domingo, agosto 07, 2011

Fantasma

.- Hay días que son muchas casas. Otros días apenas es una, como mucho dos. Otros, muy pocos es cierto, no hay ninguna. Generalmente son apartamentos. Fluye. Gente que se va a otros apartamentos, que cambia de vida, que lo dejan con su pareja, que se van lejos o que mejoran o empeoran socialmente. Casas son menos. Pero siempre hay casas por alquilar en Buenos Aires, siempre. Yo llego con la nota de la oficina. Me dan la dirección y voy con la cámara. La mayoría de las veces me abre algún portero o me dan la llave en la oficina, pero hay veces que los inquilinos que se van, están ahí haciendo cajas, recogiendo los últimos detalles. No decanto por ninguna de las opciones. Cuando estoy a solas me siento una especie de fantasma. Estoy en esa casa vacía que acaba de dejar de ser habitada por unos y fotografío para alguien que verá las fotos en una web y terminará viviendo ahí. Cuando aún recogen me siento como la amenaza, de algún modo les muestro a los que se van un poco de los que están por venir. Es curioso. Hay casas de todo tipo en Buenos Aires. Apartamentos estrechos, anchos, altos, bajos, de dos pisos, de un piso, apartamentos divididos, apartamentos amargos, apartamentos húmedos, apartamentos feos, apartamentos cuadrados, apartamentos sigilosos, apartamentos periféricos, apartamentos con ruido, apartamentos con vistas, apartamentos sin puertas, apartamentos con demasiadas puertas. Nunca, ninguno, es fiel en la foto. Se ven más atractivos o no hacen justicia, pero no hay cosa más traidora que la foto de un apartamento. A veces me pregunto si en todas las ciudades sucede lo mismo, si los apartamentos de Budapest si son fieles a la foto. Creo que no. Los apartamentos, ninguno, tienen la perspectiva para entrar en el rectángulo de la foto. Ni en Buenos Aires, ni en Oporto. Ninguno. Creo, por más fotos que hago, que nunca encontraré un apartamento idóneo para ser fiel en la foto. Que la foto sea exactamente igual que lo que luego se percibe cuando se entra. A veces las paredes se ven menos rugosas, otras los colores emitidos no son tan agradables como cuando se está allí. A veces la luz es menos espesa o más bestial. No sé, creo que nadie puede fotografiar un apartamento fielmente y de partida es terrible, porque esa es mi misión real. No obstante, a veces, me dejo llevar por los juegos y busco perspectivas o encuadres distintos, un guiño al que mira la foto desde esa web de aquiler de apartamentos. A veces busco ese hueco que evocará el futuro inquilino, que le haga decir:"recuerdo que elegí este apartamento porque vi una foto que me provocó una enorme sensación de placidez". Lo pienso y ese sería mi gran éxito laboral, que el futuro inquilino recuerde, ya viviendo, la foto por la que decidió ir a ver ese apartamento. Sin embargo, generalmente me siento un fantasma. Estoy a solas en ese apartemento que ha sido abandonado y lo recorro, estoy un buen rato sacando fotos, todo en silencio. A veces miro por las ventanas y es desconcertante porque nunca siento que soy yo. Siento que miro con los ojos del que se fue, esas imágenes que recordará el que se fue y que su memoria distorsionará o siento que aún estoy por mirar, imagino los muebles que traerá el que a través de mi foto venga a vivir aquí. Soy el fantasma de la puerta. El que cierra y el que abre. El que mira y no vive. El fantasma de los apartamentos de Buenos Aires. Raro, ¿no?

sábado, agosto 06, 2011

Músico lejano

Las tres primeras semanas no hice nada salvo levantarme pronto, muy pronto, bajar hasta el puerto y observar el movimiento de los astilleros. Los ritmos de su entrada al trabajo, la luz de esas horas, los saludos lejanos, luego me quedaba en algún bar del puerto tomando café y haciendo poca cosa. Leía anárquicamente títulos dispares, sin aparente conexión entre ellos. Pasada la tercera semana el argumento del que pensaba escribir sufrió una enorme transformación. Me desvié de todo aquel asunto de los astilleros y aquel personaje del que aún no había visto su cara. Había aparecido una bifurcación de la primera trama que me atrajo mucho más. Las siguientes dos semanas las pasé observando al hombre que tocaba en la plaza cercana al puerto. El tipo ejecutaba con desconcertante habilidad un instrumento absolutamente novedoso, creado de latas y cacharrería de hojalata . El sonido que producía todo aquello era desorbitante; un sonido liviano, pero profundo, melancólico y húmedo. Aprendí a tararear aquellas canciones que luego supe eran composiciones propias. Melodías pausadas que sufrían acelerones en puntos muy determinados. El hombre tocaba distante pero muy concentrado. Consciente de que su sonido no era habitual y sus melodías no eran evidentes, tocaba con seguridad, como el que defiende a sus hijos de las calumnias de los vecinos. Los viandantes no prestaban un exceso de atención en el hombre, pero le caían suficientes monedas como para mantener la fe. Pasado aquel tiempo de observación comencé a tratar con él. No hubo un contacto muy íntimo, aquel tipo permanecía lejano, como su música. Saqué información suficiente para prefigurar una historia, para completar una narración, pero lentamente, sin ser consciente, me fue interesando más su música que narrar su peculiaridad. No obstante, jamás dejé de anotar, de transcribir, lo que iba aprendiendo de su vida, lo que conocía en los distantes encuentros. Finalmente nos emborrachamos. Una noche bebimos durante horas, yo hablé, él habló. Terminamos en la plaza del puerto sentados en el banco, tocó durante mucho rato todas sus composiciones. Antes de tocarlas hacía una breve presentación contando la inspiración o el motivo. Fue cayendo una detrás de otra, seguimos bebiendo. Por la plaza, de repente, pasó un tipo que se acercó y se sentó a nuestro lado. Nadie habló, los tres escuchamos. Después de mucho rato nos quedamos sentados, callados. Lejanos. Me quedé dormido. Cuando desperté aún era de noche, hacía frío, pero no había nadie. Los dos habían desaparecido. Esa noche concluí que había vida extraterrestre.

jueves, agosto 04, 2011

Ascenso a los infiernos

Llegaba tarde (o pronto, porque nunca se sabe cuando todo sucede de manera inesperada). Quizá si me hubiera atrasado, quizá si hubiera llegado aún un poco más tarde nada de esto estaría siendo contado. Cogí aquel ascensor. Esperé en el descansillo de la planta baja, a mi lado una mujer a la que no atendí. Se abrió la puerta, la dejé pasar. Marcó el 17, yo el 21. Arrancó la máquina, pareció instalarse el silencio:

.- Somos compañeros de ascensor- dijo la mujer.

