martes, abril 14, 2026

La velocidad del Boogaloo

Había quedado en acercarme al taller de Mauro en La Florida para escuchar y ver su colección alucinante de vinilos. Mauro posee una de las colecciones más peculiares de discos de toda la ciudad. Experto en boogaloo, salsa, mambo y Latin soul, poder acceder a su taller y compartir con él unas horas era un privilegio que meses antes no me hubiera planteado. Pero conocí a Mauro una noche en un local cerca de Sabana Grande, donde estaba haciendo una sesión memorable. Un amigo común nos presentó y estuvimos hablando un buen rato. Mauro tiene un discurso peculiar. Hila las frases y los razonamientos como si las cosas del mundo —y por mundo me refiero a esa capa de realidad en la que estamos sumidos y que muchas veces parece una narración en off— no le concernieran. Para Mauro, daba la sensación de que, más allá de su relación con sus vinilos, con los sellos discográficos con los que se comunicaba y con los músicos, lo demás no tuviera una importancia excesiva. Podría decirse que Mauro había traspasado una capa al alcance de unos pocos.

Me subí en una camioneta en Chacao para cruzar hasta La Florida. El taller de Mauro estaba al lado de la funeraria Vallés, en una especie de galpón. Las indicaciones eran precisas: debía atravesar un pequeño callejón a un lado, tocar una puerta con aspecto muy deteriorado que Mauro abriría desde dentro y cruzar un pasillo entre galpones para alcanzar un habitáculo al fondo. Yo había visto fotos del taller de Mauro en una publicación de Instagram de Roberto Parques. Supe que a Mauro saber su guarida expuesta en redes le pareció una traición. Roberto Parques borró la publicación, pero muchos ya habíamos visto algo de los entresijos de ese lugar mitológico dentro de la música de la ciudad.

Caminé hasta la Francisco Miranda escuchando una lista de Latin soul y boogaloo que había descubierto de un DJ de Ciudad de México. El día era hermoso en Caracas. Lo cierto es que todos los días son hermosos en Caracas. Los seis meses que llevaba viviendo ahí, cada día parecía el día con la mejor temperatura de la historia. Puse un pie en la acera al ritmo de «Karate Boogaloo» de The Emperors. Sentí olor a cilantro y a hervido que salía de la cocina del hostal donde vivía. Me sentí rítmico y, por qué no decirlo, sabroso. Estaba algo eufórico. Los meses en la ciudad estaban siendo mucho más fructíferos y emocionantes de lo que había prefigurado. Estaban sucediendo cosas inesperadas y, salvo un par de situaciones extrañas, no había sufrido esos grandes altercados con los que me advertía la gente antes de venir. Saltó «Barefootin' Boogaloo» de Robert Parker cuando alcancé la avenida y me detuve en la parada a esperar mi camioneta. La parada estaba atestada de gente apurada que miraba sin parar a ver si llegaba su carrito por puesto. Cuando empezó a sonar «Working in a Coalmine», apareció el mío.

La camionetica iba atestada. Me metí como buenamente pude, me agarré en la puerta, con un pie en el primer escalón y el otro colgando sobre el asfalto. La camioneta salió disparada por Francisco Miranda hacia el oeste. Cuando empezó a sonar «Bang! Bang!» de Joe Cuba en mis auriculares, la velocidad era trepidante e insólita. Los pasajeros, que éramos un amasijo de manos, pies y cabezas, nos movíamos como si fuéramos parte de una coreografía desquiciada. El trópico tiene sus propias normas. Dos paradas después hubo un descenso masivo de peatones y, sin llegar a quedar vacío, al menos pude acceder al pasillo. Éramos muchos pasajeros, pero al menos íbamos mejor acomodados. El autobusito tomó el desvío hacia la Libertador. Se detuvo en un semáforo. A nuestro lado, otra camioneta. Vi que los pilotos se miraban y se increpaban en un tono de voz excesivo. Hubo algún insulto y algún reclamo. Detuve la música en mis auriculares para atender, pero casualmente el autobusero tenía puesto a todo volumen «That's How Rumors Start» de Joey Pastrana.

—¡Coño e tu madre, agallúo! Tú lo que quieres es robarme todos los pasajeros. Ya fue, güevón —gritó excesivo el otro piloto.

Semáforo en verde.

A partir de ahí todo cambia. Nuestro autobús sale disparado para tomar el desvío por la Libertador. El otro piloto va en paralelo. Los pasajeros que vamos de pie nos tambaleamos. Casi caigo encima de la mujer que tengo delante. El tipo que tengo a mi derecha me empuja sin querer. Todos lanzamos manos para sujetarnos y sujetar a los demás. Si cae uno, caemos todos. Hay una coreografía extrema. Ya no somos cuerpos independientes: estamos todos interconectados y lo sabemos. Una cosa fascinante de la ciudad es que muchas de las camionetas tienen unos sistemas de sonido que parecen discotecas. Nuestro piloto sube la música cuando arranca «Right On» de Ray Barreto. La percusión de la intro acompaña precisa la carrera. El otro piloto acelera y toma delantera. Desde nuestras ventanas vemos, a través de sus ventanas, a los pasajeros del otro autobús que también se sujetan como pueden. Nos miramos con piedad y sin ningún espíritu competitivo. Nadie quiere ganar salvo los pilotos. La señora a la que llevo sujetando todo el rato para que no se caiga increpa a nuestro piloto:

—¡Pero muchacho loco, bájale, que nos vamos a matar! ¡Irresponsable, chamo!

Pero nuestro piloto no atiende a razones y pisa duro el acelerador. Todo vibra, todo tiembla, todo se destartala. La arquitectura de la camionetica no da más de sí. Hay sismos con menos vibraciones que las que sufrimos en el pasillo atravesando la Libertador. El hombre que tengo a mi lado suspira. A su lado, una chica hermosa empieza a sudar. Tiene ganas de gritar y me mira diciendo:

—Vamos a morir.

Intento tranquilizarla cuando arranca una versión prodigiosa de «Touch Me» de The Doors por La Lupe.

—No te preocupes, en la próxima parada nos bajamos todos —digo para relajar la tensión.

Pero a esas alturas el autobús no es que dé la sensación de que no vaya a parar, es que si para, revienta. Hay un efecto físico imposible, como si la camioneta fuera una turbina que se autorregula. Su propia velocidad y toda esa inercia que genera la aceleran aún más. Los cristales parecen percusiones, el suelo se abre. Nuestro piloto mira al frente como el que mira el infinito, como el que mira el fin del mundo. El otro piloto ha intentado una maniobra con la que nos ha rozado. Nos hemos amontonado todos sobre el hombre sentado con maletín que tenemos detrás. Somos cinco sobre uno. El hombre va a colapsar. Nos sujetamos entre todos y, con una coordinación digna de elogio, logramos, como un solo cuerpo, ponernos de pie. Arranca «Everything Gonna Change» de Jean Paul "El Troglodita" y yo, apropiándome del título y para insuflar ánimos en mis compañeros, grito:

—¡Todo va a cambiar!

Pero nadie me escucha.

La chica mira hacia nuestro piloto y le insulta desesperada. En ese momento nuestra camioneta toma la delantera. En ese momento, y confieso que no me siento orgulloso de ello, siento una especie de alegría: puestos a morir, al menos que ganemos. La otra camioneta, sin embargo, hace un quiebre, adelanta al Chevrolet que tiene delante y se pone en cabeza por pocos centímetros. En ese momento me pregunto dónde estará la meta, dónde acaba todo esto. Empieza «You're Moving Too Fast» de Bobby Marín. Nuestro piloto, que objetivamente está más desquiciado que el otro y que probablemente desconoce qué es la precaución y el instinto de supervivencia, hace una maniobra totalmente perturbada. Varios autos se desvían abruptamente y él se pone en cabeza. Estamos llegando a la parada donde debo bajarme, pero dudo de si a esas alturas alguien va a frenar. Entonces yo también grito:

—¡Mamagüevo, frena esta vaina que nos vamos a matar!

Todos nos miramos sujetándonos, sosteniéndonos. El ser humano es bueno, pienso filantrópicamente. El piloto entonces empieza a girar. Mira a los lados. Se escuchan cláxones por toda Caracas. El otro piloto está por detrás, se ha dado por vencido. Baja la velocidad y, sin ser conscientes, nos vamos soltando entre los pasajeros. Ya no somos un organismo plural, vamos recuperando nuestra individualidad y algo de sosiego. El autobús frena en la parada. El otro autobús se pone a un lado. Los pilotos se insultan enfurecidos mientras todos, absolutamente todos los pasajeros de ambos autobuses, bajamos casi a la carrera. La acera se llena de gente que insulta enfurecida a ambos pilotos, que a esas alturas están uno frente al otro a punto de pegarse. Sé, lo reconozco, que no es apropiado, pero me he quedado mirando a la chica que formaba parte del organismo del pasillo. De dentro del autobús vienen las notas de piano de «Baby Boogaloo» de Ñico Espinosa y su orquesta. Me he acercado a ella mientras suena ese coro: "¿Tú quieres gozar, eh, baby?"

