viernes, octubre 06, 2017
Más personajes para la idea
1- El quijotesco de la transición. Es una caricatura, una hipérbole, una exageración o quizá no. Me viene ese personaje que ha renacido con furor estos días. Ese tipo sin ninguna cultura democrática, extremo, brutal, bestial, pero que en su discurso está defendiendo permanentemente la democracia. No es demócrata, pero se cree que representa la democracia. Es un demócrata quijotesco. Es un delirio de loa democracia. Es un quijote de la democracia, la defiende con furor y demencia, sin saber que representa exactamente lo contrario. El espectador asiste a su delirio. "¡Es la democracia!" Grita, cuando todos vemos que son molinos.
2- La idea de un personaje que nunca hable. El silencio absoluto.
El Silencio en la idea
Seguimos.
jueves, junio 08, 2017
La hipotética primera escena de la Idea
miércoles, mayo 31, 2017
Los límites ficticios
martes, mayo 30, 2017
Sobre la idea (primeros perfiles)
GZ:
Es amable, educado. Viene de una familia cuyo pilar educacional ha sido la cultura, el amor a la cultura, pero no una cultura entendida con pedantería, sino una cultura entendida como arma para sobrevivir. No una cultura entendida para elevarte sobre el resto, sino para unirte al resto. No hay elitismo en la eduación infantil de GZ. En el entorno de GZ la cultura ha sido un unirse. GZ es un tipo con valores muy claros sobre el colectivo. En el colectivo nos salvamos y la cultura es el vehiculo que va de uno a otro, es el lenguaje más preciso que el propio lenguaje para comprender al otro. También pienso en rasgos precisos de GZ que aún no tengo claros: ¿Es perezoso? Creo que sí, le cuesta madrugar. En soledad es un tipo con cierta tristeza, no profunda, no dañina, pero tiende a la tristeza. Es un tipo sin ira, de hecho la ira el abruma, le asusta. Se pierde en lo abstracto, le falta concretar y eso a veces desespera a los que conviven con él. Se interesó pronto por lo político. Llegó de manera casi ficiticia, más por su pasión a los comic. Ese subtexto político de ciertos comics que leyó en la post adolescencia le llevaron a querer batallar por un mundo más justo. Si en algo cree es en la justicia, porque cuando abre los ojos percibe la injusicia a cada paso. Empezó cierta actividad en el instituto, algún centro social. Primeros pasos algo torpes. Fue comprendiendo que el activismo requería un sacrificio profundo, dejar de lado una forma de vida que era la úncia que conocía, pero no sintió demasiado temor en vivir de otra manera. Estudió en una universidad pública. Ahí expandió su circulo de activismo político. La universidad le interesó más por el entorno que por la faceta de estudio, sin embargo fue un estudiante aplicado. GZ posiblemente sea el personaje clave de "sobre la idea" Representa generacionalmente el hecho fundacional de lo que sucede en la idea, en lo que quiero contar. En GZ se sucede el nudo, la grieta, la sinopsis casi.
