A los pocos días de cumplir doce años, la madre de Manu le dice que tiene que salir toda la tarde, pero que ya tiene edad para quedarse solo en casa, que confía plenamente en él y en su responsabilidad. Le va haciendo indicaciones de todo tipo mientras se prepara para salir. Manu mira ese ritual hipnótico de la madre, que se va vistiendo, maquillando, perfumando y poniéndose a punto para salir mientras recorre la casa a ritmo endiablado, dictando frases que deben ser leyes en su primera tarde solo en casa. La ve coger el bolso, las llaves, le da un beso y finalmente, precisa, le dice:
—No llegaré muy tarde —y Manu ve la puerta cerrarse para quedarse solo en casa por primera vez en su vida.
Los primeros minutos siente que esa especie de reino, ahora es todo un terreno por explorar. En cierta forma, ver la casa sola le confiere un nuevo halo y un aire de misterio. Nota el silencio rotundo, el vacío sobrecogedor. Recorre la casa con cuidado, como si fuera a ser descubierto. De repente su casa no parece su casa, parece un territorio lejano e ignoto. Camina por el pasillo como el que avanza por el estrecho camino de una selva. Ve la habitación de su hermana, donde tiene prohibido entrar, cruza la puerta. Mira el orden extraño de las cosas. Unas fotos con amigas, unos cuadernos, el armario con la puerta medio abierta. Tiene la tentación de husmear dentro, entre la ropa, pero su hermana hace rato que le parece una especie de habitante de otro planeta. Sale. Sus pasos suenan con más contundencia. "¿Así suenan nuestros pasos cuando estamos todos?" —se pregunta casi de un modo científico. Luego avanza hasta el fondo y cruza el umbral del gran misterio, la habitación de sus padres. El orden es preciso y casi aburrido. Como si nadie pasara nunca por ahí. La cama está tendida sin arrugas, como en los hoteles. No hay ropas desperdigadas, ni restos del día en forma de tela. Todo está impoluto y preciso. Sin saber muy bien por qué, mira debajo de la cama, levanta un poco el edredón. Ve unas cuantas cajas acomodadas en las que sospecha que hay documentos, escrituras y todo ese tipo de cosas que no sabe para qué sirven. Huele los cojines que aún reverberan el perfume de su madre y el olor del champú. Mira la butaca donde siempre se ponen los zapatos, las mesillas de noche con libros apilados en ambas. Luego abre el armario. Ve la ropa de su padre colgada y ordenada. Algunos trajes, camisas en fila y zapatos. Abre los cajones, pero intenta no mover nada, sabiendo que cualquier mínimo movimiento le delataría. En los cajones ve sobres, hojas impresas que tiene la tentación de coger, pero que no coge. Finalmente corre la puerta corredera para descubrir el lado de su madre. Vestidos, camisas, faldas, bufandas. Todo tipo de prendas colocadas en un orden maniático. Abre los cajones: ve perfumes, frascos con cremas y cosas que no sabe qué son. También ve cartas, páginas apiladas, documentos y cuadernos con el año escrito a mano en la portada. Coge el primero, el de la fecha del año anterior. Abre una página al azar.
"A las 12:43 ha sonado el teléfono. Nos han citado en Gran Vía. Alfonso me ha dicho que fuera yo sola. Cuarenta y cinco minutos después me he encontrado con uno de ellos que no conocía. Me han pedido el reporte. Esta vez lo he completado como pedían. El niño sigue a salvo."
Entonces Manu siente un golpe de extrañeza, como si todo se hubiera vuelto de repente de una materia viscosa y extraña, pero no real. Lo que acaba de leer le resulta extraño e indescifrable, pero contiene todas las formas que operan en el misterio. Mueve las páginas al azar, como una ruleta, y abre en otro punto.
"Los ingleses han pedido más colaboración y ellos están molestos. Hacemos todo lo que nos piden, actuamos con las normas establecidas y no hemos cometido ni un solo error. No sé cuánto tiempo aguantemos más esta situación. Alfonso se ha tumbado en la cama. A veces creo que está entrando en una depresión."
Manu se llena de interrogantes, de dudas, de penumbra. Luego, ansioso, coge otro cuaderno, de cuatro años antes. Abre en la primera página:
"El niño ha cumplido ocho años. A veces nos sentimos tan culpables, a veces, sin embargo, tan felices. Hemos hecho una fiesta. Todo parece tan normal que cuando es así, duele más."
