martes, octubre 20, 2015
Gas
No hay metáforas para el presente. No las hay. El mundo nunca fue como es hoy en día. No digo que este sea un momento más importante que los anteriores, también solemos ser bestiales en esto, pero sí que este momento nunca fue, nunca sucedió. Este momento es así y jamás hubo algo ni remotamente parecido y así, suele pasar a cada instante. Nos gustan las fechas, las marcas en el tiempo, los días históricos. La historia es diaria, cada segundo. No avanzamos hacia esa fecha importante. Estamos en ella permanentemente y quizá uno de los cambios sociales más importantes sería si empezamos a vivir con ello, bajo ese prisma. En el presente nos va la vida, porque es lo único que tenemos. Sirven las marcas como conquistas logradas, es posible, pero eso tiende a borrar todos los presentes que nos llevaron hacia ello. Celebrar el primer voto de una mujer a veces nos hace borrar lo que cada mujer empujo hasta ahí, se queda la efeméride que tiende a borrar lo que la hace efeméride. Deshace un poco todo, cada frustración, cada disparate de esa sociedad previa, cada instante de reclamo y de soledad de esas mujeres incomprendidas, borra a cada una de ellas. Borra a esos que les ofenderían por decir imposibilidades y disparates, por plantear posibilidades que se asumían como imposibles. La historia es esto, a cada instante. El lento despertar. Ese pensamiento que aborda a un peatón en medio de una acera y le hace comprender que quizá no todo está dicho, que quizá la verdad no era sólo eso que creyó verdad. Esa lenta construcción del relato histórico, que irá quedando marcada en fechas, pero que llevan un sigiloso camino, a veces brutal, pero siempre pasando como gas, de cabeza a cabeza. Un gas soltado o o un gas construido. Un gas dirigido con unas u otras intenciones. Un gas que va transformando invisiblemente esto que vemos.
jueves, agosto 20, 2015
El Máquina
El Máquina
Con el Máquina no me llevaba del todo bien, pero no había más remedio. El Máquina tenía algo desagradable, pero no era evidente. Había algo en él muy molesto, pero nunca supe qué era. Simplemente me resultaba desagradable. Era parte de los cuatro y los cuatro siempre viajábamos juntos cuando llegaba el verano. Generalmente viajábamos al sur, aunque hubo un verano difuso en que subimos al norte.
El Máquina, todo hay que decirlo, era el más trabajador de los cuatro, el que estaba más pendiente de la organización del viaje y, además, durante los días fuera, era el más activo, el que siempre resolvía las vicisitudes y las complicaciones. Era un tipo de acción, nada perezoso. Dormía poco, pero siempre estaba activo. No era el más musculado de los cuatro —Jorgito tenía más perímetro en pectorales, a pesar de su fisonomía—, pero El Máquina era, sin ninguna duda, el más veloz. No de correr, porque nosotros nunca hicimos carreras; era el más veloz vitalmente. Su tiempo vital pasaba de otro modo que el nuestro. Era nervioso, pero su nervio no le llevaba a la ansiedad, sino al movimiento, a veces demasiado. Quizá eso era lo que me molestaba: que nunca estaba quieto, que no paraba.
Aquel verano bajamos al sur. El viaje en coche fue terrible porque tuvimos dos averías y tuvimos que hacer noche en Sevilla, en un hostal donde hubo problemas con la tarjeta para pagar y, por la noche, una pelea bestial al pie de nuestro balcón. Esa noche soñé que se acababa el verano y que, cuando llegábamos al camping donde teníamos reservado, lo habían cerrado por culpa de la crisis.
De Sevilla a la costa tardamos poco, pero cogimos un atasco monumental en la autopista. Nos paramos en una gasolinera. A las diez de la mañana hacía un calor de las tres de la tarde. En el césped de la gasolinera, una niña jugaba con su padre al escondite y me quedé un rato mirándolos. Cuando nos montamos en el coche, Jorgito discutió con Arnold, pero Arnold no contestaba; en realidad no era una discusión, sino que Jorgito hablaba con indignación de una situación abstracta y Arnold bebía un batido mirando al frente.
