miércoles, octubre 30, 2013

Maratón

  A esa hora las enfermeras apagan las luces de los pasillos y de las habitaciones. Se instala un silencio inalterable. En las habitaciones los enfermos están estáticos, dominados por las dosis de altísima medicación y por las células más fuertes de su cuerpo que ya casi se ha devorado a si mismo. Su madre habla del pasado, de su batalla existencial y mira a su marido, acurrucado, con ternura y resignación. Los dos hijos que están ahí para verla no son hijos de él, pero le han tomado un cariño casi paternal. La figura de ese hombre marchito ha sido fundamental en su biografía común y en la sensación de felicidad ligera de todos esos años de atrás. Uno de los hijos mira la hora y le dice que ya es hora de volver a casa, se aprieta las zapatillas y estira un poco los músculos; atravesará la ciudad corriendo. La madre les besa y se despiden con cierta rutina ya, los días de hospital se acumulan tan monótonos que esa rutina empieza a parecer una rutina eterna. Los hijos miran al hombre, dormido, recreando quien sabe que escenas de su vida, ahí, en esa laxitud química. El corredor mira la hora, enciende la música y sale corriendo. Nada más salir encuentra la anchísima avenida donde está el hospital. Son las primeras horas de frío del otoño. El silencio de las zonas periféricas y la ausencia de tráfico imprimen una sensación delicada a las horas. Las primeras zancadas son extrañas, a esa hora de la noche el cuerpo no parece esperar ponerse a correr. Avanza avenida hacia abajo. Una chica por la acera, frontándose las manos para entrar en calor pasea a su pequeño perro que corretea. El corredor, la chica y el perro se cruzan casi sin mirar. En las casas hay luz, reflejos de televisiones encendidas. Sigue sin pasar un sólo coche. A lo lejos se ven los perfiles del centro de la ciudad iluminados con conciencia. Los edificios históricos moldean una figura indescifrable junto a los edificios que pretendieron ser modernos y vanguardistas en la primera mitad del siglo XX y que definen con bastante exactitud el carácter de casi todo un país. El corredor se desvía por una cuesta, pasa al lado de las cocheras del metro, un montón de vagones parados, en esas vías que dan por finalizado cualquier recorrido subterraneo de la ciudad, todas las vías llevan a las cocheras, como el fin inequívoco de todo. Un hombre, muy abrigado, camina entre algunos vagones con una linterna. Las instalaciones gigantes de las cocheras, con su luz apática, apenas deja ver la silueta de ese trabajador solitario. Unos chicos fuman marihuana pegados a la valla, silenciosos, como si la marihuana les hubiera sumido en esa sensación de extraña quietud que habita toda la zona, el humo de la marihuana sobrevuela como un espectro extraño por encima de sus cabezas, el corredor pasa a su lado y siente de golpe ese olor indiscutible. Los chicos le miran pasar como si el corredor dejara estela o viniera corriendo desde el más allá. Le siguen los pasos varios metros, quizá todo lo que el giro de sus cabezas les permite. El corredor ya lleva buen ritmo y los chicos parecen ver no a un ciudadano más corriendo, sino a la metáfora de todos los corredores de la historia. Abajo de la cuesta, el corredor alcanza otra avenida vacía, de frente ve ese solar abandonado que años atrás fue una piscina de nombre pretencioso: "Piscina Miami"y que cerraron porque más que bañarse, los bañistas se habían aficionado a traficar con drogas con el cloro como excusa. Ese trozo de avenida, una vez pasado el solar del que sólo queda el letrero moribundo pero hermoso para una fotografía de "Piscina", termina pasando por debajo de un puente, arriba otra avenida silenciosa pasa. El corredor escucha bajo el puente sus zancadas multiplicarse sonoramente, parece que corren seis, por el otro lado un hombre de aspecto extranjero le mira con desconfianza, ya ni los atletas despiertan tranquilidad en la noche.  