jueves, septiembre 29, 2011
Buenos días
Hay días fríos, hay otros cálidos. Hay días templados y días de luz. Hay días blancos y días verdes. hay días sin color y días que brillan. Hay días variables: son varios días en el mismo día. Hay días que no hay día. Hay días que se escapan y días que se quedan. Hay días largos. Hay días que se parecen a otros días y hay días únicos. Hay días enormes. Hay días imborrables y días que se borran solos. Hay días que se amontonan a otros días y días que se quedan allí solos, libres. Hay días sin noche y noches sin día. Hay días que no son día, nunca estuvieron. Hay días que son gordos y días flacos. Hay días enfermos y días tremendamente saludables. Hay días sordos, días mudos, ciegos. Hay días sin tacto. Hay días que no huelen. Hay días constantes y días variables. Días en los que no pasa nada y otros en los que pasa de todo. Hay días grises y días azules. Días de nubes y claros y días claros y días de nubes. Días transporte y días parados. Días que caen y días que ascienden. Días que van, días que vienen. Días de mierda y días gloriosos. Días sin puertas y días claustrofóbicos. Días que volvemos y días que nos vamos. Hay un día que es el primero y uno que es el último.
miércoles, septiembre 28, 2011
Bocadillo Song
Ayer comí tarde. Realmente no comí, porque cuando lo hice ya era la hora de la merienda o de la cena en la mayoría de los países del mundo. En España se come realmente tarde comparado con el resto del mundo o al menos con todos los países que yo conozco. El caso es que comí tarde o merendé o me salí de franja. Salí de ensayar y me detuve en un lugar de esos que definen nuestra época:comida rápida que batalla por ser sana y natural. Me gustan esos sitios porque cuidan la estética del lugar, ofrecen cosas que no están mal y son tranquilos. Pedí un zumo y un bocadillo o sandwich bien preparado y muy sabroso. Esos sitios hurgan en sus productos, tratan de dar un buen bocadillo, ingenioso, rico, poco grasiento. No son bocadillos excesivos pero tampoco raquíticos. Esperé sentado con el zumo, tenía hambre pero pensaba en el ensayo, pensaba en la música que hago. Estoy realmente obsesionado con este tema. Siempre lo he estado, pero llevo meses deambulando a golpes por los conceptos, en el estilo, en las formas. Nunca he descartado el formato canción por varias cosas: no tengo un dominio musical como para plantearme otras cosas. A la canción le pasa como al cuento, son formatos de una enorme precisión, de una duración casi perfecta, tanto para contar, para desarrollar, como para escuchar. Una canción es una fracción de vida muy exacta. Creo que debe tener una relación bastante directa con la duración de los recuerdos, de como la memoria recrea. No creo que ande muy alejado el tiempo que recordamos una situación, un momento, con el de la duración de una canción, pero no estoy muy seguro o muy satisfecho como abordo o me muevo, incluyo a mi grupo, en el espacio de la canción, tampoco estoy muy de acuerdo en como la pereza o la facilidad o comodidad se apoderan cuando afronto o mi grupo afronta eso, la canción, cualquier canción, todas las canciones. En eso andaba, porque en eso ando a menudo y cada vez con más frecuencia, cuando el tipo que me atendió me acercó el plato con el bocadillo. Me aparté de las reflexiones y mordí el pan. Me vino una bocanada inmediata, sabrosa, ligera, fresca, contundente. El bocadillo estaba buenísimo. Recuerdo la salsa que empapaba el pan: yogur y pepino bien triturado, con algo de orégano, el justo para no saber a orégano, que es el gran problema del orégano. Había unas pocas rodajas de tomate y algo de atún que se mezclaba con enorme exactitud con los otros ingredientes. Nada sobresaltaba, todo iba acomodado como parte total del bocadillo. No era un bocadillo de esos que saben mucho a uno de los ingredientes y los demás se pierden por ahí, entre la miga del pan o de esos otros que la salsa se termina volviendo un incordio. Todo en ese bocadillo era justo y convivía con el resto como si el bocadillo fuera de todo, como si al pedirlo, al hacerlo, todo lo que llevara ese bocadillo fueran un sólo ingrediente, ninguno independiente. Lo mordí varias veces pausado, disfrutándolo. Es tan placentera la comida cuando es placentera, se disfruta de un instante amable porque las sensaciones suceden rotundamente a raíz de un solo sentido pero cohabitando con los otros. En la comida se disfruta del sabor, pero por supuesto del olor, por supuesto del tacto, la vista anticipa y escuchas el crujir, los mordiscos. Hay un instante de hipnosis cuando se come algo agradable, todo esta concentrado y expandiéndose de adentro hacia afuera. Mordí, mastiqué con deleite, los cuatro o cinco minutos que duró el proceso. No era un bocadillo muy grande. Lo justo para ser engullido en poco tiempo. Lo terminé, sorbí el zumo y me limpié con la servilleta. Había terminado. Eso, así, exactamente, debería ser una canción. Detrás de eso ando.
lunes, septiembre 26, 2011
Los nombres
A tu mejor amigo no te lo presentan: aparece. M tenía año y medio, casi dos, cuando conoció a C. C un par de meses menos. M era sonriente y entusiasta, C era alegre y explosivo. Nadie pronunció las palabras de presentación en dos seres humanos tan minúsculos. Nadie dijo: "M este es C, C esta es M". Nadie dio a conocer el nombre del otro. Simplemente, en el instante que se miraron, comenzaron una amistad que se prolongó en el tiempo. Una amistad basada en las entrañas, en los instintos, que son los cimientos de esas amistades tan tempranas. Los primeros encuentros fueron simpáticos, primarios, emocionantes. La concentración de cada uno en determinados juegos era variable y sólo cada ciertos periodos esporádicos coincidían en la misma actividad. Pero el ser humano crece a velocidad de vértigo y en seguida hablaban, gesticulaban, eran independientes. Tenían cinco años. M proponía entretenimientos a C, C accedía y cambiaba algunas normas. Así treparon algunos árboles, saltaron algunos muros, corrieron por caminos imprecisos y descubrieron el escondite, el juego que define la infancia, posiblemente la vida, seguramente la historia de la humanidad. C era más pícaro que M, M era ingenua y emocional, C se escondía y asustaba a M, M caía, casi siempre, en la trampa. Sin embargo C acudía a M cuando se asustaba o cuando se hacía daño. La amistad era sólida a los seis años. En el colegio C conoció a otros grupos, expandió su radio. M también, pero la influencia de esos grupos era menor, para ella C era el epicentro; para C, no obstante, M tenía cierto halo del pasado. Las reuniones sucedían los fines de semana, cuando sus padres, los de M y los de C, programaban viajes o actividades lejos de la ciudad. Un fin de semana, a los siete años, viajaron. Durmieron en un camping lejano, entre el silencio del campo y bajo árboles que a M le recordaban o le sugerían otros lugares, lugares lejanos, remotos, casi inaccesibles. A M le gustaba llamar a C y C odiaba, cada vez más, que M dijera una y otra vez su nombre. Entre los caminos, entre los árboles, M le buscaba diciendo una y otra vez:"¡C! ¡C! ¡C!" y C se escondía para evitar a M, la constante voz de M llamándole. Y M se preocupaba porque C se perdía entre paisajes irregulares, entre árboles indescifrables. Anochecía y M comprendía que era la hora de volver a la zona de acampada, reunirse con los padres, preparar la noche, abrigarse bien. Llamaba incesante a C y C huía, agotado, exhausto, de oír su nombre una y otra vez. Entonces a M, aquella tarde, se le apareció un hombre mayor. Caminaba pausado. Les había estado observando mucho rato, quizá toda la tarde. Se acercó y le dijo: "Los nombres se gastan. Si dices muchas veces un nombre la persona va desapareciendo. Si quieres que C no desaparezca, no podrás pronunciar más de siete mil veces su nombre. Si lo llegas a hacer, si en algún momento alcanzas las siete mil veces, C desaparecerá". M miró al hombre entre asustada y revuelta, entre nerviosa y alucinada, había vértigo y misterio, atracción y rechazo. El hombre se giró y se perdió entre los árboles, segundos después apareció C: callado, ausente, sin hablar.
