lunes, abril 29, 2013

Un lugar lejano

  Conduje algunas horas para llegar hasta aquella casa. Las indicaciones eran bastante confusas, pero curiosamente, y con más suerte que habilidad, llegué sin desviarme en ningún momento. La casa estaba a pie de una de las montañas de la zona.  Se llegaba por un camino de arena algo complicado. Una reja baja y un muro de piedra, que se levantaba poco más de medio metro del suelo, delimitaban la casa. Abrí el candado y entré con el coche. A la izquierda, mirando hacia occidente, las vistas eran sobrecogedoras, el valle se extendía de un modo hermoso. Detuve el coche y me bajé. Me quedé un buen rato con la mirada perdida en el paisaje. El aire era suave y frío, la luz era azulada sobre toda la zona. Abrí la puerta de la casa, porque prefería entrar aprovechando aún la luz que quedaba del día. La puerta crujió, ese cálido sonido de la madera que parece una vibración del tiempo. En el hall de entrada había uno de los pianos que me había dicho JP que me encontraría. Levanté la tapa y marqué un acorde aleatoriamente y me pareció que emitía un sonido único. Crucé la puerta que daba al salón, un ventanal sin cortinas dejaba ver la vista hacia oriente, a la izquierda se veía a lo largo las formas de algunas montañas de la sierra, al otro lado, hacia la derecha una extensión gigante de árboles y los vaivenes de la tierra. La casa tenía un olor que me recordaba a otra época de mi vida que no estaba seguro haber vivido o que era tan lejana que sólo acudía ya como olor, sin imágenes, cubierta de una maraña indescifrable de sensaciones. Desde el salón se pasaba a la cocina y a una escalera que subía a las dos habitaciones. Me familiaricé con la casa en pocos minutos. Salí al coche a buscar la mochila y dejé todo el equipo metido, pensando que hasta el día siguiente no lo bajaría. Miré y respondí algunos mensajes en el teléfono, cuando ya se hizo de noche volví a salir y me quedé un buen rato mirando la oscuridad a la que me fui haciendo. Empecé a distinguir las luces de algunas poblaciones lejanas y luego, con bastante frío, volví a entrar. Me metí en la cama sin mirar la hora. El silencio y la oscuridad me hicieron pensar en algunos asuntos de la infancia de un modo casi onírico, se amontonaban imágenes y caían sin mucho orden, sin una frecuencia precisa. Dormí de corrido, Tuve algunos sueños que no reconstruí con facilidad por la mañana. Tomé café mirando la vista desde el ventanal del salón y me fui haciendo un plan de organización mental. Salí al coche y empecé a bajar cosas. Coloqué todo el equipo por el salón de modo que todo sucediera mirando hacia la ventana. Cuando tuve todo más o menos colocado, salí y me fui a caminar monte arriba. En cierta manera, todo sucedía despacio, sin prisa, quise olvidar, permanentemente, cualquier marca temporal. Eliminar la sensación de tener que acabar. Hasta que no me sintiese liberado de esa tensión invisible e inconsciente de mirar hacia un fin, no me pondría a trabajar. No lo hice hasta pasados dos días. Dos días en los que dormía, comía y caminaba. Los sueños, en cierta manera, me parecían más importantes que lo que sucedía en las horas conscientes. Soñé con muchas personas, viví algunas situaciones improbables y habité espacios amorfos, pero de una belleza peculiar. Noté cierta frecuencia a soñar con gente de una de las ciudades donde viví años atrás, gente de la que ni las redes sociales me habían refrescado su vida, gente que habita en mi memoria con un halo semejante al de los fantasmas, como si no hubieran sido más que una proyección, algo no del todo vivido. A los dos días me senté en uno de los pianos, el más pequeño. Noté que tenía un grado de desafinación perfecto para hacerlo más íntimo. Pasé algunas horas tocando acordes imprecisos, casi aleatoriamente. Sonó la puerta varias veces, alguien tocaba con la mano. Me levanté del piano con extrañeza, también con cierto pudor, porque había estado acompañando los acordes con voces no muy precisas, no muy afinadas y aun volumen bastante alto. Al abrir la puerta me encontré a una mujer de unos cincuenta años. Se presentó con muchísima educación y me dijo que era amiga de la familia, que vivía en el pueblo más cercano. Me informó de las posibilidades que tenía para comprar y me dio algunas indicaciones. Hablaba con una pausa increíble, había algo hipnótico en la voz de aquella mujer.  Me preguntó si estaría muchos días por allí. No supo que contestar y le dije una cifra al azar. Cuando se fue me quedé viendo como se iba el coche desde una de las ventanas. Esa tarde bajé hasta el pueblo andando, tardé algo más de media hora, sospeché que no había ido en línea recta. Entré en el pequeño abastos para comprar algunas cosas, al salir, me encontré con la mujer, me sonrió con mucha calidez. Le pregunté si había algún bar tranquilo para tomarme una cerveza, me dijo que me acompañaba a uno. Entramos en un bar que a esa hora estaba vacío. La mujer me habló de la familia de JP con bastante cariño, pero yo desconocía a la familia de JP, estaba en su casa porque él me había dejado las llaves y porque JP es de un generoso extremo conmigo, con casi todos sus amigos, pero yo no había conocido jamás a la familia de JP y me hablaba de gente que yo no tenía ni idea de quienes eran. Al cabo del rato pagué y la mujer me acompañó hasta la salida del pueblo. Le pregunté si vivía con familia o si vivía sola en el pueblo. Me contestó que sus hijos se habían ido hacía bastantes años y que ella vivía sola con su marido. Volví caminando siguiendo las indicaciones que ella me había dado, el camino, ahora, era más duro, mucho más empinado, pero tardé muchísimo menos. Llegué cuando estaba oscureciendo. Entré en la casa y me quedé sentado en uno de los viejos sofás. Cuando me di cuenta la casa estaba totalmente a oscuras y me costó encontrar el interruptor de la luz. Esa noche soñé con una ciudad desconocida y tuve un sueño que me despertó de un sobresalto, un sueño en el que caía al agua, como si hubiera saltado en una especie de acantilado. Esa noche empecé a grabar.

