Había entrado el verano antes de la cuenta y hacía un calor digno de julio. Había llegado pronto a la oficina, porque quería salir pronto para ir a buscar a la niña. Tenía varias cosas pendientes y necesitaba acelerar, concentrarme y sacar con prisa varios asuntos. El ambiente está crispado en la empresa. He dejado a la niña en "los primeros del cole". Esos eufemismos del mundo actual. Dejas a los niños una hora antes de la entrada en el colegio, porque no nos da la vida. Los primeros del cole, en el fondo, son los primeros del trabajo.
Cuando he llegado no había nadie, solo las dos chicas de programación y una de las de marketing. He abierto el ordenador y me he ido a hacerme un café. Ha sido en ese momento cuando me ha entrado el mensaje de mi hermana. Podría haber sido más sutil, podría haberme llamado, podría haber optado por otra manera de comunicarlo, pero mi hermana siempre opta por la vía extrema: "Papá acaba de morir. Llámanos cuando puedas". He escuchado la cafetera expulsando el café. No había nadie en la cocina. El mundo se ha movido de otra forma. Cuando alguien cercano muere, la vida, tu vida, la realidad cambia de paradigma. Inevitablemente entras en una era nueva. He mirado la hora. 7:56. He mirado por la ventana hacia afuera. He visto un mirlo apoyado en la acacia de Japón que alcanza hasta la ventana. El mirlo ha hecho un movimiento con la cabeza. Como si entendiera el universo, y se ha ido volando bruscamente. He sentido un golpe de mareo, he temido desmayarme, venirme abajo, pero no. He cogido el teléfono y he llamado a mi hermana Ana. Llevamos seis años sin hablarnos.
—Hola, ¿ya estás despierto? —me ha preguntado nada más contestar.
—Estoy ya en la oficina. ¿Qué ha pasado?
—Un infarto fulminante. No entiendo nada —la he escuchado jadear. Me he imaginado la cara de mi hermana con ojeras, hinchada, con miedo, con una profunda tristeza y me han dado ganas de llorar.
—Salgo para allá. Tardaré cuatro horas. No creo que haya mucho lío en la carretera. Tengo que resolver lo de la niña.
—Ven con cuidado, por favor.
He caminado hasta la pradera de mi departamento. Habían llegado Julio y Clara. Estaban encendiendo el ordenador. He dicho como buenamente he podido lo que sucedía. Me han mirado desconcertados, desubicados, perdidos. Clara me ha dado un abrazo. Julio ha balbuceado una frase que no he entendido. He cogido las llaves del coche y me he ido. Luego no recuerdo cómo he llegado hasta el coche. Reconstruyo ese trozo y soy incapaz de ver ninguna imagen. Lo siguiente que veo es que estoy arrancando el coche y llamando a mi ex mujer. Ha contestado con recelo y no ha logrado empatizar del todo durante la llamada. Le he pedido, por favor, que recoja a la niña. Lo primero que me ha dicho es que si va a tener que ser ella la que le diga a Paula que su abuelo ha muerto.
—Si quieres, llámame nada más recogerla y se lo digo yo —le he dicho para tranquilizarla.
Me estaba despidiendo cuando, de repente, ha dicho la frase más amable en el último año y medio.
—Lo siento, Marc.
Luego los dos hemos colgado. He pensado en poner música, luego me ha dado miedo escuchar música. Me ha dado miedo todo, pero un miedo nuevo. Me ha parecido insólito que se haya muerto mi padre. He sido incapaz de imaginarme que en el mundo, en este mundo, en esta vida, jamás vuelva a estar mi padre. En la M40 había un atasco monumental. Me he quedado totalmente detenido. Entonces ya sí, he decidido ponerme música. Hay un disco que me sume en una especie de hipnosis, en un estado de ausencia que he considerado idóneo. He seleccionado Balm de Ill Considered y el atasco se ha transformado. De repente, estar parado en medio de la autovía, del asfalto, rodeado de vehículos quietos, avanzando sin avanzar, me ha parecido la metáfora de algo o la entrada a lo que sin duda es una nueva forma de vida en mi vida. No tengo fe, no creo en el más allá, no creo en la vida después de la vida y, sin embargo, he percibido a mi padre dentro del coche, como si hubiera venido a despedirse. He mirado al coche de al lado. Un hombre conduce un coche antiguo, pero muy bien cuidado. Me han dado ganas de abrazarle, porque de repente me he sentido vacío y solo. La M40 parecía el desierto. Un avanzar de almas perdidas.
