jueves, septiembre 24, 2026

El perseguido

El tedio y la incertidumbre pueden arrastrarte al absurdo. Llevaba en paro seis meses. Mi habilidad para buscar trabajo tiende a cero y no encontraba la manera de arrancar esa incertidumbre de mi existencia. Llevaba semanas en que mi única actividad consistía en sobrevivir y dar paseos extenuantes por la ciudad. Paseos sin destino ni ruta predefinida. Salía por la mañana y volvía a casa a mediodía para comer. Descansaba o miraba la pared un par de horas o tres y salía de nuevo por la tarde hasta que la noche era total. Esos paseos tenían algo deslumbrante: me mostraban las formas de la ciudad que conviven contigo y que nunca reparas en ellas. La ciudad, se sabe, sí, pero es un cúmulo de capas de realidades tan exagerada, que parece un milagro que convivamos tanta gente junta en unos cuantos cientos de kilómetros cuadrados.


En esos paseos vi de todo. Parejas arrasadas por la tragedia, llorando en andenes de metro o discutiendo en parques apartados. Vi a gente llorar desconsolada en medio de una calle vacía. Vi gente hablando sola. Vi gente mirando a la nada, mucha gente mirando a la nada.  Vi turistas despistados en barrios en los que no deberían estar. Vi a niños perdidos buscando a su madre. Vi a madres buscando a niños. Vi peleas en la acera y a conductores amenazándose de muerte. Vi desahucios violentos donde la policía ejercía una violencia innecesaria. Vi mucha gente sin casa. La ciudad es un ente inexplicable. Pero lo que más vi, y este es el motivo de mi narración, fue a un individuo anónimo que decidí seguir hasta el agotamiento.


Con frecuencia, cuando caminas tanto, terminas por descubrir que al cabo del día hay mucha gente con la que te cruzas más de una vez en tu vida. Normalmente no lo percibes, porque vamos mirando otra cosa que está más allá de la calle: tus desasosiegos y desconciertos; pero cuando pasas a ser un observador permanente o un espía de la totalidad, retienes esos rostros que van pasando con frecuencia a tu lado. Esas caras despistadas que tampoco te retienen a ti. En los alrededores de mi casa había visto, en el intervalo de pocos días, a un hombre de unos treinta años. Había algo en él que me producía una fascinación extraña. Notaba la diferencia sociológica y generacional entre su manera de entender el mundo y la mía. Era algo notable en su forma de andar, de vestirse, de observar. Era ese tipo de personas que son elegantes sin esfuerzo. Su ropa era medianamente gastada: camisas anchas, una gorra adapta a su rostro, que le dotaba de un aire mezclado entre antiguo y actual, urbano, pero distinguido. Sin sobresalir, pero sin ser del montón. Una persona chic. Caminaba desentendido de la realidad callejera. Atento a su móvil y siempre con un bolso muy ancho de cuero colgado del brazo izquierdo.


No sé si fue la sexta o la séptima vez que coincidí con él que ya miré con otra atención. Había algo llamativo en esa persona, pero no sabía descifrar. Parecía netamente una persona del mundo de hoy. Ajeno a las tradiciones del país o de su cultura. Una persona anclada en la actualidad hasta el tuétano, pero en esa actualidad global, carente de arraigo. No sabría describirlo de otra manera. Entonces, atraído por ese extraño magnetismo o por una curiosidad por entender qué era exactamente lo que me producía, decidí seguir sus pasos un rato, ver dónde iba, si siguiendo un rato descubriría algo de ese personaje anónimo.


