jueves, septiembre 24, 2026

El perseguido

El tedio y la incertidumbre pueden arrastrarte al absurdo. Llevaba en paro seis meses. Mi habilidad para buscar trabajo tiende a cero y no encontraba la manera de arrancar esa incertidumbre de mi existencia. Llevaba semanas en que mi única actividad consistía en sobrevivir y dar paseos extenuantes por la ciudad. Paseos sin destino ni ruta predefinida. Salía por la mañana y volvía a casa a mediodía para comer. Descansaba o miraba la pared un par de horas o tres y salía de nuevo por la tarde hasta que la noche era total. Esos paseos tenían algo deslumbrante: me mostraban las formas de la ciudad que conviven contigo y que nunca reparas en ellas. La ciudad, se sabe, sí, pero es un cúmulo de capas de realidades tan exagerada, que parece un milagro que convivamos tanta gente junta en unos cuantos cientos de kilómetros cuadrados.
En esos paseos vi de todo. Parejas arrasadas por la tragedia, llorando en andenes de metro o discutiendo en parques apartados. Vi a gente llorar desconsolada en medio de una calle vacía. Vi gente hablando sola. Vi gente mirando a la nada, mucha gente mirando a la nada. Vi ansiedad y dolor. Vi personas que no parece que vivan ancladas a la realidad. Vi turistas despistados en barrios en los que no deberían estar. Vi a niños perdidos buscando a su madre. Vi a madres buscando a niños. Vi peleas en la acera y a conductores amenazándose de muerte. Vi desahucios violentos donde la policía ejercía una violencia innecesaria. Vi mucha gente sin casa. Vi los contrastes. La ciudad es un ente inexplicable. Pero lo que más vi, y este es el motivo de mi narración, fue a un individuo anónimo que decidí seguir hasta el agotamiento.
Con frecuencia, cuando caminas tanto, terminas por descubrir que al cabo del día hay mucha gente con la que te cruzas más de una vez en tu vida. Normalmente no lo percibes, porque vamos mirando otra cosa que está más allá de la calle: tus desasosiegos y desconciertos; pero cuando pasas a ser un observador permanente o un espía de la totalidad, retienes esos rostros que van pasando con frecuencia a tu lado. Esas caras despistadas que tampoco te retienen a ti. En los alrededores de mi casa había visto en el intervalo de pocos días a un hombre de unos treinta años. Había algo en él que me producía una fascinación extraña. Notaba ya la diferencia sociológica y generacional entre su manera de entender el mundo y la mía. Era algo notable en su forma de andar, de vestirse, de observar. Era ese tipo de personas que son elegantes sin esfuerzo. Su ropa era medianamente gastada: camisas anchas, una gorra adapta a su rostro, que le dotaba de un aire mezclado entre antiguo y actual, urbano, pero distinguido. Sin sobresalir, pero sin ser del montón. Una persona chic. Caminaba desentendido de la realidad callejera. Atento a su móvil y siempre con un bolso muy ancho de cuero colgado del brazo izquierdo.
No sé si fue la sexta o la séptima vez que coincidí con él que ya miré con otra atención. Había algo llamativo en esa persona, pero no sabía descifrar. Parecía netamente una persona del mundo de hoy. Ajeno a las tradiciones del país o de su cultura. Una persona anclada en la actualidad hasta el tuétano. No sabría describirlo de otra manera. Entonces, atraído por ese extraño magnetismo o por una curiosidad por entender qué era exactamente lo que me producía, decidí seguir sus pasos un rato, ver dónde iba, si siguiendo un rato descubriría algo de ese personaje anónimo.
Eran días, como he dicho, de tedio e incertidumbre y lo asumí como una forma de juego. Le vi pasar a mi lado. Ajeno, por supuesto, a mí. Iba con audífonos mirando a la nada y entonces esperé dos o tres segundos, me giré y comencé la persecución. No había en mí más motivación que la curiosidad o cierta ambición de estudio antropológico amateur. Todo esto sucedió en la esquina de la calle Imperial con la calle del Salvador, donde giró. A la izquierda, en una ventana en el edificio del Ministerio de Asuntos Exteriores, una mujer limpiaba los cristales de la planta baja. Me miró y pensé durante unos segundos que me había descubierto, que había detectado en mi actitud mi extraño plan de perseguir y espiar a un desconocido, y durante unos segundos me sentí absurdo y extraño, pero ignoré mi paranoia porque mi único propósito era, por decirlo de algún modo, la diversión. Cuando alcanzó Concepción Jerónima giró hacia su derecha para bajar hacia la calle de Toledo. En la esquina de abajo se detuvo a mirar el escaparate de la tienda de uniformes y monos para empresas Confecciones Zorrilla, que lleva ahí desde el siglo XIX. No vi otro motivo en él que la curiosidad y pensemos: también el curioso es curioseado. Cruzó sin mucha precaución ni civismo hacia Tintoreros y me vi obligado a ser igual de imprudente. Un autobús que venía por el lado derecho tocó la bocina para recriminarme y un peatón desde el otro lado gritó:
—¡Sí, es que estás loco!
Pero mi perseguido, imbuido en la música de los audífonos, no atendió a esa cacofonía del tráfico. Lo cual me evitó ser descubierto. Aunque dudo que me reconociera o adivinara mis intenciones. A partir de ahí su recorrido es impreciso o poco descifrable:
Atraviesa Puerta Cerrada y se dirige por la calle de la Pasa. Me veo obligado a acercarme más para no perderle el rastro. En la calle de la Pasa solo la atravesamos los dos. No hay más peatones. Lo que me produce cierta tensión. En la plaza del Conde de Barajas se detiene bajo el primer árbol y durante dos o tres segundos no sé qué hacer. Disimulo como para entrar en un local que se llama Federal, pero justo cuando abro la puerta, veo que arranca su camino de nuevo hacia Conde de Miranda; en la plazuela gira a la izquierda hacia la iglesia del Corpus Christi. Para mi sorpresa, entra. Me quedo en la puerta dudando. Entrar sería un riesgo excesivo, pero quizá me empezaría a dar nuevas perspectivas de mi personaje. Jamás en mi vida había entrado y me quedo abrumado con el retablo y con la pintura de la Última Cena. Mi perseguido se sienta y mira el retablo. No se da cuenta de mi presencia. Saca del inmenso bolso de cuero una botella de agua y se refresca. Unos segundos después veo que entra una mujer que se sienta a su lado, le da un beso y sonríen. Salen a la calle y por la calle del Codo llegan a la plaza de la Villa. En la plaza de la Villa se besan compulsivamente y se abrazan. Ella es una persona de su estilo: moderna, actual, sofisticada. De la mano bajan por la calle Mayor. Caminan rápido, como si tuvieran prisa. Giran en la calle de San Nicolás y a un ritmo frenético llegan a la plaza del Biombo y entran en el número 6. Me siento en un banco debajo de un árbol. El calor es cada vez más extremo en la ciudad. Pasan cuarenta o cincuenta minutos y me pongo en pie. La persecución por ese día ha acabado, pero esto es tan solo el primer día.
Dos días después me lo vuelvo a cruzar y emprendo una nueva persecución. Lo poco productiva que había sido la primera vez, la segunda es un flujo de datos. En la calle Lechuga se encuentra con otra mujer. Caminan y atraviesan la plaza Mayor. Encaran la calle Mayor hacia abajo y repite la ruta hasta la plaza del Biombo. Vuelve a entrar en el 6. Esta vez soy paciente y espero. Dos horas después salen del portal. Les sigo. Van hasta la plaza de Ópera. Se despiden. Ella entra al metro y él sube por Arenal. Gira en Hileras hasta las Descalzas. Sube a Callao. Llega hasta Luna y entra por Corredera Baja de San Pablo. En Corredera Baja de San Pablo entra en el teatro Lara. Sin temor yo también entro. Veo que habla con un grupo de gente. Oigo su voz. Nadie se da cuenta de mi presencia, porque permanezco en un claroscuro cerca de la puerta. Hablan de una función. Le hacen preguntas técnicas y de actuación. Descubro que probablemente sea director de teatro. Entran a la sala y desaparecen. Evitando la vigilancia, entro por una puerta y me siento en una zona en sombra del patio de butacas, muy atrás. Imposible verme. Los actores salen a escena y él se pone en un lateral.
—Vamos a hacer toda la escena final —dice con tono amable.
La escena arranca. Los actores entran en papel. La intensidad se nota en todo el teatro. Se habla de dolor y de tragedia. La actriz llora, el actor se demora a sus pies. Suena una música atronadora, ruido y bestial. No sé por qué, pero todo me arrastra a un estado de tensión. Él, de repente, cambia de tono y se pone firme, serio.
—No podéis dejaros arrastrar por todos los elementos de la escena. Vosotros tenéis que dar un contrapunto. Todo a vuestro alrededor es sobrecogedor, también vuestras frases, pero es importante que deis el contrapunto, no os subáis a ese salvajismo.
Se da la vuelta. El actor grita y la actriz dice una frase netamente filosófica:
—De hecho, si algún día se descubriera realmente la fórmula de todos nuestros deseos y caprichos, es decir, de qué dependen y a qué leyes concretas obedecen, cómo se desarrollan, hacia dónde se orientan en tal o cual caso, etcétera, etcétera; esto es, si se encontrara una fórmula matemática genuina, entonces el hombre, de manera inmediata, posiblemente dejaría de sentir deseos; mejor dicho, dejaría de sentirlos con toda seguridad. ¿Qué sentido tendría desear siguiendo una tabla?
Suena la música. Mi perseguido se pone de pie. Descubro que está llorando. Abraza al actor.
—Este es el camino —le dice.
Por la puerta del lateral entra una persona. Descubro a la mujer del primer día. Sube y le besa. Él dice:
—Ahora vamos a repetir la escena con ella.
Ensayaban un diálogo que fuera de contexto parece algo extraño. La mujer que le ha besado dice:
—A ver, señores, ¿qué tal si nos libramos de tanta cordura de una maldita vez, aunque solo sea para mandar al diablo todos esos logaritmos y poder vivir de nuevo con arreglo a nuestra estúpida voluntad?
Luego se pierden en asuntos técnicos y colocación de escena. Intento salir, pero lo veo difícil sin ser descubierto. Aguanto en el claroscuro sin ser visto. Dos horas después salen de escena y aprovecho para salir. De salida me fijo en los carteles. Espero en la calle. Veo los carteles, pero ninguno me indica que sea la de mi perseguido alguna de ellas. Media hora después sale de la mano con la chica. Suben hasta la plaza Dos de Mayo. Beben cerveza en una terraza. Yo aprovecho para beber también. La noche cae solemne y cálida en Madrid. Se levantan. Esa noche terminan, de nuevo, en la plaza del Biombo. Descubro que vive en el piso dos porque desde el banco veo cuando se enciende la luz. Al rato apagan la luz y se enciende un neón anaranjado. En una esquina, detrás del balcón, veo a ratos pasar una sombra. Poco más.
Paso dos días sin cruzarme con él y decido ir pronto una mañana a la puerta de su casa. Le veo salir a la media hora. Camina veloz hasta plaza de España atravesando el Palacio. En plaza de España se encuentra con una tercera mujer a la que también besa. Se van caminando hasta Princesa. En Princesa suben por la calle Juan de Dios. Van agitando mucho los brazos; ella le recrimina algo que no logro identificar. Está furiosa. Él se mantiene sereno, inquebrantable. Ella entonces grita y solo oigo:
—Siempre haces lo mismo —y sale corriendo.
Él sigue la misma dirección pero a ritmo pausado. La pierde vista. Yo a él no. Sube hasta la plaza de Comendadoras. Se sienta en la terraza del Café Moderno. Pide un desayuno con tostadas. Yo me quedo en los bancos al lado del parque. No le llamo nunca la atención. Cuando termina paga y sale por la esquina de Quintana. Baja por la calle Acuerdo y toca el telefonillo del número 20. Oigo nítidamente su voz:
—Soy yo. ¿Bajas? —dice.
Una mujer contesta:
—En seguida.
Avanzo hasta la esquina del Moloko para no ser visto. Me agazapo en esa esquina. Pasa un motorista que se detiene a mi lado y me pregunta por una dirección. Intento explicarle, pero el tipo parece poco habilidoso para la orientación. Intento explicarme mejor. Él no apaga el motor, que es evidente que necesita una revisión, y apenas me escucha. Hablo alto temiendo ser escuchado en el giro de la esquina por mi perseguido. Finalmente el motorista sale disparado por calle Acuerdo hacia abajo. Yo voy detrás de él, pero al girar no veo a mi perseguido donde le había dejado. Se me acelera el pulso. Pero distingo su silueta atravesando La Palma. Acelero el ritmo. Veo que va con una cuarta mujer. Van de la mano. Parecen pareja. Todo esto me empieza a resultar desconcertante. En la esquina con San Vicente Ferrer se besan de un modo tan apasionado que dos tipos que pasan al lado se asustan y dan casi un respingo. Ellos siguen abrasados por la pasión sin inmutarse. El beso es largo y, por qué no decirlo, poderoso. Luego siguen bajando. En Noviciado se meten en una tienda de vinilos. Yo les observo desde fuera. Ella ojea uno de mis discos favoritos de cumbia peruana. Él tiene el disco homónimo de Neu! en las manos. Veo sus siluetas dentro de la tienda y me parece hermoso, una especie de baile. Dos minutos después ella le abraza por detrás y él sonríe. Pagan los discos en caja y salen a la calle. Van hasta plaza de España y de nuevo, tras atravesar Palacio, terminan en Biombo. Suben. Espero en la plaza. Pasa un barrendero que me mira con desprecio y pasa un chico con mochila que claramente se ha escapado del instituto. Se sienta a mi lado y me pide un cigarro.
—No fumo —contesto.
Pasa una hora, quizá hora y media, y solo sale ella. Dudo si seguirla. Quizá seguirla a ella me dé pistas. Lo hago. Se va hasta Mayor. En Mayor sube hacia Sol. Cuando llevo seis, siete minutos detrás de ella, me arrepiento y salgo corriendo hacia Biombo. Vuelvo al banco. Miro su piso, porque ya no tengo dudas de que ese es su piso. Me desespero y me enfado conmigo mismo por haber sido tan torpe de perder posición, pero milagrosamente, cuando más me estoy insultando, se abre la puerta del portal y le veo salir. Salgo detrás de él. Media hora después estamos, otra vez, en el teatro. Esta vez todo es más sorprendente porque el ensayo es con la amante que ya sabía que era actriz, pero ahora se suma otra de las amantes o lo que sospecho que son amantes. El diálogo entre ellas es enfermizo. Se recriminan una a la otra un trabajo mal hecho. No sé si son asesinas en serie, torturadoras o policías de un régimen fascista. Él sale a escena y las increpa. Esta vez el tono es más violento.
—A veces parece que no queréis ser actrices. ¿Podéis ser un poco más profesionales? —les dice en un tono francamente molesto.
El ensayo se prolonga un rato largo, tanto que me quedo dormido un tiempo que no sé descifrar. Coincide que el ensayo termina y los tres se meten a los camerinos. Cuando estoy avanzando por la oscuridad para salir y no ser visto, oigo unos gritos violentos de mujer. Salgo a la calle y espero. Quince minutos después sale una de ellas con la cara tapada. Los otros dos no salen. Espero. Sale él primero y se queda mirando el cartel de fuera. Aparece la otra amante. Él le coge la mano y caminan hasta el metro de Noviciado. Ella baja y él se queda. Cruza a la cafetería Dos Passos y pide un café. Diez minutos después aparece una mujer con cara de pocos amigos. Se sienta a su lado. Salen a la calle. Ella le insulta y él la besa. Ella se separa y le da una bofetada.
—Hijo de la gran puta —y se va San Bernardo hacia arriba.
Los siguientes días, sus rutas siguen siendo indescifrables. Ensayos esporádicos y aparición constante de nuevas mujeres a las que lleva y a las que lleva al piso de Biombo. No sé cuánto tiempo después, una noche sentado debajo de su casa oigo un grito. Es de la mujer que ha llevado ese día a su casa. Sale del portal corriendo. Me quedo petrificado. Arriba el neón naranja está encendido. Esa noche no pasa nada más. Dos días después en el teatro aparece una de ellas a ensayar. Él se vuelve loco en un momento del ensayo y la insulta. Ella llora. Ese día sale solo del teatro. Le sigo y termina en la calle Acuerdo. Toca y sube. Me quedo unos minutos y desisto.
Dos días después me levanto. Me preparo un café y veo su cara en las noticias. La presentadora dice que el reputado director de teatro Alejandro Venturini ha sido denunciado por más de una decena de actrices por acoso y violencia sexual y abuso de poder.
—Y es por eso, señor agente, que he venido. Quería contar todo lo que sabía.
—El problema, señor Aguirre, es que usted tiene una demanda por delito de acecho y hostigamiento por parte de Alejandro Venturini. Y lo peor para usted es que ha presentado pruebas.

