El décimo día subí al pico. Había nevado mucho en los meses centrales del invierno y las laderas estaban hermosas, cubiertas de nieve. Era un martes y no me crucé con nadie en toda la ruta. Desde que me instalé en el pueblo, el vacío ha cobrado otra dimensión: ahora no le temo. Pensé que me sentía mejor, que el aturdimiento y la congoja se habían alejado un poco, pero empezaban un lento retroceso.
Cuando tenía 20 años, la chica con la que llevaba dos años me dejó abruptamente. Días después supe que se había ido con un tipo que venía del extranjero. Lo que sentí aquella vez cambió, de alguna manera, mi forma de ser para siempre. No era un tema de ego, que seguramente también, sino un tema de descubrir que en la vida, básicamente, se avanza solo. Lo que va junto a ti, sean personas, objetos o certezas, son asuntos transitorios. Creo que lo que me sucedió bien podría llamarse sufrimiento. Tenía veinte años y dejé de comprender o de sentirme parte de algo. Estaba muy enamorado; con frecuencia pienso que aún lo sigo. No es raro que aparezca su imagen, veinticinco años después, la de aquella chica. No sé exactamente qué es estar enamorado, pero, sin lugar a dudas, aquella persona podría haber sido mi acompañante para toda la vida. Durante mucho tiempo me recriminé, buscando en qué momento cometí un error. El desamor, me dijo una amiga de aquella época, es una forma de muerte.
Luego fui haciendo mi vida. Viví en un país del norte de Europa. Salí más de lo debido. Volví a mi ciudad. Me fui a vivir a las montañas del norte. No sé si escogemos nuestro camino o si somos, más o menos, arrastrados. Luego conocí a mi exesposa. Montamos un negocio de turismo amable. Vivimos sosegados, alejados del ritmo infernal de las capitales. Había semanas en las que nos dedicábamos a preparar la temporada de turismo. Eran semanas tranquilas. La primavera iba en aumento. El tiempo se iba haciendo amable. El deshielo se cuela en el ánimo. Se podría decir que el alma va cogiendo calor.
No sé a qué tengo apego. Seguramente a mirar la forma de las montañas, a ver el ritmo de la naturaleza. No tengo apego excesivo a mí mismo. Soy, sin ser yo, algo que he elegido. Acepto esta forma como la roca acepta la suya, como el árbol va creciendo, como el césped aparece, como el agua del riachuelo va hacia abajo. No es poesía: somos formas adaptadas al terreno. Algo así debo de ser yo.
Fui padre. Hace dos años nació mi hijo. Se parece a ella. Decidimos cambiar de lugar para vivir. Nos acercamos a donde mi familia estaba más accesible. Cuando un hijo nace descubres la tribu. No somos islas. Nos instalamos en un pueblo de la montaña. Cuando el niño cumplió dos años, hace diez días, ella me dijo que era mejor separarnos. Cuando dos se separan se intenta explicar, pero lo cierto es que es bastante inexplicable. Lo que sucede es ajeno a las palabras, o las palabras no lo delimitan. Por eso siempre son confusas las rupturas. Lo que se dice, en realidad, no expresa nada.
El décimo día subí al pico. Desde arriba se veía la extensión gigantesca de la región avanzando hacia el sur. Las nubes cambiando de forma. La nieve detenida en las laderas. Las formas que lentamente se van transformando, ajenas a nuestros ojos. Anoté esto en esta hoja. No sé si lo volveré a leer.

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