lunes, mayo 10, 2021

El verano feliz

  Había perdido brillantez en los últimos años, aunque el deterioro lo notaba básicamente en los últimos meses. No construía sus discursos con facilidad, las ideas no se trenzaban como antes, se escapaban detalles, no se armaba el pensamiento con rapidez y ni siquiera a él le entusiasmaban algunas de sus ideas. Detestaba lo ocurrente o esa expresión que aborrecía: la chispa; pero ciertamente se parecía a eso. A una perdida de empuje en el pensamiento. Estaba abotargado y la incapacidad de fluidez en el pensamientos, a ratos, le producía cierta ansiedad. ¿Había venido esa espesura para quedarse? Como aquellos míticos deportistas que iban perdiendo rapidez y esplendor en la cancha, ¿era lo suyo el deterioro perenne? No lo sabía. Salía a pasear con frecuencia buscando refrescar el pensamiento. Miraba a la gente joven, su aspecto vivo, su indiferencia evidente al tiempo, sus pensamientos moldeados en ese nuevo mundo que para él ya tenía mucho de argumento incomprensible, como esas películas que a la media hora dejas de entender del todo. No quería ser joven, "no se puede ser joven, ser joven es un algo tan extraño" pensaba. Sólo quería disfrutar de placer de pensar, de sentir que su pensamiento se podía estructurar, porque eso es lo que hacemos cuando pensamos: creamos una línea argumental, conectamos puntos, círculos distantes en nuestro cerebro. Aquellos paseos se convirtieron en algo casi adictivo. Era verano. Un verano suave, amable y las tardes por la calle Caramuel le estaban dando una sensación nueva de disfrute. Ya no hilaba reflexiones, pero pensaba sin pensar, lo que le daba cierto descanso. A última hora, cuando el sol iba bajando, entraba al Fabián, un bar a dos cuadras de su casa, se pedía un vino y escuchaba las opiniones aleatorias de los otros asistentes. A veces política, a veces deporte y otras veces reflexiones sobre el coste de la vida. Dejaba aquella marea de palabras sonar, como si le sirvieran para algo, algo que debía de encontrar o de hacer saltar algo en su propio cerebro. Las voces de los otros como otra forma de propio pensamiento. A veces salía algo beodo del bar y andaba por la acera con algo de torpeza. Le hubiera gustado que aquel verano fuera eterno, que la ciudad medio vacía se quedara así para siempre. Todas las noches hacía la misma ruta, los mismos ritos, hasta aquella noche precisa en la que todo cambió. No esperaba nada del verano, posiblemente no esperaba mucho de la vida. No era un pesimista, pero no vivía con falsas esperanzas, aceptaba la vida posiblemente tal como era, una especie del accidente del que surgimos a borbotones, como pompas de agua. Y no esperaba nada aquella noche mientras caminaba por la calle ancha a ritmo desigual pensando sin pensar demasiado, sin más que haciendo un pequeño repaso a las opiniones que había escuchado en el Fabián, cuando de detrás de Fiat bastante deteriorado aparecieron dos tipos de repente. Se le encararon y le amenazaron con una navaja de poca monta pidiéndole todo lo que llevara. Les miró con desdén, ausente de temor, por alguna razón no esperaba que las cosas se fueran a poner violentas. Fue entonces cuando, de golpe, aparecieron los pensamientos, la fluidez, la "chispa", pensó en la violencia, en la estructura de la sociedad, en la opresión. Les empezó a hablar de lo que pensaba, de lo que estaba sucediendo en su cabeza:

.- Llevo meses en un proceso extraño del pensamiento. Llevo meses sin construir y argumentar mis ideas y este susto repentino, vuestra aparición me ha devuelto el armazón del raciocinio. Entiendo, amigos, porque roban, lo entiendo y lo comparto, no tengo mucho, pero os lo voy a dar. No cambiaremos el mundo, llegamos siglos tarde para intentar cambiarlo. Ganaron, ganó el poderoso, ganó  el opresor. Nos dejaron desarmados y sin recursos. Nos deshilacharon. Pudimos ser madeja y nos hemos convertido en trozos de hilos desperdigados por las calles y ya llegamos tarde. Sin embargo vosotros no sois culpables y os merecéis mi dinero, os merecéis más otro dinero, otra posición, otros dolores, y también, probablemente yo lo merezco, pero entre nosotros, es probable que yo sea opresor, que yo merezca vuestra violencia. 

A esas alturas de discurso, los dos jóvenes y aprendices de ladrones, habían asumido que el asalto había fracasado: "No te diste cuenta que era un loco" le recriminó, más tarde, el más joven al que había decidido que ese era el hombre para atracar esa noche. El discurso duró algun minuto más, donde se iba trenzando todo un manifiesto sobre la explotación y la opresión. Sobre la estructura social, sobre dominio y el derecho a la violencia, sobre el derecho de los oprimidos a robar. Mientras hilaba pensamientos para justificar que sus Ladrones que le robaran, iba sacando la vieja cartera Y juntando los pocos billetes y monedas que sumaban una cantidad de dinero que no solucionaría ningún problema, ni siquiera subvencionarían una noche de diversión a los inexpertos asaltadores. No cogieron el dinero, se miraron, se dieron la vuelta y se fueron de allí sin despedirse. Nuestro hombre, abrumado por la gentileza de los dos seres que le habían devuelto la fluidez de pensamiento, se quedó unos segundos boquiabierto, atónito y feliz. Arrancó el camino dispuesto a retomar su vida previa. Aquel verano lo recordó siempre como: el verano feliz. 

miércoles, abril 21, 2021

Grabando un disco nuevo

 Cuando decides a hacer un disco con tu grupo, en el fondo, lo que estás decidiendo es un viaje a una región exótica. La metáfora del viaje está muy manoseada, pero aquí no nos interesa tanto la metáfora de viajar, sino de llegar a una zona remota desconocida. Un lugar nuevo. Por eso se sigue abordando la composición en la música popular en el formato disco; porque haces un viaje a un lugar en el que recorrerás y descubrirás distintos puntos de una geografía muy concreta. Y como todo viaje, hay una preparación previa en distintos grados, pero inevitablemente el viaje conllevará llegar a lugares que no puedes previsualizar en toda su extensión. Puedes hacerte una idea de dónde vas, puedes ver fotos y leer mucho sobre el sitio, pero el lugar será mucho más, porque lo real es inabarcable en su recreación. Y el disco es una región, porque está anclado en una misma geografía. Cada una de sus canciones es un punto, un lugar, que visitarás y descubrirás. Y algunos de esos lugares, probablemente la mayoría, estarán planificados en tu viaje, una ruta que trazaste previamente para ir llegando a los sitios concretos que querías llegar, pero a veces también, en medio de ese viaje, decidirás ir a un lugar del que no habías oido hablar y que has conocido por los lugareños; y a veces, ese lugar, será el momento más atractivo del viaje o no, pero es un lugar que se sale de la ruta trazada de antemano. Cuando partes vas con un mapa, pero el mapa no te habla de sensaciones térmicas o no puede predecir el tiempo que habrá el día que haces determinada excursión. No contabas con esa sensación de humedad un día o con que la altura de un punto produce que tu tensión esté mas baja. Tampoco cuentas o eres capaz de predecir los olores que irás encontrando en ese viaje y que seguramente condicionarán para siempre los recuerdos. Un olor concreto te llevará, para siempre, a la imagen precisa de un lugar, de un instante del trayecto. El olor de ese lugar te traerá el recuerdo de ese lugar nuevo. Así que cuando empiezas a hacer las canciones que conformarán ese disco, estás subido en un autobús, avanzando por carreteras en las que observas paisajes nuevos. Avanzas hacia algo que luego sólo tendrá forma de recuerdo. Porque la música y el recuerdo comparten esa cosa intocable difícil de describir. Las canciones son la memoria de ese viaje que has ido haciendo. No son un diario, no. Son esa percepción de la realidad en ese lugar lejano y nuevo. Cada canción ni siquiera es la metáfora de una población, porque los recuerdos tampoco lo son. Esas canciones son la realidad inabarcable del viaje. Esa visión geográfica nueva. La mirada nueva del terreno. Estás viendo una amplitud nueva, unos colores que se juntan nuevos y todo eso se queda metido de una forma extraña e incomprensible en tu memoria. Y eso que se ha ido quedando, esa nebulosa inabarcable que conforma lo real en esa región por la que viajas, son las canciones que forman el disco en el que has trabajado. 

