miércoles, mayo 29, 2013

Abriendo el portal

 El escepticismo, la decadencia, la nostalgia, el cinismo, la amargura, el pesimismo, la irreverencia, la amoralidad, la desgana, el hastío, el vicio, la procacidad, la desfachatez,  la impiedad, el vómito, la insatisfacción, la incredulidad, el agnosticismo, el descreimiento y el nihilismo a las siete de la mañana.

domingo, mayo 19, 2013

Borracho

 Subió por la escalera con dificultad. El quinto piso a esas horas parece una cima sólo al alcance de esos grandes y locos escaladores. Una vez contó los escalones; él, tan poco dado a los números y las casillas. Los contó sin más intención que contarlos y saber que cantidad de escalones subía al día y como parecían duplicarse cuando llegaba borracho, a esas horas raras. Pero hoy, quizá jamás, recordaba cuantos había contado. Los números son una excusa. Lo que si le parecía es que el segundo piso debía ser ya el decimonoveno, porque llevaba seis o siete horas subiendo. Transpiraba el alcohol y tenía ganas de vomitar, pero la última vez que vomitó en la escalera, en el descansillo del tercero, se prometió no volver a hacerlo. Así que aguantó la arcada que venía con sabor a Whisky y a el sabor de la cena que ya no recordaba. Una esencia terrible. Dijo algo en alto: un impulso. Recordó a alguno de sus héroes deportivos y pensó que subir esos cinco escalones intoxicado de alcohol tenía algo de epopeya deportiva. Como esas grandes remontadas de su equipo que le habían llevado a noches inolvidables o aquel ciclista admirado y eléctrico que ascendía las montañas francesas con nervio de genio. Así se sentía mientras ascendía esa escalera terrible. Pensaba eso, que las cadenas de televisión deberían pagar por los derechos de retransmitir ese evento. Miles de espectadores nerviosos, viendo el cronómetro en el lado izquierdo de la pantalla, estadísticas comparativas con otras ascensiones, con otros borrachos, con otras eras. Los comentaristas frenéticos, empujando a la emoción de los televidentes. Las frases hechas, los análisis imprecisos, el recuerdo idealizado de viejas azañas: "quizá ha perdido fuerza, pero ha ganado experiencia, esta ascensión esta siendo antológica" y él, escalón a escalón, sufriendo como sólo saben sufrir los mejores. Con el vómito detenido en la garganta, con los primeros síntomas de sudor. Concentrado como se concentra quien siente que ya casi todo está perdido. Tercera planta, donde vive el presidente de la comunidad de vecinos, ese tipo serio y que lleva las cuentas con precisión y esmero y que siempre saluda con educación, le imagina dormido, con la cabeza sin pelo apoyada en la almohada, hay un silencio roto por las respiraciones de su mujer durmiendo. Quedan dos pisos, el tramo feroz, donde la inclinación se hace aguda, insoportable. Esa escalera que entre semana hace un eco que cuando se silba parece el viejo oeste. Esa escalera que sube y baja solo, cada día. Arriba y abajo no hay nadie. Ya está cerca el cuarto, los comentaristas ven un tiempo de ensueño, el mejor promedio de las ascensiones de este año, va a caer el record anual y si sigue la dinámica y aprieta en el último tramo, cae el del mundo. Vuelve la arcada, el sudor de la frente parece hielo derretido, se desabrocha cuatro botones, se da cuenta que tiene un cordón casi desatado. No queda fuerza. Ya no se escuchan las voces de la narración, se escucha la puerta del portal abajo, como si Satanás estuviera ventilando el infierno. Otro vecino que llega de una noche excesiva. Le quedan doce, quizá trece escalones. Los peores. Luego encontrar la llave, atinar con la cerradura. Ir quitándose prendas por el pasillo. Ya queda nada. No se vayan, vamos a publicidad y volvemos para el final de la etapa.

