martes, marzo 17, 2026

La colonia en la foto de 1949

Mi hermano Marcos había dejado la casa de mis padres unas semanas antes —aunque el tiempo nunca sea exacto—. Se había instalado ahí después del divorcio. Nosotras no teníamos prisa por vender: esa casa es (¿será?) nuestra herencia, pero mi hermana Petra y yo tenemos una situación más o menos estable y podíamos esperar un tiempo para venderla. No nos corría prisa. Marcos, sin embargo, estaba sumido en una forma muy profunda y vasta de dolor. Su mujer se había ido con un compañero de trabajo y Marcos se quedó atrapado en la tristeza y casi en la parálisis. Dejó de trabajar y, por tanto, de tener ingresos. La casa, por la que no le cobrábamos nada, le venía bien.

Los primeros meses apenas salía. Cuando Petra me llamaba, yo le decía que haber vuelto a la casa de mis padres —que habían fallecido de forma misteriosa y traumática un año atrás (¿?), casi a la vez, separados por dos días de diferencia, o ese tiempo que equivale a cuarenta y ocho horas— no era, quizás, la mejor idea. Era la casa donde habíamos pasado nuestra infancia. La colonia seguía igual que cuando éramos pequeños. Las hileras de bloques de ladrillo, la iglesia central y la plaza con ese flujo vivo que tuvo siempre cada tarde. El colegio, los niños de la colonia saliendo cada tarde a la plaza. Todo eso sucedía en ese espacio amplio, protegido y cerrado. Un universo propio dentro de la ciudad. Con frecuencia se ha comparado a la colonia con un pueblo y ciertamente lo es. Un pueblo anclado en medio de una ciudad que tiende a la locura y al crecimiento salvaje y desproporcionado.

A veces quedaba con Petra para ir a visitarle. No somos familia de hablar de sentimientos, pero nos une la solidaridad. Marcos estaba mal. Apenas se levantaba de la cama. Quedaba con mi hermana en la puerta. Atravesábamos la colonia. Ese flujo diario de gente entre las casas y la plaza, entre el colegio y los portales. Nunca he sabido cuánta gente habitaba ahí dentro. Para llegar a nuestro portal, atraviesas casi todos los bloques. Nuestro portal es el más remoto desde cualquiera de las entradas. Parecía una metáfora del estado emocional de Marcos. Teníamos que llevar llaves, porque si llamábamos, ni siquiera se levantaba a abrir.

Pero con los meses se fue animando. Marcos es un físico nuclear de prestigio. A veces, con características de genio. Un carácter que tiende al caos, probablemente porque su mente ordena en exceso. Torpe en lo emocional, brillante en lo pragmático. Marcos no ve la realidad que vemos nosotros. Ve moléculas en movimiento. No mide el tiempo como lo medimos los demás: lo fragmenta. Volvió a la actividad laboral, no sin esfuerzo, pero siendo consciente de que en el trabajo estaba su salvoconducto, su salvación. Fue cuando nos comunicó que se iba del país, que le habían ofrecido un puesto para un proyecto muy ambicioso en Estados Unidos y que dejaba la casa.

—Es hora de venderla —dijo con un tono algo melodramático y rotundo.

Todo fue rápido (eso creo). Marcos dejó la casa y se fue. Se despidió efusivo. Se le veía afrontar con entusiasmo su nueva etapa. Cuando le preguntamos cuánto duraría el proyecto y cuándo volvería, contestó esquivo: con el tiempo nunca se sabe.

Petra y yo fuimos a ordenar la casa y acomodarla para la venta. Nuestro hermano la había dejado en un estado deplorable. No había nada en su sitio. La cocina estaba repleta de cajas vacías o a medio vaciar. Había tazas repartidas por todas partes. Platos sin limpiar, escondidos en las esquinas más remotas e imposibles. El tiempo que había pasado ahí había sido una acumulación de caos y desorden.

Estuvimos, probablemente, un par de días trabajando y ordenando todo. Al terminar, pusimos el apartamento en una web de anuncios, calculamos por encima el precio y me ofrecí a enseñarlo yo a los interesados, ya que vivía muy cerca de la que fue la casa de mis padres. A Petra, que vivía algo lejos, aquello le pareció una gran noticia y agradeció mi ofrecimiento.

—Con el tiempo te lo pagaré —sonrió cariñosa.

El tiempo, si es que el tiempo, como lo asumimos, existe, pasó extraño a partir de entonces. Como no había prisa, ni Petra ni yo perdimos la paciencia. Casi no había llamadas. A partir del segundo mes, cuando bajamos cinco mil euros, las llamadas empezaron a ser esporádicas, con algo más de frecuencia.

Algunas tardes paseaba hasta la colonia. Desde que me fui (me iré) de allí, con veinte años, solo iba cuando mis padres estaban vivos y nos invitaban a comer algún domingo o en Navidad. Sin embargo, después de la muerte de mis padres y el año extraño de Marcos, una forma de cariño y nostalgia empezó a surgir en mí por la colonia. Algunas tardes paseaba por allí. Viendo a los niños jugar en la plaza, empecé a recuperar recuerdos que tenía un poco enterrados de mi niñez. De repente, llegaba a los recuerdos como si, todos esos años, aún hubiera estado por detrás de ellos y me hubieran estado esperando.

La colonia siempre fue un lugar peculiar. Los de la colonia parecía, de algún modo, que no pertenecíamos del todo al resto de la ciudad, como si fuéramos una anomalía, un lugar aparte. Un tiempo fuera del tiempo. Mi primer novio lo tuve ahí. La primera vez que me besé fue en la puerta de la entrada sur. Mi primera amiga vivía en el bloque frente al colegio, en el segundo piso. Se fue cuando teníamos catorce años y no he vuelto a saber de ella. Tardes de juego. Noches adolescentes en la plaza. Mi primer cigarro. Cuando empecé a pasear esas tardes, recuperé un cariño por la colonia que había permanecido (permanecerá) congelado durante muchos años. Mi hermana se casó en la iglesia, yo conocí a mi marido a la salida del cine que aún había allí. Y, sin embargo, de repente, dejamos la colonia y nos insertamos en la ciudad. Como si los dos mundos no pudieran convivir a la vez: o habitabas la colonia o habitabas la ciudad. Nunca se vivía en los dos mundos a la vez. Eran tiempos que transcurrían distintos.

Mi padre siempre contaba que vio las obras de los edificios. Nos enseñaba una foto en blanco y negro o sepia. Esos colores hermosos del pasado fotográfico. Abajo, al pie de la foto, ponía 1949. Se veía la colonia desde la avenida, que aún no estaba construida. Era aún un camino de arena sin asfalto. La foto era de unos meses antes de que entrara la gente a vivir. En la plaza, casi en miniatura, se ve a tres mujeres. Dos sentadas y una que corre mirando hacia la cámara. Siempre pensé que estaban jugando.

—Esto era la periferia de la ciudad. La colonia está construida sobre un antiguo cementerio —decía con voz de locutor, porque le gustaba que Petra se asustara pensando que habitábamos sobre un campo de calaveras. Y Petra, pequeña, miraba la foto, probablemente imaginando fantasmas bajo esos edificios recién hechos y aún sin estrenar.

Las ciudades son capas, pensaba en esos paseos cada vez más frecuentes. Los siglos posteriores cubren los anteriores. La colonia cubre lo que fue lugar de restos fúnebres, que previamente había sido solar. Las capas de ladrillos son, a su vez, capas de la historia. Todos los tiempos suceden a la vez. Marcos, cuando estaba más sociable, hablaba de esas formas difusas del tiempo molecular. Todo sucede cuando sucede porque está siendo observado. Pero yo no entendía muy bien a qué se refería.

Entonces, esa tarde, suena el teléfono. Una voz de una chica muy amable preguntaba por el apartamento. Estaba interesada y quería venir a verlo con su pareja. Nos citamos dos días después, a las cinco de la tarde. Pensé que era una buena hora porque así verían la salida del colegio, la actividad y el flujo peculiar de la colonia, en su forma de vida autosuficiente.

Dos días después, las esperé debajo de una de las puertas de hierro, la entrada más al sur, por la calle menos transitada, donde el 1950 indica el año de inauguración. Eso les dije a las dos chicas cuando aparecieron puntuales.

Desde esa entrada se recorren prácticamente todos los bloques de la colonia y te haces a la idea de su forma y del ambiente. Efectivamente, había niños saliendo por todos lados, el bullicio alegre de los primeros días de primavera.

—Qué curioso —dijo una de las chicas—, nunca había entrado aquí.

Fui explicando algunas cosas. Conté que incluso tuvimos cine cuando éramos pequeñas. Los colegios, los supermercados, la casi autosuficiencia interna.

—Puedes vivir sin pisar lo de ahí afuera —dije casi orgullosa, como si de verdad la colonia no perteneciera a la ciudad.

