La historia se había acabado en el párrafo anterior. Ese que no leemos. Esto es lo que sucede después del fin. Cuando se cierra el libro, cuando terminan los créditos y abandonas la sala o cuando suena el último acorde. Porque siempre nos queda esa duda: ¿y qué pasará después, cuando todo esto ha terminado?
Lo cierto es que había acabado justo ahí. Había estado bien y el remate había llegado en el momento justo. La narración se daba por concluida y, bien mirado, era un buen final. Pero entonces, yo giré por la calle de los Reyes hacia Plaza de España. La tarde era preciosa. La primavera anunciaba sus mejores días. Se notaba en los árboles, en el color del césped en los parques y en el ánimo de los peatones, también en mi ánimo, puesto que también era un peatón. Me dirigí hacia los jardines de Sabatini. Me puse música en mis audífonos. Sonaba Red Sun de The Notwist y la verdad es que era una buena música para empezar después del fin. No sé si empezaba una nueva era en mi vida o si simplemente seguía. La historia que había concluido era una parte más del pequeño fragmento de tiempo que me ha sido dado vivir en esta pequeña e insignificante corporación física que es mi cuerpo.
La canción me dio una energía amable, acompasada. Era una armonía melancólica y hermosa. La vida merece la pena ser vivida, sobre todo cuando la tarde cae suave y despacio y el ser humano se percibe frágil y hermoso en ese rito de recibir la primavera en la calle.
Al llegar a los jardines vi parejas sentadas en los bancos, vi a dos señoras mayores hablando de una lesión de ligamentos, a una argentina hablando por teléfono con alguien de su país, a dos chicos hablando de Harry Potter y a una chica sentada mirando hacia la Casa de Campo y hacia el sol cayendo. A veces cerraba los ojos y parecía sentir la luz: somos tan vulnerables. Desde esa esquina del parque se escuchaba el tráfico de la ciudad, ese bullicio condensado que parece flotar sobre lo que casi no se escucha. Me acordé de una vez que paseaba solo por Caracas y escuchaba ese bullicio dentro del Parque del Este. Es un sonido curioso y enigmático, porque tú estás dentro de la ciudad, pero no estás siendo partícipe de esa masa sonora, entonces parece que estás fuera, parece que estás viendo el mundo desde un ángulo distinto. Probablemente sea así. Los parques son pequeños paraísos. Son la utopía y la esperanza. Pensé que tenía sentido pasar por un parque en estado primaveral después del final de la historia. Esa que acababa de terminar. Más abajo vi a dos chicas discutir. Una de ellas se puso a llorar y la otra la abrazó. Estuvieron abrazadas un buen rato. El sol se iba volviendo más naranja. Entonces las dos chicas se pusieron a andar. Pensé que a lo mejor había concluido otra historia o empezaba justo ahí. Porque, poniéndome absurdamente filosófico, pensé: ¿dónde delimitas la historia? Las cosas no avisan cuando empiezan o cuando acaban, o casi nunca lo hacen. Hay finales obvios y principios muy exactos, pero muchos otros no. Es un coto. Una valla que levanta el narrador. Quizá, incluso, la historia que protagonizo no había terminado en ese párrafo previo que no hemos podido leer, sino que realmente empezaba en ese párrafo exacto. Lo cierto es que da igual. Porque probablemente nada empieza ni nada termina. Quizá somos capas superponiéndonos, avanzando en los segundos que nos otorga la eternidad.
El párrafo que no leemos daba la sensación de cerrar algo, narrado día a día, durante ocho años. Cerrado en esa esquina de la calle de los Reyes. Y ahora esto es lo que no ha entrado, lo que queda fuera de la última página, quizá de ahí la sensación. No, esto no será leído, porque es invisible al lector. No será una escena, una secuencia posterior. No habrá equipo de rodaje y los actores ya estarán en sus casas o en otros rodajes. No hay proyección. La sala está vacía.
Luego caminé hacia la Casa de Campo. Se hacía de noche. Bajé por la cuesta de San Vicente, que es una de las calles más raras de Madrid, porque te da la sensación de avenida de acceso a la ciudad, pero estás en pleno centro. Es una avenida fuera de lugar. Entré a la Casa de Campo por la Puerta del Rey. Los corredores, concentrados, mirando sus tiempos en los relojes, zancadas imprecisas y poco técnicas, en general. Cuando llegué al lago era casi de noche. No había barcas, y el ambiente era muy tranquilo. Rodeé el lago recordando que años antes David me había dicho que una noche estaban sentados en el césped de uno de los lados y que de madrugada vieron una barca avanzando sola por el agua. Que nadie iba con los remos. Nunca hice caso a esa historia, pero la imagen, en ese momento, me pareció simpática y terrorífica. Me senté en un banco. Me empezó a dar frío. Me fui a frotar las manos y pensé que lo idóneo, en ese instante, sería desaparecer, ir volviéndome invisible y dar realmente por terminada la historia. Porque, de repente, me sentí un epílogo, algo que ya no tiene interés y ya no se debe contar. Algo que ha perdido el sentido y es absurdo. Tuve ganas de llamarla, decirle que lo intentaríamos una vez más, pero ella había sido contundente y firme. Al día siguiente iría a recoger mis cosas a su apartamento. Ella no estará.
Lo cierto es que años después me crucé con ella en Gran Vía. Nos saludamos con cierta alegría y distancia. Nos pusimos al día, luego ella me dijo que por qué no tomábamos algo. Entramos a un bar. Curiosamente, ahí empezó otra historia, pero, como dice el refrán, segundas partes nunca fueron buenas.
Así que aquí estoy, otra vez. En ese párrafo que hay después del fin de la historia.

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