miércoles, mayo 15, 2013

Vida de CH

 Compraba botellas de cinco litros de un whisky que tenía un sabor dulzón y que daba muchísimo dolor de cabeza. En esa época consumía uno de aquellos al día. Quizá algo más. CH era abrumador en todo, también en el modo de beber. No te podría decir que bebía con ansiedad, no lo hacía. Era constante, no paraba. Bebía como respiraba, como un acto puramente biológico, adherido a sus constantes vitales. Esa era la época que trató de abandonar la heroína. Lo que creo que en su caso fue peor. No tengo base científica para defender esa opinión. Simplemente sustituyó heroína por cantidades abismales de alcohol. Creo que nunca he visto a nadie beber tanto. Además el alcohol potenció su manía persecutoria. CH se instaló un mundo agotador, repleto de abominables paranoias. Después del concierto en el Fanny se le perdió la pista. El concierto del Fanny fue, sin ninguna duda, la noche más enloquecida de mi vida: consumí por primera vez cocaína. CH tocó atemporal. Toda su misera existencia, todos ese mundo ingobernable en el que habitaba salió a soplidos. Yo sentía que lo que sucedía transcurría en túneles luminosos, en cavernas húmedas, llenas de velas, en cierta manera, aquello me parecía estar sucediendo antes, en una era remota, en un escondite atemporal. No sé si tocamos media hora, tres horas o seis siglos, creo que fuimos y volvimos, estuvimos deambulando siglis y diglos y luego de rebote, por un milagro, el tiempo nos dejó otra vez ahí. Cuando terminamos CH se fue al baño y no lo volvimos a ver. Dos semanas después alguien vio como un coche le recogía desnudo en una acera del centro este. Le ingresaron ocho meses en las afueras, en un centro donde nadie podía visitarle. Pero los meses previos la vida de CH fue inabarcable. CH era adicto s todo. También a las prostitutas, no tanto al sexo, sino a esa forma de ludopatía que se encerraba en su forma de tratar con prostitutas. Le gustaba sentir la ruina en ese derroche, le gustaba pagar muy caro y cierta forma de depravación. Pasaba noches enteras sin dormir, consumiendo cocaína hasta bordar el suicidio. No sé definir a CH. No temía la decadencia o la inmundicia. En su miseria, sin rmbargo, siempre conservaba un halo de absoluta elegancia. Incluso cuando balbuceaba, cuando la intoxicación le tenían casi anulado, no resultaba patético. Simplemente allí, en ese frenesí salvaje sentía que su vida tenía sentido. CH no hubiera soportado otra forma de vida. Sólo soporta a vivir intoxicado, drogado hasta las cejas. Murió joven, demente, sin nada más que frases deshilachadas. En cierta manera era un sacrificado. Dejó todo por ser traspasado por toneladas abrumadoras de ingenio musical. Nada es explicable en lo que hacía. Su legado será eterno. Su cuerpo y su cerebro eran el precio. Fue usado por un talento irrepetible. 