Eran días, como he dicho, de tedio e incertidumbre y lo asumí como una forma de juego. Le vi pasar a mi lado. Ajeno, por supuesto, a mí. Iba con audífonos mirando a la nada y entonces esperé dos o tres segundos, me giré y comencé la persecución. No había en mí más motivación que la curiosidad o cierta ambición de estudio antropológico amateur. Todo esto sucedió en la esquina de la calle Imperial con la calle del Salvador, donde giró. A la izquierda, en una ventana en el edificio del Ministerio de Asuntos Exteriores, una mujer limpiaba los cristales de la planta baja. Me miró y pensé durante unos segundos que me había descubierto, que había detectado en mi actitud mi extraño plan de perseguir y espiar a un desconocido, y durante unos segundos me sentí absurdo y extraño, pero ignoré mi paranoia porque mi único propósito era, por decirlo de algún modo, la diversión. Cuando alcanzó Concepción Jerónima giró hacia su derecha para bajar hacia la calle de Toledo. En la esquina de abajo se detuvo a mirar el escaparate de la tienda de uniformes y monos para empresas Confecciones Zorrilla, que lleva ahí desde el siglo XIX. No vi otro motivo en él que la curiosidad y pensé: también el curioso es curioseado. Cruzó sin mucha precaución ni civismo hacia Tintoreros y me vi obligado a ser igual de imprudente. Un autobús que venía por el lado derecho tocó la bocina para recriminarme y un peatón desde el otro lado gritó:


—¡Sí, es que estás loco!


Pero mi perseguido, imbuido en la música de los audífonos, no atendió a esa cacofonía del tráfico. Lo cual me evitó ser descubierto. Aunque dudo que me reconociera o adivinara mis intenciones. A partir de ahí su recorrido es impreciso o poco descifrable:

Atraviesa Puerta Cerrada y se dirige por la calle de la Pasa. Me veo obligado a acercarme más para no perderle el rastro. En la calle de la Pasa solo la atravesamos los dos. No hay más peatones. Lo que me produce cierta tensión. En la plaza del Conde de Barajas se detiene bajo el primer árbol y durante dos o tres segundos no sé qué hacer. Disimulo como para entrar en un local que se llama Federal, pero justo cuando abro la puerta, veo que arranca su camino de nuevo hacia Conde de Miranda; en la plazuela gira a la izquierda hacia la iglesia del Corpus Christi. Para mi sorpresa, entra. Me quedo en la puerta dudando. Entrar sería un riesgo excesivo, pero quizá me empezaría a dar nuevas perspectivas de mi personaje. Jamás en mi vida había entrado y me quedo abrumado con el retablo y con la pintura de la Última Cena. Mi perseguido se sienta y mira el retablo. No se da cuenta de mi presencia. Saca del inmenso bolso de cuero una botella de agua y se refresca. Unos segundos después veo que entra una mujer que se sienta a su lado, le da un beso y sonríen. Salen a la calle y suben por la calle del Codo llegan a la plaza de la Villa. En la plaza de la Villa se besan compulsivamente y se abrazan. Ella es una persona de su estilo: moderna, actual, sofisticada. De la mano bajan por la calle Mayor. Caminan rápido, como si tuvieran prisa. Giran en la calle de San Nicolás y a un ritmo frenético llegan a la plaza del Biombo y entran en el número 6. Me siento en un banco debajo de un árbol. El calor es cada vez más extremo en la ciudad. Pasan cuarenta o cincuenta minutos y me pongo en pie. La persecución por ese día ha acabado, pero esto es tan solo el primer día.


Dos días después me lo vuelvo a cruzar y emprendo una nueva persecución. Lo poco productiva que había sido la primera vez, la segunda es un flujo de datos. En la calle Lechuga se encuentra con otra mujer. Caminan y atraviesan la plaza Mayor. Encaran la calle Mayor hacia abajo y repite la ruta hasta la plaza del Biombo. Vuelve a entrar en el 6. Esta vez soy paciente y espero. Dos horas después salen del portal. Les sigo. Van hasta la plaza de Ópera. Se despiden. Ella entra al metro y él sube por Arenal. Gira en Hileras hasta las Descalzas. Sube a Callao. Llega hasta Luna y entra por Corredera Baja de San Pablo. En Corredera Baja de San Pablo entra en el teatro Lara. Sin temor yo también entro. Veo que habla con un grupo de gente. Oigo su voz. Nadie se da cuenta de mi presencia, porque permanezco en un claroscuro cerca de la puerta. Hablan de una función. Le hacen preguntas técnicas y de actuación. Descubro que probablemente sea director de teatro. Entran a la sala y desaparecen. Evitando la vigilancia, entro por una puerta y me siento en una zona en sombra del patio de butacas, muy atrás. Imposible verme. Los actores salen a escena y él se pone en un lateral.


