lunes, febrero 23, 2026

El último día o el primero.

Había esa luz de mediados de primavera cuando cae la tarde. Es esa luz poderosa que anuncia la noche y que deja atrás un día soleado y enérgico, que ha llevado a un estado colectivo de euforia y esperanza. La noche entra y hay una promesa de algo indefinido; el mundo parece un lugar lleno de enigmas; de hecho, el mundo es un lugar lleno de enigmas. Es una luz que tiene una potencia peculiar.

Yo iba caminando con Vigas. Llevaba una época sumido en una melancolía que no lograba desterrar; se había separado de su mujer y no conseguía encajar las piezas para comprender su nueva realidad. Veníamos andando por la calle Mayor cuando alguien dijo: «Están anunciando el fin del mundo». Sonaba exagerado, pero lo cierto es que lo que estaba ocurriendo era parecido a eso. Entramos al primer bar con una televisión encendida.

Varios ministros y el presidente, acompañados de personajes importantes de distintos sectores industriales y económicos del país, hablaban a cámara. El discurso no caía en paternalismos ni en merodeos absurdos:

—El sistema ha colapsado —decía el presidente.

Vigas me miró haciendo ese gesto que hacemos cuando no comprendemos lo que está sucediendo. El ministro de Cultura, que estaba en la esquina izquierda del plano, era el que tenía el gesto más marcado de terror. Varios empresarios, que estaban de pie detrás de los políticos, parecían sumidos en una especie de hipnosis. El presidente seguía:

—Ha sucedido de manera bestial y a una velocidad insólita. Una cadena de acontecimientos ha acelerado una paralización absoluta de las fuentes de energía. Por otro lado, síntomas que se habían disparado estas dos últimas semanas han terminado provocando un colapso absoluto de la economía. El sistema, tal y como lo conocemos, no da más de sí. Este anuncio no ofrece respuestas; lo que queremos advertirles es que, a partir de este instante, la sociedad, las sociedades, los seres humanos en general, entramos en una zona desconocida. El orden y la organización que nos mantenían hasta ahora han desaparecido. No hay transporte, no hay capacidad de suministro de energía para las ciudades, el reparto de alimentos no existe. Es ahora responsabilidad de cada uno buscar su modo de subsistencia: comida, luz, agua, calor cuando caiga el frío del invierno. Desde aquí lo único que podemos pedir o desear es que la violencia no se imponga; la violencia no es nunca la solución. Por lo demás, les deseamos suerte.

La pantalla se funde a negro y se queda así, estática, en un color indefinido. Hay un murmullo en el bar. Nos miramos Vigas y yo. Las otras personas se quedan observando la pantalla. El encargado del bar dice algo que no comprendo. La noche, ahora sí, empieza a entrar de lleno. Se va la luz. Y una forma de oscuridad poderosa empieza a imponerse.

—Pero ¿qué es esto? —me dice Vigas—. ¿Qué cojones acabamos de ver?

No sé qué contestar. No sé siquiera si lo que está sucediendo en ese instante es cierto. En la calle vemos pasar un grupo de gente corriendo. Se oyen gritos y una masa sonora difícil de descifrar. Vigas me dice que salgamos a la calle. Caminamos hasta Sol. En Sol la gente pasa entre quienes parecen ajenos al anuncio y quienes van con cara de angustia. Todo parece no tener ningún sentido, o tenerlo todo. Por alguna razón, de repente, ese parece el estado real de las cosas. Igual hemos sido un paréntesis de la civilización y ahora empieza, o continúa, lo que hace cientos de siglos habíamos dejado aparcado.

Se hace la noche total. La gente pasa de un lado a otro. Vigas me dice que quizá debería ir a buscar a su exmujer y a sus hijos. Los móviles ya no funcionan. Le digo que sí, que le acompaño. Pienso en mi madre, pienso en mis hermanos. Voy pensando lentamente en todas las personas que conozco. Hay desasosiego, pero también siento una forma de paz incomprensible. De repente, Vigas se pone a llorar. A nuestro lado pasan unas mujeres que también van llorando, asustadas. En Gran Vía no pasan coches; la calzada está tomada por cientos de personas que avanzan sin que se sepa muy bien hacia dónde. ¿Dónde estamos yendo todos?

Entramos por Fuencarral. El ambiente es siempre igual: gente avanzando de un lado a otro con urgencia. Entiendo que todos vamos camino de nuestra gente. Lo prioritario es reunirse. Luego ya nos organizaremos. En el Decathlon hay saqueos, o no exactamente saqueos, porque los empleados no detienen ni increpan a nadie. En otras tiendas pasa lo mismo. La gente coge cosas, pero sin atisbo de violencia.

—¿Crees que deberíamos coger cosas? —le pregunto a Vigas.

—Prefiero buscar a mi gente primero.

En la esquina con Pelayo nos separamos. Quedamos en vernos en una hora, en el parque de Tribunal. Yo camino hasta casa. No me he puesto nervioso hasta ahora, porque estoy casi seguro de que mis hijas y M estarán en casa. Cuando entro por el portal siento el primer golpe de angustia, como si hubiera estado anestesiado hasta ese instante. Cuando abro la puerta de casa las veo y vuelvo a respirar con plenitud.

Nos hacemos unas mochilas. Cogemos alimentos y salimos a la calle. Nos reunimos con Vigas y, en una deliberación bastante rápida, decidimos ir por la carretera de La Coruña. Somos incapaces de calcular cuánto tardaremos andando hasta el pueblo de Vigas. Él sospecha que algo más de una semana, quizá dos. Decidimos la ruta sabiendo que el clima los próximos días será propicio y dormir a la intemperie será posible.

Todo, a partir de ese instante, sucede como si nos hubiéramos entrenado una vida para ello. Nadie reflexiona sobre lo que pasa; simplemente avanzamos y organizamos nuestra nueva vida. Es el primer día después del fin del mundo, o eso se ha anunciado. O quizá no. Quizá es una forma de empezar de nuevo.

No hay comentarios.:

Mi lista de blogs

Afuera