lunes, septiembre 21, 2026

Destino: Bilbao

Llega a Bilbao a las 16:15 de una tarde de finales de septiembre. Sale de la estación de autobuses desubicado y cansado. Camina y ve el estadio de fútbol. Piensa que es extraño un lugar para las masas vacío y silencioso. Amenaza lluvia, pero de momento solo caen unas suaves y ligeras gotas que en la zona llaman txirimiri. Se repite la palabra varias veces. Es rítmica y musical. Es una palabra hermosa, piensa. Luego recuerda que en su zona se llama calabobos y gira por la calle Pozas. Avanza con la mochila en la espalda buscando la dirección que tiene anotada en un papel. Detesta anotar cosas en el teléfono. De hecho, el teléfono ya no le funciona. Observa a los peatones del modo peculiar e incisivo que observamos a los peatones cuando no estamos en nuestra ciudad. Como si buscáramos las costumbres, lo distinto, en ellos. Algo por descifrar que no es del todo evidente. Imagina vidas a esas personas que le pasan de largo. Una joven pareja, una chica con rastas, un señor de avanzada edad que mira hacia la nada. Espectros del otro lado de la vida.

El txirimiri, cae en cuenta en ese momento, se ha detenido. Huele a planta, pero no identifica el olor. Llega a Alameda de Recalde con Barraincua. En la esquina, tal como indica el papel escrito, encuentra las oficinas de la funeraria. Se acerca a la puerta, pero está todo cerrado. Da unos cuantos golpes, pero no aparece nadie. Mira a los lados, desconcertado. No sabe qué hacer y avanza hasta la ría. Rodea el Guggenheim. El lugar está lleno de turistas y gente paseando. Se sienta en el parque que hay en un lateral. Tiene ganas de cerrar los ojos y dormir, pero no lo hace. Se queda pensando qué hacer. Decide caminar en paralelo a la ría dirección al casco viejo. Se cruza con ciclistas, peatones, gente diversa, pero ya no los observa. Son fugaces, casi invisibles. En el casco viejo entra en la pensión Manoli. No hay nadie en recepción. Espera unos minutos mirando la pared. Empieza a llover con fuerza. Aparece una mujer y le pregunta por una habitación.

—Tiene suerte, me queda una libre. Ya nadie viene sin reservar.

Sube al segundo piso. La habitación es agradable, con ese aire de vida. Ahora todo aséptico e impoluto. Se agradecen los resquicios de vida humana. Se tumba en la cama después de quitar la colcha. Abre el balcón, porque llueve pero la temperatura es suave. La calle es estrecha y el balcón del edificio de enfrente le devuelve la imagen de una pareja fumando. Se miran y al cruzar las miradas las desvían. Él disimula, pero en cuanto puede se levanta a correr la cortina para sentir intimidad. Abajo se oye a dos chicos gritar y reírse. Hablan de fútbol. Coge el teléfono de la mesilla, descuelga y le dice a la mujer de recepción si puede hacer una llamada.

—Perdone, pero tenemos problemas con el servicio. ¿No tiene teléfono móvil?
—Se me ha roto —contesta.

Cierra los ojos un rato. Le vienen las imágenes de los días previos. La carretera. La velocidad. Los árboles, olores mezclados. No llega a dormirse ni a soñar, pero entra en ese estado que se parece a dormir y a soñar. Cuando abre los ojos le cuesta reubicarse un par de segundos. Hostal, lluvia, Bilbao. Vuelve al presente. Se pone de pie. Se mira en el espejo. Siempre espera encontrar otra cara. Una que tuvo quince años antes. No la de ese señor con el que no está de acuerdo. Se lava los dientes y baja. Sale a la calle y enfila por Askao. En la plazuela de San Nicolás pasa un ciclista irresponsable que casi le atropella. No le dice nada. Se queda mirándole pasar entre alarmado e indignado. El ciclista se pierde por la calle a una velocidad absurda. Sale al parque del Arenal. Vuelve a mirar las indicaciones y decide volver a las oficinas de la funeraria. Quizá ahora haya suerte, piensa. Al otro lado del río ve una silueta que cree reconocer. Mira atentamente. El nervio en medio con su flujo y la distancia a la otra orilla le hacen dudar, pero está convencido de que es Carolina. Sale corriendo hacia el puente del Arenal. Ve venir el tranvía. Se tropieza con un peatón que le insulta:

—¡Mamarracho!