miércoles, marzo 22, 2017
Más sobre la idea
martes, febrero 21, 2017
Sobre la idea
La idea arranca con cierto desasosiego que refleja con bastante exactitud la evolución de mi pensamiento en los últimos años. Más que evolución, la ampliación de ciertas visiones, o no lo llamemos ampliación, llamemosle nuevo enfoque. Hay algo en el momento presente, en el momento histórico si nos ponemos grandilocuentes, que abruma. Parece que de repente las luchas de poder se hacen ya sin mucho pudor. A mi en cierta manera eso me parece bien. Es un poco: "Abajo caretas", pero abruma saber que siempre fue así y que quizá ha habido unos años que se hacía sin foco, con enorme discreción, lo que lo hace, si cabe, más terrible aún. El momento presente es un salvese quién pueda de cualquier tipo de poder por imponerse, como una carrera desemedida, enloquecida, histérica, pero una carrera en la que estamos todos afectados. La idea arranca a partir de eventos que en cierta manera están conectados entre sí, en los que uno de los poderes intenta impornerse a las nuevas aparaciones en los viejos poderes. A veces, si quitas la superficie de intrascendencia, parece que debajo de todo se está sucediendo una guerra, una nueva forma de guerra. En la que el ciudadano común va a perder de cualquiera de las maneras. La idea arranca de ahí, de ese desasoeigo. De acontecimeintos cotidianos que me han ido potenciando esa idea. La idea se cuece ahí. A veces en una ciudad ficitia que suma muchas ciudades que conozco, a veces en mi propia ciudad. A veces con personajes que veo, que conozco, de loa que sé su nombre y cosas importantes de sus biografías, a veces son personajes difusos, vapuleados o terrorificos, irreales, pero brutalmente ciertos. La idea está ahí, y me supera. No sé agarrarla del todo, pero sigo mirandola para comprenderla.
jueves, febrero 18, 2016
Anotaciones
martes, octubre 20, 2015
Gas
No hay metáforas para el presente. No las hay. El mundo nunca fue como es hoy en día. No digo que este sea un momento más importante que los anteriores, también solemos ser bestiales en esto, pero sí que este momento nunca fue, nunca sucedió. Este momento es así y jamás hubo algo ni remotamente parecido y así, suele pasar a cada instante. Nos gustan las fechas, las marcas en el tiempo, los días históricos. La historia es diaria, cada segundo. No avanzamos hacia esa fecha importante. Estamos en ella permanentemente y quizá uno de los cambios sociales más importantes sería si empezamos a vivir con ello, bajo ese prisma. En el presente nos va la vida, porque es lo único que tenemos. Sirven las marcas como conquistas logradas, es posible, pero eso tiende a borrar todos los presentes que nos llevaron hacia ello. Celebrar el primer voto de una mujer a veces nos hace borrar lo que cada mujer empujo hasta ahí, se queda la efeméride que tiende a borrar lo que la hace efeméride. Deshace un poco todo, cada frustración, cada disparate de esa sociedad previa, cada instante de reclamo y de soledad de esas mujeres incomprendidas, borra a cada una de ellas. Borra a esos que les ofenderían por decir imposibilidades y disparates, por plantear posibilidades que se asumían como imposibles. La historia es esto, a cada instante. El lento despertar. Ese pensamiento que aborda a un peatón en medio de una acera y le hace comprender que quizá no todo está dicho, que quizá la verdad no era sólo eso que creyó verdad. Esa lenta construcción del relato histórico, que irá quedando marcada en fechas, pero que llevan un sigiloso camino, a veces brutal, pero siempre pasando como gas, de cabeza a cabeza. Un gas soltado o o un gas construido. Un gas dirigido con unas u otras intenciones. Un gas que va transformando invisiblemente esto que vemos.
jueves, agosto 20, 2015
El Máquina
El Máquina
Con el Máquina no me llevaba del todo bien, pero no había más remedio. El Máquina tenía algo desagradable, pero no era evidente. Había algo en él muy molesto, pero nunca supe qué era. Simplemente me resultaba desagradable. Era parte de los cuatro y los cuatro siempre viajábamos juntos cuando llegaba el verano. Generalmente viajábamos al sur, aunque hubo un verano difuso en que subimos al norte.
El Máquina, todo hay que decirlo, era el más trabajador de los cuatro, el que estaba más pendiente de la organización del viaje y, además, durante los días fuera, era el más activo, el que siempre resolvía las vicisitudes y las complicaciones. Era un tipo de acción, nada perezoso. Dormía poco, pero siempre estaba activo. No era el más musculado de los cuatro —Jorgito tenía más perímetro en pectorales, a pesar de su fisonomía—, pero El Máquina era, sin ninguna duda, el más veloz. No de correr, porque nosotros nunca hicimos carreras; era el más veloz vitalmente. Su tiempo vital pasaba de otro modo que el nuestro. Era nervioso, pero su nervio no le llevaba a la ansiedad, sino al movimiento, a veces demasiado. Quizá eso era lo que me molestaba: que nunca estaba quieto, que no paraba.
