miércoles, febrero 27, 2013

Anotación de proyecto

 La cadena de notas musicales están unidas, única y exclusivamente, por nuestra capacidad de recordar lo inmediato y de darle continuidad a los acontecimientos seguidos del tiempo. Si esa música nos suena a música no es más que un milagro de la percepción. Eso es lo que hace que no aparezcan como notas sueltas en la nada: notas solitarias navegando en un limbo intrascendente. Esa memoria, esa capacidad de hilar el tiempo; eso es lo que logra hacerlo música: notas, unas detrás de otra con apariencia de guión, de secuencia. Y bajo esa misma perspectiva: ¿Podrían ser todas las músicas que hemos escuchado en nuestra vida, la secuencia inabarcable e imposible de reconstruir de todas las canciones o piezas que han ido sonando desde que nacimos, una suerte de autobiografía también? Una autobiografía invisible, pero con la misma trascendencia que una voz en off. Aceptando que las canciones tienen un poder demoledor sobre nuestra manera de emocionarnos y entender el presente mientras suenan: ¿podrían haber sido las canciones las que nos han ido eligiendo a nosotros? ¿son ellas las que han ido perfilando nuestra vida? ¿Quizá no decidí que ahora, mientras tecleo, suene esto que suena? ¿Quizá es esa música la  que empuja, como aleteo de mariposa, el resto? Está música impulsa la forma en que van siendo colocadas las palabras. Y esta música viene por un recorrido inescrutable de músicas que me trajeron hasta aquí.

 La idea es, entonces, construir una biografía a través de la lista de canciones que ha escuchado un tipo a lo largo de su vida. Las marcas de esa autobiografía no vienen marcadas por periodos temporales, por días, por meses o años. Las marcas de esa autobiografía se van encadenando por canciones y lo que la escucha de cada una de esas canciones empuja y motiva en nuestra vida, en nuestra percepción para ser empujado ala siguiente canción. Describir ese proceso casi inapreciable de procesos que suceden mientras se escucha esa canción y como se va ligando el camino hasta la siguiente canción que escucharemos en nuestras vidas.

domingo, febrero 24, 2013

Escaleras mecánicas

La primera foto fue estética. No había otra intención que ese impulso de atracción hacia una escena que detenida en el instante fotografiado nos resulta hermoso o peculiar o terrible. En aquella escena inconexa yo vi algo rítmico, quizá la hermosura de lo fugaz, de la intrascendencia de lo personal en los espacios de transición como es el terminal de autobuses del oeste.

El conjunto de escaleras mecánicas, avanzando en ciclos monótonos, empujando a personajes anónimos hacia arriba o hacia abajo, resultaba desde abajo, precioso. Las metáforas eran muchas. Las personas me parecían notas en ese pentagrama de escaleras. Fotografié veloz, sin importancia. Empujado por la prisa. No recuerdo con exactitud hacia donde me dirigía, si volvía o iba. Fotografié sin importancia, sin espíritu de trascendencia, por la pura atracción fugaz de la belleza efímera.

Al llegar a casa, horas después, me quedé mucho rato mirandola. Aquellos individuos colocados aleatoriamente en las distintas escaleras. Había una armonía tan casual en esa perspectiva de las escaleras que parecía casi imposible que no estuvieran colocados racionalmente, que no hubiera un orden preestablecido. La fotografía me resultó un enigma o una especie de revelación de fe. Lo que ahí sucedía, en ese instante aleatorio, parecía concebido de antemano. En ese instante decidí acudir diariamente a fotografiar ese mismo lugar, ese punto preciso. Como si ese lugar, de repente, me pareciera esconder o revelar el centro del universo. El punto de partida al orden cósmico.

Fotografié hasta el hastío. Cada día. Insaciable. Con la constancia de un segundero en un reloj. Acumulé la misma imagen con la variación indescifrable del tiempo. Nunca, jamás, salieron dos fotos iguales. La posición de las personas, la luz natural, la ropa de los protagonistas, los protagonistas incluso. Había una permanente variación a cada foto. Me aprendí la imagen, las distancias o las posiciones de los elementos constantes, llegué a descubrir personajes que con el paso de días o fotos, repetían aparición. Personajes que aparecían con el tiempo y los reconocía. Aquel muchacho con audífonos que había cambiado su corte de pelo de una foto a la otra. Aquella mujer de poca estatura, aquel anciano que repitió con frecuencia el primer año. La chica que la primera vez aparecía de la mano de un chico y luego fue desfilando o bien sola o bien con distintos amigos o amigas. Nunca, jamás, hubo dos fotos ni siquiera relativamente parecidas. En una en la parte superior de la escalera había un cuerpo a punto de desaparecer de plano en otra dos figuras casi abajo, en otra nadie, en otra multitud humana. Nunca las posiciones o personajes se llegaron a repetir con exactitud.

