lunes, agosto 10, 2026

La última noche de Henri Mineiro

Por la curva de San Francisco en dirección a Beiramar veo a una mujer saliendo apurada del portal de la esquina. Avanza marcando los pasos que reverberan a esa hora por la ciudad como si no hubiera nada más habitando en el planeta. La sigo con la mirada. Evita los soportales porque hay un tipo fumando hachís o heroína en el suelo. El tipo gira la cabeza y me mira. Durante dos segundos nos miramos como se miran los animales, o como mira un animal a un humano. Detenido e inmóvil, como si los ojos fueran una excusa o un trámite y lo que importara de la mirada es lo que no se está viendo, el hombre me mira desde un lugar que contiene los soportales, pero también el universo. La mujer ha desaparecido.

Avanzo hasta la avenida. No hay tráfico. Pasa algún coche como queriendo recordar que el mundo, o ese mundo que hemos construido, aún perdura. La niebla difumina las luces. Yo viví de niño en esta ciudad y aquella ciudad aún está contenida en esta. Son la misma y no lo son. Entonces me da por pensar en la forma invisible de las ciudades. Oigo el bocinazo de un barco desde la ria. Es la sirena de niebla que suena por toda la ría. Hay algo en el mar que parece un tiempo detenido entre los tres o cuatro últimos siglos. Me desvío por la cuesta del gaitero Ricardo Portela. Hay una furgoneta con las luces encendidas. Dos hombres dentro me miran como el que ve una aparición, pero intento ignorarlos. Cuando llego a Torrecedeira busco el portal donde viví unos pocos meses con 7 años. En esa casa tuve paperas y una fiebre extraña. Pero no logro saber cuál era aquel portal. La calle está vacía y llena de niebla. Decido, entonces, buscar un taxi. Pero no sé en qué dirección ir para buscarlo. No hay coches pasando. No hay gente pasando. Solo es real la niebla. Tras la nebulosa blanca y la confusión veo una figura emerger. La figura se va formando, haciendo más nítidos sus contornos. Ya casi va a hacerse visible, o medianamente visible, cuando en un ataque de locura o de absurdo pienso: ¿y si quien aparece soy yo? Pero no soy yo quien aparece tras la niebla. Es una figura de alguien que sigue de largo. Aún no sé explicar por qué decido seguir a ese hombre. Sigue siendo de noche.

El hombre camina rápido, con prisa. Recorre Torrecedeira en dirección contraria a la que iba yo. A mí, además de ir para atrás desde donde yo venía, me da la sensación de ir atrás en el tiempo. Gira por Santa Marta. El hombre va vestido con chándal de marca y zapatillas de corredor. Gorra del Deportivo de La Coruña. En el momento que descubro la gorra veo en un balcón una tela en la que pone: Eu creo no Celta. Las rivalidades permanecen hasta en el fin del mundo. El hombre camina a un ritmo endiablado. Me cuesta seguirle. No hay descanso y siento que el ritmo va a más. Finalmente llegamos a la avenida de las Camelias y empieza a subir el Monte Castro. En el Castro tampoco hay nadie. Ni siquiera parejas o drogadictos escondidos. Miro hacia abajo. La ría está cubierta y vuelvo a escuchar la bocina de niebla. Las luces de las farolas se difuminan y la acústica de la ciudad está completamente amortiguada. No pierdo de vista al hombre del chándal que avanza frenético monte arriba. Voy jadeando y agotado y me planteo detener la absurda persecución. En ese momento el hombre se gira y me mira. Se quita la gorra y me dice algo que no comprendo. Detrás de él aparece una mujer más joven que él, pero más mayor que yo. Es la mujer, ahora la reconozco, que ha salido del portal en la curva de la rua de San Francisco. Ambos me miran. La mujer tiene un libro en la mano y me dice que me acerque. Por segunda vez en esa hora de mi vida me planteo que realmente el mundo se ha acabado. La mujer entonces se acerca y me dice que si quiero leer el libro que tiene entre manos.

—El autor —me dice— es José Manríquez, el hombre al que estás siguiendo —y me pasa el libro.

Miro la portada donde se ve una ilustración de tonos rojos, donde se ve un hombre parado en la esquina de la Rúa San Francisco mirando a una mujer pasar y a un hombre fumar hachís o heroína en el suelo. El hombre, por supuesto, soy yo. El título del libro es La última noche de Henri Mineiro. Siento una náusea, porque Henri Mineiro soy yo. Abro el libro. Es una novela gráfica. La leo con atención donde va sucediendo todo lo que ha sucedido esa noche hasta ese momento preciso. Cuando llego a la viñeta donde me veo leyendo, cierro con violencia el libro. Aterrorizado y exhausto. La mujer ya no está y el hombre del chándal avanza, aún más rápido, Monte Castro arriba. Le persigo con terror. Busco una explicación. La ciudad sigue vacía y silenciosa. La niebla está estática, inmóvil, tremenda. Vuelve a sonar la bocina de niebla en la ría. El hombre del chándal ya no lleva la gorra. El pelo, canoso y débil, está caótico en su cabeza. Le sigo por el paseo de Rosalía de Castro. Le grito, pero no se gira.