El hombre va fumando y va poco abrigado para el frío que ya empieza, camina con nervio, pero no el nervio del que viene de algo agitado o va a algo turbulento, camina con el nervio del que habita en la prisa, aunque ya no la haya. Al salir la avenida atraviesa un parque donde una pareja se entretiene corporalmente casi llegando al sexo, la figura del corredor los desconcentra de la atracción y le miran pasar con desprecio, como si el corredor hubiera escogido a mala fe pasar en el mejor momento a su lado para romperles, con mala intención, el momento en el que los cuerpos, internamente, se desprenden del pudor. En ese momento el corredor nota el primer golpe de sudor, eso que los adictos al deporte llaman romper a sudar, ese momento que el cuerpo expulsa las primeras gotas y el físico parece entrar a coordinarse como una especie de sinfonía ligera. A un lado aparece la parte de atrás de un centro comercial casi abandonado. Una chica saca la basura de uno de los dos cadenas de restaurantes que sirven comidas peligrosas a los adolescentes despistados, mientras suelta botellas y bolsas en los contenedores habla por teléfono: "Ya le dije yo que es mejor no hablar. Ya me queda poco para salir y voy para allá" El corredor entonces se encuentra con la curva, comienzan las primeras bifurcaciones, las calles se estrechan. Aparece el río, se cruza con otro atleta que lleva un ritmo más suave que él. Se miran. Cruza por el viejo puente. EL tráfico, de repente, sube la intesidad. Los coches que bajan del centro pasan con ritmo. Mientras cruza el viejo puente ve el agua triste de ese río triste con reflejos que tiritan con desgana. Al final del puente un grupo de adolescentes grita y salta sin un fin concreto. Uno de ellos le dice al corredor:"Vamos que ya falta poco". Una vez cruzado el puente atraviesa por el parque donde tantas veces jugó de niño. No hay nadie, ni siquiera luz. Al final del parque comienza la cuesta terrible que da acceso al centro, justo al lado de la catedral y el palacio. En la cuesta se cruza con una chica que sube con esfuerzo y que se asusta al verle aparecer por su espalda, el corredor pide perdón. El corredor siente ganas de parar y hacer el resto de la cuesta andando, pero no se deja vencer por el esfuerzo y sigue. Arriba o casi arriba pasa por una de las puertas laterales de la catedral, un cura, vestido de cura y con caminar de cura le mira, entre asustado y nervioso. Se detiene, el cura piensa que es un atracador. Finalmente alcanza el final de la cuesta con la respiración a ritmo completo. Gira por la calle llana. Frente al palacio, algunos extranjeros se hacen fotos y sonrien. Por las calles del centro la carrera cambia. Evita a algunos peatones. Las tribus urbanas se parecen cada vez más entre sí. Las formas de las calles, cada zona, moldea la forma de sus peatones. Llega a la vía grande, el tráfico es furioso a pesar de la hora, los letreros de los teatros anuncian estrenos con títulos pomposos, el semáforo está en verde y frena la marcha, varios peatones junto a él esperan para cruzar. Del otro lado ve a alguien que conoce y que no le apetece saludar, se acomoda la gorra para seguir. Se mete por las calles más estrechas, las que ya le acercan a su casa. En la plaza del cine abandonado hay una pelea durísima, se escuchan sirenas, una prostituta grita mientras llora, invoca a satanás. Se mete por la calle de los restaurantes, le da olor a México o a un olor que el recuerda de México. Sube el tramo, pasa por la puerta del cine pornográfico que está cerrado. Una chica con gorro simpático casi se tropieza con él, se miran sonriendo, también los tropezones pueden ser amables. En la plaza de arriba un tipo toca guitarra, pero en un estilo poco habitual, canta con falsete y se mueve como si sonara una orquesta entera. Gira, toma la calle que termina en su calle, acelera porque tiene ganas de llegar. En el portal se encuentra a la vecina más simpática del mundo, le pregunta por sus hijas. Sube las escaleras a buen ritmo y abre la puerta. Todavía huele a cena. Saluda a su pareja, se acerca a la habitación de las niñas que duermen con las bocas abiertas, como si soñaran con fuentes de agua. Se tropieza con un juguete que hay en el suelo y una de ellas balbucea entre sueños. La carrera ha sido, a su manera, una Maratón. El que corre para avisar que allí, donde se libraba la batalla la guerra casi termina. La vida continúa.

