Lucía y Pepo habían sido compañeros de la universidad. Ellos ya eran pareja y nosotros aún no nos conocíamos. Así que nos han acompañado desde el inicio de nuestra relación. No nos vemos mucho, pero aún mantenemos cierto contacto y cada pocos meses logramos hacer una reunión o encuentro; bebemos, charlamos y nos reímos, porque las amistades largas entran en zonas de facilidad.
Nos habían invitado a cenar a su casa. Hacía tiempo que vivían a las afueras, en un chalet adosado amplio, con jardín en la parte trasera y piscina comunitaria. Cuando se mudaron, a mí me parecía que no pegaban en ese estilo de vida, pero lo cierto es que, una vez allí, parecían haber vivido toda la vida en ese tipo de entorno. Ese fin de semana sus hijos no estaban; habían ido a un campamento de esquí y nos proponían quedarnos a dormir, para no tener que bajar luego a la ciudad de madrugada y quizá con más alcohol del debido.
Así que, cuando llegamos el viernes a las siete de la tarde, después de una semana ajetreada y convulsa en mi oficina, llegamos con euforia a donde Lucía y a Pepo porque sentía que estar con ellos y dormir allí nos vendría bien a Sara y a mí. Llevábamos una época agotados, estresados; nuestros hijos cada vez pasaban menos por casa, pero aún manteníamos una preocupación y una atención excesiva por sus vaivenes. La vida laboral estaba instalada en un permanente ajetreo y los dos estábamos con ganas de parar, lo que sea que eso signifique.
Nos abrió Pepo la puerta. Hacía algunos meses que no nos veíamos. Le noté más musculado, más fornido e incluso su postura corporal me pareció más precisa, más correcta. Pensé, sin preguntarle, que quizá se estaba ejercitando en el gimnasio y el cambio era notable, desde luego.
Entramos en la casa. La decoración había cambiado. Todo era blanco ahora, los espacios más diáfanos y no había ningún artilugio electrónico. No había televisión ni ningún aparato donde antes los había.
—Vaya, menudo cambio decorativo, Pepo —dije, sorprendido.
—Sí —contestó—, nos hemos ido quitando de lo innecesario. Estamos trabajando en ir a la esencia. Cada vez más.
Justo en ese instante miré a Sara. Sara miró el entorno, pero sabía perfectamente que estaba pensando lo mismo. La luz del jardín trasero entraba poderosa por toda la estancia. El lugar, desde luego, había cambiado y empecé a sentirme moderadamente desconcertado.
Pepo nos preguntó si nos apetecía salir al jardín. Lucía vendría en breve; había salido un momento.
El jardín también mostraba cambios. En vez de los muebles de exterior que había antes, ahora había una especie de pufs blancos y creo que noté que algunas plantas y árboles pequeños tampoco eran los mismos. Enseguida empezamos a hablar de cosas banales. Estuve narrándole mis conflictos laborales. Llevaba una época con un nuevo jefe que era adicto al conflicto y me estaba haciendo la vida imposible. Habían desaparecido los horarios y todo se había vuelto estrés. El estudio estaba trabajando en varios proyectos en distintas zonas del país, unos complejos habitacionales de alto nivel adquisitivo, pero estaba resultando un trabajo tortuoso. Sara habló también de su situación laboral. Tampoco estaba muy a gusto. Los dos estábamos pasando una época de incomodidad y no terminábamos de encauzar el estrés. Luego hablamos de nuestros chicos y le preguntamos a Pepo por los suyos.
—Los chicos están muy bien. Estamos haciendo un trabajo adecuado con ellos. Ya no van a la escuela y hemos logrado que accedan a un programa de liberación y nuevas perspectivas. Las cosas, chicos, han cambiado mucho. De eso queríamos hablar con vosotros. Tenemos que poneros al día.
Estamos modelados para recibir ciertas alertas. Hay un mecanismo químico y biológico que funciona, ajeno a nuestro raciocinio, que opera desde un lugar más profundo que las palabras. Mi cuerpo se puso en un estado parecido a la alerta y a la incomodidad. Sara no me miró. Simplemente se quedó mirando a Pepo, esperando el desarrollo de la frase que nos acababa de decir.
Fue en ese instante cuando apareció Lucía.
Entró y la imagen que recibimos fue impactante. Sucedía lo mismo que con Pepo: su cuerpo parecía más fibrado, más fuerte, pero posturalmente también parecía corregido, más firme, más erguido. Pensé en yoga o en alguna actividad parecida. Lucía, que tuvo el pelo muy canoso desde muy joven y que siempre lo había disimulado con un tinte y mechas claras, apareció con el pelo netamente grisáceo y un vestido muy ancho y blanco que le otorgaba la apariencia de una profesora de pilates de un centro de alto rendimiento.
—¡Chicos! Qué ganas tenía de veros —dijo con una voz pausada y suave.
Muchas veces, cuando suceden ese tipo de cosas que te desubican, pienso más tarde que lo mejor es preguntar desde el primer instante. Quizá se evitarían muchas cosas. Pero siempre, inconscientemente, opto por permanecer en esa actitud que acepta, que no juzga y que le da a esos cambios radicales una aceptación que, en el fondo, niega que estén sucediendo. Porque Sara y yo estábamos sumidos en el más absoluto desconcierto.