Durante algunos minutos Manu sigue leyendo frases al azar. Todas se mueven en esa forma de enigma que le sume en una especie de terror. De repente sus padres le parecen unos completos desconocidos. Cierra el cajón. Sale al pasillo y siente, de golpe, todo el vacío de la casa, pero es una forma de vacío distinta de los primeros minutos: es un vacío inhóspito y violento. Su casa le parece, ahora, la casa de otras personas. Va al salón. Mira por la ventana. Ve el bulevar con la tenue luz de otoño. En el hemisferio sur entran en primavera, piensa con nostalgia y una forma casi absurda de envidia. Su hermana está de viaje con su novio, su padre está de viaje de trabajo y su madre ha salido a ver a una amiga; y sin embargo, ahora, todo eso le parece mentira. No comprende qué ha leído, pero comprende que algo sucede en otra capa, en otro formato, en otra realidad. Va a la cocina. Abre la nevera. Mira los alimentos estáticos, los tetrabrick, las verduras. Todo eso conforma, piensa, el ritmo invisible de una casa. Cierra la nevera y, con urgencia, vuelve a la habitación. Abre, ahora, el lado del armario del padre. Coge uno de los sobres. Dentro se encuentra con facturas. Elevados importes con conceptos confusos: Colaboración Enero. 16 mil dólares. Colaboración Febrero. 16 mil dólares. Colaboración Marzo. 16 mil dólares. Luego facturas de gastos extraños: compras de baterías, material de combustión, litio, complejos proteínicos, análisis de todo tipo. Guarda el sobre, abre otro. Se encuentra con cartas que su padre se escribe con alguien que firma y él saluda como L.23. Las cartas tienen un tono frío y mecánico. Son indicaciones que L.23 le da constantemente a su padre.
Jamás salir de la ciudad sin preaviso. Siempre subir en ascensor. Nunca dejar el coche en el garaje. Ser amable, pero distante con el vecindario. No comprar en sitios fuera del barrio. Recoger cada día a Manu en el colegio. Alba no debe saber absolutamente nada.
Manu lee el nombre de su hermana por primera vez y siente que, de alguna manera, Alba está fuera de algo que Manu aún no comprende. Sigue mirando en los cajones. En el fondo del segundo cajón encuentra un cuaderno con la letra del padre. Son reflexiones filosóficas que no siempre comprende.
Harían cualquier cosa por mantener sus privilegios. Son despiadados. Pero todo sistema lo es. El único camino liberador será el anarquismo, que se basa en la libertad humana en su verdadera esencia. No esta distorsión enferma y terrible de lo que hoy se llama libertad. Mientras tanto solo podemos seguir. Salvaremos a Manu y con ello salvaremos a Alba. Y poco a poco lograremos la libertad. O mejor dicho, la liberación definitiva del ser humano.
En otra hoja habla del existencialismo. Habla de nihilismo, de poesía, de autores que Manu desconoce. Cita libros y aforismos. Habla de teología, de orden social, de vigilancia, de sumisión, del silencio. Cada página es una anotación concreta, una reflexión precisa. Luego habla de la madre de Manu. En la segunda frase Manu cierra porque siente pudor y vergüenza. Vuelve al pasillo. Sin saber muy bien por qué, Manu se pone a llorar. Piensa, entonces, en un sótano. Un sótano que no sabe si existe, pero que ve con claridad. Piensa en sus abuelos, en sus tíos, que hace mucho que no ve. Piensa en los amigos de sus padres. Piensa, de nuevo, en Alba. Se la imagina quizá ajena, o quizá hace años hizo ese recorrido nefasto y truculento que él está haciendo hoy: ¿quiénes somos? —se pregunta Manu. Entonces entra en la habitación de Alba, quizá para encontrar un señuelo, un camino o algo de luz. Abre el armario. Está ansioso. Mueve los vestidos, abre los cajones, abre cajas. Los desordena todo. Llora y jadea, pero sobre todo siente un temor apabullante. No encuentra nada salvo cartas de amor, en tono empalagoso y cursi, que Alba escribió a un novio que tuvo hace dos años y que Manu sospecha que nunca le envió o le dio en mano. Ve un diario donde tampoco encuentra frases reveladoras, solo anotaciones del día a día insulso de su hermana. Ordena lo desordenado con dudas de haber dejado huellas. Sale al pasillo. El pasillo ahora le parece un lugar hostil e indescifrable. Camina hasta el salón. En el salón se sienta en el sofá, en el lugar donde siempre se sienta su madre. Cierra los ojos, intenta descifrar el tráfico y el bullicio ligero que sube desde la calle. La luz se hace cada vez más tenue, la casa se va volviendo oscura. No sabe cómo, no sabe cuándo, pero se queda dormido.
—Manu, hijo. Te has quedado dormido —Manu abre los ojos y ve a su madre. Su cara tierna, dulce, amable. La cara del amor.
Manu camina esos segundos que hay de la inconsciencia a la conciencia. Del sueño al despertar, en el que nos ubicamos, nos reconstruimos, nos rehacemos desde ese lugar inexplorable que es el mundo del sueño. Ve a su padre en la puerta del salón. Le mira tierno. Manu duda, de golpe, de todo. ¿Lo que ha visto en los armarios ha sido un sueño?
Van a la cocina, sus padres preparan algo de cena mientras hablan de la rutina, de un compañero de trabajo, su madre habla de una noticia política, de los entresijos de la corrupción, del estado de la prensa. El padre habla de un acontecimiento histórico. Hablan del pronóstico del tiempo.
—Este fin de semana podemos subir a la montaña —dice la madre.