martes, octubre 29, 2013

El otro

 En aquellos no fui consciente de lo realmente afectada que ella se había quedado tras el divorcio y de mi grado de involucración en todos sus sentimientos; el modo en el que ella había asumido aquella realidad que, sin ser evidente, la superó. Al principio me contaba como había sido el largo proceso de deterioro de su relación, el aumento constante de la distancia, la incomunicación como realidad aplastante en sus vidas. Jamás hubo conflicto violento, lo que hubo fue desprendimientos terrestres, cada uno de los dos se separaba del otro, como los continentes que alguna vez estuvieron pegados, navegando hacia el vacío, reordenando los mapas de la tierra. Un buen día ella hizo las maletas, le dio un abrazo, encendió su coche y condujo dos o tres estados más allá. Durante algunos meses deambuló, cambió varias veces de forma de vida y de planes de futuro. Al tiempo, nos vimos en una ciudad desconocida para los dos, ella venía de recorrer media Europa y quedamos en el norte. Me habló de Miguel, un español aventurero que había conocido en la frontera de Portugal y que vivía en mi ciudad. Con voz rotunda y sin atisbos de duda me dijo que había decidido apostar e irse a vivir con él. Yo me alegré, inexplicablemente, impredeciblemente, después de años tan alejados, seríamos casi vecinos, como lo fuimos en la infancia. Quince días después llegó a la ciudad, me puso un mensaje:"ya vivo aquí". Algunos días después quedamos en un café del centro, me iba a presentar a Miguel. Cuando llegué, ellos ya estaban sentados en una mesa, en todo el bar no había nadie más. Él ya bebía algo, ella esperaba por mi, quizá ahí ya debí sospechar, pero no sospeché. Hablamos de algunas películas, de alguna música, hablamos de la infancia. Él parecía un tipo amable, pero me desconcertaba que desconocía el mundo. Es decir, había viajado, era culto, había vivido fuera, había estudiado en otros países, pero de cada cosa que hablábamos, de cualquier cosa, hacía preguntas como el que lo escucha por primera vez. La realidad, toda la realidad universal, parecía una tierra incógnita para él. Al rato se levantó, se acercó a la barra donde la camarera pasaba las horas en el café vacío, pidió algo para él. Afuera llovía. Los siguientes meses nos vimos con frecuencia. El plan, generalmente, era ese o muy parecido. ¿Pero quién puede sospecharlo? Al cabo de las semanas ella me llamó, me contó que se iban de viaje a Estados Unidos, que había hablado con su ex, que habían quedado, que le presentaría a Miguel, que se sentía bien por el modo en que las cosas se había ido canalizando en su vida. No la volví a ver durante años. A los meses, Miguel me telefoneó: Estaba en la ciudad, quería verme. Le pregunté por ella:"Ya no me contesta ni los mails, ¿está todo bien? ¿ha pasado algo?" Él me contestó que las cosas habían terminado abruptamente y que ella había desaparecido. Quedamos en el café donde le había conocido, cuando llegué él ya estaba, bebía algo como aquella primera vez. Me dijo que ella le dijo en mitad de Estados Unidos "en una carretera de mierda", que se iba, que aquello era un sin sentido. "Me dejó ahí parado, se subió a un autobús y desapareció en la inmensidad. Me sentí invisible. Como si yo fuera nada. Le abracé porque le vi débil, frágil. En cierta manera daba la sensación de estar haciéndose transparente. Ella era mi amiga, mi vínculo a él, sin embargo me sentí de su parte. Más desde que ella no daba señales de vida, no contestaba mails, no se había vuelto a comunicar. Quedamos en vernos con más frecuencia. Cuando fui a pagar, la camarera sólo me cobró mi cerveza; pensé que él, en una de sus visitas al baño, había pagado sus whiskys. Nos despedimos en la puerta. No supe más de él. En cierta manera con ella me sentía dolido. Tiempo después, quizá un año, quizá año y medio, ella me llamó por teléfono. AL principio reconozco que hablé algo arisco, estaba molesto por como se habían sucedido las cosas, por su silencio, por aquella aparición casi desgarradora de Miguel, triste, dolorosa, cruel.

.-  Vi a Miguel. No estaba bien. Me contó como te fuiste en mitad de una autopista, sin muchas explicaciones.

.- No es exactamente así lo que pasó. Vi a mi ex, llevé a Miguel a esa cita.

.- Sí, antes de irte me contaste que lo harías.

.- Nos citamos con mi ex en un café en San Antonio. Cuando llegamos le presenté a Miguel y ni le miró. Obviamente me empecé a sentir muy incómoda. Cuando llego el camarero no le dieron una carta, como si el planeta entero me recriminara estar con Miguel. Mi ex actuó como si Miguel fuera invisible. No podía entender, porque tampoco cuadra con su forma de ser actuar así. Le dije que estaba bien con Miguel. Me miró como el que mira un abismo, como el que ve un hueco infinito a la nada. Tardó en hablar, Miguel miraba para otro lado, como si nada de aquello le afectara, tan ajeno a lo real como estuvo siempre. Mi ex tardó en hablar, lo intentaba, pero algo le bloqueaba las palabras. Luego me miró y me dijo:"Todo esto no está bien, ¿lo sabes? Esto no tiene sentido". Le contesté que lo habíamos hablado y que me dijo que tenía ganas de conocer a Miguel y que pensé que todo iba a ir mejor. Habló con el tono de voz más alto que le he oido nunca. Siempre hablaba casi en el susurro y subió el tono de voz a un tono normal, lo que en su caso daba la impresión de grito: "¿No entiendes que no hay Miguel? ¿No ves de verdad que a tu lado no hay nadie? ¿No ves de verdad que te lo has inventado?" y se puso a llorar suavemente, como el que observa una verdad inamovible y trágica. No entendí hasta que miré a un lado y Miguel no estaba. No había Miguel.

