martes, abril 14, 2026

La velocidad del Boogaloo

Había quedado en acercarme al taller de Mauro en La Florida para escuchar y ver su colección alucinante de vinilos. Mauro posee una de las colecciones más peculiares de discos de toda la ciudad. Experto en boogaloo, salsa, mambo y Latin soul, poder acceder a su taller y compartir con él unas horas era un privilegio que meses antes no me hubiera planteado. Pero conocí a Mauro una noche en un local cerca de Sabana Grande, donde estaba haciendo una sesión memorable. Un amigo común nos presentó y estuvimos hablando un buen rato. Mauro tiene un discurso peculiar. Hila las frases y los razonamientos como si las cosas del mundo —y por mundo me refiero a esa capa de realidad en la que estamos sumidos y que muchas veces parece una narración en off— no le concernieran. Para Mauro, daba la sensación de que, más allá de su relación con sus vinilos, con los sellos discográficos con los que se comunicaba y con los músicos, lo demás no tuviera una importancia excesiva. Podría decirse que Mauro había traspasado una capa al alcance de unos pocos.

Me subí en una camioneta en Chacao para cruzar hasta La Florida. El taller de Mauro estaba al lado de la funeraria Vallés, en una especie de galpón. Las indicaciones eran precisas: debía atravesar un pequeño callejón a un lado, tocar una puerta con aspecto muy deteriorado que Mauro abriría desde dentro y cruzar un pasillo entre galpones para alcanzar un habitáculo al fondo. Yo había visto fotos del taller de Mauro en una publicación de Instagram de Roberto Parques. Supe que a Mauro saber su guarida expuesta en redes le pareció una traición. Roberto Parques borró la publicación, pero muchos ya habíamos visto algo de los entresijos de ese lugar mitológico dentro de la música de la ciudad.

Caminé hasta la Francisco Miranda escuchando una lista de Latin soul y boogaloo que había descubierto de un DJ de Ciudad de México. El día era hermoso en Caracas. Lo cierto es que todos los días son hermosos en Caracas. Los seis meses que llevaba viviendo ahí, cada día parecía el día con la mejor temperatura de la historia. Puse un pie en la acera al ritmo de «Karate Boogaloo» de The Emperors. Sentí olor a cilantro y a hervido que salía de la cocina del hostal donde vivía. Me sentí rítmico y, por qué no decirlo, sabroso. Estaba algo eufórico. Los meses en la ciudad estaban siendo mucho más fructíferos y emocionantes de lo que había prefigurado. Estaban sucediendo cosas inesperadas y, salvo un par de situaciones extrañas, no había sufrido esos grandes altercados con los que me advertía la gente antes de venir. Saltó «Barefootin' Boogaloo» de Robert Parker cuando alcancé la avenida y me detuve en la parada a esperar mi camioneta. La parada estaba atestada de gente apurada que miraba sin parar a ver si llegaba su carrito por puesto. Cuando empezó a sonar «Working in a Coalmine», apareció el mío.

La camionetica iba atestada. Me metí como buenamente pude, me agarré en la puerta, con un pie en el primer escalón y el otro colgando sobre el asfalto. La camioneta salió disparada por Francisco Miranda hacia el oeste. Cuando empezó a sonar «Bang! Bang!» de Joe Cuba en mis auriculares, la velocidad era trepidante e insólita. Los pasajeros, que éramos un amasijo de manos, pies y cabezas, nos movíamos como si fuéramos parte de una coreografía desquiciada. El trópico tiene sus propias normas. Dos paradas después hubo un descenso masivo de peatones y, sin llegar a quedar vacío, al menos pude acceder al pasillo. Éramos muchos pasajeros, pero al menos íbamos mejor acomodados. El autobusito tomó el desvío hacia la Libertador. Se detuvo en un semáforo. A nuestro lado, otra camioneta. Vi que los pilotos se miraban y se increpaban en un tono de voz excesivo. Hubo algún insulto y algún reclamo. Detuve la música en mis auriculares para atender, pero casualmente el autobusero tenía puesto a todo volumen «That's How Rumors Start» de Joey Pastrana.

—¡Coño e tu madre, agallúo! Tú lo que quieres es robarme todos los pasajeros. Ya fue, güevón —gritó excesivo el otro piloto.

Semáforo en verde.