—¡Manríquez! —grito cinco o seis veces.

Manríquez no se gira. Lo que sucede es que la niebla se va comiendo a Manríquez y dejo de verle. En el mirador descubro que ya no hay manera de seguirlo. Lo que sí descubro, que ajeno a mis decisiones, aún conservo el libro en mi mano. Abro por la página donde había cerrado. Las siguientes viñetas suceden lo que acaba de suceder. Entre el pánico, el terror y la valentía, decido leer las viñetas que aún no he vivido. Veo entonces que avanzo varias viñetas desconcertado y perdido. Siempre rodeado de niebla. Que rodeo todo el monte y que salgo por la calle Venezuela. En la calle Venezuela todo sigue vacío y detenido. De hecho descubro que el amanecer no termina de aparecer. Algunas viñetas más adelante me vuelvo a encontrar con la mujer que me pregunta:

—¿Qué prefieres: leerlo o vivirlo?

Escrito en la niebla, con una tipografía distinta, respondo:

—Prefiero las dos cosas.

Decido, entonces, cerrar el libro y avanzar en la realidad lo que el libro me ha mostrado. Efectivamente, todo sucede como había sido escrito. Me encuentro a la mujer en la calle Venezuela:

—¿Qué prefieres: leerlo o vivirlo?

—Prefiero las dos cosas.

Me mira y se ríe. Se da la vuelta y se va. Entonces abro el libro y leo los siguientes acontecimientos. Manríquez vuelve a aparecer. Esta vez me habla y me dice:

—No es posible los dos caminos: o lo lees o lo vives.

—Pero no entiendo por qué hay que elegir solo una opción. También la literatura es vida —le contesto.

—Pero esta es mi historia. Las reglas las escribo yo.

La viñeta es invadida por la bocina de niebla.

—¿Es la bocina la metáfora de algo? —le pregunto.

—En esta historia todo es metafórico, pero tú te empeñas en que las metáforas pierdan su sentido —me reclama.

Cierro el libro para avanzar las viñetas que acabo de leer. Cuando me encuentro con Manríquez se repite el diálogo.

—En esta historia todo es metafórico, pero tú te empeñas en que las metáforas pierdan su sentido.

—Está bien —le digo—. Toma tu libro. Ahora lo viviré.

—¡No! Prefiero que lo lleves en la mano. Ese es parte del juego. También de la metáfora.

Llego a Gran Vía. Extrañamente empiezo a ver gente.

—¿Sois otros personajes de esta historia? —le pregunto a un grupo de chicos que me miran extrañados.No me contestan. 

Ahora sí veo un taxi, levanto la mano y se detiene. Le doy la dirección del hotel. El taxi avanza por una ciudad en la que la niebla sigue inmóvil y el amanecer no termina de llegar. Me bajo cuando el taxi llega al hotel. Pago. Dejo el libro en el asiento y cierro la puerta. Veo el taxi irse calle abajo. Me quedo quieto. Durante unos minutos creo que ese es el final de la historia. Lo que descubro después es que no, que apenas era el principio. Entonces decido no subir a mi habitación. camino. Por la curva de San Francisco en dirección a Beiramar veo a la mujer saliendo apurada del portal de la esquina. Veo en los soportales al hombre que fuma hachís o heroína. Nos miramos como se miran los animales. Desde esa distancia, mientras él mantiene la mirada, le grito a la mujer:

- Preferiría leerlo- pero cuando miro la niebla ya la ha diluido.

Avanzo, entonces, con la idea de encontrarme, de nuevo, el libro, las viñetas, el relato y cambiar el curso de esta historia.

Suena  la sirena de un barco en la ría. 

