Me llega la información de una convocatoria de un concurso de relatos en un pueblo de la periferia de la región. Leo las bases, los premios y la extensión del texto. No sé si escribo bien, si escribo mal o si simplemente escribo sin más. El hecho cierto es que me gusta mucho escribir, no tanto por el resultado sino por el medio. Hay una especie de placer, de tránsito hipnótico en el hecho de contar una ficción o una realidad alterada. La literatura amateur también es literatura, me repito estoicamente. Así que, cargado de buen ánimo y de buenas intenciones, me pongo a teclear un texto que llevaba merodeándome algunos días.
La trama era relativamente sencilla. Tiendo a escribir sobre procesos perceptivos. Los protagonistas de las historias suelen estar más centrados en la percepción que en las descripciones. Deambulan por sensaciones difusas que no terminan de abarcar; eso les lleva, con frecuencia, a finales que no son rotundos, sino un eco difuso de algo que permea extraño en su realidad.
Esta vez, sin embargo, quería centrarme en un escritor que se presentaba a un concurso de cuentos. El escritor empieza a escribir concentrado, firme, hacia un final que más o menos tiene decidido. Teclea a buen ritmo. A ratos piensa que parece que le están dictando. La cadencia en la que entra es casi musical. Resuenan las letras a golpe de tecla. Podría ser una canción alambicada, con extraños arreglos, pero siempre en un compás trepidante.
Avanza por el relato. Apenas relee. Está sumido en el puro placer de la literatura. Si entendemos la literatura como ese espacio abierto donde lo cierto, lo incierto, lo visible y lo invisible se hacen forma —una forma que, por otro lado, se deshace en la mente del lector—. En eso piensa o eso escribe mientras escribe, valga la redundancia.
Nuestro escritor, entonces, escribe que escribe. No sabe si eso lo ha leído antes; es posible. ¿No es acaso todo texto una forma de plagio? ¿No es cada texto el eco de otro texto? Porque de alguna manera lo que el escritor escribe en el cuento está siendo escrito aquí también. Y en eso anda: escribiendo lo que escribo.
En algún momento remata (luego diremos cómo). Lo da por finalizado, lo chequea. Le da algún repaso, cambia algunas palabras y, sin estar del todo a gusto —porque nunca lo está, porque siempre le parecen débiles y poco contundentes—, lo da por terminado.
Vuelve a leer las bases de la convocatoria. Rellena un formulario, se compromete con las normas y firma que el texto es original, que no hay plagio y que, de haberlo, en dado caso de que fuera premiado, debería renunciar al premio. Está de acuerdo. Sube a la plataforma el texto y le da a enviar.
Algunas semanas después, cuando ya ha olvidado el cuento y el concurso, recibe un aviso. Lee un correo donde le invitan el siguiente fin de semana a la entrega de premios. Es finalista y el premio se otorgará en una gala humilde, pero donde de alguna manera se quiere tratar bien a los finalistas.
—Al fin y al cabo, en este pueblo queremos cuidar bien a los nuevos talentos.
No duda. Reserva un hotel en el pueblo, que no está lejos, pero en el que prefiere quedarse a dormir para ir con calma, y alquila un coche para ir el sábado hasta allí.
La gala es por la tarde, pero él sale pronto. Conduce con prudencia pensando, por primera vez, en la posibilidad de ganar el concurso. No se quiere hacer ilusiones, pero la posibilidad de ganar le parece un pequeño regalo. Nunca se había planteado la literatura más allá de una afición casi íntima, que apenas compartía con nadie más.
El viaje es agradable. La primavera ha estallado en su máxima expresión. Los meses previos han sido intensos de lluvia y el campo está verde, pletórico, potente.
Llega al pueblo pronto. Aparca a las afueras. Deja la mochila en el hotel humilde que ha reservado y sale a pasear. No hay nada especialmente llamativo para visitar en el pueblo, pero, sin embargo, es un lugar idóneo y amable para pasear.
