Juan quema en la papelera el manuscrito de la que hubiera sido una de las mejores obras escritas en español. Mira las llamas y el papel arder y, cuando está seguro de que no quedará ni rastro, apaga el fuego, se deshace de cenizas y restos y comienza la jornada. Se ducha, se prepara, se viste y sale a las calles de México para ir hasta su trabajo. En la oficina nadie sabe de sus dotes literarias. En realidad nadie conoce la personalidad de escritor de Juan Marcos. En la oficina ejerce su labor con eficacia. Es un empleado respetado por compañeros y jefes. No es ambicioso, pero tampoco se abandona a la tarea de cumplir en mínimos su labor. Redacta informes, con precisión, de su departamento: recursos humanos de una multinacional de alimentación. Los jefes valoran el trabajo de Marcos, que tantas veces les ha sacado de apuros en reuniones con los gerifaltes internacionales. Esos que aparecen cada ciertos meses en la sede de la empresa en la capital. Juan es metódico y muy profesional. Cuando sale a media tarde, de vuelta a su casa, siente desasosiego y una forma muy peculiar y única de temor. Sabe que se enfrentará de nuevo a la literatura. A esa vasta y salvaje batalla en la que lleva sumido casi una vida.
Juan Marcos no se mueve en ambientes literarios ni culturales. Es un tipo solitario, tímido y bastante torpe en el ámbito social. Vive en un pequeño apartamento en Gustavo A. Madero. Apenas tiene relaciones fuera del trabajo, donde solo mantiene relaciones profesionales. Su vida transcurre en el tormento y la crisis creativa. Vuelve a casa y teclea en su ordenador hasta bien entrada la madrugada. Duerme poco y mal. Cuando cae rendido, después de haber escrito algunas de las mejores páginas de la literatura del siglo XXI, suele soñar con escenas dolorosas, ligadas a las tramas de sus novelas y cuentos. Luego despierta, imprime las hojas de lo escrito la noche anterior; mientras se hace el café, en un rito casi diario, las quema y borra el documento de su ordenador. Rara vez guarda algo escrito. Apenas habrá huella de su obra una vez desaparezca de este mundo. Luego sale a la calle y se mezcla anónimamente en ese universo improbable que es Ciudad de México, esa masa construida que un día no existirá y que arqueólogos del siglo treinta y dos encontrarán signos desconcertantes de una ciudad atrapada bajo capas de tierra, lodo y piedras. Millones de anónimos conscientes de su anonimato. Juan Marcos, fragmentado en ese rugido y movimiento indescifrable de una ciudad que es la metáfora de un planeta que se dirige a la locura y al caos. Eso piensa Juan en su anonimato mientras atraviesa la ciudad para ir a su trabajo. Donde nadie sabe que escribe.
Una tarde miércoles sale. Se despide de sus compañeros en la puerta del edificio. Mira al cielo. Evita volver a casa, porque se siente agotado del esfuerzo diario de escribir. Camina al azar por la ciudad. Piensa en la literatura, piensa en la escritura. ¿Qué extraña maldición le fue dada? Si tuviera que elegir, elegiría no escribir. Al fin y al cabo no escribe, porque no hay huella, no hay rastro apenas de su escritura. Avanza por la Avenida Morelos. El tráfico está detenido. Una hilera de coches estancada se pierde por la avenida. Suenan los claxons desgarrados, un amasijo sonoro que se debe de escuchar en algún planeta lejano, en una galaxia que está a punto de desaparecer. Entra en un café. Hay poca gente. Por alguna razón que es difícil comprender, dentro del café hay una calma que contrasta en exceso con el caos que hay en la calle. Pide una cerveza. En una de las mesas ve a una chica joven hablando concentrada con un tipo mayor. Reconoce al escritor Juan Villoro. Observa con cuidado y discreción. La chica, una periodista seria, entrevista a Villoro. Apenas oye las preguntas, apenas oye las respuestas. Va capturando palabras sueltas. Intenta escuchar. En ese momento, y por primera vez en su vida, se plantea cómo será ser un escritor profesional, alguien que vive de eso, alguien que trabaja y opera veinticuatro horas al día como escritor profesional. En ese momento escucha a Villoro decir una frase desconcertante: la realidad ha dejado de existir. Poco después la chica le da la mano, las gracias y se pone en pie. Sale por la puerta guardando la libreta donde tomaba notas en su mochila. Villoro se queda apurando un refresco que Marcos no logra identificar. Al rato Villoro paga y Marcos, en un acto que no ha decidido previamente, paga también y sale tras él. Villoro toma un taxi en la avenida. Marcos detiene otro, se sube apurado y dice:
—Siga a ese taxi, por favor.
