martes, julio 28, 2026

La Valla

Una mañana se detuvo un auto detrás de la cancela. En el camino de tierra. Se bajaron dos tipos con traje y emitieron una especie de gritos para que les abriéramos.

—Venimos a ofrecerles algo —dijo el más alto.

María caminó decidida, el perro salió detrás de ella y yo detrás del perro. Abrimos la cancela, que ya entonces chirriaba cuando la ibas girando, y los dos tipos se presentaron firmes. Ese tipo de persona que dota al saludo de una simbología que yo creo que no tiene. Manos firmes y tono seguro.

—Somos de TM Anuncios. Una empresa de publicidad y marketing. Nos encargamos de la gestión de vallas y anuncios en exteriores.

María me miró y yo miré al más bajo, que me dio la sensación de ser más novato o menos experto y confiado que el alto. El perro miró al auto, que se había quedado con la ventanilla de copiloto bajada. Pensé que el perro estaba mirando un fantasma, pero yo no creo en fantasmas. Entonces el alto, en un discurso preciso, conciso y efectivo, nos propuso un negocio, o algo parecido a un negocio. La parte de atrás de nuestro terreno daba a la autopista y era idónea para colocar una valla publicitaria alta. El alquiler del espacio sería mensual, la cantidad era elevada y haríamos un contrato de al menos tres años. La única molestia sería cada dos o tres meses que vendrían los operarios a cambiar el anunciante. Tarea que se hacía en menos de dos horas. Se recogerían los escombros generados y nos avisarían con días de antelación para que estuviéramos el día del cambio.

Ni María ni yo servimos para los negocios, pero actuamos, a pesar de que el negocio era idóneo, con cierta distancia o mostrando un interés justo. Lo cierto es que en nuestra austeridad, ese ingreso nos facilitaba mucho la supervivencia. Dos días después estábamos firmando el contrato de uso del espacio para cesión y alquiler. Una semana después un camión hizo aparición por el camino de tierra. Desmontaron un inmenso tubo ancho y lo colocaron en vertical. Doce metros sostenían la valla. El primer anuncio fue de la venta de unos apartamentos de lujo en la zona de Mar Azul, a cuatro kilómetros de nuestro terreno. Las fotos mostraban una urbanización provista de todo tipo de lujos. Diseño lineal y conciso. Cuando se fueron los operarios sentí algo parecido a la nostalgia. Y me pregunté, absurdamente, cómo envejecería esa arquitectura impoluta pero ausente.

Nuestro terreno estaba en la zona alta de la costa. Al lado de la autopista. El monte se compone de arbustos y hierbas y algunos caminos de tierra. Las fincas están abandonadas y, salvo ese terreno ocupado por nosotros, apenas tenemos vecinos unos quinientos metros más abajo. El mar se siente y condiciona, pero hace mucho que no bajamos. Desde que vivíamos allí apenas salíamos. La valla me pareció una forma extraña de cambio de vida. La miraba con frecuencia sin saber muy bien por qué. Había un momento del día que la sombra daba sobre nuestra casa y me parecía una forma, también, de invasión.

Cada ciertas semanas éramos avisados del cambio de anunciante. Aparecían operarios que trabajaban como personas programadas. Y un nuevo anuncio nos acompañaba.

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Por la tarde la sombra de la valla se extendía hacia la autopista. La reja y los arbustos no dejaban ver el tráfico que oíamos permanentemente. Estábamos acostumbrados a esa marea. En general lo olvidabas. Había días o momentos puntuales que el ruido volvía. Lo escuchabas de nuevo, de pleno, en todo su esplendor. A veces me apoyaba en la base de la columna de la valla y me ponía a fumar. El perro se ponía a mi lado. Desde ese punto preciso se veía, abajo, el mar.

