Mi abuela conducía el Ford Fiesta hacia la sierra de Madrid concentrada y silenciosa. Se había sacado el carnet mayor. Miraba al frente con enorme atención. Sé poco de ella, o está tan distorsionado todo, que ahora me acerco a su recuerdo y, si hago el esfuerzo, soy capaz de percibir lo que había antes de estar contaminado de todo lo que luego escuché sobre ella. Llegué a temer a esa mujer. Era la materialización de un miedo no sostenido. Un miedo infantil y difuso que marcó mi infancia. Y, sin embargo, ahora, mientras evoco ese coche y a ella conduciendo, soy capaz también de recordar que no había nada de aquello, que además del miedo infantil, estaba la contaminación. Como el olor a pescado de mi abuelo, ella también tenía un uniforme invisible, y no se lo puso ella.
Mi abuelo iba dando cabezadas y diciendo algunas frases divertidas. Era amable el ambiente en ese coche. La verdad es que no puedo decir lo contrario. Pero lo cierto es que esa escena que inauguraba un fin de semana que se había repetido varias veces en mi vida se vería dinamitada por la separación de mis padres. Y todo aquello, que hubieran sido rutinas, escenas que construirían la infancia de mi hermano y la mía, no volvió a ocurrir. Es extraña la normalidad, porque casi siempre es anormal.
Mis abuelos paternos tenían una pequeña casa en la sierra. Estaba en una zona apartada, de caminos de tierra, una zona muy poco construida, algunas casas desperdigadas por parcelas sin marcar. Al fondo había algunas montañas bajas y un pequeño riachuelo pasaba a escasos metros de aquella Casa Blanca con jardín que durante décadas recordé enorme. Al otro lado del riachuelo había una casa enorme, una especie de palacete abandonado, que fue la imagen del terror en algunas pesadillas de mi infancia. La casa era hermosa en su singularidad. Era una construcción de granito y cemento, pintada de blanco, con un jardín del tamaño de un campo de fútbol que la rodeaba por todas partes. Tenía una parra y un pequeño porche, rodeada de una valla de piedras no muy altas que dejaban ver la sierra, las montañas del fondo y algunas de las casas esparcidas por esa zona periférica de un pueblo muy pequeño.
Me encantaba ese olor a tierra y a verano, a paja, a sierra y a jara. Según llegábamos, había un acuerdo no hablado, no escrito, ni siquiera jamás comentado, donde cada uno hacía lo que le apetecía. O al menos eso entendía yo, que tenía cuatro o cinco años. Ya había aprendido a andar en bicicleta y mi pasión era salir a aquellos caminos vacíos a recorrerlos enloquecido y sin freno, porque literalmente aquella BH roja no tenía frenos, pero yo había aprendido el viejo truco de meter la zapatilla entre la rueda para minimizar la velocidad. Mi abuela siempre advertía con la misma frase: quédate alrededor de la casa. Pero la obligación de todo preso es escapar. Y yo dirigía mi ruta hacia los caminos al sur, que llevaban al monte pequeño que había al fondo. Ese camino iba casi en paralelo al riachuelo hasta que en un punto empezaba a desviarse hacia la izquierda y comenzaba una ligera cuesta hacia abajo donde solía frenar. Salvo una vez que decidí, como a veces deciden los gatos, romper la barrera de mis límites. El camino se hacía más pedregoso y unos trescientos metros más abajo aparecía una chabola o construcción muy precaria donde un perro me ladró. Me caí de la bicicleta y me hice una herida. El perro me miró desde el otro lado de una valla que otorgaba poca protección. Cuando estaba más asustado, apareció un hombre en mono azul, con una barba enorme y guantes en las manos. No me habló, me echó agua en la herida con una manguera, me dio de beber, levantó la bici, me ayudó a subir y, cuando empecé a pedalear cuesta arriba, me dijo en tono firme:
—No se te ocurra volver por aquí.
Deshice el camino a una velocidad que no hubiera aguantado ni Indurain en su pico. Llegué a la casa jadeando y aterrorizado, pero no dije nada. Mi abuelo hacía algo en la parra y mi abuela regaba el césped del fondo. Mi hermano jugaba un partido de fútbol contra un equipo imaginario. Iba ganando 6 a 0. Dejé la bici en el suelo y me acerqué a mi hermano. Me puse de portero de los imaginarios y ayudé, levemente, a parar el chorreo de goles. Cuando mis abuelos se metieron en la casa, le conté a mi hermano lo que me había pasado.
