Soñé que me disparaban. Estaba de vacaciones en un pueblo de paisaje árido, muy caluroso. Unos tipos, sin saberse porqué, comienzan a disparar con armas muy evolucionadas contra todos los habitantes de ese lejano pueblo. La gente corre y grita. La sensación de pánico es demencial. Me dan de lleno y caigo sobre la arena. Despierto de golpe y durante unos segundos, el despertar, este lado de lo real, me parece el más allá. He muerto en algún lugar y despierto siendo yo, aquí, ahora. No asumo el sueño, asumo dos realidades y en una he sido asesinado en un tiroteo bestial. Aún siento, en la parte alta del abdomen, el tiro que me ha hecho despertar aquí. He muerto y he despertado a la vez. Allí ya no existo, aquí despierto, pero no lo asumo como un despertar, lo asumo como un pasar a otro "allá". Recuerdo mi vida, mis hijas, mi trabajo, mi casa, recuerdo mis recuerdos y todo, durante segundos, me parece inventado. Se suceden miles de pensamientos, se amontonan recuerdos. Fuera llueve, es una madrugada de enero. Mi vida, esta vida, desde donde escribo esto, de repente, me parece un invento o algo nuevo, creado de golpe. Durante esos segundos, para mi, lo real, es aquel pueblo donde he sido asesinado bajo un calor terrible. El abdomen me duele, he notado como traspasaba la bala los musculos. Es un dolor nuevo, nunca había escuchado o leido como es el dolor de una bala, y de repente lo noto: escuece. Miro a mi esposa, está dormida, pienso si quizá, ella ahora, también esta allí, en aquel pueblo temible. Pero no, su rostro parece relajado, sus cara no muestra musculos tensos. No sé porque he soñado eso: no he vivido, por fortuna, escenas de ese tipo en mi vida. El que las ha vivido, sospecho, es el de allí, el soñado. Me pongo en pié. Entonces mi casa ya es mi casa y todo lo del sueño ya lo asumo como sueño. Camino hasta la cocina para beber agua y bajar las pulsaciones. En el dolor en el abdomen sigue, no cesa, sigue escociendo la bala. Aún, cada pocos segundos, vuelve el pánico, las carreras desquiaciadas por las calles de ese pueblo lejano, seguramente inexistente. Durante unos segundos pienso en revisar al dia siguiente con esmero las noticias tanto nacionales e internacionales, descubrir si he conectado en sueños con una realidad del mundo. No creo en esas cosas, pero aún pienso bajo la agitación. Bebo agua. Vuelvo a la cama. Tardo en quedarme dormido: no quiero volver allí, no quiero volver a ser el otro, desparramado en el suelo de arena en aquel pueblo caluroso y lejano.
miércoles, febrero 10, 2021
La bala
martes, febrero 09, 2021
Los rostros difusos
A las 6:50 se despertaba. Le gustaba tomar esos 10 minutos de delantera a la vida. Una ventaja, pensaba, que le daba un margen extraordinario en el día a día. Quizá era así, o no. Nunca sabemos si las decisiones que tomamos son del todo las correctas o no. Puedes proyectar o presuponer un presente distinto de haber tomado otras decisiones y otros hábitos, pero ¿quién puede descifrarlo? A las 6:55 solía estar tomando café. En general, a esa hora, como en muchos otros momentos del día, pensaba en la posibildiad de tener otro tipo de piel. No de color o de rugosidad, sino de textura. Una piel de corteza de árbol, o del tacto de la hierba. Una piel que no fuera la piel humana. Una piel distinta. Y mientras sorbía el café pensaba en esa posibilidad abstracta, extraña. En ese rato del café imaginaba otras pieles para su piel. Una piel como el tacto de los pétalos de un flor, una piel de llanta, una piel de otro animal, unos poros distintos, unos poros como medusas, modulables. Entonces miraba el reloj y comprendia que el día se hacía fuerte y comenzaba a vestirse. Salía rápido, miraba por última vez a la niña en la cama y salía a la calle. El camino hasta el tren era largo. Atravesaba la calle ancha, donde las naves de neumáticos y avanzaba pensando en el dinero. Iba haciendo cuentas, restando mucho y sumando poco. Al cruzar por la pasarela de la autovía predecía cuanto iba a durar el trayecto en tren según la cantidad de tráfico. A veces se quedaba con ganas de escupir, como último acto vivo de la infancia. Desde la pasarela a la estación el trayecto ya lo hacía en calles más pobladas, aquello le reconfortaba. Al pasar el ticket siempre pensaba en la niña, miraba la hora y pensaba en llamar al fijo para despertarla ya, pero