M jamás contó lo sucedido. Dudaba entre lo cierto y lo manipulado. No sabía si el viejo estaba encompinchado con C o si simplemente era un loco o, si en el fondo, lo que dijo era cierto. Desde aquel día, paciente, obsesiva, preocupada contó y fue sumando una a una las veces que decía el nombre de C. C entre juegos, C por teléfono cuando fueron creciendo. Sin nombrarle los días que se llevaban bien para no desgastarle. Nombrándole enloquecídamente los días que se llevaban mal para acercar se desaparición. Todos recuerdan la tarde en que M, durante un minuto, quizá dos, dijo el nombre de C repetidamente, deliradamente; una y otra vez. Iba contando, iba sumando. Iban creciendo. Tres mil veces nombrado y llegaron a los nueve años: nuevos juegos, otros amigos. Cuatro mil veces y llegaron los once: primeras tardes en el cine. Cinco mil veces y llegaron los trece: el abismo de la pubertad. Llamadas para contarse secretos y M diciendo "C, es que me ha pasado esto " y la cuenta se iba agrandando y seis mil veces y llegaron los quince. M jamás olvidó sumar. Cada vez que pronunciaba el nombre de C recordaba mentalmente la cifra. Seis mil setecientos. "Sólo me quedan trescientos y somos tan jovenes" Y M se preocupaba, porque ella cumpliría la promesa que se hicieron los ocho años de ser amigos siempre, hasta el final. Y con dieciseis quedaban cien y empezaron a salir por las noches, juntaban los amigos de él con los amigos de ella y descubrieron el alcohol y en las primeras borracheras conocieron la pasión y la confusión y M se despertó una mañana pensando que lo mejor era separase de C, no por los besos de la noche anterior, no por incompatibilidad, no por C, sino por salvar a C, porque desde la noche anterior sólo quedaba una vez. Sólo podría nombrarle una vez más. C nunca comprendió. Habló mal entre la gente de M, del trato que había tenido con él. C lo vio como un engaño, como una perversión. Si la llamaba ella nunca atendía. Sí la veía a lo lejos en la calle, ella se giraba y desaparecía. Todo lo que intentaba M era, por todos los medios, jamás volver a pronunciar el nombre de C. M llevó una vida sosegada. Buena estudiante, viajó y vivió en el extranjero. C no terminó la carrera. C se casó pronto y se divorció rápido. Tuvo algunos trabajos y algunas etapas complicadas. M tardó en volver de fuera. Se dedicó a algo que no la completaba y durante años sintió una profunda y poco evidente insatisfacción. Cada cierto tiempo recordaba a C y caía en una nostalgia hermosa. C viajaba por carreteras y pasaba poco tiempo en el mismo sitio. Cuando recordaba a M recordaba bosques y a su padre, cierto esplendor, cierta luz. M mantuvo bastante parecido con su cara de la infancia, no ensanchó mucho con los años y lo más notable era el cambio de color de pelo. C seguía siendo delgado pero había perdido mucho pelo. Asunto que vivió con cierta angustia. A los treinta y algo, el azar que sigue su curso y gana siempre la jugada, los cruzó en el centro, a la salida del metro, una tarde de sábado. M subía las escaleras, C venía andando por la acera. C la reconoció en seguida. Sonrió a lo lejos y se acercó, casi corriendo, con emoción infantil, a saludarla, la tocó el hombro. M giró:
.- ¡M! Soy yo. Soy C
Ella le miró, reconoció los rasgos, las formas de la cara algo desgastadas pero manteniendo casi las mismas líneas. Percibió la perdida de pelo y reconoció la mirada de C. Esa mirada lejana y ausente. Suspiró e inevitablemente dijo.
.- ¡C, eres tú!
M jamás contó lo sucedido. Dudaba entre lo cierto y lo manipulado. No sabía si el viejo estaba encompinchado con C o si simplemente era un loco o, si en el fondo, lo que dijo era cierto. Desde aquel día, paciente, obsesiva, preocupada contó y fue sumando una a una las veces que decía el nombre de C. C entre juegos, C por teléfono cuando fueron creciendo. Sin nombrarle los días que se llevaban bien para no desgastarle. Nombrándole enloquecídamente los días que se llevaban mal para acercar se desaparición. Todos recuerdan la tarde en que M, durante un minuto, quizá dos, dijo el nombre de C repetidamente, deliradamente; una y otra vez. Iba contando, iba sumando. Iban creciendo. Tres mil veces nombrado y llegaron a los nueve años: nuevos juegos, otros amigos. Cuatro mil veces y llegaron los once: primeras tardes en el cine. Cinco mil veces y llegaron los trece: el abismo de la pubertad. Llamadas para contarse secretos y M diciendo "C, es que me ha pasado esto " y la cuenta se iba agrandando y seis mil veces y llegaron los quince. M jamás olvidó sumar. Cada vez que pronunciaba el nombre de C recordaba mentalmente la cifra. Seis mil setecientos. "Sólo me quedan trescientos y somos tan jovenes" Y M se preocupaba, porque ella cumpliría la promesa que se hicieron los ocho años de ser amigos siempre, hasta el final. Y con dieciseis quedaban cien y empezaron a salir por las noches, juntaban los amigos de él con los amigos de ella y descubrieron el alcohol y en las primeras borracheras conocieron la pasión y la confusión y M se despertó una mañana pensando que lo mejor era separase de C, no por los besos de la noche anterior, no por incompatibilidad, no por C, sino por salvar a C, porque desde la noche anterior sólo quedaba una vez. Sólo podría nombrarle una vez más. C nunca comprendió. Habló mal entre la gente de M, del trato que había tenido con él. C lo vio como un engaño, como una perversión. Si la llamaba ella nunca atendía. Sí la veía a lo lejos en la calle, ella se giraba y desaparecía. Todo lo que intentaba M era, por todos los medios, jamás volver a pronunciar el nombre de C. M llevó una vida sosegada. Buena estudiante, viajó y vivió en el extranjero. C no terminó la carrera. C se casó pronto y se divorció rápido. Tuvo algunos trabajos y algunas etapas complicadas. M tardó en volver de fuera. Se dedicó a algo que no la completaba y durante años sintió una profunda y poco evidente insatisfacción. Cada cierto tiempo recordaba a C y caía en una nostalgia hermosa. C viajaba por carreteras y pasaba poco tiempo en el mismo sitio. Cuando recordaba a M recordaba bosques y a su padre, cierto esplendor, cierta luz. M mantuvo bastante parecido con su cara de la infancia, no ensanchó mucho con los años y lo más notable era el cambio de color de pelo. C seguía siendo delgado pero había perdido mucho pelo. Asunto que vivió con cierta angustia. A los treinta y algo, el azar que sigue su curso y gana siempre la jugada, los cruzó en el centro, a la salida del metro, una tarde de sábado. M subía las escaleras, C venía andando por la acera. C la reconoció en seguida. Sonrió a lo lejos y se acercó, casi corriendo, con emoción infantil, a saludarla, la tocó el hombro. M giró:
.- ¡M! Soy yo. Soy C
Ella le miró, reconoció los rasgos, las formas de la cara algo desgastadas pero manteniendo casi las mismas líneas. Percibió la perdida de pelo y reconoció la mirada de C. Esa mirada lejana y ausente. Suspiró e inevitablemente dijo.
.- ¡C, eres tú!
martes, septiembre 20, 2011
El ruido de la tienda
Desde hace dos horas viene un ruido atronador desde la tienda de abajo. Es un ruido salvaje, como generado por una tribu que habita en un mundo olvidado del año 2987. Cuando me asomo a la ventana, no obstante, en la tienda no se ve luz, tampoco movimiento. lo que me hace pensar que hay un efecto acústico que traslada la dirección de procedencia del sonido. La acústica juega al engaño, al escapismo. Sin embargo por más que cierro los ojos y me concentro, esa catarata caótica de audio si parece provenir de la tienda. Esa tienda extraña. Pertenece a un chico extraño, hablador y despistado, ajeno. Hay personas que parece que no pertenecen o que deambulan por un lugar superpuesto al mismo lugar por donde van los demás. Ese chico tiene mucho de eso, incluso la tienda tiene mucho de eso. Entra poca gente, ojean los libros ilustrados, todos esos comics que muestran mundos desconcertantes, angustiosos, basados en una enquistada nostalgia por la era infantil de la que a todos nos arrancaron a base de tiempo. Una vez entré y vi libros muy distintos. Dibujos negros, títulos aprensivos, narraciones grandilocuentes, poesía urbana, el encierro de la metropolis en cabezas activas. El chico observa a los clientes, recomienda lecturas. Es un experto en la materia. Su tono de voz es de un extreme nervio contenido extremamente. Cierra y se va apurado, como si siempre llegara tarde. Y hoy está cerrada la tienda, pero viene un ruido atronador, música que no se distingue. Ruido desbordado, descontrolado. Mañana bajaré y le voy a denunciar. Hay límites. Aceptó esas rutinas extrañas de la tienda. Rozan, a veces, la ilegalidad. Un vecino un día hablaba de drogas, a mi me parecía excesivo, pero el tráfico de individuos peculiares es desoncertante, pero ese ruido, ese ruido es inadmisible. No puedo decribirlo. Jamás había escuchado una masa sonora semejante. Asusta. Viene y lo arrastra todo. Sólo sucede el ruido, todo lo demás queda por debajo. Así que me miraré la puerta de la tienda hasta ver que sucede, hasta encontrar una solución. Sin embargo todo está quieto, muy quieto. No hay luces, no hay movimiento. ¿De dónde viene ese ruido? Estoy seguro que viene de la tienda. Me da por pensar en cosas raras, extrañas, inexplicables. Como si todo ese ruido viniera de esos libros oscuros. Como si los personajes imaginarios, creados a trazos irregulares, estuvieran protestando en sus mundos de trazos irregulares. Indignados por habitar en esos espacios claustrofóbicos. El ruido de ese mundo pintado. Miro y no hay nadie pero la masa sonora no cesa. Es permanente, una constante. Agudos y graves entremezclados sin distinguirse una capa. Es amorfo lo que atropella el silencio de la calle y es desconcertante que la tienda esté tan apagada. Me da por pensar que hay un rito extraño ahí dentro, pero no se adivina nada salvo la oscuridad. De repente, ahora mismo, se ha callado todo. Ha desaparecido el ruido. No hay más. Espero unos segundos. Un apr de minutos pero no vuelve. La calle vuelve a su estado original, el silencio remarcado de la noche en esta calle. La tienda sigue a oscuras. Podría denunciar, pero¿qué denuncio? ¿qué ruido es ese?¿qué lo generaba? Aquí está el silencio de esta calle. Ha vuelto. Volveré a la cama. Intentaré dormir. Hoy debo dormir. Debo intentar conciliar el sueño. El insomnio, el ruido de la cabeza. El silencio de la calle. Tengo que dormir al menos unas horas.
