lunes, mayo 11, 2026

Rita, la poetisa

La madre de Rita murió 30 años antes en circunstancias no del todo claras. La noticia salió en la radio del pueblo, se comentó en corrillos y en la misa del domingo, pero pronto se difuminó y se dejó de hablar de aquello. Rita se quedó con la casa de la madre, aunque lo cierto es que llamar casa a aquel habitáculo de cemento y lata, con apenas una ventana, es cuando menos osado. Aquella chabola la había construido un amante de la madre de Rita, del que se perdió el rastro y que no atesoraba buena fama entre los habitantes del pueblo. Rita, entonces, se enclaustró allí dentro y apenas se la veía. Durante mucho tiempo se habló de depresión y tristeza, luego se habló de brujería, finalmente se sentenció locura. Lo cierto es que Rita era una mujer solitaria y decadente. Y vivía encerrada entre aquellas cuatro paredes —literalmente cuatro paredes—, en las afueras del pueblo, cerca del riachuelo, y apenas se la veía. Cuando llegaba el verano y nos íbamos a bañar a la poza de Rubias (nunca supe el porqué del nombre), pasábamos cerca de la puerta, pero un perro agresivo y con un ladrido terrorífico ahuyentaba nuestra curiosidad y falta de discreción. Así que la casa quedaba siempre fuera del radar de los cotillas.

A mí me contó J que Rita era poetisa. Un día de septiembre que nos fuimos de paseo hasta la poza sin ánimo de bañarnos, porque el agua estaba ya muy fría y las ganas de bañar se habían desgastado en un verano remojados en ese gélido charco. J era el único con el que me gustaba hablar del pueblo, porque era pausado y misterioso y hablaba siempre de cosas que ocurrían de otra forma. Con J todo parecía más interesante. Nos habíamos sentado en las piedras pegadas al salto de agua. Escuchábamos el río perderse en el tiempo, avanzando hacia un punto lejano de la tierra, una desembocadura futura. J entonces me dijo que él un día había entrado donde Rita y que Rita no era ni mala ni loca, y que ese pueblo, como tantos pueblos, era un infierno y que habían condenado a Rita al ostracismo y la nostalgia. Yo no pregunté cómo había entrado allí, porque durante un buen rato no le creí. La casa y la vida de Rita eran terra ignota.
Pero J no detuvo la narración de aquel día.

—Rita me invitó a cerveza y a sancocho. Apenas hablaba, pero se notaba que tenía ganas de compartir, de estar con gente, de conversar. Al principio apenas cruzábamos frases. Me preguntaba por gente del pueblo, como si llevara años de viaje o viviendo en otro continente. Luego me preguntó por mi vida. Me preguntó por mi viejo. ¡Conocía a mi viejo! Luego me habló de literatura. Me resultó sorprendente su conocimiento. Rita es una enciclopedia de la literatura universal, pero sobre todo continental. Luego fue desviando la conversación hacia la poesía. Me hablaba del dolor y de la vida. Comparaba la vida con la poesía y con la experimentación. Decía frases que me costaba entender.

Yo escuchaba a J y de vez en cuando miraba hacia el camino que llevaba hasta la charca. Eran las últimas tardes de verano y había una sensación térmica que se podría clasificar como sublime o gloriosa, después de un verano cálido y terrible. J siguió contándome aquella velada en casa de Rita.

—En algún momento me confiesa que escribe poesía. Pero no una poesía canónica. Eso fue lo que dijo. Luego se quedó pensando, buscando una palabra precisa, y finalmente dijo: "Mi poesía es la poesía del destierro y de la miseria. La poesía chabola”.

Fue ahí cuando pensé que J no mentía, porque todo sonaba tan extraño y confuso, que no vi a J con capacidad de inventar algo así, desconcertante y peculiar.

—La poesía chabola —dijo J que dijo Rita— es la poesía de los desterrados, de los que olemos a polvo y óxido. Luego miraba por la única ventana de la casa hacia el camino y respiraba profundo. Había algo en Rita de alegría contenida. Pensé, viéndola, oyéndola, que había algo en su manera de hablar de literatura que le había dado una forma de felicidad. Entonces cogió unos cuadernos y me dijo que le daba pudor, pero que las leyera para ver qué le parecían. Entonces yo le dije: "Pero Rita, si yo no tengo ni idea de poesía", y ella me miró riendo y dijo: "La poesía no se estudia, se lee y a partir de ahí se comprende o no. No hay que tener idea”.

J miró al camino también, porque todo el rato ambos, creo, pensábamos que Rita nos escuchaba, que andaba por ahí.

