lunes, septiembre 30, 2013

Heavy

 En Barquisimeto conocí a un tipo que cada vez que hablaba de grupos anglosajones traducía el nombre al español. Amante del heavy, batería estricto; su conversación era difícil que saliera de los temas musicales, y era vertiginosa, porque nombraba grupos como si hubiera un concurso cuyo ganador era el tipo que más grupos conocía del mundo. Mientras le escuchabas tú ibas haciendo la traducción de vuelta, algo así como la retraducción. De su conversación iban cayendo nombres: Rosas y Pistolas, Púrpura profunda, Los sacerdotes de Judas, Sábado negro, Rapsodia de fuego,  Cabeza de diamante. La enumeración era insaciable, con atisbos de infinita, siempre traducidos, pero sin saberse si la traducción era instantánea o venían traducidos de antes, de cuando realizó la primera escucha de aquellos grupos venerados, aquellos grupos que le obsesionaban hasta casi el delirio. Para aquel tipo sólo había heavy metal, lo demás era accesorio, el escenario, lo que daba lugar al heavy. Sólo hablaba de grupos heavys anglosajones y sólo los nombraba traducidos. Además era batería de un grupo que versionaba sobre todo a Púrpura profunda y a los Sacerdotes de Judas. A veces tocaban en un local de amigos que había en el centro y al que fui una vez a verles tocar. El cantante tenía el pelo largo y gritaba con saña y, en mitad del concierto, el guitarrista y él discutieron por lo prologado de un solo que acababa de hacer el guitarrista. El concierto se terminó abruptamente y el grupo se deshizo dos horas después. Aquella noche nos quedamos bebiendo con él, Martín y yo. Al principio de la noche volvió a  hablarnos de los grupos traducidos, de los solos de batería grabados en locales infames, de grabaciones de conciertos piratas, de canciones prohibidas de esos grupos traducidos y que de tanto escuchar siempre su nombre en español terminaban pareciendo otro grupo, no esas leyendas del heavy. A eso de las cuatro de la mañana caminamos por la 16 con 37, entramos en una casa donde se reunían, y eso Martín y yo lo desconocíamos, un grupo de adoradores de Heavy a beber y contar anécdotas que aquella noche a mi me parecieron todas mentira. Al entrar, la poca luz del lugar hizo que me tropezara con una mesa donde estaba sentada una chica que escuchaba el solo de guitarra que reventaba por toda la casa con los ojos cerrados. Los abrió de golpe, asustada. Pedí disculpas y me miró no sé si con desprecio o ternura. Luego nos sentamos en una mesa baja: Martín, aquel noble batería y yo. De repente, en aquel epicentro del heavy no habló de heavy: habló de su familia. De su madre, que vivía en el norte de Estados Unidos, en una pequeña población donde casi siempre hacía frío, habló de su hermano pequeño que no veía desde hacía algunos años y habló de su padre, que había sido bajista en un grupo de heavy underground de los setenta y que se murió en la carretera de Acarigua. Yo miré varias veces a la chica con la que casi había tropezado. Seguía allí, escuchando aquellas guitarras violentas, aquellos salvajes golpes de bombo, aquellas letras desasosegadas. Me levanté y me acerqué y cuando ya estaba hablando con ella comprendí que aquel era el peor lugar del mundo para ir de coqueto. Un tipo con la melena a la altura de la cintura, con los pantalones ceñidos y unas botas con una punta maquiavélica, se acercó hasta mi con la soberbia del que sabe que con un soplido el otro se desmenuza. No recuerdo que me dijo, recuerdo el puñetazo que me arrastró hasta la siguiente mesa y de ahí al suelo. Recuerdo un bullicio leve, recuerdo a Martín tratando de ponerme en píe y diciéndome que nos fueramos. Recuerdo salir sin ver y caminar por la 16 sin dinero, junto a Martín, sin saber si parar un taxi o esperar a que pasara el primer autobús de la mañana. Creo que nos quedamos dormidos a la vez en la plaza de la 16 con 29. Nos despertamos cuando ya había amanecido. Martín empezó a reirse sin hostilidad cuando me vio el ojo morado. Nunca comentamos aquella noche con nadie. No tenía ganas de hablar de ello. El ojo morado tardó días en bajar la hinchazón. Quizá por eso nunca me gustó el heavy.