martes, septiembre 13, 2011
Fiesta
Se ponía el Sol. Es un acto diario y emocionante. El Sol se pone y es diario, es rutina, pero es hermoso y extraño, un acontecimiento olvidable por fugaz, porque siempre olvidamos hasta los atardeceres más brutales, pero yo lo disfruto, aunque hay tantos, tantos miles, que lo juzgan y lo denostan, pero el Sol yendose, sobre todo en septiembre, es emocionante. Y era septiembre y se iba el sol y se percibía la ciudad en movimiento, ese ritmo vivo y alegre, pero alejado del ritmo vertiginoso de la semana. Yo desconocía esa zona de la ciudad, llegamos allí en coche. A veces tu ciudad se vuelve nueva, distinta y te desconcierta porque todo parece la misma ciudad, pero otra. Son calles por las que no has pasado o pasaste hace años y de repente la ciudad parece otra ciudad, como cuando te descubres una mancha en la piel o las primeras canas, que ya todo es, de repente, otra cosa, eres tú, es la ciudad pero se percibe de otra forma. Las calles eran arboladas, de edificios muy bajos y casas hermosas, esas casas caras que son discretas y hermosas, las casas de la clase alta de verdad, la que no se exhibe porque siempre estuvo ahí, la que no demuestra sino que permanece inaccesible e invisible porque en el fondo, son los que, de verdad, manejan el cotarro.
Era una fiesta o una reunión. No había mucha gente. Quince, no llegaba a veinte. Sonaba música agradable, hermosa pero discreta, sutil, como las casas de esa calle, como la misma casa donde estábamos. Música inaccesible y escuchada por unos pocos. Había unas cuantas hamacas blancas en un jardín con desparpajo, liberado de la hostilidad de ciertos jardineros, ligero, un jardín que casi es salvaje pero meditádamente colocado. Un caos dirigido. Me dieron alcohol. Ginebra con tónica y limón. El hielo era casi picado, pero había formas. Me presentaron a algunos. Saludé distanciado, callado. Escuché conversaciones sobre viajes o sobre deportes desconocidos, aventuras de madrugada en carreteras secundarias que terminan en fincas donde se dan fiestas imposibles o sobre rodajes de una pieza visual. Escuché y me bebí un segundo gin tonic. Me aparté de la reunión. Recorrí el jardín. Vi las cristaleras que daban a un salón, unos sofás blancos bajos, preciosos. Tras los cristales no había nadie. Estaba el salón iluminado de un modo que parecía la esencia de la estética. Me acerqué para ver desde ese lado la decoración de ese salón bien iluminado. Aparte de los sofás distinguí una mesa baja y un par de cuadros abstractos que eran inmensos y poderosos. Seguí recorriendo el jardín, al fondo un árbol estaba iluminado desde abajo, produciendo esas formas de sombra desconcertantes poéticas que da la luz artificial proyectada sobre las cosas naturales. Me acerqué al árbol. Lo trepé. Pensé alcanzar la copa alta y torpemente ascendí por el tronco. El primer tramo fue el más difícil, el segundo, ya metido entre ramas, ascendí con habilidad. Arriba, lograba ver, desde la distancia y la altura, la reunión. Me quedé observando a mi novia con sus amigos, esa gente con la que habíamos ido y esos otros que estaban allí, con una copa de vino en la mano, ajena al mundo, tan distante de mi verdadera vida. La vi mucho rato hasta que comprendí que empezaba a preguntar por mi, que miraba con cierta preocupación contenida hacia los lados, tratando de encontrarme mientras me buscaba. Supe, entonces, que no bajaría del árbol, que esperaría toda la noche allí, que dormiría incluso en el árbol hasta que la fiesta se deshiciera y ella, desconcertada se fuera a casa en el coche que nos habían traido. Y así fue. La fiesta se fue diluyendo. Se fueron. La vi despedirse extrañada, disculpándose y disculpándome. Se quedaron dos chicos tumbados en la hamaca, les amaneció. Se quedaron dormidos. Entonces bajé y me fui a casa en metro. El metro más cercano estaba realmente lejos.
Era una fiesta o una reunión. No había mucha gente. Quince, no llegaba a veinte. Sonaba música agradable, hermosa pero discreta, sutil, como las casas de esa calle, como la misma casa donde estábamos. Música inaccesible y escuchada por unos pocos. Había unas cuantas hamacas blancas en un jardín con desparpajo, liberado de la hostilidad de ciertos jardineros, ligero, un jardín que casi es salvaje pero meditádamente colocado. Un caos dirigido. Me dieron alcohol. Ginebra con tónica y limón. El hielo era casi picado, pero había formas. Me presentaron a algunos. Saludé distanciado, callado. Escuché conversaciones sobre viajes o sobre deportes desconocidos, aventuras de madrugada en carreteras secundarias que terminan en fincas donde se dan fiestas imposibles o sobre rodajes de una pieza visual. Escuché y me bebí un segundo gin tonic. Me aparté de la reunión. Recorrí el jardín. Vi las cristaleras que daban a un salón, unos sofás blancos bajos, preciosos. Tras los cristales no había nadie. Estaba el salón iluminado de un modo que parecía la esencia de la estética. Me acerqué para ver desde ese lado la decoración de ese salón bien iluminado. Aparte de los sofás distinguí una mesa baja y un par de cuadros abstractos que eran inmensos y poderosos. Seguí recorriendo el jardín, al fondo un árbol estaba iluminado desde abajo, produciendo esas formas de sombra desconcertantes poéticas que da la luz artificial proyectada sobre las cosas naturales. Me acerqué al árbol. Lo trepé. Pensé alcanzar la copa alta y torpemente ascendí por el tronco. El primer tramo fue el más difícil, el segundo, ya metido entre ramas, ascendí con habilidad. Arriba, lograba ver, desde la distancia y la altura, la reunión. Me quedé observando a mi novia con sus amigos, esa gente con la que habíamos ido y esos otros que estaban allí, con una copa de vino en la mano, ajena al mundo, tan distante de mi verdadera vida. La vi mucho rato hasta que comprendí que empezaba a preguntar por mi, que miraba con cierta preocupación contenida hacia los lados, tratando de encontrarme mientras me buscaba. Supe, entonces, que no bajaría del árbol, que esperaría toda la noche allí, que dormiría incluso en el árbol hasta que la fiesta se deshiciera y ella, desconcertada se fuera a casa en el coche que nos habían traido. Y así fue. La fiesta se fue diluyendo. Se fueron. La vi despedirse extrañada, disculpándose y disculpándome. Se quedaron dos chicos tumbados en la hamaca, les amaneció. Se quedaron dormidos. Entonces bajé y me fui a casa en metro. El metro más cercano estaba realmente lejos.