esperaba un poco más. Siempre temía, aunque nunca hubiera pasado, que el tren se quedara detenido en el tramo que no tenía cobertura. Sentía que en el momento que entraba al andén, el día, siempre, cambiaba de ritmo. El tren aparecía en la estación. En el vagón, a veces, conocía las caras de los otros pasajeros. Gente con mismos horarios, que compartian un fragmento de la ruta diaria. No se hablaban, no se saludaban, pero si algún dia una cara no estaba, llegaba, incluso, a preocuparse. Un tiempo dejó de ver la cara de J, la inicial las ponía ella al azar. J nunca más volvió en ese tren. Había miles de posibilidades en esa desaparición. Posibilidades buenas, posibilidades malas, posibilidades sin más. Las primeras semanas cada vez que entraba en el vagón pensaba en J. Llegó incluso a recorrer el tren, pensando que J, quizá, en un cambio de habitos, ahora iba en otro vagón. Pero pasadas las semanas J se fue diluyendo. Seguían los rostros de B, de L, de U. Seguían sin saludarse, seguáin compartiendo veinte, treinta o cuarnte minutos de día, pero no se miraban o se miraban borrandose. Rostros difusos en la memoria, rasgos que quedarán diluidos en menos de una decada. Una de esas caras que años después te cruzas en un punto lejano y piensas: "¿Quién era éste? ¿De qué conozco yo a esta persona? Me suena esa cara" y eso mismo les sucedería con el rostro de ella a B, a L o U, o incluso, le sucedería a J el desparecido, en ese presente desconocido, en ese lugar indescifrable que le sacó de la rutina de ese tren diario. J habría ido diluyendo como pinturas bajo el agua, sus rasgos, la forma de su barbilla, el orden de la cara. Esas miradas que no retuvieron su cara. Esas miradas que no enfocaron lo cercano, lo diario. El tren avanzaba constante, repitiendo su ruta, porque eso es lo único que puede hacer el tren, repetir su ruta, repetirla exactamente. Dificilmente nosotros repetimos nuestros pasos, no pisamos el camino exactamente igual que el día anterior. Aquí un paso, allí otro, ayer fuiste por la otra acera o unos centimetros más allá. El tren no, el tren se repite, se persigue constantemente. Miraba el reloj, entonces ya sí, entones llamaba a la casa para despertar a la niña, y con voz muy bajaba, cuando la niña atendía al otro lado, le decía: vamos, cariño, es hora de prepararte para ir al colegio. Le mandaba un beso sonoro, pero muy suave, por el auricular y se despedía, el día, de nuevo, cambiaba de ritmo. El tren entraba por los barrios del sur, el bullicio y la masa de gente en activo, el orden social en ebullición. "Somos tantos" pensaba "sorprende que no estemos permanentemente en guerra" y el tren se llenaba de cuerpos, de prisas, de movimiento. Miraba el reloj y pensaba que la niña en ese instante estaría saliendo por la puerta de casa. Y entonces volvía a pensar en su piel, en la posibilidad de otra piel, en una piel de hojas de árbol caduco o piel de jabón, una piel distinta, que al tocarse fuera levemente moldeable y de un tacto distinto, una piel difusa.
viernes, enero 22, 2021
La realidad y la ficción
Es más fácil lo ficticio. Los personajes de una ficción, por complejos y alambicados que sean, no tienen ni se enfrentan casi nunca a realidades tan difusas como la nuestra. La ficción recrea una realidad enmarcada, por abstracta que sea, es un marco preciso. Los personajes se mueven en certezas, extrañas, absurdas a veces, pero certezas. Los personajes responder bajo una lógica, actuan bajo unos parametros. En la realidad esto no sucede. La realidad, y aquí seré arriesgado, es menos verosimil que la ficción. Es más sencilla la vida del personaje ficticio. La maldad y la bondad, muchas veces tienen marcas más claras. El personaje ficticio tiene más claro qué entra dentro de su ética, qué es moral o inmoral. Nosotros, los reales, no. ¿Cuántas veces una actuación nuestra ha sido reprobada y tiempo después, nosotros mismos, hemos sido conscientes de nuestra metedura de pata? El personaje ficticio mete la pata, es inmoral o poco ético, pero lo sabe, porque lo sabe su creador, por eso le coloca ahí. Sabe, su realidad lo dice de por sí, que aquello no está bien o no está mal, también se enfrenta o intuye que esas personas con las que se relacionan son o no son éticas o inmorales. Tienen contradicciones, claro. No digo que sean planos esos personajes e incluso