jueves, abril 15, 2021

El escritor en un live de instagram

 Es el arranque de un live de instagram. El escritor está sentado. Hay alguien encuandrándole a través del teléfono, al otro lado de la mesa en la que está sentado. Sospecho que es su hija o hijo, alguien cercano a la veintena, quizá algo menor. Me resulta difícil identificar edad y género. El escritor le dice: "¡Menos mal que llegaste!", con una especie de alivio ante la complicación técnica a la que se está enfrentando. El escritor está acomodándose, pero no termina de entender del todo lo que está sucediendo, escucha una voz por otro teléfono que le saluda amable y le dice alguna frase. El escritor mantiene dos frentes en su interior: por un lado se acomoda para estar presentable y serio para la charla que va a dar comienzo, pero por otro lado está intranquilo porque no entiende por dónde va a escuchar al interlocutor. La hija o hijo, o el que sospechamos que es la hija o hijo, le indica, muy prudentemente, que ya están en vivo, y el escritor, aún asumiéndolo, no termina de actuar como si estuviera siendo ya visible para los espectadores. Es el momento que dice la frase por la que decido escribir este texto: "¡Qué cosa tan extraña!" El momento para el escritor, es probablemente absurdo, o como el dice: extraño. En algún momento se dirige a la hija o hijo, con esa confianza con la que te diriges solo a alguien con el que convives , esa manera de hablar en uno de esos momentos de extraña incertidumbre que tienes cn alguien de mucha confianza, también con esa sensación de búsqueda de amparo que tienen los mayores, y que llegaron a estas tecnologías ya entrados en años, hacia los jóvenes a los que suponen siempre virtuosos tecnológicos. Se escucha a alguien por otro teléfono. Parece ser una persona de la editorial que ha organizado el encuentro en Instagram. El escritor varias veces se acomoda, se sienta recto, mientras momentáneamente da la sensación de repasar algo de la charla que va a mantener. Su cabeza esta jugando varios partidos: estar en posición para arrancar la charla, repasar el tema fugazmente y el lío tecnológico que no acaba de entender. La hija o hijo, o la que suponemos la hija o el hijo, pasa unos segundos de desconcierto también. No la/le vemos, la/le intuimos. La cámara se desplaza varias veces, pero no sabemos bien qué busca. Trata de indicar al escritor que todo está en orden, que no se preocupe, pero lo hace de ese modo que trasmiten a veces los jóvenes, de falta de seguridad. Ese momento en que todo padre piensa: "este chico no se entera de nada". La persona de la editorial, sin querer, también suma confusión al escritor. Ella se centra en ser amable con él, saludar con cariño y mostrar gratitud por la participación del escritor en el evento de Instagram, pero no contesta firmenente  ninguna de las dudas que tiene el escritor que se centran, sobre todo, en una pregunta que nadie le contesta y que ha efectuado, al menos, tres veces: pero, ¿por dónde voy a escuchar yo? El hijo contesta, la persona de la editorial contesta, pero yo, que veo la escena a través de mi teléfono, a miles de kilómetros de distancia del escritor, comprendo su confusión, porque ciertamente la duda no es contestada rotundamente. La persona de la editorial, casi como si se tratara de la preparación de un despegue de la NASA dice: "Un minuto". El escritor tiene, en ese momento, la fragilidad de un niño. Hay un momento casi cinematográfico, pero de un cine casi experimental. La cámara de golpe gira 45 grados. El encuadre cambia totalmente. De repente vemos una puerta de cristal, la salida a un patio o a un jardín. Al otro lado del cristal vemos un perro. La hija o el hijo dice con entusiasmo o gracia: "¡El perro!". No sabemos si nos lo quiere presentar o si el giro ha sido un accidente y es una salida natural: "¡El perro!" La cámara se mantiene unos segundos así. El perro mira hacia dentro. La hija o hijo, dice casi con alivio: "¡Ahí está! Nos anuncia que llegó la solicitud para acceder al evento de Instagram del otro interlocutor. El encuadre vuelve al escritor que siente que las cosas empiezan a estar en orden. Por primera vez, en esos dos minutos que los espectadores hemos visto, el escritor siente que la situación, al fin, está bajo control. Entra el otro interlocutor y se saludan. El escritor siente que ha llegado, al fin, al nuevo mundo al que se le estaba negando el acceso. De hecho comenta con el otro participante la complicación de acceder al evento y lo compara con la pérdida de virginidad, que además, acentúa, le ha resultado mas difícil que otras perdidas de virginidad. La charla, oficialmente ya ha empezado. Sin embargo, como espectador, para mi, casi ha terminado, de hecho me descentro y empiezo a no atender, porque hemos asistido a algo que me llama mucho la atención. Cuando hablamos de comunicación tendemos a hablar de las complicidades o conflictos muy claros o muy obvios. Un debate político, un dialogo de padre a hijo o una reunión laboral, donde todos los participantes tienen claro el rol. Tambien una discusión, donde el conflicto marca todo, pero no hablamos de esas veces que la comunicación entra en una zona de interferencias, donde todos los interlocutores están confundidos y pierden la comunicación entre ellos. Eso es lo que ha sucedido en esa escena. No pasa nada grave, nadie está aislado, pero en el fondo todos los están. Cada uno se concentra tanto en lo que está sucediendo que pierde la comunicación con el otro. El escritor tiene dudas, no entiende qué sucede, pero no entiende algo claro y que pregunta con firmeza: ¿Por dónde voy a escuchar yo? La hija o hijo está tratando de que el evento salga adelante y además trasmitir que el escritor ya está siendo visto y la persona de la editorial, que está pendiente de lograr que el otro participante acceda, mientras intenta trasmitir gratitud y amabilidad al escritor. Hay interferencias en una escena retransmitida por Instagram: Qué cosa tan extraña.

lunes, marzo 29, 2021

Un pájaro en Cojedes

  No recordaba a qué hora habían salido. Por cómo se dio el viaje, podría concluir que fue muy pronto, bastante antes del amanecer. Llevaban en el país menos de una semana. Todo les resultaba ajeno, disparatado, irreal. En realidad estuvieron meses así, quizá años, en ese estado. Nunca vivieron en un plano del todo real, o cierto, los años que vivieron allí.  Aquel viaje lo hicieron por un motivo puramente burocrático, había un modo de entrar por Colombia, pagando a los agentes aduaneros un soborno barato y conseguir a una velocidad inaudita, la residencia por cinco años en Venezuela. Lo primero que recuerda de ese viaje V es que, cuando sale el sol, ya están bien avanzados en la carretera. El paisaje es profundamente hermoso. Hay veces que el paisaje no es más que eso: algo hermoso. V tenía la sensación de que el color del asfalto en Venezuela era de un color marcadamente distinto al color del asfalto en España. Menos negro, por un lado, con las lineas menos marcadas y como si la textura fuera menos densa. En cierta manera, el asfalto parecía una prolongación de la tierra. Como si la carretera no fuera tan nociva para el entorno o conviviera mejor con lo que se veía. Habían avanzado y estaban en una zona de paisajes que ya no eran tan frondosos y la carretera empezaba ser algo más lineal. Los restaurantes de carretera tenían nombres extraños para él. Los carteles usaban tipografías distintas, colores más alucinados, los camiones y coches eran de diseños potentes, amplios y la carretera iba poco transitada. El mundo, le pareció a V, se había abierto, como si en el trópico el universo tuviera una raja y entrara otra forma de aire no conocida, alguna cuestión física o atmosférica que el humano no percibe y que lo altera todo. El padrastro de V hablaba poco y ese viaje decía frases poco comprensibles para V. Planificaba la nueva vida, proyectaba planes laborales y de ocio, una forma de vida que a V le sonaba paradisiaca. Hablaba de playas que conocerían pronto, de viajes por el país, de cruzar fronteras del continente, también hablaba de asuntos laborales que V no comprendía del todo. La madre de V miraba por la ventana como el que mira las nubes desde el avión, la madre de V no parecía estar trasladándose en coche sino que su cara parecía la del pasajero de un avión. Miraba la carretera como si no estuviera pasando por ella, sino como si la estuviera viendo desde lejos, desde muy arriba. El hermano de V aportaba frases a la conversación. Si detuviéramos por un momento todo ahí, si frenáramos el coche en medio del estado Cojedes, en ese momento preciso, ahora mismo, podríamos respondernos algunas cosas. Las familias se construyen más en los silencios que en lo que hablan, en lo que no se dice que en lo contado. En esos silencios rítmicos que se suceden a esas horas de la mañana se construyen las relaciones, los recuerdos, las cosas que invisiblemente marcan. Las cosas que luego creemos misterios o asuntos irresolubles se trazan ahí. En ese coche rojo que atraviesa paisajes novedosos para los cuatro pasajeros, y silentemente se trazan realidades que luego tardan lustros en entenderse o que quizá jamás se entienden. Hay un momento que se detienen a tomar café. El lugar esta vacío, hay un camión que lleva una lona con un logo impreso, de una marca que no reconocen, aparcado a un lado. Cuando entran suena una música irreconocible, un ritmo nuevo a los oídos. Cuando empiezas a vivir en un país las cosas se asimilan distinto que cuando lo visitas. De turista, de viaje, las cosas las ves desde muy lejos, no te relacionas con ellas de un modo físico del todo. Cuando empiezas a vivir en otro país, las novedades te abruman porque sabes que en breve serán parte de tu realidad y que en cierta manera tienes que ir asimilándolas, haciéndoles hueco en el inconsciente, integrarlas en la maquinaria infinita de la percepción. Las cosas no las observas, las comes, las absorbes, las traspasas. Ese ritmo nuevo les abrumó sin que ninguno de los cuatro llegara a decir nada. Ninguno tuvo la capacidad racional para saber que aquel ritmo les estaba atravesando fisicamente. Los padres pidieron café, los chicos zumos de frutas. Los zumos de frutas les resultaban exóticos, oníricos, casi un capricho. Había algo amable en beber aquellos zumos de frutas que no conocían. Era la parte amable de ser extranjero. En los zumos de frutas  se condensaba y se resumía todo lo que implica ser extranjero. El camarero les miraba con simpatía, la escena resultaba cómica o simpática: Extranjeros desubicados en medio de Cojedes. V y su hermano salieron a mirar los coches pasar por la carretera. V sintió que todo tenía un orden extraño, confuso, pero a los 11 años la realidad no tiene un orden concreto o se acepta con mayor facilidad el desorden de las cosas. Volvieron al coche, el viaje continúo a ritmo parecido al que habían llevado hasta ese momento. Sólo que ahora el calor era intenso, la luz era potente, blanca. Justo ahí, en ese momento, un pájaro se estampa contra el coche, el padre de V da un volantazo y solventa la situación, pero se detiene a un lado. La madre de V no reacciona del todo, como si siguiera viendo la vida desde el avión, V y su hermano se quedan mirando algo a un lado que creen  el Cadáver del pájaro. Entonces el padre mira hacia arriba, como si supiera que la madre seguía allí, una pasajera sobrevolándole en avión la zona, luego les mira y todos saben que es en ese preciso momento que pensó: ¿qué hago aquí, en medio de este país? ¿Qué pinto aquí en Cojedes?

jueves, marzo 25, 2021

Lemonhead

 Hay cabezas de todo tipo, pero los muy calvos nos dan la posibilidad de ver la forma de la cabeza en su verdadera realidad. El pelo oculta y suaviza formas, iguala. El pelo es un filtro que disimula y esconde, quizá por eso, en general, se tiene miedo a la alopecia. No es, quizá, tanto un tema del cabello en sí, sino que destapa nuestra crisma, revela nuestro craneo, esa forma de nosotros que hasta nosotros mismos desconocemos. La cabeza del que vamos a describir forma parte de ese grupo de cabezas calvas que nos muestran una forma que creíamos imposible. Vista de golpe tiene forma de limón gigante, pero claro, los rasgos de la cara, nos alejan de la fruta, porque ninguna fruta tiene ojos o nariz. Esta cabeza se hace larga en el tramo más alto, como si se hubiera estirado. Es una cabeza grande, que roza el gigantismo, pero ese tramo que va desde las sienes hacia arriba se hace extremadamente estirado, casi caricaturesco. Es una cabeza que parece dibujada para un cómic algo divertido, un cómic con una buena dosis de humor destartalado o absurdo. Esa cabeza, sin embargo, hace contraste con la nariz de halcón. Una nariz fina, que parece mal pegada. No son proporcionales la nariz y la cabeza. No juegan en el mismo terreno. No combinan. Sin embargo, la cara tiene una personalidad muy marcada, quizá por eso. Quizá porque el resto de rasgos acompañan o unifican. Hacen la función que el pelo inexistente ya no hace, filtran todo el rostro y dan un resultado marcado, una cara que se queda fijada, que evocas con facilidad. No sé a qué se dedica, a veces creo que es portero de la clínica privada, otras veces una especie de celador, otras veces sospecho que trabaja en la administración. Lo cierto es que la clínica tampoco sé muy bien qué es. Es un local que se anuncia como tal, clínica privada, pero poco más. No sé si pertenece a un seguro o algún tipo de colegio profesional. No sé que especialidad cubre. El edifico es espantoso. Esos edificios más modernos, de estética fugaz, fugaz porque se construyeron una década muy concreta y nunca más se hicieron y nunca mas volverán. Un intento de modernidad que se hizo desmoderno (creo que me invento la palabra) en seguida, que se colaron en medio de los centros urbanos de toda España incluso en muchos pueblos. ¿Qué pintan esos edificios? ¿Quién aprobó esas construcciones? Alguna vez me contaron de cierto plan urbanístico de finales de los sesenta o setenta o no plan, sino desplan (también me invento esta). Los centros urbanos de los pueblos dejaron de estar protegidos y aparecieron esas construcciones atroces. La clínica es uno de esos edificios. El hombre siempre deambula por ahí, le veo con frecuencia en la salida del parking fumando, casi siempre o solo o a veces con una chica que lleva uniforme de enférmera. Cuando está solo fuma con más prisa, cuando está con la chica fuman riendo, charlando. Da la impresión que chismorrean sobre alguien de ahí dentro. A veces le veo sacando los cubos de basura, otras veces le veo, y alguna vez me ha asustado, asomado en una ventana con los cristales ahumados, sólo le veo cuando paso justo al lado e la ventana y veo ahí, de repente, la cara, la cabeza, la nariz. Si ni tuviera más datos sospecharía de alguien de extrema derecha, presumiblemente homófobo y basta xenófobo. Esto podría ser intuición, seguramente prejuicio. Porque jamas le he escuchado hablar, salvo de lejos, en frases indescifrables. Hace un par de años,  iba caminando una tarde noche de invierno a tres o cuatro manzanas de la clínica. Una calle poco transitada. Vi abrirse la puerta de una sauna en la otra acera,  y le vi salir subiéndose la bragueta. La imagen me dejó desconcertado, porque no le imaginaba usuario de esos lugares. Miró a los lados y se puso a caminar, no estoy seguro de que me viera, o si me veo, creo que soy una persona en la que jamás ha reparado. Igual que yo me he fijado en él, es posible que él, jamás, haya reparado en mi. 