sábado, septiembre 10, 2011
Destino de Isaac
Isaac. Elegante, atractivo, solemne. Isaac con ese aspecto sobrenatural, como si hubiera venido en nave de un lugar del futuro en el que se cumplen las peores predicciones y sólo sobreviven los crueles, los salvajes domados, los terribles. El poder de Isaac no estaba sólo en su fuerza, también en su frialdad cercana, en ese trato como de cuchillo frío que te recorre la nuca. Desconocíamos momentos de debilidad en Isaac, como si nada se fragmentara, nunca, por dentro. Como si hubiera una roca, una roca formada en la era glacial. Protegido por la fortuna, todo le salía bien, todo salía según sus cálculos. Nunca surgía el caos, el infortunio, el desorden del destino que tantas veces juega en contra de todos alguna vez. Aunque racional, todos tendíamos a creer en Isaac un brujo, alguien con poder para gobernar invisiblemente las cosas. Nunca había un momento ridículo en Isaac. Nunca un despiste que dejara ver una mueca torpe, un gesto de fragilidad. A Isaac nunca le ladró un perro de improviso en mitad de una calle en una fría madrugada, forzándole al salto, al susto, al leve grito, al repentino aumento del ritmo cardiaco. Nunca resbalo en ese suelo húmedo, nunca se desvaneció, nunca una hoja de lechuga se pegó inesperadamente en los incisivos, eso que a todos, de cara a los demás nos hace vulnerables. Esa vulnerabilidad extraña, porque no sucede nada, pero que te hace menos solemne, menos creíble, menos inalcanzable. En Isaac todo era, permanentemente, soberbio, elegante, frío. Nunca una mancha inapropiada a la altura del abdomen, en la camisa blanca, una mancha que todos han tenido, una mancha que te hace víctima de lo inesperado, del azar, del accidente. Estaba todo confabulado. Todo el azar estaba siempre a su favor para remarcar su caracter de pseudo Dios, de ser elevado, de frío estratega. Como si hubiera logrado el beneplácito de lo accidental, la impunidad total para los insignificantes accidentes diarios. Isaac estaba protegido por el destino, si es que este existe. Isaac lo tenía todo a su favor y todos vivíamos obsesionados, esperando, sin rencor, ese azar cruel que te da y te quita y como en Isaac era tan desproporcionado el equilibrio siempre pensamos que cuando el azar viniera a cobrarse, la cuenta sería impagable, todo el crédito de una vida en un instante, por eso siempre esperamos un instante terrible para Isaac, un instante en el que esa fortuna extraña cobrara su deuda. Vivíamos pendientes, pero descubrimos que el azar reparte y no contabiliza. No hay ley de igualdad. Da y toca. No hay balanza.
martes, septiembre 06, 2011
Varias biografías de escritores amateurs en una sola.
A los 11 años escribe varias obras de teatro. Una sobre un detective que bebe compulsivamente whisky y que busca resolver un caso, que en el ultimo momento se descubre que no es cierto, que el asesinato del que busca un culpable, jamas ha sucedido. El tema del detective frustrado es una constante en esas obras mal escritas de la infancia, no obstante él cree en ellas, no cree en el sentido de éxito, sino en el sentido de placer. A los 13 años escribe unas veinte letras de canciones, se encuentra con la metáfora y abusa de ella hasta el delirio, hasta crear monstruos mas que metáforas. Las canciones nunca las llega a interpretar con músicos, como tampoco represento las obras. Lee, desde entonces, a Baudelaire, a Sábato, a Cela, a Delibes, a Neruda, a Sábato otra vez, relee a Sábato, a Vargas Llosa, a Moravia, a Twain, a Melville. Hay momentos trascendentes, sobre todo con Sábato, donde todo le parece que se cuela, un túnel, un túnel entre el libro y lo que sucede. Coge autobuses y escribe en cuadernos poemas que borra porque, ya lo sabe, eso nunca se lo niega, no tiene talento, pero si un enorme interés por hacerlo. En un momento, que coincide con el descubrimiento de las drogas, se encuentra con Cortázar y con Cortázar se congela, trabaja en un taller en el que hay, diariamente muy poco trabajo,y los ratos muertos, que son las ocho horas, lee a Cortázar y escribe en hojas de promoción del taller. Son sus primeros intentos con el cuento o no los primeros pero si los mas conscientes. Lee, escribe mal y sufre una terrible insolación emocional por una chica dos años mas joven con la que descubre una forma amable de sexo y que ella olvida de repente. Llora y lee El principito y no se siente identificado con ese personaje, pero lo de un planeta vacío le resulta dolorosamente parecido. Desde ese momento le parece que vive en una ciudad distinta, una ciudad que está alejada de la ciudad donde realmente vive. Conoce a un asesino, conoce a muchos alcohólicos, conoce a zoófilos que las noches de luna llena fornican con cabras, conoce unas tipas tristes adictas a la cocaína, conoce a desequilibrados, conoce a un tipo que toca percusión en un grupo de salsa brava, conoce a tipos que no vuelven, que se van lejos sin moverse y se pierden en el camino.
Con el tiempo trata de escribir sobre eso. Viaja a otros lugares y en otros lugares sigue escribiendo cuentos o narraciones abstractas terriblemente malas. No obstante, a lo largo de los años, esa relación con lo que escribe va variando. Gana en paciencia y pierde urgencia, pero jamás pasa de eso, de dar teclazos con cierta anarquía. No cree en la perdurabilidad de lo que escribe, pero sabe que jamás dejará de hacerlo. Escribe como el que bebe o el que consume ansiolíticos. Con lo años acumula páginas y páginas de osas escritas, de bocetos, de intentos. Nada, absolutamente nada, es destacable, pero sin la construcción constante de esas páginas hubiera llegado sano a ningún sitio. Escribir, como a tantos, le ha salvado.
Con el tiempo trata de escribir sobre eso. Viaja a otros lugares y en otros lugares sigue escribiendo cuentos o narraciones abstractas terriblemente malas. No obstante, a lo largo de los años, esa relación con lo que escribe va variando. Gana en paciencia y pierde urgencia, pero jamás pasa de eso, de dar teclazos con cierta anarquía. No cree en la perdurabilidad de lo que escribe, pero sabe que jamás dejará de hacerlo. Escribe como el que bebe o el que consume ansiolíticos. Con lo años acumula páginas y páginas de osas escritas, de bocetos, de intentos. Nada, absolutamente nada, es destacable, pero sin la construcción constante de esas páginas hubiera llegado sano a ningún sitio. Escribir, como a tantos, le ha salvado.
viernes, septiembre 02, 2011
En una ciudad nueva
Cogió la moto y la manejó por los alrededores de su casa. Le sorprendía el silencio y el vacío de su nuevo barrio. Desubicado en la ciudad, sin apenas tener aún consciencia de las dimensiones y de las distancias, intuía que el centro estaba lejos y que seguramente allí, el ambiente era mas encendido. Anochecía muy despacio, a un ritmo que a él, acostumbrado a la constante rítmica de los atardeceres del trópico, se le hacía irreal, como si fuera imposible esa velocidad en un atardecer, ese tempo; y le potenciaba esa inmensa sensación de un letargo curioso, un letargo comprimido, un letargo casi visual. Internamente no había decidido si prefería que ya fuera de noche o que el día, esa forma de agonía en la que se había convertido el día, durara un poco más. En cualquier redujo la velocidad de la moto hasta desplazarse levemente, distancias inapreciables, casi torpes. Le gustaba acoplarse a la velocidad de ese atardecer de verano, esa laxitud y ese vacío alrededor. El asfalto soltaba el calor acumulado del día. Le gustaba imaginar que todo el barrio, ese barrio recién construido, estaba deshabitado o habitado por personas sumidas en el silencio. La moto emitía un sonido peculiar en el motor. Un sonido de garganta congestionada, grave, mecánico. Se detuvo en un cajero, apagó el motor de la moto y se acercó. Un tipo pasó a su lado corriendo y sintió el vértigo urbano, el miedo a un atraco. El tipo era un corredor veloz, atleta de asfalto sin más carrera que la de él contra el mundo. Cuando fue a meter la tarjeta en el cajero, un aviso le comunicaba que el cajero estaba fuera de servicio. Insultó a alguien, al director de esa sucursal, al director de ese banco, al sistema, a la sociedad, al ser humano en abstracto, un individuo terrible sin forma precisa. Se dio la vuelta y encima de la moto vio a tres chicos, eran jovenes, llevaban bermudas de cuadros y unas camisetas de colores saltones con dibujos terribles. Uno de ellos estaba sentado en la moto y le miraba. Supo entonces que las cosas se habían complicado o que había salido elegido en una lotería de la que no era consciente de haber comprado ningún billete. Se fue acercando. Sintió el temor e un atraco del trópico, aunque había oído que en esta ciudad, en este país, los atracos no eran tan extremos. Se acercó, le hablaron pero el no entendió, siguió acercándose. A medio metro, cuando ellos sonreían, lanzó su mano contra el estomago del que estaba sentado en la moto, los otros dos quisieron reaccionar, pero él, aunque grande y obeso si muy habilidoso, soltó una patada precisa al estómago de uno de ellos; el otro, ante la perspectiva salió corriendo. El que estaba sentado en la moto había caído al suelo y se retorcía, gimiendo como si hubiera algo atrapado en su estómago. Le golpeó dos veces seguidas con la punta del zapato y sin gritos le preguntó su nombre. No contestó. El otro se quedó quieto, como sospechando que algún movimiento le otorgaría una patada extra que no necesitaba. Arrancó la moto y avanzó unos metros Miró a los lados y comenzó la persecución del tercero. Dos manzanas después lo vió pasar corriendo, aceleró y se puso a medio metro de él, haciéndole correr más fuerte pero sabiendo de antemano que cuando quisiera lo tenía atrapado. Mientras corría, el chico grito algo, una súplica que no entendió del todo. Se acercó y lo derribó, el otro rodó medio metro por el asfalto. Lo dejó así. Siguió avanzando, nuevamente, despacio. Algunos metros después, quizá dos manzanas, quizá tres, vio a una chica cruzar un paso de cebra, se detuvo, la miró pasar. Le hubiera gustado ser valiente, invitarla a tomar algo, pero simplemente se quedó mirándola pasar, el tiempo, de nuevo, era lento. Subió a casa, su nueva casa, sin muebles, sin televisor, sólo algunos libros. Se tumbó en el sofá, abrió el de Moby Dick y siguió leyendo.