No contesté con palabras, sonreí. ¿Qué debe contestar uno a semejante sentencia?

.- Deberíamos hablar del tiempo. Pero no. Prefiero hablar de ti. De tus miserias. Quizá sea menos habitual a ti que tanto gusta lo poco habitual. Tú que no soportas lo establecido.

Miré perplejo, o lo que yo sospecho que es mi gesto de perplejidad.

.- Ahora debería decirte que los días están pesadamente mojados y que ya está bien de tanta lluvia, pero no. Hoy te toca lo nuevo. Un ascensor donde se habla de ti, de tu egoísmo, de tu descarada forma de querer ser centro de atención, de tu poca empatía, de tu miserable relación con lo material. Hoy no se habla del clima cambiante de este mes mientras pasan los pisos, los números aumentan hasta llegar a meta que es el momento de alivio en el que sales de este rectángulo socialmente incómodo. Hoy, aquí, se habla del menosprecio a tu padre en el momento de la enfermedad, de la indiferencia al dolor de tu madre, de la desidia y el interés con el que trataste a tu novia, de tu incapacidad para querer a nadie salvo a ti. Hoy no hay meta en el piso 21, porque cuando llegues no querrás salir a ese mundo sabiendo, por fin, quien eres, que clase de individuo desalmado e inconscientemente cruel pasea por ahí. Querrás vivir aquí subiendo hasta un piso en el que por fin olvidaras todo lo que eres y ese piso no llegará, porque este ascensor no es infinito. Hoy no se habla de tantas nubes y que no se sabe que ropa usar estos días porque parece que no pero al final siempre llueve. Hoy se habla de tu falta de solidaridad cuando te llamó P para pedirte conversación, de tu falta de cariño hacia algunos amigos que lo dieron todo por ti, todo. No te preocupes. Ya llego. Yo me bajo en el 17. Te doy esos cuatro pisos para olvidar, aunque no serás capaz, tu ego gigante permanecerá herido, incapaz de observarte como has vivido siempre, esto se quedará enterrado en tu pulmón.

Se abrió la puerta. LA mujer salió. Se cerró la puerta. Subió el ascensor. Aún hoy. tres años después sigo metido. Subiendo, bajando. Entra gente. Salen unos, entran otros. Del 0 al 16, del 16 al 8, del 8 al cero. Así todo el día. Saludo cuando entran, no todo el mundo contesta. Al que lo hace, eso sí. Sólo le hablo del tiempo

Invisibles

.-¿Quiénes sois?

martes, julio 26, 2011

Turista

A media mañana bajo a las bicicletas estáticas que hay en una de las salas cercanas a la piscina del hotel. A esa hora no hay gente o como mucho algún tipo sin ganas de hablar y que emite sensaciones invisibles. Pedaleo aumentando la presión hasta alcanzan una energía que durante minutos me estimula. Paro en seco y camino hasta la piscina. Allí me baño un rato, sosegado, pausado, tranquilo. A veces oigo las otras conversaciones de los grupos minúsculos de la piscina. Noticias del día comentadas con banalidad, rumores de otras habitaciones o conversaciones sobre gente lejana, desconocida, inalcanzable. Luego buceo a trozos y siento el cloro en los ojos e imagino todas las motas de polvo quemándose en el agua. Salgo y me seco al sol, curioseo los cuerpos, las formas y por segundos me atrae alguna parte de algún cuerpo. Subo a la habitación y me ducho, siempre, con la idea de salir a recorrer la ciudad, esa ciudad imposible, inexistente, desconcertante. Cuando salgo siempre siento mucho calor, se acerca el mediodía y lo mejor es pensar en buscar una terraza y sentarse a tomar una cerveza. Termino en el paseo marítimo, donde confluye una masa inexplicable de gente, patinadores sin camiseta, tipos con barriga que llevan barcas de plástico en la espalda, mujeres con bañadores mojados caminando hacia adelante a trompicones, ancianos en camiseta, niños gritando y chicas jóvenes sin conciencia de la caducidad de su cuerpo. Bebo la cerveza y respiro despacio, miro el mar, los brillos enloquecidos del sol en el mar, la cadencia indescifrable de las olas. Luego observo al camarero, sale, entra, limpia, toma nota y finalmente me trae la segunda cerveza. A veces escucho a las otras mesas, otras miro a un tipo que toca con habilidad pero sin sentimiento, el acordeón. El tipo toca siempre las tres mismas melodías. Tristes pero que pretenden ser alegres. La segunda noche le vi caminando solo y le seguí. Subió hasta la parte alta de la ciudad, se desvió cerca de la estación de autobús y dejé de seguirle. Desde entonces le veo todos los días con la falsa ilusión de escucharle tocar algo distinto, una nueva pieza, pero nunca lo hace. Finalmente pido una tercera cerveza y me voy a comer con esa extraña desubicación que da la cerveza y el sol. Como en el mismo sitio siempre. Un lugar tradicional con un camarero frenético que sirve las mesas desorbitádamente rápido. Como distintos platos, siempre suficientes pero algo insípidos. Pago y camino. Evito la playa a esa hora, demasiado calor. Hago tiempo hasta la media tarde, cuando hay menos gente y menos sol y la playa se convierte en un lugar amable. Me dejo pasar hasta la noche, por la noche camino y evito, evito encontrar luces, sombras, destellos, el recuerdo imborrable. Esas calles tantos años después, iguales, distintas, las mismas. Al final duermo, o no duermo, creo que duermo, pero nunca lo hago del todo. Por la ventana abierta de la habitación entra una brisa agradable y me imagino cosas que luego me da vergüenza haber imaginado. Miro la montaña que crece donde termina la ciudad. Las imágenes se entremezclan y confunden. A veces proyecto. No se ve nada, pero proyecto.