En algún momento el tráfico se ha disuelto. A veces parece que los atascos son otro invento, otra manipulación. Se hacen y se deshacen por un mecanismo no siempre comprensible. No recuerdo nada hasta que he cogido el desvío a la A3. He puesto Náquera en el GPS, no porque no sepa llegar, claro, sino por ver qué tiempo estima. 3 horas 35. Se supone que a partir de ahí iré ligero. Cuando supero Arganda del Rey, la autovía se aligera. De hecho va más vacía de lo normal. Como si el tráfico estuviera limitado. Unos pocos camiones y algún turismo que me supera a más de 140 km/h. He entrado en fabulaciones o maquinaciones extrañas. He pensado que todo esto no estaba sucediendo. ¿Qué hago conduciendo hacia el pueblo un martes de principios de junio? Ha sonado el teléfono. Era Jimena, mi jefa. Me ha molestado que se cortara la música. No me apetecía hablar.
—Marc, me he enterado. Lo siento mucho. Tómate los días que hagan falta. Descansa y manda un abrazo a toda tu familia.
No sé qué he contestado. Detesto a Jimena. Es desordenada, caótica, irresponsable. La música de Ill Considered me ha parecido una especie de ansiolítico o de narcótico. He entrado en un estado difuso, abstracto, irreal. Los campos han empezado a amarillear. Una bandada de pájaros ha pasado delante del coche. La vida en curso. Un tractor atraviesa el horizonte. Afuera se siente el calor. España es un hervidero. Me han sonado mensajes. Las noticias vuelan. He imaginado el flujo de mensajes. Mi ex mujer avisando a amigos, amigos avisando a amigos. Me ha llamado Nacho. No sé qué he hablado con Nacho. Me ha llamado Pep. Veo las palabras sobrevolando por ese espacio de Castilla-La Mancha. He recordado una vez que fuimos con mi padre y mi madre al sur. En el coche jugamos a un juego que se inventó Ana y que tenía unas reglas absurdas o que iba cambiando cada vez que perdía. Mi madre, de repente, se quedó mirando hacia el horizonte, se quedó callada y no volvió a hablar. Éramos pequeños y mi padre nunca supo gestionar quedarse solo con dos chicos adolescentes. Desde entonces mi padre también vivió una vida que no entendía. Claro que las vidas cambian de golpe. La mayoría de las veces no hay transición. Cuando mi madre se quedó callada, mirando hacia la nada en una carretera de Andalucía, no hubo transición. El cambio fue para siempre.
En Saelices me he imaginado la carretera desde Google Earth. Como si me viera desde un dron. Me he imaginado el coche atravesando la A3. ¿Por qué hay tan pocos coches hoy por la carretera? El calor se nota dentro del coche, y aunque odio el aire acondicionado, lo he puesto muy bajito. Es insoportable el calor y solo estamos a principios de junio. El mundo se está deshaciendo, pero no termina de deshacerse. Es como si todo el rato estuviéramos en el punto en el que el cubito de hielo todavía tiene forma de cubito de hielo, pero en breve, y muy velozmente, se va a deshacer y el agua se va a expandir por una encimera cósmica.
Ana nunca dejó Náquera. No sé muy bien qué vida hace mi hermana en Náquera. No sé por qué nos dejamos de hablar. Fue una excusa. Nunca soportamos que nuestro núcleo familiar se deshiciera, también como el hielo. Tengo ganas de ver a Ana, pero no sé qué le voy a decir. No sé de qué vamos a hablar los Ferrer Navarro cuando solo quedamos dos. Somos un apellido que se va diluyendo en la nada o esparciéndose. Entonces he visto que estaba encendida la reserva del coche. No sé cuánto tiempo lleva encendida y me he alarmado.