—Fue así, hijo, cómo conocí a tu madre. En nuestra boda el DJ fue Mauro y, en vez de un vals, bailamos «Esto se baila así», de Lavoe y Colón.

jueves, abril 09, 2026

Una tarde de primavera en Madrid

Nos despedimos en la rotonda de Príncipe Pío. Él se iba a ir a su casa en Cercanías y yo me quedaba con todo un atardecer  por delante. Hacía el mejor día de lo que iba de año. Había sido un invierno anormalmente lluvioso y gris y esa tarde de marzo, a 23 grados, transformaba la ciudad en una especie de paraíso utópico. A veces la leve felicidad colectiva es algo simple. Cuatro millones de personas moviéndose por las calles con un ánimo distinto porque el sol lleva todo el día instalado y la piel está acomodada en una sensación de placidez permanente. Vi cómo Marco bajaba las escaleras para entrar en la estación, después de darme el sobre, y pensé en caminar por caminar, que es probablemente la actividad más sublime que puede realizar un ser humano. 

Subí la cuesta de San Vicente. Es una calle que no es calle, pero tampoco avenida. Es la metáfora de una ciudad, probablemente la metáfora del mundo, esa calle. La cuesta es más empinada de lo que parece, como la vida. A un lado está llena de edificios desiguales, amontonados, que no se terminan de definir. Es como si un urbanista hubiera intentado varios tipos de modelos de calle en una sola acera y ninguno le hubiera convencido. En la otra acera solo está la valla que da a los jardines del Campo del Moro. La cuesta de San Vicente es indescifrable. Si subes por una acera, parece que estás a doscientos kilómetros de la de enfrente. Por un lado, hoteles que se han transformado varias veces, edificios que son casi naves industriales recuperados para galerías, bares de una época que ya no existe  o adaptados mal a los nuevos tiempos. Por el otro, una valla de hierro forjado que asciende toda la cuesta y desde la que vas viendo los límites del jardín, con un tráfico que no corresponde a una calle que accede al puro centro de la ciudad. Parece una autovía de acceso, en vez de una calle del centro. Es extraña la cuesta de San Vicente. Es como si no encontrase nunca qué tipo de calle quiere ser.

Subí hasta Plaza de España, que tenía un ambiente vibrante. No sé en qué momento Madrid se convirtió en una ciudad tan turistizada. No lo era cuando yo llegué. Ahora todo parece parte del circuito turístico. Ya ni me molesto en criticarlo. Lo observo con curiosidad. Todos somos turistas. Igual eso es lo que nos ha pasado: nos hemos vuelto turistas del planeta. Como si no habitáramos del todo. Como si fuéramos una visita fugaz a un lugar que nunca vamos a comprender. En Plaza de España saqué el sobre que me había dado Marco justo antes de despedirnos:

—No lo abras hasta que nos separemos, por favor.

El sobre tenía diez mil euros y una nota con la información. Yo llevaba años sin dedicarme a ello, pero estaba atravesando la crisis económica más grave de mi vida. Hacía años que me había negado a seguir viviendo de ello, pero hacer una excepción con Marco, agudizado por la crisis económica, me pareció la única excusa para volver. La plaza estaba repleta de gente que iba y venía. Un músico tocaba una canción colombiana con una guitarra eléctrica y un amplificador a batería. El tipo tenía buena voz, pero, si no me equivoco, cambiaba muchas frases de la letra original.

Después de leer la nota, calculé que aun tenía tiempo para seguir paseando. Seguí caminando. Me fui por la calle Princesa. Subí las escaleras de la plaza Cristino Martos. En esa escalera siempre sucede algo peculiar: parece que te sales de Madrid. Es como un agujero cósmico. Ese fragmento estoy seguro de que no pertenece a la ciudad. De repente, y durante ese tramo reducido, estás en una ciudad de cincuenta mil habitantes y no de cinco millones. Arriba me senté en la terraza de uno de los bares. Me sorprendió que quedara una mesa libre. Fue tal la sorpresa que, al verla vacía, me senté sin decidirlo racionalmente. Fue un impulso. Una mesa vacía es un milagro en días como ese. Esas decisiones que se toman sin análisis, porque no todo siempre tiene consecuencias o sí. Me pedí una cerveza.

En la mesa de al lado había tres chicas de unos veinte años. Hablaban de un concierto al que habían ido dos de ellas la noche anterior. La otra escuchaba, creo, desganada. Esa situación extraña en la que dos personas han vivido algo emocionante y te lo cuentan con honesta alegría, pero tú eres incapaz de traspasar la barrera del tedio ante lo que te están contando. A veces creo que las experiencias que vivimos no se pueden contar del todo a otros: se parecen a los sueños. ¿A quién le interesan realmente nuestros sueños?

La cerveza estaba helada y me pusieron de tapa un canapé de queso que estaba sorprendentemente bueno. Es sencilla, a veces, la felicidad, volví a pensar. En la mesa que tenía al otro lado había una pareja de unos treinta años. Al principio estaban callados. Ella llevaba gafas de sol; luego comprendí que ocultaba los ojos llorosos. Disimulé, porque toda mi atención quería ponerla en su conversación. Ella estaba inmóvil. Miraba a algún punto que nunca pude descifrar. Él estaba alterado. Cambiaba todo el rato de postura en la silla. Se movía. La miraba. Resoplaba. Pasados unos minutos dijo:

—¿Entonces no vas a decir nada?

—¿Qué quieres que diga?

¿Cuántas veces se habrá repetido en la Tierra ese diálogo exacto? Él volvió a resoplar. Levantó su vaso vacío para hacer la seña de que le trajeran otra cerveza. Ella tenía su copa de vino prácticamente entera.

—Lo cierto es que hemos perdido el sentido —dijo ella.

La frase me pareció de una hermosura total. Él miró al suelo y luego a ella. Ella no se movía. Yo intentaba descifrar hacia dónde miraba. Llegué a pensar que me estaba mirando a mí, pero creo que no. De la mesa de las chicas me llegó otra frase descontextualizada:

—Los mejores orgasmos son los que no lo parecen.

Como había perdido el hilo de esa conversación, no sabía si se referían todavía al concierto. La pareja, entonces, como acompasada, como si todo en las mesas de la terraza estuviera dirigido por un director en prácticas, entró en la sinceridad.

—¿Qué hacemos con el apartamento? —dijo ella.

—¿De verdad estamos así? ¿De verdad no hay otro camino?

—¿Qué camino quieres, si ya llevamos meses cada uno en uno?

Comprendí entonces que él estaba empezando a sufrir y que ella llevaba varios meses sufriendo.

—Pedro, no hay opción. Es irreparable. Ojalá la hubiera, pero no la hay.

En ese instante justo le trajeron la cerveza y le vi una lágrima. Pedro estaba entrando, aún no lo sabía, en una de las épocas más tristes de su vida. Imaginé un apartamento. Imaginé una vida. Imaginé que uno de los dos se mudaba. Imaginé una despedida triste. Imaginé unos meses en los que ambos estarían sin brújula, perdidos o extraños, y cada uno iría rearmando algo que nunca se rearma del todo, porque la vida nunca se rearma del todo.

La luz de la tarde se hizo mucho más suave. Me levanté a pagar en la barra con una sensación extraña. No les conocía de nada, pero la pareja había propagado, de alguna manera silenciosa e invisible, mucha tristeza por toda la plaza.

Bajé a un ritmo muy lento el tramo de la calle del Duque de Liria para girar en la calle de las Negras, que es otra de esas calles indescifrables. Unos tipos salían de un gimnasio de crossfit; hablaban de actualidad política con tono despectivo. Hice la curva para entrar en la travesía del Conde Duque. Subí la cuesta y, arriba, en la esquina de la calle de Manuel, vi a la chica de la pareja apoyada en la pared de ladrillo. Estaba llorando sola. Tuve ganas de acercarme a hablar con ella, ayudarla, ofrecerle una frase amable, pero luego pensé que era una locura. Intenté hacer como que no me daba cuenta. Entonces ella me llamó. Algo se quebró en el ritmo de la realidad, porque me pareció extraño e incomprensible.

—¿Tienes un cigarro? —me dijo.

—No, no tengo. Pero si quieres te busco —no sé por qué dije eso. Nadie contesta así a un desconocido.

—¿Tan mal me ves?

—La escena parecía triste, desde luego —confesé.

—Sí lo era. Lo peor es que me da mucha pereza la mudanza. Creo que me concentro en la mudanza para no pensar en todo lo demás.

—¿Se queda él con el piso? —pregunté, y me sentí absurdo.

—Bueno, es que pagábamos tan poco porque era de su tío. Así que lo justo es que se lo quede él.

—¿Quieres que tomemos algo? A mí también me vendría bien hablar con alguien desconocido.

Subimos hasta la plaza de los Guardias de Corps. No había sitio en las terrazas, pero entramos en un bar gallego. Me contó que no había nada original en su ruptura. Crisis de mediana edad. Diferencias de criterio sobre el futuro de la relación. Que estaba abocada al fracaso. Luego me contó que estaba harta de su trabajo. Que, en realidad, estaba harta de todo.

—Igual esto no tiene mucho sentido. No sé —dijo casi como conclusión.

—¿El qué? ¿La vida?

—No, esta forma de vida. A lo mejor somos un paréntesis. Oficinas, pisos, ciudades, atascos. Noticias raras. El mundo como show. A lo mejor nos hemos vuelto turistas.

Sonreí, pero no le dije que yo había pensado eso mismo en Plaza de España una hora antes. No me iba a creer.

—¿Tú tienes pareja? ¿Estás casado? ¿Tienes hijos? —me preguntó.

