Nos despedimos en la rotonda de Príncipe Pío. Él se iba a ir a su casa en Cercanías y yo me quedaba con todo un atardecer por delante. Hacía el mejor día de lo que iba de año. Había sido un invierno anormalmente lluvioso y gris y esa tarde de marzo, a 23 grados, transformaba la ciudad en una especie de paraíso utópico. A veces la leve felicidad colectiva es algo simple. Cuatro millones de personas moviéndose por las calles con un ánimo distinto porque el sol lleva todo el día instalado y la piel está acomodada en una sensación de placidez permanente. Vi cómo Marco bajaba las escaleras para entrar en la estación, después de darme el sobre, y pensé en caminar por caminar, que es probablemente la actividad más sublime que puede realizar un ser humano.
Subí la cuesta de San Vicente. Es una calle que no es calle, pero tampoco avenida. Es la metáfora de una ciudad, probablemente la metáfora del mundo, esa calle. La cuesta es más empinada de lo que parece, como la vida. A un lado está llena de edificios desiguales, amontonados, que no se terminan de definir. Es como si un urbanista hubiera intentado varios tipos de modelos de calle en una sola acera y ninguno le hubiera convencido. En la otra acera solo está la valla que da a los jardines del Campo del Moro. La cuesta de San Vicente es indescifrable. Si subes por una acera, parece que estás a doscientos kilómetros de la de enfrente. Por un lado, hoteles que se han transformado varias veces, edificios que son casi naves industriales recuperados para galerías, bares de una época que ya no existe o adaptados mal a los nuevos tiempos. Por el otro, una valla de hierro forjado que asciende toda la cuesta y desde la que vas viendo los límites del jardín, con un tráfico que no corresponde a una calle que accede al puro centro de la ciudad. Parece una autovía de acceso, en vez de una calle del centro. Es extraña la cuesta de San Vicente. Es como si no encontrase nunca qué tipo de calle quiere ser.
Subí hasta Plaza de España, que tenía un ambiente vibrante. No sé en qué momento Madrid se convirtió en una ciudad tan turistizada. No lo era cuando yo llegué. Ahora todo parece parte del circuito turístico. Ya ni me molesto en criticarlo. Lo observo con curiosidad. Todos somos turistas. Igual eso es lo que nos ha pasado: nos hemos vuelto turistas del planeta. Como si no habitáramos del todo. Como si fuéramos una visita fugaz a un lugar que nunca vamos a comprender. En Plaza de España saqué el sobre que me había dado Marco justo antes de despedirnos:
—No lo abras hasta que nos separemos, por favor.
El sobre tenía diez mil euros y una nota con la información. Yo llevaba años sin dedicarme a ello, pero estaba atravesando la crisis económica más grave de mi vida. Hacía años que me había negado a seguir viviendo de ello, pero hacer una excepción con Marco, agudizado por la crisis económica, me pareció la única excusa para volver. La plaza estaba repleta de gente que iba y venía. Un músico tocaba una canción colombiana con una guitarra eléctrica y un amplificador a batería. El tipo tenía buena voz, pero, si no me equivoco, cambiaba muchas frases de la letra original.
Después de leer la nota, calculé que aun tenía tiempo para seguir paseando. Seguí caminando. Me fui por la calle Princesa. Subí las escaleras de la plaza Cristino Martos. En esa escalera siempre sucede algo peculiar: parece que te sales de Madrid. Es como un agujero cósmico. Ese fragmento estoy seguro de que no pertenece a la ciudad. De repente, y durante ese tramo reducido, estás en una ciudad de cincuenta mil habitantes y no de cinco millones. Arriba me senté en la terraza de uno de los bares. Me sorprendió que quedara una mesa libre. Fue tal la sorpresa que, al verla vacía, me senté sin decidirlo racionalmente. Fue un impulso. Una mesa vacía es un milagro en días como ese. Esas decisiones que se toman sin análisis, porque no todo siempre tiene consecuencias o sí. Me pedí una cerveza.
En la mesa de al lado había tres chicas de unos veinte años. Hablaban de un concierto al que habían ido dos de ellas la noche anterior. La otra escuchaba, creo, desganada. Esa situación extraña en la que dos personas han vivido algo emocionante y te lo cuentan con honesta alegría, pero tú eres incapaz de traspasar la barrera del tedio ante lo que te están contando. A veces creo que las experiencias que vivimos no se pueden contar del todo a otros: se parecen a los sueños. ¿A quién le interesan realmente nuestros sueños?
