domingo, junio 12, 2011

Crisis de identidad

.- ¿Quién coño eres tú?

sábado, junio 11, 2011

Borrador

Esto es un boceto. Ya iremos puliendo.

viernes, junio 10, 2011

Sin título

No se como se describe. Quizá ya se cuela de algún modo por aquí debajo. Puede que respire entre esta palabra y esta otra. No se como es el texto que traduce esto, no tengo ni idea de como es, pero algo de ello anda ya por aquí: en este enorme desconcierto.

martes, junio 07, 2011

Eco

Hablaba con eco, como si lo que dijera no estuviera diciéndolo ahora, sino que lo hubiera dicho millones de años antes y estuviera llegando en ese instante. Y a mi me dejaba helado y me quedaba mudo escuchándola, diciendo cosas que me aterrorizaban o me producían un terrible vértigo temporal. Hablaba de cosas que no parecían ciertas o confesaba que hay instantes que le gustaría morir empujada por una dolorosa belleza, una terrible belleza vital. Como si la vida fuera insostenible en hermosura. Que cuando todo era pausado ella comprendía, porque la pausa le daba distancia o la involucraba de pleno en la vida; que había un delito extraño en permanecer vivo, que había tanto de robo, un robo terrible. Yo escuchaba, la escuchaba callado porque la atracción tenía mucho de miedo, me daba miedo su piel, me daba miedo que fuera tan hermosa, me daba miedo que pareciera ajena al mundo, me daba miedo verla porque todo era inalcanzable, estaba terriblemente lejos. Escuchaba aquellas frases que eran ecos de algo dicho millones de años antes. La tenía al lado, mirando siempre a los lados. Y me debatía mientras la escuchaba decir que había otro lado al otro lado del mar, cosas que parecían juegos de palabras y que ella se creía, cosas que yo me empeñaba en entender y que ella soltaba como si las estuviera viendo. Pasaba la tarde así, escuchándola. Decía cosas, frases sueltas que no llegaban a nada, con ese tono lento y pausado. Era un eco, la empecé a ver como un eco y venía y se iba cayendo lentamente, sin prisa y como eco era incomprensible del todo. Decía que todo era impreciso y que se iba a parar toda la vida a mirar pasar las cosas, que en realidad esa era la forma exacta de vivir, mirar lo que está vivo. A veces silbaba una canción, siempre la misma. No la recuerdo, soy incapaz de reconstruir esa melodía repetitiva. Recuerdo mucho esa frase rotunda de morir de belleza. A mi me parecían frases impuestas, forzadas, como si quisiera ser una forma de literatura o una poetisa, pero no, fueron siendo ciertas y cada vez fuimos estando más distantes. No se de que, si el uno del otro, si todo estaba distante o si sólo ella, nada más, lejos.

La firma

Ha amanecido lloviendo, no es una lluvia muy fuerte, pero no para. Son esas gotillas que son tan poca cosa y que mojan tanto. He fumado en la cama, sin abrir la ventana. No recuerdo en que instante empecé a fumar según me despertaba, hace mucho tiempo ya, pero creo que los que fumamos según despertamos somos la parta más alta de la escalera de fumadores. No concibo mi vida sin ese cigarro casi nauseabundo, generalmente me sienta mal o no me sabe tan bien. Realmente cuando fumas hay muy pocos cigarros que te sepan bien, pero lo que buscas todo el día es encontrarlo y aparece siempre de repente, sin sospecharlo. No hay uno ubicado en una franja horaria, en una situación determinada. El cigarrillo agradable aparece anárquicamente, de repente, sin avisar; los demás son el camino en busca de ese cigarrillo secreto. Generalmente el primero, el de la cama no lo es. Sin embargo da cierto sosiego, como si me levantara más relajada, menos acelerada. Como si el tiempo se detuviera un rato muy corto. He mirado por la ventana un rato para pensar como vestirme, llueve pero no hace frío, nada de frío e incluso si para de llover hará bastante calor. Los días así son complicados, sabes de antemano que no atinarás con la ropa. Me he ido a tomar café y luego me he duchado, en la ducha he pensado que lo ideal sería ponerme una falda nueva que compré hace un par de semanas y una camiseta colorida que combina bien con una chaqueta que me vendrá bien si sigue el clima húmedo y que me podré quitar si sale, definitivamente, el sol. Al salir de la ducha me he mirado desnuda en el espejo, últimamente tengo una relación complicada con mi cuerpo, hay veces que no me veo representada en el espejo, como si fuera otra. He tratado de recordar las otras formas que ha tenido este mismo cuerpo. Hace veinte años era distinto, igual, pero distinto. No lo pienso, no obstante, con nostalgia; lo pienso con fascinación, con incomprensión casi: ¿Cómo es posible que el mismo cuerpo vaya siendo tantos cuerpos? Es curioso, pero internamente visualizo mi cuerpo de un modo totalmente distinto, parecido, pero rematado de otra manera, con otros finales, con otras terminaciones. Me veo y soy esa, claro que soy esa, pero hay tanta fugacidad en el cuerpo, en ese que veo. Recordaré ese cuerpo más adelante, cuando sea anciana y veré la cadencia, el ritmo de variación que ha ido llevando ese cuerpo que ya no será este. Me he vestido finalmente y he salido algo acelerada porque siempre se me viene la hora encima. He caminado hasta el metro. Me ha sorprendido que no estaba el chico de la flauta, me gusta pasar y verle, es dulce lo que toca y es enormemente atractivo, es parte de la rutina, hoy no estaba y me ha recordado a las formas del cuerpo, las pequeñas variaciones que se van sucediendo casi inapreciables. El tren ha pasado rápido. He entrado, una chica iba leyendo concentrada y he mirado el título del libro, esos monumentales libros me aburren. He seguido hasta la parada de trasbordo. He sentido como si, de repente, fuera de noche. Me he visto reflejada en el metacrilato de un cartel. He seguido todo el camino pensando de forma periférica, como rodeando algo, como encerrando algo central, un pensamiento central al que no accedía. He salido del metro y he vuelto a fumar. No llovía, pero tampoco hacia Sol. He pasado por la estación de autobuses y he alcanzado el edificio de oficinas. He subido en ascensor, en recepción he preguntado y me han contestado amablemente, la chica me ha dirigido por un pasillo enmoquetado y ha abierto la puerta. Allí estaban los tres. He saludado, pero creo que a él no le he mirado, han leído los documentos pero no he atendido, he recordado otras épocas, he recordado el coche, nuestro coche, la música que oíamos en el coche, he recordado su miedo casi infantil cuando dormíamos y luego he recordado una amiga de la infancia a la que perdí el rastro, nunca quise a nadie como a ella, teníamos un amigo invisible al que también le perdí la pista. He firmado sin atender a lo que hablaban. Ellos tres se han dado las manos, yo he dicho adiós levantando la mano lentamente. He bajado con J. Me ha invitado a un café, le he agradecido su trabajo, nos hemos despedido y he vuelto al metro. En la entrada a la estación he decidido no entrar y me he puesto a caminar sin mucho orden. He fumado. He recorrido esa zona de la ciudad totalmente ajena para mi. Unos chicos hacían piruetas con los monopatines, uno de ellos ha saltado un banco y se ha caido, ha sido un golpe duro, sonoro, se ha quedado en el suelo y no he podido evitar acercarme rápido a ayudarle:

.- ¿Estás bien?

.- Si, no se preocupe.

Al chico le ha molestado que me preocupara por él, pero lo he entendido. He seguido caminando. He recordado al chico de la flauta. He pensando en una vida para el chico de la flauta y he sentido nostalgia por el chico de la flauta. He parado un taxi y he vuelto a casa.

sábado, junio 04, 2011

Mykonos

Hay un calcetín en el suelo, algunas migas y la funda de un Cd que he escuchado compulsivamente las últimas semanas. Creo recordar que hace tres semanas que no barro y que olvidé algunas tareas domesticas. He dejado un capítulo a medias del libro gris y apenas llevaba quince páginas del libro amarillo. Despierto tarde, mantengo la sensación de sueño hasta que atardece que empieza en mi una forma desconcertante de energía. He perdido cualquier vestigio de rutina horaria, como anárquicamente, cada día me acuesto a una hora, generalmente, cada vez más cerca del amanecer y apenas salgo a la calle. Si salgo, lo hago de noche. Cumplo todos los requisitos. Me gustaría recordar algunas otras cosas, la memoria se ha quedado enfrascada en un punto irreal. De tanto repetir determinadas escenas he llegado a distorsionar, radicalmente, el pasado, aunque eso no es asunto que me preocupe, lo que realmente me preocupa es la incapacidad de salir mentalmente de esas escenas ya inventadas. A veces, el entretenimiento consiste en imaginar Mykonos, donde nunca he estado. Imagino un lugar realmente agradable, construido con lo aportado por algunas lecturas y las narraciones de turistas veraniegos. Por alguna razón pensar en Mykonos me proporciona una forma peculiar de felicidad, o felicidad sin más, sin peculiaridades. Mykonos, la imagen de Mykonos me hace feliz, también me hace feliz imaginar el Sol sobre Mykonos. A veces, en ese viaje mental, subo una cuesta que da a un faro, desde ese faro se ve el mar y a un lado una población, en esa población está mi hipotética casa. Mi casa de Mykonos tiene unas escaleras, está poco amueblada y tiene una formidable colección de libros entre los que se incluye uno de Ed Pecknold, un autor que me he inventado y he prefigurado y que tiene una obra alucinante y dos de sus libros son mis obras favorita de la literatura universal. Adoro leer a Ed Pecknold o la proyección mental de Ed Pecknold. En Mykonos pongo música, una música agradablemente melódica, llena de coros, llena de armonías dulces pero con un delicado y suficiente punto de perversión. A veces pienso en Mykonos, otras veces pienso que Mykonos no existe, que no existe ese Mykonos tan agradable y trato de sacar las diferencias pero la única manera de hacerlo sería viajando a Mykonos y de momento no lo haré. Pienso en buscar trabajo, pero he olvidado los métodos para hacerlo, la verdad es que he dejado de comprender muchos métodos, diría que la mayoría de los métodos y entonces recurro a Ed Pecknold, quien llevó una vida compleja, viviendo casi en la pobreza y entregado desmedidamente a la titánica tarea de sacar adelante una obra en la que sólo el tenía fe. Ed Pecknold no bebía, de vez en cuando consumía marihuana para comprobar que la realidad es una estafa y detestaba el cine porque "es la barrera definitiva. El muro que evita la huida". En cualquier caso me debería imponer ciertas normas, al menos recoger y barrer la casa. Salir de día a la calle. Despertar más pronto, no acostarme tan tarde; luego, siempre, antes de sacar conclusiones, sin darme cuenta, me largo a Mykonos, al faro de Mykonos. Pierdo la noción del tiempo. No se si paso minutos evocando el otro Mykonos o si son horas o si realmente hago otras cosas mientras me concentro en Mykonos.

viernes, junio 03, 2011

Texto que ha sucedido

Lamento el retraso. Estaba citado con este texto hace diez minutos pero no pude evitar llegar tarde. ¿Ha terminado ya?

