domingo, octubre 28, 2012
Poetas subterráneos I. Ernesto Valle.
El tipo trabajaba arreglando electrodomésticos en una tienda q parecía la metáfora de la neurosis. Todo estaba repleto de viejos aparatos abiertos y desmenuzados, mostrando ese interior despiadado de la eléctrónica. El dueño era un tipo q había perdido considerablemente la vista, le pagaba poco, pero era amable y considerado, cada vez que podía le daba un extra, lo que sucedía muy pocas veces, porque un negocio de reparación de electrodomésticos era un negocio venido a menos. Cuando salía, solía caminar hasta su habitación, un cuarto pequeño, pero agradable en el centro de la ciudad. Allí solía escribir poesía en una máquina de escribir eléctrica, reparada en la tienda y que el dueño jamás fue a buscar. Su poesía era extraña y triste, pero sobre todo extraña. Sus figuras poéticas eran desconcertantes. Su ritmo interno era novedoso, peculiar original. Quizá, era la conclusión, escribí con una mano. La otra estaba lesionada de por vida, en un accidente laboral en el pequeño taller de la tienda. El poema donde narra el accidente es posiblemente el paradigma de estilo, donde describe a los aparatos como cocodrilos de entrañas de alambre y de una docilidad cruel y maquiavélica.
martes, octubre 23, 2012
El niño
Ese niño se medicaba con una frecuencia terrorífica. Físicamente era ligero y hermoso. Anunciaba un posible atleta de medio fondo. Internamente habitaba en un no lugar, o en un lugar desterrado y solemnemente vacío. Ese niño sufría de tristeza, una tristeza milenaria, una tristeza pozo. Su tristeza venía del interior de la tierra. No siempre iba a clase, porque la escuela quedaba lejos y porque el transporte era caprichoso en la periferia del desierto. ¿Quién regula el horario de esos autobuses inconstantes? Y esa irregularidad aniquilaban la constancia escolar del muchacho. Así que muchas mañanas terminaba deambulando por los matorrales de detrás de las caravanas. "Cazando osos" decía él. Batallando con los leves remolinos del viento si se le veía desde lejos. Asustaba hablar con él, asustaba porque no parecía real. Hablaba como si fuera un reencarnado. Como si hubiera vivido cien mil vidas. Como si en verdad su tristeza viniera enquistada de haber visto el horror siglo tras siglo. Fantaseaba con vidas lejanas que ya había vivido y a veces abrumaba que se imaginara las cosas que imaginaba
.- Antes de vivir aquí, fui jardinero en un palacio gigante. Lleno de oro y reflejos. Siempre estaba vacío y medio abandonado.
Su voz era siempre suave, como si temiera ser escuchado. Sus frases eran cortas y el diálogo breve. COmo si cada vez que hablara se arrepintiera inmediatamente de haberse confesado. Porque realmente cada frase parecía una confesión aunque provenieran todas de ese mundo de fantasía en el que parecía instalado. Pero no un mundo de fantasía ameno y rosa. Su fantasía estaba llena de recovecos y era retorcida.
.- A veces soy un pastor. Llevo mis ovejas por los montes. Las ovejas están porque arriba, en la montaña, las cosas se han puesto feas.
Sus frases contenían una forma de amenaza. Quizá aquellas frases venían de la fuerte medicación recetada por el psiquiatra. La madre soportaba unos gastos terribles en médicos y medicinas. La mujer sólo quería "salvar" a su hijo, decía llena de angustia y temor: "No quiero que se vuelve loco. No quiero que padezca del mal mental"
EL chico era ágil se movía con rapidez, a veces se iba corriendo por el lado de la carretera. Como si buscara batir una marca. Yo le preguntaba si le gustaba el atletismo y él decía que no. QUe sólo corría por costumbre. Porque en la guerra siempre corría. Una guerra atroz que se inventaba, una guerra cruel y tremenda.
Un par de años después se fueron de la zona de las caravanas. No siguieron por la periferia del desierto. Alguien comentó que se habían ido a la ciudad. A veces, algunas tardes, recordaba al chico y me daba por pensar que en realidad todo eso si le había sucedido, aunque fuera mentira, aunque fuera fantasía.
.- Antes de vivir aquí, fui jardinero en un palacio gigante. Lleno de oro y reflejos. Siempre estaba vacío y medio abandonado.
Su voz era siempre suave, como si temiera ser escuchado. Sus frases eran cortas y el diálogo breve. COmo si cada vez que hablara se arrepintiera inmediatamente de haberse confesado. Porque realmente cada frase parecía una confesión aunque provenieran todas de ese mundo de fantasía en el que parecía instalado. Pero no un mundo de fantasía ameno y rosa. Su fantasía estaba llena de recovecos y era retorcida.
.- A veces soy un pastor. Llevo mis ovejas por los montes. Las ovejas están porque arriba, en la montaña, las cosas se han puesto feas.
Sus frases contenían una forma de amenaza. Quizá aquellas frases venían de la fuerte medicación recetada por el psiquiatra. La madre soportaba unos gastos terribles en médicos y medicinas. La mujer sólo quería "salvar" a su hijo, decía llena de angustia y temor: "No quiero que se vuelve loco. No quiero que padezca del mal mental"
EL chico era ágil se movía con rapidez, a veces se iba corriendo por el lado de la carretera. Como si buscara batir una marca. Yo le preguntaba si le gustaba el atletismo y él decía que no. QUe sólo corría por costumbre. Porque en la guerra siempre corría. Una guerra atroz que se inventaba, una guerra cruel y tremenda.
Un par de años después se fueron de la zona de las caravanas. No siguieron por la periferia del desierto. Alguien comentó que se habían ido a la ciudad. A veces, algunas tardes, recordaba al chico y me daba por pensar que en realidad todo eso si le había sucedido, aunque fuera mentira, aunque fuera fantasía.
martes, octubre 16, 2012
La noche del trapecio
Esa noche el error fue beberse una botella de ron en menos de diez minutos entre tres individuos. Evidentemente a partir de ahí los errores se confunden entre la ebriedad y los errores de la causalidad: ese laberinto indescifrable. Es decir, desde ese minuto diez en el que la botella cae al suelo entre gritos y bailes eufóricos de los tres, no se sabe qué es error de borracho o error natural o si ambos se combinan de un modo volcánico. ER decide conducir su Volkswagen rojo. EM y yo nos montamos con torpeza. El radiocasette del auto suena terrible, saturado, como si fuera una conexión recibida desde un lugar remoto; sin embargo, escuchamos la música a volumen atronador. Tarareando como si la vida, toda nuestra vida, la biografía pasada y lo que aún tenemos por vivir, dependiera de nuestro canto: suena Interstellar overdrive. ER desmenuza el riff de guitarra a gritos, mientras conduce por la veinte hacia arriba. Nadie, ninguno de los tres, sabe donde vamos. Cantamos y percibimos las calles del centro como acontecimientos aleatorios, como accidentes cósmicos, fugacidades galácticas. En verdad el Volkswagen rojo, esa lata de motor anciano, avanza despacio porque ER descubrió años atrás que si subía de determinada velocidad el auto, como humano envejecido, se negaba a continuar; pero la percepción de velocidad a partir de la Avenida Vargas hacia arriba, mientras el bajo de Interstellar overdrive planea, es la de un tren de alta velocidad, o quizá la de un proyectil desenfrenado. En la Avenida Pedro León Torres ER acelera más de la cuenta, sumido en un frenesí automovilístico excesivo: el Volkswagen rojo en ese momento va a unos sesenta o sesenta y cinco kilómetros por hora. El motor tose, como si fuera víctima de una neumonía incurable y amenaza con detenerse. Cuando miro a los lados veo que por la acera desolada de la Pedro León, que es posiblemente una de las avenidas más tristes del planeta, pasan dos tipos que parecen compañeros de satán, pero los compañeros malos, los que le llevaron por el mal camino, los que le arrastraron a la perdición y el vicio y al dolor que produce la felicidad sosegada, nos miran y parecen deleitarse con el banquete. Evidentemente la opción no es acelerar porque el Volkswagen rojo amenaza con detenerse por completo, así que ER decide avanzar a quince o veinte kilómetros hora, los tipos amenazan con perseguirnos corriendo, el más pequeño de ellos se lleva la mano a la bragueta y en ese momento EM grita, pero sin gritar, porque EM no sabe gritar, habla susurrando incluso en el pánico:"marico, ese guevón está sacando una pistola" y ahí la orden aterrorizada de EM y mía a ER no es la obvia, la fácil, el grito de guerra: ¡Acelera!. No. En este caso, conociendo las debilidades del Volkswagen rojo, la orden para huir es opuesta a los cánones de la buena huida. El grito, al unísono, casi como si lleváramos una vida ensáyandolo, de EM y mío es: "¡Decelera, mamagüevo!" y así, pausados, viendo a los dos tipos quedándose en slow motion atrás logramos huir. En el radiocasette sigue sonando Pink Floyd, la cinta ha avanzando, seguramente más lento de lo normal de Interstellar overdrive a The Gnome. Estamos pasando por debajo del Obelisco. ER cuenta algo inverosímil o algo que a mi me suena inverosímil sobre el Obelisco, pero no le escucho, porque estoy borracho y le digo que frene en la licorería que vemos a un lado. Compramos cerveza y anis. A mi el anís no me gusta, pero en realidad, a esas alturas de mi vida he aprendido a conciliar realidad y gustos, porque en verdad, nada de esa ciudad me gusta. Mi relación con esas calles, con ese ambiente, es distante y cercano, como si asumiera que la única manera de sobrevivir es lanzarte al fango y embadurnarte y olvidar que alguna vez no hubo barro. En realidad todo se sujeta a ellos dos, a ER y EM que me salvan la vida, pero no de tiroteos o en huidas, me salvan la vida en una forma de comprensión silenciosa, en un flujo trascendetal y sin aspavientos. Por eso avanzamos hacia la nada. En la licorería nos timan o no nos devuelven todo lo que nos tienen que devolver y yo, asumiendo una personalidad que no me pertenece, discuto y me encaro con los dos tipos tras las rejas de metal que entregan el alcohol con desgana mientras del interior suena una música imposible, indescifrable, terrible. Uno de ellos se acerca hasta mi, me mira mientras le insulto y le llamo ladrón y algo terriblemente ofensivo con todas las mujeres de su familia y el tipo, sin inmutarse, me suelta un golpe sólido, contundente y seco en la mejilla. Me mareo, pero sin perder la dignidad vuelvo hacia el coche ordenando a mis amigos que nos larguemos de ese lugar ya. Cuando subimos al Volkswagen rojo, sigue sonando Pink Floyd y ER decide que es momento de otras cosas, de otros ruidos. Suena una canción increíble que se llama House of mirrors. Atravesamos la carretera más fea y terrible del continente, al fondo hay fuego, un fuego bajo, suave, que se prolonga linealmente. La oscuridad, salvo ese fuego lejano, es absoluta. Las luces del Volkswagen rojo apenas alumbran el asfalto. Un asfalto lleno de huecos. Frenamos en la puerta de un club de putas feo que aparece en un cambio de rasante. En la puerta me detienen por ir sin papeles. Hablamos con los tipos. Pagamos a los tipos.Nos humillamos con los tipos y al final me dejan en paz. Argumento que soy extranjero, que necesitaría llamar a mi consulado, a los tipos, ignorantes y corruptos, todo ese asunto de consulados y embajadas los abruma y se dan la vuelta. Entramos en el bar de putas. Llevo un ojo morado y una lata de cerevza. Un tipo, aparenetemente encargado de al seguridad, me frena en seco: EM y ER ya están en la barra, hablan con la puta más gorda del mundo, pero hablan de música y de novelas de misterio. Yo hablo con el seguridad y le digo que es mi despedida del país, que al día siguiente me voy a volver, el tipo me pregunta que a dónde me voy y le contesto que a Argentina, que soy el primer argentino del mundo que perdió el acento, y el tipo me cree sin saber, mientras le veo que cambia el gesto, porque le he dicho que soy argentino y no español. Me acerco a EM y ER, la tipa les habla de un escritor sueco de novelas, dice que es adicta a sus libros. EM le cuenta anécdotas de otro escritor sueco que no existe, pero ella le cree. La puta me mira y me pregunta por el ojo morado, le digo que nos han robado y la puta me dice que tengo cara de niño y que es normal que me roben. En ese momento aparece un tipo bajito con bigote, un bigote objetivamente feo. El tipo está indignado porque el se había ido al baño y que le habíamos robado su puta, la puta dice que ella no es la puta de nadie, que ella es puta de ella y de nadie más, que el que quiera coger que pague. Yo me doy la vuelta, miro a la pista donde un tipo con un sombrero incomprensiblemente grande baila una ranchera lenta con la puta más joven de todo el local. EL tipo del bigote me empuja, le miro y le digo que por qué me empuja y me dice que por qué yo le quería robar su puta. Me vuelve a empujar y EM y ER se bajan de las butacas como para tratar de defenderme. Finalmente nos separamos de la barra. Yo vuelvo a mirar a la pareja que baila en la pista de baile, una pista demasiado amplia para el lugar, iluminada con importancia, como si fuera el rincón preferido del dueño, el punto fuerte del local. En realidad miro a la joven que baila con el tipo del sombrero. Estoy muy borracho, pero siento que me he enamorado, no sé por qué, pero no siento deseo o ganas de pagar por acostarme con ella, lo que siento es arrasador, quiero abrazarla y llevármela de allí. La miro, la miro hasta la imprudencia por qué el tipo del sombrero me mira mirándola y temo otro conflicto. Conflictos de los que, a pesar de mi borrachera, empiezo a estar harto. EM y ER están hablando de ciencia, de un artículo de ciencia que ha leído EM en el que se plantea la inexistencia de la materia. La música en ese momento se detiene, todo se detiene y se encienden las luces. Entra la policía. Las putas se sientan, como si se hubiera acabado un show o como si hubiera terminado la jornada. No le pierdo vista a la joven que ya no baila, está sentada fumando. La policía, y estos son distintos de los que había en la puerta, me pide los papeles. De nuevo problemas. Esta vez nada me salva y me montan en la furgoneta junto al tipo del bigote. EM y ER me miran desde abajo con tristeza, con pánico y con los ojos semicerrados de la borrachera. Sin embargo la furgoneta no arranca. Jamás arranca no porque no funcione, sino porque los dos policías han vuelto al local. Esperamos muchos minutos y el tipo del bigote me mira y me dice: "Esos coño e´madre están cogiendo con las putas. Siempre hacen lo mismo". Nos bajamos, corriendo nos montamos en el Volkswagen rojo y arrancamos. ER conduce concentrado; borracho, pero concentrado. Ya no suena música. Ninguno de los tres habla. El Volkswagen rojo aguanta sereno esa huida sosegada y lenta de la ley. Cuando volvemos a entrar en la ciudad, cuando vamos bajando la Pedro León Torres pienso en la joven, pienso en los dos policías y me voy quedando dormido. Esa noche sueño con una mujer trapecista. Una mujer trapecista que amo y con la que vivo en una Roulette y a la que por las tardes acompaño a ensayar su número y la veo desde abajo y en el sueño suena una música que al despertar he olvidado.
lunes, octubre 15, 2012
Neptuno
A mi me gusta Neptuno. Me gusta por su nombre, por su ubicación, por ser gaseoso, tremendo. Ahí, entre Urano y Plutón, como si estuviera mediando. No sé por qué, pero Neptuno tiene personalidad. Lo fácil sería fascinarte con Marte o Jupiter, que es tan bestia, pero Neptuno, tiene esa cosa periférica. Y luego sus vientos, sus tornados salvajes, inconcebibles. Me imagino vivir una tormenta en Neptuno. Me lo imagino sin poder imaginarlo. Proyecto que habito como buenamente puedo en medio de esa violencia absoluta. Arrastrado por el mayor de los vientos. También su frío. Esas temperaturas inconcebibles. Sus horas, sus ciclos. Es tan radicalmente distinto que es atractivo de imaginar, de proyectarse. A veces cierro los ojos y me imagino en Neptuno. Las trece lunas. Entonces con estos ojos me imagino que veo las trece lunas, que las voy contando, que las comparo de tamaño y de intensidad de luz. Puntos luminosos tremendos o novedosos a mis ojos. Y allí Tritón. Las texturas de Tritón.