Un día, aquello, me dejó de entretener. Aun conservo todas las fotos, archivadas en orden cronológico, por si algún día me diera por tratar de comprender el orden de ese fragmento diminuto del universo.

viernes, febrero 22, 2013

Subjetivo

Siempre se critica con facilidad el punto objetivo. En cierta manera, la objetividad nos parece una utopía, algo que es un acuerdo mediocre, una simplicidad de la inabarcable suma de subjetividades. Lo subjetivo lo asumimos, en la más pura intimidad, sólo a nosotros, como una verdad absoluta, inamovible. Creemos o tendemos a creer que nuestro pensamiento subjetivo suma mucha más verdad que ese acuerdo simplón que es lo objetivo. Sin embargo, tampoco sabemos que es exactamente lo subjetivo. Podría ser un objetivismo mal aprendido, una confusa suma de objetividades mal aprendidas, mal descifradas.

miércoles, febrero 20, 2013

Pensador

 El autor aborda el texto tras un periodo de larga reflexión. Es un ensayo, pero no es científico. El tema deambula por su pensamiento casi con obsesión desde hace años. Medita una y otra vez sobre el asunto, investiga, indaga y saca algunas conclusiones. Esas conclusiones, narrando el proceso de llegar a ellas, son lo que transcribe en texto. Mientras teclea, inevitablemente, a su vez, va reflexionando sobre la reflexión. Cuando lleva un buen tramo escrito llega a unas nuevas conclusiones, que en cierta forma, se contradicen con las conclusiones previas que había tomado casi como definitivas y que habían sido las que le habían llevado a escribir. Se para en seco. Hay un punto preciso del momento de la escritura en el que se alumbran las nuevas conclusiones y levanta, casi como si hubiera sido víctima de un susto, las manos del teclado. Se queda algunos minutos mirando el vacío o un desenfoque de lo que tiene delante, que debe ser lo más semejante al vacío. Decide, sin pereza, que debe volver a escribir y que en la nueva narración incluirá, para comprender en toda su dimensión la conclusión, las conclusiones erradas que había empezado a escribir, pero el texto no le vale, porque el punto de partida ya no es exacto. Comienza de nuevo, y aunque el comienzo es parecido, debe dejar ver que el horizonte ya no es el mismo que en el anterior comienzo. Escribe con devoción, con frenesí, con entrega. Inevitablemente, mientras escribe afrontando las nuevas conclusiones de su ensayo no científico, a su vez va reflexionando, porque si algo sucede con el pensamiento es que es infinito y las conclusiones, a su vez, van sufriendo una nueva variación. Sigue avanzando y se atropella entre conclusiones y reflexiones previas y conclusiones y reflexiones nuevas que a su vez son superpuestas por nuevas reflexiones. Se detiene. Decide, como solución al laberinto infinito del pensamiento narrar narrándose reflexionando y concluyendo. Lo que escribirá será un documento de su pensamiento en presente.

 Escribo. Escribo que escribo. Escribo que escribo mientras pienso que escribo que escribo. Pienso que escribo que escribo mientras escribo que pienso que escribo que escribo.

 Muere. Esa es la única conclusión a la que llega su inexistente lector.

lunes, febrero 18, 2013

Fiebre

Estábamos atados a una violentísima forma de frenesí romántico. Vivíamos no ya en el fuego, vivíamos en el punto de ebullición, en el cambio de estado. No era obsesión, no había nada más, la realidad concentrada de nuestras vidas no pasaba de la piel del otro. Los límites de la verdad no alcanzaban más allá del edredón. A veces nos sumíamos en el exterior, tratábamos de no caer, del todo, en la desaparición absoluta. No había un más allá: todo estaba concentrado en estar pegado al otro. Los otros eran entes, figuras geométricas entrometidas, molestas, ladrones; seres que algo te quitaban, un trozo de tiempo irrecuperable, imposible de reclamar a la eternidad. Huíamos de mezclarnos. El sexo no nos saciaba la distancia, lo que queríamos era la fusión, quedarnos atravesado en el otro, pertenecer a una zona única, una zona imposible formada por una conjunción de lo mío y todo lo que necesitaba de ella: todo, hasta las impurezas.

Luego fui perdiendo peso. Aquella estrechez se hizo claustrofóbica. Las virtudes resultaban molestas, el vacío exterior se colaba como agujero negro en el edredón. Los otros aparecieron, entraban con sus olores del metro, con los abrigos transpirando humos del tráfico. Todo se hizo hostil, incluso yo mismo me resultaba hostil. Todo era molesto. Todo incomodaba, molestaba, alteraba los planes.