—No hagas eso —me dijo—. Nunca vayas por el camino del loco.
Me quedé paralizado, mientras mi hermano aprovechaba para marcar el 12 a 1. Final del partido.
Esa noche cenamos en el porche. Se oían los grillos y algún coche esporádico pasar por la carretera del fondo, a la entrada. Solo cuando ya estábamos rematando un flan delicioso que había hecho mi abuela, escuchamos un coche atravesando el camino de tierra hacia el fondo. El sonido del caucho contra las piedras y el camino es un sonido hermoso e hipnótico en la noche. Cuando comprendí que se dirigía por el camino del loco, sentí un pinchazo en la sien. Olía a noche. No sé cómo huele la noche, en realidad la noche no tiene un olor, pero en esa casa retirada había una potencia olfativa que ha marcado buena parte de mi biografía perceptiva. Si cierro los ojos, puedo recordar con precisión ese olor que para mí es el olor de la noche. Un olor, por otro lado, que se asemeja al del césped húmedo, al de la lavanda y quizá algo de tomillo. El riachuelo, solo a esa hora, dejaba escuchar su flujo.
La noche en esa casa era poderosa. La oscuridad alrededor y el olor volvían la noche algo indescifrable y brumoso. La noche en la tierra. La noche del ser humano en medio de la naturaleza. La casa abandonada, al otro lado del riachuelo, mostraba su contorno enigmático. Cada imagen, cada olor, cada intensidad de luz, era percibida de un modo abrumador en aquel rincón del mundo. Luego nos íbamos a la cama.
Yo debí soñar algo. Estoy seguro de que algo soñé con el camino, con el loco, con la bici y con ese uniforme invisible que llevaba mi abuela. Ahora entiendo que pasábamos el fin de semana con mis abuelos, quizá porque mis padres, que seguramente ya cada uno andaba por su lado, estaban gestionando la separación. Era una manera de mantenernos ajenos, quizá. Apartados de la guerra y del dolor. Y seguro que también soñé eso, o lo percibía de una manera inconsciente. Debía de estar agitado y me desperté muy pronto. Mi hermano dormía a mi lado y me levanté. Recorrí la casa vacía al amanecer. Salí al porche. Vi pasar al loco. El loco me miró desde el camino. Avanzaba hacia abajo. ¿De dónde vendría? Escuché, muy lejos, un gallo. Me metí de nuevo en la casa y me fui a la sala donde estaba la mesa camilla. Me escondí debajo. Me quedé allí sentado esperando no sé muy bien el qué. Tampoco sé si esperaba. Quizá encontré una explicación bajo la mesa camilla. Era un escondite hermoso y bello. Porque, por otro lado, podía escuchar todo lo que sucedía en la casa. Escuché a mi abuela levantarse, hacer café, desayunar. Luego a mi abuelo. Luego a mi hermano. Escuché a mi abuela yendo a despertarme y no encontrarme. Escuché a mi abuela preguntando a mi hermano, a mi abuelo. Les escuché a los tres buscándome. Llamándome. Salir al jardín. Escuché el portón de fuera. Escuché a mi abuela calzándose mientras mi hermano le contaba que la tarde anterior había ido por el camino del loco.
—Igual se ha ido por allí, abuela.
No me moví. Estuve agazapado y quieto mucho rato. Un tiempo que además la infancia multiplica. La casa se quedó vacía. No sé cuánto tiempo pasó. Hasta que escuché, o noté, al perro dentro de la casa. Jadeaba, husmeaba y finalmente me encontró. Levantó la falda de la mesa y me miró de frente. Salí, como pude, por el otro lado. Fue cuando vi al loco parado en medio del salón, unos metros más allá del perro. Nos quedamos mirando. Llamó al perro, lo cogió por el cuello y me volvió a mirar.
—Recuerda no volver nunca más por el camino. ¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes de verdad?
Dije que sí con la cabeza. Tuve ganas de llorar. Salieron y la casa volvió a quedar en silencio. Algunos minutos después aparecieron mis abuelos y mi hermano. Mi abuela me miró sorprendida.
—Pero, ¿dónde te habías metido?
—Estaba durmiendo.
Me miraron desconcertados y perdidos. Entonces me vino el olor a pescado y sentí, por primera vez, miedo de esa pobre mujer.