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Mensualmente nos ingresaban el dinero y con eso apañábamos nuestra vida. Nuestra vida apenas tenía gastos. La casa era humilde. Era un espacio pequeño y diáfano donde teníamos la cama y los utensilios de cocina. No necesitábamos mucho dinero. Todo era idóneo, salvo que la presencia de la valla había alterado nuestro pequeño espacio. El perro se pasaba el día pegado a la columna, María apenas salía de la casa desde que estaba y a mí me daba por reflexionar sobre lo que se anunciaba.

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Un día aparecieron dos operarios. En general no repetían. Eran dos o tres tipos que aparecían, trabajaban como si tuvieran prisa y se iban. Pero aquellos dos operarios, al contrario de la regla general, eran habladores y buscaban conversación. No sé si había un método preciso en el cambio. A mí me daba la sensación de que cada vez el cambio se ejecutaba de distinta manera. Uno de ellos subió y el otro se quedó abajo hablando conmigo y jugando con el perro. María estaba dentro de la casa. Yo hablaba con Isidro, que así se llamaba el que estaba abajo. El perro ladró y de repente el cuerpo del otro apareció, de golpe, casi a nuestro lado. Nunca supimos el motivo de la caída. Luego todo sucedió rápido y desconcertante. Apareció gente de TM Anuncios, apareció gente de la empresa que se iba a anunciar, aparecieron policías y ambulancias. Sentí que nuestra finca, destartalada y sin orden, estaba siendo invadida por otra forma de caos. La policía me preguntó cien cosas, me pidió los contratos con TM Anuncios, me pidió que contara la escena unas siete u ocho veces. María permaneció callada. De hecho, no volvió a hablar. Horas después nuestro terreno quedó vacío y la valla con un anuncio de otra urbanización a pie de playa a medio poner. No se formaban las frases ni el teléfono enteros, pero sí se veía buena parte de la foto general de la urbanización y del diseño interior de las casas.

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Durante un tiempo indescifrable el anuncio se quedó así, a medio poner. Un tiempo indescifrable porque a partir de ahí mi vida se vio alterada en su plenitud. María se fue de casa sin dejarme aviso. Se llevó el perro. El terreno era de los dos, nuestra caseta fue construida por los dos, el dinero de la valla era para los dos, pero María ni reclamó ni volvió a escribir.

Los meses pasaban con el nuevo anuncio. Sin embargo los de TM Anuncios seguían haciendo el ingreso regularmente. Yo apenas gastaba. Mucho menos, incluso, que antes. Y el dinero iba aumentando en la cuenta del banco. Apenas lo chequeaba. Pasaba el día al pie de la inmensa columna de metal oyendo el ruido de la autopista y mirando las imágenes puestas de la urbanización Marina Azul. Pensando que quizá tampoco había sido terminada de construir. A veces fantaseaba con la piscina, con la imagen de esas habitaciones con vistas al mar. Me imaginaba bañándome en esa agua irreal o mirando esas vistas que parecían recreadas y alteradas desde esas habitaciones que igual, nunca, habían sido terminadas de construir. El resto del tiempo me preguntaba por María. A veces me imaginaba que uno de esos coches que hacían que la autopista pareciera un sonido constante era María pasando en un coche, al otro lado de la reja, desde donde miraría la valla pensando en mí o no. O quizá pensando en el cuerpo del hombre caer. Otras veces pensaba en el perro, en la nostalgia de ese buen perro. De resto, el tiempo pasaba y María no volvía y nadie venía a terminar de montar el anuncio de Marina Azul.

