lunes, febrero 23, 2026

La subida al pueblo

La carretera por donde se accede al pueblo no tiene tanto tiempo. Tampoco es una carretera en muy buen estado, porque lo cierto es que es una ascensión bastante aguda, de unos trece kilómetros. En la parte inicial se atraviesan un par de pueblos de casas más o menos uniformes y bien conservadas. Se percibe aún la cercanía de la ciudad de abajo. Una vez cruzados esos dos pueblos, ya solo es asfalto y monte.

La carretera es estrecha, muy estrecha; hay que conducir concentrado y con precaución. No es descabellada la idea de salirse y volcar monte abajo. Aquel día llovía, llovía muchísimo, y reconozco que iba tenso en el asiento de copiloto. V conduce pensando en otra cosa, porque siempre piensa en otra cosa, pero se conoce tan bien la carretera que parece hacer las curvas y los giros de memoria, más que por vista. Durante buena parte de la subida no hablamos. Yo miro la marea gris ante nosotros y la lluvia golpeando el debilitado asfalto. V parece que pensara en algo que no ha sucedido en este mundo.

—Este camino era de tierra cuando yo era pequeño. Lo subíamos en burro. Una vez arriba pasábamos semanas sin volver a bajar. Las islas no están solo en los mares —me dice V.

Yo no creo en fantasmas ni espíritus, y V tampoco, pero nos parece escuchar una voz dentro del coche.

—Parecía la voz de mi tía —dice, y sonríe con nostalgia.

Me quedo pensando en la tía de V, a quien yo conocí cuando era muy pequeño y de la que conservo un recuerdo muy difuso, de la otra vez que había ido, con cuatro años, a ese mismo pueblo de la mano de V, cuando probablemente —o eso creo recordar— todavía no existía este asfalto ni el trazado de esta pequeña carretera. La lluvia no tiene un ritmo continuo: va marcando intensidades variables cada minuto.

—Igual la tía aún anda por aquí, medio escondida entre las nubes —digo, afectado por la luz y la nostalgia.

Esa tierra está repleta de enigmas e invita a creer en las ánimas. Podría haber sido la voz de la tía. Estoy dispuesto a aceptarlo.

En ese momento, viniendo desde arriba y con la perspectiva que nos permiten las curvas y la forma de la montaña, vemos venir un camión que avanza a trompicones cuesta abajo. En treinta segundos nos vamos a cruzar. V me mira y me dice que esa no es carretera para camiones. Yo me quedo pensando que no, que es una temeridad meter un camión por esa pendiente hacia abajo. La lluvia aumenta; también la oscuridad.

Vuelvo a escuchar la voz de la tía. V también, y nos reímos.

Giramos en la curva más acentuada. Marca un giro profundo en dirección norte, para casi volver enseguida hacia el sur. Cuando V está girando para salir de la curva, veo el camión casi encima de nuestro auto. Recuerdo poco más. Lo siguiente que recuerdo es que abro los ojos. Miro a V, que también los abre, y ninguno de los dos entiende nada. El coche está detenido casi al borde del precipicio. Ni rastro del camión.

V se baja. Llueve, pero es esa lluvia fina, casi no lluvia sino manto de agua; en cada lugar tiene su nombre. Bajo tras V. Miramos el precipicio, el coche casi al borde.

—¿Dónde coño está el camión? —me dice V.

—No lo sé —contesto mirando montaña abajo.

Durante un buen rato dudamos de si todo ha sido cierto. No hay rastro de nada. No hay marcas de frenazos en el asfalto. No hay cristales ni restos metálicos. No hay, de hecho, rastro de nada.

Miro a V. V me mira y creo que los dos pensamos lo mismo, sin decirlo. Estoy seguro de que los dos mascullamos desde entonces la misma duda: ¿es posible que hayamos muerto?

Yo no le digo nada a V y V no me dice nada a mí. Vuelve al coche. Yo detrás de él. Arranca y seguimos ascendiendo. Tomamos la carretera ahora con más precaución y concentrados. No volvemos a hablar hasta que encaramos la recta final, la que nos lleva ya a la entrada del pueblo.

Cuando pasamos el badén pronunciado que hay a unos cien metros de la entrada y que nos dará la perspectiva del pueblo, sucede lo que no habíamos sospechado. El pueblo no aparece. No nos devuelve la imagen de las casas de la entrada. El pueblo ha desaparecido.

La lluvia, definitivamente, ha parado.

Miro a V, asustado, lleno de incertidumbre y de un temor que nunca había experimentado: el temor de la locura o del absurdo. V me dice:

—Creo que ha pasado lo que los dos hemos pensado.

En ese instante atravesamos lo que debería ser el pueblo. Lo vamos a seguir atravesando —no sé cuánto tiempo llevamos haciéndolo—, pero todo parece, desde entonces, mucho más hermoso.

No hay comentarios.:

Mi lista de blogs

Afuera