¿En qué momento se desordena una vida? El señor F sabía que los elementos que conformaban su realidad se habían desplazado uno a uno del sitio que les correspondía. Nada se correspondía con lo que se podría haber entendido como: vida del señor F. El desmantelamiento de ese conjunto de cosas que podemos llamar nuestra realidad es algo netamente abstracto, pero curiosamente bajo un orden estricto. La vida del señor F en nada se parecía ya a lo que él había entendido que había sido su vida. Y hay que decir que en su caso no fue repentino. Fue un tránsito paulatino, marcado por un cambio de país a una edad inapropiada. Demasiado mayor para emigrar, más mayor aún para deshacer el camino y volver a casa. El señor F es un ejemplo preciso de la persona que se queda sin tierra. En su caso no por una guerra, no por exilio o por fuga. Y aunque las tres opciones podrían valer como metáfora, en realidad el señor F es expulsado de la tierra por cuestiones económicas. Ya no tiene dónde caer muerto.
El señor F entra entonces en un estado de apatía y aislamiento. Se siente incomprendido y, sobre todo, fracasado. Distorsiona los afectos: se ancla a su mujer y a su hijo pequeño. Los dos mayores, que no son sus hijos, ya no entran en la ecuación del cariño. Condensa todo su mundo a ese trío que también se ha desmoronado, básicamente porque uno de los vértices, el de él, se está evaporando. Deja de trabajar porque ya no tiene fuerzas, deja de relacionarse socialmente, deja de conversar e incluso deja de saludar en el ascensor o en el portal. El señor F ha traspasado un umbral que ni siquiera él reconoce. Está en otra dimensión. Una donde no hay apenas luces y casi todo son sombras. Entonces busca explicaciones en el tarot, en la magia y en ancianas videntes. Cree, está convencido, de que es víctima de algo, de una fuerza mayor que ha decidido acribillarlo. No sabe si provocado por alguien o por una fuerza que le ha elegido sin motivo aparente, pero no tiene duda: le están aniquilando desde un lugar invisible.
Acude a una tarotista del centro. La mujer le lee las cartas con desgana. No saca nada en claro, pero él desconfía. La ve poco profesional. Sale de allí, en el centro de esa ciudad que odia, que está a ocho mil kilómetros de la ciudad donde nació, en medio de esa región que odia, en un país que odia. Camina hasta el coche. El cielo anuncia tormenta tropical. La humedad le hace sudar y respirar mal. Aún no lo sabe, pero le quedan dos años de vida. Sus pulmones, víctimas de una vida fumando a ritmo exagerado, no dan más de sí. La lluvia cae como si estuviera en guerra con el suelo. Se mete en el coche y enciende un cigarro. Avanza por una calle vacía; el agua revienta contra el cristal. Está frustrado y decide que es mejor buscar otra opción mística más profesional, más aguda. Vuelve a casa, pero en casa ya casi no habla. Su vida se ha reducido casi al silencio. A su hijo pequeño lo observa con temor. Podría ser víctima de la fuerza que le acosa.
Algunas madrugadas sale en coche a recorrer la ciudad que odia. Es una ciudad que tiende al vacío, como si sus habitantes no estuvieran más que para asuntos concretos. Sale porque fuma a escondidas y recorrer la ciudad de madrugada para fumarse varios cigarros es su forma de sentir algo parecido al sosiego. De madrugada y a solas en esa ciudad extraña, siente que el mundo queda detenido. Observa el humo y a veces se detiene en zonas de la otra punta de la ciudad. A ratos se siente ridículo o cercano a la forma extrema del absurdo: ¿qué hace un hombre de 57 años, nacido en otro continente, a esa hora en una ciudad de la que hasta cuatro años antes jamás había oído hablar? ¿De cuántas ciudades no hemos oído hablar? ¿Cuánta gente siente que la ciudad en la que está es una ciudad absurda también?
Su segundo intento místico sucede en una casa colonial en estado precario, en la zona más destartalada del centro. La ciudad tiene síntomas de abandono, pero es un abandono peculiar. El abandono que se imagina uno que sufrirían las ciudades cuando los pocos habitantes que quedaran en un planeta casi despoblado decidieran cambiarse de sitio. Un abandono detenido en un punto concreto del deterioro. No avanza ni hacia adelante ni hacia atrás. Cuando entra en la casa atraviesa un patio. Sale a recibirle una anciana con un vestido fresco; el día es sofocante. Le estrecha la mano sin hablar. Le hace el gesto para que la siga. Se sientan en una mesa en la habitación más al fondo del patio. Ve pasar una gallina y a una niña muy pequeña. Se oye el ruido de una ducha. Huele a carne guisada. La mujer le da café. Él bebe y, en un ataque absurdo de pragmatismo, piensa que es tarde para tomar café: otra noche sin dormir, piensa desganado.