se mueven en terrenos muy difusos, pero su contexto los define mejor. Nuestro problema en la realidad es que los contornos los descubrimos después, en el futuro. Los ficiticios se mueven en contornos que ya saben. Su relación con el presente es radicalmente opuesta a la nuestra. Nosotros entendemos el presente como pasado, lo entendemos en el futuro. De hecho los personajes con los que interactuamos los comprendemos con el paso del tiempo. Los ficticios los entienden desde el primer instante. Saben mejor quién es el otro. Y enfrentar la historia, en su caso, la vida, en el nuestro, son asuntos profundamente distintos. ¿Cómo no cambiaría nuestra vida con margenes definidos? ¿Sería mejor? No creo, la gracia de vivir consiste seguramente en eso, en que es indescifrable, que no hay marcos predefinidos y que permanetemente debemos descifrar lo que sucede? En el último libro que leí, divertido, absurdo y profundamente inteligente, los personajes convivian con el diablo, no lo sabían, pero el marco real lo marcaba. Todo era absurdo y el absurdo era creible, el disparate, que era mucho y muy bien contado, era asumido sin conflictos por cada uno de los personajes. Nosotros no podriamos aceptar el disparate, nos confundiría, nos llevaria a la sensación de locura a la paranoia y al terror. Vivimos situaciones disparatadas, claro, pero no las asumimos, le buscamos explciación enseguida. Un trasfondo, una coherencia, un sentido. Nuestros personajes ficticios lo asumen. ¡Qué disparatado! A veces, sin embargo, queremos ser ellos. Diría que es uno de los grandes problemas del humano actual. Queremos ser ficticios, con sus marcos fijos, sus realidades definidas. Personajes bien diseñados. Con una línea argumental clara. Somos hijos de millones de ficciones. Desde hace más de medio siglo hemos crecido viviendo ficciones permanentemente e interpretamos, muchas veces, la realidad como una de esas ficciones. "Ese tipo es malo" "Tengo razón" "No actuó bien" Esas frases, en general, solo pueden ser pronunciadas en la ficción, la realidad, dificilmente, nos puede dejar ser tan precisos. Somos reales y la realidad es inabarcable. Desconocemos la mayoría de las que suceden a cada segundo. No sabemos qué ha movido al otro, qué estructura del pensamiento, qué amalgama de confusiones e interpretaciones, le ha llevado a actuar así. Por qué mi vecino no contestó mi "Buenos días". Desconocemos cada segundo de las cosas, como mucho, pasado un tiempo podemos comprender y concoer algunos fragmentos más qué formaron aquel segundo preciso.
jueves, enero 21, 2021
Manifiesto amable
Ante todo, y sobre todo, la amabilidad. Ser amable hasta sus ultimas consecuencias. Ser amable hasta en la mayor de las hostilidades. ¡Por un mundo de amabilidad! ¡Por la posibilidad de un planeta amable! La amabilidad como ideología absoluta. Por todo lo que conlleva y acarrea la amabilidad. La amabilidad hasta en la mayor dificultad para llevarla a cabo. La amabilidad siempre, sin cesar. La amabilidad como un todo. Cuando todo sea áspero, duro, incluso terrible, seguir siéndolo. Cuando todo esté en contra y los hostiles vayan dominando, incluso ahí, no ceder a la tentación. No bajar jamás la guardia, no entregarse. Amabilidad hasta cuando falta el respiro. El último de los valores en perder, la primera bandera que defender. La amabilidad como patria, como única patria: la verdadera, la autentica. Los amables como hermanos, como humanidad definitiva. Ser amable siempre, no dejar de serlo nunca. Pero no serlo como táctica, como moneda de cambio, por esperar la misma amabilidad de vuelta: no. Ser amable por serlo, porque no hay otra opción de hacer de este mundo un lugar mejor. Porque la amabilidad es nuestro hogar, nuestra existencia. Por gratitud a la vida: sea como sea que nos fuera dada. Por ser conscientes del paso efímero y fugaz por este mundo. Amabilidad extrema, pero sobre todo con el que no la merece ni la merecerá jamás. Sobre todo con ese. Ser amable con el amable es fácil y la demostración absoluta de la posibilidad de otro mundo. Ser amable con el hostil es la prueba definitiva. Ser amable en ese momento que cuesta serlo, sobre todo ahí. Buscar en ese momento el último resquicio de amabilidad. Ser amable siempre, hasta el último segundo, cuando todo se desvanezca, ser amable hasta con ese último segundo de vida.