sábado, julio 16, 2011

Sonido ilocalizable

Por la rendija de la puerta o por la ventana del patio, se colaba un sonido permanente. Una repetición de un sonido agudo, algo parecido a una gota cayendo y chocando contra cuero, un sonido entre opaco y brillante. Concentré, sin decisión aparente, toda mi atención en ese sonido; lo demás se quedó aislado, a los lados de ese sonido repetitivo. Algunos minutos después, la curiosidad ejerció todo su poder y me levanté en busca del origen. En los primeros instantes de la búsqueda estaba desorientado, el sonido aún siendo estático, parecía desplazarse de un modo físicamente inexplicable, como si sabiendo de mi búsqueda, como si la acústica fuera un juego de escondite. Finalmente, tras muchas dudas, concluí que aquel sonido repetitivo venía de la ventana que da al patio interior. Abrí la ventana de mi habitación y miré, miré hacia arriba, miré hacia abajo. Luego estuve analizando la disposición de luces de otras habitaciones encendidas en el patio interior. No había orden aparente, tampoco lo busqué en exceso. El sonido, curiosamente, parecía venir de arriba, de un par de pisos o tres más arriba. Un arrebato extraño, una especie de viaje mental, me hizo recordar o imaginar invasiones extraterrestres, pero en seguida me pareció infantil el pensamiento. Miré hacía arriba, vi luz en una de las habitaciones del séptimo, el sonido parecía provenir de ahí. Me quedé mirando pero no encontraba nada que me diera una respuesta concluyente, definitiva. En la ventana con luz hubo sombras, también movimiento y se abrió. Se asomó un chico, un adolescente. Le miré, el me miró desde arriba, le pregunté si sabía que era aquel sonido:

.- No sé, lo llevo escuchando desde ayer. Es raro, porque a mi me parece que viene de tu casa.

.- ¿En serio? Yo me he asomado porque a mi me viene dirigido desde la tuya. La acústica juega al engaño, también a la manipulación.

.- Ayer lo busqué. pensé en bajar a tu casa y preguntarte, pero no me atreví.

.- ¿Lo escuchas ahora?- pregunté buscando nuevas soluciones

.- Espera- El muchacho hizo un gesto excesivo de escucha, cerró los ojos, permaneció callado unos segundos y concluyó- sí, si que lo escucho. Te juro que parece venir de ahí, desde tu ventana.

.- Lo idoneo sería que saliera algún vecino más y contrastara.

.- Si, pero este patio es raro, nadie se asoma. A veces la chica del sexto, la que está justo encima de ti, pero los demás parece que nunca se asoman al patio. A mi me gusta. Las ventanas del otro lado, las que dan a la calle, son más luminosas, seguramente mejores vistas, pero es más entrañable esto, también más enigmático. El patio nunca se entiende o se entiende demasiado. Lo otro es evidente, esto no. Yo me asomo mucho. ¿Tú?

La pregunta era desconcertante, pero había algo de cierto en la reflexión del muchacho. El patio estrecho y húmedo tenía mucho de íntimo, también de secreto.

.- Creo que prefiero esto, aunque no hay porque elegir no. También me asomo en las otras ventanas, las frontales.

.- Mira, se ha encendido la luz de la chica que vive encima de ti. Hablemos más alto para ver si se asoma y le preguntamos por el sonido- toda esa frase la dijo a un volumen muy alto, con voz muy grave. La ventana, milagrosamente, se abrió.

La chica miró primero arriba, al chico, luego abajo, a mi, desde una perspectiva realmente extraña, ella tenía la cabeza colgando yo la elevaba como una jirafa que mantuviera la costumbre de sus movimientos pero que se hubiera quedado sin cuello. Como yo era el adulto, fui el que pregunté:

.- ¿Tú escuchas ese sonido?

.- Sí- contestó a la defensiva, como si estuviéramos preguntando algo más íntimo, más terrible.

.- ¿De dónde crees que proviene?

.- Todos sabemos que viene de tu casa- me dijo con un tono aún algo agresivo.

.-¿Todos?

.- Sí, se habló de ello en la última reunión de vecinos.

Un golpe de desconcierto bajó a una velocidad irreal por el hueco del patio. Cerré los ojos concentrado buscando el origen imposible de ese sonido permanente y agotadoramente constante.

.- No entiendo- argumenté o creí argumentar algo diciendo que no entendía, pero realmente no entendía. Mi vida, durante unos segundos, me pareció inaccesible, incluso a mi mismo.

.-Sí, viene de ahí, de tu ventana- esto lo dijo en un tono nuevo, amable, casi comprensivo. Como al que le revelan que tiene un tumor y se lo quieren hacer más sencillo, más ligero. LA ternura repentina de la chica me hizo bien.

.- Pero no sé que puede ser. A mi me parece venir de casa del chico- El chico miraba desde lo alto hacia nosotros dos con curiosidad, también con distancia.

.- Créenos, viene de tu ventana- El chico cerro la suya y desapareció. Apagó la luz, pero yo sospeché que miraba entre la oscuridad, porque él había intuido, había percibido mi profundo enamoramiento, mi repentina atracción por mi vecina de arriba.

La volví a mirar, con el cuello totalmente desplegado, ella miraba desde arriba y el pelo caía hacia abajo, la cara se amontonaba y le hacían un gesto gracioso, casi como de globo.

.- Es raro, porque está en tu casa, pero no se que puede ser. ¿Me dejas bajar a ver desde allí mismo?

.- Si, por favor- le contesté.

Desapareció, yo estiré la colcha y ordené absurda y velozmente el leve caos. Sonó el timbré, abrí. Me pareció, si cabe, más hermosa.