—No. Estoy solo. Me separé hace tres años. No tengo hijos. He estado deprimido. He estado intentando rearmar mi vida y estoy atravesando una crisis económica importante. Pero, curiosamente, no estoy mal. Quizá he aceptado mi condición de turista. Es todo fugaz y pasajero.

—No sé si eso me alegra o me entristece más, pero suena divertido. ¿Hubo infidelidad?- preguntó sin querer saber la respuesta, porque se giró y le pidió la cuenta al camarero. 

Me invitó al vino y salimos a la calle. Nos despedimos con afecto, como si fuéramos realmente amigos.

—Por cierto, me llamo Laura —y sonrió.

Yo no le dije mi nombre.

Ella se fue por la calle del Limón. Yo me fui en dirección Comendadoras. Había llegado la hora. Aproveché el callejón del Cristo para releer la nota de Marco. Repasé mentalmente los pasos. Memoricé cada acción. Me notaba desentrenado. Inseguro. Luego me animé como se anima a un amigo: es como la bicicleta, nunca te olvidas de montarla.

Atravesé Comendadoras. Las terrazas estaban desbordadas de gente. Empezaba a anochecer. Subí San Dimas. En la esquina con Montserrat debía entrar en el parking. El vigilante en la garita me miró:

—¿Dónde va? —preguntó, paranoico y profesional.

—Vengo a buscar el coche de mi cuñado Marco—contesté tal como había leído.

Seguí las indicaciones. Ahí estaba el Dacia Sandero blanco que aparecía en la nota. Lo arranqué. Conecté el Bluetooth a mi teléfono y puse Vol. II de Angie de Poitrine. Ese ritmo sincopado, extraño pero potente, me cambió el humor. Conduje firme y concentrado.

Dejé el coche en doble fila, con el warning encendido, en la calle Montesquinza. Entré al portal. Iba temblando. Subí al cuarto piso. Abrí la puerta con la facilidad de los viejos tiempos. Sigiloso, preciso y eficaz, atravesé el salón. Fui hasta la habitación del fondo. Cerré la puerta de la habitación y me escondí donde indicaba Marco. Comprobé que tenía el silenciador puesto. Me acomodé la pistola para ser rápido en cuanto entrara.

Escuché la puerta de la calle al rato. Intenté respirar muy despacio. El truco está en concentrarse en el ritmo de la respiración. Es dejar entrar el aire muy lentamente. Luego soltarlo al mismo ritmo. Entonces el tiempo parece que se detiene.

Escuché los pasos por el pasillo. Estaba a punto de entrar. Giró el pomo.La vi de frente. Dio un respingo, pero fue menor que el mío.

—¡Laura! —dije, más aterrorizado que sorprendido.

Ella no habló. Miró la pistola, las manos con los guantes. No hice nada. No pude hacer nada. Reconstruí a toda velocidad algunas frases de la nota de Marco: Es la novia de mi sobrino. Es mejor que no sepas mucho más.

Entonces salí corriendo. Dejé el coche allí con el warning puesto. Seguí corriendo hasta Colón. No paré

A día de hoy no he vuelto a Madrid.

Creo que jamás lo haré. Definitivamente somos turistas en el planeta. 

lunes, abril 06, 2026

La línea

Es muy fácil decir que hubo un momento en el que se cruzó una línea. Claro que es fácil decirlo desde allí, desde el lugar desde el que se ve la línea, pero la línea no se ve cuando se cruza. No se ven las fronteras si pasas de un país a otro por las montañas. No se ven las líneas, porque no están dibujadas: son invisibles. Y el gran problema es aprender a verlas. Crucé la línea, pero sería incapaz de decir en qué momento exacto la crucé, porque la línea se coloca después.

¿Cómo conociste a tu mejor amigo? ¿Cómo conociste a tu primer novio? ¿Cuándo conociste a la persona que más quieres? ¿Y a la que más odias? ¿Y a la que más daño te hizo? No puedes prefigurar qué relación se va a establecer cuando conoces a alguien. Hola, qué tal, mucho gusto. Quizá es justo ahí cuando empiezas a cruzar la línea, y no después, donde quiera que sea que decidas ponerla.

Conocí a Pedro en una fiesta de la empresa. Nunca me había cruzado con él, porque el departamento de finanzas no está en mi edificio y porque los de atención estamos siempre sumidos en llamadas y apagando incendios. La empresa celebraba su vigésimo aniversario en el país y habían alquilado el típico lugar de eventos a las afueras de la ciudad. Uno de esos espacios en medio de la nada, con instalaciones amplias y un parking en el que casi cabrían todos los coches de la ciudad.

Yo fui con Marga, porque detesto llegar sola y porque ambas detestamos esos eventos que se suponen agradables y divertidos, pero no lo son. La empresa tiene una plantilla extensa y diversa. Los de atención estában al fondo del amplio salón y Marga y yo nos juntamos con ellos, porque era a los únicos que conocíamos realmente. Es raro ver a tus compañeros arreglados, con ropa de fiesta, más peinados y maquillados de lo habitual. Somos más de una persona: somos esa persona que está en un habitáculo ocho horas al día, pero también somos esa persona que acude a fiestas o que conduce por una autovía, que discute con su pareja o llega tarde a buscar a los niños. La gente con la que trabajas, en general, solo ocupa uno de esos espacios y, cuando entra en otros, te da la sensación de que es realmente y en el sentido amplio: otra persona. Un poco como esa serie extraña, de la que no recuerdo el título, donde la gente olvidaba quién es dentro y quién es fuera del edificio donde trabajaban. El mundo laboral nos divide en dos.

Ahí estaban Lucas, Juan, Maura o Ana, hablando de cosas de las que nunca hablamos. Gente que de repente parecía más alegre o con más vida. Sonaba una música ambiental, versiones bossa nova de canciones populares. Bebimos cerveza y vino y reíamos contando cosas del trabajo que, en el fondo, no eran tan graciosas. La sala se iba llenando de gente y de canapés. 

Nunca fumo, pero en ese tipo de eventos me da por salir a fumar. Le dije a Marga que si me invitaba a un cigarrillo y salimos a una terraza que daba a un jardín amplio, iluminado con suaves luces de colores incrustadas entre los árboles. Esa iluminación que, lejos de conseguir el efecto que busca, vuelve los espacios insípidos, casi plásticos. En la terraza, que se había convertido en el lugar de fumadores, había un hombre. Era Pedro. Nos dio fuego, porque Marga no encontraba su mechero, y nos pusimos a hablar. Intercambiamos información: yo soy de Finanzas, nosotras de Atención. ¿Cuánto tiempo lleváis en la empresa? Yo llevo diez años. Es increíble cómo pasa el tiempo. Entré con la idea de un trabajo temporal y ya es el trabajo en el que más tiempo he estado.

Estuvimos un buen rato, mucho más de lo que dura el cigarro. Creo que en la quinta o sexta frase yo ya estaba profundamente atraída por Pedro. Llevaba dos años sin pareja. Llevaba dos años sumida en una especie de melancolía e inapetencia extraña y, de repente, sin aviso previo, algo había girado dentro de mí.

Luego todo cogió una velocidad tremenda. Estuvimos toda la noche hablando, bebimos cerveza, bebimos vino y consumimos cocaína. A las tres de la mañana íbamos en un Uber dándonos besos camino de su casa. A las seis de la mañana habíamos hecho el amor tres veces.

Despertamos ese sábado agotados, pero felices. Nos fuimos a comer a uno de sus restaurantes favoritos. Pasamos la tarde juntos. Volví a dormir en su casa. No sé describirlo sin entrar en las manidas frases de la atracción, pero de repente estaba sintiendo una forma de deseo que nunca había sentido. En mis treinta y cinco años de existencia estaba experimentando un verdadero volcán.

Estuvimos toda la noche haciendo el amor. Había algo casi adictivo. Yo nunca había probado el MDMA y hacer el amor bajo esa forma de química precisa fue lo más parecido al delirio y a la libertad. Había una frontera rota, agradablemente rota, que había saltado por los aires en mi composición química. Era capaz de imaginar las estructuras moleculares de mi cuerpo traspasando una información desconocida, nueva, milagrosa.

Amaneció el domingo. Entraba una luz poderosa y bestial por la ventana del salón de la casa de Pedro. Nos quedamos dormidos en la moqueta. Despertamos a mediodía, agotados, pero con síntomas aún de la euforia. Luego, a última hora de la tarde, nos despedimos. Me fui a casa con miedo a no recuperar esa forma tan desbordada de felicidad.

En casa me miré en el espejo. Estuve un rato mirándome, aceptando que estaba absorbida por una pasión que jamás había experimentado. El lunes, cuando sonó el despertador, fui atropellada por la forma de melancolía más salvaje que había percibido mi cuerpo a lo largo de toda su existencia. Me tomé un café, me duché y, cuando iba camino del metro, vi un mensaje de Pedro: “En breve te veo”. Tuve ganas de llorar: no me estaba pasando solo a mí.

A partir de entonces los fines de semana se suceden como accidentes montañosos. Los sábados y domingos son una explosión sensorial repleta de vibraciones que nunca había experimentado. Pedro me gustaba mucho, pero además producía en mí una especie de llamada nueva, casi como si mi cuerpo se estuviera transformando. Mi vida sentimental hasta Pedro había estado llena de tópicos: algunas relaciones cortas, algunas más o menos estables. Viajes, experiencias compartidas, altibajos. Antes de Pedro había estado con L, mi relación más larga. L me dejó por una compañera de trabajo. Aquello me produjo una especie de apatía emocional. Cuando conocí a Pedro entré en una nueva era. Hasta entonces la relación afectiva y física nunca habían estado tan vinculadas.