miércoles, enero 20, 2021
Hacer letras
No aspiraba a ser escritor profesional. De hecho le parecía que ser escritor profesional era una especie de aberración. "La literatura debería ser, siempre amateur" escribió en uno de sus diarios. Era escritor, o hacia escritura. Que para él no era lo mismo. No es lo mismo, tampoco, ser músico que hacer música. En su opinión, o a su gusto, era mejor, siempre, la segunda opción: hacer algo, no serlo. Porque él no quería ser. No era un actitud arrogante, más bien al contrario. Quizá expresado así podría sonar duro, arrogante o falsamente excéntrico, pero era cierto: no quería ser escritor, no le interesaba nada de aquello. Le gustaba escribir. "Escribir tiene una parte física apasionante". No entraba en palabras grandilocuentes: liberador, hipnótico, sensual. No, escribir era fisicamente estimulante. Quizá porque en su caso había una especie de exorcismo, cuando escribía, durante un rato, él no era él. No es que tuviese mala relación consigo mismo, pero salirse, colocarse en otro lado, le resultaba fisicamente agradable, como si su cuerpo también se moviera. El hecho de que escribir conlleve un proceso mental de salir de la narración habitual que tenemos con nosotros mismos, le hacía que no sólo mentalmente sucediera el exorcismo, también su cuerpo experimentaba una traslación, se movía a otro lado. Algunos músculos, pensaba, se volvían los músculos de otro. Los dedos se hacían hábiles en el teclado. Marcaba letras a buen ritmo. A él, de la literatura, era eso que lo interesaba.
Él no entraba en valoraciones. La calidad de sus textos no le interesaba del todo. Tampoco entraba del todo en si le interesaba ser leído. ¿Quién pretende ser leído en este momento de la humanidad? Es de una ambición desmesurada, decía. Un mundo donde suceden tantas millones de cosas por segundo, cosas de calidad discutible, es imposible que haga de un ser humano cualquiera un posible lector de sus textos. Había llegado al punto de ni siquiera opinar del mundo que habitaba. ¿Quién puede opinar? ¿Quién se ve capaz? Escribía sobre cosas que no entendía, no de actualidad. No era ajeno a los caminos que había tomado la realidad, pero se veía incapaz de opinar. Tomaba partido, claro, pero desde el plano real. Escribir de actualidad requería de una habilidad para la que no estaba dotado y escribir desde el compromiso de una inteligencia que tampoco poseía. ¿De qué escribía? No lo sabía. En general de algo que la realidad escondía. No existe ficción, existe una realidad que no se ve y en cierta manera pensaba que esa realidad no atrapada podría ayudar a movilizarle hacia otra realidad. Dotar la vida de la posibilidad de otra realidad podría ayudarnos a vivir con cierta esperanza. Al menos la posibilidad de esa realidad a él le ayudaba a entender la suya, la que vivía, pero también a vivirla. De hecho eso es lo único que le interesaba de hacer escritura: educarse y ordenar, en cierto modo, sus pensamientos.
martes, diciembre 22, 2020
Parte de la historia de un submundo
Se puede crear un submundo delimitando cualquier terreno del mundo. Así podemos decir que el mundo es menos que la suma de sus partes. Es inabarcable la de fragmentos de este mundo que crean submundos. Y nuestra memoria tiende a crearlos, a delimitar zonas donde se suceden microcosmos de nuestra existencia. Todos tenemos el pasado lleno de estos. El pueblo de la abuela, la casa de una prima, la calle del barrio de la infancia, la clase de 5ºB en el año 86, el edificio donde viviste la adolescencia. Todos tenemos esos submundos con vida propia, con historia completa, con sus mitologías y leyendas, con personajes míticos y trascendentes, repleto de anécdotas y fragmentos de la historia que completan perfectamente la existencia de ese submundo. Aquel edificio de dos torres, para mí, claro, es uno de ellos. Podría ir narrando historias, quizá vehicularlas a través de un hilo conductor y sería perfectamente un volumen de la historia de aquello. Aquellos personajes, aquellas tramas ocultas, que no eran visibles de primeras y que se iban revelando tras un tiempo de observación. Una vez supe o conocí el título de un libro que era "historias del edificio" con lo cual no podría llevar ese título nuestra recopilación, pero podríamos buscar algo parecido.