miércoles, marzo 24, 2021

4º B

Él habla con un volumen de voz molesto. No es ya sólo que hable alto, es que habla como echando en cara algo. Da igual que sea una conversación sea sobre el día lluvioso, él suelta las frases como si te estuviera recriminando algo. El acento parece de alguna zona de Castilla, pero no sabría especificar. Ella habla con voz baja, pero se le ha pegado, o quizá ya era así antes, no lo sé, ese desprecio por el interlocutor. A los dos les altera la gente. Él no es cojo, pero cojea al andar, seguramente tenga algún problema de espalda debido al sobrepeso. No es una cojera obvia, evidente. Es un vaivén torpe, una caída leve, más pronunciada hacia el lado izquierdo. El rostro es durísimo, esos rostros que, nuevamente, me recuerdan a ciertos rostros castellanos. No hay atisbo de amabilidad en su cuerpo, ni en sus gestos, ni, como ya decíamos, en su voz. Todo es áspero, antipático. Ella es extremadamente delgada, camina como si no doblara las rodillas, como si las piernas, de una delgadez que abruma, no rotaran, fueran rígidas. El tronco está  enterrado, casi cubierto por los brazos, que lleva muy pegados al cuerpo, y los hombros que echa hacia adelante, como si quisiera protegerse de algo. Su delgadez, su forma de andar, incluso su forma de mirar hacen pensar en una persona carcomida por la angustia y la ansiedad, también por un miedo extraño, un miedo inexplicable. Los ojos no se quedan fijos en ningún lado, está siempre mirando como si estuviera discutiendo, como si tuviera que defenderse de algo de lo que en el fondo se sospecha culpable. El mundo no le resulta un lugar amable, la gente, el ser humano en general, le parece sospechoso. Hay una profunda desconfianza hacia todos. Lo que más sorprende en dos personas así es que hayan terminado juntas, ¿cómo lograron fiarse el uno del otro? Viven aislados, aunque viven en el piso justo encima de los padres de ella, pero nunca se les ve con nadie. No se les conoce vida social. Sólo se les ve a ellos dos, nunca van con nadie, nunca reciben visitas, nunca se les ve en los locales de alrededor del edificio. Parecen concentrar todas sus fuerzas en las reuniones de vecinos, donde despliegan un odio y un rencor abrumador a cada uno de los vecinos. Tienen una lista de reclamos para cada uno. Tienen quejas para todos. Sospechan de triquiñuelas desde el primero hasta el cuarto. Nadie esta libre de su mirada culpabilzadora. Todos los vecinos somos potenciales delincuentes. Llevo trece años viviendo ene este edificio y es un caso sorprendente. Les veo cada muchos meses en el portal. He visto vecinos en algun bar, en algun local. He visto vecinos recibir visitas, he escuchado bullicio de encuentros en casi todas las casas salvo en la de ellos. Nunca les he visto tomar una cerveza en algún bar de alrededor, nunca hay movimiento de gentes en su casa, salvo este verano pandémico. Era una noche muy caliente, esas noches tremendas de julio en Madrid. Estábamos con unos amigos franceses hablando y de repente escuchamos ruidos a través del patio. Mucho ruido, desde su ventana vimos a tres tipos hablando en francés a mucho volumen, fumaban y nos miraban con atención. Nuestra amiga francesa trataba de descifrar los comentarios, pero no lograba entender. Los tipos nos miraban, hablaban a voces y fumaban muchísimo. Encendieron música. No lográbamos identificar ninguna canción. Seguían asomados en la ventana, quizá porque sufrían el calor veraniego y para seguir fumando. No dejaban de fumar y no dejaban de mirarnos. Entraba la madrugada y nos despedimos de nuestros amigos. Miramos por ultima vez. La pareja no parecía estar. Solo esos franceses bulliciosos. A la mañana siguiente miré por curiosidad. Las persianas estaban cerradas. No se volvieron abrir en todo el verano. Nunca más vi a los franceses. A ellos tardé algunos meses en encontrármelos en el portal. Cada vez me resultan más enigmáticos o incompresibles. 

martes, marzo 23, 2021

Humo

 Delgado, alto, de huesos marcados, muy desgarbado al andar, pelo lacio y grisáceo, ojos profundos. Voz grave, de esas voces que parecen venir desde una zona imposible del pecho. Hay voces que dan la sensación de venir de una caverna, como si el cuerpo tuviera acceso a zonas remotas y la voz emergiera desde allí, haciendo un viaje indescifrable hasta la salida en forma de onda. Una voz que tardaba algo más de tiempo de lo normal en perderse en el aire. Fumador tremendo. Su imagen siempre viene acompañada del cigarro, ese gesto que tienen los muy fumadores que parece que tienen el cigarro enterrado en la mano, como si el cigarro estuviera atrapado como un pequeño roedor que acabamos de atrapar. Poco hablador, de esa gente que parece hablar de algo mientras su cabeza va transitando otras ideas, otros pensamientos. Dejan frases más o menos comunes, mientras sus verdaderos pensamientos deambulan por zonas inaccesibles para los presentes. Su mirada parece estar pendiente de otras cosas, pero no por ansiedad o falta de atención, sino porque su mente percibe algo en la lentitud de la atmósfera o una forma poco precisa del recuerdo. Poco nostálgico, ese recuerdo es realmente una forma extraña del tiempo, vive atrás, pero no en la nostalgia, simplemente como si su tiempo fuera más lento y aún no hubiera alcanzado el presente. Si se le observa con atención tampoco se es muy capaz de sacar muchos detalles más. Medoreas esos ya escritos. Buscas otras cosas, pero no aparecen, hay ligeras modificaciones. Quizá algún gesto que te hace intuir una desgana o una inquietud, quizá preocupaciones que un presupone económicas. No sabemos si piensa en el futuro, el futuro podría ser una zona remota en la que no piensa demasiado como no pensamos demasiado en la mayoría de ciudades de la mayoría de los países. Están ahí, las podemos nombrar, pero rara vez vienen a nuestra mente. El futuro es eso para él: una ciudad de población media de algún país de una zona alejada de nuestro entorno. Quizá todo gire en torno al cigarro. En general el fumador muy adicto, el gran fumador, tiene una relación casi profesional con el cigarro, es una ocupación permanente, marca el ritmo diario. Para ese fumador el cigarro se asemeja a la música. Eso que viene de antes de las palabras, ese lenguaje no verbal que sale y se pierde en el aire. Memoria que viaje a la nada y que nos hace sabernos presentes, quizá vivos. El fumador fuma para saberse vivo, aun sabiendo que le está matando. La vida del fumador se suspende ahí, como el humo, en ese aire que se hace más lento. Hay gente que sabe que jamás va a dejar de fumar a pesar de cada vez le va produciendo más contratiempos, más dificultades. Pocas cosas más angustiosas que ir perdiendo capacidad para respirar. Sin embargo ese humo que entra y sale, que viaje casi místico por nosotros y hacia afuera. ¿No es acaso eso lo que buscan los meditadores modernos urbanos, esos meditadores modernos llenos de esquizofrenia y desquicie? ¿No buscan respirar y soltar, mantener ese ritmo  de entrada y salida del aire? Eso hacen los fumadores. Respiran a ritmo que suaviza toda ansiedad. Bajan la intensidad. Reducen el nervio de la existencia. Por eso son adictos, porque fumar les cambia el ritmo, les aleja del ritmo real, suaviza las cosas. Hay fumadores, como él, que se vuelven básicamente eso: fumadores. Su vida se hace toda alrededor de ese acto que vuelven permanente. Son fumadores y luego ya son otras cosas. Y él fuma, mucho. Regenta el bar de la esquina de abajo, el único bar de estética real que queda en este barrio tomado por el turismo. Ya cabe esta frase: un bar de los de antes.  Atiende sin prisa, porque casi siempre está en la puerta fumando, viendo pasar a la gente por la acera. Fuma mientras ve otros locales de alrededor abrir y cerrar, meses de reformas, estéticas que van y vienen, locales que no aguantan, mientras él fuma, mientras el humo se pierde y la ceniza cae a la acera. 

miércoles, marzo 17, 2021

En los edificios del ministerio

Todas las luchas previas, todas aquellas batallas dialécticas, verbales, ideológicas resultaban fascinantes, motivadoras, emocionantes. Activar el pensamiento para enfrentarte, para debatir, para luchar, era apasionante. Había una larga carrera de fondo. Nadie comprende qué es la política de verdad hasta que hace política de la de verdad. Una cosa son las ideas, las opiniones trabajadas en cada persona día tras día, lectura tras lectura, conversación tras conversación. ¿Cómo se va formando nuestro pensamiento político? ¿Cómo se forma nuestra ideología? Esa cosa imprecisa, esa abstracción inabarcable que es nuestra ideología. ¿Cómo llegamos a pensar las cosas que pensamos? ¿Cómo llegamos a tener una visión del orden social? ¡Qué abstracción fascinante! Que nos lleva a discutir con amigos, con familiares, que nos lleva a reventar sobremesas o cenas. ¿Por qué pensamos las cosas que pensamos? ¿Por qué discutimos y nos agredimos por esa abstracción? Porque nos va la comprensión del mundo en ello. Pero eso, eso no deja de moverse en el terreno de lo psicológico, si cabe, pero cuando entras en el escenario de la política real todo eso cobra forma, es como un animal mitológico que se forma y se hace real. Entonces pasas a las disputas de verdad, a los enfrentamientos, a perder moral, a veces, por un esfuerzo supremo. Por un final al que sabes que nunca llegarás. Es una carrera eterna, porque la idea por la que empezaste, en seguida descubres, que jamás será alcanzada. Sí, en la política real el fin, al que nunca llegarás, justifica los medios .