martes, abril 23, 2013

Textos distantes

Mi duda final al pensar en una creación perfecta, pongamos por ejemplo la creación de un escritor, es si equilibrando su capacidad intuitiva y su capacidad racional, a la hora de repetir un mismo texto en épocas distintas, en tiempos muy separados, ese texto quedaría exacto, inamovible, absolutamente identico. El escritor perfecto se sienta en el año 1921, está un par de meses o tres, quizá medio año o un año entero, entregado a una narración. Desarrolla con esmero e inteligencia, pero no ausente de emoción y movimiento, un texto espléndido, lúcido, tremendo. La utilización de la palabra es precisa, sin manierismo, pero sin escasez. Equilibrado entre la complejidad y la sencillez. Las descripciones no se extienden en pomposidades literarias, pero dejan ver con precisión los escenarios y los personajes. Cuando el escritor termina el texto, no ahorra esfuerzos en la corrección, pero sin caer en un perfeccionismo obsesivo que termina perdiendo objetividad ni frescura. Cuando da por terminada la obra, siente que desde su punto de vista, él no puede dar mas por ese texto. No puede limarlo más, porque seguir limándolo, lo llevará a empezar a perder esa cumbre que desde piensa que ya ha logrado. Retocarlo, a partir de ese punto, sería empeorarlo. El texto está acabado. Es, en cierta manera, el acabado total. Puede entrar ya en el terreno de los gustos, pero como creación ha llegado a su límite. Puede gustar o no, puede trasmitir más o menos a unos u otros, pero es innegable que ha alcanzado su expansión absoluta. Si esta posibilidad existe, y otra cosa es que exista, ¿qué pasaría si muchos años después, el mismo autor aborda, por ejercicio, el mismo tema, la misma historia, la misma narración? ¿Cabe la posibilidad que si el mismo escritor, otra vez entregado a la misma meticulosidad, sin pereza en el esfuerzo, con inteligencia, con  las dosis precisas, de nuevo, de razón e intuición, sin ahorrar en el tiempo de corrección y llegando al mismo punto de equilibrio, salga al final un texto exacto que el escrito años atrás? Si el proceso ha sido exacto en brillantez e inteligencia, ¿tendremos un texto clonado palabra por palabra? ¿Sería esa la creación perfecta: esa que una vez repetida no tendría posibilidad de cambio? Algo nos dice, y aquí sólo entra la intuición, que no sería así. Que el texto tendría leves variaciones, que cambiaría, que deambularía por otros terrenos, que si algo tiene la perfección es que es irrepetible y se llega a ella, también, en cierta forma, de un modo aleatorio.