.-Creo que no te entiendo.

.- Miguel no existe. Fue una fuga mental. Una figura post traumática. Creada en la soledad de mi separación. No existe.

.- Pero yo le vi, él me contó. YO estuve con él en ese café donde me le presentaste. Bebía, se pagó su Whisky, me pagué mis cervezas. Le vi irse, así, con ese caminar tan ajeno a lo real.





sábado, octubre 26, 2013

El final

 Hoy me desvelé a las tres y treinta y cuatro. La cifra en el reloj me pareció una imagen muy metafórica de lo que significa el desvelo. Nada más abrir los ojos, aún estaba coleando una imagen del último sueño, pero fui incapaz de recordar o de concretar qué era lo que soñaba exactamente. Al mirar el reloj me quedé un buen rato pensando en esos tres números. 3:34. Este minuto está desafinando, pensé, en un ataque de poetisa que cada vez se vienen con más frecuencia. Una invasión de imágenes y frases a las que no estoy acostumbrada. Francamente no me molestan, pero tampoco soy capaz de ver su función o su utilidad: preferiría menos invasiones poéticas y más sueño, por ejemplo. Luego he encendido la radio. Los minutos pasan raros en el insomnio. Busqué la emisora como el que busca frecuencias galácticas en busca de vida extraterrestre. Una mujer de voz susurrante recibía llamadas de otros con insomnio, como si los insomnes se buscaras en las ondas de radio, como si fuera ahí donde habita ese no sueño. Las llamadas entrantes le contaban experiencias, todas trágicas, todas desgarradas, a la locutora paciente. La madrugada es el terreno de las desdichas. Escuché un buen rato esas voces que llamaban desde lugares invisibles, me resultaba difícil ponerle cara a esas voces, como si sólo fueran voces, espectros sonoros, reverberaciones de dramas humanos, diarios. Parecían casi psicofonias, lo que queda del dolor más allá del dolor. Él me llamó, balbuceaba palabras y emitía algún deseo definitivo: "Gordi, me quiero morir ya", pero ya ni siquiera trasmitía desconsuelo o desgarro, su deseo era el deseo último del que ya ha bajado los brazos y se sabe vencido y asume la derrota:"Dile al Doctor que me mate", pero lo decía con tanto sosiego que casi sobrecogía más. Luego, inmediatamente, se volvió a quedar dormido, cada rato emitía ruidos que parecían venir de las cavernas de su cuerpo. El cáncer cabalgando a sus anchas por un cuerpo al que ya ha dominado, en el que ya se ha suicidado. Una guerra civil repleto de víctimas, todas las células derrotadas en un campo de batalla devastado. Miré el reloj, me pareció incomprensible que tan sólo fueran las tres y cincuenta y siete. También me gustó esa cifra porque algo se volvía afinar. Todo impares separados por dos tres, cinco y siete. Esos juegos numericos, a su manera también me parecían sueño, otra forma de sueño en mitad de la madrugada. Luego me dormí, quizá dos minutos después, quizá un tiempo incalculable. La radio se quedó encendida y cuando desperté al amanecer ya no le quedaban pilas. Había soñado con música. y unos jilgueros sobrevolando un espacio vacío. Esa mañana me sentí ligera.

