lunes, marzo 16, 2026

La colección

La oferta me llegó por Lucio. Él trabajaba en uno de los chalets de la urbanización; le había llegado el comentario por un vecino mientras se afanaba en la poda de unos limoneros y del césped. Buscaban a alguien que cubriera todo el verano y parte del otoño en la última casa de la urbanización para un labor precisa. Aparentemente el trabajo era muy sencillo. La pareja se iba una temporada a trabajar a Asia, un proyecto de arquitectura o algo similar, pero eran sumamente paranoicos con sus objetos de colección, entre ellos cuadros, discos y artilugios de coleccionistas peculiares.

Por la noche la amplia urbanización estaba bien cubierta de vigilancia: dos coches de una empresa privada hacían ronda permanente por las calles vacías de esa ciudad-jardín periférica de chalets aislados modernistas de los sesenta y setenta. Pero les preocupaba el día. Demasiadas horas sin ser vigilado ese precioso chalet blanco que cerraba la calle más lejana de la entrada. El muro que daba al monte era un boquete perfecto para los cazadores de colecciones. Así que buscaban a alguien que permaneciera en la casa de ocho a ocho sin más que hacer que estar dentro para ahuyentar a los hipotéticos ladrones, pero tampoco querían un vigilante privado, alguien, pro decirlo de algún modo, más profesional 

Lucio me lo contó el día que yo empezaba a desesperar. Llevaba tres meses sin trabajo, el supermercado de la zona sur en el que trabajaba había cerrado por falta de ventas o alguna explicación poco convincente y mis recursos económicos estaban en el nivel más bajo desde que había llegado al país.

Conocí a la pareja dos días antes de que partieran. No eran simpáticos, más bien eran cortantes. Era claro que no querían establecer un contacto cálido conmigo, pero tampoco eran de esos que te tratan con desdén. Me pareció más una actitud racional, esas personas que piensan que las relaciones laborales deben estar exentas de amistad. Ofrecían un sueldo jugoso para lo que tenía que hacer.

Me enseñaron la casa. Me explicaron asuntos rutinarios. Podía hacerme la comida, debía ser cuidadoso con todo, limpio y no dejar huella: “que parezca que por aquí nunca ha pasado nadie”. No tenían televisión, tenían una cantidad apabullante de libros y cómics. En el sótano había sala de cine., comentaron. Podía usar la moto para ir al pueblo si necesitaba algo de urgencia, pero no para volver a casa.

Ese era exactamente el único inconveniente del trabajo. La urbanización estaba “donde el viento da la vuelta”, como decía Lucio. Desde mi casa hasta el chalet blanco, que se llamaba La colección, había cerca de 50 kilómetros, pero lo peor es que esa zona, adinerada y de recursos, apenas tenía transporte público para llegar. Un autobús que pasaba por la parte alta, cerca de la entrada, hasta donde andando desde La colección tardaba veinticinco minutos, más un trayecto de casi hora y media. Casi dos horas de ida y casi dos horas de vuelta, pero acepté. El dinero, como ya he dicho, era suculento.

La primera semana llegaba a las ocho. La luz de principios de verano era hermosa en el jardín. Me preparaba un café. Caminaba un poco por la casa, comprobando que no faltara nada y me sentaba en el jardín. A veces leía, a veces dormitaba, a veces simplemente me quedaba mirando el jardín. El orden preciso de los árboles y plantas. La conformación de los elementos era precisa, regular, enigmática.

A veces miraba y pensaba: ¿cómo se verá este jardín a vuelo de pájaro? Debía ser una oda a la simetría. A mediodía me hacía algo de comer, recogía y limpiaba y me dormía un poco. Las primeras tardes se me hacían largas. Escuchaba, a lo lejos, el sonido de niños chapoteando en piscinas, en los chalets de más allá.

El cuerpo tiene su cadencia con la confianza. Los primeros días me sentía extraño, tenso en ese espacio. La casa era demasiado horizontal, demasiado detallista en cada cosa y me daba miedo alterar el orden, pero me fui relajando. A veces chequeaba los cómics y los dejaba en su sitio. Empecé a leer novelas escogidas por el atractivo de su título. Empecé a poner discos en ese aparato en el que los vinilos daban vueltas hipnóticamente. Nunca había escuchado jazz, pero me resultó idóneo en ese ambiente pulcro.