El tercer tiempo

Daniel descubre un camino nuevo con la bicicleta. Al final de las casas aparece un camino sin asfaltar que se mete entre los árboles. Entra y pedalea despacio. Hay un ligero cambio de temperatura, entre los árboles hay más humedad. En el suelo ve una camiseta destrozada y una zapatilla rota, muy envejecida, es de la marca Nike y parece de jugador de tenis. Sigue pedaleando y piensa o fantasea con la posibilidad de haber entrado en un lugar imposible, no obstante, el bosque es más real de lo que a él le parece. Un poco más adelante se acaba los árboles y se abre una explanada gigante, de nuevo el Sol le abrasa las piernas y la cara. Pedalea y suda levemente. Le gustaría no encontrarse a nadie, como si la gente fuera un impedimento para algo, algo invisible. Un poco después encuentra un cuaderno en el suelo. Frena, lanza la bicicleta al suelo y lo coge. Hay dibujos muy raros: Una especie de representación de una divinidad cósmica, una especie de Dios de otro lugar muy lejano, muñecos galácticos en naves mecánicas que se dirigen a pedales, bailarinas con cuellos estiradísimos, un tipo que parece un perro tocando un instrumento con treinta cuerdas y muy ovalado. Después hay una narración o un conjunto de palabras pegadas sin un orden comprensible pero que parecen significar algo, muchas cosas, quizá una explicación sobre esos dibujos que Daniel no comprende. Sigue pasando hojas, hay una tipa desnuda, voluptuosa, tremenda, mira hacia los lados y siente ganas de masturbarse por tercera vez en su vida. Las dos masturbaciones anteriores pensó siempre en la misma mujer, una presentadora de noticias, antes de la tercera surge la posibilidad de mirar todo el rato ese dibujo. Vuelve a mirar, no hay nadie, no obstante no se termina de animar, sería terrible y muy humillante ser descubierto. Sigue avanzando por el cuaderno, en una hoja está escrito a un tamaño exagerado "Colorado". Pasa de página y lee "Lo siento por el retraso". La fascinación es creciente ante el cuaderno. Lo va recorriendo y sintiendo que cada elemento está lleno de enigmas, el cuaderno, de algún modo, le parece mágico. Lo coge, lo guarda en la mochila donde lleva el agua y el inflador de las ruedas, coge la bicicleta y pedalea sin saber si ir adelante o hacia atrás. Finalmente deshace el camino y vuelve a su calle. En mitad de la calle hay un partido de futbol de alguno de sus amigos, ganan los sin camiseta por dos goles de ventaja, en juego está una ronda de refrescos. Daniel frena la bicicleta y ve como Au intentando chutar desde muy atrás es bloqueado por un defensa. Daniel piensa que Au es bastante imbecil y se alegra del disparo frustrado. Sigue con la bicicleta hasta su casa. Entra y ve a su hermana en el sofá con un chico que Daniel desconoce. No saluda. Entra en la habitación y saca el cuaderno. En el salón la hermana habla de Robin Hood con el desconocido. En la habitación de Daniel sucede, finalmente, el tercer tiempo.

jueves, junio 02, 2011

Ida y vuelta

Raro. Un estado permanente de rareza. No fue una época bonita. Todo parecía feo. Mal puesto. Tenía pensamientos raros, como esos días fríos en medio del verano que no sabes, que son como si no se estuviese, se está pero en otro sitio, como si por debajo de ese frío imposible hubiera algo, algo tapado, algo que alguien sabe pero ese alguien no está. Todo era raro, pensaba cosas, cosas nada amables, pero tampoco eran cosas concretas, no pensaba pensando, sino que había capas de pensamiento, como lagos artificiales que se iban superponiendo unos a otros, y los reflejos de esos lagos eran los pensamientos, un poco como si soñase despierto. Me resultaban raras las cosas: Los olores químicos me resultaban agresivos, invasivos. Un engaño de la ciencia. Pensaba en la ciencia y pensaba que se cometen barbaridades en el nombre de la ciencia. Que se asumían cosas como verdades cuando nadie sabía que eran, entonces todo resultaba enormemente frágil, como esos olores químicos, esos olores de los suelos recién fregados que huelen pero no huelen. Olor a fresa: barbaridad en el nombre de la ciencia. A veces me hablaba a mi mismo mientras caminaba. Compré un cuaderno, un cuaderno de cuero negro, rectangular, preciso, con la intención de anotar las cosas que pensaba pero si caminaba y hablaba conmigo y me detenía para escribir se me olvidaba lo que estaba pensando o lo anotaba y los pensamientos que habían sucedido en segundos rellenaban muchas hojas y además era impreciso lo transcrito. Entonces dejé el cuaderno pero seguí hablando conmigo y a veces pensaba que no hablaba conmigo sino que hablaba con otro que era yo pero otro, una proyección invisible de mi mismo. El ritmo de las cosas, había algo que me seducía en el ritmo de las cosas. Un tipo pasando por la acera llevaba un ritmo y lo veía como parte de otra cosa, como cuando escuchas unas notas decrecientes de piano en medio de una canción en tres por cuatro o miraba a unos muchachos juguetear alrededor de los columpios y ese ritmo entre ellos, en sus interactuaciones, en sus lanzamientos de columpio, parecían llevar una cadencia externa y me preguntaba: ¿Qué siente una nota de viola en medio de una canción? ¿Se sabe parte? Esa época duró un tiempo indefinido. Esas sensaciones de estar al otro lado del espejo no fueron permanentes, fui volviendo a asumiendo que había que volver. Volví con los animales: con los tigres en las aceras, con los leopardos de los bares, con los cerdos de los restaurantes, con los rinocerontes del metro, con los monos apoyados en las farolas, con leones enjaulados en las plazas, con los gatos de museo, con los perros de los edificios, volví sin saber porque caminaba a cuatro patas.

