viernes, julio 08, 2011

El otro, el mismo.

Fui más joven. Fui más inseguro y algo más incauto. Fui menos feliz y más eufórico. Fui igual de emocional. Fui menos experto y menos modesto. Fui más salvaje y más primitivo. Fui más libre y estaba igual de atado a los sentimientos. No había sosiego. Había menos indecisiones. Había más empatía y menos distancia. Fui menos misántropo y más asocial. Fui más irreflexivo y más valiente. Fui más egocéntrico y me importaba menos yo mismo. Fui fumador. Bebía más. Había menos reglas. Fui algo más idealista, pero igual de melancólico. Fui hijo, ahora soy padre. Fui menos huraño. Había visto menos horrores, menos dolores, menos muertes, pero jamás había visto a mi hija, lo que significa que no había visto o no había comprendido el sentido absoluto y total del amor, tampoco de la vida.


jueves, julio 07, 2011

La esquina de la barra

Las cosas rutinarias no te las planteas. Me sentaba en esa esquina de la barra porque, sin saberlo, se había convertido en el punto central de mi vida. Cogía el periódico que deambulaba por el bar sin un destino concreto y me pedía un café. Me gustaba esa esquina de la barra sin saber que me gustaba; me sentaba ahí como el que entiende que es ahí donde debe ir, sin más discusión, sin otro argumento. Las rutinas son incontables. Se repiten los actos un día y otro, posiblemente sin saberse que se están repitiendo. El bar me gustaba por la cercanía y porque no ponían música de fondo, el gran terrorismo del siglo 21. Había silencio roto cada poco por los platos chocando, por el murmullo de alguna conversación. No había televisión emitiendo luces anárquicas, ni altavoces soltando música salchicha. Era un bar cualquiera para tomar café, por eso repetía diariamente. La primera vez que me fijé en ella estaba algunos metros más allá, donde empezaba la curva incomprensible de la barra, esa curva que no terminaba de formarse, ese giro apreciable pero indiferente de la barra que no aportaba nada ni al diseño ni a la totalidad del local. Ella tomaba café y cogió el periódico antes que yo. La segunda vez la vi porque, cuando entré, estaba sentada en mi esquina. Me senté donde ella había estado la vez anterior y pedí mi café con una sensación desconcertante de incomodidad y desubicación. La tercera vez pasó lo mismo y comprendí que había sido destronado de la esquina. Asumí que mi nuevo lugar en la barra era ese giro absurdo donde empezaba la curva y pedí café. La rutina dio su giró. Cada día, ahora, era nuevamente distinto. Ella en mi vieja esquina, yo en la curva, los dos pidiendo café, la batalla no declarada por el periódico. La rutina, de repente, fue esta. Desde mi curva, no obstante, la miraba. Fui comprendiendo la rutina de su ropa. Fui conociendo sus vestidos, sus faldas, las distintas y sutiles formas de maquillarse. Desde la curva, la curva rara, pensaba en cuantas tazas de café iban a hacer falta para hablar con ella, para cambiar, de nuevo la rutina a otra cosa por descubrir. Fueron pasando tazas, luchas desconocidas, titánicas, maquiavélicas por el periódico y sin apreciarse, yo fui girando la curva, deshaciéndola y un día finalmente terminé realmente cerca de la vieja esquina y desde ahí conocí su portal, su calle, conocí su casa, conocimos países juntos, conocí lunares, conocí a su hermana, conocí otras calles, conocí su lavabo, la forma de sus dientes, conocí sus ollas, su cubertería, la alfombra guardada en el armario que quitó y jamás volvió a poner, conocí sus rutinas que se terminaron pareciendo a mis rutinas, conocí su coche, conocí todos sus olores, conocí otras formas de su carácter, un día conocí su voz más aguda, más alta, mas tremenda, conocí su resentimiento, conocí el vacío, un vacío que parecía que no se acababa, por donde caía una piedra que no tocaba suelo, conocí que no la conocía y la fui dejando de conocer y finalmente, reconocí la esquina de la barra, donde, de nuevo, cada mañana me sentaba, a solas, a tomar café.

martes, julio 05, 2011

Cuatro por cuatro.

Sería increíble meter ritmo al texto, pero no un ritmo marcado en comas, pausas, puntos, prolongaciones. No el ritmo de lo que se va contando, sino meter ritmo, percusión, esto que escucho y que no logra trasladarse al texto. Esta contundencia que te hace caminar más enérgico, esa visceralidad que viene de la sangre. Si este texto tuviera ritmo cabalgaría de otro modo y seguramente lo que se va escribiendo tendría otro sentido, otra intensidad, otra claridad. No hay posibilidad de hacerlo, de saltar a ese lado. Este texto es arrítmico.

