jueves, marzo 12, 2026

A ritmo de afrobeat

Es un ático pequeño, no más de 35 metros cuadrados; tiene una terraza, eso sí, formidable. Amplia, donde hay un banquito y una tumbona donde los dueños toman el sol los días que el clima enloquecido de la ciudad lo permite. La casa está repleta de gente. Cuando entro, me pregunto cómo es posible que entre tanta gente en ese espacio. Un tipo de aspecto atlético pone música afrobeat a un volumen desconsiderado con todo el vecindario de la manzana. En la terraza hay casi más gente que en el interior. Salgo y, aunque fumo muy esporádicamente, pido uno. Converso con dos chicas extranjeras. Hablan de los libros de un autor que desconozco; la más joven es devota: “No tiene un párrafo malo”. Intento memorizar el nombre, aunque sé que al día siguiente me costará encontrarlo en los recovecos de la memoria.

La terraza da a una calle estrecha. Los edificios del otro lado no están muy lejos y pienso, como maniático del ruido en el que me he convertido, en cómo debe de estar afectándoles ese bullicio y el volumen de esa pieza memorable de afrobeat (probablemente una de mis tres canciones favoritas de la historia de la humanidad).

Mientras las dos extranjeras hablan de un fragmento de una intensidad feroz, me quedo mirando una de las ventanas del edificio de enfrente. Veo a una pareja, dentro de un ventanuco, hacer aspavientos: están discutiendo acaloradamente. Me quedo mirando la escena, que realmente evoca al cine, porque el cuadrado de la ventana encuadra, casi a la perfección, un plano netamente cinematográfico. Ella entra y sale de plano; él tiene gesto iracundo. Es evidente que está gritando.

Las chicas extranjeras desmenuzan ahora lo que les produjo una escena concreta de uno de los libros más populares del autor:

—Describe ese asesinato con una perfección de orfebre. No hay intención poética; sin embargo, hasta la narración de algo tan cruel puede resultar hermosa.

La chica, en el ventanuco, gesticula y se tapa la cara. Ha debido de empezar a llorar. En ese instante me dan ganas de mandar callar a todo el mundo, bajar el volumen de la pieza de afrobeat y lanzar la oreja para escuchar lo más posible.

—Mirad, esos de ahí enfrente están discutiendo fortísimo —les digo a las chicas.

La más joven gira y se queda ensimismada.

—Qué mala pinta —dice, un poco asustada.

En ese momento yo también siento algo de temor, porque efectivamente la discusión ha tomado otro matiz. Él zarandea a la chica; ella intenta retenerle. La chica más mayor grita en esa dirección.

—Cabrón, suéltala.

La música cambia. Nadie nos mira en la fiesta, porque el bullicio es monótono e intenso. Me acerco a la barandilla y gesticulo y grito. Pero en el ventanuco nada cambia. Lo que vemos es que las dos figuras desaparecen de plano.

Miro a mis compañeras.

—Voy para allá —les digo.

Salimos de la terraza y bajamos las escalera porque no quiero perder tiempo esperando el ascensor. Bajo cada vez más rápido. La chica más joven viene detrás de mí. La otra, Anne, no sé si viene aún o si se ha quedado arriba.

Cuando llegamos abajo, la joven, May, me pregunta asustada:

—¿Y si el tipo es realmente peligroso?

—Bueno, al menos toquemos la puerta, intentemos acceder al edificio y vemos.

Cruzamos la estrecha calle. Por la acera viene un grupo de borrachos ingleses cantando una canción de fútbol de un equipo que no logro identificar. Uno de ellos le dice algo a May. May le dice en inglés que es un puto gilipollas.

Llegamos al portal de enfrente. Empezamos a tocar botones del interfono. Nadie atiende. En ese momento aparece Anne.

—No logramos que nadie nos abra —le dice May.

Anne está muy asustada. Le miro la mano y veo que le tiembla. No estoy seguro, pero diría que ha empezado a llorar levemente. Algo parecido a una lágrima le brota del ojo.En la acera se oye la música de arriba. Está sonando Abraka de The Funkees. Nos quedamos unos minutos sin saber qué hacer, ahí parados. Pasan algunos peatones esporádicos por la calle. Es estrecha y menos concurrida que todas las de alrededor, centro neurálgico de la ciudad. Del final de la calle, la parte que da a la plaza, viene bullicio también; parece el ruido de un concierto al aire libre. El verano en la ciudad es una forma de multiverso. Todo sucede a la vez. En ese momento alguien abre el portal.

—Buenas noches —dice May.

Entramos los tres. La persona que sale nos mira con desconfianza, pero no se atreve a decirnos nada. El edificio no tiene ascensor. Subimos los cinco pisos andando, casi corriendo. Descubro que May y Anne están en mucha mejor forma física que yo. Llegamos arriba. No se oye nada. Intentamos descifrar cuál de las tres puertas es la que buscamos. May y Anne optan por la que pone 5-C. Yo tengo dudas, pero no digo nada. Anne toca alterada. Se oye cierto movimiento detrás de la puerta.

—¿Quién es? —dice una voz grave masculina.

May dice que queremos comprobar que está todo bien con la chica, que estábamos enfrente y hemos visto cómo la zarandeaba.El tipo abre la puerta. Me mira primero a mí, como si tuviera que calcular fuerzas; luego las mira a ellas. Logro identificar la música desde la fiesta: It’s Vanity de T.P. Orchestre Poly-Rythmo.

