miércoles, mayo 27, 2026

Las formas del bosque

Nos paramos a dormir en un lateral del camino. Se había hecho de noche arriba, en la montaña, y cuando nos subimos al coche, el estrecho y serpenteante camino de tierra era apenas visible y francamente difícil de transitar. Samanta me dijo que nos paráramos a un lado, que durmiéramos en el coche. La noche no era excesivamente fría, pero lo suficiente como para no dormir a la intemperie. Reclinamos los asientos, nos descalzamos y acomodamos los cuerpos en la oscuridad. No se veía nada fuera del coche salvo las siluetas indescifrables de la noche. Hojas de árboles que evocan figuras, movimientos de las sombras que parecen amenazas. El mundo de la tenue oscuridad es un vaivén de ligeras alucinaciones. Durante un rato jugué a ver cosas. Las sombras de las hojas, los movimientos ligeros de las ramas, las perspectivas e intensidades de oscuridad parecían a veces fantasmas, a veces animales, a veces espectros. Samanta se quedó dormida. Samanta pareció, de repente, un juego de sombras también. La imagen del coche, ahí en medio del bosque, en medio del principio del verano, me dio una sensación curiosa de libertad. Estábamos lejos de todo y, por tanto, ajenos a los problemas diarios, a las preocupaciones que a veces te consumen. Un juego momentáneo de sombras me pareció la imagen de un niño; el niño se diluyó en el movimiento de hojas y ramas para aparecer, de golpe, la imagen de un saxofón enorme. Samanta estaba agotada. Llevaba una época triste, hasta un poco ausente, y no sabía muy bien cómo entrar en su ausencia. Vi otras sombras bailando, moviéndose en ese enigmático ritmo de la brisa: parecía una enorme ballena en el aire. Creo que viendo la ballena y luego el skyline de una ciudad imposible me fui quedando dormido.

No estaría contando esto, claro, si no hubiera sucedido lo que sucedió. Que desperté a las 3 de la madrugada y Samanta no estaba a mi lado. Vi la sombra de un planeta que se transformaba a ratos en un balón. Abrí la puerta aterrorizado. En ese momento, parado en medio del camino, pensé que había sido una insensatez todo lo de la tarde anterior. Subir tan tarde a hacer una larga excursión, bajar tan tarde, dejar que la noche cayera en la montaña y, por último, decidir dormir ahí parados en medio de un camino estrecho. Especulé con qué podría haber pasado con Samanta. Entonces grité su nombre y el nombre reverberó y rebotó por la montaña; escuché mi voz perdiéndose en la noche y en la acústica. Me imaginé que en cierta manera ese "Samanta" gritado en la noche estaría sonando eternamente en lo inaudible. Luego pensé que a lo mejor también había sido un error gritar. Samanta no contestó. Pensé en encender el coche y avanzar para buscarla; luego pensé que lo mejor sería dejar el coche en su sitio, por si ella volvía, y yo internarme en el bosque a buscarla. Escuché el grito de un animal. Sentí pavor en su estado esencial. Me puse a caminar nervioso, aterrorizado y con una poderosa angustia. A la oscuridad te acostumbras. Ves lo que no crees que puedes ver y yo veía. Ahora sé que también mi decisión no me llevaría a nada. ¿Qué ruta pensé? ¿Qué posibilidad remota tenía de encontrar a alguien en esa montaña frondosa y muy vegetada? La noche, los árboles, los no caminos, las opciones, las bifurcaciones me parecieron entonces un laberinto terrible, del que era difícil encontrar la salida. No obstante, seguí. Volví a gritar "Samanta". Era un eco perfecto, nítido, espectral. Me imaginé a los animales ocultos descifrando el grito. A su vez ellos también estarían bajo el pavor. También yo era una amenaza oscura y tenue.