lunes, julio 04, 2011

El beneficio de la invención

Tu sabes como es Gregorio Marañón por arriba. Yo de momento sólo he pasado en metro. Un día voy a salir fuera, porque llevo cuatro semanas pasando en Metro por Gregorio Marañón y quiero ver el exterior. Es lo extraño de llegar a vivir a una ciudad nueva, que no sabes como es esa ciudad, que desconoces la mayoría del terreno. También paso por Nuevos ministerios. Un día de estos, esta misma semana voy a ir por fuera, verle la cara a las estaciones. Nuevos ministerios me imagino edificios altos, de cristal, superpuestos unos con los otros, calles largas y muy lineales. ¿Es así? Gregorio Marañón me lo imagino como Avenida Figueroa Alcorta, como si en Madrid hubieran puesto Avenida Figueroa Alcorta entera, una calle sobre otra, pegada. Hay una esquina de allá que recuerdo, hace muchos años, que caminé con un amigo, Lucio. Lucio quería ser poeta y terminó siendo comercial de una marca de agua mineral. Recuerdo caminar con Lucio por esa esquina donde había un edificio blanco, elegante y Lucio me decía incendiado que un día terminaría un libro de poemas sobre la basura. Yo no sé que obsesión tenía Lucio con la basura. Decía que la basura, tu basura, la basura de cada uno, nos describía, nos definía porque la basura era nuestra frontera, lo que marcaba nuestra identidad hacia adentro. Los límites de tu moral, de tu ética, los límites de tu higiene. Lucio caminaba por Figueroa Alcorta y se arrimaba a los contenedores de basura y la miraba y anotaba cosas en un cuaderno. Estudio de campo, lo llamaba. Yo le decía que la poesía no requería, quizá, de estudios de campo, que la poesía tenía que ver más con guerras invisibles, con batallas campales inexistentes, pero Lucio consideraba que yo era lo más alejado del mundo a la poesía y no me escuchaba. Ahora paso por las mañanas por Gregorio Marañón y baja mucha gente del metro y yo me les imagino saliendo del metro y entrando en Figueroa Alcorta. Tengo ganas de ver esas calles por arriba, lo extraño de llegar a una ciudad nueva es que no entiendes su forma y caen nombres sin imagen y tú le pones imagenes y se mezclan calles y nombres. Paso por Gregorio Marañón y no sé como es Gregorio Marañón y tengo ganas de saber como es, pero por otro lado y ¿si nunca lo veo? ¿si me quedo con mi imagen de Figueroa Alcorta proyectada sobre Gregorio Marañón? Es extraño, retorcido, pero de algún modo me da el beneficio de la invención.

domingo, julio 03, 2011

Charla

.- Tampoco soy de allí. Nunca de aquí, pero de allí también se deja de ser. Eres esto, eres de esto, o demás es accesorio. Somos de esto: de esta madrugada pausada, de estos tragos, del silencio que hay en este pueblo a esta hora. Cuando se sale, no entras. Es mentira que entras, que vuelves. El abismal vértigo de salir es que todo eso se desvanece, deja de existir. Uno se enquista a una realidad, la asume, se la inventa, le rellena totalmente, pero si la dejas ya no vuelvas nunca a buscarla, se acabo. No vuelvas, porque siempre estarás fuera, pero un afuera extremadamente confuso, desolador. Si sales y no vuelves asumes que esto es un absoluto invento. Hace dos meses desconocía este pueblo, pisé las calles por primera vez, no sabía donde estaba el norte, donde estaba el sur, no sabía que esta calle terminaba en la avenida por donde pasa el bus que agarro para ir a trabajar a la ciudad, no sabía que esto existía hace un año ya hora mírame, estoy contigo aquí, justo aquí, dentro de esto, por más que vuelva ya no volveré; porque allí ya estará, sumado, esto también y ya no será volver a aquello, será salir de aquí, salir de allí, salir. Siempre estamos saliendo, eso es lo que descubres cuando sales por primera vez. Jamás entras ya. Uno piensa que esto es lo que hay, no es así. Es esto más todo lo demás y todo lo demás es inabarcable. ¿Quieres que paseemos? Es agradable el pueblo a esta hora. Me gusta la calma de este pueblo y de noche se queda detenido. Vayamos. Desde que llegué salgo todas las noches. Me gusta esta primera esquina. Esa casa con el jardín bonito. Este camino baja hasta la estación de tren, todo tiene su pequeño sentido. Estas calles tranquilas, el sosiego absoluto. Paseo todas estas noches por aquí. Espero una forma de inspiración. Una inspiración vital. Nunca la consigo, da igual. Lo que me gusta es pasear despacio y esperarla. Notar el olor de los jardines arreglados de las casas más caras. Ese gato que pasa. Son curiosos los gatos. Yo soy de perros. El mío es amable, tranquilo. Nos respetamos. Tienen un carácter que si bien es distante al del humano, mantienen la cordialidad o lo que el ser humano entiende por cordialidad. Los gatos no me disgustan, pero prefiero a los perros. Asumo, es cierto, que la relación con el perro no es de igual a igual. Es importante asumir eso, hay quien lo confunde y proyecta. Todas las noches, casi se ha hecho costumbre, paseo a esta hora, tan tarde. Yo soy de dormir poco y de pensar mucho y de madrugada este pueblo parece un escenario abandonado, pero eso, contrario a lo que pueda parecer, es enormemente cálido. Por eso me gusta notar la enorme pausa y pensar. Y pienso en locuras, esas cosas que un piensa y cree que son reflexiones importantes y luego olvida, inmediatamente o a las horas. Se olvidan. Son pensamientos cigarro. Se disfrutan, son adictivos, pero se deshacen en humo. Y aquí es donde uno concluye, paseando después de llevar dos meses viviendo aquí que ya nunca entraré, que las puertas cruzadas no se abren de regreso. Es como los libros, no vuelves atrás buscando leer con la inocencia y el desconocimiento primero, vuelves sabiendo que ya después sucede otra cosa y si vas es por comprender algo, que sé yo. ¿Volvemos? Podemos tomarnos la última.