martes, mayo 31, 2011

Una tarde de conciertos

No me gustan esas cabinas que hacen función de baño en eventos al aire libre. Son terriblemente angustiosas y huelen mal, en seguida huelen mal. Hay tanto plástico, es un espacio tan abstracto, tan irreal, tan absurdo, que dentro se siente, inevitablemente, una leve crisis existencial: ¿Qué hago aquí, meando en este cubículo, en este espacio angosto que delimita el espacio exterior? Es inevitable. No obstante entré, entré varias veces porque los conciertos se prolongaban en aquella explanada y la música era agradable, la temperatura era fenomenal y la cerveza barata. Escuchábamos a aquellos delirados guitarristas acompañados de percusiones metálicas, tremendas, salvajes y aquellas voces en ecos que nos recordaban que habitamos un mundo exageradamente minúsculo, lejano, emotivo, épico. Alrededor la gente hablaba y caía el sol y la explanada iba cambiando de forma o las sombras aumentando con la caída de la tarde daban a la explanada otras dimensiones aparentemente menos reales. Y fui varias veces a las cabinas que estaban en un lateral de la explanada y al entrar siempre pensaba, inevitablemente, en mi existencia, en mi lugar y el lugar de todo en este mundo, la cabina recordaba, incesante, que este mundo es una acumulación exagerada de miniaturas. En la cabina, además, cada vez olía peor , pero el ser humano, guerrero, tremendo, desgarrado, es capaz de enfrentarse a cualquier batalla, a cualquier salvajismo, pero no al de orinarse, no hay quien no se venza ante ese dolor invisible, ese hilo que crece, somete y domina, como un torturador, todo el cuerpo. Así que cada vez que en mi vejiga se acumulaba la orina, acudía obediente a la cabina, ese lugar terrible. Anocheció, fueron desfilando grupos en aquel escenario desproporcionado, gigante, iluminado como una nave espacial en busca de odiseas extrañas, bebí más cervezas, como si no hubiera límite en mi capacidad de tragar y cada rato iba a las cabinas, escogiendo, maniáticamente, siempre la misma en una hilera de diez. De noche en la cabina no se veía nada y los dos sentidos que ubican la meada, desaparecieron: No veía mi pis caer por la oscuridad, no lo escuchaba reventar contra el agua, contra los otros pises, porque la música del escenario gobernaba el sistema auditivo, también dentro de las cabinas. La doceava vez que entré a la cabina, algo borracho, oriné prolongadamente. Terminé con la sensación de haber vaciado un universo repleto de ríos, sentí el ligero y leve placer de vaciar la vejiga, giré y la puerta de la cabina no abría. Giré la manivela una y otra vez, incluso violentamente, pero la puerta no se abría. Grité, pero un grupo de salvajes guitarristas haría inaudible mi voz al otro lado, en la explanada los borrachos estarían sumidos en un viaje lisérgico, imposible. Pateé la puerta, la pateé y la golpeé con mis puños, insulté a la cabina, a todas, al concepto general de cabina, a su inventor, a sus fabricantes. Se encendió una luz, una luz enferma y tremenda. La cabina parecía, de repente, un confesionario galáctico. Noté, por supuesto que noté, el despegué. La cabina comenzaba el vuelo.

El policía

Hay policías amables. Policías descorazonados. Policías iracundos. Hay policías que temen. Policias homosexuales. Policías solitarios. Hay policías que viven con su madre. Policías adictos a la cocaína. Policías que odian a los otros policías. Policías que odian el mundo. Hay policías que no querían ser policías. Policías que roban. Hay policías que ascienden. Hay policías nobles. Hay policías sin más, que llevan el uniforme y cumplen el horario. Hay policías que son invisibles. Hay policías que se sientan. Hay policías que desean otro mundo. Hay policías que están cansados de ser policías. Hay policías que son bulldogs. Hay policías que comprenden que son policías. Hay policías que no comprenden nada. Policías que ven futbol y beben cerveza. Hay policías que leen a Descartes, alguno hay. Hay policías que escriben poesía. Hay policías que creen en el amor, un amor sólido y repleto de delicados valores. Hay policías que están deseando ejercer. Hay policías que desean la violencia. Hay policías que son la negación de la antiley, pegan en el marco. Policías comunistas. Policías fascistas. Hay policías soberbios. Hay policías que leen blogs de otros policías. Hay policías que leen novelas policiacas para darse cuenta que no hay literatura en su vida. Hay policías que desean protagonizar una novela, una novela escrita a mano, sucia, repleta de sexo y drogas donde ellos ejercen su trabajo con maestría. Hay policías que tienen cáncer. Hay policías sanos. Hay policías que salen a trotar. Policías desgraciados. Hay policías familiares. Policías amigos. Hay policías. Y luego está él, por eso le mato.