Mi ruta fue, y aún lo es hoy, imposible de trazar. Giraba por pura angustia. Había caído en la trampa del laberinto y pensé, entonces, que Samanta también había sido víctima de la desorientación. Quizá solo había bajado a orinar o estirar las cervicales. Pensé todo eso. También pensé cosas terribles: desde un secuestro hasta un robo. Pensé en sectas, en ritos, en sacrificios; pensé en el narcotráfico o en la delincuencia juvenil. También deliré: ¿Y si las sombras son reales? ¿Si Samanta fue devorada por la ballena? Seguí avanzando en el laberinto, seguí perdiéndome, seguí desorientándome. Volví a gritar.
Vi sombras pasar. Pensé ver a un anciano. Pensé ver a una mujer. Lo que sí vi que no eran sombras fueron cuatro jabalíes. Me escondí. Me miraron, se perdieron. Al pavor se sumó más pavor y comprendí la diferencia entre el pavor y el terror. Yo estaba llegando al terror. Volví a gritar "Samanta". Fue ahí cuando supe que mientras fuera de noche sería incapaz de volver hasta el coche, y eso me llevó a otra mala decisión: empecé a correr. Corrí enloquecido por el bosque sin saber exactamente por qué corría, pero el terror toma decisiones que la calma no comprende. Me doblé el tobillo y caí al suelo. Sentí el pinchazo del esguince y un dolor agudo. Me quedé mirando el cielo. Un perro se puso sobre mí. Me olisqueó y no pude ni moverme. Las copas de los árboles parecían bailar por la brisa. Vi la figura de un reloj, vi la figura de un dinosaurio, vi una especie de guitarra, vi la luna detrás que acentuaba las sombras y los juegos. El perro se fue. Volví a mirar arriba y vi la sombra de mi gato en el cielo. Pensé en él, en casa, dormido acurrucado. Grité "Samanta" porque ahora era yo el que necesitaba ayuda.

Me puse en pie como buenamente pude. Tenía frío y, curiosamente, eso me dio esperanza: el momento más frío de la noche es cuando va a empezar a amanecer. Caminé cojeando y con enorme precaución. El tobillo me dolía, pero pensé que no era un esguince agudo. Escuché el motor de un coche, pero no pude identificar de dónde venía. ¿De más arriba? ¿De más abajo? ¿Del fondo o por detrás? Grité, pero ahora no dije el nombre de Samanta: pedí ayuda. Avancé por el laberinto. Escuché murmullos y me alteré. Busqué esos murmullos. Era un grupo de gente hablando en susurros. Miré detrás de los árboles del fondo y vi figuras. Eran sombras. Pero seguí buscando los murmullos. Luego me dio por pensar que no eran personas, eran las hojas chocando unas con otras: era la voz de los árboles, el extraño baile de las ramas. Vi una mujer, vi a un hombre, volví a ver a mi gato. Vi animales. Dejé de mirar porque las sombras me aturdían. Me hacían ver lo que no veía y estaba alterado. Luego, en la confusión y el agotamiento que produce el pánico, pensé que igual Samanta sí estaba en el coche y yo, dormido, creía no haberla visto. Fue cuando pensé que estaba soñando, pero no. La idea de la confusión y de que Samanta nunca se había ido y que seguía en el coche cobró fuerza, y decidí intentar encontrar el coche. Intenté deshacer el camino. Miré la luna con la idea de ubicarme. Absurdamente creía que lo había hecho. En las copas de los árboles vi mapas. Pensé que era una señal, que a su manera los árboles me querían indicar el camino de vuelta. Intenté descifrar la ruta que me mostraban los mapas que formaban las copas de los árboles. La memoricé antes de que la brisa deshiciera el mapa para formar una cara milenaria. Avancé como había entendido que el mapa me indicaba.

Cojeaba y cada vez iba más incómodo. Me detuve unos segundos. Puse el pie en alto, pero no me quité el zapato; siempre he oído que es peor. Volví a caminar. Me crucé con los jabalíes de nuevo. Estoy seguro de que eran los mismos. Por alguna absurda razón, verles de nuevo me dio la idea de que estaba deshaciendo el camino de manera correcta. Escuché susurros, pero ahora estaba convencido de que eran los ruidos de la noche y no de personas. Vi al perro; el perro me miró. Hay una mirada distinta en los animales, pero no tuvo miedo de mí ni yo de él. El perro se perdió de nuevo. Seguía teniendo frío.

¿Cuánto tiempo pasé deambulando por el laberinto indescifrable? No lo sé. No sé cuánto tiempo fui ni cuánto tiempo volví, pero de repente vi, tras los árboles y las sombras, el coche aparcado a un lado. Me fui acercando despacio y silencioso, por temor a que hubiera alguien. Me agazapé detrás de un pino. Avancé, me escondí tras unas piedras. Cuando ya podía identificar el interior, vi a Samanta dormida dentro. Me sentí ridículo, absurdo. Me fui acercando. Según me acercaba, vi que Samanta despertaba dentro. Miraba a un lado y no me veía. Me acerqué más, pero pensé que si gritaba o hablaba alto se asustaría. Según me acercaba, vi que ella miraba al lado del bosque por el que yo venía. Me iba a ver. Me vio. Miró confusa y extraña. Su mirada estaba netamente concentrada en el bosque, en mí y en los árboles que me rodeaban. Entonces ella salió del coche mirando. Vino la brisa y me vi transformándome en otra forma tenue, ligera, suave: ahora era yo, pero con forma de ballena. Samanta gritó mi nombre y empezó a caminar bosque adentro; pasó a mi lado sin verme. Volvió a gritar mi nombre. Y yo ya no era: ahora era el skyline de una ciudad imposible. Mientras Samanta, bosque adentro, avanzaba gritando mi nombre, la dejé de ver mientras me volvía niño y a ratos yo mismo o algo parecido a yo mismo. Me quedé esperando mientras la veía irse, porque sé que volverá en sombra tenue, ligera y hermosa. La forma ligera de Samanta. La sombra bella de Samanta volvería a mi lado y nos fundiríamos, al amanecer, en el recuerdo de las figuras transformándose en la noche en el bosque.