Por alguna razón que no comprendo del todo, hoy me he despertado recordando una de aquellas historias de aquel submundo. Como lo sueños, no entiendo del todo porque ha venido de golpe a mí, justo al despertar. Es una historia con aire de drama o, retorciendo la narración, de comedia negra. La historia sucedía en uno de los últimos pisos del bloque B, el que daba más al Sur. Era una familia silente, pasaban por la entrada a los bloques sin mucho ruido, saludaban y desaparecían. En realidad la mayoría de los vecinos eran así, no pasaban mucho tiempo en las zonas comunes y no se relacionaban con todos esos muchachos que invadíamos y nos íbamos apropiando del espacio compartido, zonas verdes, patios y pasillos comunes de acceso, también el amplio parking exterior que se confundía casi con las demás zonas. Aquella familia formaba parte de la mayoría silenciosa, como le gusta decir a los políticos de su masa de votantes más obediente. Un día, un sábado calurosísimo se vio un revuelo en la zona del fondo el parking. Un grupo de gente cuchicheando, la aparición veloz de una ambulancia, mantas y un cuerpo tapado en el suelo que movía algo los pies tranquilizando a todo el vecindario ante la posibilidad de estar presenciando un cadáver. La narración de los hechos no se completó rápida y requirió del chismorreo que fue completando una investigación ardua entre los más curiosos de los dos bloques. Se iban contrastando dia a dia, las siguientes semanas . Al principio poco se sabía: "es la chica de servicio" fue el primer dato. Al verla extendida ahí, doce pisos más abajo del balcón de la casa donde trabajaba intuimos que había un intento de suicidio. Lo que se confirmó rápido, casi el mismo día. La chica era joven, jovencísima. Probablemente no era mayor de edad. La veíamos pasar con frecuencia, casi sin saludar, tímida y asustadiza. Verla ahí, a una chica poco mayor que nosotros, sobreviviendo a un intento de suicidio fue impactante. En seguida empezaron las indicaciones indiscretas: ¿Por qué la chica de servicio se había intentado suicidar en la casa que trabajaba? Doce pisos hacia abajo es una decisión firme que no deja muchas dudas. Pronto alguien confirma, porque había trascendido la conversación de los operarios de la ambulancia, que la chica estaba embarazada. Aquello nos daba algunas respuestas: miedo, desesperación. Un embarazo, nos atrevimos con la hipótesis, no deseado. Así, en las primeras horas, quizá a lo largo de ese fin de semana, habíamos completado dos datos claves: Intento de suicidio y embarazo no deseado. Algunos habrían dado la investigación por terminada ahí, pero a los que somos cotillas, aquello no nos saciaba. Embarazo y suicidio era una bomba de relojería que escondía, con seguridad, más cosas.
Yo no sé cómo fuimos rellenando las cosas, cómo conseguimos información y datos. Iban trascendiendo sin más. Alguien habló con los hijos de la familia, alguien vio que el padre hacía maletas y se iba. Alguien vio gestos de dolor y trauma en la madre, pero día a día, se iba sabiendo, conociendo, que la chica no estaba embarazada de un novio lejano, de un chico irresponsable. La chica fue dada de alta con una leve cojera, que se quedó, sospecho hoy, 30 años después, perenne. EL niño, obviamente o perdió. La madre de familia acogió a la chica en su casa, la adoptó casi como una hija; el padre, no obstante, desapareció. Los hijos, si cabe, se hicieron más silenciosos, más ausentes. Fue entonces cuando Charly nos contó lo que ya estaba confirmado y lo que había sido un rumor cada vez más creciente: el embarazo de la chica era del padre. Del hombre no supimos más. Las dos mujeres se quedaron viviendo juntas junto a los dos hijos. La cojera era ligera, poco apreciable. En la cara, eso sí, había un gesto profundo y lejano, un gesto de susto o dolor.
Historias de aquel microcosmos, de aquel submundo hay más, cientos. Dramas, humor o misterio. Quizá un dia habría que recopilarlas. Historias de un submundo en forma de edificio de dos torres.
miércoles, diciembre 16, 2020
Movimientos sísmicos
Yo fui a esa fiesta porque sabía que estaba ella, porque en esa época se es algo mas que enamoradizo. No es que te guste alguien, te posee una locura transitoria, una sensación extraterrenal que te hace llegar una forma casi inapreciable, pero profunda de delirio. Yo a estas alturas no sé decir si aquello era amor, atracción, locura o desequilibrio La atracción se vuelve algo desorbitado, un estado de posesión. Da igual, era un chico de diecisiete años, viviendo en un país tropical, en una ciudad de interior a la que no terminaba de acostumbrarme y aquella chica me colocó en un estado distinto. Durante años he pensado que esa es la primera vez que me había enamorado de verdad. Lo anterior no había llegado nunca a ese nivel, a esa intensidad. Pero no era una atracción cursi o azucarada, que también, lo que me sucedía en aquella época, con aquella chica aún hoy me cuesta explicarlo. Usaba un perfume, que alguna vez, cuando he notado un olor parecido, todavía me arrasa. Había un estado de irrealidad muy potenciado por el olor de aquel perfume. Había más cosas, claro. Sucedió