Se largó. Aún ando tratando de reanimar el espacio muerto.

sábado, febrero 16, 2013

Toda esta felicidad caerá, también, en la nada.

miércoles, febrero 13, 2013

Montañas mágicas

 El espectáculo era hermoso. Se les veía descender con una ligereza inhumana, como si no pesaran, como si sus cuerpos estuvieran dotados de otras características. Se deslizaban como si pertenecieran a ciclos cósmicos, a elementos de otra gravedad. Bajaban las laderas a toda velocidad, serpenteando con gracia, dejando en la nieve unas líneas que parecían tener significados poéticos. Con esos trajes de diseños sintéticos y llamativos. Los esquís, enterrados en la nieve parecían parte de sus píes, como si no hubiera barrera física entre los músculos de las plantas de los píes y la fibra de vidrio de los esquís. Parecían un baile. Un baile de otra era, una era en la que no estaremos, una era lejana, donde el ser humano haya evolucionado en otra cosa, con otras peculiaridades, con otros desarrollos. A última hora llegaban a pie de pista, pasaban a la cafetería y charlaban animados, no había vestigios de cansancio en sus gestos. En sus rostros había las marcas de ese Sol de alturas y los hacía más lejanos, más distantes, más inaccesibles. Bebían algo y se proponían planes para cuando hubiera anochecido. No gastaban pereza en madrugar a la mañana siguiente por muy tarde que hubieran llegado a la cama. Subían en coches hasta las pistas. Tomaban algo caliente y arrancaban la jornada de descensos. No se mezclaban en los ritos de los otros esquiadores. Ascendían a zonas inalcanzables de las pistas. Más allá, donde la nieve no estaba alisada, acomodada para deslizamientos. Desde allí todo era portentoso. Se lanzaban y se hacían nieve, una metáfora humana de un alud.

Uno de ellos era C. Seguramente el más callado, pero el más temerario y hábil en la nieve. Era el menor del grupo, el menos visible en las calles, el más visible en la nieve. Por las noches se integraba al grupo desde el silencio. Era casi ignorado. Desde la cima extrema de las laderas era el líder. Era inevitable verle bajar. Era inevitable no caer en el embobamiento cuando le divisabas allí, deslizándose con esmero, con poética. Una vez abajo, toda la atención que había en él se deshacía: se dejaba de mirarle, para mirar, quizás, a D o P; más habladores, más pícaros, más carismáticos, más seductores. C se quedaba ahí, callado, silencioso, daba la impresión que ausente, como si todo lo que le importara sucediera en un lugar a doscientos millones de kilómetros de allí. Los inviernos, los muchachos, viajaban con frecuencia allí. Ocupaban casas propiedad de sus familiares y deambulaban por las pistas y por el pueblo como si todo fuera parte de un mundo propio, inalcanzable para el resto. Los días que ellos pasaban por las pistas y por el pueblo todo parecía pertenecerles, los demás parecían un relleno, extras de un rodaje millonario. Había un aire fílmico en sus vidas, pero como si nada los fuera, jamás, a tocar. Como si no hubiera posibilidad de un mal día en aquellos rostros limpios, ligeros.

C desapareció de noche. D, sobre todo D, en estado de conmoción decía que no se dio cuenta cuando se largó. Habían estado hablando con unas muchachas, bromeando sobre su estilo con los esquís, ellas se reían. Se sentían en el privilegio de tratar con esa especie de monarquía de la nieve. Ellos bromeaban. Sus frases parecían encadenadas. El ingenio de P enlazaba con precisión con la agudeza de D, que eran siempre los que más hablaban. C se fue. Nadie reparó en ello. Cuando se dieron cuenta, pensaron que se habría ido a dormir: "el pequeño es tímido" dijeron a los muchachas. Cuando llegaron de madrugada a la habitación, la cama de C estaba intacta, faltaban los esquís y las llaves del coche de P. Hubo un enfado colectivo y apareció el nervio. Un alud del que, de momento, sólo se escuchaba un eco de lo que estaba por venir. D bajó rápido a su coche. Arrancó. No dudo. C se había subido a las pistas de noche. C condujo temeroso por la estrecha carretera que iba del pueblo a las pistas. No había luz y la nieve lo enterraba todo en un silencio profundo, un efecto acústico exclusivo de las montañas nevadas. D era joven, pero ya un conductor experto. Subió velocísimo por la carretera estrecha y oscura, marcada en el asfalto unicamente por los focos frontales del coche. Como si la noche no modificara los ritos, aparcó en el mismo sitio donde lo solían hacer. Bajó del coche. Sintió el frío extremo de allí arriba, el vacío y la amenaza milenaria de la noche y la montaña; ahí, en forma de silencio abismal. Gritó. Llamó varias veces a C, pero su voz parecía quedarse justo delante de su nariz, como si el frío y la oscuridad detuvieran el sonido. Las instalaciones estaban cerradas y salvo los focos frontales del coche, no había luz. Se quedó quieto. Durante un fragmento de segundo, pensó que todo aquello era absurdo y se recriminó su imprudencia y su excesiva reacción de nervios. Quizá C andaba por el pueblo, quizá C se había encontrado con alguien, pero esa duda se disipó enseguida; si alguien conocía o intuía las interioridades temerarias de C, ese mundo inaccesible y silencioso, era D. Caminó con torpeza sobre la capa de hielo que había sobre el asfalto del parking. Pasó al lado de la cafetería, el mismo lugar donde tantas veces tomaron consomé o tés calientes, ahora parecía el abismo a un mundo temible. El vacío, la oscuridad y el frío modifican la percepción de las cosas, las convierten en menos apacibles, en una forma de amenaza. Se quedó a pie de pista. Miró hacia la indescifrable oscuridad de la montaña. Imaginó en esa maraña negra a C descendiendo. Imaginó sus giros, su habilidad extrema sobre la nieve. La imagen, esa imagen de C casi cabalgando la nieve y la noche, le pareció ten hermosa que no pudo reprimir una lágrima. Corrió pista adentro. Los remolques detenidos y vacíos. Se cayó varias veces en la nieve. Se detuvo cuando las pistas empezaban su pendiente. Mirando hacia arriba, como si mirara una cima inalcanzable, pensó que de haber subido ¿cómo habría hecho C para subir hasta arriba? Se quedó así, en la nieve, el frío era tan agudo que dejó de molestarle para convertirse en parte total de si mismo. El frío agudo es tan dictatorial que la mente termina sucumbiendo a su poder extremo, como ante un dictador terrible, implacable y violento ante el que la lucha te deja exhausto. Gritó de nuevo. Llamó a C con desesperación. Allí, en la nieve, en la noche, bloqueado por el frío, C asumió de golpe lo peor, la peor consecuencia. C no bajaría más. Durante un periodo de tiempo incalculable, se quedó tumbado en la nieve. Luego, como si ya hubiera pasado el periodo necesario, se puso en pie y caminó a trompicones hasta el parking. Condujo despacio hasta el pueblo. De madrugada todo era vacío. Aparcó frente al apartamento. Detuvo el coche. Subió el tramo de escaleras sin prisa. Agotado. Abrió la puerta, sintió el calor de la calefacción. Todos dormían en las camas, también C.