viernes, julio 15, 2011

Autogol

Cuando daban la noticia de que habían matado al jugador Andrés Escobar yo estaba metiendo, por primera vez en mi vida, la mano en la mini falda de I. Fue curioso porque la narración de la noticia, desde el pequeño televisor en la habitación de I me conmovió y durante unos segundos desvié absolutamente la atención de las suavísimas piernas de I para recordar la cara de aquel muchacho tímido. Recordé el autogol que le llevó a la muerte y la sensación trágica que flotaba en el ambiente los minutos después de aquel autogol extraño, inoportuno, terriblemente cruel. De alguna manera todo el mundo iba por Colombia en aquel mundial, yo iba por España, a pesar de Salinas, pero también por Colombia y por Rumanía, pero iba por más equipos: por Brasil, por Bolivia, por Argentina que ya tenía a Redondo, iba por cualquiera que moviera la pelota y me hiciera olvidar que mi vida empezaba a no tener mucho sentido. Entonces apareció I y yo empecé a jugar mi propio mundial. Había una copa del mundo, dorada y alucinante, por conquistar en el epicentro de I y mientras metía la mano por aquella minifalda, jugando al ataque la final de mi propio mundial, entrando en esa minifalda que ahora recuerdo como si la estuviera viendo, como el área férrea de la selección de Italia; todo se quebró de un modo extraño con la cara de aquel tipo amable, aquella cara descompuesta en el segundo exacto que aquel balón empujado por su píe entró en la portería de su equipo. I me dijo algo tremendo, algo excitante, pero yo, inoportunamente, como el autogol de Andrés Escobar, me puse a pensar en la humanidad, en el sentido absoluto de la humanidad, en el futbol y en el significado absoluto del autogol: un gol contra ti mismo. Como si la vida no fuera eso, un gol permanente contra uno mismo. Un propio píe, un píe tuyo inoportuno, que empuja el balón contra tu portería, contra tu vida, contra tu destino. Imaginé el cuerpo desmoronado de aquel defensa matado a tiros y volví a la minifalda de I. Muchas veces pensé en aquel tipo, muchas. La aberración total de matar a un tipo por haber metido un autogol. Y pensé en los tipos que dispararon como si fueran balones anárquicos en áreas de equipos invisibles y pensé que el destino era el césped del campo y pensé en la piel de I y subí la banda y lancé balones y el portero salía a despejar. Aquello terminó sin goles. Llegué a casa y me marqué un autogol, un autogol más, otro. Pensé en los tipos que matan a un defensa que marca un autogol y durante años la vida fue rara e incomprensible. Rara, extraña. Incomprensible. Un prologado e infinito autogol.

lunes, julio 11, 2011

Los laberintos

A está en la parte donde no aparece camino y el laberinto somete al encierro, a la obligación, a la unidireccionalidad y eso, si cabe, es la parte más terrible del laberinto. B está ubicada en el centro exacto, donde cada camino a tomar parece la peor y la mejor opción, pero todo es una opción y una posibilidad y el laberinto, si cabe, se bifurca en los caminos de las decisiones que a su vez se multiplican y pueden ser infinitos. Visto aereamente A y B podrían estar cerca de encontrarse o sin embargo en el punto más alejado, donde sería casi imposible el cruce, el encuentro. Desde esa privilegiada vista aerea las cosas serían fáciles de dirigir, un par de consejos, las decisiones a tomar, pero al problema del laberinto en sí mismo, se le une su poder de aislar todo sonido externo al laberinto. Por pura experiencia y casi probabilidad, A y B jamás se encontrarán o si lo harán y a su vez se abrirá nuevos laberintos donde siempre están ellos, donde habitan por obstinación.


domingo, julio 10, 2011

Caracas aquí

¿Qué carajo hago yo ahora mismo en Caracas? ¿Qué hago yo allí, sí estoy aquí? ¿Por qué estoy en un edificio donde, desde una ventana, se ve el Ávila si estoy en casa? ¿Por qué esta tarde es una tarde en Caracas, una tarde de domingo en Caracas? ¿Por qué todo se ha convertido en esa ciudad? Oigo el ruido de un aire acondicionado ahí afuera y la masa sonora, esa masa sonora que percibí hace años en Caracas y ahora está aquí en esta Caracas mental. Se ha desmoronado de repente mi casa, se ha convertido en un apartamento en una urbanización rodeada de árboles, oigo chicharras en esta hora de la tarde y el sonido de un bus pasando abajo, sin un destino concreto. Entra la luz distinta de Caracas por la ventana y una pausa, una pausa inexplicable, inalcanzable, incomprensible, que a veces vi en Caracas. Veo edificios subiendo laderas y el Sol reventando en esas zonas inaccesibles que miran a otra ciudad que no es Caracas, que es Caracas, pero no es Caracas. No me muevo, casi ni respiro porque no quiero que se vaya ahora mismo Caracas que se ha metido aquí y nadie lo sabe, es Caracas de lleno en este espacio a miles de Kilómetros. Huelo lo que olí en Caracas y bajo la piel está entera una ciudad que parece un invento visual. Hay un sosiego, una ralentización que percibí algunos domingos por la tarde en una ciudad bestial y desquiciada como Caracas. Es un sosiego que se ha metido aquí. La pausa de la tensión, el nervio tenso y en espera. De adolescente creí que me había inventado Caracas, que no estaba, que habíamos llegado allí y que aquello era un invento, un viaje mental de mi viejo en el que nos habíamos colado todos y ahora se mete Caracas en casa. Había una luz que está aquí. La sensación de los edificios, el tráfico de un domingo por la tarde, una cortina corrida en un edificio de enfrente, un coche gigante atravesando la calle, un árbol que huele, que está ahí, emitiendo el olor en mitad del salón. ¿Cómo se explica esto? ¿Cómo se cuenta que tengo Caracas en casa? ¿Quién te cree si le dices que estás en Caracas, que estas oyendo Caracas, que estas metido ahí, metido, metido de lleno? Juro que estoy en Caracas y nadie me va a creer. Nadie sabrá jamás que tuve, esta tarde, ahora mismo, Caracas en casa.

Asunto generacional

Quiero un capricho ya, pero se me acaban de quitar las ganas.