No ríe, pero le hace gracia el insulto. Ya nadie llama mamarracho. Y un insulto pasado de moda pierde su mordiente, piensa. No baja el ritmo. Le sorprende que aún tenga esa velocidad. No debería tenerla. Baja por la cuesta de Ripa hasta el paseo. De repente duda. ¿Y si no fuera Carolina? En la terraza del Bar Kubrick ve a una pareja discutiendo. Solo alcanza a escuchar una frase de ella:

—Detestas la inestabilidad. ¡Tu mente no tiene orificios!

Se mete por el muelle paralelo al Nervión. Carolina debe estar un poco más adelante. Vuelve a llover. Se empapa. Ahora no es txirimiri, no es el calabobos. Ahora se empapa. Corre, pero no aparece la silueta de Carolina. Por debajo del puente, en los soportales, la encuentra; se ha quedado ahí a cubierto.

—¡Carolina! —dice pleno de emoción.

Carolina levanta la vista. Le ve y empieza a llorar.

—¿Pero tú también estás aquí? —le dice mientras él se abalanza a abrazarla.

Se quedan más de un minuto abrazados. Él deja caer una lágrima. Ella solloza, pero también ríe. Se cogen las manos. Se miran abrumados. No pasa nadie por debajo del puente. Cuando hablan, la acústica es poderosa. Reverberan sus frases dotándolas de mayor solemnidad.

—¿Cómo es posible que estemos a la vez aquí, ahora?

La frase suena filosófica, trascendental, pero para él lo es. Se miran y entonces Carolina le besa. Hacía mucho que no se besaban. Pero el pasado, ese pasado estático, allí a lo lejos, y el presente, se funden y entonces sienten una forma de no tiempo. Es un beso eterno en su dimensión. Se separan. No llegan a decir palabras completas. Balbucean dominados por una emoción extrasensorial. La lluvia sigue salvaje sobre el suelo.

—Pero realmente, ¿qué más da la lluvia? —le dice Carolina.

La frase suena, de nuevo, poderosa bajo el puente. Salen por el otro lado. Por el muelle no transita nadie. Es sorprendente la velocidad a la que todos han huido. La lluvia ha borrado a los turistas. Él le coge la mano y ella sonríe.

—Me había olvidado lo mucho que me gustabas —le dice.
—¿Te había dado tiempo de verdad a olvidarlo? —pregunta ella con genuina curiosidad.
—¿Cuánto tiempo ha pasado realmente? —y los dos ríen.
—Vaya uno a saber —contesta ella.
—¿Sabes llegar? —le dice él.
—No, ¿y tú?
—Sí, he pasado al llegar.

Entonces empieza a correr. La lluvia es prodigiosa. La ciudad de repente huele a monte, a vida.

—¿Así te olía a ti también después de la curva? —dice Carolina.
—Exactamente igual. La curva y el olor. Fue todo seguido. El olor lo invadió todo. ¿Tú también llegaste en bus?
—Llegué en avión. El aeropuerto estaba medio vacío. A veces no sé si todos somos iguales.
—Yo tampoco lo sé.

Enganchan con el puente Zubizuri. Arriba él patina y ella sonriendo dice:

—Me cago en Calatrava.

Suena la carcajada por la ría. Con un poder estremecedor. Salen a la plaza de la Convivencia. En las escaleras un chico con la camiseta del Barça les pide ayuda.

—No sé dónde estoy —mirándoles compungido.
—Eso es difícil de resolver. Pero mejor baja hasta el muelle. Allí se empieza a comprender —le dice ella, sabiendo que en realidad esa indicación es un regalo.

El chico les mira aturdido. Se mira las manos y baja las escaleras. Entran por la calle Ercilla. Entran a un bar que se llama La Roca. En la televisión dan cifras de los accidentes en carretera y el pronóstico del tiempo. Piden una cerveza.

—¿Aquí ya no hacen control de alcoholemia? —y vuelven a reír.

Apuran la cerveza en tres tragos. Se vuelven a besar.

—No da tiempo a nada más —le dice él mirándola con picardía.
—Es probable que nos estén esperando ya.

Ya no corren. Caminan sosegados. También la lluvia baja el ritmo. Apenas gotas esporádicas. Disfrutan las últimas manzanas antes de llegar al destino. Cruzan a lo loco por una calle. Dos coches casi chocan entre ellos, pero no es por su culpa. Los conductores discuten. Uno de ellos:

—¿Se os olvida conducir cuando llueve?

Llegan a la esquina de Alameda de Recalde con Barraincua. Ven una figura dentro de la funeraria. Abren la puerta.

—Buenas tardes —dice ella—. Somos Carolina Venturrini y Hernán Umendi.

El hombre levanta la vista y chequea el ordenador.

—Se han retrasado un poco. Pero adelante. Sus entierros están programados hace más de media hora. ¿Fue culpa suya el accidente?
—No vi el giro completo de la curva. El asfalto mojado hizo patinar el coche. No iba tan rápido. Aún no sé qué pudo suceder.
—Sí, esa curva es terrible. No es la primera vez. ¿Notó el olor a monte, a árbol? Nadie sabe definirlo.
—Sí, parecido al césped mojado, también. Luego ya aparecí en el autobús. La llegada al terminal. Las indicaciones. Me di cuenta en seguida.
—¿Y usted? —dice el hombre mirando a Carolina.
—Noté el olor, sí, y aparecí en el avión aterrizando. Tardé en comprender. Pero creo que había algo de negación.
—Es una reacción habitual.

El hombre rellena datos con el teclado del ordenador. Ellos dos se cogen, entonces, muy fuerte de las manos.

—Bueno, van a tener que ir entrando —dice el hombre con cara seria.

Ellos, sin rubor, deciden besarse. El hombre no mira. Sella unos papeles que acaba de imprimir y los grapa. Entonces Carolina mira al hombre y le pregunta:

—Disculpe una duda, pero ¿por qué Bilbao?
—Nunca se sabe por qué sucede. Aún no hemos descifrado la razón, pero no es mal destino, ¿no le parece?
—Es formidable.

Entonces cruzan el umbral y reverbera el frenazo por toda la ría. Bilbao es su destino.

martes, agosto 18, 2026

Manu

A los pocos días de cumplir doce años, la madre de Manu le dice que tiene que salir toda la tarde, pero que ya tiene edad para quedarse solo en casa, que confía plenamente en él y en su responsabilidad. Le va haciendo indicaciones de todo tipo mientras se prepara para salir. Manu mira ese ritual hipnótico de la madre, que se va vistiendo, maquillando, perfumando y poniéndose a punto para salir mientras recorre la casa a ritmo endiablado, dictando frases que deben ser leyes en su primera tarde solo en casa. La ve coger el bolso, las llaves, le da un beso y finalmente, precisa, le dice:

—No llegaré muy tarde —y Manu ve la puerta cerrarse para quedarse solo en casa por primera vez en su vida.

Los primeros minutos siente que esa especie de reino, ahora es todo un terreno por explorar. En cierta forma, ver la casa sola le confiere un nuevo halo y un aire de misterio. Nota el silencio rotundo, el vacío sobrecogedor. Recorre la casa con cuidado, como si fuera a ser descubierto. De repente su casa no parece su casa, parece un territorio lejano e ignoto. Camina por el pasillo como el que avanza por el estrecho camino de una selva. Ve la habitación de su hermana, donde tiene prohibido entrar, cruza la puerta. Mira el orden extraño de las cosas. Unas fotos con amigas, unos cuadernos, el armario con la puerta medio abierta. Tiene la tentación de husmear dentro, entre la ropa, pero su hermana hace rato que le parece una especie de habitante de otro planeta. Sale. Sus pasos suenan con más contundencia. "¿Así suenan nuestros pasos cuando estamos todos?" —se pregunta casi de un modo científico. Luego avanza hasta el fondo y cruza el umbral del gran misterio, la habitación de sus padres. El orden es preciso y casi aburrido. Como si nadie pasara nunca por ahí. La cama está tendida sin arrugas, como en los hoteles. No hay ropas desperdigadas, ni restos del día en forma de tela. Todo está impoluto y preciso. Sin saber muy bien por qué, mira debajo de la cama, levanta un poco el edredón. Ve unas cuantas cajas acomodadas en las que sospecha que hay documentos, escrituras y todo ese tipo de cosas que no sabe para qué sirven. Huele los cojines que aún reverberan el perfume de su madre y el olor del champú. Mira la butaca donde siempre se ponen los zapatos, las mesillas de noche con libros apilados en ambas. Luego abre el armario. Ve la ropa de su padre colgada y ordenada. Algunos trajes, camisas en fila y zapatos. Abre los cajones, pero intenta no mover nada, sabiendo que cualquier mínimo movimiento le delataría. En los cajones ve sobres, hojas impresas que tiene la tentación de coger, pero que no coge. Finalmente corre la puerta corredera para descubrir el lado de su madre. Vestidos, camisas, faldas, bufandas. Todo tipo de prendas colocadas en un orden maniático. Abre los cajones: ve perfumes, frascos con cremas y cosas que no sabe qué son. También ve cartas, páginas apiladas, documentos y cuadernos con el año escrito a mano en la portada. Coge el primero, el de la fecha del año anterior. Abre una página al azar.

"A las 12:43 ha sonado el teléfono. Nos han citado en Gran Vía. Alfonso me ha dicho que fuera yo sola. Cuarenta y cinco minutos después me he encontrado con uno de ellos que no conocía. Me han pedido el reporte. Esta vez lo he completado como pedían. El niño sigue a salvo."

Entonces Manu siente un golpe de extrañeza, como si todo se hubiera vuelto de repente de una materia viscosa y extraña, pero no real. Lo que acaba de leer le resulta extraño e indescifrable, pero contiene todas las formas que operan en el misterio. Mueve las páginas al azar, como una ruleta, y abre en otro punto.

"Los ingleses han pedido más colaboración y ellos están molestos. Hacemos todo lo que nos piden, actuamos con las normas establecidas y no hemos cometido ni un solo error. No sé cuánto tiempo aguantemos más esta situación. Alfonso se ha tumbado en la cama. A veces creo que está entrando en una depresión."

