viernes, mayo 14, 2010

Me quedo

.- Creo que ya te vi. Estabas aquí, en este mismo sitio la semana pasada. Yo estaba en el otro lado, al lado de los altavoces de la izquierda. Estabas ahí mismo, entre la oscuridad del público, iluminado esporádicamente por las luces del escenario, te pude ver desde allí. A mi me gustó mucho ese concierto, pero me está gustando más el de hoy. Yo estaba allí y en el estribillo de la sexta canción miré atrás, a lo lejos. No buscaba nada pero un fogonazo que iba a ritmo con el cambio para entrar en el segundo estribillo iluminó todas las cabezas, entre todas las caras que miraban a ese desgarrado cantante, destacó la tuya, que mirabas con ese aire mismo con el que miras ahora. Esa nostalgia, esa distancia. Eras tu, estoy segura que eras tu. Y hoy, fíjate: Suena La superbe, ese estribillo, esa intensidad, ese corazón, ese saxofón que podía ser patético y sin embargo le da tanta elegancia y Benjamin se desplaza por el suelo y nos mira desde una sinceridad sobrecogedora, desde ese confesionario que es su micrófono y nos agradece de corazón la terapia. Estabas aquí, en este mismo punto la semana pasada, en aquel otro concierto y hoy sigues aquí.

.- Sigo aquí. Siempre sigo aquí. Pase que pase quien pase por ese escenario. Benjamin o cualquier francés, cualquier islandes o cualquier inglés. Soy lo contario a una gira. Ellos pasan, son fugaces y se van, yo siempre estoy aquí, al lado de esta columna. Si vienes la semana siguiente, que tocará alguien que ni conozcas yo estaré aquí. Yo también te vi, mirabas desde allí y vi el fogonazo y la luz reventando en las caras y tu cuello girando. Si, también te vi, pero yo siempre estoy aquí. Lo sensato contigo, con ese rostro, hubiera sido acercarse. Pero yo no me acerco. Yo estoy aquí. Siempre estoy aquí.

.- Pero fíjate, hoy Benjamin, La Superbe, esas cuerdas, esa cadencia, ese andar entre entero y melancólico. Avanzar sabiéndose derrotado, la gloria del perdedor, del desconocido. Hoy estoy aquí, yo hoy también estoy aquí.

.- Si, hoy estás aquí, pero te irás. Yo siempre estoy aquí. Cuando Benjamin bajé el telón y se pierda por el fondo, derrochando cariño y gratitud y la sala se irá vaciando, yo me quedaré aquí y puede ser que durante un rato tu te quedes, pero cerrarán la sala y se apagarán las luces y te irás.

.- No me iré. Me quedaré. Te ví desde allí y ahora estoy aquí.

.- Pero, no lo entiendes. Yo llevo años aquí. En el año 97, en el año 96, antes incluso ya estaba aquí. Tu estarías estudiando o viajando a Budapest o incluso a Paris y aún no sabías que existía Benjamin. Y ya estaba aquí. Desde aquella noche, desde aquel concierto, nunca me moví. Llevo años aquí. Cierran la sala, cambian de dueño, hacen reformas y yo sigo aquí. Aquella maldita noche yo no lo decidí. Me quedé por accidente.

.- Pero yo me quedaré.

.- No te quedarás. Nadie lo aguanta. La culpa fue mía. El chicle lo había tirado yo al suelo. No fue otro, fui yo. Llevaba mucho rato, desde antes de entrar aquel concierto masticando chicle. Empezó el concierto. Aquel amigo del que hace años que no se nada compró un par de cervezas y lo tiré al suelo. Fue mi culpa.

.- No entiendo.

.- Lo lanzé yo y lo pagué. Al poco rato, entre canción y canción lo pisé. No me di cuenta hasta que fui a mover levemente un píe. Fui yo y ya nada fue igual. Se vació aquel concierto. No me podía mover. Me había quedado pegado al chicle y el chicle al suelo. Yo ya estaba aquí, llevo desde entonces aquí.

.- Yo me quedaré.

.- Lo dices ahora, pero nadie aguanta. Terminará Benjamin, aguantarás esta noche, pero te irás. Lo se.

.- No me iré. Tengo un paquete entero de chicles. Mastica conmigo, amor. Mastica. Quedemonos pegados al suelo los dos. Veamos todos los conciertos, vivamos aquí. Mastica, amor. Mastica bien y lanzalo que ya los piso.

.- ¿Te quedas? ¡De verdad te quedas?

.- Me quedo. Lánzalo. Mira como los piso.

.- ¿Entonces es verdad?

.- Me quedo

jueves, mayo 13, 2010

Fugaces

Desde la habitación se escuchaban coches pasar: El sonido más extremo de la fugacidad. La ventana daba a una autopista con poco transito y a un par de montañas que anunciaban un cambio radical del paisaje. Me detuve ahí porque estaba agotado. Pedí algo de comer en el comedor que estaba ocupado por un tipo inmenso que miraba obsesivamente la televisión y un tipo delgado que comía con su hijo de unos cuatro o cinco años que hablaba sin parar en ese idioma del que no entendía nada. Comí poco y mal. Una sopa aguada y una carne mal guisada. Bebí tres cervezas, la primera de ellas en dos o tres tragos. Pagué. Mientras me traían la vuelta me quedé algo concentrado en un comercial del que no comprendí que anunciaba, pero que mostraba unas imágenes sorprendentes de unas piedras que emitían una luz poderosa. Me despedí del camarero y salí. Subí los dos pisos y entré en la habitación. Me tumbé en la cama, quería dormir pero no lo lograba, entraba la luz extrañamente blanca, pálida pero intensa del frío a través de la ventana. Cerré los ojos un rato aún vestido. No pensé o el pensamiento se movía en sensaciones. Al rato comencé a escuchar la cadencia irregular de los coches pasando. Pasaba uno y, sin pensarlo de antemano, sin calcularlo, mantenía la respiración mientras pasaba de un lado al otro de las puertas de mi oído. Cuando dejaba de oírlo, volvía a mi ritmo respiratorio. Fue anocheciendo y fue disminuyendo ese fugaz paso de coches. Creo que comenzó a llover o algo parecido al sonido de la lluvia me pareció interpretar durante un rato. Me puse en píe, me desnude y me metí en la ducha. Puse el agua hirviendo y me deje empapar. Colgué mi cabeza y durante unos minutos sentí el calor artificial del agua. Noté mi piel leve y agradablemente enrojecida. Dudé en salir, me hubiera quedado horas bajo ese chorro cálido. Cerré el grifo, el baño estaba envuelto de una nube. Pasé mi mano por el espejo para verme, con el dedo escribí Johannsson. Me cubrí con algo de ropa y salí de nuevo a la habitación. Me asomé a la ventana, había una niebla espesísima, la luz del hotel rebotaba contra ella a un par de metros de la fachada. Parecía como si el mundo hubiera dado por finalizado su espacio justo ahí delante. Me vestí completamente y bajé a cenar algo. No había nadie en el comedor. Me senté en una de las mesas al azar. La televisión estaba encendida, pero no tenía volumen. Un tipo sentado en un plató daba, aparentemente, las noticias. Cada poco entraban imágenes de lo que había sucedido en el mundo o en ese país silencioso. Apareció un camarero, me ofreció la carta. En inglés pedí una cerveza y un pescado. Entró una pareja de mediana edad, se sentaron a unas mesas de mi. No hablaron hasta pasado un buen rato. Ella le dijo algo a él, él soltó un discurso largo y de tono entusiasta, ella sonrió al final, le pasó la mano por el pelo y sonrió. Me trajeron mi cerveza, la bebí con cierta rapidez. Me trajeron el pescado, dejé la mitad y pedí otra cerveza. Me quedé un buen rato, ojeando a ratos la televisión muda, a ratos a la pareja. El camarero me preguntó, en inglés, si no me había gustado el pescado; Mentí,contesté que tenía poco apetito. Se llevó el plato. La pareja terminó de cenar, yo pagué. Saludé al pasar cerca de su mesa. Subí a mi habitación. Me asomé a la ventana, aún había niebla, pero había bajado su espesura. La pareja salió y en el estacionamiento se montaron en un coche. Se perdieron dirección Norte. El sonido de su coche también se fue perdiendo. Entré en el baño para orinar, al encender vi a Johannsson sentado en el retrete, vestido de gabardina y con unas gafas que nunca le había visto. Extrañamente pensé que las gafas le quedaban bien y que quizá por edad ya tenía vista cansada. Sin forzar mucho, me agarró del brazo, bajamos y me montó en su coche. Fuimos dirección Sur. Pensé en la pareja, pensé en el sonido del coche de Johannsson desvaneciéndose en mi habitación. Pensé en ese país. Pensé que nada tenía mucho sentido. Miré a Johannsson y me pareció un tipo triste. El coche, sospecho, se fue perdiendo en la noche.