Feliz día del libro.

lunes, abril 22, 2013

Elevado

 Tú lo conocerías casi al nacer, probablemente el día que te dieron a luz, el día que naciste o quizá dos días después, cuándo tus padres se fueron a casa. Para ti nunca fue una novedad, una transformación de tu mundo. Para ti, siempre, estuvo incorporado. Puedes comprender la época que aún no había, pero eres incapaz de recrear la sensación de subirse por primera vez. A mi me llevó D la primera vez, cuando tenía diecinueve años. D en aquella época era aún más frenético que hoy. D nos enseñaba la ciudad, a nosotros que acabábamos de llegar, con ese carácter pillo que siempre tuvo D. Pero no un pillaje casi delictivo o de fechorías, el pillaje de D rozaba lo poético, porque lo que hacía era colarnos en sitios o presentarnos una ciudad que conocen pocos o no es tan habitual. Bares donde tocaban grupos donde aprendí más música que en años de ensayos y partituras, locales extraños, casas donde habitaban gentes raras, colectivos artísticos que se drogaban sin precauciones y de un modo incendiario. Todo era envolvente aquellos meses que llegamos, todo era enigmático en ese enjambre de calles y edificios. Creo que esas sensaciones se han quedado enquistados en una de esas corrientes subacuáticas que son nuestras vidas. En cierta manera, sin ser siempre consciente, evoco aquellos meses terriblemente lejanos ya, cuando llegamos allí, a aquel mundo delirado de la ciudad grande. Donde todo parecía descubrirse de nuevo, como si nos hubieran soltado de un planeta lejano. D nos movía por aquel tráfico de gente, por las caídas de la noche y nos hablaba de estructuras, de los instrumentos, de músicos que nunca conocimos y que imaginábamos arrebatadores, mitológicos. D nos los describía y uno se los imaginaba tocando en aquellos locales subterráneos, llenos de gente nueva, ligera. Fue D quien me llevo la primera vez, quien me montó a un ascensor por primera vez en mi vida. Subimos nueve plantas, cuando llegamos arriba yo casi no respiraba. Subir en ascensor, descubrirlo, dejarse elevar por primera vez, dista mucho de tu primer vuelo o de tu primer viaje en tren. Subir en ascensor por primera vez te traslada en el tiempo, te inserta en un tubo espacial del que no vuelves igual. En el ascensor el tiempo reverbera, sucede de otro modo. Ahora no lo percibimos porque nos hemos acostumbrado, vuestra generación ha crecido con naturalidad con ellos, pero yo me subí con diecinueve años. Olía a un producto de limpieza que ya no existe o que jamás he vuelto a oler desde aquella época. D fue el que marcó el nueve. Yo sentí una condensación, una especie de flujo vital. Supe que cuando bajara de ese ascensor yo ya no habitaría la misma era que habitaba antes. El sonido del motor rebotando por ese agujero, ese ritmo inexplicable de ascensión, esa cadencia como de música, como de compás alargado, me produjeron un cierto vértigo, pero no un vértigo físico, era un vértigo emocional, como si estuviera atravesando, hacia arriba, dos o tres eras cósmicas. En cierta manera, yo que llevaba pocos días en la urbe, sentí como si comprendiera, de golpe, esa masa inconmensurable de la ciudad. También comprendí que, inevitablemente, era otro el que se bajaría de allí. D no habló, parecía ser consciente de lo que yo estaba viviendo. Cuando llegamos al nueve no dijo nada, el motor frenó con cierta torpeza. D me miró con esa cara pícara de tantas veces y marcó el catorce. Los sonidos del motor, esta vez, me parecieron ser aún más bestias, más bruscos, el ascensor dio un tirón hacia arriba. Escuché ese sonido mecánico constante, casi podía sentir la tensión, la física que nos elevaba sobre la ciudad, sobre el mundo. D me miró y dijo algo del tiempo, algo que yo no había pensado verbalmente, pero que era lo que estaba percibiendo, algo sobre que el tiempo en el ascensor, siempre, es más largo de lo que parece, que en realidad en los ascensores pasamos más tiempo del que creemos. El ascensor, a su manera, me elevó a otra vida. Esa sensación inalcanzable y remota de aquella vez no la he vuelto a encontrar con nada, ni siquiera en otro ascensor, ni siquiera con la música.