miércoles, mayo 25, 2011

Paseo por el barrio

Suena algo en la calle estrecha. Suena música que viene desde la calle donde termina esa calle. Es música, aunque a él le da la sensación que lo que suena es el verano, esa lentitud de las cosas cuando casi anochece en verano. Hay ventanas abiertas y en un balcón una tipa habla por teléfono mirando a la calle, está descalza y sonríe. Entra en una tienda, el dependiente mira una pequeña televisión donde se suceden imágenes indescifrables, al fondo, donde están los embutidos y los quesos, hay una chica, es extranjera, y no levanta la cabeza, juguetea con algo entre las manos. Durante unos segundos parece como si él no estuviera. En el local hay una tremenda sensación de calor, casi como si fuera un bloque. Coge bebida, algo rápido de comer y paga. Mientras el dependiente cuenta y devuelve, él desvía la mirada hacia el fondo, la chica sigue ajena a todo, a la tienda, al dependiente, a los embutidos, a él, pero no es ajena al verano. Es como si ella, incrustada allí al fondo anunciara el verano, el verano inamovible, ese que detiene el tiempo justo cuando va a anochecer. Cuando sale a la calle, por la acera pasan dos tipos caminando lento, hablan de cosas livianas, importantes, porque no trascienden. El mira de nuevo al balcón, la chica que hablaba por teléfono ya no está, camina por todas las calles estrechas del barrio. En una esquina una pareja se despide dulcemente, alargan la despedida y le miran pasar. Poco más allá, un tipo pasea el perro, el perro parece estar buscando una calle que no existe o que no se ve, una calle lejana o inaccesible y el tipo parece agarrotado en una calle que desapareció y ambos caminan como si esa calle, por la que ambos van, perro y dueño, fuera un punto de encuentro extratemporal entre la calle invisible del perro y a calle que desapareció del hombre. Llega a un banco. Durante unos minutos piensa que le gustaría que sucediera algo, algo tremendo, volcánico, un giro, pero pasado un rato decide que lo mejor es esa forma del tiempo leve pasando de puntillas. Abre una lata de cerveza y recuerda a la chica extranjera al fondo, en la tienda. Según la recuerda piensa que seguramente, si volviera a la tienda en ese instante, la chica no estaría y por más veces que fuera nunca estaría y sólo estará un día suelto del siguiente verano, cuando para todo, para absolutamente todo, haya transcurrido un año.

martes, mayo 24, 2011

Política

¿Qué es un pensamiento político? ¿Qué es la ideología? Mirado de un modo literario la política es la ausencia absoluta de literatura. Los políticos no son poetas y en la mayoría de las ocasiones tampoco se lo podrían permitir. Sus metáforas deben ser extremadamente cuidadas y deben evitar con habilidad los simbolismos. En mi caso jamás me podría dedicar a algo tan concretamente abstracto como la política. La política, no obstante, es el intento de aplicación de una abstracción en una realidad y generalmente jamás lo logra, lo que la convierte en un profundo fracaso. La política se mueve en el terreno de las ideas y de las apetencias, pero también, y muchísimo más de lo que podría parecer, de los prejuicios. Los prejuicios que a su vez podrían ser ideas o negación de ideas. ¿Con que se está de acuerdo? Si nos miráramos, básicamente no estaríamos de acuerdo con nada, porque en general el mundo no se parece a la idea que nos gustaría que fuera y bien pensado la aplicación de muchas de nuestras ideas claras, serían nefastas, inaplicables o disparatadas. Claro, que mantenerse al margen tampoco parece buena idea. No se que pienso, juro que después de años buscando no se que pienso, salvo lo básico. Lo que si tengo claro es que esto que denominamos política, políticos, clase política y demás tienden a parecerme tipos poco preparado para hacerlo. Poco imaginativos, poco sinceros, pero no hablo ya de la sinceridad en sus palabras, sino sinceridad vital. En general los políticos me resultan tipos bastante aburridos, cuando hablan me termino distrayendo y sus tecnicismos están llenos de un enorme vacío. Decía Borges que había que ser sinceros con el lenguaje, que un adjetivo pomposo podía manchar una página entera, algo así sucede con los políticos, no se sabe muy bien para quien hablan, pero detrás de sus discursos, encima, vienen un montón de tipos tremendamente aburridos también a analizar esas palabras medidas, frías, casi muertas y todo se convierte en un juego de distracción y casi matemático, pero una matemática sin final. Tengo amigos que son tremendamente ingeniosos hablando. Algo así se necesita. Palabras vivas, sinceridad vital y menos imbecilidad. Si a mi me preguntaran me parece que habría que cambiar de raiz las formas de la política, porque a mi modo de ver, esta, la que hay, está muerta, está caduca y es terriblemente aburrida. hay una falta preocupante de imaginación. A partir de ahí, se podría cambiar el mundo. A otra cosa.

