viernes, febrero 20, 2026

Las culpas

No soporto llegar tarde. No soporto que me esperen. No soporto, a estas alturas de mi vida, esperar. El segundero, para mí, es una condena. Lo observo con precisión, lo calculo, lo interpreto. Es abstracto el tiempo, sí, pero yo he logrado domarlo. Soy consciente de cómo avanza, constante, hacia el abismo.

Ese día llegaba tarde. Porque hay días, muy esporádicos, en que el tiempo se libera, se asalvaja, se vuelve caos e histeria. Cuando calculo, siempre calculo hasta los imprevistos, pero ese día hubo más imprevistos de los previstos. Y salí con tres minutos y treinta y cinco segundos de retraso respecto al horario más optimista. Iba a llegar tarde. Llego tarde una vez cada década y ese día iba a pasar. Aceleré el paso, porque para un enfermo de la puntualidad no es lo mismo llegar tres minutos tarde que diez. Salí a la acera y, sin llegar a correr, sí aceleré el paso a ritmo de marcha olímpica. Mis caderas rotaban rítmicas a un ritmo diabólico; si me hubieran medido, marcaría tiempos profesionales. ¿Quién sabe? Quizá el equipo olímpico español había perdido la posibilidad de una medalla en las siguientes Olimpiadas.

Subí Hortaleza hacia Alonso Martínez, atravesé el tramo donde la calle se va convirtiendo en la plaza. Casi nadie sabe que el final de Hortaleza sigue siendo Hortaleza o que todavía no es Santa Bárbara. Una mujer con un perro venía de frente; el perro parecía nervioso, la mujer despistada. Todo sucedió rápido: el perro se soltó de la esclavitud de la cadena, la mujer tropezó, yo me moví rápido para parar la caída. Era una señora de edad y ya hemos oído demasiadas veces hablar de las fragilidades de la cadera. Logré mi cometido, pero algún tendón que rodea mi tobillo izquierdo flojea, se viene abajo. Quizá el estrés de llegar tarde debilita la musculatura o el equilibrio, pero el tobillo se vence brusco hacia un lado. Caigo mientras un dolor agudo, como un pinchazo cósmico, me recorre desde el tobillo hasta la esquina más remota de mi cerebro. Luego sabré que tengo un esguince de tercer grado. Pero hasta ese diagnóstico aún falta.

La mujer grita. El perro ladra y yo lanzo mis dos manos hacia el tobillo, en ese gesto siempre absurdo y carente de sentido que hace todo recién lesionado, porque nada palian las manos posadas sobre la lesión y el dolor que emerge. Ahí están, pues, las dos manos rodeando el tobillo, mientras el resto del cuerpo ha sucumbido y está tumbado sobre la acera, en la frontera justa entre la calle Hortaleza y la plaza de Santa Bárbara.

En ese instante todo se alborota. Yo miro el reloj, porque todo esto me retrasa aún más. La mujer, compungida y llena de angustia y culpa, emite sonidos que transmiten ansiedad, pero ningún alivio o solución. El perro me lame la cara. Pasa un chico joven que, con voz ronca y muy grave, me pregunta con desgana si necesito ayuda. Está deseando que le diga que no y, por supuesto, le digo que no. Intento ponerme en pie mientras el postadolescente se pierde calle abajo. Pasa una chica de unos treinta años. Observa la escena. Se acerca y mira hacia abajo. Sé que no es momento de ello, pero encima me pongo en tono seductor.

—Creo que deberías ver si lo tienes hinchado.

—¿El qué? —contesto en la cumbre del ridículo.

—El tobillo. A veces tarda un poco en hincharse.

Levanto un poco el pantalón y veo que el tobillo efectivamente ha triplicado su volumen. La chica me indica que me siente en las jardineras y que ponga el pie en alto.

—Pero llego tarde —digo con tensión; el reloj es implacable.

Ella sonríe.

—Quizás debas ir en taxi a urgencias.

En ese momento yo ya he decidido que no quiero ir a urgencias, pero que sí cogeré un taxi. Llegaré doce o trece minutos tarde, pero una vez cada década me lo puedo permitir.

La mujer del perro y la chica me acompañan a parar un taxi. Nos despedimos como si ya fuéramos familia. La mujer del perro me da su teléfono para que la informe y la chica me desea suerte. Miro al perro, que en ese momento me parece ya mi mejor amigo, y me subo al taxi. El taxista, dicharachero y enérgico, me mira y sin rodeos me dice que a qué hospital vamos.

—No vamos a ningún hospital —respondo orgulloso—. Vamos a la avenida Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo.

El taxista no pregunta. Avanza calle arriba para girar en Alonso Martínez. En la radio suena una música que no logro identificar. Es una música frenética, como de banda sonora. Vientos enérgicos, percusiones bravas, un bajo trepidante. Música perfecta para una persecución.

—¿Qué es esta música que suena, amigo?

—¿Te gusta? —me contesta vanidoso—. Es la banda sonora de Cowboy Bebop, de Seatbelts. La pieza se llama Tank!.