No nos ofrecieron vino ni cerveza. Sacaron unas aguas con limón y unas hojas de las que no retuve el nombre. No hubo queso ni jamón para amenizar la charla; hubo una bandeja de frutas tropicales. No estuvimos amenizados por los grupos que habíamos ido descubriendo en común; lo que sonaba era una capa sonora constante, extraña, que parecía la banda sonora de una película experimental.
—Bueno, habréis notado que las cosas están distintas —dijo Lucía—. Hemos decidido salirnos de la rueda. Estamos muy bien. Nunca hemos sido tan felices. Os queríamos ir contando cosas e incluso invitaros a acceder a este terreno maravilloso y poderoso por explorar. El mundo se ha sumido en la oscuridad y hemos encontrado un grupo maravilloso de gente con los que buscar y empezar a construir la luz.
De más está decir que a mí esos discursos, más que molestarme, me enervan. Me mantuve calmado. Sara los miró con atención y, siempre racional y pragmática, dijo:
—Sí, ¿y cómo se busca esa luz?
A partir de ese instante todo sucede de una manera que no logro comprender. Cuando estoy asimilando algo ya empieza a suceder lo siguiente. En la casa, de golpe, aparecen cerca de quince personas, vestidas de manera parecida a Lucía y Pepo. Van de blanco y parecen estar en un estado de narcosis profunda. Nos miran. Veo que dos mujeres hablan susurrando a Sara. Sara tiene el gesto tenso, casi violento, un gesto que le he visto pocas veces.
Pepo se sienta en el suelo como un profesor de yoga. Me dice algo así como que no ponga interferencias, que me deje arrastrar. Una de las personas que ha aparecido, un tipo muy grande, alto y con bastante sobrepeso, se acerca y me habla de la pena y del dolor, del abismo y la tragedia, de la fuerza de la oscuridad y de que tenemos que unirnos para combatirla. Pienso que es el líder o el que dirige ese delirio.
Veo a Lucía en el suelo, tumbada, con los ojos cerrados. Veo a más gente que se tumba. Veo que amordazan a Sara, que intenta escabullirse sin éxito. Sé, en ese instante, que estoy drogado y que he perdido la voluntad. Pierdo la conciencia.
Cuando despierto estamos en una estancia que no reconozco. Sara y yo estamos tumbados sobre unas colchonetas muy cómodas. Huele a vela o a algo que emite un olor profundo. No es incienso, pero es algo parecido. Hay un vapor sobrevolando la habitación. Sara me mira. Está en un estado casi irreconocible. Seguramente la hayan drogado y haya perdido también la voluntad.
El señor enorme empieza a hablar de las actuaciones a realizar, de los sacrificios, de lo inevitable de la violencia. Hablan de razas, hablan de poderosas energías que lo dominan todo.
—Ha llegado el momento de detener el gran dolor —dice con tono elevado y brusco.
A esas alturas estoy sumido en el pánico. Lucía está en trance o en un estado parecido al trance. Sé que estamos siendo secuestrados por una secta y no sé cómo deshacer la situación. Pienso en mis hijos. Pienso en Sara, que está débil, sumida en una especie de estado paralizante. Pienso en unas vacaciones que tuvimos con Lucía y Pepo en la costa. Un verano hermoso. Pepo y yo terminamos una noche borrachos en la playa; todos —los niños, Sara y Lucía— se habían quedado en el apartamento. Pepo empezó a llorar y me contó que llevaba dos años acostándose con una tipa de la oficina. Se sentía culpable y despreciable.
—Solo nos une el sexo. Nada más —me dijo, y luego me abrazó.
Pepo está detrás de todos sus compañeros de secta. Está callado y me mira. Sé, en ese instante, que Pepo no cree en nada de todo eso y que, en el fondo, como nosotros, también es una víctima. Lucía sigue en trance.
Tengo ganas de coger la mano de Sara, que veo ahí, a escasos centímetros de la mía. Siento que, si agarro su mano, algo se liberará, al menos este pánico y esta sensación de caos. Pero desplazo la mano y no llego.
Huele a fuego. Huele a madera quemada. Tres personas aparecen con dos conejos y dos cuchillos. Sé que lo que viene va a ser peor. La posibilidad de sacrificios, de sangre, de pieles, de carne o de imágenes violentas me golpea brutalmente. Sara está llorando. Yo estoy a punto. Pepo, detrás de todos ellos, empieza a llorar y eso me da paz. Sigue siendo mi amigo.
En ese momento, de manera brutal, salta la puerta de detrás de Pepo por los aires. Aparecen cinco, seis, siete policías armados. Oigo gritos. Uno de los conejos salta y veo que huye. Los otros siguen atrapados. La policía apunta al tipo gigante y a Lucía. Pepo, ahora sí, llora desconsolado.
Logro ver los ojos de Sara. Hay algo tan hermoso y apabullante que me une a ella que encontramos algo de reposo en la locura en el instante en que logramos cruzar nuestros ángulos de mirada.
El caos es enorme. Detenciones, movimientos de personas y frases imposibles de descifrar. Nos tapan con unas mantas.
Por la tarde, cuando hemos llegado a casa después de declarar en la comisaría, entramos y están nuestros hijos con dos amigas en el salón. Cuando nos ven empezar a llorar se sienten un poco avergonzados.
Me voy a duchar. La piel me huele a madera, a un fuego que parece venir de otra era, de otro tiempo.

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