miércoles, junio 24, 2026

Noche de San Juan en Madrid

 A las 23:34 Claudia sale de casa con el ritmo cardiaco totalmente acelerado. Acaba de discutir con Pietro. La discusión ha variado del italiano al castellano en un orden no elegido. Las frases, a ratos cargadas de insultos, se han movido entre las dos lenguas de una manera no descifrable. La noche en Madrid es abrasadora. A esa hora el termómetro no ha bajado, aún, de los 35 grados.

Dos minutos antes, a las 23:32, en esa hora capicúa y hermosa, Rafael iba caminando por Gran Vía y ha visto a un grupo de jóvenes turistas nórdicos. Iban riendo y hablando alto. Llevaban ropas frescas y estaban, y eso probablemente no lo sabían, viviendo una noche memorable y triste. Rafael les ha visto pasar y ha visto pasar por su memoria, si es que la memoria fuese un lugar por el que pasan cosas, un recuerdo doloroso y triste. Parecen incompatibles el calor extremo y la nostalgia, pero se ha sentido profundamente triste, por una conjunción de sensaciones, imágenes y amontonamientos abstractos.

A las 23:35 Marco está sentado en la plaza del Alamillo. En un banco que hay justo en la curva que hace la calle de la Morería. La calle estaba casi en silencio. Se escuchaba desde la calle de Alfonso VI el sonido de platos de alguien recogiendo la cocina. Ha pasado una mujer con un perro. La mujer hablaba al perro con ternura, pero también dominante y posesiva. Pasaba del inglés a un torpe español. Marco ha pensado si el perro preferiría un idioma, si el perro entendería mejor una lengua que otra. El perro ha orinado en el árbol de enfrente. Un hombre con dos caniches ha pasado y, amable, ha saludado a la señora. "Solo se puede salir a esta hora" —ha dicho el hombre de los caniches—; la mujer ha contestado algo inaudible.

A las 23:34 Pietro ha visto salir a Claudia. Se ha lanzado al sofá con ganas de llorar. Claudia es cruel, piensa con frecuencia Pietro. Escucha la puerta del portal cerrarse. Duda de que Claudia vuelva esa noche. Deja la casa a oscuras. Tiene ganas de llorar. Tiene ganas de salir corriendo detrás de Claudia. Tiene ganas de masturbarse con rabia. Como una forma de venganza. Piensa en masturbarse pensando en Ale, la mejor amiga de Claudia, pero no porque le atraiga Ale, sino porque así, de alguna manera, se vengará de Claudia. No lo hace. Se queda mirando la marca de la farola en la pared del fondo del salón.

A las 23:36 una pareja se besa en la cuesta de los Ciegos. El más joven se llama Nico, el más mayor se llama Agustín. Se conocieron el fin de semana anterior. Se llevan 25 años. Nico apenas es recién mayor de edad. Agustín es un hombre casado y confundido. Es inconfundible el sentimiento de ambos. Se atraen profundamente y están merodeando ese torbellino que solemos llamar enamoramiento.

A las 23:37 Ander camina con sus amigos por la ciudad a la que han llegado dos noches antes. Está algo borracho y cansado. El calor le parece excesivo y casi violento. Sus amigos van gritando, atravesando Gran Vía, camino de un parque donde se reunirán con otro grupo de amigos. En ese momento se pregunta si merece la pena viajar. Si merece la pena el esfuerzo de juntarse con esos amigos con los que cada vez tiene menos que ver. Ya no siquiera le gusta estar con Elin. Elin le parece cada vez más lejana y extraña.

A las 23:34 Javi sale del portal en la calle de la Redondilla con sus dos caniches. Lleva todo el día frente al ordenador. Está agotado y casi deprimido. Llega al final del proyecto prácticamente desahuciado y vacío. Los últimos dos días ha estado pensando seriamente en dejar la empresa, dejar el trabajo y hacer otra cosa. Mira a los caniches girar en Alfonso VI. Baja pensando en dinámicas de trabajo. En frases y partes del proyecto. Al fondo, en el banco de la calle de la Morería, un hombre triste y apocado le mira con desgana. Ve salir a una mujer con un perro. Javi saluda. Hace calor. Tiene ganas de irse de Madrid. Recuerda entonces que es la noche de San Juan. Recuerda una noche de San Juan del año 89 en Vigo. Una hoguera memorable y la voz de Susana diciendo: tienes que lanzar un papel escrito con las cosas que quieres que se vayan. "Que se vaya la angustia" —piensa Javi mirando al hombre del banco.

A las 23:37 Julio, un taxista serio y poco conversador, coge a una mujer en San Bernardo. La mujer va seria en la parte de atrás. Manda mensajes de móvil y a ratos mira por la ventana. Julio sospecha que está a punto de empezar a llorar. La mujer le ha dicho que la lleve hasta las Vistillas. Gira de San Bernardo hacia Gran Vía. En el semáforo en rojo, un hombre que camina cabizbajo mira a Julio mientras cruza el paso de cebra. El hombre mira desde lo lejos, desde una lejanía incomprensible. Mira, eso piensa Julio, desde el pasado. Entonces Julio mira por el retrovisor y ve a la mujer, que efectivamente se ha puesto a llorar ligeramente. Coge el teléfono y manda un audio: "Hoy no duermo en casa, Pietro. No me esperes". La mujer entonces mira por la ventanilla. Julio mira en la misma dirección que ella mira. Un grupo de jóvenes turistas avanza por Gran Vía. Son kilos de euforia en medio de esa noche de San Juan, piensa mirando cómo uno de ellos avanza, torpe y borracho.