El Máquina estuvo callado un rato y me dijo que sacara la marihuana e hiciera uno, pero yo hice como que no le había escuchado. De repente pensé que ese grupo que habíamos conformado para viajar en verano se había caducado. Durante el invierno apenas nos veíamos y, de repente, no entendía por qué, llegado el verano, nos reuníamos para viajar si en realidad no teníamos casi trato. Para mí, El Máquina era un desconocido; Jorgito era amigo desde pequeño y Arnold era indescifrable.
Arnold había bajado de peso ese año, pero aún seguía siendo ancho. Siempre me preguntaba cosas de mis series y de mi forma de trabajar en el gimnasio, pero yo a veces le engañaba: minimizaba horarios y días. Me molestaba que no valorara mi esfuerzo y, al minimizarlo, hacía ver que mucha de mi musculatura era natural, genética.
Cuando llegamos al camping, descargamos muy rápido y montamos nuestro campamento con una rapidez digna de El Máquina. Jorgito propuso bajar a la playa sin transiciones y todos aprobamos. No recuerdo todos los pasos siguientes; lo que sí recuerdo es que pusimos las toallas al lado de unas tipas de Córdoba que tomaban el sol boca abajo.
El Máquina hizo unos mojitos usando una botella de cristal como coctelera. Nos sirvió la bebida en vasos de plástico. Bebimos rápido y yo sentí un mareo violento enseguida. Me metí en el mar para diluirlo. Buceé y todo se ralentizó de un modo extraño. Al salir me fijé en las tipas de Córdoba. El Máquina intentaba hablar con ellas, pero no contestaban con mucha amabilidad.
Me tumbé en la arena, di vueltas aún mojado y me cubrí de arena, incluso la cara. Creo que en ese momento me habría ido de la playa, pero no lo hice. Vi cómo Arnold entraba al agua y saltaba haciendo una pirueta extraña; se hundía y tardaba mucho en emerger, tanto que parecía que nunca iba a salir. Durante unos segundos pensé que Arnold jamás saldría a la superficie, que quizá se había vuelto arena o una concha, pero que Arnold, como tal, como lo conocíamos, no volvería a salir. De repente el cuerpo emergió de golpe y volvió a hacer una pirueta.
Las chicas de Córdoba hablaban entre sí de algo, de alguien, de un mundo lejano. A mí todo aquello me parecía estar pasando en otro momento, como si lo estuviera recordando en vez de vivirlo.
Aquella noche Arnold llegó muy borracho al camping y montó un escándalo. Algunos vecinos salieron de sus tiendas de campaña y la situación fue muy violenta, desagradable. El Máquina habló con todo el mundo y disculpó a Arnold. La gente fue volviendo a dormir y el camping se quedó en silencio. De repente pensé que no dormiría; sin embargo, me debí de dormir enseguida. Soñé con mi madre y luego con un evento gigante, una especie de concierto en un estadio.
Cuando desperté, El Máquina no estaba y Arnold y Jorgito seguían dormidos. Salí de la tienda y caminé por el camping. Salí y me metí por un camino entre pinos que había por detrás. Leí un letrero que anunciaba varios senderos y caminé sin leerlos.
El camino de tierra a veces era de tierra dura; a veces se reblandecía con arena de playa, como si, en cierta manera, en la costa se librara una batalla invisible entre playa y montaña. Caminé un buen rato. Me crucé con un caballo. Estaba en el suelo, miraba hacia arriba, con una especie de nostalgia. Pasé a su lado con algo de temor, pero el caballo parecía no percibirme.
Más adelante el camino se volvía aún más frondoso. Nunca iba en línea recta: zigzagueaba permanentemente, como si se hubiera trazado sin saber muy bien adónde se quería llegar. A ratos, la arena de playa desdibujaba el camino y emergían otros caminos, o eso parecía. La arena desmontaba las rutas, bifurcaba los trayectos y confundía el sendero: me perdí, o durante un rato pensé que me había perdido.
Seguí avanzando. Alcé la vista y vi la parte de atrás de la montaña; había girado por completo, ahora estaba en la otra cara. Vi una cerca y, al otro lado, unas cuantas vacas pastando. El cielo era grisáceo, la humedad elevadísima. De repente se abría una inmensidad: terrenos secos y algún animal disperso. Al fondo vi una casa.