No es que no me guste o no me atraiga el resto del sistema solar. Por supuesto que me atrae y por supuesto que se producen interrogantes y fantasías visuales con nuestro sistema. Incluso fantaseo con ver la tierra desde otra perspectiva no tan humana, pero Neptuno, ya sólo su nombre, me parecen esconder una forma emocionante de misterio o de sensualidad. Neptuno reverbera, como si algo de mi estuviera ligado de un modo astral con semejante piedra. A veces sueño que camino por un trozo reducido de Neptuno, hay gases, como en esas discotecas que sale humo del suelo, hay elementos disparatados, y un olor que asfixia. Apenas respito, voy cubierto con un traje gigante, que suena o que yo sé que suena pero no suena porque la gravedad en Neptuno aniquila y transforma el sonido. Hay una forma de silencio que parece un ruido. En realidad en mi sueño lo más desorbitado e incomprensible es la percepción del sonido. No es y es a la vez. Suena y no suena. Cae y sube. Es una música que produce un efecto casi en el tacto. El olor, ese olor tremendo y asfixiante en mi sueño, no sé si viene del exterior o de los plásticos industriales y la química inevitable de mi traje. A veces creo que mis sueños son reales, que si camino por esa parcela pequeña de Neptuno, que en realidad esa caminata neptuniana si está sucediendo y cuando despierto pienso que en realidad he sido empujado aquí, de repente, desde un año remoto, porque los años, claro está no coinciden con los años terrestres y en esa atemporalidad aún estoy allí, en Neptuno. En cierta forma vivo viviendo a su vez en Neptuno. Quizá soy gas o parte de un tornado brutal atravesando estepas hostiles de Neptuno. Quizá soy eso. Luego salgo la calle y conduzco el taxi o lo olvido, o no siempre lo olvido. Se montan clientes, los traslado or la ciudad, direcciones inconexas. Rutas entre calles y pienso que quizá eso es una imagen superpuesta de esto en aquello. Que quizá mi taxi es un gas en Neptuno. Y el cliente se baja y paga y todo, a veces, me parece absurdo.
No es que no me guste o no me atraiga el resto del sistema solar. Por supuesto que me atrae y por supuesto que se producen interrogantes y fantasías visuales con nuestro sistema. Incluso fantaseo con ver la tierra desde otra perspectiva no tan humana, pero Neptuno, ya sólo su nombre, me parecen esconder una forma emocionante de misterio o de sensualidad. Neptuno reverbera, como si algo de mi estuviera ligado de un modo astral con semejante piedra. A veces sueño que camino por un trozo reducido de Neptuno, hay gases, como en esas discotecas que sale humo del suelo, hay elementos disparatados, y un olor que asfixia. Apenas respito, voy cubierto con un traje gigante, que suena o que yo sé que suena pero no suena porque la gravedad en Neptuno aniquila y transforma el sonido. Hay una forma de silencio que parece un ruido. En realidad en mi sueño lo más desorbitado e incomprensible es la percepción del sonido. No es y es a la vez. Suena y no suena. Cae y sube. Es una música que produce un efecto casi en el tacto. El olor, ese olor tremendo y asfixiante en mi sueño, no sé si viene del exterior o de los plásticos industriales y la química inevitable de mi traje. A veces creo que mis sueños son reales, que si camino por esa parcela pequeña de Neptuno, que en realidad esa caminata neptuniana si está sucediendo y cuando despierto pienso que en realidad he sido empujado aquí, de repente, desde un año remoto, porque los años, claro está no coinciden con los años terrestres y en esa atemporalidad aún estoy allí, en Neptuno. En cierta forma vivo viviendo a su vez en Neptuno. Quizá soy gas o parte de un tornado brutal atravesando estepas hostiles de Neptuno. Quizá soy eso. Luego salgo la calle y conduzco el taxi o lo olvido, o no siempre lo olvido. Se montan clientes, los traslado or la ciudad, direcciones inconexas. Rutas entre calles y pienso que quizá eso es una imagen superpuesta de esto en aquello. Que quizá mi taxi es un gas en Neptuno. Y el cliente se baja y paga y todo, a veces, me parece absurdo.
jueves, octubre 11, 2012
Tipo
Salí por B)0. Esa zona es compleja e intransitable, pero debía cargar y seguir a C(7. Quizá fue ahí o quizá fue después o quizá antes. No sé en que momento la ruta sufrió la variación inadecuada. En 9)0 no estuve mucho tiempo. Cargué en un cubiculo de montaje de los almacenes Arbeit y proseguí por la 1 hasta el desvío a la circuvalación para alcanzar a C(7. Allí había quedado con Eu para una sesión de Metanfetamina diluida en un café antiguo. En la circunvalación ya noté que me marcaban, pero pensé que se trataba de una aceleración inapropiada o del modo en el que había tomado la desviación en la circunvalación. No soy aeronauta precavido y tiendo a mirar al suelo. Seguí sin preocupación. Pensé que la marca llegaría en forma de multa o con descuento de luz diaria, pero en seguida recibí la señal dura de infracción aguda. Miré a los lados y no vi en la cercanía a ningún sujeto de orden. Reduje la velocidad y pensé que había un error o que la señal por equivocación me había llegado a mi. En ese instante se frenó el móvil y quedé suspendido. Se habían bloqueado los mandos y la dirección. Desde ese instante en adelante ya no conduje yo. Fui llevado por control remoto a una zona elevada por la parte de O0, la zona de justicia. Allí me hiceron descender y fui esposado. Evidentemente no comprendía porque estaba siendo víctima de semejante control legal. Entré, acompañado de dos agentes, en el edificio blanco. Caminamos por pasillos estrechos e iluminados por ultravioletas. Soy consciente que fui examinado físicamente. Me sentaron en una butaca gris y me hicieron esperar media hora. Me dieron agua tibia con cápsulas, iba a ser interrogado. Sufrí un leve ataque de ansiedad, pero lo disimulé. Apareció una mujer joven, dura, pero de tono amable. Me preguntó por mi ruta. Describí el camino que había realizado desde por la mañana y me dijo:"al menos no mientes". Le dije que no entendía que hacía allí y cual había sido mi infracción. Aparentemente mi ruta había infracciones estadisticas. Repetía la ruta que habían realizado, hace un par de años, dos delicuentes. Le dije que acataba la ley, pero que jamás había comprendido la ley de estadistica. Que repetir una ruta no me convertía en delicuente. A partir de ahí los interrogatorios eran sobre mi perfil psicológico o tratando de crearme un perfil tipo. Cumplía con algunos requisitos del outsider o de los asociales, de ciertos grupos ajenos al orden que algunas veces aparecían en las pantallas y en los circuitos de información. Explique mi situación vital: soltero, trabajador de transporte de cédulas de alimento, habitante de C(2, sin ideología, del grupo amarillo de electores y de cornubia en el plano ocioso. Jamás imaginé que mi perfil coincidiera con el de los grupusculos outsiders.
Pasé una noche en una sala de ambientación difusa. Un lugar ambiguo, agradable pero molesto. Dormí, creo que soñé con unas abejas, unas abejas que sobrevolaban unas flores fluorescentes, hermosas. El sueño era laxo, lento, congelado. Al despertar me quedé recreando imágenes del sueño y llegué a la conclusión de que habían sido producto de las cápsulas del interrogatorio. Me recogió un seguridad de avance. Un tipo amable que con voz pausada me animo y me dijo que seguramente la confusión terminaría pronto, que la ley de estadística y prevención no era muy implacable. Me llevó hasta otro edificio. Me atendieron unos doctores, me examinaron y me hicieron algunos análisis. De ahí fui trasladado a zona central, donde se me haría un juicio comprimido. Salí culpable. Me desmayé. Al despertar estaba en la que sería mi habitación de reserva los siguientes meses. Allí leía libros de conducta y reordenamiento psicológico. Me proyectaban capítulos de personajes recuperados. La luz de estos vídeos era hermosa y las voces de los recuperados sonaba reverberada, como si hablaran desde la felicidad absoluta, una felicidad total, una felicidad ligera. Recuperé peso, llevaba algunos años pesando por debajo del peso tipo. Me dejé el pelo largo y dormía muchas horas. Al cabo del tiempo, me llevaron a casa. Las primeras semanas todo me parecía pausado. Recuperé mi trabajo. A las semanas sin embargo todo me pareció sin atributos, sin color. Dejé de ir a trabajar, dejé de salir. Poco después me detuvieron de nuevo. A partir de ahí todo lo recuerdo en bloques gigantes, sin matices. Los recuerdos vienen como un bloque de años, a lo sumo de meses, de semanas, pero no hay detalles precisos. Habitáculos uniformes, amplios, ligeros. Sueños como un solo sueño. Dejé de percibirme.
Poco más
Pasé una noche en una sala de ambientación difusa. Un lugar ambiguo, agradable pero molesto. Dormí, creo que soñé con unas abejas, unas abejas que sobrevolaban unas flores fluorescentes, hermosas. El sueño era laxo, lento, congelado. Al despertar me quedé recreando imágenes del sueño y llegué a la conclusión de que habían sido producto de las cápsulas del interrogatorio. Me recogió un seguridad de avance. Un tipo amable que con voz pausada me animo y me dijo que seguramente la confusión terminaría pronto, que la ley de estadística y prevención no era muy implacable. Me llevó hasta otro edificio. Me atendieron unos doctores, me examinaron y me hicieron algunos análisis. De ahí fui trasladado a zona central, donde se me haría un juicio comprimido. Salí culpable. Me desmayé. Al despertar estaba en la que sería mi habitación de reserva los siguientes meses. Allí leía libros de conducta y reordenamiento psicológico. Me proyectaban capítulos de personajes recuperados. La luz de estos vídeos era hermosa y las voces de los recuperados sonaba reverberada, como si hablaran desde la felicidad absoluta, una felicidad total, una felicidad ligera. Recuperé peso, llevaba algunos años pesando por debajo del peso tipo. Me dejé el pelo largo y dormía muchas horas. Al cabo del tiempo, me llevaron a casa. Las primeras semanas todo me parecía pausado. Recuperé mi trabajo. A las semanas sin embargo todo me pareció sin atributos, sin color. Dejé de ir a trabajar, dejé de salir. Poco después me detuvieron de nuevo. A partir de ahí todo lo recuerdo en bloques gigantes, sin matices. Los recuerdos vienen como un bloque de años, a lo sumo de meses, de semanas, pero no hay detalles precisos. Habitáculos uniformes, amplios, ligeros. Sueños como un solo sueño. Dejé de percibirme.
Poco más
miércoles, octubre 10, 2012
La literatura necesaria
La descripción del personaje casi siempre era un asunto secundario. Por no decir prescindible. Generalmente todo sucedía en una nebulosa imprecisa o situaciones poco claras. Nada paranormal, pero rozando lo anormal. Descripciones de momentos descolgados en la inmensidad de los momentos o del momento único, el momento total que es la suma de todos los momentos. No era literatura extrema, era externa, periférica. Nadie la leía, sin embargo en su construcción, en su insaciable creación, había una obstinada constancia, una responsabilidad y una frecuencia digna y abrumadora. Su gran virtud era su exagerada frecuencia, su volumen. El número de textos era gordo, tremendo, el número de lectores era nulo. Ni siquiera su creador se leía. Esos textos nacían agónicos para no ser leídos, pero con la constancia y la frecuencia de textos leídos e importantes. El autor acudía responsable a una cita donde no había más citados. El autor cabalgaba por una inmensa llanura, desolada y tremenda, porque para él la literatura o esa forma imprecisa de literatura era una guerra silenciosa e invisible, una lucha desesperada contra la paralización y el bloqueo. Sólo entendía una manera de no quedarse seco, no parar. Creía en el flujo como fuente del flujo. Si se empuja, aunque no haya nada, algo se desplaza. Su única misión literaria era personal. No esperaba un abrazo colectivo, un reconocimiento miserable. Lo que esperaba era sacar, como buenamente pudiera, otro texto. No ser leído, no era un impedimento, o al contrario, era un gran motor. La literatura de la soledad y el destierro. Literatura como mecanismo biológico de supervivencia. Textos como proceso físico, producto de la maquinaria casi perfecta del cuerpo humano. Literatura como salvación. Lo demás era todo secundario. La batalla era sacar diariamente producción. Avanzar con textos de los que no importaba tanto su calidad como su trascendencia interior, física, liberadora. Textos como solución, como dinámica existencial. Eso era, es y será la razón de esa literatura, si es que es literatura, cuya totalidad está contenida en este blog.
lunes, octubre 08, 2012
Fin de semana
Las niñas se lo pasarían bien. Por eso decidimos ir, por qué el plan parecía apropiado para ellas: un lugar en mitad del monte, una casa antigua, unos días apartados entre árboles y hojas. En las fotos era un lugar idóneo, lo que la realidad confirmó: cuando llegamos nos pareció, posiblemente, más bonito que en las fotos de la web donde habíamos reservado. Recorrimos los últimos kilómetros por una vía de tierra que nos anunciaba un fin de semana relajado y retirados de todo. El trayecto era complejo y en la web no estaba bien especificado algunos desvíos con lo que cuando llegamos masticábamos esa doble sensación de felicidad de llegar a un lugar idílico y llegar sin haberte perdido en el camino. Juntamos los tres coches en una zona de aparcado junto a la casa. Nos saludamos con nuestros amigos, los otros dos coches, con los que nos habíamos citado en una gasolinera en mitad del camino, pero que aun no nos habíamos visto. Alguien bromeó con el parecido de la casa a una famosa película de terror o con algún hotel terrible o Norman Bates. Bajamos las maletas y caminamos todos hasta la puerta, una chica simpática y guapa nos atendió con esmero, nos enseñó la casa y nos dio algunos planos para hacer caminatas bucólicas. En la cocina nos había dejado unas verduras de la huerta para que probáramos los beneficios de esa tierra y nos recomendó un restaurante no muy lejano por si en algún momento preferíamos comer. Se despidió, vimos su coche perderse por el camino de tierra y supimos que empezaba, por fin, nuestro aislamiento elegido para ese fin de semana otoñal.