A partir de ahí, yo no noto el cambio. No sé cuándo sucede. Entramos en la casa. La vamos recorriendo. Incluso abro algunas ventanas y juraría que se sigue oyendo el bullicio de niños. El ajetreo vivo de una tarde primaveral en la colonia. Las chicas muestran cierto interés. Hablan de reformar el espacio, de cambiar patios. Me preguntan cosas concretas de la comunidad. Ven la cocina. Una de ellas parece arquitecta o sabe mucho sobre el tema y revisa tabiques y paredes. Le dice a la otra que se puede abrir hueco para ganar espacio en el salón. Cosas que a mí siempre me ha costado ver.

Entonces salimos. Bajamos la escalera y alcanzamos el patio entre bloques. No se nota nada de primeras. Solo la extrañeza del silencio y de que, de repente, no hay ningún coche aparcado. Los bloques están vacíos. Es como si el planeta se hubiera quedado vacío de repente. Las chicas también notan algo extraño, pero no dicen nada. Yo empiezo a asustarme, pero no lo comunico.

Avanzamos por el patio de nuestro bloque, giramos a la derecha, desde donde ya se empieza a ver la plaza y parte de la iglesia. No hay nadie. No hay ni un coche. Miro a las casas y la impresión es de que están deshabitadas.

—¿Lo notáis? —pregunto.

—Sí —dice la más morena.

Ellas se agarran de la mano. Yo tengo ganas de hacerlo, pero el pudor y la falta de confianza no me dejan.

Caminamos hasta la puerta de la iglesia. Está cerrada. No hay manera de abrirla. La plaza está totalmente vacía y lo que antes eran negocios ahora son espacios vacíos. Al fondo, por la avenida, no pasa ningún coche; al otro lado, no hay ningún edificio. La colonia está suspendida en la nada, o eso me da por pensar.

La menos morena se sienta. La otra la abraza. Yo, sin saber muy bien por qué, salgo corriendo hacia lo que era la avenida. Digo "lo que era", porque la avenida ahora es un carril de tierra que baja hacia el sur. Estamos, comprendo, en las afueras de la ciudad. Veo a lo lejos a un hombre al otro lado de lo que debería ser la avenida, donde deberían estar los edificios de fuera. Su indumentaria es antigua. Va de negro, lleva un sombrero y una cámara. Está encuadrando hacia nosotros. Me acerco casi corriendo, en una carrera que podría haber durado décadas, pero que dura segundos, y le pregunto:

—¿Qué ha pasado?

El hombre me mira como el que mira la inmensidad, como el que mira una máquina en combustión, como el que mira el fuego. No me entiende. No sabe a qué me refiero.

—Nada. Simplemente estaba tomando unas fotos. Me las ha encargado el arquitecto —me dice pausado y amable.

A partir de ahí, mi cabeza se divide en dos fragmentos claros: uno quiere comprender, el otro asume una forma de locura. Ambos batallan por darle la razón al otro.

Giro la cabeza. Entonces reconozco lo que veo: la imagen que tengo ante mí es la foto en sepia que nos enseñaba mi padre. Es difícil de procesar y de entender. Ahora no hay sepia. Lo que veo son los colores de la realidad. Reconozco la foto de la colonia de la época en que se inauguró, cuando la avenida aún no estaba construida. Es la misma imagen, pero ahora solo falta la mujer que corre y mira a cámara; porque, y eso lo descubro en ese instante, la foto que yo recuerdo ha sido tomada en el mismo instante en que yo venía hacia él.

Nada de lo que está sucediendo está sucediendo aquí, pienso en un arrebato filosófico, físico o astral. Todo lo que pienso me parece diluirse.

En algún momento, en el que todo ha dejado de ser secuencial, le pregunto al hombre:

—Pero, ¿dónde estamos?

Me mira, casi preocupado o molesto, porque está centrado en la foto, en el encuadre, en que todo salga bien.

—Estamos frente a la nueva colonia. ¿No la conoce usted?

Entonces, la frase "la nueva colonia" reverbera en mi cabeza. Miro alrededor. Más allá, donde había un edificio gubernamental, veo campo y campo que se extiende hacia más campo. No hay ciudad.

Corro hacia las chicas. Están abrazadas. Las abrazo también. No digo nada, pero ellas saben que algo se ha roto, si es que el tiempo se puede romper.

No sé cuánto tiempo pasa aquí, porque estoy segura de que el tiempo no transcurre igual en 1949 que allí, en 2026. Pero, pasado un rato, veo aparecer por la parte de atrás de los bloques a mi hermana Petra con una pareja. Petra me mira desde allí, pero no desde un "allí" espacial, sino desde un "allí" más amplio. Nos estamos mirando en 1949.

La pareja nos mira a mí y a las chicas. Ellos, como las chicas, habían ido a ver el piso. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? ¿Petra me había dado por desaparecida?

Intento explicar, si es que hay manera de explicarlo, y nos quedamos sentados en la plaza en 1949. No es miedo o incomprensión lo que sentimos. Es un vacío. En 1949, ninguno de los seis que estamos en la plaza existe aún. ¿Cómo volver desde donde no estás? ¿Cómo salir del encuadre de aquella foto?

Por detrás de los bloques aparece, de repente, Marcos. Le veo venir con un mono de trabajo y unas gafas que cubren casi toda su cara. Nos mira desde cierta distancia y anota algo en un cuaderno. Chequea con mirada analítica todo alrededor. Le miro, le miramos. Nadie habla. No sé si estoy asustada, enfadada o perdida, pero al menos espero que sepa llevarnos de vuelta.

lunes, marzo 16, 2026

La colección

La oferta me llegó por Lucio. Él trabajaba en uno de los chalets de la urbanización; le había llegado el comentario por un vecino mientras se afanaba en la poda de unos limoneros y del césped. Buscaban a alguien que cubriera todo el verano y parte del otoño en la última casa de la urbanización para un labor precisa. Aparentemente el trabajo era muy sencillo. La pareja se iba una temporada a trabajar a Asia, un proyecto de arquitectura o algo similar, pero eran sumamente paranoicos con sus objetos de colección, entre ellos cuadros, discos y artilugios de coleccionistas peculiares.

Por la noche la amplia urbanización estaba bien cubierta de vigilancia: dos coches de una empresa privada hacían ronda permanente por las calles vacías de esa ciudad-jardín periférica de chalets aislados modernistas de los sesenta y setenta. Pero les preocupaba el día. Demasiadas horas sin ser vigilado ese precioso chalet blanco que cerraba la calle más lejana de la entrada. El muro que daba al monte era un boquete perfecto para los cazadores de colecciones. Así que buscaban a alguien que permaneciera en la casa de ocho a ocho sin más que hacer que estar dentro para ahuyentar a los hipotéticos ladrones, pero tampoco querían un vigilante privado, alguien, pro decirlo de algún modo, más profesional 

Lucio me lo contó el día que yo empezaba a desesperar. Llevaba tres meses sin trabajo, el supermercado de la zona sur en el que trabajaba había cerrado por falta de ventas o alguna explicación poco convincente y mis recursos económicos estaban en el nivel más bajo desde que había llegado al país.

Conocí a la pareja dos días antes de que partieran. No eran simpáticos, más bien eran cortantes. Era claro que no querían establecer un contacto cálido conmigo, pero tampoco eran de esos que te tratan con desdén. Me pareció más una actitud racional, esas personas que piensan que las relaciones laborales deben estar exentas de amistad. Ofrecían un sueldo jugoso para lo que tenía que hacer.

Me enseñaron la casa. Me explicaron asuntos rutinarios. Podía hacerme la comida, debía ser cuidadoso con todo, limpio y no dejar huella: “que parezca que por aquí nunca ha pasado nadie”. No tenían televisión, tenían una cantidad apabullante de libros y cómics. En el sótano había sala de cine., comentaron. Podía usar la moto para ir al pueblo si necesitaba algo de urgencia, pero no para volver a casa.

Ese era exactamente el único inconveniente del trabajo. La urbanización estaba “donde el viento da la vuelta”, como decía Lucio. Desde mi casa hasta el chalet blanco, que se llamaba La colección, había cerca de 50 kilómetros, pero lo peor es que esa zona, adinerada y de recursos, apenas tenía transporte público para llegar. Un autobús que pasaba por la parte alta, cerca de la entrada, hasta donde andando desde La colección tardaba veinticinco minutos, más un trayecto de casi hora y media. Casi dos horas de ida y casi dos horas de vuelta, pero acepté. El dinero, como ya he dicho, era suculento.

La primera semana llegaba a las ocho. La luz de principios de verano era hermosa en el jardín. Me preparaba un café. Caminaba un poco por la casa, comprobando que no faltara nada y me sentaba en el jardín. A veces leía, a veces dormitaba, a veces simplemente me quedaba mirando el jardín. El orden preciso de los árboles y plantas. La conformación de los elementos era precisa, regular, enigmática.