Con Pedro y ese juego de la experimentación explosiva descubrí incluso algo de mí que estaba inerte, amortiguado detrás de un millón de capas de mí misma. El amor había roto paredes internas. Definitivamente, estaba siendo otra yo. 

Lo cierto es que Pedro tenía todo un protocolo con las drogas cuando llegaba el fin de semana y le gustaba que investigáramos en nuestras percepciones. El deseo, la atracción, entraban en niveles superlativos. Puedo decir que, en cierta forma, me estaba haciendo adicta a todo ese universo sensorial. 

A partir de ahí todo se sucede en una forma más o menos común de biografía sentimental. Una pareja que va a más, que pasa de un fin de semana explosivo a una relación cada vez más formal. Su casa, en el centro de la ciudad, era más amplia y mejor que la mía, y además era en propiedad. En algún momento decidí dejar mi alquiler. Me instalé allí. Hacíamos vida en común.

Pedro era una persona exitosa. Su departamento manejaba muy buenos números y era muy valorado. A veces le tocaba viajar y yo le acompañé a algunos de esos viajes. Eran reuniones importantes, no solo para él, sino también para el futuro de la empresa. Entraban en juego contratos y cantidades que afectarían incluso hasta los empleados del ultimo escalón como era yo. Se ponía muy nervioso y, si yo le acompañaba, todo ese ritual sexual y de placer le ayudaba a amortiguar la presión. Alguna vez, incluso, se drogaba antes de ir a esas reuniones de suma presión. Hicimos viajes a Berlín, a París o a Moscú. A Praga, Lisboa o Roma. Habitaciones de hotel donde probablemente haya alcanzado alguna fibra sensorial extrema que probablemente mi cuerpo jamás vuelva a tocar. 

Lo cierto es que yo había tenido una relación muy fugaz con las drogas. Las había usado como ocio en algunos momentos muy puntuales de mi vida y no era experta. Pedro, sin embargo, tenía experiencia. Para mi gusto, había veces que dependíamos más de la cuenta de ellas para nuestros ritos eróticos y emocionales, pero por otro lado disfrutábamos el uno del otro, sentíamos y traspasábamos barreras perceptivas muy emocionantes y, en cierta manera, me parecía que había un aprendizaje. Así que tampoco estaba alarmada.

El segundo verano juntos hicimos un viaje a las islas griegas. En las islas fuimos felices y melancólicos. Felices en momentos puntuales, melancólicos en los otros. Pedro se sumió en una especie de angustia existencial. Sentía que el trabajo era muy exigente con su vida y que lo único que le aportaba energía emocional era su relación conmigo y la relación excesiva de nuestros cuerpos. Una tarde estábamos en una cala en Sifnos. La playa se había quedado vacía. Pedro se puso a llorar. Mirábamos la luz del atardecer y lloraba pensando en el destino de la humanidad y en la fortuna de ser hijos del primer mundo. Consumimos MDMA y, con la playa vacía, hicimos el amor. Fue como sentir la isla agitada por un volcán. Yo notaba la arena respirar, notaba el tacto de las rocas, las manos de Pedro sobre mí, y parecía que el mundo estuviera metido en una especie de fuego amable. Sé que fue ahí, justo ahí, donde me quedé embarazada.

El día que vimos el test positivo, a la vuelta de aquel viaje, nos abrazamos y sentimos que nuestra vida cobraba un sentido amplio, inexplicable, inabarcable. Nunca me había sentido tan feliz y menos sola. Porque eso es lo que había sentido siempre: que mi vida, la vida en general, era un avanzar en plena soledad, y de repente esa soledad se había diluido.

Tuve un embarazo amable y un parto doloroso. En el posparto no tuve depresión. Mi hijo, su piel, sus formas, sus manos, su boca, sus sonidos, me producían una felicidad nueva, o quizá la verdadera forma de la felicidad. Sin embargo, Pedro sí cayó en una depresión que, curiosamente, le hizo más adicto al trabajo. Yo dejé de acompañarle a aquellos viajes y, de los viajes, venía cada vez más nervioso y agitado. Con el niño era muy cariñoso, pero perdía los nervios con facilidad. En el trabajo, sin embargo, era cada vez más exitoso, lo que a su vez le producía más tensión, que intentaba diluir con dosis de cocaína. Famoso en su departamento por su facilidad de palabra y capacidad de seducción a clientes e inversores, terminó creyendo que todas sus virtudes dependían de las dosis. Las líneas, esas líneas que no se ven.

También el sexo se alteró. Buscaba sensaciones más extremas. De cierta brusquedad fuimos pasando a cierta violencia. De cierta violencia fuimos pasando a cierta obscenidad. Y no es fácil saber dónde está la línea. Tampoco sabes cómo vas entrando, cómo vas siguiendo y pasando pequeñas franjas que hacen cada vez más difícil el camino de vuelta.

El niño crecía mientras Pedro decrecía. El niño era cada vez más hermoso, mientras Pedro era cada vez más horrible. La vida, tu vida, se va transformando en algo que no eres capaz de identificar, pero tampoco de recomponer, y de repente estás, otra vez —ahora sí— en una soledad más apabullante y terrible.

Las horas saltan por los aires. No hay día ni noche. No sabes en qué momento va a aparecer el monstruo, porque el monstruo ya ha sido devorado, pero además te va a devorar a ti. Es un caníbal, una forma humana irreconocible. Entonces es ahí cuando empiezas a buscar la línea, pero ya no la ves: se ha quedado muy atrás.

Pedro aparece una madrugada con una prostituta en casa. Yo, que creía que era libre, independiente y sólida. Yo, que me había criado atenta y formada. Yo, que había leído y había conversado, que tenía armas y recursos, cultura y orden, sensibilidad y decisión. Yo estaba teniendo sexo con una mujer pagada en medio de mi salón, una madrugada de martes, mi hijo de tres años dormido y yo ahí, aguantando el odio y las ganas de gritar, viendo cómo Pedro consume cocaína y nos mira a las dos mujeres como si fuéramos parte de una escena organizada, parte de una coreografía maldita y dolorosa, mientras ese hombre enfermo nos observa desde un más allá inalcanzable y aterrador, con los ojos encendidos y rojos, mientras la prostituta simula un orgasmo que sé que no está teniendo.

¿Dónde está la línea? No se sabe nunca dónde está. Lo peor es que está tan lejos que no sabes cómo volver. Eres como un ser indefenso perdido en medio de un bosque inmenso. El mundo está tan lejos que no tienes ni idea de cómo regresar.

Hay más noches, y cada vez más lejanas de la línea. Otras mujeres, otros hombres. Violencia, gritos, objetos destrozados por el suelo. La vida, tu vida, en un estado completo de abandono y caos. Porque lo peor es la vergüenza. ¿A quién le cuentas lo que está sucediendo dentro de tu casa si, aparentemente, estamos tan bien?

Hay una noche en la que coges al niño, coges algunas cosas, haces una pequeña maleta y sales. Te vas a un hotel. Nunca dormimos en los hoteles de nuestra ciudad, pero cuando has cruzado la línea, hasta en tu ciudad te vuelves una extraña.

Duermes al niño, intentas dormirte, pero no puedes. Te asomas a una ventana que da a una calle de tu ciudad. Es una calle por la que has pasado muchas veces, pero esta vez te parece una calle de otra ciudad, porque es de noche y casi no hay tráfico. Suena el teléfono. Es la policía. Han encontrado el cuerpo de un hombre llamado Pedro. El cuerpo se ha encontrado en el río. Se ha lanzado desde un puente.

Hay un grito, sí. Claro que lo hay. Es de dolor, pero, por qué negarlo, también de alivio.

Es el primer día del resto de tu vida.

Ves a tu hijo dormir, ajeno a todo. Y esperas que el tiempo pase, porque ahora sí, ahora ya sabes dónde fue el momento en que se cruzó la línea.

martes, marzo 24, 2026

El último concierto

Cuando baja del escenario de ese hotel en la Costa Blanca, Bruno Fuga, conmovido, arrasado, devorado por sí mismo, intenta suicidarse por quinta vez en esa década y segunda vez en esa especie de gira por hoteles en la que llevaba enfrascado medio año. Una gira, si cabe llamarlo gira, en la que da las que serán probablemente algunas de sus mejores interpretaciones en vivo de su carrera, pero eso apenas se sabe, eso apenas trasciende, porque el público suele estar compuesto de turistas despistados que escuchan su música de fondo mientras se enfrascan en conversaciones sobre los placeres y la belleza del ocio.

Baja del escenario sudado, abrasado por ese sentimiento arrollador que lo traspasa en cada actuación. Se mira en el espejo de ese triste lavabo que hace las funciones de camerino. Se mira y se detesta. Detesta no tanto lo que es, Bruno Fuga, sino lo que no es. No es frustración, es dolor. Saca un revólver y se apunta, pero en su desolación, en su enajenación, en su odio, no apunta a su sien: a quien dispara, creyendo dispararse, es al reflejo del espejo. Bruno Fuga revienta, pero el Bruno Fuga que se quiebra es el reflejo en el espejo.

