miércoles, agosto 25, 2010

Doris

A mi me gustaba Doris como le gusta una muchacha a un tipejo de dieciocho años, por sus piernas prolongadas, por su aire de ligera superioridad, por que Doris era una explosión y algo antipática y por esa manera de llevar la minifalda que anunciaba el abismo del delirio, una especie de fin del universo. Todo cambiaba en Doris, todo empezaba de nuevo o se cerraba, porque cada vez que la veía pasar se cerraba de nuevo una posibilidad, una, lejana, inalcanzable, pero se cerraba para siempre. Doris, la hermosa e infranqueable Doris Open. La chica inglesa del barrio. A mi me gustaba Doris, pero también le gustaba a doscientos setenta tipos más. Con Doris pasaba lo de siempre, que se abrían a cada rato leyendas, historias. Que si Doris se acostaba con tipos de treinta, que si Doris era lesbiana, que si Doris no era inglesa sino que era extraterrestre. Que si Doris era ninfómana. Me daba igual, yo amaba a Doris con el mismo silencio invisible que una brisa que atraviesa una ventana y golpea una puerta. O esa era mi metáfora, ser esa brisa que termina golpeando la puerta, empujando lentamente, arrastrandola hasta cerrarla suavemente. Además en esa época yo quería ser novelista, acababa de leer algunos libros y creí que lo mejor para mi sería escribir y no me retuve a la hora de escribir poemas. Poemas a Doris. Incluso, la tarde terrible que alguien contó que Doris era ninfómana, escribí mi primer y único cuento breve. Llegué a casa, abatido, molesto, enrabietado. Imaginándome a Doris con uno, con otro, con otro más, en periodos de tres minutos durante quince o dieciséis horas al día. Me senté y escribí:

Ninfómana:
Doris Open siempre está abierta

Luego aquel cuento lo tiré a la basura y supongo que me masturbé y supongo que fui creciendo y la atracción hacia Doris fue diluyéndose o decididamente hay un momento que te resignas y aceptas que Doris no, que Doris Open se cierra definitivamente y te buscas una novia con la que no hablas mucho pero no te llevas mal y luego te vas del barrio y cambias de amigos y la vida te va abriendo y cerrando otras puertas, otras posibilidades.

Ayer vi a Doris, iba a casa de su madre yo iba a ver a mi padre. Nos vimos en la puerta del supermercado, ella salía yo entraba, la saludé. Hablamos rápido, un hijo en una mano, una bolsa con una compra rápida en la otra. La puerta del supermercado se abría sola, una y otra vez, pisadas que activan un mecanismo que me sigue resultando inexplicable y que hace que la puerta se abra invisible una y otra vez. Doris fue simpática pero sin extenderse, seguramente no le agraden las nostalgías o quizá ni siquiera las tenga. Me quedé quieto cuando Doris pisó el suelo, la puerta se abrió de par en par y la vi irse;, a Doris menos brillante, pero dueña de otro atractivo, la puerta se cerró durante un rato nadie pisó, nadie activo ese mecanismo imposible de las puertas que se abren solas, como si adivinarán las intenciones de cada uno de los que pasa.

domingo, agosto 22, 2010

Supervivientes

Este tiempo ha muerto. Este instante se cae como hojas, como sonidos. Tu estás y sin embargo siento que ya te fuiste, ya nada queda. Ya este tiempo es viejo y me veo recordando cuando estabas desnuda en esta cama. Estoy más en eso, en un sitio en el que esto ya no está y tu eres un nombre que me cuesta recordar, una imagen de la que seguro evoco ese trozo de carne que hay entre tu cintura y la cadera y que hace no tantos minutos, que son una eternidad, movías con una delicadeza que me ha hecho delirar. Porque serás tu pero reflejada en tu carne y posiblemente serás este olor que me traerá aquí cuando en algún rincón del mundo me lo encuentre por azar y evoque esta escena sin recordarla del todo, porque los instantes nunca están completos, son trozos que nos empeñamos en unificar en no se que tipo de formas imposibles. Esto ya no existe, esto se va desmoronando a trozos que luego ni siquiera completaremos. Un puzzle imposible de formar. Aquí cae otra pieza. Este tiempo ya es un eco y soy capaz de ver que eco es este dentro de millones de ecos, cuando sea una línea sonora perdida entre montañas, entre capas de otros ecos, otros tiempos. Este tiempo ha muerto, claro que si, y eso es lo que nos mantiene vivos. Pura supervivencia, muchacha. Dame otro beso.

sábado, agosto 21, 2010

Un viajero del XXI en el XIX

¡Joder! ¡Estoy en el siglo XIX! pero, ¿cómo coño he llegado aquí? Descartada la opción de sueño, la duda es saber como estoy aquí, en que momento me he perdido en otro siglo. ¿Cuándo parpadeé y aparecí en este callejón frío con este olor irreconocible? Por que de momento esa es la característica más llamativa en este salto secular, esta diferencia en el olfato. El Siglo XIX huele más fuerte. Este callejón por el que transito en una madrugada de un mes frío que transcurrió hace tantos años, huele a ciudad sucia, a poco progreso, a cañerías de tercera división. Lo otro, lo otro es previsible, el impacto visual es tolerable, pero nadie nos había hablado de que las ciudades olían de otro modo y los suelos estaban mucho más sucios. Lleno de restos de comida esparcidos anárquicamente por el suelo. Pero me debo concentrar en otras cosas, olvidemos los olores. Lo siguiente es saber como he saltado aquí, donde pisé para caer siglo y medio atrás. Piso estos adoquines lejanos de mi tiempo, antes de que sucedan todas las cosas que me llevan a mi a ser. Soy sin ser, porque estoy cuando nada de lo que me hizo ha sucedido aún. He parpadeado en algún instante en aquel bar, cuando sorbía cerveza y he aparecido tanto tiempo antes. Y no lo niego, lo de saltar en el tiempo podría tener su gracia, pero solía creer que el viaje en el tiempo sucedería con cierta preparación, no sin aviso previo. De saberlo hubiera preparado todo, me hubiera traído ropa adecuada, hubiera leído libros de la época para instruirme bien, saber a que atenerme. A todos nos gusta viajar sabiendo donde dormiremos y como será el sitio donde se llega, pero viajar así, sin preparación es incómodo y complica las cosas. Sin sitio donde dormir, en mitad de la madrugada, con el frío en el cuerpo y este olor en la calle. No me imagino, por ejemplo, la misma situación en la vida diaria. Estar trabajando y aparecer en Viena, rodeado de turistas. Eso no sucede, entonces ¿Por qué tiene que suceder el viaje en el tiempo sin avisar, sin haber comprado billete? ¿Por qué he sido yo elegido para aparecer en el siglo XIX? Por que puestos a viajar y ser el elegido yo hubiera escogido otra época, me hubiera gustado ser consultado al respecto. Hay otras que a mi me atraen más o incluso dentro de esta época, en mitad del diecinueve hubiera escogido otras situaciones geográficas, no aquí, en mitad de esta ciudad. Bien pensado, si, mitad del siglo diecinueve está bien, no es mala época que conocer, pero aquí, en este callejón inmundo. Por favor, que uno tiene una categoría, una clase. A mi, insisto, no me gusta como huele esto. Este olor a cañería, este cutrerío. Esta poca evolución. Estas incomodidades. Si por mi fuera, si de mi dependiera yo me volvía ahora mismo al dos mil diez, pero insisto en que no se como, ni el motivo de haber aparecido en este callejón de mala muerte en mitad del siglo XIX.