sábado, julio 09, 2011

Yanomamis

Salimos de aquel edificio a las dos de la mañana. No tenía trato más allá del profesional con ella. Decidimos coger un taxi a medias para volver hasta la ciudad. Caminamos por las calles de esa zona industrial con el temor de no encontrar, jamás, como volver a casa. El destino, si es que hay un destino, si es que hay sentido, hizo que pasara un taxi por la mitad de ese silencio y ese vacío inhumano. Nos montamos y ella dijo la dirección de su casa. El conductor llevaba puesta una cinta de una música que me pareció dolorosamente triste. Nadie, ninguno de los tres, hablábamos. Ella miraba por la ventanilla y me pareció ver que suspiraba. Había algo desolador en todo aquello y pensé que seguir trabajando con esa gente, con esos ritmos, no me pertenecían y estuve a punto de comunicárselo, pero su mirada por la ventanilla, su mirada de dolor, su apariencia momentáneamente triste, vulnerable, me llevaron a no hacerlo. En el silencio me vino la palabra Yanomami y tuve ganas de decirla en alto. Yanomami, me resultaba, de repente, muy sonora; una canción breve, brevísima. Una canción que se baila un segundo. Yanomami. Entonces le pregunté a ella si conocía Brasil o Venezuela y ella contestó que no, distante, lejana, inaccesible, pero levemente desconcertada con mi pregunta y ese desconcierto, esa forma extraña de emoción, me llevaron a insistir en ese diálogo. Entonces hablé de los Yanomamis, lo poco que sabía de los yanomamis, su vida alrededor del río, su estructura social, sus conflictos y sus luchas, el prepucio atado de los Yanomamis y ella me miraba sosteniendo la sorpresa, el desconcierto de mi charla. Vi, entonces, que el taxista atendía a mi discurso mirando de reojo por el retrovisor. Quiso participar, pero en el último momento, sostuvo su frase. Me hubiera gustado que el taxista participara en esa conversación sobre los Yanomamis, pero no dijo nada y siguió sonando la música. Una música que jamás había escuchado y que marcaba considerablemente el ambiente dentro del taxi. Empezaron a aparecer los extremos de la ciudad. Ella, aprovechando el silencio, siguió mirando por la ventanilla, como quien mira el planeta desde una nave de lata, a miles de kilómetros, insertado en la noche eterna. Seguimos callados cuando el taxi empezó a desenredar el laberinto de calles para llegar hasta su casa. Finalmente apareció su calle o eso dijo ella, frenamos en un portal normal, un edificio normal en una calle silenciosa y vacía de madrugada. Fue a sacar dinero y le dije que no, que yo pagaba. En el instante antes de despedirse distantemente, le dije que no volvería a trabajar. Ella me miró y me dijo algo como que era de esperar o como que yo era una persona no preparada para asumir el reto de un puesto así. La miré y le dije rítmicamente, con una cadencia marcada, intensa pero sutil: Yanomamis. Bajó y cerró la puerta. Al taxista le dije mi dirección y me quedé escuchando aquella música hermosa y terrible.

viernes, julio 08, 2011

El otro, el mismo.

Fui más joven. Fui más inseguro y algo más incauto. Fui menos feliz y más eufórico. Fui igual de emocional. Fui menos experto y menos modesto. Fui más salvaje y más primitivo. Fui más libre y estaba igual de atado a los sentimientos. No había sosiego. Había menos indecisiones. Había más empatía y menos distancia. Fui menos misántropo y más asocial. Fui más irreflexivo y más valiente. Fui más egocéntrico y me importaba menos yo mismo. Fui fumador. Bebía más. Había menos reglas. Fui algo más idealista, pero igual de melancólico. Fui hijo, ahora soy padre. Fui menos huraño. Había visto menos horrores, menos dolores, menos muertes, pero jamás había visto a mi hija, lo que significa que no había visto o no había comprendido el sentido absoluto y total del amor, tampoco de la vida.


jueves, julio 07, 2011

La esquina de la barra

Las cosas rutinarias no te las planteas. Me sentaba en esa esquina de la barra porque, sin saberlo, se había convertido en el punto central de mi vida. Cogía el periódico que deambulaba por el bar sin un destino concreto y me pedía un café. Me gustaba esa esquina de la barra sin saber que me gustaba; me sentaba ahí como el que entiende que es ahí donde debe ir, sin más discusión, sin otro argumento. Las rutinas son incontables. Se repiten los actos un día y otro, posiblemente sin saberse que se están repitiendo. El bar me gustaba por la cercanía y porque no ponían música de fondo, el gran terrorismo del siglo 21. Había silencio roto cada poco por los platos chocando, por el murmullo de alguna conversación. No había televisión emitiendo luces anárquicas, ni altavoces soltando música salchicha. Era un bar cualquiera para tomar café, por eso repetía diariamente. La primera vez que me fijé en ella estaba algunos metros más allá, donde empezaba la curva incomprensible de la barra, esa curva que no terminaba de formarse, ese giro apreciable pero indiferente de la barra que no aportaba nada ni al diseño ni a la totalidad del local. Ella tomaba café y cogió el periódico antes que yo. La segunda vez la vi porque, cuando entré, estaba sentada en mi esquina. Me senté donde ella había estado la vez anterior y pedí mi café con una sensación desconcertante de incomodidad y desubicación. La tercera vez pasó lo mismo y comprendí que había sido destronado de la esquina. Asumí que mi nuevo lugar en la barra era ese giro absurdo donde empezaba la curva y pedí café. La rutina dio su giró. Cada día, ahora, era nuevamente distinto. Ella en mi vieja esquina, yo en la curva, los dos pidiendo café, la batalla no declarada por el periódico. La rutina, de repente, fue esta. Desde mi curva, no obstante, la miraba. Fui comprendiendo la rutina de su ropa. Fui conociendo sus vestidos, sus faldas, las distintas y sutiles formas de maquillarse. Desde la curva, la curva rara, pensaba en cuantas tazas de café iban a hacer falta para hablar con ella, para cambiar, de nuevo la rutina a otra cosa por descubrir. Fueron pasando tazas, luchas desconocidas, titánicas, maquiavélicas por el periódico y sin apreciarse, yo fui girando la curva, deshaciéndola y un día finalmente terminé realmente cerca de la vieja esquina y desde ahí conocí su portal, su calle, conocí su casa, conocimos países juntos, conocí lunares, conocí a su hermana, conocí otras calles, conocí su lavabo, la forma de sus dientes, conocí sus ollas, su cubertería, la alfombra guardada en el armario que quitó y jamás volvió a poner, conocí sus rutinas que se terminaron pareciendo a mis rutinas, conocí su coche, conocí todos sus olores, conocí otras formas de su carácter, un día conocí su voz más aguda, más alta, mas tremenda, conocí su resentimiento, conocí el vacío, un vacío que parecía que no se acababa, por donde caía una piedra que no tocaba suelo, conocí que no la conocía y la fui dejando de conocer y finalmente, reconocí la esquina de la barra, donde, de nuevo, cada mañana me sentaba, a solas, a tomar café.

martes, julio 05, 2011

Cuatro por cuatro.