lunes, febrero 11, 2013

La noche de Patzcuaro

   En vivo sonábamos con una contundencia que nunca logramos transmitir en los dos discos. Nunca nos gustó el resultado de las grabaciones. Grabar es un gran ejercicio de la mentira. A nosotros lo que nos gustaba era el directo. Esa magia y ese azar que ronda al directo. Esa adrenalina y ese sonido impuro y viciado. El directo es la verdad, es dónde se cocina el misterio de la música. La grabación es una falsedad, un panfleto de publicidad que se reparte en las salidas del metro, en las esquinas concurridas de la capital. Es la prisión. Nosotros teníamos una coordinación brillante en directo. Sonábamos con precisión y potencia. Eramos un grupo amplio de músicos: dos percusionistas, sección de vientos, bajista, coros, acordeón, guitarrista, teclados y Willy, el cantante. Eramos un combo solvente, bien armado. Muy profesional. Funcionábamos como un equipo de futbol. Sabiendo que cada uno debía defender una posición en el rectángulo de juego. Nuestras giras eran amplias. Muchas fechas, muchas ciudades. Habíamos comprado un autobús como los de las bandas americanas. Buenas literas, baño cómodo, ligero y con buen espacio para cargar instrumentos. Rodábamos permanentemente. Cobrábamos bien por concierto y en centro America, sobre todo México, y parte del sur, teníamos numerosos fans que nos habíamos ganado más en la carretera que en las radios. Teníamos un sueldo decente y vacaciones largas para desconectar de los kilómetros de carretera. Los días de rodaje y gira eran agotadores y extraños: nunca estás. Llegas a ciudades lejanas, en mitad de paisajes amplios, inmensos. Bebes mucho. En las giras beber es el entretenimiento, porque no te da para otra cosa. Ni siquiera se habla mucho, porque siempre estás de resaca o cansado. Hay una nostalgia laberintica: sabes que extrañarás la carretera cuando no estés en carretera, pero mientras avanzan los kilómetros tienes ganas de volver a casa y que el suelo no esté permanentemente en movimiento. Y mientras tanto te sumes en un forma nebulosa, una especie de anestesia, y en cierta forma el alcohol empuja hacía esa atmósfera atemporal. Lo mismo te da Aguascalientes que Zacatecas. Hay un momento que las ciudades son puntos de conexión de carreteras y no al revés. Empiezas a no ver la diferencia o todo te parece tan diferente que no te da tiempo a comprender el parecido y tu cabeza, en un ejercicio de fuga, homogeniza todas las ciudad para dotarlas de una especie de gravedad cero. Las ciudades, entonces, flotan, son globos.

 Solíamos viajar de noche, lo que le da a las carreteras, pasados los días, una continuidad absurda. Porque avanzas por la línea oscura de asfalto. Como si no avanzaras o avanzaras en círculo. Duermes o tratas de dormir. Escuchas ronquidos, tratas de esquivarlos mentalmente y todo se entremezcla entre ruidos pulmonares, ruidos de motor y de viento con ese principio de sueño que hay en el duermevela y todo eso se vuelve una maraña de gas. Acomodas tu cuerpo en la litera del autobús y tus compañeros, la banda al completo, te parecen remotos, cabezas que sueñan con imágenes indescifrables.

