martes, agosto 18, 2026

Manu

A los pocos días de cumplir doce años, la madre de Manu le dice que tiene que salir toda la tarde, pero que ya tiene edad para quedarse solo en casa, que confía plenamente en él y en su responsabilidad. Le va haciendo indicaciones de todo tipo mientras se prepara para salir. Manu mira ese ritual hipnótico de la madre, que se va vistiendo, maquillando, perfumando y poniéndose a punto para salir mientras recorre la casa a ritmo endiablado, dictando frases que deben ser leyes en su primera tarde solo en casa. La ve coger el bolso, las llaves, le da un beso y finalmente, precisa, le dice:

—No llegaré muy tarde —y Manu ve la puerta cerrarse para quedarse solo en casa por primera vez en su vida.

Los primeros minutos siente que esa especie de reino, ahora es todo un terreno por explorar. En cierta forma, ver la casa sola le confiere un nuevo halo y un aire de misterio. Nota el silencio rotundo, el vacío sobrecogedor. Recorre la casa con cuidado, como si fuera a ser descubierto. De repente su casa no parece su casa, parece un territorio lejano e ignoto. Camina por el pasillo como el que avanza por el estrecho camino de una selva. Ve la habitación de su hermana, donde tiene prohibido entrar, cruza la puerta. Mira el orden extraño de las cosas. Unas fotos con amigas, unos cuadernos, el armario con la puerta medio abierta. Tiene la tentación de husmear dentro, entre la ropa, pero su hermana hace rato que le parece una especie de habitante de otro planeta. Sale. Sus pasos suenan con más contundencia. "¿Así suenan nuestros pasos cuando estamos todos?" —se pregunta casi de un modo científico. Luego avanza hasta el fondo y cruza el umbral del gran misterio, la habitación de sus padres. El orden es preciso y casi aburrido. Como si nadie pasara nunca por ahí. La cama está tendida sin arrugas, como en los hoteles. No hay ropas desperdigadas, ni restos del día en forma de tela. Todo está impoluto y preciso. Sin saber muy bien por qué, mira debajo de la cama, levanta un poco el edredón. Ve unas cuantas cajas acomodadas en las que sospecha que hay documentos, escrituras y todo ese tipo de cosas que no sabe para qué sirven. Huele los cojines que aún reverberan el perfume de su madre y el olor del champú. Mira la butaca donde siempre se ponen los zapatos, las mesillas de noche con libros apilados en ambas. Luego abre el armario. Ve la ropa de su padre colgada y ordenada. Algunos trajes, camisas en fila y zapatos. Abre los cajones, pero intenta no mover nada, sabiendo que cualquier mínimo movimiento le delataría. En los cajones ve sobres, hojas impresas que tiene la tentación de coger, pero que no coge. Finalmente corre la puerta corredera para descubrir el lado de su madre. Vestidos, camisas, faldas, bufandas. Todo tipo de prendas colocadas en un orden maniático. Abre los cajones: ve perfumes, frascos con cremas y cosas que no sabe qué son. También ve cartas, páginas apiladas, documentos y cuadernos con el año escrito a mano en la portada. Coge el primero, el de la fecha del año anterior. Abre una página al azar.

"A las 12:43 ha sonado el teléfono. Nos han citado en Gran Vía. Alfonso me ha dicho que fuera yo sola. Cuarenta y cinco minutos después me he encontrado con uno de ellos que no conocía. Me han pedido el reporte. Esta vez lo he completado como pedían. El niño sigue a salvo."

Entonces Manu siente un golpe de extrañeza, como si todo se hubiera vuelto de repente de una materia viscosa y extraña, pero no real. Lo que acaba de leer le resulta extraño e indescifrable, pero contiene todas las formas que operan en el misterio. Mueve las páginas al azar, como una ruleta, y abre en otro punto.

"Los ingleses han pedido más colaboración y ellos están molestos. Hacemos todo lo que nos piden, actuamos con las normas establecidas y no hemos cometido ni un solo error. No sé cuánto tiempo aguantemos más esta situación. Alfonso se ha tumbado en la cama. A veces creo que está entrando en una depresión."