Revienta el espejo y un sonido bestial traspasa las estancias del hotel de una en una, de empleado en empleado, de cliente en cliente, produciendo en décimas de segundo un caos y un pánico generalizado que cuesta varios minutos diluir. Nadie entiende de dónde viene la explosión y ese ruido de cristales rotos. En el salón de baile, donde un minuto antes Bruno ha estado brillante, afinado, preciso, emotivo, poético, incluso sublime, ahora los clientes, arreglados para una noche hermosa, están de pie, algunos gritan, los más cobardes se han escondido bajo las mesas, una pareja se mantiene sentada, ajena al bullicio y unos pocos intentan ir y descifrar la ruta que ha recorrido el ruido.

Bruno Fuga mira su reflejo fragmentado y no completo de su rostro y, en voz alta, recriminando a esa imagen múltiple y distorsionada de sí mismo, le dice:

—¡Eres inútil hasta para matarte!

Se pone en pie. Guarda el revólver. Respira hondo y sale a calmar las aguas. Se inventa un golpe, un accidente.

—Salí exhausto de la actuación y tropecé. El espejo se ha hecho añicos, pero no entiendo el ruido exagerado. Lo bueno es que no he resultado herido —le informa al director del hotel, que está fuera de sí, tratando de volver al ambiente amable y elegante que pretende potenciar esa temporada.

Diez minutos después todo sigue igual. La gente reanuda sus conversaciones, los empleados se afanan en sus oficios y la noche en el hotel se sucede bajo ese manto irreal y de extrañeza que le otorga a todo la industria turística.

Bruno, sentado en la zona de empleados, cena. Es parte del salario. Mira la comida con desprecio, a pesar de que el menú es bueno, e incluso saludable.

Esa noche, como parte del contrato, tendrá reservada una habitación en la octava planta,  pero prefiere salir a la playa que hay al pie del hotel. Baja la escalera que da a la arena. La luz del hotel reverbera en la playa, sutil, fugaz, y le da a la playa un aspecto agradable y lejano. Bruno se quita los zapatos y camina descalzo por la arena, que a esa hora tiene una temperatura agradable. Es hermoso, piensa, caminar descalzo por la playa. Llega a la orilla. La marea es suave, apenas se mueven las olas.

—Parece un lago —dice en alto.

Desde la orilla mira hacia el hotel. Las siluetas de la gente en el salón le recuerdan a un cuadro que vio en el hall de un hotel en Nápoles y durante unos segundos piensa que si estará dentro de aquel cuadro.

Mira las habitaciones, muchas con la luz apagada, alguna encendida. Intenta ver si hay un patrón. Dos encendidas, seis apagadas. Una encendida, ocho apagadas. Pero no, no lo encuentra. Es en ese instante que una pareja aparece desde la oscuridad del otro lado de la playa, se acerca.

—¿Es usted el cantante de esta noche, verdad? —dice el joven.

—Sí, soy yo —contesta sonriendo Bruno.

—Es usted un cantante prodigioso. Me ha hecho llorar —dice la chica.

—Muchas gracias. Créame, agradezco mucho esos comentarios en noches como esta —confiesa Bruno.

—Hemos venido aquí a pasar unos días y ha sido toda una sorpresa su concierto. No espera uno ese nivel artístico en lugares como este —le dice el chico.

—Vaya, muchas gracias. Lo cierto es que este es un hotel que intenta cuidar mucho sus actuaciones. Me gusta venir. Tratan con respeto a los músicos y pagan muy bien. El mejor contrato del circuito.

—¿Canta siempre en hoteles? —pregunta la chica con sincero interés.

—Sí, es el circuito en el que he logrado hacer mi vida profesional. Es difícil saltar a otros estratos.

—Qué injusto. Es usted un artista muy especial. Me ha recordado a muchos cantantes italianos, a Gino Paoli, a Luigi Tenco, pero sobre todo me ha parecido que es usted una especie de Mina con voz masculina. Hay algo en sus canciones extremadamente conmovedor. No le niego que estoy un poco afectada por lo que ha sucedido en ese salón. Lamento que la gente no haya sido consciente, pero créame, hemos sido testigos de algo excepcional.

Bruno se ruboriza. Acostumbrado a maltratarse, es torpe con los halagos. Sabe que tiene talento y de ahí su sufrimiento, pero no está preparado para recibir críticas tan amables.

Del hotel viene una música lejana. No se identifica. Es una música suave, una música que por la distancia acústica genera en la orilla de la playa una atmósfera sonora peculiar. Bruno piensa que quizá eso no está sucediendo: ¿y si todo esto es lo que sucede al morir? piensa, mientras ve al joven sacar su cartera, buscar, calcular y entregarle una suma de dinero que es incapaz de calcular.

—No quiero abusar de usted, pero para nosotros sería un honor increíble si pudiera cantarnos a capela, aquí, para nosotros, una pieza, quizá dos. Convertiría esta noche en la mejor de nuestras vidas.

Bruno siente que todo ha entrado en una dimensión distinta. Como si el mundo estuviera girando a un ritmo más lento. Duda realmente si eso es la vida después de la vida. Si esto es el lado del espejo roto de Bruno Fuga.

—Bueno, está bien —sonríe tímido Bruno.

La situación le parece extraña, incluso difícil de manejar, siente una forma de absurdo, pero coge aire, respira profundamente, cierra los ojos y empieza a cantar una de sus composiciones: «A gran distancia».

Bruno se concentra en su voz, en su afinación. Para Bruno no hay actuación menor, y en este caso el dinero indica que tampoco lo es. El mar suave a su espalda, el hotel fantasmagórico al fondo, la pareja abrazada, mirándole concentrada a dos metros de él.

Bruno no es un autor netamente romántico. Sus letras juegan con el doble sentido; podrían parecer de amor, pero Bruno, en el fondo, y eso solo lo sabe él, habla de su relación con la existencia. «A gran distancia» narra la manera en que Bruno percibe la vida. Como si nunca estuviera aquí del todo, como si el mundo se dividiera en almas que habitan y otras que deambulan. Bruno se percibe dentro de las que deambulan, a gran distancia de la realidad. La pareja atiende  a la voz matizada y suave de barítono de Bruno. Ella empieza a llorar, él la abraza con fuerza, porque también está profundamente conmovido. Ella mira a Bruno como el que ve una aparición, como el que ve la trascendencia o la eternidad.

Hay una frase con la que remata «A gran distancia», en la que Bruno deja entrever su dolor existencial:

Y si desde aquí, desde esta gran distancia,

entendiera que nunca estaré allí,
que nunca perteneceré.
y que quizá lo mejor...
será dejarme caer.

Cuando Bruno la remata, la pareja está sollozando. Intentan contener las lágrimas, pero son incapaces.

—¡Bravo, Bruno! Es bellísimo su arte —dice la chica en un estado de emoción extrema.

Él chico es incapaz de hablar. Bruno se queda callado. Es su concierto más radical, pero piensa que quizá ha nacido para ese instante; también él ha entrado en un estado emocional de fragilidad y belleza. La noche es hermosa, piensa. Entonces, sin dudarlo, empieza una segunda pieza. Ha elegido «Cuando no estés». La música lejana y ese efecto acústico que vuelve el sonido en una capa atmosférica parece casi un acompañamiento para Bruno. El sonido de las olas ahora se oye muy ligero tras ellos. «Es la percusión», piensa Bruno inspirado.

«Cuando no estés» es una canción que, pareciendo la descripción del miedo a perder un amor, en realidad describe lo que quedará, lo que imagina Bruno que será todo cuando desaparezca. Los siguientes dos minutos son difíciles de describir, salvo como algo mágico. Los tres sienten sus almas levitar. Están ahí, en esa costa, arropados bajo esa temperatura perfecta, una suave noche de principios de verano, la luz tenue y lejana del hotel. Hay momentos que superan en ficción e irrealidad a los sueños.

Seguirá girando el mundo.

   Seguirán los corazones sufriendo y amando.
   Seguirán las calles y sus peatones.
   Seguirán las estaciones y el dolor.
   Seguirán sonando las hermosas canciones.
   Cuando no estés. Todo seguirá.
   Menos tú.


La pareja, arrollada por el romanticismo y la locura, se ha empezado a besar, pero Bruno está en su interpretación. Ha cerrado los ojos, su diafragma se expande y el aire sale ordenado y preciso; no hay una nota fuera de sitio, la emoción que le imprime a cada palabra es capaz de transformar el mundo. Repite la última frase una octava más arriba.

Cuando no estés. Todo seguirá.

Menos tú. 

Está entonado y firme y alarga la u de la última palabra para hacer un cierre sublime, épico, superlativo. Suelta el aire, deja caer un poco la cabeza y abre los ojos. La pareja, que aún se besa, está dominada por la emoción y el éxtasis. Separan sus labios. Los ojos empapados y un gesto de gratitud invaden sus rostros. Ella se lanza sobre Bruno. Le abraza emocionada. Él la imita. Bruno se ve rodeado de brazos en esa noche que sabe que jamás olvidará.

Bruno entonces se despide. Ellos, agradecidos y emocionados, le dicen que ha sido, sin duda, el mejor momento de sus vidas. Se quedarán en la playa para un último paseo. Bruno vuelve al hotel. Se toma una cerveza para bajar la intensidad emocional. Recrea la escena que acaba de vivir. Se siente contento por primera vez en medio año. Esa es la función de mi música, piensa afectado por la excitación del instante. Se despide de los empleados, que siempre son amables con él y sube a su habitación.