Un día, quizá aturdido, quizá desorientado, pensando en María, trepé por la escalera de caracol paralela a la columna por donde trepaban los operarios y subí hasta arriba. Caía la tarde. A lo lejos la costa. La hermosa luz del mar me pareció un reflejo del tiempo, no sé de qué tiempo, pero el reflejo de algo que había pasado ya. Vi la periferia del centro, vi las urbanizaciones de lujo, vi grúas y pensé que quizá aquello era Marina Azul. El sol, a lo lejos, me pareció más pequeño y más humilde. Había una ternura extraña en aquella vista periférica. Detrás, a mi espalda, la forma de la autopista atravesando los montes bajos del principio de la sierra. Vi, también, la forma precisa de nuestro terreno. Me quedé mirando los coches pasar. Pensé en esos turistas llegando a la costa, mirando a un hombre subido a esa valla. Marina Azul. Vive el sue... Anocheció y seguí ahí. El mar de luces extendiéndose y el mar real, un agujero negro inmenso y hermoso. Bajé de madrugada. Vi la casa. Vi el terreno y caminé hasta la cancela. La abrí. La dejé abierta y enfilé camino de tierra abajo. Nunca volví. Dos meses después dejaron de ingresarme el dinero los de TM Anuncios. Con lo que había ahorrado me fui de allí hasta el norte del país. Mi vida, debo decir, cambió radicalmente con el tiempo. No volví a saber de María, no volví a saber del perro. Ayer llegamos a esa zona a pasar unos días de vacaciones con mi mujer y mis dos hijos. Veníamos por la autovía del norte. Pasamos, al atardecer, por debajo de la valla. Aún estaban ahí, pero casi despegados, y medio emborronadas, las fotos de Marina Azul. Las vistas alteradas, la piscina irreal. Me acordé de María, me acordé del perro. Me acordé del terreno y de la casa. Me acordé del cuerpo de aquel hombre.

Marina Azul. Vive el sue...


lunes, julio 06, 2026

El gordo Andrés

El gordo Andrés jugaba con una camiseta de New York City Police Department, porque los de los Álamos tenían que jugar de negro. La camiseta imponía casi o tanto como el físico del gordo Andrés. El equipo de los Álamos no contaba con ningún delantero de regates prodigiosos o mediocampistas de reparto; su arma letal era el gordo Andrés con su camiseta que nadie sabía de dónde la había sacado.

Cuando entraban en el campo del cobre, en las afueras de Tamaca, nos quedábamos viéndole andar como el que ve a uno de los reyes del pop. El gordo Andrés no era estiloso, no era siquiera carismático, no tenía liderazgo, pero sobre todo no tenía piedad. Jamás hubiera podido jugar en ningún equipo semiprofesional, no tenía forma física, no tenía conocimientos del movimiento de espacios, no sabía de táctica. Todo lo basaba en la crueldad. Era el paradigma del "pasa la pelota, pero no pasa el hombre". Como si, más que futbolista de torneo de barrio, hiciera honor a la camiseta que llevaba puesta. No defendía: detenía delanteros. Ganar a los Álamos hubiera sido tarea sencilla de tener de baja al gordo Andrés, pero el gordo Andrés tenía más regularidad que el calendario. No forzaba en lo físico, porque él era la fuerza en su estado primigenio. Imponente, enorme y poderoso, un empujón del gordo Andrés te enviaba a los confines del universo. 

Nosotros éramos hábiles y rápidos. Marco Melón y yo nos entendíamos con precisión en la banda derecha, pero en nuestra capacidad de recorte y avance siempre aparecía allí, de fondo, como una amenaza interestelar, la camiseta negra con letras impresas vaya uno en qué taller de la región: NYPD. Uno comprendía entonces lo que deben sentir las personas que viven en los márgenes de la ley y se saben rodeadas de repente de patrullas y agentes armados. Jugar contra el gordo Andrés no era fútbol, era un operativo policial.

El último año que se celebró el campeonato de agosto, patrocinado por la cantina de Lucho y por los Talleres Tres Hermanos, no hubo trofeo; el premio era una sustanciosa cantidad de dinero. Los de los Álamos y nosotros conspiramos, en despachos inexistentes, para armar los cuadros y facilitar una posible final Álamos vs Los Tureños. Pero nosotros perdimos un partido absurdo en la ronda de grupos y pasamos segundos. El derbi local se daría en semifinales.