Manu se llena de interrogantes, de dudas, de penumbra. Luego, ansioso, coge otro cuaderno, de cuatro años antes. Abre en la primera página:

"El niño ha cumplido ocho años. A veces nos sentimos tan culpables, a veces, sin embargo, tan felices. Hemos hecho una fiesta. Todo parece tan normal que cuando es así, duele más."

Durante algunos minutos Manu sigue leyendo frases al azar. Todas se mueven en esa forma de enigma que le sume en una especie de terror. De repente sus padres le parecen unos completos desconocidos. Cierra el cajón. Sale al pasillo y siente, de golpe, todo el vacío de la casa, pero es una forma de vacío distinta de los primeros minutos: es un vacío inhóspito y violento. Su casa le parece, ahora, la casa de otras personas. Va al salón. Mira por la ventana. Ve el bulevar con la tenue luz de otoño. En el hemisferio sur entran en primavera, piensa con nostalgia y una forma casi absurda de envidia. Su hermana está de viaje con su novio, su padre está de viaje de trabajo y su madre ha salido a ver a una amiga; y sin embargo, ahora, todo eso le parece mentira. No comprende qué ha leído, pero comprende que algo sucede en otra capa, en otro formato, en otra realidad. Va a la cocina. Abre la nevera. Mira los alimentos estáticos, los tetrabrick, las verduras. Todo eso conforma, piensa, el ritmo invisible de una casa. Cierra la nevera y, con urgencia, vuelve a la habitación. Abre, ahora, el lado del armario del padre. Coge uno de los sobres. Dentro se encuentra con facturas. Elevados importes con conceptos confusos: Colaboración Enero. 16 mil dólares. Colaboración Febrero. 16 mil dólares. Colaboración Marzo. 16 mil dólares. Luego facturas de gastos extraños: compras de baterías, material de combustión, litio, complejos proteínicos, análisis de todo tipo. Guarda el sobre, abre otro. Se encuentra con cartas que su padre se escribe con alguien que firma y él saluda como L.23. Las cartas tienen un tono frío y mecánico. Son indicaciones que L.23 le da constantemente a su padre.

Jamás salir de la ciudad sin preaviso. Siempre subir en ascensor. Nunca dejar el coche en el garaje. Ser amable, pero distante con el vecindario. No comprar en sitios fuera del barrio. Recoger cada día a Manu en el colegio. Alba no debe saber absolutamente nada.

Manu lee el nombre de su hermana por primera vez y siente que, de alguna manera, Alba está fuera de algo que Manu aún no comprende. Sigue mirando en los cajones. En el fondo del segundo cajón encuentra un cuaderno con la letra del padre. Son reflexiones filosóficas que no siempre comprende.

Harían cualquier cosa por mantener sus privilegios. Son despiadados. Pero todo sistema lo es. El único camino liberador será el anarquismo, que se basa en la libertad humana en su verdadera esencia. No esta distorsión enferma y terrible de lo que hoy se llama libertad. Mientras tanto solo podemos seguir. Salvaremos a Manu y con ello salvaremos a Alba. Y poco a poco lograremos la libertad. O mejor dicho, la liberación definitiva del ser humano.

En otra hoja habla del existencialismo. Habla de nihilismo, de poesía, de autores que Manu desconoce. Cita libros y aforismos. Habla de teología, de orden social, de vigilancia, de sumisión, del silencio. Cada página es una anotación concreta, una reflexión precisa. Luego habla de la madre de Manu. En la segunda frase Manu cierra porque siente pudor y vergüenza. Vuelve al pasillo. Sin saber muy bien por qué, Manu se pone a llorar. Piensa, entonces, en un sótano. Un sótano que no sabe si existe, pero que ve con claridad. Piensa en sus abuelos, en sus tíos, que hace mucho que no ve. Piensa en los amigos de sus padres. Piensa, de nuevo, en Alba. Se la imagina quizá ajena, o quizá hace años hizo ese recorrido nefasto y truculento que él está haciendo hoy: ¿quiénes somos? —se pregunta Manu. Entonces entra en la habitación de Alba, quizá para encontrar un señuelo, un camino o algo de luz. Abre el armario. Está ansioso. Mueve los vestidos, abre los cajones, abre cajas. Los desordena todo. Llora y jadea, pero sobre todo siente un temor apabullante. No encuentra nada salvo cartas de amor, en tono empalagoso y cursi, que Alba escribió a un novio que tuvo hace dos años y que Manu sospecha que nunca le envió o le dio en mano. Ve un diario donde tampoco encuentra frases reveladoras, solo anotaciones del día a día insulso de su hermana. Ordena lo desordenado con dudas de haber dejado huellas. Sale al pasillo. El pasillo ahora le parece un lugar hostil e indescifrable. Camina hasta el salón. En el salón se sienta en el sofá, en el lugar donde siempre se sienta su madre. Cierra los ojos, intenta descifrar el tráfico y el bullicio ligero que sube desde la calle. La luz se hace cada vez más tenue, la casa se va volviendo oscura. No sabe cómo, no sabe cuándo, pero se queda dormido.