 Cuando está esperando el ascensor, ve aparecer a la pareja. Se saludan ahora ya en un estado de calma y más normalidad. Hay, incluso, cierto rubor. El rubor del que ha mostrado sus fragilidades y ahora tiene que actuar bajo las normas sociales. Entran al ascensor.

—¿A qué piso vais? —dice Bruno.

—Al ocho —dice ella.

—¡Caray, somos vecinos! —dice Bruno con simpatía.

Los tres se quedan viendo como los números van cambiando de piso uno a uno. 

En el piso ocho se despiden. Se abrazan educadamente y se desean una buena noche. Curiosamente son vecinos de habitación. Bruno 803, ellos la 804.

Bruno se desviste. No quiere mirarse en el espejo. No quiere ver a Bruno Fuga, cualquiera que sea el Bruno Fuga que le va a reflejar el espejo. Se mete en la cama y apaga las luces. Da vueltas en la cama. Está agitado. Enciende la luz. Se levanta a coger la cartera y cuenta el dinero. Se queda abrumado por la cantidad. Vuelve a contar porque no da crédito. Medio millón de euros. Apaga la luz, se mete en la cama alterado, nervioso, incapaz de conciliar el sueño. En ese momento les escucha hacer el amor. Bruno siente algo extraño, poderoso, pero extraño. Vuelve a pensar en el medio millón de euros. Escucha a la pareja. En ese crecendo que a su manera también es música. Al rato deja de escucharlos. 

No escucha nada más en toda la noche, no sabe en qué momento se queda dormido, o eso le dice a los policías en el interrogatorio.

—Eso fue lo que le puedo contar de anoche, agente —dice nervioso, asustado, aterrorizado incluso cuando ve salir los dos cuerpos cubiertos de la habitación.

—Se han suicidado a la vez. Es lo que se llama pacto suicida. No sé si es un honor o una pesadilla, pero lo que le pagaron anoche en la orilla fue su concierto de despedida.

En ese momento Bruno coge su maleta. En media hora tendrá que coger un autobús hacia Costa Bahía. Esa noche a las 20:30 tendrá que actuar en el Millenium Gold Hotel.

jueves, marzo 19, 2026

Una mochila en Quito

Nos hemos sentado un rato en la Plaza García Moreno. El día está espeso y a mí me duelen las piernas y estoy cansada de tanto andar. Hace un rato he sentido un mareo, un vértigo. He pensado que con la hora nunca te terminas de hacer. Estás siempre en la otra hora, por más días que pases en esta hora. Llevo desde que llegamos instalada un poco en ese no estar. Como si todo el rato fuera varios minutos por detrás.

Desde el banco la basílica del voto nacional es imponente. Hace unos minutos, quizá afectada por el mareo o este estado del que no termino de salir, me ha parecido ver salir a una mujer vestida de negro, con el rostro cubierto y caminando hacia el oeste, pero cuando se lo he dicho a J.E., ha mirado y no ha visto nada. Ha sido como el arranque de una película de misterio o quizá de terror. Que alguien ve algo y los demás no lo ven.

—No se puede terminar de construir —dice J.E.

Al principio creo que se refiere a una casa blanca que hace esquina y donde hay un negocio que está abandonado o cerrado por vacaciones. Pero lo dice por la basílica.

—Si se termina se acaba el mundo o, como poco, Ecuador —dice mirando hacia la torre de los cóndores- Lo he leído esta mañana. 

A mí todo me parece que no está. No es que esté abandonado o cerrado, es como si ya no estuviera. J.E. me dice que tengo síntomas de lo que aquí llaman soroche. Yo no sé si es la humedad o la altura, pero me pesa el doble el cuerpo, la gravedad es más espesa y estoy muy cansada.

No deja de salir gente de la basílica. Es un flujo no muy excesivo, pero sí constante. Creo que he vuelto a ver a la mujer de negro, pero ya no me hago caso. Debería irme al hotel y descansar un poco hasta irnos al aeropuerto y volver a casa, pero J.E. dice que mejor llegar cansados al avión y dormirnos todo el viaje.

Un poco más allá se han puesto a tocar dos jóvenes con la guitarra y un instrumento de percusión. Versionan canciones que creo que me suenan. El más bajito tiene una voz formidable. Potente, afinada y con una textura hermosa. He cerrado los ojos un momento mientras cantaba un estribillo que conozco desde hace años. No recuerdo qué canción es, pero es una canción que me encantaba.

J.E. se ha levantado a grabarles un vídeo.

—Son cojonudos —ha dicho entusiasmado y se ha acercado hasta ellos.

Yo he cerrado los ojos y tarareado la canción. No me sé la letra, pero sí la melodía. Yo también me he levantado y me he acercado hasta ellos. Yo también quiero grabarles, no sé porqué, pero no me atrevo. No quiero parecer invasiva, como lo somos todos los turistas. Los chicos cantan concentrados; el de la guitarra mira de vez en cuando hacia la torre de los cóndores. Entonces yo también miro. Hay un pájaro posado en la punta.

Entonces me decido a grabar, pero me doy cuenta de que tengo el móvil en la mochila y la mochila la he dejado en el banco. Giro la cabeza y veo que en el banco ya no está. Miro a J.E., que sigue grabando. El reloj interno, o eso que nos acomoda al reloj externo, ese compás extraño entre los tiempos de fuera y los tuyos, se diluye y se bifurca aún más. ¿Por qué no la habré cogido? En Quito mi tiempo no va a tiempo. Miro a los lados. No veo a nadie. Ni un solo sospechoso. Nadie corre, nadie mira disimulado. No sé por qué, pero por un fragmento breve de segundo me viene la imagen de la mujer de negro con la cara cubierta.

Le digo a J.E. lo que ha pasado. El chico de la voz hermosa escucha y detiene la canción. Se preocupa. Todo el mundo en la plaza chequea con su mirada a lo largo y ancho de la plaza. Yo miro la torre y ya no está el pájaro. El de la guitarra camina hacia la esquina de la plaza y avisa a alguien.  Le miro ir y le miro volver. Como si tuviera la clave para encontrarla. Vuelve y nos dice que ya mismo viene la policía.

J.E. está nervioso. Miro la hora. En un rato tendríamos que salir al aeropuerto y ahora yo no tengo teléfono, ni tarjetas ni documentos. Miro a la basílica y siento algo que nunca había sentido: que estoy parada en el mitad del mundo o que quizá, justo en ese instante, alguien ha puesto el último ladrillo al templo y esto es, justamente, como se acaba el mundo o, como poco, Ecuador.

Aparece una pareja de policías. Miden exactamente lo mismo. Hablan acompasados a la perfección. Cuando uno termina una frase el otro empieza, como si hubieran ensayado. Tienen las motos en la calle de arriba y nos dicen que vayamos con ellos a la comisaría a denunciar. Con la denuncia —dice uno de ellos cuando el otro ha terminado la frase— podremos salir sin problemas del país.

J.E. se monta con el que siempre habla primero (1), yo me monto en la moto del que siempre habla segundo (2). Arrancamos. El orden es el mismo que cuando hablan: 1 y J.E. van delante, 2 y yo vamos detrás. Me hace gracia ver delante a J.E. en moto por Quito. Creo que le da miedo la velocidad y las calles. A mí, por un momento, la velocidad me hace sentirme, por fin, aquí. Son unos minutos en los que estoy de pleno en Quito.

Rodeamos el bosque de Miraflores. Por el arcén veo a la mujer de negro. La veo al pasar, fugaz, y quedarse atrás. Se ha destapado la cara. Es una mujer absolutamente hermosa. Estoy convencida de que lleva mi mochila, pero la moto avanza rápido y, por supuesto, no digo nada.

2 lleva un perfume que me recuerda a una tarde en Caracas, el año que viví allí. En un momento 2 se gira.

—Esa es la facultad de física. Ahí estudia mi novia —dice alegre.

En la comisaría todo se alarga. No sé si es el tiempo. Creo que es el tiempo, pero no lo puedo asegurar. Denunciamos. Nos dan un papel. 1 y 2, en un acto de generosidad extremo, nos llevan al aeropuerto. El reparto es igual que antes. Yo voy con 2. 

Es hermoso ir en moto por Quito.

—Esta es la mitad del mundo —me dice 2 de repente. Mirando hacia delante. Como si estuviera atravesando una barrera eléctrica que dividiera las dos mitades del planeta.

Pero el mundo, pienso, se ha acabado hace un rato o, como poco, Ecuador. Solo en moto por Quito siento que estoy en el tiempo de Quito. Cuando paro, estoy todo el rato muchos minutos por detrás. Me da igual en qué mitad del mundo esté.

En el aeropuerto nos despedimos de 1 y 2. Son las personas más amables que me he cruzado en los dos lados del mundo, pienso. Cuando arrancan y se pierden por la salida del aeropuerto me doy cuenta de que jamás les volveremos a ver.

A partir de ahí todo se acelera. En la aduana no me dejan pasar. J.E. suplica e implora. Llamamos al consulado. En el consulado llaman a la comisaría del aeropuerto. En la comisaría llaman a la compañía aérea. Los de la compañía aérea recurren al consulado. El del consulado llama a la policía nacional. Hay un momento, mucho rato después, en que veo que nuestro vuelo ha despegado y que J.E. y yo seguimos en Quito. Nos hemos quedado en la mitad del mundo. 

