Llega a Bilbao a las 16:15 de una tarde de finales de septiembre. Sale de la estación de autobuses desubicado y cansado. Camina y ve el estadio de fútbol. Piensa que es extraño un lugar para las masas vacío y silencioso. Amenaza lluvia, pero de momento solo caen unas suaves y ligeras gotas que en la zona llaman txirimiri. Se repite la palabra varias veces. Es rítmica y musical. Es una palabra hermosa, piensa. Luego recuerda que en su zona se llama calabobos y gira por la calle Pozas. Avanza con la mochila en la espalda buscando la dirección que tiene anotada en un papel. Detesta anotar cosas en el teléfono. De hecho, el teléfono ya no le funciona. Observa a los peatones del modo peculiar e incisivo que observamos a los peatones cuando no estamos en nuestra ciudad. Como si buscáramos las costumbres, lo distinto, en ellos. Algo por descifrar que no es del todo evidente. Imagina vidas a esas personas que le pasan de largo. Una joven pareja, una chica con rastas, un señor de avanzada edad que mira hacia la nada. Espectros del otro lado de la vida.
El txirimiri, cae en cuenta en ese momento, se ha detenido. Huele a planta, pero no identifica el olor. Llega a Alameda de Recalde con Barraincua. En la esquina, tal como indica el papel escrito, encuentra las oficinas de la funeraria. Se acerca a la puerta, pero está todo cerrado. Da unos cuantos golpes, pero no aparece nadie. Mira a los lados, desconcertado. No sabe qué hacer y avanza hasta la ría. Rodea el Guggenheim. El lugar está lleno de turistas y gente paseando. Se sienta en el parque que hay en un lateral. Tiene ganas de cerrar los ojos y dormir, pero no lo hace. Se queda pensando qué hacer. Decide caminar en paralelo a la ría dirección al casco viejo. Se cruza con ciclistas, peatones, gente diversa, pero ya no los observa. Son fugaces, casi invisibles. En el casco viejo entra en la pensión Manoli. No hay nadie en recepción. Espera unos minutos mirando la pared. Empieza a llover con fuerza. Aparece una mujer y le pregunta por una habitación.
—Tiene suerte, me queda una libre. Ya nadie viene sin reservar.
Sube al segundo piso. La habitación es agradable, con ese aire de vida. Ahora todo aséptico e impoluto. Se agradecen los resquicios de vida humana. Se tumba en la cama después de quitar la colcha. Abre el balcón, porque llueve pero la temperatura es suave. La calle es estrecha y el balcón del edificio de enfrente le devuelve la imagen de una pareja fumando. Se miran y al cruzar las miradas las desvían. Él disimula, pero en cuanto puede se levanta a correr la cortina para sentir intimidad. Abajo se oye a dos chicos gritar y reírse. Hablan de fútbol. Coge el teléfono de la mesilla, descuelga y le dice a la mujer de recepción si puede hacer una llamada.
—Perdone, pero tenemos problemas con el servicio. ¿No tiene teléfono móvil?
—Se me ha roto —contesta.
Cierra los ojos un rato. Le vienen las imágenes de los días previos. La carretera. La velocidad. Los árboles, olores mezclados. No llega a dormirse ni a soñar, pero entra en ese estado que se parece a dormir y a soñar. Cuando abre los ojos le cuesta reubicarse un par de segundos. Hostal, lluvia, Bilbao. Vuelve al presente. Se pone de pie. Se mira en el espejo. Siempre espera encontrar otra cara. Una que tuvo quince años antes. No la de ese señor con el que no está de acuerdo. Se lava los dientes y baja. Sale a la calle y enfila por Askao. En la plazuela de San Nicolás pasa un ciclista irresponsable que casi le atropella. No le dice nada. Se queda mirándole pasar entre alarmado e indignado. El ciclista se pierde por la calle a una velocidad absurda. Sale al parque del Arenal. Vuelve a mirar las indicaciones y decide volver a las oficinas de la funeraria. Quizá ahora haya suerte, piensa. Al otro lado del río ve una silueta que cree reconocer. Mira atentamente. El nervio en medio con su flujo y la distancia a la otra orilla le hacen dudar, pero está convencido de que es Carolina. Sale corriendo hacia el puente del Arenal. Ve venir el tranvía. Se tropieza con un peatón que le insulta:
—¡Mamarracho!
No ríe, pero le hace gracia el insulto. Ya nadie llama mamarracho. Y un insulto pasado de moda pierde su mordiente, piensa. No baja el ritmo. Le sorprende que aún tenga esa velocidad. No debería tenerla. Baja por la cuesta de Ripa hasta el paseo. De repente duda. ¿Y si no fuera Carolina? En la terraza del Bar Kubrick ve a una pareja discutiendo. Solo alcanza a escuchar una frase de ella:
—Detestas la inestabilidad. ¡Tu mente no tiene orificios!
Se mete por el muelle paralelo al Nervión. Carolina debe estar un poco más adelante. Vuelve a llover. Se empapa. Ahora no es txirimiri, no es el calabobos. Ahora se empapa. Corre, pero no aparece la silueta de Carolina. Por debajo del puente, en los soportales, la encuentra; se ha quedado ahí a cubierto.
—¡Carolina! —dice pleno de emoción.
Carolina levanta la vista. Le ve y empieza a llorar.
—¿Pero tú también estás aquí? —le dice mientras él se abalanza a abrazarla.
