El Máquina
Con el Máquina no me llevaba del todo bien, pero no había más remedio. El Máquina tenía algo desagradable, pero no era evidente. Había algo en él muy molesto, pero nunca supe qué era. Simplemente me resultaba desagradable. Era parte de los cuatro y los cuatro siempre viajábamos juntos cuando llegaba el verano. Generalmente viajábamos al sur, aunque hubo un verano difuso en que subimos al norte.
El Máquina, todo hay que decirlo, era el más trabajador de los cuatro, el que estaba más pendiente de la organización del viaje y, además, durante los días fuera, era el más activo, el que siempre resolvía las vicisitudes y las complicaciones. Era un tipo de acción, nada perezoso. Dormía poco, pero siempre estaba activo. No era el más musculado de los cuatro —Jorgito tenía más perímetro en pectorales, a pesar de su fisonomía—, pero El Máquina era, sin ninguna duda, el más veloz. No de correr, porque nosotros nunca hicimos carreras; era el más veloz vitalmente. Su tiempo vital pasaba de otro modo que el nuestro. Era nervioso, pero su nervio no le llevaba a la ansiedad, sino al movimiento, a veces demasiado. Quizá eso era lo que me molestaba: que nunca estaba quieto, que no paraba.
Aquel verano bajamos al sur. El viaje en coche fue terrible porque tuvimos dos averías y tuvimos que hacer noche en Sevilla, en un hostal donde hubo problemas con la tarjeta para pagar y, por la noche, una pelea bestial al pie de nuestro balcón. Esa noche soñé que se acababa el verano y que, cuando llegábamos al camping donde teníamos reservado, lo habían cerrado por culpa de la crisis.
De Sevilla a la costa tardamos poco, pero cogimos un atasco monumental en la autopista. Nos paramos en una gasolinera. A las diez de la mañana hacía un calor de las tres de la tarde. En el césped de la gasolinera, una niña jugaba con su padre al escondite y me quedé un rato mirándolos. Cuando nos montamos en el coche, Jorgito discutió con Arnold, pero Arnold no contestaba; en realidad no era una discusión, sino que Jorgito hablaba con indignación de una situación abstracta y Arnold bebía un batido mirando al frente.
El Máquina estuvo callado un rato y me dijo que sacara la marihuana e hiciera uno, pero yo hice como que no le había escuchado. De repente pensé que ese grupo que habíamos conformado para viajar en verano se había caducado. Durante el invierno apenas nos veíamos y, de repente, no entendía por qué, llegado el verano, nos reuníamos para viajar si en realidad no teníamos casi trato. Para mí, El Máquina era un desconocido; Jorgito era amigo desde pequeño y Arnold era indescifrable.
Arnold había bajado de peso ese año, pero aún seguía siendo ancho. Siempre me preguntaba cosas de mis series y de mi forma de trabajar en el gimnasio, pero yo a veces le engañaba: minimizaba horarios y días. Me molestaba que no valorara mi esfuerzo y, al minimizarlo, hacía ver que mucha de mi musculatura era natural, genética.
Cuando llegamos al camping, descargamos muy rápido y montamos nuestro campamento con una rapidez digna de El Máquina. Jorgito propuso bajar a la playa sin transiciones y todos aprobamos. No recuerdo todos los pasos siguientes; lo que sí recuerdo es que pusimos las toallas al lado de unas tipas de Córdoba que tomaban el sol boca abajo.
El Máquina hizo unos mojitos usando una botella de cristal como coctelera. Nos sirvió la bebida en vasos de plástico. Bebimos rápido y yo sentí un mareo violento enseguida. Me metí en el mar para diluirlo. Buceé y todo se ralentizó de un modo extraño. Al salir me fijé en las tipas de Córdoba. El Máquina intentaba hablar con ellas, pero no contestaban con mucha amabilidad.
Me tumbé en la arena, di vueltas aún mojado y me cubrí de arena, incluso la cara. Creo que en ese momento me habría ido de la playa, pero no lo hice. Vi cómo Arnold entraba al agua y saltaba haciendo una pirueta extraña; se hundía y tardaba mucho en emerger, tanto que parecía que nunca iba a salir. Durante unos segundos pensé que Arnold jamás saldría a la superficie, que quizá se había vuelto arena o una concha, pero que Arnold, como tal, como lo conocíamos, no volvería a salir. De repente el cuerpo emergió de golpe y volvió a hacer una pirueta.
Las chicas de Córdoba hablaban entre sí de algo, de alguien, de un mundo lejano. A mí todo aquello me parecía estar pasando en otro momento, como si lo estuviera recordando en vez de vivirlo.
Aquella noche Arnold llegó muy borracho al camping y montó un escándalo. Algunos vecinos salieron de sus tiendas de campaña y la situación fue muy violenta, desagradable. El Máquina habló con todo el mundo y disculpó a Arnold. La gente fue volviendo a dormir y el camping se quedó en silencio. De repente pensé que no dormiría; sin embargo, me debí de dormir enseguida. Soñé con mi madre y luego con un evento gigante, una especie de concierto en un estadio.
Cuando desperté, El Máquina no estaba y Arnold y Jorgito seguían dormidos. Salí de la tienda y caminé por el camping. Salí y me metí por un camino entre pinos que había por detrás. Leí un letrero que anunciaba varios senderos y caminé sin leerlos.
El camino de tierra a veces era de tierra dura; a veces se reblandecía con arena de playa, como si, en cierta manera, en la costa se librara una batalla invisible entre playa y montaña. Caminé un buen rato. Me crucé con un caballo. Estaba en el suelo, miraba hacia arriba, con una especie de nostalgia. Pasé a su lado con algo de temor, pero el caballo parecía no percibirme.
Más adelante el camino se volvía aún más frondoso. Nunca iba en línea recta: zigzagueaba permanentemente, como si se hubiera trazado sin saber muy bien adónde se quería llegar. A ratos, la arena de playa desdibujaba el camino y emergían otros caminos, o eso parecía. La arena desmontaba las rutas, bifurcaba los trayectos y confundía el sendero: me perdí, o durante un rato pensé que me había perdido.
Seguí avanzando. Alcé la vista y vi la parte de atrás de la montaña; había girado por completo, ahora estaba en la otra cara. Vi una cerca y, al otro lado, unas cuantas vacas pastando. El cielo era grisáceo, la humedad elevadísima. De repente se abría una inmensidad: terrenos secos y algún animal disperso. Al fondo vi una casa.
Caminé. Un perro ladró. Observé la casa un rato; parecía vacía. No supe por dónde volver y me dejé llevar por el sentido de la orientación: simplemente tenía que rotar alrededor de la montaña, seguir hasta alcanzar el otro lado.
De nuevo caminé entre pinos, ya sin camino marcado. Allí, al fondo, de repente vi a alguien. Miré: alguien hacía gestos bajo un árbol, contoneaba el cuerpo de un modo extraño. Era El Máquina. Nunca supe qué estaba haciendo. Me desvié para que no me viera.
Tardé un rato en llegar al camping. Cuando llegué, Arnold aún dormía y Jorgito masticaba una galleta. Saludé y hablamos de la humedad. Al rato apareció El Máquina; dijo que venía de comprar café.
No sé por qué, pero de repente El Máquina me pareció un tipo terrorífico.

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