Nos vamos a un hotel. Otro hotel.

—Mañana saldremos en el vuelo de las 10:35 —me dice J.E. que se afana en la burocracia.

Estoy agotada, pero sobre todo preocupada, porque quizá se ha acabado el mundo o, como poco, Ecuador. Salimos a comer. Frente al hotel hay una tienda de alimentación y souvenirs. Compro un imán a mis nietas. En la esquina de la calle Algodón veo, en la otra acera, a la mujer de negro. Cuando se lo voy a decir a J.E., me arrepiento. Quizá la mujer de negro sea efecto del soroche, pero estoy segura de que es la que se ha llevado mi mochila. Comemos a unas cuantas cuadras. No tengo hambre. Paga J.E. porque yo no tengo nada. 

J.E. está alterado. Intenta hablar con la agencia de viajes, intenta hablar con el consulado. Todo se pone complicado. Hay un momento, no sé por qué, en que nos hemos puesto a discutir. Luego me he puesto a llorar y J.E. también. Nos hemos pedido perdón. Hemos discutido como cuando éramos pequeños y mi madre nos terminaba regañando a los dos. 

—Me quiero ir de aquí —ha dicho J.E., algo desesperado.

Nos hemos vuelto al hotel. No teníamos ganas de salir. Me he asomado al balcón. Me he pasado todo el rato, hasta que ha caído la noche, mirando a un lado y a otro con la esperanza de ver a la mujer de negro o a 2 pasar en moto. No sé, quizá para sentir algo de cotidianidad.

He dormido mal. He soñado con mi hijo mayor. He soñado con la basílica y el pájaro que estaba posado en la punta de la torre de los cóndores. El pájaro llevaba en el pico mi mochila. Me he despertado alterada con la imagen y ya no me he podido dormir. He salido al balcón. No han pasado ni la mujer de negro ni 2 en su moto.

Hemos vuelto al aeropuerto. No sé por qué, pero siempre pasamos por la mitad del mundo. El taxista había vivido en Madrid, donde también había sido taxista. He pensado que igual en cada mitad del mundo todo se repite. Se duplica, pero a la inversa.

Cuando hemos ido a pasar el control del aeropuerto no nos han dejado pasar. La denuncia no vale como documento de identidad. Es como si hubiera dejado de ser yo. De hecho, es como si hubiera dejado de ser. No soy yo en esta mitad del mundo. Tampoco en la otra. Siento una angustia y una desesperación total. ¿Quién habrá terminado de construir la basílica?¿Por qué justo hoy?

J.E. se pelea con la agencia de viajes por teléfono. Menos mal que está él. Creo que va a lograr sacarnos de Ecuador. 

Volvemos al hotel.

—Mañana sí salimos —dice J.E., firme. No ha vuelto a caer en el pesimismo.

Tengo miedo de salir porque no tengo tarjetas, pero tampoco tengo identidad. No soy. Pasamos el resto del día en el hotel. J.E. se ha ido a leer. He pasado toda la tarde en el balcón. Ni rastro de la mujer de negro, ni rastro de 2. Cada vez que oigo una moto sonando algunas calles más allá me imagino a 2. Es hermoso ir en moto por Quito. Eso debo agradecérselo a la mujer de negro. Con la mochila nunca hubiera visto Quito así.

Vuelvo a dormir mal. Ni siquiera he soñado. De madrugada he oído una moto romper la noche unas calles más allá. Estoy convencida, y esto jamás lo podré saber, de que era 2. 2 volviendo a casa con su novia, la estudiante de física, que quizá vengan de pasear desde la otra mitad del mundo.

Salimos pronto al aeropuerto. El taxista no habla. Parece enfadado. Nos deja a tiempo en el aeropuerto. Pasamos los controles. Llegamos a la puerta de embarque con tiempo. Nos montamos en el avión. Me toca ventanilla.

El avión despega.

Veo Quito hacerse cada vez más pequeño. Veo las dos mitades del mundo. Distingo la basílica. Veo bandadas de pájaros sobre Quito. En ese laberinto está 2, la mujer de negro, los dos chicos que tocaban frente a la basílica, que descubro con alegría que no se ha terminado de construir. Uno de esos pájaros que sobrevuéla Quito podría ser el que vimos en los Cóndores, el que soñé que llevaba mi mochila. 

El mundo, compruebo, tiene sus dos mitades enteras. En una de las dos hay una mujer de negro andando. Lleva una mochila. Si es que la mochila, alguna vez, existió



martes, marzo 17, 2026

La colonia en la foto de 1949

Mi hermano Marcos había dejado la casa de mis padres unas semanas antes —aunque el tiempo nunca sea exacto—. Se había instalado ahí después del divorcio. Nosotras no teníamos prisa por vender: esa casa es (¿será?) nuestra herencia, pero mi hermana Petra y yo tenemos una situación más o menos estable y podíamos esperar un tiempo para venderla. No nos corría prisa. Marcos, sin embargo, estaba sumido en una forma muy profunda y vasta de dolor. Su mujer se había ido con un compañero de trabajo y Marcos se quedó atrapado en la tristeza y casi en la parálisis. Dejó de trabajar y, por tanto, de tener ingresos. La casa, por la que no le cobrábamos nada, le venía bien.

Los primeros meses apenas salía. Cuando Petra me llamaba, yo le decía que haber vuelto a la casa de mis padres —que habían fallecido de forma misteriosa y traumática un año atrás (¿?), casi a la vez, separados por dos días de diferencia, o ese tiempo que equivale a cuarenta y ocho horas— no era, quizás, la mejor idea. Era la casa donde habíamos pasado nuestra infancia. La colonia seguía igual que cuando éramos pequeños. Las hileras de bloques de ladrillo, la iglesia central y la plaza con ese flujo vivo que tuvo siempre cada tarde. El colegio, los niños de la colonia saliendo cada tarde a la plaza. Todo eso sucedía en ese espacio amplio, protegido y cerrado. Un universo propio dentro de la ciudad. Con frecuencia se ha comparado a la colonia con un pueblo y ciertamente lo es. Un pueblo anclado en medio de una ciudad que tiende a la locura y al crecimiento salvaje y desproporcionado.

A veces quedaba con Petra para ir a visitarle. No somos familia de hablar de sentimientos, pero nos une la solidaridad. Marcos estaba mal. Apenas se levantaba de la cama. Quedaba con mi hermana en la puerta. Atravesábamos la colonia. Ese flujo diario de gente entre las casas y la plaza, entre el colegio y los portales. Nunca he sabido cuánta gente habitaba ahí dentro. Para llegar a nuestro portal, atraviesas casi todos los bloques. Nuestro portal es el más remoto desde cualquiera de las entradas. Parecía una metáfora del estado emocional de Marcos. Teníamos que llevar llaves, porque si llamábamos, ni siquiera se levantaba a abrir.

Pero con los meses se fue animando. Marcos es un físico nuclear de prestigio. A veces, con características de genio. Un carácter que tiende al caos, probablemente porque su mente ordena en exceso. Torpe en lo emocional, brillante en lo pragmático. Marcos no ve la realidad que vemos nosotros. Ve moléculas en movimiento. No mide el tiempo como lo medimos los demás: lo fragmenta. Volvió a la actividad laboral, no sin esfuerzo, pero siendo consciente de que en el trabajo estaba su salvoconducto, su salvación. Fue cuando nos comunicó que se iba del país, que le habían ofrecido un puesto para un proyecto muy ambicioso en Estados Unidos y que dejaba la casa.

—Es hora de venderla —dijo con un tono algo melodramático y rotundo.

Todo fue rápido (eso creo). Marcos dejó la casa y se fue. Se despidió efusivo. Se le veía afrontar con entusiasmo su nueva etapa. Cuando le preguntamos cuánto duraría el proyecto y cuándo volvería, contestó esquivo: con el tiempo nunca se sabe.

Petra y yo fuimos a ordenar la casa y acomodarla para la venta. Nuestro hermano la había dejado en un estado deplorable. No había nada en su sitio. La cocina estaba repleta de cajas vacías o a medio vaciar. Había tazas repartidas por todas partes. Platos sin limpiar, escondidos en las esquinas más remotas e imposibles. El tiempo que había pasado ahí había sido una acumulación de caos y desorden.

Estuvimos, probablemente, un par de días trabajando y ordenando todo. Al terminar, pusimos el apartamento en una web de anuncios, calculamos por encima el precio y me ofrecí a enseñarlo yo a los interesados, ya que vivía muy cerca de la que fue la casa de mis padres. A Petra, que vivía algo lejos, aquello le pareció una gran noticia y agradeció mi ofrecimiento.

—Con el tiempo te lo pagaré —sonrió cariñosa.

El tiempo, si es que el tiempo, como lo asumimos, existe, pasó extraño a partir de entonces. Como no había prisa, ni Petra ni yo perdimos la paciencia. Casi no había llamadas. A partir del segundo mes, cuando bajamos cinco mil euros, las llamadas empezaron a ser esporádicas, con algo más de frecuencia.

Algunas tardes paseaba hasta la colonia. Desde que me fui (me iré) de allí, con veinte años, solo iba cuando mis padres estaban vivos y nos invitaban a comer algún domingo o en Navidad. Sin embargo, después de la muerte de mis padres y el año extraño de Marcos, una forma de cariño y nostalgia empezó a surgir en mí por la colonia. Algunas tardes paseaba por allí. Viendo a los niños jugar en la plaza, empecé a recuperar recuerdos que tenía un poco enterrados de mi niñez. De repente, llegaba a los recuerdos como si, todos esos años, aún hubiera estado por detrás de ellos y me hubieran estado esperando.