A veces miraba y pensaba: ¿cómo se verá este jardín a vuelo de pájaro? Debía ser una oda a la simetría. A mediodía me hacía algo de comer, recogía y limpiaba y me dormía un poco. Las primeras tardes se me hacían largas. Escuchaba, a lo lejos, el sonido de niños chapoteando en piscinas, en los chalets de más allá.

El cuerpo tiene su cadencia con la confianza. Los primeros días me sentía extraño, tenso en ese espacio. La casa era demasiado horizontal, demasiado detallista en cada cosa y me daba miedo alterar el orden, pero me fui relajando. A veces chequeaba los cómics y los dejaba en su sitio. Empecé a leer novelas escogidas por el atractivo de su título. Empecé a poner discos en ese aparato en el que los vinilos daban vueltas hipnóticamente. Nunca había escuchado jazz, pero me resultó idóneo en ese ambiente pulcro.

Escogía al azar o por el color de las portadas. Escuché Soultrane, escuché otro que se llamaba Hello Herbie, escuché The Art of Pepper. Según pasaban los días iba repitiendo con los que más me gustaban. La colección era inabarcable. Podría pasar los cinco meses ahí escuchando discos distintos, jamás repetir, pero había algunos que me resultaban idóneos para esa extraña soledad en la que trabajaba. Quizá afectado por esas poderosas armonías, había ratos que me sentía parte de una película, una con un argumento extraño, un cine distinto, contemplativo y poco comercial, pero cine al fin y al cabo.

No sé en qué momento me animé, por fin, a meterme en la piscina. Lo cierto es que de la piscina no se me había dicho nada, ni si podía bañarme o no, pero en algún momento me animé. Como nunca llevaba bañador, me parecía un exceso que no me podía permitir, decidí bañarme desnudo y así lo haría todas las veces que me bañé.. Al fin y al cabo, los muros eran altos y los otros chalets estaban separados lo suficiente para no ser visto. El agua tenía una temperatura idónea y pasaba buena parte de la mañana zambullido al sol. Flotando o sumergiéndome. Dejando pasar el tiempo en ese estado acuoso y ligero. Ojalá el resto de mi vida laboral fuera así, pensaba con frecuencia.

Lo cierto es que a ratos me aburría. Me sentía confinado por horas, de ocho a ocho. Retenido en una casa maravillosa, pero en la que no sabía muy bien qué hacer. Así que empecé a subir a las habitaciones.Como si explorar por ahí arriba fuera una actividad trepidante.  Las líneas se saltan poco a poco. No abres un cajón en la primera visita, pero sí lo abres en la sexta.

Las habitaciones eran espaciosas, ordenadas y de una decoración bella, parecían fotos de una revista. Los armarios estaban repletos de ropa de todo tipo, ordenadas con una minuciosidad alucinante. No parecían armarios: parecían casi formulas matemáticas. Él tenía una cantidad desorbitada de trajes de distintos estilos, ropa deportiva muy elegante. Una colección de zapatos que abarcaba varios metros. Camisas ordenadas por colores, calcetines y calzoncillos con sus iniciales. Los armarios de ella eran una exposición de glamour y estética poderosa. Trajes y trajes. Vestidos de estampados, lisos, de miles de colores, lencería elegante, camisones, hileras infinitas de zapatos. Todo olía como huele la elegancia, como huele el poder, como huele la lucha de clases. Por encima de ese olor solo había privilegio.

En otras habitaciones fui descubriendo objetos de todo tipo. Objetos que no sabía qué eran. Cuchillos de colección, artilugios indescifrables, mapas antiguos, libros religiosos, catálogos de otros objetos extraños. Era todo hipnótico e hipnotizado debía de estar, porque no escuché ese día la puerta. Cuando me di cuenta, alguien me llamaba en voz alta desde abajo.

Bajé rápido. Pensé que estaba en problemas. Pensé que iba a ser asaltado, quizá secuestrado o quizá era alguien que venía a darme algún recado y no había sido avisado.

Cuando llegué abajo un tipo joven me saludó amable.

—Disculpa —dije a modo de excusa—, pero prefiero ir al baño arriba.

No sé qué pensó, pareció darle igual.

—Vengo a limpiar la piscina. Lleva dos semanas sin ser revisada. Pero es mejor darle mantenimiento aunque no esté siendo usada —me dijo irónico, dando a entender que sabía que me estaba bañando diariamente.

Estuvo un buen rato haciendo su labor y cuando terminó se me acercó. Me estuvo preguntando amable por mi labor. Que si me aburría y qué tal lo llevaba.

—¿Sabes algo de la vida de ellos? —me preguntó serio.

—La verdad es que no. Hablé con ellos una tarde, me explicaron lo que tenía que hacer y poco más —contesté sincero.

—Mejor así. Cuídate —me dio una palmada en el hombro- Vendré la semana que viene- y se fue

Me quedé en un estado extraño entre la alerta y el desconcierto. El muchacho era guapo, esbelto, esos chicos de hoy preocupados por su salud y las formas de su cuerpo,  pero me producía desconfianza. ¿Por qué no me habían avisado de que vendría?

Ese día, mientras subía andando hacia la parada de autobús, en ese trayecto por calles vacías donde oyes el bullicio de la caída de la tarde, de niños que aún se bañan dentro de esos chalets amplios, le vi entrando en otro chalet. Cuando avancé y observé el lugar en el que había entrado, me di cuenta de que estaba abandonado. El desconcierto y la alerta, entonces, se instalaron en mí casi de modo permanente.

Los días se me hacían eternos, cada vez más aburridos. Me di cuenta de que llevaba semanas sin socializar. Salía a las seis de casa y llegaba a las diez de la noche. Luego me pasaba el día ahí metido, en ese confinamiento extraño. Fue entonces cuando decidí que, para qué perder cuatro horas diarias de trayecto. Me empezaría a quedar a dormir. No usaría ninguna cama, había sofás y espacios suficientes para pasar la noche.

Vi entonces, por primera vez, la noche entrar en la casa. Las luces estaban colocadas con una precisión casi cósmica. Con la misma precisión que el caos, el azar o Dios habían colocado los planetas en las galaxias. Todo cobraba un aire de hermosa irrealidad. La piscina, en el jardín, parecía flotar. La simetría ahora se volvía enigma, porque todo era una confrontación de luces y sombras absolutamente apabullante.

Me quedé tumbado en una de las hamacas. Me puse un vinilo que se llamaba Cornbread. En algún momento me quedé dormido. Cuando abrí los ojos de madrugada sonaba el vinilo encallado en el track final. Ese sonido crujiente me hizo creer durante unos segundos que aún dormía, pero me di cuenta de que no porque escuché unas voces que venían de abajo, del sótano. Una forma indescifrable y amarga de pánico me subió hasta la garganta.

Me puse de pie. Intenté caminar sin hacer ruido y empecé a bajar la escalera. En el mes que llevaba yendo nunca había bajado al sótano y me sentí irresponsable por ello. Quizá diariamente debía haber chequeado también abajo, pero recordé que nunca se me habló del sótano o solo se me había dicho que tenia una sala de cine. La puerta estaba medio entornada y se escuchaba una voz grave. Entré con cuidado. Había una luz tenue. Me apoyé en un muro y me asomé sigilosamente para ver.

Había tres personas desnudas. Uno de ellos estaba atado con artilugios por todo el cuerpo. Los otros dos le acariciaban. La voz más grave, descubrí entonces, era la del dueño de la casa. El que estaba atado era el piscinero. Salí de ahí corriendo intentando no hacer ruido. Arriba me calcé y salí del chalet. Hice lo que había hecho todos los días: cerrar y dejarlo todo bien acomodado, pero en estado de absoluto pavor.

Me vi, de repente, de madrugada en medio de la urbanización sin saber muy bien qué hacer. Caminé por las calles vacías. Casi todos los chalets a oscuras. La noche de verano en todo su esplendor. En uno de los chalets más arriba había una fiesta. Desde la acera escuchaba el ruido de músicas y murmullos. Me fui al parque de niños que siempre estaba vacío, donde nunca había visto a nadie, me senté en un banco y esperé el amanecer.

Cuando amaneció me fui a la parada de autobús. No sé muy bien por qué.

Me quedé un rato allí sentado y volví a bajar a La colección, como si estuviera comenzando de manera normal mi jornada.La casa estaba perfecta. No había señales ni huella de nada.

Bajé al sótano. Descubrí que el sótano estaba cerrado con llave, lo cual por un lado me alivió. No era tarea mía chequearlo diariamente. Me zambullí en la piscina desconcertado y cansado, apenas había dormido y tratando de entender qué había sucedido la noche anterior. Floté un buen rato sin pensar en nada concreto, solo sintiendo una forma de desazón y angustia. Me sumergí varias veces. En el fondo del agua me venía la imagen del dueño desnudo y del piscinero amordazado. Todo, de repente, me pareció irreal. Sobre todo mi propia vida.