Es difícil afrontar las primeras incoherencias. En el otro lado, en el de la política no real, las incoherencias no son extremas, son llevaderas, no te enfrentan de un modo salvaje a ti mismo, pero en la acción real: sí. Dejas de verte igual a ti mismo. El espejo te devuelve a un tipo que ya no existe. En el espejo aún eres aquel, ese tipo con una ideología abstracta, trabajada o creada en años previos: en las grandes lecturas, en la universidad o en conversaciones. También en tu observación diaria de la realidad. Pero el tipo del espejo ya no está. Has conspirado, has hecho jugadas perversas, has puesto trabas, has maltratado, has sido profundamente injusto, has mentido y sobre todo has sido profundamente incoherente. Pero siempre con un fin, ese fin que creías justo, respetable, honorable. La idea de un orden mejor. Cada día despertando y maquinando desde pronto: tú, que nunca habías sido madrugador, ahora dormías poco, transitabas pensamientos extraños en la madrugada, ideando planes, ideando formas, manipulando a rivales y compañeros. Especulando en esas horas confusas que hay antes del amanecer. Ya casi no había soledad porque en cierta manera tú, como individuo, ya no eras del todo real. Eras un engranaje, un no ser, eras la encarnación de una idea abstracta en forma de cuerpo humano. Pasas a ser una representación, pero no de un modo teatral, sino de un modo sociológico. Eres una representación absoluta. Y eso traspasa tu mente. Dejas de verte como persona, no actúas como tal. Cada segundo de tu día se hace parte de esa representación. Es terrible, pero es profundamente responsable, es una responsabilidad gigante, difícil de entender para el que no lo ha experimentado. A veces estás exhausto y tienes que ganas de huir, pero ya no puedes huir, eres un esclavo de eso, no te perteneces. Se confunde con ego. No es ego, es que ni siquiera ya hay ego. Hay una obsesión que viene de tu ego, pero que no se explica en el ego, porque muchas madrugadas deseaba no estar allí, no vivir mi vida, no ser esa representación. ¿Por qué sigues? Eso se entiende mucho después, no en ese momento. Es atractivo vivir ese momento, se asemeja al poder, aunque pronto descubras que el poder es otro cosa. Juegas al poder, y tienes cierto poder, pero es tan limitado que en seguida descubres que es un poder mínimo, de poca importancia. Genera ruido, porque en el lado de la política real todo es ruido, pero el poder es otra cosa. El poder no se ve, no se percibe, por eso es poder. El poder está en todo de un modo silente, invisible, sin saberse que está. Pero en la representación, en ese juego de la política real, hay cierto juego de poder y eso te hace resistir, porque un pequeño logro, un titular a favor te da fuerzas. "Hemos logrado..." Decir esa frase ante los tuyos te hace sentir una forma curiosa de poder. Quizá por eso resistes y porque el juego de mantenerte ahí, de permanecer, de irritar al adversario te hace sentirte vivo, potente, casi salvaje, quizá ahí sí, ahí es el ego el que te hace resistir. Y toda esa batalla y la trampa final, la trampa que no ves venir, es cuando crees que entras en esos despachos, en los edificios ministeriales y crees que tienes márgen de maniobra. Los primeros días mantienes la ilusión. Has logrado entrar en sus edificios, en esos amplios despachos y crees que has avanzado una casilla en la carrera infinita. Ya sabes que nunca llegarás al fin, pero durante un tiempo crees haber avanzado una casilla, y descubres que no, que lo que has hecho es retroceder para siempre, has sido atrapado. En el edificio institucional, los días son aburridos y ni siquiera tienes mucho que hacer. Cuando creías haber entrado, haber asaltado el poder, lo que habías logrado era encerrarte. Pasan días y días de tedio. El despacho tiene grandes vistas, todo es cómodo, pero no hay llamadas, no puedes maquinar, intentar seguir avanzando casillas, has tocado el límite y descubres, día a día, hora a hora, que has tocado la pared, que has llegado a tu limite, que ya no tiene nada que hacer. Que todo aquel trabajo previo, todas aquellas batallas, toda aquella lucha dialéctica con los tuyos te ha dejado exhausto y ha acabado con tu idea. El poder ha acabado contigo. 

lunes, marzo 08, 2021

La chaqueta de cuero

 Los años que vivimos en Venezuela mis padres conservaron en los armarios muchas prendas de invierno que habíamos traído de Vigo y  que casi nunca usamos en la década que vivimos en el trópico. Algunas chaquetas gordas, de lana, de ante o de cuero que hubieran sido de una extravagancia absurda usar en una ciudad tan caliente y húmeda. Aquellas prendas siempre estaban colgadas en los armarios de casa como un recuerdo extraño de los años previos que habíamos vivido en un clima radicalmente distinto. En Barquisimeto siempre hacía calor, a veces muchísimo calor, usar aquellas chaquetas, jerséis o abrigos hubiera sido un sinsentido absoluto. Pero allí estaban, allí seguían, quizá como una esperanza extraña de mis padres de poder usarlas si volvíamos a España. Una manera de no desprenderse del pasado o una forma de esperanza de volver algún día. Como adolescente desubicado que era en ese momento, mantenía una relación extraña con aquellas ropas. Por el tiempo transcurrido, había llegado el momento en el que me quedaban bien las chaquetas y ropas de invierno de mi hermano mayor e incluso del viejo. Chaquetas de cuero que jamás había usado, que de niño miraba como "la ropa de los mayores" y que ahora me quedaban bien por tamaño, pero sin embargo, el clima no me permitía, como me hubiera gustado, usarlas. Algunas tardes que me quedaba solo en casa, me las ponía, quizá para quitarme esa espina de vestir con "la ropa de los mayores" de mi infancia. Me iba a la habitación de mi madre, hurgaba en el armario y me ponía aquellas chaquetas de cuero, y sobre todo, una de ante, que me parecía fascinante. Afuera, el trópico se excedía en humedad y calor, pero frente al espejo del armario yo fantaseaba que iba vestido para pasear en medio de un otoño europeo. En una de las primeras fiestas que me invitaron por la noche en mi vida, y que fue allí en Barquisimeto, aproveché para usar una de aquellas chaquetas de cuero de mi viejo. Creo que me quedaba espantosa, no venía a cuento y deslucía en medio de aquella noche de quinceañeros, pero yo la usé porque de alguna manera me debía a mi mismo esa vestimenta que yo creía idónea para una noche de fiesta. 

Esos años yo estudiaba en un colegio de clase media baja, una clase media baja en la que con frecuencia se filtraba algún chico de familias con verdaderas dificultades, no sé si era clase baja, creo que sí, porque una de las cosas que me sucedió en aquel colegio es que las escalas de clase se desmoronaron. Siempre había gente más jodida o con más dificultades y cuya percepción de clase, sin embargo, no era tan abajo. Había gente, que al entrar en ese colegio, yo hubiera afirmado que era gente de clase baja y sin embargo su propia percepción no era esa, porque, en una ciudad como aquella, siempre había gente mucho más abajo y mucho más pobre, lo que dinamitaba esa idea de "medio". Yo era clase media española de finales de los ochenta, es decir, el paradigma absoluto de la clase media tal y como la entendemos o la hemos ido entendiendo estas ultimas décadas y a ratos me costaba entender o relacionarme incluso, con gente de clase media baja de la quinta ciudad de un país tercermundista. No era sólo un tema de clases, que también, sino cultural. No entendía las diversiones, las conversaciones e incluso los gustos, era ajeno a todo, puesto que no entendía nada social ni culturalmente. Digamos que durante un tiempo yo fui como aquellas prendas en los armarios de mi casa, estaban allí, colgadas, inutilizables. Pero me fui haciendo. Fui conociendo gente, fui aprendiendo del entorno y empecé a entablar algunas relaciones y con ello llegaron, también, invitaciones a fiestas. Fue en una de esas primeras fiestas que decidí llevar la chaqueta de cuero pensando, quizá, que ponérmela era un guiño a mis amigos de la infancia en Vigo, pero que no podría ser entendida (mi chaqueta de cuero) en una fiesta quinceañera de una ciudad del centro occidente de Venezuela. La chaqueta me la vestía para mi pasado no para la fiesta. Así que allí fui, aguantando la sensación de calor, pero vistiendo como un tipo "mayor". 

No recuerdo mucho de esa noche, no recuerdo si me lo pasé bien, si fue divertida, no recuerdo escenas precisas o algún momento concreto; recuerdo sensaciones difusas y mi chaqueta. Sin embargo esa fiesta me sirvió para consolidar algunas relaciones de amistad, nuevos amigos o gente con la que empezar a pasar días. Pronto surgieron otras fiesta y pronto surgió, también, mi amistad con J. J era de la ciudad, un tipo espabilado y divertido. Venia de una familia muy desestructurada. Pasaba el día en la calle, yendo de un lado al otro y al hacerse íntimo, empezó a venir muchísimo a mi casa. Durante una época J llegaba a comer en casa hasta tres y cuatro veces por semana. Pasaba la tarde conmigo y a veces no parecía querer irse nunca de mi habitación. Pasábamos la tarde haciendo música con bastante entusiasmo.  Empezamos a salir, a juntarnos con otra gente y, en cierta manera, me ayudó a vivir allí, fue una especie de guía en la sombra, el tipo que te hace hueco, el que te presenta, el que te da un lugar. Era un tipo muy carismático, muy querido en el colegio y con el que todo el mundo quería estar, lo cual  me allanó el camino y me ayudó a ser aceptado. Con J conocí a mucha gente, gente de la que me he ido olvidando del nombre, gente con la que coincidí en reuniones, fiestas o pachangas de los quince y dieciséis años. 