martes, mayo 19, 2026

Viaje de vuelta

Todo se volvió irreal cuando volvíamos aquella medianoche al pueblo por la carretera comarcal. A mí no me gusta conducir de noche, pero Juan había bebido bastante cerveza y fumado marihuana. Hacía tiempo que había decidido no fumar, pero esa noche, después del concierto, nos encontramos con Los Saer y se dejó llevar. Llevábamos tiempo sin bajar a la ciudad, porque cada vez se nos hacen más espesos los regresos de 60 kilómetros, sobre todo si es de noche. Por eso creo que Juan se dejó llevar por la euforia y ese frenesí cada vez más acentuado en el que se ha sumido la ciudad desde hace un par de años y, cuando Los Saer pasaron el cacho de mano en mano y llegó a Juan, le dio varios respingos prácticamente sin pensar.

Al montarnos en el coche, vimos que quedaba poca gasolina, pero calculamos que nos daba de sobra para llegar al pueblo. Juan ni debatió: se desvió hacia el asiento de copiloto como dejando dicho que sus opciones de conducir eran nulas. Pusimos música de Los gaiteros de San Jacinto, que era el grupo que habíamos bajado a ver, y aún estábamos en ese estado emocional parecido al amor o la locura cuando ves un grupo que has disfrutado mucho. No sé quién tuvo esa idea de mezclar el dub con la música tradicional, pero lo cierto es que me sumí en un estado de hipnosis o ausencia. Cuando salimos del aparcamiento, la ciudad me pareció otra ciudad. Es como si los edificios permanecieran, las calles, la estructura ósea de la ciudad, pero el flujo sanguíneo fuera otro. Incluso los habitantes parecen otros. Cada vez me gusta menos bajar a la ciudad, porque me siento ajena a este nuevo mundo. En el semáforo de la rotonda de la salida 7 nos detuvimos porque estaba en rojo. Fue cuando Juan debió de estar en el pico de la intoxicación, porque se quedó mirando a tres jóvenes que cruzaban. Los miró con tristeza y nostalgia, pero también aturdido. Le pregunté si estaba bien y no me contesto directamente.

—La gente ya no vive aquí. Se ha roto algo —dijo.

Yo no contesté. Sonaba la gaita de "El fin del mundo". Esos ecos que se pierden resonaban por el coche y parecía que salían hacia afuera. Juan miraba hacia el frente y pensé que lo mejor era que se durmiera. Entonces enfilamos la salida 7 por la vía noroeste. No había apenas tráfico, habíamos pasado ya a la noche del siguiente día y conduje concentrada, porque en el fondo me aterra conducir. Juan entonces me habló de un lobo que vio de pequeño y que siempre se le aparece en sueños. Yo siempre que me habla del lobo pienso que se lo inventa, pero esa noche, cuando me habló del lobo, le puso nombre.

—Pero Juan —le dije casi con humor—, no sabía que se llamaba Simón.

Cuando ya estábamos fuera de la ciudad y las luces desaparecen en la autovía, me quedé mirando con deseo hacia la sierra. Allí, enterrado en la ladera de la Peligrosa, está nuestro hogar. De repente me pareció que estábamos más lejos de lo que estábamos. El coche avanzaba solo, porque uno no conduce, es la máquina quien avanza. Uno solo mueve los pies y las manos, pero el traslado sucede ajeno a nosotros. Me desvié a la comarcal. Juan y yo, y probablemente todos los habitantes del pueblo, odiamos conducir de noche por ahí. No se ve nada, la carretera es estrecha y está olvidada por las autoridades. El monte gana la batalla a la civilización y en general es para celebrar, pero por las noches deseas que la dictadura de la civilización fuera más despedida con el asfalto.

