Entré al Marcus Garvey Park por la 120. La mañana era fría, pero algo menos que los días previos; incluso el sol brillaba, no excesivo, pero le otorgaba a la mañana un aire de amable melancolía. Entré al parque como podía haber seguido hacia Central Park. No tenía ruta. Había llegado a la ciudad cuatro días antes y ocupaba las horas dando paseos de distancias asombrosas. Empecé a subir las escaleras hacia la montaña a ritmo pausado. El parque estaba vacío y me sentía en un estado sutilmente armónico. El bullicio indescifrable del tráfico monumental se escuchaba de fondo, como una capa auditiva venida de otro planeta; a ratos parecía la base improvisada de un grupo de música experimental para que un trompetista soleara sobre ello.
Arriba me senté. Miré la torre de fuegos, las escaleras ascendiendo que parecían la traducción a gráfico de una escala de jazz. No sé por qué pensé en eso. Quizá por la forma casi musical de los escalones, que parecían notas; quizá porque el ambiente solitario a esa hora de la media mañana en el parque me evocaba a una música que no recordaba, pero que seguramente había escuchado en algún lado, en algún momento de mi vida. Miré la silueta de los edificios y a un tipo caminando abajo, por donde la piscina. La piscina estaba vacía, sin agua. Pensé que con el frío de los días previos, de estar llena de agua podría haber estado congelada. El tipo me miró y vi que empezaba a subir las escaleras hacia donde yo estaba.
Me senté; estaba cansado. Escuché sirenas, helicópteros pasar. ¿Cuántas cosas suceden a la vez en una ciudad de esas dimensiones? Es inabarcable el presente, pensé. Luego seguí unos segundos anclado a esos pensamientos, llamémosles filosóficos. Quizá por el tiempo libre, quizá por la ruptura que el viaje había supuesto en mi vida, llevaba todos los días del viaje merodeando pensamientos de ese tipo.
El tipo, que minutos antes había visto merodeando por la zona de la piscina, apareció de repente a mi lado. Se me acercó.
—Eres el tipo contratado por Vicente. No te asustes.
Todo cambió de golpe en mi cuerpo. Todo el sosiego y pausa en el que llevaba sumido los días desde que había llegado a la ciudad se transformaron, de golpe, en alerta. El cuerpo se puso, casi sin transición, en tensión. A cada músculo del cuerpo le llegó, como un fogonazo, un aviso de alerta.
—Sí —dije sin rodeos.
Nadie preguntaría eso sin saber que yo era exactamente el tipo contratado por Vicente. Miré a los lados, pensando que podía haber más tipos, perdidos por el parque, acompañándole.
—Has fallado en alguna cosa, pero de momento lo estás haciendo francamente bien. Intenta usar más el metro. Ahí es donde se te pierde el rastro del todo. Pero salvo nosotros, hasta ahora, nadie sabe que estás aquí. Sigue así.
Le miré. El plan de Vicente era tan exhaustivo que probablemente había contratado a este tipo para cerciorarse de que yo no dejara ninguna marca, ninguna huella. El plan era más ambicioso aún de lo que yo sospechaba.
—No entres a Central Park. Parece buena idea, pero luego no lo es —me dijo con tono casi didáctico.
Luego me dio una palmada en el hombro como una forma de aprobación.
Hasta ese momento yo no había abierto la boca. De hecho, en ningún momento llegué a abrirla. No emití palabra.
—Vicente me ha dado esta carta para ti —me dio un sobre cerrado que pensé que él ya había leído.
Se puso en pie y se fue escaleras abajo. Me quedé mirando al hombre que sabía que los siguientes días estaría permanentemente a una distancia prudente de mí. ¿Cuántas personas más había en esa cadena de seguridad? ¿Cuánta gente controlaba los movimientos?
Abrí el sobre. Vicente saludaba amable.
Espero que los días previos estés disfrutando algo de la ciudad. El apartamento que estás usando es perfecto para sentirse parte de la realidad y no otro turista.
Me recomendaba un sitio de tacos mexicanos en Brooklyn.
Probablemente los mejores de este planeta.
Luego pasaba a darme indicaciones. Todas las direcciones que me había dicho en Madrid eran señuelos. Ahora me indicaba el lugar donde debía suceder todo:
58-48 Rust St. Hay una puerta roja en una nave abandonada. La llave de esa puerta la tienes en el cajón debajo del lavabo del baño. Recuerda: todo debe suceder el día 13 a las 22:00. Buena suerte.
Guardé la carta. Durante unos segundos pensé qué hacer con ella, pero la guardé en el bolsillo del abrigo. Me puse en pie, bajé las escaleras por donde había ascendido y caminé hasta el metro más cercano.
El resto del día lo pasé caminando aleatoriamente por toda la ciudad. Cogiendo con más frecuencia el metro. A veces hacía transbordos innecesarios por el simple hecho de pensar que, de estar siendo vigilado, podría despistar con esa ruta. Con frecuencia miraba alrededor con la idea de ver si veía al hombre que me había hablado en el parque.