Sería increíble meter ritmo al texto, pero no un ritmo marcado en comas, pausas, puntos, prolongaciones. No el ritmo de lo que se va contando, sino meter ritmo, percusión, esto que escucho y que no logra trasladarse al texto. Esta contundencia que te hace caminar más enérgico, esa visceralidad que viene de la sangre. Si este texto tuviera ritmo cabalgaría de otro modo y seguramente lo que se va escribiendo tendría otro sentido, otra intensidad, otra claridad. No hay posibilidad de hacerlo, de saltar a ese lado. Este texto es arrítmico.

lunes, julio 04, 2011

El beneficio de la invención

Tu sabes como es Gregorio Marañón por arriba. Yo de momento sólo he pasado en metro. Un día voy a salir fuera, porque llevo cuatro semanas pasando en Metro por Gregorio Marañón y quiero ver el exterior. Es lo extraño de llegar a vivir a una ciudad nueva, que no sabes como es esa ciudad, que desconoces la mayoría del terreno. También paso por Nuevos ministerios. Un día de estos, esta misma semana voy a ir por fuera, verle la cara a las estaciones. Nuevos ministerios me imagino edificios altos, de cristal, superpuestos unos con los otros, calles largas y muy lineales. ¿Es así? Gregorio Marañón me lo imagino como Avenida Figueroa Alcorta, como si en Madrid hubieran puesto Avenida Figueroa Alcorta entera, una calle sobre otra, pegada. Hay una esquina de allá que recuerdo, hace muchos años, que caminé con un amigo, Lucio. Lucio quería ser poeta y terminó siendo comercial de una marca de agua mineral. Recuerdo caminar con Lucio por esa esquina donde había un edificio blanco, elegante y Lucio me decía incendiado que un día terminaría un libro de poemas sobre la basura. Yo no sé que obsesión tenía Lucio con la basura. Decía que la basura, tu basura, la basura de cada uno, nos describía, nos definía porque la basura era nuestra frontera, lo que marcaba nuestra identidad hacia adentro. Los límites de tu moral, de tu ética, los límites de tu higiene. Lucio caminaba por Figueroa Alcorta y se arrimaba a los contenedores de basura y la miraba y anotaba cosas en un cuaderno. Estudio de campo, lo llamaba. Yo le decía que la poesía no requería, quizá, de estudios de campo, que la poesía tenía que ver más con guerras invisibles, con batallas campales inexistentes, pero Lucio consideraba que yo era lo más alejado del mundo a la poesía y no me escuchaba. Ahora paso por las mañanas por Gregorio Marañón y baja mucha gente del metro y yo me les imagino saliendo del metro y entrando en Figueroa Alcorta. Tengo ganas de ver esas calles por arriba, lo extraño de llegar a una ciudad nueva es que no entiendes su forma y caen nombres sin imagen y tú le pones imagenes y se mezclan calles y nombres. Paso por Gregorio Marañón y no sé como es Gregorio Marañón y tengo ganas de saber como es, pero por otro lado y ¿si nunca lo veo? ¿si me quedo con mi imagen de Figueroa Alcorta proyectada sobre Gregorio Marañón? Es extraño, retorcido, pero de algún modo me da el beneficio de la invención.

domingo, julio 03, 2011

Charla

.- Tampoco soy de allí. Nunca de aquí, pero de allí también se deja de ser. Eres esto, eres de esto, o demás es accesorio. Somos de esto: de esta madrugada pausada, de estos tragos, del silencio que hay en este pueblo a esta hora. Cuando se sale, no entras. Es mentira que entras, que vuelves. El abismal vértigo de salir es que todo eso se desvanece, deja de existir. Uno se enquista a una realidad, la asume, se la inventa, le rellena totalmente, pero si la dejas ya no vuelvas nunca a buscarla, se acabo. No vuelvas, porque siempre estarás fuera, pero un afuera extremadamente confuso, desolador. Si sales y no vuelves asumes que esto es un absoluto invento. Hace dos meses desconocía este pueblo, pisé las calles por primera vez, no sabía donde estaba el norte, donde estaba el sur, no sabía que esta calle terminaba en la avenida por donde pasa el bus que agarro para ir a trabajar a la ciudad, no sabía que esto existía hace un año ya hora mírame, estoy contigo aquí, justo aquí, dentro de esto, por más que vuelva ya no volveré; porque allí ya estará, sumado, esto también y ya no será volver a aquello, será salir de aquí, salir de allí, salir. Siempre estamos saliendo, eso es lo que descubres cuando sales por primera vez. Jamás entras ya. Uno piensa que esto es lo que hay, no es así. Es esto más todo lo demás y todo lo demás es inabarcable. ¿Quieres que paseemos? Es agradable el pueblo a esta hora. Me gusta la calma de este pueblo y de noche se queda detenido. Vayamos. Desde que llegué salgo todas las noches. Me gusta esta primera esquina. Esa casa con el jardín bonito. Este camino baja hasta la estación de tren, todo tiene su pequeño sentido. Estas calles tranquilas, el sosiego absoluto. Paseo todas estas noches por aquí. Espero una forma de inspiración. Una inspiración vital. Nunca la consigo, da igual. Lo que me gusta es pasear despacio y esperarla. Notar el olor de los jardines arreglados de las casas más caras. Ese gato que pasa. Son curiosos los gatos. Yo soy de perros. El mío es amable, tranquilo. Nos respetamos. Tienen un carácter que si bien es distante al del humano, mantienen la cordialidad o lo que el ser humano entiende por cordialidad. Los gatos no me disgustan, pero prefiero a los perros. Asumo, es cierto, que la relación con el perro no es de igual a igual. Es importante asumir eso, hay quien lo confunde y proyecta. Todas las noches, casi se ha hecho costumbre, paseo a esta hora, tan tarde. Yo soy de dormir poco y de pensar mucho y de madrugada este pueblo parece un escenario abandonado, pero eso, contrario a lo que pueda parecer, es enormemente cálido. Por eso me gusta notar la enorme pausa y pensar. Y pienso en locuras, esas cosas que un piensa y cree que son reflexiones importantes y luego olvida, inmediatamente o a las horas. Se olvidan. Son pensamientos cigarro. Se disfrutan, son adictivos, pero se deshacen en humo. Y aquí es donde uno concluye, paseando después de llevar dos meses viviendo aquí que ya nunca entraré, que las puertas cruzadas no se abren de regreso. Es como los libros, no vuelves atrás buscando leer con la inocencia y el desconocimiento primero, vuelves sabiendo que ya después sucede otra cosa y si vas es por comprender algo, que sé yo. ¿Volvemos? Podemos tomarnos la última.