De día la carretera atraviesa hermosos campos; de noche estás sumido en la negritud y el vacío. Se ven las luces rompiendo inocentemente la noche. El silencio no es paz. Juan no cerraba los ojos, pero no estaba en el presente. Habíamos dejado de hablar. Yo intentaba concentrarme en esas atmósferas profundas del dub de los gaiteros. Las líneas intermitentes de la carretera iban a ritmo o al menos lo parecían. Estábamos atravesando un pequeño fragmento de la nada cuando, de golpe, en medio de la carretera vi la figura de un hombre alzando la mano con cara de susto. Frené violentamente. Juan volvió de no sé dónde casi dando un grito. Yo me quedé paralizada. Durante unos segundos la imagen se detuvo. Juan me miraba, yo miraba al hombre iluminado por las luces del auto en medio de la vía. Con la mano alzada se fue acercando al coche. Quizá tuve que haber arrancado, pero no pude.

—Ayúdenme, por favor —dijo golpeando mi ventanilla.
—Arranca —dijo Juan.

Pero yo estaba con los músculos congelados. Mi cerebro no gobernaba el movimiento de mi cuerpo. El tipo volvió a golpear la ventanilla.

—Por favor. Ayúdenme.

Juan y yo nos miramos. Entonces el hombre abrió la puerta.

—¿Qué le pasa? —pregunté.
—No sé dónde estoy —contestó aterrorizado—. Llévenme, por favor, al sitio más cercano y les dejo en paz.

Se subió en la parte de atrás. El disco de Los gaiteros había dado la vuelta y estaba en bucle y sonaba de nuevo "El fin del mundo". Miré por el retrovisor al hombre. Era más joven que nosotros. Estaba sudado y totalmente despeinado. Pensé entonces que habíamos cometido un grave error. Arranqué el coche y seguí dirección a La Perla, que es el primer pueblo de esa vía. Le dejaríamos ahí y olvidaríamos cuanto antes ese episodio. Sonó un teléfono. El hombre se lo dio a Juan.

—Conteste usted, por favor. No recuerdo nada —le dijo dándole el teléfono a Juan.
Juan atendió.
—¿Hola?
—Por el manos libres —le dije nerviosa.
—Pásenme a mi hermano —dijo la voz metálica.
—Le está escuchando —dije yo nerviosa.
—Déjenle ahora mismo en el arcén. Se lo suplico —dijo la voz expandiéndose por el coche.

Intenté frenar, pero Juan me dijo que no frenara.

—Vamos a avanzar cinco kilómetros y le dejaremos en La Perla —dijo serio Juan.

Pensé que para Juan todo esto sería irreal, porque lo cierto es que lo parecía.

—Ustedes no saben lo que están haciendo. Déjenlo ya mismo. Están llevando a un asesino.

Yo quise frenar, pero en ese momento el hombre, desde detrás del coche, dijo que eso era mentira.

—No le haga caso a esa mala persona —dijo mirándome por el retrovisor.
—¡Bájate! —gritó violento la voz en el teléfono.
—No voy a bajar. No voy a volver. No vais a saber nunca nada más de mí. No vais a ser capaces de encontrarme —dijo mirando al teléfono.

Luego me miró a través del retrovisor y me dijo:

—Créame, no soy yo el asesino. Yo soy la víctima.

Estábamos entrando en La Perla. Juan me dijo que fuera hacia la comisaría. En las afueras de La Perla, donde la fábrica de muebles, vimos un coche con las luces encendidas. Pensé que podía ser que quien estaba en el interior fuera la voz del teléfono, pero al pasar y mirar para identificar, vimos una pareja haciendo el amor en una posición absurda. Juan, inapropiadamente, rió a carcajadas. Pensé que aún estaba fumado. Detuve el coche y le dije al hombre que se bajara. Pero el hombre no quería bajar. Estaba aterrorizado.

—Me van a matar.
—Pero ¿qué es lo que está pasando aquí? —dijo Juan más serio de lo que le había escuchado nunca.
—Que ha comenzado el fin del mundo —dijo casi llorando.

Juan me miró con desconcierto. Yo miré al frente y vi venir a dos hombres. Quise arrancar, pero en ese momento el hombre abrió la puerta y salió corriendo. Los dos hombres que venían salieron corriendo tras él. Un minuto después la calle estaba vacía, como si nada hubiera pasado. Miré a Juan con nostalgia. No sé por qué, pero sentí una extraña tristeza. Arranqué el auto y salí de nuevo a la comarcal. Aún nos quedaban 15 kilómetros. Avanzamos silenciosos, tratando de asimilar. De nuevo el coche y la noche profunda en medio de la comarcal. Las líneas discontinuas como un ritmo olvidado. Miré el indicador de gasolina, porque alertaba de entrar en reserva. 

Entonces, otra vez, del mismo modo, apareció otro hombre frente al auto, con la mano alzada.

—No frenes —dijo Juan casi gritando.