Las rutinas del comedor

En el comedor no repiten el menú. Lo repiten pero hacen que no coincida los mismos días. Si por ejemplo este lunes ponen albóndigas, la semana que viene las pondrán el miércoles o el viernes, pero nunca el lunes. Hay cinco menús, no más, pero mueven los días. No se porque, en realidad daría lo mismo comer todos los lunes albóndigas y todos los jueves salchichas, pero no, los mueven. Es una ley, es una regla inamovible. No sabes nada, salvo que si este martes comes arroz el próximo martes no lo harás, es lo único que sabes del futuro, la negación. Lo que hoy comas te vislumbrará lo que no habrá este mismo día de la semana la semana que viene. ¿Quién decide estas cosas? ¿Qué motivo hay? A veces mientras como pollo un jueves lo miro y lo pienso: ¿Qué se esconde tras esa decisión de los que trabajan y dirigen el comedor? A mi me daría igual comer todos los jueves lo mismo. Si es querer evitar una rutina, también es rutina no saber que habrá. Esa negación también es rutina. Por lo tanto no se que esconde. Hay veces que sospecho una decisión económica invisible, quizá comprar aleatoriamente los mismos ingredientes abarata los costes, pero ese pensamiento me parece totalmente infundado. Hay veces que pienso que es una gran broma, una broma extraña, difícil, caótica. Otras veces pienso que no es pensado, que nadie se da cuenta salvo yo de que esto es así y cuando pienso en eso me quedo esperando que alguna vez suceda la repetición, pero esta nunca se da. Nunca habrá el mismo plato dos lunes seguidos. Todos los lunes son iguales, pero eso los diferencia de por si. Hoy, en cualquier caso, no habrá flan de postre, porque con el postre también pasa.

miércoles, mayo 18, 2011

Canción

Queda poco para que acabe esta canción. Lo idóneo, en este momento, sería que la canción fuera eterna. Que durara siete u ocho días, que este momento no fuera un momento sino que fuera una época. Le quedan segundos, la conozco, conozco esa cadencia, esos susurros que vienen de habitaciones lejanas, ese ambiente casi fantasmagórico, ese drama invisible, esas cuerdas terribles que son poco perceptibles. Esto no debería acabar, ¿Por qué las canciones tienen que acabar? La posibilidad de ser sonido, de ser parte sonora de esto que agoniza. Habitar entre una nota y otra, ser esa tecla aguda de piano lejano que acaba de sonar anunciando, definitivamente, el instante final de agonía de la canción. ¿Por qué no vivir en la canción? Igual el instante que agoniza es eso, soy yo perdiéndome en la acústica invisible de la habitación, llegando como un sonido comprimido a otros lados de este hotel, atravesando el pasillo de este tercer piso. Llegando como amontonado con los otros sonidos allí donde me voy haciendo inaudible. Se cae, se cae el sonido, se va, termina. Final a negro.

martes, mayo 10, 2011

Historia y evolución

Rápido, Dinosauro. Se nos acaba el tiempo.

Fin

sábado, mayo 07, 2011

Tuberías

Tampoco era exactamente un descenso. No era una pendiente. Podía sentir que había una especie de caída, una caída estática, pero no era un vértigo. En ese instante las cosas estaban relativamente quietas. Sonaba la televisión a poco volumen. En la pantalla se sucedían imágenes de un programa en el que se mostraban escenas de la vida diaria de unos tipos que vivían en los Andes, a una altura poco recomendable para el ser humano. No prestaba atención al programa, su intención era concentrarse en la narración pausada, pero la concentración se trasladaba como un insecto con alas por la habitación. La concentración, que a su modo era la realidad, giraba inconstante por las esquinas. Afuera le pareció que empezaba a llover, o sonaba como si algo cayera contra el asfalto de ese modo melódico y rítmico que lo hace la lluvia poco potente. Se asomó y no llovía, entonces pensó que ese sonido podía ser de los aires, de las tuberías, de los respiraderos del hotel. En ese instante le hubiera gustado tener algún tipo de reflexión profunda, descabellada u original. Algo casi para escribir, pero pensó en las tuberías, en como a alguien se le ocurrió las tuberías, no a alguien, a la humanidad con sus cadenas, con sus evoluciones o esa forma de avanzar hacia adelante, por el camino que se puede, en cual fue el camino del intelecto humano para terminar desarrollando las tuberías. El metal de las tuberías del patio de atrás del hotel brillaban tenues. Tuvo entonces un curioso viaje imaginativo. Sin cerrar los ojos, y durante algunos segundos, imaginó un paseo agazapado por las tuberías. Un viaje incómodo, levemente claustrofóbico y mal oliente, pero un viaje, por otro lado, psicodélico, veloz y del que se conoce el destino, el destino real, el destino cierto del final de una tubería. En la televisión se sucedían, casi infinitamente, todos los nombres de los títulos de crédito del programa que estaba terminando ya. Leyó, sin darse cuenta: Clint Ford. Creyó leer que era ayudante de cámara. Imaginó a Clint Ford, concentrado, profesional, viviendo unos meses fuera de Inglaterra, allí en Los Andes. Clint Ford, al que imaginó de unos treinta años, hospedado con un largo equipo n algún lugar acomodado por el equipo de producción, escuchando música en los ratos libres allí en los Andes, escuchando música anglosajona en medio de otras formas de vida. Luego imaginó a Clint Ford volviendo al Reino unido. Viviendo en un apartamento pequeño de la zona 3 de Londres. Llegando a casa después de unos meses fuera. En Londres no llueve y Clint se lanza a la cama y piensa en alguien. Luego olvida a Clint, también las tuberías. Se gira y cambia de canal. Un hombre serio habla de noticas recientes. Bosteza. Empieza, por fin, a tener sueño.