jueves, agosto 19, 2010

El instante eterno (Ejercicio a partir de ilustración de L. Bedoya)


Está el Fairy, el ritmo lento, alargado e indescifrable del Fairy. La metáfora temporal del Fairy. El Fairy marca el día a día, el tempo de nuestra existencia. El fairy va lavando nuestras comidas. Con el Fairy se lavaron anoche, o esta mañana el plato, la cafetera, la sartén hacía arriba que parece que apunta al sol. Los dos vasos, idénticos pero de diferente tamaño que parecen anunciar una familia, una línea genética: Taza padre, taza hijo. Bien mirado en el Fairy comienza todo o todo termina. El Fairy lava la cafetera donde se hizo el café que se sirvió en ese desayuno, la cucharilla con la que se remueve ese café, sin embargo aún no ha ejercido su poder sobre la taza que ajena aún a sus efectos, mantiene posos y restos de azúcar en el fondo, en ese lado izquierdo del fregadero donde permanecen las cosas que aún no se han lavado. Pero si el plato, en el lado derecho; el plato donde se comió una cena apurada. Donde había, a lo mejor, unas rodajas de ese lomo que cuelga, que avisa que ya queda poco, que el lomo, como todo, también agoniza ahí colgado de la caldera. Una caldera que ahora descansa porque a primera hora agitó tuberías y ciclos para abrasar la piel del que se ducha y sale corriendo. Que fue el mismo que cortó lomo y se hizo el café y fregó todo ese ciclo temporal de desayunos y cenas con el Fairy. Luego está la urgencia del trapo arrugado: Se pasó en el último momento por la mesa que está tan lejana de todo esto, allí en el salón, en esa cena de la que se ha ido borrando el rastro, las migas de un pan que ya no existe, el trapo que en el último instante se colocó con frescura ahí, para secarse. Al azar, casi sin mirar. En ese gesto diario de colocar el trapo en el borde del fregadero. Cada arruga del trapo también es tiempo, el trapo es la piel de este tiempo invisible que transcurre en todo el fregadero, ese proceso lento de ir secándose, arrugándose como una piel, como todas las pieles. Como se seca la ropa lejana en el tendedero. . Esa pieza sujetada por las pinzas, emulando al lomo.Todo es la metáfora de algo. ELa ropa colgada emula al lomo, el lomo emula el tiempo, el tiempo se metaforiza en el trapo o en el fairy. Aquí, todo tiene un reflejo como ese que revienta de afuera adentro en el fregadero. Ese reflejo que viene del otro lado de la ventana donde hay otras ventanas. Otras ventanas que uno sospecha, también tienen sus fairys, sus tazas y sus platos fregados, sus fregaderos y sus metáforas. Que cada ventana es reflejo de otro universo, de otros tiempos. Que todo nace y vuelve en esta imagen diaria. En este instante eterno.

Un haz de luz como otro cualquiera

Generalmente nadie la ve y sólo algunos la aprecian, la perciben o yo se la muestro. Tengo una luz, una luz que crece e ilumina mi habitación por las noches, cuando estoy a solas. Es preciosa mi luz. En las largas noches de insomnio la veo, se proyecta sobre las paredes blancas, atravesando la sábana. Sale de mi, de un lugar no preciso de mi cuerpo. Se proyecta en la habitación a oscuras gobernada en ese momento por la noche, sale y le da ese halo increíble a todo, a las puertas de los armarios, a la ropa colgada en la silla al lado de la ventana, al techo donde nunca transcurre nada. Viví siempre con mi luz, la fui descubriendo con los años. La oculté tanto tiempo del todo, a nadie la mostré. Luego fui descubriendo que a mis amantes les agradaba ver mi luz, cuando llegábamos a mi casa, a mi reino. En la madrugada emergía mi luz y ellas inicialmente no entendían y yo sólo las dejaba fascinarse ante la proyección, ante el acontecimiento. Ahí estaba mi tesoro, incluso mi poder. La luz que atravesaba, como tantas veces, las sábanas donde hacía minutos nos habíamos revuelto como posesos y yo dejaba el espectáculo suceder. No hablaba, no explicaba; dejaba la luz iluminar la oscuridad de la noche para los dos. Luego amanecía y ellas querían repetir, la noche siguiente querían verla de nuevo y yo me negaba, las esquivaba para siempre, porque me impuse que nadie viera mi luz más de una vez. Era mi luz, esa proyección fascinante. Con los años mi relación con ese efecto, con esa virtud, fue siendo más huraña. Mi luz me hacía diferente a los demás pero algo me hacía sospechar que compartir esa luz, esa gracia, diluiría su efecto. Debía, debo, mantener mi luz bajo llave, para mi. Entregarla en una única proyección. No hay derecho a más. Nadie en el mundo entero tiene el derecho de verla más de una vez. Me pertenece, es mi motivo, mi empuje, mi motor, es lo que me hace diferente. Nadie la diluirá, esa es mi guerra, esa es mi batalla. Nadie disminuirá su efecto. De ello me cuido, de ello me protejo. Nadie hará disminuir su enorme magnetismo. Es mi luz, nada más. Nadie hará sombras.

domingo, agosto 15, 2010

Un verano universal

Nunca me había dado por hacer esto, pero llegados a este punto hay que hacerlo. Lo primero es casi un asunto filosófico. ¿Cómo miramos algo que hemos realizado durante muchas horas, muchos días seguidos? ¿Cómo lo analizamos sabiendo que lo más posible es que en nuestro análisis haya desgaste, que no haya ni un resquicio de objetividad y todo, en la escucha, se inunde de nuestra percepción alterada? Esas diez canciones las he escuchado hasta el hastío. He escuchado hasta el cansancio cada una de sus partes por separado. Y ahora las escucho después de varios procesos, metidas en el iPod y siento algo parecido a la insatisfacción. No las reconozco o las reconozco pero distintas, son y no son. Como cuando veías a una novia algunos meses después de haberlo dejado. Ella había cambiado su corte de pelo, llevaba una ropa que ya no reconocías, era la chica con la que habías hecho el amor en unas escaleras de un edificio pero ya no era ella o no había aquella línea invisible que te unía a ella.