jueves, abril 18, 2013

Excusas

Los acontecimientos trascendentales, los cambios de época, las nuevas direcciones; no suceden de golpe. Tendemos a creer que suceden de golpe, pero la realidad, visto después, con perspectiva, es que se van sucediendo lento y van dando avisos de esa transformación en pequeños destellos que luego parecen casi esquinas de un gran secreto, nudos que con cierta intuición y una capacidad abismal de análisis, nos podrían haber dado pistas del camino inescrutable que ya habían tomado. Las revoluciones se fechan, pero la revolución sucedió en ese gigantesco previo de tiempo, en ese lento despertar de un pensamiento que invisiblemente manteníamos enterrado, sometido. El big bang de las transformaciones se sucede en un microscópico universo del pensamiento, en palabras que se cuelan y abren, allí, en el subconsciente, nuevas percepciones, nuevas visiones. Un proceso que se sucede en las minas del cerebro. En ese mundo subterráneo e inaccesible. Luego sí, luego va creciendo y la realidad, en cierta forma se acomoda a esa nueva sensación, a ese inapreciable transformación. Por eso lo dejo, cariño. Por eso hasta aquí, aunque creas que es por lo de ayer, por lo de tu nueva amiga. Fue la cabeza, amor, que trabajó ajena a mis sentimientos. Eso sí: te deseo el infierno.

martes, abril 16, 2013

Opiniones de SZ

 SZ hablaba con sosiego. No había prisa en su diálogo. En la mesa de al lado unos alemanes bebían con ansiedad unas cervezas por las que pagarían poco. Un poco más allá, una pareja jugueteaba con sus manos. Ella sonreía, tenía el pelo corto y un flequillo que caía con ligereza por la frente. La música que sonaba tendía a la urgencia y anunciaba cambios o la negación del pasado inmediato. Olía a humedad en las mesas de madera y hacía frío. SZ se frotaba las manos como si supiera que contra el frío no había nada que hacer. No bebió alcohol en toda la tarde. Observaba con distancia lo que sucedía en aquel recoveco agitado, ese bar que había florecido en la decadencia y hacía negocio en la inflación. SZ parecía habitar ya en el futuro, donde todo esto sería pasado y se analizaría desde una perspectiva con mayor ángulo, pero con menor detalle. En realidad a mi todo me parecía nuevo, porque en realidad era nuevo para mi. Sentía cierta admiración por SZ, porque siempre he admirado a todo aquel que sabe posicionarse en una postura autentica, sin influencias ligeras. A todo aquel que es honesto y responsable, pero respeta hasta el extremo al otro. SZ tenía edad suficiente como para saber que ese mundo ya entraba desde atrás, que el ya era una generación anterior y que en medio de tanta agitación, para los jóvenes él ya era caduco. Sin embargo él no negaba ese espiritu de cambio, no se subía a él, porque subirse le parecería desesperado o fuera de lugar, nada pintaba en un grito de cambio cuando era a él a quien, en cierta manera, querían cambiar, pero lo miraba con respeto, entendía el cambio en las formas del arte, esa nueva forma de narrar, esa música frenética, acelerada, pero ya no era su música, no eran sus formas.