Lo confuso empezó rápido. Estábamos organizando la casa: los niños juntos por un lado, los adultos repartidos por habitaciones distantes. En la tercera planta crujió una madera de un modo exagerado, mi hija señaló con precisión el lugar donde creía que había sonado y subí con ella. En esa planta sólo había un baño y una agradabilísima sala de estar con una chimenea. Miramos, revisamos, pero no vimos nada. Por la ventana mi hija señaló a alguien que venía por el camino, pensé que sería alguien de la administración del hotel que pasaba a ver cómo iba todo. Bajamos y comunicamos que el crujido vendría de las vigas o incluso del interior de la chimenea. A los veinte minutos recordé al hombre que vimos venir mi hija y yo y caí en cuenta que nunca había entrado. Bajé a la planta baja a preguntar y todos dijeron que nadie había pasado por allí. Comenzaba a caer la tarde y los niños salieron afuera a jugar al escondite o una modalidad de escondite desconcertante y llena de trampas. Yo acompañé a J a fumar y charlamos de asuntos laborales y cotidianos con despreocupación en el porche. Fue en ese momento cuando vimos un ciervo venir por el camino y detenerse a pocos metros de nosotros. J hizo un gesto para espantarle, pero el ciervo actúo como animal que se siente amenzado. El ciervo estaba nervioso, agitado. Más atrás un caballo apareció al trote. El caballo se detuvo un poco más atrás. J y yo miramos con cierta perplejidad la escena, no por que hubiera dos animales rondando la casa sino por la actitud amenazante y nerviosa de los dos. J apagó el cigarro y me dijo que entráramos: "Ya se irán". Dentro, en la casa, las cosas tampoco caminaban en la normalidad. La pareja de J mostraba preocupación porque ya iban dos habitaciones y un baño que repentinamente se habían quedado sin luz. En ese instante M apareció con mis dos hijas comentando pausada que se había ido el agua y que en uno de los retretes había una perdida algo exagerada de agua y que el baño corría riesgo de inundarse. La sensación de enfado fue creciente y G propuso llamar a la chica de contacto inmediatamente. Llamó varias veces y no hubo respuesta. Entonces, sin señal previa, sin intro, la casa tembló de un modo violento, como si estuviéramos en el epicentro de un movimiento sísmico considerable. El terror apareció, hubo algunos gritos y los niños se abrazaron a sus madres, la mujer de G contribuyó a la histeria y a la paranoia hablando de actividad paranormal y de presencias. Comprendí que el terror y la locura son contagiosas y que la irracionalidad es un virus de contagio excesivo. G propuso recoger rápido y largarnos de allí. Yo sonreí, no iba a caer en la infantilidad de creer en fantasmas. Desde ese instante la confusión y los acontecimientos desquiciados se sucedieron sin freno. Cuando J abrió la puerta la entrada a la casa estaba llena de animales recelosos, cerró asustado. Subimos a la última planta para estar juntos y pensar que hacer. En ese momento parecía imposible traer el sosiego al grupo e incluso M y mis hijas parecían contagiadas del pánico. Pensé que llegados a ese punto quizá era mejor irse que pasar un fin de semana en ese estado de neurosis colectiva. Y propuse largarnos. Un ruido atronador, entonces, vino de la chimenea. Como si una placa de hierro gigante hubiera caído. La mujer de G estaba fuera de si. Los niños gritaban sin posibilidad de consuelo. Sonreí y traté de traer el sosiego gastando una broma, pero los resultados de mi broma jugaron en mi contra: J me recriminó mi falta de gusto e inmadurez. Salí de la sala de estar y bajé las escaleras solo. Arriba se quedaban todos sumidos en la paranoia. Descendí la escalera tratando de descifrar que era lo que estaba sucediendo. Un cúmulo de casualidades, una broma de recibimiento por parte de la gerencia del hotel. Todo menos la tontería de la actividad paranormal. En la primera planta me encontré con un señor, un anciano cansado y con bastón. Me miró con descofianza y yo le pregunté que hacía allí:
.- No- contestó- ¿Qué hacen ustedes aquí?
.- Hemos alquilado la casa para este fin de semana y las cosas no están empezando muy bien.
.- Esta casa no se alquila. Llamaré ala policía- Me dijo- Váyanse, por favor- Me pidió en tono suplicante y con un halo de terror.
Le miré con desprecio. En ese instante ya sólo me sonaba coherente la explicación de la broma. Una broma cruel con la que eras recibido en ese aislamiento vacacional. Seguí bajando ignorando al anciano. Según bajaba me empezó a gritar sin fuerza, con fatiga:
.- Por favor, lárguense. ¿Qué les hemos hecho?
Enfurecido llegué a la planta baja. Abrí la puerta, allí seguían los animales. Salí, pasé entre ellos. El perro ladró los demás comenzaron a desplazarse. Seguí caminando hacia el camino de tierra. Estaba furioso, realmente nunca había estado tan furioso. Empecé a recorrer el camino. Era ya de noche y no se veía nada. Cuando miré detrás de mi todos los animales me perseguían. Como si me protegieran, como si me secundaran.
Caminé muchas horas, toda la madrugada. En los primeros ecos del amanecer regresé a la casa. Sin respuestas, agotado. Aún rodeado de animales. Abrí la puerta. La casa estaba en silencio total. Subí ala segunda planta, donde habíamos decidido que estaría nuestra habitación. Las niñas y M estaban dormidas. Me tumbé y cerré los ojos.
A la mañana nadie quiso recordar lo sucedido. En realidad todo el mundo actuó como si jamás, nada de aquello hubiera pasado. El resto del fin de semana fue divertido y sin problemas. Sólo cuando nos fuimos, por el retrovisor, vi algunos animales viéndonos ir.
Lo confuso empezó rápido. Estábamos organizando la casa: los niños juntos por un lado, los adultos repartidos por habitaciones distantes. En la tercera planta crujió una madera de un modo exagerado, mi hija señaló con precisión el lugar donde creía que había sonado y subí con ella. En esa planta sólo había un baño y una agradabilísima sala de estar con una chimenea. Miramos, revisamos, pero no vimos nada. Por la ventana mi hija señaló a alguien que venía por el camino, pensé que sería alguien de la administración del hotel que pasaba a ver cómo iba todo. Bajamos y comunicamos que el crujido vendría de las vigas o incluso del interior de la chimenea. A los veinte minutos recordé al hombre que vimos venir mi hija y yo y caí en cuenta que nunca había entrado. Bajé a la planta baja a preguntar y todos dijeron que nadie había pasado por allí. Comenzaba a caer la tarde y los niños salieron afuera a jugar al escondite o una modalidad de escondite desconcertante y llena de trampas. Yo acompañé a J a fumar y charlamos de asuntos laborales y cotidianos con despreocupación en el porche. Fue en ese momento cuando vimos un ciervo venir por el camino y detenerse a pocos metros de nosotros. J hizo un gesto para espantarle, pero el ciervo actúo como animal que se siente amenzado. El ciervo estaba nervioso, agitado. Más atrás un caballo apareció al trote. El caballo se detuvo un poco más atrás. J y yo miramos con cierta perplejidad la escena, no por que hubiera dos animales rondando la casa sino por la actitud amenazante y nerviosa de los dos. J apagó el cigarro y me dijo que entráramos: "Ya se irán". Dentro, en la casa, las cosas tampoco caminaban en la normalidad. La pareja de J mostraba preocupación porque ya iban dos habitaciones y un baño que repentinamente se habían quedado sin luz. En ese instante M apareció con mis dos hijas comentando pausada que se había ido el agua y que en uno de los retretes había una perdida algo exagerada de agua y que el baño corría riesgo de inundarse. La sensación de enfado fue creciente y G propuso llamar a la chica de contacto inmediatamente. Llamó varias veces y no hubo respuesta. Entonces, sin señal previa, sin intro, la casa tembló de un modo violento, como si estuviéramos en el epicentro de un movimiento sísmico considerable. El terror apareció, hubo algunos gritos y los niños se abrazaron a sus madres, la mujer de G contribuyó a la histeria y a la paranoia hablando de actividad paranormal y de presencias. Comprendí que el terror y la locura son contagiosas y que la irracionalidad es un virus de contagio excesivo. G propuso recoger rápido y largarnos de allí. Yo sonreí, no iba a caer en la infantilidad de creer en fantasmas. Desde ese instante la confusión y los acontecimientos desquiciados se sucedieron sin freno. Cuando J abrió la puerta la entrada a la casa estaba llena de animales recelosos, cerró asustado. Subimos a la última planta para estar juntos y pensar que hacer. En ese momento parecía imposible traer el sosiego al grupo e incluso M y mis hijas parecían contagiadas del pánico. Pensé que llegados a ese punto quizá era mejor irse que pasar un fin de semana en ese estado de neurosis colectiva. Y propuse largarnos. Un ruido atronador, entonces, vino de la chimenea. Como si una placa de hierro gigante hubiera caído. La mujer de G estaba fuera de si. Los niños gritaban sin posibilidad de consuelo. Sonreí y traté de traer el sosiego gastando una broma, pero los resultados de mi broma jugaron en mi contra: J me recriminó mi falta de gusto e inmadurez. Salí de la sala de estar y bajé las escaleras solo. Arriba se quedaban todos sumidos en la paranoia. Descendí la escalera tratando de descifrar que era lo que estaba sucediendo. Un cúmulo de casualidades, una broma de recibimiento por parte de la gerencia del hotel. Todo menos la tontería de la actividad paranormal. En la primera planta me encontré con un señor, un anciano cansado y con bastón. Me miró con descofianza y yo le pregunté que hacía allí:
.- No- contestó- ¿Qué hacen ustedes aquí?
.- Hemos alquilado la casa para este fin de semana y las cosas no están empezando muy bien.
.- Esta casa no se alquila. Llamaré ala policía- Me dijo- Váyanse, por favor- Me pidió en tono suplicante y con un halo de terror.
Le miré con desprecio. En ese instante ya sólo me sonaba coherente la explicación de la broma. Una broma cruel con la que eras recibido en ese aislamiento vacacional. Seguí bajando ignorando al anciano. Según bajaba me empezó a gritar sin fuerza, con fatiga:
.- Por favor, lárguense. ¿Qué les hemos hecho?
Enfurecido llegué a la planta baja. Abrí la puerta, allí seguían los animales. Salí, pasé entre ellos. El perro ladró los demás comenzaron a desplazarse. Seguí caminando hacia el camino de tierra. Estaba furioso, realmente nunca había estado tan furioso. Empecé a recorrer el camino. Era ya de noche y no se veía nada. Cuando miré detrás de mi todos los animales me perseguían. Como si me protegieran, como si me secundaran.
Caminé muchas horas, toda la madrugada. En los primeros ecos del amanecer regresé a la casa. Sin respuestas, agotado. Aún rodeado de animales. Abrí la puerta. La casa estaba en silencio total. Subí ala segunda planta, donde habíamos decidido que estaría nuestra habitación. Las niñas y M estaban dormidas. Me tumbé y cerré los ojos.
A la mañana nadie quiso recordar lo sucedido. En realidad todo el mundo actuó como si jamás, nada de aquello hubiera pasado. El resto del fin de semana fue divertido y sin problemas. Sólo cuando nos fuimos, por el retrovisor, vi algunos animales viéndonos ir.
lunes, octubre 01, 2012
Clara
Los aeropuertos de ciudad pequeña tienen un ambiente más desconcertante aún que cualquier aeropuerto. Tienen poco transito y sus pasillos están más vacíos. En general hay menos sensación de prisa y se multiplica la sensación de estar en una atemporalidad absurda. Todo aeropuerto vive bajo la atemporalidad extrema, los de ciudad pequeña aún más, porque en cierta forma los aeropuertos de ciudad pequeña se han quedado anclados en un no tiempo confuso. Me senté en la cafetería, ya era de noche y éramos pocos, cuatro o cinco. los que estábamos haciendo tiempo. Pensé que mi vuelo sería el último vuelo en horas y que ese débil tránsito de gente quedaría en el vacío absoluto una vez que mi vuelo despegara. Imaginé, entonces, por un rato, el aeropuerto vacío, la pista vacía, la cafetería vacía y al camarero en la misma postura que en ese mismo instante, inmóvil, apagado, lejano y triste. Luego miré a los otros, a los que presumiblemente serían mis compañeros de vuelo. Esa fue el instante en el que vi por primera vez a Clara. A los demás no los detallé en ese instante. Sólo en aquella vista rápida se me quedó impreso el rostro de ella. Lo que vino a partir de ahí es confuso o atemporal.
El vuelo anunció retraso. Nos quejáramos entre nosotros en el aeropuerto vacío. Como si uno sospechara que las cámaras recogían nuestra leve indignación. Cada uno expuso los problemas que le proporcionaba el retraso. Clara fue contundente: "Siempre llego tarde a todo. Se ve que también lo haré al entierro de mi madre". Su sentencia produjo un silencio lento, un silencio que se sumó a la delirada sensación de atemporalidad que ya existía en el aeropuerto. En su tono no había melodrama, ni siquiera victimismo. Lo dijo con resignación y sin aspavientos. Como el que asume que la vida es un tablero, un tablero gigante y desquiciado en el que tampoco hay demasiadas opciones. Al cabo del rato una azafata se acercó al punto donde estábamos los pocos que viajaríamos en ese vuelo:
.- El avión está averiado, pero estamos buscando opciones. Habrá una solución. Contamos con un piloto arriesgado.
