martes, marzo 10, 2026

La Marquesina

La Autovía NO-98 tiene un tráfico permanente pero rara vez colapsa. Cuando cae la noche, el tránsito de autos disminuye considerablemente y el autobús suele aparecer a las horas previstas. A mí, en cualquier caso, me gustaba ir con anticipo. Dejaba el uniforme en el camerino de empleados. Me vestía velozmente y entregaba el turno con todo mi trabajo realizado a tiempo.

El supermercado está en una zona con poca área habitada alrededor. Los clientes vienen en coche desde las urbanizaciones que están pegadas al mar y, cuando sales —siempre de noche, daba igual la época del año, mi turno siempre terminaba a las 23:30—, apenas había movimiento alrededor. Desde la puerta se veía el paso fugaz y veloz de los autos por la NO-98, y las farolas alumbran un parking prácticamente desocupado.

Una vez cruzaba el parking, debía avanzar por el camino de servicio, pegado a la vía, alcanzar la pasarela sobre el asfalto y cruzar al otro lado. Avanzar aún unos cuatrocientos metros más y llegar a la parada. La marquesina, que estaba bastante deteriorada, cubría de la lluvia los días de tormenta y me permitía sentarme un rato para descansar de la larga jornada que llevaba de pie en la caja de cobro número 2.

Repetía el camino de domingo a viernes, siempre a la misma hora. Los sábados era mi día libre. Era el día que me servía para ordenar la habitación que tenía alquilada en un edificio que en verano estaba ocupado por turistas y que durante el año permanecía casi deshabitado.

A veces, esperando el autobús, pensaba que quizá debía alquilar algo más cerca, pero cada vez que investigaba descubría que los precios de las zonas más cercanas al supermercado eran imposibles para mí. Así que me tocaba seguir haciendo esa ruta diaria.

El autobús no me solía hacer esperar. Luego el trayecto hasta El Nuevo Palmar era casi de una hora. En El Nuevo Palmar cogía otro autobús y, hora y media después, estaba entrando en mi habitación, con la madrugada y el silencio del edificio haciendo una forma de eco molesta sobre mi habitación.

Aquella noche, sin embargo, el autobús empezaba a retrasarse demasiado. Eran las doce y cuarto y aún no había aparecido. De hecho ya entrábamos en horario del siguiente. Observando el tráfico no se notaban anomalías. Los autos pasaban con la misma fugacidad de todas las noches. Si hubiera habido un gran accidente kilómetros antes, no tendría que haber pasado ninguno, pero la frecuencia no daba síntomas de nada.

Un flujo permanente, que a veces imaginaba eterno. Esos autos haciendo ese sonido violentamente breve, que a veces me parecían formas extrañas del recuerdo. Como si esos autos pasando fueran los recuerdos perdidos de personas de otros lugares o como si fueran un espejismo, respiraciones, el flujo del ser humano en la tierra.

Pensaba en eso, quizá, como forma, a su vez, de fuga mental mía, una manera de descansar la mente después de todo el día pasando artilugios que sumaban cifras que pagaban turistas espontáneos que quizá no volvería a ver jamás.

Esa noche no llegaba el bus. Llegaron las doce y media y seguía sin pasar. Me levantaba, miraba al fondo de la línea de sombra por donde debía venir el bus, pero no veía esa mancha verde esperanzadora aparecer. Me empecé a inquietar. Fui a consultar en el teléfono, pero en ese instante me quedé sin batería.

Hay veces que la rutina se declara en rebeldía.

Pasé mucho rato en una inquietud que iba en aumento. Miraba el reloj de la marquesina, que siempre estaba algo atrasado. Me levantaba, miraba el tráfico. Me sentaba y cerraba los ojos con la esperanza de que, al abrirlos —por esas extrañas supersticiones en las que no creemos pero a las que nos aferramos cuando empezamos a estar desesperados—, apareciera por fin el verde esperanzador del 917, dirección El Nuevo Palmar.

No llegó, claro, nunca llegó.

Cuando incluso el tráfico fugaz de la noche también había disminuido, un chico notablemente agitado apareció por detrás de la marquesina. Me miró. Estaba alterado. Los ojos casi fuera de órbita.

—¿Lleva usted mucho rato aquí? —me preguntó con un tono de voz que me produjo una extraña forma de lástima.

—Más del que quisiera —contesté.

—¿Me puede ayudar? Creo que me estoy volviendo loco.

La voz era la de alguien que está a punto de ponerse a llorar.

—Pero ¿qué te pasa, amigo? Cuéntame.

En ese momento se tapó la cara con las manos y ya sí, empezó a emitir una forma de llanto que estaba cargada de temor.

—No me va a creer. Pero ahí detrás… —y señalaba el bosque de pinos detrás de la marquesina—. Ahí detrás he visto algo muy raro. Usted no me va a creer.

No sé por qué, pero lejos de sonarme disparatado o peligroso, me pareció sincero. Miré el tráfico, miré el otro lado de la carretera. Noté que apenas pasaban ya coches. Vi atravesar de este a oeste un BMW a una velocidad que me pareció irreal.

Pensé, no sé por qué, que el ser humano se había excedido con las formas físicas, que el ser humano había dejado de entender la libertad o que quizá jamás la había entendido. Pensé que este mundo estaba sumido en un profundo dolor.

Pensé eso mientras el BMW pasaba desorbitado en la misma dirección en que hacía más de una hora y media debía estar yendo yo.

—Sí te voy a creer —contesté para calmarle.

—Creo que he visto unos seres que no son de este mundo. Tengo mucho miedo.

Fue justo ahí cuando ya rompió en un llanto desgarrador. Intenté consolarle. Le abracé. Se abrazó a mí con una intensidad brutal. Durante dos segundos, posiblemente menos, pensé que éramos los dos únicos habitantes que quedaban en la Tierra. Pensé fugazmente que quizá me había pegado su locura y finalmente pensé que estaba diciendo la verdad.

—No te preocupes. Enséñame dónde están. Te acompaño. Probablemente no estés loco.

Bordeamos la marquesina y enfilamos hacia el bosque de pinos. Apenas se distinguían formas ni caminos. Íbamos a trompicones por entre la maleza. En algún momento, los dos nos apoyábamos el uno en el otro. Avanzamos unos cuantos metros. Me indicó un árbol.

—Estaban ahí, se lo juro.

En ese momento giré hacia atrás. Entre las sombras del bosque se veía la marquesina. Fue extraño, porque me imaginé a mí, unos segundos antes, ahí sentado solo y fue como verme a mí mismo desde dentro del bosque.

La marquesina, claro, estaba vacía.

En ese instante vi que pasaba el autobús y se frenaba. Me puse a correr mientras veía que alguien descendía por la puerta de atrás. Tropecé con una rama que no había visto en la oscuridad. Vi la puerta cerrarse y el autobús salir.

Me quedé mirando como miramos planetas lejanos en medio de una noche de verano, como miramos el horizonte marcado en un atardecer de verano, como miramos un ave sobrevolar y perderse en las nubes.

Giré la cabeza hacia atrás.

Vi al chico de rodillas.

No vi nada más.

En ese instante decidí que dejaba el trabajo, que dejaría la habitación de El Nuevo Palmar y que, decididamente, me volvería a mi país.

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