La cerveza estaba helada y me pusieron de tapa un canapé de queso que estaba sorprendentemente bueno. Es sencilla, a veces, la felicidad, volví a pensar. En la mesa que tenía al otro lado había una pareja de unos treinta años. Al principio estaban callados. Ella llevaba gafas de sol; luego comprendí que ocultaba los ojos llorosos. Disimulé, porque toda mi atención quería ponerla en su conversación. Ella estaba inmóvil. Miraba a algún punto que nunca pude descifrar. Él estaba alterado. Cambiaba todo el rato de postura en la silla. Se movía. La miraba. Resoplaba. Pasados unos minutos dijo:
—¿Entonces no vas a decir nada?
—¿Qué quieres que diga?
¿Cuántas veces se habrá repetido en la Tierra ese diálogo exacto? Él volvió a resoplar. Levantó su vaso vacío para hacer la seña de que le trajeran otra cerveza. Ella tenía su copa de vino prácticamente entera.
—Lo cierto es que hemos perdido el sentido —dijo ella.
La frase me pareció de una hermosura total. Él miró al suelo y luego a ella. Ella no se movía. Yo intentaba descifrar hacia dónde miraba. Llegué a pensar que me estaba mirando a mí, pero creo que no. De la mesa de las chicas me llegó otra frase descontextualizada:
—Los mejores orgasmos son los que no lo parecen.
Como había perdido el hilo de esa conversación, no sabía si se referían todavía al concierto. La pareja, entonces, como acompasada, como si todo en las mesas de la terraza estuviera dirigido por un director en prácticas, entró en la sinceridad.
—¿Qué hacemos con el apartamento? —dijo ella.
—¿De verdad estamos así? ¿De verdad no hay otro camino?
—¿Qué camino quieres, si ya llevamos meses cada uno en uno?
Comprendí entonces que él estaba empezando a sufrir y que ella llevaba varios meses sufriendo.
—Pedro, no hay opción. Es irreparable. Ojalá la hubiera, pero no la hay.
En ese instante justo le trajeron la cerveza y le vi una lágrima. Pedro estaba entrando, aún no lo sabía, en una de las épocas más tristes de su vida. Imaginé un apartamento. Imaginé una vida. Imaginé que uno de los dos se mudaba. Imaginé una despedida triste. Imaginé unos meses en los que ambos estarían sin brújula, perdidos o extraños, y cada uno iría rearmando algo que nunca se rearma del todo, porque la vida nunca se rearma del todo.
La luz de la tarde se hizo mucho más suave. Me levanté a pagar en la barra con una sensación extraña. No les conocía de nada, pero la pareja había propagado, de alguna manera silenciosa e invisible, mucha tristeza por toda la plaza.
Bajé a un ritmo muy lento el tramo de la calle del Duque de Liria para girar en la calle de las Negras, que es otra de esas calles indescifrables. Unos tipos salían de un gimnasio de crossfit; hablaban de actualidad política con tono despectivo. Hice la curva para entrar en la travesía del Conde Duque. Subí la cuesta y, arriba, en la esquina de la calle de Manuel, vi a la chica de la pareja apoyada en la pared de ladrillo. Estaba llorando sola. Tuve ganas de acercarme a hablar con ella, ayudarla, ofrecerle una frase amable, pero luego pensé que era una locura. Intenté hacer como que no me daba cuenta. Entonces ella me llamó. Algo se quebró en el ritmo de la realidad, porque me pareció extraño e incomprensible.
—¿Tienes un cigarro? —me dijo.
—No, no tengo. Pero si quieres te busco —no sé por qué dije eso. Nadie contesta así a un desconocido.
—¿Tan mal me ves?
—La escena parecía triste, desde luego —confesé.
—Sí lo era. Lo peor es que me da mucha pereza la mudanza. Creo que me concentro en la mudanza para no pensar en todo lo demás.
—¿Se queda él con el piso? —pregunté, y me sentí absurdo.
—Bueno, es que pagábamos tan poco porque era de su tío. Así que lo justo es que se lo quede él.