miércoles, mayo 12, 2010

Café sobre papel

Se cae la taza de café empapando las hojas donde había comenzado a escribir. El efecto del líquido repartiéndose por la hoja, extendiendose y diluyendo las letras y transformándolas en pequeñas lagunas negras le producen primero una profunda molestia convertida velozmente en una enorme atracción ante el proceso que está viendo. Es consciente de la incapacidad de haber generado semejante transición, de haber logrado nada parecido a lo que se está produciendo, en ese instante, sobre la hoja. Sin limpiar nada, sin alterar el proceso se queda mucho rato observando la evolución del mismo. Llega un momento en que el café esparcido se detiene, se queda estático. Durante un rato la tinta negra se sigue aguando, deshaciendose las letras escritas, uniéndose al café y formando un líquido de un color básicamente feo. Pasado el tiempo, el liquido comienza a secarse, se va pegando extrañamente en la hoja y la hoja va sufriendo un velocísimo proceso de envejecimiento. Lo que inicialmente era un folio blanco, nuevo, en el que se habían escrito unas cuantas frases se ha convertido, en un proceso bastante veloz, en una vieja hoja con manchas repartidas irregularmente. Teniendo en cuenta que sus primeras frases merodeaban la idea de un cuento con un pequeño juego temporal, el suceso le parecen, con toda seguridad el mejor texto que jamás haya escrito, porque es la metáfora más exacta que nunca haya escrito. El accidente le proporcionan, de repente, la felicidad de haber logrado, por fin, un texto preciso, minucioso y completo. El juego temporal está plasmado, lo que empezó ahora fue un viejo veloz a un envejecimiento repentino. El presente sucede tan veloz que el ahora se convierte en un remoto futuro de un plumazo, un plumazo que en este caso es una taza esparciéndose por la hoja. La hoja, por supuesto, la lleva a su editor. El editor la mira y no comprende.

.- Es mi último cuento. El mejor que jamás haya escrito.

Obviamente el cuento jamás es publicado.

martes, mayo 11, 2010

Dobles

¿Doble vida? Yo no lo llamaría exactamente doble vida. Siempre soy, fui y seré el mismo. Como una vez me dijo una amiga:"Uno se carga puesto". Así que yo no lo llamaría doble vida. No era feliz. No era infeliz, pero no era feliz. Este debate sólo surge en una generación como la nuestra, en un mundo hastiado y cansado de si mismo como el nuestro. Somos la generación de insatisfechos y yo fui el paradigma de esa insatisfacción. Tenía una carrera que me agradaba pero no me enloquecía. Mi vida universitaria fue divertida, bastante rica y me proporcionó bastante conocimiento. A ratos viajábamos como beatneaks por Europa en trenes pagados de antemano, a ratos éramos intelectuales hablando de política exterior y del conflicto balcánico. Lo mismo leíamos a Borges que a Brillat Savarin que Bertrand Russell. Hablábamos de Latinoamérica, de Ruanda o de historia húngara. Luego aquello se fue acabando. La gente se fue colocando en buenos puestos a la salida de aquellos estupendos masters, pero algo se había quedado a medias. Entonces nos convertimos o me convertí, porque hablar de los otros, en una división de cosas. Durante ocho o más horas iba de traje, después iba de Converse. De día me reunía y decidía, aplicaba aquel conocimiento del master, de noche volvía a las sensaciones beatneaks y las noches de marihuana en habitaciones de hostales en ciudades europeas. Por el día me sentaba en aquella sala, en aquel ritmo que me gustaba pero no me llenaba, a cambio salía y me convertía en aquello que también era: Libre, experimental, algo bohemio, un tipo sin ataduras. Tenía inquietudes creativas y vitales que no coincidían con las horas de despacho, así que en los ratos libres me transformaba. Siempre, sin embargo, hubo un punto en común. Tanto en el despacho, como en el otro lado, donde aún fumaba y salía y experimentaba con mi vida y aún era un pseudo beatneak, todos me decían que era igual, sorprendentemente parecido, a Bruce Willis, pero a Bruce Willis con mi edad, al Bruce Willis de Luz de luna. En la oficina, en aquella seriedad, en aquel ritmo frenético, ausente de humor, mi mote era la pizca que convertía el despacho en algo un poco más alegre, levemente más divertido: "Bruce, te paso el informe" "Bruce, ¿te puedes reunir en media hora?". Cuando me quitaba el traje y volvía a las converse rojas, a los vaqueros rotos, a relaciones fugaces e insatisfechas era Bruce. En ambos mundos era Bruce. Así que fue pasando el tiempo y la distancia entre mis mundos acrecentándose brutalmente, unidas sólo por mi mote, por mi parecido. El puente de unión de todo era Bruce, Bruce Willis en luz de luna. Llegué a los 30, las dudas sobre mi existencia. ¿Era ese el camino correcto? Peleado entre la solidez del despacho y la insatisfacción del mundo exterior, Bruce volvía tantas noches a casa con el desasosiego de una vida que no era la mía.

Pero la vida es azar. Alguien lanza un dado. Un producto encarga una campaña, un creativo publicitario recuerda Luz de luna y ve el filón y la conexión del producto con la serie y el target. Alguien hace un casting, se lanza la rueda y un dia, a la salida del despacho, un compañero me dice:

.- Bruce, tengo un amigo que trabaja como realizador de publi. Andan buscando a un doble de Bruce Willis para un anuncio.

Y fui, claro. Le debía algo a mi mote. Fui por humor y por cansancio. Probaría algo nuevo en esos días de desgaste, de desesperanza. Pasé, me eligieron como doble. Yo protagonizaría la campaña. Pedí tres días libres en el despacho para el rodaje y las sesiones de fotos. Nunca más volví. Me convertí en el doble oficial a nivel mundial de Bruce Willis: Campañas, fotos con el Bruce Willis real. Rodajes de películas en las que protagonizaba los flashback de Bruce Willis, sus recuerdos del pasado. Anuncios en Japón, fotos en Turquía. Publicitáriamente me había convertido en un filón. Mi trabajo era suficiente pero nada excesivo. Quedó atrás aquella vida. Desde entonces soy Bruce Willis 2 o el Bruce Willis más joven y fui considerablemente más feliz.

lunes, mayo 10, 2010

Anotación

Las vidas salvajes, dice Bastian, no están escritas. La literatura no abarca determinadas biografías, las biografías de determinados personajes que uno conoce y de los que escucha la narración apresurada de su vida tomando conciencia de la posición de la propia. Hay escenas que vuelcan y dan un giro a tu existencia. Se comprende mejor el pasado y te ubica en ese presente alcanzado y en el que no siempre se reflexiona. Un presente que se ve, que se percibe, como la forma natural que ha ido tomando el tiempo y sin embargo, de repente, el presente, tu propia vida toma una nueva dimensión porque te encuentras con las vidas salvajes del pasado, esas vidas de las que de algún modo fuiste parte: La imagen es nítida, muy sólida. Veo a Bastian y veo a J. A Bastian el encuentro le está alcanzando más allá de la mera reflexión, de la mera emoción que siempre produce el pasado lejano traído de golpe. A Bastian el reencuentro le ubica en el presente, le está dando una nueva dimensión a los días que vive. Para J todos es cálido, porque el ya sintió esa calidez hace años. Afuera llueve y las luces de los bares rebotan en el asfalto mojado. La ciudad le trasmite una vida que no sentía desde hace años. Le agrada lo que percibe, no lo traduce, no piensa demasiado en ello, pero siente que esto es tan nuevo que casi lo ha vivido. J es el paradigma de la vida salvaje. Movido por el instinto de la supervivencia ha llegado a la ciudad y ha llamado a esos dos tipos que le abrieron alguna forma de vida en aquellas calles infernales, en aquellos años frenéticos. J es entrañable porque en el cariño encontró la única forma de estabilidad que ha rodeado su vida. Si J no fuera tan cálido, su vida se hubiera desmoronado. A las puertas de la delicuéncia, a las puertas del vértigo, esa forma bohemia de comprender la vida le han salvado de caer en ese precipicio que tuvo siempre a dos pasos de sus zapatos. J corre y va, pero todo el mundo le quiere, todo el mundo le quiso y se mantiene enérgico y en píe por eso mismo. j es un gatillo que corretea por los tejados al que todo el mundo en los vecindario le deja un platillo con agua y algo de comer. Ese gatillo corretea, salta y va alimentándose de lo que genera su capacidad de calor, su ternura intacta a pesar de la velocidad, a pesar de los riesgos. Bastian le escucha y dimensiona su vida, la ubica y la comprende en un plano mucho más amplio. Está aquí porque estuvo allí. Bastian comprende exactamente las palabras de J, la narración bestial de una vida que a cualquiera le hubiera dejado hecho trizas. Escucha los recuerdos que ni Bastian ni su hermano recuperan con facilidad. J evoca aquella época mientras Bastian y su hermano la van trayendo torpemente desde el punto opuesto. Para ellos los años aquellos fueron el precipicio, la incomprensión, para J ellos signficaban exactamente lo contrario: La fascinación de un mundo distinto, bien engrasado, atractivo. Para ellos J era el paradigma de la nueva situación. El mundo marchitado, agitado y bestial. Nunca lo pasaron tan bien ni tan mal. Era lo que había allí, en el mundo de J. Los extremos vitales: La salvaje alegría, la salvaje desesperanza. J es todo ello y pide más alcohol, porque queda poco tiempo, porque se tiene que ir. Beben, brindan de nuevo por ese reencuentro acelerado, veloz e intenso. Se recupera. Si algo se sabe de un reencuentro es que el tiempo en segundos se comprime y quince años sin ver a alguien se convierten en nada y se está de repente en el mismo plano, en la misma conversación y salvajemente se recupera algo que estaba detenido.