Pero estaba atravesado en el medio. Mirando sudado y nervioso. Frené en seco.

—Ayúdenme, por favor —dijo golpeando mi ventanilla.

No nos dio tiempo a reaccionar. Se subió en la parte de atrás. Juan miró al frente. Aturdido, ausente, extraño:

—La gente ya no vive aquí. Se ha roto algo —dijo.

—No sé dónde estoy —dijo aterrorizado el hombre—. Llévenme, por favor, al sitio más cercano y les dejo en paz.

miércoles, mayo 13, 2026

Viaje a Vigo

Con K me estuve mandando mensajes esporádicos durante algunos años. Siempre concluíamos con la intención de encontrarnos pronto, de ver la posibilidad de un reencuentro, pero pasaban los años y no lo hacíamos. Con K me separan 600 kilómetros, pero la distancia, la mayoría de las veces, es otra cosa. No es un asunto netamente físico. Los mensajes surgían quizá cada año, a veces más. No había un protocolo o un acontecimiento preciso que nos hiciera escribirnos. Reaparecíamos en la vida del otro por un ritmo que no era decidido por ninguno de los dos.

K había sido mi amigo de la infancia y de la primera adolescencia en Vigo. Luego yo me fui de Vigo, de España, y el contacto se fue diluyendo, porque no había aún internet y la comunicación, hasta hace no tanto, era otra cosa. De hecho, con K hubo cartas los dos primeros años de mi emigración. Luego, claro, nos fuimos deshaciendo. Muchos años después, cuando yo ya había vuelto, nos volvimos a encontrar. Pasamos un fin de semana juntos en Madrid y tres o cuatro días de agosto un año de final de siglo en Vigo. Luego nos volvimos a perder.

Las relaciones establecen unas normas y unos ritos que los que participan en ellas no deciden ni gobiernan. Es como si las relaciones se establecieran bajo unas leyes que no se comprenden y que la mayoría de las veces no se llegan a entender. Apenas había tenido trato real con K desde los 13 y, sin embargo, pensaba con más frecuencia en él de lo que el contacto podía producir.

Aquel viaje a Vigo surgió inesperado. Me habían ofrecido un trabajo, un encargo rápido. Me pagaban el hotel, pero no había presupuesto para avión. Me pedían viajar en autobús. Yo estaba mal de dinero y no me venía nada mal aquel trabajo. Dije que sí, a pesar de que las condiciones cada vez son peores. En Méndez Álvaro cogí un autobús que salía muy temprano. El autobús iba medio vacío y me tendí usando los dos asientos. Al principio intenté dormir. Luego escuché música, finalmente solo miraba el paisaje. Tenía todos los aspectos de mi vida en estado de quietud, una forma extraña de inmovilidad. El paisaje castellano me pareció, de repente, metafórico o acompasado. Como si mi estado vital armonizara de una manera muy precisa con esa amplitud y esa extraña y desconcertante sobriedad. Vi a lo lejos un buitre cruzando el cielo, le miré como se mira lo que no se comprende o lo que se comprende en exceso. El horizonte, que a ratos parecía irreal, me parecía fantasmal o abruptamente real. Castilla es demasiado real, pensé sin saber muy bien por qué lo pensaba. Entonces pensé en K y le escribí un mensaje: "¡Hola! Estoy de camino a Vigo. Pasaré una noche. ¿Estás libre para tomar algo a partir de las 20:00?" Vi que hacía tres años que no nos escribíamos. El mensaje anterior decía: "A ver si encontramos la manera de encontrarnos". La frase me pareció hermosa y melancólica. Luego pensé que no sabía nada de la vida de K. ¿A qué se dedicaría? ¿Tendría pareja? ¿Cómo sería su vida? Prefiguré vidas, imaginé opciones. A su manera, esto también es literatura, pensé. Imaginar las posibilidades biográficas de alguien a quien hace más de dos décadas que no ves. Luego me di cuenta de que apenas era capaz de reconstruir la cara de K. También ahí hice el ejercicio de imaginármelo. ¿Habría perdido pelo? ¿Tendría canas? ¿Estaría más flaco, más gordo? ¿Cómo habría ido evolucionando aquella cara que parecía abocada a una eterna niñez con ese lunar peculiar al lado del ojo izquierdo? El autobús paró en una estación de servicio antes de entrar en Galicia. En el parking había un coche del que se bajó una pareja muy joven. Apenas debían de ser mayores de edad. Él miraba el reloj con nerviosismo. Ella me miró y tuve miedo de algo. Luego vi que sonreía y me pareció que había algo perverso y cruel en los dos. Me tomé un café, vi que la pareja se pedía dos hamburguesas. Miré la hora, no eran ni las diez de la mañana. El conductor del autobús miraba la pantalla de la televisión. Un tertuliano hablaba del gobierno. El camarero dijo algo genérico sobre los políticos. El conductor le contestó diciendo que el único camino que quedaba era poner bombas. Pensé que el primer mundo tiene algo perverso y cruel, como la pareja. No sé por qué, pero de repente sentí que estaba en otro lado. Como si el autobús me hubiera llevado a otro sitio o, más que a otro sitio, a otro tiempo. Vi que la pareja se llevaba las hamburguesas y salían. Los del autobús salimos casi a la vez. A los pocos minutos estábamos de nuevo en la autovía. Me quedé pensando en la pareja, me quedé pensando en el primer mundo.