martes, mayo 07, 2013

Los muchachos

 Fui perdiendo el contacto con todos aquellos muchachos. Nos fuimos esparciendo por lugares distintos, cada vez más lejos. Hay una dinámica salvaje en mi vida: todo aquello que resultó importante en un momento preciso, desaparece, casi como si todo se fuera muriendo. Sé que siguen vivos, alguna vez, cada mucho tiempo, recibo una noticia, un detalle de alguno de ellos, pero en verdad habitan un espacio casi irreal, hay veces que creo que me los inventé. Cada uno en un país, en una ocupación lejana. Aquellos muchachos, en cierta manera, me salvaron la vida, me empujaron a donde estoy. Hoy soy yo, con lo que quiera que eso signifique, por ellos. Hoy, si sigo a flote, es por ellos, porque en la agonía, cuando casi no quedaba oxigeno y el agua seguía subiendo y ya pasaba la altura del cuello, me rescataron de un modo heroico, pero sin aspavientos, que es como salvan, en realidad, los gigantes a los diminutos. Aquellos muchachos me dieron las armas para salir a la batalla. Unas armas que no eran de fogueo. Yo no sé de que coño eran esas armas, pero cuando empezó el tiroteo salí indemne. En cierta manera todo empezó sigilosamente. Con ellos no hubo grandes pactos, ni siquiera abrazos euforicos. Todo se sucedió en la normalidad de la post adolescencia. Hubo muchísimas borracheras y algo de marihuana. Hubo un viaje a los andes donde creí descubrir o vislumbrar el origen de mi desasosiego, en un atardecer vibrante mirando por la ventana de un apartamento que daba a una ladera solemne de una montaña preciosa. Allí estaban ellos y confesé que era un desgraciado, y ellos no cayeron en mi facilidad dramática. Cogieron unas botellas baratísimas en una licorería enorme. Bebimos caminando por calles de una ciudad hermosa. Bailamos grupos ingleses en un local de nombre brasileño. Hubo una redada policial, sin ningún motivo me quisieron poner preso, me salvé porque un canadiense lloraba víctima de una ataque de pánico y un coronel machote se sintió Dios, salvándole de una noche de rejas al pobre catirito. Salí a la calle y los muchachos me esperaban. Caminamos y uno de aquellos memorables muchachos habló de aquella cordillera, y nos contó un viaje largo por montañas, un paseo en las alturas y el mal del páramo, de un tipo que vivía cerca de la cima más alta del país, aislado, aislado en las alturas. Aquella noche fue mi primera noche de insomnio, me quedé mirando la montaña y escuchando los ronquidos de uno de los muchachos. Amaneció como si jamás hubiera amanecido en la tierra, amaneció con cierto exceso. Lloré porque me quedaban dos semanas en aquel país y porque esos muchachos desaparecerían a pesar de mis esfuerzos, se irían diluyendo en la nada, serían iconos, marcas, referencias, la vida pasada, el pilar, columnas, pero se diluirían. En verdad en aquel amanecer, los muchachos y yo, nos estábamos muriendo. A las horas volvimos a casa en bus, un viaje eterno. Me quedé sin dinero, atravesé estados que no conocía. En una de las paradas, me sentí solo, solo como jamás me he vuelto a sentir. Olía a fritura y a asfalto derretido, una chica algo mayor que yo, besó a su novio con desgarro y me pareció uno de los besos más tristes de la historia de la humanidad. El viaje terminó de noche, cuando llegué a casa, mi padre seguía sin hablarme y mi madre tenía la mirada llena de rabia y rencor, ambos, rabia y rencor, eran suaves, como si fueran una rabia y un rencor que arrastrara de otra vida, de un par de siglos atrás, una rabia y un rencor, que en cierta manera, ella sabía que ya no le pertenecían, había sobre aquella rabia y aquel rencor un halo brutal de resignación. Dormí profundamente. Al despertar vi a mi hermano pequeño jugar con una tortuga ninja, me miró riéndose, ajeno al vacío y a la tristeza. A la semana despegué de un avión, poco después de haberme despedido de aquellos muchachos inolvidables, aquellos tipos que me salvaron de la hoguera.