viernes, mayo 07, 2010

Idea autobiográfica

He llegado al ordenador, café en mano; decidido, constante, con esa luz azulada entrando por la ventana. He tenido algunas sensaciones, ¿Cómo llamarlas? ¿Poéticas? Había silencio en casa, esa luz fantástica entrando por las ventanas y maquillando el ambiente de esa atmósfera agradable y esperanzadora del día que arranca. He bebido café, he tecleado usuarios y contraseñas, convencido de escribir otro post en este blog perdido. La idea era clara, estaba prefigurada en mi cabeza, estaban ya hilados algunos tramos; luego siempre me impulso por ese aire de improvisación, para unir los cabos sueltos. Esto, sospecho, que nunca queda resuelto. Las pocas veces que releo posts descubro amontonamientos de palabras, errores a la hora de teclear o fallos por ir pensando mientras se escribe, problemas serios de puntuación y palabras escritas que aparecen sin ser esa la que tenía que ir ahí, en suma los graves problemas de la no corrección. No es la primera vez que pasa, pero siempre molesta que en el momento exacto que me pongo a teclear desaparece, se desvanece la idea, se fuga. Huye inesperadamente. Como si en ese despiste de los actos burocráticos, de entrar a la página, de introducir contraseñas, la idea aprovechara para escabullirse. Eso siempre me hace sospechar que las ideas trasladadas a texto no se sienten cómodas. A las ideas les gusta andar liberadas, como ideas, como abstracción. Si las atrapas y las encierras en palabras se sienten presas, se sienten amordazadas. Por eso ha escapado esta, por eso se fue. La idea estaba clara. Creo que pensé ayer en ella cuando bajaba en bicicleta por la calle Miguel Ángel, e incluso recuerdo la invasión de esa idea como un aire con el que te das de frente. Lo recuerdo porque en ese momento saltó la cadena y me tuve que frenar y colocarla justo en un portal en el que entraba una señora muy arreglada. Vino como ese airecillo que te agita el pelo (Que por cierto te tienes que cortar ya) y comencé a jugar con algo que debería llamar estructura, pero en ese instante saltó la cadena y dejé aparcada la idea y me centré en los piñones del plato, en esa mecánica abismal de la bicicleta. Creo que pensé también en que sería de un virtuosismo inalcanzable para mi, obvio; hacer un cuento que estuviera tan hilado como el mecanismo de una bicicleta. Se mueve la rodilla, gira el pedal, la cadena comienza su ciclo y esta arrastra la rueda que a su vez empuja a la otra rueda que es sostenida por mis manos para mantener la dirección. La fuerza que sale de mis rodillas, que ejecuta el movimiento corporal, activa toda una cadena para terminar en mis manos que dirigen toda esa fuerza mecanizada. Eso se interrumpió cuando la cadena, improvisadamente, saltó. Claro que eso también podría ser un texto o el final inesperado de un texto escrito por un virtuoso, porque si aun virtuosismo tal le agregas esa pizca de improvisación, de fantasía, de juego, el cuento sería redondo o al menos el concepto de cuento redondo que transita por ese otro mecanismo, bastante más imperfecto, que es mi cabeza. El caso es que ese acontecimiento desvió mi atención de esa idea que me había alcanzado mientras pedaleaba, bastante contento, calle Miguel Ángel hacia abajo. Luego, bien pensado, todo se parece o todo puede ser metafórico: El tiempo es la cadena, mi vida esa fuerza que activa la cadena. Despierto, entra la luz de la mañana que tanto se parece a ese airecillo que me alcanzo en la calle Miguel Ángel. Y claro, la metáfora es circular si la idea, como la cadena, saltan. Salta la cadena, se fuga la idea en un instante en el que debían seguir continuando los ciclos, las cadenas, los pedales, las ideas. Se detiene la bicicleta.

jueves, mayo 06, 2010

Paréntesis

Se decide un punto donde arrancar. ¿Qué importa ahora la parte anterior de esta historia? ¿Qué importará lo que vino después? Lo que es evidente es que hubo cosas antes y sucedieron cosas después y aquí, sin embargo abriremos y cerraremos paréntesis. Pudo empezar ahí, pero ¿Qué sucederá con lo no contado previamente? Y si en vez de arrancar la historia con mis pasos sobre aquel paseo cerca del río, lo arrancara antes, cuando aún no había aterrizado en aquella ciudad y miraba desde el avión el paso de nubes y la vista de una ciudad que en ese instante todavía desconocía. Si en vez de terminarla en esa habitación de aquel apartahotel, la terminara después, en el taxi al aeropuerto, para volver a casa. Podría empezar mucho antes: Recogiendo las cosas en casa, haciendo las maletas, mientras hablaba por teléfono y seguía escogiendo las camisas, las chaquetas precisas y las ordenaba a mi antojo en ese espacio siempre escaso de la maleta. Y si prolongara la historia mucho más allá. Más allá del taxi. Llegando al aeropuerto, mirando los paneles para averiguar la salida, la puerta de embarque. Montándome en el avión y sobrevolando esa ciudad que ahora ya si conocía y dejaba atrás y que condensaba esa historia, ese paréntesis. SI fuera mucho más allá. Si describiera el aterrizaje y mi vuelta a casa y como afectó a mi vida todo aquello. Como me derrumbé en la cama agotado, aturdido y descargué en lágrimas toda la tensión contenida. Si en vez de arrancar donde arranco, pusiese la primera palabra los días previos, cuando llega la carta y decido hacerlo. Si describo mis sensaciones en aquella lectura terrible y dolorosa. Su letra describiendo lo que jamás hubiera querido leer. O antes incluso, cuando nada sabía ni sospechaba de todo ello. Un día cualquiera, caminando por la ciudad o tomando algo en un bar a solas como tantas tardes. Volviendo a casa de madrugada, por las calles vacías, arrastrando mis pies con esa melancolía en la que tantos años llevaba instalada mi vida. Sin sospechar ni imaginar que la carta llegará en unos días. Si continúo más allá de cuando ya me recupero y me levanto de la cama y decido recuperar la normalidad en mi vida. Despierto en casa y tomo café y disimulo y me niego ese paréntesis, lo ocurrido y como sin embargo la imagen de ese apartahotel viene constante a mi cabeza. Los olores de ese instante, el olor de su perfume, el olor que sube por el patio de ese edificio: Un olor a comida. Y trato de seguir mi vida pero mi vida ha quedado ya condenada a esas imágenes insuperables. Y salgo de nuevo a las calles y recorro la ciudad y retomo mi vida, el trabajo, las reuniones, la soledad. Y como van pasando semanas y el paréntesis, lo marca todo. Si en vez de arrancar donde arranco, arranco mucho antes, en aquella época en que les conozco, que nos involucramos más allá de lo sano, en como dependemos los unos de los otros, en como se forma el círculo impenetrable, en como vamos llegando a conclusiones y decisiones radicales. Y si termino mucho más allá, donde el paréntesis se desplaza, porque el paréntesis lo abarca ya todo, todo lo que viene, todo lo de después, porque ya nada nunca es igual, por más que se mire, antes ni después de esta historia que aún no he empezado.

miércoles, mayo 05, 2010

La última fiesta

No se como pero había llegado la madrugada. Miré un reloj que había en la calle y me sorprendió la hora, encendí un cigarro en el balcón y me ausenté del ruido que había dentro. Se escuchaba un disco con una trompeta lejana y una voz desangelada. Yo no conocía a nadie allí y debí irme antes pero las horas se fueron amontonando y me pilló la madrugada. El dueño de la casa se llamaba Ángel y había cerrado la puerta con llave y luego la llave la había lanzado por el balcón donde yo ahora fumaba. Un poco antes había estado hablando con él, bebíamos ron y observábamos a Lucía y la chica de las luces bailando de un modo peculiar y arrítmico. Me dijo que su idea de la vida era escapar, saltar y que el salto era la fiesta. Su obra final sería la fiesta eterna y según le vi lanzando la llave por el balcón comprendí que esa noche pretendía realizar su obra definitiva. La fiesta, realmente tampoco había sido ni estaba siendo para planteársela como una fiesta eterna. Yo estaba fuera, porque no conocía a nadie salvo a Lucía, con la que aquella tarde había quedado a intercambiar unos documentos del trabajo en el que andaba metido. Entre café y café me dijo si la acompañaba a una fiesta y acepté por que no tenía nada mejor que hacer y porque creí leer en la invitación de Lucía algo que no estaba escrito. Había gente diversa y fui hablando con unos y otros sin demasiada implicación. Había un tipo que todo el rato me miraba desde la puerta de la cocina que me pareció un detective malo o un tipo con problemas de discreción, este había venido con una chica que parecía un Elfo. La chica Elfo se había sentado en una mesa a leer las cartas a los invitados, creo que fui el único que no había pasado. Curioseé un rato y escuché sus predicciones sobre la vida de Lucía: Qué venían cambios, que tendría que tomar una decisión radical y que caería un misil emocional en su vida. A Ángel le dijo una frase incomprensible que traté de memorizar: "No habrá hogueras en las próximas estaciones. Sin embargo flotarán las cenizas". La chica Elfo cuando dejó de leer las cartas se sentó en un sofá que había al lado de una escultura de cartón piedra que resultaba horrorosa y que evocaba un volcán. Ella miró mucho rato el volcán, seguramente adivinando el destino de algo, quien sabe si de la mismisima tierra. Lucía venía a veces a hablar conmigo, me preguntaba si lo pasaba bien y me daba una palmadita en el hombro. Hubo una canción que me incitó a bailar pero yo no se bailar y debí mover tan torpemente mi cadera que sutílmente giró y se buscó otra pareja de baile que fue la chica de las luces, que era una chica que llevaba una camiseta con pequeñas bombillas pegadas y absolutamente extrañas. Luego estaba un francés que contó a toda la fiesta que el había visto a unos tipos de tres metros en una carretera a la salida de Burdeos. Cuando narró la experiencia yo pensé que aquella reunión más que una fiesta parecía un mercadillo esotérico y estuve a punto de contar una historia inventada y muy irreal sobre mi encuentro con entidades en una playa del caribe. El caso es que era madrugada y la puerta estaba cerrada con llave y yo no podía salir de aquel apartamento. Abajo la calle estaba vacía y lancé mi cigarro. Quizá distorsionado por el ambiente y por los vasos de ron ingeridos, entré de nuevo en el salón y soberbiamente dije que me largaba, abrí el balcón y salté. No se que me hizo pensar que volaría. No se que me llevo a imaginar que algo se me había pegado de ese grupo. Salté y ví acercarse a una velocidad incalculable el asfalto. Reventé en el suelo y fue así como absurdamente morí.