viernes, julio 01, 2011

Lluvia

Es como cuando no llueve pero tú sientes que está lloviendo. Anochece y es verano y te parece que está cayendo un tormentón, que revienta con salvajismo el agua contra el asfalto y se cuela la humedad, huele a humedad, hay humedad en los cristales, en las nucas, en los pasillos de los edificios. Sientes que está cayendo una masa incalculable de agua y sin embargo no llueve. Anochece y no llueve a pesar de lo que tú te creas. Como cuando hueles algo que te recuerda a otro lugar y de repente ese lugar te parece el otro lugar, se superponen y te desubican las capas de lugares y épocas superpuestas, porque el olor te ha trasladado brutalmente al otro lugar, a la otra época. Y no sabes muy bien que está sucediendo, como cuando llueve pero no llueve. Es como cuando besas a alguien pero inevitablemente viene otra cara y cuando te separas unos milímeteros las caras se entremezclan, como un cristal que refleja una cara sobre otra cara. Durante dos, tres o medio segundo, esa persona es la otra persona. Hay un gesto de esta que es la otra y ¿quién sabe? ¿quién no duda? Llueve, no llueve, pero está lloviendo y hace tanto calor y la nuca está empapada. Huele a tormenta de verano, huele a esa humedad que aún no viene pero que va a venir, ese delirio de olores cuando todo se empapa después del calor. Sube un vaho invisible desde las aceras, desde el suelo, desde las calles, es la humedad de la lluvia que está cayendo. Ya es de noche o quizá, ni siquiera es de noche. Hay una luz al principio de la mañana que parece la luz del final de la tarde, es exacta pero distinta y si te soltaran de repente ahí, en medio de la esa luz, sin saber en que posición estas, ni en que hora, no sabrías si amanece o anochece. Está lloviendo. Anochece. Era ella, lo juro que por segundos fue ella.

miércoles, junio 29, 2011

Tablero

No sé si lo llamaría amor. Amor, esa palabra. No era amor, era una confusión, pero amor; tampoco estoy seguro de saber que es el amor. Hubo un desorden, una forma emocional de caos, una desubicación sensorial, la imposición extraña de una forma de realidad bastante obsesiva y fijada en otro ser humano, pero no amor. Yo creo que no fue amor. No sé que es el amor, no fue amor en cualquier caso. Fue otra cosa. Se ha ido. Dura poco eso que puede llegar a confundir, no se va del todo, es cierto, pero ya no está gobernando constantemente la percepción de las cosas. Se ha ido diluyendo esa forma desconcertante de obsesión. La ciudad se había convertido en un laberinto, un laberinto enrevesado, retorcido, perverso. Caminaba por las calles siguiendo, buscando que el azar, que siempre juega a su antojo y no al de mis deseos, me la cruzase de repente en cualquier acera, con su gesto desprevenido; pero nunca salió ese número. Cada esquina, cada instante era una posibilidad, el tablero me parecía inmenso y yo barajaba absurdas posibilidades, variaciones infinitas de un encuentro que jamás se dio. Nunca volvía a casa o volvía tarde, desgastado de andar buscando ese azar cabrón que jamás bajó la guardia, porque el azar, de repente, me parecía un espíritu burlón que me desplazaba por calles, por esquinas; sabiendo, bajo su sonrisa, que jamás la encontraría. Luego llegaba a casa, exhausto, fatigado, agitado, bajo una forma compleja y poco evidente de tristeza y me sentaba. Jamás sonó el teléfono, jamás. Jamás escribió desde aquella última vez. La casa permanecía a oscuras, caliente, irritante y me concentraba en esa ballena ajena que era el ritmo de mi respiración sonando. Podía perder mucho tiempo concentrado en ese ritmo que me terminaba pareciendo ajeno: la percusión remota de una celebración pagana. Mi cabeza se sumía en imágenes lisérgicas, frenéticas, tremendas y era imposible conciliar el descanso. Iba sucediendo como una nada la madrugada. Una nada cabalgando, una nada pesada, amorfa, pero una nada que se imponía en toda la casa. Amanecía, apenas percibía el físico. Miraba el reloj y esperaba. No sé que esperaba. Afuera la luz se iba imponiendo y algo trasmitía a mis sensaciones la ciudad despertando, el ritmo creciente de la mañana en la ciudad. Concebía la ciudad como una masa repleta de pequeños movimientos, de infinitas variaciones, decisiones que se enrevesaban y no llegaban a nada o llegaban, definitivamente, a la nada. Entonces me volvía su imagen, pero era una imagen difusa, no del todo concreta, la forma del pelo, la mirada lejana, esquinas inapreciables y algo modificadas. Volvía no su imagen sino una abstracción profunda de su imagen. Me ponía en píe. Barajaba posibilidades, me negaba reacciones, me prohibía acciones. Fumaba, tomaba café, me vestía concienzudamente, como el que espera el instante definitivo de su vida. Salía a la calle, a la desquiciante e inabarcable calle. Casi sorteaba la dirección a seguir. Ella no tenía una forma de vida fija y encontrarla no dependía de una ruta fija. La ciudad, toda, era parte del juego. Giraba en esquinas, volvía a plazas, miraba portales, coches, gente saliendo del metro. Jamás la encontré. Jamás descubrí el modo, la estructura a seguir para comprender aquel juego terrible. A veces, a media tarde, creía comprender. Hay una hora en que todo parece completamente nuevo, tiene que ver con el sol perdiéndose y la gente empezando una forma nueva de vida, repentina, liberada. Me entretenía con la luz del atardecer cayendo y dando un tono amable al asfalto, el ritmo de coches volviendo. Había algo que dejaba de pertenecerme corporalmente. Creí pensar que dejaba de ser yo o que volvía a ser yo antes, mucho antes, doscientos años antes, tres mil años antes o seis mil años después y me daba por sentir que ya no estaba, que había dejado de transitar. Alguna noche seguía andando. Buscaba algo para tomar. Me sentaba en terrazas vacías donde el camarero tardaba mucho en salir y era incomprensible que tardara en tanto en salir. Bebía cerveza y esperaba a que se consolidara la noche. Me imaginaba que el azar era un tipo, un tipo bien parecido, un tipo manipulador, poco honesto y bromista pero con poco sentido del humor hacia él. Una noche caminé por un barrio periférico, recién construido, vacío, poco arbolado. Creí verla pasar en un coche, en un coche azul, seria, con una mujer mayor al volante. Creí verla y pensé en correr, pero en seguida dudé. Me senté en un banco incomprensible, de forma extraña, y barajé todas las posibilidades, o muchas de ellas, repartí cartas mentalmente y concluí que no era ella. Seguí caminando. Subí a un autobús vacío, le pregunté al conductor si llevaba al centro. Contestó que sí. Conducía lentamente, como si estuviera evitando llegar a su destino. Iba oyendo algo inaudible en un radio pequeña. Apenas se distinguía un murmullo constante. Apenas había coches hasta que llegamos a la avenida ancha que baja del norte al centro. Había muchos más coches, muchos, todos adelantando al autobús. Al principio los conté, pero eran tantos que perdí la cuenta. Me bajé en un barrio cerca de casa. Caminé. Ese día pensé por primera vez que no era amor. Lo pensé mucho rato. Mientras por las aceras, esporádicamente pasaba gente, pensé que no era amor. Llegué a casa. Hubo algo, inevitablemente, de fin del juego. No obstante jugué algunas rondas más. Lo curioso, lo desconcertante es pensar que jamás la encontré y muchas veces me he preguntado como se encuentra a alguien, que truco, que camino hay para encontrar a alguien al azar. Cruzarse de repente, en una esquina, en cualquier calle. De repente y ya. Creo que con eso me hubiera bastado.