El otro día estuve con J, Durante el año desde que empezó la  pandemia casi no nos habíamos visto, él ahora vive en Madrid y compartimos un proyecto musical juntos, pero este año raro había hecho difícil juntarnos y mantener la música. Ahora somos tipos mayores y recordamos, cuando nos vemos, los años de colegio en Barquisimeto. Me habla de personas que ya no recuerdo, mantiene contacto con muchos compañeros de allí y me hace darme cuenta que yo pasé por aquel lugar momentáneamente, pero que sin embargo, allí, hay gente que mantiene aquellos vínculos. De repente me habló de un chico del que recuerdo ligeramente cosas: al nombrarlo, me vino su cara. Al hablarme de él sucedió algo que nunca me había pasado con J, porque en cierta manera siempre me había dado pudor hablar con él en esos términos, pero J me habló de la pobreza de aquel chico. Yo siempre me sentí en aquel colegio como el blanquito europeo, ajeno a la realidad ante el que muchos sentían el peso invisible y brutal de los privilegios. En aquellos años, sin ser del todo consciente o un pensamiento racionalizado, yo trataba de pasar desapercibido, no hablar de pobreza para no parecer que yo era ajeno, como si en cierta manera, no hablar me ayudara a ser parte de ellos y me vieran como uno más, pero muchas veces sentía que había una marca imposible, ellos inconscientemente me veían desde ahí y y yo no podía evitarlo. Entonces J me contó que aquel chico pasaba hambre, que en su casa había días que no se comía o comían solo caraotas con azúcar. Yo no sabía aquello. Nunca había intimado con aquel muchacho. Era mayor que yo, estaba uno o dos cursos por delante. Me contó que el otro día le habló de mi en un grupo que tienen. Entonces me contó la historia de "mi" chaqueta de cuero:

 J me contó que en una de aquellas fiestas que fuimos juntos, yo le dejé aquella chaqueta. Él me la había visto y le había gustado y me la pidió prestada para, esta vez, él ir con ella a una fiesta. Como si fuera un extraño y silencioso rito que iba pasando de uno a otro. Salimos juntos de casa y fuimos a casa de alguien que tampoco recuerdo ahora. En la fiesta, por lo visto, estaba aquel muchacho, que meses después se graduaría de bachiller. Según me lo iba contando me vino la imagen de J con la chaqueta, no recordé nada de aquella fiesta, ni dónde fue, ni cómo, pero sí me vino la imagen de J con la chaqueta de cuero. Meses después de aquello, y a terminar el año escolar, llegó el acto de graduación de los del último curso. Ese chico entonces llamó a J y le pidió que si le podía prestar la chaqueta de cuero que había llevado a aquella fiesta de meses atrás. J, que aún no me la había devuelto, se la dejó. Aquel chico se vistió con ella para recibir su diploma de bachiller. Yo estuve en aquel evento, recuerdo estar, recuerdo incluso pensar algo de la chaqueta, pero es todo borroso, poco concreto y esos fogonazos  que creo que son de mi memoria, podrían ser incluso inventados.  El otro día, siguió contando J, al hablar de mi en aquel grupo de mensajes que mantiene con gente de aquellos años, el chico le dijo que aún hoy, en su armario, en Barquisimeto, cuelga la chaqueta de cuero que mis padres llevaron de Vigo a Venezuela. 

jueves, marzo 04, 2021

El último día

 La puerta a la calle estaba abierta cuando abrió los ojos, entraba ya calor a esa hora, ese calor que todavía no molesta, pero que anuncia un mediodía tremendo. Dormir con la puerta abierta es uno de los mayores lujos que el humano puede permitirse. Casi nadie, en ningún lugar del mundo, se lo puede permitir. Las amenazas de todo tipo nos obligan a cerrarlas. Por eso cuando abrió los ojos se quedó mirando un rato el suelo de la calle. La arena quieta, el sol calentando el suelo, un gato pasando al fondo del callejón, el ruido de algún coche pasando al fondo, por la carretera al pueblo, el olor a alguna flor local. Tardó un rato en ponerse en pié, otro privilegio de esos días, la ausencia de prisas, de compromisos. Lo único que le obligaría a levantarse serían las ganas de café. Giró el cuerpo, moví el abdomen y se puso en pié, sintió el golpe de una levísima resaca en la parte alta de la cabeza,  sin importancia. Encendió la radio de pilas que el dueño de la casa tenía al lado de un microondas que no funcionaba. No era habitual oyente radio, pero la encendió por curiosidad, por hacer cosas que nunca hacía. Una locutora hablaba con dramatismo de algo que no entendía, tampoco prestaba demasiada atención. Algunos tertulianos de voz espesa iban sumándose al tono de la locutora principal. Su cabeza y su atención estaban en otro lado mientras preparaba una cafetera. ¿Qué pasaba en el mundo, en el país, incluso en esa zona donde llevaba algunos días? No lo sabía, llevaba dos semanas instalado en la ausencia. Y qué bien se vivía en la ausencia, pensó. No estaba de ánimo para escuchar a esos tertulianos monótonos, vividores, opinadores del vacío. Si algo le perturbaba especialmente era el tertuliano profesional: la cima absoluta del vacío, el paradigma de la nada. Apagó la emisora, no quería sentir esa calma afectada por elementos innecesarios. Volvió el silencio, amenizado por los sonido ambientales de esa calle de tierra perdida a las afueras de un pequeño pueblo de la costa sur. El calor aumentaba, el café salía anunciándose en ese olor prodigioso. Se sirvió una taza y, descalzo, salió al porchecito de la pequeña casa donde residía esos días. Se sentó en una silla de tela que le recordaba a su infancia. Escuchó a algunos pájaros y el sonido de una breve brisa agitando algunas hojas de los árboles de alrededor. Sintió la humedad del sur, la felicidad de la calma. La calle estaba casi siempre vacía, el dueño de las pequeñas casas de alquiler (en una de las que él estaba), pasaba el día arreglando cosas o desparecido no se sabe muy bien dónde. Bebió el café con calma, sintió el vacío de ocupaciones, la suavidad de unos días libres que no había planificado. Su cabeza parecía fresca, ligera, ajena a los meses previos. Caminó un poco, sin motivo, por el camino de tierra que desembocaba en su casa, avanzó por el camino descalzo hacía afuera, hacía la carretera que llevaba al pueblo. Al llegar a la carretera vio que no pasaban coches, un vacío y un silencio hermoso a esa hora de la media mañana. Estaba tan a gusto que no deshizo el camino, sino que sin rumbo siguió avanzando descalzo, aún con la taza de café en la mano. Iba por el arcén, el asfalto estaba caliente pero no quemaba, a los lados la frondosa vegetación de la zona, a la izquierda un camino se abría hueco entre la maleza y las cañas de azúcar. Se metió por ahí, un camino se abría en dirección la montaña. Caminó animado, algo molesto por no haber dejado la taza que ya estaba vacía. Unos doscientos metros hacia adentro se encontró con un caballo que parecía adormilado, se miraron con desgana. Siguió avanzando sin saber donde terminaba aquel camino. A lo lejos escuchó un motor de coche que se iba acercando, le dio cierto pudor que le vieran caminando así: sin camiseta y descalzo, pero siguió. Algunos segundos después, quizá un minuto, al fondo del camino vio aparecer el coche que emitía el ruido de motor. Cuando casi estaba a su lado el coche frenó, y el hombre que conducía le miro:

.- Hacia arriba no hay salida. 

.- Simplemente paseo, hace una buena mañana- contestó esquivo.

.- Pero usted, ¿no se ha enterado?

.- ¿De qué?

.-  ¿De verdad no lo sabe?

.- No sé de qué me habla. 

El hombre le dijo contundente, serio, sin atisbo de dudas: 

.- Móntese. Le ayudaré a salir. Espero que lo logremos. 


jueves, febrero 11, 2021

La canción favorita

 - Suba, suba el volumen, por favor. Súbalo. Sin ninguna duda, esa es mi canción favorita. Creo que nos sucede a muchos con este duo. Nos marcó a muchos, quizá, porque es la música de mi época, significa muchas cosas, pero también por esas armonías. Son tan pertinentes. Este duo siempre es pertinente, apropiado, pacífico, amable. Es amable y emotivo, claro, pero hay algo más. Quizá de la posibilidad de un mundo mejor, ¿no cree? ¿Le gustan a usted? Es un duo formidable. Único. Utópico. Yo creo que era imposible que se llevaran bien, creo que tiene explicación que no se llevaran bien. Creo que hay un acuerdo inconsciente de dejar toda la belleza del mundo en esas melodías. Yo creo que se llevaban mal para cantar a La Paz dentro de esas canciones. Nos odiamos, pero aquí construimos La Paz. ¿Me entiende? Las canciones son la posibilidad de un mundo mejor, bueno. Ellos mismos así lo certifican. Una vez que entraban sus egos todo aquello se dinamitaba, el afuera de esas canciones era el mundo, el interior era la idea, la posibilidad de un mundo de armonía. Los dos son inmensos, pero ciertamente siento debilidad por Garfunkel. Garfunkel es un maestro haciendo segundas voces. Simon es un músico soberbio. ¡Qué influyente! ¿verdad? Sin embargo Garfunkel tiene esa cosa indescifrable. Es un músico atípico. ¿Sabe que cruzó buena parte de su país caminando? Me gustaría charlar con Garfunkel. Ahí parado en el escenario, como ajeno a lo que sucedía. Quizá Garfunkel no fuera real. Quizá no existe Garfunkel, quizá es la proyección de una idea colectiva, común. Quizá imaginamos a Garfunkel como imaginamos un mundo mejor, más justo. Ciertamente sabemos poco de Garfunkel. ¡Oh! Ya se ha acabado y yo la he chafado hablando tanto. Discúlpeme. Para mi es importante esa canción. Ha sonado en momentos importantes de mi vida. Ya sabe... la primera novia, momentos hermosos. Y aún hoy, tanto tiempo después, me sigue conmoviendo. ¿Cuántas veces escuchamos nuestra canción favorita? ¿Cuantas veces habrá escuchado usted su canción favorita? ¿y yo esta? Quien sabe. 100, 200 ó 1000. Eso son números, pero a nosotros nos conmueve otra cosa no numerable, ¿verdad? Dígame, ¿cuál es su canción favorita?

.- Perdone, ¿le dejo ya por aquí? ¿En esta esquina?

.-Sí, ahí. Donde el paso de cebra.

.- No sabría decirle. Me gustan muchas. Los gustos son indescifrables. No siempre es la misma mi canción favorita. Va cambiando. Creo, incluso, que va cambiando todos lo días. Quizá varias veces en el mismo día.

.- ¿Puedo pagarle con cincuenta?


.- Sí. ¿Sabe? Hay algo que pienso con las canciones favoritas: no las escogemos, no decidimos cuál es nuestra canción favorita. A veces, incluso, pienso, que son ellas, nuestras canciones favoritas, las que nos escogen a nosotros. 

miércoles, febrero 10, 2021

La bala

 Soñé que me disparaban. Estaba de vacaciones en un pueblo de paisaje árido, muy caluroso. Unos tipos, sin saberse porqué, comienzan a disparar con armas muy evolucionadas contra todos los habitantes de ese lejano pueblo. La gente corre y grita. La sensación de pánico es demencial. Me dan de lleno y caigo sobre la arena. Despierto de golpe y durante unos segundos, el despertar, este lado de lo real, me parece el más allá. He muerto en algún lugar y despierto siendo yo, aquí, ahora. No asumo el sueño, asumo dos realidades y en una he sido asesinado en un tiroteo bestial. Aún siento, en la parte alta del abdomen, el tiro que me ha hecho despertar aquí. He muerto y he despertado a la vez. Allí ya no existo, aquí despierto, pero no lo asumo como un despertar, lo asumo como un pasar a otro "allá". Recuerdo mi vida, mis hijas, mi trabajo, mi casa, recuerdo mis recuerdos y todo, durante segundos, me parece inventado. Se suceden miles de pensamientos, se amontonan recuerdos. Fuera llueve, es una madrugada de enero. Mi vida, esta vida, desde donde escribo esto, de repente, me parece un invento o algo nuevo, creado de golpe. Durante esos segundos, para mi, lo real, es aquel pueblo donde he sido asesinado bajo un calor terrible. El abdomen me duele, he notado como traspasaba la bala los musculos. Es un dolor nuevo, nunca había escuchado o leido como es el dolor de una bala, y de repente lo noto: escuece. Miro a mi esposa, está dormida, pienso si quizá, ella ahora, también esta allí, en aquel pueblo temible. Pero no, su rostro parece relajado, sus cara no muestra musculos tensos. No sé porque he soñado eso: no he vivido, por fortuna, escenas de ese tipo en mi vida. El que las ha vivido, sospecho, es el de allí, el soñado. Me pongo en pié. Entonces mi casa ya es mi casa y todo lo del sueño ya lo asumo como sueño. Camino hasta la cocina para beber agua y bajar las pulsaciones. En el dolor en el abdomen sigue, no cesa, sigue escociendo la bala. Aún, cada pocos segundos, vuelve el pánico, las carreras desquiaciadas por las calles de ese pueblo lejano, seguramente inexistente. Durante unos segundos pienso en revisar al dia siguiente con esmero las noticias tanto nacionales e internacionales, descubrir si he conectado en sueños con una realidad del mundo. No creo en esas cosas, pero aún pienso bajo la agitación. Bebo agua. Vuelvo a la cama. Tardo en quedarme dormido: no quiero volver allí, no quiero volver a ser el otro, desparramado en el suelo de arena en aquel pueblo caluroso y lejano.