23:41 Agustín ha subido las escaleras de la cuesta de los Ciegos. Se siente culpable y extraño. Su cerebro envía señales confusas de atracción y amor y un poderoso sentimiento de culpa. Piensa en Nico, en la vida de Nico. Piensa en el futuro de Nico. En los posibles caminos de su existencia. En su belleza y en su sinceridad. En ese momento ha decidido que jamás le volverá a ver. Cuando llega arriba, ve a Nico como una figura diminuta y lejana perderse por la calle Segovia.

A las 23:45 Pietro escucha el audio breve y conciso de Claudia. Se pone a llorar. Siente tristeza e ira a partes iguales. ¿Qué hago en este país? —piensa desconsolado. Debería dejar este país, se dice a sí mismo. Concluye que lo que debería hacer al día siguiente, día 24 de junio, es irse al aeropuerto y no volver a pisar Madrid jamás.

A las 23:51 Javi llega con los caniches a las Vistillas. Se sienta en un banco y ve el viaducto desde esa perspectiva. Se acuerda de lo que le contaba su madre. Un hombre se lanzó una mañana temprano. Debajo pasaba un joven panadero que llevaba pan a alguna parte. El suicida lo aplastó con el peso de la caída. El panadero murió y el suicida permaneció vivo e ileso. Ve desde un lado a un hombre venir. Es un tipo elegante y firme. Se miran como se miran los desconocidos en un parque vacío en la noche.

23:37 Rafael cruza un semáforo en Gran Vía. El taxista detenido le mira. Él mira al taxista. Reconoce a Julio, pero Julio no le reconoce a él. Rafael entonces recuerda la época en que trabajaban juntos. ¿Cómo habrá terminado conduciendo un taxi? En la parte de atrás una mujer tiene la cara iluminada por el teléfono. Mira la pantalla y llora. Cruza. El semáforo se pone en verde para los coches y ve el taxi salir. Entonces Rafael, absurdo y caótico, para el taxi que va detrás y le pide que siga al taxi de Julio. "Como en las pelis" —dice el joven taxista. "Como en las pelis" —confirma Rafael.

A las 23:57 Claudia se baja del taxi en Bailén con Gabriel Miró. Paga con el teléfono. Da las gracias y se despide. En la acera de enfrente una mujer con un perro la mira, como se miran los desconocidos en la noche. Claudia mira la hora y ve la fecha. "Es la noche de San Juan" —piensa y sonríe con ironía. "Hay que quemar lo malo, lo que no quieres en tu vida" —recuerda. Avanza por la acera hacia el viaducto.

23:58 Agustín alcanza Bailén. Ve a una mujer pasar firme por la acera. Al otro lado una mujer con un perro mira a la mujer. Un taxi se detiene justo a su lado. Baja un hombre apocado y triste, que intenta detener el taxi de delante que ya ha arrancado. ¿Quién quiere detener un taxi bajando desde otro taxi? —piensa Agustín.

23:59 Marco ha seguido paseando. Del Alamillo ha girado y ha merodeado la plaza de Granado. En el paseo piensa que lo que menos le gusta de Madrid es que no celebra la noche de San Juan. Piensa, inocente y esperanzador, que el parque de las Vistillas es idóneo para unas hogueras controladas y que quizá hay una asociación de vecinos motivada que está celebrando algo allí. En la cuesta de Caños Viejos ve el viaducto. Sube las escaleras para alcanzar Bailén.

23:59 Claudia sabe que las mamparas que pusieron a lo largo del viaducto se pueden sortear desde el lado de las Vistillas. Entra y avanza entre el pretil y las mamparas. Ha guardado el móvil en el bolso. Ya no piensa en Pietro. Ya no piensa en nada. Mantiene una sensación parecida al sosiego y a la paz.

23:59 Rafael no ha logrado ser visto por Julio. Paga el taxi. "Se acabó la película" —le dice al joven taxista y se queda parado en medio de la calle Bailén. Mira a los lados. Mira la hora y se acuerda de las hogueras en Coruña. "Hay que eliminar lo que no se quiere" —le dijo su abuela una noche en Riazor.

23:59 Javi ve a la mujer avanzar por el viaducto y sale corriendo. Corre con los dos caniches y las correas. Los caniches ladran. La mujer se pone en pie.

23:59 Marco reconoce al hombre de los caniches corriendo por la acera de enfrente. Mira a los lados. Un poco más allá la mujer bilingüe con el perro bilingüe. Un hombre apocado y triste le mira desde la otra acera. Los dos tratan de comprender.