viernes, julio 01, 2011

Lluvia

Es como cuando no llueve pero tú sientes que está lloviendo. Anochece y es verano y te parece que está cayendo un tormentón, que revienta con salvajismo el agua contra el asfalto y se cuela la humedad, huele a humedad, hay humedad en los cristales, en las nucas, en los pasillos de los edificios. Sientes que está cayendo una masa incalculable de agua y sin embargo no llueve. Anochece y no llueve a pesar de lo que tú te creas. Como cuando hueles algo que te recuerda a otro lugar y de repente ese lugar te parece el otro lugar, se superponen y te desubican las capas de lugares y épocas superpuestas, porque el olor te ha trasladado brutalmente al otro lugar, a la otra época. Y no sabes muy bien que está sucediendo, como cuando llueve pero no llueve. Es como cuando besas a alguien pero inevitablemente viene otra cara y cuando te separas unos milímeteros las caras se entremezclan, como un cristal que refleja una cara sobre otra cara. Durante dos, tres o medio segundo, esa persona es la otra persona. Hay un gesto de esta que es la otra y ¿quién sabe? ¿quién no duda? Llueve, no llueve, pero está lloviendo y hace tanto calor y la nuca está empapada. Huele a tormenta de verano, huele a esa humedad que aún no viene pero que va a venir, ese delirio de olores cuando todo se empapa después del calor. Sube un vaho invisible desde las aceras, desde el suelo, desde las calles, es la humedad de la lluvia que está cayendo. Ya es de noche o quizá, ni siquiera es de noche. Hay una luz al principio de la mañana que parece la luz del final de la tarde, es exacta pero distinta y si te soltaran de repente ahí, en medio de la esa luz, sin saber en que posición estas, ni en que hora, no sabrías si amanece o anochece. Está lloviendo. Anochece. Era ella, lo juro que por segundos fue ella.

miércoles, junio 29, 2011

Tablero

No sé si lo llamaría amor. Amor, esa palabra. No era amor, era una confusión, pero amor; tampoco estoy seguro de saber que es el amor. Hubo un desorden, una forma emocional de caos, una desubicación sensorial, la imposición extraña de una forma de realidad bastante obsesiva y fijada en otro ser humano, pero no amor. Yo creo que no fue amor. No sé que es el amor, no fue amor en cualquier caso. Fue otra cosa. Se ha ido. Dura poco eso que puede llegar a confundir, no se va del todo, es cierto, pero ya no está gobernando constantemente la percepción de las cosas. Se ha ido diluyendo esa forma desconcertante de obsesión. La ciudad se había convertido en un laberinto, un laberinto enrevesado, retorcido, perverso. Caminaba por las calles siguiendo, buscando que el azar, que siempre juega a su antojo y no al de mis deseos, me la cruzase de repente en cualquier acera, con su gesto desprevenido; pero nunca salió ese número. Cada esquina, cada instante era una posibilidad, el tablero me parecía inmenso y yo barajaba absurdas posibilidades, variaciones infinitas de un encuentro que jamás se dio. Nunca volvía a casa o volvía tarde, desgastado de andar buscando ese azar cabrón que jamás bajó la guardia, porque el azar, de repente, me parecía un espíritu burlón que me desplazaba por calles, por esquinas; sabiendo, bajo su sonrisa, que jamás la encontraría. Luego llegaba a casa, exhausto, fatigado, agitado, bajo una forma compleja y poco evidente de tristeza y me sentaba. Jamás sonó el teléfono, jamás. Jamás escribió desde aquella última vez. La casa permanecía a oscuras, caliente, irritante y me concentraba en esa ballena ajena que era el ritmo de mi respiración sonando. Podía perder mucho tiempo concentrado en ese ritmo que me terminaba pareciendo ajeno: la percusión remota de una celebración pagana. Mi cabeza se sumía en imágenes lisérgicas, frenéticas, tremendas y era imposible conciliar el descanso. Iba sucediendo como una nada la madrugada. Una nada cabalgando, una nada pesada, amorfa, pero una nada que se imponía en toda la casa. Amanecía, apenas percibía el físico. Miraba el reloj y esperaba. No sé que esperaba. Afuera la luz se iba imponiendo y algo trasmitía a mis sensaciones la ciudad despertando, el ritmo creciente de la mañana en la ciudad. Concebía la ciudad como una masa repleta de pequeños movimientos, de infinitas variaciones, decisiones que se enrevesaban y no llegaban a nada o llegaban, definitivamente, a la nada. Entonces me volvía su imagen, pero era una imagen difusa, no del todo concreta, la forma del pelo, la mirada lejana, esquinas inapreciables y algo modificadas. Volvía no su imagen sino una abstracción profunda de su imagen. Me ponía en píe. Barajaba posibilidades, me negaba reacciones, me prohibía acciones. Fumaba, tomaba café, me vestía concienzudamente, como el que espera el instante definitivo de su vida. Salía a la calle, a la desquiciante e inabarcable calle. Casi sorteaba la dirección a seguir. Ella no tenía una forma de vida fija y encontrarla no dependía de una ruta fija. La ciudad, toda, era parte del juego. Giraba en esquinas, volvía a plazas, miraba portales, coches, gente saliendo del metro. Jamás la encontré. Jamás descubrí el modo, la estructura a seguir para comprender aquel juego terrible. A veces, a media tarde, creía comprender. Hay una hora en que todo parece completamente nuevo, tiene que ver con el sol perdiéndose y la gente empezando una forma nueva de vida, repentina, liberada. Me entretenía con la luz del atardecer cayendo y dando un tono amable al asfalto, el ritmo de coches volviendo. Había algo que dejaba de pertenecerme corporalmente. Creí pensar que dejaba de ser yo o que volvía a ser yo antes, mucho antes, doscientos años antes, tres mil años antes o seis mil años después y me daba por sentir que ya no estaba, que había dejado de transitar. Alguna noche seguía andando. Buscaba algo para tomar. Me sentaba en terrazas vacías donde el camarero tardaba mucho en salir y era incomprensible que tardara en tanto en salir. Bebía cerveza y esperaba a que se consolidara la noche. Me imaginaba que el azar era un tipo, un tipo bien parecido, un tipo manipulador, poco honesto y bromista pero con poco sentido del humor hacia él. Una noche caminé por un barrio periférico, recién construido, vacío, poco arbolado. Creí verla pasar en un coche, en un coche azul, seria, con una mujer mayor al volante. Creí verla y pensé en correr, pero en seguida dudé. Me senté en un banco incomprensible, de forma extraña, y barajé todas las posibilidades, o muchas de ellas, repartí cartas mentalmente y concluí que no era ella. Seguí caminando. Subí a un autobús vacío, le pregunté al conductor si llevaba al centro. Contestó que sí. Conducía lentamente, como si estuviera evitando llegar a su destino. Iba oyendo algo inaudible en un radio pequeña. Apenas se distinguía un murmullo constante. Apenas había coches hasta que llegamos a la avenida ancha que baja del norte al centro. Había muchos más coches, muchos, todos adelantando al autobús. Al principio los conté, pero eran tantos que perdí la cuenta. Me bajé en un barrio cerca de casa. Caminé. Ese día pensé por primera vez que no era amor. Lo pensé mucho rato. Mientras por las aceras, esporádicamente pasaba gente, pensé que no era amor. Llegué a casa. Hubo algo, inevitablemente, de fin del juego. No obstante jugué algunas rondas más. Lo curioso, lo desconcertante es pensar que jamás la encontré y muchas veces me he preguntado como se encuentra a alguien, que truco, que camino hay para encontrar a alguien al azar. Cruzarse de repente, en una esquina, en cualquier calle. De repente y ya. Creo que con eso me hubiera bastado.