—Vamos a hacer toda la escena final —dice con tono amable.


La escena arranca. Los actores entran en papel. La intensidad se nota en todo el teatro. Se habla de dolor y de tragedia. La actriz llora, el actor se demora a sus pies. Suena una música atronadora, ruido y bestial. No sé por qué, pero todo me arrastra a un estado de tensión. Él, de repente, cambia de tono y se pone firme, serio.


—No podéis dejaros arrastrar por todos los elementos de la escena. Vosotros tenéis que dar un contrapunto. Todo a vuestro alrededor es sobrecogedor, también vuestras frases, pero es importante que deis el contrapunto, no os subáis a ese salvajismo.


Se da la vuelta. El actor grita y la actriz dice una frase netamente filosófica:


—De hecho, si algún día se descubriera realmente la fórmula de todos nuestros deseos y caprichos, es decir, de qué dependen y a qué leyes concretas obedecen, cómo se desarrollan, hacia dónde se orientan en tal o cual caso, etcétera, etcétera; esto es, si se encontrara una fórmula matemática genuina, entonces el hombre, de manera inmediata, posiblemente dejaría de sentir deseos; mejor dicho, dejaría de sentirlos con toda seguridad. ¿Qué sentido tendría desear siguiendo una tabla?


Suena la música. Mi perseguido se pone de pie. Descubro que está llorando. Abraza al actor.


—Este es el camino —le dice.

Por la puerta del lateral entra una persona. Descubro a la mujer del primer día. Sube y le besa. Él dice:


—Ahora vamos a repetir la escena con ella.


Ensayaban un diálogo que fuera de contexto parece algo extraño. La mujer que le ha besado dice:


—A ver, señores, ¿qué tal si nos libramos de tanta cordura de una maldita vez, aunque solo sea para mandar al diablo todos esos logaritmos y poder vivir de nuevo con arreglo a nuestra estúpida voluntad?


Luego se pierden en asuntos técnicos y colocación de escena. Intento salir, pero lo veo difícil sin ser descubierto. Aguanto en el claroscuro sin ser visto. Dos horas después salen de escena y aprovecho para salir. De salida me fijo en los carteles. Espero en la calle. Veo los carteles, pero ninguno me indica que sea la obra anunciada de mi perseguido alguna de ellas. Media hora después sale de la mano con la chica. Suben hasta la plaza Dos de Mayo. Beben cerveza en una terraza. Yo aprovecho para beber también. La noche cae solemne y cálida en Madrid. Se levantan. Esa noche terminan, de nuevo, en la plaza del Biombo. Descubro que vive en el piso dos porque desde el banco veo cuando se enciende la luz. Al rato apagan la luz y se enciende un neón anaranjado. En una esquina, detrás del balcón, veo a ratos pasar una sombra. Poco más.


Paso dos días sin cruzarme con él y decido ir pronto una mañana a la puerta de su casa. Le veo salir a la media hora. Camina veloz hasta plaza de España atravesando el Palacio. En plaza de España se encuentra con una tercera mujer a la que también besa. Se van caminando hasta Princesa. En Princesa suben por la calle Juan de Dios. Van agitando mucho los brazos; ella le recrimina algo que no logro identificar. Está furiosa. Él se mantiene sereno, inquebrantable. Ella entonces grita y solo oigo:


—Siempre haces lo mismo —y sale corriendo.