Marco Melón hizo un campeonato excelso y, sin ánimo de sonar fanfarrón, yo fui MVP en tres de los seis partidos antes de la semifinal. Estábamos enormes en ataque y algo imprecisos en defensa, pero Patricio Faverón cubría el mediocentro supliendo esas carencias defensivas. Los Tureños éramos los más jóvenes del campeonato, pero también los más técnicos y rápidos. Equipazo.

La noche antes de la semifinal, Marco Melón y yo nos fuimos a dar un paseo. Queríamos ir a ver a Karen y Georgina, que eran algo parecido a nuestras novias. Venían a vernos a todos los partidos y, sin haberse formalizado, había algo parecido a una relación. Quedamos con ellas al lado, en los caminos de la laguna. Karen vivía con su hermano y su madre en el camino de las casas de chapa y fui a buscarla mientras Marco buscaba a Georgina. Cuando entré en el recinto de su casa solo vi una luz encendida que tiritaba. Pensé que no tenían dinero ni para bombillas y se alumbraban con velas. Llamé desde fuera a Karen, pero nadie contestó. Me acerqué hasta el ventanuco donde había luz y vi una sombra. En ese momento apareció Karen por el otro lado.

—Ya has llegado —dijo, hermosa.

Mentiría si no confesara que Karen me gustaba cada día más y, en cierta manera, que fuera a ver nuestros partidos había sido uno de los alicientes para mi buen rendimiento. Me dio un beso en los labios y me olió a dentífrico. Quise besarla, pero volví a ver la luz de las velas y la sombra, y Karen dijo:

—Mejor vámonos ya.

Salimos al camino de la laguna y nos encontramos con Marco Melón y Georgina. Se estaba haciendo de noche y apenas se distinguía ya el camino. Cuando llegamos a la laguna, el olor era más intenso que de costumbre.

—Quizá es mala noche para venir aquí —dijo Georgina.

Y deshicimos el camino. No llevábamos rumbo fijo. Era una noche cálida y desde la calle asfaltada de los Álamos venía ruido de música y bullicio. Fue Georgina la que dijo que nos acercáramos. Marco y yo nos miramos. Nosotros nunca íbamos a los Álamos porque, para qué negarlo, les teníamos algo de miedo. Pero no estábamos en posición de negarnos y dijimos que sí con desgana. Fue entonces la primera vez que Karen me agarró la mano y yo sentí, por primera vez, una especie de ansiedad en el pecho. Me estaba enamorando.

Cuando entramos en la calle asfaltada de los Álamos había mucha gente bebiendo en las calles y bailando. Un sonidero espectacular sonaba con unos graves prodigiosos. Georgina empezó a bailar caminando y Marco Melón la agarró de la cintura por detrás y siguió sus pasos. Yo agarré la mano de Karen con más fuerza, pero me vi incapaz de bailar. Al fondo de la calle vimos el equipo entero de los Álamos. A un lado, sentado en la acera, mirando el suelo como el que lee un libro o ve una verdad, el gordo Andrés bebía una cerveza sin hablar con nadie. Lo que realmente me sorprendió fue que llevaba la camiseta del New York City Police Department. A su lado, Andrés Vergara hablaba con Martín César, los dos laterales del equipo. Pensé otra vez que de dónde habría sacado el gordo Andrés esa camiseta. Nunca le había visto vestido con otra. También pensé que es extraño que exista un marketing de un departamento de policías. ¿Quién quiere promocionar a la policía? Fue entonces cuando Karen me miró y me dijo:

—¿Le tienes miedo al gordo Andrés?

—No es miedo. No sé qué es. Es imposible pasarle con el balón. Cada vez que te acercas te empuja y sientes una fuerza cósmica que te arrastra. No es un empujón. Es una fuerza gravitacional de dimensión desconocida.

Karen me miró riendo y luego comprendió que mi temor era otra cosa.

—¿No crees que mañana les ganéis?