—La nube que tienes viene de lejos —dice la anciana con voz ronca pero sosegada—. Hay alguien cerca que no te deja liberar. Es desorden, pero puedes reordenarlo. Encuentra quién es, de los cercanos, el que emite ese dolor.
Del aislamiento pasa a la paranoia. Sus hijastros le resultan de repente, y sin atisbo de duda, el problema. No sabe cuál exactamente de los dos, pero uno de los dos debe contener la masa invisible que ha desordenado cada parcela de su existencia.
No le comunica a la mujer lo que piensa. Lo masculla en un silencio cada vez más absorbente. Deja definitivamente de hablar a los dos hijastros. Y se parapeta, aún más, en el triángulo que forma con su mujer y su verdadero hijo.
Le habla a su mujer de sus merodeos místicos. La mujer descubre que hay una persona a la que llaman la Santa; vive en uno de los pueblos fronterizos de la región, en la zona de las montañas. Un pueblo relativamente famoso por la santería. Una tarde de semana se van los tres. Atraviesan la zona más árida de la región. Cae tormenta tropical. La humedad es tremenda. Respira cada vez más torpemente. Nadie habla en el coche. El niño se ha quedado dormido. La mujer mira la carretera como quien mira la soledad. Entran en la zona de las montañas. Llegan al pueblo. Es un pueblo miserable, formado por unas cuantas casas construidas con materiales marginales. El asfalto está casi comido por la tierra y la vegetación. No hay nadie en las calles, o en eso que se supone que son calles. Hay un animal al final de la carretera principal, del que solo se ve una silueta difusa; debe de ser un burro, piensa. La mujer no habla. Mira desde el lugar del copiloto el pueblo. Mira al señor F y a su hijo y piensa: esto no es un pueblo. El señor F no lo ve, pero la mujer deja caer una lágrima que no se quita. Aparca el auto siguiendo las instrucciones que había recibido. Es una casa de uralita, con forma cuadrada. La puerta es de metal, parece sacada de otro elemento, reciclada de algo que tenía otro uso. El señor F le dice a la mujer que le esperen ahí, pero la mujer coge al niño y se bajan. El señor F toca en la puerta, que enseguida se abre, y entra. Dentro no hay paredes, es solo una estancia. La Santa, o quien sospecha el señor F que es la Santa, está sentada. Sospecha durante algunos segundos que está dormida y no se atreve a hablar. La mujer entonces habla. Le dice que se siente. No pasa nada; de hecho, no va a pasar nada más. Ella se queda ensimismada y un rato después le dice:
—Alguien interrumpe el flujo del agua. Hay piedras puestas a modo de presa. Tienes que levantarlas; el agua está a punto de desbordarse. Si lo logras, el río volverá a fluir.
El señor F definitivamente ya está convencido de que uno de los hijastros es el origen. Pone el dinero que le habían dicho que valía la ceremonia, que había imaginado de otro modo. Sale sin despedirse. Cuando sale no ve ni a la mujer ni al hijo. Vuelve a respirar mal, pero no quiere alarmarse. Avanza por el pueblo. No hay nadie, ni siquiera hay ruidos. El animal de la silueta, que ahora descubre que efectivamente es un burro, sigue estático al final. Hay una brisa suave y la luz demencial del atardecer de la región lo vuelve todo hermoso, terrible y hermoso. Hace más de quince años que no corre, pero se pone a correr. No aguanta ni diez metros. Se para jadeando. Aún no es consciente de que sus pulmones llegaron a su límite. Oye la voz del niño, pero es incapaz de recuperar el aliento. La mujer acude entonces rápido a socorrerle; está exhausto, agobiado, el aire no encuentra camino y se tumba en el suelo. Ve el cielo, la cara del niño encima de su cara. La luz violentamente naranja de fondo. Quince minutos después están arrancando el auto para volver a la ciudad que odia. Conduce la mujer y él mira desde la ventanilla del copiloto el paisaje. No hay nadie en esa carretera en estado deplorable. El paisaje es desbordante y hermoso antes de entrar, poco después, en la zona más árida de la región.
Cuando llegan a casa mira al hijastro mediano; el mayor vive en otra ciudad. No siente odio ni rencor, pero le dice, casi susurrando, que se tiene que ir de casa y que por favor no vuelva jamás. El hijastro no entiende o lo entiende todo. Le mira con nostalgia y una forma casi irreal de tristeza. Le dan ganas de abrazar al señor F, pero sabe que nada salvará el dolor irreparable que siente el señor F. Se da la vuelta. No se despide. No sabe dónde va a ir, no tiene ni idea de cómo abordar el primer instante del resto de su vida. Le pone la mano en el hombro, le mira y le dice:
—Es posible que ya nunca te dé tiempo a comprender nada, pero gracias por todo.
Sale. El señor F se derrumba en el sofá. Se queda dormido. Jamás, en los dos años que le quedan de vida, encontrará el orden.

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