—Manu, hijo. Te has quedado dormido —Manu abre los ojos y ve a su madre. Su cara tierna, dulce, amable. La cara del amor.

Manu camina esos segundos que hay de la inconsciencia a la conciencia. Del sueño al despertar, en el que nos ubicamos, nos reconstruimos, nos rehacemos desde ese lugar inexplorable que es el mundo del sueño. Ve a su padre en la puerta del salón. Le mira tierno. Manu duda, de golpe, de todo. ¿Lo que ha visto en los armarios ha sido un sueño?

Van a la cocina, sus padres preparan algo de cena mientras hablan de la rutina, de un compañero de trabajo, su madre habla de una noticia política, de los entresijos de la corrupción, del estado de la prensa. El padre habla de un acontecimiento histórico. Hablan del pronóstico del tiempo.

—Este fin de semana podemos subir a la montaña —dice la madre.

—¿A qué hora llega Alba? —dice el padre, y justo cuando termina la pregunta se escucha la puerta de la calle. Alba aparece enfadada. Habla de una amiga que ha dicho algo molesto, que tiene que ver con otra amiga que Alba quiere mucho.

Retoman el plan del fin de semana. Alba no puede ir. Manu no opina. Manu solo ve los diarios, los papeles, las frases indescifrables y enigmáticas de los armarios. No comprar en sitios fuera del barrio. Recoger cada día a Manu en el colegio. Alba no debe saber absolutamente nada. De repente su casa le parece contener un agujero negro o un espejo donde todo se transforma. Lentamente la noche se ha impuesto. Lentamente todos se retiran a sus camas.

Manu está en su habitación. Mira el reflejo de una luz que entra de la calle. No puede dormir.

Los siguientes días no vuelve a quedarse solo. Semanas después, otra tarde fría, deambula por el pasillo. El silencio es el mismo silencio. Las casas son distintas cuando solo las habitas tú. Vuelve a la habitación de los padres. Abre más páginas, lee más frases. Ninguna aclara. Entonces decide empezar a tomar notas. Lleva sigiloso un cuaderno que a su vez guarda en su armario. Cada incursión le sume más en la incertidumbre. ¿A qué se dedican mis padres?

Un día tiene la tentación de preguntarle a Alba. Tantearla. Pero Alba parece ajena a ese universo paralelo en el que habitan sus padres. Simplemente sigue intentando quedarse solo, seguir con su investigación y con sus notas. Meses después descubre que ha acumulado varios cuadernos. Los relee buscando una ruta, un camino, un contexto. No logra entender y a ratos se desespera.

Pasan los meses. Pasan los años. La vida de Manu va variando. A lo largo del tiempo se ve tentado muchas veces de sacar el tema de los armarios con sus padres, pero nunca lo hace. Estudia biología. Se hace experto en genética. Se gradúa con una nota excepcional. Le ofrecen un trabajo en Vancouver. Hace las maletas con entusiasmo pero algo de temor, el temor extraño y eufórico del que empieza una nueva vida. Guarda las cosas con cuidado. En su armario ve sus viejos cuadernos, que a su manera sus dudas, sus fragilidades y la incertidumbre extraña y misteriosa de su vida. Decide dejarlos ahí en el fondo el armario, como en cierta manera está su vida. Sus padres se despiden de él en el aeropuerto. Alba llora cuando le ve cruzar la zona de embarque. 