.- Opté por ausentarme de esa masa apabullante que es la realidad. Pero no de la percepción de la realidad como tal, sino de esa realidad grotesca de la mal llamada actualidad. De lo que acontece en el mundo y de lo que se nos informa a pelotazos. La actualidad es un absoluto inabarcable, repleto de recovecos inalcanzables. Opté por fugarme del mundo como tal. Obvié lo que dictaba el presente. Dejé a un lado esa masa de de teletipos informativos, lo que me llevó, lentamente, a ausentarme de los otros, de los que estaban más cerca, porque cada conversación terminaba merodeando esa realidad. Dejé de interesarme por esa dictadura del ahora, del ya, del esto. Podría ser visto como un individualismo enfermizo, no negaré como puede ser visto un acto personal desde la perspectiva de los otros. En mi interior estaba lejos de ser un acto de individualismo atroz, sino una huida de esa suma grotesca de indivualismos enloquecidos tratando de imponer su individualismo sobre los otros individualismos. Cerrarse a esa realidad, me pareció, una absoluta perdida de tiempo. Desinformarme me pareció el acto más responsable hacia la vida que había realizado a lo largo de mis días. Desentenderme de esa mínima parcialidad de lo que nos narraban como los sucesos, me pareció abarcar una realidad más amplia, menos sujeta a dogmas, a extremos. Me interesé por los detalles que veía, lo que alcanzaba a comprender desde mi perspectiva. No volvería a indignarme por aquello que me llegaba como una narración lejana, llena de trucos, de interpretaciones. Comprendí que la visión de las cosas es inabarcable y por lo tanto infinita en su interpretación. Me até a lo que sucedía, mi responsabilidad con el mundo partía no de lo que opinaba, sino de lo que ejercía, de mi respeto hacia el otro, de mi libertad sin alterar libertades. Concluí que lo único que podía hacer por el otro era respetarlo al extremo en su libertad y ansiaba que ese respeto fuera absoluto hacia mi. Comprender lo opuesto, lo ajeno, lo distinto y esperar que el opuesto, el ajeno, el distinto, comprendiera mi posición. No fue una huida como tal, sino que dejé huir esa masa amorfa que se impone como realidad, esa masa llena de letras vacías, de interpretaciones en la que tantas veces me posicioné sin tener, realmente, conocimiento de nada. Tantas veces tomé partido, tantas veces aporté, incluso, sentimiento en esas posturas y al final, comprender, que era un ignorante, porque esa es la absoluta verdad. Fui y soy un absoluto ignorante, tomando como mías posiciones de otros, colocándome en el absoluto desconocimiento en una postura, muchas veces, inamovible. Sólo opino y me coloco desde el lado de la libertad individual para ubicar a toda la sociedad en una libertad absoluta. Sólo en el respeto total hay libertad. Donde el otro pierde libertad, todos empezamos a perderla. Somos hilos unidos invisiblemente. Estamos encadenados, si un sólo ser humano no es libre, todos los hilos, encadenados, van perdiendo su libertad paulatinamente.


miércoles, abril 10, 2013

Fe y ciencia

 Creímos que no llegaría. Creímos, soberbios, que no cederíamos a esa amenaza y a esa imposición del miedo.Creímos que nadie creería en fragmentos. Estábamos convencidos de la sensatez. Creíamos en ella como un don absoluto, que aparecería en el momento preciso, como una iluminación. Creíamos que la conciliación y la libertad mental eran, en el fondo, la aspiración de cada uno de los habitantes del mundo. Creímos en el respeto y en la convivencia de las distintas formas. Creímos en nosotros y en ellos. Creímos, ignorantes, que la ignorancia tendía a desaparecer. Creímos que era el aprendizaje y el conocimiento la necesidad de todos. Creímos que el medio no se distinguía del fin. Creímos que la verdad era amplia, global, gigante. Creímos en la paz. Creímos en la fraternidad. Creímos que en el fondo, ese pensamiento, era contagioso. Creímos en las diferencias, claro que creíamos en ellas y que eso multiplicaba la verdad. Creímos en esa igualdad que nos distingue. Una igualdad basada en el respeto a ser de otro modo. Creímos en ello como ciencia y no nos dimos cuenta que era un acto de fe.