Y la chica se dio la vuelta. Desapareció en ese vació que reverberaba del aeropuerto pequeño. Alguien, no Clara, desde luego, quiso hacer un análisis de la frase: "¿piloto arriesgado?", pero nadie siguió la corriente pesimista de ese discurso. Yo quería volar y llegar a tiempo al destino. Clara recibió como un beneficio la frase y los demás no dejaron traslucir lo que les despertaba. A esa hora, cuando la madrugada parecía inevitable en los bancos cercanos a la puerta de embarque, todo parecía detenido o colgando, como si el aeropuerto fuera un péndulo. Clara me miró y me dijo: ¿Quieres un café? y contesté que sí con un movimiento de cabeza. Me puse en píe y la acompañé a la máquina que había un poco más allá. Al lado de una cinta transportadora que estaba apagada. No nos presentamos, Clara me habló de uno de los pasajeros con los que compartiríamos vuelo:
.- Ese tipo me preocupa- dijo
Yo no me había fijado. En realidad hasta ese momento sólo me había fijado en Clara y en dos tipos que hablaban todo el rato como si no estuvieran allí. Dos tipos con iPads que se mostraban gráficos indescifrables y que parecían ajenos a esa realidad y que hablaban respetándose admirablemente el turno de palabra el uno al otro. Tipos que posiblemente se dedicarían a las finanzas. Bebimos el café junto a la máquina, como si fuéramos viejos conocidos. Ella mostró varias veces preocupación con aquel tipo y luego mostró esperanza porque el asunto del retraso no la retrasase a su vez demasiado en el entierro de su madre. Cuando regresamos a la zona de embarque había movimiento, todos estaban rodeando a la azafata que esta vez se mostraba menos amable y más contundente. Fue en ese momento que me fije en el hombre que a Clara le preocupaba. A partir de ahí todo fue rápido, hubo discusiones, incluso gritos, amenazas, pero hicimos lo que proponía la azafata: embarcar en otro avión que inicialmente se dirigía a otro destino, pero que se había adaptado para el nuestro. Caminamos hacia otra puerta de embarque. Despegamos con prisa. El piloto parecía querer recuperar minutos como fuera. El despegue no pareció un despegue. En realidad nunca me había sentido así en un avión, pero aquel despegue me pareció irreal. Cuando estábamos en vuelo, me acerqué a Clara, le pregunté como estaba y me presenté. Le dije que me había fijado en el tipo y que efectivamente parecía un tipo extraño:"lejano" sin saber muy bien a que me refería cuando decía lejano. Ella sonrió y me dijo que nunca había viajado en un avión tan vacío. La azafata, entonces, se acercó a nosotros y nos ofreció un refresco, pero no bebimos nada. Afuera la oscuridad parecía absoluta, definitiva. Clara entonces me habló de su madre: de la distancia sideral que había entre ellas, del destierro, de la enfermedad, del rencor. Pensé, por el modo de hablar, que Clara estaba afectada, pero no afectada de un modo normal, Clara parecía sumida en una mezcla de reposo y culpa. Me cogió la mano y me miró con una ternura hiriente, cruel. Se quedó dormida o cerró los ojos. Pasaron unos minutos lentos, el avión temblaba suavemente. El tipo que preocupaba a Clara se acercó por el pasillo y me hizo una seña para que le siguiera a la parte de atrás. Miré a Clara, respiraba profundamente. Traté de ver una imagen del sueño, como si estas se proyectaran en algún gesto. Me puse de píe. Atrás el tipo se presentó, me dijo que se llamaba Antoine. Hablaba rapidísimo, pero susurrando. Soltaba frases en hileras larguísimas, nerviosas:
.- En cierto modo este avión está secuestrado, pero no es un secuestro al uso. No es un secuestro normal, un secuestro de unos terroristas extremos. Estamos secuestrados por el tiempo. Este avión ha ido hacia atrás y hacía delante. En realidad todo empezó en el aeropuerto. ¿No te parecía raro el aeropuerto, ese vacío, ese retraso, el cambio de avión? Nos han movido el huso horario, las horas, no estamos en nuestra franja horaria cósmica. Estamos desplazados.
Le escuchaba mientras pensaba que Clara se había quedado corta con su preocupación, ese tipo estaba loco y nervioso, lo cual era una mezcla explosiva en un avión prácticamente vacío. Pensé en los sistemas de seguridad del aeropuerto y oré para que hubieran detectado cualquier utensilio peligroso que tuviera ese individuo. Sin embargo el tipo siguió hablando del secuestro, de las horas, de las señales raras. Sólo al final nombró a los que, para él, eran los culpables: los dos tipos de los iPads: "esos tipos son preocupantes. Extraños" No supe que decirle, le propuse que volviéramos a nuestros asientos y esperáramos ver como se seguía desarrollando el vuelo. "¿No me crees, verdad?" contesté que "al menos me deje un margen de duda. Ser secuestrados por el tiempo no es una cosa que se asuma con facilidad". Volví junto a Clara que estaba con los ojos abiertos. Le conté en voz baja lo que había sucedido. Suspiró con una sonrisa suave y dijo: "Bueno, es otra explicación"
Aterrizamos con brusquedad. Descendimos del avión y acompañé a Clara hasta un taxi. Me propuso que lo compartieramos. Cuando salimos a la zona de taxis, vimos a Antoine corriendo, sudando, nos robó el taxi que nos correspondía y le vimos perderse por la autopista. En el taxi Clara y yo apenas hablamos. En realidad con ella desde entonces, desde el primer momento, parecía como si nos conociéramos de antes.
El vuelo anunció retraso. Nos quejáramos entre nosotros en el aeropuerto vacío. Como si uno sospechara que las cámaras recogían nuestra leve indignación. Cada uno expuso los problemas que le proporcionaba el retraso. Clara fue contundente: "Siempre llego tarde a todo. Se ve que también lo haré al entierro de mi madre". Su sentencia produjo un silencio lento, un silencio que se sumó a la delirada sensación de atemporalidad que ya existía en el aeropuerto. En su tono no había melodrama, ni siquiera victimismo. Lo dijo con resignación y sin aspavientos. Como el que asume que la vida es un tablero, un tablero gigante y desquiciado en el que tampoco hay demasiadas opciones. Al cabo del rato una azafata se acercó al punto donde estábamos los pocos que viajaríamos en ese vuelo:
.- El avión está averiado, pero estamos buscando opciones. Habrá una solución. Contamos con un piloto arriesgado.
Y la chica se dio la vuelta. Desapareció en ese vació que reverberaba del aeropuerto pequeño. Alguien, no Clara, desde luego, quiso hacer un análisis de la frase: "¿piloto arriesgado?", pero nadie siguió la corriente pesimista de ese discurso. Yo quería volar y llegar a tiempo al destino. Clara recibió como un beneficio la frase y los demás no dejaron traslucir lo que les despertaba. A esa hora, cuando la madrugada parecía inevitable en los bancos cercanos a la puerta de embarque, todo parecía detenido o colgando, como si el aeropuerto fuera un péndulo. Clara me miró y me dijo: ¿Quieres un café? y contesté que sí con un movimiento de cabeza. Me puse en píe y la acompañé a la máquina que había un poco más allá. Al lado de una cinta transportadora que estaba apagada. No nos presentamos, Clara me habló de uno de los pasajeros con los que compartiríamos vuelo:
.- Ese tipo me preocupa- dijo
Yo no me había fijado. En realidad hasta ese momento sólo me había fijado en Clara y en dos tipos que hablaban todo el rato como si no estuvieran allí. Dos tipos con iPads que se mostraban gráficos indescifrables y que parecían ajenos a esa realidad y que hablaban respetándose admirablemente el turno de palabra el uno al otro. Tipos que posiblemente se dedicarían a las finanzas. Bebimos el café junto a la máquina, como si fuéramos viejos conocidos. Ella mostró varias veces preocupación con aquel tipo y luego mostró esperanza porque el asunto del retraso no la retrasase a su vez demasiado en el entierro de su madre. Cuando regresamos a la zona de embarque había movimiento, todos estaban rodeando a la azafata que esta vez se mostraba menos amable y más contundente. Fue en ese momento que me fije en el hombre que a Clara le preocupaba. A partir de ahí todo fue rápido, hubo discusiones, incluso gritos, amenazas, pero hicimos lo que proponía la azafata: embarcar en otro avión que inicialmente se dirigía a otro destino, pero que se había adaptado para el nuestro. Caminamos hacia otra puerta de embarque. Despegamos con prisa. El piloto parecía querer recuperar minutos como fuera. El despegue no pareció un despegue. En realidad nunca me había sentido así en un avión, pero aquel despegue me pareció irreal. Cuando estábamos en vuelo, me acerqué a Clara, le pregunté como estaba y me presenté. Le dije que me había fijado en el tipo y que efectivamente parecía un tipo extraño:"lejano" sin saber muy bien a que me refería cuando decía lejano. Ella sonrió y me dijo que nunca había viajado en un avión tan vacío. La azafata, entonces, se acercó a nosotros y nos ofreció un refresco, pero no bebimos nada. Afuera la oscuridad parecía absoluta, definitiva. Clara entonces me habló de su madre: de la distancia sideral que había entre ellas, del destierro, de la enfermedad, del rencor. Pensé, por el modo de hablar, que Clara estaba afectada, pero no afectada de un modo normal, Clara parecía sumida en una mezcla de reposo y culpa. Me cogió la mano y me miró con una ternura hiriente, cruel. Se quedó dormida o cerró los ojos. Pasaron unos minutos lentos, el avión temblaba suavemente. El tipo que preocupaba a Clara se acercó por el pasillo y me hizo una seña para que le siguiera a la parte de atrás. Miré a Clara, respiraba profundamente. Traté de ver una imagen del sueño, como si estas se proyectaran en algún gesto. Me puse de píe. Atrás el tipo se presentó, me dijo que se llamaba Antoine. Hablaba rapidísimo, pero susurrando. Soltaba frases en hileras larguísimas, nerviosas:
.- En cierto modo este avión está secuestrado, pero no es un secuestro al uso. No es un secuestro normal, un secuestro de unos terroristas extremos. Estamos secuestrados por el tiempo. Este avión ha ido hacia atrás y hacía delante. En realidad todo empezó en el aeropuerto. ¿No te parecía raro el aeropuerto, ese vacío, ese retraso, el cambio de avión? Nos han movido el huso horario, las horas, no estamos en nuestra franja horaria cósmica. Estamos desplazados.
Le escuchaba mientras pensaba que Clara se había quedado corta con su preocupación, ese tipo estaba loco y nervioso, lo cual era una mezcla explosiva en un avión prácticamente vacío. Pensé en los sistemas de seguridad del aeropuerto y oré para que hubieran detectado cualquier utensilio peligroso que tuviera ese individuo. Sin embargo el tipo siguió hablando del secuestro, de las horas, de las señales raras. Sólo al final nombró a los que, para él, eran los culpables: los dos tipos de los iPads: "esos tipos son preocupantes. Extraños" No supe que decirle, le propuse que volviéramos a nuestros asientos y esperáramos ver como se seguía desarrollando el vuelo. "¿No me crees, verdad?" contesté que "al menos me deje un margen de duda. Ser secuestrados por el tiempo no es una cosa que se asuma con facilidad". Volví junto a Clara que estaba con los ojos abiertos. Le conté en voz baja lo que había sucedido. Suspiró con una sonrisa suave y dijo: "Bueno, es otra explicación"
Aterrizamos con brusquedad. Descendimos del avión y acompañé a Clara hasta un taxi. Me propuso que lo compartieramos. Cuando salimos a la zona de taxis, vimos a Antoine corriendo, sudando, nos robó el taxi que nos correspondía y le vimos perderse por la autopista. En el taxi Clara y yo apenas hablamos. En realidad con ella desde entonces, desde el primer momento, parecía como si nos conociéramos de antes.
sábado, septiembre 29, 2012
Azotea
A Chris nos lo presentó el promotor del festival. No éramos nadie entre ese montón de grupos destacados, pero por alguna razón emocional, el promotor nos había cogido cariño: un cariño entrañable, un cariño sincero, por qué en el fondo sabía q como grupo era muy probable q no llegaramos a nada, pero en su cariño había una forma de alegría. En cierta forma nosotros éramos su espectador ideal, su público objetivo o la forma humana que tomaba su proyecto vital, ese festival que había adquirido lentamente cierta reputación.
Terminamos con Chris y Edward, otro de los miembros de aquel grupo, en la azotea de un hotel extraño, un hotel sofisticado y enorme en una zona semi abandonada a las afueras de una ciudad del tour de norte américa. Al principio cosimos a preguntas a Chris, además de ser un excelente multinstrumentista, era el productor de los discos de su grupo, un grupo que para nosotros era una referencia. La azotea mostraba una ciudad adormecida y a lo lejos, como una batalla en una galaxia lejana, las luces de los escenarios del festival tiritaban con urgencia y nervio, también nos llegaban los graves acentuados por el viaje de la acústica desde el lejano recinto del festival hasta la azotea aislada. Había un aire cálido, un viento que leve que parecía artificial. Ellos nos preguntaron por nuestro grupo y contestamos con pudor. Chris incluso se interesó por el estilo y nos pidió que le enviáramos algo. Anotamos su dirección de correo con la promesa de enviarle algunas canciones. Ellos hablaban poco o hablaban como sumidos en un letargo peculiar. Parecían andar lejos o cansados. Entonces Edward contó las tres semanas de viajes, el cansancio acumulado, lo que aún les quedaba: "Hay una parte terrible de todo esto, te va matando en cada escenario, en cada fecha. Hay una despersonalización. Vas mutando a otro. No creo que sea sano girar." Se quedaron callados. Tuve la sensación o una forma de visión, un golpe brutal: cuando llegas a trascender como grupo te sumes en una forma extraña de tu identidad, un modo que te protege de algo que debe sentirse como una amenaza. Una robotización de tus actos, de tus palabras. Como si la misma repetición metódica de las canciones se trasladara a todo tu ser y repitieras todo, también tu modus vivendi. En realidad Chris y Edward habitaban como si hubieran firmado un acuerdo, bajo un forma indescifrable de secreto. Chris entonces sacó unos vasos de forma rocambolesca y los acercó a unas velas que encendió. Sacó unas bolsas y preparo un menjunje de polvos y agua. Nos ofrecieron vasos y ellos sorbieron con sosiego: "¿Qué es esto?" preguntó Sorel como portavoz de nosotros tres. "Un viaje" contestó Chris con los ojos medio cerrados, como si estuviera empezando a soñar. Edward se puso de píe y miró la ciudad. Los tres bebimos con temor de los vasos. El efecto fue inmediato.
Lo que vino a partir de ahí es bastante indescifrable. La realidad empezó a pesar de un modo abrumador. La brisa cálida se puso más espesa, como si se hubiera cargado, repentinamente, de más humedad. Chris sacó un pequeño equipo para escuchar música, un aparato diminuto que sonaba con una contundencia demoledora. La música que sonó acentuaba los efectos de esa droga desconocida. Era una masa de ruidos, unos ruidos que parecían grabados en una caverna, atrás, sin casi presencia, unas voces femeninas repetían una melodía tortuosa y triste. "Son unas grabaciones que hizo el asistente de grabación de nuestro disco en un viaje que hizo solo por Burkina Faso. Son tristes, ¿verdad? Duele escuchar esto y sin embargo uno no sabe por qué, pero duele" Las voces rompían enigmáticamente el ambiente. Las luces lejanas del festival rebotaban permanentemente en el aire, como si fueran una batalla contra la nada. En verdad todo me parecía una batalla imposible, un enfrentamiento en el que se conocía la derrota final. Un avance hacia el precipicio. Luego hubo mucho rato de silencio, un silencio sideral. Nadie habló y sentí vértigo. Edward nos miró y confesó algo que yo no comprendí del todo, pero algo confesó o su tono era de confesión, el tono del que asume su miseria y la verbaliza como forma de cura. Fue un discurso continuo del que no rescaté nada, salvo el final, en el que hablaba del grupo como una losa, como otra forma de droga, como una infelicidad y una insatisfacción adictivas. Me quedé dormido allí, en el suelo. Cuando desperté no había nadie en la azotea y estaba amaneciendo, el cielo estaba plomizo. Me había quedado helado. Bajé en el ascensor hasta la cafetería para desayunar. Nuestra furgoneta nos recogía pronto porque esa noche tocábamos en otro festival a seiscientos kilómetros de allí. No volví a ver a Chris y Edward.