En Vancouver sufre de nostalgia los primeros meses, pero conoce a un grupo de personas con las que entabla y agranda su vida social. Se enamora de Nick, uno de los chicos más cálidos y amables de ese nuevo grupo de amigos. Se va a vivir con Nick. Nick es médico nacido en Illinois. En verano hacen largos viajes por carretera. El segundo verano viajan a Seattle. En Seattle discuten y Manu siente ganas de volver a casa. Dos días después, reconciliados, viajan sin dirección concreta. Se detienen en Kalaloch Beach. Duermen en unas cabañas de madera. Esa noche hace viento y Manu abraza a Nick porque siente una tristeza profunda y terrible. Nick le oye llorar pero no sabe qué hacer. Antes del amanecer, Manu sale de la cabaña; Nick se queda ahí dormido. Pasea por la inmensa playa. Está lloviendo. Manu camina mucho rato ensimismado y atraído por la difusa luz del amanecer y el ruido de las olas. El mar está bravo y la corriente se mueve con fuerza. Pierde la noción del tiempo, también del espacio. Cuando mira para atrás se da cuenta de que lleva mucho tiempo caminando en línea recta. Decide deshacer el camino y volver a la cabaña. Se da cuenta de que ha caminado demasiado y que lleva mucho rato fuera de la cabaña. Cuando llega se encuentra a Nick tirado en la cama. Le han asesinado. Manu entonces colapsa. Sale gritando de la cabaña, pero no hay nadie alrededor. En el parking de fuera solo ve su propio auto aparcado. Entra de nuevo. Busca algo, no ve nada. Ve la cama revuelta, el cuerpo de Nick esparcido. Las dos maletas, la suya y la de Nick, medio abiertas a los lados. Rebusca alguna señal. Ve las camisetas de Nick, los pantalones, los calzoncillos, calcetines, todo lo que a su vez, también era Nick. Revuelve todo y debajo, enterrado entre las ropas ve, como un destello, como un viejo artilugio, un par de cuadernos. Desde ese instante y antes de cogerlos, los reconoce, son sus cuadernos, sus notas, las hojas donde desde los doce años fue anotando las frases y reflexiones que leía a su vez en los cuadernos de sus padres. Los abre. Reconoce su letra. Reconoce su caligrafía, esas viejas frases. Manu va saltando de paginas al azar, de un cuaderno a otro. Relee. Algunas que recuerda, otras que parecen leídas por primera vez:

Manu un día entenderá


Pero Manu, ahí, arrodillado frente a la maleta de Nick, en una cabaña en Kalaloch Beach, sigue sin comprender absolutamente nada.


lunes, agosto 10, 2026

La última noche de Henri Mineiro

Por la curva de San Francisco en dirección a Beiramar veo a una mujer saliendo apurada del portal de la esquina. Avanza marcando los pasos que reverberan a esa hora por la ciudad como si no hubiera nada más habitando en el planeta. La sigo con la mirada. Evita los soportales porque hay un tipo fumando hachís o heroína en el suelo. El tipo gira la cabeza y me mira. Durante dos segundos nos miramos como se miran los animales, o como mira un animal a un humano. Detenido e inmóvil, como si los ojos fueran una excusa o un trámite y lo que importara de la mirada es lo que no se está viendo, el hombre me mira desde un lugar que contiene los soportales, pero también el universo. La mujer ha desaparecido.

Avanzo hasta la avenida. No hay tráfico. Pasa algún coche como queriendo recordar que el mundo, o ese mundo que hemos construido, aún perdura. La niebla difumina las luces. Yo viví de niño en esta ciudad y aquella ciudad aún está contenida en esta. Son la misma y no lo son. Entonces me da por pensar en la forma invisible de las ciudades. Oigo el bocinazo de un barco desde la ria. Es la sirena de niebla que suena por toda la ría. Hay algo en el mar que parece un tiempo detenido entre los tres o cuatro últimos siglos. Me desvío por la cuesta del gaitero Ricardo Portela. Hay una furgoneta con las luces encendidas. Dos hombres dentro me miran como el que ve una aparición, pero intento ignorarlos. Cuando llego a Torrecedeira busco el portal donde viví unos pocos meses con 7 años. En esa casa tuve paperas y una fiebre extraña. Pero no logro saber cuál era aquel portal. La calle está vacía y llena de niebla. Decido, entonces, buscar un taxi. Pero no sé en qué dirección ir para buscarlo. No hay coches pasando. No hay gente pasando. Solo es real la niebla. Tras la nebulosa blanca y la confusión veo una figura emerger. La figura se va formando, haciendo más nítidos sus contornos. Ya casi va a hacerse visible, o medianamente visible, cuando en un ataque de locura o de absurdo pienso: ¿y si quien aparece soy yo? Pero no soy yo quien aparece tras la niebla. Es una figura de alguien que sigue de largo. Aún no sé explicar por qué decido seguir a ese hombre. Sigue siendo de noche.