martes, agosto 30, 2011
Biografía de TDK
En el segundo cajón de la mesa del despacho encontramos algunas cintas, estaban etiquetadas manualmente con títulos peculiares que en general hacía referencia a la electrónica: circuito integrado, prototipos, termoiónica, diodo, pentodos. Había a su vez subtítulos que eran difíciles de leer. Los cogimos y los guardamos en bolsas. Rescatamos algunos libros y una especie de libro de contabilidad donde había anotadas cosas sin sentido, líneas, números esparcidos y algún dibujo o boceto con intenciones artísticas. Al salir cerramos con llave. Nos sentamos en el primer banco que encontramos en el camino. Ojeamos los títulos de los libros. Yo sólo reconocí "La sinagoga de los inconoclastas", los demás eran libros extraños, algunos eran intentos de ficcionar teorías matemáticas con historias que enredaban hasta la locura la misma teoría, dándole a cada elemento de las formulas un carácter y una participación en una historia indescifrable, otros eran libros eróticos de bajo perfil, había libros de autores desconocidos, tipos que habían reunido algunos cuentos y con un poco de dinero habían logrado publicar alguna tirada de su obra, caprichos de escritores amateurs o pseudo amateurs. Leímos en alto algunos de esos cuentos. Los argumentos eran, algunos, delirados. En uno, un chico de dieciséis años se encuentra con una banda de enanos cuyo fin es robar a los tipos que miden más de uno ochenta y cinco, altura en la que los enanos estipulan aparecen los altos. EL chico de dieciséis mide uno ochenta y cuatro y los enanos, que le piden todo su dinero, toda su ropa y los zapatos, argumentan entre ellos, tras un debate que se prolonga y prolonga que aunque aún no entra en la medida robable, la edad le confirma, con toda seguridad, que en menos de un año estará más allá del uno ochenta y cinco. El debate termina en pelea entre los enanos más radicales y los enanos solidarios, pelea que el chico aprovecha para la huida, una huida extraña, porque mientras corre, el chico siente una notable solidaridad por los enanos, al punto de que llorando implora al destino, a la genética, que no le haga pasar de la terrible barrera del uno ochenta y cinco. Otro hablaba de una extraña variación de los nazis. Otro transcurría en un partido de futbol cuya tanda de penaltis se prolonga eternamente, proponiendo una eternidad basada en la emoción y el nervio de un penalti que puede ser, siempre, el último. La victoria o derrota como fin de la eternidad.
Nos repartimos los libros entre los tres y decidimos caminar para buscar un radiocasette para escuchar las viejas cintas de halo misterioso. Los radiocasettes se han convertido en una reliquia, en algo difícil de encontrar y barajamos distintas posibilidades. Al final fuimos a casa de mi abuelo, que aún escucha radio en su viejo radiocasette. Cogimos una primera cinta al azar. Sonaba música, pero una música que jamás, ninguno, habíamos escuchado. Eran capas de sonidos electrónicos y algo disonantes que se iban sumando y formando una especie de ambiente desquiciado. En otras escuchamos la voz, su propia voz grabada reflexionando sobre distintos temas: el amor, la ciencia, la oscuridad, la pintura abstracta. En otras escuchamos sonidos ambiente de la calle, conversaciones distintas recogidas al azar. Frases sueltas. Finalmente escuchamos una donde decía la fecha y narraba lo ocurrido en esa día. Era un diario hablado que se iba extendiendo a lo largo de varias cintas que fuimos clasificando cronológimente. Cuando lo hicimos fuimos al principio y estuvimos días escuchándolas. La historia del viejo era emocionante. Inicialmente hablaba de pequeños acontecimientos a partir de un día preciso todo da un giro; un giro, digamos, emocional. Cada día grababa su voz pausada, tremenda. Las historias que fuimos escuchando cambiaron nuestra vida.
lunes, agosto 29, 2011
Todas las ciudades
Hay ciudades rellenas, hay ciudades vacías, hay ciudades coche y ciudades cama, hay ciudades música y ciudades mujer. Hay algunas ciudades desubicadas, que parece que han caído torpemente de la nada. Hay ciudades que no existen, pero que están en la memoria colectiva. Hay ciudades inventadas que todo el mundo ve. Hay una ciudad por individuo para cada ciudad lo que las multiplica hasta el delirio y lo que multiplica el delirio hasta la risa. Hay ciudades que se mezclan y producen túneles de una a otra. Hay una calle al oeste de Barquisimeto que parece que estás en Murcia y hay varias calles de Benidorm que parecen Caracas. Hay calles de Londres que sólo están Londres y calles de Londres que ni siquiera están en Londres. Hay calles de Buenos Aires en las que he estado sin haber estado jamás en Buenos Aires. De ese mismo modo he estado en: Montevideo, Rio de Janeiro, Bogotá, Los Angeles, Palencia, Montreal, Moscú y casi todas las ciudades de las que, al menos, haya escuchado el nombre. Hay ciudades fantasma, que se las pisa sin saber que estuvieron ahí. Hay ciudades que se mueven, que no paran y que son, muchas veces, inalcanzables. Hay ciudades que se juntan, que están casi pegadas y son casi la misma. Hay ciudades, muchas, todas, que se dividen, que van siendo muchas ciudades y apenas se distinguen unas de las otras y vas pasando sin darte cuenta, sin saber que estás viajando. Hay ciudades que se han quedado atrás, en un tiempo lejano, y cuando llegas no lo sabes, pero estás, inevitablemente, dos o tres siglos atrás. Hay ciudades que presumen de estar en ese tiempo lejano. Hay ciudades que viven muy lejos, en un tiempo futuro que no conoceremos; son lo que será el mundo dentro de doscientos o trescientos años: Marrakech. Hay ciudades madre, que tienen hijos, hijos prodigio, hijos rebeldes, hijos mediocres e hijos enfermos. Hay ciudades mar, que son el mar, que viven en él y sin embargo están a flote y son hermosas. Hay ciudades que se negaron a ser ciudades y respiran despacio, y pasean por las tardes. Hay ciudades terriblemente inmaduras, terriblemente tontas. Hay ciudades eróticas, que emocionan y piensas, obsesivamente, en acostarte con ellas. Hay ciudades invisibles, claro que las hay. Hay varias ciudades subterraneas. Hay ciudades de dos pisos. Hay personas que son una ciudad y ciudades que son una persona, una sola, una. Hay ciudades que se están cayendo y muchas que van a desaparecer. Hay ciudades donde la gente se esconde y además, con habilidad, esconden a la misma ciudad y nadie, durante años, la ve, hasta que un día, alguien, la descubre y se desvela un secreto que, en cierto modo, ya estaba desvelado. Hay ciudades que son espantosas, hay ciudades que son un error, una mala interpretación, una acumulación de equivocaciones y todo ese montón de fracaso no asumido dan calles tristes, desoladas, con gente que no sabe nunca donde camina, porque sin saberlo, saben que nada de eso debería haber ocurrido. Hay ciudades que quieren ser otra cosa. Hay ciudades bomba, están a punto de explotar. Hay ruidos que son ciudades, hay momentos que dejan ciudades en el aire, hay gente que debería ser una ciudad, hay silencios que son ciudades que existirán dentro de veinte siglos cuando nada de esto quede. Cuando nada de lo que nos rodea sea lo que es. Cuando no quede ninguna de todas estas ciudades.
