Anotaciones
No sé si podría sacar conclusiones. No fue trascendente ni medianamente importante, no sucedió nada llamativo y tampoco es el resultado de una profunda investigación. La vida, la mayoría de las veces, camina hacia la nada. No es ni siquiera la crónica de un día importante, pero hay algo que invisiblemente se une en esa mañana.
Era un miércoles de abril en el que por fin la temperatura era agradablemente cálida y la primavera empezaba definitivamente a ganar la batalla. Había ido a dejar mi guitarra con el lutier. Es un muchacho profesional, de maneras muy artesanales, meticuloso en su labor y con bastante pasión por lo que hace. Te recoge la guitarra con cuidado, la saca del estuche, la observa con mirada analítica y va comentando cosas que va viendo.
—Ajustaré un poco el alma porque la parte más cercana al clavijero tiene una leve desviación. Nada grave, pero estará mejor.
Luego sigue mirando. Coge la guitarra con un cuidado que sorprende y agrada. Entiende que el instrumento es algo más que una mera guitarra para el que la lleva.
—Limpiaré los trastes y la electrónica. Está bien, pero conviene darle un mimo.
Luego la enchufa, toca algunas escalas, prueba distintas intensidades. Parece un médico examinando a un paciente frágil. Siempre siento envidia por la gente que trabaja con sus manos, por esa artesanía y esa habilidad. En el artesano se sustenta todo arte. Está el equilibrio y el conocimiento. Para alguien tan torpe como yo, ver a un artesano trabajar produce mucha admiración. El lutier trabaja muy bien. Cuando le veo, entiendo la pasión por un oficio. Hemos perdido en la mayoría de los empleos esa relación con lo que hacemos. Luego me citó para volver a recogerla. No usa teléfono. No usa dispositivos tecnológicos. Casi podríamos decir que es el último de los luditas.
Me despedí de él. Es además un tipo de trato cálido, pausado. Su taller está en una zona de Carabanchel donde la ciudad no se definió del todo y colean los intentos de una zona industrial que debió de ser devorada por la velocidad del crecimiento. Son edificios con espacios muy amplios, diáfanos, industriales. Él tiene cientos de instrumentos desplegados por la enorme sala. Su compañero arregla sintetizadores, órganos y amplificadores. El espacio es el paraíso del amante de lo analógico. Se podría rodar la escena de una película de género ahí. No sé de qué género, no sé qué guión.
Salí a la calle. Hubo una época que frecuentaba mucho esa zona; hoy voy muy poco por ahí, así que aproveché para recorrerla un poco. En vez de ir directamente a la estación de Oporto, me desvié por las calles de dentro. Atravesé Casar de Palomero, vi el espacio social y los locales de ensayo. Luego fui por Prímula hasta El Toboso. En el cruce, un hombre hablaba por teléfono nervioso:
—Te mandé el correo anoche. Necesito saber algo ya —le decía alterado a su interlocutor.
Cogí Ervigio para meterme por las pequeñas calles de la colonia Santa María Micaela. De repente entras en otro tiempo. En la ciudad fuera de la ciudad. Se bifurca el espacio. Una buena cantidad de manzanas con casas bajas o de dos plantas, unas pegadas a otras, conservando cada una individualmente su jardín. Madrid deja notar con frecuencia su suelo de pueblo castellano. Pasé por delante del Bar la Esperanza. Un hombre apoyado en la puerta miraba sin mirar. Sospeché que era el dueño del bar y que dentro no había ningún cliente. De dentro venía el ruido de la televisión encendida. La voz de un locutor ofreciendo un producto inmejorable. Ese hombre, estoy convencido, no habitaba en el año 2026. Seguí calle abajo. En Marqués de Vadillo entré al metro. Miré el móvil. Iba bien de tiempo.
El vagón no estaba especialmente lleno. Entré en el túnel. Me había quedado de pie. Frente a mí, un chico de unos veinticuatro años, muy delgado, de aspecto muy frágil, leía concentrado Historia de Shuggie Bain. Llevaba algo más de la mitad del libro. No levantaba la vista. Estaba leyendo muy concentrado. Entonces me seguí fijando en los otros pasajeros. A mi lado, una mujer de unos cincuenta, de aspecto andino, enviaba fotografías de arreglos florales por WhatsApp. Había hecho una selección amplia e iba adjuntando las fotos. A su lado, otra mujer leía un libro digital. Los libros digitales son terribles para los fisgones. No puedes saber nada sobre ellos. Ves una pantalla que rebota letras muy contrastadas, pero no sabes títulos, no sabes nada. ¿Qué libro leería esa mujer?
De resto, la mayoría de los pasajeros iban mirando su móvil. Un señor de unos sesenta miraba Instagram. Iba pasando publicaciones y reels sin medida, sin control. Somos ludópatas de la imagen. Vamos metiendo monedas en el móvil esperando no sé muy bien qué imagen final. Un poco más allá, un chico leía con atención publicaciones de Twitter. Los otros pasajeros miraban sus pantallas, pero no tenía acceso a ver qué veían. ¿Qué vemos cuando vemos el teléfono? Tiene algo de túnel y de agujero. Un túnel invisible y un agujero profundo. Llegué, me bajé en Chueca. Afuera era tan bonito el día. Tan reluciente. Con esa temperatura perfecta. En la plaza, una enorme lona cubría las obras de un edificio. La lona publicitaba Uber. Un tipo destartalado tocaba la trompeta en medio de la plaza. Tocaba versiones muy adulteradas de canciones antiguas. Esos músicos repiten tantas veces esas canciones que terminan modificando ligeramente la melodía, los acentos, mueven las síncopas, porque su relación con esas canciones es física, artesanal. Caminé hasta casa. Llegué a casa. Encendí el ordenador y me puse a escribir esto. Aún no sé muy bien por qué. ¿De qué trata este texto?

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