durante dos o tres meses. Nunca llegamos a tener una relación como tal, hubo algo poco claro, poco evidente y medio abstracto. Nos besamos un par de veces, nos vimos mucho, pero no cuajó. El caso es que aquella fiesta sucedió los primeros días, cuando mi cuerpo experimentaba unos procesos químicos desbordantes cada vez que la veía. Aparecí allí, entre desbordado, triste, feliz, melancólico y enérgico. ¿Qué coño pasa en el cuerpo cuando estás en ese estado? Entré, el ambiente era bueno, música, alcohol, marihuana. La vi y comencé en ese juego paranoico de querer acercarte, sentirte apresurado, pensar que ella esta queriendo que te acerques y un segundo después pensar que ni siquiera se ha dado cuenta de que estás. A día de hoy, con la perspectiva de los años y alejándome de la irracionalidad del momento, sé que ella esperaba, sé que ella estaba igual que yo y que si nunca tuvimos una relación fue precisamente por mi estado de duda e inseguridad, pero eran años raros para mi, eso lo sé ahora. Rato después ya estábamos hablando, recuerdo salir a la terraza que daba a una plaza que había en el centro de la ciudad. Las calles estaban vacías, porque allí la ciudad a una hora precisa se queda vacía, semi inhabitada. Estuvimos horas en la terraza, hablando. No sé de qué. ¿De qué hablaba en esa época? ¿Qué conversaciones teníamos antes, cuando todavía no eras el tipo que eres ahora? Pero hablábamos y yo olía aquel perfume y me instalaba permanente en una irrealidad en la que me quedé metido los siguientes dos o tres meses. Creo que sentía una sensación parecida a la explosión y a la fragilidad. Llegaba la madrugada, la fiesta agonizaba con gente ebria que se iba yendo. Da igual, toda aquella gente eran ecos, voces lejanas y salvo los dos chicos que compartían aquel apartamento, que se fueron a dormir, la fiesta se quedó vacía y nos quedamos los dos solos. Ojalá tener el poder de detener el tiempo. Eso creo que es lo que pasa, que quieres parar el tiempo. En realidad todo es más sencillo de entender, el mundo empieza a parecerte un lugar inhóspito y esa atracción se parece bastante a la droga, te saca de ahí. Yo tenía una relación deterioradísima con mi padrastro, la ciudad se me hacía dura, un lugar al que no pertenecía, todo era ajeno, o más aún, era un tipo que había perdido el lugar. Ella me entregaba uno, raro, hipnótico, donde olía a perfume. Amanecía, ella me hablaba de su novio. Eso ya lo sabía, pero yo manejaba la esperanza de tumbar ese muro.
La luz del día aparecía, empezábamos a estar agotados y buscamos un lugar para tumbarnos. La casa estaba medio vacía, no tenía casi muebles, un par de camas, un sofá medio destrozado y un colchón en el que nos tumbamos. Al principio seguimos hablando, pero ella iba cerrando los ojos. Era casi media mañana, entraba calor, el sueño es difícil de dominar. En un momento, no sé cómo, ni recuerdo la secuencia, pero estábamos con las caras frente a frente, ella con los ojos cerrados. Empecé a dudar: ¿está dormida? ¿Se hace la dormida? Yo notaba su boca pegada, su aliento que me resultaba glorioso, me llegaba así, en bocanadas alucinantes, aún ondeaba el perfume, ¡qué estado de locura! Ni siquiera creo que pueda hablar de excitación, ni siquiera había un tema sexual, que también, claro, silente y distinto, pero realmente lo que había era un estado de absoluta irrealidad, creo que nunca he estado drogado en mi vida, sin drogarme. Entonces comenzó una escena enloquecida, seguramente un estado de paranoia absoluta. ¿Estaba aquella boca esperando mi boca? ¿Estaba despierta esperando un beso? ¿Estaba ella en ese estado de locura? Me iba acercando, lentísimamente, en mi vida he sido tan pausado. Me acercaba como se van alejando los continentes, inapreciablemente. Avanzaba distancias absurdas, cada milímetro era un viaje de horas. ¿Esperaba ella? ¿Había suspirado más fuerte porque se preparaba para el beso, porque sentía el pecho como lo sentía yo: al borde de la erupción? ¿Soñaba, era ajena a todo que sucedía en mi cabeza, no percibía mi recorrido titánico, dormía de verdad? Entonces el pensamiento negativo de repente ganaba y me iba hacia atrás. ¡Estás loco! me decía. ¡Está dormida! ¿Dónde vas? y todos aquellos milímetros ganados frente a su cara los deshacía en décimas de segundo para volver a empezar: ¿está esperándome ahí a tan solo seis centímetros de mi? ¿y si está esperando y tú no actúas? ¿y si ella está igual que tu? ¡Vamos! Muéstrale que tú estás igual. Sus labios muy levemente abiertos parecían decir que sí, que no te asustaras, que estaba ahí, que igual ella también dudaba, que igual ella estaba pensando: ¿Por qué no viene si estoy aquí, con mi boca dispuesta? Y entones de nuevo el avance, como un ejercito torpe en territorio ajeno. Milímetro a milímetro. Avanzando entre preguntas. Ya casi, ya casi se siente la comisura de sus labios, el aliento memorable, el perfume aquel. Ya casi ahí, rozando los labios. Los llegué a rozar, los sentí y en un acto del que 27 años después aún me arrepiento, me fui para atrás, desistí: Está dormida. Pensé de golpe. Y me giré. Miré un rato al techo y me quedé dormido.
