sábado, marzo 14, 2026

Las chicas de los cubos

Mi madre dice que la autovía la terminaron de construir un par de años antes de que yo naciera. Bueno, terminar es un verbo quizá demasiado optimista. Nunca ha estado rematada. Siempre está por terminar, pero lo que no ha impedido que el tráfico sea desproporcionado, como lo es todo en esta capital sin orden.

Las barracas del lado oeste quedaron en el lado bueno de la historia. Aunque no haya lado bueno de la historia, no ya en esta ciudad, probablemente en todo el continente. Ellos se quedaron al lado de los pozos. Ellos tenían el agua. Ellos tenían, podríamos decirlo, la vida. Nosotros nos quedamos en el otro lado.

Había que cruzar cada día la autopista, en un ejercicio de habilidad y paciencia, violento, para ir a buscar el agua diaria. No había que atravesar un desierto o millones de kilómetros, no había ni siquiera una distancia sideral. Los pozos quedaban a poco más de cuatrocientos metros de nuestra casa. Pero las distancias a veces no se miden en metros.

Atravesar el ancho de esa autopista, una de las más transitadas de todo el país, conllevaba una distancia imposible de medir: la del peligro extremo y la locura.

Cuando yo nací iba mi hermano; antes de nacer yo, iba mi madre; y previamente iba mi padre. Que fue el que creó todo un decálogo de normas para cruzar. Las indicaciones no eran precisas, no eran científicas, pero sí tenían una base fundamental: no desesperar. Todo se basa en la paciencia. Llegabas al arcén con los dos cubos vacíos y esperabas, esperabas tu momento. Mirabas paciente ese río metálico. Un cauce de motores y tornillos, gasolina, bujías y movimiento incesante.

No había un promedio. Lo había porque, si sumabas cada día y hacías la división, salía un promedio, pero la estadística no valía para medir el tiempo que podías tardar en cruzar.Mi récord rápido estaba en el primer minuto: un sábado de abril del año pasado que, según llegué, vi el hueco y me lancé a la carrera y crucé. Mi récord por abajo estaba en la hora y cuarto esperando para cruzar de ida. Hora y cuarto con todos sus minutos, con todos sus segundos. ¿Cuántos coches pasan por la carretera más transitada del país en una hora y cuarto? ¿Alguien podría calcularlo en un país en el que no hay registros de nada?

En general quedaba con Sima, mi vecina, que había nacido tres días antes que yo y con la que a veces jugábamos a ser gemelas, porque había muchas cosas en las que nos parecíamos. A las ocho y cuarenta de la mañana quedábamos en el callejón. Cruzábamos los dos caminos de arena, atravesábamos la escuelita, que llevaba cerrada tres años, y girando a la izquierda accedíamos al arcén por el camino de la mandioca Y allí empezábamos a esperar.

Sima era más impaciente que yo, quizá porque en su casa no existía el decálogo para cruzar.

—Lo más importante es la paciencia.

Siempre había algún hueco en el que quería arriesgar. Yo, sin embargo, no arriesgaba. Había desarrollado un instinto especial para calcular la distancia precisa.

—Ahora —solía indicar yo.

Y salimos corriendo con los cubos en cada mano. Al llegar, cada día, por ese poderoso don humano de la celebración, emitimos algún grito, como si hubiéramos marcado un gol. ¿Acaso los futbolistas, por muchos goles que marquen, dejan alguna vez de celebrar? Eran onomatopeyas. No era un grito preciso. Era una vocal emitida como un grito.

Luego, ya en el otro lado, todo era fácil. Los de allí siempre miraban con recelo o con sonrisa. Había quien nos admiraba, había quien nos detestaba. Incluso las divisiones por una carretera generan otras formas de nacionalismo.

Pero en general eran amables y, eso sí, jamás vieron los pozos como parte de su propiedad. Que los pozos eran de todos era algo que no daba lugar a disputas.

Sima y yo cargábamos los cubos. Aprovechábamos para lavarnos, beber algo de agua fresca, porque los pozos tenían un agua fresca, deliciosa, por más insípida que digan que sea. Nos acomodábamos y vuelta a nuestro lado.

No sé cuántas veces hicimos el trayecto juntas, no sé cuántas veces lo hice sola. Sé el día, claro, en el que supe que ya nunca la volvería a hacer con Sima. Desde los seis años, casi cada día íbamos. Era nuestra función, era nuestro aporte diario a las rutinas de nuestras casas. Lo sería —o debería haber sido quizá— hasta que nosotras también tuviéramos hijos o hijas y fueran creciendo y ya pudieran cruzar, transmitirles el decálogo: Lo más importante es la paciencia.

Con doce años y tres días Sima, y con doce yo —lo sé porque era mi cumpleaños— nos encontramos en el callejón. Me dio un abrazo y me dijo:

—A la vuelta te doy un regalo.

Por la tarde iríamos hasta donde los Irikos. Había un muchacho que a Sima le gustaba. Era músico, o decía que era músico. Estaba metido en un nuevo movimiento musical que yo no conocía, pero con el que todos los chicos de donde los Irikos estaban obsesionándose. Ponían canciones a todo volumen cuando nos juntábamos allí. Esa tarde íbamos a llevar algo de comida y unos refrescos e íbamos a celebrar el cumpleaños de las dos: “Las no gemelas”, como nos llamaban.

Así que empezamos a andar. Sima estaba muy contenta. Yo creo que estaba enamorada. En el camino de la mandioca leímos un grafiti que había en un trozo de chapa que habían apoyado a una mata grande: “Por la pasarela del agua”. El vecindario llevaba años pidiendo una pasarela para peatones.

Alcanzamos el arcén. Ahí estaba el tráfico constante. Quizá nunca pare, pensé. Quizá sea eterno. Quizá sigan pasando coches cuando ni siquiera haya habitantes en la tierra. Quizá ya estaba cuando nada estaba.  En mi cabeza era imposible imaginar esa autopista sin tráfico permanente. Había visto tantos coches pasar. ¿Cuántos serían los mismos? ¿Podría reconocer alguno de los coches que seguramente pasa diariamente? Desde los seis años haciendo ese paso. Gente entrando en la ciudad  cada díe. Quizá había conductores que nos reconocían. Que nos veían diariamente desde sus coches y pensaban: ahí están, las chicas de los cubos.

Pensé todo eso quizá porque era mi cumpleaños y en los cumpleaños uno piensa en los ritos y en el tiempo. Quizá por intuición. Porque fue en ese momento que Sima gritó:

—¡Ahora!

Y salió, y yo volví a pensar, en este momento, que lo más importante es la paciencia. Y también porque hubo un tiempo en que me sentí desleal o traidora, que quizá yo también tuve que salir cuando Sima gritó: Ahora. Pero no lo hice. No salí. 

Desde entonces voy sola. Cada día, el mismo rito: los cubos, la espera, el tiempo indefinido, el tráfico indescifrable.Un rito que quizá pare cuando yo sea madre y mis hijos aprendan bien el decálogo y sobre todo aprendan que lo más importante es la paciencia.

No hay comentarios.:

Mi lista de blogs

Afuera