sábado, septiembre 21, 2013

Los días

Durante años, no sé cuantos, pero durante años viví aferrada a cierta irrealidad. No hablo de inestabilidad mental o distorsiones. Hablo que en general mi percepción de la realidad venía condimentada de percepciones alteradas. Por ejemplo, en aquel tiempo creí en los vínculos con mi familia, creí que mi familia era un puente sólido, y sin embargo no era cierto. Es decir, lo que me unía a esos tipos era un acuerdo bastante cruel, bastante basado en lo incierto. En realidad ese acuerdo mudo con mis hermanos, en el que forzábamos por estar más unidos de lo que en realidad estábamos, se parecía bastante a la cultura de la transición de España. Un acuerdo sin limar, sin mirar, sin hacer frente a lo real. Un acuerdo miserable, tratando de no mirar a lo esencial. Acordar verbalmente una convivencia, pero sin resolver el autentico problema. En verdad mis hermanos actuaban con soberbia, creían que los otros hermanos, incluida yo, siempre les debíamos algo. Ciertamente me he encontrado con los años mucha gente así, que basan sus afectos o sus relaciones en que el otro le debe, son banqueros emocionales, todo lo que hacen es darte crédito para ir cobrandote intereses. Sorprende ver la cantidad de gente que actúa así. Al punto que he llegado a pensar o a creer que quizá el ser humano muchas veces no tiene otra forma de actuar. Sin embargo, cuando llegaron los verdaderos problemas, los reales, comprendí felizmente, que hay quién no actúa financieramente en sus afectos. Hay quien se relaciona de un modo directo, por el puro placer de vivir junto al otro. Un día me crucé con una vecina. La había visto un par de veces o tres. Había hablado un día de no sé que asunto, creo que unas filtraciones que había en el garaje y la segunda vez ella se acercó a comentarme algo del libro que llevaba en la mano. Cuando empezaron los problemas, estuve meses sin pasar por aquella casa, que en realidad no era mi casa. La tarde que volvimos, él se tumbó en la cama, con los ojos cerrados, fue la primera vez que le escuché hablando medio en sueños, al principio parecía un idioma incomprensible, luego parecía árabe, con los minutos empecé a comprender alguna frase suelta, hablaba de niños pequeños, avisaba a alguien de que venía una tormenta, todo muy confuso, todo muy disperso. Bajé a caminar por la avenida. Hay algo que me gusta de esa zona periférica y elegante de la ciudad, las tardes, las calles anchas no tienen casi afluencia de coches ni de gente, en verdad todo está casi vacío y caminas por esas calles arboladas, bien arregladas y te sientes confortablemente sola en el mundo, como si en los atardeceres de verano todo se detuviera un rato. Al volver, me encontré en la puerta de entrada a la urbanización con la vecina, se acercó con brío, ese brío que tiene determinada gente, un brío amable, una calidez contagiosa. Me preguntó que era de nuestra vida, que hacía tiempo que no nos veía, le conté la situación, él estaba dormido arriba, ya sólo se hablaba de tiempo, como mucho de algunos meses. No lo reprimí, porque llegado a un punto de mi vida, comprendí que reprimir esas fugas es dañino, lloré, no lloré con furia, lloré con pena, una pena suave: la pena, ese dolor e la pena, también es cierto, tienen algo cósmico, creo que esa pena es algo que te ubica, es un dolor ancestral, te da la ubicación exacta, esa pena, en cierta manera es la brújula universal, la que te da y te coloca, tu intrascendencia y tu totalidad. Ella comprendió. Al día siguiente, a media mañana, apareció en casa, él estaba sentado en la silla de la terraza, con los ojos cerrados, yo miraba la sierra, la sierra allí, cortada bruscamente, de repente la sierra, allí, a sesenta o setenta kilómetros, me pareció más hermosa que nunca, cuando sonó el timbre el abrió los ojos como si estuviera más dormido que despierto. Abrií y la vi, llevaba unas cestas y nos invitó a un picnic. La propuesta nos sorprendió tanto, nos dejó tan desubicados que nos encantó. Nos llevó a un parque que no conociamos, saco unas cervezas y unos embutidos deliciosos, también sacó unos pasteles salados que él comió con ánimo. Nos habló de otros parques y luego habló de alguien que había muerto hacía algunos años, una mexicana con la que había vivido y finalmente habló de las otras capas, habló de la realidad, de la percepción, de lo inabarcable, de los detalles. Dijo que si cada uno describiera la calle en la que viviamos ninguna descripción coincidiría en detalles con las del otro. Yo describí y hablé de la casa rosa y ennumeré alguno de los árboles de la acera, hablé del parque pequeño donde casi nunca había niños, ella habló del color peculiar de las baldosas de la acera, de la luz de las farolas cuando anochecía, él habló de los edificios, y de que en general ningún edificio superaba las cuatro plantas, también habló de un árbol especifico, el árbol al principio de la curva, de la forma del tronco de ese árbol. Luego recogimos y nos fuimos a casa. Esa noche el durmió peor y habló más que nunca. Decía cosas raras, nombraba calles, direcciones, nombres de tipos. Esa noche soñé con una playa que había conocido hacía muchos años, una playa llena de pinos, vacía, una playa que vi a finales de otoño, llovía y dejé el coche y me quedé mirando el mar y la lluvia sobre el mar y todo aquello me sumía en una laxitud que agradecí.