—¿A qué hora llega Alba? —dice el padre, y justo cuando termina la pregunta se escucha la puerta de la calle. Alba aparece enfadada. Habla de una amiga que ha dicho algo molesto, que tiene que ver con otra amiga que Alba quiere mucho.
Retoman el plan del fin de semana. Alba no puede ir. Manu no opina. Manu solo ve los diarios, los papeles, las frases indescifrables y enigmáticas de los armarios. No comprar en sitios fuera del barrio. Recoger cada día a Manu en el colegio. Alba no debe saber absolutamente nada. De repente su casa le parece contener un agujero negro o un espejo donde todo se transforma. Lentamente la noche se ha impuesto. Lentamente todos se retiran a sus camas.
Manu está en su habitación. Mira el reflejo de una luz que entra de la calle. No puede dormir.
Los siguientes días no vuelve a quedarse solo. Semanas después, otra tarde fría, deambula por el pasillo. El silencio es el mismo silencio. Las casas son distintas cuando solo las habitas tú. Vuelve a la habitación de los padres. Abre más páginas, lee más frases. Ninguna aclara. Entonces decide empezar a tomar notas. Lleva sigiloso un cuaderno que a su vez guarda en su armario. Cada incursión le sume más en la incertidumbre. ¿A qué se dedican mis padres?
Un día tiene la tentación de preguntarle a Alba. Tantearla. Pero Alba parece ajena a ese universo paralelo en el que habitan sus padres. Simplemente sigue intentando quedarse solo, seguir con su investigación y con sus notas. Meses después descubre que ha acumulado varios cuadernos. Los relee buscando una ruta, un camino, un contexto. No logra entender y a ratos se desespera.
Pasan los meses. Pasan los años. La vida de Manu va variando. A lo largo del tiempo se ve tentado muchas veces de sacar el tema de los armarios con sus padres, pero nunca lo hace. Estudia biología. Se hace experto en genética. Se gradúa con una nota excepcional. Le ofrecen un trabajo en Vancouver. Hace las maletas con entusiasmo pero algo de temor, el temor extraño y eufórico del que empieza una nueva vida. Guarda las cosas con cuidado. En su armario ve sus viejos cuadernos, que a su manera sus dudas, sus fragilidades y la incertidumbre extraña y misteriosa de su vida. Decide dejarlos ahí en el fondo el armario, como en cierta manera está su vida. Sus padres se despiden de él en el aeropuerto. Alba llora cuando le ve cruzar la zona de embarque.
En Vancouver sufre de nostalgia los primeros meses, pero conoce a un grupo de personas con las que entabla y agranda su vida social. Se enamora de Nick, uno de los chicos más cálidos y amables de ese nuevo grupo de amigos. Se va a vivir con Nick. Nick es médico nacido en Illinois. En verano hacen largos viajes por carretera. El segundo verano viajan a Seattle. En Seattle discuten y Manu siente ganas de volver a casa. Dos días después, reconciliados, viajan sin dirección concreta. Se detienen en Kalaloch Beach. Duermen en unas cabañas de madera. Esa noche hace viento y Manu abraza a Nick porque siente una tristeza profunda y terrible. Nick le oye llorar pero no sabe qué hacer. Antes del amanecer, Manu sale de la cabaña; Nick se queda ahí dormido. Pasea por la inmensa playa. Está lloviendo. Manu camina mucho rato ensimismado y atraído por la difusa luz del amanecer y el ruido de las olas. El mar está bravo y la corriente se mueve con fuerza. Pierde la noción del tiempo, también del espacio. Cuando mira para atrás se da cuenta de que lleva mucho tiempo caminando en línea recta. Decide deshacer el camino y volver a la cabaña. Se da cuenta de que ha caminado demasiado y que lleva mucho rato fuera de la cabaña. Cuando llega se encuentra a Nick tirado en la cama. Le han asesinado. Manu entonces colapsa. Sale gritando de la cabaña, pero no hay nadie alrededor. En el parking de fuera solo ve su propio auto aparcado. Entra de nuevo. Busca algo, no ve nada. Ve la cama revuelta, el cuerpo de Nick esparcido. Las dos maletas, la suya y la de Nick, medio abiertas a los lados. Rebusca alguna señal. Ve las camisetas de Nick, los pantalones, los calzoncillos, calcetines, todo lo que a su vez, también era Nick. Revuelve todo y debajo, enterrado entre las ropas ve, como un destello, como un viejo artilugio, un par de cuadernos. Desde ese instante y antes de cogerlos, los reconoce, son sus cuadernos, sus notas, las hojas donde desde los doce años fue anotando las frases y reflexiones que leía a su vez en los cuadernos de sus padres. Los abre. Reconoce su letra. Reconoce su caligrafía, esas viejas frases. Manu va saltando de paginas al azar, de un cuaderno a otro. Relee. Algunas que recuerda, otras que parecen leídas por primera vez:
Manu un día entenderá
Pero Manu, ahí, arrodillado frente a la maleta de Nick, en una cabaña en Kalaloch Beach, sigue sin comprender absolutamente nada.