Terminamos con Chris y Edward, otro de los miembros de aquel grupo, en la azotea de un hotel extraño, un hotel sofisticado y enorme en una zona semi abandonada a las afueras de una ciudad del tour de norte américa. Al principio cosimos a preguntas a Chris, además de ser un excelente multinstrumentista, era el productor de los discos de su grupo, un grupo que para nosotros era una referencia. La azotea mostraba una ciudad adormecida y a lo lejos, como una batalla en una galaxia lejana, las luces de los escenarios del festival tiritaban con urgencia y nervio, también nos llegaban los graves acentuados por el viaje de la acústica desde el lejano recinto del festival hasta la azotea aislada. Había un aire cálido, un viento que leve que parecía artificial. Ellos nos preguntaron por nuestro grupo y contestamos con pudor. Chris incluso se interesó por el estilo y nos pidió que le enviáramos algo. Anotamos su dirección de correo con la promesa de enviarle algunas canciones. Ellos hablaban poco o hablaban como sumidos en un letargo peculiar. Parecían andar lejos o cansados. Entonces Edward contó las tres semanas de viajes, el cansancio acumulado, lo que aún les quedaba: "Hay una parte terrible de todo esto, te va matando en cada escenario, en cada fecha. Hay una despersonalización. Vas mutando a otro. No creo que sea sano girar." Se quedaron callados. Tuve la sensación o una forma de visión, un golpe brutal: cuando llegas a trascender como grupo te sumes en una forma extraña de tu identidad, un modo que te protege de algo que debe sentirse como una amenaza. Una robotización de tus actos, de tus palabras. Como si la misma repetición metódica de las canciones se trasladara a todo tu ser y repitieras todo, también tu modus vivendi. En realidad Chris y Edward habitaban como si hubieran firmado un acuerdo, bajo un forma indescifrable de secreto. Chris entonces sacó unos vasos de forma rocambolesca y los acercó a unas velas que encendió. Sacó unas bolsas y preparo un menjunje de polvos y agua. Nos ofrecieron vasos y ellos sorbieron con sosiego: "¿Qué es esto?" preguntó Sorel como portavoz de nosotros tres. "Un viaje" contestó Chris con los ojos medio cerrados, como si estuviera empezando a soñar. Edward se puso de píe y miró la ciudad. Los tres bebimos con temor de los vasos. El efecto fue inmediato.
Lo que vino a partir de ahí es bastante indescifrable. La realidad empezó a pesar de un modo abrumador. La brisa cálida se puso más espesa, como si se hubiera cargado, repentinamente, de más humedad. Chris sacó un pequeño equipo para escuchar música, un aparato diminuto que sonaba con una contundencia demoledora. La música que sonó acentuaba los efectos de esa droga desconocida. Era una masa de ruidos, unos ruidos que parecían grabados en una caverna, atrás, sin casi presencia, unas voces femeninas repetían una melodía tortuosa y triste. "Son unas grabaciones que hizo el asistente de grabación de nuestro disco en un viaje que hizo solo por Burkina Faso. Son tristes, ¿verdad? Duele escuchar esto y sin embargo uno no sabe por qué, pero duele" Las voces rompían enigmáticamente el ambiente. Las luces lejanas del festival rebotaban permanentemente en el aire, como si fueran una batalla contra la nada. En verdad todo me parecía una batalla imposible, un enfrentamiento en el que se conocía la derrota final. Un avance hacia el precipicio. Luego hubo mucho rato de silencio, un silencio sideral. Nadie habló y sentí vértigo. Edward nos miró y confesó algo que yo no comprendí del todo, pero algo confesó o su tono era de confesión, el tono del que asume su miseria y la verbaliza como forma de cura. Fue un discurso continuo del que no rescaté nada, salvo el final, en el que hablaba del grupo como una losa, como otra forma de droga, como una infelicidad y una insatisfacción adictivas. Me quedé dormido allí, en el suelo. Cuando desperté no había nadie en la azotea y estaba amaneciendo, el cielo estaba plomizo. Me había quedado helado. Bajé en el ascensor hasta la cafetería para desayunar. Nuestra furgoneta nos recogía pronto porque esa noche tocábamos en otro festival a seiscientos kilómetros de allí. No volví a ver a Chris y Edward.
lunes, septiembre 24, 2012
Autobiografía horaria
Hoy hace quince años me convertí en emigrante retornado o en una nueva forma de inmigrante. El asunto además de los vericuetos nominalistas, tenía mucho de psicológico, porque aún no sé si yo volvía o me iba. Hay edades en las que tu identidad nacional se diluye como humo en tu laberíntico problema de identidad personal. ¿Era español en ese momento? Quiero decir: ¿podría ser español, además de lo que indicaba el pasaporte, cuando realmente había olvidado que era ser español? Y aquí no digo olvidar ser español en un sentido filosófico o histórico. Pocas cosas recordaba de España salvo el patio de la casa de mi abuela, salvo algunas calles intrascendentes de los bordes de Madrid, algunas costumbres arquetípicas y algunos recuerdos confundidos y trastocados de Vigo por haber vívido el final de la infancia, la adolescencia y el principio de la veintena en Venezuela. No sé explicarlo de otro modo, pero realmente había olvidado que yo era español o el modo de ser español y la mayoría de España, aunque tampoco fuera venezolano. Hoy hace quince años que volvía o me iba o regresaba o me escapaba. Aún hoy no tengo del todo claro el verbo, la palabra precisa y sinceramente creo que da bastante igual mi problema linguistico al respecto. Recuerdo aquel viaje absolutamente irreal. Era irreal por muchas cosas, pero sobre todo porque cuando me vi sobrevolando el atlántico pensé que volar nueve horas sobre el atlántico era una autentica osadía y una prepotencia descomunal por parte del ser humano. No tenía (ni tengo) miedo a volar, pero no puedo evitar fascinarme cuando pego la nariz a la ventanilla del avión: volar es un delirio maravilloso. Y en aquel viaje lo sentí de un modo abrumador. Volar, queramos o no, es un delirio. El caso es que si algo resulta incomprensible de ese viaje no es tanto volar, como si el tiempo o la forma de tiempo externa que rodea al tiempo interno de vuelo. Duró nueve horas o cerca de nueve horas y lo desquiciado de la forma externa de tiempo es que yo salí hoy hace quince años, pero llegué mañana hace quince años. Está la explicación evidente, por supuesto: los husos horarios. Yo salí casi a las seis de Venezuela y llegué casi a las ocho de mañana. En medio algo, una masa negra, un cúmulo cósmico o la nada, absorbió sin ninguna consideración una parte muy extensa de la noche. Cuando salí aún no anochecía, ni siquiera agonizaba la tarde, cuando llegué ya había amanecido. En cierta manera mi madrugada desapareció. ¿Dónde? No le pregunté al piloto, no le pregunté a las azafatas porque supuse que, como yo, también eran víctimas de ese robo inexplicable de tiempo. Si hubiera un registro pormenorizado y detallado por horas de mi vida o de aquellas azafatas o de los otros pasajeros de aquel vuelo semivacío: ¿dónde quedó la madrugada del 24 al 25 de septiembre de 1997? ¿Dónde coño se quedó? La pregunta no tiene respuesta aparente. Aceptemos la burda explicación de los husos, esa matemática horaria de centro comercial. Pero si imaginamos un diagrama que registra mi existencia por horas: ¿qué sucedería en el diagrama en aquella madrugada? ¿Volví de una muerte no anunciada, no publicitada, sin esquelas? ¿Una muerte sin registro de la que se revive sin saber que se está reviviendo?¿es eso el jet lag: un nuevo parto, un nuevo alumbramiento? ¿dónde quedan las horas de la diferencia horaria? No lo podemos evitar, volar es una osadía, si, pero lo es porque nos convierte en unos inconscientes viajeros en el tiempo a los que les es robado el tiempo, las horas, la vida.
domingo, septiembre 23, 2012
1915
Morí en 1915. Pocos acontecimientos recuerdo de mi vida previa salvo los precisos. Me mataron en una ciudad centro europea, previsiblemente una capital. Sé que mi posición frente a la guerra era ignorarla, desentenderme de ella, no por cobardía o sumisión; sé que mi posición era ignorarla porque mi intención hasta el último momento fue rechazarla frontalmente. Pensé, aún no sé si lo sigo pensando, que ignorar la guerra, seguir habitando en un país en un terrible conflicto bélico despreciando con la indiferencia era posicionarme valientemente frente a ella. La guerra me pareció, aún hoy, la cúspide del fracaso. Sufrí sus atrocidades: la guerra se llevó miembros de mi familia, pasé hambre, sufrí sus consecuencias, pero yo no hablaba de la guerra, yo no varíe mis rutinas; y lo intenté hasta el instante que esa bala me atravesó el estómago. Mi batalla era no participar en la gran batalla. Mi batalla era despreciarla porque si la masa la hubiera ignorado aquello no hubiera existido. Nunca fui un tipo culto, no lo fui y no lo soy, pero despreciaba la guerra antes de la guerra y la desprecié mientras se implantó en mi vida, rotunda y sin paliativos. Seguí bajando a la misma hora al portal, haciendo la ruta a mi pequeña tienda que sufrió bombardeos, pero seguí yendo. Escuché la pólvora y la olí. Cayeron edificios y vi gente morir frente a mis ojos. Yo acudí a las ruinas de mi tienda imaginándola aún en píe, aún en esplendor, esperando clientela que dejó de aparecer. Hacía la misma ruta a casa, esa casa que también fue ruinas. Mi propósito era abismal, una empresa desorbitada, pero creía en ella, creía profundamente en mi posición antibélica y mi ejercicio antibélico era ignorar y seguir con mi vida, aunque supusiera un acto delirado de imaginación. Al final debía de reconstruir todos los escenarios mentalmente, mis rutinas ya no tenían cabida entre los escombros y el horror, pero seguí en el empeño: ignorar hasta el final la guerra. Me dispararon y no vi venir la bala. La muerte fue relativamente rápida y aunque no terrible, su sufrí dolor. La bala pareció incrustarse en las cuevas inaccesibles del cerebro. Más que un dolor muscular o un dolor físico, la bala me produjo un dolor ilocalizable y lejano, como si estuviera sucediendo en un cuerpo mucho más dentro de mi cuerpo. Luego cerré los ojos.
No describiré las siguientes fases. Tampoco haré un resumen de mi vida actual. Ignoro si es común recordar la muerte previa y detalles de la vida anterior. Lo ignoro. Tampoco creo en esta vida en la reencarnación, pero sé que morí allí y que fui aquel, porque en verdad de la guerra, de la gran guerra, me quedó eso, también fuimos aquel.
No describiré las siguientes fases. Tampoco haré un resumen de mi vida actual. Ignoro si es común recordar la muerte previa y detalles de la vida anterior. Lo ignoro. Tampoco creo en esta vida en la reencarnación, pero sé que morí allí y que fui aquel, porque en verdad de la guerra, de la gran guerra, me quedó eso, también fuimos aquel.
sábado, septiembre 22, 2012
Los recuerdos borrados de A
El pasado es un asunto inapreciable, hay muchas partes que suceden todo en una nebulosa tremenda. Se escapan al análisis porque no quedan casi evidencias. En realidad todo parece no haber sucedido. Recuerdos confusos de los que recordamos pocas cosas, con poca precisión y no sabemos si sucedió o fue un sueño que tuvimos en un pasado lejano, quizá de niños. Sin embargo, si se hubiera realizado un diario de acontecimientos, hubieran estado allí, seguramente mal descrito, muy impreciso, pero hubiera quedado reflejado: a una hora, en un día, en una semana perdida en el pasado, pero los acontecimientos, al menos, no habitarían entre la duda de lo soñado o lo recordado borrosamente. Se pueden recordar muchos elementos del pasado, no se pueden reconstruir con precisión. El paso del tiempo, como a los muebles, como a las paredes, como a los cuerpos, también erosiona la memoria y arruga su textura inicial y se llena de grietas y arrugas y se pierde la imagen inicial. Pero no siquiera así lo recordaba A aquella madrugada cuando se encontró con aquel tipo que le hablaba de su pasado con precisión y él era incapaz de reconstruir aquella época que A había ido borrando lentamente. "también soy ese" pensaba A, mientras aquel viejo compañero del que no recordaba nada, o apenas una bruma incierta, le desmenuzaba anécdotas divertidas y frases que aparentemente A había emitido y de las que no se sentía autor. Opiniones que no sólo no recordaba sino que no compartía "¿Cómo pude ser ese miserable y no recordarme?2 Quizá frases sacadas de contexto, quizá frases dichas como pura supervivencia, adaptándose a un medio que curiosamente ya no recordaba.
Claro que A recordaba a muchos del colegio y aún mantenía trato con algún compañero. Claro que A tenía memoria y recordaba tardes memorables o mañanas aburridas de su vida escolar. Por supuesto que evocaba y no huía de aquel pasado, pero mientras aquel compañero rememoraba un pasado divertido y simpático A sentía que él no había estado allí y sin embargo ciertas descripciones si venían, o si coincidían. Pero lo que más angustiaba en cierto modo a A era el tipo que le hablaba, podría ser un psicópata inventándose esas historias porque él no recordaba nada de ese individuo de sonrisa feroz y entusiasmado ante el reencuentro. Y mientras el tipo hablaba de ese pasado erosionado en la mente de A, A buscaba con linterna en las cavidades más profundas del recuerdo y el recuerdo caprichoso, no aparecía. Incluso ansioso, A trataba de descifrar ese mecanismo de la memoria que de repente abre una compuerta y desvela ese pasado en la tiniebla. A recordó reencuentros en los que el mismo reencuentro revelaba e iluminaba zonas de la memoria olvidadas y aparecían recuerdos uno detrás de otro, casi atropellándose. Eso buscaba A, ese mecanismo inescrutable de la memoria que brotaba eufórico en los reencuentros con viejas relaciones o con ciudades en las que se estuvo. Calles que ves de nuevo y te arrastran a esa misma calle en aquella época que parecía olvidada y emerge, como hubiera estado enterrado en el asfalto, voces, caras, olores de cuando se pasó por ahí.
Disimuló A como pudo y evitó ser preguntado para no ser descubierto, también como pudo salió de allí, a la calle. Caminó en la madrugada sin recordar nada de aquel individuo con el que había estado hablando: Lo curioso, pensó A, es que ahora siempre recordaré este reencuentro sin, seguramente, recordar el pasado previo a este reencuentro con este individuo sin pasado en mi memoria. Decidió caminar por las calles hasta su casa. Ensimismado, evocando, de repente, aquella época entre séptimo y octavo de bachillerato, aquellos meses difusos donde aparecen las caras de esas chicas o aquellas peripecias o la primera cerveza. A recuerda paisajes diarios, el timbre de salida al patio, la bajada por las escaleras, los pupitres y su orden establecido, su pupitre casi al fondo, delante de B y detrás de S, pero no aparece en esa reconstrucción ese tipo que se le ha acercado y que ha recordado una tarde de futbol, una pelea cobarde, una chica de la que ambos se enamoraron. No recuerda nada de eso A y sin embargo también A es eso, todo eso que no recuerda y que jamás, seguramente, volverá a recordar.