martes, febrero 09, 2021

Los rostros difusos

A las 6:50 se despertaba. Le gustaba tomar esos 10 minutos de delantera a la vida. Una ventaja, pensaba, que le daba un margen extraordinario en el día a día. Quizá era así, o no. Nunca sabemos si las decisiones que tomamos son del todo las correctas o no. Puedes proyectar o presuponer un presente distinto de haber tomado otras decisiones y otros hábitos, pero ¿quién puede descifrarlo? A las 6:55 solía estar tomando café. En general, a esa hora, como en muchos otros momentos del día, pensaba en la posibildiad de tener otro tipo de piel. No de color o de rugosidad, sino de textura. Una piel de corteza de árbol, o del tacto de la hierba. Una piel que no fuera la piel humana. Una piel distinta. Y mientras sorbía el café pensaba en esa posibilidad abstracta, extraña. En ese rato del café imaginaba otras pieles para su piel. Una piel como el tacto de los pétalos de un flor, una piel de llanta, una piel de otro animal, unos poros distintos, unos poros como medusas, modulables. Entonces miraba el reloj y comprendia que el día se hacía fuerte y comenzaba a vestirse. Salía rápido, miraba por última vez a la niña en la cama y salía a la calle. El camino hasta el tren era largo. Atravesaba la calle ancha, donde las naves de neumáticos y avanzaba pensando en el dinero. Iba haciendo cuentas, restando mucho y sumando poco. Al cruzar por la pasarela de la autovía predecía cuanto iba a durar el trayecto en tren según la cantidad de tráfico. A veces se quedaba con ganas de escupir, como último acto vivo de la infancia. Desde la pasarela a la estación el trayecto ya lo hacía en calles más pobladas, aquello le reconfortaba. Al pasar el ticket siempre pensaba en la niña, miraba la hora y pensaba en llamar al fijo para despertarla ya, pero esperaba un poco más. Siempre temía, aunque nunca hubiera pasado, que el tren se quedara detenido en el tramo que no tenía cobertura. Sentía que en el momento que entraba al andén, el día, siempre, cambiaba de ritmo. El tren aparecía en la estación. En el vagón, a veces, conocía las caras de los otros pasajeros. Gente con mismos horarios, que compartian un fragmento de la ruta diaria. No se hablaban, no se saludaban, pero si algún dia una cara no estaba, llegaba, incluso, a preocuparse. Un tiempo dejó de ver la cara de J, la inicial las ponía ella al azar. J nunca más volvió en ese tren. Había miles de posibilidades en esa desaparición. Posibilidades buenas, posibilidades malas, posibilidades sin más. Las primeras semanas cada vez que entraba en el vagón pensaba en J. Llegó incluso a recorrer el tren, pensando que J, quizá, en un cambio de habitos, ahora iba en otro vagón. Pero pasadas las semanas J se fue diluyendo. Seguían los rostros de B, de L, de U. Seguían sin saludarse, seguáin compartiendo veinte, treinta o cuarnte minutos de día, pero no se miraban o se miraban borrandose. Rostros difusos en la memoria, rasgos que quedarán diluidos en menos de una decada. Una de esas caras que años después te cruzas en un punto lejano y piensas: "¿Quién era éste? ¿De qué conozco yo a esta persona? Me suena esa cara" y eso mismo les sucedería con el rostro de ella a B, a L o U, o incluso, le sucedería a J el desparecido, en ese presente desconocido, en ese lugar indescifrable que le sacó de la rutina de ese tren diario. J habría ido diluyendo como pinturas bajo el agua, sus rasgos, la forma de su barbilla, el orden de la cara. Esas miradas que no retuvieron su cara.  Esas miradas que no enfocaron lo cercano, lo diario. El tren avanzaba constante, repitiendo su ruta, porque eso es lo único que puede hacer el tren, repetir su ruta, repetirla exactamente. Dificilmente nosotros repetimos nuestros pasos, no pisamos el camino exactamente igual que el día anterior. Aquí un paso, allí otro, ayer fuiste por la otra acera o unos centimetros más allá. El tren no, el tren se repite, se persigue constantemente. Miraba el reloj, entonces ya sí, entones llamaba a la casa para despertar a la niña, y con voz muy bajaba, cuando la niña atendía al otro lado, le decía: vamos, cariño, es hora de prepararte para ir al colegio. Le mandaba un beso sonoro, pero muy suave, por el auricular y se despedía, el día, de nuevo, cambiaba de ritmo. El tren entraba por los barrios del sur, el bullicio y la masa de gente en activo, el orden social en ebullición. "Somos tantos" pensaba "sorprende que no estemos permanentemente en guerra" y el tren se llenaba de cuerpos, de prisas, de movimiento. Miraba el reloj y pensaba que la niña en ese instante estaría saliendo por la puerta de casa. Y entonces volvía a pensar en su piel, en la posibilidad de otra piel, en una piel de hojas de árbol caduco o piel de jabón, una piel distinta, que al tocarse fuera levemente moldeable y de un tacto distinto, una piel difusa.

viernes, enero 22, 2021

La realidad y la ficción

 Es más fácil lo ficticio. Los personajes de una ficción, por complejos y alambicados que sean, no tienen ni se enfrentan casi nunca a realidades tan difusas como la nuestra. La ficción recrea una realidad enmarcada, por abstracta que sea, es un marco preciso. Los personajes se mueven en certezas, extrañas, absurdas a veces, pero certezas. Los personajes responder bajo una lógica, actuan bajo unos parametros. En la realidad esto no sucede. La realidad, y aquí seré arriesgado, es menos verosimil que la ficción. Es más sencilla la vida del personaje ficticio. La maldad y la bondad, muchas veces tienen marcas más claras. El personaje ficticio tiene más claro qué entra dentro de su ética, qué es moral o inmoral. Nosotros, los reales, no. ¿Cuántas veces una actuación nuestra ha sido reprobada y tiempo después, nosotros mismos, hemos sido conscientes de nuestra metedura de pata? El personaje ficticio mete la pata, es inmoral o poco ético, pero lo sabe, porque lo sabe su creador, por eso le coloca ahí. Sabe, su realidad lo dice de por sí, que aquello no está bien o no está mal, también se enfrenta o intuye que esas personas con las que se relacionan son o no son éticas o inmorales. Tienen contradicciones, claro. No digo que sean planos esos personajes e incluso se mueven en terrenos muy difusos, pero su contexto los define mejor. Nuestro problema en la realidad es que los contornos los descubrimos después, en el futuro. Los ficiticios se mueven en contornos que ya saben. Su relación con el presente es radicalmente opuesta a la nuestra. Nosotros entendemos el presente como pasado, lo entendemos en el futuro. De hecho los personajes con los que interactuamos los comprendemos con el paso del tiempo. Los ficticios los entienden desde el primer instante. Saben mejor quién es el otro. Y enfrentar la historia, en su caso, la vida, en el nuestro, son asuntos profundamente distintos. ¿Cómo no cambiaría nuestra vida con margenes definidos? ¿Sería mejor? No creo, la gracia de vivir consiste seguramente en eso, en que es indescifrable, que no hay marcos predefinidos y que permanetemente debemos descifrar lo que sucede? En el último libro que leí, divertido, absurdo y profundamente inteligente, los personajes convivian con el diablo, no lo sabían, pero el marco real lo marcaba. Todo era absurdo y el absurdo era creible, el disparate, que era mucho y muy bien contado, era asumido sin conflictos por cada uno de los personajes. Nosotros no podriamos aceptar el disparate, nos confundiría, nos llevaria a la sensación de locura a la paranoia y al terror. Vivimos situaciones disparatadas, claro, pero no las asumimos, le buscamos explciación enseguida. Un trasfondo, una coherencia, un sentido. Nuestros personajes ficticios lo asumen. ¡Qué disparatado! A veces, sin embargo, queremos ser ellos. Diría que es uno de los grandes problemas del humano actual. Queremos ser ficticios, con sus marcos fijos, sus realidades definidas. Personajes bien diseñados. Con una línea argumental clara. Somos hijos de millones de ficciones. Desde hace más de medio siglo hemos crecido viviendo ficciones permanentemente e interpretamos, muchas veces, la realidad como una de esas ficciones. "Ese tipo es malo" "Tengo razón" "No actuó bien" Esas frases, en general, solo pueden ser pronunciadas en la ficción, la realidad, dificilmente, nos puede dejar ser tan precisos. Somos reales y la realidad es inabarcable. Desconocemos la mayoría de las que suceden a cada segundo. No sabemos qué ha movido al otro, qué estructura del pensamiento, qué amalgama de confusiones e interpretaciones, le ha llevado a actuar así. Por qué mi vecino no contestó mi "Buenos días". Desconocemos cada segundo de las cosas, como mucho, pasado un tiempo podemos comprender y concoer algunos fragmentos más qué formaron aquel segundo preciso.

jueves, enero 21, 2021

Manifiesto amable

 Ante todo, y sobre todo, la amabilidad. Ser amable hasta sus ultimas consecuencias. Ser amable hasta en la mayor de las hostilidades. ¡Por un mundo de amabilidad! ¡Por la posibilidad de un planeta amable! La amabilidad como ideología absoluta. Por todo lo que conlleva y acarrea la amabilidad. La amabilidad hasta en la mayor dificultad para llevarla a cabo. La amabilidad siempre, sin cesar. La amabilidad como un todo. Cuando todo sea áspero, duro, incluso terrible, seguir siéndolo. Cuando todo esté en contra y los hostiles vayan dominando, incluso ahí, no ceder a la tentación. No bajar jamás la guardia, no entregarse. Amabilidad hasta cuando falta el respiro. El último de los valores en perder, la primera bandera que defender. La amabilidad como patria, como única patria: la verdadera, la autentica. Los amables como hermanos, como humanidad definitiva. Ser amable siempre, no dejar de serlo nunca. Pero no serlo como táctica, como moneda de cambio, por esperar la misma amabilidad de vuelta: no. Ser amable por serlo, porque no hay otra opción de hacer de este mundo un lugar mejor. Porque la amabilidad es nuestro hogar, nuestra existencia. Por gratitud a la vida: sea como sea que nos fuera dada. Por ser conscientes del paso efímero y fugaz por este mundo. Amabilidad extrema, pero sobre todo con el que no la merece ni la merecerá jamás. Sobre todo con ese. Ser amable con el amable es fácil y la demostración absoluta de la posibilidad de otro mundo. Ser amable con el hostil es la prueba definitiva. Ser amable en ese momento que cuesta serlo, sobre todo ahí. Buscar en ese momento el último resquicio de amabilidad. Ser amable siempre, hasta el último segundo, cuando todo se desvanezca, ser amable hasta con ese último segundo de vida. 