A partir de ahí todo cambia. Nuestro autobús sale disparado para tomar el desvío por la Libertador. El otro piloto va en paralelo. Los pasajeros que vamos de pie nos tambaleamos. Casi caigo encima de la mujer que tengo delante. El tipo que tengo a mi derecha me empuja sin querer. Todos lanzamos manos para sujetarnos y sujetar a los demás. Si cae uno, caemos todos. Hay una coreografía extrema. Ya no somos cuerpos independientes: estamos todos interconectados y lo sabemos. Una cosa fascinante de la ciudad es que muchas de las camionetas tienen unos sistemas de sonido que parecen discotecas. Nuestro piloto sube la música cuando arranca «Right On» de Ray Barreto. La percusión de la intro acompaña precisa la carrera. El otro piloto acelera y toma delantera. Desde nuestras ventanas vemos, a través de sus ventanas, a los pasajeros del otro autobús que también se sujetan como pueden. Nos miramos con piedad y sin ningún espíritu competitivo. Nadie quiere ganar salvo los pilotos. La señora a la que llevo sujetando todo el rato para que no se caiga increpa a nuestro piloto:

—¡Pero muchacho loco, bájale, que nos vamos a matar! ¡Irresponsable, chamo!

Pero nuestro piloto no atiende a razones y pisa duro el acelerador. Todo vibra, todo tiembla, todo se destartala. La arquitectura de la camionetica no da más de sí. Hay sismos con menos vibraciones que las que sufrimos en el pasillo atravesando la Libertador. El hombre que tengo a mi lado suspira. A su lado, una chica hermosa empieza a sudar. Tiene ganas de gritar y me mira diciendo:

—Vamos a morir.

Intento tranquilizarla cuando arranca una versión prodigiosa de «Touch Me» de The Doors por La Lupe.

—No te preocupes, en la próxima parada nos bajamos todos —digo para relajar la tensión.

Pero a esas alturas el autobús no es que dé la sensación de que no vaya a parar, es que si para, revienta. Hay un efecto físico imposible, como si la camioneta fuera una turbina que se autorregula. Su propia velocidad y toda esa inercia que genera la aceleran aún más. Los cristales parecen percusiones, el suelo se abre. Nuestro piloto mira al frente como el que mira el infinito, como el que mira el fin del mundo. El otro piloto ha intentado una maniobra con la que nos ha rozado. Nos hemos amontonado todos sobre el hombre sentado con maletín que tenemos detrás. Somos cinco sobre uno. El hombre va a colapsar. Nos sujetamos entre todos y, con una coordinación digna de elogio, logramos, como un solo cuerpo, ponernos de pie. Arranca «Everything Gonna Change» de Jean Paul "El Troglodita" y yo, apropiándome del título y para insuflar ánimos en mis compañeros, grito:

—¡Todo va a cambiar!

Pero nadie me escucha.

La chica mira hacia nuestro piloto y le insulta desesperada. En ese momento nuestra camioneta toma la delantera. En ese momento, y confieso que no me siento orgulloso de ello, siento una especie de alegría: puestos a morir, al menos que ganemos. La otra camioneta, sin embargo, hace un quiebre, adelanta al Chevrolet que tiene delante y se pone en cabeza por pocos centímetros. En ese momento me pregunto dónde estará la meta, dónde acaba todo esto. Empieza «You're Moving Too Fast» de Bobby Marín. Nuestro piloto, que objetivamente está más desquiciado que el otro y que probablemente desconoce qué es la precaución y el instinto de supervivencia, hace una maniobra totalmente perturbada. Varios autos se desvían abruptamente y él se pone en cabeza. Estamos llegando a la parada donde debo bajarme, pero dudo de si a esas alturas alguien va a frenar. Entonces yo también grito:

—¡Mamagüevo, frena esta vaina que nos vamos a matar!

Todos nos miramos sujetándonos, sosteniéndonos. El ser humano es bueno, pienso filantrópicamente. El piloto entonces empieza a girar. Mira a los lados. Se escuchan cláxones por toda Caracas. El otro piloto está por detrás, se ha dado por vencido. Baja la velocidad y, sin ser conscientes, nos vamos soltando entre los pasajeros. Ya no somos un organismo plural, vamos recuperando nuestra individualidad y algo de sosiego. El autobús frena en la parada. El otro autobús se pone a un lado. Los pilotos se insultan enfurecidos mientras todos, absolutamente todos los pasajeros de ambos autobuses, bajamos casi a la carrera. La acera se llena de gente que insulta enfurecida a ambos pilotos, que a esas alturas están uno frente al otro a punto de pegarse. Sé, lo reconozco, que no es apropiado, pero me he quedado mirando a la chica que formaba parte del organismo del pasillo. De dentro del autobús vienen las notas de piano de «Baby Boogaloo» de Ñico Espinosa y su orquesta. Me he acercado a ella mientras suena ese coro: "¿Tú quieres gozar, eh, baby?"

—Fue así, hijo, cómo conocí a tu madre. En nuestra boda el DJ fue Mauro y, en vez de un vals, bailamos «Esto se baila así», de Lavoe y Colón.

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