 Cuando llegamos a Patzcuaro, la carretera estaba medio inundada, una atormenta violenta, había atravesado el estado. A mi Michoacán me recordaba a mi tierra: esa humedad y esa frondosidad, ese cielo nublado, ese calor suave pero de un peso brutal, esa montaña contundente me retrotraían a mi casa, a mis paisajes. Descargamos en el local donde tocaríamos, regentado por una mujer que parecía alemana, pero que tenía acento mexicano. La prueba de sonido fue rápida y nos quedaron varias horas libres. Yo caminé con Chuito, nuestro bajista, por el mercado, comimos unos tacos de carnitas que me supieron a poco y bebimos cerveza. Paseamos hasta una islita llamada Janitzio, donde charlamos con unas fans del grupo, que decían haber convertido casi en una religión nuestro vallenato frenético. Les firmamos las camisetas que llevaban y nos preguntaron el significado de muchas de nuestras letras. Yo les hablé de los ritmos y de donde había aprendido a tocar las tumbadoras. Volvimos con ellas en el barco a Patzcuaro y las pusimos en la lista de la puerta para que entraran gratis. Muchas veces eso proporcionaba sexo veloz y agradecido. Las chicas eran hermosas y lo habíamos pasado bien con ellas. Quedamos en vernos al terminar el concierto para tomar algo.

 Aquella noche abrimos con Amor pantera, que siempre funcionaba como intro, para pasar a Locura de amor, una de nuestras canciones bandera. Luego, siempre, lanzábamos tres canciones del disco nuevo. Generalmente atacábamos con un rapidito como Caimán del sur o Tus llamadas. Cuando notábamos que el ambiente estaba caldeado y frenético hacíamos una intro misteriosa para entrar a la acida y divertida Manos y fuego no se deben juntar, que volvía un rugido feroz, casi histérico, las salas donde tocábamos. Aquella noche no fue menos. El ambiente fue frenético en el estribillo. Alargábamos el final varios minutos, mientras Willy, nuestro carismático cantante, subía a alguna muchacha a bailar al escenario. Nosotros acompañábamos  el show con un cierre obsesivo y tremendo. Una repetición de los acordes del estribillo. Ahí solía llegar mi momento: un solo percusivo acompañado por Cifuentes, el otro percusionista. Tiendo a creer que ese era el momento en que el ambiente estaba más incendiado. El momento cumbre y pasional de nuestros conciertos. Las muchachas se dejaban las gargantas gritando piropos a cualquiera de la banda. Las fans se sabían nuestros nombres. Seguramente, también, nuestros estados civiles. Nosotros nos sentíamos coordinados hasta el extremo, toda la banda movía las piernas a ritmo, sin tocar, mientras Cifuentes y yo nos dejábamos las manos en los cueros y en las baquetas. El último compás bajábamos casi a lo inaudible, tres o cuatro segundos; la sala, en el cien por cien de los conciertos, confusa, sorprendida, se dejaba llevar por ese casi silencio y ahí, de repente, sin aviso previo y con toda la fuerza que podíamos imprimirle cada uno a nuestro instrumento,  rompíamos con la legendaria entrada de Noches desesperadas. Aquella noche aquella transición percusiva y la entrada de Noches desesperadas volvió a funcionar. Desde el escenario se veía el hipnótico movimiento de cabezas bailando, entregadas a la banda, a la magia del directo.

 Fue ahí que entraron, justo ahí, mientras Willy cantaba aquello de: "Estas noches largas, estas noches tristes que no estas. Son desgarradoras, son desesperadas, ya no puedo respirar" ACoreado con frenesí por miles de gargantas. A mi me empujaron al suelo. De repente. Fue tan violento, que no hubo tiempo para comprender. Sentí el golpe de mi cuerpo contra la madera del suelo del escenario. No pensé mucho más. Sentí la confusión entre el mareo del golpe y el mareo de las cervezas. Traté de mirar, pero el cuello lo tenía agarrado con violencia por una mano fuerte. Escuché gritos. Una agitación extrema. Lo único que vi fueron los pies de Willy. Poco más. Nos sacaron de allí a empujones. Primero se escuchó un revuelo atronador de gritos, luego el silencio. Luego, ya en el exterior, donde sentí un frío ligero, húmedo que me recordó a las noches de mi infancia,  puertas de furgonetas. Los tipos iban cubiertos y armados. No dijeron nada hasta que nos tuvieron montados. Sólo hablaron a Willy.

.- Tu capataz necesita un mensajito.