Él sigue la misma dirección pero a ritmo pausado. La pierde de vista. Yo a él no. Sube hasta la plaza de Comendadoras. Se sienta en la terraza del Café Moderno. Pide un desayuno con tostadas. Yo me quedo en los bancos al lado del parque. Media hora después estamos, otra vez, en el teatro. Esta vez todo es más sorprendente porque el ensayo es con la amante que ya sabía que era actriz, pero ahora se suma otra de las amantes o lo que sospecho que son amantes. El diálogo entre ellas es enfermizo. Se recriminan una a la otra un trabajo mal hecho. No sé si son asesinas en serie, torturadoras o policías de un régimen fascista. Él sale a escena y las increpa. Esta vez el tono es más violento.


—A veces parece que no queréis ser actrices. ¿Podéis ser un poco más profesionales? —les dice en un tono francamente molesto.


El ensayo se prolonga un rato largo, tanto que me quedo dormido un tiempo que no sé descifrar. Coincide que el ensayo termina y los tres se meten a los camerinos. Cuando estoy avanzando por la oscuridad para salir y no ser visto, oigo unos gritos violentos de mujer. Salgo a la calle y espero. 


Dos días después me levanto. Me preparo un café y veo su cara en las noticias. La presentadora dice que el reputado director de teatro Alejandro Venturini ha sido denunciado por más de una decena de actrices por acoso y violencia sexual y abuso de poder.


—Y es por eso, señor agente, que he venido. Quería contar todo lo que sabía.


—El problema, señor Aguirre, es que usted tiene una demanda por delito de acecho y hostigamiento por parte de Alejandro Venturini. Y lo peor para usted es que ha presentado pruebas.

lunes, septiembre 21, 2026

Destino: Bilbao

Llega a Bilbao a las 16:15 de una tarde de finales de septiembre. Sale de la estación de autobuses desubicado y cansado. Camina y ve el estadio de fútbol. Piensa que es extraño un lugar para las masas vacío y silencioso. Amenaza lluvia, pero de momento solo caen unas suaves y ligeras gotas que en la zona llaman txirimiri. Se repite la palabra varias veces. Es rítmica y musical. Es una palabra hermosa, piensa. Luego recuerda que en su zona se llama calabobos y gira por la calle Pozas. Avanza con la mochila en la espalda buscando la dirección que tiene anotada en un papel. Detesta anotar cosas en el teléfono. De hecho, el teléfono ya no le funciona. Observa a los peatones del modo peculiar e incisivo que observamos a los peatones cuando no estamos en nuestra ciudad. Como si buscáramos las costumbres, lo distinto, en ellos. Algo por descifrar que no es del todo evidente. Imagina vidas a esas personas que le pasan de largo. Una joven pareja, una chica con rastas, un señor de avanzada edad que mira hacia la nada. Espectros del otro lado de la vida.

El txirimiri, cae en cuenta en ese momento, se ha detenido. Huele a planta, pero no identifica el olor. Llega a Alameda de Recalde con Barraincua. En la esquina, tal como indica el papel escrito, encuentra las oficinas de la funeraria. Se acerca a la puerta, pero está todo cerrado. Da unos cuantos golpes, pero no aparece nadie. Mira a los lados, desconcertado. No sabe qué hacer y avanza hasta la ría. Rodea el Guggenheim. El lugar está lleno de turistas y gente paseando. Se sienta en el parque que hay en un lateral. Tiene ganas de cerrar los ojos y dormir, pero no lo hace. Se queda pensando qué hacer. Decide caminar en paralelo a la ría dirección al casco viejo. Se cruza con ciclistas, peatones, gente diversa, pero ya no los observa. Son fugaces, casi invisibles. En el casco viejo entra en la pensión Manoli. No hay nadie en recepción. Espera unos minutos mirando la pared. Empieza a llover con fuerza. Aparece una mujer y le pregunta por una habitación.

—Tiene suerte, me queda una libre. Ya nadie viene sin reservar.