Las oigo y las veo vacías. Ausentes de alma. Primero he tenido una reacción parecida a la rabia. He recordado el proceso previo y durante unos minutos me he sentido engañado. En una grabación, más en esta, al final tu criterio se diluye con otros criterios. Si algo no me atrae en esa escucha es su excesiva limpieza, su excesiva perfección técnica, que es, por otro lado, algo que yo no compartía. Esa limpieza aniquila de algún modo el espíritu menos conformista que tenían esas canciones. Todo esta ordenado, pero tiene ese orden de esas casas en las que nunca te sientes liberado, cómodo. Se necesita orden, limpieza pero como en las casas, ese orden necesita de esos elementos que se desordenan con la vida diaria. Un libro mal colocado encima de una mesa, una almohada arrugada encima del sofá. Ese desorden oculto que va creciendo y que humaniza un hogar. Si algo me aterra en esta escucha es haber perdido la esencia y algo de esa esencia, de ese caos amable, de ese algo indomable, objetivamente, se ha perdido.

¿Y donde nace esa ausencia de espiritu? Hay algo en el proceso que nos ha aniquilado. Se ha perdido esa liberación. Tocar esas canciones en el local tenía mucho de exorcismo, de liberación. Cuando terminabas de tocarlas eras un poco mejor persona, estabas más nivelado, más ligero. No encuentro eso en esa grabación. No lo veo. Oigo su esencia si. Sus melodías trabajadas, sus cambios, sus crecendos, pero las veo, las pongo frente al espejo y lo que hay reflejado está envejecido, desanimado, ordenado, limpio si, pero con la ausencia de vida que tienen las casas deshabitadas.

¿Estamos a tiempo? Que el tiempo dicte sentencia.

viernes, agosto 13, 2010

Personajes

No me lo tomarán a mal, estoy casi seguro que no me lo tomarán a mal. No es robo y no creo que merezca la pena meterse en un pleito inmenso y molesto de ese terreno escurridizo y loco de los derechos de autor, pero cada mañana siento a varios personajes de novelas de mis autores favoritos y nos ponemos a charlar. Los hago míos. Los manipulo a mi antojo, los entrevisto y termino incluso incluyéndolos en algún texto amontonado en este blog donde se suman textos para terminar restándose los unos con los otros. Creo que el hurto es justificable. No sacaré dinero de ellos, no es mi idea. Mi idea es otra. La literatura no es vida, si no algo que traspasa la vida, que va y vuelve, que está lejos pero dentro. Esos personajes, a su modo, también me pertenecen, también son míos, porque yo los leí, yo les creí, yo les puse la cara que a mi me dio la gana y muchas veces les recreé yo los decorados por donde transitaban sus vaporosas existencias. Que nadie se ofenda; nadie se puede, a estas alturas, irritar porque yo les siente frente a mi mesa y los manipulé en estas extrañas hojas en blanco que son el blog. Yo sólo los invito, los evoco desde algún remoto escondite de mi cabeza donde, según iba leyendo aquella magistral novela, les puse cara, un rostro difuso, semidefinido, entre abstracto y concreto; y les invito a pasear por aquí, a solas, donde nadie nos ve. Son otra forma de amigos invisibles. Les invito a café, aunque jamás acepten. les ofrezco cigarros y la mayoría siempre dicen que si, porque muchos fuman, fuman viciosamente, enfermizamente y charlamos, les voy viendo y los escribo. Los utilizo. Recorro sus rasgos, sus características, su demoledora personalidad que algún autor de renombre les creo con anterioridad. Yo sólo uso eso, su personalidad y luego les coloco aquí, en esta otra forma de literatura que es cada vida, cada mesa, cada salón. Mi vida se formo con ellos,a ellos les debo parte de mi pensamiento, de muchas de mis reflexiones. A ellos les debo experiencia, dolor, risa y algunos paisajes que evoco como si yo los hubiera visto. De esa forma puedo decir que también uso sus ojos, su manera de oler, sus memorias. Son literatura pero también existen, con ellos también se dialoga fuera de ese contexto de hojas y letras. Traspasan el libro y salen fuera. Porque la literatura es eso, no es vida sino algo que la traspasa, que va y vuelve en un viaje gigante. El viaje total.

martes, agosto 10, 2010

Slow motion

Yo inventé el slow motion. No técnicamente, pero a mi, lo de las repeticiones deportivas en cámara super lenta ya se me había ocurrido hace años, bastantes años atrás. Ahora si, ahora es común verlo. Ese golpeo de balón preciso que viaja ante la mirada atenta del defensa y sobrevolando con hermosura hacia la red de la portería. Esos detalles precisos del momento del gol. La cara del delantero, el hinchamiento de su rostro en el momento del golpeo, el abombamiento del balón, incluso el movimiento atractivo del pelo del jugador sucediendo lentamente, en muchos segundos. Ahora lo vemos, muchas veces, pero yo, yo ya las había realizado tantos años antes. Cada verano estaba repleto de magistrales imágenes que sucedían lentamente. Siempre lo hacía. Me lanzaba a la piscina y bajo el agua, aguantando la respiración, ejecutaba en el suelo, sobre las baldosas, grandes y espectaculares jugadas, eso si, sin balón. Allí pasaba segundos, moviendo mis piernas lentamente, realizando grandes y lentísimos remates. Giraba la rodilla, la iba elevando, despegaba el otro pie del suelo de la piscina y remataba muy lentamente un balón invisible. Esas eran repeticiones de grandes jugadas. Mi slow motion particular. Hice tantas jugadas, ejecuté tantos movimientos que me convertí en un maestro precursor de las repeticiones slow motion. Pasaba horas así. Ascendía, cogía aire y volvía a ese suelo. Imaginaba un balón venir y comenzaba una nueva repetición. Voleas, medias voleas, chilenas, remates de cabeza, regates imposibles, malabarismo futbolístico bajo el agua a velocidad hiperlenta. Ahora parece lo común, pero era en aquel momento las únicas repeticiones Slow motion a las que tenía acceso. Yo me las guisaba, yo me las comía. Fui Hugo Sánchez, Maradona, Zico y Pele. Jugué muchos mundiales lentos, hidromundiales de futbol, y me convertí en un maestro haciendo piruetas. El último verano fue así, bajaba a la piscina todo el día. Me lanzaba al agua, cogía aire y comenzaba el espectáculo. Subía, cogía más aire y vuelta a empezar. Giros imposibles a velocidades irreales. Puro Slow motion en directo. Repetí jugadas. Así hasta mi última obra, mi gran repetición. Era lenta, larga, el balón venía a lo lejos, lo paraba magistralmente, lo dejaba en el suelo, regateaba a Franco Baresi, me deslizaba hacia adelante, un globo me servía para regatear a otro defensa invisible, paradiña y nuevo regate. Todo era lento, tan lento. Seguía avanzando, el campo entero ante mi, podía ser cualquier estadio, cualquier final, cualquier título, pero estaba haciendo la mejor jugada Slow motion de la historia. Avanzaba entre regates y malabares hacia la portería, así seguí, un minuto, dos minutos y lo olvidé, olvidé parar, disparar a gol a tiempo, no cogí aire, no subí, seguí avanzando a gol lenta, muy lentamente y no recordé, no lo detuve todo para salir y respirar y terminó todo. Así morí. Ahora si, ahora todos ven esas repeticiones lentas, el famoso Slow motion, pero yo fui el primero, su precursor, la primera víctima del Slow motion.