Días de verano

En la enorme laxitud de la época, sucedían pocas cosas reseñables. Había tardes en las que pensaba que a veces uno está en tormentas imperceptibles, en agujeros, en ciclos inmensamente superiores a uno y que simplemente eres arrastrado por millones de toneladas de materiales milenarios. No sucedía nada, lentamente dejaba de ser joven y pensaba, cuando pensar es un acto algo tortuoso y cansino. Leía sin demasiada atención y buscaba formas de refugio en rincones de la ciudad, iba a parques, iba a zonas lejos de casa en busca de algo que sabía de antemano que no encontraría. Empecé a pasar las tardes en la piscina. Una piscina poco visitada que había en el norte de la ciudad. Me sentaba en el borde y remojaba los pies. Iba muy poca gente y la que iba era siempre la misma. Había un tipo gigante, un tipo muy gordo y alto que llegaba siempre a la misma hora, se lanzaba al agua, hacía unos cuantos largos y se iba. La repetición de sus gestos, de sus actos, se convirtió en algo hermoso de contemplar. Algo internamente, parecido al cariño, fue creciendo en mi. Había algo casi entrañable en su monotonía. Nunca me atrevía a hablar con él. No hablaba con nadie, ni con aquellas dos chicas que tomaban el Sol sin hablar y que se daban brevísimos baños, tampoco con el socorrista que parecía sumido en un silencio atronador, como si jamás estuviera presente, salvo corporalmente, en aquella piscina. A veces cada dos o tres tardes aparecía una mujer con un chico pequeño. El niño apenas sabía nadar, pero era atrevido. La mujer le miraba con conmovedora ternura y sólo algunas veces se lanzaba al agua. Aquella mujer parecía feliz, únicamente, cuando se sumergía, los pocos segundos que todo su cuerpo estaba metido bajo el agua. Buceaba y salía con cara absolutamente relajada, jugueteaba con el chico y volvía a salir, donde, de nuevo, una cara marcada por una forma inabarcable de tristeza se imponía en sus gestos. Lo curioso de aquella piscina es que nadie se hablaba entre sí, como si hubiera un acuerdo de no intimar. Una tarde me fui al vestuario para ducharme y volver a casa o algún lado lejos de casa. Mientras me cambiaba apareció el hombre gigante. Saludó educadamente y se duchó. Nos vestimos casi a la vez. Inevitablemente adapté mi velocidad para salir del recinto a la vez que él. Siempre fui por detrás. Ya en la calle vi que caminaba pausadamente y le seguí. No sé porque le seguí. En la siguiente esquina la mujer con el chico le esperaban. El hombre gordo saludó a la mujer con un beso cariñoso y con una caricia en el pelo al chico. Se fueron andando despacio. Me monté en mi bicicleta y fui caóticamente hasta casa. Me desvié por muchas calles, alargando el camino. Se hizo de noche, pero seguía haciendo calor. Inevitablemente en todo había una sensación rítmica, un tipo corriendo con su perro, una pareja patinando y deslizándose por el asfalto mientras caía la noche, unos chicos besándose en el cesped de un parque, dos señoras paseando lentamente. Al llegar a casa abrí las ventanas. Los vecinos parecían haberse escapado a otro mundo, el suelo de la casa estaba caliente y me lancé buscando algo de fresco. No dormí hasta muy tarde que soñé con una tipa que hacía años que no veía y que me produjo una forma poco concreta de melancolía al despertar.