El hombre camina rápido, con prisa. Recorre Torrecedeira en dirección contraria a la que iba yo. A mí, además de ir para atrás desde donde yo venía, me da la sensación de ir atrás en el tiempo. Gira por Santa Marta. El hombre va vestido con chándal de marca y zapatillas de corredor. Gorra del Deportivo de La Coruña. En el momento que descubro la gorra veo en un balcón una tela en la que pone: Eu creo no Celta. Las rivalidades permanecen hasta en el fin del mundo. El hombre camina a un ritmo endiablado. Me cuesta seguirle. No hay descanso y siento que el ritmo va a más. Finalmente llegamos a la avenida de las Camelias y empieza a subir el Monte Castro. En el Castro tampoco hay nadie. Ni siquiera parejas o drogadictos escondidos. Miro hacia abajo. La ría está cubierta y vuelvo a escuchar la bocina de niebla. Las luces de las farolas se difuminan y la acústica de la ciudad está completamente amortiguada. No pierdo de vista al hombre del chándal que avanza frenético monte arriba. Voy jadeando y agotado y me planteo detener la absurda persecución. En ese momento el hombre se gira y me mira. Se quita la gorra y me dice algo que no comprendo. Detrás de él aparece una mujer más joven que él, pero más mayor que yo. Es la mujer, ahora la reconozco, que ha salido del portal en la curva de la rua de San Francisco. Ambos me miran. La mujer tiene un libro en la mano y me dice que me acerque. Por segunda vez en esa hora de mi vida me planteo que realmente el mundo se ha acabado. La mujer entonces se acerca y me dice que si quiero leer el libro que tiene entre manos.

—El autor —me dice— es José Manríquez, el hombre al que estás siguiendo —y me pasa el libro.

Miro la portada donde se ve una ilustración de tonos rojos, donde se ve un hombre parado en la esquina de la Rúa San Francisco mirando a una mujer pasar y a un hombre fumar hachís o heroína en el suelo. El hombre, por supuesto, soy yo. El título del libro es La última noche de Henri Mineiro. Siento una náusea, porque Henri Mineiro soy yo. Abro el libro. Es una novela gráfica. La leo con atención donde va sucediendo todo lo que ha sucedido esa noche hasta ese momento preciso. Cuando llego a la viñeta donde me veo leyendo, cierro con violencia el libro. Aterrorizado y exhausto. La mujer ya no está y el hombre del chándal avanza, aún más rápido, Monte Castro arriba. Le persigo con terror. Busco una explicación. La ciudad sigue vacía y silenciosa. La niebla está estática, inmóvil, tremenda. Vuelve a sonar la bocina de niebla en la ría. El hombre del chándal ya no lleva la gorra. El pelo, canoso y débil, está caótico en su cabeza. Le sigo por el paseo de Rosalía de Castro. Le grito, pero no se gira.

—¡Manríquez! —grito cinco o seis veces.

Manríquez no se gira. Lo que sucede es que la niebla se va comiendo a Manríquez y dejo de verle. En el mirador descubro que ya no hay manera de seguirlo. Lo que sí descubro, que ajeno a mis decisiones, aún conservo el libro en mi mano. Abro por la página donde había cerrado. Las siguientes viñetas suceden lo que acaba de suceder. Entre el pánico, el terror y la valentía, decido leer las viñetas que aún no he vivido. Veo entonces que avanzo varias viñetas desconcertado y perdido. Siempre rodeado de niebla. Que rodeo todo el monte y que salgo por la calle Venezuela. En la calle Venezuela todo sigue vacío y detenido. De hecho descubro que el amanecer no termina de aparecer. Algunas viñetas más adelante me vuelvo a encontrar con la mujer que me pregunta:

—¿Qué prefieres: leerlo o vivirlo?

Escrito en la niebla, con una tipografía distinta, respondo:

—Prefiero las dos cosas.