00:00 Agustín se ha sumado a la carrera de Marco, pero llegan tarde. Ya es muy tarde. Ya es 24 de junio. Ya es San Juan.

00:01 Pietro empieza a hacer la maleta, porque decididamente se va de Madrid. Mantiene la casa a oscuras, porque la luz, esta noche, le recuerda al fuego.

00:14 Ander está tan mareado que ya no siente nada. El grupo avanza siguiendo el GPS. La voz del móvil les indica que avancen 135 metros y llegarán a su destino: las Vistillas. Pero el puente está bloqueado. Está lleno de patrullas y luces de policía. La zona está acordonada y no les dejan pasar. "Es una noche extraña" —piensa Ander, con ganas de irse a dormir al hostal.

00:16 Nico abre la puerta de la casa de sus padres. Intenta no hacer ruido para no despertar a nadie. Sin embargo, su padre está sudado y desvelado en el salón. Le saluda con cariño y le dice que no puede dormir. Que el calor es insoportable. "Me acabo de dar cuenta de que es la noche de San Juan. Era mi noche favorita cuando era pequeño". Nico tiene ganas de llorar pero retiene, como buenamente puede, las lágrimas. "En la noche de San Juan hay que escribir en un papel lo que quieres dejar ir y quemarlo". Nico entonces arranca dos hojas de un cuaderno que hay sobre la mesa. Coge dos bolígrafos y le da uno al padre y otro para él. Escriben y queman los papeles en la terraza. Huele a humo y a verano. Nico entonces abraza al padre y se pone a llorar. El padre mira desde la terraza. Al fondo, a lo lejos, el viaducto lleno de luces azules. "Es extraño que no se celebre la noche de San Juan en Madrid" —dice contrariado.

martes, junio 23, 2026

Nicomedes en el espejo

Me gusta que el programa se grabe en un teatro porque, aunque la televisión dicta las normas, el espacio te da la sensación de directo, de representación y de ritual. El público en las butacas, los focos, la forma del escenario. El teatro es, aún, un contacto con el presente, con el drama y la comedia, con la simulación y el acuerdo.

Ese día grabábamos el último programa de la temporada. Me habían maquillado y vestido como al excesivo actor Nicomedes Eloy. Es una de mis imitaciones más famosas y reconozco que es una de las voces que mejor imito. Cuando salgo en pantalla hay segundos que es difícil descifrar que soy una parodia y hay quien durante minutos cree que el Nicomedes que ven diciendo realidades confusas es Nicomedes y no una imitación. Mi abanico de imitaciones es amplio y crece poco a poco. El trabajo es arduo. Completar una imitación conlleva una observación y una adaptación física que no siempre es fácil explicar técnicamente. Te vas volviendo el otro. Te vas haciendo él. Es parecido a dejar de ser tú. Hay veces que entras de pleno en el otro. Comprendes su movimiento, con lo que eso conlleva. Porque nadie comprende su movimiento, nadie analiza su voz o sus gestos. Es el imitador el que tiene que asimilar y deshacer eso para hacerse el otro. Con Nicomedes Eloy fue fácil, porque desde joven era un actor que me producía una extraña sensación de angustia. Adorado por las masas hace dos décadas, mantiene el respeto intacto, aunque muchos en el sector saben de sus formas. Altivo y arrogante con los trabajadores, evasor de impuestos, insolidario y ambicioso. Pedante y cruel. Tiene un conglomerado de empresas del espectáculo, donde ninguno de los empleados está bien pagado. Sin embargo, la cara conocida de Nicomedes es la del gran actor. Divertido y excéntrico. Simpático en pantalla y con el don de caer bien a las masas. Ser Nicomedes requiere conocer y descifrar los dos lados. Los gestos revelan las dos verdades. El actor carismático y el empresario despiadado. Mi amigo Raúl, que trabajó en una gira de teatros con él, contaba de su ira en los ensayos y en las pruebas de sonido y luces.

—Era la época que estaba completamente alcoholizado. Bebía ron con Coca Cola como el que bebe agua fresca en el calor del verano. A media tarde siempre hacíamos una prueba de luces, sonido y a él le servía para calentar la voz y el cuerpo. A esa hora debía de llevar más de cinco o seis copas. Deambulaba por el escenario anárquico y violento. Declamaba siempre poemas que parecían inventados y que no tenían mucho sentido. Al mínimo problema nos insultaba a todos los técnicos. A veces, si sonaba un acople o no se encendía un foco a tiempo, lanzaba el vaso con hielos y restos de ron contra las butacas. Y gritaba: "¡Sois todos despreciables!" Pagaba mal y tarde. Era un auténtico hijo de puta —contaba siempre Raúl.

Pero una cosa es quién se es y otra quién se muestra. Y ya sabemos que el teatro es representación. Así que Nicomedes era complejo de imitar, pero una vez que alcanzabas el gesto preciso, un gesto te llevaba a otro. Así que en camerino Lucía y Paco me maquillaron como siempre. Son delicados y precisos. Estudian los rasgos, las marcas exactas del rostro, el estilo en la ropa y en el pelo, y en hora y media no ya solo por fuera, sino por dentro, eres el otro. Me miré, vi en mis ojos los ojos de Nicomedes. Adapté mi boca, los músculos faciales son más moldeables de lo que se sospecha, y salí al escenario.

