miércoles, mayo 13, 2026

Viaje a Vigo

Con K me estuve mandando mensajes esporádicos durante algunos años. Siempre concluíamos con la intención de encontrarnos pronto, de ver la posibilidad de un reencuentro, pero pasaban los años y no lo hacíamos. Con K me separan 600 kilómetros, pero la distancia, la mayoría de las veces, es otra cosa. No es un asunto netamente físico. Los mensajes surgían quizá cada año, a veces más. No había un protocolo o un acontecimiento preciso que nos hiciera escribirnos. Reaparecíamos en la vida del otro por un ritmo que no era decidido por ninguno de los dos.

K había sido mi amigo de la infancia y de la primera adolescencia en Vigo. Luego yo me fui de Vigo, de España, y el contacto se fue diluyendo, porque no había aún internet y la comunicación, hasta hace no tanto, era otra cosa. De hecho, con K hubo cartas los dos primeros años de mi emigración. Luego, claro, nos fuimos deshaciendo. Muchos años después, cuando yo ya había vuelto, nos volvimos a encontrar. Pasamos un fin de semana juntos en Madrid y tres o cuatro días de agosto un año de final de siglo en Vigo. Luego nos volvimos a perder.

Las relaciones establecen unas normas y unos ritos que los que participan en ellas no deciden ni gobiernan. Es como si las relaciones se establecieran bajo unas leyes que no se comprenden y que la mayoría de las veces no se llegan a entender. Apenas había tenido trato real con K desde los 13 y, sin embargo, pensaba con más frecuencia en él de lo que el contacto podía producir.

Aquel viaje a Vigo surgió inesperado. Me habían ofrecido un trabajo, un encargo rápido. Me pagaban el hotel, pero no había presupuesto para avión. Me pedían viajar en autobús. Yo estaba mal de dinero y no me venía nada mal aquel trabajo. Dije que sí, a pesar de que las condiciones cada vez son peores. En Méndez Álvaro cogí un autobús que salía muy temprano. El autobús iba medio vacío y me tendí usando los dos asientos. Al principio intenté dormir. Luego escuché música, finalmente solo miraba el paisaje. Tenía todos los aspectos de mi vida en estado de quietud, una forma extraña de inmovilidad. El paisaje castellano me pareció, de repente, metafórico o acompasado. Como si mi estado vital armonizara de una manera muy precisa con esa amplitud y esa extraña y desconcertante sobriedad. Vi a lo lejos un buitre cruzando el cielo, le miré como se mira lo que no se comprende o lo que se comprende en exceso. El horizonte, que a ratos parecía irreal, me parecía fantasmal o abruptamente real. Castilla es demasiado real, pensé sin saber muy bien por qué lo pensaba. Entonces pensé en K y le escribí un mensaje: "¡Hola! Estoy de camino a Vigo. Pasaré una noche. ¿Estás libre para tomar algo a partir de las 20:00?" Vi que hacía tres años que no nos escribíamos. El mensaje anterior decía: "A ver si encontramos la manera de encontrarnos". La frase me pareció hermosa y melancólica. Luego pensé que no sabía nada de la vida de K. ¿A qué se dedicaría? ¿Tendría pareja? ¿Cómo sería su vida? Prefiguré vidas, imaginé opciones. A su manera, esto también es literatura, pensé. Imaginar las posibilidades biográficas de alguien a quien hace más de dos décadas que no ves. Luego me di cuenta de que apenas era capaz de reconstruir la cara de K. También ahí hice el ejercicio de imaginármelo. ¿Habría perdido pelo? ¿Tendría canas? ¿Estaría más flaco, más gordo? ¿Cómo habría ido evolucionando aquella cara que parecía abocada a una eterna niñez con ese lunar peculiar al lado del ojo izquierdo? El autobús paró en una estación de servicio antes de entrar en Galicia. En el parking había un coche del que se bajó una pareja muy joven. Apenas debían de ser mayores de edad. Él miraba el reloj con nerviosismo. Ella me miró y tuve miedo de algo. Luego vi que sonreía y me pareció que había algo perverso y cruel en los dos. Me tomé un café, vi que la pareja se pedía dos hamburguesas. Miré la hora, no eran ni las diez de la mañana. El conductor del autobús miraba la pantalla de la televisión. Un tertuliano hablaba del gobierno. El camarero dijo algo genérico sobre los políticos. El conductor le contestó diciendo que el único camino que quedaba era poner bombas. Pensé que el primer mundo tiene algo perverso y cruel, como la pareja. No sé por qué, pero de repente sentí que estaba en otro lado. Como si el autobús me hubiera llevado a otro sitio o, más que a otro sitio, a otro tiempo. Vi que la pareja se llevaba las hamburguesas y salían. Los del autobús salimos casi a la vez. A los pocos minutos estábamos de nuevo en la autovía. Me quedé pensando en la pareja, me quedé pensando en el primer mundo.