Decido, entonces, cerrar el libro y avanzar en la realidad lo que el libro me ha mostrado. Efectivamente, todo sucede como había sido escrito. Me encuentro a la mujer en la calle Venezuela:

—¿Qué prefieres: leerlo o vivirlo?

—Prefiero las dos cosas.

Me mira y se ríe. Se da la vuelta y se va. Entonces abro el libro y leo los siguientes acontecimientos. Manríquez vuelve a aparecer. Esta vez me habla y me dice:

—No es posible los dos caminos: o lo lees o lo vives.

—Pero no entiendo por qué hay que elegir solo una opción. También la literatura es vida —le contesto.

—Pero esta es mi historia. Las reglas las escribo yo.

La viñeta es invadida por la bocina de niebla.

—¿Es la bocina la metáfora de algo? —le pregunto.

—En esta historia todo es metafórico, pero tú te empeñas en que las metáforas pierdan su sentido —me reclama.

Cierro el libro para avanzar las viñetas que acabo de leer. Cuando me encuentro con Manríquez se repite el diálogo.

—En esta historia todo es metafórico, pero tú te empeñas en que las metáforas pierdan su sentido.

—Está bien —le digo—. Toma tu libro. Ahora lo viviré.

—¡No! Prefiero que lo lleves en la mano. Ese es parte del juego. También de la metáfora.

Llego a Gran Vía. Extrañamente empiezo a ver gente.

—¿Sois otros personajes de esta historia? —le pregunto a un grupo de chicos que me miran extrañados.No me contestan. 

Ahora sí veo un taxi, levanto la mano y se detiene. Le doy la dirección del hotel. El taxi avanza por una ciudad en la que la niebla sigue inmóvil y el amanecer no termina de llegar. Me bajo cuando el taxi llega al hotel. Pago. Dejo el libro en el asiento y cierro la puerta. Veo el taxi irse calle abajo. Me quedo quieto. Durante unos minutos creo que ese es el final de la historia. Lo que descubro después es que no, que apenas era el principio. Entonces decido no subir a mi habitación. camino. Por la curva de San Francisco en dirección a Beiramar veo a la mujer saliendo apurada del portal de la esquina. Veo en los soportales al hombre que fuma hachís o heroína. Nos miramos como se miran los animales. Desde esa distancia, mientras él mantiene la mirada, le grito a la mujer:

- Preferiría leerlo- pero cuando miro la niebla ya la ha diluido.

Avanzo, entonces, con la idea de encontrarme, de nuevo, el libro, las viñetas, el relato y cambiar el curso de esta historia.

Suena  la sirena de un barco en la ría. 

Sigue la noche. Solo es real la niebla. 


domingo, agosto 09, 2026

El Ballena

Ballena salió hacia la carretera poco antes de que empezara a amanecer. Subió por la cuesta del Muerto y atravesó las casas de la aldea que miran hacia el mar. Un gato se cruzó a toda velocidad persiguiendo a una rata y Ballena pensó que la rata estaba liquidada. No tenía opción y tuvo miedo de que fuera una premonición Les perdió la pista. Giró en el callejón de Andrea y volvió a la calle Steffan Morling, donde los gemelos y el tendón de Aquiles van en su máximo nivel de exigencia. Esa calle no es una cuesta: es un muro. Caía algo de lluvia, esa lluvia ligera y casi invisible que se mezcla con las nubes; sin embargo, por el este, el sol anunciaba su luz: el pronóstico del tiempo daba un día húmedo y soleado. Los veranos ya no son lo mismo, pensó Ballena. El cielo empezaba a clarear. "Ya se viene la mañana" —se dijo a sí mismo. Cruzó al lado del huerto de Sebas y alcanzó la carretera del cementerio, que asciende sin descanso hasta el campo de fútbol abandonado. Las casas desperdigadas y sin orden —o un orden indescifrable— parecen la metáfora del destino. Cada parroquiano construyó su vivienda con sus artimañas. Cada casa es su calle, su aldea y su cosmos. Es como si ninguna tuviera que ver con la otra. El reparto espacial alrededor de la ladera de la montaña parece dictado por el azar o por la caída de las hojas del otoño.