El programa no tiene guión y está basado en la inspiración y talento de mis compañeros. El público ríe y los técnicos y realización se adaptan a nuestro tiempo. Cuarenta minutos después estamos en pie. Aplausos, risas y vuelta al camerino. Siempre es igual. De camino al camerino se comentan las bromas, las frases ingeniosas y quedamos en tomar una cerveza en el bar de la calle de atrás. Me meto al camerino. Me siento a respirar un rato para dejar salir a Nicomedes y me empiezo a desmaquillar. Esos son los pasos o eran, salvo ese día, que escuché que alguien pasaba la llave en mi puerta, que reverberaban puertas cerradas por los pasillos de arriba y que todo se sumía en un silencio molesto, excesivo. Me miré en el espejo reconociendo aún a Nicomedes, pero viendo mi rostro emerger despacio detrás; me había quitado algo de maquillaje y una horquilla que me mantenía el lado derecho parecido al peinado del actor. Me miré mirándome entre Nicomedes y yo. Me puse en pie y comprobé que, efectivamente, me habían dejado encerrado en el camerino. Di unos cuantos golpes en la puerta y grité "¡Hola?" con la voz de Nicomedes aún, para ver si alguien me escuchaba. Definitivamente me había quedado encerrado en el teatro. Más aún, me había quedado encerrado en ese minúsculo camerino. Mi mochila, que se había quedado en el otro lado, con el móvil y mis cosas, me alejaban aún más de mí mismo y de la posibilidad de salir. Decidí, entonces, esperar pacientemente a que mis compañeros me echaran de menos en el bar.

—¿No ha salido aún nuestro Nicomedes?

Me senté frente al espejo siendo más Nicomedes que yo. Sin saber si desmaquillarme del todo o manteniendo la representación. Hay veces, cuando me miro siendo el otro, que en cierta manera me veo más yo. Es como no verme del todo hace ver algo de mí que no se ve habitualmente. El rostro de Nicomedes, con su gesto duro y pomposo, forzado y falso, que es la faceta que más me cuesta asimilar de Nicomedes. Tengo que ser falso en la constante falsedad del gesto de Nicomedes. Imitar la falsedad de su falsedad. Es un doble gesto que requiere una posición facial muy precisa y muy exacta. Ahí, tras ese gesto doblemente falso, también me encuentro a mí. Todas mis carencias y vacíos, todos mis dolores y angustias. No ser tú te hace ver otro tú y descubrir que también eres, en el fondo, un poco Nicomedes.

—Ahí estás. Imitador. ¿Crees que eso es una profesión, un negocio honesto? —me dice despectivo Nicomedes.

—Es lo que sé hacer o lo único que me permite vivir.

—¿Te permite vivir robar lo que son otros? ¿No podrías haber trabajado en algo honesto, real, válido? Vienes aquí, te miras al espejo y haces de mí y cobras por eso. ¿Qué clase de mediocre vive de no ser él mismo?

—Es representación, Nicomedes. Nadie mejor que tú lo sabe. Tú también imitas, imitas al que quieres mostrar. No lanzas vasos al público. Lanzas vasos al que pagas para que te ayude a no ser tú. A esconderte entre micrófonos y focos. Les humillas y maltratas porque en el fondo te humillas y maltratas a ti. Porque no quieres ser tú.

—¡Oh, el imitador, el roba almas, se cree psiquiatra! ¡Qué estúpido eres! Qué tan estúpido te tienes que sentir para mirarte al espejo y verme a mí y hablar conmigo como si fuera yo. Huyes de ti, porque no puedes vivir de ti mismo, porque no eres nada. Vives de ser otros. No te atreves a vivir de ti. ¡Sal ahí, búscate una vida, búscate a ti mismo y deja de no ser tú!

—Es curioso, Nicomedes, que precisamente tú digas eso. El falso simpático, el falso divertido, el falso alegre. ¿Quién imita más, Nicomedes? ¿Yo? ¿De verdad lo crees? Yo tan solo imito al imitador. Si te imitara a ti, imitaría a ese ser despreciable y cruel. Tóxico y maltratador.

—No digas estupideces. Mírate. Tienes cincuenta años y no sabes aún lo que es vivir de ti. Eres la máscara. Mira cómo te miras. Estás mirándome mirándote. Ves ese rostro diluido de ti en mí y te crees que tú eres yo. ¿Qué clase de engaño absurdo es tu vida?

—Soy un trabajador. Soy un actor. Te puede gustar más o menos lo que hago, pero esto es lo que soy. Me esfuerzo en conseguirlo. Estudio los rostros, los gestos, la manera de mover las manos y descubro el misterio del que imito. Lo que te molesta es que pueda ser tú con tanta precisión. Además debo decir, Nicomedes, que eres de los que mejor me salen. También el expresidente y algunos cantantes, pero sobre todo tú. Logro ser tú porque conozco y alcanzo a ver lo despiadado que hay en ti. Ese desgraciado que ocultas a las masas. Te adoran por lo que no eres.