Sube al segundo piso. La habitación es agradable, con ese aire de vida. Ahora todo aséptico e impoluto. Se agradecen los resquicios de vida humana. Se tumba en la cama después de quitar la colcha. Abre el balcón, porque llueve pero la temperatura es suave. La calle es estrecha y el balcón del edificio de enfrente le devuelve la imagen de una pareja fumando. Se miran y al cruzar las miradas las desvían. Él disimula, pero en cuanto puede se levanta a correr la cortina para sentir intimidad. Abajo se oye a dos chicos gritar y reírse. Hablan de fútbol. Coge el teléfono de la mesilla, descuelga y le dice a la mujer de recepción si puede hacer una llamada.

—Perdone, pero tenemos problemas con el servicio. ¿No tiene teléfono móvil?
—Se me ha roto —contesta.

Cierra los ojos un rato. Le vienen las imágenes de los días previos. La carretera. La velocidad. Los árboles, olores mezclados. No llega a dormirse ni a soñar, pero entra en ese estado que se parece a dormir y a soñar. Cuando abre los ojos le cuesta reubicarse un par de segundos. Hostal, lluvia, Bilbao. Vuelve al presente. Se pone de pie. Se mira en el espejo. Siempre espera encontrar otra cara. Una que tuvo quince años antes. No la de ese señor con el que no está de acuerdo. Se lava los dientes y baja. Sale a la calle y enfila por Askao. En la plazuela de San Nicolás pasa un ciclista irresponsable que casi le atropella. No le dice nada. Se queda mirándole pasar entre alarmado e indignado. El ciclista se pierde por la calle a una velocidad absurda. Sale al parque del Arenal. Vuelve a mirar las indicaciones y decide volver a las oficinas de la funeraria. Quizá ahora haya suerte, piensa. Al otro lado del río ve una silueta que cree reconocer. Mira atentamente. El nervio en medio con su flujo y la distancia a la otra orilla le hacen dudar, pero está convencido de que es Carolina. Sale corriendo hacia el puente del Arenal. Ve venir el tranvía. Se tropieza con un peatón que le insulta:

—¡Mamarracho!

No ríe, pero le hace gracia el insulto. Ya nadie llama mamarracho. Y un insulto pasado de moda pierde su mordiente, piensa. No baja el ritmo. Le sorprende que aún tenga esa velocidad. No debería tenerla. Baja por la cuesta de Ripa hasta el paseo. De repente duda. ¿Y si no fuera Carolina? En la terraza del Bar Kubrick ve a una pareja discutiendo. Solo alcanza a escuchar una frase de ella:

—Detestas la inestabilidad. ¡Tu mente no tiene orificios!

Se mete por el muelle paralelo al Nervión. Carolina debe estar un poco más adelante. Vuelve a llover. Se empapa. Ahora no es txirimiri, no es el calabobos. Ahora se empapa. Corre, pero no aparece la silueta de Carolina. Por debajo del puente, en los soportales, la encuentra; se ha quedado ahí a cubierto.

—¡Carolina! —dice pleno de emoción.

Carolina levanta la vista. Le ve y empieza a llorar.

—¿Pero tú también estás aquí? —le dice mientras él se abalanza a abrazarla.

Se quedan más de un minuto abrazados. Él deja caer una lágrima. Ella solloza, pero también ríe. Se cogen las manos. Se miran abrumados. No pasa nadie por debajo del puente. Cuando hablan, la acústica es poderosa. Reverberan sus frases dotándolas de mayor solemnidad.

—¿Cómo es posible que estemos a la vez aquí, ahora?

La frase suena filosófica, trascendental, pero para él lo es. Se miran y entonces Carolina le besa. Hacía mucho que no se besaban. Pero el pasado, ese pasado estático, allí a lo lejos, y el presente, se funden y entonces sienten una forma de no tiempo. Es un beso eterno en su dimensión. Se separan. No llegan a decir palabras completas. Balbucean dominados por una emoción extrasensorial. La lluvia sigue salvaje sobre el suelo.

—Pero realmente, ¿qué más da la lluvia? —le dice Carolina.

La frase suena, de nuevo, poderosa bajo el puente. Salen por el otro lado. Por el muelle no transita nadie. Es sorprendente la velocidad a la que todos han huido. La lluvia ha borrado a los turistas. Él le coge la mano y ella sonríe.