En ese momento suena un solo de saxo. Me siento, de repente, en una escena de película. El dolor es cada vez más agudo mientras el taxi desciende el paseo de Recoletos hacia Cibeles. El hombre ve pista vacía y acelera. Corte espectacular de la canción para anunciar el final y, sin aviso previo, siento un golpe brutal en la parte trasera del coche. Un Qashqai modelo antiguo nos ha dado de pleno. Accidente en el centro de la ciudad coincidiendo con el avance de la música a la siguiente canción. Primeros golpes de Rush, de la misma banda sonora. El maletero del taxi completamente abollado, el Qashqai tiene el morro aplastado. Esto va para largo. Miro el reloj. Si todo fuera bien, si lograra parar otro taxi en ese momento, llegaría a la cita veinticinco minutos tarde, pero no va a pasar. Cuando giro el cuello noto un dolor cervical, más agudo si cabe que el del tobillo. Desgarro de ligamentos, sabré más tarde, pero aún falta para eso.

Estoy inmovilizado en el asiento trasero, mientras el taxista y el tipo del Qashqai se culpan el uno al otro a gritos. Hay una armónica que evoca un western sonando en el reproductor del taxista. No es el momento, lo sé, pero en ese instante me pregunto cómo el taxista escucha esa música tan cinematográfica; o quizá por eso, quizá la vida en taxi sea una forma de película permanente. No llegan a las manos, pero mi taxista —a estas alturas le llamaré mi taxista— le tiene cogido del cuello.

—Esto es una ruina para mí, hijo de la gran puta —dice desesperado.

Muevo la mano para hacerle un gesto, para llamar su atención.

—No me puedo mover, hermano —le digo con voz muy ligera. Apenas soy capaz de hablar. Yo ya no sé de dónde proviene el dolor.

Mi taxista se asusta; el del Qashqai más, porque sabe que es culpable. A partir de ahí el tiempo pierde forma. Mi taxista llama a una ambulancia. La ambulancia no tarda mucho en llegar, pero hay un atasco considerable en el carril del paseo de Recoletos. Oigo la sirena sonar a lo lejos. Curiosamente el sonido de la sirena me produce alivio. Soy un náufrago en aguas abiertas y veo un barco venir hacia mí. Unos enfermeros fornidos me meten en una camilla, la elevan, como quien levanta una pequeña y lisa piedra en la playa para jugar lanzándola contra el mar. Me pasan cuerdas por un lado, por otro. Sale disparada la ambulancia hacia mi salvación. Me hacen preguntas que contesto como puedo, porque siento un mareo profundo. La persona que me hace preguntas lleva un reloj en el que veo la hora. Me alarmo, porque en el fondo esa es mi relación con el tiempo, exactamente la misma que tiene la alarma del reloj.

—¡Pero llego tarde! —digo aterrorizado.

—¿A dónde?

—A Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo —contesto con la falsa esperanza de que ellos me vayan a llevar hasta allí.

—Con suerte llego treinta y cinco minutos tarde.

Los enfermeros se ríen. En el exterior suena la sirena. La velocidad se siente vibrante en la parte de atrás de la ambulancia. Siento un mareo profundo. Hay algo, una especie de nube que viene hacia mí desde la puerta de la ambulancia. Es una nube hermosa, de colores preciosos, cambiantes, brillantes. La nube llega hasta mí. Me agarra y me transporta por una especie de lugar donde habitan otras nubes y cientos de colores que bailan y se entremezclan. Suena una música minimalista. ¿Es esto la eternidad?, pienso en un estado amable de gratitud.

Luego despierto en un lugar que no identifico. Me pongo en pie, pero veo que tengo el pie inmovilizado con una bota ortopédica de diseño fascinante: se llama Bota Walker. En el cuello tengo un collarín que me mantiene el cuello firme. Estoy en una sala vacía con un batín verde. Abro una puerta; por el pasillo amplio no veo a nadie. Empiezo a andar. Mal, torpe y dolorido, pero avanzo firme, no sé muy bien hacia dónde. Nada me detiene. Veo un ascensor. Cuando la puerta se abre me meto. No hay nadie. Marco el cero. Abajo, cuando se abre la puerta, veo muchas caras, visitantes que me miran aturdidos. Nadie dice nada. Avanzo por pasillos concurridos, arrastro el pie como un herido de guerra. En ese momento aún no soy consciente de que el batín está abierto por detrás y que mis glúteos van al aire, tal como el día que nací. Salgo a la calle. Veo un taxi. Lo paro. No llevo dinero, pero ya resolveré.

—A Ciudad de Barcelona con Menéndez Pelayo, por favor.

El coche recorre Madrid, que a esa hora tiene el tráfico liberado, ágil. La ciudad, con la que no siempre estoy en paz, me parece hermosa en ese momento. Miro las calles pasar desde la ventanilla. En la emisora que lleva el taxista, unos tertulianos hablan de geopolítica y del estado mundial de la economía, pero todo eso ya me da igual. Al final voy a llegar.

Cuando llegamos te veo ahí con ese gesto entre aterrorizada y enfadada. Estabas hermosa.

—Por eso, Ana, te pedí dinero. Para pagar el taxi. Por eso, mi amor, he llegado tarde. ¿Sabrás perdonarme? No son excusas. Es esto lo que me pasó.

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