sábado, agosto 07, 2010

Otros

He sido guerrillero en las montañas, atravesando con dolor y épica lugares inaccesibles, las complejidades de la tierra. He sido marinero enfrentado a la mar, a sus rugidos violentos, a sus agitaciones, a sus extremos impredecibles. He sido pájaro, he sobrevolado con maestría paisajes y me he posado en ventanas para volver a saltar al abismo. He sido reportero de guerra, he fotografiado escondido, sintiendo el peligro en la sien y observando con cercanía y temor la barbarie humana. He sido escritor, he narrado y he encontrado metáforas, me he sentado frente a la máquina, frente a las teclas y he trabajado paciente ante el texto. He sido detective, solitario y obsesivo he perseguido un rastro, una pista, un silencio, un error. He sido pintor, he trazado y deslizado el pincel, he buscado formas en esa representación sublime de la forma y del espacio. He sido viajero, he recorrido tierras lejanas, he pasado por lugares remotos, de uno a otro, mes a mes, zampándome la distancia de continentes enteros sostenido por la aventura y el riesgo. He sido hombre de campo, he despertado al alba y trabajado con esfuerzo tremendo la tierra, he cosechado mañana tras mañana, sin descanso más que al final del día. He sido mago, he realizado trucos increíbles usando tan sólo mis manos. He sido científico, entregado a un estudio minucioso y complejo basado en el ensayo y error, anotando y contrastando cada movimiento, buscando la esencia, el nacimiento de ese acontecimiento aún por demostrar. He sido sin ser todo eso y muchas cosas más que no seré. He sido esas vidas que también hubiera querido vivir, he sido ellos sin jamás llegar a serlo. Lo he sido y mi vida se sostiene en ello, en la posibilidad lejana de haberlo sido, en otro lado, en otro lugar lejano, debajo, encima de esta otra vida que fue la que viví, la que a cada segundo vivo.

miércoles, agosto 04, 2010

Los círculos

En Sabana Grande compramos papel de fumar. A esa hora y ese sábado aún no había mucho ajetreo. Desde una esquina unos tipos nos miraron con aire de desconfianza y desviaron la mirada en el momento exacto que una tipa poco elegante pero de cuerpo memorable, pasó detrás de nosotros. Un tipo, unos metros más allá, pasó hablándole a álguien que estaba a unos metros por encima del suelo y que nadie, evidentemente, veía salvo él. Caminamos de vuelta y en una esquina alcancé a ver una forma bastante precisa y rotunda de El Ávila. Pensé una metáfora extraña y bastante torpe, algo así como que esas formas son los músculos de la tierra y luego concluí que sigo lejos de ser un poeta o un literato, pero evidentemente ninguna de estas reflexiones las dije en alto a mi compañero. Después de varias cuadras, llegamos a su portal, en la licorería de al lado compramos varias cervezas y subimos a su casa. Nos sentamos y sacó marihuana de un cajón. Puso un disco impresionante de un artista del que jamás había oído hablar. Una salsa desgarrada y tremenda, la letra habla de la cárcel, de un mundo bastante desesperanzador. Fumamos y abrimos un par de latas, lanzo la vista a través de la ventana y veo un edificio enfrente, una tipa limpia los cristales; encima de ella, en el piso de arriba, una mujer habla con un hombre, el hombre desaparece del campo de visión y ella gira la vista y durante dos o tres segundos creo que me está mirando, sonrió, pero me doy cuenta que hay mucha distancia y que desde allí es difícil que se pueda distinguir una sonrisa tan tenue, tan poco visible. Vuelvo a fumar y de repente noto que uno de los músculos del abdomen cobra protagonismo en mis sensaciones, como si todo lo estuviera percibiendo desde ese músculo. Suena el teléfono y el sonido me traslada a otro campo, a otro estadio. Mi compañero contesta, habla amigable con alguien, sonríe y pregunta. En ese momento pienso que las conversaciones tienen una estructura abstracta, compleja e irrepetible, pero que al fin y al cabo tienen estructura y que lo idóneo sería trasladar esas estructuras a piezas musicales. Hacer una canción con esa estructura que propone mi compañero con esa conversación telefónica: Entra el estribillo. La mujer de enfrente ahora está de pie, hablando por el móvil y desplazandose por la habitación anárquicamente, la idea de que sea ella quien habla con mi compañero me hace gracia y sonrio. Mi compañero cuelga y retoma la conversación: Habla de una chica con la que ha dejado una relación confusa, atropellada y bastante moderna. Hace calor, entra una humedad amable por la ventana, oigo algo de tráfico fuera, los sonidos de Caracas y eso pienso, eso concluyo antes de salir: Estoy en Caracas y esa sensación es bastante amplia, compleja, abismal. Estar en Caracas es una metafora. La metáfora que se hay en toda metáfora. Los círculos.

lunes, agosto 02, 2010

Luca

Podría leerse como un asunto de venganza con Luca, pero no es así. No hubo en ningún momento deseo tal. Es cierto que las circunstancias, los parecidos de ambos actos pasados tantos años pueden resultar tan semejantes que se podría confundir con la venganza, pero juro que no fue así. Lo de Luca lo olvidé rápido, su globo de agua contra mi cuerpo, aquel sentimiento de ridiculo memorable; como si mi pantalón, por detrás, no tuviera agua, sino pis, como si delante de aquella chica hermosa e inolvidable mi vejiga me hubiera jugado una mala pasada. El globo de agua que Luca usó para mi propio ridículo fue algo que olvidé como se van olvidando tantas cosas de la adolescencia, como olvidé, casi, al mismo Luca. Luca y sus grandes éxitos. Apuesto jovenzuelo. Atlético muchacho. Luego crecí, supongo que las vidas se van definiendo y Luca y yo dejamos de vernos, como dejé de ver a aquella muchacha y a todos los del edificio. Viajé, trabajé y me convertí en esta cosa que soy ahora y que, como cada vida, es bastante indefinible. De vez en cuando, cada un tiempo inconstante me encontraba con alguien. Saltaban nombres, caras de la adolescencia que se habían ido desfigurando, modificando, variando de acuerdo a una genética insaciable, la vida es el lento camino a parecerte a tu padre o a lo que no quieres parecerte de tu padre. Luca llegaba como un nombre en la lejanía. Luca, me decían en aquellos encuentros casuales y esporádicos, se había hecho monitor de gimnasio, Luca tenía unos biceps del ancho de una autopista, Luca tenía el pecho marcado, el abdomen de Luca era definido y tremendo. Luca era un cuerpo repleto de músculos que soy incapaz de concebir en el mío. Eso me decían, Luca era músculo, anabolizantes, sesiones de pesas y gimnasio, salía en revistas especializadas, portada campeón de no se que tipo de concursos. Eso era lo que me llegaba de Luca, una imagen cubierta de biceps y músculos, tejidos en constante crecendo. No hubo, pues, venganza; aunque lo parezca. Jamás me jugaría el físico con semejante mole. Me lo crucé por azar, le vi venir a lo lejos, deformado o siendo aquel muchacho pero hinchado por una aire invisible, un aire que había inflado hasta la locura a aquel adolescente que yo recordaba. Le vi venir, masa infinita de músculos, que seguro yo no tengo. Y si, es cierto, yo tambiñen recordé aquella tarde, el globo de agua explotando en mi culo, empapando mis pantalones, la humillación y el rencor de aquel acto emergieron viendo a aquella figura rara, tan definida y marcada que resultaba amorfa. Es verdad que lo recordé, pero no hubo venganza. Yo sólo quise saludar y lancé mi mano, como siempre hago, como cada vez que quiero ser amable, a ese brazo. Un acto gestual con el que se pretende ser cercano, cariñoso. Y mi mano se apoyó en aquel hombro inmenso, inflado y como aquel globo de agua explotó y, como aquel globo todo se fue deshinchando en Luca, casi en cámara lenta. No fue venganza. No lo fue. Lo que vi fue el aire, los tejidos, la basura, las hormonas del mundo, los deshechos de una musculatura imposible. Luca desinflándose como globo lleno de agua. Todos los músculos, todos anabolizantes, esteroides, de este mundo desmoronándose, toda la mierda y la hinchazón de esta vida, de este mundo, de esta sociedad venida a menos.