miércoles, enero 20, 2021

Hacer letras

 No aspiraba a ser escritor profesional. De hecho le parecía que ser escritor profesional era una especie de aberración. "La literatura debería ser, siempre amateur" escribió en uno de sus diarios. Era escritor, o hacia escritura. Que para él no era lo mismo. No es lo mismo, tampoco, ser músico que hacer música. En su opinión, o a su gusto, era mejor, siempre, la segunda opción: hacer algo, no serlo. Porque él no quería ser. No era un actitud arrogante, más bien al contrario. Quizá expresado así podría sonar duro, arrogante o falsamente excéntrico, pero era cierto: no quería  ser escritor, no le interesaba nada de aquello. Le gustaba escribir. "Escribir tiene una parte física apasionante". No entraba en palabras grandilocuentes: liberador, hipnótico, sensual. No, escribir era fisicamente estimulante. Quizá porque en su caso había una especie de exorcismo, cuando escribía, durante un rato, él no era él. No es que tuviese mala relación consigo mismo, pero salirse, colocarse en otro lado, le resultaba fisicamente agradable, como si su cuerpo también se moviera. El hecho de que escribir conlleve un proceso mental de salir de la narración habitual que tenemos con nosotros mismos, le hacía que no sólo mentalmente sucediera el exorcismo, también su cuerpo experimentaba una traslación, se movía a otro lado. Algunos músculos, pensaba, se volvían los músculos de otro. Los dedos se hacían hábiles en el teclado. Marcaba letras a buen ritmo. A él, de la literatura, era eso que lo interesaba. 

 Él no entraba en valoraciones. La calidad de sus textos no le interesaba del todo. Tampoco entraba del todo en si le interesaba ser leído. ¿Quién pretende ser leído en este momento de la humanidad? Es de una ambición desmesurada, decía. Un mundo donde suceden tantas millones de cosas por segundo, cosas de calidad discutible, es imposible que haga de un ser humano cualquiera un posible lector de sus textos. Había llegado al punto de ni siquiera opinar del mundo que habitaba. ¿Quién puede opinar? ¿Quién se ve capaz? Escribía sobre cosas que no entendía, no de actualidad. No era ajeno a los caminos que había tomado la realidad, pero se veía incapaz de opinar. Tomaba partido, claro, pero desde el plano real. Escribir de actualidad requería de una habilidad para la que no estaba dotado y escribir desde el compromiso de una inteligencia que tampoco poseía. ¿De qué escribía? No lo sabía. En general de algo que la realidad escondía. No existe ficción, existe una realidad que no se ve y en cierta manera pensaba que esa realidad no atrapada podría ayudar a movilizarle hacia otra realidad. Dotar la vida de la posibilidad de otra realidad podría ayudarnos a vivir con cierta esperanza. Al menos la posibilidad de esa realidad a él le ayudaba a entender la suya, la que vivía, pero también a vivirla. De hecho eso es lo único que le interesaba de hacer escritura: educarse y ordenar, en cierto modo, sus pensamientos. 

martes, diciembre 22, 2020

Parte de la historia de un submundo

 Se puede crear un submundo delimitando cualquier terreno del mundo. Así podemos decir que el mundo es menos que la suma de sus partes. Es inabarcable la de fragmentos de este mundo que crean submundos. Y nuestra memoria tiende a crearlos, a delimitar zonas donde se suceden microcosmos de nuestra existencia. Todos tenemos el pasado lleno de estos. El pueblo de la abuela, la casa de una  prima, la calle del barrio de la infancia, la clase de 5ºB en el año 86, el edificio donde viviste la adolescencia. Todos tenemos esos submundos con vida propia, con historia completa, con sus mitologías y leyendas, con personajes míticos y trascendentes, repleto de anécdotas y fragmentos de la historia que completan perfectamente la existencia de ese submundo. Aquel edificio de dos torres, para mí, claro, es uno de ellos. Podría ir narrando historias, quizá vehicularlas a través de un hilo conductor y sería perfectamente un volumen de la historia de aquello. Aquellos personajes, aquellas tramas ocultas, que no eran visibles de primeras y que se iban revelando tras un tiempo de observación. Una vez supe o conocí el título de un libro que era "historias del edificio" con lo cual no podría llevar ese título nuestra recopilación, pero podríamos buscar algo parecido. 

 Por alguna razón que no comprendo del todo, hoy me he despertado recordando una de aquellas historias de aquel submundo. Como lo sueños, no entiendo del todo porque ha venido de golpe a mí, justo al despertar. Es una historia con aire de drama o, retorciendo la narración, de comedia negra. La historia sucedía en uno de los últimos pisos del bloque B, el que daba más al Sur. Era una familia silente, pasaban por la entrada a los bloques sin mucho ruido, saludaban y desaparecían. En realidad la mayoría de los vecinos eran así, no pasaban mucho tiempo en las zonas comunes y no se relacionaban con todos esos muchachos que invadíamos y nos íbamos apropiando del espacio compartido, zonas verdes, patios y pasillos comunes de acceso, también el amplio parking exterior que se confundía casi con las demás zonas. Aquella familia formaba parte de la mayoría silenciosa, como le gusta decir a los políticos de su masa de votantes más obediente. Un día, un sábado calurosísimo se vio un revuelo en la zona del fondo el parking. Un grupo de gente cuchicheando, la aparición veloz de una ambulancia, mantas y un cuerpo tapado en el suelo que movía algo los pies tranquilizando a todo el vecindario ante la posibilidad de estar presenciando un cadáver. La narración de los hechos no se completó rápida y requirió del chismorreo que fue completando una investigación ardua entre los más curiosos de los dos bloques. Se iban contrastando dia a dia, las siguientes semanas . Al principio poco se sabía: "es la chica de servicio" fue el primer dato. Al verla extendida ahí, doce pisos más abajo del balcón de la casa donde trabajaba intuimos que había un intento de suicidio. Lo que se confirmó rápido, casi el mismo día. La chica era joven, jovencísima. Probablemente no era mayor de edad. La veíamos pasar con frecuencia, casi sin saludar, tímida y asustadiza. Verla ahí, a una chica poco mayor que nosotros, sobreviviendo a un intento de suicidio fue impactante. En seguida empezaron las indicaciones indiscretas: ¿Por qué la chica de servicio se había intentado suicidar en la casa que trabajaba? Doce pisos hacia abajo es una decisión firme que no deja muchas dudas. Pronto alguien confirma, porque había trascendido la conversación de los operarios de la ambulancia, que la chica estaba embarazada. Aquello nos daba algunas respuestas: miedo, desesperación. Un embarazo, nos atrevimos con la hipótesis, no deseado. Así, en las primeras horas, quizá a lo largo de ese fin de semana, habíamos completado dos datos claves: Intento de suicidio y embarazo no deseado. Algunos habrían dado la investigación por terminada ahí, pero a los que somos cotillas, aquello no nos saciaba. Embarazo y suicidio era una bomba de relojería que escondía, con seguridad, más cosas. 

Yo no sé cómo fuimos rellenando las cosas,  cómo conseguimos información y datos. Iban trascendiendo sin más. Alguien habló con los hijos de la familia, alguien vio que el padre hacía maletas y se iba. Alguien vio gestos de dolor y trauma en la madre, pero día a día, se iba sabiendo, conociendo, que la chica no estaba embarazada de un novio lejano, de un chico irresponsable. La chica fue dada de alta con una leve cojera, que se quedó, sospecho hoy, 30 años después, perenne. EL niño, obviamente o perdió. La madre de familia acogió a la chica en su casa, la adoptó casi como una hija; el padre, no obstante, desapareció. Los hijos, si cabe, se hicieron más silenciosos, más ausentes. Fue entonces cuando Charly nos contó lo que ya estaba confirmado y lo que había sido un rumor cada vez más creciente: el embarazo de la chica era del padre. Del hombre no supimos más. Las dos mujeres se quedaron viviendo juntas junto a los dos hijos. La cojera era ligera, poco apreciable. En la cara, eso sí, había un gesto profundo y lejano, un gesto de susto o dolor.

 Historias de aquel microcosmos, de aquel submundo hay más, cientos. Dramas, humor o misterio. Quizá un dia habría que recopilarlas. Historias de un submundo en forma de edificio de dos torres. 

miércoles, diciembre 16, 2020

Movimientos sísmicos

  Yo fui a esa fiesta porque sabía que estaba ella, porque en esa época se es algo mas que enamoradizo. No es que te guste alguien, te posee una locura transitoria, una sensación extraterrenal que te hace llegar una forma casi inapreciable, pero profunda de delirio. Yo a estas alturas no sé decir si aquello era amor, atracción, locura o desequilibrio La atracción se vuelve algo desorbitado, un estado de posesión. Da igual, era un chico de diecisiete años, viviendo en un país tropical, en una ciudad de interior a la que no terminaba de acostumbrarme y aquella chica me colocó en un estado distinto. Durante años he pensado que esa es la primera vez que me había enamorado de verdad. Lo anterior no había llegado nunca a ese nivel, a esa intensidad. Pero no era una atracción cursi o azucarada, que también, lo que me sucedía en aquella época, con aquella chica aún hoy me cuesta explicarlo. Usaba un perfume, que alguna vez, cuando he notado un olor parecido, todavía me arrasa. Había un estado de irrealidad muy potenciado por el olor de aquel perfume. Había más cosas, claro. Sucedió durante dos o tres meses. Nunca llegamos a tener una relación como tal, hubo algo poco claro, poco evidente y medio abstracto. Nos besamos un par de veces, nos vimos mucho, pero no cuajó. El caso es que aquella fiesta sucedió los primeros días, cuando mi cuerpo experimentaba unos procesos químicos desbordantes cada vez que la veía. Aparecí allí, entre desbordado, triste, feliz, melancólico y enérgico. ¿Qué coño pasa en el cuerpo cuando estás en ese estado? Entré, el ambiente era bueno, música, alcohol, marihuana. La vi y comencé en ese juego paranoico de querer acercarte, sentirte apresurado, pensar que ella esta queriendo que te acerques y un segundo después pensar que ni siquiera se ha dado cuenta de que estás. A día de hoy, con la perspectiva de los años y alejándome de la irracionalidad del momento, sé que ella esperaba, sé que ella estaba igual que yo y que si nunca tuvimos una relación fue precisamente por mi estado de duda e inseguridad, pero eran años raros para mi, eso lo sé ahora. Rato después ya estábamos hablando, recuerdo salir a la terraza que daba a una plaza que había en el centro de la ciudad. Las calles estaban vacías, porque allí la ciudad a una hora precisa se queda vacía, semi inhabitada. Estuvimos horas en la terraza, hablando. No sé de qué. ¿De qué hablaba en esa época? ¿Qué conversaciones teníamos antes, cuando todavía no eras el tipo que eres ahora? Pero hablábamos y yo olía aquel perfume y me instalaba permanente en una irrealidad en la que me quedé metido los siguientes dos o tres meses. Creo que sentía una sensación parecida a la explosión y a la fragilidad. Llegaba la madrugada, la fiesta agonizaba con gente ebria que se iba yendo. Da igual, toda aquella gente eran ecos, voces lejanas y salvo los dos chicos que compartían aquel apartamento, que se fueron a dormir, la fiesta se quedó vacía y nos quedamos los dos solos. Ojalá tener el poder de detener el tiempo. Eso creo que es lo que pasa, que quieres parar el tiempo. En realidad todo es más sencillo de entender, el mundo empieza a parecerte un lugar inhóspito y esa atracción se parece bastante a la droga, te saca de ahí. Yo tenía una relación deterioradísima con mi padrastro, la ciudad se me hacía dura, un lugar al que no pertenecía, todo era ajeno, o más aún, era un tipo que había perdido el lugar. Ella me entregaba uno, raro, hipnótico, donde olía a perfume. Amanecía, ella me hablaba de su novio. Eso ya lo sabía, pero yo manejaba la esperanza de tumbar ese muro. 