Escogía al azar o por el color de las portadas. Escuché Soultrane, escuché otro que se llamaba Hello Herbie, escuché The Art of Pepper. Según pasaban los días iba repitiendo con los que más me gustaban. La colección era inabarcable. Podría pasar los cinco meses ahí escuchando discos distintos, jamás repetir, pero había algunos que me resultaban idóneos para esa extraña soledad en la que trabajaba. Quizá afectado por esas poderosas armonías, había ratos que me sentía parte de una película, una con un argumento extraño, un cine distinto, contemplativo y poco comercial, pero cine al fin y al cabo.

No sé en qué momento me animé, por fin, a meterme en la piscina. Lo cierto es que de la piscina no se me había dicho nada, ni si podía bañarme o no, pero en algún momento me animé. Como nunca llevaba bañador, me parecía un exceso que no me podía permitir, decidí bañarme desnudo y así lo haría todas las veces que me bañé.. Al fin y al cabo, los muros eran altos y los otros chalets estaban separados lo suficiente para no ser visto. El agua tenía una temperatura idónea y pasaba buena parte de la mañana zambullido al sol. Flotando o sumergiéndome. Dejando pasar el tiempo en ese estado acuoso y ligero. Ojalá el resto de mi vida laboral fuera así, pensaba con frecuencia.

Lo cierto es que a ratos me aburría. Me sentía confinado por horas, de ocho a ocho. Retenido en una casa maravillosa, pero en la que no sabía muy bien qué hacer. Así que empecé a subir a las habitaciones.Como si explorar por ahí arriba fuera una actividad trepidante.  Las líneas se saltan poco a poco. No abres un cajón en la primera visita, pero sí lo abres en la sexta.

Las habitaciones eran espaciosas, ordenadas y de una decoración bella, parecían fotos de una revista. Los armarios estaban repletos de ropa de todo tipo, ordenadas con una minuciosidad alucinante. No parecían armarios: parecían casi formulas matemáticas. Él tenía una cantidad desorbitada de trajes de distintos estilos, ropa deportiva muy elegante. Una colección de zapatos que abarcaba varios metros. Camisas ordenadas por colores, calcetines y calzoncillos con sus iniciales. Los armarios de ella eran una exposición de glamour y estética poderosa. Trajes y trajes. Vestidos de estampados, lisos, de miles de colores, lencería elegante, camisones, hileras infinitas de zapatos. Todo olía como huele la elegancia, como huele el poder, como huele la lucha de clases. Por encima de ese olor solo había privilegio.

En otras habitaciones fui descubriendo objetos de todo tipo. Objetos que no sabía qué eran. Cuchillos de colección, artilugios indescifrables, mapas antiguos, libros religiosos, catálogos de otros objetos extraños. Era todo hipnótico e hipnotizado debía de estar, porque no escuché ese día la puerta. Cuando me di cuenta, alguien me llamaba en voz alta desde abajo.

Bajé rápido. Pensé que estaba en problemas. Pensé que iba a ser asaltado, quizá secuestrado o quizá era alguien que venía a darme algún recado y no había sido avisado.

Cuando llegué abajo un tipo joven me saludó amable.

—Disculpa —dije a modo de excusa—, pero prefiero ir al baño arriba.

No sé qué pensó, pareció darle igual.

—Vengo a limpiar la piscina. Lleva dos semanas sin ser revisada. Pero es mejor darle mantenimiento aunque no esté siendo usada —me dijo irónico, dando a entender que sabía que me estaba bañando diariamente.

Estuvo un buen rato haciendo su labor y cuando terminó se me acercó. Me estuvo preguntando amable por mi labor. Que si me aburría y qué tal lo llevaba.

—¿Sabes algo de la vida de ellos? —me preguntó serio.

—La verdad es que no. Hablé con ellos una tarde, me explicaron lo que tenía que hacer y poco más —contesté sincero.

—Mejor así. Cuídate —me dio una palmada en el hombro- Vendré la semana que viene- y se fue

Me quedé en un estado extraño entre la alerta y el desconcierto. El muchacho era guapo, esbelto, esos chicos de hoy preocupados por su salud y las formas de su cuerpo,  pero me producía desconfianza. ¿Por qué no me habían avisado de que vendría?