—¡Cómo te engañas! En el fondo eres entrañable, porque todos los fracasados lo sois. ¿O no es tu vida un fracaso? ¿Qué ha pasado con tu mujer? ¿Por qué te han quitado la custodia? ¿Por qué llegas a casa y no tienes a quien llamar? ¿Por qué tus hermanos no te llaman y tus padres te desprecian? ¿Por qué te esfuerzas en imitar? Porque no sabes hacer nada bien, porque no sabes ser tú. Porque no hay nadie tras la máscara.

—Calla, farsante. Cállate, Nicomedes. ¿Me dices a mí lo que tú también eres?

—¿Yo también soy? ¡Si no soy yo! ¡Si el que te habla eres tú! ¡Eres tan infantil! Te estás hablando a ti. ¿No ves que no hay Nicomedes? ¿De verdad no lo ves?

—¡Calla! ¡Calla ya!

—¿Que me calle? Pero si eres tú el que habla. ¡Mírame! ¡Mírame! ¿No ves que eres tú? ¡Soy un espejo, idiota! ¡En ese espejo solo estás tú!

—¡Calla, imbécil! ¡Calla!

Fue entonces, justo cuando lanzaba el vaso contra el cristal, contra Nicomedes, contra mí, que Julia, la chica de producción, abrió la puerta y me miró.

—Ya estamos aquí, Martín —dijo Julia.

Y yo miraba a Nicomedes en el espejo roto, sangrando y triste. Mirándome por última vez, mirándonos y gritándome:

—¡Sois todos despreciables!

jueves, junio 18, 2026

El viaje de Pascal

Llevaban dos años componiendo canciones. Habían estado discutiendo muchísimo sobre estructuras, estribillos y paisajes sonoros. Habían experimentado, pero seguía siendo música estructural. El resultado no fue malo, pero prescindible, como la mayoría de las canciones que existen.

¿Qué valida una canción? Eso nunca se sabrá.

Cuando habían terminado la grabación, mezcla y masterización, hicieron una escucha conjunta. Dos meses después el grupo se disolvió sin un motivo concreto. Entonces Pascal, guitarrista y compositor, sintió el vacío y la soledad. Decidió emprender su viaje en solitario. Pascal creía en su materia prima, en sus composiciones, en su arte. Dejó el trabajo y se dedicó de lleno a la música. Compuso varios discos de los que no se recuerda el título. Apenas algunas personas de su entorno escucharon las grabaciones. Nadie se sintió traspasado, apelado, conmovido por aquella música. Pero Pascal no desistió. "Soy músico" —decía como el que confiesa su fe en Dios. Entonces se fue de Madrid. Vivió seis meses en Nueva York y se quedó sin dinero. A los seis meses decidió recorrer y trabajar por Estados Unidos. Bajó hasta Baltimore. En Baltimore conoció a los miembros de una antigua banda de indie con los que se llevó muy bien, probó las setas y el LSD —él que había sido reacio a las drogas— y pasó una noche terrible en Patterson Park, al lado de las pistas de baloncesto, donde creyó ver hombres con forma de violín. Sintió también un pánico desaforado. Esa noche creyó morir y renacer. Se fue de Baltimore. Viajó torpemente y casi sin dinero hasta Wisconsin. Entró a trabajar en Noah's Ark Waterpark de socorrista. Una tarde sintió un golpe de calor. Le llevaron a urgencias. En urgencias creyó morir y renacer. Durmió en una casa en Church St. Pensó en la fe, pensó que lo mejor sería creer, creer en algo, pero la fe es biológica, concluyó. La segunda madrugada se despertó en esa casa que compartía con otros socorristas extranjeros. Despertó a Pier, un genovés adicto al hachís. Pier le dijo que si le volvía a despertar le mataba.

—Pier, ayúdame. No estoy bien.

Entonces Pier le miró y se dio cuenta de que Pascal sufría un ataque de pánico. Le llevó a urgencias. En urgencias le entrevistó una psiquiatra.

—¿Qué te gusta hacer? ¿Cuál es tu pasión?

—Soy músico, pero soy mal músico. ¿Cómo se resuelve eso?

—¿Por qué crees que eres mal músico?

—Porque eso se sabe. ¿Usted es buena psiquiatra? Usted sabe si sí o si no. Todos sabemos. Lo demás son merodeos que hacemos para sobrevivir. Pero yo no doy merodeos. Solo creo en la música. Solo siento pasión en hacer música, pero mi música jamás me hará vivir en este sistema.

La psiquiatra le mira y le da la razón:

—Pero ¿qué más da el resultado? —le dice ella.

Se abrazan.

—Yo creo que sí es buena psiquiatra —le dice llorando.