Ballena llega, entonces, a la carretera principal y se para en el arcén. Desde allí arriba se ve la bahía y la ladera de algunos otros montes. El amanecer se va haciendo cada vez más preciso y contundente. En el mar distingue dos barcos: uno inmenso y uno que podría ser de pesca. Mira a los lados y ve que por ninguno de los dos carriles vienen autos. Cruza dando un pequeño sprint. En el otro lado se mete por la pista de los molinos. El monte es frondoso y huele a humedad. El camino se va haciendo estrecho, comido por helechos y hojas. Ballena avanza bosque adentro hasta que el camino se diluye en monte y parece empezar a desaparecer la civilización. Entonces Ballena se detiene y respira hondo por primera vez desde que ha despertado. Recrea los pasos, cada centímetro y cada segundo avanzado desde que despertó. Cierra los ojos. Suspira y coge aire. Siente la humedad y el olor del bosque. La mezcla bestial de las hojas, de las plantas y de la tierra sumándose unos a otros para hacer esa fragancia universal y hermosa. Abre los ojos y vuelve a caminar. No hay camino. Va pisando helechos, plantas, tierra húmeda, a ratos charcos. Oye pájaros al otro lado de las copas de los árboles. Se deja guiar por su preciso sentido de la orientación. La mañana se ha formado enorme y monumental. Sube la temperatura por minutos. Lo nota en la piel, lo nota en la soltura de los músculos, lo nota en la percepción de las cosas. Se apoya en los troncos de los árboles cuando siente que pierde equilibrio y fuerza en ese brusco caminar sin camino. Tiene que pisar con mucha fuerza. Cada zancada es una batalla. Ha escogido la ropa inteligentemente, pero aun así suda y siente cierto agotamiento. Se sienta en un conjunto de rocas que aparecen de golpe. Bebe agua. Calcula y mide, y se da el lujo de beber un sorbo más. Mira la hora en el reloj de pulsera. Se pone en pie y sigue avanzando. Asciende una rampa terrible. Una ladera marcada por piedras y musgo. Casi no es caminar, es casi escalada. Sube dos tramos y aparece un tercero. En un pequeño claro se queda de pie y mira hacia abajo. Vuelve a ver un fragmento de la bahía. A la derecha logra ver un pequeño recoveco de la aldea. El mundo, su mundo, parece estático e inmóvil desde ahí. Uno es incapaz de imaginar la vida dentro de esas casas cuando las ve desde lejos. Es como si nadie las habitara. Siente ganas de vomitar. Siente una náusea que se confunde con el temor y la ansiedad. No sabe por qué, pero se le cae una lágrima. Ballena mira entonces el reloj y sigue ascendiendo. Arriba huele a eucalipto. Piensa, no sabe por qué, en Ramón, un antiguo amigo que se fue a la capital doce años antes y del que perdió la pista.