Caminé. Un perro ladró. Observé la casa un rato; parecía vacía. No supe por dónde volver y me dejé llevar por el sentido de la orientación: simplemente tenía que rotar alrededor de la montaña, seguir hasta alcanzar el otro lado.
De nuevo caminé entre pinos, ya sin camino marcado. Allí, al fondo, de repente vi a alguien. Miré: alguien hacía gestos bajo un árbol, contoneaba el cuerpo de un modo extraño. Era El Máquina. Nunca supe qué estaba haciendo. Me desvié para que no me viera.
Tardé un rato en llegar al camping. Cuando llegué, Arnold aún dormía y Jorgito masticaba una galleta. Saludé y hablamos de la humedad. Al rato apareció El Máquina; dijo que venía de comprar café.
No sé por qué, pero de repente El Máquina me pareció un tipo terrorífico.
miércoles, julio 22, 2015
Verano inaudito
domingo, julio 19, 2015
El bien
viernes, julio 17, 2015
Biografías basadas en hechos reales (I)
lunes, julio 13, 2015
Verano en Europa
lunes, junio 15, 2015
Los choques
miércoles, junio 10, 2015
La mutación
martes, junio 09, 2015
Ignorante
viernes, abril 24, 2015
Cayo Sombrero
Recuerdo pocas cosas, recuerdo juntarnos con mucha gente de distintas ciudades, caraqueños, valencianos, barquisimetanos. Beber con ellos de una forma casi primitiva. Recuerdo una fogata por la noche con música a todo volumen y la sensación de no estar en un lugar muy concreto del planeta. Pero lo que más recuerdo es a un español mayor que yo, quizá cinco o seis años mayor que yo. Viviendo el momento con verdadero frenesí. Recuerdo hablar en un momento con él. Acercarme y charlar no sé muy bien de qué. Le pregunté por España, de la que ya me costaba recordar cosas. No habían pasado muchos años desde que me había ido, pero me fui siendo un niño y ya era un borracho de diecisiete. A mi me sucedía algo curioso mientras vivía en Venezuela, era una especie de falsa nostalgia que en realidad era una forma de curiosidad. Mi vida en España se había diluido extraña en la memoria, pero yo confundía aquel esfuerzo por recordar con la melancolía. Hacía esfuerzos por recordar las calles, las ciudades donde viví. Me venían imágenes y olores de Vigo o de Madrid, pero en realidad no lo echaba de menos. España me daba igual. Había una curiosidad rara. Se parecía a cuando lees un libro que sucede en una ciudad que no conoces e imaginas los escenarios, las calles que se describen y haces un esfuerzo por casi palparlas, porque en cierta manera esa imaginación sea más real. Aquel español me habló de España con ligereza. Fue breve. Dijo un par de obviedades y algo así como que España estaba cambiando mucho. A mi aquella España, no la de ahora, en la que ya llevo viviendo muchos años, me venía marcada por la forma de ser de mi padre, en cierta manera para mi la lejana España era la forma de ser de mi viejo. Cierta austeridad vital, cierta amargura, hostilidad y alegría, diversión y chascarrillo, nocturnidad y tristeza. Mi padre vivió más de la mitad de su vida en la dictadura y su manera de ser y vivir, como para casi todos los españoles de esas generaciones, la vida le iba muy marcada por esos rasgos y esa personalidad social de la dictadura. Pero aquel español un poco mayor que yo de Cayo Sombrero me dio de golpe otra España. Una España frenética, desapegada, de un hedonismo algo impostado, un poco más sofisticada que la España que yo tenía en mi cabeza. Aquella España no se parecía a lo que yo recordaba de España. Tampoco voy a ir a análisis sociales o históricos. Todo se movió en un terreno más bien difuso de las percepciones de un tipo de diecisiete años, bastante desubicado vitalmente. No recuerdo muchas cosas de aquellos días durmiendo en la arena, salvo, insisto, la permanente sensación de borrachera. Me crucé alguna vez más por el cayo con el español. Siempre iba en animo festivo, pero desde la perspectiva de distancia. Nunca convivía sin filtros. En realidad habitaba aquella realidad como observador, casi como narrador, con cierta soberbia. Todo le parecía "muy loco" en su viaje por aquel país. Volví de aquel viaje sin nada de dinero, logré volver a Barquisimeto con mi hermano pidiéndole el empujón a un autobús que volvía el viernes santo hacia la ciudad vacío. El autobús estaba destrozado y nosotros íbamos con el cuerpo inundado de alcohol