Nunca he sentido que volvería a hacer las cosas de otra manera en mi vida. La vida es la que es: en eso soy bastante pragmático. De la única cosa que me he arrepentido en mi vida es de ese acto tonto, post adolescente sin demasiada importancia. Ella estaba esperando el beso: ella también notó mis labios en sus labios. Los dos o tres meses siguientes con esa chica se movieron en ese terreno de irrealidad. Creo que ella nunca se imaginó todo esto.
jueves, agosto 27, 2020
Mientras esperas por los otros
Este texto podría ser un ajuste de cuentas, cambiar nombres de personas, alterar las descripciones de los lugares donde todo ocurrió realmente y finalmente, provocarle a esa persona real un final vengativo en esta ficción. Podría usar todo aquello y alterarlo para hacerle daño y producirle dolor. No sería difícil y posiblemente sería gratificante, porque la literatura y la ficción, a veces, la mayoría de las veces, parecen ser realidades que suceden en otros planos, quizá en otros mundos paralelos a este. Podría narrar todo aquello y llegar a un punto donde se podría alterar el final, si en algún momento llegó a haber un final. Porque los textos concluyen, pero la vida, de momento, continúa. Podría cambiar el nombre de Pablo (seguramente ahora mismo ya ha sido cambiado su nombre), podría cambiar su descripción, quizá tiene algo menos de pelo o más, quizá el mismo: eso, tú, ya no lo puedes saber, amable lector. Quizá sus ojos son azules, en vez de verdes o quizá en esa confusión ya no sabemos qué pertenece al Pablo real (que ya sabemos que no se llama Pablo, o quizá sí) y qué es de nuestro Pablo ficcionado. Y Pablo, con su altura distinta, con sus rasgos alterados, sale del metro, pero en vez de en la estación de Casa de Campo, se baja en Lago y yo, que no voy a alterar mis rasgos, voy a permanecer intacta en esta ficción, le veo venir. Viene tarde Pablo, muy tarde, se ha retrasado, de nuevo, demasiado. Y aquí comienza la alteración de lo sucedido. Yo ya no vuelvo a mirar la hora, esta vez no la miro, Pablo viene caminando algo más agitado de lo que caminó en aquella realidad que estamos alterando. Se acerca cada vez más, yo esta vez no estoy disgustada, estoy tranquila, manejando la indignación con habildiad. Pablo hace un gesto de saludo desde lejos (creo recordar que en aquella realidad también lo hizo, quizá con menos énfasis) Ese gesto lejano y amable que hacen los impuntuales para ir justificando su brutal retraso. Esta vez yo no sonrío como quitándole importancia al retraso, como siempre hago para evitar hacerle sentir culpable; esta vez no temo el conflicto, al contrario, lo busco. Ya está casi a mi lado y se escucha el principio de esa frase tantas veces usada, el principio de una frase que justifica la tardanza:"Disculpa, pero justo al salir..." Esta vez le interrumpo, no le dejo terminar. Le enseño el reloj, le marco la hora y le digo que son casi tres cuartos de hora de retraso, me mira sorprendido, desacostumbrado como está, a que yo acepte su impuntualidad:
.- Pablo, coño e´ tu madre. Pablo mal nacido. Pablo hijo de mil perras. Te dije la ultima vez que si volvías a llegar tarde, era el fin, tu fin, el fin de todo esto.
Es por eso, señor Juez, que maté a Pablo, déjeme acabar, por favor, esta ficción. No podrá condenarme a años de carcel, porque esto no es más que un ajuste de cuentas ficticio, esto no sucedió, esto está sucediendo en mi cabeza no más, mientras le veo venir, como siempre, con retraso, haciendo ese gesto lejano de saludo y aquí termina el texto y nos fuimos a tomar algo y yo olvidé la hora.