Ese día, mientras subía andando hacia la parada de autobús, en ese trayecto por calles vacías donde oyes el bullicio de la caída de la tarde, de niños que aún se bañan dentro de esos chalets amplios, le vi entrando en otro chalet. Cuando avancé y observé el lugar en el que había entrado, me di cuenta de que estaba abandonado. El desconcierto y la alerta, entonces, se instalaron en mí casi de modo permanente.

Los días se me hacían eternos, cada vez más aburridos. Me di cuenta de que llevaba semanas sin socializar. Salía a las seis de casa y llegaba a las diez de la noche. Luego me pasaba el día ahí metido, en ese confinamiento extraño. Fue entonces cuando decidí que, para qué perder cuatro horas diarias de trayecto. Me empezaría a quedar a dormir. No usaría ninguna cama, había sofás y espacios suficientes para pasar la noche.

Vi entonces, por primera vez, la noche entrar en la casa. Las luces estaban colocadas con una precisión casi cósmica. Con la misma precisión que el caos, el azar o Dios habían colocado los planetas en las galaxias. Todo cobraba un aire de hermosa irrealidad. La piscina, en el jardín, parecía flotar. La simetría ahora se volvía enigma, porque todo era una confrontación de luces y sombras absolutamente apabullante.

Me quedé tumbado en una de las hamacas. Me puse un vinilo que se llamaba Cornbread. En algún momento me quedé dormido. Cuando abrí los ojos de madrugada sonaba el vinilo encallado en el track final. Ese sonido crujiente me hizo creer durante unos segundos que aún dormía, pero me di cuenta de que no porque escuché unas voces que venían de abajo, del sótano. Una forma indescifrable y amarga de pánico me subió hasta la garganta.

Me puse de pie. Intenté caminar sin hacer ruido y empecé a bajar la escalera. En el mes que llevaba yendo nunca había bajado al sótano y me sentí irresponsable por ello. Quizá diariamente debía haber chequeado también abajo, pero recordé que nunca se me habló del sótano o solo se me había dicho que tenia una sala de cine. La puerta estaba medio entornada y se escuchaba una voz grave. Entré con cuidado. Había una luz tenue. Me apoyé en un muro y me asomé sigilosamente para ver.

Había tres personas desnudas. Uno de ellos estaba atado con artilugios por todo el cuerpo. Los otros dos le acariciaban. La voz más grave, descubrí entonces, era la del dueño de la casa. El que estaba atado era el piscinero. Salí de ahí corriendo intentando no hacer ruido. Arriba me calcé y salí del chalet. Hice lo que había hecho todos los días: cerrar y dejarlo todo bien acomodado, pero en estado de absoluto pavor.

Me vi, de repente, de madrugada en medio de la urbanización sin saber muy bien qué hacer. Caminé por las calles vacías. Casi todos los chalets a oscuras. La noche de verano en todo su esplendor. En uno de los chalets más arriba había una fiesta. Desde la acera escuchaba el ruido de músicas y murmullos. Me fui al parque de niños que siempre estaba vacío, donde nunca había visto a nadie, me senté en un banco y esperé el amanecer.

Cuando amaneció me fui a la parada de autobús. No sé muy bien por qué.

Me quedé un rato allí sentado y volví a bajar a La colección, como si estuviera comenzando de manera normal mi jornada.La casa estaba perfecta. No había señales ni huella de nada.

Bajé al sótano. Descubrí que el sótano estaba cerrado con llave, lo cual por un lado me alivió. No era tarea mía chequearlo diariamente. Me zambullí en la piscina desconcertado y cansado, apenas había dormido y tratando de entender qué había sucedido la noche anterior. Floté un buen rato sin pensar en nada concreto, solo sintiendo una forma de desazón y angustia. Me sumergí varias veces. En el fondo del agua me venía la imagen del dueño desnudo y del piscinero amordazado. Todo, de repente, me pareció irreal. Sobre todo mi propia vida.

Con la excusa de ir a comprar algo con la moto salí, pero lo que quería era pasar por el chalet abandonado y ver si estaba allí el piscinero. Pasé por la puerta, pero no había rastros de nadie allí. Seguí hasta el pueblo. Entré en el supermercado para comprar algo de comida. En la sección de bebidas le vi. Estaba comprando alcohol y embutidos. Intenté que no me viera. Pagué y salí. En el parking le volví a ver. Se subía a un coche de alta gama. Me saludó desde lejos con una sonrisa.