He cogido el primer desvío en Honrubia, pero me he equivocado. Me he parado para meter en el GPS la búsqueda de una gasolinera cercana y me ha hecho una ruta que ni he chequeado. Me ha empezado a dirigir por una carretera secundaria. Obedecía a Google. Es mejor obedecer cuando no quieres tomar decisiones. La carretera se va transformando. Aparecen pinos, la tierra es más roja. El aleatorio de la música ha ido poniendo la música que le ha dado la gana. El algoritmo, en el fondo, es eso. La máquina haciendo lo que le da la gana. He visto que el teléfono estaba lleno de mensajes. No he cogido ninguna llamada. He visto que había una de Ana. Vuelvo a pensar en un dron desde el que veo mi coche avanzando por esa carretera secundaria. No pasan más coches. Es como si me hubiera quedado solo en el planeta. Entonces veo, de repente, el Hotel Claridge. Había oído hablar de él. Un hotel abandonado que cerró de golpe en el 98 porque el tráfico dejó de pasar por ahí. Me he parado en el parking. He apagado el coche y me he bajado.
Es hermoso el Claridge. Brutalismo moderno. El hormigón moldeándose en curva y el vacío alrededor. Me he sentido como los tipos esos que han subido a la Luna. 32 grados a las 10 de la mañana. He rodeado la fachada. Había un grafiti pequeño, entre todos los inmensos, que ponía: "Hasta que el miedo te tenga miedo". He vuelto a pensar en Ana, me la he imaginado haciendo la burocracia del deceso. Las señoras del pueblo dándole el pésame. He rodeado el edificio. Había otro grafiti minúsculo que ponía: "Paul y Lucía. Julio 99". El mismo mes que yo empecé con mi ex mujer. He llegado al recinto de la piscina. La forma curva me ha recordado a lo que imagino cuando me hablan del espacio y del universo y de las formas del no tiempo. El tiempo da la vuelta y continúa. Al fondo, a lo lejos, se ve el pantano. Entonces he decidido entrar dentro del edificio.
Dentro huele a pino o a algún árbol. La naturaleza siempre gana. La mala hierba y las ramas devorando el hormigón en una lucha que durará años, quizá más de un siglo, y el hormigón no cederá tan fácil. He escuchado, de repente, unos pasos. He mirado a los lados y he visto un hombre al fondo, en una escalera. Estaba metido en la sombra y solo veía una silueta. He pensado que era mi padre. El hombre me ha saludado con normalidad. Como si fuera normal que dos personas estuviéramos metidos en ese hotel abandonado. Me he quedado quieto porque no he sabido cómo actuar. Él ha descendido los últimos escalones, pero seguí sin identificarle. Luego me ha dicho una frase que no he comprendido. No he contestado. Me he sentido aterrorizado y absurdo. He llorado, por primera vez, la muerte de mi padre.
—Te has dejado el ordenador sin cerrar —me ha dicho de golpe.
—¿Qué ordenador? —he preguntado sin entender absolutamente nada.
—El de la oficina. Lo has dejado abierto. Es un error que no puedes cometer.
—Pero ¿cómo lo sabe?
—Eso da igual. Ahora todo se empezará a desordenar, pero no te vas a dar cuenta. Cuando te das cuenta, ya está todo desordenado. Verán tus mails, verán tus archivos, tu ex mujer te verá aún más como un enemigo. Claro que se entra en otro mundo cuando muere alguien cercano. Son estados. Todo se transforma y nadie se da cuenta. Pero son saltos. El tiempo deja de ser constante.
He tenido ganas de sentarme en el suelo y tranquilizarme. He mirado los espacios del Claridge. Entonces el hombre ha vuelto a subir la escalera. Le he visto subir y desaparecer. Entonces me he ido detrás de él. Arriba no veía nada o muy poco. Ha desaparecido al fondo de un pasillo. He entrado en lo que debía de ser una habitación. Había un colchón. Me he tumbado y me he quedado dormido. Cuando he abierto los ojos no sabía cuánto tiempo había pasado. El móvil estaba en el coche. He bajado corriendo. La luz había cambiado y he sentido una angustia profunda. El coche no estaba. Me he quedado de pie, mirando la carretera por la que no pasa nadie. He pensado en mi hija Paula. Estoy convencido de que un día vendrá aquí, detendrá su coche, bajará y yo estaré ahí, de pie en la escalera, esperando ese momento todos estos años.

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