martes, junio 28, 2011

El otro

Aquí está mi viejo amigo. Ha vuelto en silencio. Hace calor y ha debido saltar por la ventana abierta en algún momento de despiste. Da igual. Me acostumbré en otras épocas a él. Mohíno, callado, falso. Se sienta en el salón y no dice nada. A veces intercambiamos alguna palabra, alguna pregunta sobre el tiempo, sobre las temperaturas de estos días, sobre las noticias destacadas del día o sobre la subida de los precios. Yo me muevo por la casa, nunca estoy quieto. El se queda quieto y le da a todo una aire raro de mentira. A veces no me lo creo, no me creo su presencia, pero está. Cuando desaparece lo hace sigilosamente. Aparece y desaparece del mismo modo, sin motivo aparente. No le necesito, nunca le echo de menos. Su presencia me perturba a pesar de su silencio. Cuando está las cosas parecen no estar sucediendo del todo o parecen vigiladas, como si todo estuviera siendo juzgado, sin embargo es cierto que no emite juicios, pero cada uno de mis movimientos parecen tener una reacción invisible que yo creo percibir, una opinión que altera el resto de mis decisiones, que afecta cada uno de mis pasos. Está quieto, callado y yo creo estar viendo reacciones de las que tampoco estoy seguro. Como si en vez de emitir palabras o gestos, emitiera esencias que fueran los juicios que yo creo estar percibiendo. Su quietud, su impasibilidad me altera. Hay tensión y la tensión no se ve. La tensión no se mide. La tensión es la noche. Entra el calor y el está sentado. A veces cierra los ojos, como si estuviera quedándose dormido por la modorra, por el calor; pero yo sé que no duerme, que esta despierto, que maquina. Nunca he sabido que maquina, que es lo que espera. Nunca hay reacción, la reacción sucede en mi. Me hace reaccionar a mi, me cohibe. Dirige silenciosamente esta enorme insatisfacción.

jueves, junio 23, 2011

Experimental

Este cuento trata de un cuento que quiere ser cuento siendo únicamente un cuento. Finalmente el cuento no es cuento porque no logra ser únicamente un cuento, entonces este cuento, que no es cuento, se acabó.

FIN DEL CUENTO

miércoles, junio 22, 2011

Una tarde en la tierra

Compré un refresco de litro en la bodega de mi calle. Subí la calle, entré en el portal y llamé al ascensor. Al abrir la puerta apareció el vecino del quinto, que es un tipo extrañamente alto y flaco. No saludó, como siempre hace, y me miro como el que ve una abeja en mitad del desierto. Entré en el ascensor, me miré en el espejo. Pensé que debía cortarme el pelo, agité la cabeza, me apreté el pómulo izquierdo imaginándome como sería mi cara si no fuera exactamente esa cara. Luego pensé que cada vez me parecía más a mi tío L y en mitad de un gesto fugaz se empezó a abrir la puerta, me giré rápido por si al abrir la puerta había algún vecino, pero no había nadie y caminé el pasillo. Pasé las puertas de los vecinos. Abrí la puerta de casa, me quité las zapatillas en la entrada, pensé que había algo enigmático en casa en ese momento, un secreto de guarida. Abrí la ventana, abajo había poco tráfico y pensé en la remota posibilidad de haberme adelantado en el tiempo y verme, de repente, venir, minutos antes, por el mismo camino que lo había hecho yo; pero esas cosas, por suerte o desgracia, no suceden salvo en literatura o suceden y no lo vemos o no lo olemos, porque cabe la posibilidad de que en el fondo no seamos más que la representación visual de los olores. Me senté, abrí la botella de refresco, bebí un par de sorbos y eructé. Calculé el dinero que me quedaba, llegué a la conclusión de que o me buscaba otro trabajo o cambiaba de forma de vida. Me hubiera gustado que empezase a llover, una lluvia de esas torrenciales que duran poco más de cinco minutos, pero no iba a llover. Me quité la camiseta, un pensamiento anárquico me llevó a lanzarla por la ventana abierta. Imaginé el vuelo de la camiseta hasta el suelo, pasando fugazmente por las ventanas de mis vecinos. Sentí una forma de alivio, una forma rugosa de alivio, un alivio que parecía producirse revertido. Miré mis pies, pensé en los caminos que habían recorrido esos píes, pensé en las variaciones físicas de mis píes a lo largo de la vida; pensé que los píes, en cierta forma, son un libro, una autobiografía desgarrada. Los apoyé en el suelo y sentí distorsionadamente que tenía la capacidad de volar. Salté, me despegué del suelo y décimas de segundo después, los píes, mi autobiografía, se apoyaron en el suelo. Definitivamente no volaba.