jueves, agosto 25, 2011
La bicicleta de Irene
Irene me contó una vez un viaje que hizo en bicicleta. Un viaje o un paseo largo, no sé en que momento una cosa cambia a la otra ¿En qué distancia un paseo se hace viaje y un viaje solo es un paseo? ¿ Se mide en horas, en kilómetros, en trascendencia? El caso es que paseo o viaje, ella salió pronto por la mañana y pedaleo sin saber exactamente donde iba. Me habló de una carretera, creo que era la de Barcelona, no recuerdo que fuera otra o al menos, según lo contaba yo visualizaba la carretera de Barcelona, que es difusa y engaña porque parece que ya sales de Madrid pero en seguida sigues en Madrid para estar en otras poblaciones que se van multiplicando hasta, de repente, desaparecer todo y avanza la carretera sin más, entre fábricas que dan una nostalgia extraña, una sensación fría y triste; como si descubrieras, de repente, aunque lo sepas de antemano, que el mundo no volverá a ser como fue y que, inevitablemente, el hombre camina por el abismo. Y ahí iba Irene, pedaleando una bicicleta que describió con muchísima precisión, con características técnicas de las que yo no me enteraba, piñones, cambios, peso y un montón de cosas más que parecían un lenguaje lejano o glíglico. Me habló de la dificultad de ir en bicicleta por esa carretera, dijo que era inhóspita o desoladora. Pedaleó horas. Yo intuía o sabía que Irene no era ciclista, no era habitual de la práctica de ese deporte, así que me llamaba la atención su fascinación repentina por ese deporte y por la osadía de su aventura, de su paseo, de su viaje. Dijo que durante horas, no sé si tres o dos, fue por el arcén, con angustia, la velocidad de los coches y los camiones la empujaban, el sonido de la velocidad, de la velocidad de las cosas, la asustaba, pero no cesó en su empeño. Entonces el viaje, en un momento dado tomó otro rumbo, no sólo metafórico, sino real. Se desvió por una carretera que anunciaba un par de pueblos que Irene no conocía y a mi, al nombrármelos, tampoco. Entonces apareció una carretera secundaría, estrecha, vieja, bastante deteriorada. El paisaje seco de finales de verano la incitaban y anunciaban la posibilidad de pueblos auténticos, incluso misteriosos. Pedaleo mucho rato, pasó el mediodía, las horas de máximo calor. Irene nunca habló de comida o de bebidas, hablaba del pedaleo en el silencio y vacío de aquella carretera por la que, según ella, no pasaba nadie. No había nada y sólo escuchó durante horas el crujido hipnótico de la cadena girando entre los platos. El paisaje era monótono y alucinante, eso decía. Entonces aún en las horas de calor o en esa hora extraña que es la de la siesta en los sitios de mitad de Castilla vio aparecer a lo alto de una cuesta que Irene subió andando con la bicicleta a mano un pueblo. Lo primero que vio fue una gasolinera abandonada, una gasolinera de una marca que ella no recordaba o que era tan antigua como su niñez porque decía que aquella gasolinera le recordaba a su infancia. Arriba se montó, de nuevo, en la bicicleta. Pasó el pueblo. Había algún anciano a la sombra y siguió de largo. Pedaleó hasta el delirio porque ella decía que había algo que la invitaba a seguir, sin pensar en el camino de vuelta. Empezó a caer la tarde y de nuevo, en medio de una profundísima llanura, apareció un pueblo. Pedaleó acercándose, sabiendo que, sí o no, aquel era el destino o el punto de vuelta a Madrid. Cuando llego el Sol reventaba en la meseta de un modo que a Irene le pareció hermoso o delicado, incluso erótico. Llegó, el pueblo era, básicamente, pequeño. Una calle principal de la que salían dos o tres pequeñísimas calles y una plaza en la que estaba todo el pueblo.Al llegar a la plaza, evidentemente, todas las caras giraron a mirarla. Irene sintió algo que no era temor pero que se asemejaba. Un tipo joven, fuerte y alto le dijo con acento profundo y seco que llevaba una rueda pinchada. Irene bajó de la rueda y vio el proceso final de desinflamiento, lo que la indicaba que acaba de pinchar. Se puso en píe. Preguntó entre la gente que bebían botellines de cerveza y escuchaban una música lejana, una música que Irene jamás había escuchado, si había alguien con recambio para ruedas de bicicleta. Varios hablaron a la vez, pero en general todos decían lo mismo, que como era posible que saliera de viaje, o de paseo, con la bicicleta sin llevar herramientas y lo imprescindible para no quedarse tirada. El asunto es que nadie tenía recambio porque nadie, curiosamente, en ese pueblo andaba en bicicleta. Irene sintió cierta angustia porque a los problemas se unía la noche que aparecía tras aquel sol majestuoso y caduco. Uno de los tipos dijo que la acercaría a una gasolinera, que allí igual se podría hacer algo. Se montó en el coche con dos tipos simpáticos que la querían ayudar. A Irene la amabilidad la conmovió y la hizo recordar algo que no alcanzaba a recordar del todo, algo que había soñado o algo que había sucedido en otra época o algo, incluso, que le habían contado, pero algo que tenía que ver con la amabilidad y con las buenas intenciones. Recorrieron varios kilómetros, llegaron a la gasolinera que tenía encendidos los neones y que daban esa luz irreal que se entremezcla con la luz del atardecer agonizando. Ella se bajó y preguntó pero ahí no había nada para bicicletas. Hinchó la rueda pero se deshincho en minutos. Tuvo, por primera vez, ganas de llorar. Los tipos del coche, los chicos amables, tenían prisa, se iban a otro lado, tenían una cita o un festejo pero ofrecieron acercarla algo, lo más posible. El resto, lo sentían, pero no sabían como podía hacer. Irene aceptó. Mientras iban por la carretera se hizo de noche. A Irene le aterrorizaba pedalear con la rueda pinchada por a esa carretera. Los chicos barajaron la posibilidad de preguntar en el sitio donde iban, pero eso significaba alejarse algo de la carretera por la que Irene había pedaleado incansablemente. Irene, no obstante, prefirió ir con ellos que quedarse en aquel desvío vacío, oscuro, en medio de la meseta. LLegaron a una especie de caserío, un lugar bastante lujoso en medio de la inmensidad. Todo era oscuridad salvo esa casa iluminada. Irene sintió que la bicicleta, todo lo que había conllevado la bicicleta, eran un inmenso error, en ese instante le hubiera gustado desaparecer. El caso es que llegan allí, saludan, no hay mucha gente, hay una fiesta, hay alcohol, comida, se emborrachan, también Irene. Se lanzan a una piscina iluminada como si fuera una estrella lejana, una estrella inalcanzable a la que se zambullen como naves espaciales o como meteoritos, Irene se siente lejos del mundo y eso le agrada. Fascinada por la aventura o por el paseo, siente que aquella gente, en su totalidad, es gente especial, como si no existieran o fueran amigos de toda la vida. Se queda dormida debajo de un roble, cuando despierta el sol está comenzando su rutina. Se pone en píe. La rueda está cambiada e incluso la cadena está engrasada e incluso, toda la bicicleta, está más limpia. Cuando se sienta nota que va mejor que antes. Pedalea y sin darse cuenta sale a la carretera, agarrada por el impulso, sigue, decide que es mejor largarse sin despedirse y dejarlo en la memoria así. Pedalea muchas horas, cuando llega de nuevo a la carretera de Barcelona siente una especie de arrepentimiento por no haberse despedido, por no haber agradecido el trato y por haber pensado de un modo tan irreal. En la carretera de Barcelona, ya de vuelta a Madrid siente, por primera vez nostalgia por lo que ha sucedido,ve los coches yendo y viniendo, entrando y saliendo de Madrid. Pasa las fábricas, van apareciendo edificios. En Avenida America se baja de la bicicleta agotada, empieza a anochecer en Madrid. Lleva dos días pedaleando y decide, sin saber porque, abandonar la bicleta. Entra en el metro y baja hasta la línea 6. En el andén hay una chica tocando la guitarra y le da un par de euros.
miércoles, agosto 24, 2011
Fotos de Martín Castillo
La fotografía, toda la fotografía, de Martín Castillo será recordada. No será recordada en vida, mientras Martín deambulo nostálgico o eufórico por una esquina de Buenos Aires. Los fotógrafos son terribles, casi tan terribles como los músicos o como los artistas plásticos o como los periodistas, que son todos, en general, terribles y apuntan más que reciben y detestan, les encanta detestar y no ser detestados. Los fotógrafos no se si detestarán la fotografía completa de Martín, sus recovecos, su estética, su estilo, y cuando digo estilo digo personalidad, que es el único estilo que interesa. Martín tiene, podríamos decirlo de mil maneras, pero esta es la única correcta, muchos huevos. Martín dispara, pero dispara no en el sentido metáforico o en el sentido de como se usa ese verbo en la fotografía. Martín dispara de verdad, no fotografía, sino que acude a balaceras y nadie sale bien parado, ni él, ni sus modelos, ni los objetos. En las fotos de Martín todo queda como queda la zona cercada por la policía en el momento del registro. Todo son pruebas, rastros de un crimen colectivo en el que todo el mundo ha salido disparado. Lo mejor de toda la obra de Martín, de cualquiera que se mire, incluso de sus primeras fotos, es que está ajena de cualquier pretensión y eso no lo puede decir cualquier fotógrafo, casi ninguno, poquísimos. En realidad lo pueden decir Martín y unos pocos fotógrafos más, porque el resto, en general, pecan de pretenciosos, un adjetivo detestable.
No es fácil el viaje de Martín como fotógrafo. No fue un camino encontrado a la primera. Como uno no se encuentra a la primera con ninguna de sus características personales: son cosas que se van aprendiendo a golpes, a golpes salvajes, a lágrimas incluso. Martín es fotógrafo como también es marcadamente ordenado, algo neurótico, adorablemente simpático, entrañable, el mejor compañero para una borrachera y el mejor para hablar del dolor y de la melancolía. Martín no es fotógrafo por que lo dictara una vida, Martín es fotógrafo de personalidad, es un rasgo más. No podría ser arquitecto o músico del mismo modo. Martín no escogió serlo, venía dado en su código genético como su orden o como su facilidad para inventar juegos. Recuerdo una tarde en la diecinueve, no sé que hacíamos allí. Estábamos sentados esperando algo, algo que nos mantenía allí, a media tarde. Martín propuso contar coches, los coches que pasaban en un periodo preciso de tiempo. Cada uno debía escoger una marca. 112 chevrolet en tres minutos y medio, ocho Toyota en dos. Datos estadísticos que te hacían presuponer algo, algo invisible, algo que estaba allí, estático, inmóvil pero indescifrable. Algo así, creo, son las fotos de Martín. Algo que se ve. Algo que ha pasado, algo que viene y que va. Un disparo y la vida sigue. Martín será recordado, estoy seguro de ello.