—¿Quieres que tomemos algo? A mí también me vendría bien hablar con alguien desconocido.
Subimos hasta la plaza de los Guardias de Corps. No había sitio en las terrazas, pero entramos en un bar gallego. Me contó que no había nada original en su ruptura. Crisis de mediana edad. Diferencias de criterio sobre el futuro de la relación. Que estaba abocada al fracaso. Luego me contó que estaba harta de su trabajo. Que, en realidad, estaba harta de todo.
—Igual esto no tiene mucho sentido. No sé —dijo casi como conclusión.
—¿El qué? ¿La vida?
—No, esta forma de vida. A lo mejor somos un paréntesis. Oficinas, pisos, ciudades, atascos. Noticias raras. El mundo como show. A lo mejor nos hemos vuelto turistas.
Sonreí, pero no le dije que yo había pensado eso mismo en Plaza de España una hora antes. No me iba a creer.
—¿Tú tienes pareja? ¿Estás casado? ¿Tienes hijos? —me preguntó.
—No. Estoy solo. Me separé hace tres años. No tengo hijos. He estado deprimido. He estado intentando rearmar mi vida y estoy atravesando una crisis económica importante. Pero, curiosamente, no estoy mal. Quizá he aceptado mi condición de turista. Es todo fugaz y pasajero.
—No sé si eso me alegra o me entristece más, pero suena divertido. ¿Hubo infidelidad?- preguntó sin querer saber la respuesta, porque se giró y le pidió la cuenta al camarero.
Me invitó al vino y salimos a la calle. Nos despedimos con afecto, como si fuéramos realmente amigos.
—Por cierto, me llamo Laura —y sonrió.
Yo no le dije mi nombre.
Ella se fue por la calle del Limón. Yo me fui en dirección Comendadoras. Había llegado la hora. Aproveché el callejón del Cristo para releer la nota de Marco. Repasé mentalmente los pasos. Memoricé cada acción. Me notaba desentrenado. Inseguro. Luego me animé como se anima a un amigo: es como la bicicleta, nunca te olvidas de montarla.
Atravesé Comendadoras. Las terrazas estaban desbordadas de gente. Empezaba a anochecer. Subí San Dimas. En la esquina con Montserrat debía entrar en el parking. El vigilante en la garita me miró:
—¿Dónde va? —preguntó, paranoico y profesional.
—Vengo a buscar el coche de mi cuñado Marco—contesté tal como había leído.
Seguí las indicaciones. Ahí estaba el Dacia Sandero blanco que aparecía en la nota. Lo arranqué. Conecté el Bluetooth a mi teléfono y puse Vol. II de Angie de Poitrine. Ese ritmo sincopado, extraño pero potente, me cambió el humor. Conduje firme y concentrado.
Dejé el coche en doble fila, con el warning encendido, en la calle Montesquinza. Entré al portal. Iba temblando. Subí al cuarto piso. Abrí la puerta con la facilidad de los viejos tiempos. Sigiloso, preciso y eficaz, atravesé el salón. Fui hasta la habitación del fondo. Cerré la puerta de la habitación y me escondí donde indicaba Marco. Comprobé que tenía el silenciador puesto. Me acomodé la pistola para ser rápido en cuanto entrara.
Escuché la puerta de la calle al rato. Intenté respirar muy despacio. El truco está en concentrarse en el ritmo de la respiración. Es dejar entrar el aire muy lentamente. Luego soltarlo al mismo ritmo. Entonces el tiempo parece que se detiene.
Escuché los pasos por el pasillo. Estaba a punto de entrar. Giró el pomo.La vi de frente. Dio un respingo, pero fue menor que el mío.
—¡Laura! —dije, más aterrorizado que sorprendido.
Ella no habló. Miró la pistola, las manos con los guantes. No hice nada. No pude hacer nada. Reconstruí a toda velocidad algunas frases de la nota de Marco: Es la novia de mi sobrino. Es mejor que no sepas mucho más.
Entonces salí corriendo. Dejé el coche allí con el warning puesto. Seguí corriendo hasta Colón. No paré
A día de hoy no he vuelto a Madrid.
Creo que jamás lo haré. Definitivamente somos turistas en el planeta.

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