Manu se llena de interrogantes, de dudas, de penumbra. Luego, ansioso, coge otro cuaderno, de cuatro años antes. Abre en la primera página:

"El niño ha cumplido ocho años. A veces nos sentimos tan culpables, a veces, sin embargo, tan felices. Hemos hecho una fiesta. Todo parece tan normal que cuando es así, duele más."

Durante algunos minutos Manu sigue leyendo frases al azar. Todas se mueven en esa forma de enigma que le sume en una especie de terror. De repente sus padres le parecen unos completos desconocidos. Cierra el cajón. Sale al pasillo y siente, de golpe, todo el vacío de la casa, pero es una forma de vacío distinta de los primeros minutos: es un vacío inhóspito y violento. Su casa le parece, ahora, la casa de otras personas. Va al salón. Mira por la ventana. Ve el bulevar con la tenue luz de otoño. En el hemisferio sur entran en primavera, piensa con nostalgia y una forma casi absurda de envidia. Su hermana está de viaje con su novio, su padre está de viaje de trabajo y su madre ha salido a ver a una amiga; y sin embargo, ahora, todo eso le parece mentira. No comprende qué ha leído, pero comprende que algo sucede en otra capa, en otro formato, en otra realidad. Va a la cocina. Abre la nevera. Mira los alimentos estáticos, los tetrabrick, las verduras. Todo eso conforma, piensa, el ritmo invisible de una casa. Cierra la nevera y, con urgencia, vuelve a la habitación. Abre, ahora, el lado del armario del padre. Coge uno de los sobres. Dentro se encuentra con facturas. Elevados importes con conceptos confusos: Colaboración Enero. 16 mil dólares. Colaboración Febrero. 16 mil dólares. Colaboración Marzo. 16 mil dólares. Luego facturas de gastos extraños: compras de baterías, material de combustión, litio, complejos proteínicos, análisis de todo tipo. Guarda el sobre, abre otro. Se encuentra con cartas que su padre se escribe con alguien que firma y él saluda como L.23. Las cartas tienen un tono frío y mecánico. Son indicaciones que L.23 le da constantemente a su padre.

Jamás salir de la ciudad sin preaviso. Siempre subir en ascensor. Nunca dejar el coche en el garaje. Ser amable, pero distante con el vecindario. No comprar en sitios fuera del barrio. Recoger cada día a Manu en el colegio. Alba no debe saber absolutamente nada.

Manu lee el nombre de su hermana por primera vez y siente que, de alguna manera, Alba está fuera de algo que Manu aún no comprende. Sigue mirando en los cajones. En el fondo del segundo cajón encuentra un cuaderno con la letra del padre. Son reflexiones filosóficas que no siempre comprende.

Harían cualquier cosa por mantener sus privilegios. Son despiadados. Pero todo sistema lo es. El único camino liberador será el anarquismo, que se basa en la libertad humana en su verdadera esencia. No esta distorsión enferma y terrible de lo que hoy se llama libertad. Mientras tanto solo podemos seguir. Salvaremos a Manu y con ello salvaremos a Alba. Y poco a poco lograremos la libertad. O mejor dicho, la liberación definitiva del ser humano.

En otra hoja habla del existencialismo. Habla de nihilismo, de poesía, de autores que Manu desconoce. Cita libros y aforismos. Habla de teología, de orden social, de vigilancia, de sumisión, del silencio. Cada página es una anotación concreta, una reflexión precisa. Luego habla de la madre de Manu. En la segunda frase Manu cierra porque siente pudor y vergüenza. Vuelve al pasillo. Sin saber muy bien por qué, Manu se pone a llorar. Piensa, entonces, en un sótano. Un sótano que no sabe si existe, pero que ve con claridad. Piensa en sus abuelos, en sus tíos, que hace mucho que no ve. Piensa en los amigos de sus padres. Piensa, de nuevo, en Alba. Se la imagina quizá ajena, o quizá hace años hizo ese recorrido nefasto y truculento que él está haciendo hoy: ¿quiénes somos? —se pregunta Manu. Entonces entra en la habitación de Alba, quizá para encontrar un señuelo, un camino o algo de luz. Abre el armario. Está ansioso. Mueve los vestidos, abre los cajones, abre cajas. Los desordena todo. Llora y jadea, pero sobre todo siente un temor apabullante. No encuentra nada salvo cartas de amor, en tono empalagoso y cursi, que Alba escribió a un novio que tuvo hace dos años y que Manu sospecha que nunca le envió o le dio en mano. Ve un diario donde tampoco encuentra frases reveladoras, solo anotaciones del día a día insulso de su hermana. Ordena lo desordenado con dudas de haber dejado huellas. Sale al pasillo. El pasillo ahora le parece un lugar hostil e indescifrable. Camina hasta el salón. En el salón se sienta en el sofá, en el lugar donde siempre se sienta su madre. Cierra los ojos, intenta descifrar el tráfico y el bullicio ligero que sube desde la calle. La luz se hace cada vez más tenue, la casa se va volviendo oscura. No sabe cómo, no sabe cuándo, pero se queda dormido.

—Manu, hijo. Te has quedado dormido —Manu abre los ojos y ve a su madre. Su cara tierna, dulce, amable. La cara del amor.

Manu camina esos segundos que hay de la inconsciencia a la conciencia. Del sueño al despertar, en el que nos ubicamos, nos reconstruimos, nos rehacemos desde ese lugar inexplorable que es el mundo del sueño. Ve a su padre en la puerta del salón. Le mira tierno. Manu duda, de golpe, de todo. ¿Lo que ha visto en los armarios ha sido un sueño?

Van a la cocina, sus padres preparan algo de cena mientras hablan de la rutina, de un compañero de trabajo, su madre habla de una noticia política, de los entresijos de la corrupción, del estado de la prensa. El padre habla de un acontecimiento histórico. Hablan del pronóstico del tiempo.

—Este fin de semana podemos subir a la montaña —dice la madre.

—¿A qué hora llega Alba? —dice el padre, y justo cuando termina la pregunta se escucha la puerta de la calle. Alba aparece enfadada. Habla de una amiga que ha dicho algo molesto, que tiene que ver con otra amiga que Alba quiere mucho.

Retoman el plan del fin de semana. Alba no puede ir. Manu no opina. Manu solo ve los diarios, los papeles, las frases indescifrables y enigmáticas de los armarios. No comprar en sitios fuera del barrio. Recoger cada día a Manu en el colegio. Alba no debe saber absolutamente nada. De repente su casa le parece contener un agujero negro o un espejo donde todo se transforma. Lentamente la noche se ha impuesto. Lentamente todos se retiran a sus camas.

Manu está en su habitación. Mira el reflejo de una luz que entra de la calle. No puede dormir.

Los siguientes días no vuelve a quedarse solo. Semanas después, otra tarde fría, deambula por el pasillo. El silencio es el mismo silencio. Las casas son distintas cuando solo las habitas tú. Vuelve a la habitación de los padres. Abre más páginas, lee más frases. Ninguna aclara. Entonces decide empezar a tomar notas. Lleva sigiloso un cuaderno que a su vez guarda en su armario. Cada incursión le sume más en la incertidumbre. ¿A qué se dedican mis padres?

Un día tiene la tentación de preguntarle a Alba. Tantearla. Pero Alba parece ajena a ese universo paralelo en el que habitan sus padres. Simplemente sigue intentando quedarse solo, seguir con su investigación y con sus notas. Meses después descubre que ha acumulado varios cuadernos. Los relee buscando una ruta, un camino, un contexto. No logra entender y a ratos se desespera.

Pasan los meses. Pasan los años. La vida de Manu va variando. A lo largo del tiempo se ve tentado muchas veces de sacar el tema de los armarios con sus padres, pero nunca lo hace. Estudia biología. Se hace experto en genética. Se gradúa con una nota excepcional. Le ofrecen un trabajo en Vancouver. Hace las maletas con entusiasmo pero algo de temor, el temor extraño y eufórico del que empieza una nueva vida. Guarda las cosas con cuidado. En su armario ve sus viejos cuadernos, que a su manera sus dudas, sus fragilidades y la incertidumbre extraña y misteriosa de su vida. Decide dejarlos ahí en el fondo el armario, como en cierta manera está su vida. Sus padres se despiden de él en el aeropuerto. Alba llora cuando le ve cruzar la zona de embarque. 

En Vancouver sufre de nostalgia los primeros meses, pero conoce a un grupo de personas con las que entabla y agranda su vida social. Se enamora de Nick, uno de los chicos más cálidos y amables de ese nuevo grupo de amigos. Se va a vivir con Nick. Nick es médico nacido en Illinois. En verano hacen largos viajes por carretera. El segundo verano viajan a Seattle. En Seattle discuten y Manu siente ganas de volver a casa. Dos días después, reconciliados, viajan sin dirección concreta. Se detienen en Kalaloch Beach. Duermen en unas cabañas de madera. Esa noche hace viento y Manu abraza a Nick porque siente una tristeza profunda y terrible. Nick le oye llorar pero no sabe qué hacer. Antes del amanecer, Manu sale de la cabaña; Nick se queda ahí dormido. Pasea por la inmensa playa. Está lloviendo. Manu camina mucho rato ensimismado y atraído por la difusa luz del amanecer y el ruido de las olas. El mar está bravo y la corriente se mueve con fuerza. Pierde la noción del tiempo, también del espacio. Cuando mira para atrás se da cuenta de que lleva mucho tiempo caminando en línea recta. Decide deshacer el camino y volver a la cabaña. Se da cuenta de que ha caminado demasiado y que lleva mucho rato fuera de la cabaña. Cuando llega se encuentra a Nick tirado en la cama. Le han asesinado. Manu entonces colapsa. Sale gritando de la cabaña, pero no hay nadie alrededor. En el parking de fuera solo ve su propio auto aparcado. Entra de nuevo. Busca algo, no ve nada. Ve la cama revuelta, el cuerpo de Nick esparcido. Las dos maletas, la suya y la de Nick, medio abiertas a los lados. Rebusca alguna señal. Ve las camisetas de Nick, los pantalones, los calzoncillos, calcetines, todo lo que a su vez, también era Nick. Revuelve todo y debajo, enterrado entre las ropas ve, como un destello, como un viejo artilugio, un par de cuadernos. Desde ese instante y antes de cogerlos, los reconoce, son sus cuadernos, sus notas, las hojas donde desde los doce años fue anotando las frases y reflexiones que leía a su vez en los cuadernos de sus padres. Los abre. Reconoce su letra. Reconoce su caligrafía, esas viejas frases. Manu va saltando de paginas al azar, de un cuaderno a otro. Relee. Algunas que recuerda, otras que parecen leídas por primera vez:

Manu un día entenderá


Pero Manu, ahí, arrodillado frente a la maleta de Nick, en una cabaña en Kalaloch Beach, sigue sin comprender absolutamente nada.


lunes, agosto 10, 2026

La última noche de Henri Mineiro

Por la curva de San Francisco en dirección a Beiramar veo a una mujer saliendo apurada del portal de la esquina. Avanza marcando los pasos que reverberan a esa hora por la ciudad como si no hubiera nada más habitando en el planeta. La sigo con la mirada. Evita los soportales porque hay un tipo fumando hachís o heroína en el suelo. El tipo gira la cabeza y me mira. Durante dos segundos nos miramos como se miran los animales, o como mira un animal a un humano. Detenido e inmóvil, como si los ojos fueran una excusa o un trámite y lo que importara de la mirada es lo que no se está viendo, el hombre me mira desde un lugar que contiene los soportales, pero también el universo. La mujer ha desaparecido.