domingo, agosto 01, 2010

Playa

Azul intenso, por supuesto verdes, siempre hay verdes. La variación lumínica ha sido poderosa y aunque lenta, también veloz; es tan subjetivo, tan relativo el paso del tiempo, que el amanecer se puede mover, sin incoherencias en ambos extremos de la velocidad. Apenas había nadie en la playa, un perro ha pasado por la orilla de una forma bastante liberada y aunque desde la niñez les temo, he sabido valorar el valor del espacio abierto para el pobre animal, ese manejo torpe de tanto espacio y tan pocas ataduras, me ha parecido una metáfora bastante exacta de muchas de las vidas que conozco, que me rodean. Me he metido en el mar, profundo, pausado, ligero, vacío, gigante, amable y terrible y he sentido una forma bastante abstracta de felicidad, he metido la cabeza y he cerrado los ojos, el tiempo bajo el agua ha sido eterno, creo que he estado una vida escuchando ese casi silencio acuático y he salido a flote de nuevo, he braceado, me he dejado trasladar por la marea invisible, he mirado a lo lejos y tras la bruma, tras las formas visibles de la humedad he intuido el otro continente, allí empieza Africa, tan cerca, tan lejos. ¿Cómo es posible? Me he preguntado. ¿Cómo es posible todo esto que es tan abismal, tan tremendo? El agua, la luz variando en el veloz y lento amanecer, las formas de la tierra, el perro liberado y su dueño apareciendo tras el final de la playa. En esta imagen siento una ilustración de todas las imágenes, un reflejo universal del todo. Esta mañana, al amanecer, la playa, a su modo, ha sido una forma de Aleph; y he vuelto a nadar y a sentir esa leve y amable sensación de esporádica felicidad.

jueves, julio 29, 2010

Delayed flights

El viaje desde Dubai hace escala en Frankfourt. A Frankfourt llegamos con retraso y perdemos la conexión. Al bajar del avión una señorita nos informa, con un tono cruelmente amable, que no podemos enganchar ya con ningún vuelo hasta nuestra ciudad, con lo cual nos recomienda, dada nuestra prisa, comprar un billete de la misma compañía hasta Londres y de ahí hacer escala hasta casa. Recorremos un pasillo alargado y psicodélico que recuerda a una película sin título y llegamos a un nuevo terminal. Compramos el siguiente a Londres que sale en 38 minutos. Buscamos o busco; voy sólo, así que aún narrando en plural esta historia sucede en singular. Esperamos pacientemente los 38 minutos y embarco. El avión realiza su vuelo con profesionalidad. Ningún altercado. Aterrizamos en Londres, corremos a coger el enganche, pero cuando llego a la puerta 56 leo en la pantalla que el vuelo ha sido cancelado. Un joven uniformado, con cara de circunstancias atiende las numerosas quejas de los pasajeros sin vuelo. Después de esperar una larga cola me atiende, me recomienda volar a París y allí si, enganchar con otro vuelo a casa. Obedezco. Salgo corriendo a por el vuelo de París que sale en 19 minutos, lo alcanzo y me monto. De nuevo, y esto me resulta sorprendente, me toca ventanilla por tercera vez consecutiva. Una vez sentado y con los motores en marcha, el comandante anuncia problemas en el aeropuerto para despegar. Los minutos, los largos minutos pasan sobre una pista de aeropuerto. Mucho después, quizá una hora, quizá dos, despegamos. Todo el vuelo asumo que inevitablemente, y debido al retraso, ya he perdido mi conexión en París. El aterrizaje es raro en Francia. El avión toca suelo de un modo impreciso y vuelve a despegar. Ascendemos cuando casi habíamos aterrizado. El comandante anuncia problemas para aterrizar y lo vuelve a intentar. En París, después de varias discusiones y algunos gritos, decido coger un vuelo a Roma que enganchará con un vuelo a casa. Lo intento de nuevo. En Roma, evidentemente, pierdo la conexión. Allí me recomiendan un vuelo a Marrakech para enganchar con un vuelo a Lisboa y de Lisboa a Madrid. En Marrakech tengo un altercado en la aduana y esos minutos de oro me hacen perder el vuelo a Lisboa. Tras muchos problemas cojo un vuelo a Bamako para enganchar con un vuelo a a Tanger y si todo va bien, en Tanger abandonar los aviones y subir a Madrid en coche, en tren o andando, pero olvidarme de los aeropuertos. En Bamako los retrasos son irreales. Paso dos días en el aeropuerto. De Bamako vuelo a Milán, de Milán a Berlín, de Berlín a Zurich. En Zurich dominado por un sentimiento pasajero de locura decido tomar mis decisiones de destino para realizar el trasbordo a casa a partir del alfabeto. Si estoy en Zurich, debo ascender alfabéticamente y volar a algún lugar cuya primera letra sea la Y. Vuelo, y esto es complejo porque hay vuelos cada tres días, a Yalta. A Xcaret llego de un modo extraño e indescriptible. De allí a Washington, Veracruz, Uji. Sigo de avión en avión, en ese pasillo eterno que son todos los aeropuertos, que son infinitos pero que son uno, el mismo. La puerta que se abre y se cierra. Trasbordos que te llevan más cerca o más lejos de casa, el transito permanente. Conocí muchos, distintos, iguales. La voz del altavoz que anuncia el siguiente despegue o que recomienda tener cuidado con las pertenencias. Las tiendas que son distintas pero la misma, que ofrecen objetos que diferencian e igualan el mundo. Volé, volé sobre todos los mares, sobre todos los continente. Crucé países, descifré sus geologias desde esa vista privilegiada a siete mil metros de altura. Ví nubes pasar, esa vaporosa forma aérea que recuerda a los sueños y a la memoria. Cruce, recorrí y jamás llegué a casa. Seguiré, engancharé vuelos, uno tras otro, en ciudades remotas, inconexas, que nada tienen que ver salvo ese vuelo nocturno que las une mientras sus habitantes son ajenos a la vida del otro extremo de ese vuelo. SOy ese avión que sobrevuela sobre tu cabeza mientras caminas al trabajo, mientras besas a tu novia a la salida de un restaurante donde cenas comida japonesa. Soy ese avión, esa fugacidad que jamás llegará a casa, porque mi vuelo llegó, por siempre, en un eterno retraso.

miércoles, julio 28, 2010

Vacaciones, vacaciones, vacaciones....