y absolutamente agotados de los días durmiendo poco y mal. Nos subimos al autobús vacío y el conductor apenas nos miró. Llevaba un compañero que fue casi todo el viaje de pié a su lado, lo que parecía una odisea porque el autobús vibraba como si habitáramos encima de un terremoto permanente. A ratos cabeceábamos, a ratos mirábamos el paisaje hipnótico de esa carretera. En un momento dado le pregunté a mi hermano por España, por cómo la recordaba. España era un asunto extraño en nuestra cabeza, éramos españoles, pero habíamos dejado de serlo con una velocidad pasmosa. En cierta manera, una de las cosas más desconcertantes de la vida en Venezuela, fue que dejamos de ser de ningún sitio, pero no por una decisión o un razonamiento. En cierta manera habíamos borrado España, pero tampoco nos pertenecía la cultura y las costumbres de nuestro nuevo país. Como los tipos de la serie Lost, era como si nos hubiéramos quedado en una isla indescifrable en mitad del atlántico en nuestro vuelo cuando viajamos de Santiago de Compostela a Caracas. Esa sensación o percepción de nosotros mismos se implantó con fuerza en casa, con nuestros viejos, entre nosotros mismos. Esa percepción en realidad nos ha seguido mucho tiempo, incluso a veces colea, esa extraña sensación de no saber muy bien dónde queda tu casa o tu origen: el desarraigo. Y ese desarraigo me explica también mi percepción de España ahora. Siempre me resulta inexplicable. Aquella España que representaba mi viejo cuando vivíamos en Venezuela y la que arranca con aquel tipo de Cayo sombrero, que se parece a la España de ahora.
lunes, marzo 16, 2015
Cinco años
La nada
Pero hoy es difícil ser optimista. En Venezuela, en España o la India.
lunes, febrero 23, 2015
Política programada
Pero cuando la veo noto que el lenguaje ha cambiado mucho. Más allá de los ritmos, que inevitablemente se aceleran. Noto que la televisión se muestra más plástica, más banal y más dada al espectáculo circense, pero sin pudor. No soy capaz de emitir juicios al respecto. Cada quien ve la televisión que le da la gana. Lo que si me tiene cada vez más descolocado es el uso de la política en televisión. En cierta manera, en esta época convulsa, parece que la televisión ha tomado una postura muy clara y muy meditada para el show político. Tengo la sensación que ese trato que a veces lleva una cadencia y un contenido enormemente parecido a los reality, es absolutamente premeditado y tiene una intención. Frivolizar la política al punto de convertirla en uno de esos realitys, amortigua la rabia y el pensamiento crítico y lo vuelve todo disparatado, humorístico, una comedia en directo. Los políticos se vuelven personajes y no personas y las críticas se parecen a las críticas que hacemos del último capítulo de breaking bad y no a la de un asunto en el que nos va la vida. Frente al casi caduco desapego político, que ha ido agonizando por esta extraña nueva política. La prueba evidente es la elección de los personajes que lideran los partidos: aptos para el show, para encarnar un personaje muy preciso, con características muy evidentes. Fáciles de dibujar. Se hace política para la televisión, es aquella la que se adapta a la pantalla. La que se amolda. Esas tertulias disparatadas, donde se analiza a lo loco. En pantalla se rotula una notica de última hora y los tertulianos se acomodan a una opinión inmediata. No hay transición. Todos se acomodan, hablan alto. Se indignan sin mucha trascendencia. Y en una especie de paranoia tiendo a ver todo este show, cada vez más creciente, cada vez más cómico, más marcadamente plástico, pienso que eso está pensado, pero no pensado desde departamentos que buscan dar altos índices de audiencia. Creo que es un modo de placer, de narcotizarnos. Como si todo nuestro pensamiento político sucediera ahí y ahí nos tuviéramos que posicionar. Me cae bien el que opina parecido a mi, detesto al otro, que es un memo. Y ahí sucede la batalla. Nos indignamos con ese loco que dice barbaridades y aplaudimos al que colocamos en el lado de la sensatez, esa sensatez que siempre colocamos en nuestro lado. Soy frágil y tiendo a estas paranoias, pero a veces este show parece que tiene un fin: tenernos adormecidos, indignados ahí, frente a ese tertuliano impresentable.