martes, agosto 18, 2020
El tiempo de la caída
Uno se puede caer de muchas formas. Hay dos caídas básicas: el tropiezo y el resbalón. Lo demás, con sus excepciones, son variaciones de esas dos grandes corrientes. Pero no es del origen de lo que quiero hablar aquí, no es del motivo de la caída, sino de la velocidad en la que se cae. Porque, por alguna razón que está por estudiarse, la caída tiene su propio tiempo y, si cabe, su propio espacio. Uno no cae, jamás, a la misma velocidad que la vez anterior que cayó. Uno puede caer, lento, lentísimo o rápido, muy rápido. Hay caídas que se prolongan en el tiempo, vas cayendo un buen rato. Siempre, claro, dentro de unos parámetros de bastante instantaneidad. Hay caídas que parecen durar más de un segundo y hay caídas que duran milésimas. El resultado o las consecuencias de la caída, no necesariamente van ligadas a la velocidad. Puedes caer muy rápido y terminar escayolado o puedes caer lento y terminar con esguince de tobillo. La velocidad, en la caída, no tiene o no parece, de momento (está por estudiarse), mucha influencia en lo aparatoso o lo lesivo de la caída. Pero si escribo este texto sobre la velocidad de las caídas no es tanto por analizar las lentas o las veloces o sus posibles resultados; si escribo sobre la indescifrable velocidad de la caída es porque hay un tipo de caída que es incomprensible o especialmente enigmática. Hay una caída, y estoy seguro que casi todos la hemos experimentado, en la que le tiempo no existe, en la que hay una fractura en la línea temporal. Es una caída sorprendente. Es la caída sin caída o de la que no eres consciente o no sabemos si sucede, el acto de ir cayendo. Es la caída que sucede cuando ya has caído. Es la caída que cuando cobras conciencia, estás en el suelo. Recuerdas ese microsegundo en el que resbalaste o pisaste algo inestable o ni siquiera lo recuerdas, pero de repente y sin transición, estás desparramado en el suelo. Generalmente has caído hacia adelante, pero también sucede hacia detrás. No caes, estás caído. No hay tiempo o cabe la posibilidad, que en esa caída haya la forma más parecida que podamos experimentar, de viaje en el tiempo. A veces ni siquiera recuerdas el tropiezo o resbalón, simplemente te ves ahí, estúpido, en el suelo pensando: "Joder, me he caído" Ese joder, esa sorpresa, es la sorpresa del que se deslumbra con el vacío temporal, del que, inconscientemente, sospecha del salto temporal, de la desaparición de la secuencia en el espacio/tiempo. No hay línea. Esa caída es la posibilidad, casi cierta, de que a veces, torpemente, accidentalmente, viajamos en el tiempo. Así que, a su manera, ese patinazo o ese tropezón, son la forma más sofisticada, la forma más evolucionada que tenemos de viajar.
viernes, julio 17, 2020
Camino de la ermita
lunes, julio 06, 2020
No volverá
miércoles, julio 01, 2020
Humo
- El desorden está ahí. Nada diferente, siempre es así. El problema del mundo viene de ahí. Ustedes los hombre son el fallo. Están mal hechos. Todo viene de ahí. En tu caso, obviamente, también. Tu padre no puede pasar. Tienes que ayudarle a pasar.
.- ¿A pasar dónde?
- A pasar, a seguir. Imagínate que te has quedado eterno en un instante. Hay muchos que se quedan ahí. Atemorizados. En una zona de no conexión. Imagínate que te quedas eternamente en las siete y cuatro de la tarde, como ahora, con esta luz.
.- Tampoco me importaría- contesta él con cierto cinismo.
.- Tu padre se ha quedado ahí. Si no le ayudas a pasar, estás condenado a repetir su mismo camino- la mujer habla como si no le escuchara. Como si no estuviera.
.- Poco puedo hacer por mi padre ya. Mi padre se murió hace demasiados años.
.- Las relaciones siguen, por más que uno de los dos muera. Tu sigues relacionándote con tu padre, de hecho la relación sigue, ha cambiado. No se parece en nada a cuando murió.
Él ha ido perdiendo el interés. Todo esto, de repente, le parece innecesario, una pérdida de tiempo, se siente ridículo. La mujer entonces se pone de pie. Se va. Tarda. Él se pone de pie, dispuesto a irse de ahí. La mujer aparece, se queda en la puerta, a unos cinco o seis metros de él.
.- Es difícil contigo. Eres extranjero e incrédulo. No puedo ayudarte. No entiendes. Transita el poco tiempo que te queda. Morirás joven. No dejes de fumar, eso tampoco te salvará y al menos eso lo disfrutarás. Es lo único que disfrutas en la vida. No vuelvas aquí. Tampoco al pueblo.
La mujer se da la vuelta y desaparece. El siente miedo, está profundamente aterrorizado. En ese instante, intenta recordar la car de su padre que cada vez más le cuesta reconstruir con facilidad. Hay rasgos que ya no aparecen cuando recuerda. Zonas de la cara que ya no se dibujan en el recuerdo. Sale de ahí, el día muere, la tarde cae y se han encendido dos farolas tristes en ese alumbrado publico escualido. Unos tipos le miran desde la cada de enfrente, uno de ellos fuma, pero no parece tabaco. Un joven hace piruetas con una bicicleta. Parece hábil. Se siente extranjero de nuevo. Siempre se siente extranjero en ese país, pero en ese momento se siente extranjero en el mundo, en la galaxia, en el cosmos. Se siente el extranjero total. Durante unos diez segundos piensa que ese es el día de su muerte, pero en seguida lo olvida. Va hasta el coche. Coge un cigarrillo y fuma. Que más da, piensa. Yo también sé que voy a morir joven.