El taxista, que abusa de la simpatía, le dice que eso es más habitual de lo que la gente sospecha.
—Vivimos en un mundo donde los taxis persiguen a los taxis —dice el conductor con una sonrisa.
El trayecto es largo. Demasiado largo. De hecho el trayecto es incomprensible. Tras muchos rodeos y vueltas, terminan deteniéndose en las periferias del Centro Cultural del Bosque. Villoro se baja. Marcos paga y se baja también. No sabe cómo ni por qué, pero de repente aborda a Villoro, que da un respingo, porque piensa que va a ser atracado.
—¿Cuándo se deja de borrar lo escrito?
Villoro tartamudea. No emite frase coherente. Está tratando de asimilar la escena.
—¿Cuándo uno acepta lo que escribe?
Entonces Villoro le mira con ternura o temor. No sabe si es un loco o una persona desesperada.
—Nunca se borra. Nunca se acepta.
Entonces Marcos, por primera vez en su vida, le cuenta a alguien que escribe y que borra todo lo que escribe.
—Pero nadie tiene derecho a borrar ni a quemar —dice Villoro casi enfadado—. No te pertenece. No es tuyo. No eres dueño.
Marcos entonces tiene ganas de llorar. No sabe por qué. Primero se siente triste, luego ridículo y luego profundamente solo. Tiene cuarenta y dos años y aún no ha sido capaz de adaptarse mínimamente al mundo. Villoro le abraza. Mira al centro cultural, sabiendo que no acudirá a una de las citas más importantes que tenía ese año. Caminan un rato por el bosque. Villoro le habla del dolor y de la espina. Escribir no es un acto decidido.
—Se parece a las maldiciones.
Juan Marcos ve los árboles, de fondo el bullicio infinito de Ciudad de México, el humo, el ruido, el dolor de una ciudad que quedará enterrada y desaparecerá, como desaparecerán todas las formas del mundo que hoy creemos evolucionadas. Villoro habla de la literatura y la enfermedad. Villoro insiste, casi enfadado otra vez, que no tiene derecho a borrar.
—¿Tú sabes bien lo que has hecho? —le dice trágico, casi amenazante.
Tras varias reflexiones y un largo paseo, Villoro y Marcos se suben a un coche.
—Te voy a enseñar algo.
El taxi avanza por la ciudad. La noche se impone en la ciudad y el tráfico se hace más suave. Llegan a una calle en Iztapalapa. Se bajan del taxi, que paga Villoro. Juan Marcos mira a los lados. Es de noche y no es la mejor calle de toda la ciudad para estar. Villoro abre la puerta de una pequeña nave industrial. Entran. Está todo a oscuras. Villoro se acerca a un cuadro de luz y la estancia, amplia y de techos muy altos, se ilumina suavemente. Hay varias mesas dispuestas en el centro y al fondo muchas estanterías.
—Son manuscritos —dice Villoro.
—¿Suyos? —pregunta Juan Marcos.
—No me trates de usted —dice Villoro sonriendo—. No son míos. Bueno, es posible que haya alguno mío.
Las mesas tienen máquinas de escribir y muchos folios apilados. Serán unas doce o trece mesas iguales, colocadas casi como una clase de un colegio. Al fondo hay una pizarra donde hay varios dibujos y palabras aleatorias. Subrayada hay una que sobresale: LA TRAMA.
—Siéntate en la mesa que más te guste. Ponte a escribir —le dice Villoro a Marcos.
Marcos se sienta en una de las mesas. Coloca el folio en la máquina y se pone a escribir. Teclea cada vez más rápido. No sabe de qué escribe. De vez en cuando mira a Villoro, que parece atareado en las estanterías. Coge carpetas, coge libros, los chequea, los subraya y los vuelve a colocar en su sitio. A veces toma notas. Juan Marcos no tiene ni idea de qué hace. Tampoco sabe muy bien de qué está escribiendo, pero sigue escribiendo. Entonces Villoro se le acerca. Se le pone a un lado.
—¿Cómo vas? —le pregunta amigable.
—No lo sé. He escrito sin pensar muy bien qué escribo.
—Perfecto. Eso es lo que quería.
Entonces Villoro coge los folios que lleva escritos Juan Marcos y los lee, y lo que lee Villoro en esa nave industrial en una calle de Iztapalapa es esto que estamos escribiendo, son estas palabras que estamos leyendo y que jamás sabremos si serán quemadas o borradas, pero que de momento están aquí.
