martes, junio 23, 2026

Nicomedes en el espejo

Me gusta que el programa se grabe en un teatro porque, aunque la televisión dicta las normas, el espacio te da la sensación de directo, de representación y de ritual. El público en las butacas, los focos, la forma del escenario. El teatro es, aún, un contacto con el presente, con el drama y la comedia, con la simulación y el acuerdo.

Ese día grabábamos el último programa de la temporada. Me habían maquillado y vestido como al excesivo actor Nicomedes Eloy. Es una de mis imitaciones más famosas y reconozco que es una de las voces que mejor imito. Cuando salgo en pantalla hay segundos que es difícil descifrar que soy una parodia y hay quien durante minutos cree que el Nicomedes que ven diciendo realidades confusas es Nicomedes y no una imitación. Mi abanico de imitaciones es amplio y crece poco a poco. El trabajo es arduo. Completar una imitación conlleva una observación y una adaptación física que no siempre es fácil explicar técnicamente. Te vas volviendo el otro. Te vas haciendo él. Es parecido a dejar de ser tú. Hay veces que entras de pleno en el otro. Comprendes su movimiento, con lo que eso conlleva. Porque nadie comprende su movimiento, nadie analiza su voz o sus gestos. Es el imitador el que tiene que asimilar y deshacer eso para hacerse el otro. Con Nicomedes Eloy fue fácil, porque desde joven era un actor que me producía una extraña sensación de angustia. Adorado por las masas hace dos décadas, mantiene el respeto intacto, aunque muchos en el sector saben de sus formas. Altivo y arrogante con los trabajadores, evasor de impuestos, insolidario y ambicioso. Pedante y cruel. Tiene un conglomerado de empresas del espectáculo, donde ninguno de los empleados está bien pagado. Sin embargo, la cara conocida de Nicomedes es la del gran actor. Divertido y excéntrico. Simpático en pantalla y con el don de caer bien a las masas. Ser Nicomedes requiere conocer y descifrar los dos lados. Los gestos revelan las dos verdades. El actor carismático y el empresario despiadado. Mi amigo Raúl, que trabajó en una gira de teatros con él, contaba de su ira en los ensayos y en las pruebas de sonido y luces.

—Era la época que estaba completamente alcoholizado. Bebía ron con Coca Cola como el que bebe agua fresca en el calor del verano. A media tarde siempre hacíamos una prueba de luces, sonido y a él le servía para calentar la voz y el cuerpo. A esa hora debía de llevar más de cinco o seis copas. Deambulaba por el escenario anárquico y violento. Declamaba siempre poemas que parecían inventados y que no tenían mucho sentido. Al mínimo problema nos insultaba a todos los técnicos. A veces, si sonaba un acople o no se encendía un foco a tiempo, lanzaba el vaso con hielos y restos de ron contra las butacas. Y gritaba: "¡Sois todos despreciables!" Pagaba mal y tarde. Era un auténtico hijo de puta —contaba siempre Raúl.

Pero una cosa es quién se es y otra quién se muestra. Y ya sabemos que el teatro es representación. Así que Nicomedes era complejo de imitar, pero una vez que alcanzabas el gesto preciso, un gesto te llevaba a otro. Así que en camerino Lucía y Paco me maquillaron como siempre. Son delicados y precisos. Estudian los rasgos, las marcas exactas del rostro, el estilo en la ropa y en el pelo, y en hora y media no ya solo por fuera, sino por dentro, eres el otro. Me miré, vi en mis ojos los ojos de Nicomedes. Adapté mi boca, los músculos faciales son más moldeables de lo que se sospecha, y salí al escenario.

El programa no tiene guión y está basado en la inspiración y talento de mis compañeros. El público ríe y los técnicos y realización se adaptan a nuestro tiempo. Cuarenta minutos después estamos en pie. Aplausos, risas y vuelta al camerino. Siempre es igual. De camino al camerino se comentan las bromas, las frases ingeniosas y quedamos en tomar una cerveza en el bar de la calle de atrás. Me meto al camerino. Me siento a respirar un rato para dejar salir a Nicomedes y me empiezo a desmaquillar. Esos son los pasos o eran, salvo ese día, que escuché que alguien pasaba la llave en mi puerta, que reverberaban puertas cerradas por los pasillos de arriba y que todo se sumía en un silencio molesto, excesivo. Me miré en el espejo reconociendo aún a Nicomedes, pero viendo mi rostro emerger despacio detrás; me había quitado algo de maquillaje y una horquilla que me mantenía el lado derecho parecido al peinado del actor. Me miré mirándome entre Nicomedes y yo. Me puse en pie y comprobé que, efectivamente, me habían dejado encerrado en el camerino. Di unos cuantos golpes en la puerta y grité "¡Hola?" con la voz de Nicomedes aún, para ver si alguien me escuchaba. Definitivamente me había quedado encerrado en el teatro. Más aún, me había quedado encerrado en ese minúsculo camerino. Mi mochila, que se había quedado en el otro lado, con el móvil y mis cosas, me alejaban aún más de mí mismo y de la posibilidad de salir. Decidí, entonces, esperar pacientemente a que mis compañeros me echaran de menos en el bar.