Llega arriba. Arriba nota el sol que hoy está superlativo. El brillo del mar reverbera incluso en la cima. Al otro lado, el trozo de mar que nunca ven, el Atlántico perdiéndose hacia la nada. En ese lado hay más barcos hacia el sur, distingue otras poblaciones, otras casas, otras laderas, otras huertas, otras cuestas, otras calles y carreteras comarcales. También esas vidas son imposibles de imaginar, piensa Ballena. Vuelve a cerrar los ojos y vuelve a respirar. Está sudando mucho. La camiseta tiene marcas esparcidas que forman dibujos amorfos. Empieza el descenso. Intenta frenarse porque las piernas confunden fuerza y velocidad y se acelera. Va dando pequeños saltos para evitar piedras y rocas. Va seguro y confiado y sube la velocidad. De repente cae de golpe, porque tropieza con algo que no ha llegado a ver. Rueda algunos metros hacia abajo. Se pincha y siente una punzada en la rodilla. Ballena siente un dolor insoportable. Se toca la rodilla y sospecha una lesión importante. Se queda tirado entre las hojas y las ramas y la riqueza del suelo. Respira, grita y respira. Mira el reloj y, como buenamente puede, se pone de pie. Ballena es ahora un hombre cojo descendiendo una montaña sin caminos ni senderos. Baja como puede, arrastrando la pierna herida y otorgándole a la otra el poder que no tiene. Ballena suda, tiene ganas de quitarse elementos de la ropa, pero sabe que es mejor que no. Sigue desviándose, evitando cualquier atisbo de civilización. Baja. Baja como puede. Mira de nuevo el reloj. Cuando el monte empieza a clarear y a llanear, aparecen los primeros vestigios de costa. Ese fragmento del litoral inaccesible en carretera, deshabitado y hermoso. Camina por una pradera. Escucha el riachuelo a su lado y sigue su ruta. Ve, al fondo, las piedras de Viera. Alcanza la cala de arena de apenas unos metros. Recorre las piedras pisando la orilla. Se le empapan las botas y la parte de abajo del pantalón. Bordea como puede y finalmente lanza la mochila hacia el otro lado con la esperanza de que el lance sea perfecto y alcance el lado inalcanzable por tierra para él. Ese último tramo no le queda más remedio que nadar. Bucea porque la pierna herida le molesta en el movimiento. Sube cada veinte segundos a coger aire. Pasa por debajo de una cueva y siente vértigo. Ve el destello al otro lado y emerge. Allí ve la barca y la mochila que ha lanzado. Trepa las piedras dando gritos, porque el dolor de la rodilla es, ahora sí, insoportable. Empuja la barca, mete la mochila y se sube a ella. Rema mar adentro. Se quita la camiseta empapada y se queda con una camiseta de neopreno. La ropa pesa millones de kilos. Sigue remando. La técnica no es mala y avanza con precisión. Hace un calor potente.oLos veranos ya no son lo mismo. Cada rato se moja la cara y la nuca. Vuelve a beber agua. Mira hacia la costa y ve que sorprendentemente la tierra empieza a quedar bastante atrás. La costa desde ahí parece ya una miniatura. Deja de remar unos minutos. Se tumba a lo largo de la barca. Ahora ya puede, por fin, encender el motor. Mira hacia el oeste. La marea es propicia. El ruido del motor rompe el vaivén de golpes del agua en la lancha. Es todo rítmico y extraño. Cuando mira hacia atrás ve que la costa es una línea, el continente se diluye. Cierra los ojos, respira y esta vez sí se permite llorar. Suelta a lágrimas la tensión, pero también es una forma de liberar el dolor de la rodilla. Grita, grita desconsolado. Es en ese momento que ve por babor, muy a lo lejos, dos manchas que se van volviendo embarcaciones. Avanzan rápido hacia él. Mira la hora. Calcula y sabe que aún está lejos del islote. Pone el motor a toda potencia. Las dos embarcaciones le van comiendo terreno por segundos. Mira a lo lejos y no hay rastro del islote. Entonces Ballena lanza la mochila y, con el motor encendido, se lanza al mar. Bracea y bucea a ritmo desigual. Jadea como si el aire no llegara con soltura a sus pulmones. Se sumerge y en cada inmersión cambia de dirección. Intenta avanzar en dirección contraria a la barca, que avanza sola hacia la nada, como si estuviera manejada por un fantasma. Las dos embarcaciones están ya a pocos metros, pero siguen a la barca; a Ballena no le han visto. Se sumerge cuando las ve muy cerca. Coge aire y dentro del agua intenta no consumir energía. Oye el ruido amortiguado bajo el agua de los otros pasar, ve el rastro hermoso del agua rompiéndose en el avance. Piensa en Andrea, piensa en un día que pasearon por Madrid y que ella le habló de un libro del que no recuerda el título, pero que era la historia de una ballena, como él. Piensa en Quique, que se reirá el día que le cuente todo esto, y piensa en Lucas, su hermano. El dolor y la miseria a la que le sometía. En cada día de su vida con Lucas. En su manera despiadada y cruel, en su miseria. Lucas, el amoral Lucas. "Yo no elegí un hermano" —piensa Ballena con los últimos restos de oxígeno. Entonces emerge y no ve nada. Escucha y ve destellos. Las reverberaciones del mar y las voces de los hombres se confunden. Hay, piensa Ballena, algo de una extraña paz en todo esto.

—Carlos Arcas, el Ballena. Queda detenido por el asesinato de Lucas Arcas, el Delfín. Tiene derecho a guardar silencio o a no declarar si no quiere.

El Ballena, exhausto, mira a lo lejos y ve la barca parada y sola allí a lo lejos, en medio del mar, hermosa y libre. Y piensa: "Espero que Quique me perdone que no se la devuelva".

Mi lista de blogs

Afuera