martes, mayo 04, 2010

No presente

El tiempo no es uniforme. La sentencia es copiada, pero aún sabiendo de donde viene, quien es su autor; la siente suya, porque en el fondo las sentencias no tienen dueño, son reflexiones aleatorias que se colocan en la cabeza de un autor por un simple movimiento del azar. Sorbe, de nuevo, un poco de café. Poca leche y templada, una cucharada de azúcar. El café está vacío, la chica que lo gobierna está atareada tras la barra. Abre puertas, guarda botellas, pasa el paño. Nunca está quieta y él se pregunta si esas actividades se realizarían si el café estuviera siempre lleno. De algún modo, en otro tiempo, el café está lleno y ella no lo hace, no ejecuta todas esas acciones, que sin embargo ahora realiza con esmero. Bebé un poco más de café. Al otro lado del cristal, por la acera, pasa un tipo que lleva una camiseta que pone "Tu puta madre" y ha seguido de largo. En la acera de enfrente pasa un tipo con un perro. El tipo fuma un puro y camina tieso, algo más tieso, si cabe, que su perro. Ninguno de los dos mira a los lados. Perro y fumador pasan de largo. De nuevo, la cristalera se queda vacía. En la calle hay algo de viento y una bolsa de papel pasa dando tumbos y de un modo indescifrable, va recorriendo un camino preestablecido por el viento. Mira a la chica tras la barra. El cuello tieso, las mangas cortas, la camiseta negra, el pelo recogido, el gesto serio, algo de ojeras, el andar rectilíneo le hacen pensar en una bailarina retirada. De repente imagina que ella no está desplazándose por el café, sino que danza por el café. Ha agachado la mirada cuando ha sido descubierto por la mirada de ella. Piensa que sería tan sencillo como decirle:"En realidad miraba como danzabas" pero sería tan absurdo explicarlo que por supuesto no lo dice. Se abre la puerta, entran dos chicas hablando alto. Le gustaría mandarlas callar, pero vive en sociedad y esto requiere un mínimo de transigencia. Bebé el último sorbo de café y apoya la taza. Al apoyarla recuerda a Emilio, algo de Emilio. Nada concreto. Recuerda la sensacional de Emilio. Levanta la cabeza. La camarera danza diligente hasta la mesa de las dos chicas. Ellas dudan, dudan más de lo soportable. Ella espera paciente. ¿Qué carajo irán a pedir? Él piensa en ese momento que es incapaz de tener a nadie esperando tanto. Hay decisiones a las que no se les puede dejar tomar tanto tiempo. "¡Dilo ya! Un Café, una cerveza. Dilo" Piensa mientras la más morena mira hacia la carta sin mirar nada, tardará unos segundos más para seguro terminar pidiendo una coca cola. Predicción acertada. Coca cola. La camarera se desliza en tres por cuatro hasta la barra. Mira otra vez hacia la cristalera y vuelve a pensar: "Es imposible describir el presente, suceden mil cosas coladas entre las pensadas. Están las otras, las que invisiblemente suceden y se perciben sin tomar forma o tomando formas de un modo ajeno a las formas en las de las que se detiene la atención. La camarera se desliza si, pero a su vez sucede lo otro, lo inexplicable. Lo que trasmite y me viene dado de la nada o de la intuición" Al otro lado de la cristalera pasa un tipo, es el mismo de antes, con la camiseta absurda "Tu puta madre". El tiempo no es uniforme, esto, ya había sucedido. Antes, después, pero ya había sucedido. Paga y se va, con la vana esperanza de bailar y deslizarse en otro tiempo, en otra capa, con la hermosa camarera.

Mujer en domingo

A las 13:12 pasará el tren. Espera en esa estación al aire libre, amplia y de hierros que se entrecruzan lineal y racionalmente para conformar un espacio y una amplitud que han ido transformándose desde el principio de su existencia para convertirse en esta estación fugaz y céntrica, de flujo intenso pero veloz. Aquí nadie aguanta más de siete minutos que es lo que tarda en pasar el siguiente tren. Hay un par de gatos al otro lado de las vías que caminan sigilosos, como si se supieran observados y poca gente que espera el mismo tren que ella. Todo es de paso en el andén. Es domingo y el cielo anuncia tormenta vespertina. Calcula el tiempo que durará su trayecto, y si le dará tiempo a caminar desde la estación hasta la casa de su hijo sin que empiece a llover. Mira hacia el norte, tratando de ver en que estado están las nubes en aquellas alturas y no deduce nada. Llega el tren. Sube y se sienta. Se sienta junto a una pareja que van con un recién nacido en brazos. Ella no puede evitar hablarles y preguntarles por el bebé. Mientras, el tren va saliendo de la ciudad. Afuera comienza a sucederse la constante variación del paisaje:

- Yo he tenido cinco y ahora once nietos. Claro, los nietos se han ido haciendo mayores también. Hay tanta alegría y luego tanto vacío. Ocupan tanta vida cuando son pequeños y luego se van yendo y la casa se va quedando vacía. Los ciclos. Ley de vida. Sin embargo el segundo. El segundo nada de esto vivió. Nació marcado. Todos seguían prestando atención a la mayor, yo me centré en él. La ilusión se la llevaba la mayor, la atención de todos y él, tan menudito desde pequeño. Creció, siempre fue buen chico. Una madre conoce a sus hijos. Puede cegarse pero los conoce. En seguida dijo que se iba al ejercito. Muy decidido. Le gustaba aquella vida. Le gustaba el aire. Allí, fíjense, le llamaban "el niño", porque era un niño de espíritu, de cuerpo. Tenía ese carácter. En el quinto salto. Fue en el quinto salto. No le abrió el paracaidas. Eso es lo más duro para cualquiera. No le abrió, fíjense. Yo perdí un poco la cabeza, pero tenía cuatro más y no podía perderme. Ellos me necesitaban, pero estuve un tiempo en otro lado, fuera. La vida. Una manivela decide. No abrió. Era joven, muy joven. Eso es lo que mas me angustia. Se perdió los ciclos. Apenas empezaba. No le dio tiempo y en el quinto salto. Y una madre nunca espera eso, que en el quinto salto, pero fíjense la vida sigue. Más ciclos. Como las estaciones, como este tren. Ahora voy donde el pequeño. A comer. Subo algún que otro domingo. Los nietos crecen. El pequeño es tan gracioso.

lunes, mayo 03, 2010

Espera

La espera. Es larga, por corta que sea, la espera; pero si además esta es larga, larga e infinita se hace la espera. No hay experiencia donde se mastique más el concepto tiempo que en la experiencia de la espera. Se toma conciencia de su paso, de su relatividad, de su movimiento acordeón. Sentado o de pie, la espera sucede siempre en algo que nosotros no manejamos, no controlamos y por lo tanto no decidimos, sin embargo en esa espera, de algún modo, se decide nuestro porvenir, nuestro destino, nuestra existencia.