domingo, febrero 22, 2015
La convulsión
Aquí la cosa no respira mucho más sana. El auge de Podemos está desenmascarando lo que llevaba oculto años. El bipartidismo se había asumido, casi ya nos lo comíamos sin masticar, como si nos hubiéramos intoxicado de esa especie de virus que aletarga: el bipartidismo como mecanismo sano y limpio después de cuarenta años de dictadura. Casi no cabía la duda. Había hartazgo, pero no había surgido el asco. La cadencia del paso de los años en la entrada del siglo empezó a sacar un olor pestilente a las calles y el asco apareció, y cuando el asco aparece cada uno reacciona como buenamente puede. El asco genera reacción y aquí estamos. Las carencias huelen mal. No hay democracia. Hay un teatrito, y no hay más que ver los programas de tertulias para ver en qué calidad de show andamos metidos. Volvemos a la capacidad de disgusto para un acuerdo de convivencia y ciertamente, aquí nadie tiene ganas de convivir si las cosas no son como uno piensa. El como cada uno se apodera del concepto de la sensatez y de la ecuanimidad: el infierno son los otros. Se están montando las barricadas, se hace difícil dialogar. Damos por sentado lo que piensa el otro y todo se dispara. No hay hueco para lo otro, porque el infierno son los otros. Pero más allá de lo ideológico, que en mi caso, siendo tan difuso siempre, tiene algunas cosas bien claras: no soporto el uso del terror. No lo soporto, me genera exactamente la reacción contraria. No soy rencoroso y no soy violento, soy iracundo y me enfurezco, pero no soy violento, sin embargo este uso del terror y del pánico, me genera una especie de rabia, es un sentimiento reaccionario. Si me metes miedo me hago más temerario. Miedo me da salir a correr por las noches y ver los contenedores llenos de gente buscando comida. Miedo me da recordar los turnos de las enfermeras que me cuidaron durante cincuenta días en un hospital repleto de gente. Recuerdo aquel encierro con tanta frecuencia. Una de las habitaciones en las que estuve daba a la ciudad deportiva del Real Madrid, cuando aún no se había convertido en cuatro torres mastodónticas, fue el verano que el equipo entranaba por última vez allí, después de la venta salvaje de los terrenos donde después se construyeron esas cuatro torres raras, bastante incompresibles, ahí alzadas, como si se hubieran equivocado de sitio. Desde el hospital se veía entrenar a los famosos jugadores, sobre ese césped verde recién regado, corriendo ajenos al exterminio. Una de las noches, como muchas otras, hablé con las enfermeras, les pregunte por turnos, por horarios, por sueldos, creo que yo, con 27 años en ese momento ganaba más que ellas. No recuerdo la cifra exacta, pero recuerdo que la mañana siguiente el Madrid fichó a David Beckham por algo así como 24 millones de euros y un sueldo que soy incapaz de recordar. Hay tipos inteligentísimos que son capaces de argumentar y defender porque esto sucede, leyes de mercado, dinero que generan y tal: a mi, directamente, me da bastante igual la capa de argumentos que hay detrás de eso. Lo que produce intangiblemente cada una de esas enfermeras, jamás lo producirá David Beckham arrastrando un balón por el césped de un estadio. Y poco espero de un mundo que aplaude, celebra, comprende, justifica e incluso espera que esto sea así por siempre. No puedo explicarlo con sustancia y cabe la posibilidad de que esto suene terriblemente demagogo y vacío o qué cojones sé yo y en mi mundo ideal todo el mundo tendría mucho menos y sería caos y un mundo insostenible: eso siempre me dicen esos lumbreras y brillantes cerebros que justifican el delirio. Pánico da un tipo cruzando el mar de un continente a otro para buscar la huida o la posibilidad. ¿Te has puesto en la piel de ese tipo que pasa penurias por cruzar una frontera? ¿Te has imaginado que tú vida es esa y no la tuya? ¿Te pertenece de verdad tu vida? ¿De verdad todo lo que tienes lo mereces? ¿Es eso todo tuyo? ¿ Exactamente qué has decidido de tu vida? ¿Qué de todo esa construcción que es tu vida te viene dada por eso que consideras que es tu mérito? Si no hubieras nacido dónde naciste, si tu madre hubiera sido de otro modo, si tu padre no hubiera tomado determinadas decisiones y tu profesor y tu mejor amiga te hubieran enseñado otro grupo, si aquella novia hubiera resaltado otras características de ti, si las cosas hubieran sido distintas en la universidad, si toda esa enorme construcción social hubiera sido opuesta sería tu vida como ha sido, te hubiera dado el mundo y eso que asumes como destino esa vida que asumes que es tu vida, sólo tuya. Honestamente, creo que no.