—¿Todo bien? —me preguntó.

—Sí, comprando algo de comida.

Y le saludé con la mano.

Le vi salir del parking y le seguí de lejos. Avanzó por la carretera en dirección a la urbanización, pero en la rotonda, en vez de entrar, siguió de largo hacia la autopista.

El resto del día lo pasé con una sensación extraña. ¿Qué hacía el dueño esa noche en el sótano si estaba en Asia? Estaba decidido a seguir durmiendo en la casa. Llegué a dudar de mí. Quizá había sido todo un sueño. Llevo demasiados días solo, pensé.

Los niños del chalet más cercano se pasaban el día dando gritos y zambulléndose en la piscina. Aquello que al principio me acompañaba empezó a resultarme molesto, agotador. Cada vez ponía los vinilos a más volumen para no escucharles. Había un disco que me sumía en un estado poderoso de ausencia. Como si todo lo que estaba viviendo fuera una ficción. Ese estado me gustaba. El disco se llamaba West Coast Time. Decidí que una vez que terminara ese extraño trabajo intentaría aprender y buscar discos de jazz. Estaba siendo una revelación todo aquello para mí. Me aletargaba, me inducía a una forma de pensamiento desconocida para mí. Un pensamiento nebulosa. 

Cayó la noche, me quedé en la tumbona. Aguanté despierto. Quería ver, notar, descubrir si había un momento exacto en el que entraban. Pasó mucho rato pero no aparecía nadie. Lo que sí sucedió , ya de madrugada, es que empecé a escuchar las voces desde el sótano. “Deben entrar por otro acceso”, pensé. El temor, la incertidumbre y el pánico se hicieron más agudos, por momentos insoportables.

Bajé de nuevo con cuidado. Abajo la escena era la misma. El piscinero atado, el dueño de la casa y otro hombre desnudos acariciándole mientras decían palabras en un idioma que no lograba descifrar. ¿Alemán? No lograba identificarlo.

Esta vez la novedad era que más atrás estaba la dueña. Desnuda también. Miraba a los tres hombres estática, firme. El cuerpo era perfecto, de una belleza alucinante. Por unos instantes que consideraré absurdos sentí un deseo muy profundo por ella.

Me quedé mucho rato mirando desde un recoveco que era perfecto para espiar. La mujer se acercó al piscinero. Le besó con una intensidad arrebatadora. Si hubiera que definir pasión con una imagen, yo la vi en ese beso. Luego la mujer se dio la vuelta y abrazó a su marido, que se puso a llorar. El otro hombre era una especie de espectro. Como si nadie le viera. Por momentos pensé que solo le veía yo.

Volví a mirar el cuerpo de la dueña. El deseo que me producía era descontrolado, pero me producía rabia, porque era inoportuno, extraño, ridículo. El acto, o lo que fuera que hacían, no parecía tener un patrón o un ritmo marcado. Todo sucedía de un modo improvisado. Pensé que se parecían al jazz que estaba descubriendo esas semanas.

Cuando vi que podía hacerlo, salí del sótano y fui arriba. Esta vez me fui hasta las habitaciones. Me metí en la que estaba más al fondo y que parecía poco usada. Me dormí allí con la puerta cerrada. Me sentía protegido y a salvo. Caí exhausto. Abrí los ojos cuando amanecía. Bajé al sótano y estaba cerrado.

Pasé el día deambulando por los armarios de la dueña. Encontré fotos. Encontré ropa que olía de esa manera tan imponente. Encontré perfumes, maquillaje, libros. Era como reconstruir su vida con los elementos que la adornaban, si se puede llamar adorno a todo lo estético que conforma nuestra existencia. Era un puzzle de su mundo externo para imaginarme el interno. Es enloquecido y delirante, pero sentía una forma de enamoramiento extraño. En las fotos me parecía guapísima. Podía imaginármela bajo el olor de aquellos perfumes. Reconoceré, claro, que también abrí los armarios en la parte de la ropa interior. Había algo pasional que no sentía desde hacía tiempo. Llevaba un par de años en ese país y los asuntos del amor y la pasión habían quedado relegados a un plano inexistente.

Algo adictivo me tuvo todo el día merodeando por armarios y alcobas. Abría cajones, miraba vestidos, abría puertas de armarios. En la mesilla de noche fue donde descubrí el primer diario. Los empecé a leer en un estado parecido a la fiebre o a la locura.