—¿Se puede saber qué quieren y por qué invaden así mi intimidad?

—Estábamos en la fiesta de enfrente y hemos visto la discusión y cómo zarandeabas a la chica. Queremos comprobar que está bien y hablar con ella.

—Aquí no hay ninguna chica —dice en tono sorprendido.

Anne se pone nerviosa. Le dice que es un hijo de puta, que vamos a llamar ahora mismo a la policía, que nos deje entrar.El tipo nos mira y nos hace un gesto para invitarnos a pasar. Entramos.

La casa está admirablemente ordenada. La decoración es precisa: todo bien medido en los espacios. Una librería de madera repleta de libros colocados en orden, una suave luz iluminando la estancia. El apartamento es pequeño, pero agradable, un sitio idóneo para vivir, pienso mientras avanzamos. Anne y May recorren el salón, entran al baño y a la habitación. No hay rastros de la chica. Yo voy detrás de ellas. Terminamos entrando en la habitación. Oigo sonar Samba de Les Amazones de Guinée desde la fiesta. Miro por el ventanuco y veo a los de la fiesta en la terraza. Distingo a Luis y Guillermo riendo con alguien que no conozco. En el salón hay gente bailando. Veo a una chica que no estaba cuando hemos salido. Está hablando con el DJ. Me giro. Veo a Anne y May mirando debajo de la cama. En la puerta de la habitación veo al hombre con un cuchillo en la mano. Vuelvo a mirar a May y a Anne y miro hacia atrás. Veo a mis amigos, al DJ, oigo el punteo acuchillado de la guitarra. Tengo ganas de gritar, pero sé que no voy a ser escuchado. Anne y May se ponen en pie y descubren lo que yo había descubierto. May emite un suave grito de miedo. Suena Let’s Think It Over de Marajita. El tipo cierra la puerta y nos arrincona.

Me sorprende pensar que en el plano cinematográfico del ventanuco que hace un rato yo había visto una escena parecida, ahora estaba protagonizada por Anne, May y yo. Los vientos de Marajita reverberan por toda la calle. Pienso en la posibilidad de que alguien haya llamado a la policía por el volumen atronador de la música por toda la calle. El tipo nos arrincona aún más. Si hay alguien en la terraza de la fiesta mirando hacia el ventanuco, estará viendo la escena. A eso me agarro. A esa esperanza. Los tres estamos pegados. Anne está nerviosa y me ha agarrado la mano. Siento la fuerza con la que me aprieta. Intento calmarla haciendo pequeñas palpitaciones, como si pudiera comunicarme con ella por un código de impulsos. No sé si la ayudo o si contribuyo a ponerla más nerviosa.

—¿Qué nos vas a hacer? —dice May—. ¿Nos vas a matar? ¿A los tres?

En ese momento oigo ruido desde el descansillo. Alguien golpea la puerta. El hombre se queja, se da la vuelta.

—No os mováis.

Cierra la puerta de la habitación.

Oigo, como filtrada, la voz al otro lado de la puerta.

—¡Ábrenos! —reconozco la voz de Guillermo—. ¡Te hemos visto desde la terraza de enfrente!

Anne señala una puerta: es el baño. Corremos los tres. El baño tiene una claraboya amplia. Nos subimos al retrete. Ayudo a May, luego a Anne y con esfuerzo logro salir yo. Estamos en el tejado del edificio. Avanzamos como podemos. Se cae una teja por el patio interior. Suena el estruendo soberbio.Pasamos de un tejado a otro de los edificios. No sé qué buscamos, pero al menos estamos a salvo. Distingo Ajo de Peter King tronando en la fiesta. Trepamos un poco y subimos más alto. Desde donde estamos vemos a los de la fiesta. Les gritamos, pero no nos escuchan. Hacemos aspavientos con los brazos, como los náufragos de una isla. Nadie nos mira. Dos tejados más allá veo una figura. Se lo comunico a mis amigas.

—¡Es la chica! —dice May.

La chica está asustada, pero Anne le dice que nosotros también estamos huyendo del psicópata. En el cuarto tejado vemos una escalera que baja a un pasillo. El pasillo parece el de unos trasteros. Hay un ascensor. Nos montamos y bajamos al cero.Un minuto después estamos en la acera. Sin hablar, sin decidirlo, sin ser impulsado por ninguno, nos abrazamos los cuatro y celebramos. Hemos logrado fugarnos. Anne, firme, dice que vayamos a la fiesta, que desde allí llamemos a la policía. Le decimos a la chica que nos acompañe. Tocamos. Por suerte alguien nos abre, porque yo temía que nadie escuchara el interfono en la fiesta.

Está sonando Wanna Do My Thing de Matata.

Subimos en ascensor. Decimos frases absurdas, inconexas, deliradas. Nos reímos fuerte, exagerados. Entiendo que es la adrenalina haciendo su trabajo. Entramos en la fiesta hablando en alto, contándolo sucedido. Miro a la gente mirándonos, miro a la terraza, miro  al frente mientras Anne cuenta y May telefonea a la policía. Sobre el tejado que hace unos minutos nosotros íbamos trepando veo a Guillermo trepando haciendo aspavientos para ser visto. Le hago gestos. En ese momento bajo la mirada al ventanuco, veo al DJ siendo amenazado por el cuchillo. Está sonando Afro Beat Blues de Ojah. y pienso: ¿Quién está poniendo ahora la música?

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