Ella también llora y le acompaña hasta la puerta principal del hospital. Está amaneciendo en Wisconsin. Pascal no vuelve a la casa compartida en Church St. Va hasta el terminal de autobuses y se monta en el primero sin saber a dónde va. Llega a Chicago. En Chicago pasa sus primeros días de vagabundo. Hace calor y está en un estado de ausencia. A veces no sabe si está en Chicago o si sigue en Nueva York. A las dos semanas le detienen por dormir y orinar en la calle. Le llevan a comisaría, le amenazan con deportarle. La visa está a punto de caducar. Logra un subterfugio para salir. Al salir de la comisaría vuelve a Nueva York. En Nueva York trabaja en un restaurante de tacos en Brooklyn. Una noche conoce a Pat Mahoney, el batería de LCD Soundsystem. Hablan de grabaciones, de discos antiguos, de discos actuales, de giras. Pat le lleva a su casa. Duerme en el sofá. A la mañana siguiente Pat le lleva a unos locales de ensayo. Pascal siente alegría por primera vez en dos años. Ve a Pat grabar las maquetas para un disco en solitario. Le dice que si le graba unas guitarras. Pascal, que lleva dos meses sin tocar, coge una Gibson T125 que hay apoyada en una pared y empieza a improvisar sobre una base que ha soltado Pat.

—Qué inesperado —le dice Pat sonriendo. Y lo graban.

Al terminar, Pat le paga por la grabación, cosa que Pascal no esperaba. Salen a la calle. Pascal entonces le dice que le gustaría que escuchara algo de su música. Vuelven a casa de Pat. Lo ponen a todo volumen mientras beben vino. Pat le dice que hace una música fascinante, pero que tiene poco recorrido.

—En el fondo, es como si fueras poeta en vez de músico —Pat se lo dice como halago. Pero Pascal lo siente como un desprecio. Siente ganas de llorar.

Dos días después está en el JFK. Ha decidido volver a casa. Ha comprado el billete con lo poco que le quedaba para sobrevivir.

Cuando llega a Madrid se da cuenta de que no tiene casa, de que no tiene dónde ir. Llama a su hermano para pedirle asilo. Su hermano, que está harto de él, le dice que sí, pero que solo tres o cuatro noches. Se instala allí. Duerme quince horas porque su cuerpo está exhausto. Lleva meses sin dormir bien. A los tres días, sin que el hermano le diga nada, se va. Busca trabajo, pero no encuentra. Se para en la plaza 2 de Mayo. Ve a la gente sentada en las terrazas, a unos jóvenes fumando porros, el movimiento de gente, y piensa que en el fondo su música habla de eso, por eso no lo entienden. Hay dos chicos de unos dieciocho años tocando la guitarra. Uno de ellos toca, el otro rapea. Se acerca a escucharles porque la mezcla le parece curiosa. Escucha las frases y se emociona.

—El delirio y la razón matan al corazón —canta el joven rapero.

Luego hablan. Les cuenta su viaje por Estados Unidos. Los chicos no saben quién es LCD Soundsystem y lo buscan en el móvil. Lo ponen a todo volumen. Pasan dos tipos de aspecto moderno y sonríen.

—Hemos llegado ya al revival de LCD —dice uno de ellos al ver que dos chicos jóvenes lo oyen.

Los modernos se detienen y los cinco empiezan a hablar de música. Pascal cuenta, de nuevo, su aventura con Pat Mahoney. Los modernos invitan a Pascal y a los dos jóvenes al piso de uno de ellos. Beben vino, escuchan música y aparece más gente. Dos horas después el piso está lleno de gente. Pascal habla con un tipo que trabaja en una discográfica independiente y le habla de su música, de su viaje, de su proyecto vital, que no existe, pero que Pascal cree que existe. El tipo de la discográfica, que se llama Juan, le dice que ponga su música para que la oiga todo el mundo. Pascal está borracho y se anima. La pone a todo volumen. Se produce un silencio atronador en el salón. Nadie habla. Todos escuchan. Pascal sabe que a nadie le está gustando. Entonces detiene la música y habla.

—Solo sé hacer esto. Solo me interesa esto y, sin embargo, no lo sé hacer. ¿Qué se hace cuando sucede esto?

Nadie contesta durante unos quince segundos. Es el ambiente más melancólico jamás visto, porque es como si todos cobraran conciencia de que el arte, sobre todo, es absurdo, importante, fundamental, pero absurdo. Entonces Juan, el de la discográfica, le mira y le dice:

—Pero ¿por qué todo es una mentira? —y se pone a llorar.

Es ahí cuando el rapero y su compañero, el de la guitarra, empiezan a tocar. Improvisan unas estrofas hermosas, directas, punzantes, pero llenas de poesía. Todos escuchan atentos. Juan, que ha dejado de llorar, activa su motor empresarial y, al terminar, les ofrece contrato. Ellos aceptan exigiendo más dinero y sus condiciones. Dos meses después, May Sarton System, que así se llaman, han publicado su primer single.