Avanzo hasta la avenida. No hay tráfico. Pasa algún coche como queriendo recordar que el mundo, o ese mundo que hemos construido, aún perdura. La niebla difumina las luces. Yo viví de niño en esta ciudad y aquella ciudad aún está contenida en esta. Son la misma y no lo son. Entonces me da por pensar en la forma invisible de las ciudades. Oigo el bocinazo de un barco desde la ria. Es la sirena de niebla que suena por toda la ría. Hay algo en el mar que parece un tiempo detenido entre los tres o cuatro últimos siglos. Me desvío por la cuesta del gaitero Ricardo Portela. Hay una furgoneta con las luces encendidas. Dos hombres dentro me miran como el que ve una aparición, pero intento ignorarlos. Cuando llego a Torrecedeira busco el portal donde viví unos pocos meses con 7 años. En esa casa tuve paperas y una fiebre extraña. Pero no logro saber cuál era aquel portal. La calle está vacía y llena de niebla. Decido, entonces, buscar un taxi. Pero no sé en qué dirección ir para buscarlo. No hay coches pasando. No hay gente pasando. Solo es real la niebla. Tras la nebulosa blanca y la confusión veo una figura emerger. La figura se va formando, haciendo más nítidos sus contornos. Ya casi va a hacerse visible, o medianamente visible, cuando en un ataque de locura o de absurdo pienso: ¿y si quien aparece soy yo? Pero no soy yo quien aparece tras la niebla. Es una figura de alguien que sigue de largo. Aún no sé explicar por qué decido seguir a ese hombre. Sigue siendo de noche.

El hombre camina rápido, con prisa. Recorre Torrecedeira en dirección contraria a la que iba yo. A mí, además de ir para atrás desde donde yo venía, me da la sensación de ir atrás en el tiempo. Gira por Santa Marta. El hombre va vestido con chándal de marca y zapatillas de corredor. Gorra del Deportivo de La Coruña. En el momento que descubro la gorra veo en un balcón una tela en la que pone: Eu creo no Celta. Las rivalidades permanecen hasta en el fin del mundo. El hombre camina a un ritmo endiablado. Me cuesta seguirle. No hay descanso y siento que el ritmo va a más. Finalmente llegamos a la avenida de las Camelias y empieza a subir el Monte Castro. En el Castro tampoco hay nadie. Ni siquiera parejas o drogadictos escondidos. Miro hacia abajo. La ría está cubierta y vuelvo a escuchar la bocina de niebla. Las luces de las farolas se difuminan y la acústica de la ciudad está completamente amortiguada. No pierdo de vista al hombre del chándal que avanza frenético monte arriba. Voy jadeando y agotado y me planteo detener la absurda persecución. En ese momento el hombre se gira y me mira. Se quita la gorra y me dice algo que no comprendo. Detrás de él aparece una mujer más joven que él, pero más mayor que yo. Es la mujer, ahora la reconozco, que ha salido del portal en la curva de la rua de San Francisco. Ambos me miran. La mujer tiene un libro en la mano y me dice que me acerque. Por segunda vez en esa hora de mi vida me planteo que realmente el mundo se ha acabado. La mujer entonces se acerca y me dice que si quiero leer el libro que tiene entre manos.

—El autor —me dice— es José Manríquez, el hombre al que estás siguiendo —y me pasa el libro.

Miro la portada donde se ve una ilustración de tonos rojos, donde se ve un hombre parado en la esquina de la Rúa San Francisco mirando a una mujer pasar y a un hombre fumar hachís o heroína en el suelo. El hombre, por supuesto, soy yo. El título del libro es La última noche de Henri Mineiro. Siento una náusea, porque Henri Mineiro soy yo. Abro el libro. Es una novela gráfica. La leo con atención donde va sucediendo todo lo que ha sucedido esa noche hasta ese momento preciso. Cuando llego a la viñeta donde me veo leyendo, cierro con violencia el libro. Aterrorizado y exhausto. La mujer ya no está y el hombre del chándal avanza, aún más rápido, Monte Castro arriba. Le persigo con terror. Busco una explicación. La ciudad sigue vacía y silenciosa. La niebla está estática, inmóvil, tremenda. Vuelve a sonar la bocina de niebla en la ría. El hombre del chándal ya no lleva la gorra. El pelo, canoso y débil, está caótico en su cabeza. Le sigo por el paseo de Rosalía de Castro. Le grito, pero no se gira.

—¡Manríquez! —grito cinco o seis veces.

Manríquez no se gira. Lo que sucede es que la niebla se va comiendo a Manríquez y dejo de verle. En el mirador descubro que ya no hay manera de seguirlo. Lo que sí descubro, que ajeno a mis decisiones, aún conservo el libro en mi mano. Abro por la página donde había cerrado. Las siguientes viñetas suceden lo que acaba de suceder. Entre el pánico, el terror y la valentía, decido leer las viñetas que aún no he vivido. Veo entonces que avanzo varias viñetas desconcertado y perdido. Siempre rodeado de niebla. Que rodeo todo el monte y que salgo por la calle Venezuela. En la calle Venezuela todo sigue vacío y detenido. De hecho descubro que el amanecer no termina de aparecer. Algunas viñetas más adelante me vuelvo a encontrar con la mujer que me pregunta:

—¿Qué prefieres: leerlo o vivirlo?

Escrito en la niebla, con una tipografía distinta, respondo:

—Prefiero las dos cosas.

Decido, entonces, cerrar el libro y avanzar en la realidad lo que el libro me ha mostrado. Efectivamente, todo sucede como había sido escrito. Me encuentro a la mujer en la calle Venezuela:

—¿Qué prefieres: leerlo o vivirlo?

—Prefiero las dos cosas.

Me mira y se ríe. Se da la vuelta y se va. Entonces abro el libro y leo los siguientes acontecimientos. Manríquez vuelve a aparecer. Esta vez me habla y me dice:

—No es posible los dos caminos: o lo lees o lo vives.

—Pero no entiendo por qué hay que elegir solo una opción. También la literatura es vida —le contesto.

—Pero esta es mi historia. Las reglas las escribo yo.

La viñeta es invadida por la bocina de niebla.

—¿Es la bocina la metáfora de algo? —le pregunto.

—En esta historia todo es metafórico, pero tú te empeñas en que las metáforas pierdan su sentido —me reclama.

Cierro el libro para avanzar las viñetas que acabo de leer. Cuando me encuentro con Manríquez se repite el diálogo.

—En esta historia todo es metafórico, pero tú te empeñas en que las metáforas pierdan su sentido.

—Está bien —le digo—. Toma tu libro. Ahora lo viviré.

—¡No! Prefiero que lo lleves en la mano. Ese es parte del juego. También de la metáfora.

Llego a Gran Vía. Extrañamente empiezo a ver gente.

—¿Sois otros personajes de esta historia? —le pregunto a un grupo de chicos que me miran extrañados.No me contestan. 

Ahora sí veo un taxi, levanto la mano y se detiene. Le doy la dirección del hotel. El taxi avanza por una ciudad en la que la niebla sigue inmóvil y el amanecer no termina de llegar. Me bajo cuando el taxi llega al hotel. Pago. Dejo el libro en el asiento y cierro la puerta. Veo el taxi irse calle abajo. Me quedo quieto. Durante unos minutos creo que ese es el final de la historia. Lo que descubro después es que no, que apenas era el principio. Entonces decido no subir a mi habitación. camino. Por la curva de San Francisco en dirección a Beiramar veo a la mujer saliendo apurada del portal de la esquina. Veo en los soportales al hombre que fuma hachís o heroína. Nos miramos como se miran los animales. Desde esa distancia, mientras él mantiene la mirada, le grito a la mujer:

- Preferiría leerlo- pero cuando miro la niebla ya la ha diluido.

Avanzo, entonces, con la idea de encontrarme, de nuevo, el libro, las viñetas, el relato y cambiar el curso de esta historia.

Suena  la sirena de un barco en la ría. 

Sigue la noche. Solo es real la niebla. 


domingo, agosto 09, 2026

El Ballena

Ballena salió hacia la carretera poco antes de que empezara a amanecer. Subió por la cuesta del Muerto y atravesó las casas de la aldea que miran hacia el mar. Un gato se cruzó a toda velocidad persiguiendo a una rata y Ballena pensó que la rata estaba liquidada. No tenía opción y tuvo miedo de que fuera una premonición Les perdió la pista. Giró en el callejón de Andrea y volvió a la calle Steffan Morling, donde los gemelos y el tendón de Aquiles van en su máximo nivel de exigencia. Esa calle no es una cuesta: es un muro. Caía algo de lluvia, esa lluvia ligera y casi invisible que se mezcla con las nubes; sin embargo, por el este, el sol anunciaba su luz: el pronóstico del tiempo daba un día húmedo y soleado. Los veranos ya no son lo mismo, pensó Ballena. El cielo empezaba a clarear. "Ya se viene la mañana" —se dijo a sí mismo. Cruzó al lado del huerto de Sebas y alcanzó la carretera del cementerio, que asciende sin descanso hasta el campo de fútbol abandonado. Las casas desperdigadas y sin orden —o un orden indescifrable— parecen la metáfora del destino. Cada parroquiano construyó su vivienda con sus artimañas. Cada casa es su calle, su aldea y su cosmos. Es como si ninguna tuviera que ver con la otra. El reparto espacial alrededor de la ladera de la montaña parece dictado por el azar o por la caída de las hojas del otoño.