Cuando íbamos atravesando la provincia de Orense, miré el teléfono con la esperanza de encontrar respuesta de K. El mensaje no le había entrado. Temí que hubiera cambiado de teléfono. Temí, de nuevo, que el autobús estuviera viajando en el tiempo. Pensé que, de repente, estábamos en 1987, el año que conocí a K. Luego vi por la ventana y entendí que seguíamos en 2026. Me puse música, porque al fin y al cabo, lo que me unía a K era la música. Si toco la guitarra es porque descubrimos la guitarra juntos y porque descubrimos The Cure juntos. Entonces sucedió lo que sucede cuando escuchas música con auriculares en un viaje: que todo se pone a ritmo y en compás. El río, las montañas, los valles y las aldeas parecían parte de la armonía de "Charlotte Sometimes". ¿Seguiría K siendo fan de The Cure? Volví a mirar el teléfono. K estaba en línea, había leído el mensaje, pero no me contestaba. "Charlotte Sometimes”.

Cuando empezábamos a llegar a Vigo, el conductor comunicó por el micrófono —lo cual resultaba excesivo— que tenía orden de parar en la vieja estación, que aunque estaba cerrada, no podía acceder a la ciudad porque el centro estaba cerrado por un evento municipal. Empecé a reconocer la periferia de la ciudad, los cambios que se habían ido sucediendo y las cosas que permanecían igual. Pensé que la vieja estación estaba cerca de donde vivía la abuela de K. De pequeño, K siempre estaba donde la abuela, porque sus padres trabajaban de tarde. Luego pensé que era extraño que lo llamaran "la vieja estación", porque apenas la habían construido poco antes de irnos de la ciudad. ¿Cuándo algo pasa a ser viejo? Con los humanos más o menos lo sabemos, pero ¿cuál es la edad de los edificios, de las construcciones?
El autobús se desvió hacia la vieja estación. El barrio parecía distinto y estaba distinto. Podía reconocerlo perfectamente, pero había muchos más edificios, el orden urbano estaba alterado. Quizá esa es la edad de las cosas: las canas y arrugas del urbanismo. Entonces el autobús se detuvo fuera. Los pocos pasajeros empezaron a bajar y me di cuenta de que esa era la parada final, que el autobús no entraba a la estación.

—Amigo, hemos llegado —me dijo el conductor.
—¿No entra a la estación? —pregunté.
—¡No! ¡No sabes cómo está eso!

Bajé con mi mochila. Estaba empezando a llover. No me había dado cuenta de que la música seguía sonando en mis auriculares. Sentí una nostalgia extraña, también me sentí como en una especie de videoclip. La estación estaba muy deteriorada y medio abandonada. Miré los edificios de alrededor. No sé por qué, decidí entrar en la estación. Vi gente acampada a los lados, gente metida en mantas, vi gente durmiendo en recovecos imposibles, cubriéndose de la lluvia. Seguía The Cure como música de fondo en mis oídos. Hacía mil años que no escuchaba "In Your House", que es una canción extrañamente lenta y sigilosa. El lugar estaba tomado por vagabundos y el abandono. Vigo ha potenciado una forma de modernidad y urbanismo que ha expulsado a muchos otros a la periferia, no solo física. Recorrí la estación que parecía un campamento. Un hombre sentado al fondo, cubierto de mantas, me miraba entrar. Yo me quedé mirándole porque llevaba una sudadera de The Cure con la portada de The Head on the Door y me pareció una casualidad extraña y sobrecogedora. Levanté la vista hacia su cara. Él también me miraba. Yo miré sus ojos y ese lunar peculiar al lado del ojo izquierdo.

—K —dije susurrando.
—N —dijo K mirándome.

Nos abrazamos sin decir nada. Sentí el olor a humedad y sudor y a descomposición.

—Tenía muchas ganas de verte, K —dije.
—Yo también, N.