viernes, septiembre 20, 2013

El cuaderno de la vieja

 La vieja se ha comprado un cuaderno y anota, dice, cosas que quiere dejar anotadas. "No te creas que ahora voy de literata" dice con ese pragmatismo bastante más presente en su personalidad de lo que ella sospecha. A mi vieja no le interesa hacer literatura, creo que desde muy joven, posiblemente desde niña, a la vieja le interese la vida. No es que no le atraiga la cultura, que le atrae; en realidad le fascina. La cultura le parece un terreno no sólo elevado, sino divino. Pero a ella no le ha interesado crear, porque para ella crear es un acto inmediato, instantáneo, existencial. Mi vieja sabe vivir con una habilidad sobrenatural y en general creo que su creatividad va centrada en eso. En verdad la vieja ha vivido una vida que no siempre le perteneció. La ha vivido con heroicidad, porque los héroes no son exactamente lo que tendemos a ver como héroes. Los héroes son otra cosa. Supongo que tendemos a ver que el héroe tiene que ver con ese que abre terrenos novedosos para una generación, para una sociedad y lo hace con brillantez y con esplendor, aquel que logra individualmente un bien colectivo, pero en verdad los héroes son otra cosa. Los héroes no se sabe que son héroes, no lo saben ni ellos, ni los que le rodean, y esa es su heroicidad, un esfuerzo mudo, sin esperar recompensa, porque ni siquiera saben que su titánica tarea tiene recompensa. Mi vieja ha vivido heroicamente, azotada por un entramado vital bastante desquiciado y cuyos dados en general han sido jugadas un poco cabronas. No ha sido infeliz, la vieja sabe de los placeres, pero le ha tocado atravesar campos minados, campos áridos, bastante hostiles, lo que, por otro lado, la ha dotado de una fortaleza descomunal. Mi vieja ahora escribe, porque dice que le interesa leer eso dentro de diez o quince años. Es curioso, cuando me lo contó, recordé que yo hice lo mismo hace diez años, cuando estuve cincuenta días en aquel hospital amargo. Anotaba asuntos dispersos en un cuaderno que hace poco revisé. Estuve a punto de contarle a mi madre y de contarle que pasados esos diez años, realmente, el cuaderno, las frases anotadas, no revelan ninguna verdad y que en verdad, para el que escribes no es para ti dentro de diez años, que en realidad te escribes a ti ahora y esos textos no tienen más funcionan que esa. Tendemos a mimar al yo futuro, a prepararle una vida idónea sacrificando de un modo extraño al yo presente y en verdad hace rato que debíamos haber mandado a tomar por culo a ese dictadorcillo que es uno dentro de quince años. ¿Quién carajo se cree ese tipo para que uno tenga tantas concesiones hacia él si luego nunca viene, si siempre se está yendo? No le dije a mi madre, creo que debe escribir, la excusa de su yo futuro es un motor, pero a quién escribe es a ella, ahora, hoy.

domingo, septiembre 15, 2013

El color universal

 Paulo hablaba con cierto frenesí, con cierta verborrea. Como si no le quedara tiempo para contar lo que te estaba contando. A veces permanecía metido en un silencio absoluto. Sólo miraba dando la sensación de no escuchar y de repente te cortaba, con un tema que no venía a cuento, con una reflexión tremenda, que él creía, de repente, la esencia fundamental de su vida. El motor de pensamiento que empujaría el resto de su vida:

.-El asunto, el verdadero asunto, la esencia absoluta, está en si el agua no fuera incolora. Si habitáramos un universo con agua de color, todo esto, sería muchísimo menos insipido. Que dependamos de semejante elemento, sin color, sin sabor, sin olor, lleva a las cosas al punto en el que están. Este mundo es así por esas extrañas caracteristicas del sagrado elemento. Si el agua viniese por naturaleza tintada, si el universo tuviera una tendencia cromática impulsada por el color del agua, las cosas, inevitablemente, habrían sido absolutamente distintas. No lo digo por un asunto estético, lo digo por un asunto esencial, toda nuestra percepción, toda nuestra naturaleza iría dominada por un color. Seríamos azules como los jodidos pitufos o rosas, muy rosas y todo sería terriblemente agotador. Un universo plateado, un plateado brillante, con reflejos. Que sé yo. Seríamos otra cosa, las casas, las calles, los árboles, el asfalto, el curso del tiempo, sería todo otra cosa. Una cosa indescifrable, un asunto tremendo. El agua es incolora, inodora e insípida, ¿no lo explica eso todo? No somos un universo sin esencia, sin salsa. Imagínate un agua con olor, pero no un olor de ambientador, no. Un olor desconocido. Un olor nuevo: el olor del agua. El sabor del agua. El color del agua. Todo cambiaría. No vendríamos de un elemto tan anonido, tan soso, coño. El agua es sosa. Yo estoy agradecido, pero el agua es sosa. Imagínate el sabor. la lluvia cayendo y pintando el suelo a goterazos. La piel con tendencia a un color. Un universo naranja con olor a fresa. No sé. Le falta creatividad al cosmos. Le falta gracia. Ese minimalismo nos ha hecho ser esto. Esa carencia de color ha producido este cosmos tan monótono. Porque dirán lo que digan, pero esto es monótono. Aquí no hay color.