martes, abril 09, 2013

Islas perdidas

Al fondo había un tipo haciendo dibujos o escribiendo algo con desgana en una servilleta. La luz, una de las lámparas en hilera q iluminaban a lo largo de la barra, caía sobre la mano con el lápiz o bolígrafo. El tipo consumía una cerveza. En verdad, el hombre, parecía un adorno. Tras él, en un reducidísimo escenario con poca altura, tres tipos tocaban con el ánimo del que suma canciones para cobrar de una vez y gastárselo en vicios. Eran un percusionista con un timbal grave, un plato ride y un bombo antiquísimo: con esos tres elementos hacía unos ritmos complejísmos, llenos de ambiente. Un guitarrista con una guitarra de caja, de color marrón oscuro, de marca Guild, marcando unos acordes algo enrevesados, que cabalgaban nerviosos, pero llenos de tristeza. El tercero era un tipo con un teclado muy viejo, el sonido trasmitía la nostalgia de esa electrónica que debió parecer futurista hace sesenta años. Todo en aquel trío parecía sonar desde otro lugar, quizá como si esa música hubiera sido tocada en ese local, muchos años antes y el trío no fuera más que un resplandor perdurable, una luz rebotando en el tiempo. La pareja estaba tan cerca d mi que podía entender s esfuerzo todas sus palabras. Él hablaba de imposibilidades, esquivaba seriedades, una conversación seri. Ella iba tomando sorbos velocísimos de una copa que no llegué a descifrar y su tono de voz se iba haciendo cada vez más vaporoso, menos concreto. En sus frases había una forma de resignación y cierta provocación juguetona y algo melancólica. En cierta manera, para ella, todo aquello parecía difuso, caduco, fugaz. Él no entraba en percepciones agudas. Para él, ella era, de alguna manera, sublime, casi imposible; sin embargo, por esa misma idealización, no la tomaba como algo terrenal o posible, toda su vida era otra cosa, ajena a ella, y no veía la posibilidad de conjugarla. Para ella, él era una isla, un isla clavada en mitad de aguas lejanas, aguas remotas , un lugar donde llegar a la orilla y desvanecerse, pasar la asfixia y sobrevivir a millones de brazadas, a un nado agónico que duraba años. Él no era él, él era la orilla, la arena y la vegetación donde cubrirse, por fin, de la luz cegadora y dura del Sol. Ella era una proyección de tu película favorita en la mejor noche del mejor verano de tu vida, al aire libre. El recuerdo impagable de uno de los mejores instantes de tu vida. Un instante que saboreas hasta el lecho de muerte, un instante eterno, pero un instante: nadie quiere habitar en el mejor recuerdo de su vida , quieres tenerlo para recordarlo libre o aleatoriamente, masticarlo hasta el hastío. Ser dueño de el. Tenerlo colgado en la memoria. Ella bebía con urgencia, pero sin perder la elegancia. Con ese desgarro triste y glamuroso del que sabe que su mayor poder no sirve para nada o es laberíntico y te deja siempre el enigma sin resolver. En un momento ella le paso la mano por la nuca, un arrebato sin perder la elegancia, la afinación: en el rostro de él se vieron muros caer, paredes, maremotos, se dinamitó el universo. Ella acercó su labio a su lóbulo. Se mantuvo dos o tres segundos ahí. Le dio un pequeño beso en los labios, se levantó y se fue. A mi me pareció que nadie, ahí, en el local, podía estar a ciencia cierta, en el presente.

