Sube la persiana y se imagina la reverberación de ese sonido por la calle, viajando por la manzana hasta otras habitaciones y molestando incluso a algún vecino al que no le pone cara. Aún no ha amanecido del todo. La luz grisácea y opaca de finales de enero aún entra muy débilmente en su habitación.
Avanza por el pasillo hasta la cocina. Enciende la radio, pero no suena nada. Ruido de interferencias y ondas expandiéndose por el aire. Busca con precisión en el dial. Le sorprende, porque nunca tiene que hacer eso. No encuentra voces ni música. Deambula entre frecuencias, pero solo se escucha el ruido destartalado de las ondas perdidas que viajan dando tumbos por el aire. Concluye que el transistor debe de estar dañado, algún problema con la antena que no sabe reparar, y se da por rendido, algo que le incomoda.
Se prepara entonces el café con esa sensación de molestia, porque es metódico y preciso, y para él la mañana sucede en ritos claros: persiana, radio y café. La radio, aún no sabemos por qué, hoy ni acude a la cita.
El café se anuncia en ese borboteo de hervor, en ese mecanismo precioso que es la cafetera. Huele a café y siente ese agradable ansia de servírselo y saborearlo. El café, para tantos, es la inauguración oficial de un nuevo día. Mientras bebe sentado y el día va aumentando su luz opaca —hoy anuncian nubes y algún chubasco—, mira de reojo, con resentimiento, la radio. En ese instante debería estar oyendo las voces de los charlatanes, locutores y tertulianos sabelotodo desmenuzando el sentido de una actualidad que hace tiempo no lo tiene.
Luego se levanta. Se asoma a la ventana y le sorprende la quietud en la calle. Los coches aparcados junto a las aceras. Esa invasión automovilística que sufren las ciudades, el planeta entero. Esa hilera caótica y desesperada de coches apretujados a lo largo de todo el barrio, de toda la ciudad, casi del cosmos entero. No ve, extrañamente, a esos primeros trabajadores adormecidos que avanzan apurados camino de la estación, calle arriba. No hay ningún piloto arrancando el coche y saliendo disparado para evitar alcanzar la autovía de acceso al centro antes de que se formen los primeros tapones y atascos.
¿Será hoy día festivo? Es tan ajeno este, desde hace tiempo, a los rituales de la cotidianidad social que a veces se le escapan los días de celebración colectiva. Quizá hoy la gente prolongue la estancia en la cama: ese rato preciado que cada día se desea.
Se ducha. Se acicala. Se viste. Ordena la habitación. Recoge y barre lo poco que ha ensuciado. Mantiene desde hace tiempo todo en un orden y pulcritud envidiables. Mira el reloj. Va a salir a la calle. Porque una cosa de sus ritos diarios es pasear a la vez que esa masa de muchachos y jóvenes sale, casi coordinada, de sus casas hacia colegios e institutos. Madres apuradas con niños desganados; adolescentes que se juntan para ir en pandilla hasta las clases. Pasear en esa hora acelerada le hace sentirse parte del entramado al que casi ya no pertenece.
Cuando llega a la calle, descubre que hoy tampoco hay alumnos ni colegiales. Definitivamente, concluye, hoy debe de ser un día festivo que ha obviado o que desconocía. No obstante, mantiene la ruta. Recorre las manzanas hasta el parque y, en el parque, se desviará por el parque de los pinos, que termina cayendo en las periferias de la ciudad, donde los límites imprecisos se confunden.
Lo sorprendente hoy es que no se cruza con nadie. Y es ahí cuando se alarma.
Camina cada vez más rápido. Acepta que es día festivo, pero no hay nadie. Mira hacia las casas. Las persianas permanecen bajadas en casi todas. Ningún negocio ha abierto. Ni siquiera la panadería con el mejor pan del barrio, donde muchas veces toma café a la vuelta del paseo.
Se acerca hasta el mercado. Nadie ha abierto las puertas. No hay tránsito de camiones ni de furgonetas. Va hasta el parque con la intención de alcanzar el puente que cruza la autopista. En el parque, a lo lejos, ve un ciervo. El ciervo, estático, le mira desde la distancia. Se cruzan la mirada. La mirada extrañada e inmóvil del animal le produce una forma peculiar de pánico. No es miedo; es la imagen extraña lo que le acongoja.
El ciervo entonces sale disparado hacia el bosque de pinos. Él avanza hasta la autovía. Cruza el puente. No pasa ni un solo coche. Se queda ahí parado, en medio de la pasarela, mirando hacia abajo. El asfalto vacío multiplica la quietud.
Entonces ve al ciervo avanzar a una velocidad sublime por la autovía. Detrás del ciervo vienen otros. Corren por la autovía en dirección al centro de la ciudad. Los ve pasar por debajo de la pasarela y avanzar, hermosos, hacia la urbe. Cuando pasan y se pierden, se impone de nuevo la quietud.
Termina de cruzar la pasarela que da al descampado donde se construye un nuevo conjunto urbanístico. No hay obreros, claro. No hay movimiento de camiones ni de materiales. Hay otro animal parado en la entrada. Es un caballo. El caballo está quieto. Durante unos segundos piensa que está herido, pero no lo está. Llega hasta él. Entonces, en una decisión que no toma racionalmente, se sube y se pone a trotar. El caballo avanza obediente.
Recorren las calles a medio construir de la nueva zona. Giran hacia la salida de la autovía y, sin temor, se pone a galopar. Avanzan hacia el centro, como previamente habían hecho los ciervos. La ciudad va ganando en densidad. Los edificios siguen dando síntomas de quietud extrema. La ciudad definitivamente no ha despertado.
El caballo no cede en su intensidad. Avanzan con una rapidez asombrosa. Entran en el casco urbano. Recorren algunas calles famosas. En la avenida que atraviesa de norte a sur se detienen frente al monumento insigne, uno de los símbolos turísticos más fotografiados por turistas.
Se baja del caballo. El caballo se acomoda y rebufa. Él entonces grita. No sabe qué grita, pero grita. La voz reverbera por la ciudad. Las fuentes mueven sus aguas.
Cuando llega a la plaza del centro ve a los ciervos. Cree reconocer al ciervo con el que se cruzó, pero piensa que quizá fantasea. Se sienta bajo el reloj central. Son las diez y media de la mañana. Se sienta en un banco que tiene una pintada con una declaración de amor: Claudia, te amo.
Siente sed. Pero no se mueve. Mira la plaza vacía, una plaza que siempre está atestada de gente. Mira los negocios cerrados: los de souvenirs, los de zapatillas deportivas, los de dulces estrambóticos, los de trajes de novia. Todos están cerrados y, a esas alturas, ya sabe que nunca volverán a abrir.
Mira de nuevo hacia arriba para ver la hora en el reloj central.
Diez y treinta y dos de la mañana.
Decide entonces decretar esa hora como la hora definitiva del fin del mundo.

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