lunes, mayo 06, 2013

Grupo punk

 A mi lo que me gustaba de ser punk es que los punk no saben tocar, o no deberían saber tocar. Yo no tenía ni idea de tocar, no tenía ni idea de música. Yo tenía ácido en las entrañas y en general me parecía que todo recorría un abismo con olor a agua de colonia, esa agua de colonia que usaba mi abuelo: un olor nauseabundo, duro y con rastros de madera, que me parecían haber impregnado el mundo entero con esa esencia terrible y esa química de laboratorio de segunda mano. No tenía mucho que hacer, en realidad no tenía nada que hacer, y lo que mejor hacía era fumar porros baratos, seguramente sucedáneos de porros malos, beber licores de esos que ya casi nadie bebe y que te van reventando el hígado a modo de boxeador, como si cada vaso de esos venenos sin hielo fueran un derechazo implacable a toda la zona alta del abdomen y pasar el rato en los caminos de las huertas, dónde nadie nos tocaba los cojones. Escuchábamos de todo, lo mismo nos poníamos a Black Sabbath que a OMD, no había un criterio o el criterio rondaba en aquello que nos sacudía, que nos hacía pensar que afuera habría una explosión sideral que acabaría con todo aquello, con todo lo que se ve o con la forma de comprender, que es la mayor de las prisiones, tu propia forma de entender, de comprender la capa superficial de lo real. Realmente no escuchábamos grupos punk, o escuchábamos alguno, por ahí, esporádicamente, pero nada llamativo, nosotros no eramos punk, nosotros estábamos hasta los cojones, hastiados, éramos ácratas por forma de vida, ni siquiera porque supiéramos que éramos ácratas. La idea del grupo fue un accidente o una huida adelante, una salvación. No había más pretensión que la de hacer letras, gritar un poco y unirnos algunos días a la semana a reventar los amplificadores. No voy a decir que soy un gran letrista, ni siquiera soy letrista. No busco hacer poemas musicados. Generalmente no mimaba las rimas, a mi lo de cantar me parecía una tubería, como esos presos que se escapan por agujero imposible, que va a dar al alcantarillado de un barrio cercano a la prisión. Aprendimos algunos acordes, algunos ritmos y nos dedicábamos a soltar furia. En el pueblo nos llamaban los jodidos, los jodidos gritones, los jodidos chalados, los jodidos en general. Empezamos a tocar en los pueblos cercanos, los que tienen más habitantes. En esos pubs tristes que huelen a cáscara de cacahuete. Cuando no salíamos a patadas, salíamos como toreros. Ovacionados como si hubiéramos inciado la revolución definitiva. El público es, sobre todo, esquizofrénico. La gente o te odia o te venera. A mi me hubiera gustado un poquito más de sensatez. Aprendimos a manejarnos en ese submundo de escenarios lamentables y técnicos de sonido despiadados. Conocímos a gente que hacía industria y que nos quería llevar al norte a tocar en tabernas punk. A los punk, evidentemente, no les gustamos. No llevábamos pinta punk. Nosotros no éramos ni pretendíamos ser punks. Nada más aburrido que pertenecer a una secta, a cualquiera. Nosotros éramos perros con rabia.

 No me arrepiento de nada. Ni siquiera de las cuatro o cinco peleas que tuvimos en aquellos años. No me arrepiento del salvajismo con las drogas, a mi no me han hecho tanto daño. Me han hecho más daño otras cosas, otras cargas, otras presiones. Me arrepiento no haber sido más firme aún. Los chicos dicen que a veces era demasiado intransigente, que siempre veía a todo aquel que se acercaba a las periferias del grupo con fines industriales como un enemigo, y sólo por los chicos a veces bajé la guardia. Habría que haber sido más radicales con esos desgraciados. Creo que el gran problema de la música es que se ha convertido en una industria bestial, seguramente de las más importantes y más grandes del mundo. La música es otra cosa. Todo es salchichero en la música. También esos que dicen no ser salchichas. Un disco publicado es una salchicha, una salchicha fabricada en cadena. La música era reunión, el ocio primitivo y la comunión. Un tipo cantaba o daba mamporros a una piedra para toda la villa. Algunos daban palmas, otros cerraban los ojos, en cierta manera era la comunicación total en la villa. Esa mierda se ha acabado. Ahora, el que canta, se asume que tiene un poder especial, es un superhombre. Esa es la basura, la búsqueda permanente de iconos.

 Nosotros tocábamos, nos drogábamos y bebíamos todo el día. En ciudades que no conocimos. Hablamos con gente buena, y con gente lamentable. Tuvimos problemas con políticos bajitos y gordos, que ocupaban puestos de segunda en ciudades dormitorio. Tuvimos noches terribles. Noches que la salud de alguno reventó en mitad de una carretera. Noches excesivas. Noches que se han ido, borradas, sumadas a otras noches borradas, desaparecidas. Nosotros nos hicimos grupo por salvación y hoy, tantos años después; mírame, medio calvo, con menos salud y mayor, te digo que en cierta manera, nos salvamos. Logramos correr, saltar a un abismo indoloro. Y ese es el beneficio final de la música.

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