Ballena llega, entonces, a la carretera principal y se para en el arcén. Desde allí arriba se ve la bahía y la ladera de algunos otros montes. El amanecer se va haciendo cada vez más preciso y contundente. En el mar distingue dos barcos: uno inmenso y uno que podría ser de pesca. Mira a los lados y ve que por ninguno de los dos carriles vienen autos. Cruza dando un pequeño sprint. En el otro lado se mete por la pista de los molinos. El monte es frondoso y huele a humedad. El camino se va haciendo estrecho, comido por helechos y hojas. Ballena avanza bosque adentro hasta que el camino se diluye en monte y parece empezar a desaparecer la civilización. Entonces Ballena se detiene y respira hondo por primera vez desde que ha despertado. Recrea los pasos, cada centímetro y cada segundo avanzado desde que despertó. Cierra los ojos. Suspira y coge aire. Siente la humedad y el olor del bosque. La mezcla bestial de las hojas, de las plantas y de la tierra sumándose unos a otros para hacer esa fragancia universal y hermosa. Abre los ojos y vuelve a caminar. No hay camino. Va pisando helechos, plantas, tierra húmeda, a ratos charcos. Oye pájaros al otro lado de las copas de los árboles. Se deja guiar por su preciso sentido de la orientación. La mañana se ha formado enorme y monumental. Sube la temperatura por minutos. Lo nota en la piel, lo nota en la soltura de los músculos, lo nota en la percepción de las cosas. Se apoya en los troncos de los árboles cuando siente que pierde equilibrio y fuerza en ese brusco caminar sin camino. Tiene que pisar con mucha fuerza. Cada zancada es una batalla. Ha escogido la ropa inteligentemente, pero aun así suda y siente cierto agotamiento. Se sienta en un conjunto de rocas que aparecen de golpe. Bebe agua. Calcula y mide, y se da el lujo de beber un sorbo más. Mira la hora en el reloj de pulsera. Se pone en pie y sigue avanzando. Asciende una rampa terrible. Una ladera marcada por piedras y musgo. Casi no es caminar, es casi escalada. Sube dos tramos y aparece un tercero. En un pequeño claro se queda de pie y mira hacia abajo. Vuelve a ver un fragmento de la bahía. A la derecha logra ver un pequeño recoveco de la aldea. El mundo, su mundo, parece estático e inmóvil desde ahí. Uno es incapaz de imaginar la vida dentro de esas casas cuando las ve desde lejos. Es como si nadie las habitara. Siente ganas de vomitar. Siente una náusea que se confunde con el temor y la ansiedad. No sabe por qué, pero se le cae una lágrima. Ballena mira entonces el reloj y sigue ascendiendo. Arriba huele a eucalipto. Piensa, no sabe por qué, en Ramón, un antiguo amigo que se fue a la capital doce años antes y del que perdió la pista.

Llega arriba. Arriba nota el sol que hoy está superlativo. El brillo del mar reverbera incluso en la cima. Al otro lado, el trozo de mar que nunca ven, el Atlántico perdiéndose hacia la nada. En ese lado hay más barcos hacia el sur, distingue otras poblaciones, otras casas, otras laderas, otras huertas, otras cuestas, otras calles y carreteras comarcales. También esas vidas son imposibles de imaginar, piensa Ballena. Vuelve a cerrar los ojos y vuelve a respirar. Está sudando mucho. La camiseta tiene marcas esparcidas que forman dibujos amorfos. Empieza el descenso. Intenta frenarse porque las piernas confunden fuerza y velocidad y se acelera. Va dando pequeños saltos para evitar piedras y rocas. Va seguro y confiado y sube la velocidad. De repente cae de golpe, porque tropieza con algo que no ha llegado a ver. Rueda algunos metros hacia abajo. Se pincha y siente una punzada en la rodilla. Ballena siente un dolor insoportable. Se toca la rodilla y sospecha una lesión importante. Se queda tirado entre las hojas y las ramas y la riqueza del suelo. Respira, grita y respira. Mira el reloj y, como buenamente puede, se pone de pie. Ballena es ahora un hombre cojo descendiendo una montaña sin caminos ni senderos. Baja como puede, arrastrando la pierna herida y otorgándole a la otra el poder que no tiene. Ballena suda, tiene ganas de quitarse elementos de la ropa, pero sabe que es mejor que no. Sigue desviándose, evitando cualquier atisbo de civilización. Baja. Baja como puede. Mira de nuevo el reloj. Cuando el monte empieza a clarear y a llanear, aparecen los primeros vestigios de costa. Ese fragmento del litoral inaccesible en carretera, deshabitado y hermoso. Camina por una pradera. Escucha el riachuelo a su lado y sigue su ruta. Ve, al fondo, las piedras de Viera. Alcanza la cala de arena de apenas unos metros. Recorre las piedras pisando la orilla. Se le empapan las botas y la parte de abajo del pantalón. Bordea como puede y finalmente lanza la mochila hacia el otro lado con la esperanza de que el lance sea perfecto y alcance el lado inalcanzable por tierra para él. Ese último tramo no le queda más remedio que nadar. Bucea porque la pierna herida le molesta en el movimiento. Sube cada veinte segundos a coger aire. Pasa por debajo de una cueva y siente vértigo. Ve el destello al otro lado y emerge. Allí ve la barca y la mochila que ha lanzado. Trepa las piedras dando gritos, porque el dolor de la rodilla es, ahora sí, insoportable. Empuja la barca, mete la mochila y se sube a ella. Rema mar adentro. Se quita la camiseta empapada y se queda con una camiseta de neopreno. La ropa pesa millones de kilos. Sigue remando. La técnica no es mala y avanza con precisión. Hace un calor potente.oLos veranos ya no son lo mismo. Cada rato se moja la cara y la nuca. Vuelve a beber agua. Mira hacia la costa y ve que sorprendentemente la tierra empieza a quedar bastante atrás. La costa desde ahí parece ya una miniatura. Deja de remar unos minutos. Se tumba a lo largo de la barca. Ahora ya puede, por fin, encender el motor. Mira hacia el oeste. La marea es propicia. El ruido del motor rompe el vaivén de golpes del agua en la lancha. Es todo rítmico y extraño. Cuando mira hacia atrás ve que la costa es una línea, el continente se diluye. Cierra los ojos, respira y esta vez sí se permite llorar. Suelta a lágrimas la tensión, pero también es una forma de liberar el dolor de la rodilla. Grita, grita desconsolado. Es en ese momento que ve por babor, muy a lo lejos, dos manchas que se van volviendo embarcaciones. Avanzan rápido hacia él. Mira la hora. Calcula y sabe que aún está lejos del islote. Pone el motor a toda potencia. Las dos embarcaciones le van comiendo terreno por segundos. Mira a lo lejos y no hay rastro del islote. Entonces Ballena lanza la mochila y, con el motor encendido, se lanza al mar. Bracea y bucea a ritmo desigual. Jadea como si el aire no llegara con soltura a sus pulmones. Se sumerge y en cada inmersión cambia de dirección. Intenta avanzar en dirección contraria a la barca, que avanza sola hacia la nada, como si estuviera manejada por un fantasma. Las dos embarcaciones están ya a pocos metros, pero siguen a la barca; a Ballena no le han visto. Se sumerge cuando las ve muy cerca. Coge aire y dentro del agua intenta no consumir energía. Oye el ruido amortiguado bajo el agua de los otros pasar, ve el rastro hermoso del agua rompiéndose en el avance. Piensa en Andrea, piensa en un día que pasearon por Madrid y que ella le habló de un libro del que no recuerda el título, pero que era la historia de una ballena, como él. Piensa en Quique, que se reirá el día que le cuente todo esto, y piensa en Lucas, su hermano. El dolor y la miseria a la que le sometía. En cada día de su vida con Lucas. En su manera despiadada y cruel, en su miseria. Lucas, el amoral Lucas. "Yo no elegí un hermano" —piensa Ballena con los últimos restos de oxígeno. Entonces emerge y no ve nada. Escucha y ve destellos. Las reverberaciones del mar y las voces de los hombres se confunden. Hay, piensa Ballena, algo de una extraña paz en todo esto.

—Carlos Arcas, el Ballena. Queda detenido por el asesinato de Lucas Arcas, el Delfín. Tiene derecho a guardar silencio o a no declarar si no quiere.

El Ballena, exhausto, mira a lo lejos y ve la barca parada y sola allí a lo lejos, en medio del mar, hermosa y libre. Y piensa: "Espero que Quique me perdone que no se la devuelva".

martes, julio 28, 2026

La Valla

Una mañana se detuvo un auto detrás de la cancela. En el camino de tierra. Se bajaron dos tipos con traje y emitieron una especie de gritos para que les abriéramos.

—Venimos a ofrecerles algo —dijo el más alto.

María caminó decidida, el perro salió detrás de ella y yo detrás del perro. Abrimos la cancela, que ya entonces chirriaba cuando la ibas girando, y los dos tipos se presentaron firmes. Ese tipo de persona que dota al saludo de una simbología que yo creo que no tiene. Manos firmes y tono seguro.

—Somos de TM Anuncios. Una empresa de publicidad y marketing. Nos encargamos de la gestión de vallas y anuncios en exteriores.

María me miró y yo miré al más bajo, que me dio la sensación de ser más novato o menos experto y confiado que el alto. El perro miró al auto, que se había quedado con la ventanilla de copiloto bajada. Pensé que el perro estaba mirando un fantasma, pero yo no creo en fantasmas. Entonces el alto, en un discurso preciso, conciso y efectivo, nos propuso un negocio, o algo parecido a un negocio. La parte de atrás de nuestro terreno daba a la autopista y era idónea para colocar una valla publicitaria alta. El alquiler del espacio sería mensual, la cantidad era elevada y haríamos un contrato de al menos tres años. La única molestia sería cada dos o tres meses que vendrían los operarios a cambiar el anunciante. Tarea que se hacía en menos de dos horas. Se recogerían los escombros generados y nos avisarían con días de antelación para que estuviéramos el día del cambio.