En el coche

¿Nacemos solos? No nacemos solos. No nací solo. Estoy solo ahora, pero no fue así en el principio. No recuerdo mi nacimiento, recuerdo las primeras épocas, el entorno amable. La levedad de la primavera, sábados en la finca, la risa de una familia unida en el éxito social, los privilegios de una burguesía honesta. Las relaciones entre primos, los juegos entre árboles mientras el sol anunciaba que empezaba la mejor época del año. Las conversaciones largas con los tíos más jóvenes, el descubrimiento de autores, las primeras noches, los experimentos con las drogas, el alcohol. Recuerdo siempre gente, una prolongada familia unida en la experiencia vital. Luego viajes, amigos. No nacemos solos, nacen solos algunos, no todos. Nacemos. Todos nacemos. Ahora, sin embargo, estoy estacionado aquí, frente a este edificio gris, un parking medio vacío, portales por los que hace rato que no pasa nadie y algo de lluvia. Hay luz en la habitación, una luz tenue, la misma luz de siempre. No recuerdo porque escogimos ese apartamento. Nos gustaba el entorno arbolado, nos entusiasmaba la posibilidad de pasear por esos bosques de alrededor los fines de semana. La urbanización agradable y silenciosa. Cosas que luego importan menos de lo que se piensa en el momento de la decisión. Nunca paseamos por los bosques juntos, si acaso, en la última época iba yo solo. Me anochecía ahí dentro y volvía a casa, cruzando ese portal por el que hace rato no pasa nadie y subía y tu tardabas en aparecer. Casi no hablábamos ya y yo que me pasaba el día en casa hubiera hablado con los árboles. Hay luz, esa luz tenue que dejaba encendida cuando me ponía a leer. Me fui porque cuando me fui creí que volvería a casa, un avión, un océano de por medio y otra época atrás. Me uniría a la vida familiar que seguía intacta allí, en casa. Sin embargo prolongué la decisión. ME alquilé un apartamento en el centro de la ciudad, donde a ti no te gustaba vivir. Bien pensado, jamás viviría en esta ciudad, pero el azar juega sus cartas de un modo no siempre comprensible. Me adapté a una forma extraña e inconsciente de espera. Hay veces que esperas nada, algo, una vibración, un movimiento sísmico, un maremoto, el deshielo. Empecé a frecuentar un local, había buenos conciertos, conocí a gente en ese local. De todo había algo importante, yo había vivido siendo parte de un nucleo. Cuando perteneces a una familia así, no hay vacío, eres parte de un sistema planetario sólido, que gira alrededor de una idea común que todos desconocen pero que se asume. Desde que vinimos a esta ciudad comprendí que hay formas fugaces de existencia, nómadas. En el local veía conciertos y bebía y charlaba. A veces salía con alguien de ahí, cogíamos el coche y conducíamos a otros sitios. Conocí una forma de ciudad que habíamos ignorado al llegar. Locales tristes, con gente triste o locales animados con gente que no sabía que era tan triste o gente que parecía triste pero era enormemente alegre o gente alegre que desconocía el significado real de su tristeza o gente que se regodeaba alegremente en la tristeza. Volvía a casa de madrugada y comprendía que no había nacido solo, que hay quien nace solo y quien no. Tampoco se muere solo, sólo unos, otros no. Hay luz en la habitación. Y estoy en este parking donde hace un tiempo soy ajeno. Los ciclos, las rutas vitales. Mira donde estamos ahora. Ahora encenderé el motor del coche, carretera al centro. Ese trayecto que recorríamos entonces, medio callados. He conocido grupos interesantes, alguna música que te habla de cerca. A veces duele, a veces dudo, como si en verdad, en el fondo creyera lo opuesto de lo que creo. Como si todos fuéramos varias cosas.

jueves, mayo 05, 2011

Movimiento de rotación

Cuando estoy aquí, a ella aún no le han pasado las cosas. Cuando desayuno en el fondo la espero y desayuno con ella a mediodía, mientras yo ya como. Cuando me voy a la cama, sueño que estoy con ella en su media tarde. Y sueño, sueño que ella duerme cuando yo ya me levanto y despierto pensando que en el fondo ella está soñando que yo ya estoy despierto. Digamos que la distancia sideral del destiempo es la que hay que recorrer, constantemente, para unirme, invisiblemente, a ella. Así que hay que atravesar, sobre todo, el tiempo. Hay que ir saltando y esquivar el movimiento de rotación para estar sin estar, en esa hora lejana por la que yo ya pasé y ella en un rato pasará. Así que de algún modo, como todo está en permanente movimiento y ambos nos trasladamos, es complejo, pero no imposible, seguir el rastro. Así que salto, salto para permanecer en ese aire y dejar rotar el suelo para darla alcance arriba y luego caigo y vuelvo al suelo. Estoy aquí, cuando estoy aquí ella avanza allí. Una forma extraña de carrusel. ¡Tiovivo adelante! Nada se detiene. Cuando duermo sueño que despierto y que en mi mañana es de noche y allí ella va a dormir y duerme y sueña que despierta de día y no hay hora, no hay día, no hay noche, hay aire y el carrusel da vueltas extrañas abajo, donde todos están despiertos o dormidos y nadie sabe nada, de las odiseas por encontrarnos fuera del movimiento de rotación.