Espera, eso hace desde hace varias semanas. Ya no mira el reloj o el teléfono. Busca trucos para distraer el pensamiento, manías, supersticiones: Si abro la nevera sonará el teléfono, si marca Messi me llamarán, si miro el reloj a la 1:23 sucederá el acontecimiento esperado; pero sin embargo sabe que nada hay de cierto en estos juegos. No es supersticioso, sin embargo la cabeza encuentra en la superstición un relajo, un orden inexistente que le ayuda a soportar la espera. El que espera desespera. Luego enciende un cigarro, esa otra forma de tiempo y mira la extensión de tierra, a lo lejos se anuncia tormenta, contempla las formas de esa tierra que ya pronto abandonará. Él cumplió su parte. Salió de madrugada y mató al tigre. Nadie imaginaba que lo pudiera hacer ya, pero lo hizo. Sereno, seguro, contundente. Ya todos sospechaban al tigre inmortal y él lo aniquiló. Fue preciso, intenso y algo brusco. Lo abrió en canal y dejó el cadaver junto a la orilla del río. Volvió al hotel, se sentó al borde de la cama y esperó, aún espera. Encendió la televisión. Encendió un cigarro, encendió su impaciencia. Pasaron horas, días y no se movió. Hubo momentos en los que casi ya no quedaba esperanza. "No sonará. No llamarán" Durmió. Soñó. Despertó. Esperó. Cuando se espera se pueden hacer otras cosas, pero apenas se hacen, todo sucede en la espera, todo es espera. Ahora mismo, mientras yo tecleo espera. Está allí, mirando sin mirar la televisión. Cada poco mira su reloj. Cierra los ojos. Un tipo, en otro lado comienza en este instante a marcar números en el teclado de un teléfono: 00.58....... La señal arranca su veloz camino. Reverbera el sonido de su teléfono en toda la habitación. Lanza la mano y suspira:

.- Aló

domingo, mayo 02, 2010

Borrado

Como muchísimas otras mañanas, despertó enérgico y bastante vital. Descorrió un poco la cortina, miró hacia el cielo y sintió esa sensación de conquista que se tiene cuando el cielo está limpio y muy azul y anuncia día soleado y y de agradables temperaturas. Salió de la habitación, fue hasta el baño a orinar, mientras lo hacía intentó torpemente reconstruir los sueños de la noche y se fue hasta la cocina. Hizo café y caminó hasta el ordenador y allí se detuvo como tantas otras mañanas. Abrió la página en blanco y comenzó a teclear. Recorría el camino de un texto que había prefigurado entre la noche anterior y en algunos momentos del sueño cuando descubrió que una palabra importante se había borrado de ese espacio abstracto donde se guardan las palabras que conocemos. No recordaba cual era, pero sabía que había una palabra que no emergía, que cada vez que la intentaba teclear no lograba recorrer ese laberinto donde en la salida se sustraen las palabras que necesitamos para completar las frases de lo que estamos contando. Cada vez que la requería, la palabra no acudía. Entonces construyó el texto esquivando, circunvalando esa palabra, usando sinónimos o palabras que la complementaran. Pero comprendió que aquello no era más que el principio de una catastrófica y constante perdida de palabras. Aquella fue la primera, pero notó que cada poco debía detenerse por la ausencia de otras y le obligaba a buscar algunas semenjantes que perfilaran el texto. Era un goteo de ausencias, cada vez tenía menos. Hasta ese momento nada se hubiera resentido pero empezaron a desaparecer unas importantes, fundamentales, necesarias. Se hacia vacío. No se entendía. No había. Esperaba y nada. Muy pocas. Tecleaba. Empezó a dejar . Esperó. Respiró. . , , , nada, todas desaparecían. , . Palabras. Vacío. . La nada.

sábado, mayo 01, 2010

Batalla

A las dos de la mañana se levantó de golpe con la imagen nítida, contundente y única de un poema. Ella sintió el movimiento en la cama y sin desplazarse completamente de la zona difusa del sueño y en la penumbra le preguntó:

.- ¿Dónde vas?

.- A escribir este poema

Caminó descalzo. El suelo ya no estaba frío porque los días ya eran más largos y cálidos. No encendió ninguna luz, pero si el ordenador. Mientras la máquina realizaba sus procesos de encendido, luces que van y vienen, logotipos que aparecen y se van, pensó en lo horizontal de la palabra. Luego pensó en el arrebato y en la inspiración, aunque él nunca había creído en la inspiración. Creía en la batalla. En esa batalla salvaje de letras y ritmos, de versos y contenidos. No hay inspiración, pensó: hay guerra. Las batallas no tienen hora y como guerrero o soldado obediente se acude al enfrentamiento a la hora que sea. Eso es lo que hay, lo otro son complementos. Son las dos y diez. Durante unos segundos la imagen nítida, contundente y única que era el poema que le había despertado, se diluye en alguna esquina inaccesible debajo del pelo de la cabeza, pero cuando dirige los dedos al teclado la recupera.

.- Ahora hay que traducirlo- Pensó con la cara iluminada por esa extraña luz que proyecta el ordenador en el salón.

Lanza los dedos casi al azar. Los primeros tiros reverberan en el campo. Se oculta bajo la indecisión y de nuevo teclea, de nuevo dispara. Comienza el bombardeo. Corre por el descampado rifle en mano. Hay que moverse por la supervivencia, pero sobre todo por la estrategia y también la intuición. Se oculta tras unas piedras que son los primeros versos, al frente el enemigo. Se apoya el rifle en el hombro y apunta. Es preciso y, asustadizo, retrocede el enemigo. Entonces acude con todo, la batalla está encendida y el se sabe esa madrugada preciso. Se mueve y apunta, dispara. Ya el enemigo se desvanece, se retira. Sigue, sigue persiguiendo tras los matorrales, tras el descampado la imagen nítida y contundente, ya casi la tiene traducida. Ya se volvió poema, ya termina la batalla. Ya descansa y vuelve a la cama. Sueña

Camina feliz el hombre, el que camina, feliz e incansable en su camino;


Al poeta, con afecto.

viernes, abril 30, 2010

Monólogo del asesinado

Anoche fui asesinado. Podría desvelar la identidad de mi asesino, pero de momento me abstendré. El asesinato fue un trabajo muy bien realizado, como negarlo. Nunca he pecado de ese orgullo que ciega y no deja ver las cosas bien hechas por los enemigos. Fue preciso en el golpe, pero sin negarme cierto sufrimiento, lo que siempre hace mas eficiente el asesinato de un enemigo. Tampoco se excedió en torturarme. Fue elegante, algo de dolor, algo de humillación, pero nunca excesivo en la violencia. Me gustan esos asesinos que no caen en la trampa de la tortura. Ese es el camino fácil. Es difícil dar con la dosis Ad hoc de maltrato sin sobrepasarse en el mal gusto o en llevar al enemigo al desgarro y al dolor por el dolor. Apareció en casa, cuando yo no lo esperaba. Fue educado, sosegado. No se dejó llevar por la ansiedad del acto. Diría que fue respetuoso e incluso didáctico. Con voz pausada me comentó que sería lo que iba a suceder:

.- Esta noche vas a morir. Creo que hasta tu mismo sabes que lo mereces.

Ante tal actitud no pude resistirme a la amabilidad y le ofrecí mi mejor botella. La abrí, puse música. Satie es perfecto para morir. Mientras ese piano cabalgaba entristecido por el salón, serví dos vasos sin hielo. Ese licor no merece el insulto de ese enfriamiento forzado y vulgar de esa geometría irreal. Me quedé callado, pensando en que era sorprendentemente vislumbrar los instantes por última vez. La vida se caía para siempre. En breve pasaría a formar parte del pasado, mi vida se frenaba y yo tenía conciencia de esos momentos definitivos y únicos. Brindé, porque no me quedaba otro remedio, con el hombre que iba a acabar con ese viaje. Respondió con cierta sorpresa. Bebí mi vaso de golpe, escuché por última vez a Satie, fui saboreando cada pulsación de teclas de esa grabación. Esas escalas moderadas y amables pero cargadas de nostalgia. Cerré los ojos y esperé. Luego todo sucedió como ya ha descrito. Algo de agitación, la justa. No entraré en detalles. Simplemente, pasados unos cuantos minutos me sentí morir. Mi cara se quedó plantada en la alfombra. Ahí sigo, ahí sigue mi cuerpo. No mentiré, no lo crean: No hay vida después de la muerte. La escena, simplemente ha terminado. Se para la cámara, grita el director. Se agita el plató. Toma válida. Siguiente escena.

jueves, abril 29, 2010

Money

Consciente e la poca importancia de ello, Roberto Cunqueiro dedicó su vida a la búsqueda insaciable de una canción perdida de Money, grupo de Punk de la escena más radicalmente underground de México. Money no fue un grupo popular, publicó dos EPs con cinco canciones y un largo del que vendieron poco más de 2000 copias. Grupo de directo devastador eran conocidos por sus actuaciones incendiarias en locales terribles de la noche del Distrito federal. Un concierto de Money empezaba a todo trapo y terminaba con hogueras en el local, con mesas sobrevolando y alcohol emulando la lluvia. Los conciertos no tenían fechas, los seguidores de Money debían andar alerta cada noche, los anuncios de sus conciertos eran repentinos y poco publicitados, había quien sabía seguirles la pista. Dejaban señuelos, indicaciones indescifrables que sólo unos pocos sabían leer para lograr encontrar la hora, fecha y local exacto donde tocarían. Conocidos también por las relaciones turbulentas entre sus miembros, el cantante y guitarrista de Money era además dirigente de un grupo rebelde de extrema izquierda con vestigios de violencia que llegó a formar un minusculo, pretencioso y algo ridículo grupo guerrillero que correteaba por el estado de Michoacán, solía tener enfrentamientos violentos con el bajista en mitad de sus directos. A quien quiso ver en aquello una maniobra publicitaria, una forma de espectáculo, pero Paul Dominguez confesó a algunos íntimos que el trato con Marc Elizondo era imposible que desde el tercer día que se conocieron apenas se hablaban salvo para comunicarse algunas variaciones y cambios de sus canciones brutales. Roberto Cunqueiro, seguidor con pasión inmensa del grupo desde su adolescencia y ya pasados los años de fervor y cuando money se deshizo y sus miembros desaparecieron en el anonimato de una ciudad que devora, se entregó a la creación e investigación de una biografía de la formación mas punk de la historia (Así rezaría el subtítulo de la biografía). Se entrevistó con sus miembros, con periodistas musicales de la época, con dueños y promotores de locales y conciertos, con fans envejecidos, con parejas de la época, con familiares e incluso con el técnico de sonido de su obra grabada. Fue ahí cuando Roberto Cunquiero supo de la existencia de una canción desconocida, una canción que fue la última que se grabó y que, eso lo supo después, fue la que les llevó a la disolución.