martes, junio 21, 2011

Cero aciertos

Nunca se lo que va a pasar. A veces creo que mi intuición descifrará lo indescifrable, que adivinaré lo que vendrá, siguiendo, siempre una hilera imposible de acontecimientos creo desvelar el resultado de lo futuro; pero nunca acierto, nunca le doy a la diana. Nunca se que viene y jamás imaginé nada de esto. Ahora, este ahora, nada tiene que ver con lo que visualizamos aquellos días en coche, aquellas tardes metidos en la playa, aquellos lentos atardeceres de ese verano. El agua estaba tan apetecible que nunca salíamos y yo solté un discurso sobre lo que vendría y sobre como manejaríamos ese futuro cuando ya fuera presente. Da igual ahora, este ahora, pero en aquel momento estaba convencido de que sería así. Las tardes de verano te dan una lucidez ciega, el verano es irrealidad porque es imposible que todo sea siempre tan suave, tan delicado. Y yo que creí ver en esa playa la intuición real, estaba convencido de que lo estaba viendo, como una bruja infalible. Lo vi, vi todo el invierno que llegaría, todos los veranos siguientes, los vi todos y creí que sería así, por eso narré y dije lo que sucedería y los viajes que haríamos cada verano, y vi más, sin prisas, vi más cosas y creí que sería así. Estaba convencido de estar viéndolo, estaba seguro que conocía lo que iba a pasar y no pasó nada. No fue así. Fue radicalmente distinto, porque nunca acierto, porque nunca gano, porque siempre fallo y mi intuición camina con palo y dando golpes a los bordillos de las aceras. Nada fue así. No se pareció en nada.

lunes, junio 20, 2011

D en el agua

En D las escamas apenas son visibles. Se desliza por el agua con la sabiduría del que viene con la experiencia aprendida hace varios siglos, flotando por la superficie, adaptando con maestría las formas de su tronco a las volátiles formas del agua, subidas, crecidas, intensidades distintas. Para D la temperatura no es un problema, se adapta. No cierra los ojos porque no quiere perder detalle de cada suceso, de algunas revelaciones que parece ver en los reflejos del Sol reventando en el agua. D lee esos reflejos como si hubiera una narración milenaria que le estuviera siendo transmitida. Mira sin perder detalle, casi sin parpadear porque cada suceso acuático resulta reseñable para D. A veces sacude su cuerpo como esos peces que saltan y sacan el cuerpo fuera del agua, ella también refleja, entonces, el Sol y si se la mira, uno descubre la lectura de esa narración milenaria que ella tanto atiende insaciablemente, aprendiendo lo que no está escrito, lo que no es reflejado y uno ve esos reflejos hipnotizado, atraído por la inmensa belleza de ver el sol reventando en las escamas invisibles de D. Entonces D quiere entrar de nuevo al agua, ajena a la temperatura, concentrada y sintiendo la alegría inexplicable de sumergirse; y todo parece un espectáculo, un acontecimiento universal, porque resulta un prodigio el agua y el Sol y D, tan pequeña, metida en otro elemento. Como si todo, absolutamente, estuviera sucediendo ahí, en ese trozo de agua, en ese trozo de tierra, en ese lugar preciso del universo, iluminado por el Sol, en ese momento único de un verano en el que D se baña y disfruta. Entonces la recogo y la tapo y balbucea palabras intraducibles y me siento inabarcablemente feliz, en la plenitud.

Mil veces quieto

No ha llovido y no va a llover los próximos tres milenios. El sol se ha detenido a las ocho de la tarde y no va a anochecer, jamás va anochecer y ojalá nunca lo haga, ojalá todo se quedara así. Hoy he estado en la piscina y mientras buceaba he pensado en algo agradable, algo ligero, algo atemporal. Me gustaría haberme quedado más rato ahí, pero en seguida aparece, se instala ahí. ¿Cuánto tiempo dura esto? Que mas da el tiempo. Las duraciones son relativas y en este caso todo parece estático, o más que estático inexistente. Como si el tiempo, jamás, volviera a andar. El tiempo paralítico. El tiempo impedido. El tiempo que se ha estampado contra un muro y no camina, no tiene músculos sanos, todos los huesos rotos. El tiempo ya no camina y no cae la tarde y ojalá no caiga, porque luego llegará la noche con el tiempo paralítico y nada caminará, nada se moverá jamás y nunca vendrá lluvia que empape todo, el suelo, los cristales de los coches, las líneas de las carreteras, las piscinas abiertas. No habrá lluvia. Queda esto que es todo y todo lo demás es secundario. No queda lugar donde ir, porque con el tiempo paralítico nada se mueve, no hay esquinas remotas por alcanzar, no hay nuevos lugares. Se ha quedado todo en el sitio, en el mismo sitio. Se ha reventado todo en el instante en que M y F salieron de la cuneta. Ya no hay tiempo para ellos y a mi me parece que el tiempo se ha ido del todo. Nada volverá, porque nada vuelve y esta noche no va a llegar y ojalá no llegue.