Claro que A recordaba a muchos del colegio y aún mantenía trato con algún compañero. Claro que A tenía memoria y recordaba tardes memorables o mañanas aburridas de su vida escolar. Por supuesto que evocaba y no huía de aquel pasado, pero mientras aquel compañero rememoraba un pasado divertido y simpático A sentía que él no había estado allí y sin embargo ciertas descripciones si venían, o si coincidían. Pero lo que más angustiaba en cierto modo a A era el tipo que le hablaba, podría ser un psicópata inventándose esas historias porque él no recordaba nada de ese individuo de sonrisa feroz y entusiasmado ante el reencuentro. Y mientras el tipo hablaba de ese pasado erosionado en la mente de A, A buscaba con linterna en las cavidades más profundas del recuerdo y el recuerdo caprichoso, no aparecía. Incluso ansioso, A trataba de descifrar ese mecanismo de la memoria que de repente abre una compuerta y desvela ese pasado en la tiniebla. A recordó reencuentros en los que el mismo reencuentro revelaba e iluminaba zonas de la memoria olvidadas y aparecían recuerdos uno detrás de otro, casi atropellándose. Eso buscaba A, ese mecanismo inescrutable de la memoria que brotaba eufórico en los reencuentros con viejas relaciones o con ciudades en las que se estuvo. Calles que ves de nuevo y te arrastran a esa misma calle en aquella época que parecía olvidada y emerge, como hubiera estado enterrado en el asfalto, voces, caras, olores de cuando se pasó por ahí.
Disimuló A como pudo y evitó ser preguntado para no ser descubierto, también como pudo salió de allí, a la calle. Caminó en la madrugada sin recordar nada de aquel individuo con el que había estado hablando: Lo curioso, pensó A, es que ahora siempre recordaré este reencuentro sin, seguramente, recordar el pasado previo a este reencuentro con este individuo sin pasado en mi memoria. Decidió caminar por las calles hasta su casa. Ensimismado, evocando, de repente, aquella época entre séptimo y octavo de bachillerato, aquellos meses difusos donde aparecen las caras de esas chicas o aquellas peripecias o la primera cerveza. A recuerda paisajes diarios, el timbre de salida al patio, la bajada por las escaleras, los pupitres y su orden establecido, su pupitre casi al fondo, delante de B y detrás de S, pero no aparece en esa reconstrucción ese tipo que se le ha acercado y que ha recordado una tarde de futbol, una pelea cobarde, una chica de la que ambos se enamoraron. No recuerda nada de eso A y sin embargo también A es eso, todo eso que no recuerda y que jamás, seguramente, volverá a recordar.
miércoles, septiembre 19, 2012
Etérea
Ella solía caminar ligera. Mirándola uno tenía la sensación de que caminaba al revés, como si viniera yendo. En ella el tiempo se hacía elástico, un juguete. Con ella se habitaba en una forma juguetona de realidad, en cierta manera volvías a ser tú desvestido de toda camiseta, esa ropa que te ha ido cubriendo. La ropa de todas tus épocas se iban de vuelta al armario, a los cajones. Si se volvía era una vuelta a un lugar desconocido, remoto e indescifrable. Con ella se habitaba con la alegría que da saber que la vida no tiene sentido, que se empuja ajena a nuestros designios. Con ella las viejas calles eran aquellas calles siendo nuevas. Con ella se daba la vuelta y se estaba al derecho sabiéndose al revés, como si no te dieras cuenta que ahora percibías todo desde el otro, tú mismo allí, en el otro lado del espejo. Un día era un mes, los años se diluían: el tiempo acordeón. No había urgencias porque se sabía todo breve y tremendo, abrumador, inabarcable. Nunca se pisaba el mismo suelo, nunca los pasos se repetían. Nunca se volvía. El destello daba siempre en la espalda y el sol se escondía por delante.
viernes, septiembre 14, 2012
Personaje
No le recuerdo sin una chaqueta negra de cuero malo. Con lo cual soy incapaz de visualizarle en mitad del verano. Por su naturaleza, en verano, es posible que se sumergiera en cavernas bajo tierra o quizá no, quizá se escondía en la ciudad, en alguna habitación triste del noroeste; pero lo que es seguro es que jamás le vi sin esa chaqueta negra que olía a humo y a tiempo, un olor preciso que sólo coge la ropa de invierno. Un olor triste y cálido, porque huele a armario, pero no a intemperie. Es el olor de ropa del que no ha pasado frío extremo. Recuerdo su pelo sucio y caótico, pero no extremadamente sucio ni caótico, era un pelo que se sabía no limpio y no peinado, como ese pelo que se nada mas levantar y lo mojas velozmente porque te quedaste dormido y llegas tarde, muy tarde a un cita importante. El tono de voz pausado y lejano, ese tono del que ya no tiene muchas ganas de hablar y sin embargo habla porque el silencio tampoco es la solución. Bebía, pero no extremo y fumaba hasta el delirio. Lo demás que recuerdo son frases que fueron cayendo cada vez que le vi. Hablaba sin prisa, como el que ha olvidado la hora y no tiene ninguna cita, ningún compromiso, en los próximos tres milenios. Hablaba como si estuviera mirando al mar.
.- Sólo es irónico el que ha sido triste. Sólo da la vuelta al humor y lo retuerce quien ha conocido la desdicha y la amargura. La ironía es la esperanza del que sabe que se luche como se luche la batalla está perdida. La ironía es el paliativo del que agoniza- decía, quizá concluyendo alguna frase escuchada al azar, alguna muletilla.
En cierta manera era un pensador. La realidad, todo lo que iba sucediendo, le llevaba a alguna conclusión:
.- Lo jodido es que ni siquiera puedo optar a ser el tipo más pesimista del mundo. La vida es una mierda, pero siempre habrá alguien que piense que todo es más mierda de lo que tú crees.
A pesar de su perfil no era adicto a nada salvo al terrible tabaco:
.- Los tipos más optimistas del mundo son los drogadictos. Una vez aceptada esta realidad mucho les debe de gustar cuando aceptan ir a conocer otras realidades. No creo que huyan de aquí. En verdad esto les parece hermoso y quieren ver otras realidades. A mi me basta con esta realidad para saber que cualquier realidad es igual mierda, por muchos colorines y formas nuevas que esta tenga: más vale malo conocido.
El rumor o la leyenda decía que había sido músico. Que había publicado dos discos uno de ellos glorioso y mítico. Que había vivido en la capital, con poco dinero, grabando y componiendo en un estudio pequeño. Nadie sabía cual habría sido su nombre artístico por lo tanto nadie lo pudo comprobar y si se le preguntaba la pregunta caía en la nada, en la ignorancia absoluta. Se decía que el éxito no le llegó en el presente sino que su mérito artístico fue reconocido después. Que abandonó después de batallas feroces con la discográfica, que le pedía singles y él les daba cada vez más experimentación y más sosiego, porque todo el mundo hablaba que su música había sido profunda y sosegada y triste, seguramente irónica. La leyenda era sólida, muchos la asumían como tal, incluso alguien hablaba de los discos, de las canciones, de la leyenda. De los conflictos, de que huyó de la capital porque aquello le resultó infecto: la música, el negocio.
.- La batalla es la honestidad. La batalla real es contra uno mismo. Mantenerse a salvo del disfraz y del autoengaño. Lo demás es porquería.
.- Sólo es irónico el que ha sido triste. Sólo da la vuelta al humor y lo retuerce quien ha conocido la desdicha y la amargura. La ironía es la esperanza del que sabe que se luche como se luche la batalla está perdida. La ironía es el paliativo del que agoniza- decía, quizá concluyendo alguna frase escuchada al azar, alguna muletilla.
En cierta manera era un pensador. La realidad, todo lo que iba sucediendo, le llevaba a alguna conclusión:
.- Lo jodido es que ni siquiera puedo optar a ser el tipo más pesimista del mundo. La vida es una mierda, pero siempre habrá alguien que piense que todo es más mierda de lo que tú crees.
A pesar de su perfil no era adicto a nada salvo al terrible tabaco:
.- Los tipos más optimistas del mundo son los drogadictos. Una vez aceptada esta realidad mucho les debe de gustar cuando aceptan ir a conocer otras realidades. No creo que huyan de aquí. En verdad esto les parece hermoso y quieren ver otras realidades. A mi me basta con esta realidad para saber que cualquier realidad es igual mierda, por muchos colorines y formas nuevas que esta tenga: más vale malo conocido.
El rumor o la leyenda decía que había sido músico. Que había publicado dos discos uno de ellos glorioso y mítico. Que había vivido en la capital, con poco dinero, grabando y componiendo en un estudio pequeño. Nadie sabía cual habría sido su nombre artístico por lo tanto nadie lo pudo comprobar y si se le preguntaba la pregunta caía en la nada, en la ignorancia absoluta. Se decía que el éxito no le llegó en el presente sino que su mérito artístico fue reconocido después. Que abandonó después de batallas feroces con la discográfica, que le pedía singles y él les daba cada vez más experimentación y más sosiego, porque todo el mundo hablaba que su música había sido profunda y sosegada y triste, seguramente irónica. La leyenda era sólida, muchos la asumían como tal, incluso alguien hablaba de los discos, de las canciones, de la leyenda. De los conflictos, de que huyó de la capital porque aquello le resultó infecto: la música, el negocio.
.- La batalla es la honestidad. La batalla real es contra uno mismo. Mantenerse a salvo del disfraz y del autoengaño. Lo demás es porquería.
jueves, septiembre 13, 2012
El Gago
Esas cosas no se sospechan: la genialidad es indescifrable. ¿Quién lo iba a imaginar? ¿Quién iba a intuirlo? Cuando nosotros teníamos trece o catorce años, él deambulaba por los alrededores del edificio casi sin pertenecer porque en realidad pertenecía del todo, el edificio era inseparable a él. Vivía en el séptimo, en casa de un tío que le había acogido sin esmero, por una obligación que no parecía querer asumir del todo, con rabia. Si su hermana, la madre del gago, había muerto a destiempo y le había dejado en herencia a aquel muchacho asalvajado no era una desgracia que le despertara ternura, era una desgracia que le despertaba rabia. Su hermana parecía joder con su actitud de atolondramiento extremo hasta desde el más allá, y el Gago asumió la vida con su tío como un trámite más en ese infortunio lineal que había asumido que era la vida. La vida era eso: seguir donde fuera y él la recorría con caminar zumbado, como el de Pedro Navaja.
Nosotros tratábamos con el Gago por muchos motivos, porque siempre andaba por ahí, porque era omnipresente en los alrededores del edificio y porque cada cierto tiempo sus deliradas mentiras nos hacían reír silenciosamente. Su falta de pudor ante la mentira era asomobrosa y sus narraciones, desestructuradas como su propia vida, hacían inverosímil y absolutamente increibles sus anécdotas disparatadas. Como fanático del fútbol sus mayores historietas sucedían con grandes de la historia del balón: charlas metafísicas con Maradona, entrenamiento a puerta cerrada con Romario, conversación sobre el mundial del 94 con Ronaldo, etc, etc. Si estábamos mucho con el Gago era porque el Gago era inevitable. Nadie se planteaba al Gago, el Gago estaba sin más. Vivir en aquel edificio y relacionarte en aquel entorno llevaba impreso relacionarte diariamente con el Gago: era una ley natural.
Nadie quedó allí, en el edificio, y de la mayoría de la gente poco supe con los años. El Gago, por supuesto, quedo borrado. No hubo huella, no hubo vestigio, no hubo eco. El Gago se quedó instalado allí, en aquel pasado, en aquella Isla. Con los que mantuve contacto a veces sacábamos el nombre, ese nombre musical y contundente: El gago; y construíamos una vida cercana a la delincuencia y marginal. La imagen que proyectaba en nuestra prefiguración era un resultado casi matemático, resultado de aquel presente, de su personalidad y de su biografía conocida.. El Gago habría seguido con su andar zumbado, habitando en la mentira, en la fábula desmesurada. Seguramente su tío le expulsaría de su vida pronto, al alcanzar la mayoría de edad. Una vez solitario y responsable absoluto de su destino, aunque en realidad siempre lo fue, se buscaría artimañas rocambolescas para vivir, para mantenerse. Quizá en negocios fraudulentos de ropa al por mayor o de suministrador de material a buhoneros de la Avenida 20. En nuestra construcción hipotética, el Gago habría ido engordando paralelamente a Maradona, pero mientras el héroe Argentino se operaría para disminuir y volver permanente a la obesidad, el Gago cabalgaría descontrolado hacia la obesidad amorfa, lo que moldeaba a la perfección a nuestro excelso mentiroso habitando en un mundo fronterizo con la mafia. En nuestra proyección Gaguiana, todo rondaba la fechoría y la corrupción, pues al fin y al cabo Gago cumplía al dedillo con la característica del pillo y del corrupto: mentir hasta el delirio.
¿Quién lo iba a sospechar? ¿Quién entre nosotros, que nunca le miramos con esos ojos o nunca prestamos atención a su forma de mentira más que de un modo burlón? Nosotros que hablábamos de Kerouac o de Borges, de Bioy Casares o de Poe. Nosotros que jugueteábamos con curiosidad la ficción, sin saber que la primera gran mentira asumida es la ficción o esa otra realidad, mucho más honesta, que es la ficción. El Gago hablaba de futbol o de la muchacha del 12-B, a quién decía haberle hecho el amor repitiendo con precisión y sin parar, todas las posturas del Kama Sutra, sin saber, claro, que era el Kama Sutra. ¿Quién iba a imaginar la vasta obra que se forjaba tras cada una de sus mentiras?
No fui yo quién lo descubrió. Fue Altazor, siempre atento al talento y sensible a la literatura quién descubrió en una pequeña librería al Oeste de aquella ciudad quien encontró "Elogio de la mentira exagerada" de Gregorio Platón. Que confesó leerse en pocas horas, no por que el libro fuera escaso, que no lo era; sino por el poder narrativo, la contundencia filosófica y la originalísima historia que encontró en aquellas páginas de estructura absolutamente novedosa. Altazor escribió un mail a todos lo que habíamos vivido en el edificio en aquellos años:
"He encontrado y he leido una de esas pocas obras que marcan puntos de ascensión en la autobiografía de cada uno como lector. Hay cuatro o cinco obras que marcan el perfil de nuestra vida de lectores. Obras que aparecen y se suman casi a nuestra propia biografía. Uno de esos libros que se cuelan no sólo intelectualmente, sino que abarcan, también, el campo de la experiencia vital. Hay libros que todo lo transforman, no sólo nuestra percepción, también nuestra vida. Elogio de la mentira exagerada es, desde ya, desde esta misma mañana, uno de esos libros que ya no salen. Un paradigma. Y luego de varias horas de investigación he descubierto algo que desde ya les obliga a todos ustedes no sólo a leer este, sino todas las obras de este excelso autor. Él, el hombre que ha aparecido para agitar y modificar definitivamente el rumbo de la literatura, no sólo nacional, no sólo en nuestra lengua, sino la literatura universal. El hombre que retoma y gana el pulso, ahora que tanto se debate sobre el futuro de la novela. Porque este hombre, nuestro hombre, no es tan solo Gregorio Platón. Nuestro Hombre es El Gago."