La canción, descrita por el técnico como una joya, una rareza indescriptible, un camino musical inexplorado. "Ahí había experimentación, pero había mucha belleza. Aquella canción no era, claro, Money. No era punk, no era ruido sin control, no era simpleza. Aquella canción era elevada. Aquello habría un nuevo camino a Money. Money dejaba de ser Money en aquella canción. Las diferencias de criterio a la hora de afrontar aquel cambio fue lo que supuso la ruptura definitiva. El mayor error de la historia de la música pop. Si money hubiera seguido por aquel camino hoy hablaríamos no sólo del mejor grupo de la historia de la música mexicana, sino seguramente del mejor grupo de la historia. Money tenía la posibilidad de haber desbancado a Los Beatles del trono definitivo. Aquella canción hubiera supuesto un cambio histórico absoluto, hubiera reescrito la historia y Money no quiso acudir a la llamada"

En las siguientes entrevistas con los miembros Roberto Cunqueiro sacó el tema de aquella canción. Ellos se escapaban de la pregunta con rapidez y nerviosismo "Aquello fue un error. Nunca debimos hacerlo. Lo mejor que hizo Elizondo en su vida fue quemar la grabación" Cuando Cunqueiro preguntó sin embargo a Elizondo por ello este contestó que nadie quería asumir la responsabilidad de aquella creación: "Nosotros éramos Punk y aquello nos desvelaba, nos revelaba como uns compositores que no queríamos ser. Lo mejor que hizo Paul fue quemar aquella grabación" La culpabilización siempre al otro de la quema de la grabación hizo que Cunqueiro sospechara que aquella canción anduviera por algún lado, oculta en algún lugar, en algún apartamento del Distrito Federal.

Cunquiero pasó los siguientes años de su vida buscando aquella grabación. Recorrió medio país, indagó, husmeó, se coló en casas, abrió puertas de apartamentos habitados para registrar cajones y no había señas, no había resquicios de aquello. Años después movido ya por una forma de existencia que ya ni se planteaba llegó a Puerto escondido, cogió un taxi hasta Mazunte. Siguiendo unas indicaciones mal dadas, confusas, recorrió aquel pueblo, alcanzó una casa de madera, enterrada entre palmeras y vegetación. Tocó un timbre que colgaba de mala manera y salió un anciano. Le contó lo que buscaba y el viejo le invitó a pasar. Se sentaron en una sala abierta, unas sillas de bambú que miraban al mar. El viejo le ofreció ron y un cigarro. Entró y comenzó a sonar una música. Cunquiero supo sin dudar, sin que el viejo se lo afirmase, que aquello que sonaba era la canción perdida de Money y se llevó una inmensa y profunda decepción.

miércoles, abril 28, 2010

Hombre bajo el naranjo.

Eran días salvajes. Siempre me ha resultado difícil catalogar los días, los ciclos, las épocas. No suelo ver bloques en el tiempo. Creo que los días tienen en común que van unos detrás de otros, si descolocaras todos los días de tu vida y tuvieran un nuevo orden, nuevamente agruparías épocas, etapas, días. Sin embargo, con aquella época si tengo la sensación de que todo iba en masa hacía un precipicio extraño. Eran días salvajes porque todo, a cada rato se movía en el filo de lo extraño. El día empezaba pronto, a eso de las cinco de la mañana y transcurría lento, muy lento. Había poco que hacer: Observar los animales, atenderlos un poco y luego dejar pasar las horas. No había nada cerca de aquella finca, una carretera pasaba al otro lado de la valla, por donde se entraba y muy de vez en cuando pasaba algún coche, eso era todo lo que sucedía a diario. Me sentaba bajo aquel naranjo a no desfallecer de calor y cada mucho rato me acercaba a ver las jaulas de los conejos, los alimentaba, anotaba los procesos y volvía al árbol. A veces incluso pasaba tiempos largos sentado lanzando una pelota para que el perro la trajera, podíamos estar toda la tarde haciendo eso, pero un buen día, abrí la puerta grande e invité al perro a escaparse. No podíamos dos seres vivos sufrir el mismo tedio. El perro tardo en reaccionar, pero finalmente fue desapareciendo por el camino y no volvió. Me quedé solo. Hubiera hecho lo mismo con los conejos, pero estos al fin y al cabo eran los que me proporcionaban el sueldo y esa forma de vida incomprensible. Una vez a la semana aparecía el dueño, observaba a los conejos, preguntaba por el estado de las cosas en la finca, cargaba los pedidos en su furgoneta, se llevaba un montón de jaulas con los conejos más aptos, me pagaba, me daba la mano y desaparecía, como el perro, como el tiempo, por el camino. La soledad transforma y mi soledad era salvaje. Cada vez usaba menos ropa, apenas un pantalón que me remangaba hasta las rodillas, comía poco y me empecé a preocupar por cosas abstractas. Observaba el naranjo y trataba de calcular en que momento una naranja caía al suelo. Pasé horas, muchas horas tratando de analizar en que momento exacto una naranja caía al suelo. Nunca descifré el enigma. Dejé de dormir en la cama porque me pareció inútil, entrar en la casa únicamente para dormir. Toda mi vida, desde entonces, ocurría bajo el naranjo, salvo los instantes en que entraba a ver a los conejos. Ahí estaban esclavizados en sus jaulas, existiendo de un modo inexplicable. Yo dirigía sus cópulas, sus vidas. Yo dirigía su alimentación, sus horarios. Aquello me empezó a afectar. Aquella responsabilidad me atosigaba en medio de tanta soledad. Comencé a asfixiarme con la sensación de ser un pseudo dios para aquellos insignificantes seres vivos. A su vez comencé a sentir que mi vida, todas las vidas a su vez estaban en jaulas, en otras formas invisibles de jaulas. La finca, mi forma de vida, me lo parecieron, el dueño de la finca representaba para mi, lo que a su vez yo podía representar para los conejos. El naranjo era, sin embargo, mi escondite en la tierra, el lugar donde era yo. Una semana apareció el dueño, ese pseudo dios. Siguió el rito de siempre, sin embargo justo antes de subirse a la furgoneta se acercó y me dijo, muy serio, que la siguiente semana no vendría él, vendría su hija. La chica quería conocer a fondo la finca, hacer un estudio para redirigir los fines comerciales de la venta de conejos, sacar partido al espacio y las posibilidades de la finca. Que la chica dormiría un par de días aquí, que por favor tuviera preparada la casa y que la atendiese bien. Se fue.