Sigue la noche. Solo es real la niebla. 


domingo, agosto 09, 2026

El Ballena

Ballena salió hacia la carretera poco antes de que empezara a amanecer. Subió por la cuesta del Muerto y atravesó las casas de la aldea que miran hacia el mar. Un gato se cruzó a toda velocidad persiguiendo a una rata y Ballena pensó que la rata estaba liquidada. No tenía opción y tuvo miedo de que fuera una premonición Les perdió la pista. Giró en el callejón de Andrea y volvió a la calle Steffan Morling, donde los gemelos y el tendón de Aquiles van en su máximo nivel de exigencia. Esa calle no es una cuesta: es un muro. Caía algo de lluvia, esa lluvia ligera y casi invisible que se mezcla con las nubes; sin embargo, por el este, el sol anunciaba su luz: el pronóstico del tiempo daba un día húmedo y soleado. Los veranos ya no son lo mismo, pensó Ballena. El cielo empezaba a clarear. "Ya se viene la mañana" —se dijo a sí mismo. Cruzó al lado del huerto de Sebas y alcanzó la carretera del cementerio, que asciende sin descanso hasta el campo de fútbol abandonado. Las casas desperdigadas y sin orden —o un orden indescifrable— parecen la metáfora del destino. Cada parroquiano construyó su vivienda con sus artimañas. Cada casa es su calle, su aldea y su cosmos. Es como si ninguna tuviera que ver con la otra. El reparto espacial alrededor de la ladera de la montaña parece dictado por el azar o por la caída de las hojas del otoño.

Ballena llega, entonces, a la carretera principal y se para en el arcén. Desde allí arriba se ve la bahía y la ladera de algunos otros montes. El amanecer se va haciendo cada vez más preciso y contundente. En el mar distingue dos barcos: uno inmenso y uno que podría ser de pesca. Mira a los lados y ve que por ninguno de los dos carriles vienen autos. Cruza dando un pequeño sprint. En el otro lado se mete por la pista de los molinos. El monte es frondoso y huele a humedad. El camino se va haciendo estrecho, comido por helechos y hojas. Ballena avanza bosque adentro hasta que el camino se diluye en monte y parece empezar a desaparecer la civilización. Entonces Ballena se detiene y respira hondo por primera vez desde que ha despertado. Recrea los pasos, cada centímetro y cada segundo avanzado desde que despertó. Cierra los ojos. Suspira y coge aire. Siente la humedad y el olor del bosque. La mezcla bestial de las hojas, de las plantas y de la tierra sumándose unos a otros para hacer esa fragancia universal y hermosa. Abre los ojos y vuelve a caminar. No hay camino. Va pisando helechos, plantas, tierra húmeda, a ratos charcos. Oye pájaros al otro lado de las copas de los árboles. Se deja guiar por su preciso sentido de la orientación. La mañana se ha formado enorme y monumental. Sube la temperatura por minutos. Lo nota en la piel, lo nota en la soltura de los músculos, lo nota en la percepción de las cosas. Se apoya en los troncos de los árboles cuando siente que pierde equilibrio y fuerza en ese brusco caminar sin camino. Tiene que pisar con mucha fuerza. Cada zancada es una batalla. Ha escogido la ropa inteligentemente, pero aun así suda y siente cierto agotamiento. Se sienta en un conjunto de rocas que aparecen de golpe. Bebe agua. Calcula y mide, y se da el lujo de beber un sorbo más. Mira la hora en el reloj de pulsera. Se pone en pie y sigue avanzando. Asciende una rampa terrible. Una ladera marcada por piedras y musgo. Casi no es caminar, es casi escalada. Sube dos tramos y aparece un tercero. En un pequeño claro se queda de pie y mira hacia abajo. Vuelve a ver un fragmento de la bahía. A la derecha logra ver un pequeño recoveco de la aldea. El mundo, su mundo, parece estático e inmóvil desde ahí. Uno es incapaz de imaginar la vida dentro de esas casas cuando las ve desde lejos. Es como si nadie las habitara. Siente ganas de vomitar. Siente una náusea que se confunde con el temor y la ansiedad. No sabe por qué, pero se le cae una lágrima. Ballena mira entonces el reloj y sigue ascendiendo. Arriba huele a eucalipto. Piensa, no sabe por qué, en Ramón, un antiguo amigo que se fue a la capital doce años antes y del que perdió la pista.