Pascal camina por el paseo de Extremadura escuchando las dos canciones de adelanto de May Sarton System. Reconoce, sin ninguna duda, que la segunda, "El viaje de Pascal", habla de él, y se emociona. La letra es hermosa y épica y es un hermoso homenaje de los dos jóvenes a él. La escucha otra vez con lágrimas en los ojos. "El delirio y la razón matan al corazón. La poesía y la canción son parte del mismo amor. El poeta y el gran músico son canciones sin caparazón." Se detiene frente a la parroquia de Santa Cristina y le manda un mensaje a Pat: "Tenías razón, más que músico soy poeta. Abrazo, amigo." Pat le contesta que ese verano tocan en Bilbao, que viaje para verles, que le invita. Pascal siente que es, probablemente, uno de los mejores días de su vida.

martes, junio 09, 2026

Un día en Oporto

Cogimos el avión a primera hora. El verano estaba entrando con energía en la ciudad y a esa hora  íbamos en manga corta y empezando a transpirar. En el aeropuerto el ritmo ya era frenético, pero es que los aeropuertos se han abonado al frenesí. El mundo se ha desbordado de flujo. Es como si nadie estuviera ya nunca en su ciudad. Como si todos los habitantes del primer mundo hubieran decidido desplazarse constantemente. La maleta con ruedas será el símbolo de esta época, tambien la gente mirando la pantalla de su móvil. Por eso, antes de salir de casa, le dije a ella que iba a hacer el ejercicio de dejar el teléfono. Que no me lo llevaba de viaje. El ritmo, este ritmo, nos está desperdigando.

Nos tocaron asientos separados. A mí me tocó ventanilla en la parte de atrás; a ella, pasillo en la parte delantera. Aproveché para ver las formas de la tierra, los surcos del ser humano, los trazos lineales de la siembra, el urbanismo desbordado, la prolongación de las ciudades. Un coche indescifrable avanzando por una carretera. Luego vi el río Duero, como si fuera una arteria. Saqué algunas fotos, porque me atraen esas formas del campo desde las alturas. A lo lejos vi de golpe la aparición estelar del Atlántico. Era un día despejado y se divisaba un buen fragmento de la península. Cuando nos acercábamos al aeropuerto, reconocí algunas cosas de Oporto desde el aire. En el aterrizaje pensé en el tiempo y en mi edad, pensé en nuestras hijas, pensé en la fragilidad y la física.

Nos trasladamos del aeropueroa la ciudad en el tren rápido. Entrar a las ciudades así te da una perspectiva de su forma. Porque vas de la periferia que avanza haciaa la ciudad central, pero además te deja ver cómo la ciudad convive con la aldea y la gana y la supera. Hay campo aún, hay pueblo. Luego, la ciudad aparece y su estructura indescifrable se aglutina. Cuando te quieres dar cuenta, estás en el epicentro del turismo y en lo que parece un escenario.

El día tenía una temperatura ideal. Estuvimos paseando mucho rato sin orden o con la idea de terminar llegando a la Fundación Serralves. Salimos del embudo central entre esas calles imprecisas y discontinuas, que ni siquiera van paralelas al río. Calles de repente solitarias y vacías, donde parecía que no había nadie. Luego volvíamos a calles más centrales para volvernos a salir sin orden ni decisión. Más que un paseo fue un viaje. A ratos recordábamos otros viajes a esa ciudad o también a otras ciudades. Recordamos otras etapas, otras eras, gente que se fue perdiendo. Otros trabajos. La evolución de nuestras hijas. El paso del tiempo. Estábamos siguiendo una ruta sin ruta. Subimos unas escaleras en Viela do Picoto para cambiar de plano y entrar en la Ruta da Pena. Entonces ella me dijo que sentía nostalgia y una especie de vacío. A un lado de una casa de azulejos rosas y ventanas grises salió una anciana con una bolsa y nos miró. Más adelante, una escalerilla de piedra daba a un parque pequeño. Un hombre mayor estaba sentado en un banco de piedra y se nos quedó también mirando. Dijo algo en portugués que no entendimos. Pensé que no estábamos en la ciudad, o al menos en el presente. "El tiempo se ha vuelto raro" —me dijo ella— y seguimos avanzando. Más adelante, la calle daba a otro tramo de escaleras que daban a una travesía. Nos habíamos desubicado, pero yo no tenía móvil y ella se estaba quedando sin batería, así que no consultamos el mapa. Nos dejamos guiar por la intuición y lo que nos quedara del sentido de la orientación.