Yo llevaba dos años trabajando en la granja, dos años tratando prácticamente sólo con el dueño de la finca. Me había convertido en una especie de Robinson sin isla, la vuelta al trato social me generó un enorme desasosiego. Estaba acostumbrado a dirigir las pausadas horas de mi día a día. El hecho de compartir espacio me obligaba a no estar todas las horas del día bajo el naranjo observando lo inobservable. Llegó el día. Apareció en la furgoneta del padre. Saludó y preguntó por todo. Hicimos un recorrido exhaustivo, vimos las jaulas, vimos el resto de naranjos, vimos los límites de la finca, vimos el estado de la casa. Apenas hablábamos ninguno de los dos. Al terminar el recorrido, ella entró en la casa y yo me fui a mi naranjo. Me senté y en ese instante cayó una naranja, la miré un rato estática en el suelo. Ella apareció de nuevo con un cuaderno en el que iba anotando cosas. Se entretuvo anotando mucho rato cosas según avanzaba entre los descuidados árboles. Se acercó, me preguntó sobre los riegos, sobre las salidas de agua y de nuevo entró en la casa. Yo me fui donde los conejos, hice copular a dos parejas, les di de comer y anoté los procesos. al volver al naranjo, ella estaba sentada ahí y fue como si me hubieran robado algo que me pertenecían. No supe donde colocarme. El naranjo se había convertido en mi epicentro cósmico y ella lo ocupaba ahora. Anduve inquieto toda la tarde, hasta que se levantó. Propuso hacer algo de cena, pero yo argumenté que no solía cenar. Ella se puso en píe y yo me puse donde debía haber estado toda la tarde, bajo mi naranjo. Entró en la casa. La vi trajinar al otro lado de la ventana. Evidentemente, y tras la ausencia brutal de dos años de ello, pensé en la remota posibilidad de sexo. Desde el naranjo la vi hacer algo en la cocina. Sacó el plato fuera y mientras comía hablamos deshilachádamente de asuntos muy dispersos. Casi al final, cuando ya había caído la noche me preguntó si no era duro vivir así, siempre en soledad. Le dije que no, que casi me había acostumbrado a esto, que casi lo prefería: "Soy feliz bajo mi naranjo" y según pronuncié esa frase, me arrepentí de haberlo hecho. Sin embargo ella pareció dejarla pasar de largo. Entró a la cocina, lavó el plato y salió a despedirse, estaba cansada y se iría a la cama. Me quedé en el naranjo un buen rato. Pasado una hora aproximadamente, me fui atrás, por donde los conejos, desde allí, podía ver la ventana donde ella dormía. No era misterio, no era perversión, pero algo me movía a verla en su privacidad. Entré en silencio por detrás de las jaulas y llegué hasta el ventanuco. La luz estaba encendida. Cuidadosamente me asomé, estaba en ropa interior, acostada en la cama escribiendo algo en el cuaderno que todo el día la había acompañado. La miré mucho rato hasta que sentí que aquello era absurdo o bastante morboso. Deshice el camino hasta el naranjo y me senté de nuevo. Al rato, ya de madrugada, ella apareció por la puerta. Le pregunté desde el naranjo si todo iba bien. Estaba algo nerviosa y se acercó hasta mi árbol. Dijo que había vuelto a soñar con ello, pero no supe a que se refería. Habló caóticamente, decía cosas que yo no comprendía. Palabras sueltas: "Las plagas. Los sueños. El mar enfurecido". La abracé para tranquilizarla. En ese momento cayó una naranja e impulsivamente toqué su nalga ella me respondió con un beso fugaz y luego me dio una bofetada. Se volvió ala casa. A la mañana siguiente ella actuó de un modo normal. Como si nada de la noche hubiera sucedido. Por la tarde se acercó, me dijo que se volvía a a casa, Se despidió formalmente y desapareció. Una semana después aparecieron unos tipos que, según dijeron, venían a hacer las remodelaciones de la finca que había encargado la señorita. Me fui donde los conejos, al volver vi que con una sierra cortaban mi naranjo. No hice nada, no dije nada, Seguí caminando hasta la puerta y seguí por el camino por donde se fue el perro, por donde se había ido siempre el dueño y la semana anterior ella, el camino por donde se iban todos. No volví. Jamás volví.

martes, abril 27, 2010

Los primeros días en el otro lado

Eran extraños aquellos libros escolares. Me resultaban desconcertantes las fotos ilustrativas. En aquel momento todo me resultaba desconcertante, irreal y yo creo que tendía a proyectar lo extraño en aquellas fotos que ilustraban lecciones y capítulos de la historia del país, de la geografía. Todo me resultaba ajeno seguramente porque todo era ajeno. Llevaba un mes en aquel país y de repente caí como paracaidista en un colegio ajeno, en una clase ajena, en un pupitre ajeno. Y estaban aquellas fotos ilustrativas. Recuerdo aquella de "El llano". Eso ponía a píe de página. Una foto que ahora sospecho de baja calidad técnica pegada a un texto sobre la agricultura de una zona del país que a mi sonaba a un territorio lejano. En la foto se veía una inmensidad y unos hierbajos cubriendola, un tipo a lo lejos en caballo. La textura de la foto era desgastada, muy lavada y a mi me parecía una foto de una era inexistente, parecía que rozaba una textura setentera, pero no era exactamente setentera, parecía de un periodo, un agujero negro, en el que se había colado aquel fotógrafo o la imprenta que la había llevado a papel, entre los setenta y el principio de los ochenta, Una década borrada para el resto de los mortales. Yo no se muy bien que era lo que percibía en aquellas fotos que iban cubriendo con desgana el texto escolar, pero no eran fotos de este tiempo. Me sentaba en aquel pupitre y miraba aquellas fotos casi con desprecio, un tipo hablaba al píe de la pizarra con acento raro sobre la agricultura y sobre la geografía de Venezuela y creo que es la primera vez que sentí que que carajo tenía que ver todo aquello conmigo. Es muy fácil sentirse extranjero. No se muy bien definir que sentimiento te recorre, pero es un sentimiento preciso. Lo de alrededor te resulta desconocido y teniendo trece años tiendes a sentir que además te importa bastante poco, tener trece años es ser extranjero a su vez, con lo cual yo era doblemente extranjero, de mi mismo, de la infancia y del mundo. A mi me importaba muy poco la historia de Venezuela en ese momento. De repente irrumpió en mi vida un trozo de historia que parecía haber venido en una nave espacial. Las clases de historia hasta ese entonces, en casa (Si es que casa es donde había nacido), habían sido de reyes católicos y movidas territoriales, de torpes y accidentadas conquistas y batallas brutas en siglos remotos para un tipo de 13 años. Ahora todo se centraba en un individuo que se llamaba Simón del que me enseñaban cada paso de su historia. Simón era una especie de Beattle que no hacía Pop pero se enfrentaba a los españoles con brios. Simón irrumpió en mi vida, las fotos de los paisajes que recorrió en su odisea también. Y yo era extranjero y a mi Simón me importaba bastante poco. No por que Simón nos hubiera sacado de su país a machetazos, que eso me daba igual, no soy nada patriótico y ni lo fui con trece años, sino porque ser extranjero es sentirte raro y desconcertado y Simón y sus batallas me hacían sentirme lejano, desubicado, incomprendido, porque de repente un tipo que apenas me sonaba pasaba a ocupar un porcentaje alto de mis clases y por lo tanto de mi vida. Un retrato de Simón colgaba encima de la pizarra, una frase de Simón escrita en la pared te recibía por la mañana al llegar al colegio. Simón se coló de lleno en mi realidad incomprensible de ese momento. No era un rey, era Simón y a mi todo aquello me desconcertaba enormemente. Esa época fue rara. Como no recordar aquella primera mañana en aquel colegio. Entré detrás de mi hermano, buscamos las filas que se formaban para entrar a clase, torpemente terminé encontrando la mía, la fila de varones de octavo. Todos los alumnos miraban al frente y cantaban adormecidos el himno nacional. Podría escribir doce horas seguidas sobre mis sentimientos en aquel momento. Dos alumnos izaban la bandera al ritmo cansino de ese himno a tempo medio y una letra que rozaba el surrealismo. Yo estaba último en la fila de octavo. Terminó el himno, seguí al grupo. Entré en el aula, me quedé de píe, era mitad de año y no sabía donde me podía sentar. Entró el profesor y le conté mi situación. El tipo amable me invitó sentarme en un pupitre que había libre. Noté la mirada de treinta y pico alumnos sobre mi. Más que nunca en mi vida sentí la presión de la masa. El paseo hasta el pupitre vacío fue lo más parecido a recorrer un desierto. Me senté y el profesor me introdujo:

.- Bueno, hoy entra con nosotros un nuevo compañero que viene de España, pero por favor, ponte en píe y preséntate.

Me puse de píe y dije mi nombre. De repente treinta y tantos alumnos soltaron una carcajada descomunal. Luego supe que el motivo de la risa colectiva fue mi acento, pero yo sentí la bofetada más sonora y bestial que jamás me ha dado la vida. No había donde carajo correr, no había camino por delante, estaba en medio de un país que se llamaba Venezuela, tenía trece años, era extranjero y jamás me había sentido ni me he vuelto a sentir tan desconsoladamente solo en el mundo. Del instante me sacó con maestría aquel profesor que jamas volví a ver y del que tantas veces me he acordado. Se acercó hasta mi. Se puso a mi lado y hablando alto para que le oyeran todos pero dirigiéndose confidente a mi me dijo:

.- Mira, amigo. Yo también he sido extranjero y puedo imaginar lo que sientes en este momento. Tranquilo, ellos se ríen porque son unos mediocres.

Y me puso una mano en el hombro. En ese instante una chica se levantó, se acercó hasta mi pupitre y me pidió perdón por haberse reído, explicó que no había sido una risa de burla que simplemente les resultaba muy cómico el acento. Aquella chica creo recordar que se llamaba Marisol y en ese instante me salvó la vida.

sábado, abril 24, 2010

Fantasmas

Había algo sorprendente cuando la veía fumar. El humo que salía de su boca parecía diminutos fantasmas emergiendo de su boca hacia el mundo, fantasmas con desconocidas intenciones. Levitando casi inapreciables por la habitación. Había algo perverso en aquellos fantasmas porque tenían mucho de mis fantasmas. Salían tan despacio de su boca, salían tan como sin querer, empujados con enorme sensualidad por la punta de su lengua, resbalándose por la saliva. Aquellos fantasmas alcanzaban lo que yo no podía alcanzar. Parecían conquistadores sigilosos que se deslizaban por ese territorio tremendo. Salía el humo por partes, en formas variables. Pequeñas nubes que anunciaban no se que extraña tormenta. A veces veía alguna cara en aquellos humos y cuando creía ver una cara ya pasaba a ser otra forma que cuando casi ya descifraba pasaba a ser otra. Una persecución que terminaba difuminándose en el techo o saliendo por la rendija del ventana y de allí, de allí ya le perdía la huella a aquellos fantasmas que salían de su boca. Ella hablaba o escuchaba mientras los fantasmas salían, venían desde tan dentro, venían tan de lo profundo que yo hubiera lanzado mi mano para retenerlos e interrogarlos pero el humo, como los fantasmas, está en constante huida. Un escape permanente. Luego había otros juegos, sus dedos y las cenizas, pero yo me perdía en los fantasmas, en aquellos fantasmas saliendo de su boca. En aquel juego sensual. A veces los miraba tanto, les veía salir de allí, en un hipnótico estado placentero, que sentía celos de los fantasmas, porque los fantasmas salían de tan adentro, venían tan suave y yo estaba siempre tan de frente, en otro lado viéndoles salir de su boca, de esa boca. Ella soltaba el humo, lo soltaba como desencadenando a almas que estuvieran apresadas durante años en algún lugar invisible de su anatomía y emergían los fantasmas, saliendo de aquella cueva hermosa que era su boca. Luego, pasados los minutos, ella apagaba el cigarro y hablábamos de cualquier cosa, y durante un rato yo descansaba. Dejaba de pensar en los fantasmas, hasta un rato después que todo empezaba de nuevo, que ella encendía otro cigarro y comenzaba a liberar aquellos fantasmas por su boca.