Con la excusa de ir a comprar algo con la moto salí, pero lo que quería era pasar por el chalet abandonado y ver si estaba allí el piscinero. Pasé por la puerta, pero no había rastros de nadie allí. Seguí hasta el pueblo. Entré en el supermercado para comprar algo de comida. En la sección de bebidas le vi. Estaba comprando alcohol y embutidos. Intenté que no me viera. Pagué y salí. En el parking le volví a ver. Se subía a un coche de alta gama. Me saludó desde lejos con una sonrisa.

—¿Todo bien? —me preguntó.

—Sí, comprando algo de comida.

Y le saludé con la mano.

Le vi salir del parking y le seguí de lejos. Avanzó por la carretera en dirección a la urbanización, pero en la rotonda, en vez de entrar, siguió de largo hacia la autopista.

El resto del día lo pasé con una sensación extraña. ¿Qué hacía el dueño esa noche en el sótano si estaba en Asia? Estaba decidido a seguir durmiendo en la casa. Llegué a dudar de mí. Quizá había sido todo un sueño. Llevo demasiados días solo, pensé.

Los niños del chalet más cercano se pasaban el día dando gritos y zambulléndose en la piscina. Aquello que al principio me acompañaba empezó a resultarme molesto, agotador. Cada vez ponía los vinilos a más volumen para no escucharles. Había un disco que me sumía en un estado poderoso de ausencia. Como si todo lo que estaba viviendo fuera una ficción. Ese estado me gustaba. El disco se llamaba West Coast Time. Decidí que una vez que terminara ese extraño trabajo intentaría aprender y buscar discos de jazz. Estaba siendo una revelación todo aquello para mí. Me aletargaba, me inducía a una forma de pensamiento desconocida para mí. Un pensamiento nebulosa. 

Cayó la noche, me quedé en la tumbona. Aguanté despierto. Quería ver, notar, descubrir si había un momento exacto en el que entraban. Pasó mucho rato pero no aparecía nadie. Lo que sí sucedió , ya de madrugada, es que empecé a escuchar las voces desde el sótano. “Deben entrar por otro acceso”, pensé. El temor, la incertidumbre y el pánico se hicieron más agudos, por momentos insoportables.

Bajé de nuevo con cuidado. Abajo la escena era la misma. El piscinero atado, el dueño de la casa y otro hombre desnudos acariciándole mientras decían palabras en un idioma que no lograba descifrar. ¿Alemán? No lograba identificarlo.

Esta vez la novedad era que más atrás estaba la dueña. Desnuda también. Miraba a los tres hombres estática, firme. El cuerpo era perfecto, de una belleza alucinante. Por unos instantes que consideraré absurdos sentí un deseo muy profundo por ella.

Me quedé mucho rato mirando desde un recoveco que era perfecto para espiar. La mujer se acercó al piscinero. Le besó con una intensidad arrebatadora. Si hubiera que definir pasión con una imagen, yo la vi en ese beso. Luego la mujer se dio la vuelta y abrazó a su marido, que se puso a llorar. El otro hombre era una especie de espectro. Como si nadie le viera. Por momentos pensé que solo le veía yo.

Volví a mirar el cuerpo de la dueña. El deseo que me producía era descontrolado, pero me producía rabia, porque era inoportuno, extraño, ridículo. El acto, o lo que fuera que hacían, no parecía tener un patrón o un ritmo marcado. Todo sucedía de un modo improvisado. Pensé que se parecían al jazz que estaba descubriendo esas semanas.

Cuando vi que podía hacerlo, salí del sótano y fui arriba. Esta vez me fui hasta las habitaciones. Me metí en la que estaba más al fondo y que parecía poco usada. Me dormí allí con la puerta cerrada. Me sentía protegido y a salvo. Caí exhausto. Abrí los ojos cuando amanecía. Bajé al sótano y estaba cerrado.

Pasé el día deambulando por los armarios de la dueña. Encontré fotos. Encontré ropa que olía de esa manera tan imponente. Encontré perfumes, maquillaje, libros. Era como reconstruir su vida con los elementos que la adornaban, si se puede llamar adorno a todo lo estético que conforma nuestra existencia. Era un puzzle de su mundo externo para imaginarme el interno. Es enloquecido y delirante, pero sentía una forma de enamoramiento extraño. En las fotos me parecía guapísima. Podía imaginármela bajo el olor de aquellos perfumes. Reconoceré, claro, que también abrí los armarios en la parte de la ropa interior. Había algo pasional que no sentía desde hacía tiempo. Llevaba un par de años en ese país y los asuntos del amor y la pasión habían quedado relegados a un plano inexistente.

Algo adictivo me tuvo todo el día merodeando por armarios y alcobas. Abría cajones, miraba vestidos, abría puertas de armarios. En la mesilla de noche fue donde descubrí el primer diario. Los empecé a leer en un estado parecido a la fiebre o a la locura.

No eran diarios donde se hablara de lo sucedido día a día. Eran reflexiones extrañas sobre la vida, sobre la muerte, sobre el deseo, sobre la locura y sobre la política. Según avancé por aquellas páginas descubrí entonces que estaba cuidando la casa de unos dirigentes fascistas. Páginas y páginas dedicadas a hablar de una nueva construcción social, alejada de la impureza de los malditos. De limpiar la inmoralidad y el contagio de las razas fusionadas. De la contaminación de los pensamientos enfermos del marxismo. El aniquilamiento total del comunismo. El resurgir de un mundo nuevo, hermoso y bello. Acabar con las detestables nuevas ideas. La vuelta al orden familiar, religioso y puro.

En todo aquel delirio había a veces reflexiones sobre el deseo. La búsqueda del placer a través del dolor y el sufrimiento. Había pasajes explícitos sobre sexo. La mujer detestaba el sexo con su marido, pero le amaba como compañero. Describía las formas musculares de personas de ambos sexos. Lo importante es la piel, decía con frecuencia.

Leí muchas páginas. Entré en una forma de asco y dolor, pero no podía evitar la atracción por esa mujer. Me bañé en la piscina. Me sequé. Era media tarde. Había decidido dormir otra vez ahí y ver si volvían al sótano.

Cuando me estaba vistiendo entró el piscinero. Sentí entonces una forma inabarcable de terror.

Me saludó con desgana.

—¿Qué tal lo llevas? Ya vi que te estás quedando a dormir —me dijo con un tono que parecía triste. Me sentí descubierto.

—No te preocupes. Lo entiendo. No diré nada —me dijo.

Limpió la piscina. Se acercó, me dio otra vez una palmada en el hombro y se fue. Escuché el coche subir cuesta arriba por la calle larga hacia la entrada.

Me quedé solo. Puse un disco que se llamaba On Impulse!. Me tumbé en el césped. Cerré los ojos después de mirar un rato las estrellas.

Abrí los ojos al rato por puro instinto. La mujer estaba sobre mí. Mirándome de pie.

Intenté levantarme, pero no me dejó. Me pisó las manos con los pies. Intenté ver si había alguien más. Noté el olor del perfume que me había pasado el día oliendo en su habitación. Llevaba un vestido que reconocí de uno de los armarios. Me dejó de pisar. Me dijo que me levantara. Nos sentamos en la zona de las hamacas. La piscina parecía que flotaba. Me miró con desprecio y odio.

—Lo que vas a hacer es lo siguiente- me empezó a hablar autoritaria y firme-  Te vistes. Sales de aquí, te vas a tu casa y no vuelves nunca más. Cuando te pregunten por tu trabajo estos meses dirás que estuvo bien, pero no entrarás en detalles. Te pagaremos como si hubieras estado los cinco meses. No hablarás de Jota. No hablarás de mí, ni de mi marido. No volverás a pisar por esta urbanización ni sus alrededores el resto de tu vida -siguió como si fuera una operación policial o de ingeniería. El tono era frio, implacable- Búscate un trabajo, vuelve a tu vida y olvida estas semanas. 

Se puso en pie, firme, el vestido que reconocía del armario marcando un cuerpo que me seguía produciendo una forma de deseo desconocida para mi. Mire sus piernas, su espalda, la forma de su trasero. La vi  alcanzar las escaleras y bajar al sótano.

Me calcé. Salí a la calle. Tuve miedo y pena. Pensé que probablemente no volvería a escuchar jazz en vinilos en mi vida.

Desde entonces, a veces, cuando tengo días libres, cojo el autobús y voy hasta allí. Paso el día deambulando por la urbanización. Me escondo para no ser visto. Veo al piscinero entrar en su chalet abandonado. Veo a los dueños salir y entrar en La colección. Veo luego mucho rato sin actividad, como si nada pasara en ninguna casa de toda la urbanización. Luego, cuando llega la noche ,veo llegar el coche del piscinero y otro coche. Entran por detrás, por una puerta que no sabia que existía.  Entonces hago el camino de vuelta a casa y dos horas después me meto en la cama. Y me duermo tarareando alguna de esas piezas que aún recuerdo de los vinilos de Jazz

sábado, marzo 14, 2026

Las chicas de los cubos

Mi madre dice que la autovía la terminaron de construir un par de años antes de que yo naciera. Bueno, terminar es un verbo quizá demasiado optimista. Nunca ha estado rematada. Siempre está por terminar, pero lo que no ha impedido que el tráfico sea desproporcionado, como lo es todo en esta capital sin orden.