 Condujeron con violencia. Estábamos atados y no podíamos sujetarnos a nada. Nuestros cuerpos se golpeaban a cada bache. Willy me dijo algo que no entendí. Todo estaba oscuro, iluminado a ráfagas por la luz de la furgoneta que venía detrás, donde presumiblemente iba el resto de la banda. Sabía que conmigo iban Willi, Dick, Cifuentes y Reinaldo y alguno más que por la agitación no supe identificar. El trayecto fue bestial. La violencia con que era manejada la furgoneta hacía que atrás nos golpeáramos unos con otros. Grité. No sé porque grité y Reinaldo me dijo algo. Entonces pensé en las muchachas que habíamos conocido Chuito y yo en Janitzio. Recordé la cara de la más bajita. En cierta manera la eché de menos o eché de menos la posibilidad de haber tomado algo con ella. Frenaron de golpe, como si la única intención del conductor no fuera conducir sino golpearnos de ese modo. Abrieron la puerta y nos bajaron a patadas. A los de la otra furgoneta los pusieron delante de nosotros. De los quince me eligieron a mi. Me rodearon y me apartaron.

.- Te tocó, maricón. Saliste premiado. Corre monte abajo, corre a Patzcuaro. Cuando llegues avisa al Cabo Prado, dile que secuestraron a todo el combo y que los vamos a asesinar. Cabo Prado comprenderá. Si alguien sabe como funciona esto es Cabo Prado. Necesitamos trascendencia de esto. Responderás a las entrevistas, describirás esto. Su mentor pasó la línea. Les tenía aprecio. Siempre hablaba de su combo con admiración. Seguramente es el tipo más fan del país, de este país adorador y adulador de Vallenateros. Por eso los protegía y los subvencionaba. Se acabó. Corre, desgraciado

 Y corrí. Corrí salvaje por el monte, tratando de alcanzar unas luces difusas abajo, las luces de la noche en Patzcuaro.

miércoles, febrero 06, 2013

Amiel

 Me solía despertar la radio de la chabola más cercana, donde vivía un tipo con siete gallinas que se pasaba el día en la puerta mirando la nada y que mostraba cierta desconfianza con mi estadía en la chabola de Amiel. Yo había viajado desde la capital durante un mes hacia la costa. A Amiel la conocí en el terminal de autobuses de Escondido. Le pregunté la hora y por un lugar para comer y ella me pidió dinero. Luego me habló de los delfines, del apareamiento de los delfines, del canto de los delfines. En realidad Amiel estaba obsesionada con los delfines. Me habló de un inglés que había ido a esa zona de costa grabando sonidos del mar y de los delfines y que el tipo le decía que los delfines tienen melodías que se ponen de moda. "Los delfines son los Beatles del mar" me dijo Amiel y no supe si la frase era suya o del inglés que conoció y le hablaba de delfines. Luego me dijo que ella vivía a hora y media de allí, en la zona de playas salvajes. Traté de averiguar que hacía en el terminal de autobuses de Escondido, pero no me contestó o contestó algo poco concreto o poco creíble. Luego me dijo que si quería me alquilaba su chabola, que estaba bien, que había poco ruido y que la gente de la zona era tranquila y que apenas había turismo. Ahí le volví a preguntar que por qué no se venía allí, a las playas y entonces me dijo que me acompañaría hasta San Pedro, que estaba cerca y que allí me acercara al mercado y buscara en los puestos de pescado a Canillo, que Canillo me llevaría en su pick up hasta las chabolas. Canillo, me dijo, era vecino y en cierta forma, el alcalde de la playa en la que vivía Amiel. A San Pedro fuimos pidiendo un empujón a conductores solitarios. Amiel sacaba la mano desde el andén, casi como si estuviera pidiendo auxilio y le preguntaba a los conductores si iban a San Pedro. Al final, un tipo rubio pero muy bronceado, con cara despistada, nos montó. El trayecto sucedía paralelo al mar. Un mar que brillaba con violencia, pero de un modo remoto. Como si el brillo que reflejaba no perteneciera a nuestra era. La vegetación parecía una bronca y la carretera estaba vacía. Tuve la sensación de estar llegando a una esquina del planeta. Me quedé casi todo el trayecto pensando en eso: en las esquinas del planeta. Pensé que el planeta tenía algunos lugares donde se acababa y que estábamos en uno de esos finales, una de las puntas de la tierra. El conductor dijo dos frases. Que tenía hambre y que esa carretera estaba llena de moscas. Cuando dijo eso cerré los ojos y sumado al ruido del motos y del viento chocando contra el auto, me pareció escuchar un manto de moscas, una capa sonora mayúscula, gigante, y que lo dominaba todo. Me dio por pensar que todo lo que pensábamos: Amiel, el conductor y yo, estaba dominado por ese zumbido infinito. Amiel, con dulzura, me pidió el adelanto del alquiler y me dio la llave y algunas explicaciones de como manejar la chabola. Amiel era flaca y castaña, parecía extranjera, pero su acento era autóctono. Cuando llegamos a San Pedro, Amiel le pidió al conductor que se detuviera en la entrada. Me dio un beso en la mejilla y sonrió amable. EL tipo arrancó y me quedé mirando atrás, viendo a Amiel en el andén levantando la mano para detener autos en la dirección contraria. El conductor me dejo cerca del mercado. Le di algo de dinero y la mano. Se despidió con una sonrisa. Dos horas después, Canillo me dejó en la puerta de la chabola de Amiel.