La luz del día aparecía, empezábamos a estar agotados y buscamos un lugar para tumbarnos. La casa estaba medio vacía, no tenía casi muebles, un par de camas, un sofá medio destrozado y un colchón en el que nos tumbamos. Al principio seguimos hablando, pero ella iba cerrando los ojos. Era casi media mañana, entraba calor, el sueño es difícil de dominar. En un momento, no sé cómo, ni recuerdo la secuencia, pero estábamos con las caras frente a frente, ella con los ojos cerrados. Empecé a dudar: ¿está dormida? ¿Se hace la dormida? Yo notaba su boca pegada, su aliento que me resultaba glorioso, me llegaba así, en bocanadas alucinantes, aún ondeaba el perfume, ¡qué estado de locura! Ni siquiera creo que pueda hablar de excitación, ni siquiera había un tema sexual, que también, claro, silente y distinto, pero realmente lo que había era un estado de absoluta irrealidad, creo que nunca he estado drogado en mi vida, sin drogarme. Entonces comenzó una escena enloquecida, seguramente un estado de paranoia absoluta. ¿Estaba aquella boca esperando mi boca? ¿Estaba despierta esperando un beso? ¿Estaba ella en ese estado de locura? Me iba acercando, lentísimamente, en mi vida he sido tan pausado. Me acercaba como se van alejando los continentes, inapreciablemente. Avanzaba distancias absurdas, cada milímetro era un viaje de horas. ¿Esperaba ella? ¿Había suspirado más fuerte porque se preparaba para el beso, porque sentía el pecho como lo sentía yo: al borde de la erupción? ¿Soñaba, era ajena a todo que sucedía en mi cabeza, no percibía mi recorrido titánico, dormía de verdad? Entonces el pensamiento negativo de repente ganaba y me iba hacia atrás. ¡Estás loco! me decía. ¡Está dormida! ¿Dónde vas? y todos aquellos milímetros ganados frente a su cara los deshacía en décimas de segundo para volver a empezar: ¿está esperándome ahí a tan solo seis centímetros de mi? ¿y si está esperando y tú no actúas? ¿y si ella está igual que tu? ¡Vamos! Muéstrale que tú estás igual. Sus labios muy levemente abiertos parecían decir que sí, que no te asustaras, que estaba ahí, que igual ella también dudaba, que igual ella estaba pensando: ¿Por qué no viene si estoy aquí, con mi boca dispuesta? Y entones de nuevo el avance, como un ejercito torpe en territorio ajeno. Milímetro a milímetro. Avanzando entre preguntas. Ya casi, ya casi se siente la comisura de sus labios, el aliento memorable, el perfume aquel. Ya casi ahí, rozando los labios. Los llegué a rozar, los sentí y en un acto del que 27 años después aún me arrepiento, me fui para atrás, desistí: Está dormida. Pensé de golpe. Y me giré. Miré un rato al techo y me quedé dormido. 

Nunca he sentido que volvería a hacer las cosas de otra manera en mi vida. La vida es la que es: en eso soy bastante pragmático. De la única cosa que me he arrepentido en mi vida es de ese acto tonto, post adolescente sin demasiada importancia. Ella estaba esperando el beso: ella también notó mis labios en sus labios. Los dos o tres meses siguientes con esa chica se movieron en ese terreno de irrealidad. Creo que ella nunca se imaginó todo esto. 

jueves, agosto 27, 2020

Mientras esperas por los otros

 Este texto podría ser un ajuste de cuentas, cambiar nombres de personas, alterar las descripciones de los lugares donde todo ocurrió realmente y finalmente, provocarle a esa persona real un final vengativo en esta ficción. Podría usar todo aquello y alterarlo para hacerle daño y producirle dolor. No sería difícil y posiblemente sería gratificante, porque la literatura y la ficción, a veces, la mayoría de las veces, parecen ser realidades que suceden en otros planos, quizá en otros mundos paralelos a este. Podría narrar todo aquello y llegar a un punto donde se podría alterar el final, si en algún momento llegó a haber un final. Porque los textos concluyen, pero la vida, de momento, continúa. Podría cambiar el nombre de Pablo (seguramente ahora mismo ya ha sido cambiado su nombre), podría cambiar su descripción, quizá tiene algo menos de pelo o más, quizá el mismo: eso, tú, ya no lo puedes saber, amable lector. Quizá sus ojos son azules, en vez de verdes o quizá en esa confusión ya no sabemos qué pertenece al Pablo real (que ya sabemos que no se llama Pablo, o quizá sí) y qué es de nuestro Pablo ficcionado. Y Pablo, con su altura distinta, con sus rasgos alterados, sale del metro, pero en vez de en la estación de Casa de Campo, se baja en Lago y yo, que no voy a alterar mis rasgos, voy a permanecer intacta en esta ficción, le veo venir. Viene tarde Pablo, muy tarde, se ha retrasado, de nuevo, demasiado. Y aquí comienza la alteración de lo sucedido. Yo ya no vuelvo a mirar la hora, esta vez no la miro, Pablo viene caminando algo más agitado de lo que caminó en aquella realidad que estamos alterando. Se acerca cada vez más, yo esta vez no estoy disgustada, estoy tranquila, manejando la indignación con habildiad. Pablo hace un gesto de saludo desde lejos (creo recordar que en aquella realidad también lo hizo, quizá con menos énfasis) Ese gesto lejano y amable que hacen los impuntuales para ir justificando su brutal retraso. Esta vez yo no sonrío como quitándole importancia al retraso, como siempre hago para evitar hacerle sentir culpable; esta vez no temo el conflicto, al contrario, lo busco. Ya está casi a mi lado y se escucha el principio de esa frase tantas veces usada, el principio  de una frase que justifica la tardanza:"Disculpa, pero justo al salir..." Esta vez le interrumpo, no le dejo terminar. Le enseño el reloj, le marco la hora y le digo que son casi tres cuartos de hora de retraso, me mira sorprendido, desacostumbrado como está,  a que yo acepte su impuntualidad:

.- Pablo, coño e´ tu madre. Pablo mal nacido. Pablo hijo de mil perras. Te dije la ultima vez que si volvías a llegar tarde, era el fin, tu fin, el fin de todo esto.

Es por eso, señor Juez, que maté a Pablo, déjeme acabar, por favor, esta ficción. No podrá condenarme a años de carcel, porque esto no es más que un ajuste de cuentas ficticio, esto no sucedió, esto está sucediendo en mi cabeza no más, mientras le veo venir, como siempre, con retraso, haciendo ese gesto lejano de saludo y aquí termina el texto y nos fuimos a tomar algo y yo olvidé la hora.

martes, agosto 18, 2020

El tiempo de la caída

 Uno se puede caer de muchas formas. Hay dos caídas básicas: el tropiezo y el resbalón. Lo demás, con sus excepciones, son variaciones de esas dos grandes corrientes. Pero no es del origen de lo que quiero hablar aquí, no es del motivo de la caída, sino de la velocidad en la que se cae. Porque, por alguna razón que está por estudiarse, la caída tiene su propio tiempo y, si cabe, su propio espacio. Uno no cae, jamás, a la misma velocidad que la vez anterior que cayó. Uno puede caer, lento, lentísimo o rápido, muy rápido. Hay caídas que se prolongan en el tiempo, vas cayendo un buen rato. Siempre, claro, dentro de unos parámetros de bastante instantaneidad. Hay caídas que parecen durar más de un segundo y hay caídas que duran milésimas. El resultado o las consecuencias de la caída, no necesariamente van ligadas a la velocidad. Puedes caer muy rápido y terminar escayolado o puedes caer lento y terminar con esguince de tobillo. La velocidad, en la caída, no tiene o no parece, de momento (está por estudiarse), mucha influencia en lo aparatoso o lo lesivo de la caída. Pero si escribo este texto sobre la velocidad de las caídas no es tanto por analizar las lentas o las veloces o sus posibles resultados; si escribo sobre la indescifrable velocidad de la caída es porque hay un tipo de caída que es incomprensible o especialmente enigmática. Hay una caída, y estoy seguro que casi todos la hemos experimentado, en la que le tiempo no existe, en la que hay una fractura en la línea temporal. Es una caída sorprendente. Es la caída sin caída o de la que no eres consciente o no sabemos si sucede, el acto de ir cayendo. Es la caída que sucede cuando ya has caído. Es la caída que cuando cobras conciencia, estás en el suelo. Recuerdas ese microsegundo en el que resbalaste o pisaste algo inestable o ni siquiera lo recuerdas, pero de repente y sin transición, estás desparramado en el suelo. Generalmente has caído hacia adelante, pero también sucede hacia detrás. No caes, estás caído. No hay tiempo o cabe la posibilidad, que en esa caída haya la forma más parecida que podamos experimentar, de viaje en el tiempo. A veces ni siquiera recuerdas el tropiezo o resbalón, simplemente te ves ahí, estúpido, en el suelo pensando: "Joder, me he caído" Ese joder, esa sorpresa, es la sorpresa del que se deslumbra con el vacío temporal, del que, inconscientemente, sospecha del salto temporal, de la desaparición de la secuencia en el espacio/tiempo. No hay línea. Esa caída es la posibilidad, casi cierta, de que a veces, torpemente, accidentalmente, viajamos en el tiempo. Así que, a su manera, ese patinazo o ese tropezón, son la forma más sofisticada, la forma más evolucionada que tenemos de viajar. 

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