Ni María ni yo servimos para los negocios, pero actuamos, a pesar de que el negocio era idóneo, con cierta distancia o mostrando un interés justo. Lo cierto es que en nuestra austeridad, ese ingreso nos facilitaba mucho la supervivencia. Dos días después estábamos firmando el contrato de uso del espacio para cesión y alquiler. Una semana después un camión hizo aparición por el camino de tierra. Desmontaron un inmenso tubo ancho y lo colocaron en vertical. Doce metros sostenían la valla. El primer anuncio fue de la venta de unos apartamentos de lujo en la zona de Mar Azul, a cuatro kilómetros de nuestro terreno. Las fotos mostraban una urbanización provista de todo tipo de lujos. Diseño lineal y conciso. Cuando se fueron los operarios sentí algo parecido a la nostalgia. Y me pregunté, absurdamente, cómo envejecería esa arquitectura impoluta pero ausente.

Nuestro terreno estaba en la zona alta de la costa. Al lado de la autopista. El monte se compone de arbustos y hierbas y algunos caminos de tierra. Las fincas están abandonadas y, salvo ese terreno ocupado por nosotros, apenas tenemos vecinos unos quinientos metros más abajo. El mar se siente y condiciona, pero hace mucho que no bajamos. Desde que vivíamos allí apenas salíamos. La valla me pareció una forma extraña de cambio de vida. La miraba con frecuencia sin saber muy bien por qué. Había un momento del día que la sombra daba sobre nuestra casa y me parecía una forma, también, de invasión.

Cada ciertas semanas éramos avisados del cambio de anunciante. Aparecían operarios que trabajaban como personas programadas. Y un nuevo anuncio nos acompañaba.

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Por la tarde la sombra de la valla se extendía hacia la autopista. La reja y los arbustos no dejaban ver el tráfico que oíamos permanentemente. Estábamos acostumbrados a esa marea. En general lo olvidabas. Había días o momentos puntuales que el ruido volvía. Lo escuchabas de nuevo, de pleno, en todo su esplendor. A veces me apoyaba en la base de la columna de la valla y me ponía a fumar. El perro se ponía a mi lado. Desde ese punto preciso se veía, abajo, el mar.

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Mensualmente nos ingresaban el dinero y con eso apañábamos nuestra vida. Nuestra vida apenas tenía gastos. La casa era humilde. Era un espacio pequeño y diáfano donde teníamos la cama y los utensilios de cocina. No necesitábamos mucho dinero. Todo era idóneo, salvo que la presencia de la valla había alterado nuestro pequeño espacio. El perro se pasaba el día pegado a la columna, María apenas salía de la casa desde que estaba y a mí me daba por reflexionar sobre lo que se anunciaba.

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Un día aparecieron dos operarios. En general no repetían. Eran dos o tres tipos que aparecían, trabajaban como si tuvieran prisa y se iban. Pero aquellos dos operarios, al contrario de la regla general, eran habladores y buscaban conversación. No sé si había un método preciso en el cambio. A mí me daba la sensación de que cada vez el cambio se ejecutaba de distinta manera. Uno de ellos subió y el otro se quedó abajo hablando conmigo y jugando con el perro. María estaba dentro de la casa. Yo hablaba con Isidro, que así se llamaba el que estaba abajo. El perro ladró y de repente el cuerpo del otro apareció, de golpe, casi a nuestro lado. Nunca supimos el motivo de la caída. Luego todo sucedió rápido y desconcertante. Apareció gente de TM Anuncios, apareció gente de la empresa que se iba a anunciar, aparecieron policías y ambulancias. Sentí que nuestra finca, destartalada y sin orden, estaba siendo invadida por otra forma de caos. La policía me preguntó cien cosas, me pidió los contratos con TM Anuncios, me pidió que contara la escena unas siete u ocho veces. María permaneció callada. De hecho, no volvió a hablar. Horas después nuestro terreno quedó vacío y la valla con un anuncio de otra urbanización a pie de playa a medio poner. No se formaban las frases ni el teléfono enteros, pero sí se veía buena parte de la foto general de la urbanización y del diseño interior de las casas.

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Durante un tiempo indescifrable el anuncio se quedó así, a medio poner. Un tiempo indescifrable porque a partir de ahí mi vida se vio alterada en su plenitud. María se fue de casa sin dejarme aviso. Se llevó el perro. El terreno era de los dos, nuestra caseta fue construida por los dos, el dinero de la valla era para los dos, pero María ni reclamó ni volvió a escribir.

Los meses pasaban con el nuevo anuncio. Sin embargo los de TM Anuncios seguían haciendo el ingreso regularmente. Yo apenas gastaba. Mucho menos, incluso, que antes. Y el dinero iba aumentando en la cuenta del banco. Apenas lo chequeaba. Pasaba el día al pie de la inmensa columna de metal oyendo el ruido de la autopista y mirando las imágenes puestas de la urbanización Marina Azul. Pensando que quizá tampoco había sido terminada de construir. A veces fantaseaba con la piscina, con la imagen de esas habitaciones con vistas al mar. Me imaginaba bañándome en esa agua irreal o mirando esas vistas que parecían recreadas y alteradas desde esas habitaciones que igual, nunca, habían sido terminadas de construir. El resto del tiempo me preguntaba por María. A veces me imaginaba que uno de esos coches que hacían que la autopista pareciera un sonido constante era María pasando en un coche, al otro lado de la reja, desde donde miraría la valla pensando en mí o no. O quizá pensando en el cuerpo del hombre caer. Otras veces pensaba en el perro, en la nostalgia de ese buen perro. De resto, el tiempo pasaba y María no volvía y nadie venía a terminar de montar el anuncio de Marina Azul.

Un día, quizá aturdido, quizá desorientado, pensando en María, trepé por la escalera de caracol paralela a la columna por donde trepaban los operarios y subí hasta arriba. Caía la tarde. A lo lejos la costa. La hermosa luz del mar me pareció un reflejo del tiempo, no sé de qué tiempo, pero el reflejo de algo que había pasado ya. Vi la periferia del centro, vi las urbanizaciones de lujo, vi grúas y pensé que quizá aquello era Marina Azul. El sol, a lo lejos, me pareció más pequeño y más humilde. Había una ternura extraña en aquella vista periférica. Detrás, a mi espalda, la forma de la autopista atravesando los montes bajos del principio de la sierra. Vi, también, la forma precisa de nuestro terreno. Me quedé mirando los coches pasar. Pensé en esos turistas llegando a la costa, mirando a un hombre subido a esa valla. Marina Azul. Vive el sue... Anocheció y seguí ahí. El mar de luces extendiéndose y el mar real, un agujero negro inmenso y hermoso. Bajé de madrugada. Vi la casa. Vi el terreno y caminé hasta la cancela. La abrí. La dejé abierta y enfilé camino de tierra abajo. Nunca volví. Dos meses después dejaron de ingresarme el dinero los de TM Anuncios. Con lo que había ahorrado me fui de allí hasta el norte del país. Mi vida, debo decir, cambió radicalmente con el tiempo. No volví a saber de María, no volví a saber del perro. Ayer llegamos a esa zona a pasar unos días de vacaciones con mi mujer y mis dos hijos. Veníamos por la autovía del norte. Pasamos, al atardecer, por debajo de la valla. Aún estaban ahí, pero casi despegados, y medio emborronadas, las fotos de Marina Azul. Las vistas alteradas, la piscina irreal. Me acordé de María, me acordé del perro. Me acordé del terreno y de la casa. Me acordé del cuerpo de aquel hombre.

Marina Azul. Vive el sue...


lunes, julio 06, 2026

El gordo Andrés

El gordo Andrés jugaba con una camiseta de New York City Police Department, porque los de los Álamos tenían que jugar de negro. La camiseta imponía casi o tanto como el físico del gordo Andrés. El equipo de los Álamos no contaba con ningún delantero de regates prodigiosos o mediocampistas de reparto; su arma letal era el gordo Andrés con su camiseta que nadie sabía de dónde la había sacado.

Cuando entraban en el campo del cobre, en las afueras de Tamaca, nos quedábamos viéndole andar como el que ve a uno de los reyes del pop. El gordo Andrés no era estiloso, no era siquiera carismático, no tenía liderazgo, pero sobre todo no tenía piedad. Jamás hubiera podido jugar en ningún equipo semiprofesional, no tenía forma física, no tenía conocimientos del movimiento de espacios, no sabía de táctica. Todo lo basaba en la crueldad. Era el paradigma del "pasa la pelota, pero no pasa el hombre". Como si, más que futbolista de torneo de barrio, hiciera honor a la camiseta que llevaba puesta. No defendía: detenía delanteros. Ganar a los Álamos hubiera sido tarea sencilla de tener de baja al gordo Andrés, pero el gordo Andrés tenía más regularidad que el calendario. No forzaba en lo físico, porque él era la fuerza en su estado primigenio. Imponente, enorme y poderoso, un empujón del gordo Andrés te enviaba a los confines del universo. 

Nosotros éramos hábiles y rápidos. Marco Melón y yo nos entendíamos con precisión en la banda derecha, pero en nuestra capacidad de recorte y avance siempre aparecía allí, de fondo, como una amenaza interestelar, la camiseta negra con letras impresas vaya uno en qué taller de la región: NYPD. Uno comprendía entonces lo que deben sentir las personas que viven en los márgenes de la ley y se saben rodeadas de repente de patrullas y agentes armados. Jugar contra el gordo Andrés no era fútbol, era un operativo policial.

El último año que se celebró el campeonato de agosto, patrocinado por la cantina de Lucho y por los Talleres Tres Hermanos, no hubo trofeo; el premio era una sustanciosa cantidad de dinero. Los de los Álamos y nosotros conspiramos, en despachos inexistentes, para armar los cuadros y facilitar una posible final Álamos vs Los Tureños. Pero nosotros perdimos un partido absurdo en la ronda de grupos y pasamos segundos. El derbi local se daría en semifinales.

Marco Melón hizo un campeonato excelso y, sin ánimo de sonar fanfarrón, yo fui MVP en tres de los seis partidos antes de la semifinal. Estábamos enormes en ataque y algo imprecisos en defensa, pero Patricio Faverón cubría el mediocentro supliendo esas carencias defensivas. Los Tureños éramos los más jóvenes del campeonato, pero también los más técnicos y rápidos. Equipazo.

La noche antes de la semifinal, Marco Melón y yo nos fuimos a dar un paseo. Queríamos ir a ver a Karen y Georgina, que eran algo parecido a nuestras novias. Venían a vernos a todos los partidos y, sin haberse formalizado, había algo parecido a una relación. Quedamos con ellas al lado, en los caminos de la laguna. Karen vivía con su hermano y su madre en el camino de las casas de chapa y fui a buscarla mientras Marco buscaba a Georgina. Cuando entré en el recinto de su casa solo vi una luz encendida que tiritaba. Pensé que no tenían dinero ni para bombillas y se alumbraban con velas. Llamé desde fuera a Karen, pero nadie contestó. Me acerqué hasta el ventanuco donde había luz y vi una sombra. En ese momento apareció Karen por el otro lado.

