martes, junio 09, 2026

Un día en Oporto

Cogimos el avión a primera hora. El verano estaba entrando con energía en la ciudad y a esa hora ya íbamos en manga corta y empezando a transpirar. En el aeropuerto el ritmo ya era frenético, pero es que los aeropuertos se han abonado al frenesí. El mundo se ha desbordado de ritmo. Es como si nadie estuviera ya nunca en su ciudad. Como si todos los habitantes del primer mundo hubieran decidido desplazarse constantemente. La maleta con ruedas será el símbolo de esta época. Por eso, antes de salir de casa, le dije a ella que iba a hacer el ejercicio de dejar el teléfono. Que no me lo llevaba de viaje. El ritmo, este ritmo nos está desperdigando.

Nos tocaron asientos separados. A mí¹ me tocó ventanilla en la parte de atrás; a ella, pasillo en la parte delantera. Aproveché para ver las formas de la tierra, los surcos del ser humano, los trazos lineales de la siembra, el urbanismo desbordado, la prolongación de las ciudades. Un coche indescifrable avanzando por una carretera. Luego vi el río Duero, como si fuera una arteria. Saqué algunas fotos, porque me atraen esas formas del campo desde las alturas. A lo mejor la aparición estelar del Atlántico.² Era un día despejado y se divisaba un buen fragmento de la península. Cuando nos acercábamos, reconocí algunas cosas de Oporto desde el aire. En el aterrizaje pensé en el tiempo y en mi edad, pensé en nuestras hijas, pensé en la fragilidad y la física.

Nos trasladamos a la ciudad en tren. Entrar a las ciudades así³ te da una perspectiva de su forma. Porque vas de la ciudad que avanza a la ciudad central, pero además⁴ te deja ver cómo la ciudad convive con la aldea y la gana y la supera. Hay campo aún, hay pueblo. Luego, la ciudad aparece y su estructura indescifrable se aglutina. Cuando te quieres dar cuenta, estás en el epicentro del turismo y el escenario.

El día tenía una temperatura ideal. Estuvimos paseando mucho rato sin orden o con la idea de terminar llegando a la Fundación Serralves. Salimos del embudo central entre esas calles imprecisas y discontinuas, que ni siquiera van paralelas al río. Calles de repente solitarias y vacías, donde parecía que no había nadie. Luego volvíamos a calles más centrales para volvernos a salir sin orden ni decisión. Más que un paseo fue un viaje. A ratos recordábamos otros viajes a esa ciudad o también a otras ciudades. Recordamos otras etapas, otras eras, gente que se fue perdiendo. Otros trabajos. La evolución de nuestras hijas. El paso del tiempo. Estábamos siguiendo una ruta sin ruta. Subimos unas escaleras en Viela do Picoto para cambiar de plano y entrar en la Ruta da Pena.⁵ Ella me dijo que sentía nostalgia y una especie de vacío. A un lado de una casa de azulejos rosas y ventanas grises salió una anciana con una bolsa y nos miró. Más adelante, una escalerilla de piedra daba a un parque pequeño. Un hombre mayor estaba sentado en un banco de piedra y nos miró. Dijo algo en portugués que no entendimos. "El tiempo se ha vuelto raro" —me dijo ella— y seguimos avanzando. Más adelante, la calle daba a otro tramo de escaleras que daban a una travesía. Nos habíamos desubicado, pero yo no tenía móvil y ella se estaba quedando sin batería, así que no consultamos el mapa. Nos dejamos guiar por la intuición y lo que nos quedara del sentido de la orientación.