No eran diarios donde se hablara de lo sucedido día a día. Eran reflexiones extrañas sobre la vida, sobre la muerte, sobre el deseo, sobre la locura y sobre la política. Según avancé por aquellas páginas descubrí entonces que estaba cuidando la casa de unos dirigentes fascistas. Páginas y páginas dedicadas a hablar de una nueva construcción social, alejada de la impureza de los malditos. De limpiar la inmoralidad y el contagio de las razas fusionadas. De la contaminación de los pensamientos enfermos del marxismo. El aniquilamiento total del comunismo. El resurgir de un mundo nuevo, hermoso y bello. Acabar con las detestables nuevas ideas. La vuelta al orden familiar, religioso y puro.

En todo aquel delirio había a veces reflexiones sobre el deseo. La búsqueda del placer a través del dolor y el sufrimiento. Había pasajes explícitos sobre sexo. La mujer detestaba el sexo con su marido, pero le amaba como compañero. Describía las formas musculares de personas de ambos sexos. Lo importante es la piel, decía con frecuencia.

Leí muchas páginas. Entré en una forma de asco y dolor, pero no podía evitar la atracción por esa mujer. Me bañé en la piscina. Me sequé. Era media tarde. Había decidido dormir otra vez ahí y ver si volvían al sótano.

Cuando me estaba vistiendo entró el piscinero. Sentí entonces una forma inabarcable de terror.

Me saludó con desgana.

—¿Qué tal lo llevas? Ya vi que te estás quedando a dormir —me dijo con un tono que parecía triste. Me sentí descubierto.

—No te preocupes. Lo entiendo. No diré nada —me dijo.

Limpió la piscina. Se acercó, me dio otra vez una palmada en el hombro y se fue. Escuché el coche subir cuesta arriba por la calle larga hacia la entrada.

Me quedé solo. Puse un disco que se llamaba On Impulse!. Me tumbé en el césped. Cerré los ojos después de mirar un rato las estrellas.

Abrí los ojos al rato por puro instinto. La mujer estaba sobre mí. Mirándome de pie.

Intenté levantarme, pero no me dejó. Me pisó las manos con los pies. Intenté ver si había alguien más. Noté el olor del perfume que me había pasado el día oliendo en su habitación. Llevaba un vestido que reconocí de uno de los armarios. Me dejó de pisar. Me dijo que me levantara. Nos sentamos en la zona de las hamacas. La piscina parecía que flotaba. Me miró con desprecio y odio.

—Lo que vas a hacer es lo siguiente- me empezó a hablar autoritaria y firme-  Te vistes. Sales de aquí, te vas a tu casa y no vuelves nunca más. Cuando te pregunten por tu trabajo estos meses dirás que estuvo bien, pero no entrarás en detalles. Te pagaremos como si hubieras estado los cinco meses. No hablarás de Jota. No hablarás de mí, ni de mi marido. No volverás a pisar por esta urbanización ni sus alrededores el resto de tu vida -siguió como si fuera una operación policial o de ingeniería. El tono era frio, implacable- Búscate un trabajo, vuelve a tu vida y olvida estas semanas. 

Se puso en pie, firme, el vestido que reconocía del armario marcando un cuerpo que me seguía produciendo una forma de deseo desconocida para mi. Mire sus piernas, su espalda, la forma de su trasero. La vi  alcanzar las escaleras y bajar al sótano.

Me calcé. Salí a la calle. Tuve miedo y pena. Pensé que probablemente no volvería a escuchar jazz en vinilos en mi vida.

Desde entonces, a veces, cuando tengo días libres, cojo el autobús y voy hasta allí. Paso el día deambulando por la urbanización. Me escondo para no ser visto. Veo al piscinero entrar en su chalet abandonado. Veo a los dueños salir y entrar en La colección. Veo luego mucho rato sin actividad, como si nada pasara en ninguna casa de toda la urbanización. Luego, cuando llega la noche ,veo llegar el coche del piscinero y otro coche. Entran por detrás, por una puerta que no sabia que existía.  Entonces hago el camino de vuelta a casa y dos horas después me meto en la cama. Y me duermo tarareando alguna de esas piezas que aún recuerdo de los vinilos de Jazz

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