A las siete y media de la mañana ya hacía calor y el Sol era potente. Me había adaptado con facilidad a la playa. A esa atmósfera sigilosa de la playa. Fui conociendo a los vecinos. Eran pocos. Pasaba las horas por el camino salvaje que llevaba a la playa muerta. Una extensión de arena que parecía infinita, la vegetación llegaba hasta la arena y el mar se abría hacía algo que parecía otra forma de tiempo. No se muy bien que hice aquellos meses. Pasaba el tiempo. Me adapté a un vacío cálido. El clima variaba poco, pero aprendí a percibir las variaciones. Apenas hablaba con nadie, porque entre os vecinos, casi nadie hablaba, había un acuerdo de silencio, pero no por hostilidad, sino porque hablar parecía una imbecilidad. Me acostumbré a no escuchar voces. Me sentaba en la puerta de la chabola y cuando me daba cuenta había atardecido. Como si algún tipo de cable hubiera quedado aislado de una maraña de cables. A veces pensé que había algo de inmortalidad en toda aquella cadencia. La ausencia de prisa del que se sabe eterno o del que sabe que ya no hay tiempo para nada y decide detenerse. A veces me invadía la imagen de un tren viejo, uno de esos trenes de los cincuenta, detenido cuarenta años atrás en una vía en mitad del país, una vía en desuso. Un tren oxidado y lleno de insectos y pájaros. En verdad me sentía dentro de ese tren o uno de los pájaros que habitan ese tren detenido, quizá por avería cuarenta años antes.  A veces bajaba a la playa muerta. Pocas veces me encontraba a nadie. Un día me crucé con la anciana que tenía la chabola más cerca a la playa. Una mujer desgarbada, que miraba con profundidad. Me invitó a café. Entré en su chabola. Había dibujos en papel colgados de las paredes. Eran líneas que parecían árboles secos. Bebimos el café. El café me supo a césped, a planta, a té. La vieja me habló de un fenómeno metereológico un poco más al sur, donde permanentemente había una tormenta eléctrica. "Rayos como si estuvieran marcando los segundos de la tierra" Luego me habló de las plantas que cuidaba en su jardín. Tenía un huerto llamativo, cuidado al extremo. El aspecto del huerto parecía una instalación artística, casi una miniatura arquitectónica. De repente, por segunda vez, escuché el manto de moscas. Todas las moscas del planeta parecían estar zumbando a la vez. La vieja entonces me dijo que mi vecino estaba obsesionado conmigo. Que me vigilaba y me advirtió de él. Que estuviera pendiente: "piensa que eres policía o político". Cuando llegué a la chabola, me encontré a Amiel. Me pareció ver a alguien querido, a la única persona querida que tuviera en un planeta remoto. Esa noche hicimos el amor y creo que exageré en mis sentimientos, pero Amiel no se asustó o no me tomó demasiado en cuenta. Antes de amanecer, Amiel me despertó y caminamos por una zona que yo no conocía. Llegamos a unos acantilados y nos sentamos a ver como avanzaba el Sol. Hicimos el amor dos veces. A mi me pareció que había una conexión sonora entre nuestros gemidos y las olas reventando abajo del acantilado. Luego nos acercamos al cactus más grande que vi en mi vida. Amiel me dijo que los vecinos decían que ese cactus era nuestra estatua, una especie de lugar místico. Luego nos besamos como si fueramos novios. En realidad me parecía conocer a Amiel de antes. Volvimos a la chabola. Desayunamos contundentemente. Al terminar Amiel se depiló en el porche y yo me quedé dentro, aprovechando para ver, detrás de las ventanas, que hacía el vecino. Vi que miraba a Amiel con disimulo. Vi que trataba de mirar hacia dentro, vi que anotaba en un cuaderno de cuero. Luego vi las piernas de Amiel depiladas, tostándose al Sol. Al rato, Amiel me llamó. Me quedé de pié a su lado. Amiel sin abrir los ojos, como si lo dijera para no ser escuchada, me dijo que me tenía que ir pronto, como mucho en una hora. No varió su tono de voz. No abrió los ojos. Traté de preguntar, pero supe que sería inútil. Guardé mi ropa y los libros en mi mochila. Supe que no debía ni despedirme. Caminé durante muchos kilómetros. Horas después llegué a San Pedro. Un mes después llegué a la capital. Lentamente me fui adaptando a algo que pareció una nueva vida