—¿No ha salido aún nuestro Nicomedes?

Me senté frente al espejo siendo más Nicomedes que yo. Sin saber si desmaquillarme del todo o manteniendo la representación. Hay veces, cuando me miro siendo el otro, que en cierta manera me veo más yo. Es como no verme del todo hace ver algo de mí que no se ve habitualmente. El rostro de Nicomedes, con su gesto duro y pomposo, forzado y falso, que es la faceta que más me cuesta asimilar de Nicomedes. Tengo que ser falso en la constante falsedad del gesto de Nicomedes. Imitar la falsedad de su falsedad. Es un doble gesto que requiere una posición facial muy precisa y muy exacta. Ahí, tras ese gesto doblemente falso, también me encuentro a mí. Todas mis carencias y vacíos, todos mis dolores y angustias. No ser tú te hace ver otro tú y descubrir que también eres, en el fondo, un poco Nicomedes.

—Ahí estás. Imitador. ¿Crees que eso es una profesión, un negocio honesto? —me dice despectivo Nicomedes.

—Es lo que sé hacer o lo único que me permite vivir.

—¿Te permite vivir robar lo que son otros? ¿No podrías haber trabajado en algo honesto, real, válido? Vienes aquí, te miras al espejo y haces de mí y cobras por eso. ¿Qué clase de mediocre vive de no ser él mismo?

—Es representación, Nicomedes. Nadie mejor que tú lo sabe. Tú también imitas, imitas al que quieres mostrar. No lanzas vasos al público. Lanzas vasos al que pagas para que te ayude a no ser tú. A esconderte entre micrófonos y focos. Les humillas y maltratas porque en el fondo te humillas y maltratas a ti. Porque no quieres ser tú.

—¡Oh, el imitador, el roba almas, se cree psiquiatra! ¡Qué estúpido eres! Qué tan estúpido te tienes que sentir para mirarte al espejo y verme a mí y hablar conmigo como si fuera yo. Huyes de ti, porque no puedes vivir de ti mismo, porque no eres nada. Vives de ser otros. No te atreves a vivir de ti. ¡Sal ahí, búscate una vida, búscate a ti mismo y deja de no ser tú!

—Es curioso, Nicomedes, que precisamente tú digas eso. El falso simpático, el falso divertido, el falso alegre. ¿Quién imita más, Nicomedes? ¿Yo? ¿De verdad lo crees? Yo tan solo imito al imitador. Si te imitara a ti, imitaría a ese ser despreciable y cruel. Tóxico y maltratador.

—No digas estupideces. Mírate. Tienes cincuenta años y no sabes aún lo que es vivir de ti. Eres la máscara. Mira cómo te miras. Estás mirándome mirándote. Ves ese rostro diluido de ti en mí y te crees que tú eres yo. ¿Qué clase de engaño absurdo es tu vida?

—Soy un trabajador. Soy un actor. Te puede gustar más o menos lo que hago, pero esto es lo que soy. Me esfuerzo en conseguirlo. Estudio los rostros, los gestos, la manera de mover las manos y descubro el misterio del que imito. Lo que te molesta es que pueda ser tú con tanta precisión. Además debo decir, Nicomedes, que eres de los que mejor me salen. También el expresidente y algunos cantantes, pero sobre todo tú. Logro ser tú porque conozco y alcanzo a ver lo despiadado que hay en ti. Ese desgraciado que ocultas a las masas. Te adoran por lo que no eres.

—¡Cómo te engañas! En el fondo eres entrañable, porque todos los fracasados lo sois. ¿O no es tu vida un fracaso? ¿Qué ha pasado con tu mujer? ¿Por qué te han quitado la custodia? ¿Por qué llegas a casa y no tienes a quien llamar? ¿Por qué tus hermanos no te llaman y tus padres te desprecian? ¿Por qué te esfuerzas en imitar? Porque no sabes hacer nada bien, porque no sabes ser tú. Porque no hay nadie tras la máscara.

—Calla, farsante. Cállate, Nicomedes. ¿Me dices a mí lo que tú también eres?

—¿Yo también soy? ¡Si no soy yo! ¡Si el que te habla eres tú! ¡Eres tan infantil! Te estás hablando a ti. ¿No ves que no hay Nicomedes? ¿De verdad no lo ves?

—¡Calla! ¡Calla ya!

—¿Que me calle? Pero si eres tú el que habla. ¡Mírame! ¡Mírame! ¿No ves que eres tú? ¡Soy un espejo, idiota! ¡En ese espejo solo estás tú!

—¡Calla, imbécil! ¡Calla!

Fue entonces, justo cuando lanzaba el vaso contra el cristal, contra Nicomedes, contra mí, que Julia, la chica de producción, abrió la puerta y me miró.

—Ya estamos aquí, Martín —dijo Julia.

Y yo miraba a Nicomedes en el espejo roto, sangrando y triste. Mirándome por última vez, mirándonos y gritándome:

—¡Sois todos despreciables!

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