lunes, abril 08, 2013

Caminos

 Tardó en entrar aquella primavera. Llovía mucho y el cielo estaba permanentemente encapotado. Los campos estaban esplendidos. El verde salpicaba los ojos, como si se le hubiera pasado una capa de pintura brillante y un grupo de personas se hubieran afanado en ir pasando un trapo para quitar el polvo. Relucían las montañas del sur y la brisa era pura; respirar se había convertido en un acto agradable. Me hubiera gustado que el Sol hubiera tenido más presencia. Son hermosos esos cálidos días de marzo que anuncian que el invierno, pese a su apariencia, también es débil, también es caduco. Ese año no tuvimos eso, y en cierta manera, el invierno pareció decir que era duro como un gigante mitológico. Me dediqué a caminar mucho. Me compré unos zapatos de esos que usan los tipos que caminan de un modo casi competitivo, adornados con prendas precisas y sofisticadas que le quitan cierta magia al acto de caminar por caminar entre las montañas y los bosques. Lo que me gustaba de aquellos zapatos contundentes y duros es que no evitaba los charcos. Los pisaba casi con provocación. Como si el muchacho lejano que habitaba en mi tuviera esa prohibición de pisar charcos clavada en la médula. Me encantaba no esquivarme del camino, pasar sobre ellos sin darles importancia. Los campos, los bosques estaban húmedos, muy húmedos. Todos aquellos meses caminé mucho, muchísimo. Me aficioné a esa noble práctica. Recorrí caminos escondidos, desconocidos. Rutas inaccesibles, llenas de recovecos. Llegué a sitios maravillosos, realmente bonitos, no tan lejos del pueblo. Me perdí torpemente alguna vez. Descubrí, en cierta forma, que andar tiene una cadencia constante y que conviene conocer cuál es tu ritmo, que no es siempre el mismo, que cada día es otro. Quizá en esa amable práctica logré desviar los grandes maremotos. Comprendí que había una forma de cambio o de viaje en cada zancada, que nunca se es el mismo. Quizá en esas grandes caminatas de horas, que me llevaban a esquinas remotas de las montañas del Sur encontraba un sosiego, o una forma de huida diferente. Una huida que curiosamente siempre terminaba en el pueblo. Esos regresos diarios me hacían comprender que nunca se regresa siendo el mismo. Que el regreso significa, de por si, transformación. Que en el regreso se esconde otra forma de aceptación y de amable resignación. Al final vuelves y volver no es únicamente volver, cuando se vuelve ya el pueblo también ha cambiado. El camino que te trae lo hace desde un lugar en el que algo cambiaste, algo aceptaste, también las ampollas y esas durezas que van naciendo en los pies. Las zancadas vienen de nuevos ritmos. También comprendí la fatiga y cansancio. Inapreciablemente los kilómetros fueron aumentando, mi resistencia creció. Me fui animando a aceptar más kilómetros en las excursiones, a no volver, incluso a dormir fuera, en mitad de esos nuevos caminos. El círculo se ampliaba. también eso es la seguridad. Creció mi confianza como caminador. Acepté largos trayectos. Volvía a la semana, a los quince días. Entró el verano, las temperaturas me permitían dormir en el exterior, acepté viajes maratonianos. Quince días de caminata. Excursiones tremendas, por caminos complejos, llenos de dificultad. Caminé hasta el hastío. Me planteé no marcarme un fin. Caminar adelante sin un punto de retroceso. Avancé. Avancé por montañas peliagudas, atravesé mesetas áridas, pasé de largo por ciudades monstruosas, crucé fronteras, países, alcancé otros continentes, hablé con otros caminadores. No encontré una marca, una referencia para volver. Entrecrucé caminos, los puntos cardinales. Un día me vi entrar por caminos conocidos, aquellos primeros pasos de principiante. Reconocí aquellas amables rutas. Por curiosidad las seguí. Por una cierta melancolía, por recordarme en aquellas primeras y modestas caminatas. Vi el pueblo, y fui volviendo. Quería ver el punto donde empezó todo. Algunos metros antes de entrar me vi a mi mismo saliendo. Al otro, al mismo, a mi, iniciando otra caminata. Quizá buscando darme alcance Comprendí, claro, que ya nunca volvería. Que los ciclos se habían dinamitado o se hacían, inevitablemente, infinitos, inalcanzables.

miércoles, abril 03, 2013

Buhonero

 En la 24 entre 19 y 20, donde los soportales, había un buhonero que vendía libros y discos de segunda mano. Llegaba a media mañana, cuando el bullicio de primera hora ya había pasado y cuando el calor ya era más contundente. Saludaba a los otros buhoneros, vendedores de comidas de olor fuerte o de zapatos deportivos de marcas falsas, y colocaba con precisión su mercancia. Libros inaccesibles, raros, de autores poco conocidos, ediciones antiguas de obras sin ninguna difusión. Los discos eran de bandas  de una especie de psicodelia de los setenta, grupos de nombres enrevesados, absolutamente desconocidos. Grabaciones en directo en locales que ya no existían, un movimiento no documentado. Allí pasaba las horas, fumando despacio y leyendo, sentado en una silla de tela sin respaldo. Esperando por clientes que aparecían muy esporádicamente.  La primera vez que fui, me llevo El Trébol Marquez, Una tarde humedísima, con el cielo encapotado y con un calor vaporoso que mareaba. El trébol le saludó con cierta confianza y él contestó con cierta distancia, pero con educación. Me presentó y el tipo me tendió la mano con rectitud. Estuve un buen rato mirando cosas por la mesa. El primer impacto fue no conocer nada de lo que había allí puesto. Los títulos y los autores de los libros me resultaban absolutamente ajenos: Colección poética de Andrés Silva, Recovecos de Bryn Rossen, Los equivocados de David Humo, El lugar perfecto de Marco Urech, FM en Uruapan  de Zeus Rodriguez. Le pregunté con curiosidad, el sólo título de aquellos libros, me incitaban a gastarme todos mis ahorros allí. Ese enigma que siempre despierta un libro, se potenciaba ante la ignorancia absoluta de datos sobre ellos. Las solapas  y las contraportadas no ayudaban, los datos sobre aquellos autores y aquellas obras eran vagos, un par de líneas en las que se hablaba del lugar y fecha  de nacimiento, poco más. Primero le pregunte por FM en Uruapan, me habló de Zeus Rodriguez con respeto. FM en Uruapan hablaba de un programa de madrugada en una FM de Uruapan en la que se hablaba de peyote y apariciones, el libro era una narración que intercalaba anécdotas e historias que se habían contado en el programa con la historia de su presentador, un tipo obsesionado con la percepción de la realidad y con la experimentación con drogas naturales que terminó muerto en el arcén de la carretera a Paracho, acribillado por los primeros matones de la droga en Michoacán. La lectura de aquel libro fue incendiaria, terrible. El mundo que circulaba en la cabeza del protagonista era asfixiante, lleno de fantasmas y mitologías dañinas. La forma en que Zeus Rodriguez escribe, es cercana e hipnótica y en cierta manera, la lectura te traslada a esa maraña confusa y neurótica del protagonista. Colección poética de Andrés Silva era una de los preferidos del buhonero. Andrés Silva era un boliviano que vivía en Calexico, regentaba un motel a las afueras y pasaba las noches sentado en la recepción, recibiendo camioneros agotados, prostitutas con clientes con urgencias y muchachos perdidos. Su poesía es una delirada visión del mundo desde la silla de la recepción. Andrés Silva tiene una concepción del mundo desconcertante, en el fondo de toda su poesía, se intuye una fe absoluta en la aparición de una nueva forma de vida que volverá la tierra un lugar menos hostil, menos despiadado. Recovecos de Bryn Rossen es la historia de un guitarrista de una banda de música surf que se enamora de una mormona embarazada de un tipo con cuatro esposas; el guitarrista, después de un concierto, atiborrado de alcohol y anfetaminas, conduce ciento seis kilómetros para ahorcar el tipo. A partir de ahí el relato es violento hasta la nausea. Las cuatro esposas contratan a unos sicarios mexicanos. El guitarrista huye por todo Estados Unidos, sin mapa, sin dirección. Se queda sin dinero. Empieza a tocar en locales de carretera para conseguir algo de dinero. Los mexicanos dan con el cuatro meses y medio después, le cosen a balas a la salida de un centro comercial en Portland. La descripción final de la entrada del guitarrista en una especie de pseudo cielo, debería ser considerada antología de la literatura pastoral.