Las barracas del lado oeste quedaron en el lado bueno de la historia. Aunque no haya lado bueno de la historia, no ya en esta ciudad, probablemente en todo el continente. Ellos se quedaron al lado de los pozos. Ellos tenían el agua. Ellos tenían, podríamos decirlo, la vida. Nosotros nos quedamos en el otro lado.

Había que cruzar cada día la autopista, en un ejercicio de habilidad y paciencia, violento, para ir a buscar el agua diaria. No había que atravesar un desierto o millones de kilómetros, no había ni siquiera una distancia sideral. Los pozos quedaban a poco más de cuatrocientos metros de nuestra casa. Pero las distancias a veces no se miden en metros.

Atravesar el ancho de esa autopista, una de las más transitadas de todo el país, conllevaba una distancia imposible de medir: la del peligro extremo y la locura.

Cuando yo nací iba mi hermano; antes de nacer yo, iba mi madre; y previamente iba mi padre. Que fue el que creó todo un decálogo de normas para cruzar. Las indicaciones no eran precisas, no eran científicas, pero sí tenían una base fundamental: no desesperar. Todo se basa en la paciencia. Llegabas al arcén con los dos cubos vacíos y esperabas, esperabas tu momento. Mirabas paciente ese río metálico. Un cauce de motores y tornillos, gasolina, bujías y movimiento incesante.

No había un promedio. Lo había porque, si sumabas cada día y hacías la división, salía un promedio, pero la estadística no valía para medir el tiempo que podías tardar en cruzar.Mi récord rápido estaba en el primer minuto: un sábado de abril del año pasado que, según llegué, vi el hueco y me lancé a la carrera y crucé. Mi récord por abajo estaba en la hora y cuarto esperando para cruzar de ida. Hora y cuarto con todos sus minutos, con todos sus segundos. ¿Cuántos coches pasan por la carretera más transitada del país en una hora y cuarto? ¿Alguien podría calcularlo en un país en el que no hay registros de nada?

En general quedaba con Sima, mi vecina, que había nacido tres días antes que yo y con la que a veces jugábamos a ser gemelas, porque había muchas cosas en las que nos parecíamos. A las ocho y cuarenta de la mañana quedábamos en el callejón. Cruzábamos los dos caminos de arena, atravesábamos la escuelita, que llevaba cerrada tres años, y girando a la izquierda accedíamos al arcén por el camino de la mandioca Y allí empezábamos a esperar.

Sima era más impaciente que yo, quizá porque en su casa no existía el decálogo para cruzar.

—Lo más importante es la paciencia.

Siempre había algún hueco en el que quería arriesgar. Yo, sin embargo, no arriesgaba. Había desarrollado un instinto especial para calcular la distancia precisa.

—Ahora —solía indicar yo.

Y salimos corriendo con los cubos en cada mano. Al llegar, cada día, por ese poderoso don humano de la celebración, emitimos algún grito, como si hubiéramos marcado un gol. ¿Acaso los futbolistas, por muchos goles que marquen, dejan alguna vez de celebrar? Eran onomatopeyas. No era un grito preciso. Era una vocal emitida como un grito.

Luego, ya en el otro lado, todo era fácil. Los de allí siempre miraban con recelo o con sonrisa. Había quien nos admiraba, había quien nos detestaba. Incluso las divisiones por una carretera generan otras formas de nacionalismo.

Pero en general eran amables y, eso sí, jamás vieron los pozos como parte de su propiedad. Que los pozos eran de todos era algo que no daba lugar a disputas.

Sima y yo cargábamos los cubos. Aprovechábamos para lavarnos, beber algo de agua fresca, porque los pozos tenían un agua fresca, deliciosa, por más insípida que digan que sea. Nos acomodábamos y vuelta a nuestro lado.

No sé cuántas veces hicimos el trayecto juntas, no sé cuántas veces lo hice sola. Sé el día, claro, en el que supe que ya nunca la volvería a hacer con Sima. Desde los seis años, casi cada día íbamos. Era nuestra función, era nuestro aporte diario a las rutinas de nuestras casas. Lo sería —o debería haber sido quizá— hasta que nosotras también tuviéramos hijos o hijas y fueran creciendo y ya pudieran cruzar, transmitirles el decálogo: Lo más importante es la paciencia.

Con doce años y tres días Sima, y con doce yo —lo sé porque era mi cumpleaños— nos encontramos en el callejón. Me dio un abrazo y me dijo:

—A la vuelta te doy un regalo.

Por la tarde iríamos hasta donde los Irikos. Había un muchacho que a Sima le gustaba. Era músico, o decía que era músico. Estaba metido en un nuevo movimiento musical que yo no conocía, pero con el que todos los chicos de donde los Irikos estaban obsesionándose. Ponían canciones a todo volumen cuando nos juntábamos allí. Esa tarde íbamos a llevar algo de comida y unos refrescos e íbamos a celebrar el cumpleaños de las dos: “Las no gemelas”, como nos llamaban.

Así que empezamos a andar. Sima estaba muy contenta. Yo creo que estaba enamorada. En el camino de la mandioca leímos un grafiti que había en un trozo de chapa que habían apoyado a una mata grande: “Por la pasarela del agua”. El vecindario llevaba años pidiendo una pasarela para peatones.

Alcanzamos el arcén. Ahí estaba el tráfico constante. Quizá nunca pare, pensé. Quizá sea eterno. Quizá sigan pasando coches cuando ni siquiera haya habitantes en la tierra. Quizá ya estaba cuando nada estaba.  En mi cabeza era imposible imaginar esa autopista sin tráfico permanente. Había visto tantos coches pasar. ¿Cuántos serían los mismos? ¿Podría reconocer alguno de los coches que seguramente pasa diariamente? Desde los seis años haciendo ese paso. Gente entrando en la ciudad  cada díe. Quizá había conductores que nos reconocían. Que nos veían diariamente desde sus coches y pensaban: ahí están, las chicas de los cubos.

Pensé todo eso quizá porque era mi cumpleaños y en los cumpleaños uno piensa en los ritos y en el tiempo. Quizá por intuición. Porque fue en ese momento que Sima gritó:

—¡Ahora!

Y salió, y yo volví a pensar, en este momento, que lo más importante es la paciencia. Y también porque hubo un tiempo en que me sentí desleal o traidora, que quizá yo también tuve que salir cuando Sima gritó: Ahora. Pero no lo hice. No salí. 

Desde entonces voy sola. Cada día, el mismo rito: los cubos, la espera, el tiempo indefinido, el tráfico indescifrable.Un rito que quizá pare cuando yo sea madre y mis hijos aprendan bien el decálogo y sobre todo aprendan que lo más importante es la paciencia.

jueves, marzo 12, 2026

Concurso de relatos

Me llega la información de una convocatoria de un concurso de relatos en un pueblo de la periferia de la región. Leo las bases, los premios y la extensión del texto. No sé si escribo bien, si escribo mal o si simplemente escribo sin más. El hecho cierto es que me gusta mucho escribir, no tanto por el resultado sino por el medio. Hay una especie de placer, de tránsito hipnótico en el hecho de contar una ficción o una realidad alterada. La literatura amateur también es literatura, me repito estoicamente. Así que, cargado de buen ánimo y de buenas intenciones, me pongo a teclear un texto que llevaba merodeándome algunos días.

La trama era relativamente sencilla. Tiendo a escribir sobre procesos perceptivos. Los protagonistas de las historias suelen estar más centrados en la percepción que en las descripciones. Deambulan por sensaciones difusas que no terminan de abarcar; eso les lleva, con frecuencia, a finales que no son rotundos, sino un eco difuso de algo que permea extraño en su realidad.

Esta vez, sin embargo, quería centrarme en un escritor que se presentaba a un concurso de cuentos. El escritor empieza a escribir concentrado, firme, hacia un final que más o menos tiene decidido. Teclea a buen ritmo. A ratos piensa que parece que le están dictando. La cadencia en la que entra es casi musical. Resuenan las letras a golpe de tecla. Podría ser una canción alambicada, con extraños arreglos, pero siempre en un compás trepidante.

Avanza por el relato. Apenas relee. Está sumido en el puro placer de la literatura. Si entendemos la literatura como ese espacio abierto donde lo cierto, lo incierto, lo visible y lo invisible se hacen forma —una forma que, por otro lado, se deshace en la mente del lector—. En eso piensa o eso escribe mientras escribe, valga la redundancia.