domingo, junio 19, 2011

632

Tampoco tenía mucha prisa. Bastaba con esperar y dejar pasar la tarde. No se en que momento tomé la decisión de sentarme en esas escaleras a ver llegar a los andenes todos los autobuses que iban llegando de las afueras, cargados de gente tan alucinantemente distinta. Al principio traté de hacer una forma peculiar de estadística con la gente que bajaba de los autobuses y salía disparada al metro o salían a la calle. A veces me entretenía con alguien que caminaba a ritmo peculiar o contaba chicas que me parecían atractivas. Otras veces, de toda esa gente, miraba posibles formas vitales: Detectives, Locutores, tipos con problemas de alcohol, consumidores de speed, conductores de camiones. A veces trataba de descifrar la nacionalidad de esa gente fugaz que bajaba de los autobuses buscando un destino que en el fondo, todos, saben que no existe. Miraba los números de esos autobuses y sólo cada mucho aparecía el 632 y siempre, en cada aparición por los túneles de un 632 , había un vestigio de esperanza, de capa cinematográfica, de épica. En mi cabeza sucedía la posibilidad de que detrás del último de los ocupantes apareciera ella, que parecía haberse evaporado. Eran las primeras tardes de verano y el aire acondicionado estaba alto. Jamás aparecía, y en el fondo yo lo sabía, pero tampoco comprendo porque me sentaba en la escalera a esperar la nada. Como si aquello, en el fondo, fuera una forma amable de compañía. Entre estadísticas extrañas y pensamientos poco concretos sobre la civilización iban apareciendo con cierta constancia, los 632. Ni siquiera una vecina, ni siquiera una amiga, nadie bajaba de la parte de atrás de los 632. Como si ese mundo, su mundo, todos aquellos meses se hubieran desmoronado y no quedara rastro en la tierra de aquella presencia. A veces pensaba que aquello no duraría mucho, que serían unas cuantas tardes llenas de una vacía esperanza sentado en esa escalera, contando gente, chicas, poetas, escuchando palabras sueltas de conversaciones que pasaban, pero al final fui mucho tiempo allí, a esperar los 632 apareciendo al fondo del túnel y empecé a reconocer a algunas caras que se repetían día tras día, gente que repetía horarios y rutinas en sus direcciones al bajar de los autobuses. Gente que veía una vez y jamás volvía a pasar. Empecé a adivinar la aparición de los 632, pero también de los 655 y de los 620. Jamás apareció ella o alguien que viera que yo estaba ahí y que remotamente le dijera que yo había estado sentado allí. Pasaron tardes e inexplicablemente ella jamás pasó, ella que tanto uso hacía de esa línea, de ese estación. Nunca pasó. Un día bajé las escaleras y cogí un 628 que llevaba casi a la frontera del estado por el norte. Un pueblo que no conocía, paseé por allí, dormí en un parque. Al día siguiente bajé a la ciudad, crucé la estación y no volví. Inexplicablemente no volví.

sábado, junio 18, 2011

Manuel Becerra

En Manuel Becerra vi la luz. Una luz que venía del túnel del metro desde Ventas. Me quedé sentado en el andén, sabiendo que Manuel Becerra es lo más alejado de cualquier centro universal. Me gustaba la sensación de silbido. Ser un silbido decayendo por el eco del túnel. No me monté en el primer metro que pasó, tampoco en el segundo. Estaba con una sensación de agradable cansancio y la luz, una luz que no vi y que me hubiera gustado ver, pero que me pareció recibir después de una semana larga de trabajo y unos días extraños, parecía comunicar algo, un mensaje por la espalda. Me hubiera quedado todo el sábado en Manuel Becerra, pero cogí el tercer metro y me fui hasta Banco de España. El trayecto me pareció extremadamente rápido. Como si no hubiera pasado tiempo, sino que hubiera sido empujado instantáneamente de una estación a otra. Al salir en los pasillos de la estación vi a un tipo que tocaba terriblemente el violín y había algo en sus gestos que me parecía admirable, una especie de héroe desubicado, una revelación inexplicable. En los pasadizos que van por debajo de la plaza vi a un tipo envuelto en cartones que bebía de un cartón de leche. Salí, había turistas haciendo fotos, menos tráfico del habitual y una luz amarilla apagada que le daba a la media tarde la sensación de fin de ciclo. Imaginé que ese trozo de la ciudad eran otros trozos de ciudades. Recordé Caracas, un sonido indescriptible que tiene Caracas o como suena Caracas en mi cabeza. barajé la posibilidad de salir de fondo, casi desenfocado en la foto de algún turista y que dentro de treinta años esa foto alguien la ve y piensa en las épocas pasadas. Un extra de una época que se va quedando lejana. Bajé por el paseo del prado. Pensé que en algún momento algo cambiaría. Algo.