martes, octubre 22, 2013

Vagabundo

Aterrizamos al amanecer. El aterrizaje fue brusco y yo jamás había tenido una experiencia negativa de ese estilo en un avión. La mujer que tenía al lado gritó varias veces y rezó en voz alta. A mi su reacción me pareció excesiva. Cierto que hubo algunos movimientos bastante agitados y el avión durante segundos parecía gobernado por ráfagas de viento salvajes, pero no hubo la sensación de haber caído en la nada. Salimos el grupo bastante adormecido y caminamos por el aeropuerto acomodándonos los trajes, porque de ahí, los coches, nos llevarían a las oficinas del centro a tener una tanda de reuniones casi infinita hasta la noche. Yo me subí en uno de los taxis junto a Garay. Garay era un tipo bastante reflexivo y silencioso y muy contundente en el trabajo. Con Garay o no se hablaba o se hablaba concienzudamente de asuntos laborales. Poco sabía de la vida de Garay. En el taxi no hablamos. Garay sacó una pequeño pastillero del maletín y se tomó dos o tres pastillas, luego cerró los ojos, como tratando de reunir algo más de descanso en el largo trayecto de taxi que tendríamos hasta el centro de la ciudad. La autopista, a esa hora empezaba a ponerse espesa de tráfico, el taxista llevaba sintonizada una emisora donde había una tertulia incendiada sobre asuntos políticos locales interrumpida a ratos por algunas canciones de mitos locales de décadas pasadas. La luz entre grisácea y azul del amanecer y ese tipo de construcción de los coches de la zona, que iban en paralelo a nuestro taxi, avanzando hacia la ciudad en día laboral, me indujeron a un letargo extraño. Toda ciudad ajena nos devuelve a un anonimato y una especie de invisibilidad que resultan casi narcóticas. De repente el taxi se frenó, un tasco nos cogió de lleno. "El tráfico en la ciudad es siempre terrible. Yo creo que son experimentos para mantenednos estáticos" dijo el taxista con resignación, como tratando de encontrar en la conspiración una explicación a la repetición tediosa de los atascos diarios. "¿cómo puede un país funcionar si tiene diariamente a tanta gente detenida durante horas en las avenidas y calles de la ciudad? Piénselo, cuánta productividad tirada por la borda, sume horas y horas de todos los que estamos estáticos, escuchando radios monótonas. A veces pienso que son los dueños de las emisoras los que organizan todo esto" El hombre suspiro, porque en realidad no hablaba conmigo, en realidad hablaba contra el destino, contra ese caos ingobernable. Garay dormía o se hacía el dormido, tenía el cuello algo ladeado, pero el  gesto de la cara aún era activo, como para ser el gesto de alguien dormido tan profundamente como aparentaba. De la quietud total, el tráfico empezó a avanzar a una velocidad casi inapreciable, no creo que sobrepasara los diez kilómetros por hora y aún trató de comprender como a esa velocidad se puede tener un accidente, pero el coche de atrás nos dio con más fuerza de lo que la velocidad podría explicar. Nos empujó con tanta violencia, que terminamos por empotrar al coche de delante. Garay abrió los ojos y me miró buscando una explicación, yo le miré y miré fuera y vi venir al conductor del coche de delante con una caminar repleto de furia, el taxista salió para que el asunto que se veía venir no le pillara sentado. Salió y le dijo que el también era víctima. Ambos se giraron buscando al conductor que nos había dado a nosotros y este, a su vez caminaba hacia atrás buscando al conductor del coche que tenía detrás. Comprendí sin mucho esfuerzo que éramos parte de una accidente en cadena. Garay no dijo nada, yo bajé del taxi para buscar, para comprender. La hilera de coches accidentados parecía infinita, iba hacia tan atrás que parecía terminar  en algún punto inabarcable, el bullicio de coches pitando y gente gesticulando indignada era atronador. Caminé inicialmente siguiendo los pasos del taxista, luego me vi avanzando entre más gente o a ratos me vi sólo, pasando entre coches, mientras la hilera de la izquierda avanzaba cada vez más rápido: para ellos parecía haberse acabado el trafico. No sé en qué punto decidí volverme, tampoco supe si el taxista ya había vuelto o seguía avanzando hacia la explicación de aquel accidente en cadena. En el camino de regreso vi que algunos se montaban en su coche y aún con el golpe, hacían la maniobra para coger el carril de la izquierda,  liberado y sin tráfico ya, y se perdían veloces en la autopista. Avancé y sentí el golpe nebuloso que se siente cuando pierdes la ubicación. Dudaba, no sabía si ya había pasado nuestro taxi o si aún me quedaba un rato por avanzar. A mi lado los coches arrancaban y giraban bruscos para coger el carril izquierdo.  Los conductores parecían obviar los golpes en sus autos: lo importante era salir de allí. La hilera se iba deshaciendo anárquica y velocisimamente. Comprendí que me había perdido, que no encontraba el taxi. Me coloqué en el arcén: el atasco ya no existía, sólo el tráfico habitual de una autopista de acceso a una capital. Mi maleta y mi teléfono estaban en el taxi. Concluí, por el momento, que la mejor decisión que podía tomar, era quedarme ahí, porque mi esperanza era que el taxista daría la vuelta para ir a buscarme.