Afuera llovía y yo iba a llegar tarde para hacer el trabajo, pero estaba convencido de que el tiempo había variado. Ya no era 1987, pero probablemente tampoco 2026.

lunes, mayo 11, 2026

Rita, la poeta

La madre de Rita murió 30 años antes en circunstancias no del todo claras. La noticia salió en la radio del pueblo, se comentó en corrillos y en la misa del domingo, pero pronto se difuminó y se dejó de hablar de aquello. Rita se quedó con la casa de la madre, aunque lo cierto es que llamar casa a aquel habitáculo de cemento y lata, con apenas una ventana, es cuando menos osado. Aquella chabola la había construido un amante de la madre de Rita, del que se perdió el rastro y que no atesoraba buena fama entre los habitantes del pueblo. Rita, entonces, se enclaustró allí dentro y apenas se la veía. Durante mucho tiempo se habló de depresión y tristeza, luego se habló de brujería, finalmente se sentenció locura. Lo cierto es que Rita era una mujer solitaria y decadente. Y vivía encerrada entre aquellas cuatro paredes —literalmente cuatro paredes—, en las afueras del pueblo, cerca del riachuelo, y apenas se la veía. Cuando llegaba el verano y nos íbamos a bañar a la poza de Rubias (nunca supe el porqué del nombre), pasábamos cerca de la puerta, pero un perro agresivo y con un ladrido terrorífico ahuyentaba nuestra curiosidad y falta de discreción. Así que la casa quedaba siempre fuera del radar de los cotillas.

A mí me contó J que Rita era poetisa. Un día de septiembre que nos fuimos de paseo hasta la poza sin ánimo de bañarnos, porque el agua estaba ya muy fría y las ganas de bañar se habían desgastado en un verano remojados en ese gélido charco. J era el único con el que me gustaba hablar del pueblo, porque era pausado y misterioso y hablaba siempre de cosas que ocurrían de otra forma. Con J todo parecía más interesante. Nos habíamos sentado en las piedras pegadas al salto de agua. Escuchábamos el río perderse en el tiempo, avanzando hacia un punto lejano de la tierra, una desembocadura futura. J entonces me dijo que él un día había entrado donde Rita y que Rita no era ni mala ni loca, y que ese pueblo, como tantos pueblos, era un infierno y que habían condenado a Rita al ostracismo y la nostalgia. Yo no pregunté cómo había entrado allí, porque durante un buen rato no le creí. La casa y la vida de Rita eran terra ignota.
Pero J no detuvo la narración de aquel día.

—Rita me invitó a cerveza y a sancocho. Apenas hablaba, pero se notaba que tenía ganas de compartir, de estar con gente, de conversar. Al principio apenas cruzábamos frases. Me preguntaba por gente del pueblo, como si llevara años de viaje o viviendo en otro continente. Luego me preguntó por mi vida. Me preguntó por mi viejo. ¡Conocía a mi viejo! Luego me habló de literatura. Me resultó sorprendente su conocimiento. Rita es una enciclopedia de la literatura universal, pero sobre todo continental. Luego fue desviando la conversación hacia la poesía. Me hablaba del dolor y de la vida. Comparaba la vida con la poesía y con la experimentación. Decía frases que me costaba entender.

Yo escuchaba a J y de vez en cuando miraba hacia el camino que llevaba hasta la charca. Eran las últimas tardes de verano y había una sensación térmica que se podría clasificar como sublime o gloriosa, después de un verano cálido y terrible. J siguió contándome aquella velada en casa de Rita.

—En algún momento me confiesa que escribe poesía. Pero no una poesía canónica. Eso fue lo que dijo. Luego se quedó pensando, buscando una palabra precisa, y finalmente dijo: "Mi poesía es la poesía del destierro y de la miseria. La poesía chabola”.

Fue ahí cuando pensé que J no mentía, porque todo sonaba tan extraño y confuso, que no vi a J con capacidad de inventar algo así, desconcertante y peculiar.

—La poesía chabola —dijo J que dijo Rita— es la poesía de los desterrados, de los que olemos a polvo y óxido. Luego miraba por la única ventana de la casa hacia el camino y respiraba profundo. Había algo en Rita de alegría contenida. Pensé, viéndola, oyéndola, que había algo en su manera de hablar de literatura que le había dado una forma de felicidad. Entonces cogió unos cuadernos y me dijo que le daba pudor, pero que las leyera para ver qué le parecían. Entonces yo le dije: "Pero Rita, si yo no tengo ni idea de poesía", y ella me miró riendo y dijo: "La poesía no se estudia, se lee y a partir de ahí se comprende o no. No hay que tener idea”.

J miró al camino también, porque todo el rato ambos, creo, pensábamos que Rita nos escuchaba, que andaba por ahí.