Nunca fuimos en línea recta. Creo que, llegados a ese punto, era imposible hacerlo. Seguimos por ruas, travesías y callejones. Cuestas empinadas que daban a bajadas de vértigo. Casas de distintas formas que no seguían un patrón. Mucho rato después —porque el día fue largo y el paseo extenuante— estábamos en la puerta de la Fundación Serralves. En la recepción, una chica nos atendió con desgana. Pagamos la entrada y empezamos el recorrido. No nos explicaron orden o si lo hay. Nos metimos en el museo. Apenas había nadie. Me quedé mirando una luz que entraba por un ventanal. Pensé, no sé por qué, que el día se había bifurcado. Aquella luz que marcaba una sombra precisa en el suelo me pareció la sombra de otra época. Volví a pensar en mis hijas, en el paso del tiempo. Ella estaba mirando un cuadro muy oscuro y terrible, enorme y muy texturizado. Se veía un espacio aterrador. Vivimos en la lucha entre la penumbra y la luz y confundimos qué es la luz y qué es la penumbra. Otro ventanal dejaba entrar la luz poderosa de la tarde; las sombras se marcaban en unas líneas sólidas y hermosas. Noté el eco de mis pisadas y me parecieron parte de la exposición. No sé en qué momento nos separamos. Yo bajé de planta. Un espacio enorme mostraba otras imágenes oscuras y siniestras. Sentí una forma desbordada de soledad. Un vigilante de sala me miró con desgana. No me miraba. Pensaba en otra cosa. Miré a los lados para ver si la encontraba a ella, pero no la vi. Seguí recorriendo salas, esos espacios atractivos y precisos. Por una de las ventanas vi el jardín. Me quedé pegado al cristal viendo un árbol solemne sobre el césped. El árbol parecía que iba a hablar. Algo nervioso por no encontrarla, salí del museo y recorrí el camino hacia la Casa Serralves. En el camino me topé con una escultura de metal, The Curious Vortex.⁶ Pensé de nuevo que el día se había bifurcado y que la energía física que lo había hecho se generaba en esa escultura. Miré a un lado, creí ver la silueta de ella un poco más abajo, por donde la rosaleda. Aceleré el paso, me desvié. Me encontré de frente con Sky Mirror.⁷ Una escultura de espejo: el espejo apunta al cielo, el cielo se refleja un poco deformado. Giré, había perdido la silueta de ella por el jardín. Avancé, giré y llegué a la Casa Serralves. El vigilante en la puerta me detuvo. Le mostré el ticket. Dentro no había nadie. Vi una obra de Miró colgando. Vi otros cuadros, otras esculturas. Noté el silencio y el vacío y volví a escuchar el eco de mis pasos. Subí. Arriba, el espacio de columnas me produjo la sensación de verme a mí mismo. Sentí nostalgia, no sé de qué, pero la sentí.⁸ Salí. Vi más espacios. Empecé a andar rápido. Fui hasta la zona de los puentes entre las copas de los árboles. Entre el camino de madera escuché a los pájaros. Me dieron ganas de gritar su nombre, pero me pareció excesivo. Creí verla abajo en el estanque, pero vi que no era ella. Recorrí entero el camino entre las copas; es fácil sentirse pájaro, pensé. Bajé por una escalinata alucinante. Abajo no había nadie. Entonces entré en caos. Creo que eso es el caos, porque no seguí un plan. Fui hasta la casa de té. El local estaba cerrado. Me senté, un poco exhausto. Cerré los ojos. No sé si me dormí, no sé si soñé. Pero lo siguiente que noto es un vigilante diciéndome que es hora de abandonar las instalaciones, que van a cerrar. Le pregunto por ella.

—No he visto a nadie —me dice en portugués, pero le entiendo.

Avanzo hacia la salida con la esperanza de verla allí. Salgo a la calle. Ella no está. La zona está vacía. Me quedo en la acera pensando qué hacer. Decido volver al apartamento donde nos hospedamos, pero tengo que volver andando. Mi cartera la había dejado. No tengo nada, ni siquiera identificación. Voy, entonces, avanzando por Oporto, sin saber muy bien quién soy, qué hora o qué día es. Se hace de noche. Una hora y media después, aproximadamente, llego al centro de la ciudad. Toco la puerta en el apartamento. No hay nadie. Me preocupo, me angustio, pero no sé muy bien qué hacer. Hablo con una persona de un restaurante. Le cuento mi situación.

—¿Me dejan un teléfono para llamar? —digo intentando contener el desasosiego.⁹

Uno de los camareros me deja su teléfono. Marco su número.

—El número que usted marca está apagado o fuera de servicio.¹⁰

Le devuelvo el teléfono al camarero. Salgo a la calle. Veo a los turistas, veo a gente que trabaja, veo el tránsito de este mundo en el que estamos viviendo. Me siento en el Jardín de João Chagas.¹¹ Vuelvo a sentir que este día son muchos días o un día que ya no existe o que está por existir. Me acuesto un poco en un banco. No sueño. No duermo. Pasa el tiempo. Cuando abro los ojos, siento que soy otro. Lo atribuyo a la angustia. Decido ir a la policía, pero es la policía la que viene a mí. Me abordan en el banco. Me hablan en portugués y entiendo poco, porque lo dicen muy rápido. Me amenazan. No entiendo la situación. Una señora les increpa. Se van. Me quedo en blanco sin saber qué hacer. La mujer que había increpado a los policías aparece al rato. Me trae un sándwich y un café. Me dice algo que tampoco entiendo. Me deja un billete de 10 euros. Se da la vuelta. La veo irse por el fondo del parque. La ciudad está vaciándose. Por el otro lado del parque veo tres siluetas que se van formando. Según se acercan las distingo: una es ella, mucho más mayor; las otras dos son mis hijas, que son dos mujeres adultas. Se acercan, me abrazan, lloran.

—Por fin —dice ella entre sollozos—. ¿Dónde has estado todos estos años?

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