Nuestro escritor, entonces, escribe que escribe. No sabe si eso lo ha leído antes; es posible. ¿No es acaso todo texto una forma de plagio? ¿No es cada texto el eco de otro texto? Porque de alguna manera lo que el escritor escribe en el cuento está siendo escrito aquí también. Y en eso anda: escribiendo lo que escribo.

En algún momento remata (luego diremos cómo). Lo da por finalizado, lo chequea. Le da algún repaso, cambia algunas palabras y, sin estar del todo a gusto —porque nunca lo está, porque siempre le parecen débiles y poco contundentes—, lo da por terminado.

Vuelve a leer las bases de la convocatoria. Rellena un formulario, se compromete con las normas y firma que el texto es original, que no hay plagio y que, de haberlo, en dado caso de que fuera premiado, debería renunciar al premio. Está de acuerdo. Sube a la plataforma el texto y le da a enviar.

Algunas semanas después, cuando ya ha olvidado el cuento y el concurso, recibe un aviso. Lee un correo donde le invitan el siguiente fin de semana a la entrega de premios. Es finalista y el premio se otorgará en una gala humilde, pero donde de alguna manera se quiere tratar bien a los finalistas.

—Al fin y al cabo, en este pueblo queremos cuidar bien a los nuevos talentos.

No duda. Reserva un hotel en el pueblo, que no está lejos, pero en el que prefiere quedarse a dormir para ir con calma, y alquila un coche para ir el sábado hasta allí.

La gala es por la tarde, pero él sale pronto. Conduce con prudencia pensando, por primera vez, en la posibilidad de ganar el concurso. No se quiere hacer ilusiones, pero la posibilidad de ganar le parece un pequeño regalo. Nunca se había planteado la literatura más allá de una afición casi íntima, que apenas compartía con nadie más.

El viaje es agradable. La primavera ha estallado en su máxima expresión. Los meses previos han sido intensos de lluvia y el campo está verde, pletórico, potente.

Llega al pueblo pronto. Aparca a las afueras. Deja la mochila en el hotel humilde que ha reservado y sale a pasear. No hay nada especialmente llamativo para visitar en el pueblo, pero, sin embargo, es un lugar idóneo y amable para pasear.

En una de las plazas del centro ve unos bancos. Se sienta. La temperatura es idónea: 22 grados. Cree recordar que esa es la temperatura que la OMS dice que es la perfecta para el ser humano.

Mira el movimiento de la plaza: vecinos con bolsas de la compra. Los sábados hay mercadillo y los lugareños aprovechan. Hay un bar con gente joven tomando cerveza.

Sigue observando la plaza cuando, en el banco de enfrente, se da cuenta de que está sentado su escritor favorito. Se cruzan la mirada. Piensa por unos segundos en acercarse a él, comentarle lo del concurso, la idea de que sea jurado, obviamente, le aterra. Se plantea abordarle, hablarle del cuento, pero no lo hace.

El escritor se pone en pie y se pierde por una de las bocacalles de la plaza. Al rato él también se va.

Después de comer y de dar otro largo paseo, decide pasar por el hotel para arreglarse y salir al evento literario. Le cuesta reconocérselo, pero está entusiasmado. Se siente escritor por un día.

Cuando está abriendo la puerta de su habitación, ve que de la habitación de enfrente sale su escritor favorito, que, educado, le da las buenas tardes.

—Buenas tardes —contesta.

Cuando llega al evento, el concejal de cultura le recibe. Le da la bienvenida. Conversan un poco sobre el concurso y sobre literatura. ve oportuno comentarle al concejal que ha visto, además, a su escritor favorito por el pueblo.

El concejal le dice que no sabía que estaba por el pueblo ese escritor.

—Lo cierto es que tampoco le pongo cara —remata el concejal.

Entiende, con alivio, que no es parte del jurado. Pasa al salón de actos. Se sienta en la butaca con su nombre y espera, ahora sí, pleno de emoción.

Lo que sucede a partir de ese momento le va sumando capas de desconcierto. Su escritor favorito se sienta a su lado. Esa butaca no tenía su nombre, sino otro. Se aturde: quizá no es el escritor, solo alguien parecido. Quizá —y esa es su tesis favorita— está usando seudónimo. Se ha presentado, bajo otro nombre, al concurso. 

Empieza la gala. El concejal habla del buen nivel de las piezas entregadas.

—Han llegado textos de enorme calidad. Pero, por desgracia, solo uno será el ganador de este humilde certamen.

En ese momento sabe que él no ganará. Nadie podría ganar en un concurso a su escritor favorito. Salvo que alguien, se dice, tenga el mismo nivel que su escritor favorito

El premio es sustancioso, pero además, en ese momento, el concejal anuncia un aumento del monto, porque, al conocerse la calidad de los concursantes, varias empresas de la zona han aportado más donación al premio. Cuando dicen la nueva cifra, siente que eso le arreglaría un poco su precaria situación económica. Pero no se hace ilusiones.

Finalmente, dos miembros del jurado, después de una actuación musical poco memorable, salen al escenario con un sobre en la mano. Lo abren, dándole tensión al momento, y anuncian al ganador. Cuando oye su nombre, siente una explosión peculiar de sentimientos: euforia, emoción, también una forma extraña de vergüenza y timidez. Sube al escenario. Tiene que hablar. Da las gracias al ayuntamiento, a los patrocinadores y empieza a hablar torpemente de la literatura amateur. Desde abajo, su escritor favorito le mira. Los ojos transmiten dureza, casi odio. Mientras sigue hablando de la literatura amateur, ve que su escritor favorito se pone de pie y se pierde por el fondo de la sala.

Después del cóctel, de una cena copiosa y unas copas divertidas con toda la comitiva —jurados y compañeros de concurso—, vuelve al hotel. Cuando abre la habitación, su escritor favorito abre la puerta de la suya.

—Tú y yo sabemos lo que ha pasado —le dice su escritor favorito.

—No sabía que participarías. ¿Cómo iba a saberlo?—le contesta él.

En ese momento, termino de teclear este texto y lo mando al concurso. ¡Deséenme suerte!

A ritmo de afrobeat

Es un ático pequeño, no más de 35 metros cuadrados; tiene una terraza, eso sí, formidable. Amplia, donde hay un banquito y una tumbona donde los dueños toman el sol los días que el clima enloquecido de la ciudad lo permite. La casa está repleta de gente. Cuando entro, me pregunto cómo es posible que entre tanta gente en ese espacio. Un tipo de aspecto atlético pone música afrobeat a un volumen desconsiderado con todo el vecindario de la manzana. En la terraza hay casi más gente que en el interior. Salgo y, aunque fumo muy esporádicamente, pido uno. Converso con dos chicas extranjeras. Hablan de los libros de un autor que desconozco; la más joven es devota: “No tiene un párrafo malo”. Intento memorizar el nombre, aunque sé que al día siguiente me costará encontrarlo en los recovecos de la memoria.

La terraza da a una calle estrecha. Los edificios del otro lado no están muy lejos y pienso, como maniático del ruido en el que me he convertido, en cómo debe de estar afectándoles ese bullicio y el volumen de esa pieza memorable de afrobeat (probablemente una de mis tres canciones favoritas de la historia de la humanidad).

Mientras las dos extranjeras hablan de un fragmento de una intensidad feroz, me quedo mirando una de las ventanas del edificio de enfrente. Veo a una pareja, dentro de un ventanuco, hacer aspavientos: están discutiendo acaloradamente. Me quedo mirando la escena, que realmente evoca al cine, porque el cuadrado de la ventana encuadra, casi a la perfección, un plano netamente cinematográfico. Ella entra y sale de plano; él tiene gesto iracundo. Es evidente que está gritando.

Las chicas extranjeras desmenuzan ahora lo que les produjo una escena concreta de uno de los libros más populares del autor:

—Describe ese asesinato con una perfección de orfebre. No hay intención poética; sin embargo, hasta la narración de algo tan cruel puede resultar hermosa.

La chica, en el ventanuco, gesticula y se tapa la cara. Ha debido de empezar a llorar. En ese instante me dan ganas de mandar callar a todo el mundo, bajar el volumen de la pieza de afrobeat y lanzar la oreja para escuchar lo más posible.

—Mirad, esos de ahí enfrente están discutiendo fortísimo —les digo a las chicas.

La más joven gira y se queda ensimismada.

—Qué mala pinta —dice, un poco asustada.

En ese momento yo también siento algo de temor, porque efectivamente la discusión ha tomado otro matiz. Él zarandea a la chica; ella intenta retenerle. La chica más mayor grita en esa dirección.

—Cabrón, suéltala.

La música cambia. Nadie nos mira en la fiesta, porque el bullicio es monótono e intenso. Me acerco a la barandilla y gesticulo y grito. Pero en el ventanuco nada cambia. Lo que vemos es que las dos figuras desaparecen de plano.

Miro a mis compañeras.

—Voy para allá —les digo.

Salimos de la terraza y bajamos las escalera porque no quiero perder tiempo esperando el ascensor. Bajo cada vez más rápido. La chica más joven viene detrás de mí. La otra, Anne, no sé si viene aún o si se ha quedado arriba.