Aquel verano bajamos al sur. El viaje en coche fue terrible porque tuvimos dos averías y tuvimos que hacer noche en Sevilla, en un hostal donde hubo problemas con la tarjeta para pagar y, por la noche, una pelea bestial al pie de nuestro balcón. Esa noche soñé que se acababa el verano y que, cuando llegábamos al camping donde teníamos reservado, lo habían cerrado por culpa de la crisis.
De Sevilla a la costa tardamos poco, pero cogimos un atasco monumental en la autopista. Nos paramos en una gasolinera. A las diez de la mañana hacía un calor de las tres de la tarde. En el césped de la gasolinera, una niña jugaba con su padre al escondite y me quedé un rato mirándolos. Cuando nos montamos en el coche, Jorgito discutió con Arnold, pero Arnold no contestaba; en realidad no era una discusión, sino que Jorgito hablaba con indignación de una situación abstracta y Arnold bebía un batido mirando al frente.
El Máquina estuvo callado un rato y me dijo que sacara la marihuana e hiciera uno, pero yo hice como que no le había escuchado. De repente pensé que ese grupo que habíamos conformado para viajar en verano se había caducado. Durante el invierno apenas nos veíamos y, de repente, no entendía por qué, llegado el verano, nos reuníamos para viajar si en realidad no teníamos casi trato. Para mí, El Máquina era un desconocido; Jorgito era amigo desde pequeño y Arnold era indescifrable.
Arnold había bajado de peso ese año, pero aún seguía siendo ancho. Siempre me preguntaba cosas de mis series y de mi forma de trabajar en el gimnasio, pero yo a veces le engañaba: minimizaba horarios y días. Me molestaba que no valorara mi esfuerzo y, al minimizarlo, hacía ver que mucha de mi musculatura era natural, genética.
Cuando llegamos al camping, descargamos muy rápido y montamos nuestro campamento con una rapidez digna de El Máquina. Jorgito propuso bajar a la playa sin transiciones y todos aprobamos. No recuerdo todos los pasos siguientes; lo que sí recuerdo es que pusimos las toallas al lado de unas tipas de Córdoba que tomaban el sol boca abajo.
El Máquina hizo unos mojitos usando una botella de cristal como coctelera. Nos sirvió la bebida en vasos de plástico. Bebimos rápido y yo sentí un mareo violento enseguida. Me metí en el mar para diluirlo. Buceé y todo se ralentizó de un modo extraño. Al salir me fijé en las tipas de Córdoba. El Máquina intentaba hablar con ellas, pero no contestaban con mucha amabilidad.
Me tumbé en la arena, di vueltas aún mojado y me cubrí de arena, incluso la cara. Creo que en ese momento me habría ido de la playa, pero no lo hice. Vi cómo Arnold entraba al agua y saltaba haciendo una pirueta extraña; se hundía y tardaba mucho en emerger, tanto que parecía que nunca iba a salir. Durante unos segundos pensé que Arnold jamás saldría a la superficie, que quizá se había vuelto arena o una concha, pero que Arnold, como tal, como lo conocíamos, no volvería a salir. De repente el cuerpo emergió de golpe y volvió a hacer una pirueta.
Las chicas de Córdoba hablaban entre sí de algo, de alguien, de un mundo lejano. A mí todo aquello me parecía estar pasando en otro momento, como si lo estuviera recordando en vez de vivirlo.
Aquella noche Arnold llegó muy borracho al camping y montó un escándalo. Algunos vecinos salieron de sus tiendas de campaña y la situación fue muy violenta, desagradable. El Máquina habló con todo el mundo y disculpó a Arnold. La gente fue volviendo a dormir y el camping se quedó en silencio. De repente pensé que no dormiría; sin embargo, me debí de dormir enseguida. Soñé con mi madre y luego con un evento gigante, una especie de concierto en un estadio.