A mediodía, después de varios merodeos anárquicos en mi ruta, terminé de nuevo por East Harlem. Entré en un pequeño local de unas mujeres puertorriqueñas. Vendían unas empanadas poco estéticas, pero absolutamente deliciosas. Luego fui a Brooklyn. En Brooklyn entré en un local donde sonaba indie netamente neoyorquino. Guitarras acristaladas que hablaban de una nostalgia banal. Pensé que el indie llevaba diez años muerto. Me tomé una cerveza que pagué a precio de oro.
A media tarde, cuando la noche casi había caído, decidí volver al apartamento. Entré en un supermercado para comprar unas cervezas y algo de picar. Entré por la 116, que estaba vacía y silenciosa. Empezó a llover y vi dos ratas cruzar por el asfalto en dirección a unas bolsas de basura. Odio las ratas.
Nunca bebo solo, pero esa noche me bebí cuatro cervezas y terminé ebrio en el sofá del apartamento. No quería hacer ningún tipo de ruido, así que me puse música en los audífonos. No encendí las luces. Estaba todo a oscuras y veía en el edificio de enfrente a una pareja cenando. Les miré y fue ahí, por primera vez en el día, cuando volví a sentir el dolor. Pensé en Claudia. Pensé en el fracaso. En el desmoronamiento absoluto de mi vida. Me imaginé a Claudia con ese tipo que había conocido en el viaje el mes anterior a Medellín. Pensé en el día que entró en casa con el nuevo corte de pelo, anunciando que se iba. Me abrí otra cerveza mientras veía que en el apartamento de enfrente la pareja recogía la cena. No sé en qué momento me fui a dormir.
Cuando desperté, me dolía la cabeza. Tuve ganas de masturbarme pensando en Claudia. Nunca lo había hecho. No sé por qué. Tampoco lo hice esa vez. Me resultaba doloroso. Me duché y salí a la calle.
Cuando estaba en la acera, vi al tipo del Marcus Garvey Park. Se me acercó con un nuevo sobre. No me habló, me lo dio y se fue calle abajo. Lo abrí.
Siento lo brusco, pero debes hacerlo justo ahora.
Vicente.
Subí al apartamento. Cogí la llave que me había indicado en la carta previa. Salí a la calle. Comprobé las rutas que debía hacer.A partir de ese instante todo se aceleró: Llegué en cuarenta minutos a la puerta indicada: 515 W 47th St. Al lado del pequeño negocio de café. Subí al último piso. Ahí estaba Fernando Márquez. Cuando abrí la puerta, me miró con temor. Fue rápido. Le golpeé en la nuca y cayó como la hoja caduca de un árbol en otoño. Le desnudé, le metí en la ducha, abrí el agua y salí de la casa. Caminé varias manzanas. En el parque de la 43 cogí la mochila que había dejado escondida con ropa. Caminé hasta el The Times Eatery. Pedí un café y un sándwich. Me cambié en el baño. Los empleados no notaron el cambio de ropa porque me dejé el abrigo. El sándwich era exquisito. En la calle saqué de la mochila otra chaqueta, metí el abrigo y abandoné la mochila en un contenedor de una obra que había visto dos días antes. Me subí al metro. En Brooklyn cogí un taxi a la 59-61 54th St. Allí, tal como me había dicho Vicente, había una casa con una escalera lateral. Toqué. Abrió la persona que conocía en fotos: Omar Vergara.
Saludé. Le dije todo lo que había memorizado y que Vicente me había detallado varias veces para no equivocarme.
—Soy Diego Manzano, de la división de Madrid. Tengo el pedido solucionado. Lo tengo todo listo. Solo Dios ve cada posibilidad del camino.
Omar me miró confiado. Estaba dentro.
El espacio, diáfano, estaba iluminado por unas velas. Había una virgen; debajo, un letrero de neón ponía: La Divina Pastora te ilumina. Omar abrió una maleta que estaba en el suelo. Cogió dos rosarios, una biblia y una navaja que a mí me pareció de esas que venden en Toledo a los turistas.
—Vamos —me dijo Omar muy enérgico.
Salimos a la calle y le señalé en el papel donde debíamos ir.
—Es muy cerca. Vamos caminando.
Pocas manzanas después estábamos en la pequeña puerta roja de 58-48 Rust St. que había leído en la carta en Marcus Garvey Park. Saqué la llave y abrí la puerta. La nave estaba totalmente a oscuras. Vi otra rata. Las odio. Omar entró detrás de mí. Encendí la linterna del móvil. Fue justo en ese momento cuando noté el golpe en la nuca.
Cuando abro los ojos otra vez tardo en saber dónde estoy. Todo sigue a oscuras. Estoy solo en la nave abandonada. Tengo el móvil en la mano. Enciendo la linterna.
Me han dejado un sobre en la mano. Lo abro. Ilumino el folio con la linterna.
Lo siento, tú también eras parte de la cadena. Pronto recibirás el ingreso. Ya puedes volver a Madrid.
Dos días después estaba entrando en casa. Sentí el vacío. Volví a pensar en Claudia.Esta vez sí me puse a llorar.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario