miércoles, abril 29, 2026

El viaje de C

C llega a Medellín una tarde de mayo. Ha salido de Madrid con ganas de recorrer Colombia y la ruta trazada es diversa, excesiva y trepidante. Su plan es ambicioso, pero noble. Pretende hacer la ruta de la cumbia. Seguir e indagar sobre ese estilo de música que, de un tiempo a esta parte, le obsesiona. "La cumbia es, sin duda, la música que mejor comprende la esencia humana", concluye con frecuencia.

En Medellín toma un autobús hasta Barranquilla. El viaje es largo e incómodo. A ratos está aterrorizado en la parte de atrás del autobús. Llueve en la montaña. El espesor y el color le sobrecogen. La música de Amantes del futuro suena brutal en el sonidero del autobús cuando alcanzan el llano. Sospecha que esa no es la ruta oficial. La carretera es estrecha y terrible. En algunos ascensos se arrepiente del viaje. Quizá la cumbia es el ritmo del corazón de un viaje en carretera.

El autobús se para en un asadero. Se pide una arepa de pernil. Un hombre calvo, pequeño y con una barba casi invisible se le acerca y le saluda. C no entiende lo que le dice, pero teme decirlo. El hombre sigue hablando. C solo entiende palabras sueltas:

—... veneno y cuero... la sorda... peligro... malaje.

C afirma como si entendiera. El hombre entonces deja de hablar y se le queda mirando.

—¿Entonces lo vas a hacer? —le pregunta con contundencia.

—¿El qué? —contesta C.

El hombre se le queda mirado. Es una mirada terrible, despiadada, llena de ira. En ese momento, como un milagro, el conductor llama a los pasajeros para continuar. C sale disparado. Se siente observado por el hombre, pero no mira atrás. Asciende las escaleras del autobús y el conductor le dice con voz suave:

—No seas loco, muchacho. Nadie habla con Segismundo.

C se acomoda en su asiento. Oye el rugido del motor. El autobús parece que tuviera más de un siglo de vida. Es incómodo y ruidoso. Arranca la cumbia de nuevo y C, entonces, siente de nuevo el sosiego y la calma. El conductor baja y hace una última llamada. Sube y cuenta. Falta un pasajero, pero el conductor dice el alto:

—Perdió su chance.

Se sienta y arranca. Mientras, C mira por la ventana esperando ver un pasajero corriendo desesperado, pero no lo ve. Nunca aparece.

El cambio vegetal es a ratos suave, de repente brusco. Ve palmeras y siente la humedad del Caribe. El autobús se detiene, horas después, en un paradero infame. Está sucio, destartalado y solo ofrece empanadas de cazón y jugo de uva. Sorprendentemente, la empanada es deliciosa y C repite. Uno de los pasajeros, un joven con aspecto urbanita, le dice a C que si había probado esas empanadas antes.

—No, es mi primera vez en Colombia —dice C.

—Mucho gusto. Soy Andrés —se presenta el joven.

—Hola, yo soy C —contesta alegre.

El joven le dice que vuelve a Barranquilla después de tres años fuera. Ha estado trabajando en Bogotá. Luego se dedicó a un proyecto, que no especifica, en Medellín. Han sido tres años duros, terribles, le dice, pero provechosos. C le cuenta que está viajando para conocer a fondo la cumbia. Que quiere seguir la ruta de la cumbia. Conocer sus entrañas. Eso dice, y luego se siente ridículo, pero lo cierto es que es lo que busca: las entrañas de la cumbia.

—Caray. La cumbia. Todos aman a la cumbia y nadie la conoce de verdad —contesta Andrés.

—Eso siento. Es un enigma —dice C.

—Es un enigma porque es un pulso. Los pulsos no se entienden, se perciben. Pero de seguro que vas a aprender cosas bonitas.

El conductor llama de nuevo para reiniciar la ruta. Andrés sube primero. C tiene ganas de seguir conversando con él, pero se ubica en su asiento. El autobús arranca. C siente que hay menos pasajeros. El conductor vuelve a contar.

—Se quedaron 7. Se van a joder, porque yo ya salgo.

Ocho pasajeros en medio de la nada, se queda pensando C. Quizá querían ir hasta ahí y no hasta Barranquilla. Cuando el autobús arranca, C ve a una de las pasajeras mirar hacia el autobús. La chica mira desganada. No hay angustia ni preocupación. C entiende que se quiere quedar ahí. C mira a la chica. La chica mira a C y sonríe. El autobús se incorpora a la autopista y la pierde de vista. Es una cara que no olvidará.

El viaje ha sido largo, extenuante y temible. Entran en Barranquilla al anochecer. Andrés se acerca en el vaivén y le dice que si sabe dónde va a quedarse en la ciudad.

—Sí, tengo reservada una pensión —contesta C—, cerca del Malecón.

—Quédate en mi casa. No te preocupes. Mi vieja le hará feliz la gente extranjera.

A C la oferta le desconcierta, pero acepta. El autobús llega al terminal. Está a oscuras. No se ve absolutamente nada en las cuadras de alrededor. El conductor pregunta desde la ventanilla. Se oye una voz femenina que dice:

—Se fue la luz en la zona hace como media hora.

El conductor para en una acera donde un montón de gente se mueve de un lado a otro. Andrés le dice a C que le siga. Bajan del autobús con sus mochilas. El ajetreo nocturno es tremendo.

—Esto también es cumbia —dice Andrés riendo.

C, hombre acomodado de la Europa meridional, siente de repente una forma confusa de temor y angustia. No pierde el ritmo de Andrés. Mira al cielo. No es creyente, pero agradece al destino, a la formación de las moléculas de tiempo, que le haya puesto a Andrés en su vida en un instante así. En las aceras, unos hombres recogen unos carritos llenos de frutas. Son vendedores ambulantes. Andrés camina rápido y firme. C le sigue casi ahogado. La humedad es tremenda. Ese olor, esa sensación, esa sudoración tan específica de la piel, piensa, es el Caribe en su forma primigenia. Andrés levanta la mano para detener un colectivo. Suben casi a la carrera, porque el tipo del colectivo nunca llega a frenar del todo. Se sientan atrás. C tiene ganas de cerrar los ojos. Está agotado. Andrés le dice que tardarán una media hora. El autobús va en silencio. Avanzan unas cuantas cuadras y de repente se hace la luz en la zona, o quizás es que solo han cruzado la frontera donde nunca se fue la luz.

Andrés le dice que tenía una novia cuando se fue.

—Pero dudo que me haya esperado —sonríe nostálgico.

C entonces piensa en los motivos de su viaje. Piensa en Cristina, piensa en Carlos y siente como si fueran entes de una galaxia lejana. Su vida parece estar en un lugar que ya no existe del todo.

Se bajan del autobús. Andrés camina con euforia. En la esquina de la 34 hay una panadería y Andrés se detiene. Compra un par de chocolates y una baguette. C mira a dos hombres sentados en la acera que fuman y no hablan. A lo lejos identifica una canción que le encanta. Reverbera aguda y extraña en la calle.

—¿Qué hago aquí? —piensa.

Andrés le dice que sigan. Avanzan unas cuantas cuadras por la carrera 30. Llegan a una esquina donde hay un edificio de dos plantas. Suben al segundo piso. Abre la madre de Andrés. Se abrazan. C piensa que lo mejor sería darse la vuelta y volver a empezar. Lo que sea, quizá su vida. Quizá el viaje. Andrés le presenta a su madre. La madre es una mujer bajita y morena que le saluda con dulzura.

—Bienvenido a Barranquilla, C —le dice con una amabilidad superlativa.

Pasan a la casa. C se acomoda en un cuarto pequeño que da a la calle. Se asoma por la ventana. Ve la calle. Se sienta en el borde de la cama. Tiene ganas de dormir. Le llaman y sale. La mujer les empieza a dar comida sin parar. Todo está delicioso. Andrés saca una botella de ron para celebrar. La mujer no bebe. C se pone hielo y ron. No se da cuenta de que está sediento y bebe muy rápido los dos primeros tragos. Ríen, beben, hablan de cumbia, de amores, de nostalgia, de los rumbos de la vida. C no recuerda cuándo se duerme.

Cuando abre los ojos, el sol invade la habitación. Se asoma y no ve a nadie en la calle. No oye nada en la casa. Abre la puerta y sale. Ve una nota de Andrés:

Lo siento, C. Tuvimos que salir muy rápido. Ha sido un placer conocerte, pero ahora debes irte. Las cosas se complicaron. Cuídate, por favor.

C se siente confundido, aturdido y resacoso. No entiende qué ha podido pasar. Se ducha rápido, no por higiene sino por salud. Se viste, coge su mochila y sale a la calle. Cuando sale, ve la calle vacía. Hay un silencio extraño. Por la 34 ve venir a una mujer. Cuando está cerca, reconoce a la chica que se había quedado en la segunda parada. Se acerca firme y seria. Se pone frente a él.

—Ahora intenta deshacer el camino. Nunca debiste hablar con Segismundo.

La joven se da la vuelta y se va. La calle está vacía. C siente entonces el vacío más inmenso que ha experimentado en toda su vida.

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