A esa hora nadie baja a la piscina. Es la hora del medio en el hotel, la hora frontera, la hora no hora porque o bien aún están en la playa o bien duermen la siesta para despejarse en la noche. Hace calor y me gusta bucear despacio, dominado por esa laxitud poderosa que hay bajo el agua. Disfruto del cambio de temperatura corporal y de los cambios de velocidad en mis movimientos. Luego ya salgo a flote y braceo pausadamente rodeado de ese azul eléctrico acuático y mantengo la posición sobre el agua. Tiendo a pensar que prefiero esa sensación de ingravidez al siempre humano deseo de volar. A veces tarareo algo que invento y sigo braceando. Llego a la escalera y la asciendo e imagino un extraño asunto de naves y cometas. Generalmente me quedo sentado en el bordillo y espero los minutos que pase. Es puntual y rutinario. Sus gestos son casi siempre exactos. La toalla colgando del cuello, el andar decidido y silencioso, la camiseta en una mano y las bermudas limpias y elegantes. Saluda en el mismo tono cada día y pasa de largo. Entonces me levanto delicadamente y comienza la persecución diaria. Él entra en el ascensor y subo apuradísimo por las escaleras, Subo los escalones de dos en dos, si me veo fuerte incluso de tres en dos o hasta de tres en tres. Llego a la cuarta planta, siempre le alcanzo cuando el ya está al final del pasillo. Dejo las sandalias en el rellano y camino despacio sobre la moqueta granate. El pasillo gira un par de veces como dirigiéndote a un destino confuso, laberíntico. Mantengo la distancia prudencial, camino silencioso y trato casi ni de respirar. El avanza constante, con ese andar llamativo, envidiable y elegante. Entonces siempre sucede lo mismo, saca la llave de uno de los bolsillos y abre con muchísima cautela. Siempre mantengo la distancia y el silencio. El deja la puerta abierta. Lo que sigue, como todo lo que ha sucedido, es exacto cada día. La misma frase de recriminación, el mismo altercado que reverbera por todo el pasillo. El eco de lo que se dijeron ayer, antes de ayer y hace tres días, se repite. Entonces se escucha, como siempre, repetido, exacto, el grito de ella y el insulto final que le delata, que le desvela como asesino, como el hombre que la mata. Entonces, como cada día, yo salgo corriendo para tratar de evitar lo inevitable. Entro y veo el cuerpo de ella tendido en la cama y la mirada aterrada y ya arrepentida de él. Le miro, me mira y salta ventana abajo cayendo exactamente en el mismo sitio siempre, en el centro exacto de la piscina. Ahí, justo ahí arranca de nuevo el ciclo, la repetición en la que llevamos años, décadas, quizá siglos y de la que jamás saldremos, el loop eterno: Las ansiadas vacaciones eternas.

miércoles, julio 21, 2010

Un terrible asunto de oficinistas

¿Cómo explicarlo? Mi vida salió impresa en un folios. No fue que yo hubiera escrito un largo texto autobiográfico narrando mis alegrias y desdichas a lo largo de los días en este planeta y finalmente le hubiera dado a imprimir para tenerlo físicamente. El asunto fue diferente e inexplicable.

Horario de oficina, cuatro semanas de vacaciones al año, catorce pagas. Cesta de navidad. Mi vida no era especial, pero no estaba mal. No me excedía en horas, en verano jornada continua, un ambiente relativamente amable en el departamento. Un puesto con responsabilidades y cierto toque de creatividad en determinadas decisiones. Un compañero de igual a igual. Buena relación, sin grandes emociones, sin compartir secretos, pero una relación cómoda. Ambos trabajamos centrados en los mismo proyectos, misma responsabilidad, entrega parecida. No escatimamos esfuerzos cuando son necesarios. De resto poca cosa. Una pareja estable, dos hijos educados, buenos chicos. Algún viaje veraniego y reuniones con amigos los fines de semana. La felicidad no precisa de mucho más. Se puede contabilizar, pones los peros y los contras de tu vida y restas, el resultado en mi caso era positivo, por lo tanto era feliz. Pero salió impresa toda mi vida, de repente, por aquella impresora HP 8500. Un robot escupiendo documentos muchas horas al día. El lugar donde se concretan contratos. Papeles que luego han de ser firmados, leídos con atención. Ahí, ahí salió mi vida impresa, entera. La vi en aquella hoja miserable. Cada caracter de tinta negra eran mis venas, mis pasos, mi existencia. Ahí estaba mi existencia reproducida, en cada giro de letra, en cada línea. Yo me había levantado de mi lugar recoger el contrato que firmaríamos esa tarde. Lo había leído detenidamente, estaba bien redactado, sin errores, concreto, preciso. Álvaro lo había leído a su vez, le parecía bien. Confiaba en mi redacción, se me daba bien. Imprimí. Caminé ajeno a ese encuentro con todas mis frustraciones, con todos mis pasos en falso, con todos mis errores. Recorrí el pasillo pisando la moqueta, pasando al lado de Paco, que de camino soltó alguna frase sobre mi equipo de futbol que había perdido ese fin de semana, seguí de largo. La oficina espaciosa, la luz que entra desde la avenida, la vista privilegiada de ese piso elevado de ese bloque de oficinas. Entró en la sala de máquinas y de golpe mi vida impresa. Encima de mi contrato recién impreso, aún caliente, está otro folio. Lo cojo sin saberlo, creyendo que estpy cogiendo la página 1 del contrato y leo y todas las imágenes se vienen, diecisiete años de entrega, de compañerismo se condensan en la nómina impresa de Álvaro. La nómina elevada, que casi duplica mi sueldo de mi compañero de mi otro yo laboral. Dieciesiete años trabajando mano a mano, en las mismas labores. Mi vida entera impresa en ese papel. Mi conformidad, mi confiar en la gente y Álvaro callado, con su sueldo tremendo. Y veo a mi mujer hablando siempre bien de Álvaro " ese buen hombre, ese gran compañero" y las cenas empresariales junto a Álvaro y las sonrisas de los otros y Álvaro callado. Las hijas de Álvaro, la mujer de Álvaro en aquel viaje mirandome distante, conociendo seguro mi conformidad. Mi vida impresa en la nómina de Álvaro. Y Vuelvo por el pasillo y le digo a Álvaro que relea el contrato y pongo su nómina en primera página y Álvaro que levanta la vista, sonríe y dice "algún día lo tendrías que saber". Y me acerco a la mesa y llamo a mi mujer y hasta ella parece saberlo "¿qué más da lo que gane Álvaro?" y cojo la grapadora y la lanzo contra Álvaro y lanzo el teclado contra su jodida cara de falso y lanzo el monitor y subo a la mesa y grito insultos extraños, incomprensibles y veo de nuevo la nómina de Álvaro y mi vida entera se desvanece en esa cifra.