—Me había olvidado lo mucho que me gustabas —le dice.
—¿Te había dado tiempo de verdad a olvidarlo? —pregunta ella con genuina curiosidad.
—¿Cuánto tiempo ha pasado realmente? —y los dos ríen.
—Vaya uno a saber —contesta ella.
—¿Sabes llegar? —le dice él.
—No, ¿y tú?
—Sí, he pasado al llegar.

Entonces empieza a correr. La lluvia es prodigiosa. La ciudad de repente huele a monte, a vida.

—¿Así te olía a ti también después de la curva? —dice Carolina.
—Exactamente igual. La curva y el olor. Fue todo seguido. El olor lo invadió todo. ¿Tú también llegaste en bus?
—Llegué en avión. El aeropuerto estaba medio vacío. A veces no sé si todos somos iguales.
—Yo tampoco lo sé.

Enganchan con el puente Zubizuri. Arriba él patina y ella sonriendo dice:

—Me cago en Calatrava.

Suena la carcajada por la ría. Con un poder estremecedor. Salen a la plaza de la Convivencia. En las escaleras un chico con la camiseta del Barça les pide ayuda.

—No sé dónde estoy —mirándoles compungido.
—Eso es difícil de resolver. Pero mejor baja hasta el muelle. Allí se empieza a comprender —le dice ella, sabiendo que en realidad esa indicación es un regalo.

El chico les mira aturdido. Se mira las manos y baja las escaleras. Entran por la calle Ercilla. Entran a un bar que se llama La Roca. En la televisión dan cifras de los accidentes en carretera y el pronóstico del tiempo. Piden una cerveza.

—¿Aquí ya no hacen control de alcoholemia? —y vuelven a reír.

Apuran la cerveza en tres tragos. Se vuelven a besar.

—No da tiempo a nada más —le dice él mirándola con picardía.
—Es probable que nos estén esperando ya.

Ya no corren. Caminan sosegados. También la lluvia baja el ritmo. Apenas gotas esporádicas. Disfrutan las últimas manzanas antes de llegar al destino. Cruzan a lo loco por una calle. Dos coches casi chocan entre ellos, pero no es por su culpa. Los conductores discuten. Uno de ellos:

—¿Se os olvida conducir cuando llueve?

Llegan a la esquina de Alameda de Recalde con Barraincua. Ven una figura dentro de la funeraria. Abren la puerta.

—Buenas tardes —dice ella—. Somos Carolina Venturrini y Hernán Umendi.

El hombre levanta la vista y chequea el ordenador.

—Se han retrasado un poco. Pero adelante. Sus entierros están programados hace más de media hora. ¿Fue culpa suya el accidente?
—No vi el giro completo de la curva. El asfalto mojado hizo patinar el coche. No iba tan rápido. Aún no sé qué pudo suceder.
—Sí, esa curva es terrible. No es la primera vez. ¿Notó el olor a monte, a árbol? Nadie sabe definirlo.
—Sí, parecido al césped mojado, también. Luego ya aparecí en el autobús. La llegada al terminal. Las indicaciones. Me di cuenta en seguida.
—¿Y usted? —dice el hombre mirando a Carolina.
—Noté el olor, sí, y aparecí en el avión aterrizando. Tardé en comprender. Pero creo que había algo de negación.
—Es una reacción habitual.

El hombre rellena datos con el teclado del ordenador. Ellos dos se cogen, entonces, muy fuerte de las manos.

—Bueno, van a tener que ir entrando —dice el hombre con cara seria.

Ellos, sin rubor, deciden besarse. El hombre no mira. Sella unos papeles que acaba de imprimir y los grapa. Entonces Carolina mira al hombre y le pregunta:

—Disculpe una duda, pero ¿por qué Bilbao?
—Nunca se sabe por qué sucede. Aún no hemos descifrado la razón, pero no es mal destino, ¿no le parece?
—Es formidable.

Entonces cruzan el umbral y reverbera el frenazo por toda la ría. Bilbao es su destino.

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