Cuando llegamos abajo, la joven, May, me pregunta asustada:

—¿Y si el tipo es realmente peligroso?

—Bueno, al menos toquemos la puerta, intentemos acceder al edificio y vemos.

Cruzamos la estrecha calle. Por la acera viene un grupo de borrachos ingleses cantando una canción de fútbol de un equipo que no logro identificar. Uno de ellos le dice algo a May. May le dice en inglés que es un puto gilipollas.

Llegamos al portal de enfrente. Empezamos a tocar botones del interfono. Nadie atiende. En ese momento aparece Anne.

—No logramos que nadie nos abra —le dice May.

Anne está muy asustada. Le miro la mano y veo que le tiembla. No estoy seguro, pero diría que ha empezado a llorar levemente. Algo parecido a una lágrima le brota del ojo.En la acera se oye la música de arriba. Está sonando Abraka de The Funkees. Nos quedamos unos minutos sin saber qué hacer, ahí parados. Pasan algunos peatones esporádicos por la calle. Es estrecha y menos concurrida que todas las de alrededor, centro neurálgico de la ciudad. Del final de la calle, la parte que da a la plaza, viene bullicio también; parece el ruido de un concierto al aire libre. El verano en la ciudad es una forma de multiverso. Todo sucede a la vez. En ese momento alguien abre el portal.

—Buenas noches —dice May.

Entramos los tres. La persona que sale nos mira con desconfianza, pero no se atreve a decirnos nada. El edificio no tiene ascensor. Subimos los cinco pisos andando, casi corriendo. Descubro que May y Anne están en mucha mejor forma física que yo. Llegamos arriba. No se oye nada. Intentamos descifrar cuál de las tres puertas es la que buscamos. May y Anne optan por la que pone 5-C. Yo tengo dudas, pero no digo nada. Anne toca alterada. Se oye cierto movimiento detrás de la puerta.

—¿Quién es? —dice una voz grave masculina.

May dice que queremos comprobar que está todo bien con la chica, que estábamos enfrente y hemos visto cómo la zarandeaba.El tipo abre la puerta. Me mira primero a mí, como si tuviera que calcular fuerzas; luego las mira a ellas. Logro identificar la música desde la fiesta: It’s Vanity de T.P. Orchestre Poly-Rythmo.

—¿Se puede saber qué quieren y por qué invaden así mi intimidad?

—Estábamos en la fiesta de enfrente y hemos visto la discusión y cómo zarandeabas a la chica. Queremos comprobar que está bien y hablar con ella.

—Aquí no hay ninguna chica —dice en tono sorprendido.

Anne se pone nerviosa. Le dice que es un hijo de puta, que vamos a llamar ahora mismo a la policía, que nos deje entrar.El tipo nos mira y nos hace un gesto para invitarnos a pasar. Entramos.

La casa está admirablemente ordenada. La decoración es precisa: todo bien medido en los espacios. Una librería de madera repleta de libros colocados en orden, una suave luz iluminando la estancia. El apartamento es pequeño, pero agradable, un sitio idóneo para vivir, pienso mientras avanzamos. Anne y May recorren el salón, entran al baño y a la habitación. No hay rastros de la chica. Yo voy detrás de ellas. Terminamos entrando en la habitación. Oigo sonar Samba de Les Amazones de Guinée desde la fiesta. Miro por el ventanuco y veo a los de la fiesta en la terraza. Distingo a Luis y Guillermo riendo con alguien que no conozco. En el salón hay gente bailando. Veo a una chica que no estaba cuando hemos salido. Está hablando con el DJ. Me giro. Veo a Anne y May mirando debajo de la cama. En la puerta de la habitación veo al hombre con un cuchillo en la mano. Vuelvo a mirar a May y a Anne y miro hacia atrás. Veo a mis amigos, al DJ, oigo el punteo acuchillado de la guitarra. Tengo ganas de gritar, pero sé que no voy a ser escuchado. Anne y May se ponen en pie y descubren lo que yo había descubierto. May emite un suave grito de miedo. Suena Let’s Think It Over de Marajita. El tipo cierra la puerta y nos arrincona.

Me sorprende pensar que en el plano cinematográfico del ventanuco que hace un rato yo había visto una escena parecida, ahora estaba protagonizada por Anne, May y yo. Los vientos de Marajita reverberan por toda la calle. Pienso en la posibilidad de que alguien haya llamado a la policía por el volumen atronador de la música por toda la calle. El tipo nos arrincona aún más. Si hay alguien en la terraza de la fiesta mirando hacia el ventanuco, estará viendo la escena. A eso me agarro. A esa esperanza. Los tres estamos pegados. Anne está nerviosa y me ha agarrado la mano. Siento la fuerza con la que me aprieta. Intento calmarla haciendo pequeñas palpitaciones, como si pudiera comunicarme con ella por un código de impulsos. No sé si la ayudo o si contribuyo a ponerla más nerviosa.

—¿Qué nos vas a hacer? —dice May—. ¿Nos vas a matar? ¿A los tres?

En ese momento oigo ruido desde el descansillo. Alguien golpea la puerta. El hombre se queja, se da la vuelta.

—No os mováis.

Cierra la puerta de la habitación.

Oigo, como filtrada, la voz al otro lado de la puerta.

—¡Ábrenos! —reconozco la voz de Guillermo—. ¡Te hemos visto desde la terraza de enfrente!

Anne señala una puerta: es el baño. Corremos los tres. El baño tiene una claraboya amplia. Nos subimos al retrete. Ayudo a May, luego a Anne y con esfuerzo logro salir yo. Estamos en el tejado del edificio. Avanzamos como podemos. Se cae una teja por el patio interior. Suena el estruendo soberbio.Pasamos de un tejado a otro de los edificios. No sé qué buscamos, pero al menos estamos a salvo. Distingo Ajo de Peter King tronando en la fiesta. Trepamos un poco y subimos más alto. Desde donde estamos vemos a los de la fiesta. Les gritamos, pero no nos escuchan. Hacemos aspavientos con los brazos, como los náufragos de una isla. Nadie nos mira. Dos tejados más allá veo una figura. Se lo comunico a mis amigas.

—¡Es la chica! —dice May.

La chica está asustada, pero Anne le dice que nosotros también estamos huyendo del psicópata. En el cuarto tejado vemos una escalera que baja a un pasillo. El pasillo parece el de unos trasteros. Hay un ascensor. Nos montamos y bajamos al cero.Un minuto después estamos en la acera. Sin hablar, sin decidirlo, sin ser impulsado por ninguno, nos abrazamos los cuatro y celebramos. Hemos logrado fugarnos. Anne, firme, dice que vayamos a la fiesta, que desde allí llamemos a la policía. Le decimos a la chica que nos acompañe. Tocamos. Por suerte alguien nos abre, porque yo temía que nadie escuchara el interfono en la fiesta.

Está sonando Wanna Do My Thing de Matata.

Subimos en ascensor. Decimos frases absurdas, inconexas, deliradas. Nos reímos fuerte, exagerados. Entiendo que es la adrenalina haciendo su trabajo. Entramos en la fiesta hablando en alto, contándolo sucedido. Miro a la gente mirándonos, miro a la terraza, miro  al frente mientras Anne cuenta y May telefonea a la policía. Sobre el tejado que hace unos minutos nosotros íbamos trepando veo a Guillermo trepando haciendo aspavientos para ser visto. Le hago gestos. En ese momento bajo la mirada al ventanuco, veo al DJ siendo amenazado por el cuchillo. Está sonando Afro Beat Blues de Ojah. y pienso: ¿Quién está poniendo ahora la música?

miércoles, marzo 11, 2026

Viaje a Nueva York

Entré al Marcus Garvey Park por la 120. La mañana era fría, pero algo menos que los días previos; incluso el sol brillaba, no excesivo, pero le otorgaba a la mañana un aire de amable melancolía. Entré al parque como podía haber seguido hacia Central Park. No tenía ruta. Había llegado a la ciudad cuatro días antes y ocupaba las horas dando paseos de distancias asombrosas. Empecé a subir las escaleras hacia la montaña a ritmo pausado. El parque estaba vacío y me sentía en un estado sutilmente armónico. El bullicio indescifrable del tráfico monumental se escuchaba de fondo, como una capa auditiva venida de otro planeta; a ratos parecía la base improvisada de un grupo de música experimental para que un trompetista soleara sobre ello.

Arriba me senté. Miré la torre de incendios, las escaleras ascendiendo que parecían la traducción a gráfico de una escala de jazz. No sé por qué pensé en eso. Quizá por la forma casi musical de los escalones, que parecían notas; quizá porque el ambiente solitario a esa hora de la media mañana en el parque me evocaba una música que no recordaba, pero que seguramente había escuchado en algún lado, en algún momento de mi vida. Miré la silueta de los edificios y a un tipo caminando abajo, por donde la piscina. La piscina estaba vacía, sin agua. Pensé que con el frío de los días previos, de estar llena de agua, habría estado congelada. El tipo, desde abajo, me miró y vi que empezaba a subir las escaleras hacia donde yo estaba.