martes, febrero 05, 2013

Apartamentos compartidos

  La habitación era interior, no había vestigio de luz natural. La ventana daba a un patio tan estrecho, que la ventana del vecino parecía parte de su habitación. No había casi barrera divisoria de los sonidos íntimos. A los vecinos les conocía hasta las manías. Hacían el amor con frecuencia y hablaban de un viaje: proyectaban un viaje inabarcable o carísimo, una huida hacia adelante. Se duchaban por la noche, antes de hacer el amor. Conocía su ritmo sexual, la cadencia y casi las necesidades de cada uno. Él parecía maniático, repetitivo. Ella parecía pensar en otra cosa, como si el sexo entre ellos dos sucediera en capas distintas. Luego se quedaban dormidos o muy callados. Por las mañanas se iban pronto y su habitación parecía, de repente, más grande, como si el vacío en el piso de al lado multiplicara los espacios. Fumaba y abría la estrecha ventana que daba al patio. Girando la cabeza de un modo extremo, lograba ver el cielo por el hueco de arriba del patio y adivinaba qué día hacía. En general los días en esa casa siempre parecieron invierno, básicamente porque sólo vivió un invierno allí. A la llegada de la primavera buscó otro agujero más confortable, o al menos con más luz. Pero el invierno lo vivió allí, en aquel agujero oscuro. Se ponía enfermo con facilidad. Pasó varios procesos gripales y tendía a fiebres altas. Se abrigaba con tres mantas porque la habitación era un cubo de hielo y comía sopas de sobre como si en ellas hubiera algo que sólo él era capaz de percibir. Había dos compañeros con habitaciones al fondo. El trato con ellos era de una intimidad extraña. Uno era adicto al hachís, el otro estaba enamorado de una alemana que jamás se acostaba antes del amanecer. La alemana entró un día en su habitación, el compañero se había dormido muy borracho y ella andaba golpeada por una crisis existencialista: le habló del dolor y de la distancia, de la brevedad y de la fugacidad. Ella empezó a hacer fotos de la pared. Los vecinos empezaron a hacer el amor y ella se sintió invadida, como si el sexo de los vecinos fuera un virus o un transmisor. Se metió en su cama, hicieron el amor. Ambos notaron que habían ido en coordinación con los vecinos y que las dos parejas habían terminado a la vez. Esto supuso algo enigmático y mágico para la alemana que, eufórica, volvió a subirse en él y repitieron. Cuando terminaron por segunda vez, el compañero entró. No hubo una violencia común o típica. La violencia que hubo fue, en cierto modo, novedosa, original. Todo quedó en silencios y en frases inconexas. El compañero hablaba de paisajes y de lugares inventados con los ojos inyectados en sangre, la alemana sollozaba y trataba de vestirse, él notaba como inevitablemente la fiebre volvía a subir y reflexionaba, en mitad de la escena, sobre sus bajas defensas y su terrible facilidad para ponerse enfermo. Cuando amaneció todo había terminado sin golpes pero con la sensación de haber sido golpeado. La alemana logró amortiguar la polémica y se fue a la habitación del compañero a dormir. El compañero le pidió, sin gritar, pero con contundencia, que abandonara la habitación antes de que terminara aquella semana. Cuando amaneció guardó los libros y la ropa en su amplia mochila y se fue sin pagar la ultima mensualidad. Esa noche durmió en un hostal a las afueras de la ciudad. No fue a trabajar durante tres días, cuando volvió le despidieron. Pensó que en cierta manera, aquel caos estaba generando un nuevo aire, una nueva dirección. En el hostal pasó dos noches más. A los días encontró una habitación con ventana a una calle en un piso donde vivían una andaluza y un italiano que cocinaba en un restaurant de altura. La calle hacia la que daba la ventana era ruidosa, pero a esas alturas el ruido era menos importante que la luz.

sábado, febrero 02, 2013

Atemporal

Desde el ventanal se veía la sierra. La sierra se prolongaba creando formas que recordaban a otras cosas: animales, arquitecturas imposibles, mujeres de pechos bestiales acostada mirando el cielo. La nieve parecía reciente y las nubes eran débiles como si anunciaran la llegada a lo lejos de una futura primavera. No había ruido, nada de ruido. Podría estar solo en cien kilómetros a la redonda, nada había que hiciera sospechar de presencia humana. Si pegaba la cara al cristal, se notaba el frío externo, pero ahí dentro todo era cálido, agradable, como si un agradable fuego animara alguna chimenea. Poco más. Recorrí la habitación, un colchón en el suelo y unas sabanas desconcertantemente elegantes, unas alfombras barrocas y gruesas decoraban el suelo. Por más que intentaba recordar no acudía nada a la memoria, salvo imágenes distantes de la juventud o leves retazos de la niñez, nada que correspondiera con mi aspecto de anciano: era un octogenario y no recordaba mi vida desde los dieciséis, quizá diecisiete, en esas imágenes distorsionadas de playas o montañas o caras de chicas sonrientes. Nada descubrí, ni siquiera donde estaba. Nada sabía de cincuenta o sesenta años de mi vida. Nada sabía de todo lo que pudiera suceder más allá del ventanal, más allá de la sierra. No podía imaginar qué era sucedía, qué tiempo era ese tiempo, qué fuego era ese fuego emitiendo calor desde una chimenea que no lograba ubicar.

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