martes, julio 20, 2010

Los críticos

La historia es un poco la de siempre, con sus variaciones, con sus personalizaciones, pero básicamente se desarrolló con una estructura al uso. Ella era amiga de un amigo común, una fiesta, algunas copas, buena música, una temperatura agradable sobre la ciudad, profesiones semejantes, conversación fluida. Atracción, para que llamarlo de otra manera. Dos personas se atraen por diferentes motivos en los que no descartamos la posibilidad de elementos químicos y físicos. Así que esa noche terminamos en la cama. Un previo acertado y positivo en el sofá. Mi ritmo de caricias es ascendente con elementos de sorpresa. Ella está elegante en el beso y precisa en la transición del romance al sexo. De ahí pasamos a la cama. La velocidad a la hora de desvestirnos contiene las características que a mi más me excitan. La ropa cae acompasadamente entre algunas baldosas y entremezclándose con las sábanas. El sexo es excitante, divertido y bastante creativo. Ella ofrece variedad pero sin aceleraciones ni precipitaciones, nos deleitamos en las posturas sin movernos a la siguiente antes de lo esperado. Ambos gozamos de las posibilidades y recovecos de nuestros cuerpos y sacamos partido al placer.

La relación crece y aumenta. Terminamos viviendo juntos. La frecuencia de sexo entonces es satisfactoria. Jamás recurrimos al sexo por recurrir, por artificio. El dialogo corporal es adecuado, preciso y emocionante. Ella, no obstante propone variar algunas situaciones que empiezan a ser rutinarias y yo acepto. Me gusta su capacidad de innovación, sin saltarse la estructura clásica. A ambos no nos gusta la experimentación en las estructuras porque si, sin más. Aquello debe tener una explicación y salvo en determinadas ocasiones el sexo transcurre alegremente y con finales más que aceptables.

De un tiempo a esta parte he notado que se ha perdido frescura, es cierto. Hace cuatro o cinco noches a mi me pareció que hicimos el amor con cierta urgencia, que el ritmo perdió dinamismo al final y que no supimos mantener constancia en el crecendo. La semana pasada, por ejemplo, el previo o arranque me pareció algo brusco e incluso aburrido. Ella tiende a lanzar su mano rápido y no siempre controla las velocidades. Al final ella se quejó de que mis gemidos no parecían del todo naturales, aunque bien es cierto que hubo un momento brillante en la ascensión. Ella se movió con brillantez a ratos y hubo instantes del polvo que fueron muy aceptables. Ayer, por ejemplo, ambos terminamos algo defraudados. Faltó creatividad y nos dejamos llevar por la rutina. Fue rápido por urgente, por innecesario y nos hemos planteado pensar bien el siguiente sexo, no hacerlo porque si. Tendemos a dejarnos llevar y estamos perdiendo la esencia del sexo. Esta mañana yo he probado según me he despertado, creo que estaba influenciado por un sueño acelerado con una compañera de trabajo y me he lanzado poseído encima de ella. No ha sido un mal sexo, pero tampoco es para hacerle una gran crítica. Quizá yo iba empujado por los ecos del sueño y necesitaba menos mimo e ir más al grano, a ella por otro lado la ha pillado de sorpresa y le ha costado entrar al calor, por eso quizá ha estado algo fría. FInalmente nos hemos ido entregando casi ritmicamente pero es cierto que hay veces que un poco de menos sincronía otorga enigma y persecución. Hoy cuando llegue probaré a recurrir a la estructura que aplicábamos las primeras veces. Al final siempre hay que recurrir a los clásicos.

PS: Cabe la posibilidad de que existan.

lunes, julio 19, 2010

Fragmentos de misma duración

Recibo un mail en el que alguien querido me narra la trascendencia de 14 minutos que por otro lado podrían haber resultado intrascendentes. La narración es emocionante, honesta y cargada de símbolos, llena de azar, destinos y posibilidades. 14 minutos que pasan relativamente rápidos pero que reverberan algunos días después y que dejan la sensación, siempre fulminante, de esas otras vidas que no alcanzamos a vivir, de las otras posibilidades de nosotros mismos. 14 minutos que pueden o no cambiar tu vida, su curso. Luego salgo a la calle, no queda nada en casa y salgo a un chino a comprar algo de pan para cenar. Camino pensando en los 14 minutos y pienso en otros catorce minutos. En fragmentos de tu vida que pueden durar esa cantidad exacta de minutos:

Una conversación con alguien que hace tiempo que no ves en una fiesta; un trayecto; la lectura de un cuento corto, la escritura de algún post en este blog, la espera de tu turno en el médico, algún polvo que ya no se recuerda, una comida solitaria en una cafetería un día de mucho trabajo a las afueras de la ciudad, la segunda cerveza de un reencuentro importante; la conversación veloz, dolorosa y traumática de una ruptura; una ducha larga un día de enorme resaca y frío exterior; las tomas de pecho de tu primera hija; un baño en el mar a solas en el que nada y el resto de tu vida cambian porque mar, corrientes y temperatura te parecen la metáfora que de repente te explica todo esto; los minutos que llegaste tarde a una cita borrada de la memoria; los minutos que tardaría en pasar el metro en aquel andén silencioso y vacío y en el que sentiste por primera vez la más profunda y exagerada soledad; escribir un mail que no envías; el aterrizaje de aquel vuelo que te llevó a la ciudad que más te ha gustado en el mundo; el silencio en el que estuviste a solas decidiendo algo que parecía trascendente; una canción profunda, hipnótica, sensacional y extraña de un grupo de nombre inexplicable; uno de los primeros besos allá con trece años; el retraso de ese vuelo en el que esperas a alguien que hace cuatro años que no ves...

viernes, julio 16, 2010

Ojos que se mueven

.- El problema son los ojos, su ubicación inmóvil. Habría que moverlos de vez en cuando, colocarlos en otras partes, en otros ángulos. Por ejemplo colocarlos de vez en cuando en los omoplatos. Ver el mundo desde ahí, desde esa perspectiva que jamás tenemos, la parte de atrás. Es tan dictatorial siempre ahí, siempre delante, siempre a la altura de los ojos. Moverlos otras veces a la altura de las rodillas. Ahí, en esa parte del cuerpo que todo sobrevuela a ras de suelo. El problema es que siempre hablamos desde aquí, desde esta única perspectiva privilegiada, es cierto, puesto que está en la parte alta; pero serían otras visiones, otras formas. Los ojos a ratos en los omoplatos. Caminar y ver lo que sucede por detrás, ver que dejamos en vez de lo que viene. No anticiparse sino rememorar, comprender a paso dado. Habría riesgos, claro. Tropezaríamos con las aceras, cruzaríamos peligrosamente los semáforos, pero sin embargo comprenderíamos como fue el camino que hemos ido recorriendo. O los ojos en las rodillas, ahí abajo donde se cocinan tantas cosas, ahí donde se hace el giro para el siguiente paso. Ver el camino más de cerca, observar de cerca las irregularidades del trayecto, las texturas de por donde vamos caminando. O más abajo aún, colocar los ojos en los tobillos o en los talones. Colocarlos otras veces en las manos. Coger las cosas y ver tan de cerca que es eso que estamos cogiendo. Sin embargo nada es móvil salvo el completo. El cuerpo se mueve en bloque pero no es móvil por partes. Todo variaría porque la vista sería otra. Pensamos todo desde esta altura, desde esta visión. Propongo mover nuestros ojos para mirar desde otros puntos de vista, pero no ya tanto intelectuales, racionales, sino físicos. Ver desde los dedos, desde la coronilla, desde las nalgas. Girar la visión y seguramente obligar a desplazar la percepción y por lo tanto el pensamiento. Hagamos pues el esfuerzo de pensar como si moviéramos los ojos de sitio. Pensemos con los ojos en las nalgas, en la punta de los dedos, en algún lugar remoto de la extraña geografía corporal.