El tobogán
A Daniela le gustan los toboganes al revés. No es que le gusten dados la vuelta o que se suba a la escalera esperando llegar a la parte más baja como si fuera un tobogán inventado por Escher. Lo que le gusta de los toboganes, siendo la atracción favorita de entre todos los elementos que conforman los parques, es hacer lo inverso de lo que proponen. Ascenderlos con enormes dificultades, en vez de descenderlos con la sencillez de dejarse llevar por la gravedad y por la ligera pendiente que concluye, generalmente, en arena. El fenómeno es curioso, simpático, pero requiere de enorme atención por parte del progenitor. A la niña le gusta llegar la parque, soltar algún pequeño gritito de enorme emoción y señalar con decisión el fondo del parque, allí en esa tierra lejana donde está perdido el tobogán. Generalmente los gestos son los mismos, camina hasta la parte más baja del tobogán, se sienta en eso que podríamos llamar la salida, y lo llena de arena, como si le gustara potenciar la dificultad. Luego con esfuerzo titánico asciende esa pequeña elevación que hay del suelo a la parte más baja del tobogán y comienza, a trompicones, la ascensión. No lo suele lograr, es cierto, el empeño es desmesurado, excesivo, lo intenta pero la parte final es, siempre, salvaje para su cuerpo, para sus fuerzas. No quiere ayuda, siempre la rechaza. Alguna vez he pretendido animar, dar una mano, sostenerla para que logré ese tramo terrible y alcancé la cima y algo que para ella debe ser legendario. Lo que suele suceder es que a poco de la cima se desliza hacia atrás, sufriendo el leve descenso suave para el que fue inventado el tobogán; y que ella rechaza por naturaleza. Para Daniela el Tobogán es una ascensión, no un descenso. Es una batalla, no un ligero y soso divertimento. Pocas, muy pocas veces ha logrado la cima. No hay celebración épica, no alza los brazos o no nos mira eufórica esperando de sus padres una celebración por el logro conseguido. Lo que sigue cuando alcanza la cima, es continuar marcha atrás, cumplir los ciclos del tobogán siempre a la inversa. Bajar las escaleras, alcanzar el suelo por el lado de atrás, o de adelante, según se mire, y recorrerlo por el exterior para volver a empezar. Yo no reprimo el uso que hace del tobogán, cada quien usa los toboganes como le da la gana. Sólo trato de apartarla, lo que no es fácil, cuando produce un atasco en la cima del tobogán de niños, generalmente más mayores, que incrédulos miran a la niña subir con torpeza por la rampa y taponar la bajada. Alguna vez ha habido quejas o algo parecido a un sonoro abucheo.
martes, agosto 23, 2011
La mujer de mi vida
A la mujer de mi vida la vi en una sola ocasión. Una ocasión suelta, inconexa con el resto de mi vida. La vi unos minutos, unos cuantos minutos que no llegarían al cuarto de hora. Lo que duró una pieza barroca interpretada por un coro austriaco en medio de una iglesia en Viena, grabada para televisión de un modo tosco, solemne, pero aburrido, triste y poco estético. La mujer de mi vida formaba parte de ese coro y yo la descubrí pasando canales en aquella habitación en la que dormí en mi viaje a Benidorm. La noche de Benidorm se consolidaba afuera, un bullicio lejano y el transito de coches entraba por la ventana abierta de mi habitación. La humedad, aquella noche era terrible. Me tumbé desnudo en la cama, sin desahacerla, me bebí un par de cervezas que compré en un supermercado cerca de la playa y usé el mando con compulsión. La televisión es una jungla. Una jungla sideral, alucinada, lejana. Una jungla extraterrestre, importada a golpes en naves espaciales e implantada en la tierra con otros golpes, golpes invisibles de luces, de irradiaciones ultravioletas. Desfilaron canales frente a mi en la noche de Benidorm. Comidas, noticias, individuos imposibles, estéticas deliradas, alguna película que ha envejecido con dolor y tipos hablando a coro; y en medio de esa coralidad disonante, apareció un canal extraño: Mezzo. Era agradable escuchar música barroca, esos coros trabajados, en medio de Benidorm. Me quedé ahí plantado, dejándome llevar por la melodía compleja, densa y cuidada de aquella interpretación. Me abrí otra cerveza y escuché, también miré con atención. La realización iba mostrando planos generales de la iglesia y luego detalles de los coristas empeñados, centrados, medidos. Ella era una de las voces sumadas en la marea de voces que era aquel coro clásico. El realizador la mostró una vez en plano medio, duró poco, volvió al general. La iglesia en claro oscuro reverberaba con aquellas voces precisas, pero mi atención se centró en aquella cara hermosa que interpretaba con gesto contundente los vaivenes de la música. La ubiqué en el plano general, a la izquierda del director, segunda en la primera línea. El realizador comenzó lo que a mi me pareció un juego intencionado, sólo la mostraba a ratos, en breves planos insertados. Pensé en el realizador dirigiendo desde un control externo a la iglesia o quizá montando a posteriori, en una sala de montaje. Conocedor de la belleza de la cantante distribuía a cuenta gotas los planos de la mujer, que desde ese instante, ya era la mujer de mi vida. Esperaba, plano general y la veía allí, integra, solemne. El pelo suelto y ligero desperdigándose levemente sobre la cara. La boca contundente se abría y anunciaba fantasías. El realizador, inmenso perverso, pinchaba entonces a la compañera, dejando ver un trozo de cara, una cara cortada, que aparecía en leves movimientos. Plano general y allí estaba, en medio de la iglesia, casi iluminada sobre los demás, casi perfecta. La descripción la rebajaría en hermosura. Era morena, esas morenas austriacas que anuncian fuerza, pues lo fácil es ser una austriaca rubia, no una austriaca morena. Los ojos grandes y, aunque el adjetivo sea terrible por cursi, muy profundos. Allí estaba la interprete entre aquel vendaval de interpretes y la miré, la miré una y mil veces o las veces que aquel enfermo realizador quería mostrar. Jugando en aquella persecución de planos a encontrarla, a detallarla un poco más para ir conociéndola un poco más, cada vez un poco más, la pequeña arruga cerca de los ojos, la sombra delicada de maquillaje, la forma peculiar de la nariz. Rasgos que me proporcionaban la intuición de una personalidad que iba prefigurando entre los planos que el realizador la hacía desaparecer, perdiéndose en la segunda línea, donde unos blanquecinos muchachos le daban los graves a la capa sonora. Reflexiva, claro. Aquella mirada lejana, algo inaccesible era de alguien reflexivo, sosegado, meditabundo. Aquel pelo bien llevado, no obstante, me hablaban de alguien sensual, no pomposo, pero que le agradaba agradar, que incluso podría resultar divertida en la intimidad. De conversación distendida, profunda incluso, pero sin perder cierto humor, como lo indicaba la forma saltona de aquella nariz. A veces el cruel realizador volvía al plano medio en ella y aquello era, de nuevo, un regalo. Noté la caída de la interpretación, la anunciación de un final inevitable y temí porque aquello fuera el fin. Una frase final, alargada en una gigante vocal acentuada por la reverberación de la iglesia dio con la nota final y el gesto de todo el coro de agradecimiento ante el aplauso general. Ella sonreía tímidamente entre sus compañeros, el director dirigió los gestos para la reverencia y la vi agacharse y pude intuir un cuello preciso, alargado y hermoso. Se levantaron y el desalmado realizador, lentamente, fundió a negro, aguante hasta que pude, hasta que el negro de la pantalla se la llevó para siempre. Fantaseé con los nombres mientras subían los créditos. Cabía la posibilidad de anotarlos todos, viajar a Austria y buscarla, buscarla entre esa hilera de nombres, pero el envenenado realizador había dejado cerrado todos los hilos y la velocidad de los créditos fue exagerada, enloquecida. Pasaron los nombres sin la posibilidad de ser leídos. Terminaron los créditos, entró imagen del canal, un par de anuncios y aquello dio pasó a un concierto de piano en Paris. Me asomé a la ventana e imaginé Viena, una calle cualquiera de Viena, la imaginé volviendo a casa. Subiendo las escaleras, abriendo la puerta y me tumbé en la cama de mi hotel de Benidorm.