 Pero si los libros eran desconcertantes, si los libros eran una literatura al margen, los discos que compramos aquella vez y en las siguientes visitas, parecían música compuesta en un cohete sobrevolando una esquina remota del universo. Los Frenéticos, psicodelia de un grupo de Guanare Venezuela de los años sesenta. Grabado en un establo del estado Apure, son cincuenta minutos de un sonido parecido a una sierra eléctrica acompañado por guitarras reverberadas y con ecos infinitos, el batería, durante los cincuenta minutos, única y exclusivamente, toca el drive marcando el tempo. Helio y Sol, son un duo coral, que van creando una sola composición que se extiende hora y cuarenta y cinco minutos, repartidos en dos cassettes. Son capas de voces que se van superponiendo y en cierta manera parecen ir navegando por escalas atonales hasta alcanzar, en los últimos veinte minutos, una nota concreta que sólo detienen para ir cogiendo aire. Planeta Enano, grupo de Maracaibo que podrían ser definidos como Soul del infierno. Música que desgasta y anima al mismo tiempo: El dolor existencial que hay al final del baile.

 Durante una época larga visitábamos al vendedor. Accedimos a esa contracultura accidental. Leíamos esos títulos sin rastro, publicaciones subvencionadas por algún espíritu generoso. Discos grabados de un modo arcaico, pero llenos de honestidad . Un sonido que ahora sería imposible repetir. Una literatura ajena a modas o a dictados estéticos. Autores sin más intención que desgarrarse en lo que hacían. Tipos que no sospechaban que aquello sería escuchado o leído años después, que alguien pagaría a un vendedor desconcertante por ello. Nos surtimos durante meses de aquello. Hasta que un día fuimos y no estaba, preguntamos a los buhoneros vecinos. Nos contaron que hacía días que no aparecía por ahí. Repetimos la búsqueda varios días. Nadie le había vuelto a ver. Tratamos de saber algún dato para buscarle. Los datos fueron imprecisos, se dudaba, unos decían que vivía en la 16 con 19, donde la iglesia. Otros que vivía en la 22 con 25. Algunos que vivía cerca del Domo. Nunca le volvimos a ver. Jamás pudimos averiguar de dónde sacaba aquel material.

martes, abril 02, 2013

Autobiografía

Nací. Desde entonces sigo vivo.

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