Lo que encontramos a partir de ahí fue salvaje. El Gago vivió en el límite, porque la mentira es el límite. Vivir en la mentira es una terrible verdad. Mantener las mentiras es seguramente, uno de los trabajos más arduos, complejos y matemáticos del hombre. En cualquier caso supimos que habitó hasta el delirio en ese mundo de mentira y las versiones que nos llegaban de su vida no aclaraban la biografía. A veces leíamos entrevistas que no sabíamos si eran verdad, encontrábamos referencias a viajes quizá fomentadas por el propio Gago o por alguno de sus discípulos que si nombraron a si mismos Los Neomentirosos. había una vertiente que creía que El Gago salió del edificio y recorrió parte de Latinoamérica, que conoció y vivió en comunas de nuevos literatos, que perteneció a grupos underground de nueva prosa. había otra vertiente que decía que había sido taxista y que su inabarcable obra literaria se había forjado en conversaciones nocturnas con clientes extremos. Nada quedaba aclarado mientras devorábamos libros. Literatura tremenda, frenética, excesiva. Personajes raros, complejos, difíciles, sórdidos. El Gago o Gregorio Platón narraba con detalle un mundo complejo, lleno de casualidades difíciles. Nada se sostenía, todo parecía deambular, porque todo parecía flotar en una irrealidad contundente o esa realidad total que es la realidad de los que viven al margen, que al final somos todos. El padre de los neomentirosos había fundado un movimiento distinto, todo parecía mentira, pero se dudaba de su irrealidad. ¿Aquello sucedía o no sucedía? ¿Es posible que estuvieramos leyendo aquello o por el contrario todo era una contundentísima mentira? Quizá ni siquiera aquello estuviera escrito. Quizá ni siquiera estaba publicado. Cuando uno terminaba de leer al Gago no sólo dudaba del libro, de las frases; se dudaba hasta de uno mismo y se concluía, no sin drama, que quizá la verdad sería la primera gran mentira.
Obras más representativas de Gregorio Platón, El Gago:
Elogio de la mentira exagerada
Verdad - Mentira = Mentira
El silencio es el primer ruido
La incertidumbre de lo cierto
Realidad Fragmento o cómo engañar con la verdad.
Maradona no jugaba al futbol
Política
Confesión
Fluctuación
Nosotros tratábamos con el Gago por muchos motivos, porque siempre andaba por ahí, porque era omnipresente en los alrededores del edificio y porque cada cierto tiempo sus deliradas mentiras nos hacían reír silenciosamente. Su falta de pudor ante la mentira era asomobrosa y sus narraciones, desestructuradas como su propia vida, hacían inverosímil y absolutamente increibles sus anécdotas disparatadas. Como fanático del fútbol sus mayores historietas sucedían con grandes de la historia del balón: charlas metafísicas con Maradona, entrenamiento a puerta cerrada con Romario, conversación sobre el mundial del 94 con Ronaldo, etc, etc. Si estábamos mucho con el Gago era porque el Gago era inevitable. Nadie se planteaba al Gago, el Gago estaba sin más. Vivir en aquel edificio y relacionarte en aquel entorno llevaba impreso relacionarte diariamente con el Gago: era una ley natural.
Nadie quedó allí, en el edificio, y de la mayoría de la gente poco supe con los años. El Gago, por supuesto, quedo borrado. No hubo huella, no hubo vestigio, no hubo eco. El Gago se quedó instalado allí, en aquel pasado, en aquella Isla. Con los que mantuve contacto a veces sacábamos el nombre, ese nombre musical y contundente: El gago; y construíamos una vida cercana a la delincuencia y marginal. La imagen que proyectaba en nuestra prefiguración era un resultado casi matemático, resultado de aquel presente, de su personalidad y de su biografía conocida.. El Gago habría seguido con su andar zumbado, habitando en la mentira, en la fábula desmesurada. Seguramente su tío le expulsaría de su vida pronto, al alcanzar la mayoría de edad. Una vez solitario y responsable absoluto de su destino, aunque en realidad siempre lo fue, se buscaría artimañas rocambolescas para vivir, para mantenerse. Quizá en negocios fraudulentos de ropa al por mayor o de suministrador de material a buhoneros de la Avenida 20. En nuestra construcción hipotética, el Gago habría ido engordando paralelamente a Maradona, pero mientras el héroe Argentino se operaría para disminuir y volver permanente a la obesidad, el Gago cabalgaría descontrolado hacia la obesidad amorfa, lo que moldeaba a la perfección a nuestro excelso mentiroso habitando en un mundo fronterizo con la mafia. En nuestra proyección Gaguiana, todo rondaba la fechoría y la corrupción, pues al fin y al cabo Gago cumplía al dedillo con la característica del pillo y del corrupto: mentir hasta el delirio.
¿Quién lo iba a sospechar? ¿Quién entre nosotros, que nunca le miramos con esos ojos o nunca prestamos atención a su forma de mentira más que de un modo burlón? Nosotros que hablábamos de Kerouac o de Borges, de Bioy Casares o de Poe. Nosotros que jugueteábamos con curiosidad la ficción, sin saber que la primera gran mentira asumida es la ficción o esa otra realidad, mucho más honesta, que es la ficción. El Gago hablaba de futbol o de la muchacha del 12-B, a quién decía haberle hecho el amor repitiendo con precisión y sin parar, todas las posturas del Kama Sutra, sin saber, claro, que era el Kama Sutra. ¿Quién iba a imaginar la vasta obra que se forjaba tras cada una de sus mentiras?
No fui yo quién lo descubrió. Fue Altazor, siempre atento al talento y sensible a la literatura quién descubrió en una pequeña librería al Oeste de aquella ciudad quien encontró "Elogio de la mentira exagerada" de Gregorio Platón. Que confesó leerse en pocas horas, no por que el libro fuera escaso, que no lo era; sino por el poder narrativo, la contundencia filosófica y la originalísima historia que encontró en aquellas páginas de estructura absolutamente novedosa. Altazor escribió un mail a todos lo que habíamos vivido en el edificio en aquellos años:
"He encontrado y he leido una de esas pocas obras que marcan puntos de ascensión en la autobiografía de cada uno como lector. Hay cuatro o cinco obras que marcan el perfil de nuestra vida de lectores. Obras que aparecen y se suman casi a nuestra propia biografía. Uno de esos libros que se cuelan no sólo intelectualmente, sino que abarcan, también, el campo de la experiencia vital. Hay libros que todo lo transforman, no sólo nuestra percepción, también nuestra vida. Elogio de la mentira exagerada es, desde ya, desde esta misma mañana, uno de esos libros que ya no salen. Un paradigma. Y luego de varias horas de investigación he descubierto algo que desde ya les obliga a todos ustedes no sólo a leer este, sino todas las obras de este excelso autor. Él, el hombre que ha aparecido para agitar y modificar definitivamente el rumbo de la literatura, no sólo nacional, no sólo en nuestra lengua, sino la literatura universal. El hombre que retoma y gana el pulso, ahora que tanto se debate sobre el futuro de la novela. Porque este hombre, nuestro hombre, no es tan solo Gregorio Platón. Nuestro Hombre es El Gago."
Lo que encontramos a partir de ahí fue salvaje. El Gago vivió en el límite, porque la mentira es el límite. Vivir en la mentira es una terrible verdad. Mantener las mentiras es seguramente, uno de los trabajos más arduos, complejos y matemáticos del hombre. En cualquier caso supimos que habitó hasta el delirio en ese mundo de mentira y las versiones que nos llegaban de su vida no aclaraban la biografía. A veces leíamos entrevistas que no sabíamos si eran verdad, encontrábamos referencias a viajes quizá fomentadas por el propio Gago o por alguno de sus discípulos que si nombraron a si mismos Los Neomentirosos. había una vertiente que creía que El Gago salió del edificio y recorrió parte de Latinoamérica, que conoció y vivió en comunas de nuevos literatos, que perteneció a grupos underground de nueva prosa. había otra vertiente que decía que había sido taxista y que su inabarcable obra literaria se había forjado en conversaciones nocturnas con clientes extremos. Nada quedaba aclarado mientras devorábamos libros. Literatura tremenda, frenética, excesiva. Personajes raros, complejos, difíciles, sórdidos. El Gago o Gregorio Platón narraba con detalle un mundo complejo, lleno de casualidades difíciles. Nada se sostenía, todo parecía deambular, porque todo parecía flotar en una irrealidad contundente o esa realidad total que es la realidad de los que viven al margen, que al final somos todos. El padre de los neomentirosos había fundado un movimiento distinto, todo parecía mentira, pero se dudaba de su irrealidad. ¿Aquello sucedía o no sucedía? ¿Es posible que estuvieramos leyendo aquello o por el contrario todo era una contundentísima mentira? Quizá ni siquiera aquello estuviera escrito. Quizá ni siquiera estaba publicado. Cuando uno terminaba de leer al Gago no sólo dudaba del libro, de las frases; se dudaba hasta de uno mismo y se concluía, no sin drama, que quizá la verdad sería la primera gran mentira.
Obras más representativas de Gregorio Platón, El Gago:
Elogio de la mentira exagerada
Verdad - Mentira = Mentira
El silencio es el primer ruido
La incertidumbre de lo cierto
Realidad Fragmento o cómo engañar con la verdad.
Maradona no jugaba al futbol
Política
Confesión
Fluctuación
lunes, septiembre 10, 2012
Diálogo
.- La vida empieza su decadencia cuando se acaban los ídolos. Cuando ves el error y la grandilocuencia en la épica. Cuando la imperfección gana la batalla a la perfección. Cuando el pero se adhiere a todos los análisis e incluso cuando ya todo es análisis. Hubo un tiempo en que no perfilaba cada instante, en que no afilaba las melodías. Hubo un tiempo de frescura en que las cosas corrían y llegaban plenas. No es temor, es el vicio de verbalizarlo todo. Cuando hay música, las notas vienen rápido con la deconstrucción. Ahora no escucho, analizo. Se interpone el pensamiento. En seguida hay palabras. En seguida hay frases, incluso comparaciones. En el pasado la música tenía momentos limpios. Todo sucedía directamente entre el movimiento sonoro y el vital. La música era una plenitud. Ahora hablo y todo viene masticado, o algo que parece masticado, resabiado. Como si en cierto modo se hubiera acabado la novedad. Soy decadente. Soy viejo. Eso siento en este constante pensamiento que se antepone a la novedad y sin embargo no lo puedo evitar.
.- Son los escudos. Te proteges. La vida es un ciclo raro en el que te vas alejando constantemente. Son batallas permanentes. Es una búsqueda retorcida de la identidad. Creo que la decadencia empieza cuando buscas tu autenticidad, tu verdadera identidad. Cuando la buscas, en el solo acto de buscarla, ya no hay honestidad. No puedes actuar:"voy a ser honesto buscando ser honesto, autentico" La autenticidad no se busca: está. Pero hay un momento en el que te descubres a ti desde tu punto de vista y de repente te sientes deshonesto:"ese no soy yo" y el juego es perverso, porque observándote ya hay un desdoblamiento que no te permite ser lo internamente objetivo para saber si eres honesto. Ya tú no eres ese, por lo tanto ya no le puedes juzgar como autentico o no. Sin embargo ya te has juzgado y comienzas a buscarte, buscas tu verdadera identidad: evidentemente jamás la alcanzas. Ahí empieza la decadencia.
.- Hay algo perverso en vivir, todo sucede un poco tarde. Piensa tu vida con dos días de antelación, con cinco minutos previos.
.- Por eso el retroceso, por eso los escudos. La decadencia es vivir sabiendo que siempre se llega tarde y nos ponemos a salvo.
Suena el timbre. Se acaba el recreo.
.- Son los escudos. Te proteges. La vida es un ciclo raro en el que te vas alejando constantemente. Son batallas permanentes. Es una búsqueda retorcida de la identidad. Creo que la decadencia empieza cuando buscas tu autenticidad, tu verdadera identidad. Cuando la buscas, en el solo acto de buscarla, ya no hay honestidad. No puedes actuar:"voy a ser honesto buscando ser honesto, autentico" La autenticidad no se busca: está. Pero hay un momento en el que te descubres a ti desde tu punto de vista y de repente te sientes deshonesto:"ese no soy yo" y el juego es perverso, porque observándote ya hay un desdoblamiento que no te permite ser lo internamente objetivo para saber si eres honesto. Ya tú no eres ese, por lo tanto ya no le puedes juzgar como autentico o no. Sin embargo ya te has juzgado y comienzas a buscarte, buscas tu verdadera identidad: evidentemente jamás la alcanzas. Ahí empieza la decadencia.
.- Hay algo perverso en vivir, todo sucede un poco tarde. Piensa tu vida con dos días de antelación, con cinco minutos previos.
.- Por eso el retroceso, por eso los escudos. La decadencia es vivir sabiendo que siempre se llega tarde y nos ponemos a salvo.
Suena el timbre. Se acaba el recreo.
Nombre en la fiebre
La fiebre te empuja al pasado, pero no te traslada allí, te hace ver la escenografía y los hologramas de algunos individuos que fueron inconclusos, que no habitaron con contundencia allí, en aquel tiempo lejano. La fiebre te trae un travelling lento por un escenario que ahora aparece vacío, evoca nombres que parecían borrados, caras que siguen siendo difusas. Esa gente del pasado que fue intrascendente y también tú para ellos, también ellos verán tu rostro una noche de fiebre y te nombrarán en ese suave delirio del cuerpo hirviendo y recordarán torpemente esta cara o esta cara en aquel pasado ambiguo y difuso. Hay una parte de nuestro pasado que no transcurrió del todo, pasó y ya, eso era todo lo que tenía que suceder, pasar de largo, pasar sin prisa. También ese pasado, no obstante, eres tú. También esos días borrosos, esas noches amontonadas como una. Esas sensaciones difusas en una calle que se recuerda llena de imprecisiones. Una calle por la que pasabas sin más, a media tarde, recién duchado, bien peinado o creyendo que ibas bien peinado, pasando sin más. Te encontrarías con esas caras que hoy, en mitad de la fiebre, han llegado incompletas, de un modo casi absurdo. Pasarías la tarde en un suave coqueteo, en un dejarse llevar sin saber que todo eso sería una imagen rara en mitad de una noche de fiebre muchos años después y que los nombres de esas tardes caerían como palabras inconexas entre sudores y escalofríos de una gripe molesta. A veces el pasado es un suave delirio febril, o quizá eso fue todo lo que pasó antes de esto: un delirio leve, un poco inconexo. Sudores y escalofríos. Nombres en la fiebre.
lunes, septiembre 03, 2012
Texto
Desperté creyendo que anoche había escrito un texto en el blog. No lo dudé, la información estaba adherida como piel a mi memoria. En esencia, la sinopsis y algunas sensaciones de ese texto, transitaban como ya escritos por los recovecos inaccesibles de mi cabeza. Había una sensación general a ese texto ya trasladado a escritura. A grandes rasgos el texto narraba un sueño que debía haber tenido hace una o dos noches, un sueño en el que Madrid y posiblemente más ciudades del país quedaban sumidas en una forma peculiar de agonía: todos los servicios básicos colapsaban: luz, agua, etc, etc. Las noche en Madrid se volvía tremenda y el ambiente rozaba lo que uno imagina que sería la ciudad amenazada por una guerra. El caos y el pánico colectivo eran el pulso permanente de las calles, de los habitantes. Desaparecían paulatinamente, y con cierta velocidad, las normas, las reglas, las leyes y se imponía el sálvese quien pueda. El sueño y su posterior transcripción en texto estaban muy inundados de temores con respecto a mantener a salvo a mis hijas y volvía a comprobar algo desde que ellas nacieron: mis sueños espesos o pesadillas ahora se proyectan en ellas. Mis temores básicos han saltado de mi a ellas. No es un mal sueño ya para mi los peligros en mi vida, ahora el temor es por sus vidas. Algo biológico, algo ancestral hay en ese salto en el temor de los sueños. Mis pesadillas son más pesadillas cuando la amenaza cae sobre ellas.