jueves, julio 15, 2010

Avispa

Escuchó un perro ladrar a lo lejos, una brisa levemente fresca atraviesa el espacio en el que estoy ubicado. He dejado unos segundos en los que parecía que no estuviera ocurriendo nada. Hay un instante al final de la tarde en verano en el que el tiempo se mueve de un modo radicalmente distinto o apenas se mueve, y sin embargo notas que el sol va decreciendo con más velocidad que a lo largo del día. Son las horas en que más cambia la luz. Se va de la luminosidad absoluta hacia la noche. He cerrado los ojos, he imaginado un espacio abierto, inmenso. Tiendo a imaginar espacios abiertos, casi de paredes blancas o paredes que no son paredes porque eso que veo como blanco en realidad se puede atravesar. En una ventana a lo lejos hay colgadas unas sábanas que a ratos se mueven poquísimo, seguramente impulsadas por esas brisas invisibles que tanto se agradecen. A mi lado hay una flor blanca. Más allá las sombras de otros edificios. He pensado en gente que hace tiempo que no veo. Estarán por alguna calle de la ciudad ahora mismo o quizá pensando en cualquier cosa, están, viven sin embargo la gente que no vemos, que no percibimos cerca parece que habitan en un mundo que no es del todo este. Eugenio, por ejemplo. Eugenio andará ahora por Madrid, o estará en su casa esperando a que pase el calor, pero si pienso en Eugenio no lo percibo en esta realidad, está en otro lado, en una dimensión paralela, en un lugar que está y no está aquí. Está en otro verano o a lo mejor soy yo el que está en otro verano, en otra hora. En esta hora lenta que cae y sigue, que todo se detiene y avanza. Oigo una avispa, pasa y sigue. Poco después ese sonido vuelve a escena. Pienso entonces que me gustaría una canción que se llame avispa. Esos son los significados de ciertos títulos, Avispa a secas para mi puede ir ligado a este momento laxo, quieto, pacifico; sin embargo podría haber tantas lecturas en un título como avispa. La avispa sigue su vida y yo sigo la mía, ambos nos quedamos en este instante no detenido pero que podría parecerlo. No hay instantes detenidos salvo en las fotos, que asaltan y detienen algo que realmente jamás sucedió, porque nada se queda tan quieto, sin tiempo. El vuelo de la avispa nunca estuvo quieto. Sin darme cuenta tarareo un coro repetitivo. Los sonidos van y vienen. El perro ya no ladra. Las sabanas siguen moviéndose aleatoriamente por esa brisa que pasa y vaya a saber uno donde es que va y muere. Todo se detiene, pero cuando me fijo la luz ya no es la misma que hace unos minutos. Y mientras tanto; mientras tanto Eugenio.

No fin

No engañemos, esta historia no tendrá final feliz. No será un final triste, pero no terminará donde apetecería por los acontecimientos ocurridos. Realmente esta historia no tendrá un final, si lo tendrá físicamente. Habrá un momento donde la historia escrita, en texto, no continúe, pero su trama, su evolución seguirá, avanzará hacía ese limbo de las cosas sin resolver, de las cosas que se quedan, las historias que continúan de otro modo. Esta historia por lo tanto acaparará un trozo breve de un encuentro, será una sinopsis, porque todas las historias, por esencia son una sinopsis. La historia arranca en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, con tráfico, con gente que va de un lado a otro. En los edificios hay gente trabajando, reuniones, conversaciones, gente que ve a media tarde la televisión, señores que despiertan de la siesta, niños que juegan con un conejo blanco, parejas que hacen el amor, alguien que escribe algo que jamás será leído, un tipo que avanza en un proyecto ilusionante, gente que abre la puerta de casa, gente que sale y la cierra, alguien que mira el reloj, gente que lee un libro del que olvidará la mayoría de su contenido, dos chicas que hablan de un futuro hipotético, fumadores aplastando su cigarro contra un cenicero repleto de cenizas. Estamos en una calle cualquiera y una chica detiene un taxi. En ese instante, en el instante exacto en el que se sienta y dice la dirección de destino, piensa que de algún modo todo se ha podido detener. El taxi avanza por calles llenas de edificios donde van ocurriendo más cosas. Es media tarde y a media tarde el mundo puede ser infinito, hay quien come algo porque no ha comido en todo el día, hay quien cierra los ojos y piensa en el verano, hay quien firma un contrato, hay quien habla de comisiones, quien habla de futbol, quien piensa en Andrés Iniesta. El taxi, la chica y el taxista, evidentemente son ajenos a todo eso. Ella sin embargo no deja de pensar que el azar es inquietante, porque cabe la posibilidad de que el amor, en su forma más platónica, en su forma ideal, se esconda en un taxi. A ella le gustaría en ese momento que el destino, el del taxi y el de su vida, no llegarán a esa dirección que ha indicado. Le gustaría que ese taxista agradable, dulce y con el que siente que tiene mucho que ver siguiera más allá, que saliera de la ciudad y siguiera y siguiera hablando el taxista al que ya le pondría nombre y el que manejaría ese destino agradable hacia una dirección inventada, hacia su propia dirección. No obstante el taxi alcanza la calle y el número exacto de esa calle. Ella extiende el billete y siente que lo sensato sería no bajar del taxi, hablar con ese tipo, invitarle a cenar. Resulta que no, que si baja y que el taxi se pierda y se entrega a ese azar que es la ruta diaria del taxi. Alguien levantará la mano en otra acera, en cualquier acera donde hay más edificios y dentro de esos edificios sucederán otros destinos, otras medias tardes. Ella pensará que el taxi se larga como se largan tantas cosas. Seguramente durante semanas cada taxi que pasa se convierte en la posibilidad de un reencuentro, pero hay miles de taxis, hay miles de trayectos y es inabarcable las opciones que hay para que coincidan de nuevo en otro trayecto. Atravesando calles con edificios donde hay gente que oye música, que se rasca la piel, que orina, que escribe mails, que dibujan, que tocan instrumentos, que estudian, que se perfuman, que se visten, que se desvisten. Así, sin final posible, porque esta historia acaba aquí, pero realmente continúa. Otra historia inacabada.

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