No regreso
No hay regreso. El regreso, como tal, no existe. Nunca se vuelve. Nunca se estuvo aquí antes, previamente. Cada día mi casa es otra casa, cada noche las luces que se encienden son otras, no es el mismo impulso eléctrico, no es, por supuesto el mismo cielo y no hablo, por supuesto, desde un modo poético, hablo desde el lado más científico posible. Nada de esto fue antes, no hace, siquiera veinte minutos. No volvemos a casa después de comprar el pan, volvemos a otra casa, a un lugar distinto, desplazado bastantes kilómetros del anterior, muy lejos de esa casa de la que salimos silbando y poco prevenidos para intuir que jamás volveremos a esa casa. Así que mientras vas por la acera despistándote con agradables trozos de piel o con dibujos aéreos que forman, fugazmente, esas nubes infantiloides en el cielo el viaje, incesante, sigue su ritmo. Atrás queda algo, inevitablemente y olvídate de volver, porque volver no se vuelve. Alejándonos, con cierto esfuerzo, de esta realidad podemos hacer el juego de imaginar que eso que permanentemente se traslada hacia adelante o hacia los lados o hacia ningún lado, sino que es traslado por traslado, aquí, allí, sin una línea exactamente continua, es no obstante una forma de movimiento total y que a pesar de que todo se mueva y nada este en el punto anterior, si, de algún modo, nuestra casa sigue siendo nuestra casa y si volvemos, podemos creer esto o al menos jugar a esto, por el puro alivio de volver a algún lado, pero volver no se vuelve.
lunes, agosto 22, 2011
Reseña
Creo que vivió como si su vida fuera una autobiografía escrita en el pasado, en la adolescencia de su propia vida y proyectada hacia adelante, hacia ese futuro que el iba recorriendo a modo de páginas escritas de antemano. De alguna manera su vida no fue su vida sino la vida escrita previamente y que él, obediente, protagonizó. En los papeles, unos papeles de aire, unos papeles miserables y vacíos; porque eran inexistentes, estaba anotada, frase a frase, su biografía, su completa autobiografía, que escribió en los delirios de una noche de fiebre a los quince o dieciséis años. Acudió a cada una de las citas, recorrió los viajes, las situaciones límite, los terribles y desquiciados amores que nunca llegaron a nada, salvo a dosis de un sexo permeable. Se emborrachó siguiendo las descripciones, se drogó y sintió el dolor previamente narrado. Acudió a cada una de las frases, fue recorriendo los capítulos. Hasta que llegó el final, un final desconcertante y distinto al escrito, más cruel, menos heroico, pero más sincero; y entonces todas las páginas previas perdieron o ganaron valor. Eso lo decide, posteriormente, cada lector.
martes, agosto 16, 2011
Encuentro con el absoluto
He despertado, por la ventana abierta ha entrado el sonido de los pájaros en esa hora amable del principio de la mañana. Era un pájaro, pero eran todos los pájaros, los que están vivos, los que murieron, los que vivirán y aún no existen. Eran todos. No uno detrás de otro, no una secuencia eterna de pájaros. Eran todos, uno, el mismo. Un pájaro del año mil doscientos seis y uno de dos mil setecientos dieciocho. Eran todas las bandadas de pájaros emigrando por siglos, por milenios, por el tiempo, ese bloque total e indivisible que es el tiempo. Era el pájaro total.
viernes, agosto 12, 2011
martes, agosto 09, 2011
Ahora mismo. Presente (Para ser leído en el futuro, cuando ya sea pasado)
Hay un tipo pidiendo café en la barra. Me ha mirado sin mucha atención, luego ha dirigido la mirada hacia el mostrador donde hay una hilera agradable de croissants rellenos de jamón y queso. Ha dudado, pero no ha pedido nada salvo el café. Luego se ha sentado en la mesa que hay fuera, está con una mujer mucho más joven, muy atractiva. Ella bebe zumo de naranja. No hablan. Giro la vista, veo pasar a la camarera, es muy activa. Cuando le pedí el café, ya hace bastantes minutos, lo trajo con sorprendente rapidez. Ahora maneja la máquina de zumos. En unas mesas, un poco más allá, una madre desayuna con su hijo. El hijo está mirándola, como tratando de comprender algo que nunca le será revelado, la madre, de vez en cuando emite alguna frase, siempre en un tono muy tierno, a veces, ese tono tan tierno me resulta molesto, excesivo. En este instante entra una mujer mayor, el pelo corto, lleno de canas. Según se sentaba hemos cruzado la mirada, ella jamás sospechará que en este mismo momento estoy describiéndola. La camarera activa le acaba de poner una taza, cuando se ha girado he aprovechado para pedirle otro café. Quizá estos días esté tomando demasiado café, pero es que en la playa me baja mucho la tensión y el café me activa. El tipo que estaba sentada con la mujer más joven se ha levantado y se ha acercado hasta la barra de nuevo y de nuevo mira la hilera de croissants, la mujer ahora está sola en la mesa y aprovecho para mirar. Es elegante, ojea una revista que no llego a adivinar de que es, está sentada de un modo despreocupado, lo que la hace más atractiva. El tipo paga en la barra, se gira y vuelve a la mesa, se queda de píe mientras ella se levanta. Se van. En este rato, en la mesa de la mujer mayor, ha aparecido un hombre, es de su edad, es su marido. La mujer unta mantequilla en un pan. El hombre devora un pastel grande, está de espaldas a mi. Son, claramente, extranjeros. ¿De donde serán? ¿Cómo habrán terminado? ¿Cómo habrá sido su camino vital para que su presente concluya aquí, al lado de mi presente donde escribo sobre su presente, sobre este presente inalcanzable, que huye, que todo el rato huye?
domingo, agosto 07, 2011
Fantasma
.- Hay días que son muchas casas. Otros días apenas es una, como mucho dos. Otros, muy pocos es cierto, no hay ninguna. Generalmente son apartamentos. Fluye. Gente que se va a otros apartamentos, que cambia de vida, que lo dejan con su pareja, que se van lejos o que mejoran o empeoran socialmente. Casas son menos. Pero siempre hay casas por alquilar en Buenos Aires, siempre. Yo llego con la nota de la oficina. Me dan la dirección y voy con la cámara. La mayoría de las veces me abre algún portero o me dan la llave en la oficina, pero hay veces que los inquilinos que se van, están ahí haciendo cajas, recogiendo los últimos detalles. No decanto por ninguna de las opciones. Cuando estoy a solas me siento una especie de fantasma. Estoy en esa casa vacía que acaba de dejar de ser habitada por unos y fotografío para alguien que verá las fotos en una web y terminará viviendo ahí. Cuando aún recogen me siento como la amenaza, de algún modo les muestro a los que se van un poco de los que están por venir. Es curioso. Hay casas de todo tipo en Buenos Aires. Apartamentos estrechos, anchos, altos, bajos, de dos pisos, de un piso, apartamentos divididos, apartamentos amargos, apartamentos húmedos, apartamentos feos, apartamentos cuadrados, apartamentos sigilosos, apartamentos periféricos, apartamentos con ruido, apartamentos con vistas, apartamentos sin puertas, apartamentos con demasiadas puertas. Nunca, ninguno, es fiel en la foto. Se ven más atractivos o no hacen justicia, pero no hay cosa más traidora que la foto de un apartamento. A veces me pregunto si en todas las ciudades sucede lo mismo, si los apartamentos de Budapest si son fieles a la foto. Creo que no. Los apartamentos, ninguno, tienen la perspectiva para entrar en el rectángulo de la foto. Ni en Buenos Aires, ni en Oporto. Ninguno. Creo, por más fotos que hago, que nunca encontraré un apartamento idóneo para ser fiel en la foto. Que la foto sea exactamente igual que lo que luego se percibe cuando se entra. A veces las paredes se ven menos rugosas, otras los colores emitidos no son tan agradables como cuando se está allí. A veces la luz es menos espesa o más bestial. No sé, creo que nadie puede fotografiar un apartamento fielmente y de partida es terrible, porque esa es mi misión real. No obstante, a veces, me dejo llevar por los juegos y busco perspectivas o encuadres distintos, un guiño al que mira la foto desde esa web de aquiler de apartamentos. A veces busco ese hueco que evocará el futuro inquilino, que le haga decir:"recuerdo que elegí este apartamento porque vi una foto que me provocó una enorme sensación de placidez". Lo pienso y ese sería mi gran éxito laboral, que el futuro inquilino recuerde, ya viviendo, la foto por la que decidió ir a ver ese apartamento. Sin embargo, generalmente me siento un fantasma. Estoy a solas en ese apartemento que ha sido abandonado y lo recorro, estoy un buen rato sacando fotos, todo en silencio. A veces miro por las ventanas y es desconcertante porque nunca siento que soy yo. Siento que miro con los ojos del que se fue, esas imágenes que recordará el que se fue y que su memoria distorsionará o siento que aún estoy por mirar, imagino los muebles que traerá el que a través de mi foto venga a vivir aquí. Soy el fantasma de la puerta. El que cierra y el que abre. El que mira y no vive. El fantasma de los apartamentos de Buenos Aires. Raro, ¿no?
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