Cuando íbamos atravesando la provincia de Orense, miré el teléfono con la esperanza de encontrar respuesta de K. El mensaje no le había entrado. Temí que hubiera cambiado de teléfono. Temí, de nuevo, que el autobús estuviera viajando en el tiempo. Pensé que, de repente, estábamos en 1987, el año que conocí a K. Luego vi por la ventana y entendí que seguíamos en 2026. Me puse música, porque al fin y al cabo, lo que me unía a K era la música. Si toco la guitarra es porque descubrimos la guitarra juntos y porque descubrimos The Cure juntos. Entonces sucedió lo que sucede cuando escuchas música con auriculares en un viaje: que todo se pone a ritmo y en compás. El río, las montañas, los valles y las aldeas parecían parte de la armonía de "Charlotte Sometimes". ¿Seguiría K siendo fan de The Cure? Volví a mirar el teléfono. K estaba en línea, había leído el mensaje, pero no me contestaba. "Charlotte Sometimes”.

Cuando empezábamos a llegar a Vigo, el conductor comunicó por el micrófono —lo cual resultaba excesivo— que tenía orden de parar en la vieja estación, que aunque estaba cerrada, no podía acceder a la ciudad porque el centro estaba cerrado por un evento municipal. Empecé a reconocer la periferia de la ciudad, los cambios que se habían ido sucediendo y las cosas que permanecían igual. Pensé que la vieja estación estaba cerca de donde vivía la abuela de K. De pequeño, K siempre estaba donde la abuela, porque sus padres trabajaban de tarde. Luego pensé que era extraño que lo llamaran "la vieja estación", porque apenas la habían construido poco antes de irnos de la ciudad. ¿Cuándo algo pasa a ser viejo? Con los humanos más o menos lo sabemos, pero ¿cuál es la edad de los edificios, de las construcciones?
El autobús se desvió hacia la vieja estación. El barrio parecía distinto y estaba distinto. Podía reconocerlo perfectamente, pero había muchos más edificios, el orden urbano estaba alterado. Quizá esa es la edad de las cosas: las canas y arrugas del urbanismo. Entonces el autobús se detuvo fuera. Los pocos pasajeros empezaron a bajar y me di cuenta de que esa era la parada final, que el autobús no entraba a la estación.

—Amigo, hemos llegado —me dijo el conductor.
—¿No entra a la estación? —pregunté.
—¡No! ¡No sabes cómo está eso!

Bajé con mi mochila. Estaba empezando a llover. No me había dado cuenta de que la música seguía sonando en mis auriculares. Sentí una nostalgia extraña, también me sentí como en una especie de videoclip. La estación estaba muy deteriorada y medio abandonada. Miré los edificios de alrededor. No sé por qué, decidí entrar en la estación. Vi gente acampada a los lados, gente metida en mantas, vi gente durmiendo en recovecos imposibles, cubriéndose de la lluvia. Seguía The Cure como música de fondo en mis oídos. Hacía mil años que no escuchaba "In Your House", que es una canción extrañamente lenta y sigilosa. El lugar estaba tomado por vagabundos y el abandono. Vigo ha potenciado una forma de modernidad y urbanismo que ha expulsado a muchos otros a la periferia, no solo física. Recorrí la estación que parecía un campamento. Un hombre sentado al fondo, cubierto de mantas, me miraba entrar. Yo me quedé mirándole porque llevaba una sudadera de The Cure con la portada de The Head on the Door y me pareció una casualidad extraña y sobrecogedora. Levanté la vista hacia su cara. Él también me miraba. Yo miré sus ojos y ese lunar peculiar al lado del ojo izquierdo.

—K —dije susurrando.
—N —dijo K mirándome.

Nos abrazamos sin decir nada. Sentí el olor a humedad y sudor y a descomposición.

—Tenía muchas ganas de verte, K —dije.
—Yo también, N.

Afuera llovía y yo iba a llegar tarde para hacer el trabajo, pero estaba convencido de que el tiempo había variado. Ya no era 1987, pero probablemente tampoco 2026.

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