Días de verano

En la enorme laxitud de la época, sucedían pocas cosas reseñables. Había tardes en las que pensaba que a veces uno está en tormentas imperceptibles, en agujeros, en ciclos inmensamente superiores a uno y que simplemente eres arrastrado por millones de toneladas de materiales milenarios. No sucedía nada, lentamente dejaba de ser joven y pensaba, cuando pensar es un acto algo tortuoso y cansino. Leía sin demasiada atención y buscaba formas de refugio en rincones de la ciudad, iba a parques, iba a zonas lejos de casa en busca de algo que sabía de antemano que no encontraría. Empecé a pasar las tardes en la piscina. Una piscina poco visitada que había en el norte de la ciudad. Me sentaba en el borde y remojaba los pies. Iba muy poca gente y la que iba era siempre la misma. Había un tipo gigante, un tipo muy gordo y alto que llegaba siempre a la misma hora, se lanzaba al agua, hacía unos cuantos largos y se iba. La repetición de sus gestos, de sus actos, se convirtió en algo hermoso de contemplar. Algo internamente, parecido al cariño, fue creciendo en mi. Había algo casi entrañable en su monotonía. Nunca me atrevía a hablar con él. No hablaba con nadie, ni con aquellas dos chicas que tomaban el Sol sin hablar y que se daban brevísimos baños, tampoco con el socorrista que parecía sumido en un silencio atronador, como si jamás estuviera presente, salvo corporalmente, en aquella piscina. A veces cada dos o tres tardes aparecía una mujer con un chico pequeño. El niño apenas sabía nadar, pero era atrevido. La mujer le miraba con conmovedora ternura y sólo algunas veces se lanzaba al agua. Aquella mujer parecía feliz, únicamente, cuando se sumergía, los pocos segundos que todo su cuerpo estaba metido bajo el agua. Buceaba y salía con cara absolutamente relajada, jugueteaba con el chico y volvía a salir, donde, de nuevo, una cara marcada por una forma inabarcable de tristeza se imponía en sus gestos. Lo curioso de aquella piscina es que nadie se hablaba entre sí, como si hubiera un acuerdo de no intimar. Una tarde me fui al vestuario para ducharme y volver a casa o algún lado lejos de casa. Mientras me cambiaba apareció el hombre gigante. Saludó educadamente y se duchó. Nos vestimos casi a la vez. Inevitablemente adapté mi velocidad para salir del recinto a la vez que él. Siempre fui por detrás. Ya en la calle vi que caminaba pausadamente y le seguí. No sé porque le seguí. En la siguiente esquina la mujer con el chico le esperaban. El hombre gordo saludó a la mujer con un beso cariñoso y con una caricia en el pelo al chico. Se fueron andando despacio. Me monté en mi bicicleta y fui caóticamente hasta casa. Me desvié por muchas calles, alargando el camino. Se hizo de noche, pero seguía haciendo calor. Inevitablemente en todo había una sensación rítmica, un tipo corriendo con su perro, una pareja patinando y deslizándose por el asfalto mientras caía la noche, unos chicos besándose en el cesped de un parque, dos señoras paseando lentamente. Al llegar a casa abrí las ventanas. Los vecinos parecían haberse escapado a otro mundo, el suelo de la casa estaba caliente y me lancé buscando algo de fresco. No dormí hasta muy tarde que soñé con una tipa que hacía años que no veía y que me produjo una forma poco concreta de melancolía al despertar.

martes, junio 28, 2011

El otro

Aquí está mi viejo amigo. Ha vuelto en silencio. Hace calor y ha debido saltar por la ventana abierta en algún momento de despiste. Da igual. Me acostumbré en otras épocas a él. Mohíno, callado, falso. Se sienta en el salón y no dice nada. A veces intercambiamos alguna palabra, alguna pregunta sobre el tiempo, sobre las temperaturas de estos días, sobre las noticias destacadas del día o sobre la subida de los precios. Yo me muevo por la casa, nunca estoy quieto. El se queda quieto y le da a todo una aire raro de mentira. A veces no me lo creo, no me creo su presencia, pero está. Cuando desaparece lo hace sigilosamente. Aparece y desaparece del mismo modo, sin motivo aparente. No le necesito, nunca le echo de menos. Su presencia me perturba a pesar de su silencio. Cuando está las cosas parecen no estar sucediendo del todo o parecen vigiladas, como si todo estuviera siendo juzgado, sin embargo es cierto que no emite juicios, pero cada uno de mis movimientos parecen tener una reacción invisible que yo creo percibir, una opinión que altera el resto de mis decisiones, que afecta cada uno de mis pasos. Está quieto, callado y yo creo estar viendo reacciones de las que tampoco estoy seguro. Como si en vez de emitir palabras o gestos, emitiera esencias que fueran los juicios que yo creo estar percibiendo. Su quietud, su impasibilidad me altera. Hay tensión y la tensión no se ve. La tensión no se mide. La tensión es la noche. Entra el calor y el está sentado. A veces cierra los ojos, como si estuviera quedándose dormido por la modorra, por el calor; pero yo sé que no duerme, que esta despierto, que maquina. Nunca he sabido que maquina, que es lo que espera. Nunca hay reacción, la reacción sucede en mi. Me hace reaccionar a mi, me cohibe. Dirige silenciosamente esta enorme insatisfacción.

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