—Ya has llegado —dijo, hermosa.

Mentiría si no confesara que Karen me gustaba cada día más y, en cierta manera, que fuera a ver nuestros partidos había sido uno de los alicientes para mi buen rendimiento. Me dio un beso en los labios y me olió a dentífrico. Quise besarla, pero volví a ver la luz de las velas y la sombra, y Karen dijo:

—Mejor vámonos ya.

Salimos al camino de la laguna y nos encontramos con Marco Melón y Georgina. Se estaba haciendo de noche y apenas se distinguía ya el camino. Cuando llegamos a la laguna, el olor era más intenso que de costumbre.

—Quizá es mala noche para venir aquí —dijo Georgina.

Y deshicimos el camino. No llevábamos rumbo fijo. Era una noche cálida y desde la calle asfaltada de los Álamos venía ruido de música y bullicio. Fue Georgina la que dijo que nos acercáramos. Marco y yo nos miramos. Nosotros nunca íbamos a los Álamos porque, para qué negarlo, les teníamos algo de miedo. Pero no estábamos en posición de negarnos y dijimos que sí con desgana. Fue entonces la primera vez que Karen me agarró la mano y yo sentí, por primera vez, una especie de ansiedad en el pecho. Me estaba enamorando.

Cuando entramos en la calle asfaltada de los Álamos había mucha gente bebiendo en las calles y bailando. Un sonidero espectacular sonaba con unos graves prodigiosos. Georgina empezó a bailar caminando y Marco Melón la agarró de la cintura por detrás y siguió sus pasos. Yo agarré la mano de Karen con más fuerza, pero me vi incapaz de bailar. Al fondo de la calle vimos el equipo entero de los Álamos. A un lado, sentado en la acera, mirando el suelo como el que lee un libro o ve una verdad, el gordo Andrés bebía una cerveza sin hablar con nadie. Lo que realmente me sorprendió fue que llevaba la camiseta del New York City Police Department. A su lado, Andrés Vergara hablaba con Martín César, los dos laterales del equipo. Pensé otra vez que de dónde habría sacado el gordo Andrés esa camiseta. Nunca le había visto vestido con otra. También pensé que es extraño que exista un marketing de un departamento de policías. ¿Quién quiere promocionar a la policía? Fue entonces cuando Karen me miró y me dijo:

—¿Le tienes miedo al gordo Andrés?

—No es miedo. No sé qué es. Es imposible pasarle con el balón. Cada vez que te acercas te empuja y sientes una fuerza cósmica que te arrastra. No es un empujón. Es una fuerza gravitacional de dimensión desconocida.

Karen me miró riendo y luego comprendió que mi temor era otra cosa.

—¿No crees que mañana les ganéis?

—Es imposible ganarles. No porque sean buenos. Por el gordo Andrés. Es como un muro de fuerza. No es un defensa, es un agujero de gusano.

Fue ahí la primera vez que nos besamos. Algo de mi temor le despertaba ternura a Karen. Luego nos abrazamos.

—Quisiera ganar. También por ti. Creo que estoy enamorado, Karen, y juego mejor porque tú vas a verme.

Nos volvimos a besar. La música del sonidero era hermosa. La noche en los Álamos me pareció, aún me sigue pareciendo hoy, irreal.

—¿Quieres que te ayude a ganar?

—Sí —contesté sin saber que Karen hablaba en serio.

—Vente.

No avisamos a Marco Melón y a Georgina. Karen me agarró firme de la mano y salimos de la calle asfaltada. Fue a los minutos que me di cuenta de que íbamos a su casa. Pensé que nos íbamos a esconder allí a hacer el amor. La realidad sería otra. Karen abrió la puerta y llamó a su madre. La casa seguía iluminada por la vela. La sombra que había visto antes se convirtió en la madre de Karen. Me saludó amable. Karen la miró y le dijo:

—¿Nos ayudas con un trabajo?

—¿Qué trabajo?

—El gordo Andrés.

Hubo un silencio que no logré descifrar. Me quedé mirando el tintineo de la vela en la pared. Karen le contó a su madre del campeonato, de la semifinal, de la fuerza cósmica del gordo Andrés y de la camiseta.

—Pero fue aquí donde trajo la camiseta. Lo que me pides es que deshaga un trabajo anterior.

—Lo que te pido, mamá, es que Los Tureños ganen mañana.

—Pero es que está en la camiseta. Fue el gordo Andrés el que la trajo hace cinco años. Esa camiseta se la trajo su madre de Nueva York.

—¿Y no se puede deshacer?

A partir de ahí todo se vuelve extraño, cobra un ritmo y una cadencia extraña. La madre de Karen enciende una vela y me coge de las manos. Yo miro a Karen y Karen me mira con amor. En ese instante entiendo que estoy profundamente enamorado. La madre de Karen hace unos cantos o algo que parecen unos conjuros. Dice varias veces las letras NYPD por separado. Luego me pone una hierba que no distingo en las muñecas. Huele a romero y a cilantro. La madre de Karen canta y Karen me mira. Vuelve a decir NYPD. Entonces la mujer cae hacia atrás, como cuando los conejos terminan de copular. Me asusto, pero Karen me mira y me dice que no me preocupe. La madre se levanta. Me abraza y me dice que lo único que tengo que hacer es, en medio de una jugada, pasar mis muñecas por la camiseta del gordo Andrés.

Karen y yo salimos de nuevo de la casa. En el camino nos abrazamos. Confieso mi amor. Karen me besa y me dice que ella también está enamorada.

Esa noche duermo agitado. Sueño con Karen, sueño con Marco Melón y sueño con un helicóptero de la policía. Me despierto pronto, lo que me sirve para calentar los músculos con lentitud. De camino al campo de cobre, pienso en pasar a ver a Karen, pero concluyo que debo medir mi locura. Cuando llego, apenas hay jugadores de mi equipo. Los Álamos calientan en el fondo oeste. El gordo Andrés no lleva la camiseta y siento un ataque de pánico. Marco Melón aparece con cara de dormido. Me cuenta, exhausto, que ha estado toda la noche haciendo el amor con Georgina. Me miro las muñecas. En ese momento pienso que no hay conjuro que nos haga ya ganar. Miro a la grada, veo a Georgina, no veo a Karen. Bebemos agua y el árbitro nos llama para empezar. El gordo Andrés lleva de LAPD; tardo en descubrir que es del Departamento de Policía de Los Ángeles. Suena el pitido inicial. Miro a la grada y no veo a Karen.

Hay dos jugadas de Marco Melón que terminan en falta y el árbitro no las pita. Hay un contraataque de Los Álamos que termina en el travesaño. Subo por la banda izquierda, driblo a Martín César y encaro al gordo Andrés, le veo venir. Me acuerdo de mis muñecas. El gordo Andrés me hace la de siempre: ese empujón silente y violento. No es visible. Es una fuerza que no se sabe de dónde viene. Cuando voy cayendo, restriego las muñecas, como puedo, por su pecho. El gordo Andrés se da cuenta y me mira con desprecio. Es la primera vez que oigo su voz:

—No te creo, hijo de puta.

En el suelo noto un escupitajo. Me tapo la cara y miro hacia la grada, veo a Karen y me pongo en pie. Saco la falta a toda velocidad antes de que se acomoden y Marco Melón da un cabezazo al larguero. Los siguientes minutos, mucho juego de mediocampo. El gordo Andrés viene expresamente a marcarme. Es cuando me doy cuenta de que el gordo Andrés huele exactamente igual que la laguna. Entonces, aturdido, me da por pensar que es como nuestro monstruo del lago Ness. Recibo de espaldas y el gordo Andrés me desplaza cinco o seis metros. Esa fuerza no puede ser real. Caigo y desde el suelo vuelvo a mirar a Karen. Desde la grada me mira y hace el gesto de las muñecas. Me levanto y me acerco al gordo Andrés, le paso las muñecas y me vuelve a escupir. Fin de la primera parte. 0-0.

La segunda parte es extraña, delirada e indescifrable. El gordo Andrés se vuelve, de golpe, un jugador de toque. Yo estoy los primeros quince minutos sin tocar balón. Marco Melón sufre la fatiga de la maratón de sexo y pide cambio. Veo la victoria diluirse. En el minuto 65, Los Álamos se ponen 1 a 0.

Los siguientes diez minutos nos dominan por completo. Miro a la grada y no veo a Karen. Mi vida se desmorona en el minuto 75. Recibo balón pasado el medio campo. Regateo a Martín y a Rogelio. Avanzo hacia el centro del área. Sale el gordo Andrés que viene como si viniera un cometa a estrellarse con la tierra. Giro el tobillo hacia la izquierda y, cuando veo todo el peso corporal del gordo Andrés apoyado en esa dirección, quiebro y, en un giro prodigioso, giro a derecha. El gordo Andrés cae con todo su cuerpo y se desmorona. Veo la portería, sale Lucho tapando el lado izquierdo, levanto la pelota y mando el esférico a la escuadra derecha. Gol.
No celebro. Cojo la pelota. Miro a la grada y veo a Karen con su madre. Cuando me dirijo hacia el mediocampo, veo que el gordo Andrés está todavía tirado en el suelo. Esguince de tobillo. No puede ni caminar. Le cambian por Viena. El gordo Andrés se queda sentado en la banda, mirándome con odio.

Los siguientes quince minutos parecemos profesionales. Ganamos 4-1.

Cuando pitan el final del partido, veo que el gordo Andrés viene hacia mí. Lleva algo en la mano. Es la camiseta del NYPD. Me la da.

—Úsala bien.

Se gira y le veo irse cojeando. Me la pongo y me siento Superman.

Tres días después perdemos 7-1 la final contra un equipo de la ciudad. Cinco días después, voy a casa de Karen y no hay nadie. Su vecina me mira desde su ventana y me dice:

—Se fueron anoche en un auto verde. No creo que vuelvan nunca más.

Salgo al camino con ganas de llorar, pero no lloro. Llevo en la mochila la camiseta del gordo Andrés. Camino hasta la laguna. Sigue oliendo más fuerte que de costumbre. Lanzo la camiseta al agua. La veo flotar y desaparecer. Dos días después entran las tormentas y llega septiembre. Empezamos el colegio y me siento, durante varias semanas, nostálgico y perdedor. Pienso con frecuencia en Karen y en el gordo Andrés, al que jamás volví a ver.

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