Cuando desperté, El Máquina no estaba y Arnold y Jorgito seguían dormidos. Salí de la tienda y caminé por el camping. Salí y me metí por un camino entre pinos que había por detrás. Leí un letrero que anunciaba varios senderos y caminé sin leerlos.
El camino de tierra a veces era de tierra dura; a veces se reblandecía con arena de playa, como si, en cierta manera, en la costa se librara una batalla invisible entre playa y montaña. Caminé un buen rato. Me crucé con un caballo. Estaba en el suelo, miraba hacia arriba, con una especie de nostalgia. Pasé a su lado con algo de temor, pero el caballo parecía no percibirme.
Más adelante el camino se volvía aún más frondoso. Nunca iba en línea recta: zigzagueaba permanentemente, como si se hubiera trazado sin saber muy bien adónde se quería llegar. A ratos, la arena de playa desdibujaba el camino y emergían otros caminos, o eso parecía. La arena desmontaba las rutas, bifurcaba los trayectos y confundía el sendero: me perdí, o durante un rato pensé que me había perdido.
Seguí avanzando. Alcé la vista y vi la parte de atrás de la montaña; había girado por completo, ahora estaba en la otra cara. Vi una cerca y, al otro lado, unas cuantas vacas pastando. El cielo era grisáceo, la humedad elevadísima. De repente se abría una inmensidad: terrenos secos y algún animal disperso. Al fondo vi una casa.
Caminé. Un perro ladró. Observé la casa un rato; parecía vacía. No supe por dónde volver y me dejé llevar por el sentido de la orientación: simplemente tenía que rotar alrededor de la montaña, seguir hasta alcanzar el otro lado.
De nuevo caminé entre pinos, ya sin camino marcado. Allí, al fondo, de repente vi a alguien. Miré: alguien hacía gestos bajo un árbol, contoneaba el cuerpo de un modo extraño. Era El Máquina. Nunca supe qué estaba haciendo. Me desvié para que no me viera.
Tardé un rato en llegar al camping. Cuando llegué, Arnold aún dormía y Jorgito masticaba una galleta. Saludé y hablamos de la humedad. Al rato apareció El Máquina; dijo que venía de comprar café.
No sé por qué, pero de repente El Máquina me pareció un tipo terrorífico.
miércoles, julio 22, 2015
Verano inaudito
domingo, julio 19, 2015
El bien
viernes, julio 17, 2015
Biografías basadas en hechos reales (I)
lunes, julio 13, 2015
Verano en Europa
lunes, junio 15, 2015
Los choques
miércoles, junio 10, 2015
La mutación
martes, junio 09, 2015
Ignorante
viernes, abril 24, 2015
Cayo Sombrero
Recuerdo pocas cosas, recuerdo juntarnos con mucha gente de distintas ciudades, caraqueños, valencianos, barquisimetanos. Beber con ellos de una forma casi primitiva. Recuerdo una fogata por la noche con música a todo volumen y la sensación de no estar en un lugar muy concreto del planeta. Pero lo que más recuerdo es a un español mayor que yo, quizá cinco o seis años mayor que yo. Viviendo el momento con verdadero frenesí. Recuerdo hablar en un momento con él. Acercarme y charlar no sé muy bien de qué. Le pregunté por España, de la que ya me costaba recordar cosas. No habían pasado muchos años desde que me había ido, pero me fui siendo un niño y ya era un borracho de diecisiete. A mi me sucedía algo curioso mientras vivía en Venezuela, era una especie de falsa nostalgia que en realidad era una forma de curiosidad. Mi vida en España se había diluido extraña en la memoria, pero yo confundía aquel esfuerzo por recordar con la melancolía. Hacía esfuerzos por recordar las calles, las ciudades donde viví. Me venían imágenes y olores de Vigo o de Madrid, pero en realidad no lo echaba de menos. España me daba igual. Había una curiosidad rara. Se parecía a cuando lees un libro que sucede en una ciudad que no conoces e