Me senté; estaba cansado. Escuché sirenas, helicópteros pasar. ¿Cuántas cosas suceden a la vez en una ciudad de esas dimensiones? Es inabarcable el presente, pensé. Luego seguí unos segundos anclado a esos pensamientos, llamémosles filosóficos. Quizá por el tiempo libre, quizá por la ruptura que el viaje había supuesto en mi vida, llevaba todos los días del viaje merodeando pensamientos de ese tipo.

El tipo, que minutos antes había visto merodeando por la zona de la piscina, apareció de repente a mi lado. Se me acercó.

—Eres el tipo contratado por Vicente. No te asustes.

Todo cambió de golpe en mi cuerpo. Todo el sosiego y pausa en el que llevaba sumido los días desde que había llegado a la ciudad se transformaron, de golpe, en alerta. El cuerpo se puso, casi sin transición, en tensión. A cada músculo del cuerpo le llegó, como un fogonazo, un aviso de alerta.

—Sí —dije sin rodeos.

Nadie preguntaría eso sin saber que yo era exactamente el tipo contratado por Vicente. Miré a los lados, pensando que podía haber más tipos, perdidos por el parque, acompañándole.

—Has fallado en alguna cosa, pero de momento lo estás haciendo francamente bien. Intenta usar más el metro. Ahí es donde se te pierde el rastro del todo. Pero salvo nosotros, hasta ahora, nadie sabe que estás aquí. Sigue así.

Le miré. El plan de Vicente era tan exhaustivo que probablemente había contratado a este tipo para cerciorarse de que yo no dejara ninguna marca, ninguna huella. El plan era más ambicioso aún de lo que yo sospechaba.

—No entres a Central Park. Parece buena idea, pero luego no lo es —me dijo con tono casi didáctico.

Luego me dio una palmada en el hombro como una forma de aprobación.

Hasta ese momento yo no había abierto la boca. De hecho, en ningún momento llegué a abrirla. No emití palabra.

—Vicente me ha dado esta carta para ti —me dio un sobre cerrado que pensé que él ya había leído.

Se puso en pie y se fue escaleras abajo. Me quedé mirando al hombre que sabía que los siguientes días estaría permanentemente a una distancia prudente de mí. ¿Cuántas personas más había en esa cadena de seguridad? ¿Cuánta gente controlaba los movimientos?

Abrí el sobre. Vicente saludaba amable.

Espero que los días previos estés disfrutando algo de la ciudad. El apartamento que estás usando es perfecto para sentirse parte de la realidad y no otro turista.

Me recomendaba un sitio de tacos mexicanos en Brooklyn.

Probablemente los mejores de este planeta.

Luego pasaba a darme indicaciones. Todas las direcciones que me había dicho en Madrid eran señuelos. Ahora me indicaba, de nuevo, el lugar donde debía rematar todo:

58-48 Rust St. Hay una puerta roja en una nave abandonada. La llave de esa puerta la tienes en el cajón debajo del lavabo del baño. Recuerda: todo debe suceder el día 13 a las 22:00. Buena suerte.

Guardé la carta. Durante unos segundos pensé qué hacer con ella, pero la guardé en el bolsillo del abrigo. Me puse en pie, bajé las escaleras por donde había ascendido y caminé hasta el metro más cercano.

El resto del día lo pasé caminando aleatoriamente por toda la ciudad. Cogiendo con más frecuencia el metro. A veces hacía transbordos innecesarios por el simple hecho de pensar que, de estar siendo vigilado, podría despistar con esa ruta. Con frecuencia miraba alrededor con la idea de ver si veía al hombre que me había hablado en el parque.

A mediodía, después de varios merodeos anárquicos en mi ruta, terminé de nuevo por East Harlem. Entré en un pequeño local de unas mujeres puertorriqueñas. Vendían unas empanadas poco estéticas, pero absolutamente deliciosas. Luego fui a Brooklyn. En Brooklyn entré en un local donde sonaba indie netamente neoyorquino. Guitarras acristaladas que hablaban de una nostalgia banal. Pensé que el indie llevaba diez años muerto. Me tomé una cerveza que pagué a precio de oro.

A media tarde, cuando la noche casi había caído, decidí volver al apartamento. Entré en un supermercado para comprar unas cervezas y algo de picar. Entré por la 116, que estaba vacía y silenciosa. Empezó a llover y vi dos ratas cruzar por el asfalto en dirección a unas bolsas de basura. Odio las ratas.

Nunca bebo solo, pero esa noche me bebí cuatro cervezas y terminé ebrio en el sofá del apartamento. No quería hacer ningún tipo de ruido, así que me puse música en los audífonos. No encendí las luces. Estaba todo a oscuras y veía en el edificio de enfrente a una pareja cenando. Les miré y fue ahí, por primera vez en el día, cuando volví a sentir el dolor. Pensé en Claudia. Pensé en el fracaso. En el desmoronamiento absoluto de mi vida. Me imaginé a Claudia con ese tipo que había conocido en el viaje el mes anterior a Medellín. Pensé en el día que entró en casa con el nuevo corte de pelo, anunciando que se iba. Me abrí otra cerveza mientras veía que en el apartamento de enfrente la pareja recogía la cena. No sé en qué momento me fui a dormir.

Cuando desperté, me dolía la cabeza. Tuve ganas de masturbarme pensando en Claudia. Nunca lo había hecho. No sé por qué. Tampoco lo hice esa vez. Me resultaba doloroso. Me duché y salí a la calle.

Cuando estaba en la acera, vi al tipo del Marcus Garvey Park. Se me acercó con un nuevo sobre. No me habló, me lo dio y se fue calle abajo. Lo abrí.

Siento lo brusco, pero debes hacerlo justo ahora.
Vicente.

Subí al apartamento. Cogí la llave que me había indicado en la carta previa. Salí a la calle. Comprobé las rutas que debía hacer. A partir de ese instante todo se aceleró: Llegué en cuarenta minutos a la puerta indicada: 515 W 47th St. Al lado del pequeño negocio de café. Subí al último piso. Ahí estaba Fernando Márquez. Cuando abrí la puerta, me miró con temor. Fue rápido. Le golpeé en la nuca y cayó como la hoja caduca de un árbol en otoño. Le desnudé, le metí en la ducha, abrí el agua y salí de la casa. Caminé varias manzanas. En el parque de la 43 cogí la mochila que había dejado escondida con ropa. Caminé hasta el The Times Eatery. Pedí un café y un sándwich. Me cambié en el baño. Los empleados no notaron el cambio de ropa porque me dejé el abrigo. El sándwich era exquisito. En la calle saqué de la mochila otra chaqueta, metí el abrigo y abandoné la mochila en un contenedor de una obra que había visto dos días antes. Me subí al metro. En Brooklyn cogí un taxi a la 59-61 54th St. Allí, tal como me había dicho Vicente, había una casa con una escalera lateral. Toqué. Abrió la persona que conocía en fotos: Omar Vergara.

Saludé. Le dije todo lo que había memorizado y que Vicente me había detallado varias veces para no equivocarme.

—Soy Diego Manzano, de la división de Madrid. Tengo el pedido solucionado. Lo tengo todo listo. Solo Dios ve cada posibilidad del camino.

Omar me miró confiado. Estaba dentro.

El espacio, diáfano, estaba iluminado por unas velas. Había una virgen; debajo, un letrero de neón ponía: La Divina Pastora te ilumina. Omar abrió una maleta que estaba en el suelo. Cogió dos rosarios, una biblia y una navaja que a mí me pareció de esas que venden en Toledo a los turistas.

—Vamos —me dijo Omar muy enérgico.

Salimos a la calle y le señalé en el papel donde debíamos ir.

—Es muy cerca. Vamos caminando- me dijo arrugando la hoja. 

Pocas manzanas después estábamos en la pequeña puerta roja de 58-48 Rust St. que había leído en la carta en Marcus Garvey Park. Saqué la llave y abrí la puerta. La nave estaba totalmente a oscuras. Vi otra rata. Las odio. Omar entró detrás de mí. Encendí la linterna del móvil. Fue justo en ese momento cuando noté el golpe en la nuca.

Cuando abro los ojos otra vez tardo en saber dónde estoy. Todo sigue a oscuras. Estoy solo en la nave abandonada. Tengo el móvil en la mano. Enciendo la linterna. Me han dejado un sobre en la mano. Lo abro. Ilumino el folio con la linterna.

Lo siento, tú también eras parte de la cadena. Pronto recibirás el ingreso. Ya puedes volver a Madrid. Gracias por todo. 

Dos días después estoy entrando en casa. Siento el vacío. Vuelvo a pensar en Claudia. Esta vez sí me pongo a llorar.

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