miércoles, octubre 16, 2013

El Bingo

 La forma en que Castillos se enganchó al bingo define mucho la forma que había cobrado su existencia. De alguna manera el bombo era la metáfora de su mundo, las bolas numeradas un cúmulo de situaciones, la mayoría improbables, que podrían o no caer y coincidir con su cartón, que era su vida. Castillos no dejó de trabajar por pereza o dominado por desgana, Castillos dejó de trabajar por parálisis, porqué se había instalado en una quietud que recordaba a la congelación. Por las noches, víctima de un insomnio cada vez más agudo, se escapaba al bingo de la avenida Lara, compraba algunos cartones tirando de los últimos vestigios de ahorros, con la esperanza de ganar un par de sueldos que sostuvieran la vida en casa los siguientes meses. No jugaba por ludopatía, jugaba por supervivencia, porque había olvidado trabajar o estaba dominado por un frío interior aterrador. En una carrera de fondo demasiado larga, había llegado a los cincuenta y ocho años, desfondado, con dificultades para respirar por el exceso de tabaco en sus pulmones y con la brújula vital absolutamente desorientada. No tenía miedo, simplemente se había quedado sin capacidad de resolver. El bingo, ese azar de números cayendo, eran la única solución que había encontrado. Sin pensarlo conscientemente, había en su apuesta una creencia extraña en las probabilidades y en la estadística, el bingo le tenía que dar, por fin, un golpe de suerte; porque era de los creía en el golpe de suerte y si en los últimos veinte años no había caído el número de la suerte en su vida, el golpe tenía que llegar, por pura estadística, ya, el bingo tenía que ser cantado. No era ambicioso, ningún ambicioso se juega las últimas migas de la cuenta de ahorros en el Bingo de la Avenida Lara. Tampoco había para mucho más, eso es cierto. No podía especular con otros juegos, con casinos de alto nivel, que tampoco había en todo el estado ni en los estados colindantes. El bingo de la Avenida Lara era todo la posibilidad de suerte que el destino le había preparado. Toda su capacidad de acción era ver caer las bolas, escuchar la voz casi robótica dictando números. El extraño sosiego del que escucha un seis en voz alta y lo busca con una chequeo velocísimo por el cartón tachado a medias. Si la voz desganada dice: ocho, cuarenta y dos y un cincuenta, Castillos cantaría Bingo, pero primero cae un veinte y luego un extraño veintiuno. Siempre resulta desconcertante dos números seguidos, como si el azar tuviera golpes de pereza o fuera improbable y pareciera que todo, hasta el azar, tiene truco. Luego cae un siete, tan cercano a su ocho que según un razonamiento inexplicable de Castillos, disminuye, aún más, las probabilidades. En las mesas, bebedores de Whisky malo con cierta ansiedad van marcando casillas y Castillos se deja arrastrar por el pesimismo. Escucha un cuarenta y dos, marca. Ya sólo dos. Una señora un poco más allá sonríe, Castillos nota que la señora toma delantera en esa extraña carrera de números, como si los jugadores fueran jinetes en un hipódromo de bolas y números. La señora pica adelante, Castillos lo sabe y revisa el ancho y largo cartón con nostalgia, porque cada cartón es un golpe de suerte fugándose, la posibilidad de una alteración en su futuro inmediato que se escapa o que se queda atrás, adelantada por el cartón de esa señora pretenciosa. La voz cansada suelta números, como si supiera que en realidad ningún número tiene emoción y dotar de emoción a los números sea un acto desquiciadamente absurdo. Así que dice "tres" y "diecisiete" en un tono único. La señora, con risa nerviosa, con un entusiasmo que Castillos le parece un poco desquiciado, canta Bingo. Se enciende un Belmont, lo mira con sosiego. Se pone en píe y sale al parking, por la avenida casi no pasan coches, la noche es húmeda y cálida. Vuelve a casa conduciendo despacio, muy despacio. Desde la calle mira las ventanas de su casa no hay luces encendidas; todo el edificio, salvo dos o tres habitaciones, está a oscuras. Apaga el motor y le pone cara a esos dos números que no aparecieron. Les pone cara, rostros de gente que conoció en el pasado, las caras que, a su manera, le empujaron hasta ese instante. Camina hasta el ascensor. Se ve en el espejo. Las arrugas, le parece, dibujan algo, un trazo que a su manera, también parece un número.

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