—Entonces leí. Leí muchas páginas. No podía dejar de leer. No entendía nada y lo entendía todo. Y me pareció que aquella mujer operaba en otra dimensión, en otro formato, en otra realidad, y su poesía, de alguna manera, te trasladaba allí. No sé por qué, pero en la tercera o cuarta poesía me puse a llorar. ¿Sabes cuando oyes una canción que nunca has oído pero te conmueve y se te saltan las lágrimas? Eso me pasó a mí con las poesías de Rita. Esa mujer aislada y lejana me hablaba a través de aquellos textos de un modo que yo nunca había vivido.

El agua sonaba, la tarde caía y el fresco aumentaba. Miré de reojo a J y vi que estaba con los ojos llorosos. Sentí algo parecido a la envidia. Porque me hubiera gustado conocer a Rita, el misterio de Rita, el dolor de Rita.
—Seguí leyendo. No podía parar. No te podría decir cuál era el tema que trataban aquellas poesías. Ni siquiera puedo recordar frases, porque entré en una especie de hipnosis o estado transitorio desconocido. ¿Cuántos años tiene Rita? —pensé entre poesía y poesía.

Yo me quedé pensando, porque de Rita se había oído hablar siempre, pero los de nuestra edad no teníamos idea de cuál era su edad.

—¿La de nuestras madres? —le pregunté a J.
—No. Es más mayor.
—Yo nunca la he visto. No sé cómo es.
—¿Quieres que vayamos?

Entonces fuimos por el camino. La noche iba cayendo y el ambiente se hacía muy fresco y sentí algo de frío. Llegamos donde Rita. El perro ladró. Vino a toda velocidad hasta nosotros. J entonces lo acarició. El perro se fue tranquilizando. Atravesamos el terreno hasta la casa de Rita y J gritó su nombre. Rita abrió la puerta y nos miró como el que mira un libro antiguo. No dijo nada. J la saludó, pero Rita no contestó. No hablaba y su mirada era difusa y tenue. No sé por qué, pero me pareció una mujer hermosa. Nos quedamos los tres quietos. El perro se acostó en el suelo. Noté que la noche ya era cerrada. No me había dado cuenta de la velocidad del anochecer. De dentro de la casa venía el ruido de una música, o de la televisión, o una radio.

—Mi amigo quiere conocerte —dijo J—. Le he hablado mucho de ti.

Rita miró a J y luego me miró a mí. Siguió sin hablar.

—¿Por qué no hablas, Rita? —dijo J.

Y el silencio siguió. No pronunciaba palabra. Sentí que había algo doloroso y terrible en esa mujer. No soporto sentir compasión o pena por nadie, pero me produjo una inmensa pena aquella mujer. El perro se puso en pie y se metió en la casa. A través de la puerta entreabierta vi la figura de un hombre dentro. Estaba sin camiseta. Intenté avisar a J, pero J solo miraba a Rita, esperando oír su voz. Giré un poco el cuerpo con temor para ver mejor al hombre. Rita seguía callada. Pensé que era muda y que todo lo que me había contado J era mentira. Acomodé el cuerpo para mirar mejor hacia dentro. Entonces vi los ojos del hombre mirándome. Era una mirada que había visto millones de veces, porque eran los ojos de mi padre. Fue medio segundo en que mi mirada y la mirada de mi padre, dentro, se cruzaron. Luego él se echó hacia atrás. Yo tuve ganas de salir corriendo, pero estaba en un extraño estado de bloqueo muscular. J entonces se puso a llorar y le dijo a Rita:

—Pero ¿por qué no me hablas, Rita?

Y Rita le miró, me miró y se metió dentro. Salimos de allí. No hablamos en todo el camino de vuelta. Primero pasamos los álamos, luego los alcornoques y llegamos a la última calle del pueblo. En casa de Eva había luz, pero ya no sentí pena. Me despedí de J en la esquina de su calle. Luego me quedé solo. Tuve ganas de correr hasta la casa de Rita, golpear la puerta y entrar, pero no lo hice. Bajé hasta la plaza. No había nadie. Miré el campanario. Pensé que en cuanto cumpliera 18 años me iría de ese pueblo. Me quedé sentado mucho rato. El pueblo estaba quieto, callado, vacío. Luego volví a casa. Cuando abrí la puerta vi a mi padre sentado en el sofá. Me miró. Era la mirada. No dije nada, él tampoco. Me fui a la cama. Esa noche soñé con un poema de Rita. Creo que se llamaba "El jilguero". Hablaba de un pájaro que vivía en el campanario, pero que dominaba el pueblo sin que sus habitantes lo supieran.

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