Llega arriba. Arriba nota el sol que hoy está superlativo. El brillo del mar reverbera incluso en la cima. Al otro lado, el trozo de mar que nunca ven, el Atlántico perdiéndose hacia la nada. En ese lado hay más barcos hacia el sur, distingue otras poblaciones, otras casas, otras laderas, otras huertas, otras cuestas, otras calles y carreteras comarcales. También esas vidas son imposibles de imaginar, piensa Ballena. Vuelve a cerrar los ojos y vuelve a respirar. Está sudando mucho. La camiseta tiene marcas esparcidas que forman dibujos amorfos. Empieza el descenso. Intenta frenarse porque las piernas confunden fuerza y velocidad y se acelera. Va dando pequeños saltos para evitar piedras y rocas. Va seguro y confiado y sube la velocidad. De repente cae de golpe, porque tropieza con algo que no ha llegado a ver. Rueda algunos metros hacia abajo. Se pincha y siente una punzada en la rodilla. Ballena siente un dolor insoportable. Se toca la rodilla y sospecha una lesión importante. Se queda tirado entre las hojas y las ramas y la riqueza del suelo. Respira, grita y respira. Mira el reloj y, como buenamente puede, se pone de pie. Ballena es ahora un hombre cojo descendiendo una montaña sin caminos ni senderos. Baja como puede, arrastrando la pierna herida y otorgándole a la otra el poder que no tiene. Ballena suda, tiene ganas de quitarse elementos de la ropa, pero sabe que es mejor que no. Sigue desviándose, evitando cualquier atisbo de civilización. Baja. Baja como puede. Mira de nuevo el reloj. Cuando el monte empieza a clarear y a llanear, aparecen los primeros vestigios de costa. Ese fragmento del litoral inaccesible en carretera, deshabitado y hermoso. Camina por una pradera. Escucha el riachuelo a su lado y sigue su ruta. Ve, al fondo, las piedras de Viera. Alcanza la cala de arena de apenas unos metros. Recorre las piedras pisando la orilla. Se le empapan las botas y la parte de abajo del pantalón. Bordea como puede y finalmente lanza la mochila hacia el otro lado con la esperanza de que el lance sea perfecto y alcance el lado inalcanzable por tierra para él. Ese último tramo no le queda más remedio que nadar. Bucea porque la pierna herida le molesta en el movimiento. Sube cada veinte segundos a coger aire. Pasa por debajo de una cueva y siente vértigo. Ve el destello al otro lado y emerge. Allí ve la barca y la mochila que ha lanzado. Trepa las piedras dando gritos, porque el dolor de la rodilla es, ahora sí, insoportable. Empuja la barca, mete la mochila y se sube a ella. Rema mar adentro. Se quita la camiseta empapada y se queda con una camiseta de neopreno. La ropa pesa millones de kilos. Sigue remando. La técnica no es mala y avanza con precisión. Hace un calor potente.oLos veranos ya no son lo mismo. Cada rato se moja la cara y la nuca. Vuelve a beber agua. Mira hacia la costa y ve que sorprendentemente la tierra empieza a quedar bastante atrás. La costa desde ahí parece ya una miniatura. Deja de remar unos minutos. Se tumba a lo largo de la barca. Ahora ya puede, por fin, encender el motor. Mira hacia el oeste. La marea es propicia. El ruido del motor rompe el vaivén de golpes del agua en la lancha. Es todo rítmico y extraño. Cuando mira hacia atrás ve que la costa es una línea, el continente se diluye. Cierra los ojos, respira y esta vez sí se permite llorar. Suelta a lágrimas la tensión, pero también es una forma de liberar el dolor de la rodilla. Grita, grita desconsolado. Es en ese momento que ve por babor, muy a lo lejos, dos manchas que se van volviendo embarcaciones. Avanzan rápido hacia él. Mira la hora. Calcula y sabe que aún está lejos del islote. Pone el motor a toda potencia. Las dos embarcaciones le van comiendo terreno por segundos. Mira a lo lejos y no hay rastro del islote. Entonces Ballena lanza la mochila y, con el motor encendido, se lanza al mar. Bracea y bucea a ritmo desigual. Jadea como si el aire no llegara con soltura a sus pulmones. Se sumerge y en cada inmersión cambia de dirección. Intenta avanzar en dirección contraria a la barca, que avanza sola hacia la nada, como si estuviera manejada por un fantasma. Las dos embarcaciones están ya a pocos metros, pero siguen a la barca; a Ballena no le han visto. Se sumerge cuando las ve muy cerca. Coge aire y dentro del agua intenta no consumir energía. Oye el ruido amortiguado bajo el agua de los otros pasar, ve el rastro hermoso del agua rompiéndose en el avance. Piensa en Andrea, piensa en un día que pasearon por Madrid y que ella le habló de un libro del que no recuerda el título, pero que era la historia de una ballena, como él. Piensa en Quique, que se reirá el día que le cuente todo esto, y piensa en Lucas, su hermano. El dolor y la miseria a la que le sometía. En cada día de su vida con Lucas. En su manera despiadada y cruel, en su miseria. Lucas, el amoral Lucas. "Yo no elegí un hermano" —piensa Ballena con los últimos restos de oxígeno. Entonces emerge y no ve nada. Escucha y ve destellos. Las reverberaciones del mar y las voces de los hombres se confunden. Hay, piensa Ballena, algo de una extraña paz en todo esto.

—Carlos Arcas, el Ballena. Queda detenido por el asesinato de Lucas Arcas, el Delfín. Tiene derecho a guardar silencio o a no declarar si no quiere.

El Ballena, exhausto, mira a lo lejos y ve la barca parada y sola allí a lo lejos, en medio del mar, hermosa y libre. Y piensa: "Espero que Quique me perdone que no se la devuelva".

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