lunes, febrero 16, 2015
La insensatez
¡Qué insensatez cuidarnos!
martes, febrero 10, 2015
El guión
Hay veces que hay que mirar por la ventana y ver el día que hace, el paso de nubes, la amenaza de lluvia, el frío que no cesa.
martes, enero 27, 2015
Vida de atleta moderno
miércoles, enero 14, 2015
El cambio
Su vida, ese cúmulo de días, de experiencias dispersas, de horarios no siempre elegidos, había transcurrido relativamente ligera. Conocía varios buenos restaurantes de la ciudad. Conocía la mayoría de las capitales europeas, había asistido a miles de actividades culturales. La vida promedio de un tipo de mediana edad, en una ciudad de la Europa del arranque del siglo veintiuno. Un individuo habitando en ese pequeño y curioso laberinto de los pequeños placeres, de los pequeños problemas, del comfort y la seguridad: el último hombre en la tierra. No supo cómo exactamente, no hay marcas definidas o las hay demasiado abruptas. Las transiciones o son inapreciables o son al corte. No hay transiciones rítmicas. O te cae una maceta mientras pasabas por una acera o vas pasando de la infancia a la adolescencia en un ritmo inapreciable. No suceden las cosas de un modo intermedio. No le pasó a él. Todo era ligero y todo dejó de serlo. ¿En cuánto tiempo? Vaya uno a saber. Un día el trabajo flojea, aquello que parecía perenne se hace caduco. El flujo de llamadas es más bajo hasta desaparecer. Se enredan las cosas, aquella gente que te daba trabajo en sitios ya no está, han cambiado de vida, también afectados por sus ritmos y transiciones invisibles. Las dinámicas profesionales, aquellas que creía asumidas han ido variando también, todo había estado sumido en la inapreciable transición de las cosas. De repente es más torpe en un entorno en el que no lo había sido. Inapreciablemente ha envejecido. Un buen día no sabe dónde ir, ni siquiera es valorada como tal su profesión: es casi un hobby de internautas aburridos. De repente ha visto una pared, es el final del laberinto y no encontró la salida. Mira atrás. Se sienta abrumado, rehacer caminos, rebuscar salidas le parece, de repente, una odisea para la que se ve incapaz. Las piernas están cansadas. Mira de nuevo. Se sienta en el suelo. Durante varias horas piensa sin pensar en nada. Ese estado mental en el que estamos pocas veces. Pasa el tiempo sin urgencia. ¿Y si todo consistía en no hacer nada? ¿Y si la verdadera revolución, el cambio definitivo, es sentarse y no hacer nada? Habitar. Simplemente habitar. Como esos animales que pastan sosegados, inmóviles, en praderas infinitas. ¿Y si al final todo consistía en no hacerlo? Ni siquiera retrasarlo, postergarlo: no. No hacerlo jamás. Mirar y quedarse quieto, ver el brillo y el esplendor de un presente eterno.