—Es imposible ganarles. No porque sean buenos. Por el gordo Andrés. Es como un muro de fuerza. No es un defensa, es un agujero de gusano.

Fue ahí la primera vez que nos besamos. Algo de mi temor le despertaba ternura a Karen. Luego nos abrazamos.

—Quisiera ganar. También por ti. Creo que estoy enamorado, Karen, y juego mejor porque tú vas a verme.

Nos volvimos a besar. La música del sonidero era hermosa. La noche en los Álamos me pareció, aún me sigue pareciendo hoy, irreal.

—¿Quieres que te ayude a ganar?

—Sí —contesté sin saber que Karen hablaba en serio.

—Vente.

No avisamos a Marco Melón y a Georgina. Karen me agarró firme de la mano y salimos de la calle asfaltada. Fue a los minutos que me di cuenta de que íbamos a su casa. Pensé que nos íbamos a esconder allí a hacer el amor. La realidad sería otra. Karen abrió la puerta y llamó a su madre. La casa seguía iluminada por la vela. La sombra que había visto antes se convirtió en la madre de Karen. Me saludó amable. Karen la miró y le dijo:

—¿Nos ayudas con un trabajo?

—¿Qué trabajo?

—El gordo Andrés.

Hubo un silencio que no logré descifrar. Me quedé mirando el tintineo de la vela en la pared. Karen le contó a su madre del campeonato, de la semifinal, de la fuerza cósmica del gordo Andrés y de la camiseta.

—Pero fue aquí donde trajo la camiseta. Lo que me pides es que deshaga un trabajo anterior.

—Lo que te pido, mamá, es que Los Tureños ganen mañana.

—Pero es que está en la camiseta. Fue el gordo Andrés el que la trajo hace cinco años. Esa camiseta se la trajo su madre de Nueva York.

—¿Y no se puede deshacer?

A partir de ahí todo se vuelve extraño, cobra un ritmo y una cadencia extraña. La madre de Karen enciende una vela y me coge de las manos. Yo miro a Karen y Karen me mira con amor. En ese instante entiendo que estoy profundamente enamorado. La madre de Karen hace unos cantos o algo que parecen unos conjuros. Dice varias veces las letras NYPD por separado. Luego me pone una hierba que no distingo en las muñecas. Huele a romero y a cilantro. La madre de Karen canta y Karen me mira. Vuelve a decir NYPD. Entonces la mujer cae hacia atrás, como cuando los conejos terminan de copular. Me asusto, pero Karen me mira y me dice que no me preocupe. La madre se levanta. Me abraza y me dice que lo único que tengo que hacer es, en medio de una jugada, pasar mis muñecas por la camiseta del gordo Andrés.

Karen y yo salimos de nuevo de la casa. En el camino nos abrazamos. Confieso mi amor. Karen me besa y me dice que ella también está enamorada.

Esa noche duermo agitado. Sueño con Karen, sueño con Marco Melón y sueño con un helicóptero de la policía. Me despierto pronto, lo que me sirve para calentar los músculos con lentitud. De camino al campo de cobre, pienso en pasar a ver a Karen, pero concluyo que debo medir mi locura. Cuando llego, apenas hay jugadores de mi equipo. Los Álamos calientan en el fondo oeste. El gordo Andrés no lleva la camiseta y siento un ataque de pánico. Marco Melón aparece con cara de dormido. Me cuenta, exhausto, que ha estado toda la noche haciendo el amor con Georgina. Me miro las muñecas. En ese momento pienso que no hay conjuro que nos haga ya ganar. Miro a la grada, veo a Georgina, no veo a Karen. Bebemos agua y el árbitro nos llama para empezar. El gordo Andrés lleva de LAPD; tardo en descubrir que es del Departamento de Policía de Los Ángeles. Suena el pitido inicial. Miro a la grada y no veo a Karen.