La colonia siempre fue un lugar peculiar. Los de la colonia parecía, de algún modo, que no pertenecíamos del todo al resto de la ciudad, como si fuéramos una anomalía, un lugar aparte. Un tiempo fuera del tiempo. Mi primer novio lo tuve ahí. La primera vez que me besé fue en la puerta de la entrada sur. Mi primera amiga vivía en el bloque frente al colegio, en el segundo piso. Se fue cuando teníamos catorce años y no he vuelto a saber de ella. Tardes de juego. Noches adolescentes en la plaza. Mi primer cigarro. Cuando empecé a pasear esas tardes, recuperé un cariño por la colonia que había permanecido (permanecerá) congelado durante muchos años. Mi hermana se casó en la iglesia, yo conocí a mi marido a la salida del cine que aún había allí. Y, sin embargo, de repente, dejamos la colonia y nos insertamos en la ciudad. Como si los dos mundos no pudieran convivir a la vez: o habitabas la colonia o habitabas la ciudad. Nunca se vivía en los dos mundos a la vez. Eran tiempos que transcurrían distintos.

Mi padre siempre contaba que vio las obras de los edificios. Nos enseñaba una foto en blanco y negro o sepia. Esos colores hermosos del pasado fotográfico. Abajo, al pie de la foto, ponía 1949. Se veía la colonia desde la avenida, que aún no estaba construida. Era aún un camino de arena sin asfalto. La foto era de unos meses antes de que entrara la gente a vivir. En la plaza, casi en miniatura, se ve a tres mujeres. Dos sentadas y una que corre mirando hacia la cámara. Siempre pensé que estaban jugando.

—Esto era la periferia de la ciudad. La colonia está construida sobre un antiguo cementerio —decía con voz de locutor, porque le gustaba que Petra se asustara pensando que habitábamos sobre un campo de calaveras. Y Petra, pequeña, miraba la foto, probablemente imaginando fantasmas bajo esos edificios recién hechos y aún sin estrenar.

Las ciudades son capas, pensaba en esos paseos cada vez más frecuentes. Los siglos posteriores cubren los anteriores. La colonia cubre lo que fue lugar de restos fúnebres, que previamente había sido solar. Las capas de ladrillos son, a su vez, capas de la historia. Todos los tiempos suceden a la vez. Marcos, cuando estaba más sociable, hablaba de esas formas difusas del tiempo molecular. Todo sucede cuando sucede porque está siendo observado. Pero yo no entendía muy bien a qué se refería.

Entonces, esa tarde, suena el teléfono. Una voz de una chica muy amable preguntaba por el apartamento. Estaba interesada y quería venir a verlo con su pareja. Nos citamos dos días después, a las cinco de la tarde. Pensé que era una buena hora porque así verían la salida del colegio, la actividad y el flujo peculiar de la colonia, en su forma de vida autosuficiente.

Dos días después, las esperé debajo de una de las puertas de hierro, la entrada más al sur, por la calle menos transitada, donde el 1950 indica el año de inauguración. Eso les dije a las dos chicas cuando aparecieron puntuales.

Desde esa entrada se recorren prácticamente todos los bloques de la colonia y te haces a la idea de su forma y del ambiente. Efectivamente, había niños saliendo por todos lados, el bullicio alegre de los primeros días de primavera.

—Qué curioso —dijo una de las chicas—, nunca había entrado aquí.

Fui explicando algunas cosas. Conté que incluso tuvimos cine cuando éramos pequeñas. Los colegios, los supermercados, la casi autosuficiencia interna.

—Puedes vivir sin pisar lo de ahí afuera —dije casi orgullosa, como si de verdad la colonia no perteneciera a la ciudad.

A partir de ahí, yo no noto el cambio. No sé cuándo sucede. Entramos en la casa. La vamos recorriendo. Incluso abro algunas ventanas y juraría que se sigue oyendo el bullicio de niños. El ajetreo vivo de una tarde primaveral en la colonia. Las chicas muestran cierto interés. Hablan de reformar el espacio, de cambiar patios. Me preguntan cosas concretas de la comunidad. Ven la cocina. Una de ellas parece arquitecta o sabe mucho sobre el tema y revisa tabiques y paredes. Le dice a la otra que se puede abrir hueco para ganar espacio en el salón. Cosas que a mí siempre me ha costado ver.

Entonces salimos. Bajamos la escalera y alcanzamos el patio entre bloques. No se nota nada de primeras. Solo la extrañeza del silencio y de que, de repente, no hay ningún coche aparcado. Los bloques están vacíos. Es como si el planeta se hubiera quedado vacío de repente. Las chicas también notan algo extraño, pero no dicen nada. Yo empiezo a asustarme, pero no lo comunico.

Avanzamos por el patio de nuestro bloque, giramos a la derecha, desde donde ya se empieza a ver la plaza y parte de la iglesia. No hay nadie. No hay ni un coche. Miro a las casas y la impresión es de que están deshabitadas.

—¿Lo notáis? —pregunto.

—Sí —dice la más morena.

Ellas se agarran de la mano. Yo tengo ganas de hacerlo, pero el pudor y la falta de confianza no me dejan.

Caminamos hasta la puerta de la iglesia. Está cerrada. No hay manera de abrirla. La plaza está totalmente vacía y lo que antes eran negocios ahora son espacios vacíos. Al fondo, por la avenida, no pasa ningún coche; al otro lado, no hay ningún edificio. La colonia está suspendida en la nada, o eso me da por pensar.

La menos morena se sienta. La otra la abraza. Yo, sin saber muy bien por qué, salgo corriendo hacia lo que era la avenida. Digo "lo que era", porque la avenida ahora es un carril de tierra que baja hacia el sur. Estamos, comprendo, en las afueras de la ciudad. Veo a lo lejos a un hombre al otro lado de lo que debería ser la avenida, donde deberían estar los edificios de fuera. Su indumentaria es antigua. Va de negro, lleva un sombrero y una cámara. Está encuadrando hacia nosotros. Me acerco casi corriendo, en una carrera que podría haber durado décadas, pero que dura segundos, y le pregunto:

—¿Qué ha pasado?

El hombre me mira como el que mira la inmensidad, como el que mira una máquina en combustión, como el que mira el fuego. No me entiende. No sabe a qué me refiero.

—Nada. Simplemente estaba tomando unas fotos. Me las ha encargado el arquitecto —me dice pausado y amable.

A partir de ahí, mi cabeza se divide en dos fragmentos claros: uno quiere comprender, el otro asume una forma de locura. Ambos batallan por darle la razón al otro.

Giro la cabeza. Entonces reconozco lo que veo: la imagen que tengo ante mí es la foto en sepia que nos enseñaba mi padre. Es difícil de procesar y de entender. Ahora no hay sepia. Lo que veo son los colores de la realidad. Reconozco la foto de la colonia de la época en que se inauguró, cuando la avenida aún no estaba construida. Es la misma imagen, pero ahora solo falta la mujer que corre y mira a cámara; porque, y eso lo descubro en ese instante, la foto que yo recuerdo ha sido tomada en el mismo instante en que yo venía hacia él.

Nada de lo que está sucediendo está sucediendo aquí, pienso en un arrebato filosófico, físico o astral. Todo lo que pienso me parece diluirse.

En algún momento, en el que todo ha dejado de ser secuencial, le pregunto al hombre:

—Pero, ¿dónde estamos?

Me mira, casi preocupado o molesto, porque está centrado en la foto, en el encuadre, en que todo salga bien.

—Estamos frente a la nueva colonia. ¿No la conoce usted?

Entonces, la frase "la nueva colonia" reverbera en mi cabeza. Miro alrededor. Más allá, donde había un edificio gubernamental, veo campo y campo que se extiende hacia más campo. No hay ciudad.

Corro hacia las chicas. Están abrazadas. Las abrazo también. No digo nada, pero ellas saben que algo se ha roto, si es que el tiempo se puede romper.

No sé cuánto tiempo pasa aquí, porque estoy segura de que el tiempo no transcurre igual en 1949 que allí, en 2026. Pero, pasado un rato, veo aparecer por la parte de atrás de los bloques a mi hermana Petra con una pareja. Petra me mira desde allí, pero no desde un "allí" espacial, sino desde un "allí" más amplio. Nos estamos mirando en 1949.

La pareja nos mira a mí y a las chicas. Ellos, como las chicas, habían ido a ver el piso. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? ¿Petra me había dado por desaparecida?

Intento explicar, si es que hay manera de explicarlo, y nos quedamos sentados en la plaza en 1949. No es miedo o incomprensión lo que sentimos. Es un vacío. En 1949, ninguno de los seis que estamos en la plaza existe aún. ¿Cómo volver desde donde no estás? ¿Cómo salir del encuadre de aquella foto?

Por detrás de los bloques aparece, de repente, Marcos. Le veo venir con un mono de trabajo y unas gafas que cubren casi toda su cara. Nos mira desde cierta distancia y anota algo en un cuaderno. Chequea con mirada analítica todo alrededor. Le miro, le miramos. Nadie habla. No sé si estoy asustada, enfadada o perdida, pero al menos espero que sepa llevarnos de vuelta.

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