viernes, junio 17, 2011

Brisa

No hay brisa, pero hay la sensación de brisa. Una brisa invisible pero de un color extremadamente azul. Roza la piel sin rozar nada porque, realmente, no hay brisa. La brisa, esta brisa, parece otra forma de piel, la piel de alguien que anda por ahí, deambulando. Va todo tan lento ahora mismo y entra esa masa cálida por la ventana abierta y se escuchan platos chocar fuera, el murmullo constante de una televisión encendida. Hay veces que parece que no está todo aquí, como si faltaran trozos o hubiera más trozos de lo que parece y se desperdigan, deambulan. La última vez que la vi llevaba cara de preocupación, una preocupación lejana, como el que recuerda algo que sucedió muchos años antes y aún no ha aceptado el acuerdo de la memoria. Si lo pienso lo que más me envuelve es el pelo. Hay algo en la forma de su pelo, en como lo usa, que esconde todo el juego. Lo usa para esconderse, pero no para esconderse de un modo evidente. Es simplemente un muro invisible que la aleja, irremediablemente, de los demás, como está brisa inexistente, que parece que está pero no hay tal brisa. Las noches de verano tienen ese lado cruel, parece que hay algo desenfrenado que está sucediendo lejos, en algún punto de la ciudad inaccesible. Aquí suenan los platos, una y otra vez. Chocan los platos, suena la televisión y sin embargo tengo una melodía en la cabeza, que suena y que es de una canción que no recuerdo. Me gustaría pensar que existen fantasmas, que aquí los hay, ahora. Pero no, lo que hay son trozos de cosas que no alcanzo a percibir. Como esa melodía que tarareo internamente, quizá venga de algún lugar inaudible y llega de otro modo, como la brisa inexistente. Maria se escondía detrás del pelo y tanto se escondió que no la encuentro. Una vez me habló de un chico que veía pasar por su calle todos los días, iba en bicicleta, le veía pasar todos los días. Describía con precisión el pedaleo. Me confesó que estaba enamorada de la manera en que aquel chico pasaba, cada día por su calle, pedaleando. Hablaba de la bicicleta con cierta fascinación. Una bicicleta fea, decía; poco estética. Colores saturados, formas bruscas, ruedas muy anchas. Sin embargo hablaba de la elegancia del pedaleo de aquel chico. Muchas veces hablaba de ese ciclista, de los segundos que duraba el paso de un lado a otro por su calle. Luego contaba que dejó de pasar, que el chico nunca más pasó. Que empezó a sentir una terrible nostalgia, incluso temor. A veces le costaba dormir pensando que quizá el chico había tenido un accidente en la bicicleta. Que de alguna manera aquel pedaleo sobrenatural debía de acabar con lo opuesto: una torpe y terrible caída. Cuando ella desapareció empecé a recordar las historias del chico de la bicicleta. También sus teorías dramáticas sobre la desaparición de aquel muchacho. La imaginaba pedaleando por el mundo, buscándole sin encontrarle jamás, porque yo solía pensar que aquel chico era una invención. Como esta brisa, que es tan agradable, pero no existe.

jueves, junio 16, 2011

Inmóvil

A golpes, a puñetazos, a patadas. En el suelo, con la cara pegada al asfalto y babilla cayendo de la boca. Hay un moratón en un costado que no me deja respirar, hace dolorosa la inspiración. He decidido hacerlo mínimante pero mucho más seguido, respiraciones extremadamente cortas que sin embargo me evitan esa aguja aguda en el costado. Las manos las puedo mover, allí, en ese extremo que ahora resulta tremendamente lejano de mi cuerpo. Las piernas son la zona menos perjudicada. El pecho, no obstante, está lleno de diminutos y remotos dolores que sumados resultan molestos. Pero toda la concentración está en ese dolor del costado, ese que marca la respiración. Previsualizo ligeramente la posibilidad de ponerme de píe, sin embargo no me decido a hacer el mínimo movimiento, me mantengo inmóvil por necesidad y por precaución. Respiro, pienso en emitir alguna sílaba, pero eso producirá un gasto tremendo y me obligaría a respirar más fuerte, con lo cual tampoco hablo, tampoco compruebo el estado de mi voz. Decido, si es que hay algo que decida, dejar pasar el tiempo. Horas, días, lo que haga faltaa. Habrá un momento, un instante, finalmente, en el que se empieza a diluir este dolor.

miércoles, junio 15, 2011

Esquina

No hay reglas. No hay modos pre-establecidos. La veía pasar por la esquina que hay a dos calles de aquí, siempre la misma, siempre con el mismo ritmo, siempre de paso, caminando hacia algún lugar concreto, inaccesible para mi. Digamos que esos segundos breves que duraba el encuentro, en el que yo miraba y ella era ajena, me otorgaban una profunda estabilidad, una estabilidad imposible, extraña, frágil, pero profunda. La ciudad, de algún modo, se había convertido en un inmenso tablero y mi concentración se centraba en cruzarme con ella, en cualquier lado, en cualquier calle, aún sabiendo que ella desconocía al desconocido que la buscaba. Eso, llegado un momento daba igual. No había la lejana pretensión de querer hablar con ella, de querer conocerla, de presentarme, sabía de antemano que jamás haría eso, me bastaba verla pasar, verla a ese ritmo ligero, de cierta prisa, con la cara ladeada, mirando al frente como el que mira una pared de agua, una pared hermosa por la que escurren formas acuosas. Me bastaba con eso. No es necesario la ambición del más. La felicidad es un estado bastante más ligero que el poder. Lo agradable es suficiente con poco. Tampoco era amor o no era un amor con reglas. Si me quedaban dudas. Las dudas regulares, las dudas que se arrastran desde la infancia. ¿Ella sabe que yo miro? ¿Ella sabe que soy el mismo, cada día, en esa esquina? Pero incluso las dudas eran divertidas, incluso las dudas entraban a formar parte del tablero. Me hubiera gustado cruzarmela en otra esquina, una lejos de esa esquina, de la de siempre. Me hubiera gustado verla en otro lugar, en otro entorno, a otra hora, pero al final me fui conformando con esa cita no acordada, con ese encuentro suficiente. Fui conociendo sus ropas, los cambios en el pelo, las diferentes velocidades en su andar. Las prisas, las pausas, el sosiego, el nervio. La fui conociendo, porque también se conoce al desconocido. En esa esquina sucedía el milagro. Un milagro breve, relativo, pero un milagro y fue suficiente. Fui fiel, muy fiel. Ella también porque jamás dejó de acudir. Ahora el trabajo, el traslado, años después cambio de ciudad. Sigo dudando si despedirme. Si, al menos, ahora, decir adiós.

martes, junio 14, 2011

Cuento esquema

Al principio hay un individuo. Al final ya no está.

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