Nunca fuimos en línea recta. Creo que, llegados a ese punto, era imposible hacerlo. Seguimos por ruas, travesías y callejones. Cuestas empinadas que daban a bajadas de vértigo. Casas de distintas formas que no seguían un patrón. Mucho rato después —porque el día fue largo y el paseo extenuante— estábamos en la puerta de la Fundación Serralves. En la recepción, una chica nos atendió con desgana. Pagamos la entrada y empezamos el recorrido. No nos explicaron orden o si lo hay. Nos metimos en el museo de arte contemporáneo. Apenas había nadie. Me quedé mirando una luz que entraba por un ventanal. Pensé, no sé por qué, que el día se había bifurcado. Aquella luz que marcaba una sombra precisa en el suelo me pareció la sombra de otra época. Volví a pensar en mis hijas, en el paso del tiempo. Ella estaba mirando un cuadro muy oscuro y terrible, enorme y muy texturizado. Se veía un espacio aterrador. Vivimos en la lucha entre la penumbra y la luz y confundimos qué es la luz y qué es la penumbra. Otro ventanal dejaba entrar la luz poderosa de la tarde; las sombras se marcaban en unas líneas sólidas y hermosas. Noté el eco de mis pisadas y me parecieron parte de la exposición. No sé en qué momento nos separamos. Yo bajé de planta. Un espacio enorme mostraba otras imágenes oscuras y siniestras. Sentí una forma desbordada de soledad. Un vigilante de sala me miró con desgana. No me miraba. Pensaba en otra cosa. Miré a los lados para ver si la encontraba a ella, pero no la vi. Seguí recorriendo salas, esos espacios atractivos y precisos. Por una de las ventanas vi el jardín. Me quedé pegado al cristal viendo un árbol solemne sobre el césped. El árbol parecía que iba a hablar. Algo nervioso por no encontrarla, salí del museo y recorrí el camino hacia la Casa Serralves. En el camino me topé con una escultura de metal, The Curious Vortex. Pensé de nuevo que el día se había bifurcado y que la energía física que lo había hecho se generaba en esa escultura. Miré a un lado, creí ver la silueta de ella un poco más abajo, por donde la rosaleda. Aceleré el paso, me desvié. Me encontré de frente con Sky Mirror. Una escultura de espejo: el espejo apunta al cielo, el cielo se refleja un poco deformado. Giré, había perdido la silueta de ella por el jardín. Avancé, giré y llegué a la Casa Serralves. El vigilante en la puerta me detuvo. Le mostré el ticket. Dentro no había nadie. Vi una obra de Miró colgando. Vi otros cuadros, otras esculturas. Noté el silencio y el vacío y volví a escuchar el eco de mis pasos. Subí. Arriba, el espacio de columnas me produjo la sensación de verme a mí mismo. Sentí nostalgia, no sé de qué, pero la sentí. Salí. Vi más espacios. Empecé a andar rápido. Fui hasta la zona de los puentes entre las copas de los árboles. Entre el camino de madera escuché a los pájaros. Me dieron ganas de gritar su nombre, pero me pareció excesivo. Creí verla abajo en el estanque, pero vi que no era ella. Recorrí entero el camino entre las copas; es fácil sentirse pájaro, pensé. Bajé por una escalinata alucinante. Abajo no había nadie. Entonces entré en caos. Creo que eso es el caos, porque no seguí un plan. Fui hasta la casa de té. El local estaba cerrado. Me senté, un poco exhausto. Cerré los ojos. No sé si me dormí, no sé si soñé. Pero lo siguiente que noto es un vigilante diciéndome que es hora de abandonar las instalaciones, que van a cerrar. Le pregunto por ella.

—No he visto a nadie —me dice en portugués, pero le entiendo.

Avanzo hacia la salida con la esperanza de verla allí. Salgo a la calle. Ella no está. La zona está vacía. Me quedo en la acera pensando qué hacer. Decido volver al apartamento donde nos hospedamos, pero tengo que volver andando. Mi cartera la había dejado en el apartamento. No tengo nada, ni siquiera identificación. Voy, entonces, avanzando por Oporto, sin saber muy bien quién soy, qué hora o qué día es. Se hace de noche. Una hora y media después, aproximadamente, llego al centro de la ciudad. Toco la puerta en el apartamento. No hay nadie. Me preocupo, me angustio, pero no sé muy bien qué hacer. Avanzo algunas calles, entró a un restaurante que se llama A Tasquinha. Hablo con una persona, parece el encargado. Le cuento mi situación.

—¿Me dejan un teléfono para llamar? —digo intentando contener el desasosiego.

Uno de los camareros me deja su teléfono. Marco su número.

—El número que usted marca está apagado o fuera de servicio.

Le devuelvo el teléfono al camarero. Salgo a la calle. Veo a los turistas, veo a gente que trabaja, veo el tránsito de este mundo en el que estamos viviendo. Me siento en el Jardín de João Chagas. Vuelvo a sentir que este día son muchos días o un día que ya no existe o que está por existir. Me acuesto un poco en un banco. No sueño. No duermo. Pasa el tiempo. Cuando abro los ojos, siento que soy otro. Lo atribuyo a la angustia. Decido ir a la policía, pero es la policía la que viene a mí. Me abordan en el banco. Me hablan en portugués y entiendo poco, porque lo dicen muy rápido. Me amenazan o parece que me amenazan. No entiendo la situación. Una señora les increpa. Se van. Me quedo en blanco sin saber qué hacer. La mujer que había increpado a los policías aparece al rato. Me trae un sándwich y un café. Me dice algo que tampoco entiendo. Me deja un billete de 10 euros. Se da la vuelta. La veo irse por el fondo del parque. La ciudad está vaciándose. Por el otro lado del parque veo tres siluetas que se van formando. Según se acercan las distingo: una es ella, mucho más mayor; las otras dos son mis hijas, que son, ahora, dos mujeres adultas. Se acercan, me abrazan, lloran.

—Por fin —dice ella entre sollozos—. ¿Dónde has estado todos estos años?

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