—Entonces leí. Leí muchas páginas. No podía dejar de leer. No entendía nada y lo entendía todo. Y me pareció que aquella mujer operaba en otra dimensión, en otro formato, en otra realidad, y su poesía, de alguna manera, te trasladaba allí. No sé por qué, pero en la tercera o cuarta poesía me puse a llorar. ¿Sabes cuando oyes una canción que nunca has oído pero te conmueve y se te saltan las lágrimas? Eso me pasó a mí con las poesías de Rita. Esa mujer aislada y lejana me hablaba a través de aquellos textos de un modo que yo nunca había vivido.

El agua sonaba, la tarde caía y el fresco aumentaba. Miré de reojo a J y vi que estaba con los ojos llorosos. Sentí algo parecido a la envidia. Porque me hubiera gustado conocer a Rita, el misterio de Rita, el dolor de Rita.
—Seguí leyendo. No podía parar. No te podría decir cuál era el tema que trataban aquellas poesías. Ni siquiera puedo recordar frases, porque entré en una especie de hipnosis o estado transitorio desconocido. ¿Cuántos años tiene Rita? —pensé entre poesía y poesía.

Yo me quedé pensando, porque de Rita se había oído hablar siempre, pero los de nuestra edad no teníamos idea de cuál era su edad.

—¿La de nuestras madres? —le pregunté a J.
—No. Es más mayor.
—Yo nunca la he visto. No sé cómo es.
—¿Quieres que vayamos?

Entonces fuimos por el camino. La noche iba cayendo y el ambiente se hacía muy fresco y sentí algo de frío. Llegamos donde Rita. El perro ladró. Vino a toda velocidad hasta nosotros. J entonces lo acarició. El perro se fue tranquilizando. Atravesamos el terreno hasta la casa de Rita y J gritó su nombre. Rita abrió la puerta y nos miró como el que mira un libro antiguo. No dijo nada. J la saludó, pero Rita no contestó. No hablaba y su mirada era difusa y tenue. No sé por qué, pero me pareció una mujer hermosa. Nos quedamos los tres quietos. El perro se acostó en el suelo. Noté que la noche ya era cerrada. No me había dado cuenta de la velocidad del anochecer. De dentro de la casa venía el ruido de una música, o de la televisión, o una radio.

—Mi amigo quiere conocerte —dijo J—. Le he hablado mucho de ti.

Rita miró a J y luego me miró a mí. Siguió sin hablar.

—¿Por qué no hablas, Rita? —dijo J.

Y el silencio siguió. No pronunciaba palabra. Sentí que había algo doloroso y terrible en esa mujer. No soporto sentir compasión o pena por nadie, pero me produjo una inmensa pena aquella mujer. El perro se puso en pie y se metió en la casa. A través de la puerta entreabierta vi la figura de un hombre dentro. Estaba sin camiseta. Intenté avisar a J, pero J solo miraba a Rita, esperando oír su voz. Giré un poco el cuerpo con temor para ver mejor al hombre. Rita seguía callada. Pensé que era muda y que todo lo que me había contado J era mentira. Acomodé el cuerpo para mirar mejor hacia dentro. Entonces vi los ojos del hombre mirándome. Era una mirada que había visto millones de veces, porque eran los ojos de mi padre. Fue medio segundo en que mi mirada y la mirada de mi padre, dentro, se cruzaron. Luego él se echó hacia atrás. Yo tuve ganas de salir corriendo, pero estaba en un extraño estado de bloqueo muscular. J entonces se puso a llorar y le dijo a Rita:

—Pero ¿por qué no me hablas, Rita?

Y Rita le miró, me miró y se metió dentro. Salimos de allí. No hablamos en todo el camino de vuelta. Primero pasamos los álamos, luego los alcornoques y llegamos a la última calle del pueblo. En casa de Eva había luz, pero ya no sentí pena. Me despedí de J en la esquina de su calle. Luego me quedé solo. Tuve ganas de correr hasta la casa de Rita, golpear la puerta y entrar, pero no lo hice. Bajé hasta la plaza. No había nadie. Miré el campanario. Pensé que en cuanto cumpliera 18 años me iría de ese pueblo. Me quedé sentado mucho rato. El pueblo estaba quieto, callado, vacío. Luego volví a casa. Cuando abrí la puerta vi a mi padre sentado en el sofá. Me miró. Era la mirada. No dije nada, él tampoco. Me fui a la cama. Esa noche soñé con un poema de Rita. Creo que se llamaba "El jilguero". Hablaba de un pájaro que vivía en el campanario, pero que dominaba el pueblo sin que sus habitantes lo supieran.

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