenme, por favor, al sitio más cercano y les dejo en paz.