imaginas los escenarios, las calles que se describen y haces un esfuerzo por casi palparlas, porque en cierta manera esa imaginación sea más real. Aquel español me habló de España con ligereza. Fue breve. Dijo un par de obviedades y algo así como que España estaba cambiando mucho. A mi aquella España, no la de ahora, en la que ya llevo viviendo muchos años, me venía marcada por la forma de ser de mi padre, en cierta manera para mi la lejana España era la forma de ser de mi viejo. Cierta austeridad vital, cierta amargura, hostilidad y alegría, diversión y chascarrillo, nocturnidad y tristeza. Mi padre vivió más de la mitad de su vida en la dictadura y su manera de ser y vivir, como para casi todos los españoles de esas generaciones, la vida le iba muy marcada por esos rasgos y esa personalidad social de la dictadura. Pero aquel español un poco mayor que yo de Cayo Sombrero me dio de golpe otra España. Una España frenética, desapegada, de un hedonismo algo impostado, un poco más sofisticada que la España que yo tenía en mi cabeza. Aquella España no se parecía a lo que yo recordaba de España. Tampoco voy a ir a análisis sociales o históricos. Todo se movió en un terreno más bien difuso de las percepciones de un tipo de diecisiete años, bastante desubicado vitalmente. No recuerdo muchas cosas de aquellos días durmiendo en la arena, salvo, insisto, la permanente sensación de borrachera. Me crucé alguna vez más por el cayo con el español. Siempre iba en animo festivo, pero desde la perspectiva de distancia. Nunca convivía sin filtros. En realidad habitaba aquella realidad como observador, casi como narrador, con cierta soberbia. Todo le parecía "muy loco" en su viaje por aquel país. Volví de aquel viaje sin nada de dinero, logré volver a Barquisimeto con mi hermano pidiéndole el empujón a un autobús que volvía el viernes santo hacia la ciudad vacío. El autobús estaba destrozado y nosotros íbamos con el cuerpo inundado de alcohol y absolutamente agotados de los días durmiendo poco y mal. Nos subimos al autobús vacío y el conductor apenas nos miró. Llevaba un compañero que fue casi todo el viaje de pié a su lado, lo que parecía una odisea porque el autobús vibraba como si habitáramos encima de un terremoto permanente. A ratos cabeceábamos, a ratos mirábamos el paisaje hipnótico de esa carretera. En un momento dado le pregunté a mi hermano por España, por cómo la recordaba. España era un asunto extraño en nuestra cabeza, éramos españoles, pero habíamos dejado de serlo con una velocidad pasmosa. En cierta manera, una de las cosas más desconcertantes de la vida en Venezuela, fue que dejamos de ser de ningún sitio, pero no por una decisión o un razonamiento. En cierta manera habíamos borrado España, pero tampoco nos pertenecía la cultura y las costumbres de nuestro nuevo país. Como los tipos de la serie Lost, era como si nos hubiéramos quedado en una isla indescifrable en mitad del atlántico en nuestro vuelo cuando viajamos de Santiago de Compostela a Caracas. Esa sensación o percepción de nosotros mismos se implantó con fuerza en casa, con nuestros viejos, entre nosotros mismos. Esa percepción en realidad nos ha seguido mucho tiempo, incluso a veces colea, esa extraña sensación de no saber muy bien dónde queda tu casa o tu origen: el desarraigo. Y ese desarraigo me explica también mi percepción de España ahora. Siempre me resulta inexplicable. Aquella España que representaba mi viejo cuando vivíamos en Venezuela y la que arranca con aquel tipo de Cayo sombrero, que se parece a la España de ahora.
lunes, marzo 16, 2015
Cinco años
La nada
Pero hoy es difícil ser optimista. En Venezuela, en España o la India.