Hay dos jugadas de Marco Melón que terminan en falta y el árbitro no las pita. Hay un contraataque de Los Álamos que termina en el travesaño. Subo por la banda izquierda, driblo a Martín César y encaro al gordo Andrés, le veo venir. Me acuerdo de mis muñecas. El gordo Andrés me hace la de siempre: ese empujón silente y violento. No es visible. Es una fuerza que no se sabe de dónde viene. Cuando voy cayendo, restriego las muñecas, como puedo, por su pecho. El gordo Andrés se da cuenta y me mira con desprecio. Es la primera vez que oigo su voz:

—No te creo, hijo de puta.

En el suelo noto un escupitajo. Me tapo la cara y miro hacia la grada, veo a Karen y me pongo en pie. Saco la falta a toda velocidad antes de que se acomoden y Marco Melón da un cabezazo al larguero. Los siguientes minutos, mucho juego de mediocampo. El gordo Andrés viene expresamente a marcarme. Es cuando me doy cuenta de que el gordo Andrés huele exactamente igual que la laguna. Entonces, aturdido, me da por pensar que es como nuestro monstruo del lago Ness. Recibo de espaldas y el gordo Andrés me desplaza cinco o seis metros. Esa fuerza no puede ser real. Caigo y desde el suelo vuelvo a mirar a Karen. Desde la grada me mira y hace el gesto de las muñecas. Me levanto y me acerco al gordo Andrés, le paso las muñecas y me vuelve a escupir. Fin de la primera parte. 0-0.

La segunda parte es extraña, delirada e indescifrable. El gordo Andrés se vuelve, de golpe, un jugador de toque. Yo estoy los primeros quince minutos sin tocar balón. Marco Melón sufre la fatiga de la maratón de sexo y pide cambio. Veo la victoria diluirse. En el minuto 65, Los Álamos se ponen 1 a 0.

Los siguientes diez minutos nos dominan por completo. Miro a la grada y no veo a Karen. Mi vida se desmorona en el minuto 75. Recibo balón pasado el medio campo. Regateo a Martín y a Rogelio. Avanzo hacia el centro del área. Sale el gordo Andrés que viene como si viniera un cometa a estrellarse con la tierra. Giro el tobillo hacia la izquierda y, cuando veo todo el peso corporal del gordo Andrés apoyado en esa dirección, quiebro y, en un giro prodigioso, giro a derecha. El gordo Andrés cae con todo su cuerpo y se desmorona. Veo la portería, sale Lucho tapando el lado izquierdo, levanto la pelota y mando el esférico a la escuadra derecha. Gol.
No celebro. Cojo la pelota. Miro a la grada y veo a Karen con su madre. Cuando me dirijo hacia el mediocampo, veo que el gordo Andrés está todavía tirado en el suelo. Esguince de tobillo. No puede ni caminar. Le cambian por Viena. El gordo Andrés se queda sentado en la banda, mirándome con odio.

Los siguientes quince minutos parecemos profesionales. Ganamos 4-1.

Cuando pitan el final del partido, veo que el gordo Andrés viene hacia mí. Lleva algo en la mano. Es la camiseta del NYPD. Me la da.

—Úsala bien.

Se gira y le veo irse cojeando. Me la pongo y me siento Superman.

Tres días después perdemos 7-1 la final contra un equipo de la ciudad. Cinco días después, voy a casa de Karen y no hay nadie. Su vecina me mira desde su ventana y me dice:

—Se fueron anoche en un auto verde. No creo que vuelvan nunca más.

Salgo al camino con ganas de llorar, pero no lloro. Llevo en la mochila la camiseta del gordo Andrés. Camino hasta la laguna. Sigue oliendo más fuerte que de costumbre. Lanzo la camiseta al agua. La veo flotar y desaparecer. Dos días después entran las tormentas y llega septiembre. Empezamos el colegio y me siento, durante varias semanas, nostálgico y perdedor. Pienso con frecuencia en Karen y en el gordo Andrés, al que jamás volví a ver.

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