jueves, septiembre 05, 2013

Un día en Querétaro

En Querétaro soñe que estaba en Meknes, en la medina de Meknes y que un tipo de mediana edad, nórdico, me hablaba en perfecto acento catalán de un teoria terrible sobre como el cancer es una enfermedad teledirigida por los gobiernos para regular la población mundial. El tipo confesaba haber trabajado durante años siendo la comunicación entre farmecueticas y los totems de la industria alimentaria para evaluar el flujo de trabajo y los plazos de propagación. Desperté sudando, la temperatura en Querétaro era espesa y la madrugada parecía un extraño amanecer permanente, como si el Sol no se hubiera ido del todo esa noche. Sentí la pesadez de cabeza de los litros de cerveza que llevaba consumidos los dos días previos. En realidad era la tercera resaca ahogada en otra borrachera y el dolor de cabeza parecía la suma de los dolores de las tres resacas seguidas. La casa en la que estaba durmiendo olía a un perfume antiguo o a un ambientador peculiar, también olía a otras épocas, a olores que recordaba de casa de mi abuela o aquella tía que vivía en un pueblo del Bierzo. Olores lejanos, como si fueran olores que se han quedado de cuarenta años antes, estáticos, inmóviles en el aire. Olores que las corrientes no empujan. Me puse de pié, en cierta forma no recordaba muy bien la casa, porque había llegado borracho cuando dejé las maletas a mediodía y nuevamente borracho cuando llegué de beber desaforadamente en un local del centro. Escuché un gemido, pensé que Octavio, el tipo que me había acogido en su casa, estaba masturbandose, pero luego comprendí que los gemidos eran femeninos. No recordaba haber visto a nadie más em la casa, tampoco recordaba haber llegado con nadie cuando volvimos borrachos. Los gemidos iban en aumento, la mujer casi rozaba el orgasmo, pero un orgasmo largo, muy prolongado y tremendamente intenso, cuando parecía que no había más capacidad de ascensión, aún había un tramo más en su placer, sin embargo no caía en la banalidad de gritar. Eran gemidos extremadamente elegantes. Inevitablemente imaginé un rostro a esa garganta. Creo que cerré los ojos, no estoy seguro. Creo que pensé en masturbarme, pero el ruido de un coche aparcando me distrajo. El silencio, el gemido y el motor de coche, de resto eran oscuridad y una temperatura indescriptible, rara. El coche se detuvo, varias veces pasó un fogonazo, ese fogonazo que dejan los coches en los techos de las casas, después de atravesar las ventanas, un reflejo que va y viene por que abajo el coche aparca. Dejó de sonar el motor. Se escuchó la puerta de la casa. No me había percatado de que ya no se escuchaban los gemidos. Escuché pasos, alguna puerta, una enorme cautela. No escuché nada más. Me asomé a la ventana. Traté de reconstruir la zona donde estaba, pero juro que no recordaba nada de Querétaro. Me había bajado borracho del autobús que me trajo de Guanajuato. HAbía conocido a Octavio en el terminal, hablamos de Butragueño y de Café Tacuba, hablamos de un poeta que me inventé y que Octavio dijo haber leido toda su obra. Bebimos hasta el deliro en el bar del terminal. Octavio me invitó a su casa. Atravesamos Querétaro por una avenida que a mi me recordó a la Avenida Libertador de Barquisimeto. Llegamos a un barrio que me recordó a Bararida y entramos en casa de Octavio que era una casa construida por él con materiales baratos, que me recordó a una casa que ya no recordaba a quien pertenecía. Salimos de allí y fuimos a beber más. Canté canciones que detesto, me subí a un pequeño escenario a cantar dos canciones mías y fui abucheado, Octavio, amable hasta lo incomprensible, me dijo: "A mi me han gustado". Bebimos. conocí a una tipa que me recordó a Italina, y hablé con ella como hablaba con Italina y creo que durante media hora pensé que en realidad era Italina y bebí imaginando que sería de la vida de Italina: En Miami, rodeada de gordos casi alcohólicos adictos a los todoterrenos,comprando ropa barata con ínfulas de ropa cara, manteniendo esa torpeza de la gente que quiere ser elegante y no le sale, recta, rígida en la educación de sus dos hijas, con algún desliz extramatrimonial, algún desliz torpe, un accidente, un resbalón innecesario, sin embargo enormemente enamorada o entregada a ese tipo mucho mayor. Imaginé, casi aposté a esa vida de Italina, mientras la tipa que me recordaba a Italina me hablaba de las playas de Michoacan y de un tipo que había sido su novio que murió haciendo windsurf en una de esas playas inaccesibles de las que me hablaba. Bebí y antes de irnos, vomité en el suelo del bar que ya habían cerrado sólo para los clientes amigos, porque Octavio era amigo y el dueño que me empuja y Octavio trata de disculparme con esa voz amable y simpática. Salimos de allí, Octavio me abrazó como si fueramos amigos indestructibles y le dije que yo le tenía mucho aprecio y que con casi toda probabilidad nadie me había dado tanto por nada a cambio, pero que eramos unos perfectos desconocidos el uno para el otro. Octavio paró un taxi, sonriendo, como el que le rie las gracias a su amigo más borracho. El taxista y Octavio empezaron hablar de apuestas, de luchadores, luego hablaron de un delantero con fama de homosexual y al final hablaron de mi, algo decían de mi que se reian con cariño. Nos bajamos del taxi, Octavio abrió la puerta de la casa con torpeza, subimos las escaleras peor construidas del planeta y me dijo que aquella habitación era mi habitación: "es tuya el tiempo que quieras". Pensé que Octavio, por edad, necesitaba un hijo, jamás había visto a nadie con semejante espiritu paternal. Luego dormí y desperté por la pesadilla y todo ese suceso de gemidos y el coche me desvelaron. No sé cuando me volvía dormir. Desperté cerca de las nueve y media de la mañana. Octavio tomaba café en la puerta de la casa. Hablaba con los vecinos de las otras casas. En la casa no había nadie más. Tomé café, bebí tres tazas y comí unas carnitas que ayudaron con la resaca. Le dije a Octavio que me iría, que quería seguir hasta las playas de Michoacan. Me advirtió de los peligros y me llevó hasta el terminal. En el camino le conté lo de los gemidos, en tono jocoso, de hombretó, casi imitando el acento mexicano, pero me salía el acento venezolano:

.-¿A quién te cogiste anoche, bichito? Escuché los gemidos, bribón.

.- ¿Yo? A nadie. Andarías soñando, compadre. En esa casa no entra hembra desde hace cuatro años.

.- Coño, Octavio. No me mientas carajo. Escuché a esa tipa. Luego llegó alguien en carro. Me desvelaron- y sonreí para acentuar el tono machorrón pero con la idea de entender.

.- Valero, te juro que soñabas. Dormimos tú y yo en casa. ¿Andas necesitado, amigo, que anda con sueños calientes?

 Luego Octavio habló de otras cosas, del terminal, del tráfico de Querétaro, del olor a gas. Llegamos al terminal. Nos abrazamos, me subí al autobús, pero tardó mucho en arrancar. Apoyé la cabeza en la ventanilla. Al fondo, se veía el bar del terminal. Octavio charlaba con un tipo con su maleta, recien llegado. Bebían cerveza. Cuando arrancó el autobús pensé que ya no me apetecía ir a las playas de Michoacan. En realidad no hubiera ido a ningún sitio.

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