Se quedan más de un minuto abrazados. Él deja caer una lágrima. Ella solloza, pero también ríe. Se cogen las manos. Se miran abrumados. No pasa nadie por debajo del puente. Cuando hablan, la acústica es poderosa. Reverberan sus frases dotándolas de mayor solemnidad.
—¿Cómo es posible que estemos a la vez aquí, ahora?
La frase suena filosófica, trascendental, pero para él lo es. Se miran y entonces Carolina le besa. Hacía mucho que no se besaban. Pero el pasado, ese pasado estático, allí a lo lejos, y el presente, se funden y entonces sienten una forma de no tiempo. Es un beso eterno en su dimensión. Se separan. No llegan a decir palabras completas. Balbucean dominados por una emoción extrasensorial. La lluvia sigue salvaje sobre el suelo.
—Pero realmente, ¿qué más da la lluvia? —le dice Carolina.
La frase suena, de nuevo, poderosa bajo el puente. Salen por el otro lado. Por el muelle no transita nadie. Es sorprendente la velocidad a la que todos han huido. La lluvia ha borrado a los turistas. Él le coge la mano y ella sonríe.
—Me había olvidado lo mucho que me gustabas —le dice.
—¿Te había dado tiempo de verdad a olvidarlo? —pregunta ella con genuina curiosidad.
—¿Cuánto tiempo ha pasado realmente? —y los dos ríen.
—Vaya uno a saber —contesta ella.
—¿Sabes llegar? —le dice él.
—No, ¿y tú?
—Sí, he pasado al llegar.
Entonces empieza a correr. La lluvia es prodigiosa. La ciudad de repente huele a monte, a vida.
—¿Así te olía a ti también después de la curva? —dice Carolina.
—Exactamente igual. La curva y el olor. Fue todo seguido. El olor lo invadió todo. ¿Tú también llegaste en bus?
—Llegué en avión. El aeropuerto estaba medio vacío. A veces no sé si todos somos iguales.
—Yo tampoco lo sé.
Enganchan con el puente Zubizuri. Arriba él patina y ella sonriendo dice:
—Me cago en Calatrava.
Suena la carcajada por la ría. Con un poder estremecedor. Salen a la plaza de la Convivencia. En las escaleras un chico con la camiseta del Barça les pide ayuda.
—No sé dónde estoy —mirándoles compungido.
—Eso es difícil de resolver. Pero mejor baja hasta el muelle. Allí se empieza a comprender —le dice ella, sabiendo que en realidad esa indicación es un regalo.
El chico les mira aturdido. Se mira las manos y baja las escaleras. Entran por la calle Ercilla. Entran a un bar que se llama La Roca. En la televisión dan cifras de los accidentes en carretera y el pronóstico del tiempo. Piden una cerveza.
—¿Aquí ya no hacen control de alcoholemia? —y vuelven a reír.
Apuran la cerveza en tres tragos. Se vuelven a besar.
—No da tiempo a nada más —le dice él mirándola con picardía.
—Es probable que nos estén esperando ya.
Ya no corren. Caminan sosegados. También la lluvia baja el ritmo. Apenas gotas esporádicas. Disfrutan las últimas manzanas antes de llegar al destino. Cruzan a lo loco por una calle. Dos coches casi chocan entre ellos, pero no es por su culpa. Los conductores discuten. Uno de ellos:
—¿Se os olvida conducir cuando llueve?
Llegan a la esquina de Alameda de Recalde con Barraincua. Ven una figura dentro de la funeraria. Abren la puerta.
—Buenas tardes —dice ella—. Somos Carolina Venturrini y Hernán Umendi.
El hombre levanta la vista y chequea el ordenador.
—Se han retrasado un poco. Pero adelante. Sus entierros están programados hace más de media hora. ¿Fue culpa suya el accidente?
—No vi el giro completo de la curva. El asfalto mojado hizo patinar el coche. No iba tan rápido. Aún no sé qué pudo suceder.
—Sí, esa curva es terrible. No es la primera vez. ¿Notó el olor a monte, a árbol? Nadie sabe definirlo.
—Sí, parecido al césped mojado, también. Luego ya aparecí en el autobús. La llegada al terminal. Las indicaciones. Me di cuenta en seguida.
—¿Y usted? —dice el hombre mirando a Carolina.
—Noté el olor, sí, y aparecí en el avión aterrizando. Tardé en comprender. Pero creo que había algo de negación.
—Es una reacción habitual.
—Sí, esa curva es terrible. No es la primera vez. ¿Notó el olor a monte, a árbol? Nadie sabe definirlo.
—Sí, parecido al césped mojado, también. Luego ya aparecí en el autobús. La llegada al terminal. Las indicaciones. Me di cuenta en seguida.
—¿Y usted? —dice el hombre mirando a Carolina.
—Noté el olor, sí, y aparecí en el avión aterrizando. Tardé en comprender. Pero creo que había algo de negación.
—Es una reacción habitual.
El hombre rellena datos con el teclado del ordenador. Ellos dos se cogen, entonces, muy fuerte de las manos.
—Bueno, van a tener que ir entrando —dice el hombre con cara seria.
Ellos, sin rubor, deciden besarse. El hombre no mira. Sella unos papeles que acaba de imprimir y los grapa. Entonces Carolina mira al hombre y le pregunta:
—Disculpe una duda, pero ¿por qué Bilbao?
—Nunca se sabe por qué sucede. Aún no hemos descifrado la razón, pero no es mal destino, ¿no le parece?
—Es formidable.
Entonces cruzan el umbral y reverbera el frenazo por toda la ría. Bilbao es su destino.