En una de las plazas del centro ve unos bancos. Se sienta. La temperatura es idónea: 22 grados. Cree recordar que esa es la temperatura que la OMS dice que es la perfecta para el ser humano.
Mira el movimiento de la plaza: vecinos con bolsas de la compra. Los sábados hay mercadillo y los lugareños aprovechan. Hay un bar con gente joven tomando cerveza.
Sigue observando la plaza cuando, en el banco de enfrente, se da cuenta de que está sentado su escritor favorito. Se cruzan la mirada. Piensa por unos segundos en acercarse a él, comentarle lo del concurso, la idea de que sea jurado, obviamente, le aterra. Se plantea abordarle, hablarle del cuento, pero no lo hace.
El escritor se pone en pie y se pierde por una de las bocacalles de la plaza. Al rato él también se va.
Después de comer y de dar otro largo paseo, decide pasar por el hotel para arreglarse y salir al evento literario. Le cuesta reconocérselo, pero está entusiasmado. Se siente escritor por un día.
Cuando está abriendo la puerta de su habitación, ve que de la habitación de enfrente sale su escritor favorito, que, educado, le da las buenas tardes.
—Buenas tardes —contesta.
Cuando llega al evento, el concejal de cultura le recibe. Le da la bienvenida. Conversan un poco sobre el concurso y sobre literatura. ve oportuno comentarle al concejal que ha visto, además, a su escritor favorito por el pueblo.
El concejal le dice que no sabía que estaba por el pueblo ese escritor.
—Lo cierto es que tampoco le pongo cara —remata el concejal.
Entiende, con alivio, que no es parte del jurado. Pasa al salón de actos. Se sienta en la butaca con su nombre y espera, ahora sí, pleno de emoción.
Lo que sucede a partir de ese momento le va sumando capas de desconcierto. Su escritor favorito se sienta a su lado. Esa butaca no tenía su nombre, sino otro. Se aturde: quizá no es el escritor, solo alguien parecido. Quizá —y esa es su tesis favorita— está usando seudónimo. Se ha presentado, bajo otro nombre, al concurso.
Empieza la gala. El concejal habla del buen nivel de las piezas entregadas.
—Han llegado textos de enorme calidad. Pero, por desgracia, solo uno será el ganador de este humilde certamen.
En ese momento sabe que él no ganará. Nadie podría ganar en un concurso a su escritor favorito. Salvo que alguien, se dice, tenga el mismo nivel que su escritor favorito
El premio es sustancioso, pero además, en ese momento, el concejal anuncia un aumento del monto, porque, al conocerse la calidad de los concursantes, varias empresas de la zona han aportado más donación al premio. Cuando dicen la nueva cifra, siente que eso le arreglaría un poco su precaria situación económica. Pero no se hace ilusiones.
Finalmente, dos miembros del jurado, después de una actuación musical poco memorable, salen al escenario con un sobre en la mano. Lo abren, dándole tensión al momento, y anuncian al ganador. Cuando oye su nombre, siente una explosión peculiar de sentimientos: euforia, emoción, también una forma extraña de vergüenza y timidez. Sube al escenario. Tiene que hablar. Da las gracias al ayuntamiento, a los patrocinadores y empieza a hablar torpemente de la literatura amateur. Desde abajo, su escritor favorito le mira. Los ojos transmiten dureza, casi odio. Mientras sigue hablando de la literatura amateur, ve que su escritor favorito se pone de pie y se pierde por el fondo de la sala.
Después del cóctel, de una cena copiosa y unas copas divertidas con toda la comitiva —jurados y compañeros de concurso—, vuelve al hotel. Cuando abre la habitación, su escritor favorito abre la puerta de la suya.
—Tú y yo sabemos lo que ha pasado —le dice su escritor favorito.
—No sabía que participarías. ¿Cómo iba a saberlo?—le contesta él.
En ese momento, termino de teclear este texto y lo mando al concurso. ¡Deséenme suerte!

No hay comentarios.:
Publicar un comentario