martes, mayo 03, 2011

Asfalto

Acompañé a Fico a llevar unas bolsas grandes, negras, de esas de basura, pero que iban repletas de ropa o eso me dijo, aunque a mi me parecía que llevaban otra cosa, no se el que, pero otra cosa. Me pasó la más ligera y él llevaba dos muy pesadas. Cogimos un autobús que nos dejó cerca del terminal. En el terminal había un bullicio terrible de vendedores ambulantes, de tráfico, de gente, de autobuses, de caos. Había caos, pero un caos húmedo, pesado, un caos como de vuelta, que viene del intento desesperanzado de intentar organizar a los seres humanos, a la libertad, el amor. Como si ese caos cálido fuera apagado, una hoguera que ha arrasado con la selva y agoniza en cenizas, en brasas leves. Caminamos con las bolsas, Fico iba apurado, como si fueramos a llegar a tiempo a algo. Nos desviamos por todas aquellas calles de asfalto destrozado, de tráfico denso, de movimientos indescifrables entre vendedores de comida de calle y vendedores de zumos de frutas y helados de hielo raspado cubiertos de leche condensada. Llegamos a un local con una reja marrón, Fico la abrió y entramos a un lugar en estado permanente de construcción, paredes de ladrillo a medio hacer, cemento amontonado y mesas con ropa y zapatillas de calidad terrible sobre mesas de plástico, de esas que se usan en fiestas. Sonaba una radio popular, el locutor de voz enloquecídamente grave que anuncia los grandes éxitos de ayer y de hoy. Salió una morena en bermudas muy reducidas que muestran unas piernas perfiladas, prolongadas y firmes. Fico hablaba de mercancía, de cifras, de intercambio, de lo acordado y a mi todo me sonaba lejano. La chica cogió mi bolsa sin mirarme, yo le dije hola y ella no contestó, se giró y volvió dentro. Fico me dijo que nos fueramos. Caminamos hasta el terminal, Fico no habla, yo siento que estoy perdiendo algo, el tiempo o posibilidades, posibilidades invisibles, extrañas, inconclusas, pero que hay algo erróneo y no se detectarlo. No hablamos, cruzamos calles con urgencia, porque Fico camina, siempre, con urgencia. Levanta la mano, porque de repente aparece un autobús, es un 7, nos montamos casi en marcha. Suena la misma emisora, como si esa emisora fuera el tiempo o algo extremadamente presente. La voz de ese locutor que presenta contundente canciones de salsa, parece venir desde otro planeta, el mismo, pero uno repetido, igual, un planeta espejo, que está a doscientos millones de años luz. Fui colgado, todo el trayecto, de la puerta del autobús, que va atestado de gente. Miro el asfalto. A mi la ciudad y según avanzabamos hacia el oeste de la ciudad más, me huele siempre a asfalto, un asfalto que está lleno de frenadas de ruedas. En un momento Fico pidió que nos dejarán ahí. Bajamos del autobús. Habíamos llegado a una zona de la ciudad donde se confunde lo urbano y lo rural. Había menos asfalto, las casas eran muy humildes, mucho. Caminamos con las bolsas por esa zona adentro. Calles enterradas y desérticas, tristes, miserables. Pasó un tipo en moto y Fico, serio, me advirtió que tuviera cuidado que las cosas se ponían serias y a mi la palabra seria me rebotó como un eco, como una alarma de bomberos que se escucha a lo lejos, en otro lado de la ciudad. Finalmente alcanzamos una casa, una casa a medio construir como casi todas las casas de esa zona. Entramos por una puerta de metal muy débil. En la casa había un tipo y una mujer, estaban montados en una mesa, ella se da la vuelta y se acomoda nerviosa, el tipo se ríe y le dice a Fico que siempre aparece inoportunamente:"estaba a punto de tirar con la esqueleto" La esqueleto desapareció y el tipo nos atendió sin abrocharse el pantalón y con la camisa de flores naranjas y verdes, desabotonada, mientras hablaba todavía estaba excitado. Fico le pasó las dos bolsas y el tipo entró y segundos después apareció con dinero. Fico se lo guardó, le dio la mano y nos fuimos. En la calle no hablamos. Caminamos por las calles de tierra hasta la carretera, en el andén esperamos el bus. Tardamos una hora y media en volver al terminal, cuando llegamos ya casi anochecía. Finalmente Fico me miró y me dijo que me invitaba a unas cervezas por el favor de acompañarle. Acepté. Caminamos por las calles cerca del terminal que bajaban la intensidad a velocidad de vértigo. Unas cinco manzanas después entramos en un club, Fico pidió una botella de Ron. Nos sentamos y vimos los espectáculos de mujeres. La quinta o sexta mujer que apareció era una chica de mi edad más o menos, diecisiete, dudé que fuera mayor de edad. Bailó, bailó con una silla, se desnudó íntegramente y yo vi una luz, una luz directa, concentrada, un foco proveniente del oeste de la ciudad o de otra ciudad, una luz increíble que se apoyaba en su piel. La miré, miré sus pies, sus rodillas, sus tetas, su culo, su cara maquillada terriblemente, amargamente. Bailó con una energía desorbitada, excesiva, la energía del inexperto, del inocente. La miré, bebí y nos fuimos. Al llegar a casa me masturbé pensando en aquella chica. Al día siguiente hubiera ido otra vez. No lo hice. No recuerdo que hice. He ido olvidando toda aquella época. Sólo, a veces, me viene el olor a asfalto.

Mi lista de blogs

Afuera