Desperté ajeno a todo eso, porque en mi memoria, ese sueño y esa transcripción de sueño a texto había sucedido ya, quizá ayer, quizá antes de ayer. No calculé porque actué con la normalidad del que ha vivido ya algo y no lo examina. En mi memoria habitaba el recuerdo de ese sueño y de ese texto como habitan recuerdos de antes de ayer, la cena del viernes o el paseo entre piedras y sol del domingo. estuve trabajando, sumido con bastante concentración en mi tarea. A media mañana revisé mi correo, paseé por la red y pensé en escribir un texto. Fue ahí cuando me pregunté: ¿Cómo había titulado ese texto? En esa pregunta cayeron otras preguntas. Recordaba haberlo escrito pero se iba borrando todo, su sinopsis, su esencia, sus sensaciones. Corrí a buscarlo y vi que no había nada. Recordé que sueño y la escritura del sueño fueron sueño y entonces escribí este texto que ya no sé si es texto o parte de ese sueño inabarcable.
Desperté ajeno a todo eso, porque en mi memoria, ese sueño y esa transcripción de sueño a texto había sucedido ya, quizá ayer, quizá antes de ayer. No calculé porque actué con la normalidad del que ha vivido ya algo y no lo examina. En mi memoria habitaba el recuerdo de ese sueño y de ese texto como habitan recuerdos de antes de ayer, la cena del viernes o el paseo entre piedras y sol del domingo. estuve trabajando, sumido con bastante concentración en mi tarea. A media mañana revisé mi correo, paseé por la red y pensé en escribir un texto. Fue ahí cuando me pregunté: ¿Cómo había titulado ese texto? En esa pregunta cayeron otras preguntas. Recordaba haberlo escrito pero se iba borrando todo, su sinopsis, su esencia, sus sensaciones. Corrí a buscarlo y vi que no había nada. Recordé que sueño y la escritura del sueño fueron sueño y entonces escribí este texto que ya no sé si es texto o parte de ese sueño inabarcable.
miércoles, agosto 29, 2012
La piel del tigre
Flix ya no esperaba el momento, ese momento único, iluminado y preciso que esperan los mediocres y los creyentes. Flix no miraba a los lados o hacia atrás con la mirada incendiada del que se cree elegido, quizá porque Flix sabía que a los elegidos o a determinado tipo de elegidos, lo que les queda es la memoria de los hombres, la borroso y alterable memoria de los hombres. Flix había decidido habitar sin grandes aspavientos, respondiendo con nobleza y honestidad a la vida. Esperando la caída de la tarde con el sosiego del que sabe que puede estar presenciando, irrevocablemente, la última caída de la tarde de su vida. No era hombre de turismos convencionales, si conocía ciudades era casi porque las ciudades le llamaban y las terminaba recorriendo como si en cierta manera su vida hubiera sucedido ahí, de un modo paralelo. A su manera Flix habitaba en todas las ciudades que conocía a la vez, quizá porque Flix vivía, como pocos hombres hacen, en el presente continuo. Así que el México DF tampoco le resultaba ajena, la ciudad tenía ciertos parecidos con la ciudad donde nació o la ciudad donde estudió brillantemente Ingeniería Química. Había calles que había recorrido en ficción o en viajes previos y el DF también contenía anécdotas de su vida, porque anécdotas vitales son también las imaginadas, las leídas o las reales. Esta vez estaba en la ciudad acompañado, así que cedió al turismo de monumentos y de guías sin molestias e incluso disfruto los paseos. Los aztecas tenían una atracción casi hipnótica en Flix, por un efecto casi onírico. Para Flix los aztecas resonaban como una vida posible o que no le resultaba tan distante, tan lejana. Veía cierta traslación azteca en algunos símbolos de su vida, semejanzas casi yuxtapuestas, proyecciones de una forma de vida sobre su forma de vida. Flix creía que la evolución no era más que un cambio en los símbolos o en la identidad imaginaria de la realidad, pero no creía en una línea avanzando hacia adelante, el presente era único, permanente: también vivimos en el año mil cuatrocientos veintiocho.
Comió con sus acompañantes en General Prim con Versalles. Al terminar de comer alguien propuso caminar hasta el Zócalo. Flix no contestó, pero pensó que un paseo vendría bien. No atendió a la conversación colectiva del camino. Atendió a las calles: a flix el DF le resultaba insultantemente familiar, también esa sucursal de las funerarias J. Garcia Lopez. Sonrió y a su manera recordó un funeral acontecido ahí dentro, pomposo y pretencioso, porque hasta en la muerte se puede ser imbécil. Imaginó ese saludo serio de los funerales e incluso imaginó el ataud de madera y el vestido excesivo de la muerta, porque lo que Flix imaginaba recordar era una muerta, una muerta rubia, una muerta que en algún momento debió de ser su amante. Mientras el colectivo chismorreaba sobre algún alto cargo o sobre las peripecias de algún empleado buscando ascender con mediocridades. Conversaciones que a Flix siempre le aburrieron, además El Tigre, todos los asuntos laborales de El tigre ya quedaban atrás: lo que pasó en El Tigre se queda en El Tigre, pensaba FLix con sarcasmo. Para él había sido una epopeya salir de aquel pueblo imposible, ahora que lo había logrado y que trabajaba en otro país, recordar los recovecos y suciedades de las oficinas en El Tigre le aburrían o le parecían comentarios de otra vida, quizá aquella rubia imaginada en la funeraria de Prim con Versalles era, en cierta forma, la metáfora de su vida en El Tigre, eso pensó cuando, sin darse cuenta, habían alcanzado el Zócalo. Hubo fotos de esas que nunca se ven, el colectivo sonriendo a otro turista que amable se ofrece a inmortalizar la visita. En la foto no se detecta en Flix la abstracción en la que andaba sumido, pero Flix ya había notado que algo gobernaba el ambiente en el centro del DF, un algo pesado. Caminaron sosegadamente hasta la visita al templo mayor. Flix estuvo a punto de anunciar que les esperaba a todos fuera, quizá tomando algo en un café, leyendo las últimas páginas de un manuscrito extraño, delirado, sobre un movimiento artístico inexistente, pero prefirió sacrificarse y acompañar a los antiguos compañeros.
Flix ya no esperaba grandes imágenes, anunciaciones. Flix, ese tipo asiduo al presente, se encontró de repente en el centro azteca del universo. Allí estaba deambulando por el templo mayor, entre guardias aburridos, vigilando la nada, porque nada harían si todo aquello se viera amenazado. Flix paseó como pasea por monumentos y reliquias el que ya las ha visto anteriormente, el que ya las conoce: Observando lo que ya se prefiere observar. Flix, el hombre presente, el hombre sin aspavientos, entonces, se detiene en seco. Él, que no espera nada, de repente sabe, por una vez en su vida, que ha llegado un momento, un momento preciso, un momento elaborado con su biografía, con su memoria, con sus años: un tigre tremendo, fiero, que pasea sosegado y amenazante por las ruinas del templo Hécatl. Cuando lo descubre, percibe también el pánico que ha congelado los músculos de todos los visitantes y de todos los vigilantes, nadie reacciona ante la presencia del felino, porque nadie contaba con un felino por allí. Flix, analítico y racional, culto y lector de mitología, sabe sin atisbo de duda lo que ya le toca a hacer, la llamada la ha recibido de ese maraña inescrutable de la causalidad, si por algo el tiempo, ese presente inamovible en el que habitamos, le ha empujado hasta ahí es porque de una vez por todas y para siempre debe deshacerse del Tigre, ese pueblo en el que vivió, se representa ahora en forma de felino cruel en mitad de las ruinas aztecas. A su lado, uno de sus viejos compañeros, otro ingeniero químico, azotado por la congelación muscular de los nervios le mira y le pregunta:
.- ¿Qué hacemos Flix? ¿Qué hacemos aquí, ahora?
Flix aguanta unos segundos, mira a los lados, el templo se ha detenido, se podría asegurar que durante segundos el universo ha detenido su marcha.
.- Ya sé a que vine. Yo sé que hago aquí- contesta sin apartar la mirada del felino amenzante, terrible.
.- ¿Qué dices, Flix? ¿Qué hace, que piensa?
.- Vine a quemar la piel del tigre. Aquí, ahora. En el templo Mayor.
Lo demás, lo que vino, fue presente.
Comió con sus acompañantes en General Prim con Versalles. Al terminar de comer alguien propuso caminar hasta el Zócalo. Flix no contestó, pero pensó que un paseo vendría bien. No atendió a la conversación colectiva del camino. Atendió a las calles: a flix el DF le resultaba insultantemente familiar, también esa sucursal de las funerarias J. Garcia Lopez. Sonrió y a su manera recordó un funeral acontecido ahí dentro, pomposo y pretencioso, porque hasta en la muerte se puede ser imbécil. Imaginó ese saludo serio de los funerales e incluso imaginó el ataud de madera y el vestido excesivo de la muerta, porque lo que Flix imaginaba recordar era una muerta, una muerta rubia, una muerta que en algún momento debió de ser su amante. Mientras el colectivo chismorreaba sobre algún alto cargo o sobre las peripecias de algún empleado buscando ascender con mediocridades. Conversaciones que a Flix siempre le aburrieron, además El Tigre, todos los asuntos laborales de El tigre ya quedaban atrás: lo que pasó en El Tigre se queda en El Tigre, pensaba FLix con sarcasmo. Para él había sido una epopeya salir de aquel pueblo imposible, ahora que lo había logrado y que trabajaba en otro país, recordar los recovecos y suciedades de las oficinas en El Tigre le aburrían o le parecían comentarios de otra vida, quizá aquella rubia imaginada en la funeraria de Prim con Versalles era, en cierta forma, la metáfora de su vida en El Tigre, eso pensó cuando, sin darse cuenta, habían alcanzado el Zócalo. Hubo fotos de esas que nunca se ven, el colectivo sonriendo a otro turista que amable se ofrece a inmortalizar la visita. En la foto no se detecta en Flix la abstracción en la que andaba sumido, pero Flix ya había notado que algo gobernaba el ambiente en el centro del DF, un algo pesado. Caminaron sosegadamente hasta la visita al templo mayor. Flix estuvo a punto de anunciar que les esperaba a todos fuera, quizá tomando algo en un café, leyendo las últimas páginas de un manuscrito extraño, delirado, sobre un movimiento artístico inexistente, pero prefirió sacrificarse y acompañar a los antiguos compañeros.
Flix ya no esperaba grandes imágenes, anunciaciones. Flix, ese tipo asiduo al presente, se encontró de repente en el centro azteca del universo. Allí estaba deambulando por el templo mayor, entre guardias aburridos, vigilando la nada, porque nada harían si todo aquello se viera amenazado. Flix paseó como pasea por monumentos y reliquias el que ya las ha visto anteriormente, el que ya las conoce: Observando lo que ya se prefiere observar. Flix, el hombre presente, el hombre sin aspavientos, entonces, se detiene en seco. Él, que no espera nada, de repente sabe, por una vez en su vida, que ha llegado un momento, un momento preciso, un momento elaborado con su biografía, con su memoria, con sus años: un tigre tremendo, fiero, que pasea sosegado y amenazante por las ruinas del templo Hécatl. Cuando lo descubre, percibe también el pánico que ha congelado los músculos de todos los visitantes y de todos los vigilantes, nadie reacciona ante la presencia del felino, porque nadie contaba con un felino por allí. Flix, analítico y racional, culto y lector de mitología, sabe sin atisbo de duda lo que ya le toca a hacer, la llamada la ha recibido de ese maraña inescrutable de la causalidad, si por algo el tiempo, ese presente inamovible en el que habitamos, le ha empujado hasta ahí es porque de una vez por todas y para siempre debe deshacerse del Tigre, ese pueblo en el que vivió, se representa ahora en forma de felino cruel en mitad de las ruinas aztecas. A su lado, uno de sus viejos compañeros, otro ingeniero químico, azotado por la congelación muscular de los nervios le mira y le pregunta:
.- ¿Qué hacemos Flix? ¿Qué hacemos aquí, ahora?
Flix aguanta unos segundos, mira a los lados, el templo se ha detenido, se podría asegurar que durante segundos el universo ha detenido su marcha.
.- Ya sé a que vine. Yo sé que hago aquí- contesta sin apartar la mirada del felino amenzante, terrible.
.- ¿Qué dices, Flix? ¿Qué hace, que piensa?
.- Vine a quemar la piel del tigre. Aquí, ahora. En el templo Mayor.
Lo demás, lo que vino, fue presente.
martes, agosto 28, 2012
Artistas terribles (I)
Retirado desde los cincuenta años, pasó los últimos años encerrado en una casa que se perdía en una de las esquinas más frondosas de la sierra. Rodeado de pinos robustos, la casa miraba a la cara norte de una de las montañas más altas, en invierno, muchos días, se quedaba aislado, sin posibilidad de comunicación. Eso era lo que había buscado y eso le fue acentuando esa lejanía social. Se convirtió en un huraño absoluto, en un huraño de libro. Su idea inicial consistía en concluir todos los proyectos ideados a lo largo de los años. No concluyó ninguno, porque según avanzaba su retiro fue sintiendo rechazo a cualquier forma de expresión anterior a su retiro. Escribió, se sabe que escribió. Se sabe que narró historias desconcertantes y complejas, historias llenas de recovecos, de estructuras laberínticas, con personajes terribles y temibles, con un lenguaje incierto, anormal, rozando la escritura ininteligible, algunas frases parecen juegos, cadáveres exquisitos sin más sentido que lo surreal. Se supon, también, que pintó. Su pintura es la pintura de lo feo, pero una fealdad provocada, el final último donde jamás se encontraría la belelza. No era el horror o el terror o el miedo, era la fealdad como negación de cualquier vestigio de placer. Su arte, en general, negaba al ser humano, porque había concluido, y eso estaba escrito en alguno de sus cuadernos, que el ser humano era despreciable de principio a fin, hasta en sus bondades era despreciable. Para él el ser humano era no sólo prescindible, sino necesariamente había que erradicarlo. Había que fulminarlo, fumigarlo. Por eso, seguramente, empezó por él. Fue encontrado en una de las habitaciones de aquella casa de campo, en el arranque de una primavera que anunciaba pocas lluvias. La casa olía a serrín y a incienso. Había algo de catedral en el ambiente. El cuerpo no presentaba un aspecto desgradable. Quizá en su suicidio encontró, por fin, el sosiego. No había nota o despedida. Pero la lectura de sus manuscritos nos tuvo meses, años, sumidos en su mundo. Un mundo hostil y tosco.
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