jueves, abril 22, 2010

La primera noche del viaje

Dejé la maleta en la habitación, me cambié los zapatos y salí a la calle. Caminé por esas abarrotadas calles del centro a esa hora del principio de la noche. Entré en un bar, había un partido entre dos equipos con el uniforme rayas y un resultado ajustado. Dos tipos miraban con indiferencia la pantalla, el resto de la gente no atendía a la televisión. Pedí una cerveza que bebí extremadamente rápido. Volví a pensar en lo agradable que es una cerveza y me pedí una segunda. Me quedé sentado en la barra. Anoté una frase en una servilleta de papel. Era una frase que había recordado de repente de un libro que acababa de terminar en el avión, antes de aterrizar en esa ciudad. La leí varias veces y me pareció que al transcribirla yo, sin querer, inconscientemente, había modificado el sentido. Alguna palabra variaba el curso fluido de la frase que originalmente quería anotar. Pensé en lo preciso que se necesita ser con las palabras, en ese terreno ajustado y preciso de las palabras. En como estas nos definen. El uso que hacemos de ellas delatan algo que nos revela. Pagué las dos cervezas y salí de nuevo a la calle. Caminé despistadamente por una calle ancha, entré a cenar en un restaurante italiano. Dos horas más tarde, ya de madrugada, seguía caminando por la ciudad desconocida. Me crucé con dos chicas absolutamente atractivas. De manera desconocida para mi, me acerqué y les hablé. Les dije que no era de la ciudad, que tenía el horario absolutamente cambiado y que no me entraría sueño hasta mucho más tarde, que si me podían recomendar algún lugar para tomar algo. Ellas me arrastraron hacia unos lugares modernos y snobs. Primero entramos en un café donde tocaba un grupo de oscura música electrónica. Una de ellas me hablaba, la otra desapareció. La que me hablaba me contó a que se dedicaba y me preguntó por mi. Inventé una historia extraña y poco creíble sobre mi vida, pero ella la creyó. Ella me dijo que era Argentina y que llevaba año y medio en la ciudad. Al rato salimos de allí. Paramos un taxi y fuimos hasta una parte del centro de la ciudad con calles muy estrechas y algo deterioradas. El taxi nos dejó en la parte de atrás de un cine. Las chicas no me dejaron pagar el taxi. Esperaron que se fuera y caminamos por unos callejones bastante decadentes. Alcanzamos un portal miserable y tocaron en el telefonillo. Una voz masculina atendió y dijeron algo así como "madrugada 210". Abrieron. Subimos por unas escaleras de madera, yo me fije en el trasero de la argentina mientras ascendíamos, se movía rítmicamente, marcando musicalmente la subida de cada escalón. Posiblemente mi único fin de esa noche era acostarme con ella. Alcanzamos el cuarto piso, cruzamos una puerta. Se abría un pasillo largo hacia el fondo. Lo caminamos. Reverberaban los tacones de las dos pisando el suelo antiguo. Llegamos a un salón. Nos sentamos en unos sofás inmundos. Salió un tipo con una barba gigante y sin camiseta, no habló. La española, que era de donde era la otra chica, dijo "queremos galaxia" y el tipo de la barba se fue. La argentina, cuando ya estábamos solos, dijo que esto era algo realmente raro pero que sería inolvidable. Unos minutos después volvió el tipo de la barba, puso una pipa y unas hojas de plátano en la mesilla, de una estánteria viejísima sacó unos vinilos. Sonó Blind Willie Johnson. La argentina encendió la pipa y la española abrió y sacó algo de la hoja de plátano, lo aspiró y me pasó. Yo aspiré y luego fumé de la pipa y luego aspiré y luego más pipa. Me puse en pie, me asomé por una ventana y vi un patio, en la ventana de enfrente una mujer de mediana edad me saludó y se dio la vuelta, en el piso de abajo un tipo escribía en un ordenador, le miré mucho rato, mucho. Pensé en su vida, pensé en su destino. Él también había nacido. Escribí concentrado. Imaginé el texto, dudé ¿Una tesis? ¿Un informe? ¿Un trabajo? ¿Literatura? ¿Un libro? ¿un poema? ¿Cuántos poemas se escriben cada noche en una ciudad? ¿Cuantos cuentos? ¿Cuanto novelistas perdidos al otro lado de una ventana de un patio de una calle de una ciudad cualquiera? ¿Trascenderá ese texto que escribe ese tipo ahí, en ese lado de la ventana? En ese momento la argentina me tocó el hombro y me preguntó si iba todo bien. La casa estaba a oscuras y sonaba esa melodía lejana que todo lo transformaba. Le dije que si y traté de besarla pero ella me esquivó. Luego me lanzó una mano a la cabeza y soltó un montón de frases inconexas. Miré y me di cuenta que la española y el tipo de las barbas no estaban. Volví a mirar por la ventana, el patio estaba cada vez más iluminado. Cerré la cortina y me senté en el sofá. La argentina se puso a mi lado. Nos quedamos callados. El vinilo estaba rayado y se quedó dando botes en el mismo punto. Pensé, sin orden, en lugares en los que había estado. Vi aquella playa, aquella calle, aquellos edificios. La argentina me cogió la mano y está vez se dejó besar. Absurdamente le dije que la amaba, pero o no me escuchó o no le dio valor, lo cual agradecí. Mis manos, como habían calculado desde horas antes, se lanzaron a sus nalgas. Ya no pensé en nada, me manejé lineal, gobernado por un instinto muy decidido.

lunes, abril 19, 2010

Discos y libros

Hay formas de arte, en mi caso libros y discos, que se hacen parte de tu biografía. No en un sentido paralelo, no. Se meten de lleno en tu vida y se confunden y se entremezclan con los episodios vividos, con los instantes incrustados, con las realidades recorridas. Hay libros que parecen ser parte de tu propia historia. Tu fuiste de cierta manera aquel personaje o no tanto que fueras aquel personaje de determinada historia, sino que fuiste parte de ello, un observador participador. Estabas de lleno, allí metido, no estabas narrado, no aparecías escrito pero tu convivías en el medio de aquellas frases, metido en la tipografía de aquella edición de aquel libro que modifico radicalmente el transcurso de tu vida . Hay discos que parecen parte de lo que ahora recuerdas, que tu vida es también por ellos, no porque los escuchaste o por que sonaban en aquel instante ahora evocado, no. El disco entero es otra etapa de tu vida. Viene en bloque, cambió el curso de tu vida. En medio de lo que podrías contar de tus días aparecen los discos no como canciones, no como banda sonora, sino como experiencia. Estás orgulloso de ellos como de determinadas experiencias. Cuando ves sus carátulas en algún lugar ajeno sonríes porque es como cuando ves una foto de aquel viaje. Te pertenecen. Llegas a esa casa donde has sido invitado una tarde cualquiera y ves en una estantería ese título, entremezclado con otros títulos. Casi lanzas la mano a cogerlo porque de algún modo es raro ver ese libro tan presente en tu estantería ubicado en otra estantería ¿Qué hace allí si es tuyo? ¿Qué hace colocado de manera distinta en otro lugar ajeno ese trozo de tu memoria? Hay veces que incluso, de pasada, como si no hubiera una importancia vital en ello comentas que si, que ese libro es de tus libros favoritos y el comentario se pierde entre otros comentarios ajenos, entre el ruido de otras conversaciones, pero allí está como si nada. Como una antiquísima novia que recorrió su vida y con la que te encuentras tantos años después. Allí está incrustado entre estanterías de ikea y otros títulos. Ahora suena ese disco que hacía tanto tiempo que no recordabas, está perdido allí a lo lejos, en medio de más conversaciones y más comentarios. Entonces la fiesta se convierte en un lugar repleto de tus memorias. Un invisible y personal baúl de recuerdos por el que todos van pasando como si nada, como pasarás tu otras veces por encima de sus discos. ¿Que libros habrán visto otros en mi casa que están entre otros títulos y habrá conmovido las entrañas de ese invitado? Es un juego invisible. De algún modo todos portamos y escuchamos por encima los recuerdos profundos de otros. Eso, de algún modo, son muchas veces las fiestas, las visitas o las reuniones en casas ajenas. Un lugar donde no se está, sino donde se estuvo. Un extraño y desconcertante reencuentro con el pasado.

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